Y LA MONTAÑA PARIÓ UN RATÓN
Trump, Irán y la historia interminable
«Para este viaje no hacían falta estas alforjas»
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas
Después de ciento diez días de guerra, miles de muertos, decenas de miles de heridos, ciudades destruidas, millones de desplazados y una gigantesca factura de reconstrucción, la pregunta fundamental sigue siendo la misma:
¿Qué se ha conseguido?
Porque cuando desaparecen los titulares, los discursos triunfales y las declaraciones solemnes, el balance resulta difícil de ocultar.
Gaza está devastada.
Partes del Líbano han sufrido enormes daños.
Irán ha padecido ataques e importantes pérdidas materiales.
Israel también ha sufrido víctimas, destrucción y una creciente sensación de inseguridad.
La guerra ha dejado tras de sí un inmenso reguero de sufrimiento humano.
Pero las cuestiones fundamentales que supuestamente justificaban semejante sacrificio continúan abiertas.
El régimen iraní sigue en el poder.
La cuestión nuclear sigue sin resolverse definitivamente.
Hezbollah continúa existiendo.
Hamás continúa existiendo.
La cuestión palestina sigue abierta.
La rivalidad entre Irán e Israel sigue viva.
Y los odios acumulados durante generaciones parecen hoy más intensos que antes del conflicto.
Por eso resulta inevitable recordar una antigua fábula atribuida a Esopo.
Los montes comenzaron a temblar.
La tierra vibraba.
Todos esperaban un acontecimiento extraordinario.
Finalmente los montes se abrieron.
Y de su interior salió un ratón.
Siglos después, Horacio inmortalizó aquella imagen en una frase célebre:
«Parirán los montes y nacerá un ridículo ratón».
Tomás de Iriarte retomó la misma enseñanza para burlarse de quienes anuncian prodigios y terminan ofreciendo resultados insignificantes.
Pocas imágenes parecen describir mejor el desenlace provisional de esta guerra.
Durante meses se habló de la derrota definitiva de Irán.
Se habló de la destrucción de la amenaza nuclear.
Se habló del hundimiento de las organizaciones armadas apoyadas por Teherán.
Se habló incluso de la posible caída de la República Islámica.
Sin embargo, una vez firmados los acuerdos y silenciados los cañones, la mayoría de esos objetivos siguen pendientes.
La montaña ha parido un ratón.
Y para este viaje no hacían falta estas alforjas.
La situación resulta todavía más llamativa si se compara con experiencias anteriores.
Donald Trump construyó buena parte de su discurso político criticando el acuerdo alcanzado por Barack Obama con Irán en 2015.
Sostenía que aquel pacto no resolvía el problema.
Que simplemente lo aplazaba.
Y hoy muchos observadores formulan exactamente la misma crítica al acuerdo impulsado por el propio Trump.
El problema nuclear sigue abierto.
La cuestión ha sido trasladada a futuras negociaciones.
Pero no ha sido resuelta.
Y mientras eso ocurra, la amenaza que justificó décadas de tensiones continuará existiendo.
La historia reciente ofrece además numerosos ejemplos que invitan a la prudencia.
Afganistán constituye probablemente el más evidente.
Durante veinte años Estados Unidos y sus aliados —entre ellos España— permanecieron allí.
Se gastaron cantidades inmensas de dinero.
Murieron miles de soldados y decenas de miles de civiles.
Se construyeron instituciones.
Se organizaron elecciones.
Se entrenaron fuerzas armadas.
Y cuando las tropas occidentales abandonaron el país, los talibanes regresaron al poder con una rapidez asombrosa.
Veinte años de esfuerzo terminaron produciendo un resultado extraordinariamente parecido al punto de partida.
La misma reflexión puede aplicarse a Irak.
O a Libia.
O a muchos otros escenarios donde se prometió transformar sociedades complejas mediante la fuerza militar.
Con demasiada frecuencia, destruir ha resultado mucho más fácil que construir.
Porque las sociedades no son máquinas que puedan desmontarse y volver a ensamblarse desde despachos situados a miles de kilómetros de distancia.
Las creencias religiosas.
Las identidades colectivas.
Las lealtades familiares.
Las estructuras tribales.
Las memorias históricas.
Los agravios acumulados durante generaciones.
Nada de eso desaparece porque una potencia extranjera así lo decida.
Y precisamente ahí reside uno de los grandes problemas de Oriente Medio.
Las guerras terminan.
Los conflictos no.
Existe además una consecuencia particularmente preocupante.
Las guerras suelen fortalecer precisamente a quienes menos interés tienen en alcanzar acuerdos duraderos.
Los moderados pierden influencia.
Los partidarios del compromiso son acusados de debilidad.
Los defensores de soluciones negociadas son vistos como ingenuos o traidores.
Mientras tanto, quienes reclaman más dureza, más confrontación y más venganza ganan prestigio.
Ha ocurrido innumerables veces a lo largo de la historia.
Y esta guerra no parece constituir una excepción.
La guerra ha alimentado el miedo.
Ha reforzado prejuicios.
Ha endurecido posiciones.
Ha debilitado a quienes defendían compromisos.
Y ha fortalecido a quienes sostienen que el adversario sólo entiende el lenguaje de la fuerza.
Por eso el problema principal no es únicamente la destrucción material.
Con tiempo, dinero y trabajo podrán reconstruirse carreteras, puentes, puertos, hospitales, viviendas y centrales eléctricas.
Gaza será reconstruida.
El Líbano será reconstruido.
Israel reconstruirá sus daños.
Irán también.
La reconstrucción material siempre es posible.
La reconstrucción moral es mucho más difícil.
¿Cómo se reconstruye la confianza?
¿Cómo se reconstruye la convivencia?
¿Cómo se convence a quienes han perdido familiares, hogares o medios de vida de que abandonen el resentimiento?
¿Cómo se eliminan décadas de miedo, odio y desconfianza?
Ése es el verdadero desafío.
Porque la memoria suele durar mucho más que los edificios.
Y los resentimientos suelen sobrevivir mucho más tiempo que los acuerdos diplomáticos.
Por eso la gran pregunta sigue abierta.
¿Estamos ante el comienzo de una paz duradera?
¿O simplemente ante una pausa estratégica entre dos crisis?
Nadie puede responder todavía.
La historia lo dirá dentro de cinco años.
O dentro de diez.
Pero existe una conclusión provisional que resulta difícil evitar.
Después de ciento diez días de guerra, las principales cuestiones siguen sin resolverse.
La destrucción ha aumentado.
El sufrimiento ha aumentado.
Los odios han aumentado.
Y el conflicto permanece abierto.
Tal vez el verdadero problema no sea que la montaña haya parido un ratón.
Tal vez el verdadero problema sea que, una vez más, Oriente Medio continúa atrapado en la misma espiral de miedo, violencia, venganza y resentimiento que lo acompaña desde hace generaciones.
Y que esta guerra, lejos de cerrarla, no ha hecho más que añadir un nuevo capítulo a la historia interminable.
Para profundizar y saber más, sigue leyendo.
PRIMERA PARTE
Introducción
Al final, después de ciento diez días de guerra, la pregunta es extraordinariamente sencilla.
¿Qué se ha conseguido?
Porque cuando se apartan los discursos grandilocuentes, las declaraciones solemnes, los partes de victoria y las fotografías cuidadosamente preparadas para la posteridad, lo que queda es una realidad mucho más difícil de embellecer.
Quedan ciudades destruidas.
Quedan barrios enteros convertidos en montañas de escombros.
Quedan carreteras, puentes, puertos, aeropuertos, fábricas, depósitos de combustible, centrales eléctricas, hospitales y viviendas dañados o arrasados.
Quedan miles de muertos.
Quedan decenas de miles de heridos.
Quedan viudas.
Quedan huérfanos.
Quedan familias rotas.
Quedan desplazados.
Quedan refugiados.
Quedan millones de personas marcadas física y psicológicamente por la guerra.
Y queda una inmensa factura de reconstrucción que alguien tendrá que pagar.
En Gaza.
En el Líbano.
En Irán.
Y también en Israel.
La destrucción es visible.
Las pérdidas humanas también.
Pero ¿qué ha ocurrido con los objetivos políticos que supuestamente justificaban semejante sacrificio?
¿Ha desaparecido Hezbollah?
No.
¿Ha desaparecido Hamás?
No.
¿Ha desaparecido el régimen de los ayatolás?
No.
¿Ha desaparecido la cuestión palestina?
No.
¿Ha desaparecido el problema nuclear iraní?
No.
¿Ha desaparecido la rivalidad entre Irán e Israel?
Tampoco.
¿Ha desaparecido el miedo?
Menos aún.
¿Ha desaparecido el odio acumulado durante generaciones?
Probablemente se ha incrementado.
Y es precisamente aquí donde cobra sentido una de las imágenes más antiguas y certeras de la literatura occidental.
Cuenta una antigua fábula atribuida a Esopo que un día los montes comenzaron a temblar.
Los estruendos se escuchaban a grandes distancias.
La tierra vibraba.
Los habitantes de la región observaban el fenómeno con expectación.
Todos esperaban un acontecimiento extraordinario.
Finalmente los montes se abrieron.
Y de su interior salió un ratón.
Siglos después, Horacio inmortalizó aquella imagen en uno de los versos más célebres de la literatura latina:
«Parturient montes, nascetur ridiculus mus».
«Parirán los montes y nacerá un ridículo ratón».
Mucho tiempo después, Tomás de Iriarte recuperó la misma idea para burlarse de quienes prometen maravillas y terminan ofreciendo resultados insignificantes.
La moraleja ha sobrevivido más de dos mil años porque describe una debilidad permanente del ser humano.
La tendencia a confundir las promesas con los resultados.
La propaganda con los hechos.
La retórica con la realidad.
Y pocas imágenes parecen hoy tan apropiadas para describir el desenlace de esta guerra.
Durante meses se habló de la derrota definitiva de Irán.
Se habló de rendición.
Se habló del fin de las aspiraciones nucleares del régimen.
Se habló de la destrucción de su red de aliados regionales.
Se habló incluso de la posible caída de la República Islámica.
Sin embargo, una vez silenciados los misiles y firmados los documentos, las cuestiones fundamentales continúan abiertas.
Y por ello resulta legítimo preguntarse si, después de tanta destrucción, tanto sufrimiento y tantas promesas de victoria total, la montaña no habrá vuelto a parir un ratón.
O, dicho de manera más castiza, si para este viaje no hacían falta estas alforjas.
El precedente que Trump prometió corregir

Para comprender la situación actual conviene retroceder una década.
En 2015 la administración de Barack Obama presentó un acuerdo con Irán como la gran solución al problema nuclear.
Se aseguró que impediría la fabricación de armas atómicas.
Se afirmó que introduciría mecanismos de control eficaces.
Se prometió que Oriente Medio sería más seguro.
Sus partidarios lo presentaron como un triunfo de la diplomacia.
Sus detractores lo consideraron una peligrosa cesión.
Los años siguientes no disiparon las dudas.
Irán continuó desarrollando tecnologías sensibles relacionadas con el enriquecimiento de uranio.
Persistieron los interrogantes acerca del alcance real de las inspecciones internacionales.
Y, mientras tanto, el régimen siguió proyectando influencia mediante organizaciones aliadas repartidas por distintos escenarios de Oriente Medio.
Precisamente sobre esa crítica construyó Donald Trump buena parte de su discurso.
Durante años sostuvo que Obama había confundido una pausa temporal con una solución permanente.
Según Trump, el acuerdo no resolvía el problema.
Simplemente lo aplazaba.
Era una crítica razonable.
Y fue uno de los argumentos que le permitió presentarse como defensor de una política exterior más firme.
Sin embargo, la ironía de la historia es evidente.
Una década después, muchos observadores formulan exactamente la misma crítica al acuerdo impulsado por Trump.
Porque el núcleo del problema sigue sin resolverse.
Y cuando los problemas fundamentales permanecen intactos, los acuerdos corren el riesgo de convertirse en simples paréntesis.
Un régimen debilitado que se negó a caer

Antes del comienzo de la guerra, la situación iraní parecía particularmente complicada.
La economía acumulaba años de dificultades.
Las sanciones pesaban sobre amplios sectores productivos.
La inflación erosionaba los ingresos de millones de ciudadanos.
Las protestas internas habían sido reprimidas con dureza.
La legitimidad del régimen mostraba signos de desgaste.
Además, Teherán había sufrido importantes reveses estratégicos.
La pérdida del régimen sirio como aliado sólido.
Las dificultades crecientes de Hamás.
Los golpes sufridos por Hezbollah.
Todo ello llevó a numerosos analistas a concluir que la República Islámica atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia reciente.
Algunos incluso llegaron a plantear la posibilidad de una crisis terminal.
Pero aquí apareció uno de los errores de cálculo más importantes.
Muchos observadores occidentales analizaron Irán desde categorías occidentales.
Y olvidaron que los regímenes revolucionarios suelen estar dispuestos a soportar costes que resultarían políticamente insoportables para la mayoría de las democracias.
La supervivencia del régimen constituía una cuestión existencial.
Y cuando los gobiernos consideran que luchan por su propia supervivencia, aceptan sacrificios extraordinarios.
La guerra demostró precisamente eso.
Irán podía estar debilitado.
Pero estaba muy lejos de estar derrotado.
El verdadero poder de Irán

Muchos análisis se han centrado en los misiles.
Otros han puesto el foco en el programa nuclear.
Otros en Hezbollah.
Otros en Hamás.
Sin embargo, el principal instrumento estratégico iraní no es necesariamente militar.
Es geográfico.
El estrecho de Ormuz constituye una de las principales arterias energéticas del planeta.
Una parte sustancial del petróleo y del gas comercializados internacionalmente atraviesa sus aguas.
Su cierre total o parcial tendría consecuencias económicas inmediatas para Asia, Europa y América.
Irán conoce perfectamente esta realidad.
Y sus adversarios también.
Por ello, incluso en situaciones de inferioridad militar relativa, Teherán conserva una capacidad de presión extraordinaria.
No necesita derrotar a Estados Unidos.
No necesita destruir a Israel.
Le basta con demostrar que puede provocar graves perturbaciones económicas globales.
Ésa ha sido siempre una de sus principales cartas.
Y probablemente siga siéndolo.
¿Quién necesitaba más el acuerdo?

La respuesta no es tan sencilla como parece.
Es evidente que Irán tenía razones poderosas para buscar una salida negociada.
Pero también las tenía Washington.
Donald Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo evitar nuevas guerras interminables.
La economía mundial comenzaba a mostrar signos de nerviosismo.
Los mercados energéticos reaccionaban con incertidumbre.
Los aliados regionales temían una ampliación del conflicto.
Y la opinión pública estadounidense mostraba poco entusiasmo ante la perspectiva de otra intervención prolongada en Oriente Medio.
Por ello resulta difícil aceptar explicaciones simplistas.
Ambas partes tenían incentivos para negociar.
Ambas partes tenían algo que perder.
Y ambas partes necesitaban evitar determinados escenarios.
La cuestión verdaderamente importante no es quién deseaba más el acuerdo.
La cuestión es si el acuerdo resuelve realmente aquello que provocó la guerra.
Y ahí es donde aparecen las dudas más serias.
SEGUNDA PARTE
El problema nuclear sigue abierto

Llegamos así al núcleo de toda la cuestión.
Porque, por encima de Hezbollah, Hamás, el Líbano, Gaza o incluso el estrecho de Ormuz, el auténtico motivo que justificó la presión internacional sobre Irán durante décadas fue siempre el mismo.
La posibilidad de que la República Islámica llegara a disponer de armas nucleares.
Ése era el problema.
Ésa era la línea roja.
Ésa era la amenaza que, según se afirmaba, no podía tolerarse.
Y precisamente por ello resulta llamativo que, después de ciento diez días de guerra, esa cuestión continúe abierta.
El acuerdo alcanzado no elimina definitivamente el problema.
Lo traslada a futuras negociaciones.
Lo aplaza.
Lo congela temporalmente.
Pero no lo resuelve.
Naturalmente, los partidarios del acuerdo sostienen que ninguna solución definitiva podía alcanzarse en medio de los combates.
Es un argumento razonable.
Sin embargo, los críticos responden que precisamente ahí reside el problema.
Porque la historia de las negociaciones nucleares con Irán es una historia de aplazamientos, prórrogas, nuevas rondas de conversaciones, compromisos parciales e interpretaciones divergentes.
Y mientras los diplomáticos negocian, el tiempo continúa avanzando.
La cuestión fundamental sigue siendo la misma.
¿Está dispuesto Irán a renunciar definitivamente a cualquier capacidad nuclear militar?
A día de hoy nadie puede responder con certeza.
Y mientras esa respuesta no exista, el problema seguirá vivo.
Israel, Hezbollah y el futuro del Líbano

Si existe un país que contempla el acuerdo con particular inquietud, ése es Israel.
Y la razón resulta fácil de comprender.
Para Estados Unidos, Irán constituye un problema estratégico importante.
Para Israel representa una amenaza existencial.
La diferencia es enorme.
Desde la perspectiva israelí, el principal problema no es únicamente el programa nuclear.
Es también el conjunto de organizaciones armadas que Teherán ha respaldado durante décadas.
Y entre todas ellas destaca Hezbollah.
El movimiento chií libanés constituye mucho más que una simple organización política.
Dispone de una importante estructura militar.
Ha acumulado durante años un considerable arsenal.
Y mantiene una estrecha relación con Irán.
Por ello muchos israelíes consideran que resulta imposible hablar de paz duradera mientras Hezbollah conserve intacta una parte significativa de su capacidad militar.
Porque los acuerdos pueden firmarse.
Los comunicados pueden redactarse.
Los discursos pueden pronunciarse.
Pero los misiles siguen existiendo.
Y los misiles no entienden de comunicados diplomáticos.
Aquí aparece otra de las debilidades del acuerdo.
Detiene temporalmente los combates.
Pero no elimina las causas profundas que los provocaron.
El gran olvidado: el pueblo iraní

Existe además otro aspecto llamativo.
Millones de iraníes han protagonizado durante años manifestaciones, protestas y movimientos de oposición contra el régimen.
Muchos han sido encarcelados.
Muchos han sido perseguidos.
Algunos han muerto.
Durante el conflicto, determinados mensajes procedentes de Washington alimentaron la esperanza de que Occidente apoyaría de manera más decidida a quienes deseaban una transformación política profunda del país.
Sin embargo, cuando llegó la negociación, la cuestión desapareció prácticamente de la mesa.
La prioridad pasó a ser otra.
Detener la guerra.
Y desde un punto de vista estrictamente pragmático resulta comprensible.
Pero eso no elimina una realidad incómoda.
Los grandes perdedores de muchas negociaciones suelen ser precisamente aquellos que creyeron que alguien acudiría a ayudarlos.
En este caso, numerosos opositores iraníes pueden tener la sensación de haber sido utilizados como elemento de presión y posteriormente olvidados.
No sería la primera vez que ocurre en la historia.
Probablemente tampoco será la última.
Una interpretación alternativa

Existe otra manera de interpretar todo lo sucedido.
Una interpretación discutible.
Polémica.
Pero intelectualmente interesante.
Según esta visión, el problema nunca fue exclusivamente Irán.
La cuestión sería mucho más amplia.
Tendría que ver con la progresiva transformación del equilibrio mundial de poder.
Durante décadas Estados Unidos ejerció una posición predominante en Oriente Medio.
Actuó como árbitro regional.
Protegió rutas marítimas.
Garantizó alianzas.
Condicionó la política de numerosos países.
Sin embargo, el mundo actual ya no es el de 1991.
China posee una influencia económica creciente.
Rusia conserva una importante capacidad militar y energética.
India emerge como potencia demográfica e industrial.
Y numerosos países intentan diversificar sus relaciones internacionales para depender menos de Washington.
Desde esta perspectiva, el principal éxito de Irán no habría consistido en ganar la guerra.
Ni siquiera en resistir militarmente.
Su principal éxito habría sido sobrevivir.
Y en política internacional sobrevivir puede equivaler a una forma de victoria.
No porque se haya derrotado al adversario.
Sino porque se ha evitado ser derrotado.
Naturalmente, esta interpretación contiene elementos propagandísticos.
Pero tampoco conviene despreciarla.
Porque la política internacional se mueve tanto por los hechos como por las percepciones.
Y las percepciones tienen consecuencias.
Una pregunta incómoda: ¿se sembró el conflicto hace ochenta años?

Existe una cuestión todavía más delicada.
Una cuestión que suele provocar reacciones viscerales.
Pero que merece ser formulada.
¿Fue realmente posible crear una paz duradera en Oriente Medio mediante decisiones tomadas por potencias extranjeras después de la Segunda Guerra Mundial?
La pregunta no pretende cuestionar el derecho de Israel a existir.
Ni minimizar los horrores sufridos por el pueblo judío.
Ni justificar las agresiones posteriores.
La cuestión es otra.
¿Valoraron adecuadamente las consecuencias a largo plazo quienes diseñaron el orden regional surgido tras 1945?
Porque una cosa es crear un Estado.
Y otra muy distinta lograr que ese Estado sea aceptado por su entorno.
La historia demuestra que las soluciones diseñadas sobre mapas y documentos no siempre coinciden con las realidades culturales, religiosas, históricas y sentimentales de los pueblos afectados.
Y cuando esa distancia resulta demasiado grande, los conflictos tienden a reaparecer generación tras generación.
Quizá uno de los errores fundamentales consistió en creer que un problema extraordinariamente complejo podía resolverse mediante acuerdos políticos y fronteras trazadas sobre el papel.
Ochenta años después, Oriente Medio sigue pagando parte de aquella factura histórica.
Afganistán, Irak, Libia… y la ilusión de fabricar naciones

Existe además otra lección que parece repetirse una y otra vez.
La ilusión de que las sociedades pueden reconstruirse desde fuera.
Afganistán constituye probablemente el ejemplo más espectacular.
Durante veinte años Estados Unidos y sus aliados permanecieron allí.
Entre ellos España.
Se gastaron cantidades inmensas de dinero.
Se construyeron instituciones.
Se entrenaron fuerzas armadas.
Se financiaron administraciones.
Se organizaron elecciones.
Se redactaron leyes.
Se levantaron edificios.
Se pronunciaron miles de discursos sobre democracia, modernización y progreso.
Y cuando las tropas occidentales se retiraron en 2021, los talibanes regresaron al poder con una rapidez asombrosa.
Veinte años.
Miles de muertos.
Miles de millones gastados.
Y el resultado final fue muy parecido al punto de partida.
La pregunta surge de manera inevitable.
¿Para qué sirvió todo aquello?
La misma cuestión podría formularse respecto a Irak.
O respecto a Libia.
O respecto a otros escenarios donde se prometió construir sociedades más libres, más estables y más prósperas mediante intervenciones militares.
La realidad terminó siendo mucho más compleja.
Porque las sociedades no son máquinas que puedan desmontarse y volver a montarse siguiendo instrucciones elaboradas en despachos lejanos.
Las tradiciones.
Las creencias religiosas.
Las lealtades familiares.
Las estructuras tribales.
Las memorias históricas.
Los agravios acumulados durante generaciones.
Nada de eso desaparece porque una potencia extranjera así lo desee.
Y precisamente por ello conviene preguntarse si el conflicto con Irán no corre el riesgo de reproducir algunos de esos mismos errores.
Porque destruir suele resultar mucho más fácil que construir.
Y las consecuencias imprevistas de las guerras suelen acompañar a sus promotores durante mucho más tiempo del previsto.
TERCERA PARTE Y FINAL
La victoria de los más extremistas

Existe una consecuencia de las guerras que rara vez aparece en los comunicados oficiales.
Las guerras suelen fortalecer precisamente a quienes menos interés tienen en alcanzar acuerdos duraderos.
Es una constante histórica.
Los moderados pierden influencia.
Los partidarios del compromiso son acusados de ingenuidad o traición.
Los defensores de soluciones negociadas son presentados como débiles.
Mientras tanto, quienes reclaman más dureza, más confrontación y más venganza ganan prestigio.
Ha ocurrido innumerables veces.
Y Oriente Medio no constituye una excepción.
Durante décadas, cada atentado, cada invasión, cada represalia y cada guerra han servido para alimentar a los sectores más intransigentes de todos los bandos.
Los partidarios de la coexistencia han visto debilitada su posición.
Los partidarios de la confrontación permanente han visto reforzada la suya.
Y ésta es probablemente una de las consecuencias más peligrosas del conflicto reciente.
Porque incluso si los combates han terminado temporalmente, el capital político acumulado por los sectores más duros permanecerá durante años.
En Irán.
En Israel.
En Gaza.
En el Líbano.
Y cuando los sectores más radicales salen fortalecidos, las posibilidades de alcanzar acuerdos estables suelen disminuir.
Una lección de la historia: Múnich y las falsas sensaciones de seguridad

La historia nunca se repite exactamente.
Los contextos cambian.
Los protagonistas cambian.
Las circunstancias cambian.
Por ello sería absurdo identificar mecánicamente situaciones separadas por casi un siglo.
Sin embargo, existen enseñanzas históricas que conservan valor con independencia de la época.
Una de ellas procede de Múnich, en 1938.
Aquel año, Neville Chamberlain regresó a Gran Bretaña proclamando haber conseguido «la paz para nuestro tiempo».
Muchos europeos quisieron creerlo.
Era comprensible.
La memoria de la Primera Guerra Mundial seguía viva.
Nadie deseaba otra catástrofe.
Nadie deseaba otra matanza.
Nadie deseaba otro desastre continental.
Sin embargo, menos de un año después Europa volvió a sumergirse en una guerra todavía más devastadora.
Naturalmente, la situación actual es completamente distinta.
Donald Trump no es Neville Chamberlain.
La República Islámica de Irán no es la Alemania de Hitler.
Las circunstancias históricas no tienen nada que ver.
Pero la enseñanza sigue siendo válida.
Los acuerdos no deben juzgarse por los aplausos que reciben el día de su firma.
Deben juzgarse por sus resultados.
Existen tratados que resuelven problemas.
Y tratados que simplemente los aplazan.
Existen acuerdos que crean paz.
Y acuerdos que proporcionan únicamente una sensación temporal de seguridad.
Por eso la cuestión decisiva no es el entusiasmo que pueda acompañar hoy a este acuerdo.
La cuestión decisiva es qué ocurrirá dentro de cinco años.
O dentro de diez.
Sólo entonces podrá emitirse un juicio histórico definitivo.
La historia interminable

Y llegamos así al problema central.
Quizá el aspecto más inquietante de todo este episodio sea que, después de ciento diez días de guerra, nadie parece haber resuelto nada esencial.
Se han firmado documentos.
Se han pronunciado discursos.
Se han celebrado reuniones.
Se han anunciado victorias.
Pero los problemas fundamentales permanecen.
Irán sigue considerando a Israel un enemigo.
Una parte importante del mundo musulmán continúa viendo al Estado hebreo como una realidad impuesta e ilegítima.
Israel sigue considerando a Irán una amenaza existencial.
La cuestión palestina sigue abierta.
Hezbollah continúa existiendo.
Hamás continúa existiendo.
Los resentimientos acumulados durante generaciones siguen vivos.
Y ahora se añaden otros nuevos.
Porque las guerras rara vez eliminan los odios.
Más bien tienden a multiplicarlos.
Cada bombardeo deja recuerdos.
Cada misil deja cicatrices.
Cada muerte deja familiares.
Cada humillación deja deseos de revancha.
Cada destrucción deja agravios.
Y esos agravios suelen sobrevivir mucho más tiempo que los acuerdos diplomáticos.
La guerra recién terminada no ha reducido esas pasiones.
Las ha alimentado.
Ha incrementado el miedo.
Ha reforzado prejuicios.
Ha endurecido posiciones.
Ha debilitado a quienes defendían compromisos.
Ha fortalecido a quienes sostienen que el adversario sólo entiende el lenguaje de la fuerza.
Ésta es la verdadera tragedia de Oriente Medio.
No se trata únicamente de fronteras.
No se trata únicamente de religión.
No se trata únicamente de recursos energéticos.
Se trata de memorias enfrentadas.
De agravios acumulados.
De temores heredados.
De relatos incompatibles acerca del pasado y del futuro.
Cada generación recibe una parte de ese legado.
Y con demasiada frecuencia se lo transmite intacto a la siguiente.
Por eso cada guerra se presenta como la última.
Y por eso cada guerra termina sembrando las semillas de la siguiente.
La reconstrucción material y la reconstrucción moral

Con el tiempo, casi todo puede reconstruirse.
Las carreteras.
Los puentes.
Los hospitales.
Los aeropuertos.
Los puertos.
Las centrales eléctricas.
Las viviendas.
Las fábricas.
Gaza será reconstruida.
El Líbano será reconstruido.
Israel reconstruirá sus daños.
Irán también.
Con dinero, trabajo y tiempo, los edificios vuelven a levantarse.
Pero existe una reconstrucción infinitamente más difícil.
La reconstrucción moral.
¿Cómo se reconstruye la confianza?
¿Cómo se reconstruye la convivencia?
¿Cómo se reconstruye la seguridad psicológica de quienes han vivido años bajo la amenaza de ataques, atentados o bombardeos?
¿Cómo se convence a una madre que ha perdido un hijo de que abandone el resentimiento?
¿Cómo se convence a quienes han sufrido destrucción, humillaciones o desplazamientos de que olviden?
Ése es el verdadero problema.
No el hormigón.
No el acero.
No el dinero.
Sino la memoria.
Y la memoria suele durar mucho más que los edificios.
Las ciudades destruidas pueden volver a levantarse en una década.
Los resentimientos pueden sobrevivir durante generaciones.
Conclusión

Después de ciento diez días de guerra, la realidad resulta difícil de ocultar.
Hay más destrucción.
Hay más muertos.
Hay más heridos.
Hay más desplazados.
Hay más miedo.
Hay más resentimiento.
Hay más desconfianza.
Y existe una gigantesca factura económica y humana que tardará años en pagarse.
Sin embargo, las cuestiones fundamentales permanecen abiertas.
El régimen iraní continúa en el poder.
La cuestión nuclear continúa sin resolverse definitivamente.
Hezbollah continúa existiendo.
Hamás continúa existiendo.
La cuestión palestina continúa abierta.
La rivalidad entre Irán e Israel continúa viva.
Los odios acumulados durante generaciones continúan presentes.
Y precisamente por eso resulta difícil contemplar este acuerdo como una solución definitiva.
Quizá detenga temporalmente los combates.
Quizá evite una escalada aún más destructiva.
Quizá proporcione un respiro a todas las partes.
Ojalá sea así.
Pero una cosa es detener una guerra.
Y otra muy distinta resolver el conflicto que la provocó.
La historia juzgará este acuerdo con el paso de los años.
Y sólo entonces sabremos si estamos ante el comienzo de una paz duradera o ante una simple pausa estratégica.
Por ahora, el balance parece mucho más modesto que las promesas realizadas.
Demasiado modesto.
Después de tanta destrucción.
Después de tantos muertos.
Después de tantos discursos.
Después de tantas amenazas.
Después de tantas promesas de victoria total.
La conclusión provisional resulta difícil de evitar.
La montaña parió un ratón.
Y para este viaje, ciertamente, no hacían falta estas alforjas.
Pero quizá exista una conclusión todavía más inquietante.
Tal vez el verdadero problema no sea que la montaña haya parido un ratón.
Tal vez el verdadero problema sea que, una vez más, Oriente Medio sigue atrapado en la misma espiral de miedo, odio, violencia y venganza que lo acompaña desde hace generaciones.
Y que esta guerra, lejos de cerrarla, no ha hecho más que añadir un nuevo capítulo a la historia interminable.