EL CASTIGO QUE ACABAN SUFRIENDO LOS BUENOS: CUANDO SE DESENTIENDEN, SON GOBERNADOS POR LOS MALVADOS.
La teoría del gorrón explica por qué tantos ciudadanos decentes dejan que otros defiendan por ellos el bien común; Platón advirtió del resultado: el terreno abandonado por los buenos acaba ocupado por los peores. Una sociedad libre necesita además principios absolutos que ninguna mayoría pueda someter a votación.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Platón dejó formulada una de esas verdades incómodas que atraviesan los siglos sin perder actualidad: el castigo que sufren los hombres buenos cuando se niegan a gobernar consiste en acabar gobernados por otros peores que ellos.
No hace falta ser especialista en filosofía griega para comprenderlo.
El hombre honrado suele tener muchas cosas que hacer.
Trabaja.
Educa a sus hijos.
Estudia.
Construye.
Cultiva.
Investiga.
Enseña.
Cura.
Crea riqueza.
Lee.
Piensa.
El ambicioso sin escrúpulos, en cambio, puede dedicar buena parte de su existencia a una sola actividad:
alcanzar el poder.
Ésa es su especialidad.
Mientras uno se pregunta si está preparado para asumir una responsabilidad, el otro ya ha averiguado quién confecciona las listas.
Mientras uno duda, el otro conspira.
Mientras uno trabaja, el otro asciende.
Mientras uno conserva una profesión fuera de la política, el otro convierte la política en su profesión, su sueldo, su prestigio y, finalmente, su única posibilidad de supervivencia.
Y sucede lo inevitable.
El sillón no queda vacío.
Lo ocupa alguien.
EL PODER NO ADMITE VACANTES
Hay una ingenuidad particularmente extendida entre las personas decentes:
—Yo paso de política.
Perfecto.
La política no pasará de usted.
Decidirá cuánto paga de impuestos.
Qué aprenden sus hijos.
Qué deuda heredarán sus nietos.
Qué conductas son delito.
Quién puede entrar en su país.
Cómo funciona la Justicia.
Qué obligaciones tiene.
Qué libertades conserva.
Qué puede hacer con su propiedad.
Qué parte de su salario se queda el Estado.
Y hasta qué opiniones pueden convertirse mañana en inconvenientes.
Uno puede desentenderse de la política.
La política jamás se desentiende de uno.
Por eso la retirada de las personas capaces no constituye neutralidad.
Constituye cesión.
El terreno que abandona el prudente lo ocupa el audaz.
El que deja libre el honrado lo ocupa el arribista.
El que desprecia el competente lo aprovecha el mediocre.
Después llega la sorpresa:
—¡Qué políticos tenemos!
Quizá la pregunta correcta sea otra:
¿quién les dejó el terreno libre?
LA DEMOCRACIA NO FABRICA SABIOS
Todos los ciudadanos poseen la misma dignidad.
Todos deben ser iguales ante la ley.
Todos han de disfrutar de los mismos derechos políticos.
Pero de semejante igualdad moral y jurídica no se desprende otra igualdad completamente imaginaria:
no todos saben lo mismo.
No todos poseen idénticos conocimientos.
No todos comprenden igual las cuestiones complejas.
No todos juzgan con la misma prudencia.
Esto resulta evidente en cualquier actividad humana salvo cuando hablamos de política.
Nadie somete a votación entre los pasajeros cómo debe aterrizar un avión.
Nadie reúne a los vecinos para decidir el tratamiento de un cáncer.
Nadie calcula por mayoría la resistencia de un puente.
Pero cuando llegamos a la economía, la defensa, la enseñanza, la energía, la deuda pública, la Justicia, las fronteras o la política exterior parece producirse un prodigio:
meter una papeleta en una urna convierte al ciudadano en experto universal.
No.
El sufragio concede legitimidad política.
No concede sabiduría.
EL DEMAGOGO NO NECESITA TENER RAZÓN
Ahí aparece el demagogo.
Tiene una ventaja formidable sobre el gobernante responsable:
puede prometer lo imposible.
El responsable dice:
—Esto cuesta dinero.
El demagogo responde:
—Será gratis.
El prudente advierte:
—Habrá que elegir.
El demagogo promete:
—Lo tendremos todo.
El responsable explica:
—Hay que sacrificarse.
El demagogo proclama:
—Se sacrificarán otros.
El primero habla de límites.
El segundo reparte deseos.
Y, además, sabe buscar culpables.
El rico.
El pobre.
El empresario.
El funcionario.
El extranjero.
Los bancos.
Los mercados.
Bruselas.
Madrid.
Los jueces.
La oposición.
Quien toque esa semana.
El populismo necesita muy poco:
un miedo, un culpable y una promesa imposible.
CUANDO CONTAR CABEZAS SUSTITUYE A PENSAR
Aquí aparece una superstición moderna particularmente peligrosa:
creer que democracia significa que la mayoría tiene siempre razón.
No.
Una mayoría puede equivocarse.
Puede dejarse engañar.
Puede actuar movida por miedo.
Puede exigir una injusticia.
Puede votar contra la libertad.
Puede incluso entregar voluntariamente el poder a quien terminará suprimiendo esa misma libertad.
La cantidad no convierte el error en verdad.
Un millón de personas equivocadas siguen estando equivocadas.
Cuarenta millones también.
La verdad no depende del recuento.
Por eso las democracias civilizadas levantaron obstáculos contra sí mismas.
Constituciones.
Separación de poderes.
Derechos fundamentales.
Jueces independientes.
Mayorías reforzadas.
Procedimientos.
Garantías.
Límites.
No para impedir la democracia.
Para impedir que la democracia se suicide.
HAY COSAS QUE NO SE VOTAN
Y aquí conviene decir algo que nuestra época, enamorada del relativismo, considera casi una herejía:
una sociedad decente necesita absolutos.
Principios que no se discuten cada cuatro años.
Verdades políticas y morales que no dependen de una encuesta.
Límites que ni siquiera una mayoría aplastante debería poder atravesar.
No todo puede someterse a referéndum.
No se vota si un inocente puede ser torturado.
No se vota si una persona puede ser esclavizada.
No se vota si determinados ciudadanos deben perder sus derechos por pertenecer a una raza, una religión o una familia.
No se vota si el Gobierno puede encarcelar a quien lo critica.
No se vota si los tribunales deben obedecer al gobernante.
No se vota si la ley obliga también a quienes mandan.
No se vota si una persona posee dignidad propia o se convierte en simple instrumento de la mayoría.
Una mayoría del 90 por ciento no convierte la injusticia en justicia.
Hay fronteras morales que el número no puede borrar.
Ésa es precisamente una de las razones por las cuales existen constituciones.
Una Constitución digna de ese nombre no se limita a establecer cómo se cuentan votos.
También establece qué cosas quedan fuera del alcance de los votos.
LOS ABSOLUTOS SON LA ÚLTIMA MURALLA
Una sociedad que convierte todo en discutible acaba dejando todo disponible.
Hoy se discute un principio.
Mañana una libertad.
Después un derecho.
Luego una institución.
Finalmente la propia dignidad humana.
Si no existe ningún punto firme, todo depende de quién reúna suficientes manos levantadas.
Y entonces la democracia ya no protege al hombre frente al poder.
Se convierte en una técnica para legitimar lo que el poder quiera hacer.
Por eso una sociedad libre necesita unas pocas certezas fundamentales:
la dignidad humana no se vota.
La libertad de conciencia no se vota.
La igualdad ante la ley no se vota.
La prohibición de la tortura no se vota.
La independencia de los jueces no debería quedar a merced del gobernante de turno.
El sometimiento del poder a la ley no se vota.
Son el suelo.
Se puede discutir sobre los muebles.
Sobre las paredes.
Sobre el color de las cortinas.
Pero quien pone a votación los cimientos corre el riesgo de quedarse sin casa.
PLATÓN Y LA LIBERTAD QUE ACABA DEVORÁNDOSE
Platón desconfiaba de una democracia que confundiese libertad con ausencia absoluta de límites.
El mecanismo resulta reconocible.
Primero:
—Todos debemos ser libres.
Magnífico.
Después:
—Nadie debe limitarme.
Luego:
—Toda autoridad es sospechosa.
Más tarde:
—Toda jerarquía es opresión.
Después:
—Toda excelencia es privilegio.
Y finalmente:
—Todo deseo constituye un derecho.
La libertad deja entonces de significar gobierno de uno mismo y pasa a significar:
nadie puede decirme que no.
Y una sociedad donde nadie acepta límites acaba necesitando una autoridad brutal para imponerlos.
La libertad desordenada puede terminar llamando a la tiranía.
LEO STRAUSS Y LAS PREGUNTAS QUE NO CADUCAN
Leo Strauss comprendió que la modernidad no había eliminado las grandes preguntas.
Simplemente había empezado a considerarlas incómodas.
¿Qué es bueno?
¿Qué es justo?
¿Qué merece conservarse?
¿Qué debe exigirse al gobernante?
¿Existen verdades anteriores a la voluntad política?
¿Hay principios que no dependen del momento histórico?
El relativismo responde:
—Depende.
Depende de la época.
De la cultura.
Del contexto.
De la perspectiva.
Y cuando todo depende, nada permanece.
No existe barbarie.
Existen costumbres distintas.
No existe decadencia.
Hay transformación.
No existe cobardía.
Hay prudencia.
No existe rendición.
Hay diálogo.
No existen enemigos.
Hay interlocutores.
Con suficiente vocabulario administrativo puede enterrarse una civilización sin pronunciar jamás la palabra cementerio.
Strauss vuelve a los clásicos porque allí reaparece la pregunta que una sociedad relativista intenta evitar:
¿qué es lo bueno, aunque una mayoría opine lo contrario?
Ahí está el verdadero problema.
SIN VERDAD NO HAY LÍMITES AL PODER
Si no existe ninguna verdad moral anterior a la política, tampoco existe razón alguna para impedir que la política lo decida todo.
Si todo es convencional, los derechos también lo son.
Y si los derechos son sólo concesiones del poder, el mismo poder que los concede podrá retirarlos.
Por eso el relativismo extremo no libera.
Desarma.
Necesitamos algunos principios que no dependan del capricho del legislador.
Porque el día que todo pueda votarse, también podrá votarse nuestra libertad.
LA SOCIEDAD ABIERTA PUEDE MORIR DE APERTURA
Las sociedades abiertas han conseguido algo extraordinario:
libertad intelectual, movilidad, comercio, discusión, investigación, pluralismo.
Pero existe una diferencia esencial entre una sociedad abierta y una sociedad indefensa.
Una casa abierta tiene puerta.
Una casa incapaz de cerrar su puerta no es hospitalaria.
Es vulnerable.
Una sociedad libre debe tolerar al discrepante.
Pero ¿debe tolerar a quien pretende destruir la tolerancia?
Debe permitir ideas distintas.
Pero ¿debe entregar sus instituciones a quienes desean acabar con esas instituciones?
Debe reconocer libertades.
Pero ¿ha de permitir que esas libertades se utilicen para suprimir las libertades de los demás?
La apertura no puede convertirse en suicidio.
La tolerancia no exige estupidez.
EL PUNTO CIEGO DE LAS SOCIEDADES ABIERTAS
Existe una peligrosa creencia:
quien disfrute de libertad acabará amando la libertad.
No necesariamente.
Alguien puede utilizar la libertad para destruirla.
Puede utilizar las elecciones para acabar con las elecciones.
Puede emplear los derechos para colocarse en situación de negar derechos.
Puede invocar tolerancia hasta alcanzar el poder y abolirla inmediatamente después.
La sociedad abierta entrega a sus enemigos instrumentos que sus enemigos jamás le concederían a ella.
De ahí la necesidad de límites.
De absolutos.
De una muralla.
LA MENTIRA NOBLE
Platón introdujo en La República otro asunto incómodo: la llamada mentira noble.
La expresión provoca rechazo.
Pero el problema que contiene merece atención.
Las comunidades humanas no viven únicamente de reglamentos, estadísticas y contratos.
Necesitan relatos.
Símbolos.
Héroes.
Recuerdos.
Ceremonias.
Una explicación de quiénes somos.
Una idea de continuidad.
La bandera no es un balance contable.
El himno no es un reglamento.
El monumento no es una estadística.
Y, sin embargo, contribuyen a crear comunidad.
La cuestión no consiste en justificar la mentira del gobernante.
Consiste en comprender que una comunidad necesita algo más que intereses particulares sumados.
Necesita un nosotros.
LA MENTIRA NOBLE Y LA MENTIRA DEL SINVERGÜENZA
Conviene no confundirlas.
Una cosa es un relato común que recuerda al ciudadano que pertenece a algo anterior y posterior a sí mismo.
Otra es falsificar la realidad para conservar el poder.
Una crea deberes.
La otra crea engaño.
Una recuerda sacrificios.
La otra oculta fracasos.
Una puede unir.
La otra manipula.
Cuando las palabras dejan de describir y empiezan a ocultar, hemos pasado del mito cívico a la propaganda.
UNA SOCIEDAD NO PUEDE VIVIR EN ANGUSTIA PERMANENTE
Tampoco puede sobrevivir una sociedad cuyos habitantes crean que mañana será siempre peor.
El joven piensa que nunca tendrá vivienda.
El trabajador ve menguar su capacidad adquisitiva.
El padre teme que sus hijos vivan peor.
La familia aplaza los hijos.
El pequeño empresario teme desaparecer.
El anciano duda de que quienes vengan detrás puedan mantener aquello de lo que depende.
Se instala entonces la angustia vital.
Y la angustia es terreno fértil para el demagogo.
Porque quien teme el futuro compra certezas baratas.
Entonces aparece alguien diciendo:
—Yo sé quién tiene la culpa.
Y después:
—Yo puedo arreglarlo.
Ya tenemos salvador.
ATENAS Y ESPARTA
Una civilización necesita Atenas.
Necesita pensamiento.
Ciencia.
Filosofía.
Arte.
Comercio.
Discusión.
Libertad intelectual.
Pero también necesita Esparta.
Disciplina.
Defensa.
Sacrificio.
Fronteras.
Orden.
Fortaleza.
Deber.
No se trata de imitar literalmente a una u otra ciudad antigua.
Se trata de comprender la imagen.
Atenas es la biblioteca.
Esparta, la muralla.
Sin biblioteca, la muralla protege un cuartel vacío.
Sin muralla, la biblioteca puede acabar incendiada.
Pensamiento y defensa.
Razón y fuerza legítima.
Libertad y responsabilidad.
Sócrates y Leónidas.
EL PROBLEMA DEL GORRÓN
Llegamos ahora a uno de los mecanismos que mejor explica por qué los buenos acaban dejando el terreno a los malos.
La teoría del gorrón.
El razonamiento es sencillo:
—Si otros defienden la libertad, también me beneficiaré yo.
—Si otros protestan, yo recogeré el fruto.
—Si otros denuncian, yo disfrutaré del resultado.
—Si otros pierden tiempo, dinero, tranquilidad o carrera profesional enfrentándose al poder, ¿para qué voy a hacerlo yo?
Que lo haga otro.
Ésa es la esencia del gorrón.
Quiere disfrutar del bien común sin pagar el coste de defenderlo.
Individualmente puede parecer razonable.
Colectivamente es desastroso.
Porque si todos esperan que otro actúe, nadie actúa.
EL CIUDADANO GORRÓN
El gorrón político dice:
—Ya habrá alguien que defienda la Constitución.
—Ya habrá un juez valiente.
—Ya aparecerá algún político honrado.
—Ya protestará otro.
—Ya irá otro a la manifestación.
—Ya denunciará otro el abuso.
—Ya escribirá otro.
—Ya se enfrentará otro.
Ese «otro» se convierte en una criatura mitológica.
Todo el mundo cuenta con él.
Nadie sabe quién es.
Mientras tanto, quienes sí quieren el poder no esperan.
Se organizan.
Militan.
Crean redes.
Ocupan asociaciones.
Controlan aparatos.
Buscan cargos.
Reparten favores.
Y descubren una verdad elemental:
el poder pertenece muchas veces a quien se presenta a recogerlo.
BENEFICIOS CONCENTRADOS, COSTES DISPERSOS
Mancur Olson explicó además por qué pequeños grupos bien organizados pueden imponerse a mayorías enormes.
Supongamos que cien personas obtendrán un millón de euros cada una gracias a una determinada decisión pública.
Se movilizarán.
Contratarán abogados.
Presionarán.
Llamarán.
Financiarán campañas.
Buscarán aliados.
Ahora supongamos que esos cien millones salen de cuarenta millones de ciudadanos.
La pérdida individual será pequeña.
¿Quién va a organizar una rebelión por unos pocos euros?
Casi nadie.
Ahí aparece el mecanismo:
beneficios concentrados y costes dispersos.
Quien cobra sabe perfectamente lo que cobra.
Quien paga apenas percibe cada pequeña mordedura.
Repitamos eso miles de veces y tendremos una explicación bastante decente de buena parte de la política contemporánea.
EL BANDIDO ESTACIONARIO
Olson utilizó además otra imagen formidable.
El bandido errante llega, saquea y se marcha.
Le da igual dejar ruinas.
El bandido estacionario es más inteligente.
Conquista el territorio y decide quedarse.
Entonces descubre que no le interesa robarlo todo.
Si se lleva toda la cosecha, el año siguiente no habrá cosecha.
Si mata todas las vacas, dejará de obtener leche.
Por tanto, cambia de método.
Protege cierta actividad.
Impide que otros ladrones entren.
Mantiene algún orden.
Permite producir.
Y después se queda con una parte.
No se ha vuelto virtuoso.
Ha aprendido economía.
**No quiere matar a la vaca.
Quiere ordeñarla durante años.**
EL ESTADO Y LA TENTACIÓN DEL BANDIDO ESTACIONARIO
La democracia, la ley y los derechos limitan extraordinariamente aquella imagen primitiva.
Pero la tentación permanece.
El poder descubre que le conviene mantener una sociedad productiva.
Necesita contribuyentes.
Empresas.
Autónomos.
Trabajadores.
Propietarios.
Ahorradores.
Consumidores.
Puede hostigarlos.
Puede extraer recursos.
Puede imponer cargas.
Pero no debe destruirlos completamente.
Sería un mal negocio.
El bandido estacionario inteligente no incendia la granja.
La administra.
CUANDO EL GORRÓN SE ENCUENTRA CON EL BANDIDO
Aquí se produce el matrimonio perfecto.
El ciudadano piensa:
—Que proteste otro.
El poder piensa:
—Entonces puedo avanzar un poco más.
Un impuesto pequeño.
Una prohibición menor.
Un organismo nuevo.
Una competencia adicional.
Una excepción.
Un privilegio.
Una subvención.
Un control.
Nada parece suficiente por sí solo para provocar resistencia.
Pero la suma transforma lentamente la relación entre ciudadano y poder.
El ciudadano va cediendo.
El poder va ocupando.
Hasta que un día descubre que aquello que parecía suyo depende de una decisión administrativa.
El gorrón ha ahorrado el coste de defender su libertad.
Y acaba pagando un precio mucho mayor por haberla perdido.
LOS BUENOS TAMBIÉN TIENEN RESPONSABILIDAD
Aquí aparece finalmente la pregunta incómoda.
¿Dónde estaban los mejores?
¿Dónde estaban los profesionales capaces?
¿Los profesores?
¿Los juristas?
¿Los médicos?
¿Los empresarios?
¿Los científicos?
¿Los funcionarios competentes?
¿Los ciudadanos independientes?
Muchos estaban trabajando.
Otros cansados.
Otros hartos.
Otros diciendo:
—Yo no me meto en política.
Comprensible.
Pero alguien sí se metió.
Y quizá precisamente quien nunca debería haberlo hecho.
LA OMISIÓN TAMBIÉN TIENE CONSECUENCIAS
Hay quien destruye.
Y quien contempla.
Hay quien miente.
Y quien sabe que miente pero calla.
Hay quien se apodera de una institución.
Y quien podría impedirlo pero considera demasiado incómodo intervenir.
Los segundos suelen tranquilizarse:
—Yo no hice nada.
Exactamente.
Ése es el problema.
LOS BUENOS NO PUEDEN SER GORRONES DE LA LIBERTAD
Ésta es quizá la conclusión más incómoda.
No basta con ser una persona decente en privado.
No basta con trabajar.
Pagar impuestos.
Cuidar de la familia.
Cumplir la ley.
Existe también una obligación cívica.
La libertad tiene coste.
La Justicia tiene coste.
La independencia de las instituciones tiene coste.
La defensa de los principios tiene coste.
Alguien debe pagarlo.
En tiempo.
En esfuerzo.
En incomodidad.
A veces en prestigio.
A veces en dinero.
Y en circunstancias extremas, incluso con la propia vida.
Pretender disfrutar indefinidamente de una sociedad libre mientras otros asumen todos los costes de conservarla es exactamente la conducta del gorrón.
UNA SOCIEDAD DECENTE NECESITA VERDADES QUE NO ESTÉN EN VENTA
Volvamos entonces a lo esencial.
No todo puede negociarse.
No todo puede relativizarse.
No todo puede decidirse por mayoría.
Una sociedad que duda permanentemente de sus propios fundamentos acaba sin fundamentos.
Necesita verdades políticas anteriores al recuento.
Que la persona no pertenece al Estado.
Que el poder está sometido a la ley.
Que existen derechos que el Gobierno no concede y, por tanto, tampoco puede retirar arbitrariamente.
Que la Justicia no pertenece al gobernante.
Que la libertad no puede entregarse simplemente porque una mayoría esté asustada.
Que ninguna mayoría convierte el mal en bien.
Ésos son los absolutos.
No son enemigos de la democracia.
Son lo que impide que la democracia termine legitimando su propia destrucción.
EL CASTIGO
Volvamos finalmente a Platón.
Los buenos creen que pueden desentenderse.
Que otros defenderán lo importante.
Que alguien aparecerá cuando sea necesario.
Que basta con trabajar honradamente y cumplir la ley.
No basta.
Porque quienes desean poder no se desentienden.
Se organizan.
Militan.
Presionan.
Ocupan.
Deciden.
Y mientras el ciudadano decente practica la teoría del gorrón esperando que otro preserve las instituciones, los más ambiciosos descubren que esas instituciones están prácticamente vacías.
Después llega el bandido estacionario.
No necesita destruir la sociedad.
Le basta con administrarla en su provecho.
Y finalmente llega el relativismo para explicar que tampoco hay nada demasiado malo en ello, porque todo es discutible, todo depende del contexto y ninguna verdad es definitiva.
Ése es el círculo perfecto.
El gorrón abandona el puesto.
El ambicioso lo ocupa.
El bandido administra.
El relativista lo justifica.
Y la mayoría acaba obedeciendo.
Por eso una sociedad libre necesita tres cosas que parecen cada vez más incómodas de pronunciar:
ciudadanos dispuestos a intervenir.
instituciones capaces de limitar al poder.
y unos pocos absolutos que nadie tenga derecho a someter a votación.
Platón advirtió del castigo.
Strauss recordó que existen preguntas que ninguna época puede abolir.
Olson explicó por qué quienes tienen intereses concretos se organizan mientras las grandes mayorías esperan que otro actúe.
Quizá llevemos siglos disponiendo de suficientes advertencias.
El problema es otro.
Los malos no esperan a que los buenos terminen de pensárselo.