Ceuta no es una cuestión local: es una cuestión de soberanía nacional

Autor: Ramiro Grau Morancho
Conferencia inédita: Francisco Bendala Ayuso
Prólogo: José Antonio Bielsa Arbiol

Hay libros que nacen al calor de una noticia y desaparecen con ella. Otros se escriben para impedir que el tiempo y la desmemoria entierren lo sucedido. Por Ceuta, por España, de Ramiro Grau Morancho, pertenece, por su propósito, a esta segunda clase. La cubierta anuncia además una conferencia inédita del teniente coronel en la reserva Francisco Bendala Ayuso y un prólogo del ensayista e historiador José Antonio Bielsa Arbiol.

El asunto inmediato es Ceuta; el verdadero alcance de la obra es España. Los sucesos fronterizos del verano de 2026, que el prologuista describe como una invasión, conducen a una pregunta que ningún gobernante debería esquivar: ¿para qué existe un Estado si no es capaz de proteger a sus ciudadanos, hacer respetar sus fronteras y responder de sus decisiones?

Ceuta no es un apéndice distante al otro lado del Estrecho, ni un inconveniente diplomático que deba resolverse a costa de quienes allí viven. Es territorio español. Su seguridad concierne tanto a los ceutíes como a los vecinos de Cádiz, Badajoz, Zaragoza o cualquier otro lugar de España. La soberanía nacional no cambia de valor según la distancia que separe al ciudadano de la frontera.

Tampoco debe confundirse la buena vecindad con la resignación. España necesita unas relaciones pacíficas y respetuosas con Marruecos. Pero la amistad entre Estados no consiste en que uno presione y el otro calle, ni en llamar prudencia a la renuncia a cumplir con el propio deber. Las declaraciones solemnes valen poco cuando no van acompañadas de hechos.

La aportación de Grau Morancho procede de su trayectoria jurídica y de su atención al funcionamiento de las instituciones. La conferencia de Bendala Ayuso incorpora la perspectiva de un militar que lleva años pronunciándose sobre la defensa nacional. Y Bielsa Arbiol abre el volumen con una reflexión más amplia: relaciona lo sucedido en Ceuta con sus críticas al régimen constitucional de 1978, la partitocracia y la pérdida de soberanía de los Estados.

El lector encontrará a continuación un prólogo que no pretende pasar inadvertido. Bielsa escribe desde convicciones tradicionales y católicas, con un lenguaje tajante y una interpretación histórica propia. Sus afirmaciones son las suyas; precisamente por eso corresponde reproducirlas sin suavizarlas, corregirles el pensamiento o esconder su firma.

La cuestión de fondo no admite adornos: defender a Ceuta es defender a España. Los ministros pasan, los partidos cambian sus discursos y las fotografías oficiales envejecen en un cajón. Las obligaciones del Estado, en cambio, permanecen. Que cada cual responda por la forma en que las cumple.

Con esa exigencia, damos paso al prólogo.

Libro Por Ceuta, Por España.

El oportuno libro que el lector tiene en sus manos, Por Ceuta, por España, implica una valiosa anomalía en el esclerotizado contexto político-intelectual español de 2026, pero también una necesaria memoranda de los trágicos sucesos relativos a la Invasión de Ceuta iniciada los días 30 y 31 de julio del año en curso, cuando una oleada masiva de 80.000 individuos –mayoritariamente marroquíes– asaltó ilegalmente la frontera de la ciudad autónoma española de Ceuta. Sobre este hecho en verdad traumático, pilota y gravita la presente obra.

La autoría del libro corresponde a dos dinamos metapolíticas de primer orden: el Teniente Coronel (R) Francisco Bendala Ayuso, y el abogado y jurista Ramiro Grau Morancho. Tanto el uno como el otro, de brillantes y reconocidas trayectorias, significan dos de las postrimeras figuras públicas de valía que en los últimos tiempos han venido analizando frontalmente y desde sus respectivas trincheras, los múltiples carcinomas que parasitan y descomponen la nación española; han hablado y han escrito largo y tendido, año tras año, en múltiples tribunas públicas y también disidentes, sobre los problemas nucleares que amenazan la pervivencia de España como Estado-Nación.

En la arena estrictamente metapolítica, Bendala Ayuso ha ganado una audiencia amplia, gracias especialmente al medio digital El Español Digital. La verdad sin complejos, del que es director, descollando además como locutor del programa –anejo a este medio– “La Lupa”, donde el análisis geopolítico de gran altura se armoniza con el juicio poliédrico, siempre preciso, de su principal responsable. Grau Morancho, por su parte, logró un gran triunfo jurídico destapando las primicias de las cloacas del llamado “Caso Koldo”, o “Caso Ábalos”, gracias en gran parte a una copiosa relación de artículos de investigación tan inflamables como necesarios. En consecuencia, la colaboración de sendos autores en este libro, puede considerarse un acontecimiento felicísimo: de ahí la necesidad y doble pertinencia del mismo, cuya lectura deparará, esperemos, muchos y loables frutos.

Así y todo, no podemos abordar el “Problema Ceuta” sin plantear antes de nada un par de reflexiones liminares, las cuales desarrollaré modestamente a continuación, cual meros entrantes al propio cuerpo del libro: la masonizada Constitución de 1978, con todas sus sombras (que no luces), y con sus detestables elementos disolventes implícitos; y la crisis planificada del Orden global anglosionista contra España, con la debilitación y desmantelamiento de nuestras fronteras a medio y largo plazo.  

Del carcinoma constitucional…

Sin errar en demasía, podemos afirmar categóricos que la penosa situación de la España de 2026 tiene en la Constitución de 1978 la causa primera de sus actuales males… amén de los múltiples vasos comunicantes que han ido putrificando el tejido social, hasta hacerlo irreconocible en su grado de envilecimiento.

Con razón, el filósofo saboyano De Maistre escribió aquello de que “cada nación tiene el gobierno que se merece”; la dejación subsiguiente a la indiferencia, ese mal surgido en periodos de estabilidad y acomodo (estabilidad lograda en virtud de la herencia de la Era del General Franco, gran estadista católico y paradigma de caballero cristiano), tiene un caro precio, siempre lo ha tenido. Mientras la amnésica España de hoy (la apóstata) traga y calla, los sucesivos gobiernos de la Partidocracia ultracorrupta apelan a la Constitución como mantra habitual: cualquier pretexto es válido para apelar a Ella, en cuanto nuevo dogma de fe democrático (ateo). El político borbónico-liberal, híbrido fatal de nulidad y desfachatez, ya no jura ante la Santa Cruz ni las Sagradas Escrituras, tan sólo promete sobre la Carta Magna (así, por lo menos, no ensucia con sus futuros embustes lo sagrado). Una inversión en todos los órdenes ha trastornado la esencia natural del Estado: de estar al servicio de la nación, ha pasado a servirse de ésta, supeditada al Ejecutivo de turno. Claro que tras esta evidencia late un mal filosófico mucho más profundo.

A falta de una filosofía política consecuente que defender, la ideología del actual político profesional, sea socialista o neoliberal, parece ser el constitucionalismo (sic). Pero el constitucionalismo, al no arraigarse a la Patria en cuanto motor de la Tradición (es decir, al prescindir de sus más hondos deberes para con Ella), no es lo suficientemente fuerte como para resistir a los envites del tiempo, y quienes antaño defendían espada en mano (es un decir) el “Sacrosanto Texto” que lo ampara, descubrirían tiempo al tiempo que esa Constitución acogía grietas alarmantes y contradicciones insalvables, y que sus fautores sólo eran funcionarios mediocres o arribistas sin escrúpulos privados de la clarividencia que toda misión de orden superior signa sobre los verdaderos políticos. Así, la lectura textualista de la Carta pronto se vuelve difusa, y lo que otrora parecía claro, de la noche a la mañana se nubla, resultando ininteligible al cabo de los años.

Y es que, reiteramos, a falta de una filosofía política consecuente que defender, la ideología constitucionalista del politicastro profesional ha terminado por engendrar otra ideología hermana, e irreprochable: el anticonstitucionalismo. Entre estas tendencias, aparece cual enclenque aliado el reformismo constitucional; este reformismo no es tanto una síntesis en clave dialéctica hegeliana como un imposible compromiso entre el cero y la nada.

Si el anticonstitucionalista acusa al Texto de todos los males existentes en “este país” (sic), y el reformista prescribe que, pese a ellos, todavía puede garantizarse el flotamiento de la embarcación poniendo algunos parches que paralicen temporalmente el naufragio, el constitucionalista tranquilo (ese ser siempre contento de su suerte, incapaz de mirar al fondo de las cosas, es decir más allá de su poltrona de centro-nada) sonríe cabizbajo y, como contrariado, se resigna a dilatar en el tiempo esta coyuntura. ¡A ver lo que dura!

El constitucionalismo, desde los tiempos del mismísimo Estagirita, siempre ha apuntado bajo: su obsesión ha sido esa tendencia a la abstracción, a soslayar los exclusivismos étnicos y autóctonos anteponiendo un modelo arquetípico humanamente inexistente; tales simplificaciones sobre el papel, dilatadas en el tiempo, resultan traumáticas en el plano empírico, y acaban por mostrar su talón de Aquiles. Y es que todo sistema democrático amparado en una Constitución, antes o después, termina por degenerar; es ley natural, fiel reflejo de la humana imperfección emanada del Pecado Original en tiempos de hombres débiles y corrupción de costumbres.

La síntesis política de Aristóteles mantiene su rabiosa actualidad en razón de su coherencia interna: el hombre, animal político por naturaleza, está destinado a la vida social. Pero no todos son igual de válidos en el ejercicio del poder (lo que imposibilita una democracia pura, en cuanto “gobierno del pueblo todo”): un hilo invisible, esencialmente espiritual, separa las buenas formas de gobierno de las malas o viciosas: si las primeras aspiran a buscar y consolidar el bien común, las segundas pretenden socavarlo, buscando sólo el bien particular de unos pocos (las castas políticas y sus cabecillas, de los que Pedro Sánchez es tan sólo una vulgar y desechable baratija): luego, la monarquía (en nuestro caso, el monstruoso régimen borbónico-liberal) degenera en tiranía (o seudotiranía, al menos), la aristocracia en oligarquía… y la democracia en demagogia (o, mejor todavía, en partitocracia de “puertas giratorias”). El problema, como se ve, es estructural y por tanto connatural al fenómeno humano, una vez el Poder fue a parar a manos de muñecos de paja y delincuentes aforados.  

Hasta hoy, la España “moderna” posterior a 1812 ha conocido siete Constituciones; en diferido, siete fracasos constatados. Plegadas a coyunturas peregrinas, antinaturales de todo punto para con la realidad histórica de la Patria, nuestras “Sacrosantas Siete”, mejores unas y peores otras, pero malas todas, son un ejemplo más de la soberbia del hombrecillo moderno, empeñado en trivializar lo trascendente en el plano de la mera praxis política: es, en fin, ese absurdo constitucionalismo del que nos habló Vázquez de Mella en 1919, que “prescinde de la historia y del carácter de las naciones y de las regiones que las forman, y legisla de igual manera para España que para Mesopotamia”.

…al callejón sin salida de las fronteras abiertas

En este (des)orden de cosas, la agenda depredadora del Gran Parásito no tiene dudas al respecto: la nueva política de bloques económicos impone la liquidación de las soberanías nacionales, y con ella, la abolición de las fronteras (especialmente las de los territorios de Europa). Los incidentes de Ceuta no son casuales: atienden a una lógica operativa que viene de muy atrás. El nuevo esclavismo multilateral lo exige. España, siempre en el punto de mira del enemigo (externo, pero también interno), es uno de esos objetivos a doblegar por medio de un proceso de sustitución demográfica sin parangón.

Por eso, no querría cerrar este prolegómeno sin interpelar al amigo lector, a quien pregunto sin esperar respuesta: ¿qué es una frontera? ¿Acaso una línea imaginaria trazada sobre el mapa? ¿O un mero límite psicológico donde termina el territorio nacional? ¿Tal vez un deber y una responsabilidad histórica, de la que sólo somos meros usufructuarios? Al fin y al cabo, ¿qué es una frontera, reitero? ¿Cuál es su significado último?

Me dirijo también a los propietarios, a los arrendatarios y a todas aquellas gentes que habitan y disponen de una vivienda, un espacio parcelado o un bien mueble. Cuando cerráis con doble vuelta de llave la puerta de vuestra vivienda, adquirida tras largos años de privaciones, hipotecas y sacrificios varios, cuando extraéis la referida llave del bombín de la cerradura, la Ley os ampara, ¿verdad? “El domicilio es inviolable”, dice el artículo 18 de “nuestra” Constitución. La vivienda, núcleo espacial íntimo de esa célula capital de nuestra sociedad que es la familia, debe ser protegida, custodiada, incluso vigilada. Españoles, pensad bien que, si tales precauciones tomamos por un piso de cien míseros metros cuadrados, ¿acaso vamos a hacer de menos algo mucho más grande, significado y vital como es el domicilio de todos los españoles, nuestra Patria común? ¿Vamos a dejar las puertas abiertas, con qué fin? ¿Filantropía masónica? ¿Buenismo mortal? ¿Irresponsabilidad criminal? ¿Atracción por el caos y el abismo? ¿Autodestrucción de aquello que tantos siglos de sangre de patriotas ha costado levantar, afianzar y preservar?

Españoles: el orden social acusa un gravísimo periodo de crisis de identidad. Me resisto a creer que estemos inmersos en una fase decadente de disolución irreversible y terminal, aunque no sería del todo prudente desechar tal posibilidad. Éramos fuertes, ya lo dijo el «Canciller de Hierro», Bismarck: España es la nación más fuerte del globo: los (malos) españoles llevan siglos intentado destruirla, mas no lo han conseguido plenamente… por el momento. En el devenir de los siglos, a España la han hecho fuerte sus singularidades, sin parangón en el orbe: su sustrato romano, su esencia católica y su deber histórico, de evangelizadora y civilizadora a la postre: me refiero a la “Idea de la Hispanidad” (García Morente) y todo aquello que algunos ingenios metapolíticos empiezan a cuestionar y no ver tan claro.

El globalismo aplanador y el capitalismo transnacional aborrecen a España, y la aborrecen porque España fue forjadora de libertades, luz de oprimidos, maestra y pedagoga de pueblos, fiel depositaria de la Tradición Católica y Apostólica, y que consolidada en los pilares de la monarquía hispánica (la genuina), supo defender por siglos el mapa y el territorio imperial, desde Covadonga hasta los últimos confines de ultramar. Esto fue ayer. Hoy, España es algo mucho más menudo, encorvado y venido a menos. Pero el núcleo, ese hueso duro de roer, persiste y perdurará en cuanto Idea perenne, inmutable.

Pensemos de nuevo en nuestra ultrajada Ceuta, pero sobre todo en la misión histórica de las Españas en el tapiz de los siglos. Este libro de candente actualidad servirá de inspiración a quienes todavía aspiren encontrar algo de verdad en el abominable lodazal de nuestro tiempo.

José Antonio Bielsa Arbiol

Ensayista e historiador, autor de los libros Cristofobia y Satanocracia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *