LA GUERRA OLVIDADA
Rusia, Ucrania y una paz que nadie sabe todavía cómo firmar
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores apresurados:
La guerra de Ucrania no se resolverá simplemente porque rusos y ucranianos vuelvan a sentarse alrededor de una mesa.
El verdadero problema es otro: qué puede aceptar cada parte sin considerar que ha perdido aquello por lo que lleva años combatiendo.
Los grandes obstáculos son cinco:
Territorio. Crimea, Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón siguen siendo el principal problema visible. Puede congelarse la línea del frente sin resolver de inmediato la soberanía definitiva.
Neutralidad y OTAN. Rusia rechaza una Ucrania integrada militarmente en Occidente. Ucrania rechaza quedar indefensa frente a Rusia.
Garantías de seguridad. Kiev quiere garantías que funcionen de verdad. Moscú no aceptará fácilmente tropas o estructuras de la OTAN instaladas junto a su frontera.
Sanciones y dinero. Habrá que decidir cuándo se levantan las sanciones, qué ocurre con los activos rusos congelados y quién paga la reconstrucción ucraniana.
Desconfianza. Ninguna de las partes cree ya en simples promesas.
La guerra tampoco nació en febrero de 2022. Detrás están la ampliación de la OTAN, Bucarest 2008, Crimea y el Donbás en 2014, los fracasados acuerdos de Minsk y las negociaciones de Estambul de 2022.
Por eso una paz estable necesitará algo más que buenas palabras:
Un alto el fuego verificable;
Una línea de separación clara;
Garantías automáticas;
Un estatuto militar aceptable para Ucrania;
Y mecanismos que hagan demasiado caro incumplir lo pactado.
Todos tendrán que ceder.
Rusia no conseguirá probablemente todo lo que exige.
Ucrania tampoco recuperará necesariamente por la negociación todo aquello que no ha podido recuperar por las armas.
Estados Unidos tendrá que decidir hasta dónde está dispuesto a garantizar la seguridad ucraniana.
Y Europa tendrá que asumir responsabilidades propias.
La clave final puede resumirse en una frase:
Habrá paz cuando a todos les resulte más caro volver a la guerra que cumplir un acuerdo imperfecto.
No hace falta amistad.
Ni reconciliación.
Ni confianza.
Hace falta cálculo.
Y conseguir, al menos, que después de ésta no venga otra guerra.
Si quieres profundizar y saber más, sigue leyendo.
La guerra de Ucrania no ha terminado. Simplemente ha dejado de ocupar todos los días las primeras páginas.
Otras guerras, otras crisis y otras urgencias han ido desplazándola de los titulares. Pero los muertos continúan muriendo, los drones siguen volando, los misiles siguen cayendo, las ciudades continúan buscando refugio y Rusia y Ucrania siguen gastando hombres, dinero, armas y futuro en una guerra que en febrero de 2027 cumplirá cinco años desde la invasión rusa a gran escala.
Ahora aparece de nuevo la palabra paz.
Estados Unidos ha propuesto una reunión técnica entre representantes de Rusia, Ucrania y Washington en Emiratos Árabes Unidos. Volodímir Zelenski confirmó el 25 de septiembre la iniciativa estadounidense. No se trata todavía de una conferencia de paz ni de una negociación final, sino de intentar que quienes se disparan vuelvan también a hablarse.
No es poca cosa.
Pero tampoco conviene engañarse.
El problema no consiste en encontrar una sala, tres mesas, media docena de intérpretes y un hotel confortable en Abu Dabi. El problema consiste en averiguar qué tendría que aceptar cada contendiente para dejar de combatir y, sobre todo, para no volver a hacerlo unos años después.
Ahí está el nudo.
Una cosa es un alto el fuego y otra muy distinta la paz
Las guerras pueden detenerse sin resolverse.
Corea constituye el ejemplo clásico: dejó de combatirse a gran escala en 1953, pero nunca se firmó un tratado de paz definitivo.
Ucrania podría terminar de manera semejante: congelando aproximadamente una línea de frente y aplazando durante décadas la solución de los problemas fundamentales.
Eso sería probablemente menos malo que continuar enterrando gente. Pero no sería necesariamente una paz perdurable.
Y precisamente ahí aparece la primera gran dificultad: Moscú y Kiev discuten no solamente dónde debe detenerse la guerra, sino qué debe existir después de ella.
Rusia pretende garantías respecto de la futura posición estratégica de Ucrania.
Ucrania pretende garantías frente a una futura intervención rusa.
Ambas cuestiones son, en buena medida, el reflejo inverso de la misma preocupación.
Moscú considera inaceptable una Ucrania integrada militarmente en la OTAN o convertida en plataforma occidental junto a su frontera.
Kiev considera inaceptable quedar neutralizada, militarmente limitada y sin garantías suficientes después de haber sido invadida.
Dicho en román paladino: Rusia quiere asegurarse de que Ucrania no pueda convertirse en una amenaza para Rusia; Ucrania quiere asegurarse de que Rusia no pueda volver a convertirse en una amenaza para Ucrania.
Y todavía nadie ha encontrado la fórmula aceptable para ambos.
El territorio: la cuestión que ningún mapa puede ocultar
Después aparece el asunto más visible: la tierra.
Crimea está bajo control ruso desde 2014.
Rusia controla también extensas zonas del este y del sur de Ucrania y reclama Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón. En las negociaciones de Estambul de 2025 Moscú exigió, entre otras cosas, el reconocimiento de sus pretensiones territoriales, la retirada ucraniana de determinadas zonas que Kiev todavía controlaba y restricciones militares para Ucrania. Kiev rechazó esas exigencias.
El problema continúa intacto.
Y hay una diferencia enorme entre dos cosas que a menudo se mezclan.
Una consiste en aceptar provisionalmente que Rusia controle de hecho determinados territorios.
Otra completamente distinta consiste en que Ucrania reconozca jurídicamente que esos territorios pertenecen a Rusia.
Puede imaginarse una paz en la que la línea del frente quede congelada sin que Kiev reconozca formalmente las anexiones.
Eso permitiría aplazar el problema territorial.
Pero aplazar un problema no equivale a resolverlo.
Y para Moscú tampoco resulta necesariamente suficiente detenerse donde estén sus tropas si considera que determinadas provincias completas forman ya parte de la Federación Rusa.
Ahí surge una de las contradicciones más difíciles de salvar.
Para alcanzar un acuerdo, alguien tendría que renunciar a una parte de sus objetivos.
Hasta ahora ninguno parece dispuesto a hacerlo en medida suficiente.
La neutralidad de Ucrania
Este puede ser todavía un obstáculo mayor que los kilómetros cuadrados.
Rusia viene reclamando desde hace años que Ucrania abandone definitivamente cualquier aspiración de entrar en la OTAN. Putin volvió a formular en 2024 la renuncia ucraniana a la Alianza Atlántica como una de las condiciones para poner fin a la guerra, junto con exigencias territoriales y militares.
Para Moscú, éste no es un asunto accesorio.
Forma parte de lo que denomina las causas profundas del conflicto.
Para Kiev ocurre justamente lo contrario.
La experiencia de 2014 y, sobre todo, la invasión de 2022 han reforzado la conclusión ucraniana de que una declaración de neutralidad escrita en un papel carece de utilidad si nadie está dispuesto a defenderla después.
Y ahí aparece la pregunta incómoda:
¿Quién garantizaría la neutralidad de Ucrania?
Porque una Ucrania neutral, pero armada hasta los dientes y respaldada militarmente por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania y Polonia podría resultar para Moscú casi equivalente a una Ucrania integrada de hecho en la estructura militar occidental.
Pero una Ucrania neutral, desarmada o severamente limitada militarmente podría resultar para Kiev una invitación a que dentro de cinco, diez o quince años todo comenzase de nuevo.
Éste es probablemente uno de los problemas esenciales de cualquier negociación.
¿Quién garantiza el acuerdo?
Supongamos que mañana se firma un alto el fuego.
¿Quién vigila la línea?
¿Cascos azules?
¿Observadores internacionales?
¿Tropas europeas?
¿Soldados estadounidenses?
¿Una fuerza integrada por países neutrales?
¿Turcos?
¿Emiratíes?
¿Chinos?
La composición de esa fuerza ya constituye un problema político.
Rusia difícilmente aceptaría tranquilamente tropas de países de la OTAN desplegadas en Ucrania con el argumento de garantizar la paz.
Ucrania difícilmente aceptaría una garantía formada por observadores incapaces de intervenir en caso de nueva ofensiva.
Una garantía que nadie está dispuesto a hacer cumplir no es una garantía.
Es papel timbrado.
Por eso Kiev insiste en garantías de seguridad robustas y en conservar unas fuerzas armadas capaces de defender al país. Zelenski ha señalado expresamente que el Ejército ucraniano, su industria militar y sus asociaciones con países occidentales deberán formar parte de esas garantías futuras.
Ésta es una cuestión central y extraordinariamente difícil.
Las sanciones y el dinero
Después viene algo bastante menos sentimental pero igualmente importante: el dinero.
Occidente ha impuesto durante años sucesivas sanciones contra Rusia.
Existen además centenares de miles de millones de euros de activos rusos inmovilizados o congelados.
Rusia exige el levantamiento de sanciones dentro de cualquier arreglo definitivo.
Ucrania reclama reparaciones y pretende que los activos rusos contribuyan a financiar su reconstrucción.
Europa mantiene congelados alrededor de 210.000 millones de euros de activos soberanos rusos, asunto que Moscú considera directamente relacionado con la futura normalización económica.
Otro círculo difícil de cuadrar.
¿Se levantan las sanciones antes de que Rusia cumpla el acuerdo?
Entonces desaparece una parte fundamental de la presión occidental.
¿Se levantan después?
Moscú puede preguntarse qué garantías tiene de que efectivamente desaparecerán.
¿Se utilizan los activos rusos para reconstruir Ucrania?
Rusia lo rechazará.
¿Se devuelven íntegramente?
Ucrania preguntará entonces quién paga la destrucción.
La paz también acaba pasando por los bancos.
El problema de la secuencia
Hay además una cuestión aparentemente técnica que puede hacer fracasar todo: qué ocurre primero.
Ucrania ha defendido en distintas negociaciones un alto el fuego amplio antes de discutir determinadas cuestiones políticas.
Rusia ha sostenido que detener simplemente las operaciones sin resolver previamente las causas del conflicto permitiría a Ucrania rearmarse y reiniciar después la guerra.
Es la vieja pregunta del huevo y la gallina trasladada al campo de batalla.
¿Primero se deja de disparar y después se negocia, o primero se pactan las condiciones esenciales y después se deja de disparar?
Si nadie confía en nadie, cada paso del adversario puede interpretarse como una trampa.
Un alto el fuego puede servir para preparar una nueva ofensiva.
Una negociación prolongada puede servir para continuar conquistando terreno mientras se habla.
Una retirada puede convertirse en irreversible si la otra parte no cumple después su compromiso.
De ahí que cualquier acuerdo necesite fases, verificadores, plazos, mecanismos automáticos y consecuencias claras por incumplimiento.
La paz necesita diplomáticos.
Pero también necesita notarios, inspectores, satélites y soldados.
El campo de batalla sigue sentado en la mesa de negociaciones
Existe además una verdad elemental que suele olvidarse cuando aparecen las fotografías de diplomáticos sonrientes:
las negociaciones dependen también de lo que sucede en el frente.
Quien cree que puede mejorar su situación militar tiene menos incentivos para hacer concesiones hoy.
Quien teme encontrarse dentro de seis meses en una posición peor tiene más razones para negociar ahora.
Por eso cada ofensiva, cada contraofensiva, cada invierno, cada falta de municiones y cada nuevo sistema de armas modifica también las conversaciones diplomáticas.
A finales de septiembre de 2026 Ucrania anunció avances significativos en el norte de Donetsk, mientras Rusia mantiene una fuerte presión militar y continúa atacando infraestructuras y ciudades ucranianas.
Es decir: mientras los diplomáticos buscan una mesa, los generales siguen intentando mover el mapa.
Y ésa nunca ha sido una buena combinación para cerrar rápidamente una guerra.
Estados Unidos puede mediar, pero no decidirlo todo
Washington posee probablemente mayor capacidad que cualquier otro actor para empujar a las partes hacia una negociación.
Puede presionar a Kiev mediante armas, inteligencia, financiación y garantías de seguridad.
Puede presionar a Moscú mediante sanciones, energía, comercio, relaciones financieras y negociación bilateral.
Pero ni siquiera Estados Unidos puede fabricar fácilmente un acuerdo aceptable para ambos.
Además, existen otros jugadores.
Europa tiene intereses propios.
Polonia y los países bálticos contemplan a Rusia desde una perspectiva distinta a la de otros Estados europeos.
Turquía controla los estrechos y mantiene relaciones con ambos contendientes.
China constituye un socio económico y estratégico fundamental para Moscú.
India compra enormes cantidades de energía rusa.
Emiratos Árabes Unidos ha demostrado capacidad para actuar como intermediario.
Y todos ellos poseen intereses que no coinciden necesariamente.
La guerra es ruso-ucraniana.
La paz será inevitablemente internacional.
La desconfianza: probablemente el enemigo más difícil
Finalmente aparece el problema que no figura claramente en ningún mapa.
Ninguna de las partes confía en la otra.
Rusia considera que anteriores acuerdos y treguas permitieron a Ucrania reforzarse militarmente.
Ucrania recuerda que existían acuerdos, garantías y fronteras reconocidas antes de 2014 y antes de 2022.
Cada uno interpreta la historia reciente como demostración de que confiar en el contrario constituye una estupidez.
Y una paz perdurable exige precisamente algo extraordinariamente difícil: hacer que el cumplimiento del tratado no dependa de la buena voluntad.
Un buen acuerdo no puede basarse en:
—«Confía en mí».
Tiene que basarse en:
—«Aunque no confíes en mí, me resultará demasiado caro incumplir».
Ahí reside probablemente la clave.
Entonces, ¿es posible la paz?
Sí, porque todas las guerras terminan de alguna manera.
Pero convendría abandonar la idea infantil de que la solución consiste simplemente en pedir a Putin y Zelenski que se sienten alrededor de una mesa y entren en razón.
Los obstáculos son concretos:
territorio, neutralidad, OTAN, garantías de seguridad, tamaño y armamento del Ejército ucraniano, sanciones, activos rusos congelados, reconstrucción, fronteras, prisioneros, deportados, navegación por el mar Negro, centrales nucleares, energía y mecanismos de vigilancia.
Y por encima de todos ellos existe otro:
¿qué concesiones puede aceptar cada Gobierno sin considerar que ha perdido aquello por lo que lleva años combatiendo?
Ésa es la verdadera negociación.
La reunión propuesta por Estados Unidos en Emiratos Árabes Unidos puede servir para comenzar por asuntos menos imposibles: intercambios de prisioneros, protección de infraestructuras energéticas, navegación por el mar Negro, seguridad nuclear o treguas parciales. Washington y Kiev ya han discutido precisamente algunos de esos pasos de desescalada.
Sería poco comparado con un tratado definitivo.
Pero después de cuatro años y medio de guerra, poco empieza a ser mucho.
Quizá el final no llegue mediante una gran ceremonia, un abrazo y una paz perpetua.
Quizá llegue como suelen llegar muchas soluciones humanas: imperfectamente.
Primero dejar de disparar.
Después separar tropas.
Después intercambiar prisioneros.
Después abrir carreteras, puertos y fronteras.
Después discutir durante años aquello que nadie puede resolver ahora.
Y quizá haya que aceptar una última realidad incómoda:
una paz posible puede parecer injusta a rusos y ucranianos al mismo tiempo.
Precisamente por eso podría llegar a ser firmable.
La cuestión decisiva no será averiguar quién consigue imponer completamente su relato sobre el pasado.
Será conseguir que, al día siguiente de firmar, ninguno encuentre rentable volver a empezar la guerra.
LA GUERRA OLVIDADA
Rusia, Ucrania y una paz que nadie sabe todavía cómo firmar
LA GUERRA QUE PUDO EVITARSE: DE 1991 A 2022
Las guerras casi nunca empiezan el día en que comienzan los tiros.
Ese día solamente empieza la parte ruidosa.
Antes han venido años de decisiones, amenazas, errores, incumplimientos, miedos, provocaciones, expectativas frustradas y cálculos equivocados.
La guerra de Ucrania tampoco comenzó intelectualmente el 24 de febrero de 2022.
Aquel día comenzó la invasión rusa a gran escala.
Pero para comprender cómo se llegó hasta allí hay que retroceder tres décadas.
Hasta 1991.
Hasta la desaparición de la Unión Soviética.
Hasta el momento en que todo parecía posible.
Y en el que comenzaron a sembrarse, también, algunos de los problemas que terminarían estallando treinta años después.
1991: desaparece un imperio y aparece un vacío
Cuando la Unión Soviética se derrumbó, Rusia perdió en pocos meses buena parte del territorio, población, recursos, bases militares, zonas de influencia y profundidad estratégica que había controlado durante décadas.
Ucrania se convirtió en un Estado independiente.
No era una pieza cualquiera.
Era una enorme república, con decenas de millones de habitantes, industria pesada, puertos del mar Negro, centrales nucleares, tierras agrícolas extraordinariamente fértiles y una posición geográfica fundamental entre Rusia y Europa Central.
También heredó una parte considerable del arsenal nuclear soviético.
Con la independencia apareció una cuestión que durante la época soviética no había existido:
¿Dónde terminaba realmente el espacio de seguridad ruso y dónde comenzaba el occidental?
Durante unos años nadie pareció tener una respuesta definitiva.
Occidente se consideraba vencedor de la Guerra Fría.
Rusia intentaba reconstruirse.
Los antiguos países del Pacto de Varsovia miraban hacia la OTAN y hacia la Unión Europea.
Y Ucrania intentaba mantener un equilibrio precario entre Moscú y Occidente.
El problema era sencillo de formular y dificilísimo de resolver.
Para Polonia, los países bálticos y otros antiguos Estados sometidos a Moscú, entrar en la OTAN significaba protegerse frente a Rusia.
Para buena parte de la clase dirigente rusa, cada ampliación de la OTAN significaba exactamente lo contrario: que la infraestructura militar occidental se acercaba progresivamente a las fronteras rusas.
Las dos percepciones podían coexistir.
Y coexistieron.
Con consecuencias acumulativas.
La ampliación de la OTAN
La OTAN había nacido en 1949 para contener a la Unión Soviética.
La Unión Soviética desapareció en 1991.
La OTAN, en cambio, no desapareció.
Se amplió.
En 1999 ingresaron Polonia, Hungría y la República Checa.
En 2004 lo hicieron Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia y Lituania.
Después llegarían otros países.
Desde el punto de vista occidental, cada Estado soberano tenía derecho a decidir sus alianzas.
Desde la perspectiva rusa, la organización militar que durante décadas había sido su principal adversario avanzaba hacia el Este.
No hace falta compartir la interpretación rusa para comprenderla.
Tampoco hace falta aceptar que la ampliación de la OTAN hiciera inevitable una guerra.
Lo relevante es que Moscú fue expresando durante años que la consideraba una cuestión de seguridad nacional.
Y Ucrania ocupaba una posición completamente distinta de Polonia o Hungría.
Poseía más de dos mil kilómetros de frontera con Rusia.
Crimea albergaba Sebastopol y la principal base rusa del mar Negro.
Las economías estaban profundamente relacionadas.
Millones de familias tenían vínculos a ambos lados de la frontera.
Y Rusia consideraba históricamente a Ucrania parte central de su espacio político, cultural y estratégico.
Por eso la discusión sobre una eventual entrada ucraniana en la OTAN adquirió una importancia extraordinaria.
Bucarest, 2008: la promesa sin fecha
En la cumbre de Bucarest de abril de 2008, la OTAN declaró que Ucrania y Georgia se convertirían en miembros de la Alianza.
No se fijó una fecha.
No se les concedió inmediatamente el Plan de Acción para la Adhesión.
Pero quedó escrita la promesa política de incorporación futura.
Aquello creó una situación peculiar.
Ucrania no estaba protegida por el artículo 5 de la OTAN.
Pero Rusia sabía que existía un compromiso político para incorporarla algún día.
Era, en cierto modo, la peor combinación imaginable.
Ucrania no tenía las garantías de seguridad propias de un miembro.
Rusia contemplaba la posibilidad de que acabara convirtiéndose en uno.
La ambigüedad podía ser útil diplomáticamente durante un tiempo.
A largo plazo resultó explosiva.
Ucrania llegó a ser oficialmente no alineada
Hay además un dato que con frecuencia se olvida.
En 2010 Ucrania adoptó formalmente una condición de país no alineado.
No pertenecía a la OTAN.
No existía una fecha de adhesión.
Su legislación consagraba precisamente esa posición intermedia.
Ese estatuto fue abandonado por el Parlamento ucraniano en diciembre de 2014, después de la anexión rusa de Crimea y del comienzo de la guerra en el Donbás.
Esto ayuda a comprender otra paradoja de la guerra.
Rusia argumentó durante años que necesitaba impedir la entrada de Ucrania en la OTAN.
Pero sus propias actuaciones desde 2014 contribuyeron decisivamente a convencer a una parte creciente de los ucranianos de que precisamente necesitaban protección occidental frente a Rusia.
Moscú temía una Ucrania atlantista.
Su actuación ayudó a producirla.
Kiev pretendía alejarse de Moscú.
Sus decisiones confirmaron a Rusia que Ucrania podía acabar convertida en un puesto avanzado occidental.
Es uno de esos mecanismos perversos tan frecuentes en política internacional:
cada parte adopta medidas defensivas que la otra interpreta como ofensivas.
Y cada reacción confirma el miedo anterior del adversario.
2014: el año en que todo cambió
Hasta 2014 todavía resultaba imaginable una Ucrania que mantuviese simultáneamente relaciones estrechas con Rusia y con Europa.
Después dejó de serlo.
Las protestas del Maidán, la caída de Víktor Yanukóvich, el cambio de Gobierno en Kiev, la anexión rusa de Crimea y el levantamiento armado en el Donbás transformaron radicalmente la situación.
Crimea pasó al control ruso.
Donetsk y Lugansk se convirtieron en escenarios de guerra.
Rusia respaldó a los separatistas.
Ucrania comenzó a reorganizar y fortalecer sus fuerzas armadas.
Occidente impuso sanciones contra Rusia.
La rivalidad dejó de ser fundamentalmente política.
Se convirtió en militar.
Desde ese momento ya no se discutía solamente la futura orientación estratégica de Ucrania.
Había muertos.
Había territorios disputados.
Había ejércitos.
Había sanciones.
Había agravios.
Había memoria de guerra.
Minsk I y Minsk II
Los acuerdos de Minsk de 2014 y 2015 intentaron detener la guerra en el Donbás.
Contenían elementos militares y políticos.
Alto el fuego.
Retirada de armamento pesado.
Intercambio de prisioneros.
Reforma constitucional ucraniana.
Descentralización.
Un estatuto particular para determinadas zonas de Donetsk y Lugansk.
Restablecimiento progresivo del control ucraniano de la frontera.
Pero apareció el problema de la secuencia.
Ucrania quería seguridad y retirada de fuerzas antes de realizar determinadas concesiones políticas.
Rusia y los separatistas insistían en que las modificaciones políticas debían producirse antes de completar otros pasos.
Cada parte interpretó los acuerdos de manera distinta.
Y, fundamentalmente, nadie consiguió obligar a todos a cumplirlos simultáneamente.
Minsk no produjo la paz.
Produjo una guerra de menor intensidad.
El frente quedó parcialmente congelado.
Pero siguieron muriendo soldados y civiles.
La guerra no terminó.
Se administró.
Y administrar una guerra no equivale a resolverla.
El error de confundir ausencia de grandes ofensivas con paz
Entre 2015 y 2022 Europa se acostumbró al conflicto.
Las noticias del Donbás dejaron de abrir los informativos.
Las bajas se convirtieron en estadísticas periódicas.
La diplomacia mantuvo reuniones.
Y comenzó a instalarse la impresión de que la situación podía continuar indefinidamente.
Era una ilusión.
Existía un conflicto territorial no resuelto.
Existía una rivalidad estratégica sin resolver.
Existían acuerdos incumplidos.
Existía una Ucrania cada vez más orientada hacia Occidente.
Existía una Rusia que consideraba esa orientación una amenaza.
Existían ejércitos enfrentados.
Solamente faltaba la chispa suficiente para que el conflicto volviera a escalar.
Las garantías que no eran garantías
Hay otro antecedente fundamental.
En 1994 Ucrania aceptó desprenderse de las armas nucleares soviéticas que habían quedado en su territorio.
El Memorando de Budapest estableció compromisos políticos de respeto a su independencia, soberanía y fronteras.
Para Ucrania, lo ocurrido desde 2014 demostró una cosa:
las garantías escritas que no llevan detrás un mecanismo automático de defensa pueden valer muy poco cuando llega el momento decisivo.
Esa experiencia explica buena parte de la postura ucraniana actual.
Cuando Kiev habla de garantías de seguridad, ya no quiere declaraciones solemnes.
Quiere saber:
quién combate,
con qué fuerzas,
en cuánto tiempo,
con qué armas,
y qué sucede exactamente si Rusia vuelve a cruzar la frontera.
Todo lo demás le parece insuficiente.
Rusia también construyó su propio relato de inseguridad
Mientras Ucrania interpretaba 2014 como demostración de la amenaza rusa, Moscú extraía una conclusión opuesta.
Desde la perspectiva rusa, Occidente había ido incorporando progresivamente antiguos países del bloque soviético a sus estructuras políticas y militares.
Después apoyaba abiertamente la integración europea y atlántica de Ucrania.
Rusia afirmaba que aquello destruía progresivamente el colchón estratégico que durante siglos había considerado imprescindible.
La cuestión fundamental no es decidir aquí si ese razonamiento justifica nada.
No lo hace automáticamente.
La cuestión consiste en entender que las guerras se producen también por percepciones de amenaza, acertadas o equivocadas.
Y Rusia llevaba años diciendo que Ucrania pertenecía a la categoría de asuntos que consideraba vitales para su seguridad.
Occidente sabía que Moscú lo consideraba así.
Ucrania también.
El problema fue que conocer una línea roja no significa necesariamente aceptarla.
2021: las posiciones se endurecen
Durante 2021 Rusia concentró progresivamente tropas alrededor de Ucrania.
Las exigencias de Moscú fueron endureciéndose.
En diciembre presentó propuestas de tratados a Estados Unidos y a la OTAN.
Entre otras cosas, reclamaba garantías de que Ucrania no ingresaría en la Alianza y cambios en el despliegue militar occidental en Europa oriental.
Washington y la OTAN estaban dispuestos a discutir determinados asuntos —control de armamentos, transparencia, misiles y ejercicios militares—, pero rechazaban aceptar que Rusia pudiera decidir qué países tenían derecho a ingresar en la Alianza.
Ahí estaba otra incompatibilidad básica.
Rusia reclamaba una esfera de seguridad.
Occidente defendía el derecho soberano de cada Estado a escoger sus alianzas.
Ambos principios chocaban frontalmente cuando se aplicaban a Ucrania.
Y nadie consiguió construir una fórmula intermedia antes de que comenzara la guerra.
24 de febrero de 2022
Entonces llegaron los tanques.
Rusia atacó Ucrania desde varios frentes.
Desde territorio ruso.
Desde Bielorrusia.
Desde Crimea.
Las fuerzas rusas avanzaron hacia Kiev.
La apuesta parecía buscar una resolución rápida.
No ocurrió.
Ucrania resistió.
Rusia fracasó en su intento de ocupar Kiev.
Occidente comenzó a suministrar cantidades crecientes de armamento.
La guerra que quizá algunos habían imaginado de días o semanas se convirtió en una guerra de años.
Y, paradójicamente, pocas semanas después del comienzo de la invasión aparecieron algunas de las negociaciones más importantes que se han celebrado hasta ahora.
Estambul, primavera de 2022
Éste es uno de los episodios que merecen mayor atención.
Rusos y ucranianos negociaron primero en Bielorrusia y después en Turquía.
El 29 de marzo de 2022 las delegaciones se reunieron en Estambul.
Allí llegó a elaborarse un esquema de posible acuerdo.
Ucrania aceptaba discutir una neutralidad permanente y la renuncia a ingresar en alianzas militares.
A cambio reclamaba garantías internacionales de seguridad.
Podía continuar aspirando a integrarse en la Unión Europea.
Crimea quedaría sometida a un periodo prolongado de negociación.
También se discutían límites a determinadas capacidades militares ucranianas.
Es decir:
hubo negociación real.
No una paz firmada.
No un tratado terminado.
Pero tampoco una simple fotografía propagandística.
Existió una ventana.
Entonces, ¿estuvo realmente a punto de firmarse la paz?
Aquí conviene separar el mito de los documentos.
Una versión sostiene que Rusia y Ucrania estaban prácticamente a punto de alcanzar un acuerdo y que Occidente, particularmente el Gobierno británico de Boris Johnson, convenció a Zelenski de abandonarlo.
Otra sostiene que jamás existió un tratado terminado y que persistían discrepancias fundamentales.
Los documentos conocidos y los testimonios posteriores muestran que sí existió un marco negociador serio, pero también desacuerdos muy importantes.
Uno de ellos afectaba precisamente a las garantías de seguridad.
El planteamiento inicial permitía que los Estados garantes acudieran militarmente en ayuda de Ucrania si volvía a ser atacada.
Rusia pretendió después que esa intervención necesitara el consentimiento de todos los garantes, incluida la propia Rusia.
Para Kiev, eso equivalía en la práctica a conceder al posible agresor derecho de veto sobre la defensa de la víctima.
Tampoco había acuerdo definitivo sobre el tamaño de las Fuerzas Armadas ucranianas.
Los borradores manejaron cifras enormemente distantes.
Seguían abiertos problemas territoriales.
Y no estaba claro qué países occidentales aceptarían asumir unas garantías capaces de obligarlos a entrar en guerra con Rusia si el acuerdo fracasaba.
Por tanto, hubo oportunidad.
Pero todavía quedaba bastante camino entre aquella oportunidad y una paz firmada.
Bucha cambió también el clima político
A comienzos de abril de 2022 aparecieron las imágenes y denuncias de asesinatos de civiles en Bucha después de la retirada rusa de la zona.
Aquello endureció extraordinariamente el clima político ucraniano e internacional.
Sin embargo, es importante señalar que las negociaciones no se interrumpieron inmediatamente.
Los borradores continuaron circulando durante algún tiempo.
Por eso tampoco resulta exacto reducir el fracaso de Estambul a una sola explicación.
Intervinieron varios factores:
la cuestión de las garantías;
la desconfianza absoluta;
los límites militares;
las fronteras;
la situación de Crimea y Donbás;
las atrocidades conocidas tras la retirada rusa;
la mejora de la posición militar ucraniana después del fracaso ruso ante Kiev;
y la decisión occidental de aumentar enormemente el apoyo militar a Ucrania.
¿Y Boris Johnson?
La visita de Boris Johnson a Kiev el 9 de abril de 2022 ha adquirido casi carácter legendario.
Según una versión ampliamente difundida, Johnson transmitió a Zelenski que Occidente no estaba dispuesto a aceptar determinado acuerdo con Putin y que Ucrania podía seguir contando con apoyo occidental.
El negociador ucraniano Davyd Arakhamia confirmó posteriormente que la neutralidad constituía una demanda central rusa y que los países occidentales expresaban dudas sobre la posibilidad de ofrecer las garantías de seguridad necesarias.
Pero Arakhamia también negó que Johnson hubiera llegado sencillamente a ordenar que Ucrania abandonara un acuerdo ya preparado para la firma.
La conclusión más razonable es menos cinematográfica y más interesante.
No existía un papel terminado esperando únicamente la estilográfica de Putin y Zelenski.
Pero sí existía una negociación bastante más avanzada de lo que después se ha querido recordar.
Y la decisión occidental de apostar por sostener militarmente a Ucrania alteró inevitablemente el cálculo de Kiev.
Era lógico.
Si un país cree que puede conseguir una posición militar mejor mañana, tiene menos incentivos para aceptar hoy una paz que considera desfavorable.
Exactamente lo mismo puede decirse de Rusia en distintos momentos de la guerra.
La oportunidad perdida
Aquí aparece una pregunta que probablemente nunca tendrá una respuesta definitiva:
¿habría sido mejor aceptar en la primavera de 2022 una paz imperfecta?
No sabemos qué habría ocurrido.
Podría haber evitado centenares de miles de bajas y enormes destrucciones.
También podría haberse convertido simplemente en una pausa utilizada para preparar la siguiente guerra.
Ambas posibilidades son razonables.
Pero sí sabemos algo.
Desde 2022 el precio humano, material y territorial del conflicto se ha multiplicado.
Y muchas de las cuestiones que se discutían entonces siguen siendo precisamente las que hay que discutir ahora.
Neutralidad.
Territorio.
Garantías.
Tamaño del Ejército ucraniano.
Relación con la OTAN.
Sanciones.
Seguridad europea.
Es una de las ironías más crueles de esta guerra.
Después de años de destrucción, las negociaciones vuelven una y otra vez a problemas que ya estaban encima de la mesa en marzo y abril de 2022.
La cuestión que nadie resolvió
Todo este recorrido permite reducir tres décadas de historia a una pregunta extraordinariamente sencilla:
¿cómo puede Ucrania sentirse segura sin que Rusia se sienta amenazada, y cómo puede Rusia sentirse segura sin privar a Ucrania de su soberanía?
Ésa era la pregunta en 1991.
Lo fue en 2008.
Lo fue en 2014.
Lo fue en Minsk.
Lo fue en Estambul.
Y continúa siéndolo en 2026.
No se resolvió políticamente.
Se intentó resolver mediante las armas.
Después de cuatro años y medio de guerra, las armas tampoco han conseguido resolverla.
Y por eso vuelve la diplomacia.
Lo que enseña la historia reciente
La primera lección es elemental:
ninguna paz durará si se limita a dibujar una nueva línea en el mapa.
La segunda:
Ucrania no aceptará fácilmente garantías que dependan únicamente de promesas.
La tercera:
Rusia difícilmente aceptará una Ucrania que considere integrada de hecho en la estructura militar occidental aunque formalmente no pertenezca a la OTAN.
La cuarta:
Occidente difícilmente reconocerá que Moscú posee derecho de veto general sobre las alianzas de los países vecinos.
Y la quinta es quizá la más importante:
una paz duradera requerirá que todas las partes renuncien a algo que consideran importante.
Si cada cual exige obtener mediante la negociación todo aquello que no ha conseguido mediante la guerra, la negociación será simplemente otra fase de la guerra.
De Estambul a Abu Dabi
Por eso la eventual reunión en Emiratos Árabes Unidos no debe juzgarse por las fotografías.
Ni por las sonrisas.
Ni por los comunicados.
Habrá que fijarse en otra cosa.
Si comienzan a discutirse seriamente cuatro asuntos:
primero, dónde se detienen los ejércitos;
segundo, qué territorios quedan bajo qué administración sin necesidad de resolver inmediatamente su soberanía definitiva;
tercero, qué estatuto militar tendrá Ucrania;
y cuarto, quién garantiza efectivamente que dentro de cinco años no vuelva a empezar todo.
Si esos cuatro asuntos entran realmente en negociación, habrá comenzado algo importante.
Si se evitan, estaremos ante otra ronda diplomática destinada a producir titulares.
La historia de 1991 a 2026 conduce justamente hasta aquí.
La guerra de Ucrania no nació de una única causa.
Mucho menos de una única fecha.
Fue formándose mediante una cadena de decisiones que cada parte consideró justificadas y que la otra interpretó como amenazas.
Cada paso redujo el espacio disponible para el siguiente compromiso.
Hasta que quedaron los ejércitos.
Ahora habrá que recorrer el camino inverso.
Y será mucho más difícil.
Porque construir una guerra exige miedo, armas y enemigos.
Construir una paz exige algo bastante más raro:
conseguir que adversarios que no se creen una palabra diseñen un acuerdo que funcione precisamente porque ninguno necesita confiar en el otro.
Ésa, y no la fotografía de una eventual reunión en Emiratos, será la verdadera medida del éxito.
DESENLACE: LA PAZ POSIBLE
A estas alturas, conviene abandonar las grandes palabras.
Ni Rusia va a desaparecer.
Ni Ucrania va a desaparecer.
Ni Estados Unidos va a marcharse de Europa.
Ni Europa va a dejar de temer a Rusia.
Ni Rusia va a dejar de considerar decisivo lo que ocurra en Ucrania.
Ésa es la realidad sobre la que habrá que construir la paz.
La propuesta estadounidense de reunir a representantes de Ucrania, Rusia y Estados Unidos en Emiratos Árabes Unidos demuestra, al menos, que el cauce diplomático sigue abierto. Zelenski confirmó el 25 de septiembre esa iniciativa, después de semanas de contactos con Washington y de propuestas parciales de desescalada.
Pero hablar no basta.
Lo que tendría que contener un acuerdo
Una paz mínimamente duradera necesitaría pocas cosas, pero muy concretas.
Primero: alto el fuego verificable.
No una declaración solemne, sino una línea perfectamente determinada, vigilancia internacional y consecuencias inmediatas para quien la vulnere.
Segundo: congelar provisionalmente la cuestión territorial.
Pretender resolver Crimea, Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón antes de dejar de matar gente puede hacer imposible cualquier acuerdo.
Una cosa es quién controla hoy un territorio.
Otra, quién posee jurídicamente su soberanía.
Lo segundo puede seguir discutiéndose durante años.
Tercero: resolver el estatuto militar de Ucrania.
Éste es el corazón del problema.
Ucrania necesita capacidad suficiente para defenderse.
Rusia exigirá que esa capacidad no convierta a Ucrania en una base militar occidental pegada a su frontera.
Entre esos dos extremos habrá que construir la solución.
Cuarto: garantías verdaderas.
No otro papel lleno de buenas palabras.
Garantías automáticas, previamente pactadas, con mecanismos militares, económicos y diplomáticos que hagan extraordinariamente costoso romper el acuerdo.
Quinto: sanciones y reconstrucción.
El levantamiento de sanciones deberá vincularse al cumplimiento efectivo del tratado.
Y la reconstrucción ucraniana requerirá cantidades gigantescas de dinero.
También esto tendrá que negociarse.
Todos tendrán que renunciar a algo
Ésta es la parte que ningún dirigente suele explicar alegremente a sus ciudadanos.
Una negociación existe precisamente porque nadie puede conseguirlo todo.
Rusia tendrá que aceptar que Ucrania continúe siendo un Estado soberano, fuertemente armado y vinculado económicamente a Europa.
Ucrania tendrá que aceptar probablemente que recuperar militarmente todos los territorios perdidos puede resultar incompatible con terminar pronto la guerra.
Estados Unidos tendrá que decidir qué garantías está realmente dispuesto a respaldar.
Europa tendrá que abandonar la cómoda costumbre de proclamar principios cuya defensa acaba dependiendo casi siempre de Washington.
Y todos tendrán que aceptar que el acuerdo final probablemente será desagradable.
Las paces verdaderas suelen serlo.
Si una de las partes sale de la mesa proclamando que ha conseguido absolutamente todo, probablemente la otra comenzará inmediatamente a preparar la revancha.
No hace falta amistad
Éste quizá sea el error fundamental.
No hace falta que rusos y ucranianos se reconcilien.
No hace falta que Putin y Zelenski se estrechen la mano cordialmente.
Ni siquiera hace falta que confíen el uno en el otro.
Hace falta algo mucho más modesto y, paradójicamente, más útil:
que ninguno pueda obtener mediante otra guerra más de lo que perdería al comenzarla.
Eso es una paz estable.
No el amor.
No la concordia.
No la fraternidad universal.
El cálculo.
La guerra terminará cuando cambie ese cálculo
Mientras Moscú crea que puede mejorar mediante las armas su posición negociadora, seguirá combatiendo.
Mientras Kiev crea que puede recuperar mediante las armas aquello que perdería firmando, seguirá combatiendo.
Mientras los aliados de unos y otros consideren soportable el precio, la guerra podrá continuar.
La paz comenzará cuando esas tres cuentas cambien.
Por eso la reunión de Emiratos, si finalmente se celebra, tendrá importancia únicamente si deja de hablarse de deseos y comienza a hablarse de obligaciones.
Quién se retira.
Hasta dónde.
Quién vigila.
Quién garantiza.
Qué ocurre si alguien incumple.
Cuándo se levantan las sanciones.
Qué ocurre con los territorios.
Y qué clase de Ucrania existirá después de la guerra.
Todo lo demás es ceremonia.
Y después, vivir
Al final, ésta debería ser la cuestión decisiva.
Después de cuatro años y medio de guerra, millones de personas necesitan dejar de preguntarse cada noche si llegará un misil.
Los soldados necesitan volver a sus casas.
Los refugiados necesitan decidir si pueden regresar.
Las ciudades necesitan reconstruirse.
Los niños necesitan crecer sin aprender primero el nombre de los drones que el de los árboles.
Y rusos y ucranianos tendrán que seguir viviendo uno al lado del otro.
La geografía no admite armisticios.
Rusia seguirá estando allí.
Ucrania también.
Por eso la verdadera victoria quizá no consista ya en conseguir todo aquello por lo que comenzó la guerra.
Quizá consista simplemente en conseguir que no haya otra.
Y ésa debería ser la medida del acuerdo:
no que parezca justo a todos, sino que resulte preferible para todos a volver a disparar.
Cuando se alcance ese punto, habrá paz.
Hasta entonces sólo habrá pausas entre dos cañonazos.