LAS MEDIAS VERDADES SON MENTIRAS
Aventuras y desventuras de un sociólogo que llegó a un plató de televisión creyendo que iba a hablar de los datos de un estudio de opinión…
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas
Del sociólogo que leyó el informe completo a la gran cuestión de nuestro tiempo: ¿quién decide qué puede saber el ciudadano?
Un sociólogo acude a un plató de televisión para comentar una gran encuesta sobre valores sociales.
Nada extraordinario.
O eso cree.
Mientras espera el comienzo del programa, recibe por error una documentación interna de la cadena.
Entre los gráficos y anotaciones descubre algo sorprendente.
Los datos que van a presentarse al público son reales.
Pero no son todos.
Algunas variables importantes han desaparecido.
Algunas correlaciones significativas no figuran en los titulares.
Determinadas conclusiones han sido cuidadosamente minimizadas.
Y en una de las páginas aparece una instrucción reveladora:
«No destacar estos resultados.»
Aquella frase constituye el punto de partida de este artículo.
Porque resume uno de los problemas fundamentales de nuestro tiempo.
No vivimos principalmente bajo la amenaza de las mentiras abiertas.
Vivimos rodeados de medias verdades.
Y las medias verdades son mucho más peligrosas que las mentiras completas.
La mentira abierta puede ser desmontada.
La media verdad contiene elementos ciertos.
Precisamente por eso resulta más creíble.
Más persuasiva.
Más difícil de detectar.
No destruye la realidad.
La mutila.
No elimina los hechos.
Los selecciona.
No oculta necesariamente la información.
Administra cuidadosamente su importancia.
La manipulación moderna
La censura clásica consistía en prohibir libros, clausurar periódicos o encarcelar periodistas.
La manipulación contemporánea suele operar de forma mucho más sofisticada.
No prohíbe.
Selecciona.
No elimina datos.
Jerarquiza datos.
No impide que una información exista.
Simplemente procura que nadie le preste demasiada atención.
La diferencia parece pequeña.
Pero sus consecuencias son enormes.
Porque en una sociedad saturada de información, quien controla la atención controla buena parte de la percepción colectiva.
Los ciudadanos creen estar contemplando la realidad.
Con frecuencia contemplan una versión cuidadosamente editada de la realidad.
La mentira noble de Platón
El problema no es nuevo.
Hace más de dos mil años, Platón planteó en La República la idea de la «mentira noble».
Según esta concepción, los gobernantes podrían encontrarse legitimados para difundir determinados relatos si ello contribuía al bien común.
La cuestión parece razonable.
Hasta que aparece una pregunta inevitable:
¿Quién decide qué mentira es noble?
¿Quién determina qué parte de la verdad puede conocer el pueblo?
¿Quién establece los límites entre protección y manipulación?
Desde entonces, la Historia ha estado llena de personas convencidas de que poseían derecho a administrar la realidad en nombre de los demás.
Leo Strauss y los dos niveles de verdad
El filósofo Leo Strauss observó que muchos autores clásicos escribían simultáneamente para dos públicos.
Uno amplio.
Otro reducido.
Un mensaje visible.
Otro reservado a quienes sabían leer entre líneas.
La observación resulta especialmente pertinente en la actualidad.
Con demasiada frecuencia parece existir una información destinada al ciudadano corriente y otra reservada a expertos, administraciones y élites políticas.
Una realidad para consumo público.
Y otra para uso interno.
La diferencia entre ambas constituye uno de los principales focos de desconfianza institucional de nuestro tiempo.
Stalin, Goebbels y la administración de la realidad
Los grandes totalitarismos del siglo XX llevaron estas prácticas hasta extremos monstruosos.
En la Unión Soviética de Stalin se retocaban fotografías, se reescribían biografías y se modificaban estadísticas.
En la Alemania nazi, Goebbels comprendió que controlar la información significaba controlar la percepción de la realidad.
Naturalmente, las democracias occidentales actuales no son sistemas totalitarios.
Pero eso no significa que estén inmunizadas frente a determinadas tentaciones.
La tentación de seleccionar hechos.
La tentación de ocultar contextos.
La tentación de construir relatos antes de examinar la realidad.
La tentación de administrar percepciones.
Orwell y el poder del lenguaje

George Orwell comprendió que la manipulación no comienza con las estadísticas.
Comienza con las palabras.
Quien controla el lenguaje condiciona el pensamiento.
Quien condiciona el pensamiento influye sobre la percepción de la realidad.
Por eso las sociedades modernas dedican tanta energía a redefinir términos, modificar significados y establecer vocabularios obligatorios.
Porque las palabras nunca son neutrales.
Son las herramientas mediante las cuales interpretamos el mundo.
La damnatio memoriae y el control del pasado

Los romanos practicaban la damnatio memoriae.
Cuando alguien caía en desgracia, sus estatuas eran destruidas y su nombre eliminado de las inscripciones.
El objetivo era sencillo.
Controlar el pasado.
Los métodos modernos son menos espectaculares.
Pero la lógica sigue siendo la misma.
Cambios de nombres.
Revisión de símbolos.
Reinterpretación institucional de acontecimientos históricos.
Legislación memorialista.
Políticas públicas orientadas a construir determinados relatos históricos.
Toda democracia tiene derecho a investigar su pasado.
Pero ninguna democracia debería olvidar que la Historia pertenece a los historiadores y a los documentos, no a los gobiernos.
Cuando el poder político pretende convertirse en árbitro de la memoria colectiva, aparece inevitablemente el riesgo de una nueva forma de damnatio memoriae.
Más elegante.
Más burocrática.
Pero impulsada por la misma ambición.
España y la administración del relato
El caso español resulta particularmente interesante.
Durante los últimos años hemos asistido a una creciente importancia de la comunicación política.
La política ya no consiste únicamente en gobernar.
Consiste también en gestionar percepciones.
Narrativas.
Marcos interpretativos.
Relatos.
La propia palabra «relato» se ha convertido en una de las más utilizadas de la vida pública.
Todo parece reducirse a una lucha entre versiones rivales de la realidad.
Mientras tanto, cuestiones como la independencia de los medios financiados con fondos públicos, el papel del CIS, la proliferación de observatorios, verificadores y organismos de supervisión ideológica o las controversias en torno a la memoria democrática plantean preguntas legítimas sobre los límites entre información, pedagogía política y propaganda.
No se trata de afirmar que exista una conspiración centralizada.
Las conspiraciones suelen ser explicaciones demasiado simples.
El fenómeno es mucho más complejo.
Y quizá más preocupante.
Se trata de una cultura.
Una mentalidad.
Una tendencia creciente a considerar que los ciudadanos necesitan ser protegidos de determinadas conclusiones.
El ciudadano considerado menor de edad
Aquí aparece la cuestión central del ensayo.
¿Consideramos a los ciudadanos adultos o menores de edad?
Si los consideramos menores de edad, parece razonable filtrar la información.
Seleccionar datos.
Administrar relatos.
Corregir interpretaciones.
Si los consideramos adultos, la conclusión es exactamente la contraria.
Debemos proporcionarles toda la información relevante.
Incluso la incómoda.
Incluso la desagradable.
Incluso aquella que contradice nuestras propias convicciones.
Porque la libertad implica precisamente eso.
La posibilidad de enfrentarse a la realidad sin tutelas.
Solzhenitsyn y el deber de no vivir según la mentira
El gran disidente soviético Aleksandr Solzhenitsyn formuló una de las exigencias morales más importantes del siglo XX:
«No vivir según la mentira.»
No pedía heroísmo.
No pedía revoluciones.
No pedía sacrificios extraordinarios.
Pedía algo mucho más sencillo.
Negarse a colaborar con la falsedad.
Negarse a repetir aquello que sabemos que no es cierto.
Negarse a aceptar que la conveniencia política sustituya a la verdad.
La lección sigue siendo plenamente vigente.
La gran pregunta
Al final, todo el ensayo gira alrededor de una única cuestión.
Una pregunta aparentemente sencilla.
Pero decisiva.
¿Quién debe decidir qué puede saber el ciudadano?
¿El propio ciudadano?
¿O quienes afirman saber mejor que él lo que le conviene conocer?
De la respuesta a esa pregunta depende mucho más que una encuesta, una noticia o un debate televisivo.
Depende la calidad de nuestra democracia.
Depende la calidad de nuestra libertad.
Y depende, en última instancia, nuestra capacidad para distinguir entre la realidad y el relato.
Porque las mentiras son peligrosas.
Pero las medias verdades lo son mucho más.
Y una sociedad que termina sustituyendo los hechos por narrativas cuidadosamente administradas corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que la realidad posee una desagradable costumbre:
Siempre termina regresando.
Y cuando regresa, suele presentar la factura completa.
SI QUIERES PROFUNDIZAR Y SABER MÁS, SIGUE LEYENDO

I. El informe que no debía haber leído
El sociólogo llegó al plató media hora antes del comienzo del programa.
Era una costumbre profesional.
Le gustaba llegar pronto.
Observar.
Escuchar.
Tomar un café mientras repasaba tranquilamente las cifras.
Aquella noche iba a participar en un debate sobre una gran encuesta nacional.
Uno de esos estudios que pretenden tomar el pulso moral de una sociedad.
Violencia.
Intolerancia.
Delincuencia.
Fracaso escolar.
Actitudes hacia la familia.
Percepción de la inmigración.
Religión.
Identidad nacional.
Valores políticos.
Nada especialmente extraordinario.
Al menos en apariencia.
Mientras esperaba en la sala de invitados, un joven ayudante de producción dejó sobre la mesa una carpeta.
—Creo que esto también es para usted.
El muchacho desapareció antes de que pudiera preguntarle nada.
El sociólogo abrió el documento.
Pensó que sería la habitual nota de prensa.
Un resumen ejecutivo.
Un conjunto de gráficos preparados para facilitar el debate.
Pero no era eso.
Era algo mucho más interesante.
Una presentación interna.
Destinada a redactores.
Productores.
Responsables editoriales.
No al público.
Y probablemente tampoco a los invitados.
Comenzó a leer.
Al principio no observó nada extraño.
Los gráficos coincidían con los difundidos durante toda la semana.
Los mismos porcentajes.
Las mismas tendencias.
Las mismas conclusiones.
Pero conforme avanzaba encontró algo inesperado.
Había tablas completas que jamás habían aparecido en los informativos.
Variables que no figuraban en ninguna noticia.
Correlaciones llamativas completamente ausentes de los titulares.
Y entonces encontró algo todavía más revelador.
Una anotación en uno de los márgenes.
Una observación interna.
Una instrucción dirigida a periodistas y redactores.
Pocas palabras.
Pero suficientes.
«No destacar estos resultados.»
El sociólogo volvió a leer la frase.
Después observó las tablas a las que hacía referencia.
Y comprendió inmediatamente por qué alguien prefería que permanecieran ocultas.
Porque complicaban la historia.
Porque introducían matices.
Porque cuestionaban la explicación oficial.
Porque obligaban a pensar.
Y pensar siempre es peligroso para quienes prefieren administrar conclusiones.
II. El debate ya estaba decidido
A través del cristal observó el estudio.
Los focos iluminaban la mesa principal.
Los presentadores repasaban sus notas.
Los maquilladores daban los últimos retoques.
Los técnicos comprobaban el sonido.
Todo parecía perfectamente normal.
Y sin embargo ya no veía lo mismo.
Porque acababa de descubrir algo esencial.
El programa no iba a consistir en averiguar qué decían los datos.
El programa iba a consistir en confirmar una conclusión previamente elegida.
La encuesta era simplemente la excusa.
Los números eran el decorado.
La conclusión ya estaba escrita.
Sólo faltaba representarla ante millones de espectadores.
Aquello le recordó una observación de George Orwell.
En los regímenes abiertamente autoritarios el poder prohíbe determinadas opiniones.
En las sociedades modernas suele bastar algo mucho más sencillo.
Ignorarlas.
Silenciarlas.
No invitarlas.
No mencionarlas.
No destacarlas.
La censura más eficaz no consiste en impedir hablar.
Consiste en decidir qué merece ser escuchado.
III. Cuando la realidad resulta incómoda
La historia oficial que aquella noche se iba a presentar era simple.
Demasiado simple.
Como todas las explicaciones ideológicas.
Los problemas detectados por la encuesta tenían un culpable claramente identificado.
Las redes sociales.
Determinados influenciadores.
La denominada extrema derecha.
La masculinidad tóxica.
La desinformación.
Todo encajaba perfectamente.
El problema era que los datos completos contaban una historia bastante más compleja.
Algunas de las diferencias más llamativas aparecían asociadas a factores culturales.
Otras a factores religiosos.
Otras a la estructura familiar.
Otras al nivel educativo.
Otras a variables que prácticamente nunca aparecían en los titulares.
La realidad se negaba obstinadamente a comportarse como una consigna política.
Y eso suponía un problema.
Porque las consignas necesitan simplicidad.
La realidad, en cambio, suele presentarse llena de contradicciones.
IV. Platón entra en el plató
Mientras esperaba su turno, el sociólogo recordó algo leído muchos años atrás.
La famosa «mentira noble» de Platón.
En La República, Platón sugería que los gobernantes podrían verse obligados en determinadas circunstancias a difundir ciertos relatos beneficiosos para preservar la cohesión de la comunidad.
La idea ha fascinado y escandalizado a generaciones enteras.
Porque plantea una pregunta extraordinariamente incómoda.
¿Tiene derecho una élite a decidir qué parte de la verdad puede conocer el pueblo?
¿Puede ocultarse información en nombre del bien común?
¿Puede administrarse la realidad como quien administra un medicamento?
Quizá muchos de quienes trabajan hoy en medios de información responderían que jamás.
Y, sin embargo, numerosas decisiones editoriales parecen inspirarse precisamente en ese principio.
No se trata de mentir.
Se trata de proteger.
No se trata de engañar.
Se trata de evitar interpretaciones inconvenientes.
No se trata de ocultar.
Se trata de contextualizar.
Las palabras cambian.
La lógica permanece.
V. Leo Strauss y los dos públicos
Aquella reflexión condujo inevitablemente al sociólogo hacia otro pensador.
Leo Strauss.
Strauss observó que muchos autores clásicos escribían simultáneamente para dos públicos.
Uno amplio.
Otro restringido.
Existía un mensaje visible.
Y otro reservado para quienes estaban dispuestos a leer entre líneas.
El sociólogo contempló nuevamente el documento interno.
La comparación resultaba inevitable.
Una cosa era el mensaje destinado al público.
Otra muy distinta el análisis reservado a los profesionales.
Los ciudadanos recibirían una versión simplificada.
Filtrada.
Seleccionada.
Mientras que la complejidad real quedaría encerrada en informes internos que jamás aparecerían en pantalla.
VI. Stalin, Goebbels y los administradores de la realidad

Naturalmente no estaba pensando en campos de concentración.
Ni en policías políticas.
Ni en totalitarismos.
Las comparaciones históricas exigen prudencia.
Pero también exigen memoria.
Porque el siglo XX enseñó algo importante.
La manipulación rara vez comienza con grandes mentiras.
Comienza con pequeñas omisiones.
Con silencios.
Con estadísticas seleccionadas.
Con fotografías cuidadosamente encuadradas.
Con hechos incómodos que desaparecen del relato.
En la Unión Soviética de Iósif Stalin se retocaban fotografías.
Se reescribían biografías.
Se corregían enciclopedias.
En la Alemania de Joseph Goebbels se comprendió que controlar la información significaba controlar la percepción de la realidad.
La lección continúa siendo válida.
Quien controla los marcos interpretativos no necesita controlar todos los hechos.
Le basta con decidir cuáles merecen atención.
VII. Las medias verdades son falsedades
A esas alturas el sociólogo ya había llegado a una conclusión.
Las mentiras son peligrosas.
Pero las medias verdades lo son mucho más.
Porque una mentira puede desmontarse.
Una media verdad exige descubrir aquello que falta.
Y eso requiere tiempo.
Conocimiento.
Esfuerzo.
Capacidad crítica.
Virtudes cada vez más escasas en una época dominada por titulares instantáneos y emociones rápidas.
Por eso las medias verdades constituyen una forma especialmente refinada de falsedad.
No niegan la realidad.
La mutilan.
No destruyen los hechos.
Los seleccionan.
No eliminan la verdad.
La administran.
VIII. La damnatio memoriae del siglo XXI
En ese momento el programa estaba a punto de comenzar.
Pero el sociólogo seguía pensando.
Pensaba en Roma.
Pensaba en la vieja damnatio memoriae.
Cuando un emperador caía en desgracia, sus estatuas eran destruidas.
Sus nombres borrados.
Sus imágenes eliminadas.
El poder intentaba gobernar el pasado.
La técnica ha cambiado.
La tentación sigue siendo la misma.
Hoy ya no se utilizan cinceles.
Se utilizan leyes.
Comisiones.
Observatorios.
Subvenciones.
Programas educativos.
Campañas institucionales.
La pregunta sigue siendo idéntica.
¿Debe el poder investigar el pasado?
Sin duda.
¿Debe facilitar el acceso a los archivos?
Por supuesto.
¿Debe proteger la investigación histórica?
Naturalmente.
Pero cuando el poder comienza a decidir qué interpretación histórica merece respaldo oficial y cuál debe ser marginada, aparece inevitablemente el riesgo de una nueva forma de damnatio memoriae.
Más burocrática.
Más elegante.
Más contemporánea.
Pero impulsada por la misma ambición.
Controlar el relato del pasado para influir sobre el presente.
IX. Pedro Sánchez y la memoria administrada

En España, el debate sobre la denominada memoria histórica y posteriormente memoria democrática ha puesto esta cuestión sobre la mesa.
Sus partidarios sostienen que estas políticas buscan reparar injusticias y dignificar a las víctimas.
Sus críticos consideran que existe el riesgo de construir una memoria oficial impulsada desde el poder político.
Más allá de la disputa partidista, la cuestión esencial permanece.
La Historia pertenece a los historiadores, a los archivos y a los hechos.
No a los gobiernos.
Porque los gobiernos son transitorios.
La investigación permanece.
Y toda democracia debería desconfiar profundamente de cualquier intento de convertir una interpretación histórica concreta en doctrina oficial.
X. El momento de la verdad
—Estamos en directo dentro de treinta segundos.
La voz del regidor interrumpió sus pensamientos.
El sociólogo cerró la carpeta.
Observó una vez más la anotación escrita en el margen.
«No destacar estos resultados.»
Sonrió.
No porque estuviera contento.
Sino porque acababa de comprender algo importante.
El problema de nuestro tiempo no es la escasez de información.
Es la administración de la información.
No es la falta de datos.
Es la selección de los datos.
No es la mentira.
Es la media verdad.
Y mientras caminaba hacia el plató comprendió que la libertad de una sociedad no depende únicamente de que sus ciudadanos puedan hablar.
Depende también de que puedan conocer.
Conocer todos los hechos relevantes.
No sólo aquellos que alguien considera convenientes.
Porque cuando la realidad es sustituida por el relato, los ciudadanos dejan de ser ciudadanos.
Y comienzan a convertirse en espectadores.
Exactamente eso era lo que estaba a punto de ocurrir al otro lado de las cámaras.
XI. El debate que nunca llegó a producirse
—Buenas noches, profesor. Gracias por acompañarnos.
El presentador sonreía.
La realización alternaba primeros planos.
Los focos iluminaban la mesa.
Las cámaras giraban suavemente.
Millones de espectadores contemplaban una escena aparentemente espontánea.
Pero el sociólogo ya sabía que aquello tenía poco de espontáneo.
Las preguntas estaban preparadas.
Los tiempos medidos.
Los enfoques seleccionados.
Los expertos cuidadosamente escogidos.
Todo respondía a una lógica.
No necesariamente a una conspiración.
Las conspiraciones suelen ser mucho menos frecuentes de lo que imaginan quienes las ven por todas partes.
Algo mucho más sencillo resulta suficiente.
La uniformidad ideológica.
La autocensura.
El pensamiento gregario.
La convicción compartida de que determinadas conclusiones son tan evidentes que ya no necesitan ser discutidas.
—Profesor, ¿a qué atribuye usted este preocupante aumento de la intolerancia?
La pregunta llegó exactamente donde él esperaba.
No le preguntaban qué decían los datos.
Le preguntaban por qué los datos confirmaban la interpretación previamente elegida.
Era una diferencia enorme.
Y profundamente reveladora.
El sociólogo respiró lentamente.
—Antes de responder, me gustaría hacer una observación.
Durante unos segundos el estudio quedó en silencio.
—He tenido ocasión de revisar el informe completo. No solamente el resumen distribuido a la prensa.
Los presentadores intercambiaron una mirada apenas perceptible.
—Y me ha llamado la atención que algunas de las variables más significativas prácticamente no han aparecido en el debate público.
El ambiente comenzó a cambiar.
Imperceptiblemente.
Pero comenzó a cambiar.
Porque acababa de suceder algo que nunca debería ocurrir en un debate cuidadosamente diseñado.
Alguien estaba introduciendo información no prevista en el guion.
XII. La mirada que incomoda
Lo curioso es que las sociedades modernas no suelen perseguir a quienes mienten.
Persiguen a quienes introducen complejidad.
El mentiroso resulta útil.
Confirma prejuicios.
Refuerza identidades.
Moviliza emociones.
El hombre que introduce matices, en cambio, resulta profundamente molesto.
Porque obliga a pensar.
Porque destruye consignas.
Porque transforma certezas en preguntas.
Y las preguntas son peligrosas.
Mucho más peligrosas que las respuestas.
Una respuesta puede repetirse mecánicamente.
Una pregunta obliga a reflexionar.
Por eso los sistemas ideológicos de cualquier signo detestan las preguntas inconvenientes.
No importa que sean de izquierdas.
De derechas.
Nacionalistas.
Globalistas.
Religiosos.
Laicos.
Todos desarrollan tarde o temprano la misma alergia.
La alergia a la complejidad.
XIII. El pecado de pensar
El sociólogo recordó entonces una observación atribuida a diversos pensadores clásicos:
Pensar consiste en conversar con uno mismo.
La frase suele atribuirse a Sócrates y fue retomada siglos después por Hannah Arendt.
Pensar significa precisamente eso.
Mantener una conversación interior.
Contrastar hipótesis.
Examinar pruebas.
Someter nuestras propias convicciones a crítica.
Sin embargo, las sociedades contemporáneas parecen exigir cada vez menos reflexión y cada vez más adhesión.
No importa tanto comprender.
Importa posicionarse.
No importa tanto conocer.
Importa alinearse.
No importa tanto averiguar qué ha ocurrido.
Importa decidir inmediatamente quiénes son los buenos y quiénes los malos.
Y cuando una sociedad sustituye la reflexión por el alineamiento tribal, el pensamiento crítico comienza a convertirse en una actividad sospechosa.
XIV. El Ministerio de la Verdad sin ministerio
George Orwell imaginó en 1984 un Ministerio de la Verdad encargado de reescribir continuamente la realidad.
Muchos lectores creen que aquella novela describía exclusivamente los regímenes totalitarios.
Probablemente se equivocan.
Orwell comprendió algo mucho más profundo.
La tentación permanente de controlar el lenguaje.
Porque quien controla las palabras termina condicionando las ideas.
Y quien controla las ideas termina condicionando la percepción de la realidad.
No hace falta un ministerio oficial.
No hace falta un comisario político sentado en cada redacción.
Basta algo mucho más eficaz.
Un conjunto de conceptos obligatorios.
Un vocabulario permitido.
Unas preguntas aceptables.
Unas respuestas socialmente autorizadas.
Y otras que conviene no formular.
XV. Cómo se fabrica una verdad oficial

El proceso suele desarrollarse en varias etapas.
Primero aparece una hipótesis.
Después se seleccionan los estudios compatibles con ella.
Posteriormente se destacan únicamente los datos favorables.
A continuación los medios repiten las mismas conclusiones.
Los expertos invitados pertenecen al mismo marco interpretativo.
Las discrepancias desaparecen progresivamente.
Finalmente la hipótesis deja de presentarse como hipótesis.
Se transforma en evidencia.
Después en consenso.
Y finalmente en dogma.
A partir de ese momento ya no es necesario refutar a los discrepantes.
Basta con etiquetarlos.
Desinformadores.
Negacionistas.
Ultras.
Conspiranoicos.
Reaccionarios.
Retrógrados.
El mecanismo cambia según la época.
La lógica permanece inalterable.
XVI. La verdad y el poder
Existe una razón por la que el poder político, económico e ideológico siempre intenta controlar la información.
La verdad posee una característica profundamente incómoda.
Es independiente de la voluntad.
Los hechos son indiferentes a nuestras preferencias.
No les importa nuestra ideología.
No les importa nuestra religión.
No les importa nuestro partido político.
Simplemente existen.
Y precisamente por eso constituyen un límite para cualquier poder.
El gobernante puede controlar presupuestos.
Puede controlar instituciones.
Puede controlar subvenciones.
Puede controlar organismos públicos.
Pero no puede controlar indefinidamente la realidad.
Puede retrasarla.
Puede ocultarla.
Puede disfrazarla.
Pero tarde o temprano termina reapareciendo.
Y cuando reaparece suele hacerlo de forma brutal.

XVII. La rebelión de los hechos
La Historia está llena de ejemplos.
Las economías socialistas ocultaban sistemáticamente sus ineficiencias.
Hasta que las estanterías vacías terminaron hablando por sí mismas.
Los regímenes totalitarios negaban sus fracasos.
Hasta que la realidad acababa imponiéndose.
Los gobiernos manipulan estadísticas.
Hasta que los ciudadanos comienzan a experimentar personalmente las consecuencias.
Los medios silencian determinados problemas.
Hasta que esos problemas llaman directamente a la puerta de millones de personas.
La realidad posee una extraordinaria capacidad de supervivencia.
Mucho mayor que cualquier relato.
Mucho mayor que cualquier propaganda.
Mucho mayor que cualquier campaña institucional.
XVIII. El ciudadano considerado menor de edad

Y quizá aquí se encuentra el núcleo del problema.
La idea de que el ciudadano necesita tutela.
La idea de que determinadas élites deben protegerlo de ciertas verdades.
La idea de que algunas conclusiones podrían resultar peligrosas si la población dispusiera de todos los datos.
Es exactamente la lógica de la mentira noble de Platón.
Exactamente la lógica que reaparece una y otra vez a lo largo de la Historia.
La convicción de que existe una minoría suficientemente ilustrada para administrar cuidadosamente la realidad.
Pero toda tutela intelectual encierra una paradoja.
Quienes afirman proteger al ciudadano terminan tratándolo como un menor de edad.
Y una democracia formada por menores de edad intelectuales deja de ser una democracia de ciudadanos libres.
Se convierte en una democracia tutelada.
XIX. La libertad comienza donde termina el discurso oficial.
El programa terminó.
Los focos se apagaron.
Los invitados comenzaron a abandonar el estudio.
El sociólogo recogió lentamente sus papeles.
La carpeta seguía allí.
La abrió una última vez.
Volvió a leer aquella anotación escrita en el margen.
«No destacar estos resultados.»
Quizá aquella frase resumía mejor que cualquier tratado de ciencia política uno de los problemas centrales de nuestra época.
No la mentira.
No la censura clásica.
No la prohibición.
Algo mucho más sofisticado.
La selección.
La administración.
La jerarquización interesada de los hechos.
Porque la libertad no desaparece únicamente cuando alguien nos impide hablar.
También desaparece cuando otros deciden qué parte de la realidad merece ser conocida.
Y toda sociedad que permita que unos pocos administren la verdad terminará viviendo rodeada de relatos.
Relatos cuidadosamente construidos.
Relatos emocionalmente eficaces.
Relatos políticamente útiles.
Pero cada vez más alejados de la realidad.
Y cuando la distancia entre la realidad y el relato se vuelve demasiado grande, siempre termina ocurriendo lo mismo.
La realidad acaba vengándose.
XX. Cuando el sociólogo llegó a España
Aquella noche, mientras regresaba a casa, el sociólogo no podía quitarse una idea de la cabeza.
Lo ocurrido en el plató no era una anomalía.
No era un accidente.
No era el resultado de un error puntual cometido por un redactor descuidado.
Era un síntoma.
La manifestación visible de un fenómeno mucho más amplio.
Y cuanto más reflexionaba sobre ello, más convencido estaba de que el problema trascendía con mucho aquella encuesta concreta.
Porque la misma lógica aparecía una y otra vez.
En distintos países.
En distintos medios.
En distintas instituciones.
Y también en España.
Quizá especialmente en España.
XXI. El país donde los datos siempre llegan acompañados de instrucciones de uso

Uno de los rasgos más llamativos de la vida pública española consiste en que los datos rara vez se presentan solos.
Suelen venir acompañados de un manual de interpretación.
No basta con informar.
Hay que explicar al ciudadano qué debe pensar acerca de aquello que acaba de conocer.
No basta con publicar una estadística.
Hay que suministrar simultáneamente la conclusión moral correspondiente.
No basta con presentar un problema.
Hay que identificar inmediatamente a los culpables autorizados.
Y, sobre todo, a los culpables prohibidos.
La secuencia suele repetirse con admirable regularidad.
Aparece un dato.
Se produce una reacción mediática.
Se selecciona un marco interpretativo.
Se repite hasta la saciedad.
Y finalmente la interpretación termina confundida con el propio dato.
Lo extraordinario es que millones de personas ya ni siquiera perciben la diferencia.
XXII. El CIS y la fabricación industrial de percepciones

El sociólogo pensó entonces en el CIS.
No porque el CIS invente necesariamente los datos.
La cuestión es mucho más interesante.
Y mucho más importante.
Toda encuesta comienza mucho antes de que se obtengan las respuestas.
Comienza cuando alguien decide qué preguntas formular.
Y cuáles no.
Cuando alguien decide qué asuntos merecen atención.
Y cuáles pueden permanecer fuera del cuestionario.
Cuando alguien establece el orden de las preguntas.
El contexto.
La redacción exacta.
Porque quien formula las preguntas condiciona parcialmente las respuestas.
Y quien selecciona las preguntas condiciona profundamente el debate posterior.
El problema no reside únicamente en lo que se pregunta.
Sino también en lo que nunca llega a preguntarse.
Porque aquello que no se mide termina desapareciendo del debate público.
Y aquello que desaparece del debate público acaba desapareciendo de la conciencia colectiva.
XXIII. RTVE, las televisiones públicas y el espejismo de la neutralidad

La cuestión adquiere una importancia especial cuando hablamos de medios financiados con dinero público.
La neutralidad absoluta probablemente no existe.
Todos los periodistas poseen opiniones.
Todos los redactores tienen prejuicios.
Todos los seres humanos contemplan la realidad desde una determinada perspectiva.
Lo preocupante aparece cuando determinados sesgos dejan de reconocerse como tales.
Cuando se transforman en ortodoxias.
Cuando determinadas posiciones políticas pasan a considerarse simplemente sentido común.
Cuando ciertas interpretaciones dejan de presentarse como interpretaciones y comienzan a presentarse como hechos.
Es entonces cuando la pluralidad desaparece sin necesidad de censura formal.
Porque todos los participantes creen sinceramente estar describiendo la realidad objetiva.
Y precisamente por eso nadie percibe el sesgo.
XXIV. La enseñanza de una sola historia

El problema no afecta únicamente a los medios de información.
También alcanza a la enseñanza.
Y aquí el sociólogo recordó una observación del escritor nigeriano Chimamanda Ngozi Adichie acerca del peligro de la historia única.
Toda realidad compleja admite múltiples perspectivas.
Múltiples matices.
Múltiples interpretaciones.
Sin embargo, las instituciones modernas muestran una creciente tendencia a simplificar.
A reducir.
A moralizar.
A convertir la Historia en una especie de catecismo cívico.
Ya no se trata de comprender.
Se trata de adherirse.
Ya no se trata de investigar.
Se trata de repetir.
Y cuando la enseñanza abandona la búsqueda de la verdad para abrazar la transmisión de dogmas, deja de formar ciudadanos.
Comienza a formar creyentes.
XXV. La memoria democrática y el control del pasado
Fue entonces cuando el sociólogo volvió a pensar en la vieja damnatio memoriae romana.
Porque pocas cuestiones ilustran mejor la tentación permanente de controlar el relato.
Los romanos destruían estatuas.
Eliminaban nombres.
Borraban inscripciones.
Intentaban reescribir retrospectivamente la memoria colectiva.
Los métodos modernos son distintos.
Pero la tentación sigue siendo la misma.
El poder político aspira constantemente a convertirse en árbitro del pasado.
A decidir qué merece ser recordado.
Qué debe olvidarse.
Qué interpretación resulta legítima.
Y cuál debe ser considerada sospechosa.
Las denominadas leyes de memoria histórica y memoria democrática han reabierto precisamente este debate.
Sus defensores las presentan como instrumentos de reparación moral.
Sus críticos las consideran mecanismos de construcción de una memoria oficial.
Pero la cuestión fundamental es anterior a cualquier partido político.
¿Debe una democracia promover investigaciones históricas?
Sin duda.
¿Debe facilitar el acceso a los archivos?
Naturalmente.
¿Debe proteger el trabajo de los historiadores?
Por supuesto.
Pero cuando el poder político comienza a establecer una interpretación preferente del pasado, aparece inevitablemente el riesgo de que la Historia deje de ser una investigación para convertirse en una doctrina.
Y las doctrinas rara vez toleran el disenso.
XXVI. Pedro Sánchez y el arte de gobernar el relato
Toda época genera sus propios mecanismos de legitimación.
Y todo poder intenta controlar, en mayor o menor medida, la narrativa que justifica su existencia.
El actual periodo político español no constituye una excepción.
Los gobiernos anteriores también intentaron influir sobre la opinión pública.
Todos los gobiernos lo hacen.
Pero resulta difícil ignorar hasta qué punto la política contemporánea gira alrededor de la gestión de percepciones.
La comunicación ha dejado de ser una herramienta auxiliar.
Se ha convertido en el núcleo mismo de la acción política.
Las ruedas de prensa sin preguntas.
Los argumentarios distribuidos simultáneamente.
Las campañas institucionales permanentes.
Los observatorios.
Los comisionados.
Los verificadores.
Los informes cuidadosamente seleccionados.
Todo ello responde a una misma lógica.
No basta con gobernar.
Hay que gobernar el relato sobre el gobierno.
No basta con actuar.
Hay que construir la interpretación de la actuación.
No basta con gestionar la realidad.
Hay que gestionar la percepción de la realidad.
Y ahí reside precisamente el peligro.
Porque cuando la percepción se vuelve más importante que los hechos, la política comienza a deslizarse hacia el terreno de la propaganda.
XXVII. El ciudadano frente al Ministerio Invisible de la Verdad

George Orwell imaginó un Ministerio de la Verdad visible.
Con edificios.
Funcionarios.
Archivos.
Jerarquías.
La realidad contemporánea es mucho más sofisticada.
No existe un único ministerio.
Existen cientos de pequeños centros de producción narrativa.
Universidades.
Fundaciones.
Observatorios.
Gabinetes de comunicación.
Departamentos institucionales.
Redacciones.
Plataformas digitales.
Verificadores.
Todos ellos contribuyen a definir qué asuntos merecen atención y cuáles no.
Qué preguntas son legítimas y cuáles resultan sospechosas.
Qué opiniones se consideran respetables y cuáles deben ser marginadas.
Nadie dirige necesariamente el proceso desde una sala secreta.
Y precisamente por eso resulta tan eficaz.
Porque la mayoría de quienes participan en él creen sinceramente estar defendiendo la verdad.
XXVIII. La rebelión de la realidad
Sin embargo, existe una mala noticia para todos los administradores de percepciones.
La realidad posee una extraordinaria capacidad de resistencia.
Puede ser ocultada durante un tiempo.
Puede ser maquillada.
Puede ser reinterpretada.
Puede ser disfrazada.
Pero no puede ser abolida.
Los problemas económicos terminan apareciendo.
Los errores políticos terminan manifestándose.
Las contradicciones terminan acumulándose.
Y llega un momento en que la distancia entre la realidad y el relato se vuelve demasiado grande.
Entonces ocurre algo interesante.
Los ciudadanos comienzan a confiar más en su experiencia personal que en las explicaciones oficiales.
Y cuando eso sucede, la credibilidad institucional empieza a erosionarse.
No porque la gente se vuelva irracional.
Sino porque observa con sus propios ojos aquello que se le había dicho que no existía.
XXIX. La primera obligación de una sociedad libre
El sociólogo llegó finalmente a una conclusión sencilla.
Una sociedad libre no necesita ciudadanos protegidos de la verdad.
Necesita ciudadanos capaces de enfrentarse a ella.
Toda ella.
La agradable y la desagradable.
La conveniente y la inconveniente.
La que confirma nuestras creencias y la que las destruye.
Porque la libertad comienza precisamente ahí.
En el reconocimiento de que ningún gobierno, ningún partido, ningún medio de información, ningún experto y ninguna élite poseen derecho a administrar la realidad en nombre del resto.
Los ciudadanos pueden equivocarse.
Sin duda.
Pero el remedio para el error nunca ha sido la tutela.
Siempre ha sido más conocimiento.
Más información.
Más debate.
Más libertad.
Y menos administradores de la verdad.
Porque las medias verdades son mentiras.
Y una democracia edificada sobre mentiras, por refinadas que sean, termina perdiendo la capacidad de distinguir entre la realidad y el relato.
Y cuando eso ocurre, la libertad misma comienza a convertirse en una ficción.
XXX. La estadística como instrumento de conocimiento… o de manipulación
El sociólogo llevaba muchos años trabajando con datos.
Precisamente por eso desconfiaba profundamente de quienes hablaban de ellos con excesiva seguridad.
Las estadísticas son herramientas extraordinariamente útiles.
Permiten descubrir patrones invisibles.
Detectar tendencias.
Contrastar hipótesis.
Corregir prejuicios.
Pero también pueden utilizarse para manipular.
No necesariamente mediante falsificaciones.
De hecho, las falsificaciones suelen ser el método más burdo y menos eficaz.
La manipulación verdaderamente sofisticada opera de otra manera.
Seleccionando muestras.
Eligiendo preguntas.
Agrupando categorías.
Ocultando variables.
Destacando unas cifras y silenciando otras.
El célebre estadístico británico Darrell Huff dedicó un libro entero a explicar cómo pueden utilizarse datos técnicamente correctos para inducir conclusiones profundamente engañosas.
Nada de esto constituye una novedad.
Lo novedoso es la escala.
Nunca en la Historia habían existido tantos datos.
Y quizá nunca había resultado tan sencillo construir relatos aparentemente irrefutables a partir de una selección interesada de esos mismos datos.
XXXI. Lo que no aparece en los titulares de los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas.

El sociólogo recordaba una vieja lección aprendida durante sus primeros años de investigación.
Cuando un periódico publica una estadística importante, la primera pregunta no debería ser:
«¿Es cierta?»
La primera pregunta debería ser:
«¿Qué falta aquí?»
Porque lo verdaderamente revelador suele encontrarse fuera del titular.
Fuera del gráfico principal.
Fuera de la nota de prensa.
Fuera del resumen ejecutivo.
La información más relevante suele esconderse en los anexos.
En las tablas completas.
En las notas metodológicas.
En las variables descartadas.
En las preguntas que nunca llegaron a formularse.
El ciudadano corriente rara vez tiene tiempo para examinar esos documentos.
Y precisamente por eso depende de la honestidad intelectual de quienes actúan como intermediarios.
Periodistas.
Académicos.
Analistas.
Expertos.
Cuando esos intermediarios cumplen correctamente su función, la sociedad se beneficia.
Cuando se convierten en guardianes ideológicos, el conocimiento comienza a degradarse.
XXXII. La nueva clase sacerdotal
Toda sociedad posee sacerdotes.
No necesariamente religiosos.
A veces son políticos.
A veces periodistas.
A veces profesores universitarios.
A veces expertos.
Personas cuya función consiste en interpretar la realidad para el resto.
Durante siglos fueron los teólogos.
Hoy suelen ser los especialistas mediáticos.
El problema aparece cuando estos nuevos sacerdotes dejan de considerarse servidores de la verdad y comienzan a considerarse guardianes de la virtud pública.
Porque entonces la información deja de evaluarse según su veracidad.
Y empieza a evaluarse según su utilidad moral o política.
¿Conviene difundir este dato?
¿Podría interpretarse mal?
¿Podría reforzar determinados prejuicios?
¿Podría beneficiar a nuestros adversarios?
La verdad deja de ser el criterio principal.
Pasa a ser sustituida por la conveniencia.
Y cuando la conveniencia sustituye a la verdad, la propaganda ya ha comenzado.
XXXIII. El miedo a la realidad

Quizá el fenómeno más llamativo de nuestra época sea el creciente miedo a los hechos.
No a los hechos falsos.
A los hechos verdaderos.
Porque ciertos hechos resultan incómodos.
Algunos cuestionan teorías.
Otros contradicen programas políticos.
Otros ponen en duda dogmas académicos.
Otros obligan a revisar creencias profundamente arraigadas.
La reacción natural de una mentalidad científica consiste en investigar más.
Analizar más.
Contrastar más.
La reacción ideológica suele ser distinta.
Silenciar.
Desacreditar.
Etiquetar.
Estigmatizar.
No se combate la interpretación.
Se combate la existencia misma del dato.
XXXIV. Cuando el lenguaje deja de describir y comienza a ocultar
George Orwell comprendió algo fundamental.
El deterioro intelectual de una sociedad suele comenzar por el lenguaje.
Cuando las palabras dejan de describir la realidad y empiezan a ocultarla, todo el edificio del conocimiento comienza a resquebrajarse.
Ya no existen problemas.
Existen desafíos.
Ya no existen fracasos.
Existen áreas de mejora.
Ya no existen errores.
Existen narrativas alternativas.
Ya no existen mentiras.
Existen desajustes comunicativos.
El lenguaje político moderno parece haber desarrollado una extraordinaria capacidad para evitar el contacto directo con los hechos.
Las palabras se vuelven progresivamente más abstractas.
Más ambiguas.
Más vaporosas.
Y cuanto más se alejan de la realidad concreta, más fáciles resultan de manipular.
XXXV. El imperio del relato
Hace apenas unas décadas la palabra «relato» pertenecía principalmente al ámbito literario.
Hoy parece haberse convertido en una categoría política fundamental.
Todo es relato.
La economía.
La Historia.
La inmigración.
La enseñanza.
La familia.
La delincuencia.
La religión.
La nación.
La realidad misma parece haber sido reducida a una competición entre relatos rivales.
La expresión resulta reveladora.
Porque implica que los hechos ocupan una posición secundaria.
Lo importante ya no es descubrir qué ocurre.
Lo importante es imponer una determinada interpretación de lo ocurrido.
El sociólogo observaba con cierta ironía esta evolución.
Porque los datos poseen una desagradable costumbre.
Se resisten obstinadamente a convertirse en relatos.
XXXVI. La corrupción de la inteligencia
Existe una forma de corrupción más peligrosa que la corrupción económica.
La corrupción intelectual.
La primera vacía bolsillos.
La segunda vacía cerebros.
La corrupción económica roba dinero.
La corrupción intelectual roba la capacidad de comprender.
Y una sociedad privada de esa capacidad termina convirtiéndose en presa fácil de cualquier demagogo.
De cualquier propagandista.
De cualquier vendedor de ilusiones.
La libertad política depende, en última instancia, de la libertad intelectual.
Y ésta exige una disposición permanente a enfrentarse con los hechos, incluso cuando resultan desagradables.
Especialmente cuando resultan desagradables.
XXXVII. La lección de Tocqueville
Mientras reflexionaba sobre todo ello, el sociólogo recordó una advertencia formulada hace casi dos siglos por Alexis de Tocqueville.
Tocqueville temía una nueva forma de despotismo.
No el despotismo brutal de los tiranos antiguos.
No el de las cárceles y las ejecuciones.
Algo mucho más suave.
Más amable.
Más paternalista.
Un sistema en el que los ciudadanos conservarían formalmente sus libertades mientras una compleja red de instituciones, expertos y administraciones iría guiando progresivamente sus opiniones y decisiones.
Un despotismo protector.
Un despotismo pedagógico.
Un despotismo que afirmaría actuar constantemente por el bien de los propios ciudadanos.
La descripción resulta inquietantemente actual.
XXXVIII. La rebelión del ciudadano corriente
Y, sin embargo, existe un límite que ninguna ingeniería social ha conseguido superar completamente.
La experiencia directa.
El ciudadano puede ser confundido durante un tiempo.
Puede ser desorientado.
Puede ser manipulado.
Pero sigue viviendo en el mundo real.
Sigue trabajando.
Pagando impuestos.
Educando hijos.
Buscando vivienda.
Intentando llegar a fin de mes.
Y cuando la distancia entre la experiencia cotidiana y el relato oficial se vuelve excesiva, algo empieza a romperse.
La confianza.
No necesariamente en un gobierno concreto.
Ni en un partido.
Ni en un medio.
La confianza en las instituciones en general.
Y recuperar esa confianza suele requerir décadas.
Perderla puede llevar apenas unos años.
XXXIX. La primera víctima de la propaganda
Muchos creen que la primera víctima de la propaganda es la verdad.
No es exactamente cierto.
La primera víctima suele ser la confianza.
Porque incluso cuando la propaganda pretende servir a una causa noble, termina produciendo el mismo efecto.
Los ciudadanos comienzan a sospechar.
Después dudan.
Finalmente dejan de creer.
Y cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones informativas, académicas y políticas, entra en una dinámica extremadamente peligrosa.
Todo se convierte en sospechoso.
Todo se interpreta como manipulación.
Toda autoridad pierde credibilidad.
Toda información se vuelve discutible.
Paradójicamente, quienes manipulan la realidad para proteger determinadas causas suelen terminar debilitando precisamente las instituciones que afirman defender.
XL. El deber de la verdad
El sociólogo llegó finalmente a una conclusión que parecía casi anticuada.
Quizá incluso ingenua.
Pero no encontró ninguna mejor.
La verdad importa.
Importa más que las buenas intenciones.
Importa más que las estrategias políticas.
Importa más que los relatos.
Importa más que las campañas.
Importa más que los intereses de gobiernos, partidos, medios o grupos de presión.
Porque sin una referencia común a los hechos, la convivencia democrática termina convirtiéndose en una simple lucha entre propagandas rivales.
Y ninguna sociedad puede mantenerse indefinidamente sobre ese fundamento.
Por eso la obligación principal de periodistas, académicos, profesores y responsables públicos debería ser extraordinariamente sencilla.
No administrar la realidad.
No dosificar la verdad.
No seleccionar cuidadosamente aquello que los ciudadanos pueden conocer.
Sino ofrecer los hechos completos.
Todos los hechos relevantes.
Y confiar en la inteligencia de los ciudadanos.
Una confianza que parece cada vez más escasa.
Precisamente porque resulta incompatible con cualquier forma de tutela.
Y toda tutela, por benévola que se presente, termina conduciendo al mismo lugar:
La sustitución de la verdad por el relato.
Y la sustitución del ciudadano por el súbdito.
XLI. Cuando la verdad se convierte en un problema político
A medida que avanzaban sus reflexiones, el sociólogo comenzó a comprender que el problema no residía únicamente en determinados medios de información, en ciertos gobiernos o en algunas instituciones concretas.
El problema era más profundo.
Mucho más profundo.
Porque afectaba a una tendencia permanente de la naturaleza humana.
La tendencia a preferir las explicaciones cómodas frente a las explicaciones verdaderas.
La tendencia a preferir los relatos tranquilizadores frente a los hechos incómodos.
La tendencia a sustituir la realidad por aquello que nos gustaría que fuese la realidad.
En el fondo, todos somos vulnerables a esa tentación.
Los políticos.
Los periodistas.
Los profesores.
Los empresarios.
Los jueces.
Los sacerdotes.
Los ciudadanos corrientes.
La diferencia aparece cuando determinadas personas adquieren poder suficiente para imponer sus interpretaciones al conjunto de la sociedad.
Entonces el autoengaño privado se convierte en un problema público.
XLII. Solzhenitsyn y la primera obligación moral
En ese momento recordó una frase de Aleksandr Solzhenitsyn.
Una frase sencilla.
Pero devastadora.
«No vivir según la mentira.»
Solzhenitsyn había contemplado desde dentro el funcionamiento del sistema soviético.
Comprendió algo esencial.
La mayoría de los ciudadanos no participaban activamente en la represión.
No dirigían campos de trabajo.
No redactaban consignas.
No manipulaban estadísticas.
Simplemente aceptaban convivir con la mentira.
Adaptarse a ella.
Repetirla cuando resultaba conveniente.
Guardar silencio cuando resultaba prudente.
Y precisamente así las falsedades terminaban convirtiéndose en estructuras permanentes.
La observación sigue siendo válida.
Toda gran mentira colectiva necesita millones de pequeñas complicidades individuales.
XLIII. Revel y la organización de la ignorancia
Otro pensador llegó a conclusiones similares.
Jean-François Revel observó que las sociedades modernas disponen de más información que ninguna otra civilización anterior.
Y, sin embargo, eso no garantiza un mayor conocimiento.
Porque la información puede organizarse.
Filtrarse.
Jerarquizarse.
Manipularse.
Incluso ocultarse a plena vista.
Revel hablaba de una auténtica organización de la ignorancia.
Una situación en la que los hechos existen.
Los documentos existen.
Las pruebas existen.
Pero el ciudadano medio apenas llega a entrar en contacto con ellos.
No porque estén prohibidos.
Sino porque quedan sepultados bajo montañas de ruido, propaganda y distracción.
XLIV. Hayek y la arrogancia del conocimiento

El sociólogo pensó entonces en Friedrich Hayek.
Hayek advirtió repetidamente contra lo que denominó «la fatal arrogancia».
La creencia de que determinadas élites poseen suficiente conocimiento para dirigir la vida de millones de personas.
La advertencia suele aplicarse a la economía.
Pero resulta igualmente válida para la información.
Porque detrás de muchos intentos de administrar la verdad se encuentra precisamente esa arrogancia.
La convicción de que algunos saben mejor que el resto qué datos deben difundirse.
Qué conclusiones deben extraerse.
Qué interpretaciones conviene fomentar.
Y cuáles deben evitarse.
La historia demuestra que esa confianza casi siempre termina produciendo efectos perversos.
No porque quienes la ejercen sean necesariamente malvados.
Sino porque son humanos.
Y los seres humanos se equivocan.
XLV. Ortega y la rebelión de las consignas
También recordó a José Ortega y Gasset.
Especialmente sus reflexiones sobre el hombre-masa.
Ortega observó cómo las sociedades modernas tendían a producir individuos cada vez más acostumbrados a recibir opiniones prefabricadas.
Individuos que repetían fórmulas aprendidas sin someterlas a examen crítico.
La descripción resulta sorprendentemente contemporánea.
Porque muchas discusiones actuales parecen consistir precisamente en eso.
Consignas enfrentadas.
Etiquetas enfrentadas.
Eslóganes enfrentados.
Cada bando repite los suyos.
Cada grupo consume sus propios medios.
Cada tribu escucha únicamente aquello que confirma sus creencias previas.
Y en medio de ese ruido la realidad desaparece.
XLVI. La Escuela de Salamanca y la dignidad del individuo

Frente a esa tendencia, la vieja Escuela de Salamanca ofrece una enseñanza particularmente valiosa.
Autores como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Juan de Mariana partían de una idea fundamental.
La dignidad de la persona.
La capacidad moral del individuo.
La existencia de límites que ni siquiera el poder político puede traspasar legítimamente.
Esa tradición intelectual desconfiaba profundamente de los poderes absolutos.
Y no sólo de los poderes militares o económicos.
También de los poderes intelectuales.
También de quienes pretenden monopolizar la verdad.
Porque ninguna autoridad humana posee un conocimiento perfecto.
Y precisamente por eso ninguna autoridad debería disfrutar del monopolio del pensamiento.
XLVII. El ciudadano adulto
Quizá la cuestión central del ensayo pueda resumirse en una sola pregunta.
¿Consideramos a los ciudadanos adultos o menores de edad?
Si los consideramos menores de edad, la conclusión parece lógica.
Habrá que protegerlos.
Filtrar la información.
Seleccionar cuidadosamente los datos.
Administrar las noticias.
Dosificar las verdades.
Evitar determinadas conclusiones.
Pero si los consideramos adultos, la conclusión es exactamente la contraria.
Habrá que proporcionarles toda la información relevante.
Incluso la incómoda.
Incluso la desagradable.
Incluso aquella que contradice nuestras propias convicciones.
Porque la libertad implica precisamente eso.
La posibilidad de enfrentarse a la realidad sin tutelas.
XLVIII. El precio de la libertad
Naturalmente, la libertad tiene un precio.
Las personas pueden interpretar erróneamente los hechos.
Pueden llegar a conclusiones equivocadas.
Pueden dejarse influir por demagogos.
Pueden cometer errores.
Pero el remedio para esos riesgos nunca ha sido menos libertad.
Siempre ha sido más conocimiento.
Más debate.
Más pluralidad.
Más contraste.
Más pensamiento crítico.
La alternativa consiste en confiar el control de la verdad a una minoría supuestamente ilustrada.
Y esa alternativa ha fracasado una y otra vez a lo largo de la Historia.
XLIX. El regreso al plató
Muchos meses después, el sociólogo volvió a recordar aquella noche.
La carpeta.
Las anotaciones.
Los gráficos ocultos.
La instrucción escrita en el margen.
«No destacar estos resultados.»
Con el paso del tiempo comprendió que aquella frase poseía un significado mucho más amplio del que había imaginado inicialmente.
No describía únicamente la conducta de una cadena de televisión.
Describía una tentación permanente del poder.
La tentación de seleccionar la realidad.
La tentación de administrar la verdad.
La tentación de sustituir los hechos por interpretaciones cuidadosamente diseñadas.
En definitiva, la tentación de gobernar mediante relatos.
L. La verdad o el relato
Y así llegamos al núcleo de la cuestión.
Toda sociedad debe elegir.
Puede organizarse alrededor de la verdad.
O alrededor del relato.
La primera opción es incómoda.
Porque la verdad suele ser compleja.
Contradictoria.
A menudo desagradable.
La segunda resulta mucho más atractiva.
Los relatos simplifican.
Tranquilizan.
Ofrecen culpables claros y soluciones fáciles.
Pero poseen un defecto insuperable.
Tarde o temprano chocan contra la realidad.
Y cuando eso ocurre, siempre es la realidad la que termina imponiéndose.
No inmediatamente.
No sin costes.
No sin sufrimiento.
Pero termina imponiéndose.
Por eso la libertad exige algo tan simple como difícil.
Respetar los hechos.
Todos los hechos.
No sólo los convenientes.
No sólo los políticamente útiles.
No sólo los compatibles con nuestras preferencias ideológicas.
Todos.
Porque las medias verdades son mentiras.
Porque la mentira noble termina convirtiéndose casi siempre en mentira ordinaria.
Porque la damnatio memoriae termina empobreciendo la comprensión del pasado.
Y porque ninguna democracia puede sobrevivir indefinidamente si sustituye la búsqueda de la verdad por la administración de percepciones.
La cuestión, en última instancia, no es política.
Ni periodística.
Ni académica.
Es moral.
Consiste en decidir si los ciudadanos tienen derecho a conocer la realidad completa o si deben conformarse con la porción de realidad que otros consideran adecuada para ellos.
Y de la respuesta a esa pregunta depende mucho más que una encuesta, una noticia o un debate televisivo.
Depende la calidad misma de nuestra libertad.
EPÍLOGO
España: del control de la información a la administración de la realidad

Llegados a este punto, alguien podría objetar que todo lo expuesto hasta ahora pertenece al terreno de la teoría.
Que Platón vivió hace veinticuatro siglos.
Que Stalin murió en 1953.
Que Goebbels se suicidó en 1945.
Que la damnatio memoriae desapareció con el Imperio romano.
Que Orwell escribía novelas.
Que Solzhenitsyn describía la Unión Soviética.
Y que nada de eso guarda relación con la España actual.
Sería una objeción razonable.
Si no fuera porque el problema nunca ha sido la tecnología.
Ni la época.
Ni siquiera la ideología concreta.
El problema siempre ha sido el mismo.
La relación entre verdad y poder.
LI. Ya no se censuran los hechos: se jerarquizan
En las democracias occidentales contemporáneas ya no resulta necesario prohibir masivamente la información.
Sería contraproducente.
Generaría resistencia.
Provocaría escándalos.
Resulta mucho más eficaz otro procedimiento.
Jerarquizar.
Ordenar.
Priorizar.
Decidir qué noticias ocuparán portadas durante semanas.
Y cuáles desaparecerán en una nota secundaria.
Decidir qué problemas constituyen emergencias nacionales.
Y cuáles apenas merecen atención.
Decidir qué colectivos son permanentemente visibles.
Y cuáles permanecen sistemáticamente fuera del foco.
La información sigue existiendo.
Pero su relevancia pública queda cuidadosamente administrada.
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
Porque en una sociedad saturada de información, la atención se convierte en el recurso más valioso.
Y quien controla la atención controla una parte muy importante de la percepción colectiva.
LII. El Estado pedagogo
Durante gran parte de la Historia los gobiernos aspiraban a recaudar impuestos, mantener el orden público y defender las fronteras.
Las sociedades contemporáneas parecen exigir algo más.
Mucho más.
Ahora el Estado aspira también a educar.
A sensibilizar.
A concienciar.
A corregir comportamientos.
A orientar actitudes.
A moldear valores.
A construir ciudadanos mejores.
La intención puede parecer noble.
Incluso admirable.
Pero contiene un riesgo evidente.
Porque cuando el Estado se transforma en pedagogo permanente, termina apareciendo inevitablemente una pregunta:
¿Quién educa al educador?
¿Quién controla a quienes pretenden moldear las conciencias colectivas?
¿Quién decide cuáles son los valores correctos?
¿Quién determina qué opiniones deben ser promovidas y cuáles corregidas?
La Historia aconseja prudencia.
Mucha prudencia.
LIII. El auge de los verificadores
Uno de los fenómenos más característicos de los últimos años ha sido la proliferación de verificadores.
La idea parece impecable.
Comprobar hechos.
Corregir errores.
Desenmascarar falsedades.
Nadie razonable podría oponerse a semejante propósito.
El problema aparece cuando los verificadores comienzan a actuar no como árbitros de los hechos sino como árbitros de las interpretaciones.
Porque los hechos suelen ser verificables.
Las interpretaciones no.
Que un dato sea correcto es una cuestión objetiva.
Lo que ese dato significa suele ser materia de discusión legítima.
Y cuando una institución comienza a decidir no sólo qué es verdadero sino también qué interpretación resulta aceptable, entra inevitablemente en terreno ideológico.
LIV. Los observatorios de todo y de nada
La España contemporánea parece haber desarrollado una especial afición por los observatorios.
Observatorios para vigilar discursos.
Observatorios para supervisar comportamientos.
Observatorios para analizar narrativas.
Observatorios para detectar prejuicios.
Observatorios para medir sensibilidades.
Cada uno de ellos nace con las mejores intenciones.
Y casi todos comparten una característica común.
Tienden a observar siempre en la misma dirección.
Rara vez se observan a sí mismos.
Rara vez examinan sus propios sesgos.
Rara vez cuestionan los supuestos ideológicos de los que parten.
Y, sin embargo, precisamente ahí suele encontrarse el problema principal.
LV. La subvención y la independencia
Otra cuestión raramente discutida es la relación entre subvención e independencia.
Durante siglos los medios de información dependían fundamentalmente de sus lectores.
O de sus anunciantes.
Hoy muchos dependen también, en mayor o menor medida, de ayudas públicas directas o indirectas.
Naturalmente, la existencia de subvenciones no implica automáticamente sumisión.
Pero sería ingenuo afirmar que carecen de efectos.
Toda fuente de financiación genera incentivos.
Toda estructura de incentivos influye sobre los comportamientos.
Y cuanto mayor sea la dependencia económica de una determinada fuente de recursos, mayor será la tentación de evitar conflictos con quien controla esos recursos.
La naturaleza humana funciona así.
No hace falta corrupción.
No hace falta mala fe.
Basta la prudencia.
Basta la adaptación.
Basta la autocensura.
LVI. La memoria administrada
Pocas cuestiones ilustran mejor este fenómeno que el debate sobre la memoria.
Toda sociedad tiene derecho a estudiar su pasado.
Toda víctima merece respeto.
Toda investigación histórica merece protección.
Pero cuando el poder político comienza a intervenir activamente en la construcción de una memoria oficial, la línea que separa la investigación de la propaganda empieza a difuminarse.
La Historia se convierte entonces en un campo de batalla política.
Y los historiadores corren el riesgo de transformarse en auxiliares de una causa.
Sea cual sea esa causa.
La consecuencia suele ser siempre la misma.
Menos investigación.
Menos pluralidad.
Menos debate.
Más ortodoxia.
Más dogma.
Más relato.
LVII. El nuevo analfabeto
Hace décadas el analfabeto era quien no sabía leer.
Hoy la situación es distinta.
La mayoría sabe leer.
Pero cada vez menos personas disponen del tiempo, la paciencia y la formación necesarios para analizar críticamente la enorme cantidad de información que reciben.
El nuevo analfabetismo no consiste en la incapacidad para descifrar palabras.
Consiste en la incapacidad para distinguir entre información y propaganda.
Entre hechos e interpretaciones.
Entre datos y relatos.
Entre conocimiento y activismo.
Y esa incapacidad convierte a millones de ciudadanos en consumidores pasivos de versiones prefabricadas de la realidad.
LVIII. El hombre que leyó el informe completo
Volvamos por última vez al sociólogo.
Aquella noche descubrió algo que jamás olvidaría.
No descubrió una conspiración.
Las conspiraciones son cómodas.
Porque simplifican.
Porque permiten señalar culpables concretos.
Porque ofrecen explicaciones fáciles.
Descubrió algo mucho más inquietante.
Un sistema.
Una cultura.
Una forma de entender la información.
Una mentalidad.
La convicción de que determinados datos deben ser destacados.
Y otros minimizados.
No porque sean falsos.
Precisamente porque son verdaderos.
Y porque podrían conducir a conclusiones inconvenientes.
Aquella fue la verdadera revelación.
LIX. La tentación eterna
Platón la llamó mentira noble.
Los romanos practicaron la damnatio memoriae.
Los totalitarismos la transformaron en sistema de gobierno.
Las democracias modernas la disfrazan frecuentemente de pedagogía pública, sensibilización, responsabilidad social o lucha contra la desinformación.
Los nombres cambian.
La lógica permanece.
La tentación eterna consiste en decidir qué parte de la realidad puede conocer el ciudadano.
Y qué parte debe permanecer fuera de su alcance.
LX. Una última pregunta
Al final todo se reduce a una cuestión extraordinariamente sencilla.
¿Quién debe decidir?
¿El ciudadano?
¿O quienes afirman saber mejor que él lo que le conviene saber?
Esa es la verdadera pregunta.
No la inmigración.
No la memoria histórica.
No las estadísticas.
No los medios públicos.
No los verificadores.
No las encuestas.
Todo eso son manifestaciones concretas de un problema mucho más profundo.
La relación entre libertad y verdad.
Porque una sociedad libre no se caracteriza únicamente por permitir elecciones periódicas.
Ni siquiera por permitir la libertad de expresión.
Una sociedad libre exige algo más.
Exige ciudadanos que tengan acceso a toda la información relevante.
Exige instituciones que respeten su capacidad de juicio.
Exige gobernantes que acepten que los ciudadanos son adultos.
Y exige medios de información que busquen la verdad antes que el relato.
Puede parecer una aspiración modesta.
No lo es.
Es probablemente la más difícil de todas.
Porque exige renunciar a la tentación más antigua del poder:
La tentación de administrar la realidad.
Y mientras esa tentación exista —y existirá siempre— la vigilancia crítica seguirá siendo una de las primeras obligaciones de cualquier ciudadano que aspire a seguir siendo libre.