CUANDO FELIPE VI USABA “PALETÓ”
De Fernando VII, “el rey felón”, a la monarquía domesticada del siglo XXI
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Hace no tantos años, la canción infantil «Cuando Fernando VII usaba paletó, paletó…» todavía resonaba en patios de colegio, calles y plazas de media España. Los niños la repetíamos jugando con las vocales:
«Canda Farnanda Sáptama asaba palatá…»
Casi ninguno sabía qué demonios era un “paletó”, aunque la propia canción dejaba claro que se trataba de algo viejo, ridículo y pasado de moda.
La palabra venía del francés paletot: una especie de gabán o abrigo grueso muy utilizado en Francia. Pero lo importante no era la prenda, sino la mala leche popular escondida en la copla. Porque aquella canción era una burla dirigida contra Fernando VII, seguramente uno de los peores reyes que ha padecido España.
Un personaje fofo, intrigante, traicionero, enfermizamente aferrado al poder y dispuesto a vender a cualquiera —incluido su padre— con tal de sentarse en el trono.
No por casualidad pasó a la historia como “el rey felón”.
El rey que conspiraba mientras España sangraba
Mientras el pueblo español combatía contra las tropas napoleónicas y se desangraba en la Guerra de Independencia, Fernando VII maniobraba en Bayona esperando que Napoleón le devolviera la Corona.
Creía que el emperador francés lo convertiría en rey tras apartar a su padre, Carlos IV de España. Pero Napoleón tenía otros planes y colocó en el trono a su hermano Joseph Bonaparte, el popular “Pepe Botella”, aunque probablemente bebiera menos que muchos patriotas de taberna que lo insultaban.
Aquello provocó el vacío de poder, el levantamiento popular y el nacimiento de las juntas patrióticas que acabarían alumbrando la Constitución de Cádiz de 1812.
España parecía despertar.
Parecía que, tras siglos de atraso, surgía por fin una nación moderna, constitucional y capaz de ponerse al nivel de las grandes potencias europeas.
Pero entonces volvió Fernando VII.
Y con él regresaron el absolutismo, la persecución política, la restauración inquisitorial, la represión de liberales y el miserable grito de «¡Vivan las caenas!».
Mientras Europa avanzaba hacia la revolución industrial, el parlamentarismo y la modernización económica, España volvía a hundirse en el atraso, el fanatismo y el despotismo cortesano.
Muchos historiadores consideran que allí empezó buena parte de la decadencia española contemporánea.
Dos siglos después, otra corte encapsulada
Naturalmente, la España actual no es la de Fernando VII.
Pero las naciones suelen repetir ciertos vicios históricos bajo disfraces distintos.
Y hoy vuelve a extenderse una sensación inquietante: la de una monarquía encerrada en una burbuja cortesana, cuidadosamente aislada del desastre nacional.
No en Bayona, sino en un universo paralelo de protocolo, asesores, discursos esterilizados, fotografías impecables y obediencia absoluta al pensamiento obligatorio de las élites políticas, mediáticas y burocráticas.
Mientras España atraviesa probablemente la mayor degradación institucional desde la muerte del General Franco, la Corona parece más preocupada por resultar simpática a Bruselas, a las televisiones y a los predicadores de moda que por ejercer verdadera autoridad moral.
El gran problema de Felipe VI
El problema de Felipe VI no es la falta de preparación, ni de inteligencia, ni siquiera de buenas maneras.
El problema es otro mucho más grave:
Cada vez parece menos rey y más funcionario ceremonial del sistema.
España se cae a pedazos institucionalmente:
— corrupción descomunal;
— deuda gigantesca;
— separatismo premiado;
— justicia degradada;
— enseñanza arruinada;
— desplome demográfico;
— pérdida de soberanía económica y energética;
— censura disfrazada de “delitos de odio”;
— medios subvencionados;
— administración convertida en agencia de colocación de partidos;
— saqueo fiscal creciente;
— deterioro cultural acelerado.
Y mientras todo eso sucede, la Jefatura del Estado parece limitada a inaugurar congresos, leer discursos huecos y repetir las consignas aceptables del momento:
Cambio climático, inclusión, igualdad, resiliencia emocional, sostenibilidad planetaria y demás catecismos del nuevo clericalismo progresista.
La influencia de Letizia
Aquí aparece inevitablemente la figura de Letizia Ortiz.
Durante años se nos vendió como símbolo de modernidad: periodista, divorciada, profesional, preparada, contemporánea.
Y probablemente ahí reside precisamente el problema.
Porque la Casa Real parece haberse ido transformando poco a poco en una institución obsesionada por agradar a los fabricantes de opinión: periodistas domesticados, políticos de salón, burócratas internacionales y tertulianos de pensamiento prefabricado.
La Corona ya no transmite sensación de continuidad histórica ni de autoridad nacional.
Transmiten otra cosa:
prudencia cobarde, cálculo permanente y miedo enfermizo a disgustar al poder político dominante.
La paradoja resulta grotesca.
Para sobrevivir, la monarquía intenta parecerse cada vez más a quienes jamás serán monárquicos.
Una Corona que ya no incomoda a nadie
Y esa es quizá la señal más preocupante.
Cuando la monarquía podía representar un freno, un contrapeso o un símbolo nacional incómodo para el poder, era atacada ferozmente.
Ahora muchos de sus antiguos enemigos la toleran encantados.
¿Por qué?
Porque ya no la consideran peligrosa.
La gran excepción fue el discurso del 3 de octubre de 2017 tras el golpe separatista catalán.
Aquel día muchos españoles creyeron ver, por fin, un rey dispuesto a ejercer autoridad moral.
Pero aquello quedó en un espejismo aislado.
Después volvió el silencio.
Silencio ante el deterioro institucional.
Silencio ante el reparto faccioso del Estado.
Silencio ante los pactos con separatistas.
Silencio ante la corrupción creciente.
Silencio ante la demolición cultural y educativa.
Silencio ante el saqueo económico de las clases medias.
Muchos españoles empiezan a preguntarse qué sentido tiene una monarquía que jamás incomoda al poder.
Cuando Felipe VI usaba “paletó”
Y ahí vuelve a resonar la vieja canción sobre Fernando VII.
Porque las coplas satíricas no nacen cuando el pueblo admira a sus gobernantes.
Nacen cuando empieza a perderles el respeto.
Cuando percibe distancia, debilidad, ridiculez o desconexión con la realidad nacional.
Por eso quizá dentro de unos años alguien recuerde esta época con otra versión adaptada:
Cuando Felipe Sexto usaba sermón, sermón,
cuando Felipe Sexto usa sermón…
España entera se deshacía,
y en Zarzuela hablaban de inclusión.
O quizá esta otra:
Cuando a Felipe Sexto le escribían el guion, el guion,
le escribían el guion…
la patria ardía por los costados,
y él recitaba corrección.
Porque las monarquías rara vez desaparecen de golpe.
Muchas veces mueren lentamente, convertidas en decorado institucional, protocolo vacío y fotografía cuidadosamente iluminada.
Y entonces el pueblo, como tantas veces en España, termina dictando sentencia no en tratados políticos, sino en canciones burlonas.