CANTIGA APÓCRIFA DEL DÍA SIGUIENTE DE SÁNCHEZ
Romance jocoso para españoles avisados, pecadores reincidentes y electores con memoria
PERO GRULLO DE ABSURDISTÁN (AQUEL QUE A LA MANO CERRADA LLAMABA «PUÑO»)

Era España moderna y progresista,
más bien endeudada, pero presentable;
guardaba una consigna siempre lista
y un miedo electoral impermeable.
Llevaba tantos años escuchando
el sermón del espanto inevitable,
que ya esperaba ver cualquier mañana
el Apocalipsis entrando por la calle.
—¡Ay de vosotros si Pedro se marcha!
—¡Ay del país si la derecha avanza!
—¡Vendrá la noche!
—¡Vendrá la escarcha!
—¡Vendrá Abascal montado en una lanza!
Y media España, dócil feligresa,
tragaba la profecía sin rechistar,
mientras la otra mitad hacía cuentas
para saber si podía cenar.
Y se extrañó cuando llegó el lunes.
Y se extrañó cuando llegó el lunes.

Yo, por mi parte, quiero información.
Si Sánchez pierde las elecciones,
necesito saber con cuánto tiempo cuento
antes de tener que ir a confesarme
y ordenar mis pecados por conceptos.
Avaricia.
Gula.
Pereza.
Malos pensamientos.
Opiniones propias.
Alguna blasfemia.
Y quizá votar sin permiso.
No quisiera llegar tarde
al Juicio Final administrativo.
Porque, después de tantos años oyendo
lo que ocurrirá cuando llegue la ultraderecha,
uno necesita agenda.

¿Pierde Sánchez el domingo?
¿La rueca llega el lunes?
¿La mantilla el martes?
¿La misa obligatoria empieza el miércoles?
Aclárenmelo.
Tengo dentista.
El día siguiente, según la profecía,
llegará un camión a cada puerta.
Traerá un catecismo,
un rosario,
una peineta,
una rueca,
tres gallinas,
una receta de croquetas
y una relación de obligaciones reproductivas.
Siete hijos por matrimonio.
Nueve, si se aspira a medalla.
Once, con bonificación fiscal.
Y a partir del decimotercero,
aparcamiento gratuito los domingos
junto a la parroquia.
La cigüeña será funcionaria,
con manguitos, sello y cartera,
y pasará revista por las alcobas
cada tercer jueves de cuaresma.

Habrá misa diaria.
Control de asistencia.
Un bedel en la puerta.
—Nombre.
—Apellido.
—¿Ha comulgado?
—¿Trae justificante?
—¿Motivo de la ausencia del martes?
Y quien falte a tres padrenuestros
perderá puntos
del carné de buen español.
Hacienda desgravará rosarios.
Las novenas cotizarán.
Los escapularios puntuarán
para familia numerosa.
Y el cepillo de la iglesia
aceptará tarjeta.
Porque hasta el Apocalipsis
necesita contabilidad.
Mantilla para la boda.
Mantilla para el bautizo.
Mantilla para la charcutería.
Mantilla para comprar sardinas.
Mantilla en el ambulatorio.
Mantilla en la gasolinera.
Mantilla en el supermercado.
Mantilla en la verbena.

Y un funcionario,
con escuadra, cartabón y cinta métrica,
irá detrás de cada minifalda:
—¡Dos centímetros por encima de la rodilla!
¡Escándalo!
¡Subversión!
¡Decadencia occidental!
Mientras otro revisará los nombres de los niños:
—¿Lucas?
Correcto.
—¿Martina?
Pase.
—¿Pelayo?
Excelente.
—¿Kevin?
¡Abra expediente!

En la cafetería de abajo
se habrá consumado la gran sustitución nacional.
Fuera leche de avena.
Fuera soja.
Fuera quinua.
Fuera chía.
Fuera espuma vegetal.
Anís.
Solo anís.

—¿Lo quiere solo, cortado
o con agua bendita?
Y aquel que pida una bebida de almendra
será observado en silencio
por un señor con bigote.
Siempre hay un señor con bigote.
Detrás de una cortina.
Quieto.
Esperando.
Nadie sabe quién lo puso allí.
Pero sin señor con bigote
no hay apocalipsis español completo.

En Navidad, por decreto:
villancicos.
Pandereta.
Zambomba.
Botella de anís golpeada con cuchara.
Y un cuñado borracho
que empezará diciendo:
—Yo no quiero hablar de política…
y acabará explicando España
desde Viriato hasta Bruselas
con una servilleta llena de flechas.
El niño tocará la pandereta.
La abuela cantará.
La suegra vigilará.
El perro ladrará.
Y, detrás de la cortina,
el señor del bigote
asentirá.
España entera será Berlanga.
Toda.
Al mismo tiempo.
Plácido en el ayuntamiento.
La escopeta nacional en el ministerio.
Bienvenido, míster Marshall
esperando subvenciones europeas.
Procesión, despacho, verbena,
jamón, sotana, coche oficial,
cura, secretario, alcalde,
guardia urbano y señorito.
Todo en blanco y negro.
Todo con banda de música.
Todo oliendo a cocido madrileño.
Y en lo alto del cielo patrio,
un cartel:
APOCALIPSIS.
PRÓXIMAMENTE
EN SUS MEJORES SALAS.
Según la profecía,
Abascal entrará a caballo por la Gran Vía.

Con capa.
Con botas.
Con gramática latina.
Detendrá el caballo junto a Cibeles
y proclamará:
—Cives Hispaniae!
¡Desde hoy,
todo desacuerdo político
se discutirá en latín!
Y miles de madrileños correrán aterrados:
—¡Por Dios, Santiago,
que yo estudié francés!
Los periodistas preguntarán:
—¿Habrá excepciones?
—Solo para quien decline rosa, rosae
sin mirar la chuleta.
Después llegará el decreto de croquetas.
Artículo primero:
Toda mujer española
hará seis croquetas diarias.
Artículo segundo:
Serán de jamón.
Artículo tercero:
Quedan prohibidas
las croquetas veganas,
deconstruidas, líquidas, conceptuales
o servidas sobre pizarra.
Artículo cuarto:
Toda peineta
deberá llevar sello de Industria.
Y mientras se publica el reglamento,
dos funcionarios visitarán las casas.
Uno entregará una rueca.
El otro requisará ciertos artefactos modernos
cuyo nombre no pronunciaré
sin santiguarme tres veces.
El recibo dirá:
OBJETO RETIRADO
POR EXCESO DE MODERNIDAD.
A cambio:
UNA RUECA HOMOLOGADA.
Fabricada en Cuenca.
Con garantía de dos años.
Han estirado tanto el chicle del miedo
que ya cruza la Península.
—¡Que viene la derecha!
Chicle.
—¡Que viene la ultraderecha!
Más chicle.
—¡Que viene el fascismo!
Chicle.
—¡Que os quitarán derechos!
Chicle.
—¡Que os quitarán el Satisfyer!
Y entonces,
por fin,
media España comprendió
la gravedad del asunto.
Lo extraordinario no es el sermón.
España siempre ha tenido sermones.
Lo extraordinario es la feligresía.
La fe.
La entrega.
La devoción.
Ya quisieran muchos párrocos
una asistencia semejante
a la misa de doce.
Porque hace falta fe verdadera
para creer que, tras unas elecciones,
España amanecerá convertida
en convento,
cuartel,
parroquia,
familia numerosa
y película de Berlanga
antes del desayuno.
Eso no es credulidad.
Eso es mística.

Y, sin embargo,
llega el día siguiente.
Abre el bar.
Pasa el autobús.
La panadería vende pan.
La vecina baja al perro.
Nadie mide minifaldas.
Nadie reparte ruecas.
Nadie obliga a declinar en latín.
Nadie exige mantilla
para comprar cien gramos de chopped.
Nadie entra a caballo por la Gran Vía.

Y entonces aparece
la pregunta indecente:
—Después de tantos años gobernando,
¿qué ofrecen ustedes?
Silencio.
Un asesor tose.
Otro mira el teléfono.
Un tercero contempla el techo.
Y finalmente alguien responde:
—Nosotros no somos ellos.
Magnífico programa.
Artículo primero:
No somos ellos.
Artículo segundo:
Ellos son malísimos.
Artículo tercero:
Si el alquiler sube,
véase el artículo primero.
Si la comida se encarece,
véase el segundo.
Si no llega usted a fin de mes,
repita tres veces:
«Que viene la ultraderecha»
y acuéstese sin cenar.
—¿Y la vivienda?
—Que viene la ultraderecha.
—¿Y los impuestos?
—Que viene la ultraderecha.
—¿Y la deuda?
—Que viene la ultraderecha.
—¿Y la cesta de la compra?
—Que viene la ultraderecha.
—¿Y después de ocho años?
—¡No cambie usted de asunto!
El sermón tiene mérito.
No lo niego.
Como pieza retórica,
hasta tiene su gracia.
Pero existe un pequeño inconveniente:
el miedo
no paga el alquiler.
El espanto
no llena la nevera.
El antifascismo ceremonial
no arregla una caldera.
Y ninguna familia
ha conseguido todavía
que el casero acepte
tres consignas,
dos eslóganes
y una amenaza contra la ultraderecha
a cuenta del mes siguiente.
Por eso sigo esperando
el calendario oficial del fin del mundo.
Que alguien me diga:
¿cuándo comienza exactamente el Apocalipsis?
Porque necesito prepararme.
Tengo peluquero.
Tengo dentista.
Tengo que hacer la compra.
Tengo pecados antiguos
pendientes de clasificación.
Y quisiera llegar a tiempo
al confesionario.
Avísenme.
No por miedo.
Por educación.
Porque, después de tantos años
anunciándonos el fin del mundo,
sería imperdonable
que llegara por fin…
y nos pillara
haciendo croquetas.
Pero llegó el día siguiente.
Y amaneció.
Amanece, que no es poco.
Abrió el bar.
Pasó el autobús.
Los perros salieron a mear.
Los niños fueron al colegio.
Las mujeres siguieron vistiendo
como les dio la gana.
Las ruecas no aparecieron.
Los caballos tampoco.
Nadie discutió en latín.
Nadie exigió peineta.
Nadie requisó juguete alguno.
Y el señor del bigote,
cansado de esperar detrás de la cortina,
se fue a desayunar churros.
Entonces el dinosaurio abrió un ojo.
Miró a un lado.
Miró al otro.
Pedro ya no estaba.
La rueca tampoco.

Y quizá entonces,
solo entonces,
Pedro comprendió
que el país no se había acabado.
Que España seguía allí.
Con sus bares.
Sus hipotecas.
Sus impuestos.
Sus broncas.
Sus cuñados.
Sus croquetas.
Y sus españoles.
Y Pedro se extrañó.
Se extrañó muchísimo.
Porque, después de tantos años
diciéndoles qué tenían que temer,
los españoles hicieron algo
que no figuraba en el guion.

Abrieron la puerta.
Miraron al antiguo presidente.
Levantaron la mano.
Y dijeron:
—¡ADIÓS!
Y amaneció.
Que no es poco.