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La «pertinaz sequía», los «meteorólogos calentólogos» fallan más que las escopetas de feria… la urgente necesidad de un cambio radical en la gestión del agua.

España se enfrenta a un escenario hídrico cada vez más complejo y paradójico. Mientras el 74% del territorio está en riesgo de desertización por sequías prolongadas, lluvias torrenciales e inesperadas inundaciones en ciudades y cultivos, los españoles se sienten abandonados y desinformados. La gestión del agua se ve afectada por infraestructuras obsoletas, una falta de inversión crónica y una fragmentación institucional derivada del “estado de las autonomías”. En este contexto, la respuesta de los políticos, organismos oficiales y tertulianos en televisión resulta insuficiente y tardía.


Un panorama de extremos: De la sequía prolongada a las lluvias torrenciales

En los últimos años, España ha vivido una doble amenaza en su recursos hídricos. Por un lado, las sequías prolongadas han dejado vastas extensiones del país en riesgo de desertización. Por otro, las lluvias torrenciales, cada vez más frecuentes e intensas, han provocado inundaciones devastadoras que arrasan con infraestructuras, cultivos e incluso vidas humanas.
El embalse de La Viñuela, en Málaga, es un ejemplo revelador: tras meses con niveles críticamente bajos, recientes borrascas han incrementado su capacidad hasta un 36,53%, sumando más de 60 hectómetros cúbicos de agua. De igual forma, en Madrid se han registrado lluvias que superan ampliamente los registros históricos, evidenciando la imprevisibilidad del clima en una ciudad de clima semiárido templado-frío, dentro del clima mediterráneo que afecta España en general.

Estos fenómenos no son fruto del azar, sino consecuencia de cambios en los patrones de precipitación que desafían la gestión tradicional del agua. La variabilidad climática aumenta, dificultando la planificación a largo plazo y dejando a la sociedad expuesta a extremos cada vez más severos.


Infraestructuras obsoletas y una inversión insuficiente

Uno de los mayores problemas que agravan la crisis hídrica es la antigüedad de las infraestructuras de suministro y distribución. Expertos del sector señalan que se necesitarían cerca de 85.000 millones de euros para modernizar las redes obsoletas y construir sistemas duraderos capaces de soportar tanto episodios de sequía como de inundación.
Javier Nieto, director global de Desarrollo de Negocio en Agua de la empresa Acciona, advierte que “las redes actuales no están diseñadas para absorber volúmenes tan altos durante episodios extremos”. Esta carencia se evidencia cada vez que los ríos se desbordan, los embalses quedan en niveles críticos o se pierden grandes volúmenes de agua por fugas. En localidades como Badalona se ha denunciado una fuga que, desde 2005, desperdicia 180 mil litros diarios; en total, se estima que en España se pierden anualmente más de 700.000 millones de litros de agua, cifra alarmante que pone en jaque el mantenimiento y la modernización de la red hídrica.

Además, resulta imperativo abordar de manera urgente el mantenimiento integral de los cauces fluviales, torrentes, barrancos y otros cursos de agua. La limpieza, la canalización, el dragado y la reparación de estas infraestructuras son tareas esenciales para evitar riadas destructivas, como la recientemente ocurrida en Valencia y sus provincias limítrofes, un episodio del que no debemos olvidarnos, ni menos los gobernantes, hasta que «Santa Bárbara vuelva tronar».


El entramado político y la gestión fragmentada

La situación se agrava por la caotica organización territorial del Estado. Desde la transferencia de competencias a las comunidades autónomas, la gestión del agua se ha convertido en un entramado de intereses regionales. Cada gobierno regional controla materias como Agricultura, Medio Ambiente, Urbanismo y Vivienda, lo que genera un verdadero caos en la administración de las cuencas hidrográficas.
Cuando un río atraviesa varias comunidades, como en el caso del Guadiana, la gestión se vuelve arbitraria y dictada por los intereses particulares de cada territorio, sin coordinación efectiva ni visión a largo plazo. Este “estado de las autonomías” ha creado un escenario donde las decisiones se toman en función de pactos electorales y presiones locales, en detrimento del interés general y de la recurso de la sostenibilidad.

Cabe destacar que, ya cuando el gobierno de José María Aznar del PP se aprobó el Plan Hidrológico Nacional, concebido para coordinar la gestión del agua a nivel estatal. Sin embargo, su aplicación se ha aplazado sine die, dejando sin efecto un instrumento estratégico que podría haber contribuido a mitigar la crisis actual.


Soluciones tecnológicas y modelos a seguir: el ejemplo de Israel

A pesar de la situación crítica, España cuenta con tecnologías avanzadas como las plantas desalinizadoras y los sistemas de reutilización de aguas residuales, con potencial para aportar hasta 4.000 hectómetros cúbicos al año. No obstante, estas soluciones se aplican de forma muy limitada y requieren un marco regulatorio adecuado e inversiones sustanciales para tener un impacto significativo.

El modelo israelí se erige como ejemplo a seguir. En un país desértico, donde el 60% del territorio es árido, Israel ha desarrollado una “cultura del agua” que combina innovación tecnológica, planificación estratégica y una gestión integral del recurso. La implementación del riego por goteo, el tratamiento y reciclaje de aguas residuales (Israel recicla el 86% de sus aguas residuales para uso agrícola) y la construcción de plantas desalinizadoras a gran escala han permitido a los israelíes transformar la escasez en una ventaja competitiva.
Además, en Israel la pérdida de agua en la red de suministro es inferior al 10%, gracias a tecnologías de detección de fugas y una gestión eficiente, en contraste con las pérdidas en otros países, que pueden superar el 30%. Este éxito se debe en gran parte a la existencia de una autoridad nacional de aguas, independiente y especializada, ya una profunda concienciación social que enseña la importancia de cada gota desde la infancia.


Un legado histórico y un futuro en riesgo.

La problemática hídrica en España no es nueva. Crónicas medievales y registros históricos evidencian que, por ejemplo, durante el califato de Abderramán III, Al-Ándalus (que era como llamaban los musulmanes a la Península Ibérica) ya sufría prolongados periodos de escasez, obligando a plegarias por la lluvia y a adoptar medidas extremas para conservar el agua. En el siglo XX, las sequías impulsaron al régimen de Franco a una ambiciosa política de construcción de embalses –615 en total, capaces de almacenar más de 60.000 hectómetros cúbicos– en un esfuerzo por equilibrar la demanda y la disponibilidad de agua.
Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos históricos, la “pertinaz sequía” sigue siendo el leitmotiv en la gestión del agua en España, mientras se demuelen presas y se impide la construcción de nuevas infraestructuras que podrían mitigar el impacto tanto de las lluvias torrenciales como de los prolongados periodos secos.


Conclusiones:

El panorama hídrico español refleja la mala gestión, la falta de inversión y la fragmentación política. La inercia de infraestructuras obsoletas, la postergación de un plan nacional coordinado —como el aplazado Plan Hidrológico Nacional aprobado en tiempos de José María Aznar (1996-2004) — y la ausencia de mantenimiento integral de cauces y cursos de agua, han llevado a una situación en la que, mientras algunos territorios sufren la sequía, otros son devastados por inundaciones.

Para hacer frente a esta crisis, es imprescindible que el Gobierno, la AEMET y los expertos no se limiten a hablar, sino que actúen con decisión. Se requiere una inversión masiva en infraestructuras, la creación de una autoridad nacional de aguas y una coordinación efectiva entre las comunidades autónomas. Además, es fundamental abordar con urgencia el mantenimiento de los cauces fluviales, torrentes, barrancos, mediante acciones de limpieza, canalización, dragado y otras medidas que eviten riadas destructivas, como las ocurridas recientemente en Valencia y sus alrededores.

Mientras en España se siga hablando, periódicamente, de la “pertinaz sequía” y se delegue la gestión del agua a intereses políticos fragmentados, el recurso más vital del país seguirá en peligro.

La solución pasa por aprender de modelos exitosos, como el israelí, y por dejar de ser simples espectadores para convertirnos en protagonistas activos de una gestión que garantiza el acceso al agua para todos, hoy y en el futuro.

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Carlos Aurelio Caldito Aunión

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