La administración de justicia en España ha sido objeto de críticas constantes debido a la percepción de que los jueces actúan de forma arbitraria, con impunidad, sin sujeción real a la Constitución ni a las leyes. El sistema judicial, lejos de garantizar la presunción de inocencia, suele inclinarse hacia la presunción de culpabilidad, invirtiendo la carga de la prueba y dejando a los justiciables en una posición de indefensión, especialmente cuando son varones.
Este artículo abordará cómo la arbitrariedad, la prevaricación y la falta de mecanismos de control han erosionado la seguridad jurídica y la confianza en el Poder Judicial.
Uno de los mayores fraudes del sistema judicial español es la proclamada separación de poderes. En teoría, los jueces son independientes y no están sometidos a influencias externas, pero la realidad es distinta. El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), órgano encargado de nombrar y disciplinar a los jueces, está controlado por los partidos políticos, lo que convierte a la justicia en una extensión del poder ejecutivo. La reforma de 1985 llevada a cabo por el gobierno de Felipe González eliminó la posibilidad de que los jueces eligieran a sus propios representantes en el CGPJ, dejándolo en manos del Parlamento, lo que ha convertido a la judicatura en una herramienta política.
Tal como señala el profesor Alejandro Nieto en El desgobierno de lo público (2008), la intervención política en la Administración de Justicia ha sido una constante en la historia de España. Reformas sucesivas han servido para consolidar el control partidista sobre la administración de justicia, generando una red clientelar en la que jueces afines son favorecidos y promovidos.
La Constitución Española de 1978, en su artículo 24.2, establece el derecho a la presunción de inocencia, pero en la práctica este principio es vulnerado de manera sistemática. Como señala Von Hayek en Los fundamentos de la libertad (1960), la seguridad jurídica es esencial para cualquier ordenamiento que aspire a proporcionar estabilidad a los ciudadanos. No obstante, en España, la carga de la prueba se invierte en numerosos procesos, y los acusados deben demostrar su inocencia en lugar de que la fiscalía y la acusación prueben su culpabilidad.
Esta tendencia ha sido reafirmada recientemente por declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno, María Jesús Montero, y la exministra de Igualdad, Irene Montero, quienes han defendido la necesidad de aplicar una inversión de la carga de la prueba en casos de supuesta violencia de «género», cuando las supuestas violentadas son mujeres y los supuestos victimarios son hombres, eliminando de facto la presunción de inocencia para los varones. Este planteamiento, además de vulnerar la Constitución, socava los fundamentos del Derecho Penal moderno y representa una peligrosa deriva hacia la arbitrariedad.
El caso de Dani Alves es un claro ejemplo de esta problemática. Su condena, basada en indicios y sin pruebas concluyentes, fue aplaudida mediáticamente como un triunfo del feminismo institucional, ignorando principios esenciales del Derecho como la duda razonable, aunque, afortunadamente el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha rectificado y lo ha absuelto… Este tipo de procesos refuerza la percepción de que ciertos acusados son tratados como culpables desde el inicio, sin posibilidad real de una defensa efectiva.
Otros casos de especial relevancia mediática, como el de «La Manada de Pamplona» y los jugadores del club de fútbol Arandina, han evidenciado cómo los medios de información, alentados por el lobby feminista de género, han prejuzgado y condenado públicamente a los acusados antes incluso de que existiera sentencia firme. Esta presión mediática, amplificada por los medios creadores de opinión, y manipulación de masas y las redes sociales, ha influido de manera significativa en el desarrollo de los procesos judiciales y en sus resoluciones. En estos casos, los acusados fueron sometidos a un escarnio público sin precedentes, con manifestaciones masivas y declaraciones de líderes políticos que presionaban para que se impusieran condenas ejemplares.
Por otro lado, cuando las condenadas son mujeres, los mismos actores políticos y mediáticos han defendido su indulto o han minimizado la gravedad de los hechos. Un ejemplo paradigmático es el de la mujer granadina que sustrajo a sus hijos para impedir que fueran con su padre, a pesar de que existían sentencias en Italia que le otorgaban a él la custodia exclusiva. A pesar de haber sido condenada por la justicia, los principales partidos políticos y asociaciones feministas han promovido su indulto, evidenciando un doble rasero en la aplicación de la ley.
Un sistema judicial que se precie de pertenecer a un Estado de Derecho debe asegurar que sus jueces no actúen motivados por simpatías, fobias, sobornos o presiones externas. Sin embargo, la falta de coherencia en la aplicación de la ley y la influencia de factores extrajurídicos han erosionado la credibilidad del sistema. Sentencias contradictorias en casos similares han convertido la justicia en un juego de azar.
La prevaricación judicial, definida en el artículo 446 del Código Penal como dictar una resolución injusta a sabiendas, es prácticamente imposible de probar, ya que las sentencias arbitrarias rara vez son investigadas. Como resultado, acudir a los tribunales es comparable a entrar en un casino en el que la ruleta está trucada.
Los jueces en España afrontan un panorama desolador: sobrecarga de trabajo, imposibilidad de asistir a todas las pruebas, falta de tiempo para leer escritos procesales en detalle y una dependencia excesiva de funcionarios para la redacción de resoluciones. Esto compromete la calidad de las sentencias y supone una vulneración del derecho constitucional a la tutela judicial efectiva.
Además, la lentitud de los procedimientos y el alto coste del acceso a la justicia contribuyen a que una parte significativa de la población perciba el sistema judicial como ineficaz y reservado a quienes disponen de los recursos económicos para sostener largos litigios.
Para garantizar una justicia realmente independiente y justa, es necesario:
La crisis del sistema judicial en España no es un problema coyuntural, sino estructural. La falta de independencia del Poder Judicial, la arbitrariedad en la toma de decisiones y la politización de la justicia han generado una situación insostenible que requiere una respuesta inmediata.
La decencia en las instituciones es fundamental para la perdurabilidad de una nación. Sin un sistema judicial sólido, independiente y eficaz, el Estado de Derecho se convierte en una mera formalidad vacía de contenido.
No abordar la profunda reforma de la que está urgentemente necesitada el poder judicial equivale a condenar a España a una justicia ineficaz, arbitraria y sujeta a manipulaciones políticas.
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