ES UN PLAN PREMEDITADO PARA QUE MARRUECOS SE ANEXIONE CEUTA Y MELILLA.

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Primero degradar, después vaciar y finalmente entregar.

Dejémonos ya de cuentos.

No es negligencia.

No es ineptitud.

No es imprevisión.

No son errores sucesivos cometidos casualmente por unos gobernantes particularmente torpes.

Es un plan premeditado para crear las condiciones que faciliten la futura anexión de Ceuta y Melilla por Marruecos.

Y cuanto antes llamemos a las cosas por su nombre, antes podremos comprender lo que está ocurriendo.

Durante demasiado tiempo hemos cometido el error de interpretar cada episodio aisladamente.

La crisis fronteriza de ayer.

La concesión diplomática de anteayer.

El Sáhara.

Pegasus.

Las aduanas.

Los desplantes de Rabat.

Las reivindicaciones territoriales.

Las entradas masivas.

La pasividad gubernamental.

El deterioro de Ceuta.

La presión sobre Melilla.

La creciente sensación de abandono.

Todo separado.

Todo casual.

Todo explicado mediante incompetencia, mala suerte o esa maravillosa palabra administrativa que sirve para esconder cualquier responsabilidad: «descoordinación».

Pues no.

Cuando se juntan las piezas aparece el dibujo.

Y el dibujo es suficientemente claro.


Marruecos habla claro

Hay algo que debería avergonzarnos especialmente.

Marruecos no nos engaña.

Dice lo que quiere.

Quiere Ceuta.

Quiere Melilla.

Y lo proclama.

Hace apenas unos días, el ministro marroquí de Justicia, Abdellatif Ouahbi, volvió a invocar el supuesto «derecho histórico y geográfico» de Marruecos sobre ambas ciudades y reclamó una «solución definitiva» destinada a devolverlas al «seno de la patria» marroquí.

No recurrió a circunloquios.

No habló de «territorios de especial sensibilidad».

No pidió perdón.

No escondió la intención detrás de una montaña de lenguaje burocrático.

Las quieren.

Exactamente igual que los separatistas catalanes quieren separar Cataluña de España y los separatistas vascos aspiran a separar las Vascongadas y Navarra.

Un separatista catalán puede decir que quiere una república catalana independiente.

Un separatista vasco puede reclamar un Estado vasco.

Marruecos puede afirmar que Ceuta y Melilla deben incorporarse a su territorio.

Todos ellos hablan con una claridad que, paradójicamente, falta entre quienes tienen la obligación de defender España.

Ésa es una de las grandes ironías de nuestro tiempo.

Los adversarios de la integridad territorial española explican abiertamente sus objetivos. Son algunos gobernantes españoles quienes recurren al eufemismo, al silencio y al disimulo.

Marruecos no necesita ocultar nada.

Su objetivo está declarado.

La cuestión interesante es otra:

¿qué está haciendo España para impedirlo?

Y una vez formulada esa pregunta, empieza a resultar verdaderamente difícil sostener la explicación basada en la incompetencia.


PRIMERA FASE: PRESIONAR

Marruecos ha comprendido perfectamente la naturaleza de las sociedades europeas actuales.

No necesita invadir militarmente Ceuta o Melilla.

Sería carísimo.

Provocaría una respuesta española.

Internacionalizaría inmediatamente el conflicto.

Podría desencadenar consecuencias imprevisibles.

¿Por qué utilizar carros de combate cuando existen procedimientos mucho más baratos?

La emigración es uno de ellos.

La crisis de Ceuta de mayo de 2021 dejó la demostración a la vista de todo el mundo.

Miles de personas atravesaron la frontera después de que Marruecos relajara sus controles en plena crisis diplomática con España.

El Parlamento Europeo terminó condenando expresamente la utilización por Marruecos de los controles fronterizos y de la emigración —incluidos menores— como instrumento de presión política contra España.

Era una lección extraordinariamente importante.

Marruecos podía ejercer una enorme presión sobre España sin disparar un solo tiro.

Bastaba con dejar de cerrar una puerta.

España tendría que desplegar fuerzas.

Atender a miles de personas.

Soportar las imágenes.

Enfrentarse a una crisis humanitaria.

Discutir internamente.

Dividirse políticamente.

Gastar recursos.

Y sufrir además el correspondiente chantaje moral.

El mecanismo funcionó.

Y lo que funciona se repite.


SEGUNDA FASE: CONVERTIR LA EXCEPCIÓN EN NORMALIDAD

La presión sólo sirve estratégicamente cuando puede repetirse.

Y eso exige que España termine aceptando como normal lo que debería considerar intolerable.

Ésta es una de las transformaciones más importantes que se han producido.

Se habla ya de «crisis migratorias» como si fueran fenómenos meteorológicos.

Llueve.

Hace calor.

Sube la marea.

Miles de personas atraviesan una frontera desde un Estado dotado de Policía, Gendarmería, Ejército, servicios secretos y uno de los aparatos de seguridad más férreos del norte de África.

Qué mala suerte.

¿De dónde han salido?

¿Quién permitió que llegaran?

¿Quién decidió intervenir o no intervenir?

¿Quién posee capacidad para cerrar el paso cuando quiere?

Preguntas impertinentes.

Mucho más cómodo resulta hablar exclusivamente de «gestión de flujos».

Y ahí comienza la manipulación conceptual.

Porque si se consigue transformar una cuestión de soberanía y seguridad nacional en una mera cuestión asistencial, Marruecos desaparece de la escena.

Ya no tenemos un Estado presionando a otro Estado.

Tenemos simplemente seres humanos necesitados de atención.

Por supuesto que hay que atender a quien lo necesite.

Pero ésa es solamente una mitad del problema.

La otra mitad es deliberadamente política:

¿cómo llegaron allí?


TERCERA FASE: DEGRADAR LA VIDA DE LOS ESPAÑOLES

Aquí llegamos al corazón del plan.

Para entregar Ceuta y Melilla primero hay que vaciarlas.

Y para vaciarlas no hace falta expulsar directamente a sus habitantes.

Basta con conseguir que marcharse sea progresivamente más atractivo que quedarse.

Éste es el procedimiento.

Degradar.

Agotar.

Desmoralizar.

Empobrecer.

Insegurizar.

Abandonar.

Y esperar.

La reciente crisis de Ceuta permite contemplarlo casi en tiempo real.

Miles de personas continúan en una ciudad diminuta.

Se ocupan espacios públicos.

Hay campamentos.

Se producen enfrentamientos.

Aparecen protestas.

Vecinos bloquean repartos de alimentos.

Se incendian instalaciones improvisadas.

Una patrulla militar ha sido atacada y cuatro soldados han resultado heridos.

La tensión social ha alcanzado tal nivel que medios nada sospechosos de simpatizar con Vox describen Ceuta como una ciudad «al borde del estallido social».

Esto es extraordinariamente importante.

Porque la degradación no se mide exclusivamente mediante estadísticas.

Se mide preguntando a una familia:

¿Quieres criar aquí a tus hijos dentro de diez años?

Ésa es la pregunta decisiva.


CUARTA FASE: CONSEGUIR QUE LOS ESPAÑOLES SE MARCHEN

Una frontera sigue existiendo porque detrás de ella hay ciudadanos convencidos de que merece la pena permanecer.

La verdadera defensa territorial no se realiza únicamente con soldados.

También se realiza con familias.

Con comerciantes.

Con médicos.

Con maestros.

Con funcionarios.

Con empresarios.

Con niños jugando en los parques.

Con personas comprando casas y pensando permanecer allí treinta años.

Por eso el objetivo decisivo no consiste inicialmente en sustituir una bandera por otra.

Consiste en alterar las expectativas de la población española.

Cuando suficientes personas empiezan a preguntarse si deberían irse, la operación ha comenzado a funcionar.

Primero marcha quien tiene una oportunidad laboral en Málaga.

Después quien encuentra un piso en Cádiz.

Luego el funcionario que solicita destino en la Península.

Después una familia cansada de que sus hijos vivan permanentemente entre alarmas fronterizas.

Otro vende su comercio.

Otro deja de invertir.

Otro decide que no comprará vivienda.

Otro aconseja a sus hijos que estudien fuera y no regresen.

Nada espectacular.

No salen cien mil españoles un lunes por la mañana cargando maletas.

El vaciamiento es lento.

Por eso resulta tan peligroso.


QUINTA FASE: EL MIEDO

El miedo es probablemente más eficaz que cualquier decreto de expulsión.

Y no hace falta que exista una violencia generalizada.

Basta con que exista la posibilidad.

Una pelea.

Un campamento incendiado.

Una agresión.

Una patrulla atacada.

Una noche de disturbios.

Un comercio que cierra antes.

Una madre que dice a su hija que no salga sola.

Un padre que comienza a mirar viviendas en Andalucía.

La violencia es además acumulativa.

Unos atacan.

Otros responden.

Después llega la represalia.

Después la contrarrepresalia.

Los vecinos se organizan.

Los recién llegados también.

La Policía queda atrapada entre unos y otros.

Y finalmente aparece el ingrediente perfecto para cualquier operación de descomposición territorial:

la división de la población.

El Gobierno ya está centrando buena parte de su discurso en la existencia de «mensajes de odio» y responsabilizando políticamente a PP y Vox de parte de la tensión.

Es un mecanismo formidable.

La discusión deja de ser:

¿por qué se permitió que ocurriera esto?

Y pasa a ser:

¿qué españoles están reaccionando incorrectamente ante lo ocurrido?

La víctima del abandono institucional acaba en el banquillo moral.


LA DESESPERACIÓN TAMBIÉN PRODUCE VIOLENCIA

Conviene decir algo que el buenismo contemporáneo se niega siquiera a contemplar.

Las sociedades poseen límites.

Las personas también.

Un ciudadano puede soportar un problema durante un día.

Durante una semana.

Durante un mes.

Pero cuando considera que su Gobierno no lo protege, que nadie escucha sus reclamaciones, que pierde el dominio práctico sobre determinados espacios de su propia ciudad y que además recibe lecciones morales desde cientos de kilómetros de distancia, empieza a aparecer algo extremadamente peligroso:

la desesperación.

Después la impotencia.

Después la rabia.

Y finalmente puede aparecer la violencia.

Eso no convierte en aceptable incendiar un campamento ni agredir a nadie.

Significa algo mucho más elemental:

las políticas tienen consecuencias.

Quien crea deliberadamente las condiciones de una explosión social no puede después contemplar sorprendido las llamas y preguntar quién encendió la cerilla.

En Ceuta existen ya enfrentamientos, bloqueos, agresiones y episodios violentos.

Y la pregunta que debería formularse cualquier gobernante responsable no es solamente cómo detenerlos hoy.

Es:

¿qué hemos hecho para conducir a una ciudad hasta este punto?


SEXTA FASE: DESMORALIZAR

El ciudadano necesita saber que su Estado está detrás.

Eso es algo profundamente psicológico.

Una visita del Rey.

Una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros.

El presidente instalado durante varios días en Ceuta.

Miles de policías y militares.

Una operación diplomática europea.

Una declaración solemne de las Cortes.

Una advertencia clara a Marruecos.

Todo eso transmitiría:

no estáis solos.

Pero el mensaje transmitido ha sido prácticamente el contrario.

Carlos Martínez Gorriarán lo resume hoy con una frase muy acertada:

«No son errores, es la estrategia».

Enumera vacaciones presidenciales, escasa implicación de Sánchez, falta de una respuesta política proporcional, rechazo —según su artículo— del despliegue de Frontex, insuficiencia de refuerzos y la llamativa ausencia de una visita del Rey.

Y mientras ocurre todo eso, Exteriores elogia la comunicación con Marruecos.

Extraordinario.

Ceuta arde.

Marruecos reclama Ceuta.

Y la preocupación principal parece ser que no se deteriore nuestra maravillosa amistad con Marruecos.


SÉPTIMA FASE: EL VACÍO SE LLENA

Aquí aparece la dimensión demográfica.

No existe vacío humano duradero.

Si una población disminuye, otra termina ocupando su lugar.

Ésta es pura aritmética.

Si españoles residentes en Ceuta y Melilla comienzan a marcharse porque consideran que la vida allí se deteriora, la estructura demográfica cambiará inevitablemente.

No hace falta diseñar una gigantesca operación de traslado de población.

Basta con favorecer dos movimientos simultáneos:

salida de unos y entrada de otros.

Uno reduce.

Otro aumenta.

Año tras año.

Década tras década.

Y un día la realidad demográfica será utilizada como argumento político.

Oiremos:

«Hay que reconocer la realidad social».

«No podemos ignorar la identidad de la población».

«La convivencia exige nuevas fórmulas».

«Las fronteras actuales ya no responden a la realidad».

«Necesitamos una solución imaginativa».

La demografía que previamente se permitió transformar será presentada como un fenómeno natural al que inevitablemente hay que adaptarse.

La pescadilla se habrá comido la cola.


OCTAVA FASE: CONVERTIR EL ABANDONO EN RESPONSABILIDAD

Llegará después un momento extraordinariamente perverso.

España habrá contribuido a deteriorar la situación.

Habrá permitido que las crisis se acumulen.

No habrá defendido suficientemente la frontera.

Habrá tolerado el progresivo vaciamiento.

Habrá desmoralizado a la población.

Y entonces nos explicarán que conservar Ceuta y Melilla produce demasiado sufrimiento.

¿La solución?

La «paz».

La «cooperación».

El «entendimiento histórico».

Es decir:

ceder aquello cuya defensa previamente se ha hecho insoportable.

El incendiario aparecerá vestido de bombero.


NOVENA FASE: LA COSOBERANÍA

Nadie comenzará hablando de anexión.

Eso vendrá después.

Primero hay que acostumbrar al público a una palabra intermedia.

Probablemente:

cosoberanía.

Es perfecta.

Parece equitativa.

Moderna.

Generosa.

Europeísta.

Pragmática.

No suena a rendición.

Pero abre la puerta.

La soberanía no funciona como una tarta que pueda partirse indefinidamente.

Cuando España acepte que Marruecos posee algún derecho soberano sobre Ceuta o Melilla, habrá reconocido implícitamente la existencia de una controversia territorial.

Y ésa sería una victoria estratégica gigantesca para Rabat.

A partir de ahí sólo quedaría negociar porcentajes, competencias, calendarios y símbolos.

La discusión ya no sería:

«¿Son españolas?»

Sino:

«¿Cuánto tiempo seguirán siendo parcialmente españolas?»


DÉCIMA FASE: LA ANEXIÓN

Finalmente llegará la última palabra.

Integración.

Reunificación.

Incorporación.

Retorno.

Marruecos ya utiliza este lenguaje.

Su ministro de Justicia habla del regreso de Ceuta y Melilla al «seno de la patria».

No tienen vergüenza alguna en decirlo.

¿Por qué iban a tenerla?

Es su objetivo.

Nosotros somos quienes nos negamos a escuchar.


EL PARALELISMO CON LOS SEPARATISTAS ESPAÑOLES

Aquí existe un paralelismo extraordinariamente ilustrativo.

Durante décadas determinadas élites españolas fingieron no comprender lo que los separatistas catalanes decían.

Los separatistas decían:

«Queremos la independencia».

Y desde Madrid respondían:

«En realidad quieren más competencias».

Decían:

«Queremos separarnos de España».

Y Madrid interpretaba:

«Necesitan reconocimiento identitario».

Decían:

«Cataluña no es España».

Y algún sesudo comentarista explicaba que todo se resolvería mejorando la financiación autonómica.

Hasta que organizaron un referéndum ilegal y proclamaron una república.

¡Sorpresa!

Habían querido decir exactamente aquello que llevaban cuarenta años diciendo.

Con Marruecos estamos repitiendo la misma estupidez.

Marruecos dice:

«Ceuta y Melilla son marroquíes».

Y España responde:

«Nuestro socio estratégico está expresando sensibilidades históricas».

No.

Está diciendo que quiere nuestro territorio.

Escuchemos alguna vez lo que dicen nuestros adversarios.

Suelen conocerse mejor que nuestros analistas.


LA MENTALIDAD QUE HACE POSIBLE TODO ESTO

Aquí enlaza el aparentemente pequeño episodio de Palencia.

La alcaldesa socialista Miriam Andrés participó en la conmemoración musulmana del nacimiento de Mahoma celebrada en dependencias de la parroquia de San José.

El Ayuntamiento presentó el acto como expresión de convivencia y evocó las tradiciones extendidas hasta el «Al-Ándalus histórico». La alcaldesa respondió posteriormente a las críticas denunciando un «racismo intolerable» y reivindicando la multiculturalidad.

El problema no es que unos musulmanes celebren una festividad religiosa.

Pueden hacerlo.

España garantiza libertad religiosa.

El problema es la mentalidad política que aparece alrededor.

Una mentalidad permanentemente inclinada a:

ceder,

acoger,

adaptarse,

comprender,

relativizar,

celebrar lo ajeno

y sospechar de cualquier afirmación enérgica de lo propio.

Mientras Marruecos reivindica nuestra tierra, aquí determinados gobernantes celebran orgullosamente el «Al-Ándalus histórico».

Mientras Marruecos no tiene complejo alguno respecto de su identidad nacional e islámica, España parece empeñada en pedir perdón por la suya.

Mientras Rabat practica una política nacional, Madrid practica terapia multicultural.

No es una diferencia menor.

Es una diferencia de supervivencia histórica.


NO CONFUNDAMOS MUSULMANES CON MARRUECOS

Y precisamente porque estamos hablando claro, conviene no mezclar categorías.

El problema no es un español musulmán.

Ni un trabajador marroquí.

Ni una familia que vive pacíficamente en Ceuta.

El problema es el Estado marroquí y la utilización política que hace de todos los instrumentos disponibles para conseguir sus objetivos nacionales.

Confundir ambas cosas sería regalar a quienes han fracasado en la defensa de Ceuta el mejor argumento para eludir responsabilidades.

No estamos discutiendo razas.

Estamos discutiendo poder.

No hablamos de sangre.

Hablamos de soberanía.

No hablamos del vecino musulmán.

Hablamos del Gobierno de Marruecos.


MARRUECOS POSEE UNA ESTRATEGIA NACIONAL; ESPAÑA FACILITA SU EJECUCIÓN

Ésta es la asimetría definitiva.

Marruecos piensa históricamente.

España electoralmente.

Marruecos tiene objetivos.

España tiene titulares.

Marruecos utiliza todas las herramientas disponibles.

España se impone unilateralmente límites morales, lingüísticos y diplomáticos.

Marruecos prepara su posición durante décadas.

España responde a cada crisis cuando ya ha explotado.

Pero desde hace años ocurre algo todavía peor:

determinadas decisiones españolas ya no parecen simplemente ausencia de estrategia; parecen encajar perfectamente dentro de la estrategia marroquí.

Ése es el salto cualitativo.


PEGASUS NO DESAPARECE PORQUE DEJEMOS DE HABLAR DE ÉL

El teléfono del presidente del Gobierno fue infectado con Pegasus.

También el de Margarita Robles.

Se extrajo información.

Después llegó el giro español sobre el Sáhara.

Después la reconciliación con Marruecos.

Después una política extraordinariamente complaciente.

Después nuevas concesiones.

Después nuevos silencios.

Después nuevas crisis.

Todo ello forma parte del contexto.

Porque la política no puede analizarse como un montón de fotografías inconexas.

Hay que contemplar la película.

Y la película tiene argumento.


EL GIRO SOBRE EL SÁHARA FUE UN PUNTO DE INFLEXIÓN

La posición histórica española cambió en 2022.

Pedro Sánchez asumió la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara como la base «más seria, realista y creíble».

Después llegó la llamada nueva etapa.

Desde entonces la relación se presenta permanentemente como un logro estratégico.

Pero una relación bilateral no debe juzgarse por el número de fotografías sonrientes.

Debe juzgarse por aquello que obtiene cada parte.

¿Ha renunciado Marruecos a Ceuta?

No.

¿Ha renunciado a Melilla?

No.

¿Ha normalizado completamente la cuestión aduanera?

No.

¿Ha dejado de emplear presión fronteriza?

Los acontecimientos de 2026 responden solos.

¿Ha dejado de representar Ceuta y Melilla como territorio marroquí?

No.

Entonces convendría preguntar qué demonios estamos celebrando.


DEGRADAR, VACÍAR, NEGOCIAR

Toda la estrategia puede resumirse en tres verbos.

DEGRADAR

Hacer cada vez más difícil la vida cotidiana.

Crisis fronterizas.

Inseguridad.

Tensión.

Pérdida de valor económico.

Servicios públicos sometidos a presión.

Sensación de abandono.

VACIAR

Conseguir que una proporción creciente de españoles llegue a una conclusión perfectamente racional:

«Aquí no quiero seguir viviendo».

Que vendan.

Que marchen.

Que sus hijos no regresen.

Que las plazas españolas pierdan paulatinamente su sustancia humana.

NEGOCIAR

Una vez suficientemente degradadas y transformadas:

«Tenemos que buscar una solución».

Y entonces aparecerá Marruecos ofreciendo generosamente la misma solución que perseguía desde el principio.


LA VIOLENCIA PUEDE SER UNA ETAPA INTERMEDIA

Y hay algo todavía más inquietante.

Antes del vaciamiento puede producirse violencia.

De hecho, ya existen brotes.

No porque los habitantes de Ceuta se hayan convertido súbitamente en una multitud de extremistas.

Sino porque la sensación de abandono prolongado genera respuestas desesperadas.

Una población que cree que su Gobierno ha decidido sacrificar sus intereses termina perdiendo confianza en las instituciones.

Cuando pierde confianza en las instituciones, algunas personas empiezan a actuar por su cuenta.

Es exactamente lo que ningún Estado responsable debería permitir que sucediera.

Pero si el objetivo es deteriorar la convivencia hasta hacer insoportable la situación, cada altercado sirve además para reforzar el siguiente argumento:

«Ceuta se ha vuelto ingobernable».

Resulta perversamente perfecto.

Primero abandonas.

Después aparece la desesperación.

Después aparecen los disturbios.

Y finalmente utilizas los disturbios como prueba de que el territorio constituye un problema.


EL HABITANTE DE CEUTA ACABA CONVERTIDO EN SOSPECHOSO

Incluso puede ocurrir algo todavía más humillante.

El ceutí que protesta porque considera abandonada su ciudad termina acusado de intolerancia.

El que exige fronteras, de xenofobia.

El que pide expulsiones conforme a la ley, de odio.

El que reclama presencia militar, de militarista.

El que señala a Marruecos, de provocar un conflicto diplomático.

El que denuncia el vaciamiento, de alarmista.

El que defiende que Ceuta es España sin discusión alguna, de nacionalista.

Maravilloso mecanismo.

La persona que pierde su ciudad termina teniendo que pedir perdón por protestar.


¿QUIÉN GANA?

Volvamos al método más sencillo del mundo.

Cui prodest?

¿Quién gana si Ceuta pierde población española?

Marruecos.

¿Quién gana si su economía se deteriora?

Marruecos.

¿Quién gana si aumenta el miedo?

Marruecos.

¿Quién gana si España presenta constantemente a Ceuta como problema?

Marruecos.

¿Quién gana si las crisis migratorias se convierten en normalidad?

Marruecos.

¿Quién gana si se instala la palabra «cosoberanía»?

Marruecos.

¿Quién gana si los españoles empiezan a pensar que ambas ciudades «no merecen la pena»?

Marruecos.

¿Quién gana finalmente si se vacían?

Marruecos.

Demasiadas casualidades.

Y todas cobran en dirhams.


LO REALMENTE EXTRAORDINARIO SERÍA QUE NO FUERA PREMEDITADO

Llegados a este punto, casi resulta más difícil creer en la improvisación.

Para que todo fuera producto de la incompetencia tendríamos que aceptar una extraordinaria concatenación de gobernantes que:

se equivocan siempre en la misma dirección,

benefician siempre al mismo país,

debilitan siempre nuestra posición,

refuerzan siempre la capacidad de presión marroquí

y jamás aprenden de la experiencia anterior.

Una incompetencia tan extraordinariamente coherente termina resultando indistinguible de un plan.

Pero es que además la secuencia posee lógica interna.

Presionar.

Degradar.

Desmoralizar.

Vaciar.

Modificar la demografía.

Internacionalizar el problema.

Proponer cosoberanía.

Anexionar.

No estamos viendo fotografías.

Estamos viendo una secuencia.


LA MARCHA VERDE SIN CAMINANTES

En 1975 Marruecos necesitó organizar la Marcha Verde.

Ahora puede aspirar a algo mucho más sofisticado:

conseguir el mismo resultado sin una Marcha Verde formal.

No hacen falta cientos de miles de personas marchando bajo banderas marroquíes.

Basta con presión permanente.

Demografía.

Emigración instrumentalizada.

Economía.

Diplomacia.

Propaganda.

Mapas.

Desgaste psicológico.

Y la colaboración —consciente o funcional— de una clase política española dispuesta a interpretar cada nueva cesión como muestra de responsabilidad.

La Marcha Verde del siglo XXI puede durar veinte años.

Y precisamente por eso puede resultar mucho más eficaz.


LA ENTREGA PERFECTA ES AQUELLA QUE PARECE INEVITABLE

Ése es el verdadero objetivo.

No conquistar Ceuta.

No conquistar Melilla.

Conseguir que España las entregue.

Y todavía mejor:

conseguir que una parte de los propios españoles termine pidiendo que las entregue.

Cuando eso ocurra, el plan habrá culminado.

Nos mostrarán encuestas.

Nos explicarán costes.

Hablarán de seguridad.

Mostrarán disturbios.

Recordarán décadas de problemas.

Nos dirán que la población ha cambiado.

Que Europa recomienda pragmatismo.

Que Marruecos constituye un socio esencial.

Y entonces llegará la frase:

«No podemos seguir así».

Exacto.

Ésa era precisamente la finalidad.

Conseguir que no pudiéramos seguir así.


NO ES ABANDONO: ES PREPARACIÓN DEL TERRENO

Por eso la palabra «abandono» empieza incluso a quedarse corta.

Abandonar puede ser pasivo.

Esto tiene demasiados elementos activos.

No reforzar suficientemente.

No reaccionar proporcionalmente.

No internacionalizar con toda la contundencia posible.

No convertir cada presión marroquí en un coste.

Permitir el deterioro.

Asumir la crisis.

Gestionarla en lugar de impedirla.

Desmoralizar.

Esperar.

Eso ya no parece simple abandono.

Es preparación del terreno.


Y EL TERRENO SON PERSONAS

No debemos olvidar esto.

Sobre el mapa aparecen dos pequeños puntos.

Ceuta.

Melilla.

Pero esos puntos tienen habitantes.

Españoles.

Personas que trabajan, educan a sus hijos, pagan impuestos, compran viviendas y han construido allí sus vidas.

No son fichas diplomáticas.

No son moneda de cambio.

No son un problema administrativo que pueda trasladarse a la Península.

Y precisamente por eso el vaciamiento constituye la operación decisiva.

Una Ceuta llena de españoles decididos a permanecer es muy difícil de entregar.

Una Ceuta vaciada, envejecida, empobrecida, fracturada y desmoralizada es mucho más fácil.

Ésa es la ecuación.


LOS CEUTÍES NO NECESITAN SERMONES: NECESITAN UN ESTADO

No necesitan que desde Madrid les expliquen la tolerancia.

Saben convivir.

Llevan generaciones haciéndolo.

No necesitan que un ministro les enseñe multiculturalidad.

Necesitan seguridad.

Fronteras.

Policías.

Guardias civiles.

Militares cuando corresponda.

Justicia.

Inversión.

Trabajo.

Viviendas que no pierdan valor por el miedo.

Escuelas seguras.

Calles tranquilas.

Y, sobre todo:

la certeza absoluta de que España no está negociando en silencio su futuro.

Eso es lo que necesitan.


EL GRAN NEGOCIO MARROQUÍ

Marruecos ha conseguido algo extraordinario.

Puede seguir reclamando territorio español y continuar siendo presentado oficialmente como «amigo».

Puede ejercer presión y ser felicitado después por su «colaboración».

Puede cuestionar nuestra soberanía y obtener nuevas ventajas.

Puede elevar el precio de la cooperación cada vez que España demuestra cuánto teme perderla.

Así funciona el chantaje.

El chantajista nunca fija un precio definitivo.

Cobra.

Después vuelve.

Porque ha aprendido que la víctima paga.


CONCLUSIÓN: NO SE ESTÁ PERDIENDO CEUTA POR ACCIDENTE

Ésta es la cuestión esencial.

Ceuta y Melilla no corren peligro porque Marruecos sea demasiado poderoso.

Corren peligro porque España está renunciando progresivamente a utilizar su propio poder.

Marruecos hace su trabajo.

Persigue sus intereses.

Expresa sus objetivos.

Presiona.

Espera.

Planifica.

El escándalo no está en Rabat.

Está en Madrid.

Porque los marroquíes nunca han prometido defender la españolidad de Ceuta y Melilla.

Los gobernantes españoles sí juraron o prometieron guardar y hacer guardar la Constitución.

Y ésa es precisamente la diferencia.

No se trata ya de preguntarnos si Pedro Sánchez y su Gobierno están gestionando mal Ceuta.

La cuestión es mucho más grave:

ESTÁN CREANDO LAS CONDICIONES PARA QUE MARRUECOS PUEDA ANEXIONARSE CEUTA Y MELILLA.

El procedimiento es lento porque necesariamente debe serlo.

Una entrega inmediata levantaría a buena parte de España.

Por eso primero hay que transformar las ciudades.

Degradarlas.

Desmoralizarlas.

Vaciar de españoles sus calles.

Hacer insoportable la vida cotidiana.

Provocar que quienes puedan escapar escapen.

Empujar a las familias hacia Málaga, Cádiz, Sevilla, Madrid o cualquier lugar de la Península donde puedan volver a sentirse protegidas.

Después modificar el equilibrio demográfico.

Después presentar la nueva realidad como irreversible.

Después hablar de diálogo.

Después de cosoberanía.

Después de solución histórica.

Y finalmente de integración.

La anexión será el último capítulo.

El primero ya se está escribiendo.

Y entre ambos habrá probablemente dolor, enfrentamientos, desesperación y episodios de violencia porque ninguna población acepta serenamente que el Estado al que pertenece la abandone a su suerte.

Por eso conviene entenderlo ahora.

Antes del vaciamiento.

Antes de la huida.

Antes de la cosoberanía.

Antes de que los mismos responsables que permitieron fabricar el problema aparezcan solemnemente delante de las cámaras para explicarnos que sólo queda una solución posible.

Porque no están administrando una crisis.

Están administrando un proceso.

Y ese proceso tiene una dirección.

Un beneficiario.

Y un desenlace.

La dirección es el vaciamiento.

El beneficiario es Marruecos.

Y el desenlace que se está preparando es la anexión de Ceuta y Melilla.

CEUTA Y MELILLA NO SE DEFIENDEN HACIENDO SENDERISMO URBANO

Y falta decir algo que probablemente moleste también a quienes aseguran defender la integridad territorial de España.

La entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos no se impedirá convocando a los españoles a pasear por las plazas de España con una bandera nacional en la mano.

Las concentraciones pueden expresar solidaridad.

Pueden demostrar que muchos españoles no están dispuestos a permanecer callados.

Pueden servir para que los ceutíes y melillenses sepan que no están solos.

Todo eso está muy bien.

Pero no confundamos el símbolo con la acción política.

PP y Vox apoyan concentraciones en toda España para el próximo 2 de septiembre. También han convocado actos ante el Parlamento Europeo en Bruselas. El PP habla de defender las fronteras españolas; Vox utiliza el lema «No a la invasión. Defiende Ceuta. Defiende España».

Bien.

¿Y el día 3 qué?

Ésa es la pregunta.

Porque si estamos ante un plan de desgaste destinado a degradar Ceuta y Melilla, provocar el éxodo de población española y preparar finalmente una fórmula de cosoberanía o anexión, la respuesta no puede consistir en senderismo urbano patriótico.

Una hora de concentración.

Unas banderas.

Un discurso.

Unos cuantos «¡Viva España!».

Fotografía.

Vídeo para las redes sociales.

Y todos a casa.

Mientras Marruecos continúa trabajando al día siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Marruecos tiene estrategia; España no puede responder con coreografía

Ésa es la diferencia esencial.

Rabat piensa en años y décadas.

Presiona fronteras.

Utiliza la diplomacia.

Reivindica Ceuta y Melilla.

Trabaja sobre la demografía.

Construye su relato histórico.

Difunde sus mapas.

Utiliza sus relaciones internacionales.

Administra los tiempos.

Espera.

Y nosotros, ¿qué hacemos?

¿Una concentración?

¿Otra manifestación?

¿Otra fotografía delante de un ayuntamiento?

¿Otra bandera gigantesca?

Las banderas son necesarias como símbolo de pertenencia.

Pero las banderas no sustituyen a las decisiones.

Una frontera no se defiende agitando una bandera a ochocientos kilómetros de distancia.

Se defiende controlándola.

La soberanía no se protege mediante declaraciones.

Se ejerce.

Si PP y Vox creen lo que dicen, tienen que actuar en consecuencia

Aquí tampoco caben medias tintas.

Si PP y Vox consideran que lo sucedido en Ceuta constituye una amenaza contra la soberanía española, deben comportarse políticamente como corresponde a semejante diagnóstico.

Vox, por ejemplo, ha reclamado la militarización permanente de la frontera y la suspensión del Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Marruecos.

Eso ya pertenece al terreno de las medidas políticas.

Pero cualquier partido que aspire a gobernar España debería explicar con absoluta precisión qué hará el primer día, el primer mes y el primer año para garantizar que Ceuta y Melilla continúen siendo españolas dentro de cincuenta o cien años.

No basta con decir:

«Ceuta es España».

Eso ya lo sabemos.

La pregunta es:

¿QUÉ VAN A HACER PARA QUE SIGA SIÉNDOLO?

Queremos saber qué política fronteriza aplicarán.

Qué presencia militar mantendrán.

Qué respuesta recibirá Marruecos ante la siguiente utilización de la emigración como instrumento de presión.

Qué consecuencias diplomáticas y económicas tendrá cada nueva reivindicación territorial.

Qué harán con los acuerdos bilaterales.

Qué exigirán a la Unión Europea.

Qué garantías reclamarán a los aliados.

Qué política demográfica desarrollarán.

Qué incentivos ofrecerán para que los españoles permanezcan en Ceuta y Melilla.

Qué inversiones realizarán.

Qué tratamiento fiscal tendrán ambas ciudades.

Qué comunicaciones garantizarán con la Península.

Qué medidas adoptarán para recuperar la seguridad.

Qué harán para impedir el vaciamiento.

Y, sobre todo:

qué líneas rojas establecerán ante Marruecos y qué ocurrirá exactamente cuando Rabat vuelva a cruzarlas.

Eso es gobernar.

Lo otro es manifestarse.

Las concentraciones no detuvieron el separatismo catalán

España debería haber aprendido ya esta lección.

Durante el proceso separatista catalán vimos manifestaciones multitudinarias.

Banderas españolas.

Discursos emocionantes.

Plazas llenas.

Fotografías impresionantes.

¿Y después?

Los separatistas siguieron trabajando.

Porque ellos tenían estrategia.

Control institucional.

Organizaciones.

Presupuestos.

Propaganda.

Educación.

Medios.

Objetivos.

Calendario.

Perseverancia.

La multitud se marchaba a casa.

Ellos volvían el lunes por la mañana a sus despachos.

Ésa es la diferencia entre protestar contra una estrategia y disponer de una estrategia para derrotarla.

No cometamos ahora el mismo error con Marruecos.

A UNA ESTRATEGIA SE RESPONDE CON OTRA ESTRATEGIA

Si el plan es degradar Ceuta y Melilla, hay que hacerlas más prósperas.

Si el plan es vaciarlas, hay que conseguir que más españoles quieran vivir allí.

Si el plan es sembrar inseguridad, hay que convertirlas en dos de las ciudades más seguras de España.

Si el plan es aislarlas, hay que multiplicar sus vínculos con la Península.

Si el plan es cuestionar la soberanía, hay que ejercerla todos los días.

Si Marruecos utiliza la presión fronteriza, esa presión debe tener consecuencias.

Si Marruecos convierte la cooperación migratoria en moneda de cambio, España debe dejar de construir su seguridad sobre la buena voluntad marroquí.

Si Marruecos reivindica territorio español, la respuesta española debe ser política, diplomática, económica y estratégica.

Y si el objetivo marroquí es conseguir que los españoles abandonen Ceuta y Melilla, el objetivo español debe ser exactamente el contrario:

QUE QUIERAN QUEDARSE.

Ésa es la batalla decisiva.

Ni un español debe sentirse obligado a huir

El fracaso definitivo comenzaría el día en que una familia ceutí dijera:

«Nos marchamos porque aquí ya no podemos vivir».

Cada familia que abandone Ceuta o Melilla empujada por el miedo, la inseguridad, el deterioro económico o la sensación de abandono constituye una pequeña victoria para la estrategia marroquí.

Por eso la prioridad absoluta debería ser impedirlo.

Que ningún español tenga que refugiarse en la Península porque su Gobierno ha sido incapaz —o no ha querido— garantizarle en Ceuta aquello que cualquier ciudadano espera de su Estado:

seguridad,

libertad,

trabajo,

propiedad,

tranquilidad

y futuro.

EL DÍA 2, A LA PLAZA. EL DÍA 3, A TRABAJAR

Que los españoles se manifiesten.

Que lleven banderas.

Que griten que Ceuta y Melilla son españolas.

Magnífico.

Pero al día siguiente empieza lo importante.

Porque Mohamed VI no va a abandonar sus objetivos territoriales porque vea muchas banderas españolas en la plaza de Badajoz, Sevilla, Madrid, Valencia o Zaragoza.

Rabat no modificará una estrategia de décadas porque Santiago Abascal pronuncie un discurso o Alberto Núñez Feijóo guarde unos minutos de silencio delante de un ayuntamiento.

La política exterior no funciona así.

El poder tampoco.

Las manifestaciones sirven para demostrar voluntad popular.

Después esa voluntad tiene que convertirse en poder político, leyes, presupuestos, diplomacia, defensa, fronteras, seguridad y decisiones.

De lo contrario, sólo estaremos representando el papel de quienes protestan mientras otros hacen.

Y Marruecos lleva demasiado tiempo haciendo.

BASTA DE SENDERISMO URBANO

España no necesita solamente patriotas de plaza durante sesenta minutos.

Necesita gobernantes capaces de pensar a veinte, treinta y cincuenta años.

Necesita una política de Estado sobre Ceuta y Melilla que sobreviva a las legislaturas.

Necesita abandonar definitivamente la política del apaciguamiento.

Necesita asumir que Marruecos posee intereses propios y que algunos chocan frontalmente con los nuestros.

Y necesita comprender una verdad elemental:

un Estado que no está dispuesto a pagar el precio de defender su territorio terminará pagando un precio muchísimo mayor por perderlo.

Por eso, cuando llegue el 2 de septiembre, que cada cual salga a la plaza si quiere.

Que lleve su bandera.

Que manifieste su solidaridad con los españoles de Ceuta y Melilla.

Pero que nadie se engañe.

Eso no es defender Ceuta y Melilla.

Es manifestar que queremos defenderlas.

La defensa empieza después.

Empieza cuando las palabras tienen consecuencias.

Cuando Marruecos sabe que cada agresión tendrá un coste.

Cuando las fronteras vuelven a ser fronteras.

Cuando los españoles de Ceuta y Melilla recuperan la certeza de que su Estado jamás los abandonará.

Cuando quedarse sea mejor que marcharse.

Y cuando cualquier Gobierno español sepa que la soberanía nacional no es una pancarta que se saca una tarde del armario.

Es una obligación permanente.

Porque frente a un plan premeditado de desgaste, vaciamiento y anexión, hacer senderismo urbano enarbolando banderas españolas podrá ser muy patriótico, muy emocionante y proporcionar fotografías magníficas.

Pero no basta.

Ni de lejos.

A UN PLAN PARA ANEXIONARSE CEUTA Y MELILLA NO SE LE DERROTA CON UNA CONCENTRACIÓN.

SE LE DERROTA CON OTRO PLAN.

Uno español.

Uno inequívoco.

Uno sostenido en el tiempo.

Y uno cuyo objetivo pueda resumirse sin circunloquios:

NI CEUTA NI MELILLA SE TOCAN. Y QUIEN LO INTENTE, PAGA LAS CONSECUENCIAS.

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