La banalización del mal y la obediencia debida en la era de la pasividad colectiva. España, un rebaño de corderos que eligen periódicamente a sus matarifes…

CAROLUS AURELIUS CALIDUS UNIONIS
La historia y la filosofía nos han enseñado que el mal no surge únicamente de actos de monstruosidad individual, sino que se instala en la cotidianidad cuando la responsabilidad individual se diluye en estructuras de poder, y la obediencia ciega se convierte en la norma. Desde los horrores de Auschwitz y Katyn, pasando por los escalofriantes resultados del experimento Milgram, hasta los mecanismos de manipulación mediática y política en la actualidad, el patrón es inquietantemente recurrente: la sumisión sin cuestionamiento permite que la injusticia se normalice y que el mal prospere.
No podemos dejar de considerar, además, el profundo coste de la inacción y la pasividad, sobre todo en contextos donde el miedo y la cobardía actúan como catalizadores de la opresión. Tal como señalaba Michel de Montaigne, “la cobardía es la madre de la crueldad”, y cuando el temor se instala en el tejido social, los ciudadanos—convertidos en corderos que eligen a su matadero—se privan de su potencial racional y de la voluntad de cambiar su destino. En esta misma dirección, tampoco hay que olvidar que la máxima expresión de la estupidez reside en la oveja, en ese ciudadano que, sin cuestionar, elige al “matarife” en las urnas y se deja arrastrar hacia el abismo.
I. La banalización del mal: De la rutina burocrática a la inercia y al silencio de los ciudadanos
El concepto de «banalidad del mal», formulado por Hannah Arendt durante el juicio a Adolf Eichmann, desvela la inquietante realidad de que los crímenes atroces pueden ser cometidos por individuos comunes, inmersos en la rutina de la obediencia y desprovistos de una reflexión moral profundamente absortos en la ejecución de órdenes sin cuestionarlas. No se trata de sádicos o psicópatas, sino de personas que, al despojarse de su juicio moral y asumir un rol meramente administrativo, permiten que el mal se normalice. Esta desconexión entre acción y responsabilidad es el motor que ha impulsado episodios históricos como el genocidio nazi o la masacre de Katyn, y se refleja en la forma en que muchas instituciones modernas justifican sus acciones a través del “solo seguir órdenes” o la falta de alternativa.
Este fenómeno se agrava cuando, en lugar de cuestionar, los ciudadanos adoptan una actitud pasiva, cediendo su poder a quienes, eligiendo en las urnas a sus verdugos sin meditar sobre las consecuencias. Esta pasividad se ve reforzada por un sistema político que parece estar diseñado para que aquellos que desean destruir la nación dispongan de herramientas en todos los ámbitos: institucional, cultural, financiero y educativo.
La sociedad contemporánea, al igual que en épocas pasadas, se enfrenta a la inquietante tendencia de adoptar posturas que minimizan la gravedad del mal, transformándolo en algo rutinario, soportable, aceptable o incluso justificable por el consenso social y la presión de la mayoría.
II. El experimento Milgram, la obediencia ciega y la transferencia de responsabilidad
Los experimentos de Stanley Milgram evidenciaron de manera empírica cómo la obediencia a una autoridad legítima puede llevar a individuos comunes a infligir daño a otros. En estos estudios, la gradualidad de la violencia, la transferencia de la culpa y la legitimidad institucional funcionaron como factores que erosionaron el sentido moral de los participantes. Este fenómeno no se limita al laboratorio: en la vida real, la excusa de “sólo seguía órdenes” o “no tenía otra opción” se utiliza para justificar desde acciones en regímenes totalitarios hasta prácticas corruptas en instituciones modernas, se replica en contextos reales y se traduce en la aceptación pasiva de decisiones corporativas y políticas que afectan a millones de personas. La “obediencia debida” se erige, así, como una poderosa excusa para la inacción moral y la complicidad en el mal. . Esta “transferencia de culpa” permite que se desconozca la dimensión moral de la acción, transformando lo que podría ser un acto de crueldad en un mero procedimiento burocrático.
La ausencia de cuestionamiento y la renuncia a la reflexión crítica permiten que el mal se normalice. Así, la “obediencia debida” se erige no como una virtud, sino como un mecanismo de autopreservación psicológica que, irónicamente, allana el camino para la complicidad en actos injustos y destructivos.
III. El miedo, la cobardía, la presión social y la pasividad de la mayoría
Uno de los factores más insidiosos en la propagación del mal es el miedo. Nicolás Maquiavelo ya advertía que «quien controla el miedo de la gente, se convierte en el amo de sus almas». Cuando el temor se instala—ya sea por amenazas reales o por la manipulación mediática y política—la ciudadanía se ve más propensa a aceptar restricciones, a renunciar a su capacidad crítica y a obedecer sin cuestionar. El miedo, sumado a la presión social, genera una pasividad que se traduce en inacción y conformismo: el ciudadano prefiere mirar hacia otro lado antes que enfrentarse a la injusticia.
El miedo es uno de los motores más poderosos de la sumisión y el conformismo. Cuando el temor se apodera de la sociedad, la crítica y el impulso de cambiar se ven opacados por la necesidad de protegerse a uno mismo. Como advierte el texto, el miedo resulta alienante: la gente, consciente de que quienes gobiernan son muchas veces mediocres o incluso malvados, se retrae y evita tomar riesgos que pudieran mejorar la comunidad.
Esta situación se agrava cuando la cobardía—definida no solo como la falta de valor, sino como la renuncia a la responsabilidad de actuar—se instala de forma generalizada. El silencio de las mayorías, que ni siquiera protestan cuando se avecina el desastre, es la máxima expresión de la inercia colectiva. Se ilustra vívidamente con la metáfora de la oveja que, incapaz de discernir o elegir, se dirige sin cuestionar al matadero. En este escenario, el conformismo y la pereza intelectual se convierten en aliados de aquellos que buscan perpetuar sistemas opresivos.
Esta dinámica se complementa con lo que algunos denominan la “estupidez de la oveja”. La inquietante imagen del cordero que, al dirigirse al matadero, no protesta, no se rebela y, en el caso humano, participa activamente en las elecciones que designan a quienes lo saquean esclavizan, y un largo etc. Tal pasividad y conformismo—la falta de cuestionamiento ante lo que se impone—representa el fracaso de una sociedad en la que el potencial racional del individuo se abandona a favor de una comodidad que invita a la mediocridad.
A todo esto, hay que añadir la constante manipulación mediática y la presencia de una estructura política diseñada para distraer y dividir a la ciudadanía que refuerzan esta actitud pasiva. La sobreabundancia de debates superficiales y reformas incesantes genera un clima de desconfianza y apatía, en el que la ciudadanía se siente desprovista de herramientas para efectuar un cambio real.
IV. La estupidez colectiva y el peligro de elegir al matarife
«La máxima expresión de la estupidez la encontramos en la oveja», sin duda una metáfora potente para describir el mecanismo por el cual la mayoría, al abdicar de su capacidad crítica, elige inconscientemente a sus verdugos. A diferencia de los animales, que actúan por instinto, los ciudadanos tienen la facultad de optar por la racionalidad y la reflexión, tal como afirma Ayn Rand: los seres humanos son “potencialmente racionales”. Sin embargo, cuando el miedo, la ignorancia y la manipulación se imponen, lo que supuestamente nos diferencia de los animales, —la capacidad de pensar y obrar de forma racional—se ve erosionado.
La mediocridad y la estupidez han penetrado en la cultura política, en la que la celebración de la transgresión y el relativismo moral frenan el esfuerzo, la meritocracia y, en última instancia, el progreso. Son demasiadas las comunidades que, en lugar de impulsar una participación activa y consciente, los ciudadanos se conformon con elegir a quienes, con sus ideas mediocres y autoritarias, conducen al colapso del sistema.
Así mismo, es algo más que preocupante la tendencia a desestimar la necesidad de mantener “absolutos” o principios inmutables, que protejan los derechos individuales frente a la tiranía de la mayoría. En un contexto en que la democracia se transforma en oclocracia—un gobierno de la masa ruidosa y desinformada—la posibilidad de que se vulneren los derechos fundamentales se hace cada vez más palpable. La constante revisión y el someter a debate principios básicos, cuestiones elementales, lejos de fortalecer la democracia, conducen a un caos intelectual y a la pérdida de la estabilidad social.
V. Democracia, vigilancia y la obligación de actuar
Una sociedad verdaderamente democrática, en la que los ciudadanos participan en la toma de decisiones que conciernen a todos, no debe limitarse a la realización periódica de elecciones y a la aceptación pasiva de sus resultados, por el contrario, exije un compromiso activo con la defensa de la libertad.
Una sociedad robusta requiere más que el simple acto de votar; necesita de ciudadanos críticos, comprometidos y dispuestos a cuestionar el poder. Thomas Jefferson advirtió de que “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”, una llamada a la acción que resulta fundamental en tiempos en que la mediocridad y el conformismo predominan por doquier. En contextos donde el miedo y la mediocridad imperan, la vigilancia se debilita, permitiendo que se vulneren los derechos fundamentales sin oposición.
El peligro radica en la tendencia a la autocomplacencia y en la pereza intelectual de una ciudadanía que, al percibir que quienes gobiernan son estúpidos, mediocres y malvados, prefiere protegerse a sí misma en lugar de comprometerse con la transformación de la sociedad. La falta de voluntad para involucrarse en la toma de decisiones, el miedo a expresar ideas o propuestas de mejora, y la pasividad ante las injusticias, configuran un escenario en el que la democracia se debilita y se acerca peligrosamente a convertirse en un estado fallido.
En España—donde existe una infinidad de instrumentos para la manipulación de masas y una carencia de mecanismos que protejan la libertad individual— es de extrema urgencia y necesidad convertir a los ciudadanos en “demócratas militantes”. Esto implica abandonar la comodidad del conformismo y dedicar tiempo y esfuerzo a la construcción de una sociedad que defienda la vida, la libertad, la propiedad y la búsqueda de la felicidad. Se trata de transformar la preocupación en acción, de convertir la inquietud en compromiso activo y de reconocer que la verdadera seguridad de una nación reside en la participación consciente de sus ciudadanos.
La educación ética, el fomento del pensamiento crítico y la creación de mecanismos que incentiven la denuncia y el cuestionamiento de las autoridades son pasos indispensables para contrarrestar la inercia de la obediencia ciega y la mediocridad colectiva.
VI. Conclusión: Hacia una ética de la resistencia y la responsabilidad individual
El recorrido histórico, psicológico y social que hemos esbozado revela una verdad ineludible: el mal prospera cuando se normaliza la obediencia sin cuestionamiento y cuando los ciudadanos, convertidos en rebaño de ovejas, abdican de su capacidad de elegir de forma consciente. La banalización del mal, la instrumentalización del miedo y la pasividad colectiva son mecanismos que, interconectados, han permitido la repetición de errores del pasado y amenazan con perpetuar sistemas injustos en el presente… la banalización del mal, la obediencia ciega y la pasividad colectiva nos conduce a una conclusión ineludible: la inacción y el miedo son el caldo de cultivo perfecto para el desastre. Cuando los ciudadanos se comportan como corderos que, sin cuestionar, eligen a su verdugo, se produce una renuncia a la responsabilidad que pone en riesgo la propia existencia de la libertad.
Ante este escenario, es imperativo fomentar una cultura que celebre la racionalidad y el compromiso individual. La educación y el pensamiento crítico deben ser los pilares sobre los cuales se construya una sociedad verdaderamente libre y justa, en la que cada ciudadano asuma la responsabilidad de no quedarse de brazos cruzados ante la injusticia. No basta con votar cuando los matarifes nos llamen a las urnas, es necesario elegir con discernimiento y actuar con valentía, cuestionando constantemente el poder y defendiendo intransigentemente los derechos fundamentales.
La vigilancia constante y la acción comprometida son la única vía para evitar que la mediocridad y el conformismo transformen a la sociedad en un escenario de opresión. La defensa de la libertad requiere no solo la denuncia de los excesos del poder, sino la construcción de una comunidad en la que el pensamiento racional y la ética sean la norma. Así, cada acto de resistencia, cada cuestionamiento y cada esfuerzo por mejorar la sociedad se convierte en un baluarte contra la tiranía, permitiendo que la verdadera dignidad humana prevalezca frente a la inercia y la ignorancia.
En resumen, este ensayo, que fusiona la reflexión sobre la banalización del mal, la obediencia debida y la pasividad democrática con la crítica a la estupidez colectiva, pretende ser una llamada a la acción. Una invitación a no ser corderos que, sin protestar, eligen a su verdugo, sino ciudadanos que muevan su voluntad y elijan pensar y actuar de forma racional y que, conscientes de su poder y responsabilidad, se comprometan activamente en la defensa y la construcción de una sociedad libre, informada y justa.