¡ESPAÑOLES, CEUTA ESTÁ EN PELIGRO!
CUANDO LA INACCIÓN, POR OBEDIENCIA DEBIDA, SE CONVIERTE EN TRAICIÓN A LA NACIÓN.
Juan de Mariana explicó hace cuatro siglos que el gobernante existe para conservar a la comunidad política. Cervantes nos enseñó después cómo una sociedad entera puede fingir que ve lo que no existe hasta que aparece alguien dispuesto a decir: «Aquí no hay nada, todo es impostado…»
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Un gobernante puede conservar todas las apariencias externas del poder —palacios, funcionarios, decretos, soldados, jueces, tributos— y, sin embargo, comportarse como tirano si utilizaba aquella autoridad contra la comunidad cuyo bien justifica precisamente su autoridad.
Antes de hablar de Pedro Sánchez.
Antes de hablar de Mohamed VI.
Antes de hablar de Ceuta, de Melilla, fronteras, soldados, invasiones, expulsiones o Ejércitos.
Conviene recuperar a dos españoles que hace más de cuatro siglos comprendieron dos enfermedades políticas eternas.
Juan de Mariana comprendió la tiranía.
Miguel de Cervantes comprendió la mentira colectiva.
Uno preguntó qué sucede cuando el gobernante deja de servir a la comunidad política.
El otro mostró qué sucede cuando todo un pueblo decide fingir que ve aquello que no existe porque tiene miedo de reconocer la verdad.
Entre ambos explicaron buena parte del drama que hoy padecemos.
JUAN DE MARIANA: EL GOBERNANTE NO ES DUEÑO DE LA NACIÓN
En 1599 Juan de Mariana publicó De rege et regis institutione.
Y sostuvo una idea que hoy parece revolucionaria precisamente porque hemos terminado acostumbrándonos a considerar al Estado propiedad de quienes temporalmente ocupan sus despachos.
No.
El gobernante no es dueño de la comunidad política.
Está obligado a servirla.
No es propietario de la Nación.
Recibe poder para conservarla.
Protegerla.
Defenderla.
Procurar el bien común.
Porque el rey, el gobernante, existe para el reino; el reino no existe para el rey.
De ahí se desprendía algo todavía más importante.
El poder puede perder legitimidad.
Un gobernante puede conservar todas las apariencias externas del poder —palacios, funcionarios, decretos, soldados, jueces, tributos— y, sin embargo, comportarse como tirano si utilizaba aquella autoridad contra la comunidad cuyo bien justificaba precisamente su autoridad.
Mariana defendió la resistencia frente a la tiranía y llevó su razonamiento, en los supuestos extremos que estudió, hasta la deposición del tirano e incluso el tiranicidio. No concebía, por tanto, la obediencia como un deber absoluto e ilimitado.
La pregunta fundamental era:
¿PARA QUÉ EXISTE EL PODER?
Si existe para conservar la comunidad política, ¿qué sucede cuando hace exactamente lo contrario?
Si existe para defenderla, ¿qué ocurre cuando la deja indefensa?
Si existe para proteger su territorio, ¿qué legitimidad conserva cuando permite que un enemigo exterior lo desgaste?
Ahí comienza el problema.
Porque obedecer no siempre es virtuoso.
También puede obedecerse por miedo.
Por comodidad.
Por cobardía.
Por interés.
O simplemente porque nadie quiere ser el primero en señalar que el emperador está desnudo.
Y aquí entra Cervantes.
CERVANTES Y EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS
Cervantes escribió uno de los retratos más despiadados que existen sobre la cobardía colectiva.
El retablo de las maravillas.
La trama es sencillísima.
Dos embaucadores, Chanfalla y Chirinos, llegan a un pueblo anunciando un espectáculo prodigioso.
El retablo posee una cualidad maravillosa.
Sólo pueden verlo quienes son limpios de sangre y legítimos de nacimiento.
Quien no vea nada queda, por tanto, señalado.
Y comienza la función.
Naturalmente,
No hay absolutamente nada.
No existe espectáculo alguno.
No aparecen los personajes maravillosos.
No sucede ninguno de los prodigios anunciados.
Pero nadie se atreve a decirlo.
Porque decir:
—Yo no veo nada.
equivale a exponerse públicamente al desprecio de todos.
Y entonces sucede la maravilla verdadera.
No la del retablo.
La de la mentira.
Uno dice que ve.
Otro también.
El gobernador ve.
El alcalde ve.
El escribano ve.
Los vecinos ven.
Todos contemplan con entusiasmo lo inexistente.
Comentan lo que no está sucediendo.
Describen aquello que nadie tiene delante.
Admiran a fantasmas.
Y cuanto mayor es la mentira, mayor es el entusiasmo con que todos participan en ella.
No porque sean idiotas.
Sino porque tienen miedo.
Cervantes comprendió hace cuatrocientos años uno de los mecanismos fundamentales del poder social:
Cuando decir la verdad tiene un precio y repetir la mentira proporciona seguridad, una multitud entera puede terminar defendiendo públicamente aquello que privadamente sabe que es falso.
HASTA QUE LLEGA EL FURRIER
Y entonces ocurre lo verdaderamente maravilloso.
Aparece un militar.
El furrier.
Viene a solicitar alojamiento para treinta hombres de armas.
No conoce el engaño.
No sabe qué se supone que debe ver.
No ha participado en la mentira colectiva.
Por eso, cuando todos le preguntan si no contempla a la maravillosa doncella que supuestamente está bailando delante de ellos, responde con la naturalidad de quien todavía conserva los ojos:
¿Qué diablos de doncella tengo que ver?
Ahí se acabó la magia.
Porque aparece un hombre que simplemente dice:
No veo nada.
Los demás, en lugar de reconocer que tampoco ven, lo insultan.
Lo señalan.
Lo acusan de pertenecer a aquellos que, según el engaño, son incapaces de contemplar las maravillas.
Y el militar se harta.
Cervantes termina el entremés de manera brutalmente española: el furrier echa mano de la espada y «acuchíllase con todos», mientras el alcalde aporrea a Rabelín. La representación acaba en una formidable trifulca mientras los dos embaucadores se felicitan por el éxito de su engaño.
Es difícil imaginar una metáfora más adecuada.
Todos viendo lo que no existe.
Todos negándose a ver lo que existe.
Todos participando en la farsa.
Hasta que llega alguien de fuera de aquella convención absurda y pregunta:
¿PERO ESTÁ LOCA ESTA GENTE?
EL RETABLO ESPAÑOL DE 2026

Nuestro retablo no tiene cortinas.
Tiene ruedas de prensa.
Informes.
Ministros.
Comisiones.
Comparecencias.
Telediarios.
Expertos.
Tertulianos.
Y una multitud de profesionales dedicados a explicar que aquello que estamos contemplando con nuestros propios ojos no significa lo que parece significar.
Marruecos reclama Ceuta.
—No pasa nada.
Marruecos presiona la frontera.
—Son fenómenos migratorios.
Decenas de miles de personas atraviesan Ceuta en horas.
—Una emergencia humanitaria.
El presidente de Ceuta denuncia presión sobre la integridad territorial.
—Conviene mantener la calma.
La población ceutí soporta una situación extraordinaria.
—Hay que gestionar los flujos.
España cede.
—Estamos mejorando las relaciones con nuestro vecino del sur.
Marruecos aprieta.
España concede.
Marruecos vuelve a apretar.
Y nosotros seguimos mirando el maravilloso retablo.
—¡Qué precioso!
—¡Qué admirable cooperación bilateral!
—¡Qué magníficas relaciones de vecindad!
—¡Miren ustedes qué espléndida doncella está bailando!
Y el español que pregunta:
—Perdone, ¿pero dónde demonios está la doncella?
es inmediatamente señalado.
Alarmista.
Extremista.
Exagerado.
Xenófobo.
Belicista.
Catastrofista.
Igual que en Cervantes.
No se combate la afirmación. Se señala al que se atreve a formularla.
HACE FALTA QUE ALGUIEN DIGA QUE EL RETABLO ESTÁ VACÍO.
Ésa es la función que deberían cumplir nuestras instituciones.
Alguien tiene que decir:
Marruecos no es un aliado fiable cuando utiliza nuestra frontera para presionarnos.
Alguien tiene que decir:
Ceuta no padece simplemente un problema migratorio; sufre un problema de soberanía.
Alguien tiene que decir:
una frontera que puede ser desbordada periódicamente no está suficientemente defendida.
Alguien tiene que decir:
un Gobierno que no protege adecuadamente el territorio nacional incumple una de las razones fundamentales de la existencia del Estado.
Alguien tiene que decirlo.
Aunque moleste.
Aunque lo llamen exagerado.
Aunque todos los demás continúen maravillados contemplando la doncella inexistente.
Eso hizo el furrier cervantino.
No poseía una teoría política.
No escribió un tratado constitucional.
Simplemente tenía ojos.
Y se negó a llamar realidad a una mentira.
MARIANA PREGUNTA; CERVANTES RESPONDE
Ahí se unen ambos.
Mariana pregunta:
¿qué ocurre cuando el poder deja de servir a la comunidad?
Cervantes responde con otra pregunta:
¿qué ocurre cuando todos saben que algo es falso pero ninguno se atreve a decirlo?
Y España puede encontrarse precisamente entre ambos problemas.
Un poder que no cumple suficientemente su obligación primordial de defender la Nación.
Y una sociedad política que inventa continuamente palabras para evitar reconocer lo que está sucediendo.
Eso es mucho más peligroso que cualquier ejército.
Porque un enemigo exterior puede combatirse.
Pero resulta mucho más difícil combatirlo cuando dentro de casa existe una multitud empeñada en negar que el enemigo actúa como enemigo.
Y AHORA MIREMOS A CEUTA
Los días 30 y 31 de julio de 2026 decenas de miles de personas atravesaron desde Marruecos la frontera de una ciudad española cuya población apenas supera las ochenta mil personas.
No estamos hablando de una entrada clandestina corriente.
No estamos hablando de unos centenares de personas.
Estamos hablando de una presión humana extraordinaria sobre una pequeña ciudad española.
Y después ha sucedido lo inevitable.
Alojamientos.
Traslados.
Gastos.
Incertidumbre.
Preocupación.
Desgaste.
Y, sobre todo,
cansancio.
Ahí puede encontrarse la verdadera estrategia.
Porque quizá Marruecos no necesite conquistar Ceuta.
Quizá le baste con conseguir que los españoles dejen de querer vivir allí.
LA CONQUISTA PERFECTA
Pensemos como lo haría un estratega marroquí.
¿Qué resulta más rentable?
¿Enviar tanques?
¿Cruzar la frontera con soldados?
¿Provocar una guerra con España?
¿Arriesgarse a una respuesta europea?
¿O conseguir poco a poco que los propios españoles abandonen Ceuta?
La segunda posibilidad es infinitamente más inteligente.
No expulsarlos.
Cansarlos.
No conquistar sus casas.
Conseguir que las vendan.
No deportarlos.
Conseguir que se trasladen voluntariamente.
Que un joven piense:
—Me voy a Málaga.
Que un comerciante diga:
—Cierro.
Que una familia concluya:
—Aquí no quiero criar a mis hijos.
Que un funcionario pida traslado.
Que un empresario descarte invertir.
Que cada nueva crisis retire otras pocas familias españolas de Ceuta.
Sin tiros.
Sin muertos.
Sin invasión militar.
Hasta que un día alguien explique que «la realidad ha cambiado».
Entonces aparecerán los expertos en rendiciones.
Siempre aparecen.
—Debemos ser pragmáticos.
—No podemos ignorar la geografía.
—Hay que aceptar los hechos.
—Es preciso encontrar una solución negociada.
Primero permiten que cambien los hechos.
Después utilizan esos mismos hechos como argumento para rendirse.
Y MIENTRAS TANTO, EL RETABLO
—Miren la cooperación con Marruecos.
—Miren las relaciones excelentes.
—Miren la estabilidad.
—Miren la doncella.
Y alguno terminará preguntando:
—¿Pero qué doncella?
Ése será nuestro furrier.
No necesariamente un militar.
Puede ser un ciudadano.
Un periodista.
Un juez.
Un diputado.
El Rey.
Un general.
Un ceutí.
Cualquiera que conserve la capacidad de mirar la realidad sin pedir permiso para describirla.
Porque lo importante del furrier cervantino no es su espada.
Es algo anterior.
Es el único que se niega a participar en la mentira.
La espada llega después, cuando los demás prefieren atacarlo antes que reconocer que han sido engañados.
Ésa es la lección que interesa recuperar.
No necesitamos que nadie reparta espadazos.
Necesitamos que alguien diga:
EL RETABLO ESTÁ VACÍO.
NO QUEREMOS MÁS FUNCIONES
Ceuta necesita defensa.
No representaciones.
No palabras huecas.
No relaciones públicas.
No expresiones burocráticas.
No nuevas maneras de denominar lo evidente.
Una frontera debe impedir que quien no tiene derecho a atravesarla la atraviese.
Para eso están la Policía.
La Guardia Civil.
Las Fuerzas Armadas cuando la seguridad y la defensa territorial lo exijan.
Los servicios de inteligencia.
La diplomacia.
El Gobierno.
La Corona dentro de su función institucional.
El Estado entero.
Porque Ceuta no pertenece exclusivamente a ochenta y tantos mil ceutíes.
Pertenece a España.
Y detrás de su frontera deben encontrarse cuarenta y tantos millones de españoles.
LA PREGUNTA DE MARIANA REGRESA
¿Qué sucede si quienes tienen la obligación de defender la Nación no lo hacen?
Ahí regresamos al principio.
Al Padre Mariana.
El poder no existe para conservarse a sí mismo.
Existe para conservar la comunidad política.
Cuando el poder convierte su propia permanencia en prioridad y la defensa de la Nación en asunto secundario, comienza un problema de legitimidad.
Entonces ya no basta preguntar:
—¿Quién tiene competencia?
La pregunta fundamental pasa a ser:
¿QUIÉN ESTÁ CUMPLIENDO SU DEBER?
Y si todos responden explicando por qué no pueden hacer nada, estaremos nuevamente delante del retablo.
El Gobierno:
—No puedo.
Las Cortes:
—Esperemos.
La Corona:
—Mis atribuciones.
Los mandos:
—No tenemos órdenes.
Los partidos:
—Hay que mantener la responsabilidad institucional.
Y Chanfalla y Chirinos, desde algún rincón de Rabat, encantados:
—¡Qué maravilla de retablo!
ESPAÑA NO PUEDE MORIR DE OBEDIENCIA
Ésa es la cuestión de fondo.
Las instituciones existen para España.
España no existe para proporcionar ocupación a sus instituciones.
Los gobiernos pasan.
Los reyes pasan.
Los diputados pasan.
Los generales pasan.
Las constituciones cambian.
ESPAÑA DEBE PERMANECER.
Y ninguna interpretación de ninguna norma puede convertirse en excusa para asistir cruzados de brazos a su debilitamiento territorial.
La ley debe servir a la conservación de la comunidad política.
La prudencia debe servir a la conservación de la comunidad política.
El Ejército debe servir a la conservación de la comunidad política.
El Gobierno debe servir a la conservación de la comunidad política.
La Corona debe servir a la conservación de la comunidad política.
Porque si todos los instrumentos funcionan impecablemente mientras aquello que deberían proteger desaparece, no tenemos un Estado.
Tenemos otro retablo de las maravillas.
CEUTA ES LA PRUEBA
Marruecos puede estar calculando que España se cansará.
Que Ceuta se vaciará poco a poco.
Que los españoles preferirán marcharse antes que soportar eternamente la presión.
Que nuestros gobernantes continuarán hablando.
Que nuestras instituciones continuarán esperando.
Que nuestros comentaristas continuarán justificando.
Y que, mientras tanto, Chanfalla seguirá mostrando maravillas inexistentes.
Hay que destruir ese cálculo.
Cada presión debe producir más España.
Cada amenaza, más presencia.
Cada intento de desestabilización, más defensa.
Cada nuevo asalto a la frontera debe encontrar un Estado preparado para impedirlo.
Y cada intento de presentar la rendición como sensatez debe tropezar con cuarenta y tantos millones de españoles respondiendo:
NO.
HACE FALTA EL FURRIER
No para que saque la espada (aunque si acaba siendo necesario, pues también…).
Para algo más importante.
Para que diga la verdad.
Para que mire alrededor mientras todos contemplan maravillados aquello que no existe y pregunte:
«¿Está loca esta gente?»
Para que alguien tenga la valentía de decir:
No veo la maravillosa amistad con Marruecos.
No veo la seguridad de Ceuta.
No veo una frontera suficientemente defendida.
No veo razones para seguir fingiendo que aquí no sucede nada.
Veo una ciudad española sometida a presión.
Veo a Marruecos persiguiendo sus intereses.
Veo a los ceutíes cansándose.
Y veo a demasiados españoles contemplando el retablo.
Juan de Mariana nos dejó la pregunta política.
Cervantes nos dejó la sátira.
Cuatro siglos después ambas convergen en Ceuta.
Una pregunta:
SI EL PODER NO DEFIENDE A LA NACIÓN, ¿PARA QUÉ QUEREMOS ESE PODER?
Y una advertencia:
DEJEMOS DE CONTEMPLAR EL RETABLO ANTES DE QUE, CUANDO CAIGA LA CORTINA, DESCUBRAMOS QUE CEUTA YA NO ESTÁ DETRÁS.
Porque entonces será demasiado tarde para llamar al furrier.
Y demasiado tarde también para preguntarnos quién tenía la obligación de actuar.
Toda la verdad de lo que estamos viviendo,yo quiero ser como el furrier.