FELIPE VI: HA LLEGADO LA HORA DE LA CORONA
Ceuta sufre maltrato, abandono y desamparo por la inacción negligente y políticamente criminal del Gobierno de Pedro Sánchez, que de facto actúa como cómplice de Marruecos. Ante una emergencia nacional, el Rey debe ejercer con toda firmeza las atribuciones que le concede la Constitución.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Se dice, se cuenta, es vox pópuli que Felipe VI ha citado para el lunes 14 de septiembre, a Pedro Sánchez en el Palacio de la Zarzuela.
Y ojalá esa conversación sea todo menos protocolaria.
Porque Ceuta no necesita otra fotografía. Necesita a España.
Ceuta vive una emergencia nacional.
Y sus habitantes llevan demasiado tiempo padeciendo tres cosas que deberían avergonzar a cualquier Gobierno español:
MALTRATO.
ABANDONO.
DESAMPARO.
No por una catástrofe natural.
No porque España carezca de medios.
No porque resulte imposible defender una frontera.
Sino por la inacción negligente del Gobierno de Pedro Sánchez, una inacción cuyas consecuencias para una ciudad española son tan graves que merece ser calificada, políticamente, como criminal.
Porque hay momentos en que no actuar también constituye una forma de actuar.
Y cuando quien tiene la obligación de proteger una ciudad española permite que esa ciudad soporte durante semanas las consecuencias de una presión procedente de Marruecos, la pasividad deja de ser neutral.
Favorece a alguien.
Y ese alguien es Marruecos.
SÁNCHEZ NO MIRA SIMPLEMENTE HACIA OTRO LADO
Hay que decirlo con claridad.
Pedro Sánchez no se limita a mirar hacia otro lado.
De facto, su conducta convierte a su Gobierno en cómplice político de Marruecos.
No hace falta imaginar conspiraciones.
Basta contemplar el resultado.
Marruecos presiona sobre Ceuta.
España cede.
Marruecos utiliza la frontera como instrumento político.
España evita responder con la contundencia correspondiente.
Marruecos comprueba hasta dónde puede llegar.
El Gobierno español procura, ante todo, no irritar a Rabat.
Marruecos avanza.
España retrocede.
Y quienes pagan la factura son los ceutíes.
Ésta es la realidad política.
Cuando un Gobierno tiene la obligación de impedir algo y no lo impide; cuando puede responder y no responde; cuando conoce la vulnerabilidad y mantiene la vulnerabilidad; cuando su silencio, su pasividad y su negligencia terminan favoreciendo sistemáticamente los intereses del adversario, la distinción entre colaboración activa y complicidad por omisión comienza a resultar secundaria.
El resultado es el mismo:
Marruecos gana terreno político y Ceuta queda abandonada.
MALTRATO, ABANDONO Y DESAMPARO
Ésas son las tres palabras que mejor describen lo que están sufriendo los ceutíes.
Maltrato, porque se les obliga a soportar las consecuencias de decisiones que no han tomado.
Abandono, porque el Gobierno que debería protegerlos parece haber decidido que preservar sus relaciones con Mohamed VI resulta más importante que defenderlos.
Desamparo, porque una parte de España contempla cómo el Estado encargado de protegerla aparece tarde, débil y acomplejado.
Y todo ello nace de una inacción negligente y políticamente criminal.
La primera obligación de un Gobierno es defender a su nación.
Sus fronteras.
Su territorio.
Sus ciudadanos.
Su soberanía.
Antes que cualquier otra cosa.
Un Gobierno puede promulgar mil leyes, repartir subvenciones, inaugurar carreteras y pronunciar discursos interminables.
Pero si no protege su territorio y a sus ciudadanos, ha fracasado en su obligación primordial.
Y en Ceuta el Gobierno de Pedro Sánchez ha fracasado.
Estrepitosamente.
Y ENTONCES APARECE EL REY
En medio de ese abandono, Felipe VI ha empezado a moverse.
Primero, reunió en Zarzuela a la ministra de Defensa y a los principales mandos militares relacionados con la defensa de Ceuta.
Después comenzó a prepararse la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla.
Ahora llega la cita con Pedro Sánchez.
Tres movimientos consecutivos.
Y los tres apuntan en la misma dirección:
Felipe VI parece haber comprendido que la gravedad de la situación exige abandonar la pasividad.
Ya era hora.
Porque el Rey de España no está para inaugurar exposiciones mientras una ciudad española se pregunta si alguien en Madrid recuerda que forma parte de España.
No está para contemplar desde Zarzuela cómo un Gobierno deja desamparados a miles de españoles.
No está para permanecer convertido en figura decorativa mientras Marruecos comprueba hasta dónde alcanza la debilidad española.
Es el Jefe del Estado.
Es símbolo de su unidad y permanencia.
Debe arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones.
Y es el mando supremo de las Fuerzas Armadas.
Pues ha llegado el momento de ejercer.
EL PRECEDENTE DEL 23 DE FEBRERO DE 1981
Felipe VI tiene además delante el ejemplo de su propio padre.
La noche del 23 de febrero de 1981, Juan Carlos I comprendió que España atravesaba una emergencia.
Y actuó.
No se refugió detrás de interpretaciones timoratas.
No desapareció.
No esperó a comprobar quién ganaba.
Habló con los mandos militares.
Se vistió con el uniforme de capitán general.
Compareció ante los españoles.
Y dejó claro dónde estaba la Corona.
Con el orden constitucional.
Con España.
Aquella noche entendió algo esencial:
hay momentos en los que la pasividad del Jefe del Estado deja de ser prudencia y comienza a parecer dejación.
Las circunstancias actuales son distintas.
Pero la enseñanza permanece.
Felipe VI no tiene que repetir el 23-F.
Tiene que repetir algo mucho más importante:
la determinación.
La voluntad de comparecer cuando España necesita que su Jefe del Estado comparezca.
La voluntad de ejercer toda la autoridad constitucional que posee.
No menos.
Toda.
CEUTA EXIGE UNA RESPUESTA
Felipe VI debe ir a Ceuta.
Pronto.
No cuando haya pasado todo.
No cuando la emergencia haya dejado de ocupar titulares.
No dentro de seis meses para asistir a un acto institucional cuidadosamente preparado.
Ahora.
Cuando hace falta.
Su presencia tendría un significado que ningún comunicado gubernamental puede sustituir.
El Rey paseando por Ceuta diría a sus habitantes:
No estáis solos.
Diría a España:
Ceuta es España.
Diría a Europa:
ésta es también vuestra frontera.
Y diría a Marruecos:
hasta aquí.
Eso es exactamente lo que necesita una ciudad sometida al maltrato, al abandono y al desamparo del Gobierno de Pedro Sánchez.
No compasión.
No palabrería.
No promesas.
Presencia del Estado.
Autoridad.
Protección.
España.
Y MAÑANA, PEDRO SÁNCHEZ
Después está la reunión en Zarzuela.
Felipe VI tiene delante al responsable político máximo de la situación.
Debe preguntarle qué ha sucedido.
Qué se sabía.
Qué se hizo.
Qué no se hizo.
Por qué Ceuta ha quedado expuesta.
Por qué Marruecos continúa disfrutando de una consideración privilegiada mientras una ciudad española paga las consecuencias.
Qué garantías ha exigido a Rabat.
Qué medidas piensa adoptar.
Y, sobre todo:
cómo pretende seguir gobernando España después de haber permitido semejante desamparo.
Porque hay situaciones en las que las responsabilidades políticas no pueden solventarse con otra comparecencia ante una cámara de televisión.
Hay que devolver la palabra a los españoles.
Felipe VI debe decírselo con toda claridad:
convoque elecciones.
No mañana dentro de un año.
No cuando convenga a los intereses electorales del PSOE.
Ahora.
Que los españoles decidan.
UN GOBIERNO ATRINCHERADO
Pedro Sánchez podrá seguir aferrándose a La Moncloa.
Tiene experiencia.
Ha convertido la supervivencia política en su principal especialidad.
Pero sobrevivir no equivale a gobernar.
Gobernar exige autoridad.
Exige responsabilidad.
Exige cumplir deberes.
Exige proteger al país.
Un presidente que mantiene formalmente el cargo mientras una ciudad española se siente maltratada, abandonada y desamparada no demuestra fortaleza.
Demuestra atrincheramiento.
Y ésa es la imagen que empieza a ofrecer el sanchismo:
un poder exhausto, rodeado de problemas políticos y judiciales, incapaz de aprobar siquiera unos nuevos Presupuestos y empeñado en prolongar su estancia en La Moncloa como si permanecer físicamente allí significase conservar la autoridad.
No.
Un cadáver político también ocupa espacio.
LA DIFERENCIA ENTRE EL REY Y SÁNCHEZ
Ahí debe aparecer la diferencia definitiva.
Pedro Sánchez ha concebido demasiadas veces la Constitución como un obstáculo al que hay que buscarle un rodeo.
Felipe VI debe hacer exactamente lo contrario.
Convertir la Constitución en su fuerza.
No saltársela.
Usarla.
No excederse.
Pero tampoco quedarse voluntariamente muy por debajo de aquello que le permite.
Ésa es la clave.
La Constitución marca dónde termina el poder del Rey.
No obliga al Rey a mantenerse a kilómetros de ese límite.
Puede escuchar.
Puede preguntar.
Puede advertir.
Puede aconsejar.
Puede recibir a los responsables militares.
Puede informarse directamente.
Puede viajar a Ceuta.
Puede ejercer toda su autoridad moral e institucional.
Puede decirle al presidente del Gobierno que España ha llegado a una situación insoportable.
Puede instarle a devolver la palabra al pueblo español.
Y debe hacerlo.
MARRUECOS DEBE ENTENDER EL MENSAJE
Durante demasiado tiempo Marruecos ha comprobado que presionar a España sale barato.
Especialmente bajo Pedro Sánchez.
Cada concesión invita a otra exigencia.
Cada silencio anima a una nueva presión.
Cada muestra de debilidad amplía el espacio de quien está dispuesto a aprovecharla.
Las relaciones internacionales funcionan así.
El vacío no permanece vacío.
Alguien lo ocupa.
Y el vacío dejado por el Gobierno español en Ceuta lo está aprovechando Marruecos.
Por eso la presencia activa de Felipe VI tiene también una dimensión exterior.
Mohamed VI debe comprender que Pedro Sánchez no es España.
Un Gobierno pasa.
España permanece.
Y precisamente el Rey encarna constitucionalmente esa permanencia.
Ésa es otra razón por la que su presencia en Ceuta resulta imprescindible.
HA LLEGADO LA HORA
Felipe VI se encuentra ante uno de esos momentos que terminan definiendo un reinado.
Puede seguir administrando silencios.
Puede continuar extremando una prudencia que durante demasiado tiempo ha parecido inmovilidad.
O puede comprender que el maltrato, el abandono y el desamparo de Ceuta exigen una reacción de la Jefatura del Estado.
Siempre dentro de la Constitución.
Pero con toda la Constitución.
Toda.
La inacción negligente y políticamente criminal del Gobierno de Pedro Sánchez ha dejado a una ciudad española soportando una situación que jamás debería haber padecido.
Esa misma inacción beneficia objetivamente a Marruecos.
Y por eso puede hablarse de una complicidad política de facto.
Mientras Sánchez mira hacia Rabat, Felipe VI debe mirar hacia Ceuta.
Mientras Sánchez protege su relación con Mohamed VI, Felipe VI debe proteger la confianza de los ceutíes en España.
Mientras Sánchez calcula, el Rey debe ejercer.
En 1981 su padre comprendió que había llegado la hora de la Corona.
Felipe VI tiene ahora ante sí su propio momento.
No para sustituir al Gobierno.
No para gobernar.
Para cumplir hasta el último extremo con su responsabilidad de Jefe del Estado.
Porque después de semanas de maltrato, abandono y desamparo, hay una pregunta que ningún ceutí debería verse obligado a formular:
¿Dónde está España?
Felipe VI tiene la oportunidad de responderla.
En persona.
Aquí.
Con vosotros.
Y para defenderos.