Nos aproximamos peligrosamente al 14 de agosto

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Noventa años de aquel 14 de agosto, de aquel verano del 36

«Y la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal».
Génesis, 19, 26.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Nos aproximamos peligrosamente al 14 de agosto.

Noventa años después de aquel 14 de agosto. De aquel verano del 36.

Noventa años desde que Badajoz dejó de ser solamente una vieja ciudad fronteriza, militar, funcionarial, provinciana y abaluartada para quedar unida para siempre a uno de los episodios más terribles, discutidos y, también, más utilizados de la Guerra Civil española.

Casi un siglo.

Tiempo suficiente para que hayan desaparecido prácticamente todos aquellos que podían pronunciar las cuatro palabras que ningún historiador puede sustituir:

«Yo estaba allí».

Y tiempo suficiente, también, para que sobre lo sucedido se hayan ido depositando capas y más capas de recuerdos, documentos, testimonios, silencios, propaganda, errores, exageraciones, medias verdades y afirmaciones repetidas tantas veces que terminaron adquiriendo categoría de certeza.

Pero ¿qué ocurrió realmente aquel 14 de agosto?

¿Qué sabemos?

¿Qué creemos saber?

¿Qué vieron quienes estuvieron allí?

¿Qué les contaron?

¿Qué escribieron después?

¿Quién contó los muertos?

¿Dónde?

¿Cuándo?

¿Durante qué período?

¿Hablamos de muertos durante el combate, de fusilados después, de fallecidos durante los días y meses siguientes, o de todos ellos juntos?

¿De dónde proceden algunas de las cifras que, noventa años después, seguimos repitiendo?

De ésas y otras preguntas nace 14 DE AGOSTO, una novela que pronto verá la luz.

No pretende volver a librar una guerra terminada hace casi noventa años.

Tampoco dictar desde 2026 sentencia sobre hombres que vivieron, combatieron, huyeron, mataron, murieron o, sencillamente, procuraron sobrevivir en 1936.

Pretende algo más sencillo.

Y acaso más incómodo:

volver a preguntar.


Antes de convertirse en Historia, Badajoz era una ciudad

Ésta es una de las ideas que recorren la novela.

Antes de la batalla, de la plaza de toros, de Yagüe, de las crónicas de los corresponsales, de las cifras y de las discusiones que llegarían después, Badajoz era una ciudad donde vivía gente.

Parece una perogrullada.

Quizá por eso se olvida con tanta facilidad.

Era una ciudad fronteriza, capital de provincia y la más importante de Extremadura. Una ciudad militar, con varios cuarteles, Comandancia de la Guardia Civil y una importante presencia de funcionarios. Una ciudad con sus Institutos de Enseñanza Media —el Zurbarán, masculino, y el Bárbara de Braganza, femenino—, Escuela Normal de Magisterio, Seminario Diocesano, comercios, cafés y una plaza de toros.

Y con su verdadero foro ciudadano:

el paseo de San Francisco.

Allí se paseaba, se hablaba, se cortejaba, se discutía y se conocían las vidas ajenas con esa minuciosidad propia de las ciudades todavía suficientemente pequeñas para que casi nadie fuese enteramente desconocido.

Badajoz seguía encerrada en buena medida entre fortificaciones levantadas durante siglos por su condición fronteriza.

Baluartes.

Puertas.

Murallas.

Y sobre la ciudad, su enorme Alcazaba.

Al otro lado, Portugal.

Siempre Portugal.

Paradójicamente, el ferrocarril no había convertido Badajoz en el gran nudo de comunicaciones que cabría esperar de una ciudad fronteriza. Era casi un punto muerto ferroviario.

Y allí vivían familias.

No personajes históricos.

Familias.


Aurelio

Entre ellas, la de Aurelio.

Aurelio es uno de los protagonistas de 14 DE AGOSTO.

No fue general.

No fue alcalde.

No fue diputado.

No dirigió partido alguno.

Era conserje del Casino que algunos llamaban «de los ricos», pintor de brocha gorda y se ocupaba también de la venta de entradas de la plaza de toros.

Y era muy amigo de juergas.

Lo cual acaso resulte bastante más humano que algunas biografías ejemplares.

Por su trabajo en el Casino veía y, sobre todo, oía.

Propietarios.

Militares.

Abogados.

Funcionarios.

Comerciantes.

Hombres que discutían sobre lo que iba a ocurrir en España y que, como suele suceder, sabían perfectamente lo que sucedería.

Cada uno sabía una cosa distinta.

Aurelio escuchaba.

Y callaba.

Su familia era católica, apostólica y romana en el Badajoz republicano y socialista de 1936.

Cuando llegó la guerra, sus dos hijos mayores, todavía muy jóvenes, se incorporaron al bando nacional. Uno acabaría herido en Toledo; el otro, mucho después, en el Ebro.

El menor apenas tendría trece años cuando terminase la guerra.

Mientras tanto, Aurelio y su mujer harían lo que hicieron millones de españoles:

esperar.

Esperar cartas.

Esperar noticias.

Esperar al cartero.

Esperar que los hijos regresasen.

Esperar que la guerra terminase.


Eufrasio

El otro gran personaje familiar es Eufrasio.

Vivía entonces en un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, muy cerca de Mérida.

Alternaba el jornal con trabajos de albañilería y, en ocasiones, ejercía como guarda de una propiedad rural.

Conocía, por tanto, los dos lados de la cerca.

Conocía a quienes poseían la tierra y, sobre todo, a quienes la trabajaban sin poseerla.

Vivió las tensiones sociales de aquellos años y las ocupaciones de tierras que precedieron a la guerra.

Y aprendió pronto algo que después repetiría durante toda su vida:

«Carlitos, no seas tonto y hazte el torpe».

Parece una ocurrencia.

No lo era.

Era una manera de sobrevivir.

Cuando hombres armados empiezan a preguntar de qué lado está uno, no siempre la respuesta más inteligente es pronunciar un discurso.

A veces conviene no saber.

No haber visto.

No recordar.

Ser muy torpe.

Eufrasio no aspiraba a convertirse en héroe.

Aspiraba a seguir vivo.

Y lo consiguió.


El inmenso tercer bando

Porque ésta es otra de las cuestiones que quiero plantear en la novela.

Siempre hablamos de dos bandos.

Y los hubo.

Pero entre ambos quedó atrapado un inmenso tercer bando sin bandera, sin himno, sin general y sin parte de guerra.

El de quienes no querían guerra alguna.

Jornaleros.

Tenderos.

Funcionarios.

Maestros.

Madres.

Niños.

Pequeños comerciantes.

Artesanos.

Creyentes y no creyentes.

Gente de izquierdas y de derechas.

Y muchísimos españoles que jamás habrían sabido explicar qué demonios estaba ocurriendo.

Su programa político era muy sencillo:

llegar vivos al día siguiente.

Muchos fueron víctimas de una guerra que ni les iba ni les venía.

Se encontraron, sencillamente, en el lugar inoportuno y en el momento inoportuno.


Antes del 18 de julio

La guerra tampoco cayó del cielo.

Venía precedida de años de creciente enfrentamiento.

Octubre de 1934 seguía muy presente.

Había habido una insurrección contra el Gobierno legítimo de la República, especialmente grave en Asturias, seguida de muertos, detenciones, condenas y una dura represión.

Después llegaron las elecciones de febrero de 1936.

La victoria del Frente Popular.

La amnistía.

El regreso de los presos.

Y, con ello, una nueva interpretación de lo sucedido.

Quienes para unos habían participado en una rebelión contra el Estado eran para otros víctimas de la represión.

Y entre unos y otros, como siempre ocurre, también había canallas.

Porque una guerra posee una sorprendente capacidad para convertir canallas en héroes, siempre que ganen los suyos.

El matón puede convertirse en combatiente.

El ladrón, en expropiador.

El asesino, en vengador.

Y, cuando cambia el vencedor, las palabras vuelven a cambiar.

El muerto, entretanto, continúa muerto.


El 14 de agosto

Y llegamos al día que da título a la novela.

Las tropas mandadas por Juan Yagüe avanzaron sobre Badajoz.

Legionarios.

Regulares.

Fuerzas curtidas en la guerra de África.

Frente a ellos, soldados, guardias, milicianos y paisanos armados defendían una ciudad cuyas viejas murallas volvían, siglos después, a servir para aquello para lo que habían sido construidas.

Hubo una batalla feroz.

Hubo muertos.

La ciudad cayó.

Y después hubo represión.

Fusilamientos.

Prisioneros.

La plaza de toros.

El cementerio.

Cadáveres.

Humo.

Eso no necesita ser negado.

Ni debe serlo.

Pero precisamente entonces comienzan las preguntas.


¿Cuántos?

Ésta es quizá la más conocida.

Y acaso no sea la mejor.

Porque antes deberíamos preguntar:

¿Cuántos qué?

¿Muertos durante el asalto?

¿Fusilados después?

¿Muertos el 14 de agosto?

¿Durante los días siguientes?

¿Durante agosto?

¿Hasta diciembre?

¿Enterrados?

¿Inscritos?

¿Identificados?

¿Desconocidos?

Las cifras 327 y 688, por ejemplo, aparecen relacionadas con registros y períodos que no son necesariamente iguales.

Por tanto, antes de comparar dos números hay que averiguar qué cuenta cada uno.

Parece aritmética elemental.

Lo es.

Y, sin embargo, noventa años después seguimos discutiendo sobre cifras sin formular antes esa pregunta.


Los que vieron y los que contaron

También aparecen en la novela los corresponsales extranjeros.

Mario Neves.

Marcel Dany.

Jacques Berthet.

Jay Allen.

Sus testimonios son fundamentales.

Pero tampoco son intercambiables.

No estuvieron todos en el mismo lugar, a la misma hora, viendo exactamente las mismas cosas.

Uno vio algo.

Otro oyó otra cosa.

Otro habló con testigos.

Otro reconstruyó posteriormente determinados acontecimientos.

Y aquí aparece una distinción que debería acompañar a cualquier investigación histórica:

«Lo vi».

«Me lo contaron».

«Supongo que ocurrió».

Las tres frases son legítimas.

Lo que no es legítimo es confundirlas.


El muerto que se negó a morir

Y entonces aparece uno de los hilos de la trama.

Un hombre figura entre los muertos.

Hay nombre.

Apellidos.

Procedencia.

Parece asunto terminado.

Sólo existe un pequeño inconveniente:

años después se casa.

No contaré más.

No vaya a ser que destripe la novela antes de publicarla.

Pero el caso sirve para abrir una pregunta.

Si una relación puede contener un nombre equivocado, ¿puede contener otros?

Naturalmente.

¿Demuestra eso que los demás muertos no existieron?

Naturalmente que no.

Y también cabe el error contrario.

Un muerto verdadero puede no aparecer en una relación.

Por eso el propósito no puede ser demostrar de antemano que fueron muchos o pocos.

Debe ser otro:

que cada muerto cuente una vez.

Ni cero.

Ni dos.

Una.


La plaza de toros

La plaza ocupa inevitablemente un lugar destacado.

Aurelio la conocía bien.

Vendía entradas allí.

Sabía dónde estaban las taquillas, las puertas, los tendidos y los pasillos.

Después del 14 de agosto aquel lugar adquirió un significado completamente distinto.

Hubo prisioneros.

Hubo violencia.

Y alrededor de la plaza nació uno de los relatos más poderosos sobre Badajoz.

La novela plantea nuevamente preguntas.

¿Qué sabemos que ocurrió allí?

¿Qué testimonios proceden de personas que lo vieron?

¿Qué llegó después?

¿Qué parte de la imagen de la plaza corresponde al hecho y cuál al relato construido sobre él?

Preguntar esto no significa negar nada.

Significa exactamente lo contrario:

intentar averiguarlo.


Yagüe y las palabras

También están las frases atribuidas a Yagüe.

Se han reproducido innumerables veces.

Pero las formulaciones no siempre coinciden.

Eso obliga a preguntar:

¿Quién las recogió?

¿Dónde?

¿Cuándo?

¿Proceden de un testigo directo?

¿Fueron traducidas?

¿Se reprodujeron posteriormente?

Que una frase sea atribuida no demuestra que sea falsa.

Pero tampoco convierte automáticamente su formulación literal en palabra probada.

Otra vez la misma vieja obligación:

distinguir lo que sabemos de lo que creemos saber.


Después vino el hambre

Y 14 DE AGOSTO no termina cuando termina la batalla.

Ni siquiera cuando termina la guerra.

Porque el 1 de abril de 1939 España no despertó como si los tres años anteriores no hubieran existido.

El país estaba devastado.

Carreteras.

Puentes.

Vías férreas.

Casas.

Campos.

Ganado.

Fábricas.

Durante tres años unos destruyeron lo que podía servir a los otros y los otros hicieron otro tanto.

Al terminar descubrieron algo bastante elemental:

todo aquello era de España.

Después llegaron las cartillas de racionamiento.

El hambre.

La escasez.

El estraperlo.

El contrabando.

Y nuevamente Portugal.

La Raya.

Los caminos que habían servido para escapar de la guerra servían ahora para pasar café, tabaco, aceite o aquello que pudiera encontrarse al otro lado.


Levantar una casa

Eufrasio abandonaría después su pueblo.

Se instalaría con su mujer y sus hijos en Badajoz.

Y, como hicieron tantas familias llegadas de los pueblos, construiría su propia casa en las afueras.

Aquellas afueras hace mucho que dejaron de serlo.

La ciudad creció y terminó engulléndolas.

Pero me interesa especialmente aquella imagen.

Un ladrillo.

Después otro.

Una pared.

Después otra.

Cuando había dinero, se continuaba.

Cuando no, se esperaba.

Después de tres años durante los cuales los españoles se habían dedicado con admirable eficacia a destruir España, millones de personas anónimas tuvieron que dedicarse a la tarea contraria:

reconstruirla.

Sin discursos.

Sin estatuas.

Sin libros de Historia.

Ladrillo a ladrillo.


La memoria

Noventa años después seguimos excavando.

Buscando.

Identificando.

Recordando.

Es justo que las familias quieran encontrar a sus muertos.

Todos.

Y precisamente ahí aparece otra pregunta incómoda:

¿todos los muertos merecen la misma consideración?

Una fosa no sabe quién ganó la guerra.

Un esqueleto carece de ideología.

Los huesos no votan.

Si buscamos a los muertos, habrá que buscarlos porque están muertos y porque hubo alguien que los quiso, no porque su filiación resulte más conveniente para el relato de nuestro tiempo.

La Historia deja de ser Historia cuando primero decide quién merece ser encontrado y después empieza a cavar.


No necesitamos otra Camboya

Tampoco necesitamos comparar Badajoz con Camboya, Ruanda o cualquier otro gran horror del siglo XX para comprender que lo ocurrido fue terrible.

Badajoz tiene bastante con su propia tragedia.

Una ejecución no se vuelve más criminal porque multipliquemos por diez el número de fusilados.

Un padre muerto no necesita otros mil cadáveres para que sus hijos sean huérfanos.

Un muerto basta.

Y precisamente por respeto a ese muerto conviene no inventarle compañeros.

Ni borrárselos.


La mujer de Lot

Por eso la imagen de la mujer de Lot preside también este proyecto.

La imagino convertida en estatua de sal en la orilla derecha del Guadiana, junto al puente de Palmas.

Al otro lado, Badajoz.

La Catedral al fondo.

La ciudad.

Y la mujer mirando hacia atrás.

«Y la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal».

No siempre es bueno mirar atrás.

Pero cuando se hace, conviene mirar bien.

No volver la vista solamente hacia aquello que confirma nuestras convicciones.

No utilizar a los muertos como munición política.

No trasladar hasta 2026 los odios de hombres que llevan cerca de un siglo enterrados.

No sustituir una propaganda por otra.


Pronto verá la luz

De todo esto nace 14 DE AGOSTO.

Una novela que pronto verá la luz.

Una novela sobre Badajoz.

Sobre aquel verano del 36.

Sobre Aurelio y Eufrasio.

Sobre quienes combatieron.

Sobre quienes huyeron.

Sobre quienes murieron.

Y sobre la inmensa mayoría que sólo procuró sobrevivir.

También sobre quienes, muchos años después, intentan reconstruir lo ocurrido y tropiezan con cifras, registros, testimonios que no siempre coinciden, muertos que faltan y hasta algún muerto que cometió la impertinencia de seguir vivo.

Hay personajes históricos.

Yagüe.

Puigdengolas.

Madroñero.

Neves.

Dany.

Berthet.

Allen.

Y personajes de ficción que permiten formular preguntas que siguen ahí, noventa años después.

No adelantaré las respuestas.

Algunas quizá ni siquiera las haya.

Porque otra de las ideas que recorre la novela es que «no lo sabemos» constituye una respuesta perfectamente digna cuando, en efecto, no lo sabemos.

Nos aproximamos peligrosamente al 14 de agosto.

Noventa años de aquel 14 de agosto.

De aquel verano del 36.

Tal vez haya llegado el momento de volver la vista atrás.

Pero no para convertirnos, como la mujer de Lot, en estatuas de sal.

Ni para desenterrar los odios junto con los huesos.

Sino para formular una pregunta mucho más sencilla:

¿qué ocurrió realmente?

Y otra, acaso más difícil:

¿estamos dispuestos a averiguarlo aunque la respuesta no coincida exactamente con aquello que queríamos encontrar?

De esas preguntas nace 14 DE AGOSTO.

Pronto verá la luz.

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