CARTA ABIERTA A LOS NEOESTALINISTAS, TOTALITARIOS Y LIBERTICIDAS DE NUEVO CUÑO (Podemos, IU, y «sus confluencias»…)
LA RELIGIÓN DE LA BONDAD EXTREMA
Yo también fui un capullo intervencionista cuando era jovencito…
Por Carlos Aurelio Caldito

Queridos neoestalinistas, totalitarios, liberticidas, antifascistas profesionales, repetidores de consignas y demás salvadores de la Humanidad:
Os conozco.
No necesitáis llevar una gorra con estrella roja, un retrato de Stalin en la cartera ni El capital debajo del brazo.
Esto último sería incluso contraproducente.
Un libro pesa.
Hay que abrirlo.
Hay que leerlo.
Y luego ocurre algo peligrosísimo: puede obligar a pensar.
Mucho más práctico aprender cinco o seis palabras, repetirlas hasta el aburrimiento y utilizar cada una como quien arroja una piedra:
fascista, reaccionario, odio, solidaridad, igualdad, progreso.
Con semejante equipaje intelectual puede uno atravesar media vida sin sufrir el inconveniente de una idea propia.
Además, posee una enorme ventaja: permite estar siempre seguro.
El analfabeto ideológico raramente duda.
Quien ha leído veinte libros suele decir:
—No estoy seguro.
Quien ha leído veinte consignas exclama:
—¡Está clarísimo!
Prodigios de la cultura contemporánea.
YO TAMBIÉN QUERÍA ARREGLAROS LA VIDA
Antes de continuar debo reconoceros un parentesco.
Yo también fui intervencionista.
Yo también fui un capullo intervencionista cuando era jovencito.
Uno tiene veinte años, ha leído algunas cosas, entendido la mitad y, de pronto, descubre algo maravilloso:
sabe cómo arreglar el mundo.
¿Hay pobreza?
Una ley.
¿Hay desigualdad?
Otra ley.
¿Alguien gana demasiado?
Impuesto.
¿Alguien hace algo que consideramos perjudicial?
Prohibición.
¿Alguien piensa incorrectamente?
Educación.
¿Persiste?
Más educación.
¿Continúa sin comprender?
Ya habrá algún funcionario capaz de explicárselo más despacio.
Era un sistema maravilloso.
Si una intervención fracasaba, hacía falta otra.
Si la segunda empeoraba el problema, era evidente que había sido insuficiente.
Y si veinte intervenciones consecutivas convertían el asunto en un desastre, la conclusión jamás era dejarlo en paz.
Había que intervenir por vigésimo primera vez.
El médico administra veneno, el enfermo empeora y el médico exclama:
—¡Necesita el doble!
Infalible.
Con los años descubrí algo muy desagradable:
los demás quieren vivir su propia vida.
Unos ahorran.
Otros gastan hasta el último céntimo.
Unos estudian.
Otros pierden el tiempo.
Uno se casa.
Otro huye del matrimonio como de la peste.
Uno reza.
Otro blasfema.
Uno lee a Séneca.
Otro se atraganta con las instrucciones de la lavadora.
Y mucha gente, para mayor escándalo, desea conservar el derecho a equivocarse sin permiso del ministerio correspondiente.
Eso irrita profundamente al redentor.
Porque no le basta con pensar:
—Yo no haría eso.
Necesita añadir:
—Y tú tampoco debes poder hacerlo.
Ahí nace el pequeño totalitario.
Primero aconseja.
Después orienta.
Luego regula.
Más tarde obliga.
Finalmente prohíbe.
Y cuando preguntas con qué derecho, llega la frase mágica:
«Es por tu bien».
Cada vez que alguien con poder me anuncia que pretende hacer algo por mi bien, sujeto instintivamente la cartera.
LA RELIGIÓN DE LOS BUENÍSIMOS
Vosotros no sois simplemente buenos.
No.
Sois buenísimos.
Buenos con certificado.
Buenos con sello.
Buenos con denominación de origen.
Habéis convertido la política en una religión sin Dios, pero con todos los demás ingredientes.
Tenéis dogmas.
Pecados.
Herejes.
Apóstatas.
Inquisidores.
Excomuniones.
Confesiones públicas.
Palabras prohibidas.
Y hasta pecado original: uno puede ser culpable simplemente por pertenecer al grupo que habéis decidido colocar en la casilla equivocada.
Después os declaráis enemigos de las religiones.
Normal.
No soportáis la competencia.
Vuestra gran especialidad consiste en confundir estas dos frases:
«Creo que esto es bueno».
y
«Tengo derecho a obligarte a hacerlo».
Entre ambas cabe buena parte de la historia del despotismo.
Yo puedo pensar que fumas demasiado.
Tus pulmones siguen siendo tuyos.
Puedo considerar que despilfarras tu dinero.
Tu dinero continúa siendo tuyo.
Puedo creer que dices estupideces.
Tu boca no pasa por ello a ser propiedad del Estado.
Puedo intentar convencerte.
Discutir contigo.
Advertirte.
Decirte que eres un majadero.
Pero cuando concluyo que mi razón me concede derecho a imponerte obediencia, ya no estoy argumentando.
Estoy mandando.
ANTIFASCISTAS CONTRA UN FASCISMO MUERTO HACE OCHO DÉCADAS
Luego están los antifascistas profesionales.
¡Antifascistas!
Muchísimo.
A todas horas.
Con entusiasmo retroactivo.
Hay, sin embargo, un pequeño inconveniente histórico: Mussolini murió en 1945, Hitler se suicidó ese mismo año y el Tercer Reich desapareció derrotado militarmente.
Han pasado más de ochenta años.
Pero algunos continúan montando guardia.
Debe de ser agotador vigilar permanentemente a un enemigo muerto.
Lo encuentran, además, por todas partes.
Un señor pide menos impuestos:
fascista.
Otro protesta porque quieren prohibir algo:
fascista.
Un tercero discrepa de una doctrina de moda:
fascista.
Alguien dice que quiere que el Estado lo deje tranquilo:
fascista.
Al paso que vamos, cualquier día será fascista hasta el perro que se niegue a comer el pienso recomendado oficialmente.
Lo divertido empieza cuando uno estudia aquello contra lo que estos antifascistas dicen combatir.
Entonces aparecen semejanzas incómodas.
No: nazismo, fascismo y comunismo estalinista no fueron doctrinas idénticas.
Pero los regímenes totalitarios compartieron instrumentos bastante reconocibles: eliminación del pluralismo, culto al jefe, propaganda permanente, adoctrinamiento, persecución política, sometimiento de la sociedad al partido y destrucción de la alternancia.
El Partido Nazi se convirtió en el mayor partido del Reichstag en 1932; Hindenburg nombró canciller a Hitler el 30 de enero de 1933. Después llegaron la eliminación de libertades, la Ley Habilitante y la destrucción acelerada del sistema pluralista. En julio de 1933, el Partido Nazi era ya el único partido político legal.
Lección elemental:
se puede utilizar una puerta legal para entrar y después tapiarla para que nadie pueda echarte.
LAS URNAS: MARAVILLOSAS MIENTRAS SIRVEN PARA ENTRAR
Al totalitario le encantan las elecciones cuando está en la oposición.
Entonces descubre súbitamente la belleza del pluralismo.
La libertad de expresión.
La manifestación.
Los derechos civiles.
La prensa libre.
La voluntad popular.
Todo precioso.
Hasta que manda.
Entonces aparece una cuestión inquietante:
¿y si las próximas elecciones las gana otro?
Aquí empiezan los problemas.
El adversario deja de ser adversario.
Pasa a ser enemigo.
El periodista incómodo ya no informa: conspira.
El juez que molesta ya no juzga: ataca.
El discrepante no discrepa: desinforma.
La asociación que protesta amenaza al sistema.
Y el partido gobernante comienza a convencerse de que la mejor manera de proteger la democracia consiste en evitar que gobierne otro.
Una democracia, sin embargo, se reconoce por una prueba bastante sencilla:
quien manda puede perder y marcharse.
Lo demás puede tener urnas, parlamento, discursos, desfiles y una Constitución de cuatrocientos artículos.
Si el poder no puede cambiar pacíficamente de manos, la papeleta acaba siendo un recibo de obediencia.
EL INCÓMODO CAMARADA ADOLF DEL CAMARADA STALIN
Vuestro catecismo antifascista tropieza también con otro pequeño estorbo.
Un tal Adolf y el camarada Stalin llegaron a un acuerdo.
El 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión Soviética firmaron el pacto Molotov-Ribbentrop. Su protocolo secreto dividía Europa oriental en zonas de influencia y contemplaba el reparto de Polonia. Alemania invadió Polonia desde el oeste el 1 de septiembre; la Unión Soviética lo hizo desde el este el día 17. El 29 de septiembre las dos potencias se habían repartido el país.
Luego Hitler atacó a la Unión Soviética y terminó el idilio.
Sí.
Los socios también se pelean.
Pero la riña posterior no borra la fotografía anterior.
Curiosamente, Stalin posando con Ribbentrop no luce tanto en las camisetas como el Che.
Debe de ser un problema de diseño.
HITLER TAMBIÉN PROTEGÍA ANIMALES
Otro detalle delicioso.
El régimen nazi promulgó en noviembre de 1933 una amplia ley de protección de los animales. Limitaba determinados malos tratos y experimentos y regulaba numerosas prácticas relacionadas con el bienestar animal.
También organizó vacaciones, actividades culturales, deporte y ocio subvencionado para trabajadores mediante Fuerza por la Alegría.
¿Significa eso que el nazismo era bueno?
Claro que no.
Significa precisamente lo contrario de la simpleza que algunos parecen incapaces de comprender:
un régimen puede hacer cosas presentadas como socialmente bondadosas y seguir siendo una tiranía.
Un dictador puede proteger perros.
Puede organizar cruceros.
Puede construir carreteras.
Puede pagar vacaciones.
Puede repartir ayudas.
Y continuar siendo un dictador.
Su economía tampoco fue aquel supuesto mercado libre sin frenos que algunos imaginan. Conservó la propiedad privada, pero sometió crecientemente la actividad económica a las prioridades políticas del régimen, especialmente al rearme; los sindicatos independientes desaparecieron y fueron sustituidos por organizaciones sometidas al Estado. Los historiadores económicos describen el sistema nazi como una economía privada fuertemente dirigida, no como la economía soviética de propiedad estatal generalizada.
Es decir: no eran lo mismo.
Pero ambos desconfiaban profundamente de una sociedad en la que individuos libres tomasen demasiadas decisiones sin pedir permiso.
Ahí empiezan los parecidos de familia.

HOMOSEXUALES: LA MEMORIA TAMBIÉN TIENE SELECTOR
El nazismo persiguió a los homosexuales.
Eso se recuerda, como debe ser.
Lo que se recuerda bastante menos es que la Unión Soviética de Stalin volvió a castigar penalmente las relaciones sexuales entre hombres en 1933-1934. La legislación estableció penas de prisión y abrió una larga etapa de represión.
Y después llegó la revolución cubana.
Entre 1965 y 1968 funcionaron las UMAP, recintos militarizados de trabajo forzado y «reeducación» donde fueron recluidos homosexuales, religiosos y otros ciudadanos considerados incompatibles con el modelo revolucionario. Los estudios históricos calculan entre 25.000 y 35.000 internados.
Y mientras tanto, aquel Ernesto de la boina ayudaba a convertir al «hombre nuevo» en una de las grandes obsesiones morales de la revolución.
Pero la boina continúa vendiendo.
La memoria tiene estas cosas.
Un uniforme puede quedar espantoso en un museo y estupendo estampado sobre una camiseta.
STALIN TAMBIÉN DESCUBRIÓ AL ENEMIGO JUDÍO
Tampoco resulta muy cómoda la última etapa de Stalin para quien pretende dibujar el siglo XX con dos lápices: uno negro y otro rojo.
La persecución nazi de los judíos desembocó en un exterminio sistemático sin equivalente exacto en la Unión Soviética.
Pero el estalinismo de posguerra desarrolló campañas antijudías: la liquidación del Comité Judío Antifascista, la persecución de intelectuales judíos y el llamado «complot de los médicos» forman parte de esa historia. El Comité Judío Antifascista fue finalmente destruido y gran parte de sus figuras principales fueron liquidadas entre 1948 y 1952.
Otra vez la molesta realidad negándose a respetar una pancarta.
MAO: CUANDO DAR UN «GRAN SALTO» SIGNIFICA CAER POR UN PRECIPICIO
Y ahora llegamos a Mao.
Otro gran benefactor de la humanidad.
Otro fabricante de hombres nuevos.
Otro convencido de que millones de seres humanos podían ser reorganizados como fichas sobre un tablero.
El Gran Salto Adelante comenzó en 1958.
El nombre era estupendo.
«Gran Salto Adelante».
Nadie habría acudido voluntariamente a una campaña llamada:
«Gran Salto hacia una de las mayores hambrunas de la Historia».
Las comunas, las requisas, las campañas productivas, la movilización forzosa y las decisiones políticas contribuyeron a una catástrofe inmensa. La historiografía ofrece cifras distintas; una síntesis de Cambridge sitúa en torno a 30 millones las muertes durante la gran hambruna de 1958-1961, mientras otras investigaciones manejan intervalos más altos.
Treinta millones.
Uno detrás de otro.
Treinta millones de individuos.
Pero, por favor, no perdamos de vista la intención.
Querían construir un mundo mejor.
Y cuando el Gran Salto dejó semejante reguero, Mao todavía encontró energías para otra gran idea:
la Revolución Cultural.
Otra denominación maravillosa.
Uno escucha «Revolución Cultural» y piensa en bibliotecas.
Música.
Pintura.
Filosofía.
Debates.
Nada de eso.
Profesores humillados.
Intelectuales denunciados.
Funcionarios arrastrados ante multitudes.
Libros destruidos.
Persecuciones.
Palizas.
Cárceles.
Muertes.
Los Guardias Rojos, muchos de ellos jovencísimos, recibieron permiso moral para perseguir a quienes representasen el supuesto pasado reaccionario.
Investigaciones basadas en miles de crónicas locales calculan entre 1,1 y 1,6 millones de muertos y entre 22 y 30 millones de víctimas directas de persecución política durante los primeros años de aquel proceso.
No hace falta tener cincuenta años para ser inquisidor.
A veces basta con ser muy joven, estar muy seguro de uno mismo y recibir una lista de personas a las que está permitido odiar.
POL POT: TODO EL MUNDO AL CAMPO
Y llegamos a Pol Pot.
Otro amante de la Humanidad.
También quería empezar desde cero.
A los salvadores absolutos les encanta empezar desde cero.
El pasado estorba.
Las costumbres estorban.
La familia puede estorbar.
La religión estorba.
La ciudad estorba.
La propiedad estorba.
Los intelectuales estorban.
Los comerciantes estorban.
Los médicos pueden acabar estorbando.
En realidad, tarde o temprano, el ser humano acaba estorbando al proyecto perfecto.
Los jemeres rojos tomaron Phnom Penh en abril de 1975 y vaciaron la ciudad prácticamente de inmediato. Millones de personas fueron enviadas al campo, sometidas a trabajos forzados, hambre, enfermedad, persecución y ejecuciones. Casi dos millones de camboyanos murieron bajo aquel régimen; el Museo del Holocausto de Estados Unidos calcula aproximadamente una cuarta parte de la población.
Y todo para fabricar una sociedad agraria sin clases.
Fascinante.
Pocas veces se ha aproximado tanto una utopía campestre a un cementerio.
Hay incluso un detalle especialmente adecuado para nuestros salvadores verdes más autoritarios.
La Camboya de Pol Pot resolvió de manera expeditiva bastantes problemas urbanos.
Menos coches.
Menos tráfico.
Menos consumo.
Menos ciudades.
Menos propiedad privada.
Muchísimo trabajo agrícola.
Una auténtica Arcadia.
Con fosas comunes.
¿CIEN MILLONES? ¿CIENTO CINCUENTA? EL MACABRO BINGO DE LOS CADÁVERES
Y aquí aparecerá inevitablemente el contable ideológico.
—No fueron tantos.
—Esa hambruna no puede contarse así.
—Aquellas muertes tuvieron diversas causas.
—Ésa no pertenece a esta categoría.
—Aquélla debe restarse.
Perfecto.
Hay cálculos globales que han situado las víctimas de regímenes comunistas alrededor de los cien millones; la cifra más conocida procede de El libro negro del comunismo y fue discutida incluso por algunos de sus propios autores. No existe un total universalmente aceptado, y menos aún uno de «más de ciento cincuenta millones» que pueda presentarse como cifra cerrada.
Pero la discusión aritmética puede convertirse en una manera grotesca de perder de vista lo esencial.
¿Treinta millones durante una hambruna política son pocos?
¿Dos millones de camboyanos necesitan compañía para impresionarnos?
¿Un millón y medio de muertos durante una revolución cultural no bastan?
¿Cuántos cadáveres necesita una utopía para perder el beneficio de la duda?
¿Hay una cantidad mínima?
¿Diez millones?
¿Cincuenta?
¿Cien?
¿Se entrega una tarjeta y al décimo sello podemos empezar a sospechar que la receta tenía algún defecto?
VIOLENCIA BUENA Y VIOLENCIA MALA
Y ahora llegamos a una de vuestras especialidades más exquisitas:
la violencia con denominación de origen.
Porque para el sectario no existe simplemente la violencia.
Hay violencias.
El mismo puñetazo puede ser intolerable o comprensible.
Depende del puño.
Y de la cara.
Si pega uno de los malos:
¡Violencia!
¡Odio!
¡Ataque intolerable!
¡Peligro para la convivencia!
Si pega uno de los buenos:
un momento.
Hay que estudiar el contexto.
Las causas.
La frustración.
La exclusión.
La historia.
El sufrimiento acumulado.
El entorno.
La rabia.
La meteorología, si hace falta.
Hace treinta segundos era un puñetazo.
Ahora es una tesis doctoral.
Con las víctimas ocurre exactamente lo mismo.
La víctima correcta es sagrada.
No se discute.
No se pregunta.
No se matiza.
No se busca qué hizo antes.
Pero si la víctima pertenece al grupo equivocado, comienzan las pesquisas:
¿Qué dijo?
¿A quién votaba?
¿Qué había hecho anteriormente?
¿No habría provocado?
¿Era verdaderamente inocente?
¿En qué contexto sucedió?
Así funciona la peculiar báscula moral del sectario:
la sangre pesa distinto dependiendo de quién la derrame.
Y los agresores también sufren transformaciones prodigiosas.
Si pertenece al grupo equivocado, su delito demuestra cómo son todos ellos.
Si pertenece al grupo correcto:
caso aislado.
Problema personal.
Circunstancias particulares.
No generalicemos.
Maravilloso.
El colectivismo se enciende y se apaga mediante interruptor.
Una pedrada puede ser terrorismo o protesta.
Un incendio, barbarie o indignación.
Una amenaza, delito o rabia.
Una agresión, fascismo o respuesta popular.
Depende de quién redacte el comunicado.
Eso no es justicia.
Es tribalismo con pretensiones morales.
SOLIDARIDAD: TÚ PAGAS, YO SOY BUENO
Después está vuestra generosidad.
Admirable.
Sobre todo porque suele ser financiada por otros.
Yo quiero ayudar al necesitado.
Magnífico.
Abro mi bolsillo.
Saco mi dinero.
Lo entrego.
Eso exige algo llamado sacrificio.
Pero existe un método mucho más moderno.
Yo decido cuánto debes entregar tú.
El Estado te lo cobra.
Yo decido a quién se entrega.
Y después presumo de solidario.
Así cualquiera.
San Francisco de Asís cometió un error de principiante.
Se desprendía de lo suyo.
Hay una diferencia enorme entre:
«Doy».
y
«Tú darás».
La primera frase puede ser generosidad.
La segunda necesita autoridad.
Y cuando además se acusa de egoísta al obligado a pagar, se alcanza la perfección:
te quitan el dinero y encima tienes que agradecer que hayan mejorado tu alma.
CAMBIAR LAS PALABRAS PARA QUE NO PAREZCA LO QUE ES
Como todo poder necesita un diccionario, las palabras también se arreglan.
La censura ya no es censura.
Es protección.
La prohibición no es prohibición.
Es garantía.
El adoctrinamiento se convierte en educación.
La imposición en solidaridad.
El privilegio en reparación.
La discriminación puede transformarse en justicia si discrimina la persona adecuada.
Y controlar al ciudadano se llama cuidarlo.
¡Cuidarme!
Qué ternura.
Cuando un Estado demuestra demasiado empeño en cuidarme, compruebo que todavía conservo las llaves de casa.
NO DISCUTÁIS: PEGAD UNA ETIQUETA
Para pensar hace falta trabajo.
Para insultar sólo hace falta vocabulario.
Por eso el liberticida moderno rara vez responde a un argumento.
Clasifica a quien lo formula.
No pregunta:
—¿Es verdad?
Pregunta:
—¿Quién lo dice?
Y después busca el cajón correspondiente.
Fascista.
Reaccionario.
Negacionista.
Extremista.
Insensible.
Odiador.
Y asunto resuelto.
¿Por qué discutir una idea cuando puede desacreditarse al propietario?
Es un método de una eficacia intelectual asombrosa.
Especialmente para quien carece de argumentos.
EL PROBLEMA DEL HOMBRE NUEVO ES EL HOMBRE REAL
Todas estas utopías terminan tropezando con el mismo obstáculo.
Nosotros.
Los seres humanos reales.
Porque el hombre real no se comporta como el hombre que aparece en el manual.
Tiene ambiciones.
Familia.
Miedos.
Propiedades.
Creencias.
Deseos.
Costumbres.
Opiniones.
Y la antipática tendencia a querer decidir.
Entonces el ideólogo tiene dos posibilidades.
Cambiar la teoría.
O cambiar al hombre.
El totalitario rara vez cambia la teoría.
Por eso acaba intentando cambiar al hombre.
Primero lo educa.
Luego lo reeduca.
Después lo corrige.
Más tarde lo aparta.
Y si continúa estorbando, la historia del siglo XX nos enseña lo lejos que puede llegar el asunto.
ABRID UN LIBRO
Así que, queridos neoestalinistas, liberticidas, antifascistas profesionales y repetidores de eslóganes:
antes de volver a salvar a la Humanidad, probad una experiencia verdaderamente revolucionaria.
Abrid un libro.
Uno entero.
Después otro.
Y después —esto puede resultar traumático— uno que contradiga al primero.
Comparad.
Pensad.
Dudad.
Preguntad.
Volved a pensar.
La Historia tiene esa mala costumbre: cuando se estudia un poco, deja de obedecer a las pancartas.
Quizá descubráis al camarada Stalin pactando con Hitler.
A Stalin persiguiendo homosexuales.
A Mao enviando muchachos fanatizados contra profesores e intelectuales.
A Pol Pot vaciando ciudades para construir una sociedad maravillosa.
A dictaduras que protegen animales mientras aplastan seres humanos.
A tiranos repartiendo beneficios sociales mientras eliminan la libertad.
Y quizá comprendáis finalmente algo elemental:
llamarse antifascista no convierte automáticamente a nadie en amante de la libertad.
Como ponerse una camiseta que diga «delgado» no adelgaza.
Yo también quise arreglar el mundo.
Era joven.
Era intervencionista.
Y sí:
era bastante capullo.
Con los años aprendí algo menos grandioso.
No prometo construir al hombre nuevo.
No tengo un paraíso que ofreceros.
No conozco la fórmula definitiva de la felicidad.
Y desconfío profundamente de quien asegura poseerla.
Prefiero una regla mucho más modesta:
puede que yo esté equivocado.
Y otra todavía más importante:
aunque tenga razón, tu vida no me pertenece.
No da para hacer una revolución.
No permite levantar el puño ante una multitud.
No crea ministerios.
No necesita comités de vigilancia.
No fabrica mártires.
Pero posee una ventaja formidable:
deja vivir.
Seguid siendo buenos.
Buenísimos.
Salvad cuanto queráis.
Dad vuestro dinero.
Vuestro tiempo.
Vuestro trabajo.
Vuestra casa.
Vuestra herencia.
Regalad hasta los calcetines.
Pero cuando decidáis salvar a la Humanidad, os agradeceré una pequeña cortesía:
mantened vuestra mano fuera de mi bolsillo, vuestra censura lejos de mi boca, vuestros dogmas fuera de mi cabeza y vuestra bondad obligatoria lejos de mi libertad.
Porque el siglo XX nos dejó una enseñanza escrita con demasiada sangre:
los constructores del paraíso empiezan prometiendo un hombre nuevo y demasiadas veces terminan necesitando alambradas para fabricar uno.
Carlos Aurelio Caldito