¿SIGUEN A CRISTO O A UNA ESTRELLA POP?

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El papado como espectáculo, la fe diluida y la confusión entre cristianismo y sentimentalismo

Carlos Aurelio Caldito Aunión

Resumen para gente presurosa

La reciente visita de León XIV a España ha movilizado multitudes, llenado plazas, generado interminables horas de retransmisión televisiva y provocado una oleada de entusiasmo mediático que algunos han interpretado como una demostración de la vitalidad del catolicismo español.

Sin embargo, tras el espectáculo, conviene formular una pregunta mucho más incómoda:

¿Qué celebraban realmente quienes acudieron a aclamar al Papa?

¿Celebraban a Cristo?

¿Celebraban la fe católica?

¿Celebraban el Credo?

¿Celebraban la resurrección de los muertos, la vida eterna, la salvación y las verdades fundamentales del cristianismo?

¿O celebraban simplemente la presencia de una figura mundialmente conocida, convertida por la sociedad mediática en una especie de celebridad religiosa global?

Esta pregunta constituye el punto de partida del presente ensayo.

Porque el problema no es León XIV.

Ni Francisco.

Ni Benedicto XVI.

Ni Juan Pablo II.

El problema es mucho más profundo.

La cuestión fundamental es determinar qué queda hoy del catolicismo en una sociedad como la española y cuál es la verdadera capacidad de influencia de una Iglesia que, pese a mantener una enorme visibilidad institucional, parece cada vez más incapaz de transmitir eficazmente la fe a las nuevas generaciones.

Las imágenes multitudinarias de una visita papal no deben ocultar una realidad evidente.

Basta entrar en la mayoría de las parroquias españolas cualquier domingo del año.

Las iglesias se vacían.

Los niños escasean.

Los adolescentes prácticamente han desaparecido.

Los jóvenes son excepcionales.

La asistencia se sostiene, en gran medida, gracias a personas mayores, especialmente mujeres ancianas que continúan manteniendo viva una fe que las generaciones posteriores apenas han heredado.

La verdadera pregunta no es cuántos jóvenes acudieron a ver al Papa.

La verdadera pregunta es cuántos de ellos seguirán practicando su fe dentro de diez o veinte años.

Porque la supervivencia de una tradición religiosa no depende de los acontecimientos extraordinarios.

Depende de la transmisión cotidiana.

Y precisamente ahí es donde la Iglesia española parece afrontar sus mayores dificultades.

España se ha convertido en el país de los llamados «católicos no practicantes».

Millones de personas continúan declarándose católicas mientras desconocen el contenido del Credo, no participan en la vida sacramental, no reciben formación religiosa y mantienen una relación meramente cultural o sentimental con el cristianismo.

La etiqueta permanece.

La fe se desvanece.

Y esa transformación tiene consecuencias profundas.

Resulta difícil sostener que la Iglesia conserve una gran influencia social cuando la legislación española evoluciona sistemáticamente en dirección contraria a sus enseñanzas fundamentales sobre la vida, la familia, el matrimonio o la antropología humana.

La realidad sugiere precisamente lo contrario.

La capacidad de influencia cultural de la Iglesia española es hoy extraordinariamente reducida.

Mucho menor de lo que afirman sus adversarios.

Y probablemente mucho menor de lo que reconocen muchos de sus dirigentes.

El ensayo analiza también una cuestión particularmente relevante: la creciente tendencia a sustituir la fe por la emoción, la doctrina por la simpatía y el cristianismo por una vaga espiritualidad humanitaria.

En demasiadas ocasiones parece que la preocupación principal ya no consiste en anunciar a Cristo, sino en resultar aceptables para el mundo contemporáneo.

Y cuando una institución religiosa comienza a medir su éxito por los aplausos que recibe, corre el riesgo de adaptar su mensaje a quienes aplauden.

La historia del cristianismo muestra exactamente lo contrario.

Cristo nunca prometió popularidad.

Los apóstoles no conquistaron el mundo mediante consensos.

Los mártires no murieron por defender lugares comunes.

El cristianismo creció porque proclamaba una verdad que a menudo resultaba incómoda.

Precisamente por eso transformó civilizaciones enteras.

Otro de los ejes centrales del ensayo es la falsificación contemporánea de la doctrina social de la Iglesia.

Con frecuencia se presenta como una forma de socialismo suavizado o de colectivismo benévolo.

Nada más lejos de la realidad.

Desde León XIII hasta Juan Pablo II, la doctrina social católica ha defendido simultáneamente la dignidad de la persona, la propiedad privada, la subsidiariedad, la responsabilidad individual, la familia, el trabajo y el bien común.

La tradición católica jamás identificó la caridad con el asistencialismo permanente ni la solidaridad con la dependencia burocrática.

La pobreza debe combatirse.

Pero no fabricando dependientes.

Sino fortaleciendo personas libres, responsables y capaces de desarrollar plenamente sus talentos.

Especial atención merece también la situación de la pastoral familiar.

España dispone de documentos doctrinales sólidos y de estructuras destinadas a ayudar a matrimonios y familias.

Sin embargo, gran parte de ese patrimonio permanece prácticamente desconocido incluso para muchos fieles y no pocos sacerdotes.

Mientras tanto, la natalidad se desploma, las rupturas familiares aumentan y la fragilidad afectiva se convierte en una de las grandes heridas sociales de nuestro tiempo.

La misma reflexión se extiende a los medios de información vinculados a la Iglesia.

Nunca existieron tantos recursos comunicativos.

Nunca fue técnicamente tan fácil llegar a millones de personas.

Y, sin embargo, la secularización continúa avanzando.

Resulta legítimo preguntarse si esos medios están siendo utilizados principalmente para evangelizar o para adaptarse a los criterios dominantes del periodismo contemporáneo.

Porque existe una diferencia fundamental entre dialogar con el mundo y diluirse en él.

Finalmente, el ensayo regresa a la cuestión esencial.

Aquello que hizo nacer al cristianismo.

Aquello sin lo cual la Iglesia pierde su razón de ser.

Cristo.

La resurrección.

La salvación.

La gracia.

La vida eterna.

El juicio.

El pecado.

La redención.

Si estas realidades desaparecen del centro de la predicación cristiana, la Iglesia puede conservar edificios, estructuras, medios de comunicación, actos multitudinarios y reconocimiento institucional.

Pero corre el riesgo de perder precisamente aquello que justificó su existencia durante veinte siglos.

Por eso la pregunta final resulta tan sencilla como decisiva:

¿Siguen las multitudes a Cristo o siguen simplemente a una figura carismática convertida en acontecimiento mediático?

La respuesta determinará no sólo el futuro de la Iglesia española.

Determinará también si el cristianismo continúa siendo una fe viva o acaba convirtiéndose en una tradición cultural cada vez más vacía de contenido.

Porque las plazas pueden llenarse durante unas horas.

Los aplausos pueden durar unos minutos.

Pero una fe sólo sobrevive cuando se transmite de generación en generación.

Y ésa es, probablemente, la gran cuestión pendiente del catolicismo español contemporáneo.

Si quieres profundizar y saber más, sigue leyendo.

La reciente visita de León XIV a España ha dejado una pregunta incómoda que pocos parecen dispuestos a formular en voz alta:

¿En qué creen realmente muchos de los que han acudido a aclamar al Papa?

¿Creen en Cristo?

¿Creen en el Credo?

¿Creen en la resurrección de la carne, en la vida eterna, en el juicio final, en el pecado, en la gracia y en la salvación?

¿O creen más bien en una figura pública convertida en fenómeno mediático, en un símbolo global capaz de suscitar entusiasmo, emoción colectiva y adhesiones transversales?

La pregunta no es trivial.

Durante siglos, la Iglesia Católica sostuvo que el centro de la fe era Jesucristo.

No el Papa.

No los obispos.

No los sacerdotes.

No las estructuras eclesiásticas.

Cristo.

Sin embargo, algo parece haber cambiado.

La reacción multitudinaria que ha acompañado la visita pontificia recuerda en ocasiones más a los mecanismos emocionales propios de los grandes espectáculos contemporáneos que a una manifestación de fe consciente y doctrinalmente fundamentada.

Las imágenes son elocuentes.

Multitudes entusiastas.

Aplausos interminables.

Políticos de todas las ideologías compitiendo por aparecer junto al Pontífice.

Medios de información volcados en la cobertura del acontecimiento.

Y, sin embargo, una pregunta permanece suspendida en el aire:

¿Qué se ha celebrado exactamente?

Porque resulta llamativo que un discurso pueda ser aplaudido simultáneamente por quienes defienden el aborto y por quienes lo combaten.

Por quienes promueven la eutanasia y por quienes la consideran una grave injusticia.

Por quienes defienden fronteras abiertas y por quienes sostienen lo contrario.

Por separatistas y por defensores de la unidad nacional.

Por socialistas, populares, nacionalistas, comunistas y conservadores.

Cuando todos aplauden lo mismo, quizá convenga preguntarse si realmente se ha dicho algo concreto.

O si, por el contrario, se ha alcanzado tal nivel de abstracción que nadie se siente verdaderamente interpelado.

Y aquí aparece el núcleo del problema.

La misión histórica de la Iglesia nunca consistió en producir consensos.

Cristo no fue crucificado por resultar agradable.

No fue condenado porque pronunciara discursos capaces de obtener aplausos unánimes.

Fue condenado porque sus palabras incomodaban.

Porque obligaban a elegir.

Porque exigían conversión.

Porque distinguían entre verdad y error, entre bien y mal, entre virtud y pecado.

La predicación cristiana siempre tuvo algo de escándalo.

Algo de confrontación moral.

Algo de llamada a abandonar determinadas conductas para abrazar otras.

Por eso sorprende que en una época marcada por la confusión doctrinal, el relativismo moral y la pérdida acelerada de referencias religiosas, los grandes discursos eclesiásticos parezcan cada vez más preocupados por no molestar a nadie.

La cuestión no es si un Papa debe hablar de inmigración, pobreza, inteligencia artificial o convivencia.

Puede hacerlo.

Y en ocasiones debe hacerlo.

La cuestión es otra.

La cuestión es si esos asuntos terminan ocupando el lugar que antes correspondía a las verdades fundamentales del cristianismo.

Porque una Iglesia que habla constantemente de cuestiones sociales pero apenas menciona el pecado, la salvación, la gracia, la redención, la vida eterna o el juicio final corre el riesgo de convertirse en una organización humanitaria con símbolos religiosos.

Y eso constituye una transformación radical.

No es casualidad que muchos católicos practicantes tengan hoy la sensación de escuchar discursos perfectamente aceptables para cualquier organismo internacional, para cualquier ONG o para cualquier conferencia política global, pero cada vez menos reconocibles como expresión específica de la fe católica.

La pregunta esencial sigue siendo la misma que hace dos mil años:

¿Quién es Jesucristo?

No:

¿qué política migratoria debemos aplicar?

No:

¿qué regulación necesita la inteligencia artificial?

No:

¿qué modelo económico resulta más eficiente?

Todas esas cuestiones pueden ser importantes.

Pero son secundarias.

La Iglesia existe para responder a la primera pregunta.

Y cuando deja de hacerlo con claridad, inevitablemente surgen la confusión, el desconcierto y la pérdida de identidad.

Resulta especialmente significativo observar que muchos católicos conocen perfectamente las últimas declaraciones pontificias sobre asuntos políticos o sociales, pero ignoran por completo el contenido del Credo que recitan los domingos.

Saben qué opina el Papa sobre el cambio climático.

Pero desconocen qué enseñó León XIII sobre la propiedad privada.

Saben qué piensa sobre la inmigración.

Pero nunca han leído la Rerum Novarum.

Conocen las consignas mediáticas.

Ignoran la doctrina.

Y aquí encontramos otra de las grandes confusiones contemporáneas: la identificación de la doctrina social de la Iglesia con alguna forma de socialismo piadoso.

Nada más lejos de la realidad.

La doctrina social católica nació precisamente como una alternativa tanto al individualismo materialista como al colectivismo socialista.

Defiende la dignidad de la persona.

La familia.

La subsidiariedad.

La responsabilidad individual.

La propiedad privada.

El trabajo.

La libertad.

Y el bien común.

No considera al Estado como salvador universal.

No atribuye a la burocracia la misión de resolver todos los problemas humanos.

No convierte al ciudadano en cliente permanente del poder político.

Por el contrario.

Insiste constantemente en la responsabilidad personal, familiar y comunitaria.

La pobreza debe combatirse.

Pero no mediante la dependencia perpetua.

La solidaridad es necesaria.

Pero no puede convertirse en asistencialismo crónico.

La ayuda al necesitado debe orientarse a devolverle autonomía, no a consolidar su dependencia.

La tradición católica siempre entendió que el trabajo dignifica precisamente porque permite a la persona desarrollar sus capacidades, sostener a su familia y acceder legítimamente a la propiedad.

Por ello la propiedad privada fue considerada durante siglos como una extensión natural de la libertad humana.

No como un privilegio sospechoso.

No como una concesión del Estado.

No como una injusticia a corregir.

Sino como una consecuencia del trabajo y de la responsabilidad personal.

Esta enseñanza ha sido tan constante en el Magisterio que resulta difícil comprender cómo algunos sectores eclesiales han terminado asumiendo planteamientos que parecen más próximos a ciertas formas de colectivismo que a la tradición doctrinal católica.

Quizá porque la misma confusión que afecta a la teología afecta también a la vida pública.

Vivimos en una época que sospecha de la excelencia, de la autoridad, de la responsabilidad y del mérito, pero que deposita una confianza casi ilimitada en estructuras burocráticas cada vez más extensas.

Y sin embargo la experiencia histórica demuestra que las sociedades prósperas no se construyen mediante la redistribución permanente de la pobreza, sino mediante la creación de riqueza, el trabajo productivo, la responsabilidad y la libertad.

La doctrina social de la Iglesia siempre comprendió esta realidad.

Porque parte de una visión profundamente realista de la naturaleza humana.

Por eso la cuestión fundamental vuelve una y otra vez.

Cuando cientos de miles de personas aclaman al Papa, ¿qué están celebrando exactamente?

¿La fe católica?

¿La figura de Cristo?

¿La continuidad doctrinal de la Iglesia?

¿O simplemente la emoción colectiva producida por un acontecimiento mediático?

La respuesta determinará buena parte del futuro del catolicismo occidental.

Porque una fe reducida a espectáculo puede llenar plazas.

Pero difícilmente podrá transformar almas.

Y una Iglesia que aspire únicamente a ser popular acabará descubriendo que la popularidad es siempre efímera.

Cristo nunca prometió popularidad.

Prometió algo mucho más exigente.

La verdad.

Y la verdad, casi siempre, tiene menos aplausos que los espectáculos.

I. DEL VICARIO DE CRISTO A LA CELEBRIDAD GLOBAL

Cuando la fe se convierte en entusiasmo

Existe una paradoja extraordinaria en la Iglesia contemporánea.

Nunca ha habido tantos medios de comunicación católicos.

Nunca ha habido tantos canales de televisión religiosos.

Nunca ha habido tantas retransmisiones papales.

Nunca ha habido tantos viajes apostólicos.

Nunca ha habido tantos teléfonos móviles grabando cada gesto del Pontífice.

Y, sin embargo, nunca ha sido tan evidente el desconocimiento religioso de amplios sectores del mundo católico.

Muchos fieles conocen perfectamente las últimas declaraciones del Papa sobre inmigración, cambio climático, inteligencia artificial o geopolítica internacional.

Pero ignoran casi por completo el contenido del Catecismo.

Desconocen las encíclicas fundamentales.

Jamás han leído los Evangelios completos.

Nunca han estudiado el Credo.

Y apenas podrían explicar los fundamentos doctrinales de la fe que dicen profesar.

Se ha producido así un fenómeno curioso.

La doctrina pierde importancia.

La personalidad gana protagonismo.

La teología retrocede.

La imagen avanza.

La fe se transforma poco a poco en simpatía.

La adhesión racional deja paso a la adhesión emocional.

Y el cristiano corre el riesgo de convertirse en espectador.

No es casualidad.

Vivimos en una civilización dominada por la imagen.

Las sociedades tradicionales eran sociedades de la palabra.

Las sociedades modernas son sociedades de la pantalla.

La televisión primero.

Internet después.

Las redes sociales finalmente.

Todo ha sido adaptado a la lógica del espectáculo.

La política se convierte en espectáculo.

La información se convierte en espectáculo.

La enseñanza se convierte en espectáculo.

Y también la religión corre el peligro de convertirse en espectáculo.

No se trata de negar la importancia del Papa.

Para un católico, el Obispo de Roma ocupa un lugar singular en la Iglesia.

Pero precisamente porque ocupa un lugar singular conviene recordar cuál es su misión.

La misión del Papa no consiste en sustituir a Cristo.

Consiste en señalar hacia Cristo.

No consiste en inventar una nueva doctrina.

Consiste en custodiar la doctrina recibida.

No consiste en convertirse en protagonista.

Consiste en servir a aquello que lo trasciende.

Cuando se olvida esta diferencia aparece la papolatría.

Y la papolatría constituye una deformación profundamente moderna del catolicismo.

El catolicismo no es una religión papal

Esta afirmación puede sorprender.

Pero resulta esencial.

El catolicismo no es una religión centrada en el Papa.

Es una religión centrada en Cristo.

Durante dos mil años han existido pontífices santos.

Pontífices mediocres.

Pontífices brillantes.

Pontífices débiles.

Pontífices heroicos.

Pontífices indignos.

La Iglesia sobrevivió a todos ellos.

¿Por qué?

Porque la verdad de la fe no dependía de sus cualidades personales.

Si la supervivencia del cristianismo hubiera dependido de la inteligencia, la simpatía o la popularidad de cada Papa, la Iglesia habría desaparecido hace siglos.

La continuidad católica se fundamenta en algo distinto.

En la convicción de que existe un depósito de la fe transmitido a través de las generaciones.

Las Escrituras.

La Tradición.

El Magisterio.

No las ocurrencias de cada época.

No las modas intelectuales.

No los entusiasmos pasajeros.

No las presiones mediáticas.

Cuando un Papa confirma ese depósito, fortalece la fe.

Cuando habla de cuestiones prudenciales o políticas, los fieles pueden legítimamente discrepar.

Y cuando guarda silencio sobre asuntos fundamentales, es natural que muchos creyentes experimenten desconcierto.

¿Qué buscan realmente las multitudes?

La visita de León XIV ha puesto de manifiesto otro fenómeno digno de reflexión.

Las enormes concentraciones de personas.

Los aplausos interminables.

La cobertura mediática.

La movilización institucional.

La exaltación colectiva.

Todo ello plantea una pregunta que raramente se formula:

¿Qué buscan exactamente quienes acuden a estos acontecimientos?

Algunos buscan sinceramente alimento espiritual.

Otros buscan reafirmar su fe.

Otros experimentan una auténtica emoción religiosa.

Pero también existe una dimensión más profunda.

El hombre contemporáneo padece una inmensa hambre de trascendencia.

Durante décadas se le ha repetido que la religión era innecesaria.

Que la ciencia resolvería todos los problemas.

Que la prosperidad sustituiría a la fe.

Que el progreso haría desaparecer las antiguas creencias.

Nada de eso ha sucedido.

La necesidad de sentido permanece intacta.

La necesidad de pertenencia permanece intacta.

La necesidad de esperanza permanece intacta.

La necesidad de trascendencia permanece intacta.

Por eso las multitudes siguen buscando símbolos.

Siguen buscando referentes.

Siguen buscando figuras capaces de representar algo superior a la rutina cotidiana.

El problema aparece cuando esa necesidad espiritual termina proyectándose sobre personas concretas en lugar de orientarse hacia Dios.

Entonces surge el culto a la personalidad.

Un fenómeno que no afecta solamente a la política.

También puede afectar a la religión.

La tentación de agradar al mundo

Existe además otra cuestión especialmente delicada.

Durante gran parte de su historia la Iglesia mantuvo una relación conflictiva con el mundo.

No porque buscara el conflicto.

Sino porque muchas de sus enseñanzas chocaban inevitablemente con los intereses dominantes de cada época.

La defensa de la dignidad humana chocó con la esclavitud.

La defensa del matrimonio chocó con determinados hábitos sociales.

La defensa de la vida chocó con numerosas formas de poder.

La afirmación de una verdad objetiva chocó con el relativismo.

Pero hoy parece haberse extendido una preocupación creciente por resultar aceptables.

Por parecer razonables.

Por no incomodar.

Por evitar enfrentamientos.

Por buscar consensos.

Sin embargo, la historia demuestra que cada vez que el cristianismo intenta adaptarse completamente al espíritu dominante termina perdiendo precisamente aquello que lo hacía necesario.

Porque si la Iglesia dice exactamente lo mismo que dicen los organismos internacionales, los gobiernos, las universidades, las fundaciones y los medios de información, surge inevitablemente una pregunta:

¿Para qué sirve entonces la Iglesia?

Si su mensaje coincide siempre con el mensaje dominante, deja de ser una voz profética.

Se convierte en eco.

Y un eco jamás cambia la historia.

El peligro de una fe sin sobrenatural

Quizá aquí encontremos el problema fundamental.

Una parte creciente del discurso religioso contemporáneo parece centrarse exclusivamente en cuestiones temporales.

La pobreza.

La inmigración.

La ecología.

La convivencia.

La inclusión.

La paz.

Todos ellos son asuntos importantes.

Pero ninguno constituye el núcleo del cristianismo.

El núcleo del cristianismo sigue siendo exactamente el mismo que hace dos mil años.

La Encarnación.

La Redención.

La Cruz.

La Resurrección.

La gracia.

La salvación.

La vida eterna.

Cuando estos elementos desaparecen del centro de la predicación, la fe corre el riesgo de convertirse en una ética humanitaria.

Respetable.

Bienintencionada.

Incluso útil.

Pero ya no específicamente cristiana.

Porque el cristianismo no nació para enseñar simplemente a ser buenas personas.

Nació para anunciar una verdad sobrenatural.

Y cuando lo sobrenatural desaparece, la religión se vacía desde dentro.

Puede conservar templos.

Puede conservar ceremonias.

Puede conservar jerarquías.

Puede conservar multitudes.

Pero pierde aquello que le daba sentido.

Por eso la cuestión inicial vuelve una vez más.

¿Siguen las multitudes a Cristo?

¿O siguen al representante más visible de una institución que, poco a poco, corre el riesgo de hablar cada vez menos de Cristo?

La respuesta a esa pregunta determinará el futuro de la Iglesia en el siglo XXI.

Porque una institución puede sobrevivir mucho tiempo gracias a la tradición.

Pero una fe sólo sobrevive cuando conserva intacto aquello que la hizo nacer.

II. LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA NO ES SOCIALISMO

La gran falsificación de nuestro tiempo

Si existe una confusión particularmente extendida dentro y fuera del mundo católico es la identificación de la doctrina social de la Iglesia con alguna forma de socialismo suavizado, socialdemocracia piadosa o colectivismo revestido de lenguaje religioso.

Nada más lejos de la realidad.

De hecho, pocas doctrinas han combatido con tanta claridad los errores fundamentales del socialismo como la doctrina social católica.

Lo paradójico es que esta falsificación ha logrado difundirse precisamente entre personas que jamás han leído las encíclicas sociales fundamentales, desconocen la tradición intelectual católica y reducen dos mil años de pensamiento cristiano a unas cuantas consignas sobre pobreza, igualdad y redistribución.

La consecuencia es devastadora.

Muchos creyentes han terminado aceptando una caricatura de la doctrina social.

Y muchos no creyentes la critican por cosas que jamás enseñó.

La realidad histórica es exactamente la contraria.

La doctrina social de la Iglesia nació precisamente para combatir dos errores opuestos.

Por un lado, el individualismo materialista que reduce al hombre a mero productor y consumidor.

Por otro, el colectivismo socialista que disuelve a la persona en la masa y convierte al Estado en dueño efectivo de la sociedad.

La Iglesia rechazó ambos extremos.

Y sigue rechazándolos.

León XIII contra Marx

No es casualidad que la gran encíclica fundacional de la doctrina social, la Rerum Novarum de 1891, apareciera precisamente cuando Europa se encontraba sacudida por la expansión del marxismo.

Muchos contemporáneos esperaban que la Iglesia asumiera una posición intermedia.

Otros pensaban que acabaría aceptando parte de las tesis socialistas.

No ocurrió.

León XIII fue extraordinariamente claro.

Reconoció las injusticias derivadas de la industrialización.

Denunció la explotación de los trabajadores.

Criticó los abusos económicos.

Pero al mismo tiempo rechazó frontalmente la solución socialista.

Porque comprendió algo fundamental.

El problema no era la existencia de propiedad privada.

El problema era la injusticia.

Y la injusticia no desaparece suprimiendo la propiedad.

Al contrario.

Puede multiplicarse.

Por eso afirmó que la propiedad privada constituye un derecho natural.

No una concesión estatal.

No una creación jurídica arbitraria.

No un privilegio.

Un derecho natural.

La afirmación sigue escandalizando a muchos contemporáneos.

Pero constituye uno de los pilares permanentes del pensamiento social católico.

El trabajo, la propiedad y la libertad

La razón profunda resulta sencilla.

El ser humano transforma el mundo mediante su inteligencia y su trabajo.

Trabaja.

Produce.

Ahorra.

Construye.

Mejora.

Y el fruto legítimo de ese esfuerzo genera propiedad.

No se trata únicamente de una cuestión económica.

Se trata de una cuestión moral.

La propiedad constituye una esfera de autonomía frente al poder.

Permite a las familias actuar con independencia.

Protege frente a la arbitrariedad política.

Limita el control del Estado.

Favorece la responsabilidad.

Estimula la previsión.

Fortalece la libertad.

Por eso las sociedades donde la propiedad privada desaparece terminan convirtiéndose inevitablemente en sociedades donde el poder político lo controla todo.

Y quien controla todo termina decidiendo también cómo debemos vivir.

La experiencia histórica del siglo XX confirmó dramáticamente esta realidad.

Los grandes experimentos socialistas prometieron igualdad.

Produjeron dependencia.

Prometieron justicia.

Produjeron burocracia.

Prometieron libertad.

Produjeron opresión.

Prometieron prosperidad.

Produjeron escasez.

La Iglesia no necesitó esperar a la caída del Muro de Berlín para comprenderlo.

Lo había advertido casi un siglo antes.

La Escuela de Salamanca ya lo había explicado

En realidad, la tradición católica llevaba siglos reflexionando sobre estas cuestiones.

Mucho antes de Marx.

Mucho antes de Lenin.

Mucho antes de las revoluciones socialistas.

Los grandes maestros de la Escuela de Salamanca ya habían desarrollado una profunda reflexión sobre la propiedad, el comercio, el precio justo, la libertad económica y la legitimidad de la actividad empresarial.

Aquellos teólogos y juristas comprendieron algo que muchos economistas posteriores tardarían siglos en formular.

La riqueza no surge del saqueo.

Ni de los decretos.

Ni de la redistribución.

Surge del trabajo.

Del ahorro.

Del intercambio voluntario.

De la creatividad humana.

De la confianza mutua.

Y de instituciones capaces de proteger la libertad.

Francisco de Vitoria.

Domingo de Soto.

Martín de Azpilcueta.

Luis de Molina.

Juan de Mariana.

Todos ellos desarrollaron ideas extraordinariamente modernas sobre la economía y la sociedad.

Y lo hicieron partiendo de principios cristianos.

No de presupuestos materialistas.

La tradición católica nunca vio contradicción entre moral y prosperidad.

Entre virtud y comercio.

Entre fe y actividad económica.

La contradicción aparece cuando la economía se independiza de toda moral o cuando la política pretende sustituir la responsabilidad personal por la planificación burocrática.

La subsidiariedad: el principio olvidado

Quizá ningún concepto de la doctrina social haya sido tan olvidado como el de subsidiariedad.

Y, sin embargo, constituye una de las aportaciones más originales del pensamiento católico a la organización social.

Su formulación es sencilla.

Aquello que puede hacer una persona no debe hacerlo una instancia superior.

Aquello que puede hacer una familia no debe hacerlo el Estado.

Aquello que puede hacer una comunidad local no debe hacerlo una burocracia centralizada.

Aquello que puede resolver una asociación libre no debe absorberlo la administración.

La subsidiariedad protege la libertad.

Protege la iniciativa.

Protege la responsabilidad.

Protege la diversidad social.

Protege la creatividad humana.

Y limita la tendencia natural del poder a expandirse.

Porque el poder siempre desea crecer.

Siempre encuentra nuevas razones para intervenir.

Siempre descubre nuevos ámbitos que regular.

Siempre encuentra nuevos problemas que gestionar.

La subsidiariedad recuerda constantemente que la sociedad es anterior al Estado.

Y que el Estado existe para servir a la sociedad.

No para absorberla.

La opción preferencial por los pobres

Nada ha sido tan manipulado como esta expresión.

La opción preferencial por los pobres no significa lucha de clases.

No significa demonización de la riqueza.

No significa expropiación.

No significa igualitarismo.

No significa dependencia permanente.

Mucho menos significa convertir la pobreza en un ideal.

La tradición cristiana jamás glorificó la miseria.

Lo que hizo fue recordar que la dignidad humana no depende de la riqueza.

Y que toda sociedad decente debe preocuparse especialmente por los más débiles.

Pero preocuparse por los pobres no significa fabricar pobres dependientes.

Significa ayudarlos a dejar de ser pobres.

Significa facilitar su incorporación al trabajo productivo.

Significa fortalecer las familias.

Significa favorecer la educación.

Significa crear condiciones para el progreso personal.

Significa multiplicar oportunidades.

No clientelas.

Porque la dependencia crónica destruye precisamente aquello que pretende proteger.

Destruye la responsabilidad.

Destruye la iniciativa.

Destruye la autoestima.

Destruye la libertad.

El Estado providencia y sus límites

La doctrina social jamás ha negado la legitimidad de determinadas funciones estatales.

Sería absurdo afirmarlo.

El Estado tiene deberes.

Debe garantizar la justicia.

Debe proteger el orden jurídico.

Debe defender a los más vulnerables.

Debe promover el bien común.

Pero una cosa es reconocer esas funciones.

Y otra muy distinta convertir al Estado en el protagonista absoluto de la vida social.

Cuando todo depende del Estado, la sociedad se debilita.

Las familias se debilitan.

Las asociaciones se debilitan.

Las comunidades se debilitan.

La responsabilidad individual se debilita.

Y la libertad acaba deteriorándose lentamente.

No siempre mediante la represión.

A menudo mediante algo mucho más cómodo.

La dependencia.

Porque el ciudadano dependiente resulta más fácil de gobernar que el ciudadano libre.

El verdadero bien común

Quizá aquí se encuentra la diferencia decisiva entre la doctrina social católica y las ideologías modernas.

Para éstas, el bien común suele identificarse con la suma de intereses materiales.

Para la tradición cristiana, el bien común es algo mucho más profundo.

Incluye la prosperidad material.

Por supuesto.

Pero también incluye la virtud.

La justicia.

La libertad.

La familia.

La verdad.

La responsabilidad.

La dimensión espiritual del hombre.

Y, finalmente, su destino trascendente.

Porque una sociedad puede enriquecerse económicamente y empobrecerse moralmente.

Puede aumentar su renta y perder su alma.

Puede multiplicar sus bienes materiales mientras destruye las condiciones culturales que hicieron posible su prosperidad.

La doctrina social siempre ha intentado evitar ese error.

Por eso resulta tan difícil clasificarla en categorías políticas convencionales.

No es socialista.

No es liberal en sentido doctrinario.

No es conservadora en sentido partidista.

Es cristiana.

Y precisamente por eso incomoda tanto a quienes pretenden utilizarla como simple instrumento ideológico.

Porque recuerda constantemente una verdad que el mundo moderno suele olvidar:

que la economía está al servicio del hombre.

Y que el hombre, a su vez, no vive únicamente de pan.

III. ¿ILUMINA LA IGLESIA AL MUNDO O SE DEJA ILUMINAR POR EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA?

La pregunta que atraviesa cada generación cristiana

Toda época histórica ha planteado a la Iglesia el mismo desafío fundamental.

¿Cómo vivir en el mundo sin convertirse en el mundo?

¿Cómo dialogar con la sociedad sin disolverse en ella?

¿Cómo comprender los problemas de cada tiempo sin terminar aceptando acríticamente las modas intelectuales de ese tiempo?

No es una cuestión nueva.

Ya los primeros cristianos tuvieron que afrontarla en el Imperio romano.

Ya los Padres de la Iglesia se enfrentaron a ella.

Ya la afrontaron los grandes doctores medievales.

Ya la afrontaron los reformadores católicos tras la crisis protestante.

Y vuelve a plantearse hoy con una intensidad extraordinaria.

Porque la civilización occidental atraviesa una profunda crisis espiritual.

Quizá la más profunda desde la caída de Roma.

Una crisis que no es económica.

Ni tecnológica.

Ni militar.

Es una crisis de sentido.

Una crisis sobre la naturaleza del hombre.

Sobre la verdad.

Sobre la libertad.

Sobre la familia.

Sobre la vida.

Sobre Dios.

Y precisamente por ello la Iglesia se encuentra ante una disyuntiva decisiva.

¿Debe limitarse a acompañar los cambios culturales?

¿O debe juzgarlos a la luz de una verdad que considera superior a cualquier moda histórica?

La respuesta determinará buena parte de su futuro.

El viejo problema de la adaptación

Toda institución viva necesita adaptarse.

Lo contrario sería fosilizarse.

La Iglesia siempre se ha adaptado.

Lo hizo al pasar del mundo judío al grecorromano.

Lo hizo durante la Edad Media.

Lo hizo tras la Reforma protestante.

Lo hizo frente a la Ilustración.

Lo hizo frente a las revoluciones industriales.

Lo hizo frente al totalitarismo del siglo XX.

Adaptarse no constituye ningún problema.

El problema aparece cuando la adaptación deja de afectar a las formas y comienza a afectar al contenido.

Cuando cambia el lenguaje no hay dificultad.

Cuando cambia la pedagogía tampoco.

Cuando cambian los instrumentos pastorales resulta perfectamente legítimo.

La cuestión decisiva es otra.

¿Qué ocurre cuando empieza a cambiar aquello que debe permanecer?

¿Qué ocurre cuando las categorías culturales del momento comienzan a imponerse sobre la doctrina?

¿Qué ocurre cuando la Iglesia deja de examinar el mundo y empieza a ser examinada por él?

Ahí es donde surge el peligro.

El espíritu de la época

Los alemanes acuñaron una expresión especialmente reveladora:

Zeitgeist.

El espíritu del tiempo.

Cada época tiene el suyo.

Una especie de atmósfera intelectual dominante.

Un conjunto de ideas que parecen evidentes.

Indiscutibles.

Incuestionables.

Modernas.

Avanzadas.

Progresivas.

Y precisamente por ello resultan peligrosas.

No porque sean necesariamente falsas.

Sino porque dejan de ser examinadas críticamente.

Se convierten en dogmas invisibles.

En presupuestos asumidos.

En creencias obligatorias.

En ortodoxias seculares.

Durante siglos el espíritu de la época legitimó la esclavitud.

Más tarde legitimó el colonialismo.

Después legitimó las teorías raciales.

Posteriormente legitimó diversos totalitarismos.

Siempre presentados como inevitables.

Como científicos.

Como modernos.

Como progresistas.

El problema del espíritu de la época es que sólo suele revelarse como error cuando ya ha causado enormes daños.

Por eso la misión de la Iglesia nunca consistió en seguirlo.

Consistió precisamente en examinarlo.

En someterlo a juicio moral.

En preguntarse si aquello que una generación considera evidente es realmente compatible con la verdad sobre el hombre.

Cuando la Iglesia adopta el lenguaje del mundo

Uno de los fenómenos más llamativos de las últimas décadas ha sido la creciente penetración de categorías ideológicas ajenas a la tradición cristiana en numerosos discursos eclesiales.

No hablamos únicamente de cuestiones políticas.

Hablamos de categorías antropológicas.

De conceptos morales.

De formas de entender la naturaleza humana.

De la propia definición del bien y del mal.

Poco a poco ciertas expresiones han ido sustituyendo a otras.

El pecado desaparece.

La vulnerabilidad ocupa su lugar.

La conversión se transforma en acompañamiento.

La virtud se convierte en inclusión.

La salvación se convierte en bienestar.

La misión se convierte en diálogo.

La verdad se convierte en consenso.

Y el resultado es una transformación silenciosa pero profunda.

La religión conserva las palabras.

Pero las palabras ya no significan exactamente lo mismo.

Es el viejo fenómeno descrito por numerosos pensadores cristianos a lo largo de la historia.

Las herejías raramente triunfan negando frontalmente la doctrina.

Suelen hacerlo cambiando el significado de los términos.

Mantienen el vocabulario.

Alteran el contenido.

La dictadura del relativismo

Uno de los grandes diagnósticos de nuestro tiempo fue formulado antes incluso de llegar al pontificado por quien después sería Benedicto XVI.

Advertía sobre el peligro de una «dictadura del relativismo».

La expresión fue muy discutida.

Pero el paso del tiempo le ha dado una sorprendente actualidad.

Porque vivimos efectivamente en una sociedad que proclama la inexistencia de verdades absolutas.

Pero que simultáneamente impone determinadas opiniones como si fueran indiscutibles.

Todo es relativo.

Excepto aquello que no puede discutirse.

Todo es opinable.

Excepto las opiniones obligatorias.

Todo es tolerable.

Excepto la discrepancia.

La paradoja resulta evidente.

Y la Iglesia se encuentra sometida a una presión constante para adaptarse a esta lógica.

No se le exige que cambie aspectos secundarios.

Se le exige que modifique precisamente aquellos elementos que la hacen diferente.

Su visión de la vida.

Su visión de la familia.

Su visión de la sexualidad.

Su visión de la naturaleza humana.

Su visión de la verdad.

Su visión de Dios.

En otras palabras:

se le exige que deje de ser lo que es.

La lección permanente de la Escuela de Salamanca

Aquí conviene recordar nuevamente a la Escuela de Salamanca.

Porque aquellos teólogos comprendieron algo esencial.

La fe y la razón no son enemigas.

La tradición y la innovación no son enemigas.

La libertad y la verdad no son enemigas.

Por eso pudieron dialogar con los grandes problemas de su tiempo sin renunciar a los fundamentos doctrinales.

Reflexionaron sobre el comercio internacional.

Sobre la moneda.

Sobre la guerra justa.

Sobre los derechos de los indígenas.

Sobre la legitimidad del poder político.

Sobre la economía.

Sobre la libertad.

Y lo hicieron sin someter la teología a las modas intelectuales del momento.

Ésa es precisamente la diferencia entre dialogar con el mundo y rendirse ante él.

Dialogar implica conservar una identidad.

Rendirse implica perderla.

El riesgo de una Iglesia agradable

Quizá el mayor peligro para la Iglesia contemporánea no sea la persecución.

Ni siquiera la secularización.

Quizá sea algo mucho más sutil.

La tentación de resultar agradable.

La tentación de ser aceptada.

La tentación de obtener aplausos.

La tentación de ser considerada moderna.

La tentación de parecer relevante.

Porque cuando una institución mide su éxito por la cantidad de aplausos que recibe, acaba adaptando su mensaje a quienes aplauden.

Y entonces deja de anunciar aquello que éstos no desean escuchar.

Cristo nunca disfrutó de esa comodidad.

Los profetas tampoco.

Los apóstoles tampoco.

Los mártires tampoco.

La historia del cristianismo no es la historia de una religión que conquistó el mundo mediante el aplauso universal.

Es la historia de una verdad que con frecuencia resultó incómoda.

Precisamente por eso transformó civilizaciones enteras.

El silencio sobre lo esencial

La reciente visita papal ha dejado una sensación extraña en numerosos creyentes.

Se ha hablado mucho.

Pero quizá no de lo más importante.

Se ha hablado de convivencia.

De diálogo.

De inmigración.

De paz.

De tecnología.

De cuestiones sociales.

Todo ello legítimo.

Todo ello relevante.

Pero muchos se preguntan dónde quedaron las referencias explícitas a las cuestiones centrales del cristianismo.

¿Dónde estuvo la reflexión sobre la salvación?

¿Dónde la llamada a la conversión?

¿Dónde la advertencia sobre el pecado?

¿Dónde la proclamación de la vida eterna?

¿Dónde la esperanza de la resurrección?

¿Dónde la afirmación clara de las verdades fundamentales del Credo?

La pregunta no nace de la nostalgia.

Ni del tradicionalismo.

Ni del inmovilismo.

Nace de la lógica más elemental.

Si la Iglesia deja de hablar de aquello que nadie más puede anunciar, termina compitiendo en terrenos donde siempre será superada por otros actores.

Los gobiernos hablan de política.

Los economistas hablan de economía.

Los sociólogos hablan de sociedad.

Los ingenieros hablan de tecnología.

La Iglesia existe para hablar de Dios.

Y cuando deja de hacerlo con claridad, corre el riesgo de volverse irrelevante precisamente allí donde debería ser indispensable.

Entre la Jerusalén eterna y la ciudad de los hombres

San Agustín describió dos ciudades.

La Ciudad de Dios.

Y la ciudad terrena.

Ambas conviven.

Ambas se entrecruzan.

Ambas se influyen.

Pero nunca se confunden completamente.

La misión de la Iglesia consiste precisamente en recordar que existe una realidad superior a cualquier proyecto político, económico o cultural.

Una realidad que trasciende las modas.

Las ideologías.

Los gobiernos.

Los imperios.

Y las épocas.

Por eso la pregunta fundamental sigue siendo la misma.

¿Está la Iglesia iluminando al mundo desde la verdad que considera recibida de Cristo?

¿O está dejando que el mundo determine cada vez más aquello que debe enseñar?

La respuesta no afecta únicamente al futuro de la Iglesia.

Afecta también al futuro de una civilización occidental que, tras haber expulsado a Dios de la plaza pública, parece descubrir cada día con mayor inquietud que tampoco sabe muy bien qué poner en su lugar.

IV. DEL EVANGELIO A LA IDEOLOGÍA

Cuando la caridad se transforma en sentimentalismo político

Existe una diferencia fundamental entre la caridad cristiana y el sentimentalismo contemporáneo.

La primera nace del amor al prójimo.

El segundo nace de la necesidad de sentirse moralmente superior.

La primera exige sacrificio personal.

El segundo suele exigir sacrificios ajenos.

La primera implica responsabilidad.

El segundo se alimenta de emociones.

La primera transforma vidas.

El segundo produce titulares.

Esta diferencia, aparentemente sencilla, resulta esencial para comprender muchas de las confusiones religiosas y políticas de nuestro tiempo.

Porque una parte importante del discurso público occidental ha terminado sustituyendo la caridad por el sentimentalismo, la responsabilidad por la emoción y la prudencia por la exhibición moral.

Y la Iglesia no ha permanecido completamente inmune a este fenómeno.

La parábola del Buen Samaritano no habla del Estado

Pocos textos evangélicos han sido tan citados y tan mal interpretados como la parábola del Buen Samaritano.

Cristo narra la historia de un hombre asaltado y abandonado al borde del camino.

Un sacerdote pasa de largo.

Un levita pasa de largo.

Un samaritano se detiene.

Lo auxilia.

Lo cura.

Lo transporta.

Paga de su bolsillo.

Y promete regresar.

La enseñanza es evidente.

La caridad exige compromiso personal.

Tiempo.

Esfuerzo.

Dinero.

Implicación.

Lo que la parábola no contiene es una sola referencia a la creación de una burocracia encargada de resolver el problema.

No aparece ningún ministerio.

Ninguna agencia.

Ninguna oficina.

Ningún programa público.

Ningún plan quinquenal.

Ningún observatorio.

Ningún comisionado especial.

Ningún experto.

La ayuda surge de la responsabilidad moral individual.

Y esto resulta profundamente incómodo para las mentalidades modernas.

Porque obliga a actuar.

Y actuar siempre resulta más difícil que delegar.

La externalización de la conciencia

Una de las características más llamativas de las sociedades contemporáneas es la tendencia a externalizar la responsabilidad moral.

Ya no ayudamos.

Pedimos que ayuden otros.

Ya no ejercemos la caridad.

Exigimos políticas de caridad.

Ya no acogemos.

Reclamamos acogidas.

Ya no sacrificamos bienes propios.

Solicitamos que se administren bienes ajenos.

La conciencia queda tranquila.

La responsabilidad desaparece.

El coste recae sobre terceros.

Y el individuo conserva intacta la agradable sensación de superioridad moral.

Esta transformación ha tenido consecuencias enormes.

La solidaridad deja de ser una virtud.

Se convierte en una consigna.

La compasión deja de ser una práctica.

Se convierte en una declaración.

La caridad deja de ser una conducta.

Se convierte en una opinión.

Y las opiniones son mucho más baratas que las virtudes.

La pobreza como industria moral

Durante siglos la pobreza fue considerada un problema humano que debía combatirse.

Hoy, en determinados ambientes, parece haberse convertido en algo distinto.

En una fuente de legitimidad moral.

En una herramienta política.

En una industria.

Alrededor de la pobreza se han desarrollado complejas estructuras administrativas, fundaciones, organismos, asociaciones, agencias internacionales y organizaciones subvencionadas que dependen precisamente de la existencia permanente del problema que dicen combatir.

No se trata de negar la buena fe de muchas personas que trabajan en ellas.

Sería injusto.

Se trata simplemente de señalar una realidad incómoda.

Cuando una estructura vive de un problema, su desaparición deja de ser necesariamente conveniente para quienes dependen de él.

Es un fenómeno conocido en cualquier ámbito humano.

La burocracia tiende a perpetuarse.

A crecer.

A justificar su existencia.

A multiplicar competencias.

Y pocas cosas generan más legitimidad burocrática que la pobreza.

Por eso conviene distinguir cuidadosamente entre combatir la pobreza y administrar la pobreza.

No son lo mismo.

El pobre como sujeto o como objeto

La tradición cristiana considera al pobre una persona.

Una persona dotada de dignidad.

De libertad.

De responsabilidad.

De capacidad moral.

De potencial creativo.

La visión asistencialista tiende a verlo de otra manera.

Como receptor.

Como beneficiario.

Como dependiente.

Como usuario.

Como administrado.

La diferencia es enorme.

Porque cuando alguien es tratado durante años como incapaz de sostenerse por sí mismo, acaba creyéndolo.

Y cuando una sociedad entera interioriza esa lógica, la dependencia termina convirtiéndose en una forma de organización social.

La doctrina social de la Iglesia nunca enseñó eso.

Por el contrario.

Insistió una y otra vez en la promoción integral de la persona.

No en su tutela permanente.

No en su infantilización.

No en su subordinación burocrática.

La solidaridad telescópica

Uno de los rasgos más curiosos del mundo contemporáneo es lo que podría llamarse solidaridad telescópica.

Se experimenta una inmensa preocupación por personas situadas a miles de kilómetros.

Y una llamativa indiferencia hacia quienes viven a pocos metros.

Se organizan campañas internacionales.

Se comparten mensajes conmovedores.

Se exhiben símbolos de apoyo.

Se publican declaraciones emocionadas.

Mientras tanto, el vecino anciano vive solo.

La familia se desintegra.

Los vínculos comunitarios desaparecen.

Los barrios pierden cohesión.

Las asociaciones locales se extinguen.

Y las relaciones humanas reales son sustituidas por causas abstractas.

La paradoja ya fue observada hace más de siglo y medio.

Quienes desean salvar a la humanidad suelen mostrar escasa paciencia con las personas concretas.

La humanidad no responde.

Las personas sí.

La humanidad no contradice.

Las personas sí.

La humanidad no exige sacrificios cotidianos.

Las personas sí.

Por eso resulta más fácil amar a la humanidad en abstracto que amar al prójimo concreto.

La inmigración y la caridad

Pocas cuestiones ilustran mejor esta confusión que el debate migratorio.

Desde una perspectiva cristiana resulta evidente que todo ser humano posee dignidad.

Que debe ser tratado justamente.

Que merece respeto.

Que no puede ser reducido a una mercancía ni a una cifra estadística.

Pero de ahí no se deduce automáticamente que cualquier política migratoria sea moralmente obligatoria.

Ni que toda prudencia política sea xenofobia.

Ni que toda preocupación por la cohesión social constituya un pecado.

Ni que los Estados carezcan de derecho a ordenar sus fronteras.

La tradición cristiana siempre reconoció la legitimidad de las comunidades políticas.

La existencia de deberes hacia la propia familia.

Hacia la propia comunidad.

Hacia la propia nación.

Y también la existencia de deberes universales hacia toda la humanidad.

La dificultad consiste precisamente en armonizar ambos niveles.

No en negar uno de ellos.

Cuando el sentimentalismo sustituye a la prudencia, la cuestión deja de analizarse racionalmente.

Se transforma en una competición emocional.

Y las competiciones emocionales rara vez producen buenas políticas.

La compasión sin verdad

Existe una forma de compasión que termina siendo profundamente cruel.

La compasión que ignora las consecuencias.

La compasión que sólo considera las intenciones.

La compasión que rechaza examinar los resultados.

La compasión que confunde bondad con ingenuidad.

La tradición cristiana nunca cayó en ese error.

Por eso siempre vinculó la caridad con la prudencia.

La misericordia con la verdad.

El amor con la responsabilidad.

El corazón con la inteligencia.

Porque una ayuda que destruye a quien pretende ayudar no constituye verdadera ayuda.

Y una política que produce más sufrimiento del que pretende evitar no puede justificarse únicamente por sus buenas intenciones.

La historia está llena de catástrofes provocadas por personas convencidas de hacer el bien.

El asistencialismo y la destrucción de la responsabilidad

La experiencia demuestra que las sociedades prosperan cuando recompensan la responsabilidad.

Cuando fortalecen la familia.

Cuando estimulan el trabajo.

Cuando protegen la propiedad.

Cuando favorecen el ahorro.

Cuando fomentan la iniciativa.

No cuando convierten la dependencia en una forma permanente de existencia.

El asistencialismo masivo suele producir un efecto paradójico.

Pretende proteger a los más débiles.

Pero termina debilitando precisamente las virtudes que permiten salir de la pobreza.

La previsión.

El esfuerzo.

La disciplina.

La responsabilidad.

La perseverancia.

No ocurre siempre.

No ocurre en todos los casos.

Pero ocurre con demasiada frecuencia como para ignorarlo.

Por eso la doctrina social insiste en la subsidiariedad.

Porque comprende que ayudar no significa sustituir.

Significa fortalecer.

Impulsar.

Acompañar.

Estimular.

La caridad cristiana frente al sentimentalismo moderno

La caridad cristiana jamás fue sentimental.

Fue exigente.

Los hospitales cristianos nacieron de ella.

Las órdenes religiosas nacieron de ella.

Las escuelas nacieron de ella.

Los orfanatos nacieron de ella.

Las cofradías nacieron de ella.

Las obras de misericordia nacieron de ella.

Todo ello exigía sacrificio.

Tiempo.

Dinero.

Disciplina.

Renuncia.

Nada que ver con la satisfacción instantánea que producen ciertas manifestaciones emocionales contemporáneas.

La caridad cristiana transforma primero al que ayuda.

Y después al ayudado.

El sentimentalismo moderno busca sobre todo la satisfacción emocional de quien lo practica.

Por eso resulta tan atractivo.

Y por eso mismo resulta tan peligroso.

El Evangelio no es una ideología

La gran tentación de nuestro tiempo consiste en convertir el cristianismo en una herramienta al servicio de causas políticas.

Unos quieren un Cristo revolucionario.

Otros un Cristo nacionalista.

Otros un Cristo ecologista.

Otros un Cristo socialista.

Otros un Cristo liberal.

Otros un Cristo progresista.

Otros un Cristo conservador.

Todos intentan apropiárselo.

Pero Cristo no pertenece a ninguna ideología.

Juzga a todas.

Corrige a todas.

Desborda a todas.

La misión de la Iglesia no consiste en proporcionar cobertura religiosa a los programas políticos de cada época.

Consiste en recordar una verdad incómoda para todos.

Que el hombre posee una dignidad trascendente.

Que no puede ser reducido ni a productor ni a consumidor.

Ni a votante.

Ni a contribuyente.

Ni a miembro de una clase social.

Ni a instrumento del Estado.

Ni a pieza de una ingeniería ideológica.

Y precisamente porque esa verdad resulta incómoda, la Iglesia corre hoy el riesgo permanente de ser empujada hacia el sentimentalismo.

Porque el sentimentalismo recibe aplausos.

La verdad exige conversión.

Y la conversión siempre resulta mucho más difícil que el aplauso.

V. CRISTO, EL CREDO Y LA VIDA ETERNA

Aquello de lo que casi nadie parece querer hablar

Existe una pregunta extraordinariamente sencilla que cualquier católico debería poder responder.

¿Por qué existe la Iglesia?

No por qué existen las parroquias.

No por qué existen los obispos.

No por qué existe el Vaticano.

No por qué existe el Papa.

¿Por qué existe la Iglesia?

La respuesta tradicional ha sido siempre clara.

La Iglesia existe para anunciar a Cristo y conducir las almas a la salvación.

Todo lo demás es secundario.

Importante, sí.

Pero secundario.

La acción social.

La educación.

La asistencia.

La beneficencia.

La cultura.

La actividad diplomática.

La mediación política.

Todo ello forma parte de la actividad histórica de la Iglesia.

Pero ninguna de esas cosas constituye su razón última de ser.

La Iglesia existe porque afirma algo extraordinario.

Afirma que Cristo resucitó.

Afirma que la muerte no tiene la última palabra.

Afirma que existe vida eterna.

Afirma que el hombre posee un destino sobrenatural.

Afirma que existe un juicio.

Afirma que existe el pecado.

Afirma que existe la gracia.

Afirma que existe la salvación.

Y precisamente porque afirma todo eso existe.

Si dejara de afirmarlo, seguiría siendo una institución.

Pero ya no sería la Iglesia Católica.

El gran silencio

Quizá una de las sensaciones más extendidas entre muchos creyentes durante las últimas décadas haya sido precisamente ésta.

El silencio.

No un silencio absoluto.

Se habla mucho.

Se producen innumerables documentos.

Se organizan congresos.

Se celebran encuentros.

Se multiplican las declaraciones.

Sin embargo, cuanto más abundan las palabras, más difícil parece encontrar determinadas palabras.

Pecado.

Redención.

Conversión.

Confesión.

Penitencia.

Juicio.

Infierno.

Salvación.

Vida eterna.

No han desaparecido completamente.

Pero han retrocedido.

Han dejado de ocupar el centro.

Y cuando lo central deja de ocupar el centro, inevitablemente algo cambia.

Porque la fe cristiana no se construyó sobre una ética.

Ni siquiera sobre una filosofía.

Se construyó sobre un acontecimiento.

La muerte y resurrección de Cristo.

Lo que proclamaba el cristianismo primitivo

Resulta instructivo observar qué predicaban los primeros cristianos.

No hablaban de geopolítica.

No hablaban de comercio internacional.

No hablaban de políticas migratorias.

No hablaban de modelos energéticos.

No hablaban de inteligencia artificial.

Predicaban a Cristo.

Predicaban la resurrección.

Predicaban la conversión.

Predicaban el perdón de los pecados.

Predicaban la vida eterna.

Aquello era tan escandaloso para el mundo antiguo como lo sería hoy.

Porque el cristianismo no nació para ofrecer consejos de convivencia.

Nació para anunciar una verdad sobrenatural.

Los apóstoles estaban convencidos de que la historia humana había cambiado para siempre.

No porque hubiera aparecido una nueva filosofía.

Sino porque Dios había entrado en la historia.

Y esa convicción transformó el mundo.

No mediante la fuerza.

No mediante el poder político.

No mediante la propaganda.

Mediante la fe.

El Credo como frontera

Existe una razón por la que el Credo sigue ocupando un lugar central en la liturgia.

Porque resume aquello sin lo cual el cristianismo deja de ser cristianismo.

Cada una de sus afirmaciones constituye una frontera.

Una línea divisoria.

Un punto de no retorno.

Creo en Dios Padre.

Creo en Jesucristo.

Creo en la Encarnación.

Creo en la Crucifixión.

Creo en la Resurrección.

Creo en el Espíritu Santo.

Creo en la Iglesia.

Creo en el perdón de los pecados.

Creo en la resurrección de la carne.

Creo en la vida eterna.

Si desaparecen estas afirmaciones, desaparece el cristianismo.

Podrá quedar una ética.

Podrá quedar una organización.

Podrá quedar una tradición cultural.

Podrá quedar una estructura asistencial.

Pero no quedará la fe católica.

Por eso resulta tan significativo que buena parte de los debates contemporáneos sobre la Iglesia parezcan girar alrededor de cuestiones periféricas mientras apenas se menciona aquello que constituye su núcleo.

El hombre moderno y la muerte

Existe además otro fenómeno digno de atención.

La civilización contemporánea habla constantemente de la vida.

Pero evita hablar de la muerte.

La esconde.

La disimula.

La medicaliza.

La burocratiza.

La convierte en un asunto técnico.

Sin embargo, toda cultura termina enfrentándose a ella.

Toda filosofía termina enfrentándose a ella.

Toda religión termina enfrentándose a ella.

Y toda persona termina enfrentándose a ella.

El cristianismo construyó buena parte de su fuerza precisamente sobre una respuesta a ese interrogante.

No prometía riqueza.

No prometía éxito.

No prometía comodidad.

Prometía algo mucho más radical.

Que la muerte no era el final.

Que el hombre estaba llamado a una existencia eterna.

Que la historia tenía sentido.

Que el sufrimiento podía redimirse.

Que la justicia última no dependía únicamente de los tribunales humanos.

Que los verdugos no siempre triunfan.

Que las víctimas no siempre son olvidadas.

Que existe una dimensión trascendente de la realidad.

Cuando esta esperanza desaparece, el hombre queda solo frente al absurdo.

¿Existe todavía el pecado?

Ésta es otra de las grandes cuestiones silenciadas.

La palabra pecado ha desaparecido prácticamente del vocabulario cotidiano.

Ha sido sustituida por otras expresiones.

Error.

Disfunción.

Problema.

Condicionamiento.

Vulnerabilidad.

Contexto.

Trauma.

Circunstancia.

Algunas de ellas describen realidades verdaderas.

Pero ninguna equivale exactamente al pecado.

Porque el pecado implica responsabilidad moral.

Implica libertad.

Implica elección.

Implica capacidad de hacer el bien o el mal.

Y precisamente por eso resulta incómodo.

Una cultura que rechaza la responsabilidad individual acaba rechazando también el pecado.

Porque ambas ideas están íntimamente unidas.

Sin embargo, eliminar la noción de pecado no elimina la realidad que describe.

Simplemente impide comprenderla.

Y una sociedad incapaz de comprender el mal difícilmente podrá combatirlo.

La desaparición del infierno

Probablemente ningún concepto cristiano ha sufrido una erosión semejante.

Durante siglos el infierno ocupó un lugar central en la imaginación religiosa occidental.

Hoy apenas aparece.

Se menciona poco.

Se predica menos.

Y muchos creyentes parecen considerarlo una reliquia incómoda.

Pero la cuestión no es si gusta o disgusta.

La cuestión es lógica.

Si el hombre es libre, debe existir la posibilidad del rechazo.

Si existe el bien, debe existir la posibilidad del mal.

Si existe la salvación, debe existir la posibilidad de perderla.

Eliminar el infierno puede resultar emocionalmente reconfortante.

Pero plantea enormes problemas teológicos.

Porque termina vaciando de sentido buena parte del mensaje cristiano.

La misericordia pierde profundidad si no existe nada de lo que ser salvado.

La redención pierde significado si no existe ningún peligro real.

Y la libertad misma se convierte en una ilusión.

El juicio que todos esperan

Paradójicamente, incluso quienes niegan el juicio final suelen actuar como si lo esperaran.

La obsesión contemporánea por juzgar el pasado constituye una prueba reveladora.

Se juzgan personajes históricos.

Se juzgan generaciones enteras.

Se juzgan civilizaciones completas.

Se reescriben biografías.

Se revisan monumentos.

Se dictan sentencias morales retrospectivas.

Todo ello revela una intuición profundamente humana.

La intuición de que los actos tienen consecuencias.

De que existe justicia.

De que el bien y el mal importan.

De que alguien debe responder por lo que ha hecho.

El cristianismo llevó esta intuición hasta sus últimas consecuencias.

No mediante tribunales ideológicos.

No mediante campañas mediáticas.

Sino mediante la afirmación de una justicia última que trasciende todas las injusticias históricas.

¿Qué esperan los fieles?

Muchos creyentes no esperan del Papa análisis geopolíticos.

Ni recomendaciones económicas.

Ni opiniones sobre tecnologías emergentes.

Pueden escuchar esas cosas con interés.

Pero no es eso lo que buscan.

Buscan algo que nadie más puede ofrecer.

Esperanza.

Sentido.

Verdad.

Trascendencia.

La certeza de que la vida humana posee un significado que va más allá del nacimiento y de la muerte.

La convicción de que el sufrimiento no es absurdo.

La promesa de que el mal no tendrá la última palabra.

La afirmación de que Cristo venció a la muerte.

Cuando estas cuestiones desaparecen del centro del discurso religioso, muchos creyentes experimentan una sensación de vacío difícil de describir.

No porque rechacen los problemas sociales.

Sino porque esperan de la Iglesia algo que ninguna otra institución puede proporcionar.

El riesgo de olvidar lo esencial

Toda institución corre el peligro de olvidar su misión.

Las universidades pueden olvidar la búsqueda de la verdad.

Los parlamentos pueden olvidar la representación de los ciudadanos.

Los tribunales pueden olvidar la justicia.

Y la Iglesia puede olvidar aquello para lo que existe.

No suele ocurrir de forma repentina.

Sucede gradualmente.

Poco a poco.

Una prioridad desplaza a otra.

Un silencio sustituye a una afirmación.

Un tema secundario ocupa el lugar del principal.

Y cuando se quiere reaccionar, el desplazamiento ya se ha producido.

Por eso la pregunta inicial sigue siendo tan importante.

¿Siguen las multitudes a Cristo?

¿O siguen simplemente a una figura carismática situada al frente de una gran institución religiosa?

Porque el futuro del catolicismo no dependerá de la popularidad de los pontífices.

Ni de las encuestas.

Ni de los aplausos parlamentarios.

Ni de las portadas favorables.

Dependerá de algo mucho más sencillo y mucho más difícil.

De que continúe anunciando sin complejos aquello que anunció desde el principio.

Que Cristo murió.

Que Cristo resucitó.

Que volverá.

Y que la vida eterna sigue siendo la cuestión más importante que puede plantearse un ser humano.

VI. ENTRE PEDRO Y EL CÉSAR

La Iglesia ante la crisis espiritual de Occidente

Hemos llegado al núcleo de la cuestión.

La pregunta que da título a este ensayo no pretende ser una provocación.

Pretende ser un diagnóstico.

Porque cuando millones de personas aclaman a un Papa, cuando los gobiernos compiten por fotografiarse junto a él, cuando los medios de información dedican días enteros a comentar sus gestos, sus palabras, sus silencios y sus desplazamientos, resulta legítimo preguntarse qué es exactamente lo que se está celebrando.

¿La fe católica?

¿La figura de Cristo?

¿La continuidad de una tradición bimilenaria?

¿O simplemente la presencia de una personalidad carismática convertida en acontecimiento mediático?

La pregunta puede parecer incómoda.

Pero precisamente por eso resulta necesaria.

Porque la historia enseña que las civilizaciones no suelen derrumbarse cuando dejan de creer en algo.

Suelen derrumbarse cuando continúan utilizando las mismas palabras mientras han dejado de creer en lo que esas palabras significan.

Una civilización que ha perdido el norte

Occidente atraviesa una crisis que con frecuencia se describe utilizando términos económicos, políticos o tecnológicos.

Se habla de deuda.

Se habla de inflación.

Se habla de inmigración.

Se habla de crisis institucional.

Se habla de inseguridad.

Se habla de corrupción.

Todo ello es cierto.

Pero ninguna de esas cuestiones constituye el problema principal.

Son síntomas.

No causas.

La verdadera crisis es espiritual.

Una civilización puede sobrevivir a una recesión.

Puede sobrevivir a una guerra.

Puede sobrevivir a una epidemia.

Puede sobrevivir incluso a una derrota militar.

Lo que ninguna civilización puede sobrevivir indefinidamente es a la pérdida de sentido.

Y eso es precisamente lo que observamos hoy.

Millones de personas viven mejor que sus antepasados.

Disponen de más recursos.

De más comodidades.

De más información.

De más tecnología.

Y, sin embargo, experimentan niveles crecientes de ansiedad, soledad, desesperanza y desorientación.

Nunca hubo tantos medios para vivir.

Y nunca pareció tan difícil encontrar razones para hacerlo.

El retorno de los ídolos

Cuando una sociedad abandona a Dios no deja de creer.

Simplemente comienza a creer en otras cosas.

La historia humana demuestra una y otra vez esta realidad.

Desaparece una fe.

Aparece un sustituto.

Desaparece una religión.

Aparece una ideología.

Desaparece un altar.

Aparece otro.

Porque el hombre posee una tendencia casi irresistible a buscar algo superior a sí mismo.

Algo que otorgue sentido.

Algo que explique el sufrimiento.

Algo que justifique el sacrificio.

Algo que ordene el mundo.

Durante siglos, la religión cumplió esa función.

Hoy intentan ocupar su lugar numerosas ideologías.

Algunas políticas.

Otras culturales.

Otras tecnológicas.

Otras identitarias.

Todas prometen salvación.

Todas prometen redención.

Todas prometen construir un mundo nuevo.

Y todas terminan produciendo frustración.

Porque ninguna puede responder a las preguntas últimas.

La tentación permanente del poder

Existe además otra cuestión que atraviesa toda la historia de la Iglesia.

La relación con el poder.

Desde los tiempos de Constantino hasta nuestros días, la Iglesia ha vivido una tensión permanente entre Pedro y el César.

Entre la misión espiritual y la influencia temporal.

Entre el Evangelio y la política.

Entre la verdad y la conveniencia.

No se trata de una tensión accidental.

Forma parte de su propia historia.

Por eso la Iglesia debe caminar constantemente por una línea estrecha.

Si se identifica completamente con el poder político, corre el riesgo de convertirse en instrumento de ese poder.

Si renuncia a toda presencia pública, corre el riesgo de abandonar la sociedad a su suerte.

La dificultad consiste precisamente en mantener el equilibrio.

Hablar al mundo sin convertirse en portavoz del mundo.

Influir en la sociedad sin dejarse absorber por ella.

Participar en la historia sin someterse al espíritu dominante de cada época.

Cuando todos aplauden

La reciente visita papal ha dejado una imagen particularmente reveladora.

La unanimidad.

Todos aplaudiendo.

Todos satisfechos.

Todos interpretando las palabras del Pontífice en beneficio propio.

Gobierno y oposición.

Izquierda y derecha.

Separatistas y constitucionalistas.

Creyentes y no creyentes.

Partidarios y adversarios históricos de la Iglesia.

La escena invita inevitablemente a la reflexión.

Porque Cristo rara vez provocó unanimidad.

Los profetas rara vez provocaron unanimidad.

Los grandes reformadores rara vez provocaron unanimidad.

La verdad suele dividir precisamente porque obliga a elegir.

Por eso conviene preguntarse si la unanimidad contemporánea refleja una extraordinaria profundidad espiritual o una extraordinaria vaguedad conceptual.

Cuando cada cual escucha exactamente aquello que desea escuchar, tal vez el mensaje haya dejado de ser suficientemente preciso.

La Iglesia y la pérdida del lenguaje sobrenatural

A lo largo de estas páginas hemos visto cómo una parte importante del discurso religioso contemporáneo parece haberse desplazado desde las realidades sobrenaturales hacia cuestiones predominantemente sociales.

No se trata de despreciar estas últimas.

La pobreza existe.

La injusticia existe.

La corrupción existe.

La inmigración existe.

La guerra existe.

Todos ellos son problemas reales.

Pero la Iglesia posee una misión que ninguna otra institución puede desempeñar.

Hablar de Dios.

Hablar de la salvación.

Hablar de la vida eterna.

Hablar de la gracia.

Hablar de la redención.

Hablar del pecado.

Hablar de la esperanza.

Si deja de hacerlo, nadie ocupará su lugar.

Y entonces la humanidad perderá una de las voces que durante siglos recordaron que el hombre es algo más que economía, política y biología.

La lección olvidada de la doctrina social

La misma confusión afecta a la doctrina social de la Iglesia.

Durante demasiado tiempo se ha intentado presentarla como una variante religiosa de determinados programas políticos contemporáneos.

Pero la doctrina social no es socialismo.

No es liberalismo doctrinario.

No es progresismo.

No es conservadurismo partidista.

Es una visión cristiana del hombre y de la sociedad.

Por eso defiende simultáneamente la dignidad humana y la responsabilidad personal.

La solidaridad y la subsidiariedad.

La propiedad privada y el bien común.

La libertad y la justicia.

La iniciativa individual y la obligación moral hacia los más débiles.

Su objetivo nunca fue construir un paraíso terrenal.

Su objetivo fue ayudar a ordenar la convivencia humana conforme a una concepción trascendente de la persona.

Precisamente por ello sigue resultando incómoda para todas las ideologías.

Porque recuerda constantemente que el hombre no puede ser reducido a una categoría política.

La gran pregunta

Llegados a este punto debemos regresar a la pregunta inicial.

¿Siguen los católicos a Cristo o siguen a una estrella pop?

La respuesta no puede ser simple.

Existen millones de creyentes sinceros.

Personas que viven su fe con humildad.

Que rezan.

Que trabajan.

Que ayudan.

Que educan a sus hijos.

Que practican la caridad.

Que participan en los sacramentos.

Que intentan vivir conforme al Evangelio.

Ellos constituyen el verdadero corazón de la Iglesia.

Pero también existe un fenómeno evidente de espectacularización religiosa.

Un fenómeno favorecido por la cultura mediática contemporánea.

Una tendencia a transformar la religión en acontecimiento.

La fe en emoción.

La doctrina en eslogan.

La espiritualidad en espectáculo.

Y frente a esa tendencia conviene recordar una verdad elemental.

El cristianismo nació mucho antes de las cámaras.

Mucho antes de las encuestas.

Mucho antes de las redes sociales.

Mucho antes de los departamentos de comunicación.

Y conquistó el mundo sin necesidad de ninguno de ellos.

Una pregunta para León XIV

Tal vez la cuestión decisiva que muchos creyentes desean plantear no sea política.

Ni económica.

Ni tecnológica.

Tal vez sea mucho más sencilla.

¿Sigue creyendo la Iglesia exactamente aquello que proclamó durante veinte siglos?

¿Sigue creyendo en la resurrección de Cristo?

¿Sigue creyendo en la resurrección de los muertos?

¿Sigue creyendo en el juicio final?

¿Sigue creyendo en la vida eterna?

¿Sigue creyendo que el hombre necesita salvación?

¿Sigue creyendo que Cristo es el único camino hacia ella?

Porque si la respuesta es afirmativa, entonces todas las demás cuestiones ocupan el lugar que les corresponde: importante, pero secundario.

Y si la respuesta deja de ser clara, entonces el problema ya no afecta únicamente a un pontificado.

Afecta a la propia identidad del catolicismo.

Epílogo: la roca y las olas

Las olas cambian.

Las modas cambian.

Las ideologías cambian.

Los gobiernos cambian.

Los imperios cambian.

Los pontífices cambian.

Las generaciones cambian.

Todo cambia.

La Iglesia ha atravesado invasiones, herejías, cismas, persecuciones, revoluciones y guerras.

Ha sobrevivido a emperadores, reyes, dictadores y partidos.

Ha sobrevivido incluso a algunos de sus propios errores.

La razón de esa supervivencia nunca fue la habilidad política.

Nunca fue la popularidad.

Nunca fue la adaptación.

Nunca fue el éxito mediático.

Fue la convicción de custodiar una verdad que no dependía de las circunstancias históricas.

Una verdad que podía dialogar con cada época sin convertirse en esclava de ninguna.

Por eso la cuestión fundamental sigue siendo la misma que formuló Cristo en Cesarea de Filipo hace dos mil años:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

La respuesta a esa pregunta sigue determinando el destino de cada creyente.

Y también el destino de la Iglesia.

Porque el futuro del catolicismo no dependerá de la cantidad de aplausos que reciba un Papa.

Dependerá de si continúa señalando hacia Cristo o acaba siendo contemplado como el espectáculo principal.

La misión de Pedro nunca consistió en ocupar el lugar del Maestro.

Consistió en conducir hacia Él.

Y quizá ésa sea, hoy más que nunca, la cuestión decisiva.

VII. ¿DÓNDE ESTÁN?

La Iglesia española entre la visibilidad mediática y la desaparición silenciosa de los fieles

Llegados a este punto del ensayo, conviene abandonar durante unos momentos las grandes cuestiones teológicas y volver la mirada hacia una realidad mucho más concreta.

España.

Porque la pregunta central que hemos venido formulando —¿siguen a Cristo o a una estrella pop?— adquiere en nuestro país una dimensión particularmente inquietante.

La reciente visita de León XIV ha mostrado imágenes impresionantes.

Plazas abarrotadas.

Avenidas repletas.

Miles de jóvenes.

Multitudes entusiastas.

Aplausos interminables.

Cobertura mediática constante.

Un ambiente que parecía sugerir una extraordinaria vitalidad religiosa.

Pero precisamente por eso resulta obligado formular una pregunta incómoda.

¿Dónde están esas multitudes el resto del año?

¿Dónde están el domingo siguiente?

¿Dónde están durante el resto del mes?

¿Dónde están durante el resto del curso?

¿Dónde están cuando termina el acontecimiento extraordinario y regresa la vida ordinaria?

Porque la salud real de una comunidad religiosa no se mide en las concentraciones excepcionales.

Se mide en la vida cotidiana.

Y la realidad cotidiana de la Iglesia española resulta difícil de ocultar.

Basta entrar en la inmensa mayoría de las parroquias cualquier domingo del año.

Las iglesias se vacían.

La edad media aumenta.

Los niños escasean.

Los adolescentes son excepcionales.

Los jóvenes prácticamente han desaparecido.

Y en no pocas parroquias la asistencia se sostiene gracias a personas de edad avanzada, muy especialmente mujeres mayores que continúan manteniendo viva una fe que las generaciones posteriores parecen haber abandonado.

Ellas siguen asistiendo a misa.

Ellas sostienen muchas cofradías.

Ellas participan en la catequesis.

Ellas colaboran en Cáritas.

Ellas organizan actividades parroquiales.

Ellas mantienen abiertas muchas iglesias.

Y la pregunta inevitable surge por sí sola.

¿Qué ocurrirá cuando desaparezcan?

Los católicos no practicantes

Durante décadas España ha desarrollado una figura sociológica extraordinariamente peculiar.

El católico no practicante.

Millones de españoles continúan declarándose católicos.

Pero apenas participan en la vida sacramental.

No asisten regularmente a misa.

No se confiesan.

No conocen el Catecismo.

No leen las Escrituras.

No mantienen una vida espiritual reconocible.

Sin embargo, siguen considerándose católicos.

¿Por qué?

Porque para muchos el catolicismo ha dejado de ser una fe para convertirse en una identidad cultural.

Una herencia.

Una tradición.

Una referencia histórica.

Algo parecido a un patrimonio familiar o nacional.

No una adhesión consciente a una verdad religiosa.

Y esto explica muchas de las contradicciones actuales.

Personas que se declaran católicas y al mismo tiempo defienden el aborto.

Personas que se consideran católicas y apoyan la eutanasia.

Personas que se identifican como católicas y rechazan elementos fundamentales del Credo.

Personas que bautizan a sus hijos pero jamás vuelven a pisar una iglesia.

Personas que celebran bodas religiosas mientras consideran irrelevante el matrimonio cristiano.

La etiqueta permanece.

La fe desaparece.

La insignificante capacidad de influencia

Existe además una cuestión que pocas veces se aborda con sinceridad.

La escasísima capacidad de influencia efectiva que hoy posee la Iglesia Católica en España.

Durante décadas se ha repetido que la Iglesia conserva un enorme poder.

Que controla la enseñanza.

Que condiciona la vida pública.

Que influye decisivamente en la política.

Pero los hechos parecen apuntar exactamente en dirección contraria.

Si la Iglesia posee semejante influencia, resulta difícil explicar la evolución de la legislación española.

El aborto.

La eutanasia.

La redefinición jurídica del matrimonio.

La ideología de género.

El hundimiento de la natalidad.

La expansión de la pornografía.

La desaparición práctica de la confesión sacramental.

La secularización acelerada de la sociedad.

La ignorancia religiosa generalizada.

Todo parece indicar que la influencia cultural real de la Iglesia es hoy extraordinariamente reducida.

Mucho menor de lo que afirman sus adversarios.

Y probablemente mucho menor de lo que creen algunos de sus propios dirigentes.

Las clases de religión: una oportunidad desperdiciada

La enseñanza religiosa constituye otro ejemplo particularmente revelador.

Millones de alumnos han pasado durante décadas por las aulas de religión.

Sin embargo, los resultados son difíciles de considerar satisfactorios.

Generaciones enteras han recibido enseñanza religiosa durante años.

Y aun así desconocen aspectos básicos de la fe cristiana.

Ignoran el contenido del Credo.

Desconocen la doctrina social de la Iglesia.

Jamás han leído una encíclica.

No comprenden los sacramentos.

Confunden el cristianismo con una vaga ética humanitaria.

Resulta inevitable preguntarse qué ha fallado.

Porque si después de años de enseñanza religiosa el resultado es una población que apenas conoce los fundamentos de su propia tradición espiritual, quizá el problema no sea únicamente de medios o recursos.

Quizá sea también de contenidos, de prioridades y de objetivos.

El gran fracaso de la pastoral familiar

Pero posiblemente el ejemplo más llamativo sea el de la familia.

La familia ocupa un lugar central en la doctrina católica.

La Iglesia lleva más de un siglo proclamando su importancia.

Y, sin embargo, precisamente en este ámbito es donde encontramos una de las contradicciones más sorprendentes.

España dispone de un magnífico Directorio de Pastoral Familiar.

Un documento doctrinalmente sólido.

Profundo.

Bien elaborado.

Fruto de décadas de reflexión.

Pero da la impresión de permanecer guardado en algún archivo eclesiástico como una reliquia olvidada.

Algo parecido sucede con los Centros Diocesanos de Orientación Familiar.

Formalmente existen.

Institucionalmente funcionan.

Pero la inmensa mayoría de los católicos ignora su existencia.

Y lo más preocupante es que incluso numerosos sacerdotes apenas los conocen o jamás derivan hacia ellos a matrimonios en crisis.

Mientras tanto, las rupturas familiares aumentan.

Los matrimonios disminuyen.

La natalidad se desploma.

La soledad se extiende.

La fragilidad afectiva se multiplica.

Y precisamente las estructuras destinadas a fortalecer la familia permanecen prácticamente invisibles.

Los medios de información de la Iglesia: ¿evangelización o adaptación?

A todo ello debe añadirse otra cuestión particularmente delicada.

Los medios de información vinculados a la Conferencia Episcopal.

La pregunta resulta inevitable.

¿Para qué existen?

La respuesta teórica parece evidente.

Para evangelizar.

Para formar.

Para transmitir la doctrina.

Para fortalecer la fe.

Para ofrecer una interpretación cristiana de la realidad.

Pero muchos fieles perciben algo distinto.

Observan cómo determinados espacios incorporan regularmente a personas que sostienen posiciones frontalmente incompatibles con la doctrina católica.

Partidarios del aborto.

Defensores de la eutanasia.

Promotores de la denominada perspectiva de género.

Intelectuales abiertamente secularistas.

Políticos que respaldan legislaciones contrarias a las enseñanzas morales de la Iglesia.

Naturalmente, escuchar opiniones discrepantes no constituye un problema.

La Iglesia siempre ha dialogado con quienes piensan de forma diferente.

El problema no es el diálogo.

El problema es su finalidad.

Porque existe una diferencia enorme entre dialogar para evangelizar y dialogar para adaptarse.

Entre confrontar ideas y diluirlas.

Entre presentar la verdad cristiana y limitarse a participar en una conversación donde todas las posiciones aparecen como igualmente válidas.

Muchos católicos tienen la impresión de que algunos medios eclesiales han terminado adoptando los mismos criterios que los medios generalistas.

Buscar audiencia.

Evitar conflictos.

No incomodar.

No parecer excesivamente doctrinales.

No resultar demasiado exigentes.

No provocar rechazo.

Y entonces surge una pregunta incómoda.

Si los medios de la Iglesia terminan pareciéndose cada vez más a los medios seculares, ¿qué necesidad existe de que sean medios eclesiales?

La paradoja final

Nunca la Iglesia española dispuso de tantos medios de comunicación.

Nunca tuvo tantas posibilidades técnicas.

Nunca pudo llegar a tantas personas simultáneamente.

Y, sin embargo, la práctica religiosa disminuye.

Las vocaciones disminuyen.

Los matrimonios sacramentales disminuyen.

La natalidad disminuye.

La presencia juvenil disminuye.

La formación religiosa disminuye.

La influencia cultural disminuye.

Todo disminuye.

Salvo la capacidad para organizar grandes acontecimientos puntuales.

Y aquí regresamos a la pregunta inicial.

No cuántos jóvenes acudieron a ver al Papa.

Sino cuántos seguirán siendo cristianos dentro de veinte años.

No cuántos llenaron una plaza.

Sino cuántos transmitirán la fe a sus hijos.

No cuántos aplaudieron.

Sino cuántos creen realmente.

Porque una multitud puede llenar una avenida durante unas horas.

Pero una civilización sólo se mantiene cuando transmite sus creencias a la siguiente generación.

Y ésa parece ser precisamente la cuestión que hoy permanece sin respuesta.

La verdadera crisis de la Iglesia española no parece ser una crisis de visibilidad.

Es una crisis de transmisión.

Y ninguna institución sobrevive indefinidamente cuando deja de transmitir aquello para lo que existe.

Quizá por eso la pregunta decisiva no sea cuántos españoles acudieron a aclamar a León XIV.

La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Cuántos de ellos estarán dentro de diez años sentados en un banco de iglesia, acompañados por sus hijos y sus nietos, profesando el mismo Credo que hoy dicen aplaudir?

Porque de esa respuesta depende mucho más que el éxito de una visita papal.

Depende el futuro mismo del catolicismo en España.

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