UN SERVIDOR, ESPAÑOL, MAYOR DE EDAD, CONTRIBUYENTE…
Carlos Aurelio Caldito Aunión,
Un servidor, español, mayor de edad, contribuyente, ciudadano de a pie y superviviente de varias reformas educativas, fiscales, laborales, territoriales y administrativas, comparece ante ustedes sin más autoridad que la de pagar sus impuestos y llevar demasiados años mirando cómo se gobierna su país.
No soy experto en nada.
Que ya es bastante.
Porque en España, para opinar de política, parece que hay que ser catedrático, tertuliano, expresidente, asesor de un expresidente o, preferiblemente, cuñado de alguien importante.
Yo no.
Yo soy español.
Y eso, últimamente, ya da para escribir una novela.
Una novela con muchos capítulos.
Y casi todos con el mismo argumento:
«Estamos trabajando en ello».
Y mientras trabajan en ello, uno paga.
Paga cuando compra.
Paga cuando vende.
Paga cuando trabaja.
Paga cuando ahorra.
Paga cuando hereda.
Paga cuando tiene una casa.
Paga cuando alquila.
Paga cuando conduce.
Paga hasta cuando intenta morirse en paz.
Y luego llega el Estado y dice:
—No se preocupe, ciudadano. Estamos recaudando para usted.
Y uno se queda pensando:
¿Para mí?
Pues no sé.
Porque yo miro alrededor y no sé si estamos ante un Estado que recauda para el ciudadano o ante un ciudadano que trabaja para mantener al Estado.
Y ahí empieza el problema.
Porque una cosa es recaudar.
Y otra muy distinta es gobernar.
ESPAÑA (¡PERDÓN, ESTEPAÍS…!)
España.
(¡Perdón, estepaís…!)
Ese lugar maravilloso donde somos capaces de discutir durante veinte años sobre si una palabra debe escribirse con b o con v mientras el puente se cae.
Donde para abrir una pequeña empresa necesitas paciencia de monje cartujo, mientras para crear un organismo público parece bastar con una rueda de prensa.
Donde un ciudadano puede tardar meses en conseguir que la Administración le conteste y, sin embargo, la Administración tiene una capacidad admirable para encontrarlo a él cuando quiere cobrarle algo.
Donde todo es urgente hasta que lo necesita uno.
Entonces pasa a ser «en tramitación».
Y cuando preguntas:
—¿Cuándo estará?
Te contestan:
—Depende.
¿De qué?
—De la tramitación.
Ah.
Magnífico.
La tramitación depende de la tramitación.
Hemos llegado al punto más alto de la filosofía administrativa.
EL PAÍS DE LOS PAPELITOS
En España hemos construido una Administración capaz de pedirte un documento para demostrar que ya le entregaste el documento que acredita que no necesitas entregar ese documento.
Y si tienes suerte, puedes hacerlo por internet.
Si no, presencialmente.
Y si la página web funciona.
Y si no funciona, pide cita.
Y si no hay cita, vuelva mañana.
Y si mañana tampoco hay cita, descargue una aplicación.
Y si la aplicación no funciona, llame por teléfono.
Y si llama por teléfono, marque uno.
Después dos.
Después tres.
Después espere.
Y finalmente una voz grabada le dirá:
—Su llamada es muy importante para nosotros.
Mentira.
Si fuera importante, me cogerían el teléfono.
Pero aquí no se trata solamente de la burocracia.
Se trata de algo más profundo.
Hemos conseguido convertir al ciudadano en sospechoso permanente.
Si trabajas, sospechoso.
Si ganas dinero, sospechoso.
Si tienes una casa, sospechoso.
Si alquilas una casa, sospechoso.
Si tienes una empresa, sospechoso.
Si quieres montar una empresa, directamente suicida.
Y después nos preguntamos por qué tanta gente joven se marcha.
LA VIVIENDA
Y hablando de jóvenes:
la vivienda.
Ese pequeño detalle sin importancia que permite saber si una sociedad está funcionando o no.
Porque podemos discutir sobre el sexo de los ángeles, sobre si la derecha es más derecha que la izquierda, sobre si la izquierda es más izquierda que la anterior izquierda, sobre quién dijo qué en 1978…
Pero al joven que cobra un sueldo normal le importa una cosa bastante más sencilla:
¿Dónde coño voy a vivir?
Y aquí tampoco vale culpar automáticamente al pequeño propietario.
El ciudadano que tiene un piso heredado y lo alquila no ha inventado el problema de la vivienda.
El problema está en otra parte:
falta vivienda donde se necesita;
falta suelo disponible;
sobran trabas;
sobran plazos;
sobran impuestos;
sobran normas contradictorias;
y falta construir.
Porque una vivienda no se fabrica mediante una declaración institucional.
Se construye.
Ladrillo.
Hormigón.
Acero.
Permisos.
Obreros.
Arquitectos.
Máquinas.
Y tiempo.
Eso sí:
tiempo razonable.
No quince años.
Y NOSOTROS A LO NUESTRO
Mientras tanto, nos hemos acostumbrado a una política convertida en una especie de campeonato permanente de gritos.
Que si tú eres fascista.
Que si tú eres comunista.
Que si tú eres facha.
Que si tú eres rojo.
Que si tú eres ultra.
Que si tú eres progresista.
Que si tú eres reaccionario.
Y entretanto el ciudadano pregunta:
—Perdón, ¿y el hospital?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Y la carretera?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Y el tren?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Y la vivienda?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Y la justicia?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Y la frontera?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Y la deuda?
Silencio.
Porque para eso hace falta una calculadora.
Y una calculadora tiene la desagradable costumbre de no votar.
MENOS BULLA Y MÁS GOBIERNO
Y aquí llegamos a una cosa que conviene decir alto y claro.
No se arregla un país simplemente montando bulla, algarabía, procesionando, haciendo senderismo urbano y gritando consignas patrióticas.
Ni de un lado ni del otro.
Una bandera es una bandera.
Una pancarta es una pancarta.
Una manifestación es una manifestación.
Y un Gobierno es un Gobierno.
Lo que diferencia a un Gobierno de una manifestación es que el Gobierno tiene que pagar las facturas.
Tiene que hacer presupuestos.
Tiene que establecer prioridades.
Tiene que decidir.
Tiene que ejecutar.
Y tiene que responder.
Porque decir:
«España necesita recuperar su grandeza»
queda estupendo.
Pero yo quiero saber:
¿Cuánto cuesta?
¿Cuándo estará hecho?
¿Quién lo va a hacer?
¿Con qué dinero?
¿Y cómo sabremos si se ha cumplido?
Eso es gobernar.
Lo demás es megafonía.
Y AHORA, LAS CUENTAS
Porque ya está bien de decir «hay que hacer».
Vamos a decir cuánto, cuándo y cómo.
Un programa de gobierno no puede ser una carta a los Reyes Magos.
Tiene que ser un contrato.
Y un contrato tiene números.
Pero antes de presentar nuestro programa, hay que decir algo sobre las cuentas que tenemos.
Porque aquí aparece una de esas contradicciones que ya empiezan a resultar difíciles de explicar.
El Gobierno presume de recaudar como nunca.
Y, efectivamente, en 2025 la recaudación tributaria alcanzó 325.356 millones de euros, un 10,4 % más que el año anterior, según el Ministerio de Hacienda.
Muy bien.
Magnífico.
Pero entonces viene la pregunta:
Si se recauda más que nunca, ¿dónde está el resultado?
Porque mientras la máquina recaudatoria funciona a todo trapo, uno mira alrededor y empieza a preguntarse dónde demonios está el Estado que paga esa factura.
¿Dónde están los servicios públicos?
¿Dónde están las carreteras?
¿Dónde están las vías del ferrocarril?
¿Dónde está el mantenimiento de los montes?
¿Dónde están los bosques limpios?
¿Dónde están los ríos cuidados?
¿Dónde está la conservación?
¿Dónde está el dinero convertido en servicios?
Y no estoy diciendo que no se gaste dinero.
Claro que se gasta.
El ferrocarril, por ejemplo, tiene contratos de mantenimiento e inversiones millonarias. Adif ha licitado contratos de conservación de la red convencional y de ancho métrico por 660 millones de euros para cuatro años y mantiene otros contratos de conservación y seguridad.
Precisamente por eso la pregunta es otra:
¿Cuál es el resultado que obtiene el ciudadano de todo ese dinero?
Porque gastar no es lo mismo que mantener.
Y mantener no es lo mismo que funcionar.
Y funcionar no es lo mismo que funcionar bien.
EL ESTADO QUE SE VE
Uno sale a una carretera y ve baches.
Viaja en tren y sufre retrasos.
Mira una estación y encuentra instalaciones que piden una reforma.
Recorre determinados espacios naturales y encuentra basura, suciedad, abandono o falta de mantenimiento.
Y no hace falta ser ingeniero de caminos para comprender una cosa:
el mantenimiento también es política.
Un país no se construye solamente inaugurando cosas.
También se conserva lo que ya tiene.
Un puente no necesita una placa conmemorativa.
Necesita que no se caiga.
Una carretera no necesita una campaña de publicidad.
Necesita asfalto.
Un río no necesita una declaración institucional.
Necesita limpieza.
Un monte no necesita un discurso sobre sostenibilidad.
Necesita que alguien lo cuide.
Y un ferrocarril necesita algo bastante más humilde que una presentación en PowerPoint:
que funcione.
LA SANIDAD
Luego está la sanidad.
Y aquí el ciudadano ya sabe cómo funciona la cosa.
Primero pide cita.
Después espera.
Después le mandan al especialista.
Después espera.
Después le hacen una prueba.
Después espera.
Después vuelve al médico.
Y vuelve a esperar.
Y si tiene suerte, un día alguien le dice qué tiene.
El propio Ministerio de Sanidad mantiene actualizado el registro de listas de espera de las comunidades autónomas, con datos a junio de 2026.
Y uno piensa:
¿No será que hemos confundido una sanidad pública con una sanidad pública a la que hay que pedir permiso para entrar?
Porque el ciudadano no quiere estadísticas.
Quiere que le atiendan.
No quiere que le expliquen que el sistema ha mejorado dos décimas.
Quiere saber cuándo le operan.
Cuándo le ve el especialista.
Cuándo le hacen la prueba.
Y cuándo podrá volver a dormir tranquilo.
LA EDUCACIÓN
Y luego está la educación.
No voy a decir que nuestros hijos no sepan nada.
Sería injusto.
Pero tampoco voy a hacer como que todo va estupendamente.
España sigue teniendo un problema de abandono temprano de la educación y la formación. En 2025 la tasa fue del 12,8 %.
Doce coma ocho.
Y podemos hacer una fiesta porque hace diez años era peor.
Pero yo sigo preguntando:
¿No aspirábamos a algo más que a ser menos malos?
Porque la educación no debería consistir en celebrar que hemos bajado un poco el fracaso.
Debería consistir en que nuestros hijos reciban una educación que les permita enfrentarse al mundo.
Y, sobre todo, en dejar de utilizar la escuela como campo de batalla ideológico.
Diez años.
Eso pido.
Diez años sin cambiar las reglas cada vez que cambia el Gobierno.
Que un niño pueda empezar primaria y terminar la enseñanza obligatoria sin que sus padres tengan que aprenderse cinco leyes educativas distintas.
LA JUSTICIA
Y después está la justicia.
Ahí ya hemos conseguido algo extraordinario:
que la víctima tenga que esperar;
que el acusado tenga que esperar;
que el testigo tenga que esperar;
que el abogado tenga que esperar;
que el juez tenga que esperar;
y que, al final, todos estén esperando a que llegue una sentencia que quizá llegue cuando ya no sirva para gran cosa.
Una justicia lenta es cara.
Una justicia complicada es cara.
Una justicia imprevisible es cara.
Y una justicia que llega demasiado tarde puede convertirse en una forma de injusticia.
Yo quiero una justicia que sea:
justa, rápida, comprensible y accesible.
No una justicia de expertos para expertos.
LAS FRONTERAS
Y luego están las fronteras.
Las fronteras de un país no son una metáfora.
Son una realidad.
Una frontera tiene que saber quién entra.
Quién sale.
Quién tiene derecho a quedarse.
Quién no.
Y por qué.
No se trata de negar la inmigración.
No se trata de negar la solidaridad.
No se trata de cerrar España al mundo.
Se trata de algo bastante más elemental:
un Estado tiene que controlar sus fronteras.
Y si no las controla, deja de controlar una de las funciones esenciales de cualquier Estado.
Y mientras tanto, nuestras Fuerzas Armadas cumplen misiones internacionales, colaboran con nuestros aliados y participan en operaciones fuera de nuestras fronteras.
Muy bien.
Pero uno puede preguntarse:
¿y nuestras propias fronteras?
No es incompatible ayudar fuera y defender dentro.
Pero hay que establecer prioridades.
Porque la defensa de España no puede convertirse en la última partida de la lista.
Y LA DEUDA
Y después está esa criatura mitológica llamada deuda pública.
No se ve.
No hace ruido.
No ocupa una plaza.
No lleva pancarta.
Pero está ahí.
Al cierre de 2025, la deuda de las Administraciones Públicas equivalía al 100,7 % del PIB, según el Banco de España.
Más de una vez el político dice:
—No se preocupe. La deuda está controlada.
Y uno piensa:
¿Controlada por quién?
Porque la deuda tiene una costumbre muy desagradable:
no desaparece porque cambie el Gobierno.
La pagará alguien.
Quizá mañana.
Quizá dentro de diez años.
Pero alguien.
Y ese alguien será el ciudadano.
EL MILAGRO DE RECAUDAR SIN PRESUPUESTAR
Y llegamos al asunto que más me cuesta comprender.
El Gobierno presume de recaudar.
Se recauda mucho.
Se gasta mucho.
Se anuncian muchas cosas.
Se toman muchas decisiones.
Pero durante esta legislatura no hemos tenido nuevos Presupuestos Generales del Estado aprobados por las Cortes.
Los Presupuestos de 2023 han sido prorrogados sucesivamente para 2024, 2025 y 2026.
Y entonces uno pregunta:
¿Dónde está la cuenta completa?
¿Dónde está la previsión de ingresos?
¿Dónde está la previsión de gastos?
¿Dónde están las prioridades?
¿Dónde están las enmiendas?
¿Dónde está el debate parlamentario sobre el conjunto?
¿Dónde está la fotografía completa de lo que se pretende hacer con el dinero de todos?
Porque el Presupuesto no es un papelito administrativo.
Es la cuenta de la casa.
Y si el padre llega a casa diciendo:
—Este año voy a gastar más.
El hijo pregunta:
—¿Cuánto tenemos?
Y el padre responde:
—Ya veremos.
Pues muy tranquilizador no resulta.
Y si además el padre añade:
—Pero recaudo más que nunca.
La pregunta del hijo es todavía más sencilla:
—Entonces, ¿en qué te lo estás gastando?
Eso es lo que quiero saber.
No una proclama.
No una consigna.
No una rueda de prensa.
Las cuentas.
ESPAÑA, ¿PARA QUÉ?
Porque aquí hemos llegado a una situación curiosa.
Tenemos más Estado.
Más administraciones.
Más organismos.
Más asesores.
Más regulaciones.
Más impuestos.
Más deuda.
Más departamentos.
Más procedimientos.
Más palabras.
Más siglas.
Más informes.
Más observatorios.
Más comisiones.
Más estrategias.
Más planes.
Más planes para hacer planes.
Y, sin embargo, el ciudadano sigue preguntando:
¿Y esto para qué sirve?
Porque un Estado no se mide por el número de funcionarios que tiene.
Se mide por lo que consigue hacer.
Una Administración no es buena porque tenga veinte ministerios.
Es buena si resuelve.
Un hospital no es bueno porque tenga un presupuesto enorme.
Es bueno si atiende.
Una escuela no es buena porque tenga veinte programas.
Es buena si enseña.
Una carretera no es buena porque haya costado mil millones.
Es buena si permite llegar.
Un juez no es bueno porque dicte una sentencia de cien páginas.
Es bueno si imparte justicia.
Y un Gobierno no es bueno porque diga muchas cosas.
Es bueno si cumple.
Y AHORA, EL PROGRAMA
Así que vamos a hacer algo bastante revolucionario:
presentar un programa.
Pero uno de verdad.
Con números.
Con fechas.
Con responsables.
Con objetivos.
Con indicadores.
Sin humo.
Sin «vamos a trabajar para».
Sin «se impulsará».
Sin «se promoverá».
Sin «se pondrá en valor».
Que ya está bien de poner en valor cosas.
Quiero poner en marcha cosas.
PRIMERA MEDIDA: AUDITAR
Primeros cien días.
Auditoría completa de organismos públicos, empresas públicas, fundaciones, subvenciones, contratos, duplicidades administrativas y gasto superfluo.
Coste inicial:
150 millones de euros.
Objetivo:
detectar hasta 10.000 millones de euros anuales de ahorro en un plazo máximo de dos años.
Y cuidado:
eso es un objetivo, no dinero encontrado de antemano.
Si no aparecen esos diez mil millones, se dice.
Si aparecen cinco mil, cinco mil.
Si aparecen doce mil, doce mil.
Pero se acabó la política de:
—Hemos ahorrado muchísimo.
—¿Cuánto?
—Muchísimo.
No.
Euros.
SEGUNDA: UNA ADMINISTRACIÓN QUE RESPONDA
Reducir en un 50 % el tiempo medio de tramitación administrativa en dos años.
Procedimientos económicos y empresariales ordinarios:
30 días.
Licencias ordinarias:
90 días.
Y publicación mensual de los tiempos reales de tramitación.
Porque el ciudadano también tiene derecho a saber cuánto tarda la Administración en hacer aquello para lo que le cobra.
TERCERA: VIVIENDA
Construir 600.000 viviendas en cuatro años.
150.000 al año.
Inversión pública:
10.000 millones de euros en cuatro años.
Suelo.
Infraestructuras.
Garantías.
Vivienda protegida.
Financiación de vivienda asequible.
Y repito:
no se trata de perseguir al pequeño propietario.
Se trata de construir.
Porque el problema de la vivienda no se resuelve insultando al que tiene un piso.
Se resuelve poniendo viviendas en el mercado.
CUARTA: IMPUESTOS
Reducción progresiva de la carga fiscal:
15.000 millones de euros anuales.
5.000 millones el primer año.
5.000 el segundo.
5.000 el tercero.
Porque el ciudadano no es una vaca fiscal que pueda ordeñarse indefinidamente.
Y porque recaudar más no debe convertirse en el único indicador del éxito de un Gobierno.
QUINTA: AUTÓNOMOS
Reducir en un 50 % el tiempo administrativo que soportan los autónomos en cuatro años.
Menos formularios.
Menos duplicidades.
Menos ventanillas.
Menos obligaciones absurdas.
Más tiempo para trabajar.
SEXTA: EMPLEO
4.000 millones de euros anuales para empleo y formación.
Objetivo:
500.000 personas menos en desempleo de larga duración al final de la legislatura.
Formación vinculada al empleo real.
No cursos para maquillar estadísticas.
SÉPTIMA: EDUCACIÓN
3.000 millones de euros anuales de inversión adicional.
Y una cosa que no cuesta dinero:
diez años de estabilidad educativa.
Diez años.
Que una generación pueda estudiar sin que cada Gobierno necesite dejar su apellido en una ley educativa.
OCTAVA: SANIDAD
5.000 millones de euros anuales durante los tres primeros años.
Objetivos:
especialista:
máximo 60 días.
Cirugía no urgente:
máximo 90 días.
Atención primaria:
máximo 48 horas como objetivo ordinario.
Y listas de espera publicadas mensualmente.
Sin maquillaje.
Sin esconder al enfermo detrás de una estadística.
NOVENA: JUSTICIA
2.000 millones de euros en cuatro años.
Objetivo:
reducir en un 30 % los tiempos de resolución.
Digitalización.
Medios.
Personal.
Infraestructuras.
Y una idea revolucionaria:
que quien tenga razón no tenga que esperar una década para demostrarlo.
DÉCIMA: ENERGÍA E INDUSTRIA
8.000 millones de euros en cuatro años.
Objetivo:
movilizar al menos 50.000 millones de inversión privada.
Energía competitiva.
Industria.
Tecnología.
Redes.
Almacenamiento.
Y seguridad energética.
Porque un país industrial no puede depender eternamente de que otros produzcan lo que nosotros necesitamos.
UNDÉCIMA: SEGURIDAD, DEFENSA Y FRONTERAS
3.000 millones de euros en cuatro años, además de las partidas específicas que correspondan a los compromisos de defensa.
Fronteras controladas.
Fuerzas de Seguridad dotadas de medios.
Fuerzas Armadas preparadas.
Y una política exterior que sepa distinguir entre ser aliado y ser ingenuo.
Porque ayudar a otros países puede ser una obligación.
Pero defender el propio país también.
DUODÉCIMA: ESPAÑA RURAL
2.000 millones de euros en cuatro años.
Carreteras secundarias.
Agua.
Conectividad.
Transporte.
Sanidad.
Prevención de incendios.
Mantenimiento de montes.
Porque España no termina donde acaba la última estación de Metro.
DECIMOTERCERA: CEUTA Y MELILLA
1.000 millones de euros en cuatro años.
Infraestructuras.
Seguridad.
Vivienda.
Servicios públicos.
Conexiones.
Y una afirmación que debería ser innecesaria:
**Ceuta es España.
Melilla es España.**
Una cosa es mantener buenas relaciones con Marruecos.
Otra cosa es olvidar que los intereses de España también existen.
Y aquí uno puede hacerse preguntas.
Preguntas incómodas.
¿Por qué a veces determinados discursos políticos parecen comprender mejor las reivindicaciones del vecino que la defensa de los intereses españoles?
¿Por qué cuando se habla de nuestras ciudades norteafricanas hay tanta prudencia para decir algo tan sencillo?
Ceuta es España.
Melilla es España.
Punto.
LA CUESTIÓN TERRITORIAL
Y llegamos al otro gran problema.
España.
Otra vez España.
Siempre España.
Pero nunca de la misma manera.
Uno quiere una España federal.
Otro quiere una España confederal.
Otro quiere una España plurinacional.
Otro quiere una España que no se sabe muy bien qué es.
Y otro directamente quiere que España deje de existir.
Y yo pregunto:
¿Podemos discutirlo?
Claro.
¿Podemos discrepar?
Por supuesto.
¿Podemos defender la independencia de una parte del territorio?
Podemos defender políticamente casi cualquier idea dentro de los cauces legales.
Lo que no podemos hacer es fingir que todas las ideas tienen las mismas consecuencias.
La ruptura de un Estado no es cambiar el nombre de una calle.
Es cambiar la vida de millones de personas.
Y merece algo más que un eslogan.
Merece una discusión seria.
Y LOS HEREDEROS DE ETA
Y luego están los herederos políticos de ETA.
Aquí no quiero discursos.
Quiero memoria.
Hubo españoles asesinados.
Hubo españoles secuestrados.
Hubo familias destrozadas.
Hubo empresarios extorsionados.
Hubo concejales que tuvieron que mirar debajo del coche antes de arrancar.
Hubo personas que tuvieron que vivir con escolta.
Y hubo una democracia que resistió.
Por eso una cosa es que una organización terrorista haya desaparecido.
Y otra que desaparezca la memoria de aquello que hizo.
La democracia no puede pedirle a la víctima que olvide para que el político pueda pactar tranquilo.
Y ENTONCES APARECE BISMARCK
Y así llegamos a esa frase que se atribuye a Bismarck.
Probablemente no la dijo.
Pero qué más da.
Hay frases que, aunque no sepamos quién las pronunció, parecen escritas después de observarnos durante un siglo.
Dicen que dijo:
«España es el país más fuerte del mundo: lleva siglos intentando destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido».
No sé si lo dijo Bismarck.
Pero, coño,
qué bien nos retrata.
Porque aquí somos especialistas en la pelea.
Nos encanta discutir quién tiene la culpa.
Quién empezó.
Quién traicionó.
Quién robó.
Quién vendió.
Quién entregó.
Quién cedió.
Quién rompió.
Quién fue más patriota.
Quién fue menos patriota.
Y mientras tanto…
el país.
Ahí.
Esperando.
ESPAÑA, UNA
Yo quiero una España que no necesite pedir perdón por existir.
Una España donde ser español no sea una enfermedad.
Una España donde se pueda hablar de nación sin que alguien saque inmediatamente un diccionario de insultos.
Una España donde un catalán pueda ser catalán y español.
Un vasco pueda ser vasco y español.
Un gallego pueda ser gallego y español.
Un andaluz pueda ser andaluz y español.
Un extremeño pueda ser extremeño y español.
Y todos podamos ser ciudadanos iguales ante la ley.
Sin privilegios territoriales.
Sin ciudadanos de primera y de segunda.
Sin que la residencia determine cuánto vale tu derecho.
ESPAÑA (¡PERDÓN, ESTEPAÍS…!)
España.
(¡Perdón, estepaís…!)
Qué país.
Qué desastre.
Qué maravilla.
Qué contradicción.
Qué manera de complicarlo todo.
Tenemos sol.
Tenemos agua.
Tenemos montañas.
Tenemos mar.
Tenemos agricultura.
Tenemos industria.
Tenemos turismo.
Tenemos talento.
Tenemos científicos.
Tenemos médicos.
Tenemos ingenieros.
Tenemos empresarios.
Tenemos trabajadores.
Tenemos artistas.
Tenemos gente capaz de hacer cosas extraordinarias.
Y, sin embargo, somos capaces de discutir durante seis horas para decidir quién tiene la culpa de que una puerta no abra.
Y AHORA, LAS CUENTAS DE VERDAD
Así que vamos a hacerlas.
El programa anterior supone, anualizando las inversiones plurianuales:
18.500 millones de euros de nuevo gasto programado.
Más:
15.000 millones de reducción fiscal anual.
Impacto bruto:
33.500 millones.
Objetivo de ahorro:
10.000 millones anuales.
Impacto neto objetivo:
23.500 millones anuales.
Y aquí no hay magia.
Si no hay dinero, se dice.
Si hay que priorizar, se prioriza.
Si hay que eliminar una cosa para pagar otra, se explica.
Si una promesa resulta imposible, se reconoce.
Porque gobernar no es prometerlo todo.
Gobernar es elegir.
Y elegir significa también decir que no.
Y luego rendir cuentas.
Cada seis meses.
Una página.
Sin propaganda.
Cuatro columnas:
PROMETIDO.
HECHO.
EN MARCHA.
INCUMPLIDO.
Y debajo:
euros gastados;
fecha prevista;
fecha real;
responsable;
resultado.
Así de sencillo.
PORQUE ESTO VA DE GOBERNAR
No quiero políticos que me emocionen.
Quiero políticos que cumplan.
No quiero que me digan que España es la mejor nación del mundo.
Quiero que hagan que vivir en España sea cada día un poco mejor.
No quiero que me digan que todo va fenomenal.
Quiero saber qué va mal.
No quiero que me prometan prosperidad.
Quiero saber cuánto cuesta conseguirla.
No quiero que me prometan futuro.
Quiero que no me hipotequen el futuro de mis hijos.
Y no quiero que me pidan fe.
Quiero resultados.
Porque la democracia no consiste solamente en votar cada cuatro años.
También consiste en mirar al que gobierna y preguntarle:
—¿Qué has hecho?
Y si la respuesta es:
—Muchísimas cosas.
Entonces preguntar:
—¿Cuáles?
Y si dice:
—Hemos recaudado más.
Entonces volver a preguntar:
—Muy bien.
¿Y qué has hecho con mi dinero?
LA ESPAÑA QUE QUEDA
Porque España no necesita que la salven.
España necesita que la dejen trabajar.
Que la dejen producir.
Que la dejen construir.
Que la dejen educar.
Que la dejen emprender.
Que la dejen investigar.
Que la dejen comerciar.
Que la dejen vivir.
Y que el Estado haga aquello que debe hacer:
defender;
proteger;
administrar;
impartir justicia;
garantizar la igualdad;
mantener las infraestructuras;
prestar servicios;
y gastar el dinero de los ciudadanos con la misma prudencia con que el ciudadano gasta el suyo.
Porque el dinero público no es de nadie.
Eso lo dijo alguien alguna vez.
Pues no.
El dinero público es de todos.
Y precisamente por eso hay que gastarlo como si fuera de todos.
Porque lo es.
Y AL FINAL…
Al final, uno acaba cansándose.
Cansándose de los insultos.
De los bloques.
De los bandos.
De los unos contra los otros.
De los buenos contra los malos.
De los patriotas contra los antipatriotas.
De los progresistas contra los reaccionarios.
De los que dicen que España empieza en ellos.
Y de los que dicen que España termina en ellos.
España es anterior a todos nosotros.
Y, si tenemos un poco de sensatez,
debería sobrevivirnos a todos.
Porque una bandera puede ondear muy alto.
Pero no baja el precio de la vivienda.
Una consigna puede sonar muy bien.
Pero no crea empleo.
Un discurso puede emocionar.
Pero no arregla un hospital.
Una manifestación puede llenar una avenida.
Pero al día siguiente la basura sigue en la acera, la factura sigue llegando y el joven sigue buscando piso.
Por eso digo:
menos épica y más hoja de cálculo.
Menos promesas.
Más objetivos.
Menos consignas.
Más resultados.
Menos gritos.
Más trabajo.
Menos propaganda.
Más administración.
Menos bandos.
Más ciudadanos.
Y, sobre todo:
menos políticos diciéndonos cuánto aman a España
y más políticos demostrando cuánto están dispuestos a trabajar por ella.
Porque amar un país no consiste en gritar su nombre.
Consiste en cuidarlo.
Y cuidarlo significa conservar sus carreteras.
Limpiar sus montes.
Proteger sus fronteras.
Educar a sus hijos.
Atender a sus enfermos.
Hacer funcionar sus trenes.
Agilizar su justicia.
Construir sus viviendas.
Defender sus intereses.
Pagar sus deudas.
Y rendir cuentas.
Y si no se cumple,
volver.
Dar la cara.
Y decir:
«No lo hemos hecho.»
Eso también es patriotismo.
Porque quizá la primera obligación de un gobernante no sea decir:
«España es una, grande y libre».
Quizá sea conseguir que pueda seguir siendo
España.
Una.
Grande, si algún día somos capaces de hacerla grande sin necesidad de gritarlo.
Y libre, si somos capaces de conservar la libertad sin utilizarla para destruirnos unos a otros.
Y entonces, sí.
Podremos recordar aquella vieja frase:
«España, Una, Grande y Libre».
La frase que quedó asociada para siempre a José Antonio Primo de Rivera y que después fue convertida en lema político del franquismo.
Pero quizá haya llegado la hora de quitarle el polvo a las palabras
y devolverles el sentido que nunca debieron perder:
España.
Una, no porque nadie pueda discutirla.
Grande, no porque lo proclame una pancarta.
Libre, no porque lo diga un Gobierno.
Sino porque sus ciudadanos puedan vivir en ella,
trabajar en ella,
discutir en ella,
equivocarse en ella,
prosperar en ella
y dejarla a sus hijos
un poco mejor de como la encontraron.
Y eso, señoras y señores,
no necesita una consigna.
Necesita algo bastante más difícil:
hacerlo.