¿PARA QUÉ VA AHORA EL REY A CEUTA?
Dos meses después, Felipe VI descubrirá que Ceuta sigue en el mismo sitio.

Finalmente, Felipe VI irá a Ceuta.
El 13 de octubre.
Más de dos meses después.
Y al día siguiente viajará a Melilla.
Bien.
Pero la pregunta sigue siendo la misma:
¿Para qué?
No pregunto para qué sirve una visita real en el manual de protocolo.
Eso ya lo conocemos.
Banderas.
Himnos.
Autoridades colocadas en fila.
Sonrisas.
Saludos.
Fotógrafos.
Periodistas describiendo la «enorme trascendencia institucional» del viaje.
Algún discurso cuidadosamente redactado.
Alguna referencia a la convivencia, a la unidad, al compromiso, a la solidaridad y a todos esos vocablos que sirven estupendamente para llenar veinte minutos sin solucionar absolutamente nada.
Pregunto otra cosa.
¿Para qué va Felipe VI a Ceuta ahora?
Porque cuando una ciudad española sufre una entrada masiva, una invasión, de decenas de miles de personas, el momento de aparecer no parece ser dos meses y medio después.
El momento debió ser entonces.
No cuando ya está organizada la comitiva.
No cuando se ha preparado el recorrido.
No cuando las aguas políticas están algo más tranquilas.
No cuando el problema ha dejado de ocupar las portadas todos los días.
Entonces.
En el momento difícil.
Cuando estar significa algo.
EL REY LLEGA TARDE
Ésa es la cuestión que merece plantearse sin hacer reverencias verbales.
Felipe VI llega tarde.
La entrada masiva se produjo a finales de julio.
La visita será el 13 de octubre.
Entre una fecha y otra caben muchas cosas.
Cabían varios viajes a Ceuta.
Cabían reuniones.
Cabían declaraciones.
Cabía una presencia inmediata.
Cabía incluso algo tan sencillo como ponerse en un avión o en un helicóptero y aparecer en una ciudad española sometida a una situación excepcional.
Pero no ocurrió.
Ahora sí.
Ahora parece que «se dan las condiciones».
Expresión maravillosa.
¿Y cuáles son esas condiciones?
¿Que hayan pasado más de dos meses?
¿Que la situación ya pueda integrarse cómodamente en una agenda oficial?
¿Que la visita ya no produzca demasiado ruido diplomático?
¿Que Marruecos haya tenido tiempo suficiente para digerirla?
¿Que Moncloa considere que el momento ya no resulta incómodo?
Son preguntas perfectamente razonables.
Porque cuando una visita se retrasa durante semanas, el calendario también habla.
Y a veces habla más que el discurso.
¿HABÍA QUE ESPERAR A QUE PEDRO SÁNCHEZ ENCONTRARA EL MOMENTO ADECUADO?
Hay además una frase especialmente reveladora.
La visita ha sido presentada como «consensuada» entre el Gobierno y la Casa Real.
¿Consensuada?
Magnífico verbo.
Uno de esos verbos que sirven para ocultar más de lo que explican.
Porque Felipe VI no va a Rabat.
Va a Ceuta.
No va a territorio extranjero.
Va a España.
Y resulta inevitable preguntarse desde cuándo el jefe del Estado necesita esperar durante semanas hasta que Gobierno y Zarzuela encuentren un momento políticamente cómodo para visitar una ciudad española sometida a una presión extraordinaria.
No hace falta imaginar órdenes escritas.
No hace falta imaginar prohibiciones formales.
Basta observar los hechos.
La crisis estalla.
El Rey no va.
Pasan semanas.
El Rey no va.
Pedro Sánchez anuncia que irá cuando «se den las condiciones».
Pasan más semanas.
Y finalmente, el 1 de octubre, conocemos la fecha.
13 de octubre.
La secuencia resulta bastante elocuente por sí sola.
EL EXTRAÑO CALENDARIO DE LA CORONA
Felipe VI sí encontró tiempo, entretanto, para muchas actividades.
Como es natural.
La agenda de un jefe del Estado está llena.
Pero resulta inevitable comparar prioridades.
Porque el 8 de septiembre se reunió en Zarzuela con la ministra de Defensa, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, mandos operativos y el comandante general de Ceuta para examinar la situación desde el punto de vista militar.
Perfecto.
Sabía, pues, que existía un problema.
Lo conocía.
Lo trataba.
Lo estudiaba.
Recibía información directa.
¿Y después?
Nada.
O, mejor dicho, espera.
Más espera.
Hasta el 13 de octubre.
Uno puede reunirse durante horas en Zarzuela.
Puede recibir informes.
Puede estudiar mapas.
Puede escuchar a generales.
Pero hay ocasiones en que un gesto sencillo vale más que una montaña de carpetas:
estar allí.
Y Felipe VI no estuvo.
CEUTA NO NECESITA SER DESCUBIERTA EL 13 DE OCTUBRE
Ceuta lleva siglos siendo española.
No necesita que nadie vaya a certificarlo.
Los ceutíes tampoco necesitan que el jefe del Estado les explique que forman parte de España.
Probablemente lo saben mejor que muchos habitantes de la Península.
Lo que necesitan es comprobar que el Estado español actúa como Estado.
Que protege sus fronteras.
Que controla quién entra.
Que sabe quién permanece.
Que responde cuando Marruecos utiliza la presión migratoria como instrumento político.
Que no abandona a sus ciudadanos durante semanas mientras Madrid administra palabras.
Y ahí está la gran pregunta.
Después del 13 de octubre:
¿qué?
¿Va a cambiar algo?
¿Habrá más seguridad?
¿Habrá una política distinta?
¿Habrá una respuesta clara ante Marruecos?
¿Habrá algún compromiso concreto?
¿O habrá terminado todo cuando se guarden las banderas y despeguen los helicópteros?
MARRUECOS, EL PAÍS AL QUE NADIE QUIERE MOLESTAR
En toda esta historia hay un personaje que nunca aparece en las fotografías oficiales, pero está siempre presente.
Marruecos.
Siempre Marruecos.
España lleva décadas tratando a Rabat con una mezcla de prudencia, miedo, dependencia y docilidad que cada cual puede calificar como prefiera.
Todo parece hacerse mirando de reojo al Palacio Real marroquí.
El Sáhara.
La inmigración.
La pesca.
La frontera.
Ceuta.
Melilla.
Las aduanas.
La cooperación policial.
La cooperación antiterrorista.
Todo.
Siempre aparece la misma advertencia:
Cuidado con Marruecos.
No debemos molestar a Marruecos.
Hay que preservar las relaciones con Marruecos.
Hay que evitar una crisis con Marruecos.
Hay que mantener los canales abiertos con Marruecos.
Y uno termina preguntándose algo muy sencillo:
¿quién depende de quién?
Porque cuando una política exterior consiste fundamentalmente en evitar que el vecino se enfade, quizá ya no estemos hablando de diplomacia.
Quizá estemos hablando de otra cosa.
EL GOBIERNO QUE SIEMPRE LLEGA DESPUÉS
La actuación del Gobierno durante la crisis ofrece abundante materia para el sarcasmo.
Hubo avisos previos.
Hubo peticiones de refuerzos.
Hubo contactos desde Ceuta con Madrid.
Hubo alertas sobre el aumento de la presión migratoria.
Y después llegó la entrada masiva.
El propio presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, ha relatado ante la Audiencia Nacional que trató de comunicar reiteradamente con Moncloa en los días anteriores y que reclamó medidas urgentes. El Gobierno discute parte de ese relato, pero incluso fuentes citadas por distintos medios reconocen que existían avisos y peticiones de refuerzo antes del colapso.
Y ahora, meses después, llegan las soluciones.
Decretos.
Reformas.
Anuncios.
Nuevos delegados.
Reuniones.
Visitas.
España posee una extraordinaria habilidad administrativa:
actuar cuando ya ha ocurrido aquello que debía impedir.
Primero sucede la catástrofe.
Después llega el Gobierno con una carpeta.
Y AHORA LLEGA EL REY
Dentro de ese mismo calendario aparece Felipe VI.
Tarde.
Muy tarde.
No porque el viaje carezca de valor simbólico.
Precisamente porque lo tiene.
Si no tuviera valor, sería irrelevante.
Pero si su presencia transmite respaldo, unidad, cercanía y firmeza del Estado, entonces surge inevitablemente la pregunta:
¿Por qué privó a Ceuta de ese «respaldo» durante más de dos meses?
No sirve responder que había que preparar el viaje.
Dos meses y medio dan para preparar la invasión de Normandía.
No una visita de un día a Ceuta.
No sirve decir que había problemas de seguridad.
Si el jefe del Estado no puede viajar con seguridad a una ciudad española porque atraviesa una situación difícil, entonces tenemos un problema bastante mayor que una agenda protocolaria.
No sirve tampoco invocar delicadezas diplomáticas.
Precisamente cuando otro Estado presiona sobre territorio español es cuando más sentido tiene mostrar presencia.
Lo contrario produce una imagen bastante distinta:
esperamos a que el vecino deje de molestarse para visitar nuestra propia casa.
EL DISCURSO
Después llegará el discurso.
Habrá que escucharlo.
No por sus adornos.
Por sus silencios.
¿Se pronunciará claramente la palabra Marruecos?
¿Se hablará de INVASIÓN?
¿Se hablará de presión fronteriza?
¿Se hablará de soberanía?
¿Se hablará de integridad territorial?
¿Se dirá que Ceuta y Melilla son españolas hoy, mañana y dentro de cien años?
¿Habrá alguna referencia clara a quienes utilizan seres humanos como instrumento de presión?
¿O tendremos veinte minutos de esa maravillosa lengua acolchada en la que todo son desafíos, convivencia, responsabilidad compartida, solidaridad y futuro?
Porque existe una manera muy española de no mentir:
No decir nada.
PEDRO SÁNCHEZ NO IRÁ
También se ha anunciado que Pedro Sánchez no acompañará a los Reyes.
Mejor para él.
Así evita fotografías incómodas.
Evita preguntas.
Evita protestas.
Evita tener que explicar su actuación durante los días previos a la entrada masiva.
Evita exponerse personalmente en una ciudad donde la gestión de su Gobierno ha provocado un enorme malestar.
Probablemente acudirá algún ministro.
Siempre hay un ministro disponible para estas cosas.
Los ministros sirven, entre otras muchas funciones, para ocupar la silla cuando el presidente prefiere no sentarse en ella.
UNA VISITA PERFECTAMENTE DIGERIBLE
Y ahí está quizá la clave.
La visita llega cuando ya resulta administrable.
No durante la tormenta.
Después.
Cuando puede convertirse en ceremonia.
Cuando se puede controlar el recorrido.
Cuando se puede preparar el discurso.
Cuando se puede elegir quién aparece en la fotografía.
Cuando se puede vender institucionalidad.
Cuando el viaje ya no parece una reacción contra la presión marroquí, sino una rutinaria visita de Estado.
Todo perfectamente digerible.
También para Rabat.
Y probablemente ahí está buena parte de la respuesta.
No hacía falta que el Rey fuera cuando Ceuta ardía políticamente.
Era demasiado incómodo.
Mejor esperar.
Siempre esperar.
En España hemos elevado la espera a política de Estado.
¿PARA QUÉ SIRVE ENTONCES LA CORONA?
Y aquí aparece la pregunta verdaderamente incómoda.
No qué poderes tiene.
No qué artículo dice qué cosa.
No qué explica el catedrático de turno.
Eso puede ocupar seminarios enteros.
La pregunta ciudadana es infinitamente más sencilla:
¿para qué sirve una institución si desaparece precisamente cuando más necesaria sería su presencia?
Si el Rey representa la unidad de España, Ceuta era el lugar.
Si simboliza la permanencia del Estado, Ceuta era el lugar.
Si representa a todos los españoles, Ceuta era el lugar.
Y si su presencia tiene valor, tenía mucho más valor el 31 de julio que el 13 de octubre.
Esto resulta difícil de discutir sin refugiarse en palabras.
LA MONARQUÍA DEL «MOMENTO OPORTUNO»
Felipe VI ha convertido la prudencia en marca de fábrica.
Siempre prudente.
Siempre medido.
Siempre institucional.
Siempre correcto.
Siempre esperando.
Quizá demasiado.
Porque existe una frontera muy estrecha entre la prudencia y la irrelevancia.
Entre moderar y desaparecer.
Entre evitar conflictos y evitar responsabilidades.
Entre actuar con cautela y llegar cuando todo ha ocurrido.
La Corona puede continuar administrando silencios durante décadas.
Pero después no debería sorprender que muchos españoles empiecen a preguntarse para qué sirve.
Una institución que sólo aparece cuando todo está pactado, medido y domesticado corre el riesgo de convertirse en decoración constitucional.
Muy digna.
Muy histórica.
Muy elegante.
Y perfectamente prescindible en los momentos decisivos.
EL 13 DE OCTUBRE
Así que Felipe VI llegará a Ceuta.
Será recibido.
Sonará el himno.
Habrá banderas.
Fotografías.
Aplausos.
Quizá protestas.
Después pronunciará unas palabras.
Visitará varios lugares.
Saludará a las autoridades.
Y se marchará.
Al día siguiente hará algo parecido en Melilla.
Y entonces llegará el 15 de octubre.
Ése es el día interesante.
Porque ese día ya no habrá Reyes.
No habrá comitiva.
No habrá cámaras de televisión nacionales.
No habrá centenares de policías protegiendo el recorrido oficial.
No habrá periodistas describiendo el «histórico viaje».
Quedarán los ceutíes.
Quedará la frontera.
Quedará Marruecos.
Quedará Pedro Sánchez.
Quedará su Gobierno.
Quedarán los problemas.
Y entonces podremos comprobar la verdadera trascendencia de la visita.
Si no cambia nada, habrá servido para producir exactamente aquello que mejor produce nuestro sistema político:
Una fotografía.
Otra más.
Y Ceuta no necesita fotografías.
Necesita algo mucho más sencillo:
Que España deje de comportarse allí como si tuviera que pedir permiso para ser España.