¿Por qué se persiguió durante tres mil años a los judíos?
El antijudaísmo: prejuicios, leyendas y persecuciones desde el antiguo Egipto hasta Sefarad
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Resumen para lectores con prisas
Durante más de tres mil años, el pueblo judío ha sido víctima de prejuicios, expulsiones, discriminaciones y persecuciones. El Holocausto fue la culminación de ese largo proceso, pero no su origen. Mucho antes de Hitler, los judíos ya habían sufrido la esclavitud en Egipto, el destierro en Babilonia, la represión de los reyes helenísticos, la destrucción de Jerusalén por Roma y siglos de hostilidad en buena parte de Europa y del mundo islámico.
Las razones invocadas para perseguirlos cambiaron con el paso del tiempo. Unas veces se les acusó de no integrarse; otras, de dominar la economía. Se les culpó de las epidemias, de las crisis económicas, de supuestos crímenes rituales o de conspiraciones imaginarias. Casi nunca existían pruebas. Bastaban el rumor, el miedo y la necesidad de encontrar un chivo expiatorio.
El antiguo antijudaísmo tuvo, sobre todo, un carácter religioso. Más tarde apareció una forma todavía más peligrosa: el antisemitismo racial. A partir del siglo XIX, algunos pretendieron convertir el prejuicio en ciencia y afirmaron que el origen familiar determinaba el valor de las personas. El nazismo llevó esa monstruosa idea hasta sus últimas consecuencias con el asesinato sistemático de seis millones de judíos.
La historia de Sefarad refleja esa misma complejidad. Durante siglos, los judíos contribuyeron decisivamente al desarrollo cultural, científico y económico de la Península Ibérica. Sin embargo, la convivencia fue deteriorándose hasta desembocar en las matanzas de 1391, la creación de la Inquisición y el decreto de expulsión de 1492, que obligó a decenas de miles de judíos a abandonar la tierra que durante generaciones habían llamado hogar.
Este recorrido histórico demuestra que las grandes persecuciones nunca comienzan con la violencia física. Empiezan mucho antes, cuando se difunden mentiras, se alimentan prejuicios y se deshumaniza a un grupo entero por su origen, su religión o su cultura.
Por eso conserva plena vigencia la vieja máxima, tradicionalmente atribuida a Averroes:
La ignorancia alimenta el miedo.
El miedo engendra el odio.
Y el odio termina desembocando en la violencia.
Quizá esa sea la principal lección de estos tres mil años de historia. Las víctimas pueden cambiar y los argumentos también, pero el mecanismo suele repetirse. La mejor defensa contra cualquier persecución sigue siendo la misma: conocer la historia, pensar con espíritu crítico y juzgar siempre a cada persona por sus actos, nunca por su origen, su religión o sus apellidos.
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¿Por qué se persiguió durante tres mil años a los judíos?
Introducción. Un odio mucho más antiguo que el antisemitismo moderno
Cuando hoy se habla del odio contra los judíos, casi siempre se piensa en el Tercer Reich, en Adolf Hitler, en las leyes raciales de Núremberg o en los campos de exterminio. Es lógico. El Holocausto constituye uno de los mayores crímenes de la historia y marcó para siempre la conciencia de la humanidad.
Sin embargo, ese inmenso horror no surgió de la nada. Fue el último eslabón de una larguísima cadena de prejuicios, calumnias y persecuciones que comenzó muchos siglos antes. Muchísimo antes.
Los judíos ya eran perseguidos cuando Roma aún no existía. Lo fueron antes del nacimiento del cristianismo, antes de la expansión del islam y antes de que España llegara a llamarse Sefarad.
Pocos pueblos han conocido un destierro tan prolongado, tantas expulsiones, tantas prohibiciones y tantas campañas de descrédito. A lo largo de más de tres mil años fueron esclavos en Egipto, deportados por Asiria y Babilonia, sometidos por griegos y romanos, dispersados tras la destrucción de Jerusalén, perseguidos en numerosas etapas de la Europa cristiana y también en diversos períodos del mundo islámico, hasta culminar aquella tragedia con el exterminio organizado por el régimen nacionalsocialista alemán.
Cada época encontró un motivo distinto para justificar la persecución.
Unas veces se les acusó de ser extranjeros incapaces de integrarse; otras, de ser demasiado poderosos. Se les reprochó su pobreza y también su riqueza. Se les culpó de las epidemias, de las derrotas militares, de las crisis económicas y hasta de supuestos crímenes rituales que jamás pudieron demostrarse. Cuando una mentira servía para alimentar el odio, rara vez importaba comprobar si era cierta.
Resulta llamativo comprobar que muchas de aquellas acusaciones eran incompatibles entre sí. Los judíos eran presentados al mismo tiempo como un pueblo débil y como una fuerza capaz de dominar el mundo; como una minoría despreciable y como una amenaza universal; como avaros incapaces de compartir sus bienes y, a la vez, como conspiradores que manejaban los destinos de reyes y naciones.
La contradicción nunca fue un obstáculo para el prejuicio.
Porque el odio rara vez nace de los hechos. Suele alimentarse del miedo, de la ignorancia, de la envidia, de la propaganda y de la necesidad de encontrar un culpable al que atribuir todos los males propios.
Eso explica que el antijudaísmo adoptara formas muy distintas según las épocas. En unos momentos predominó el rechazo religioso; en otros, la rivalidad económica; más tarde aparecieron las teorías raciales que pretendían revestir de apariencia científica un viejo prejuicio. Cambiaban las excusas, pero el resultado solía ser el mismo: marginación, discriminación, violencia y expulsión.
El reciente libro del historiador y teólogo Álvaro López Asensio constituye un valioso recorrido por esa larga historia. Desde la esclavitud hebrea en Egipto hasta la expulsión de los judíos de Sefarad a finales del siglo XV, el autor recopila las principales disposiciones legales, religiosas y civiles que fueron limitando progresivamente sus derechos y alimentando un clima de hostilidad que acabaría desembocando en persecuciones abiertas.
Pero comprender esta historia exige una advertencia imprescindible.
No sería honrado convertir tres mil años de historia en un simple enfrentamiento entre buenos y malos. Ni todos los cristianos persiguieron a los judíos, ni todos los gobernantes musulmanes les ofrecieron siempre protección, ni todas las comunidades judías estuvieron libres de conflictos con los pueblos entre los que vivían. La realidad histórica casi nunca admite caricaturas.
Precisamente por eso conviene estudiar los hechos con serenidad, apoyándose en las fuentes y desconfiando de los tópicos.
Porque sólo entendiendo cómo nacen los prejuicios es posible impedir que vuelvan a convertirse, una vez más, en persecución.
Egipto: Cuando comenzó una larga historia de persecuciones

Resulta imposible señalar con absoluta certeza el primer episodio de antijudaísmo de la historia. Sin embargo, si atendemos al relato bíblico, el primer gran enfrentamiento entre el pueblo hebreo y el poder político tuvo lugar en el antiguo Egipto.
Según el libro del Éxodo, los descendientes de Jacob habían llegado a Egipto siglos antes, favorecidos por la influencia alcanzada por José, hijo del patriarca. Allí prosperaron, aumentaron en número y terminaron formando una comunidad numerosa y bien organizada.
Fue precisamente ese crecimiento lo que despertó el recelo del poder.
El faraón contempló aquella minoría con desconfianza. No la juzgó por lo que hacía, sino por lo que imaginó que algún día podría hacer. El miedo sustituyó al conocimiento.
«He aquí que el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros. Procedamos con astucia para impedir que siga creciendo; no sea que, si estalla una guerra, se una a nuestros enemigos.»
La lógica resulta inquietantemente familiar. No hacía falta que los hebreos hubieran cometido delito alguno. Bastaba con atribuirles una posible amenaza futura.
De nuevo aparece la vieja cadena.
Ignorancia.
Miedo.
Odio.
Violencia.
La consecuencia fue la esclavitud. Después llegaron los trabajos forzados, la opresión y, según el relato bíblico, la orden de dar muerte a todos los recién nacidos varones hebreos.
Aun dejando al margen el debate histórico sobre el alcance literal de estos acontecimientos, el relato contiene una enseñanza permanente: muchas persecuciones comienzan cuando una minoría deja de ser contemplada como un conjunto de personas concretas para convertirse en un problema colectivo.
Ya no existen individuos.
Sólo existe «el otro».
Y cuando el ser humano deja de ver personas y empieza a ver únicamente categorías, el camino hacia la injusticia queda peligrosamente despejado.
No deja de resultar paradójico que el mismo pueblo que, según la tradición bíblica, sufrió la esclavitud y el intento de exterminio en Egipto terminara haciendo de esa experiencia uno de los pilares de su identidad religiosa.
Cada año, durante la Pascua judía, el Pésaj, millones de judíos recuerdan la salida de Egipto. No celebran una victoria militar ni la conquista de un imperio. Conmemoran la recuperación de la libertad.
Esa memoria histórica explica también buena parte de la legislación mosaica.
«No oprimirás al extranjero, porque vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto.»
Difícilmente puede comprenderse la historia del pueblo judío sin esa experiencia fundacional.
Sin embargo, la salida de Egipto no puso fin a sus desgracias. Apenas fue el comienzo de una existencia marcada por invasiones, deportaciones y destierros.
Asirios, babilonios, persas, griegos y romanos dominarían sucesivamente la tierra de Israel. Jerusalén sería destruida en varias ocasiones y, tras la gran revuelta contra Roma del año 70 de nuestra era, comenzaría una diáspora que dispersaría a los judíos por buena parte del mundo conocido.
Paradójicamente, aquella dispersión, lejos de hacer desaparecer al pueblo judío, reforzó algunos de los elementos que garantizaban su continuidad: la fe en un único Dios, el estudio de la Torá, la vida familiar, la sinagoga y una identidad cultural capaz de sobrevivir incluso sin un Estado propio.
Precisamente esa extraordinaria capacidad para conservar su personalidad colectiva despertó admiración en unos pueblos y recelo en otros.
Con frecuencia, aquello que hacía singular al pueblo judío —su religión, sus costumbres, sus normas alimentarias, su calendario, su cohesión familiar o su dedicación al estudio— fue interpretado por sus vecinos no como una riqueza cultural, sino como una muestra de aislamiento, soberbia o deslealtad.
Comenzaba así a gestarse una constante que se repetiría durante siglos: la diferencia convertida en sospecha.
Y cuando una sociedad deja de considerar la diversidad como un hecho natural y empieza a verla como una amenaza, el terreno queda abonado para que vuelvan a crecer los prejuicios.
La historia, por desgracia, demostraría una y otra vez hasta dónde pueden conducir esos prejuicios.
Grecia y Roma: cuando la diferencia se convirtió en sospecha

Tras el destierro en Babilonia y el regreso permitido por los persas, el pueblo judío reconstruyó Jerusalén y el Templo. Sin embargo, la paz duró poco.
La llegada de Alejandro Magno cambió para siempre el Oriente Próximo. La cultura griega se extendió por todas partes y muchos pueblos la adoptaron con entusiasmo. Los judíos, en cambio, aceptaron algunos elementos de la civilización helénica, pero se negaron a renunciar a su fe y a sus leyes.
Aquella resistencia fue interpretada por algunos como una ofensa.
No adoraban a los dioses de la ciudad.
No participaban en determinados cultos públicos.
Descansaban un día a la semana.
Seguían normas alimentarias propias.
Vivían conforme a una Ley distinta.
Lo que para ellos era fidelidad a su religión, para muchos de sus vecinos se convirtió en motivo de desconfianza.
En el siglo II antes de Cristo, el rey seléucida Antíoco IV Epífanes intentó imponer el culto griego en Jerusalén. Prohibió prácticas esenciales del judaísmo, profanó el Templo y desencadenó la rebelión de los Macabeos.
Fue uno de los primeros intentos conocidos de obligar a un pueblo a renunciar a su identidad religiosa.
Roma actuó de otra manera.
Durante largos períodos permitió a los judíos practicar su religión. Pero exigía una condición: la obediencia al poder imperial.
Las tensiones crecieron hasta desembocar en las grandes revueltas judías.
En el año 70, las legiones de Tito destruyeron Jerusalén y el Segundo Templo.
Sesenta y cinco años después, tras la rebelión de Bar Kojba, el emperador Adriano tomó una decisión destinada a borrar incluso el recuerdo de Judea. Jerusalén fue refundada con el nombre de Aelia Capitolina, y la provincia pasó a llamarse Siria Palestina, denominación inspirada en los antiguos filisteos.
Comenzaba así la gran diáspora.
Durante siglos, millones de judíos vivirían dispersos por Europa, el norte de África y Oriente Próximo, conservando una identidad común sin disponer de un Estado propio.
Aquella extraordinaria supervivencia despertó admiración en unos y recelo en otros.
El pueblo había perdido su tierra.
Pero no perdió su memoria.
Y esa memoria sería, al mismo tiempo, su mayor fortaleza… y el origen de nuevos prejuicios.
El siguiente capítulo mostrará cómo, con la expansión del cristianismo, el viejo recelo político comenzó a transformarse en un antijudaísmo de carácter religioso, cuyas consecuencias se prolongarían durante muchos siglos.
El nacimiento del antijudaísmo religioso

La destrucción de Jerusalén y la dispersión del pueblo judío coincidieron con otro acontecimiento que cambiaría profundamente la historia de Occidente: la expansión del cristianismo.
Jesús de Nazaret, sus apóstoles y los primeros discípulos eran judíos. También lo eran las primeras comunidades cristianas. Durante algún tiempo, el cristianismo fue considerado una corriente más dentro del judaísmo.
La ruptura llegó de forma gradual.
Mientras el cristianismo se extendía entre los pueblos del Imperio romano, las autoridades religiosas judías rechazaban la creencia de que Jesús fuera el Mesías anunciado por las Escrituras. Aquella discrepancia teológica terminó convirtiéndose, con el paso de los siglos, en una fuente permanente de enfrentamientos.
Algunos Padres de la Iglesia emplearon un lenguaje extraordinariamente duro contra los judíos. Poco a poco fue extendiéndose la idea de que el pueblo judío cargaba con una responsabilidad colectiva por la muerte de Cristo.
Aquella interpretación tendría consecuencias inmensas.
Durante siglos se predicó desde numerosos púlpitos que los judíos eran el «pueblo deicida». Hoy sabemos que semejante acusación carecía de fundamento. Jesús fue condenado y ejecutado por la autoridad romana, y la responsabilidad penal jamás puede atribuirse a un pueblo entero, y mucho menos a generaciones nacidas siglos después.
Sin embargo, los prejuicios rara vez se detienen ante los hechos.
Conviene, no obstante, evitar otra simplificación.

La Iglesia nunca mantuvo una posición única y uniforme. Mientras algunos predicadores alimentaban la hostilidad, otros defendían que los judíos no debían ser exterminados ni obligados a convertirse.
San Agustín, por ejemplo, sostenía que debían poder conservar su religión y vivir entre los cristianos como testimonio de las Escrituras del Antiguo Testamento. Esa doctrina evitó, en no pocas ocasiones, persecuciones todavía más graves.
Con el tiempo, varios Papas condenaron las conversiones forzosas y recordaron que nadie podía abrazar la fe cristiana por la fuerza.
Pero entre la doctrina y la realidad existía con frecuencia un profundo abismo.
En épocas de hambre, epidemias o guerras, bastaba un rumor para que las masas buscaran un culpable.
Volvía a cumplirse la vieja secuencia atribuida a Averroes.
Primero, la ignorancia.
Después, el miedo.
Más tarde, el odio.
Y, finalmente, la violencia.
Así nacieron muchas de las leyendas que acompañarían al pueblo judío durante siglos: supuestos crímenes rituales, envenenamiento de pozos, profanaciones de hostias consagradas o conspiraciones imaginarias.
Ninguna de aquellas acusaciones pudo demostrarse jamás.
Pero, una vez sembrada la mentira, resultaba mucho más difícil arrancarla que propagarla.
Porque el prejuicio posee una extraordinaria capacidad para sobrevivir incluso cuando los hechos lo desmienten.
Y esa sería una de las mayores tragedias de la historia europea.
La Edad Media: entre la tolerancia y la persecución

La Edad Media suele presentarse como una época de persecución permanente contra los judíos. La realidad fue bastante más compleja.
Hubo siglos de convivencia relativamente pacífica y hubo estallidos de violencia extrema. Hubo reyes que protegieron a las comunidades judías y otros que las expulsaron. Hubo ciudades donde florecieron el comercio, la medicina y el estudio, y otras donde una simple acusación bastaba para desencadenar una matanza.
La historia rara vez admite explicaciones simples.
En buena parte de Europa, los judíos encontraron un obstáculo añadido. Muchos gremios les cerraban sus puertas y numerosas leyes les impedían poseer tierras o desempeñar determinados oficios. Aquellas prohibiciones acabaron empujando a muchos hacia el comercio, la artesanía especializada, la medicina o el préstamo de dinero.
Paradójicamente, las mismas autoridades que les impedían acceder a determinadas actividades terminaban criticándolos por dedicarse a las pocas que les dejaban ejercer.
El prejuicio volvía a imponerse a la razón.
A esa situación se unía otro fenómeno. Como las comunidades judías concedían una enorme importancia a la lectura y al estudio de las Escrituras, el nivel de alfabetización solía ser superior al de buena parte de la población europea. Muchos judíos destacaron como médicos, traductores, comerciantes o administradores.
El éxito de unos pocos alimentó la envidia de muchos.
Y la envidia, cuando se mezcla con la ignorancia y el miedo, suele producir resultados desastrosos.

Las Cruzadas marcaron un punto de inflexión. Mientras miles de cruzados marchaban hacia Tierra Santa, numerosas comunidades judías del valle del Rin fueron saqueadas y sus habitantes asesinados por turbas que afirmaban combatir a los enemigos de Cristo.
Aquellos hombres ni siquiera habían llegado a Jerusalén.
Comenzaban matando a sus vecinos.
Décadas más tarde apareció una acusación aún más monstruosa: el llamado libelo de sangre. Se difundió el rumor de que los judíos secuestraban y asesinaban niños cristianos para utilizar su sangre en ceremonias religiosas.
Jamás se aportó una sola prueba.
Sin embargo, aquella mentira recorrió Europa durante siglos y provocó innumerables asesinatos, expulsiones y procesos judiciales.
Algo semejante ocurrió durante la Peste Negra de 1348. Mientras la enfermedad devastaba Europa, muchos buscaron un culpable. Se acusó a los judíos de envenenar los pozos.
La epidemia no distinguía entre cristianos, judíos o musulmanes.
Pero el miedo tampoco distinguía entre inocentes y culpables.
Miles de judíos fueron asesinados por un delito inexistente.
La historia volvía a demostrar una constante que se repetiría una y otra vez: cuando una sociedad atraviesa una gran crisis, siempre existe la tentación de descargar la responsabilidad sobre una minoría incapaz de defenderse.
Y así, una mentira acababa justificando un crimen.
En el siguiente apartado veremos cómo la Península Ibérica constituyó durante varios siglos una excepción parcial a esa dinámica, al convertirse en un lugar donde, pese a frecuentes tensiones, judíos, cristianos y musulmanes convivieron, comerciaron y compartieron buena parte de su saber. Aquella convivencia, sin embargo, tampoco sería eterna.
Sefarad: una convivencia tan brillante como frágil

Durante siglos, la Península Ibérica ocupó un lugar singular en la historia del pueblo judío.
Ni fue un paraíso de convivencia permanente, como a veces se afirma, ni un escenario continuo de persecución. Fue ambas cosas, según los lugares, las épocas y los gobernantes.
Bajo dominio musulmán, especialmente durante el Califato de Córdoba, muchos judíos alcanzaron un extraordinario desarrollo intelectual. Médicos, filósofos, astrónomos, comerciantes, traductores y poetas contribuyeron al florecimiento de una de las civilizaciones más brillantes de la Edad Media.
Nombres como Hasdai ibn Shaprut, consejero de Abd al-Rahmán III; Samuel ha-Naguid, visir del reino taifa de Granada; o Moisés ben Maimón (Maimónides), uno de los mayores filósofos y médicos de la historia, forman parte del patrimonio cultural de toda la humanidad.
La llamada convivencia de las tres religiones existió, pero conviene no idealizarla.
Los judíos y los cristianos eran dhimmíes, es decir, comunidades protegidas, aunque sometidas a determinadas limitaciones jurídicas y al pago de impuestos especiales. Disfrutaban de una situación muy superior a la de otros lugares, pero distaban de gozar de plena igualdad.
Aquella relativa tolerancia dependía siempre de la voluntad del gobernante.
Y cuando cambiaba el gobernante, podía cambiar también la suerte de los judíos.

La llegada de los almorávides primero y, sobre todo, de los almohades en el siglo XII endureció considerablemente la situación. Muchos judíos huyeron hacia los reinos cristianos del norte. Entre ellos se encontraba el propio Maimónides, obligado a abandonar Córdoba para salvar su vida.
Los reinos cristianos ofrecieron entonces nuevas oportunidades.
Los monarcas necesitaban repoblar los territorios conquistados, impulsar el comercio y organizar la administración. Muchos judíos desempeñaron funciones relevantes como médicos, recaudadores, diplomáticos, financieros o consejeros reales.
Pero esa proximidad al poder tenía un precio.
Cuando el rey gozaba de autoridad, los protegía.
Cuando el poder se debilitaba, quedaban expuestos al resentimiento popular.
El siglo XIV marcó un cambio decisivo.
Las guerras, las epidemias, las malas cosechas y las crisis económicas crearon un clima de profunda inquietud. Algunos predicadores comenzaron a señalar a los judíos como responsables de los males del reino.
Las palabras precedieron, una vez más, a la violencia.
En 1391 estalló una oleada de asaltos contra las juderías de Sevilla, Córdoba, Toledo, Valencia, Barcelona y muchas otras ciudades. Miles de judíos murieron y otros muchos aceptaron el bautismo para salvar la vida.
Nacía así el problema de los conversos.
Muchos abrazaron sinceramente el cristianismo.
Otros lo hicieron bajo coacción.
Y no faltaron quienes, por temor o por fidelidad a sus antepasados, continuaron practicando en secreto algunas costumbres judías.
La sospecha empezó entonces a dirigirse no sólo contra los judíos, sino también contra quienes descendían de ellos.
La sangre comenzaba a importar tanto como la religión.
Aquella idea tendría consecuencias inmensas en los siglos siguientes.
Y preparó el terreno para uno de los episodios más trascendentales de la historia de España: la creación del Tribunal de la Inquisición y, pocos años después, el decreto de expulsión de 1492.
Porque las grandes tragedias históricas casi nunca estallan de improviso.
Se preparan lentamente.
Primero cambian las palabras.
Después cambian las leyes.
Y, finalmente, cambia la vida de las personas.
1492: la expulsión de Sefarad

El año 1492 ocupa un lugar único en la historia de España.
Fue el año de la conquista de Granada, del primer viaje de Cristóbal Colón y de la publicación de la Gramática de Antonio de Nebrija. Pero también fue el año en que los Reyes Católicos firmaron el Edicto de Granada, que ordenaba la expulsión de los judíos que no aceptaran el bautismo.
A menudo este episodio se presenta de forma simplista, como si hubiera sido fruto exclusivo de un repentino estallido de intolerancia.
No fue así.
La expulsión fue el desenlace de un proceso que llevaba más de un siglo gestándose.
Los asaltos de 1391 habían provocado miles de conversiones forzosas. Desde entonces, la principal preocupación de las autoridades dejó de ser la población judía, cada vez menos numerosa, para centrarse en los conversos.
Muchos alcanzaron posiciones destacadas en la Iglesia, la administración, la universidad o el comercio. Algunos prosperaron extraordinariamente gracias a su preparación intelectual y a sus relaciones familiares.
Ese éxito despertó nuevas envidias.
Comenzó entonces a extenderse una sospecha permanente: ¿eran verdaderos cristianos o seguían practicando en secreto el judaísmo?
Fue en ese contexto cuando nació, en 1478, el Tribunal de la Inquisición.
Conviene recordar un hecho que con frecuencia se olvida.

La Inquisición española no fue creada para juzgar a los judíos como tales. Los judíos que seguían profesando públicamente su religión quedaban, en principio, fuera de su jurisdicción. Su objetivo principal eran los bautizados sospechosos de herejía, especialmente los llamados judaizantes, es decir, quienes, tras recibir el bautismo, continuaban practicando en secreto ritos judíos.
Esa diferencia jurídica resulta esencial para comprender el período, aunque no elimina la dureza de muchas actuaciones ni los abusos que se cometieron.
En 1492, los Reyes Católicos adoptaron la decisión definitiva.
Los judíos debían elegir entre convertirse al cristianismo o abandonar los reinos de Castilla y Aragón.
Miles aceptaron el bautismo.
Decenas de miles emprendieron el camino del exilio.
Las cifras siguen siendo objeto de debate entre los historiadores, pero nadie discute que aquella decisión privó a España de una parte importante de su población más instruida y emprendedora.
Muchos marcharon a Portugal, aunque poco después también serían expulsados o forzados a convertirse.
Otros encontraron refugio en Italia, en el norte de África o en el Imperio otomano.
Cuenta la tradición que el sultán Bayaceto II, al conocer la expulsión, comentó con ironía que Fernando de Aragón empobrecía sus propios reinos mientras enriquecía los del sultán. La autenticidad de esa frase sigue siendo discutida, pero refleja una idea compartida por numerosos cronistas de la época.
Los expulsados conservaron durante siglos un recuerdo imborrable de la tierra que habían perdido.
Siguieron llamándola Sefarad.
Mantuvieron su lengua —el judeoespañol o ladino—, sus canciones, sus romances y muchas de sus costumbres.
Cinco siglos después, todavía podían encontrarse comunidades sefardíes que hablaban un castellano sorprendentemente cercano al de finales del siglo XV.
Pocas expulsiones han dejado una huella tan profunda y tan duradera en la memoria de un pueblo.
Pero la historia aún reservaba una amarga paradoja.
La expulsión de los judíos no puso fin al problema.
Simplemente cambió de forma.
Porque el viejo antijudaísmo religioso acabaría transformándose, siglos después, en algo todavía más inquietante: un odio basado no en la fe, sino en la sangre.
Y cuando una persecución deja de fijarse en lo que una persona cree para fijarse en lo que supuestamente es, el camino hacia la barbarie queda peligrosamente despejado.
Del antijudaísmo al antisemitismo: cuando el odio cambió de rostro

Durante siglos, el rechazo hacia los judíos tuvo, sobre todo, un fundamento religioso.
En teoría, existía una salida.
Quien abandonaba el judaísmo y abrazaba la religión dominante dejaba de pertenecer al grupo perseguido. Al menos, esa era la idea.
Con el paso del tiempo, aquella concepción empezó a cambiar.

En la España de los siglos XV y XVI surgieron los llamados estatutos de limpieza de sangre, que restringían el acceso a determinados cargos, órdenes religiosas, universidades o instituciones a quienes descendieran de judíos o musulmanes conversos.
La sospecha ya no recaía únicamente sobre las creencias.
Comenzaba a recaer sobre el origen familiar.
Era un cambio de enorme importancia.
La religión podía cambiar.
La sangre, no.
Aquella mentalidad permaneció durante siglos, aunque sería en el siglo XIX cuando adquiriría una apariencia completamente nueva.
Fue entonces cuando comenzaron a difundirse teorías que pretendían clasificar a la humanidad en razas superiores e inferiores. Al amparo de un falso lenguaje científico, algunos autores afirmaban que las cualidades morales e intelectuales dependían de la herencia biológica.
En ese ambiente nació incluso una palabra nueva.
Antisemitismo.

El término fue popularizado en 1879 por el publicista alemán Wilhelm Marr. No hablaba ya de religión. Pretendía presentar el rechazo a los judíos como una cuestión racial y nacional.
Era una idea profundamente distinta del antiguo antijudaísmo.
Según esa nueva doctrina, un judío bautizado seguía siendo judío.
Aunque hubiera abandonado su religión.
Aunque su familia llevara generaciones siendo cristiana.
Aunque no practicara ninguna fe.
La condena ya no dependía de lo que una persona creyera.
Dependía únicamente de su nacimiento.
Aquella transformación eliminaba cualquier posibilidad de integración.
El prejuicio dejaba de ser religioso para convertirse en biológico.
Y cuando un ser humano es reducido a una supuesta condición racial, deja de ser juzgado por sus actos.
Empieza a ser condenado por existir.
El siglo XX llevó esa idea hasta sus últimas consecuencias.

El régimen nacionalsocialista alemán convirtió aquellas teorías pseudocientíficas en leyes. Las Leyes de Núremberg de 1935 privaron a los judíos de buena parte de sus derechos civiles. Después llegaron los guetos, las deportaciones y, finalmente, el asesinato sistemático de seis millones de judíos durante el Holocausto.
Nunca antes un Estado había puesto toda la maquinaria administrativa, policial, industrial y tecnológica al servicio del exterminio de un pueblo.
Pero conviene recordar una vez más la lección que atraviesa toda esta historia.
Auschwitz no comenzó en Auschwitz.
Comenzó muchos siglos antes.
Comenzó cuando se aceptó que un grupo humano podía ser considerado distinto por naturaleza.
Cuando se difundieron rumores sin pruebas.
Cuando las mentiras sustituyeron a los hechos.
Cuando el miedo venció a la razón.
Y volvió a cumplirse la vieja máxima atribuida a Averroes:
La ignorancia alimentó el miedo.
El miedo engendró el odio.
Y el odio desembocó en la violencia.
Por eso, estudiar la larga historia del antijudaísmo no significa únicamente mirar hacia el pasado.
Significa aprender a reconocer los mecanismos que hacen posible cualquier persecución.
Porque las víctimas pueden cambiar.
Los prejuicios adoptan formas nuevas.
Las palabras también cambian.
Pero el mecanismo permanece casi siempre intacto.
Epílogo. Una historia que no ha terminado

Sería un grave error pensar que el antijudaísmo pertenece únicamente al pasado.
Han cambiado los protagonistas, los argumentos y las circunstancias, pero el mecanismo sigue siendo inquietantemente parecido.
Hoy ya casi nadie acusa a los judíos de envenenar pozos o de cometer supuestos crímenes rituales. Tampoco se habla de pueblo deicida ni de libelos de sangre. Sin embargo, continúan circulando teorías conspirativas que atribuyen a «los judíos» el control de la banca mundial, de los medios de comunicación, de la política internacional o de cualquier otro poder oculto.
Como ocurrió durante siglos, unas pocas personas son utilizadas para juzgar a un pueblo entero.
Es un razonamiento profundamente injusto.
Ningún pueblo constituye un bloque homogéneo.
Entre los judíos, como entre los cristianos, los musulmanes o los ateos, hay personas honradas y personas deshonestas; sabios e ignorantes; héroes y criminales.
La responsabilidad siempre es individual.
Jamás colectiva.
Esa es una de las grandes conquistas de la civilización jurídica occidental.
Del mismo modo, tampoco resulta aceptable identificar automáticamente al conjunto del pueblo judío con las decisiones del Estado de Israel, como tampoco sería razonable atribuir a todos los españoles las decisiones de cualquier gobierno de España.
Los gobiernos responden de sus actos.
Los pueblos no pueden ser convertidos en culpables colectivos.
La historia demuestra, además, que el odio rara vez permanece encerrado en un único objetivo.
Quien aprende a odiar a un pueblo termina encontrando pronto otro al que culpar.
Hoy pueden ser los judíos.
Mañana serán los cristianos.
Pasado mañana los musulmanes.
O cualquier otra minoría convertida en chivo expiatorio de los problemas de la sociedad.
Por eso, estudiar la historia del antijudaísmo no consiste únicamente en hacer justicia a un pueblo que sufrió siglos de persecución.
Consiste también en comprender un mecanismo universal.
La mentira repetida.
El prejuicio.
La deshumanización.
La violencia.
Y ese mecanismo continúa apareciendo bajo formas nuevas, adaptadas a cada época.
Hace más de dos mil años, el filósofo romano Cicerón escribió que «la historia es maestra de la vida» (Historia magistra vitae).
Tenía razón.
Pero sólo enseña a quienes están dispuestos a escucharla.
Porque los pueblos que olvidan cómo nacieron las grandes persecuciones corren el riesgo de repetirlas.
Con otras víctimas.
Con otros verdugos.
Con otros pretextos.
Pero siguiendo siempre el mismo camino.
Aquel que resume admirablemente la vieja máxima, tradicionalmente atribuida a Averroes:
La ignorancia alimenta el miedo.
El miedo engendra el odio.
Y el odio termina desembocando en la violencia.
Quizá esa sea la principal enseñanza de estos tres mil años de historia.
No basta con condenar la violencia cuando ya ha estallado.

La verdadera tarea comienza mucho antes.
Comienza combatiendo la ignorancia, defendiendo la verdad y recordando que ningún ser humano debe ser juzgado por su origen, su religión o su apellido, sino únicamente por sus actos.
Porque toda persecución empieza deshumanizando a las personas.
Y toda civilización comienza reconociendo su dignidad.