¿SE PUEDE SER MÁS ESTÚPIDO?
Idiocia e izquierda van de la mano… La «sismología mágica» y el lumbreras izquierdista con boina.
PERO GRULLO MACHIRULO

Hay días en que uno piensa que la capacidad humana para decir tonterías ha alcanzado finalmente su límite. Y entonces aparece alguien dispuesto a demostrar que todavía quedaba margen.
Esta vez ha sido David Uclés, escritor, ganador del Premio Nadal y hombre, por tanto, al que cabe presumir cierta capacidad para juntar palabras con algún sentido.
Granada sufrió el 18 de agosto un terremoto de magnitud 5,2. Hasta aquí, geología.
Pero resulta que el seísmo coincidió aproximadamente con el nonagésimo aniversario del asesinato de Federico García Lorca y Uclés descubrió una relación que había pasado inadvertida a geólogos, sismólogos y demás gente aburrida que pierde miserablemente el tiempo estudiando fallas, placas tectónicas y movimientos de la corteza terrestre.
Escribió:
«En Granada la tierra no tiembla un dieciocho de agosto sin más; lo hace porque Lorca yace todavía adentro y no se le encuentra».
Y remató la faena:
«La tierra tiene memoria».
Caramba.
No se sabe si el Instituto Geográfico Nacional ha tomado nota del descubrimiento.
Quizá haya que revisar urgentemente los tratados de sismología.
Hasta ahora creíamos, pobres ignorantes, que los terremotos eran consecuencia de procesos geológicos. Pero parece que no. La corteza terrestre posee memoria histórica, conciencia política, sensibilidad poética y, además, calendario.
La tierra sabe que estamos a 18 de agosto.
La tierra sabe quién fue Federico García Lorca.
La tierra sabe que fue asesinado.
La tierra sabe que no se han encontrado sus restos.
La tierra cuenta noventa años.
Y, llegada la efeméride, tiembla.
¿Se puede ser más estúpido?
Probablemente sí. La experiencia aconseja no desafiar jamás a la estupidez humana porque siempre aparece alguien dispuesto a superar la marca.
Cipolla vuelve a tener razón
Carlo Maria Cipolla dejó escritas sus famosas leyes fundamentales de la estupidez humana. La primera advertía que siempre subestimamos el número de estúpidos que circulan por el mundo.
Y la segunda añadía algo mucho más importante: la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica.
Conviene recordarlo.
Se puede ser culto y estúpido.
Se puede tener estudios y ser estúpido.
Se puede ser catedrático y estúpido.
Se puede ganar premios literarios y decir estupideces.
Incluso una persona inteligente puede decir una solemne estupidez. Nadie está vacunado contra ella.
He aquí precisamente una de las grandes enseñanzas de Cipolla: el título académico, la profesión, la fama, el dinero, el prestigio o el reconocimiento público no inmunizan contra la necedad.
Y nuestra época ha añadido una circunstancia que Cipolla apenas pudo conocer en toda su extensión: las redes sociales.
Antes, al tonto del pueblo lo conocía el pueblo.
Ahora puede conocerlo el planeta entero.
Umberto Eco formuló una reflexión muy parecida cuando advirtió del extraordinario altavoz que las redes habían proporcionado a quienes antes soltaban sus ocurrencias en el bar y allí quedaba la cosa. Internet no ha inventado la estupidez. Ha multiplicado sus altavoces.
Y, sobre todo, ha hecho algo todavía peor:
ha confundido el derecho a hablar con la existencia de algo digno de ser escuchado.
Del realismo mágico a la geología mágica

Naturalmente, Uclés puede defenderse diciendo que estaba haciendo literatura.
Perfecto.
También García Márquez hizo literatura.
También Juan Rulfo.
Y nadie salió corriendo a modificar los manuales de física porque Remedios la Bella ascendiera al cielo mientras tendía unas sábanas.
El problema comienza cuando se abandona conscientemente el terreno de la metáfora y se escribe:
«El terremoto de hoy de Graná no fue casualidad».
Ahí ya no estamos simplemente ante una imagen poética.
Estamos ante una afirmación.
Y una afirmación extraordinaria necesita alguna explicación distinta de ponerse estupendo delante del teclado.
Porque, puestos a jugar, las posibilidades son infinitas.
Si mañana llueve sobre Granada, ¿llora la atmósfera por Lorca?
Si hace cuarenta grados, ¿arde de indignación Sierra Nevada?
Si nieva, ¿es la blancura de la inocencia asesinada?
Si se desborda el Genil, ¿son las lágrimas de la memoria democrática?
Si cae un rayo sobre Fuente Vaqueros, ¿ha dictado sentencia Zeus?
Y si mañana no ocurre absolutamente nada, ¿significa que la tierra ha olvidado a Lorca?
Una vez abandonada la relación entre causa y efecto, cualquier disparate sirve.
Eso precisamente distingue el pensamiento de la superstición.
La izquierda y su irresistible atracción por las causas morales
Aquí aparece algo bastante más interesante que la ocurrencia de un escritor.
La izquierda contemporánea ha desarrollado una extraordinaria facilidad para convertir los fenómenos naturales, económicos, sociales e incluso meteorológicos en acontecimientos morales.
Ya no basta con averiguar qué ocurre.
Hay que buscar al culpable.
Una sequía no puede ser simplemente una sequía.
Una inundación no puede explicarse únicamente estudiando precipitaciones, cauces, presas, urbanización y limpieza de barrancos.
Un incendio tampoco puede estudiarse atendiendo primero al combustible acumulado, la meteorología, el abandono del campo, la prevención o la actuación humana.
Todo necesita relato.
Todo necesita culpables.
Todo necesita víctimas.
Y, por supuesto, todo necesita una moraleja políticamente aprovechable.
La realidad deja de ser aquello que sucede y pasa a convertirse en aquello que debería haber sucedido para confirmar previamente nuestras creencias.
Ese mecanismo intelectual es extraordinariamente cómodo porque evita pensar.
Primero se decide la conclusión.
Después se buscan los hechos adecuados.
Y los que no encajan se ignoran.
Es exactamente lo contrario del pensamiento racional.
Lorca, una vez más
Y llegamos inevitablemente a Federico García Lorca.
Lorca fue asesinado.
Fue un crimen.
No necesita terremotos para seguir siendo un crimen.
No necesita que tiemble Granada.
No necesita que la tierra posea memoria.
No necesita convertir las placas tectónicas en militantes de la memoria histórica.
Su asesinato puede y debe estudiarse históricamente, investigando documentos, testimonios, responsabilidades, circunstancias políticas, enemistades personales y el clima de violencia de aquella Granada de 1936.
Precisamente por respeto a Lorca convendría dejarlo descansar de vez en cuando de quienes llevan décadas utilizándolo como santo laico, bandera, estampita y comodín político.
Porque llega un momento en que semejante explotación produce el efecto contrario.
Lorca desaparece detrás del mito de Lorca.
El poeta queda sepultado bajo toneladas de propaganda acerca del poeta.
Y Romancero gitano, Poeta en Nueva York, Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba importan menos que disponer permanentemente de un cadáver políticamente utilizable.
Qué triste destino para un escritor.
La memoria de las piedras
Pero concedamos por un instante la premisa de Uclés.
Supongamos que la tierra tiene memoria.
Entonces surge un pequeño problema.
¿Por qué recuerda solamente a Lorca?
La tierra granadina debería de padecer un temblor permanente.
Porque debajo de ella hay muertos de unos y de otros.
Y la tierra española entera tendría que comportarse como una coctelera.
Si las placas tectónicas reaccionasen ante los crímenes humanos, Europa sería inhabitable.
Auschwitz provocaría terremotos diarios.
Katyn no dejaría dormir a Polonia.
Las cunetas españolas producirían un movimiento sísmico continuo.
Camboya estaría permanentemente temblando.
Las tierras de la antigua Unión Soviética se moverían sin descanso.
China necesitaría edificios suspendidos sobre amortiguadores gigantescos.
Y Roma, después de tres mil años de asesinatos, guerras, proscripciones y ejecuciones, debería haberse hundido ya hasta el manto terrestre.
Pero no.
La tierra parece poseer una memoria extraordinariamente selectiva.
Recuerda aquello que coincide con el relato del escritor.
Qué casualidad.
La idiotez ideológica
Hace años escribí que existe una idiotez mucho más peligrosa que la simple falta de luces.
No es la idiotez del pobre hombre que no da para más.
Esa merece, si acaso, comprensión.
La peligrosa es la idiotez elegida: la renuncia voluntaria a pensar, comprobar, comparar y someter las propias creencias a la prueba de los hechos.
Es la idiotez que sustituye el razonamiento por consignas.
La que confunde sentimientos con argumentos.
La que cree que tener buenas intenciones garantiza tener razón.
La que imagina que la superioridad moral puede sustituir al conocimiento.
La que no pregunta: «¿Es verdad?», sino:
«¿Favorece esto a mi relato?»
Esa estupidez existe en la izquierda, en la derecha, entre conservadores, liberales, socialistas, comunistas y hasta entre quienes se consideran exquisitamente inmunes a cualquier ideología.
Pero una parte de la izquierda contemporánea ha conseguido algo extraordinario: convertir determinadas formas de estupidez en signos de virtud.
Cuanto más disparatada sea una afirmación, mayor profundidad puede atribuírsele si se reviste con las palabras adecuadas: memoria, víctimas, identidad, justicia, reparación…
Y así llegamos a una situación verdaderamente pintoresca.
Si un campesino afirmase que el terremoto se produjo porque san Emigdio estaba enfadado, probablemente se reirían de él.
Si una anciana dijera que la tierra tembló porque las almas de los muertos reclaman sepultura, sería considerada supersticiosa.
Pero si un escritor premiado dice que Granada tembló porque Lorca continúa enterrado en algún lugar y «la tierra tiene memoria», entonces estamos ante sensibilidad, compromiso, poesía y quién sabe cuántas profundidades más.
No.
Es exactamente la misma estructura mental.
Pensamiento mágico.
Cambia el santoral.
Nada más.
La superstición también se moderniza
Nos creíamos muy modernos porque habíamos dejado atrás las supersticiones.
Qué ingenuidad.
No hemos acabado con ellas.
Las hemos actualizado.
El hombre medieval veía señales divinas en eclipses y cometas.
El hombre ideologizado del siglo XXI encuentra mensajes políticos en terremotos, sequías, incendios y tempestades.
Ha sustituido la ira de Dios por la ira de la Historia.
Ha cambiado los pecados por culpas políticas.
Ha reemplazado al sacerdote por el intelectual comprometido.
Y donde antes había providencia ahora hay «memoria».
Pero el mecanismo sigue siendo idéntico:
atribuir voluntad, intención y significado moral a fenómenos que no los poseen.
Después de siglos de ciencia, resulta que hemos regresado al augur romano que examinaba las entrañas de un pollo para saber qué pensaban los dioses.
Eso sí, ahora lo hacemos con teléfono móvil.
Mucho progreso.
¿Se puede ser más estúpido?
Sí.
Por supuesto que sí.
Jamás debe formularse semejante pregunta como un desafío. La experiencia demuestra que, cuando alguien pregunta si se puede decir una tontería mayor, aparece inmediatamente un voluntario dispuesto a demostrar que sí.
Cipolla nos previno: siempre subestimamos el número de estúpidos en circulación.
Pero las redes sociales han añadido una novedad que el historiador italiano apenas alcanzó a conocer: ahora los estúpidos compiten entre sí, tienen público, seguidores y altavoz.
Y algunos reciben premios.
No conviene extraer conclusiones precipitadas: ganar el Premio Nadal no convierte a nadie en estúpido, naturalmente.
Pero tampoco lo vacuna contra la estupidez.
Un novelista puede escribir una magnífica novela y, cinco minutos después, decir una memez de tamaño catedralicio. Como un excelente cirujano puede ser incapaz de arreglar un grifo y un magnífico matemático puede creer en los horóscopos.
El talento no se reparte uniformemente.
Ni siquiera dentro de la misma cabeza.
El problema aparece cuando la tontería recibe tratamiento de pensamiento profundo porque quien la pronuncia pertenece al santoral cultural adecuado.
Imaginemos por un momento que un anciano de pueblo hubiese escrito:
—Ha temblado Granada porque los muertos que no tienen sepultura reclaman descanso.
Se hablaría de superstición.
Pensamiento mágico.
Ignorancia.
Residuos de una España atrasada.
Pero lo dice un escritor premiado, se menciona a Lorca, se añade «memoria» y, ¡abracadabra!, la superstición se convierte en sensibilidad literaria.
El milagro no está en el terremoto. Está en el vocabulario.
Si además se adereza con memoria histórica, víctimas y Guerra Civil, la majadería adquiere inmediatamente categoría de reflexión.
Ésa es quizá una de las grandes conquistas intelectuales de nuestro tiempo:
hemos conseguido que una tontería deje aparentemente de serlo dependiendo de quién la diga.
Y no.
Dos y dos siguen siendo cuatro aunque quien diga cinco tenga tres doctorados, siete premios literarios, veinte mil seguidores y una fotografía muy artística mirando al infinito.
Granada tembló porque bajo Granada existen estructuras geológicas capaces de producir terremotos.
Federico García Lorca fue asesinado en 1936.
Dos hechos.
Dos tragedias de naturaleza completamente distinta.
Noventa años de separación.
Ninguna relación causal conocida.
Punto.
Todo lo demás puede ser poesía, metáfora, recurso literario, sentimentalismo, propaganda o ganas de llamar la atención.
Pero si se afirma literalmente que «el terremoto no fue casualidad» porque «la tierra tiene memoria», abandonamos la literatura y entramos alegremente en el territorio de la superstición.
Con una diferencia.
Nuestros antepasados atribuían los terremotos a la cólera de los dioses porque no sabían cómo se producían.
Nosotros conocemos razonablemente cómo se producen y, pese a ello, algunos prefieren atribuirlos a la memoria de los muertos.
Eso no es progreso.
Es regresar a la caverna con teléfono móvil.
Y todavía queda la pregunta definitiva.
Si la tierra granadina posee memoria y tiembla porque Lorca continúa sin aparecer…
¿por qué recuerda precisamente el 18 de agosto?
¿Tiene calendario?
¿Cuenta los aniversarios?
¿Distingue noventa años de ochenta y nueve?
¿Conoce nuestro calendario gregoriano?
¿Y por qué Lorca?
España está llena de muertos sin sepultura conocida.
Europa entera está construida sobre capas y capas de muertos.
Si todos ellos provocasen terremotos conmemorativos, viviríamos permanentemente agarrados a las lámparas.
Pero no importa.
La tierra tiene memoria.
Lo ha dicho un escritor.
Y aquí llegamos a la cuestión verdaderamente preocupante.
No que alguien diga una estupidez.
Todos las decimos.
El problema comienza cuando una sociedad ha perdido el valor de llamar estupidez a la estupidez.
Cuando ante la majadería pronunciada por alguien con prestigio cultural hay que buscar profundidades ocultas.
Quizá sea una metáfora.
Quizá una provocación.
Quizá una reflexión poética.
Quizá una denuncia.
Quizá…
O quizá sea simplemente una gilipollez.
También existe esa posibilidad.
Y reconocerla constituye una de las primeras obligaciones de quien todavía aspire a pensar por su cuenta.
Porque la inteligencia comienza muchas veces con una operación extraordinariamente sencilla: mirar una afirmación, despojarla de nombres prestigiosos, premios, ideologías y buenas intenciones, y preguntarse:
¿Esto tiene algún sentido?
En este caso, la respuesta cabe en dos letras.
No.
Y no pasa nada.
Mañana tendremos otra.
Porque si algo posee verdaderamente una memoria prodigiosa no es la tierra.
Es la estupidez humana.
Lleva miles de años acompañándonos, cambia de disfraz según la época y jamás pierde una oportunidad de hacerse notar.
Antes consultaba las entrañas de los animales.
Después vio presagios en los cometas.
Hoy interpreta políticamente los terremotos.
Y mañana…
Mañana Dios dirá.
Aunque, al paso que vamos, probablemente alguien sostendrá que también Dios tiene memoria histórica.
Carlo Cipolla puede descansar tranquilo.
Seguimos empeñados en darle la razón.