EUROPA Y ESPAÑA: LA ESCUELA ANTE LA INMIGRACIÓN MASIVA Y EL EXPERIMENTO MULTICULTURAL

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Cuando el aula termina pagando decisiones tomadas muy lejos de ella.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS

La escuela española sufre un deterioro evidente. Los últimos resultados de PISA confirman el retroceso en lectura y matemáticas, la escasez de alumnos excelentes y una proporción alarmante de estudiantes que no alcanza siquiera los niveles básicos.

Sobre ese sistema ya debilitado pesa además una transformación demográfica profunda.

Cada vez hay más alumnos procedentes de familias inmigrantes, muchos de ellos con dificultades económicas, educativas o lingüísticas. No todos presentan los mismos problemas, naturalmente, pero una parte importante llega desde sistemas escolares distintos, habla otras lenguas en casa o se incorpora tardíamente.

Y eso tiene consecuencias.

Un profesor dispone del mismo tiempo aunque tenga delante alumnos con niveles muy diferentes.

Si debe dedicar gran parte de la clase a explicar vocabulario básico, recuperar conocimientos atrasados, resolver conflictos o atender necesidades extraordinarias, ese tiempo desaparece para los demás.

La escuela no puede fabricar horas.

Por eso, cuando aumenta mucho la heterogeneidad sin aumentar de manera equivalente los recursos, el nivel general puede resentirse.

El problema se agrava cuando el alumnado inmigrante se concentra en determinados barrios y colegios.

Entonces aparece un fenómeno previsible: algunas familias españolas buscan otros centros.

Las que pueden marcharse, se marchan.

Las que no pueden, se quedan.

Y terminan formándose colegios donde se acumulan pobreza, fracaso escolar, desconocimiento del idioma, absentismo, falta de profesores y problemas de convivencia.

La integración mal gestionada termina creando segregación.

También conviene decir algo que suele olvidarse: los hijos de los españoles que ya estaban escolarizados también tienen derechos.

Derecho a recibir una enseñanza exigente.

Derecho a que el profesor pueda avanzar.

Derecho a estudiar en un ambiente ordenado.

Derecho a que las necesidades extraordinarias de otros alumnos sean atendidas con recursos extraordinarios y no reduciendo la calidad de su propia enseñanza.

La multiculturalidad tampoco es una palabra mágica.

Las culturas no son sólo comidas, músicas o fiestas.

Incluyen ideas distintas sobre autoridad, disciplina, familia, religión, mujer, esfuerzo, educación y convivencia.

Cuanto mayores sean esas diferencias, mayor será el esfuerzo necesario para construir una comunidad escolar común.

Integrar no significa simplemente mezclar.

Integrar significa incorporar.

Aprender la lengua.

Aceptar las leyes.

Respetar las normas.

Adquirir hábitos comunes.

Participar en la sociedad receptora.

Si cada grupo mantiene indefinidamente sus propios códigos y la sociedad receptora renuncia a transmitir los suyos, no aparece integración.

Aparecen comunidades paralelas.

Europa ha cometido además otro error: confundir humanitarismo con capacidad ilimitada.

Una sociedad puede acoger.

Pero no puede absorber cualquier cantidad de población, a cualquier ritmo y en cualquier condición sin consecuencias.

Los límites existen.

Vivienda.

Sanidad.

Escuelas.

Profesores.

Presupuesto.

Cohesión social.

La inmigración no elimina esos límites.

Los pone a prueba.

También importa quién llega.

No exige el mismo esfuerzo integrar a un alumno hispanoamericano que ya habla español que a otro adolescente procedente de un sistema educativo muy diferente y que desconoce nuestra lengua.

No se trata de superioridad humana.

Se trata de distancia lingüística, educativa y cultural.

La cantidad también importa.

Dos alumnos recién llegados pueden integrarse con relativa facilidad.

Veinte pueden cambiar completamente el funcionamiento de una clase.

Existe un punto en que la sociedad deja de limitarse a integrar a quienes llegan y empieza ella misma a ser transformada por la magnitud de los flujos.

La escuela es el lugar donde esa transformación se percibe antes que en ningún otro sitio.

Y mientras tanto el sistema educativo español arrastra sus propios males:

menos autoridad del profesor,

más burocracia,

menos exigencia,

más promoción automática,

menos disciplina,

más aprobados,

menos conocimientos.

La inmigración masiva no creó esos problemas.

Pero puede agravarlos.

El peligro es evidente: que, incapaz de elevar a los alumnos rezagados, el sistema termine bajando el nivel general.

Eso puede producir magníficas estadísticas de aprobados y malos resultados reales.

La excelencia también tiene derechos.

Una escuela que dedica casi todos sus esfuerzos a impedir que alguien quede atrás puede terminar olvidando a quienes podrían llegar muy lejos.

Y una sociedad que renuncia a formar a sus mejores estudiantes acaba pagando también esa factura.

El problema no se resuelve culpando al inmigrante.

Ni negando las dificultades.

Se resuelve diciendo la verdad.

Integrar cuesta dinero.

Cuesta profesores.

Cuesta tiempo.

Cuesta esfuerzo.

Cuesta exigir.

Cuesta aceptar límites.

Y exige una sociedad suficientemente segura de sí misma como para transmitir una lengua, una cultura, unas normas y una identidad común.

Europa y España tendrán que decidir qué prefieren:

una inmigración ajustada a su capacidad real de integración,

o continuar ampliando los flujos y confiar en que la escuela haga milagros.

Porque los milagros pedagógicos no existen.

Y cuando la política se niega a reconocer los límites, termina pagándolos el aula.

SI QUIERES PROFUNDIZAR, SABER MÁS, SIGUE LEYENDO.

Durante años se ha repetido una consigna hasta convertirla casi en dogma: la diversidad enriquece.

Puede enriquecer.

También puede empobrecer.

Puede ampliar horizontes.

También puede romper la cohesión.

Puede aportar lenguas, experiencias y conocimientos.

También puede convertir una clase en una torre de Babel en la que el profesor dedica buena parte de su tiempo a conseguir que todos entiendan lo elemental antes de poder enseñar lo importante.

La multiculturalidad no es una palabra mágica.

No transforma automáticamente en ventaja cualquier diferencia.

Y la inmigración tampoco llega a Europa convertida en una abstracción amable llamada «movilidad humana».

Llega en personas concretas.

Con edades concretas.

Con niveles educativos concretos.

Con lenguas concretas.

Con costumbres concretas.

Con familias concretas.

Con culturas más o menos próximas a las del país receptor.

Y cuando quienes llegan son niños o adolescentes, todo eso termina entrando en la escuela.

Ahí empiezan los problemas que durante demasiado tiempo se han querido despachar con propaganda.


LA ESCUELA NO ES UNA ONG, NI UNA ADUANA, NI UNA SUCURSAL DE SERVICIOS SOCIALES.

La escuela existe, antes que nada, para enseñar.

Parece una perogrullada.

Precisamente por eso conviene repetirla.

Debe enseñar a leer.

A escribir.

A calcular.

A conocer la historia.

A comprender las ciencias.

A expresarse correctamente.

A razonar.

A convivir.

A respetar la autoridad legítima.

A adquirir hábitos de trabajo.

A desarrollar capacidades.

Y, por supuesto, debe integrar al niño que llega de fuera.

Pero integrar a quien llega no puede acabar significando perjudicar al que ya estaba.

Éste es el asunto que rara vez se plantea.

Todo el discurso gira alrededor de las necesidades del recién llegado.

¿Y las del alumno español?

¿Y su derecho a recibir una enseñanza exigente?

¿Y su derecho a que el profesor pueda avanzar?

¿Y su derecho a que el aula no se transforme en un permanente curso de recuperación?

¿Y su derecho a aprender rodeado de compañeros que puedan seguir razonablemente el mismo programa?

Parece que esos derechos hubieran desaparecido.


PISA 2025: EL TERMÓMETRO SIGUE BAJANDO

Los últimos resultados de PISA no permiten demasiada alegría.

España obtiene 457 puntos en matemáticas y 451 en lectura. En matemáticas pierde 16 puntos respecto de 2022. En lectura, el descenso también es fuerte. La OCDE sitúa los resultados españoles de 2025 entre los más bajos de nuestra propia serie histórica.

En matemáticas, sólo el 67 % alcanza al menos el nivel básico.

En lectura, el 68 %.

Dicho de manera menos burocrática:

Aproximadamente uno de cada tres alumnos españoles de quince años no alcanza siquiera el nivel mínimo en matemáticas o lectura.

Y en la excelencia estamos peor.

Sólo un 4 % alcanza los niveles superiores en matemáticas.

Sólo un 2 % en lectura.

La media de la OCDE es superior en ambos casos.

España no sólo produce demasiados alumnos rezagados.

Produce demasiado pocos alumnos excelentes.

Por abajo falla el suelo.

Por arriba baja el techo.

Y mientras ocurre esto, hemos transformado de arriba abajo la composición de muchas aulas.


EL CAMBIO DEMOGRÁFICO HA ENTRADO POR LA PUERTA DEL COLEGIO

En 2022, alrededor del 15 % de los estudiantes españoles evaluados por PISA tenía origen inmigrante.

Eso no significa que todos presenten dificultades.

Sería absurdo.

Un muchacho argentino, uruguayo o colombiano puede incorporarse hablando perfectamente español.

Un hijo de ingenieros franceses o portugueses puede llegar con un nivel académico excelente.

Un adolescente chino puede ser un magnífico estudiante.

Un niño marroquí puede superar ampliamente a compañeros españoles.

Las personas son individuos.

Pero las políticas públicas se enfrentan también a grandes números.

Y en los grandes números aparecen patrones.

En España, aproximadamente la mitad del alumnado inmigrante de PISA 2022 estaba en situación socioeconómica desfavorecida.

Y aproximadamente la mitad hablaba habitualmente en casa una lengua distinta de la empleada en la prueba.

Ya tenemos dos dificultades acumuladas:

pobreza

y lengua.

Añadamos una tercera:

la edad de llegada.

No es lo mismo aterrizar en España con dos años que con trece.

El primero aprende español jugando.

El segundo puede tener que estudiar álgebra mientras aprende qué significa «denominador».

Ahí empieza la verdadera cuestión.


SIN UNA LENGUA COMÚN NO EXISTE UNA ESCUELA COMÚN

Éste debería ser el punto de partida.

Un sistema educativo necesita una lengua vehicular que todos dominen suficientemente.

No «más o menos».

No «ya aprenderá».

No «la diversidad lingüística es enriquecedora».

Suficientemente.

Porque un alumno no aprende historia únicamente escuchando sonidos.

Necesita entender conceptos.

No aprende ciencias simplemente mirando dibujos.

Necesita comprender relaciones causales.

No resuelve problemas matemáticos si no entiende exactamente qué le están preguntando.

No interpreta literatura si tropieza constantemente con el vocabulario.

Y el profesor tampoco puede detener la clase indefinidamente.

Cada minuto empleado en explicar una palabra elemental es un minuto que no se dedica a avanzar.

Cada adaptación exige tiempo.

Cada alumno con grandes carencias requiere atención.

Cada recién llegado que no comprende el idioma aumenta el esfuerzo necesario.

Uno puede enriquecer el aula.

Cinco pueden exigir reorganizarla.

Quince pueden alterar completamente su funcionamiento.

No hay milagros.


LA TORRE DE BABEL NO ES UN MODELO PEDAGÓGICO

La propaganda multicultural presenta las diferencias culturales como si fueran equivalentes a tener compañeros aficionados a músicas distintas.

No es así.

Las culturas contienen ideas acerca de:

la autoridad,

la familia,

la mujer,

la religión,

la disciplina,

la puntualidad,

la violencia,

el esfuerzo,

el honor,

la sexualidad,

la libertad individual,

la relación entre padres e hijos,

la función de la escuela,

y la propia obligación de integrarse.

Cuando coinciden culturas próximas, el ajuste puede ser pequeño.

Cuando las distancias son grandes, el choque también puede serlo.

La escuela se convierte entonces en el primer laboratorio donde esas diferencias se encuentran todos los días.

Y el profesor termina haciendo de maestro, intérprete, mediador, árbitro, psicólogo improvisado y trabajador social.

Todo al mismo precio.

Todo dentro de los mismos cincuenta minutos.

Después alguien desde un despacho lo llama «riqueza multicultural».

Es muy fácil llamar riqueza a lo que paga otro.


¿QUIÉN PAGA EL TIEMPO DEL PROFESOR?

Ésta es la pregunta que casi nunca aparece.

Imaginemos treinta alumnos.

Veinte siguen perfectamente el programa.

Cinco tienen dificultades normales.

Cinco apenas comprenden el español.

El profesor tiene una hora.

¿Qué hace?

¿Avanza al ritmo de los veinte?

Los cinco últimos quedan atrás.

¿Avanza al ritmo de los cinco últimos?

Los veinte primeros pierden tiempo.

¿Divide la clase?

Necesita otro profesor.

¿Introduce apoyos?

Necesita dinero.

¿Reduce contenidos?

Baja el nivel.

¿Promueve igualmente a todos?

Oculta el problema.

No existe una sexta opción mágica llamada «inclusión».

La aritmética manda.


EL PERJUICIO PARA LOS ALUMNOS ESPAÑOLES EXISTE, AUNQUE ALGUNOS DESEEN QUE NO SE DIGA…

Conviene decirlo con claridad.

Cuando una escuela incorpora demasiados alumnos con grandes carencias lingüísticas, curriculares o disciplinarias sin aumentar proporcionalmente los recursos, los demás alumnos reciben menos atención y la enseñanza se resiente.

Eso es un perjuicio.

Puede ser pequeño.

Puede ser grande.

Puede concentrarse en determinados centros.

Puede no ocurrir en otros.

Pero existe.

Y cuando se acumula durante años puede cambiar por completo el carácter de un colegio.

Al principio llegan algunas familias extranjeras.

Después aumentan.

Después, una parte de las familias españolas busca otro centro.

Después, la proporción de alumnado inmigrante crece todavía más.

Después, el colegio adquiere fama de «difícil».

Después se marchan más familias.

Y al final aparece exactamente aquello que los partidarios de la integración decían querer evitar:

Segregación.

No necesariamente decretada.

Segregación por huida.


EL «WHITE FLIGHT» ESCOLAR A LA ESPAÑOLA

En Estados Unidos se estudió durante décadas la huida de familias blancas de determinados barrios.

En Europa podemos encontrarnos con una versión escolar.

No hace falta que los padres sean racistas.

Basta con que quieran que sus hijos aprendan.

Si perciben que el colegio baja el nivel, tiene más conflictos, aumenta el absentismo, aparecen dificultades lingüísticas generalizadas o el profesor dedica una parte creciente de su esfuerzo a alumnos muy rezagados, harán lo que hacen los padres desde que existe el mundo:

Buscar algo mejor para sus hijos.

El resultado puede ser paradójico.

Las políticas destinadas a mezclar terminan separando.

Y cuanto más se intenta negar el problema, más rápido votan las familias con los pies.


LOS QUE PUEDEN ESCAPAN; LOS QUE NO, SE QUEDAN.

Aquí aparece una consecuencia todavía más desagradable.

La familia con dinero puede pagar un colegio privado.

La familia con información puede encontrar un concertado.

La familia con coche puede desplazarse.

La familia con contactos encuentra alternativas.

¿Quién permanece atrapado?

El pobre.

El trabajador que vive al día.

La familia española sin recursos.

También la familia inmigrante pobre que querría una buena educación para sus hijos y tampoco puede marcharse.

Al final, la escuela pública de determinados barrios puede convertirse en el lugar donde se concentran todas las dificultades:

pobreza,

fracaso,

desconocimiento del idioma,

conflictos familiares,

absentismo,

desarraigo,

inmigración reciente,

falta de profesores,

escasez de apoyo.

Y entonces los mismos que han fabricado el problema anuncian otro «plan de inclusión».

Más papeles.

Más reuniones.

Más expertos.

Más dinero administrado.

Y quizá menos enseñanza.


PISA YA MUESTRA UNA BRECHA IMPORTANTE

En España, PISA 2022 registró aproximadamente 33 puntos de diferencia en matemáticas y 32 en lectura entre alumnos inmigrantes y no inmigrantes, a favor de estos últimos.

La OCDE atribuye una parte considerable de esa distancia a factores socioeconómicos y lingüísticos.

Perfecto.

Pero eso no elimina el problema.

Lo describe.

Si buena parte del alumnado inmigrante llega con desventaja económica y lingüística, entonces la inmigración real que recibe el país presenta precisamente esas características.

El profesor no enseña a variables estadísticas «corregidas».

Enseña a los niños que tiene delante.

Corregir sobre el papel el efecto de la pobreza no elimina la pobreza de la clase.

Corregir estadísticamente la lengua no hace que el alumno comprenda español.

La regresión estadística puede aislar variables.

El maestro no puede aislar a los niños.

Tiene que enseñarles todos juntos.


LA PREGUNTA PROHIBIDA: ¿CUÁNTA INMIGRACIÓN PUEDE ABSORBER UNA ESCUELA?

Todo sistema tiene límites.

Un ascensor.

Un hospital.

Una carretera.

Una vivienda.

Un presupuesto.

También una escuela.

Resulta absurdo admitir que un servicio sanitario puede saturarse y fingir que una escuela posee capacidad infinita de integración.

No la posee.

Depende de:

cuántos alumnos llegan;

a qué edad;

qué idioma hablan;

qué escolarización previa poseen;

qué nivel educativo tienen sus padres;

qué hábitos traen;

dónde se concentran;

cuántos profesores existen;

qué autoridad tiene el docente;

qué recursos hay para enseñarles la lengua;

y qué proporción representan dentro de cada clase.

Por tanto, la pregunta no es si España puede escolarizar a inmigrantes.

Por supuesto que puede.

La pregunta seria es:

¿A cuántos puede integrar adecuadamente, en cuánto tiempo y sin empeorar la enseñanza de quienes ya estaban?

Eso cambia todo.


LA CANTIDAD TERMINA CAMBIANDO LA CALIDAD

Una gota de tinta no altera un vaso de agua.

Medio vaso de tinta sí.

La cantidad importa.

Diez mil inmigrantes repartidos por un país de cincuenta millones constituyen una cosa.

Un millón en poco tiempo constituye otra.

Dos alumnos extranjeros perfectamente integrados dentro de una clase representan una situación.

Veinte alumnos recién llegados, pertenecientes a ocho culturas y seis lenguas, representan otra completamente distinta.

El discurso oficial suele hablar de personas individualmente.

La política debe contar personas colectivamente.

Porque los servicios públicos funcionan con números.


NO TODA INMIGRACIÓN ES IGUAL

Otra verdad que parece prohibido formular.

Para España no representa el mismo esfuerzo integrar a un argentino que a un afgano.

No por una cuestión de superioridad humana.

Por distancia.

Lengua.

Costumbres.

Sistema educativo.

Códigos sociales.

Religión.

Historia compartida.

Un hispanoamericano puede llegar diciendo «computadora» en vez de «ordenador».

El problema es pequeño.

Otro recién llegado puede no dominar siquiera el alfabeto latino.

El esfuerzo necesario no es comparable.

Una política migratoria que ignore estas diferencias está gobernando mediante abstracciones.


EUROPA HA CONFUNDIDO HUMANITARISMO CON AUSENCIA DE LÍMITES

Europa lleva años comportándose como si reconocer la dignidad de toda persona obligara a admitir que todas las sociedades pueden absorber cantidades ilimitadas de población sin consecuencias.

No se sigue una cosa de la otra.

Se puede respetar al extranjero y controlar la inmigración.

Se puede ayudar al refugiado y exigir fronteras.

Se puede acoger y poner límites.

Se puede integrar y exigir adaptación.

Se puede ser perfectamente decente y decir:

¡Hasta aquí!

Pero la moralización del debate ha hecho extraordinariamente difícil pronunciar esas palabras.

Quien pregunta cuántos puede ser tachado de insolidario.

Quien pregunta quién paga, de egoísta.

Quien pregunta qué cultura traen, de xenófobo.

Quien pregunta qué ocurre con los hijos de los nacionales, de sospechoso.

Magnífico procedimiento para no responder a ninguna pregunta.


LOS HIJOS DE LOS ESPAÑOLES NO SON MATERIAL SACRIFICABLE

Existe una tendencia inquietante a considerar que el ciudadano del país receptor debe adaptarse indefinidamente a las consecuencias de decisiones que no ha tomado.

Vivienda más cara.

Servicios saturados.

Más demanda sanitaria.

Más plazas escolares.

Más gasto social.

Barrios transformados.

Escuelas transformadas.

Y siempre aparece la misma respuesta:

hay que adaptarse.

¿Sólo unos deben adaptarse?

El niño español que entra cada mañana en el colegio no debe convertirse en conejillo de Indias de ningún experimento multicultural.

Su educación-enseñanza vale exactamente lo mismo que la del recién llegado.

Ni más.

Ni menos.

Y sus padres pueden preguntar legítimamente:

¿qué está ocurriendo con el nivel?

¿Con la disciplina?

¿Con el ritmo?

¿Con la lengua?

¿Con los contenidos?

¿Con los profesores?

¿Con el ambiente del colegio?

No deben pedir disculpas por hacerlo.


LA DISCIPLINA TAMBIÉN CUENTA

PISA 2025 ofrece otro dato revelador.

En España, una proporción elevada de estudiantes declara sufrir ruido y desorden durante las clases; también hay alumnos que dicen no poder trabajar adecuadamente en ellas.

La disciplina importa.

Muchísimo.

Un profesor que tarda diez minutos en conseguir silencio ha perdido diez minutos.

Multipliquemos.

Diez minutos por seis clases.

Una hora diaria.

Cinco semanales.

Ciento cincuenta o doscientas durante el curso.

Después nos preguntamos por qué no terminan los programas.

No todo el desorden procede de inmigrantes.

Sería absurdo afirmarlo.

Pero una escuela con enormes diferencias culturales, lingüísticas y educativas necesita más autoridad, no menos.

Y Europa lleva décadas caminando justamente en la dirección contraria:

menos autoridad del maestro;

más derechos sin deberes;

más miedo al conflicto;

más burocracia;

más psicologismo;

menos consecuencias.

Un cóctel magnífico… realmente explosivo.


DEL PROFESOR AL GESTOR DE PROBLEMAS

Antes el maestro enseñaba.

Ahora debe:

enseñar,

evaluar,

adaptar,

mediar,

rellenar informes,

atender reuniones,

detectar problemas familiares,

gestionar diversidad,

resolver conflictos,

vigilar acoso,

integrar recién llegados,

atender necesidades especiales,

cumplir planes,

registrar incidencias,

y explicar a padres que su hijo no estudia sin provocar una reclamación.

Después nos sorprende que falten profesores.

Según PISA 2025, cerca de la mitad de los alumnos españoles estudia en centros cuyos directores consideran que la falta de profesores perjudica la enseñanza.

Más problemas.

Menos manos.

Resultado previsible.


CUANDO EL SISTEMA NO PUEDE ELEVAR AL REZAGADO, BAJA EL NIVEL GENERAL

Aquí aparece una tentación formidable.

Supongamos que muchos alumnos no alcanzan el nivel.

Tenemos dos opciones.

Primera:

enseñarles más.

Necesitamos profesores.

Horas.

Disciplina.

Refuerzo.

Esfuerzo.

Segunda:

pedirles menos.

Mucho más barato.

Reducimos contenidos.

Promovemos automáticamente.

Convertimos la repetición en pecado.

Sustituimos conocimientos por actividades.

Introducimos evaluaciones cada vez más blandas.

Todos avanzan.

Todos aprueban.

Todos felices.

Hasta que aparece una prueba externa.

Y descubre que una parte creciente no sabe lo que debería saber.

PISA resulta desagradable precisamente por eso.

No pregunta qué nota puso el profesor.

Pregunta qué sabe realmente el alumno.


LA FÁBRICA DEL APROBADO

España ha conseguido combinar dos fenómenos curiosos:

tasas elevadísimas de aprobados y resultados mediocres en pruebas internacionales.

Eso debería provocar una pregunta elemental:

¿estamos enseñando más o simplemente aprobando más?

El aprobado administrativo puede fabricarse.

El conocimiento no.

Una ley puede prohibir prácticamente repetir.

No puede obligar a comprender una ecuación.

Puede ordenar promoción.

No aprendizaje.

Puede reducir suspensos.

No ignorancia.

La política domina el acta de evaluación.

La realidad domina la cabeza del alumno.


LA INMIGRACIÓN MASIVA AGRAVA UN SISTEMA QUE YA ESTABA ENFERMO

También conviene decirlo.

No fue la inmigración la que inventó el desastre educativo español.

Venía de antes.

Leyes sucesivas.

Pedagogismo.

Desprecio por la memoria.

Pérdida de autoridad.

Politización.

17 sistemas autonómicos.

Cambios legislativos constantes.

Promoción fácil.

Menos exigencia.

Más burocracia.

La inmigración masiva llega sobre ese sistema ya debilitado.

Y le añade peso.

Más heterogeneidad.

Más lenguas.

Más necesidades.

Más diferencias curriculares.

Más pobreza concentrada.

Más presión presupuestaria.

La viga ya estaba agrietada.

Añadir toneladas encima difícilmente la fortalece.


EL MULTICULTURALISMO PUEDE CONVERTIRSE EN LA NEGACIÓN DE LA INTEGRACIÓN

Hay otra contradicción formidable.

Para integrar a alguien debemos transmitirle algo común.

Una lengua.

Unas normas.

Una historia.

Unos hábitos cívicos.

Un sentido de pertenencia.

Pero el multiculturalismo llevado al extremo predica exactamente lo contrario:

cada cultura debe conservarse;

todas las identidades deben protegerse;

adaptarse demasiado puede parecer una pérdida;

la sociedad receptora debe acomodarse continuamente.

¿Entonces quién integra a quién?

Si todas las culturas deben mantenerse separadas e intactas, no estamos integrando.

Estamos yuxtaponiendo.

Y una nación no es un camping.

No consiste en parcelas ocupadas por grupos distintos que únicamente comparten los servicios comunes.


LA ESCUELA COMO FÁBRICA DE CIUDADANOS

Durante siglos la escuela tuvo también otra función.

Crear un lenguaje común.

Transmitir una memoria común.

Convertir al hijo del campesino gallego, al del obrero catalán, al extremeño y al aragonés en ciudadanos capaces de reconocerse dentro de una misma comunidad política.

Eso no requería que fueran idénticos.

Requería que compartieran algo.

Ahora pretendemos hacer exactamente lo contrario.

Celebramos la fragmentación.

Elevamos la diferencia a virtud.

Miramos con sospecha la asimilación.

Hablamos obsesivamente de identidades.

Después descubrimos que disminuye la cohesión.

Sorprendente.


INTEGRAR SIGNIFICA QUE QUIEN LLEGA HACE UN ESFUERZO

La integración no puede ser unilateral.

España tiene obligaciones hacia quien recibe.

Quien llega también las tiene hacia España.

Aprender español.

Respetar las leyes.

Escolarizar regularmente a sus hijos.

Aceptar la igualdad jurídica entre hombres y mujeres.

Respetar la libertad religiosa y también la libertad de no tener religión.

Aceptar las normas escolares.

Respetar al profesor.

Entender que las costumbres particulares no están por encima de la ley común.

Esto debería ser tan elemental que ni siquiera hiciera falta escribirlo.

Pero hemos llegado al punto en que exigir integración puede presentarse como una agresión cultural.

No.

Agresión cultural sería prohibir al inmigrante cocinar su comida o conservar recuerdos familiares.

Exigir que su hijo aprenda español no es agresión.

Es integración.


TAMBIÉN EXISTE EL DERECHO A ASIMILARSE

Incluso hemos conseguido convertir «asimilación» en palabra sospechosa.

¿Por qué?

Durante siglos millones de emigrantes prosperaron precisamente porque sus hijos se incorporaron plenamente a las sociedades receptoras.

Aprendieron la lengua.

Adoptaron normas.

Hicieron amigos.

Se casaron.

Trabajaron.

Y terminaron siendo indistinguibles del resto salvo por el apellido.

Magnífico resultado.

Ahora algunos parecen considerar más respetuoso conservar indefinidamente comunidades culturales paralelas.

¿Para quién?

¿Para el niño que nace en Europa y debe continuar cargando eternamente con la etiqueta de extranjero de tercera generación?

La mejor integración ocurre cuando deja de hacer falta hablar de integración.


EL FACTOR RELIGIOSO TAMPOCO PUEDE ESCONDERSE

Otra cuestión que suele tratarse con pinzas.

No todas las religiones mantienen la misma relación con las normas de la sociedad europea contemporánea.

Puede haber conflictos.

Vestimenta.

Comida.

Educación sexual.

Educación física.

Relación entre chicos y chicas.

Autoridad paterna.

Libertad de conciencia.

Crítica religiosa.

Representaciones artísticas.

Todo eso llega a la escuela.

Ignorarlo no elimina el conflicto.

Simplemente deja al director del colegio resolviéndolo solo mientras quienes predicaron el multiculturalismo observan desde lejos.


LA MUJER ES EL CANARIO EN LA MINA

Una sociedad puede comprobar hasta dónde está dispuesta a ceder observando qué ocurre con las mujeres y niñas.

¿Aceptamos que una menor sea tratada de forma diferente porque su familia invoca una tradición?

¿Aceptamos presiones sobre su forma de vestir?

¿Sobre con quién puede relacionarse?

¿Sobre actividades escolares?

¿Sobre matrimonios?

¿Sobre educación sexual?

Si la respuesta es sí por miedo a parecer intolerantes, no hemos protegido la diversidad.

Hemos abandonado a la niña.

La tolerancia ilimitada termina tolerando al intolerante.


LA MULTICULTURALIDAD NO ES NEUTRA

Toda cultura educa.

Toda cultura transmite valores.

Toda cultura forma expectativas.

Por eso juntar culturas diferentes no produce automáticamente una síntesis armónica.

A veces produce mestizaje.

A veces convivencia.

A veces indiferencia.

A veces conflicto.

Negarse a contemplar la última posibilidad no es optimismo.

Es ceguera.


EUROPA NO PUEDE IMPORTAR POBLACIÓN SIN IMPORTAR TAMBIÉN SUS PROBLEMAS

Cuando una persona emigra no deja su biografía en la frontera.

La lleva consigo.

También lleva:

su educación,

su religión,

sus hábitos,

sus capacidades,

sus traumas,

sus expectativas,

sus prejuicios,

sus fortalezas,

sus debilidades.

La idea de que únicamente importamos trabajadores resulta pueril.

Importamos personas completas.

Familias completas.

Culturas completas.

Y esas personas transforman inevitablemente la sociedad receptora.

La cuestión no es si ocurre.

Ocurre.

La cuestión es en qué dirección y hasta qué punto.


EL ARGUMENTO DEMOGRÁFICO PUEDE SER UNA TRAMPA

Europa envejece.

Correcto.

Faltan trabajadores.

A veces.

Luego necesitamos inmigración.

Hasta aquí puede seguirse el razonamiento.

Pero queda una pregunta:

¿qué inmigración?

Porque incorporar población joven sólo mejora automáticamente las cuentas si esa población:

trabaja,

cotiza,

produce,

se integra,

forma adecuadamente a sus hijos,

y no genera costes superiores a sus aportaciones.

El mero hecho de tener treinta años no convierte a nadie en activo económico neto.

Una persona puede tener treinta años y estar desempleada.

Trabajar en negro.

Cobrar ayudas.

Necesitar vivienda social.

Tener hijos con grandes necesidades educativas.

O puede ser cirujano, ingeniero o empresario.

Otra vez:

la composición importa.


IMPORTAR POBREZA Y DESPUÉS REDISTRIBUIRLA

Existe además una contradicción curiosa.

Los Estados europeos prometen mantener amplios sistemas de bienestar.

Al mismo tiempo permiten grandes entradas de población procedente, en buena medida, de países mucho más pobres.

Después descubren que buena parte necesita:

vivienda,

educación,

sanidad,

subsidios,

formación,

traducción,

ayudas.

Y la solución propuesta consiste en aumentar nuevamente el gasto público.

Es el circuito perfecto.

Importamos necesidad.

Después creamos programas para atender la necesidad importada.

Después contratamos profesionales para administrar los programas.

Después esos profesionales explican que hacen falta más programas.

La burocracia jamás desperdicia una clientela.


EL NEGOCIO DE LA INTEGRACIÓN

Cada gran política crea también su ecosistema.

ONG.

Fundaciones.

Mediadores.

Consultores.

Expertos.

Observatorios.

Cursos.

Subvenciones.

Congresos.

Programas.

Planes.

Informes.

La integración deja de ser solamente un objetivo.

Se convierte también en sector económico.

Y todo sector desarrolla interés por continuar existiendo.

Si mañana desaparecieran los problemas de integración, una legión de profesionales tendría que buscar otra ocupación.

No hace falta imaginar conspiraciones.

Basta conocer los incentivos.

El propio texto que da origen a esta reflexión insiste en esa cuestión: una política crea estructuras, presupuestos, beneficiarios y grupos interesados en su permanencia.


LOS PADRES TAMBIÉN VOTAN CON LOS PIES

Puede aprobarse toda la propaganda oficial que se quiera.

Pero un padre observará a su hijo.

Si ve que aprende menos, actuará.

Si ve que el aula se vuelve ingobernable, actuará.

Si descubre que su hijo avanza por debajo de su capacidad porque el grupo requiere un ritmo mucho menor, actuará.

Buscará otro centro.

Otro barrio.

Otra localidad.

Otra enseñanza.

Y si no puede, se enfadará.

No porque odie a nadie.

Porque quiere a su hijo.

Ése es un incentivo mucho más fuerte que cualquier campaña institucional.


EL DÍA EN QUE LOS ESPAÑOLES SE CONVIERTEN EN MINORÍA EN SU PROPIO COLEGIO

Llegamos a una cuestión especialmente delicada.

¿Qué ocurre cuando en determinados centros los hijos de familias españolas pasan a ser minoría?

No en el país.

En su clase.

En su patio.

En su barrio.

Puede ocurrir que la integración continúe perfectamente.

También puede suceder lo contrario:

que la cultura dominante del colegio deje de ser la del país receptor.

Entonces aparece una paradoja formidable.

Se esperaba que la escuela integrara a los recién llegados.

Pero la masa crítica cambia.

Y quienes terminan adaptándose son los autóctonos.

Éste es uno de los puntos donde cantidad se transforma en calidad.

No es lo mismo integrar a diez en noventa que a noventa en diez.


¿QUIÉN ASIMILA A QUIÉN?

Ésa es, quizá, la gran pregunta.

Toda integración supone una dirección predominante.

El recién llegado aprende la lengua del país.

No cincuenta millones de españoles la suya.

El recién llegado conoce las leyes españolas.

España no redacta un código civil distinto para cada comunidad.

El recién llegado entra en una escuela española.

La escuela no debe transformarse en veinticinco escuelas simultáneas.

Si se pierde esa claridad, la integración se invierte.

La sociedad receptora comienza a transformarse para evitar exigir al recién llegado que cambie nada.

Y entonces la palabra integración empieza a significar exactamente lo contrario.


EL GRAN EXPERIMENTO EUROPEO

Europa está realizando un experimento demográfico, cultural y educativo de una magnitud formidable.

Con una particularidad.

Nadie sabe exactamente cómo termina.

Las sociedades europeas nunca habían recibido, en tiempos de paz y durante un periodo tan breve, movimientos poblacionales de semejante amplitud desde territorios culturalmente tan distintos mientras mantenían simultáneamente Estados de bienestar extensos, natalidad autóctona bajísima y una ideología oficial que mira con recelo la asimilación cultural.

Eso merece, como mínimo, prudencia.

Sin embargo, se nos vende como si el resultado estuviera escrito de antemano.

Será enriquecedor.

Será diverso.

Será dinámico.

¿Seguro?

Puede serlo.

También puede crear sociedades más fragmentadas, barrios paralelos, escuelas segregadas, conflictos identitarios y una confianza social mucho menor.

Las dos posibilidades existen.

Sólo un fanático descartaría una antes de verla.


ESPAÑA ESTÁ LLEGANDO TARDE AL DEBATE

Otros países europeos comenzaron antes.

Francia.

Suecia.

Alemania.

Bélgica.

Países Bajos.

Reino Unido.

Han conocido barrios segregados.

Escuelas con enorme concentración inmigrante.

Tensiones religiosas.

Conflictos culturales.

Y dificultades de integración que duran generaciones.

España todavía conserva una ventaja:

buena parte de su inmigración procede de Hispanoamérica.

Compartimos idioma.

Parte de la historia.

Muchos códigos culturales.

Eso facilita muchísimo la integración.

Precisamente por ello sería absurdo diseñar una política que no distinguiera entre inmigraciones más fáciles y más difíciles de integrar.


PISA EUROPEO YA AVISA DE QUE EL ORIGEN IMPORTA A TRAVÉS DE LA LENGUA Y LA POBREZA

La OCDE muestra que en muchos países europeos los alumnos inmigrantes obtienen resultados inferiores, y que una parte importante de esa diferencia está vinculada con desventaja socioeconómica y lengua. En siete países europeos, la brecha inicial en matemáticas entre inmigrantes y no inmigrantes superaba los 55 puntos en PISA 2022.

Traducido:

los sistemas educativos europeos están recibiendo alumnado que, en una proporción importante, necesita más ayuda que el alumno medio.

Eso significa más coste.

Más profesores.

Más atención.

Más tiempo.

Y si esos recursos no aparecen, menor calidad.

No existe otra aritmética.


LA REALIDAD NO DESAPARECE AJUSTANDO UNA REGRESIÓN ESTADÍSTICA

Puede decirse que al descontar pobreza o lengua disminuye la diferencia entre inmigrantes y no inmigrantes.

Muy interesante.

Pero el niño pobre sigue siendo pobre.

Y el niño que no habla español sigue sin hablar español.

La estadística sirve para comprender causas.

No para hacerlas desaparecer.

Por eso la política debe mirar la inmigración real.

No una inmigración imaginaria en la que todos llegan con la misma renta, idioma y educación que los habitantes del país receptor.


LA ESCUELA NO PUEDE SER EL VERTEDERO DE TODAS LAS POLÍTICAS FALLIDAS

Cada vez que un Gobierno decide algo sin calcular las consecuencias, termina encargándoselo a la escuela.

Problemas familiares.

A la escuela.

Integración.

A la escuela.

Nutrición.

A la escuela.

Educación sexual.

A la escuela.

Igualdad.

A la escuela.

Medio ambiente.

A la escuela.

Ciudadanía.

A la escuela.

Inmigración.

A la escuela.

Al final queda una pregunta:

¿cuándo enseña?


¿Y SI EL MAYOR PERJUDICADO ACABA SIENDO EL PROPIO INMIGRANTE?

La ironía final puede ser ésta.

Una política supuestamente compasiva puede perjudicar precisamente al recién llegado.

Porque matricularlo sin apoyos no lo integra.

Lo abandona.

Promoverlo sin que aprenda no lo ayuda.

Lo engaña.

Disculpar permanentemente sus carencias por su origen no lo protege.

Reduce las expectativas sobre él.

Consentir que viva únicamente dentro de su comunidad no lo integra.

Lo encierra.

La verdadera integración exige.

Aprende la lengua.

Estudia.

Cumple las normas.

Trabaja.

Participa.

Hazte uno más.

Eso es bastante más respetuoso que tratar a un inmigrante como a un menor perpetuo incapaz de asumir las reglas de la sociedad en la que ha decidido vivir.


LA COMPASIÓN SIN EXIGENCIA PUEDE CONVERTIRSE EN DESPRECIO

Existe una forma de paternalismo particularmente ofensiva.

Esperar menos de alguien porque viene de fuera.

No exigirle puntualidad.

No exigirle lengua.

No exigirle disciplina.

No exigirle rendimiento.

No exigir a los padres responsabilidad.

Todo porque «su situación es distinta».

El mensaje oculto resulta devastador:

no esperamos de ti lo mismo.

Pues deberíamos.

La igualdad seria consiste precisamente en eso.


LA SOLUCIÓN NO ES EXPULSAR AL NIÑO DEL AULA, SINO DEJAR DE MENTIR SOBRE LO QUE CUESTA INTEGRARLO

Un alumno que llega sin español necesita una enseñanza intensiva del español.

Antes y durante su incorporación ordinaria.

Un alumno con dos cursos de retraso necesita apoyo.

Un centro con fuerte concentración de recién llegados necesita más profesores.

Y puede ser razonable limitar la concentración.

Puede ser razonable distribuir.

Puede ser razonable crear aulas lingüísticas temporales.

Puede ser razonable exigir determinados niveles antes de incorporarse plenamente a algunas materias.

Puede ser razonable recuperar agrupamientos flexibles por nivel.

Lo que resulta absurdo es colocar treinta alumnos radicalmente heterogéneos en una sala y ordenar al maestro que consiga igualdad de resultados.

Eso no es pedagogía.

Es prestidigitación administrativa.


LA EXCELENCIA TAMBIÉN TIENE DERECHOS

En nuestra obsesión por quien queda atrás hemos olvidado al que podría llegar muy lejos.

El alumno brillante también necesita atención.

Si el profesor dedica casi todo su esfuerzo a conseguir que nadie suspenda, ¿quién empuja al excelente?

España tiene muy pocos alumnos en los niveles superiores de PISA.

Eso debería preocuparnos.

Una sociedad necesita científicos.

Ingenieros.

Médicos.

Investigadores.

Empresarios.

Profesionales sobresalientes.

No existe justicia alguna en frenar al capaz para que todos parezcan avanzar juntos.

La igualdad convertida en uniformidad termina castigando precisamente el talento que después necesitamos.


TODOS IGUALES, PERO IGUAL DE MEDIOCRES

Ése puede ser el desenlace perfecto.

Nadie repite.

Casi todos aprueban.

Nadie se siente excluido.

Las estadísticas administrativas sonríen.

Y después apenas un 2 % alcanza niveles elevados de lectura y un 4 % niveles elevados de matemáticas.

Gran éxito.

Hemos democratizado la mediocridad.


EUROPA PUEDE ACABAR FABRICANDO DOS SISTEMAS DE ENSEÑANZA.

Uno para quienes pueden elegir.

Otro para quienes no.

Colegios privados o concertados con familias estables, alumnos seleccionados indirectamente por renta y mayor facilidad educativa.

Y una red pública en determinados barrios cargada con la práctica totalidad de las dificultades sociales.

Entonces la igualdad educativa habrá muerto precisamente en nombre de la igualdad.

Los ricos comprarán homogeneidad.

Los pobres recibirán diversidad obligatoria.

Magnífico progresismo.


EL MULTICULTURALISMO DE LOS RICOS Y EL MULTICULTURALISMO DE LOS POBRES

También existen dos multiculturalismos.

El del profesional acomodado que disfruta un restaurante libanés, un vecino francés y un compañero japonés.

Y el del trabajador que vive en un barrio donde la escuela cambia completamente en diez años, no consigue plaza en otro centro y observa cómo sus hijos reciben una enseñanza cada vez más difícil.

El primero suele escribir artículos celebrando la diversidad.

El segundo la vive.

Conviene preguntar a ambos.


LA DISTANCIA ENTRE QUIEN DECIDE Y QUIEN PAGA

El texto del que partíamos ya planteaba una cuestión fundamental: las grandes decisiones migratorias se adoptan desde arriba, mientras sus costes aparecen abajo, en vivienda, escuela, sanidad, empleo e integración.

Ésa es exactamente la cuestión. La política migratoria se discute en términos abstractos; la familia la vive en la clase de su hijo. La distancia entre decisor y afectado explica buena parte del conflicto.

El comisario europeo no tiene treinta alumnos delante.

El ministro tampoco.

El redactor del plan estratégico tampoco.

El maestro sí.


EL DERECHO A DECIR: NO PODEMOS MÁS

Toda sociedad debería conservar ese derecho.

No «no queremos extranjeros».

No es eso.

No podemos absorber más a este ritmo sin deteriorar gravemente nuestros servicios y nuestra cohesión.

Esa frase debería formar parte normal de una democracia.

Igual que decimos que un hospital está saturado.

Que una carretera no admite más tráfico.

Que una ciudad carece de viviendas.

¿Por qué únicamente en inmigración desaparecen los límites físicos?


LA INTEGRACIÓN NECESITA MAYORÍA CULTURAL

Existe una verdad todavía más incómoda.

Para integrar a una minoría hace falta una mayoría suficientemente fuerte y segura de sí misma.

Una lengua dominante.

Costumbres dominantes.

Reglas dominantes.

Una identidad nacional capaz de absorber.

Si la mayoría comienza a avergonzarse de sí misma, deja de transmitir.

Si considera su historia una colección de crímenes, ¿qué ofrece al recién llegado?

Si presenta sus costumbres como sospechosas y las ajenas como enriquecedoras por definición, ha renunciado antes de empezar.

No puede integrar quien no cree tener nada digno de ser transmitido.


UNA EUROPA QUE RENIEGA DE SÍ MISMA NO INTEGRA: CEDE

La integración necesita confianza cultural.

Europa parece haber perdido buena parte de ella.

Pide al recién llegado que conserve orgullosamente sus raíces.

Y al europeo que revise críticamente las suyas.

Curiosa asimetría.

Uno debe tener identidad.

El otro debe sentirse incómodo con ella.

Eso no puede terminar bien.


ESPAÑA DEBE DECIDIR QUÉ QUIERE SER

Una nación no puede limitarse a administrar población residente.

Necesita saber qué desea conservar.

Su lengua.

Su historia.

Sus leyes.

Sus costumbres.

Su manera de vivir.

Su patrimonio.

Su libertad.

Su concepto de ciudadanía.

Puede incorporar millones de personas a todo eso.

España lo ha hecho durante siglos.

Pero para incorporarlas debe existir un «eso» al que incorporarse.

Si únicamente ofrecemos diversidad, terminaremos teniendo diversidad.

Lo que quizá dejemos de tener sea una sociedad común.


Y VOLVEMOS A LA ESCUELA

Porque todo termina allí.

En un pupitre.

Un maestro explica.

Treinta niños escuchan.

O no.

Unos entienden.

Otros no.

Unos quieren aprender.

Otros interrumpen.

Unos dominan la lengua.

Otros acaban de llegar.

Y el Estado pretende que todos obtengan resultados semejantes.

No puede.

La realidad siempre termina entrando por la puerta.


CONCLUSIÓN

La inmigración masiva está transformando Europa.

También España.

Y una de sus consecuencias más profundas se desarrolla dentro de las escuelas.

Más alumnos.

Más lenguas.

Más diferencias culturales.

Más desigualdad de partida.

Más dificultad de integración.

Más necesidad de profesores.

Más presión sobre centros concretos.

Más riesgo de huida de familias.

Más segregación.

Y, cuando no aumentan suficientemente los recursos, menor atención para cada alumno.

Es razonable concluir que, en determinadas aulas y colegios, los hijos de españoles están pagando una parte del coste educativo de una política migratoria que sus familias no controlan.

También resulta razonable pensar que esa factura crecerá si aumenta la inmigración más deprisa que la capacidad de integración.

Y todavía más razonable sospechar que el sistema político preferirá bajar niveles, maquillar estadísticas y multiplicar discursos sobre inclusión antes que reconocer que existe un límite.

PISA está haciendo sonar la alarma.

España retrocede.

La lectura empeora.

Las matemáticas empeoran.

La excelencia escasea.

La escuela tiene problemas de disciplina y profesores.

Y sobre una estructura ya deteriorada seguimos cargando nuevas obligaciones.

Podemos continuar llamándolo diversidad.

Podemos llamarlo enriquecimiento.

Podemos llamarlo inclusión.

Pero las palabras no enseñan a leer.

Las palabras no hablan español por el alumno.

Las palabras no contratan profesores.

Las palabras no ponen orden en una clase.

Las palabras no elevan el nivel.

Y las palabras tampoco pueden ocultar indefinidamente una verdad elemental:

una sociedad puede integrar inmigración mientras la inmigración sea compatible con su capacidad de integración.

Superado ese punto, cambia la dirección del proceso.

Ya no es únicamente la sociedad la que integra a quienes llegan.

Quienes llegan empiezan a transformar sustancialmente a la sociedad que los recibe.

Y entonces la pregunta deja de ser:

¿cómo integramos a los nuevos alumnos?

La verdadera pregunta pasa a ser otra:

¿QUÉ ESCUELA, QUÉ CULTURA Y QUÉ PAÍS QUEDARÁN CUANDO HAYAMOS TERMINADO EL EXPERIMENTO?

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