Poema satírico dedicado al Gobierno socialcomunista de España (perdón, «estepaís»)

POR PERO GRULLO DE ABSURDISTÁN.

Oigo, España, tu lamento,
tu cansancio y tu aflicción,
y escucho en cada rincón
un tristísimo concierto:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Rueda el grito por las plazas,
por estadios y festejos,
corre de boca en boca
y vuelve arrastrado al viento:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Mientras sopla por el Estrecho
un aire de rendición,
desde la misma Moncloa
nos predican sumisión,
y hasta parece delito
llamar España a nuestra nación.

Con apenas ocho millones
de sufragios en las urnas,
sin ganar las elecciones
ni quedar como primera,
Sánchez alcanzó el Gobierno
por acuerdos en la Cámara
con republicanos, Junts,
Bildu, PNV y otras fuerzas.

Y la voz de esta sátira
los retrata a su manera:
unos quieren otra España,
otros marcharse de ella,
otros quebrar sus costuras
y otros cambiar sus fronteras.

Y desde el fondo del corro
vuelve a escucharse la copla:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Unos pícaros muy finos
que se llamaban obreros,
sin una sola dureza
en la yema de los dedos,
pero sobrados de cargos,
asesores y dineros.

Gran revuelo entre las gentes
causó aquel acontecimiento;
hubo bailes y charangas,
hubo abrazos y festejos.

Sánchez y sus compañeros
se proclamaron maestros
de justicia y democracia,
progreso y entendimiento;
y al pie del puño florido
hicieron su juramento.

Con la rosa por testigo
los ministros prometieron
dar trabajo, hacer justicia,
predicar con el ejemplo,
proteger al desvalido
y administrar con talento.

Pasaron meses y años
y se marchitó el rosal;
la rosa quedó reseca,
pero el discurso, igual.

Mucho cargo, mucha silla,
mucho coche oficial,
mucho asesor del asesor,
mucho despacho estatal;
y al que pagaba la fiesta
le tocaba siempre pagar.

Todo se llenó de pícaros,
trepadores y mastuerzos,
políticos sin gramática,
donjuanes de medio pelo;

tragaldabas, tragaperras,
tragacargos, tragasueldos,
tragadietas, tragapuestos,
tragapalcos, tragafueros.

Los ministros, coche y chófer;
los paganos, sin resuello;
los asesores cobrando,
contribuyentes en cueros.

Un despacho para el primo,
para el amigo otro puesto,
para el compañero un cargo
y para cada cargo, un sueldo.

Y si quedaba una mesa,
otro director de nuevo.

España paga y contempla
el prodigioso invento:

cada problema, un despacho;
cada despacho, un experto;
cada experto, un gabinete;
cada gabinete, un centro;

cada centro, un presidente;
cada presidente, un sueldo;
y para arreglar el gasto,
otro impuesto y otro decreto.

Y otra vez llega de lejos,
como martillo en el viento,
aquel bronco ritornelo
que acompaña al desconcierto:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Pero mientras en la corte
prosigue alegre el festejo,
otra música se escucha
por las aguas del Estrecho.

Marruecos mira hacia el norte.
Mohamed calcula el tiempo.
Ceuta contempla la costa.
Melilla aguarda en silencio.

¡Oh, patria de San Marcial,
de Sagunto y de Numancia,
de Bailén y Zaragoza,
de Lepanto y de Granada!

Tú que viste tantos siglos,
tantas glorias y desgracias,
miras ahora hacia el Estrecho
mientras discuten palabras.

No siempre llegan las guerras
con tambores y cañones;
también existen presiones,
amenazas y tensiones.

Hay fronteras que se tientan,
hay paciencia calculada,
hay silencios que preocupan,
hay palabras desgastadas.

—¡Complejidad! —dice uno.

—¡Prudencia! —contesta el otro.

—¡Diálogo! —grita un tercero.

—¡No exageremos tampoco!

Y mientras pasan los meses
entre informes y coloquios,
el que empuja sigue andando
y el que cede pierde espacio.

Y desde plazas y estadios
vuelve a escucharse aquel coro:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Y en medio de aquella escena
surge el nuevo don Julián,
nombre que presta la sátira
al romance popular.

Don Julián abrió una puerta
—eso nos cuenta el cantar—;
y el poeta de estos tiempos
vuelve el nombre a rescatar.

Pues cuando una puerta cede
y se descorre el cerrojo,
quien aguardaba a este lado
ya no precisa derribarlo.

«¡Mohamed!», canta la copla,
«guarda espadas y caballos;
no hacen falta bombardas
ni arcabuces ni soldados.

Basta paciencia y sonrisa,
protocolos y despachos,
muchas cumbres, muchas fotos,
muchos prudentes recados.

Que discutan en Madrid
mientras tú cuentas los años;
que unos hablen de prudencia
mientras otros dan los pasos».

Y aparece en el romance,
como licencia del cantor,
la que llama quinta columna
de este extraño callejón:

los que todo lo disculpan,
los que todo relativizan,
los que contemplan la lluvia
y aseguran que hace sol;

los que al ver arder la casa
discuten la combustión,
y antes de buscar el agua
constituyen comisión.

Y entretanto, desde fuera,
llega nuevamente el son:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Mas llega el acto postrero.

Y aquí Cervantes nos llama.

Se descorre lentamente
la prodigiosa gran manta
del Retablo de las Maravillas
levantado en nuestra plaza.

Chanfalla vende prodigios.

Chirinos vende palabras.

Ante un escenario vacío
todos contemplan fantasmas.

Uno ve toros y osos.

Otro contempla cascadas.

Otro descubre doncellas.

Otro ve monstruos que danzan.

—¡Qué portento!

—¡Qué hermosura!

—¡Qué admirable cabalgata!

—¡Mirad aquellos gigantes!

—¡Mirad cómo vuelan hadas!

Y el que no distingue nada
también asegura que hay algo,
porque teme que los otros
lo señalen con el dedo.

Uno teme por el cargo.

Otro teme por la paga.

Otro teme que lo aparten.

Otro, perder la prebenda.

Y así continúa el Retablo.

Y así prospera la farsa.

Pero alrededor del lienzo
ha crecido otra comparsa:

bufones y trovadores,
palmeros de nómina larga,
tertulianos y aduladores,
correveidiles de cámara;

asesores de asesores,
parásitos de la caja,
vividores del erario,
estómagos con corbata;

expertos en decir «sí»
antes de escuchar palabra,
y artistas de ver prodigios
donde sólo cuelga manta.

Uno toca la trompeta.

Otro repica campanas.

Otro explica seriamente
que lo negro es nieve blanca.

Otro escribe un largo informe.

Otro organiza unas jornadas.

Otro crea un observatorio
para estudiar la observancia.

Y alguno propone entonces,
para completar la hazaña,
un director, tres adjuntos,
seis vocales y una sala.

Aquello ya no es Retablo.

Aquello ya se asemeja
a cierto patio de Monipodio
que Cervantes describiera:

cada pícaro en su oficio,
cada oficio con sus reglas,
cada cual sabe qué cobra,
cada cual sabe qué entrega;

unos viven del engaño,
otros administran cuentas,
uno reparte beneficios
y otro bendice la empresa.

Retablo por una puerta.

Monipodio por la otra.

Chanfalla dirige el coro.

Y alrededor, la comparsa.

Hasta que suena en la entrada
un estrépito de botas.

Se vuelven todos.

Silencio.

Aparece el furrier.

Mira la manta.

Mira a Chanfalla.

Mira al público.

Vuelve a la manta.

Se rasca lentamente
la barba.

Y pregunta:

—¿Dónde está la maravilla?

—¡Ahí delante! —dice Chanfalla.

—¿Dónde?

—¡Ahí!

—Yo sólo veo una manta.

Se hiela toda la sala.

—¡Una manta! —grita Chirinos—.
¡Este hombre no ve nada!

—Exactamente —dice el furrier—.

—¿Cómo que exactamente?

—Que no veo maravillas
porque aquí no las hay.

Ni doncellas.

Ni gigantes.

Ni prodigios.

Ni fantasmas.

Aquí no hay más que una manta.

¡Escándalo!

¡Sacrilegio!

¡Ignorante!

¡Descastado!

¡Bárbaro!

¡Retrógrado!

¡Insensible!

¡Reaccionario!

Veinte bufones lo cercan.

Treinta palmeros le ladran.

Cuatro expertos dictaminan
que padece intolerancia.

Seis tertulianos explican
la peligrosidad de su habla.

Un trovador improvisa
unos versos contra su barba.

Y el vividor del erario
le exige respeto y calma.

El furrier mira despacio
a toda aquella comparsa.

—¿Vosotros veis maravillas?

—¡TODOS!

—¿Y aquello?

—¡MAGIA!

—¿Y eso?

—¡PROGRESO!

—¿Y la tela?

—¡NO ES UNA MANTA!

El furrier respira hondo.

Se quita el gorro.

Se remanga.

Y dice:

—Pues se acabó la mojiganga.

Y empieza la zarabanda.

Al primero, de un gorrazo,
lo manda contra las tablas.

Al segundo, de un empujón,
lo sienta sobre una banca.

Los bufones pierden cascabeles.

Los trovadores, palabras.

Los tertulianos encuentran
de repente escaleras largas.

Los aduladores se esconden.

Los palmeros ya no palmean.

Los parásitos del erario
descubren piernas ligeras.

—¡Sálvese quien pueda! —gritan.

Monipodio se desbarata.

Chanfalla recoge la manta.

Chirinos busca la entrada.

Uno esconde los contratos.

Otro, recibos y actas.

Uno pregunta quién manda.

Otro cambia la pancarta.

Uno que hace medio minuto
juraba contemplar hadas
grita mientras corre:

—¡Yo tampoco veía nada!

—¡Ni yo!

—¡Ni yo!

—¡Era mentira!

—¡Siempre supe que era falsa!

Y el furrier sigue corriendo
a gorrazos a la comparsa.

Bufones bajo las mesas.

Tertulianos por las tapias.

Los vividores se atropellan.

Los expertos se agazapan.

Uno pierde la peluca.

Otro abandona la capa.

Un tercero deja en el suelo
la cartera bien cargada.

Y mientras toda la corte
sale huyendo de la sala,
desde la calle se escucha
otra vez aquella tonada:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Ya no parece un palacio.

Ni siquiera una gran sala.

Es el patio de Monipodio
cuando se rompe la baraja.

Uno esconde lo cobrado.

Otro destruye las actas.

Uno pregunta quién viene.

Otro pregunta quién manda.

Porque el pícaro conoce
el secreto de su casta:

ayer sirvió a un Chanfalla;
mañana servirá a otro Chanfalla.

Cambia el amo.

Cambia el traje.

Cambia el coche.

Cambia el habla.

Pero siempre queda alguno
dispuesto a cobrar y aplaudir
aquello que pague la casa.

Hasta que cesa el estruendo.

Calla por fin la algazara.

El furrier queda en el centro.

A sus pies yace la manta.

Ya no hay toros.

Ni doncellas.

Ni gigantes.

Ni fantasmas.

Sólo una cuerda.

Cuatro tablas.

Un telón.

Papeles.

Sillas.

Y una bolsa mal cerrada.

El furrier levanta entonces
del suelo la vieja manta.

La sacude.

Mira al público.

Y exclama:

—¡Ésta era vuestra maravilla!

Una tela.

Sólo eso.

Una triste y vieja sábana.

Y detrás, toda una corte
cobrando porque juraba
que aquello que no existía
existía y caminaba.

Cervantes contempla el cuadro.

Sonríe debajo de la barba.

Porque conoce a esos tipos.

Porque ya los retrataba.

Cambian coches por carrozas.

Ministerios por posadas.

Tertulias por mentideros.

Subvenciones por alcabalas.

Pero sobreviven Chanfalla,
Chirinos y su comparsa.

Siempre queda algún Monipodio.

Siempre aparece una manta.

Siempre existen cortesanos
que ven aquello que mandan.

Siempre hay algún vividor
que aplaude mientras le pagan.

Y siempre llega algún día
alguien ajeno a la farsa,
mira de frente el Retablo
y dice:

—Aquí no hay nada.

Entonces tiemblan los pícaros.

Los bufones se atragantan.

Los aduladores se esconden.

Los palmeros ya no aplauden.

España mira la escena.

Los bufones, en desbandada.

Los vividores, huyendo.

Los trovadores sin palabras.

Chanfalla bajo una mesa.

Chirinos hecha una bala.

Y el patio de Monipodio
con las puertas atrancadas.

El furrier queda en el centro
con el gorro y con la vara,
mientras por fin cae al suelo
la prodigiosa gran manta.

Ya no hay monstruos ni doncellas.

Ni milagros.

Ni patrañas.

Ni tertulianos explicando
que lo negro es nieve blanca.

Y desde plazas y estadios,
desde balcones y gradas,
vuelve por última vez
el estribillo de la sátira:

«¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»

Cervantes baja el telón.

España levanta la cara.

Y entonces llega de lejos,
como remate de la farsa,
aquella vieja canción
que pone fin a la danza:

«Se acabó la diversión…
llegó el comandante
y mandó parar».

Cae el telón.

Calla Chanfalla.

Monipodio queda vacío.

La manta yace en el suelo.

Y se acabó la mojiganga.

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