EL CLIMA, LA CIENCIA Y EL DERECHO A DUDAR
¿Qué ocurre cuando una teoría deja de discutirse y comienza a exigirse como un acto de fe?
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
El clima, la ciencia y el derecho a dudar
¿Qué ocurre cuando una teoría deja de discutirse y comienza a exigirse como un acto de fe?
Vivimos una época paradójica.
Nunca habíamos reunido tantos conocimientos científicos, tantos instrumentos de observación y tantos medios para estudiar la naturaleza. Sin embargo, pocas veces había resultado tan difícil formular determinadas preguntas sin ser inmediatamente etiquetado como ignorante, irresponsable o enemigo de la ciencia.
Este libro no niega que el clima cambie.
Sería absurdo hacerlo.
El clima siempre ha cambiado.
Lo hizo mucho antes de que existiera el ser humano y seguirá cambiando cuando nosotros hayamos desaparecido.
La verdadera cuestión no consiste en discutir si el clima cambia, sino en preguntarnos cómo conocemos esos cambios, cómo interpretamos los datos y hasta qué punto determinadas conclusiones científicas pueden convertirse en fundamento de decisiones políticas que afectan profundamente a nuestra libertad, nuestra economía y nuestra forma de vivir.
Ésa es la cuestión de fondo.
No el clima.
La relación entre la ciencia y el poder.
La realidad no depende de nuestras opiniones
Desde Aristóteles sabemos que las cosas son como son.
No cambian porque un gobierno apruebe una ley.
Ni porque una organización internacional publique un informe.
Ni porque una mayoría vote una determinada resolución.
La realidad permanece completamente indiferente a nuestras preferencias.
Nuestra obligación consiste precisamente en conocerla lo mejor posible.
Y eso exige distinguir cuidadosamente entre tres cosas muy distintas.
Los hechos.
Los datos.
Y las interpretaciones.
Los hechos pertenecen a la naturaleza.
Los datos intentan describir esos hechos.
Las interpretaciones son elaboraciones humanas.
Confundir esos tres niveles constituye uno de los errores intelectuales más frecuentes de nuestro tiempo.
La ciencia nunca termina
La ciencia no fabrica verdades eternas.
Formula hipótesis.
Las somete a prueba.
Las corrige.
Las abandona cuando aparecen explicaciones mejores.
Karl Popper explicó admirablemente este proceso.
Una teoría científica nunca queda definitivamente demostrada.
Simplemente resiste, por el momento, los intentos de demostrar que resulta insuficiente o errónea.
Por eso la ciencia necesita crítica.
Necesita discusión.
Necesita libertad.
Cuando una teoría deja de admitir preguntas, deja también de comportarse como una teoría científica.
Empieza a parecerse a un dogma.
Y los dogmas nunca aceptan ser discutidos.
Consenso no significa verdad
A menudo se afirma que existe un consenso científico.
Puede existir.
Pero el consenso nunca ha constituido una prueba.
Durante siglos casi todos los astrónomos defendieron el geocentrismo.
La inmensa mayoría de los médicos rechazó inicialmente la teoría microbiana.
Alfred Wegener fue ridiculizado cuando propuso la deriva continental.
Las mayorías pueden equivocarse.
También las academias.
También los gobiernos.
También las organizaciones internacionales.
Precisamente por eso la ciencia no se decide mediante votaciones.
Se decide confrontando hipótesis con la realidad.
Del laboratorio al Parlamento
Una cosa consiste en investigar.
Otra muy distinta en gobernar.
La ciencia puede explicar fenómenos.
La política decide qué hacer.
Cuando ambas esferas se confunden aparecen los problemas.
Una teoría científica pasa a convertirse en fundamento de leyes, impuestos, prohibiciones y enormes programas económicos.
Y entonces deja de discutirse únicamente en los laboratorios.
Pasa a afectar directamente a la vida cotidiana de millones de personas.
En ese momento el ciudadano no sólo tiene derecho a preguntar.
Tiene el deber de hacerlo.
España: el clima como explicación universal
En España existe una preocupante tendencia a convertir el cambio climático en explicación casi automática de cualquier desastre natural.
Arden los montes.
Se culpa al clima.
Se desbordan los ríos.
También al clima.
Se producen sequías.
Otra vez el clima.
Sin embargo, rara vez se examinan con el mismo interés cuestiones mucho más concretas.
¿Se limpiaron los montes?
¿Se mantuvieron los cortafuegos?
¿Se conservaron los cauces?
¿Se inspeccionaron las presas?
¿Se ejecutaron las obras previstas?
¿Se permitió que desaparecieran agricultores, ganaderos y pastores que durante siglos mantuvieron el territorio?
Los fenómenos naturales no pueden evitarse.
Muchas catástrofes sí pueden reducirse mediante una buena gestión.
El abandono del mundo rural
España no se enfrenta únicamente a un problema climático.
Padece también un problema territorial.
Miles de pueblos se vacían.
Desaparecen agricultores.
Cierran explotaciones ganaderas.
Se abandonan acequias.
Se colmatan cauces.
Se pierde un conocimiento acumulado durante generaciones.
El paisaje español no es una selva virgen.
Es una obra colectiva construida durante siglos.
Cuando desaparecen quienes lo cuidaban, desaparece también buena parte de su equilibrio.
El agua: nuestra verdadera riqueza
España siempre ha sabido que el agua constituye su principal recurso estratégico.
Romanos.
Musulmanes.
Ingenieros de la Monarquía Hispánica.
Regeneracionistas.
Todos comprendieron la misma realidad.
Almacenar agua cuando abunda para disponer de ella cuando escasea.
Embalses.
Azudes.
Canales.
Acequias.
Pantanos.
No representan un capricho.
Constituyen una respuesta histórica a un clima caracterizado por alternar largas sequías con lluvias torrenciales.
Cualquier decisión sobre estas infraestructuras exige prudencia, conocimiento técnico y una evaluación rigurosa de sus consecuencias.
La vieja tentación de domesticar la ciencia
El caso de Trofim Lysenko demuestra hasta dónde puede llegar la politización del conocimiento.
La biología dejó de depender de los hechos.
Comenzó a depender del Partido Comunista.
La genética fue perseguida.
Los investigadores fueron silenciados.
La agricultura terminó pagando un precio enorme.
La enseñanza permanece plenamente vigente.
Cuando el poder decide previamente cuál debe ser la conclusión de una investigación, deja de existir ciencia.
Sólo queda propaganda.
Veinticuatro siglos defendiendo el derecho a preguntar
Desde Aristóteles hasta Popper, pasando por Bacon, Galileo, Descartes, Hume, Kuhn, Polanyi y Hayek, el pensamiento occidental ha defendido siempre la misma idea.
La verdad no pertenece a ningún gobierno.
Ni a ninguna universidad.
Ni a ninguna organización internacional.
Debe buscarse mediante observación, razonamiento, contraste y libertad.
Toda teoría puede mejorar.
Toda explicación puede corregirse.
Toda hipótesis debe admitir preguntas.
Ésa constituye precisamente la grandeza de la ciencia.
Averroes tenía razón
Hace casi nueve siglos, Averroes resumió admirablemente el origen de todos los fanatismos.
La ignorancia conduce al miedo.
El miedo conduce al odio.
El odio conduce a la violencia.
La única forma de romper esa cadena consiste en recorrer el camino contrario.
Conocimiento.
Razón.
Debate.
Libertad.
Conclusión
Este libro no pretende sustituir una ortodoxia por otra.
No invita a aceptar ciegamente ninguna explicación.
Invita, sencillamente, a recuperar una actitud intelectual que hizo posible el nacimiento mismo de la ciencia.
Observar.
Preguntar.
Contrastar.
Rectificar.
Pensar.
Porque una sociedad que deja de formular preguntas comienza lentamente a renunciar a su libertad.
Y una ciencia que deja de admitir críticas deja también de ser ciencia.
Quizá por eso convenga terminar exactamente igual que comenzó este libro.
No con una consigna.
Ni con un eslogan.
Ni siquiera con una conclusión definitiva.
Sino con una invitación.
No dejemos nunca de preguntar.
Porque la naturaleza no negocia con nuestras creencias.
La realidad no vota.
Y, antes o después, siempre acaba imponiéndose.
SI QUIERES PROFUNDIZAR Y SABER MÁS, SIGUE LEYENDO.
EL CLIMA, LA CIENCIA Y EL DERECHO A DUDAR
Introducción

Vivimos una época paradójica.
Nunca habíamos dispuesto de tantos medios para observar la naturaleza y, sin embargo, pocas veces se había pretendido imponer con tanta firmeza una única interpretación de ella.
Miles de satélites orbitan la Tierra.
Boyas oceanográficas registran temperaturas y corrientes marinas.
Estaciones meteorológicas recogen millones de datos cada día.
Ordenadores de enorme potencia procesan cantidades ingentes de información.
Jamás la humanidad había observado tanto.
Pero observar no es comprender.
Y comprender no es creer.
Éste no es un libro contra la ciencia.
Muy al contrario.
Es un alegato en defensa de la ciencia entendida como búsqueda honrada de la verdad.
Porque la ciencia no consiste en repetir consignas.
Consiste en preguntar.
En comprobar.
En rectificar cuando la realidad demuestra que nos hemos equivocado.
La cuestión no es si el clima cambia.
El clima siempre ha cambiado.
La Tierra jamás ha permanecido inmóvil.
Ha conocido períodos glaciales y épocas mucho más cálidas que la actual.
Los mares han avanzado y retrocedido.
Los desiertos han ocupado antiguos bosques.
Los bosques han cubierto regiones hoy áridas.
Nada de ello constituye una novedad.
La verdadera cuestión es otra.
¿Cómo sabemos lo que creemos saber?
¿Cómo distinguimos los hechos de las interpretaciones?
¿En qué momento una hipótesis científica deja de ser una explicación provisional para convertirse en un dogma político?
Responder a estas preguntas resulta hoy imprescindible.
Porque de ellas dependen decisiones que afectan a la energía, la agricultura, la industria, la gestión del agua, la ordenación del territorio, la economía, la libertad de expresión y, en definitiva, a nuestra forma de vivir.
Cuando una teoría sirve de fundamento para transformar la sociedad, el ciudadano no sólo tiene derecho a examinarla.
Tiene el deber de hacerlo.
Volvamos a Aristóteles

Para comprender el presente conviene regresar más de dos mil trescientos años atrás.
No porque Aristóteles conociera los satélites, los modelos climáticos o los ordenadores.
Sino porque comprendió algo mucho más importante.
Antes de discutir cualquier cuestión debemos saber cómo pensamos.
Y, sobre todo, cómo razonamos.
Aristóteles formuló algunos principios tan sencillos que hoy apenas reparamos en ellos.
El primero afirma que las cosas son lo que son.
La realidad existe con independencia de nuestros deseos.
Una montaña continúa donde estaba aunque nadie la contemple.
El Sol seguirá saliendo aunque todos los parlamentos del mundo voten en sentido contrario.
Los océanos obedecen a las leyes de la naturaleza, no a las resoluciones de las organizaciones internacionales.
El segundo principio establece que una proposición no puede ser verdadera y falsa al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Parece una obviedad.
Sin embargo, buena parte de la confusión contemporánea nace precisamente del abandono de esta regla elemental.
Hoy asistimos con frecuencia a debates donde los sentimientos sustituyen a los argumentos, las consignas reemplazan al razonamiento y la adhesión ideológica ocupa el lugar reservado a las pruebas.
Cuando eso ocurre, dejamos de buscar la verdad.
Comenzamos simplemente a defender una bandera.
Y la ciencia jamás ha consistido en eso.
Sólo existe una realidad
En los últimos años se ha popularizado una expresión tan repetida como equívoca.
«Cada uno tiene su verdad.»
No.
Cada uno puede tener su opinión.
Su interpretación.
Sus creencias.
Sus intereses.
Pero la realidad sólo es una.
Lo que cambia es nuestro conocimiento de ella.
Los seres humanos percibimos el mundo mediante nuestros sentidos.
Como éstos resultan limitados, construimos instrumentos que amplían su alcance.
Microscopios.
Telescopios.
Espectrómetros.
Satélites.
Sensores.
Boyas.
Superordenadores.
Todos ellos aumentan nuestra capacidad de observación.
Pero ninguno piensa.
Ninguno interpreta.
Ninguno extrae conclusiones.
Los instrumentos ofrecen datos.
Las personas elaboran explicaciones.
Y precisamente ahí aparece la dificultad.
Los datos pueden ser impecables.
La interpretación puede resultar equivocada.
Toda la historia de la ciencia demuestra esta afirmación.
Los hechos permanecen.
Las teorías cambian.
No era el universo el que se transformaba cuando Copérnico corrigió el modelo geocéntrico.
Era nuestra comprensión del universo.
No cambió la realidad.
Cambió el conocimiento.
Por eso conviene distinguir cuidadosamente tres conceptos.
Los hechos.
Los datos.
Y las interpretaciones.
Quien los confunde termina confundiendo también la ciencia con la opinión.
La ciencia no fabrica certezas
Existe otra idea profundamente equivocada.
La ciencia demostraría definitivamente las cosas.
No es verdad.
La ciencia jamás ha funcionado así.
Formula preguntas.
Propone hipótesis.
Construye teorías.
Diseña experimentos.
Contrasta resultados.
Descarta errores.
Y vuelve a empezar.
Nunca alcanza una verdad absoluta.
Consigue, sencillamente, comprender un poco mejor la realidad.
Karl Popper recordaba que una teoría científica nunca queda demostrada para siempre.
Únicamente resiste, de momento, los intentos serios de refutarla.
Mañana puede aparecer un hecho nuevo que obligue a corregirla o incluso a abandonarla.
Ésa no constituye una debilidad.
Constituye precisamente su mayor fortaleza.
La ciencia progresa porque acepta la posibilidad de equivocarse.
Por eso desconfío de quienes afirman:
«La ciencia ha hablado.»
«El debate ha terminado.»
«Ya no cabe discusión.»
La ciencia nunca habla con voz única.
Hablan los científicos.
Y los científicos, como todos los seres humanos, pueden acertar.
Y también pueden equivocarse.
Cuando una teoría deja de admitir preguntas, deja igualmente de ser ciencia.
Se convierte en dogma.
Y los dogmas no necesitan investigadores.
Necesitan creyentes.
El consenso no sustituye a las pruebas
Se invoca con frecuencia el llamado consenso científico.
Como si el número de personas que apoyan una teoría determinara automáticamente su veracidad.
La historia demuestra exactamente lo contrario.
Durante siglos casi todos los astrónomos defendieron que el Sol giraba alrededor de la Tierra.
La inmensa mayoría de los médicos rechazó inicialmente la teoría microbiana de las enfermedades.
La deriva continental fue ridiculizada durante décadas.
Las mayorías también se equivocan.
Las academias se equivocan.
Los gobiernos se equivocan.
Las universidades se equivocan.
Los organismos internacionales se equivocan.
Y quienes discrepan también pueden equivocarse.
Por eso la ciencia no se basa en mayorías.
Se basa en pruebas.
El consenso merece respeto.
Nunca obediencia ciega.
Porque la naturaleza ignora cuántas personas apoyan una explicación.
Sólo responde a sus propias leyes.
Interpretar… he ahí la cuestión

Dos investigadores pueden estudiar exactamente los mismos datos y llegar a conclusiones distintas.
¿Por qué?
Porque observar no equivale a interpretar.
La observación aspira a describir.
La interpretación intenta explicar.
Y toda explicación depende, en mayor o menor medida, de los conocimientos previos, de las hipótesis de partida, de la experiencia acumulada y, a veces, también de prejuicios o intereses.
Sucede en la Historia.
Sucede en la Economía.
Sucede en el Derecho.
Y sucede igualmente en las ciencias naturales.
Las encuestas constituyen un buen ejemplo.
No es necesario manipular los resultados para orientar una conclusión.
Basta elegir una muestra determinada.
Formular las preguntas de una manera concreta.
Presentarlas en un orden específico.
Agrupar las respuestas de cierto modo.
O destacar unos datos mientras se silencian otros.
Las cifras pueden ser correctas.
La interpretación puede conducir al lector hacia una conclusión previamente deseada.
Con el clima ocurre algo semejante.
Las mediciones pertenecen al terreno de la observación.
Las explicaciones pertenecen al terreno de la interpretación.
Y entre ambas existe una diferencia esencial.
Confundir el dato con su explicación constituye uno de los errores intelectuales más frecuentes de nuestro tiempo.
Porque el verdadero debate no suele girar alrededor de las mediciones.
Gira alrededor de cómo deben interpretarse.
Y ahí es donde comienza realmente esta historia.
EL CLIMA, LA CIENCIA Y EL DERECHO A DUDAR
¿Qué ocurre cuando una teoría deja de discutirse y comienza a exigirse como un acto de fe?
ENTREGA II
Tiempo atmosférico y clima
Uno de los errores más frecuentes consiste en confundir el tiempo atmosférico con el clima.
No son la misma cosa.
El tiempo describe lo que ocurre en un lugar y en un momento determinados.
Llueve.
Nieva.
Hace calor.
Se produce una tormenta.
Sopla un fuerte viento.
Todo ello pertenece al tiempo atmosférico.
El clima, en cambio, pretende describir tendencias observadas durante períodos muy prolongados y en regiones muy extensas.
La diferencia no es menor.
Una golondrina no hace verano.
Una ola de calor no demuestra una teoría climática.
Tampoco una nevada excepcional la desmiente.
Un verano especialmente seco no basta para explicar la evolución del clima terrestre.
Ni unas lluvias abundantes sirven para negar ninguna hipótesis.
Los fenómenos aislados sólo adquieren significado cuando se analizan dentro de series suficientemente largas y mediante métodos rigurosos.
Sin embargo, el debate público suele desarrollarse de otra manera.
Cada incendio.
Cada inundación.
Cada sequía.
Cada tormenta.
Cada ola de calor.
Cada episodio de frío intenso.
Todo parece convertirse inmediatamente en prueba irrefutable de una explicación previamente aceptada.
El razonamiento termina siendo circular.
Si hace calor, confirma la teoría.
Si hace frío, también.
Si llueve demasiado, confirma la teoría.
Si no llueve, igualmente.
Cuando una explicación sirve para justificar cualquier resultado posible, conviene preguntarse hasta qué punto explica realmente algo.
La prudencia intelectual exige distinguir cuidadosamente entre los hechos observados y las conclusiones que extraemos de ellos.
Ésa constituye una de las primeras obligaciones de todo investigador.
Y también de todo ciudadano.
La duda no es un delito intelectual

Preguntar nunca ha sido un pecado contra la ciencia.
Todo lo contrario.
Ha sido siempre su motor.
Sócrates convirtió la pregunta en el instrumento esencial del conocimiento.
Aristóteles enseñó a ordenar el razonamiento.
Galileo desafió lo que entonces parecía indiscutible.
Newton corrigió explicaciones anteriores.
Einstein corrigió parcialmente a Newton.
Y mañana otros corregirán aquello que hoy creemos entender.
Así progresa el conocimiento.
No mediante obediencia.
Sino mediante examen crítico.
Dudar no significa negar.
Quien pregunta no afirma necesariamente lo contrario.
Simplemente desea comprobar si las explicaciones disponibles resisten un análisis riguroso.
Ésa constituye precisamente la esencia del pensamiento científico.
Karl Popper resumió admirablemente esta idea.
Una teoría científica debe poder ponerse a prueba.
Debe admitir la posibilidad de ser refutada.
Si ninguna observación pudiera demostrar que una teoría es errónea, dejaría de pertenecer al ámbito de la ciencia.
Pasaría al terreno de la creencia.
Por eso resulta preocupante escuchar expresiones como éstas:
«El debate ha terminado.»
«La ciencia ya decidió.»
«No hay nada más que discutir.»
La ciencia jamás cierra definitivamente un debate.
Los gobiernos sí suelen hacerlo.
Las ideologías también.
La diferencia resulta esencial.
La ciencia vive de las preguntas.
Los dogmas sobreviven eliminándolas.
Cuando preguntar comienza a molestar
Existe otro fenómeno igualmente preocupante.
Cada vez resulta más frecuente sustituir el debate por la descalificación.
Quien formula una objeción deja de ser considerado un interlocutor.
Pasa a convertirse en sospechoso.
No se responde a sus argumentos.
Se examinan sus intenciones.
¿Quién lo financia?
¿A qué grupo pertenece?
¿Qué intereses oculta?
¿Qué pretende realmente?
El contenido desaparece.
Sólo permanece el mensajero.
Esta forma de proceder constituye uno de los rasgos característicos del pensamiento dogmático.
No intenta averiguar si una afirmación es verdadera.
Sólo pretende desacreditar a quien la formula.
La historia ofrece numerosos ejemplos.
Galileo fue condenado porque cuestionaba una interpretación oficial.
Ignaz Semmelweis fue ridiculizado por recomendar que los médicos se lavaran las manos antes de atender a las parturientas.
Alfred Wegener soportó décadas de burlas cuando defendió la deriva continental.
No siempre quien discrepa tiene razón.
Pero impedirle hablar nunca ayuda a descubrirla.
Cuando una sociedad empieza a temer las preguntas, debería comenzar también a preocuparse por su libertad.
La nueva tentación autoritaria

Vivimos un tiempo en el que determinadas instituciones parecen sentirse incómodas ante el debate abierto.
Gobiernos.
Organizaciones internacionales.
Universidades.
Grandes medios de comunicación.
Plataformas digitales.
Con frecuencia actúan como si determinadas cuestiones hubieran quedado definitivamente resueltas.
Y quien discrepa merece ser apartado del debate.
No hace falta encarcelar al disidente.
Basta con silenciarlo.
Negarle la palabra.
Cancelar conferencias.
Retirar subvenciones.
Dificultar su carrera profesional.
Etiquetarlo.
Ridiculizarlo.
Presentarlo como un peligro público.
Las formas cambian.
El mecanismo permanece.
No siempre el autoritarismo llega vestido con uniforme.
A veces aparece envuelto en buenas intenciones.
Dice protegernos.
Dice combatir la desinformación.
Dice defender la ciencia.
Pero termina decidiendo quién puede hablar y quién debe callar.
Ése constituye un riesgo evidente para cualquier sociedad libre.
Porque la libertad de expresión no existe para proteger las opiniones mayoritarias.
Ésas nunca necesitan protección.
Existe precisamente para garantizar que las ideas incómodas puedan discutirse sin miedo.
La historia demuestra que ninguna autoridad posee el monopolio de la verdad.
Ni los gobiernos.
Ni las universidades.
Ni las academias.
Ni las organizaciones internacionales.
Ni tampoco los científicos.
Todos pueden equivocarse.
Precisamente por eso resulta imprescindible conservar el derecho a discrepar.
De la teoría a la ley

Una cosa es investigar.
Otra muy distinta consiste en gobernar.
La ciencia puede describir fenómenos.
Puede elaborar modelos.
Puede advertir de posibles riesgos.
Puede ofrecer distintas explicaciones.
Pero no decide qué leyes deben aprobarse.
No establece cuánto debe pagar un agricultor.
No determina si debe cerrarse una central eléctrica.
No decide qué automóvil puede circular.
No fija impuestos.
No organiza la economía.
Todo eso pertenece al ámbito de la política.
Y toda decisión política debe someterse al mismo examen crítico que cualquier otra actuación del poder.
En Europa, determinadas teorías sobre el clima han servido de fundamento para un amplio conjunto de políticas conocidas popularmente como «políticas verdes».
Sus defensores sostienen que resultan imprescindibles para proteger el medio natural y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
Sus críticos responden que muchas de esas medidas están debilitando la agricultura, la ganadería, la industria, la producción energética y la capacidad competitiva del continente.
Ése sí constituye un debate legítimo.
Porque las decisiones políticas nunca deben juzgarse únicamente por sus intenciones.
También por sus resultados.
Y los resultados comienzan a ser visibles.
El declive elegido
Europa fue durante siglos uno de los grandes centros industriales del mundo.
Produjo acero.
Construyó barcos.
Fabricó automóviles.
Desarrolló la industria química.
Impulsó la investigación científica.
Exportó tecnología.
Hoy, sin embargo, muchas empresas abandonan el continente.
La energía resulta cada vez más cara.
La producción pierde competitividad.
Los agricultores denuncian exigencias que sus competidores extranjeros no soportan.
Los ganaderos contemplan cómo aumentan las restricciones mientras disminuye la rentabilidad de sus explotaciones.
Numerosas industrias trasladan su producción a países donde la energía resulta más barata y la regulación mucho menos exigente.
Europa presume de reducir emisiones.
Pero continúa importando productos fabricados precisamente en esos países.
La contaminación no desaparece.
Simplemente cambia de lugar.
El empleo también.
La riqueza igualmente.
Se produce así una paradoja difícil de ocultar.
Europa reduce su capacidad para producir aquello que necesita.
Y aumenta su dependencia respecto de quienes sí continúan produciéndolo.
Ninguna nación conserva plenamente su independencia cuando depende de otros para obtener alimentos, energía, materias primas o bienes esenciales.
La historia lo demuestra una y otra vez.
Por eso conviene preguntarse si determinadas políticas persiguen realmente los fines que anuncian o si, por el contrario, están acelerando un proceso de empobrecimiento económico, dependencia estratégica y pérdida de autonomía que terminará pagando el conjunto de los ciudadanos.
Porque las buenas intenciones jamás bastan.
Las políticas deben juzgarse por sus consecuencias.
Y la realidad, una vez más, siempre termina imponiéndose sobre los discursos.
EL CLIMA, LA CIENCIA Y EL DERECHO A DUDAR
¿Qué ocurre cuando una teoría deja de discutirse y comienza a exigirse como un acto de fe?
ENTREGA III
España: el clima como disculpa

Si existe un país donde el debate climático ha adquirido rasgos especialmente llamativos, ése es España.
No porque nuestro clima sea distinto del de otros lugares.
Ni porque las temperaturas obedezcan leyes diferentes.
Sino porque, con demasiada frecuencia, el cambio climático se ha convertido en una explicación universal que permite eludir responsabilidades muy concretas.
Arde un monte.
La culpa es del cambio climático.
Se desborda un río.
La culpa vuelve a ser del cambio climático.
Una sequía reduce las cosechas.
Otra vez el cambio climático.
Una lluvia torrencial provoca una catástrofe.
De nuevo aparece la misma explicación.
Sin embargo, pocas veces se plantean otras preguntas igualmente necesarias.
¿Se limpiaron los montes?
¿Se retiró la maleza seca?
¿Se conservaron los cortafuegos?
¿Se mantuvieron los caminos forestales?
¿Se permitió el aprovechamiento ganadero que durante siglos redujo naturalmente el combustible vegetal?
¿Se limpiaron los cauces de los ríos?
¿Se inspeccionaron las infraestructuras hidráulicas?
¿Se ejecutaron las obras previstas?
¿Se invirtió en prevención?
¿O se actuó únicamente cuando la desgracia ya era inevitable?
La naturaleza produce fenómenos extremos.
Siempre los ha producido.
Lo que convierte un fenómeno natural en una catástrofe suele ser la ausencia de previsión, la negligencia o la mala gestión.
Un incendio comienza con una chispa.
Pero alcanza dimensiones devastadoras cuando encuentra millones de toneladas de combustible acumulado durante años.
Una riada nace de una lluvia intensa.
Pero sus efectos aumentan extraordinariamente cuando los cauces permanecen abandonados, las infraestructuras deterioradas y las zonas inundables ocupadas sin planificación.
Culpar exclusivamente al clima resulta cómodo.
Pero la comodidad nunca ha sido sinónimo de verdad.
La conservación no tiene sustituto
Durante siglos, los españoles aprendieron a convivir con un territorio difícil.
Construyeron bancales en las montañas.
Abrieron acequias.
Levantaron azudes.
Excavaron canales.
Repoblaron montes.
Mantuvieron caminos.
Limpiaron cauces.
Crearon dehesas.
Aprovecharon los pastos.
Todo ello exigía trabajo continuo.
La naturaleza no se conserva mediante discursos.
Necesita cuidados permanentes.
Los bosques requieren limpieza.
Los cauces necesitan mantenimiento.
Las infraestructuras hidráulicas exigen inspecciones periódicas.
Los cortafuegos deben mantenerse abiertos.
Las pistas forestales deben conservarse transitables.
Nada de eso ocurre espontáneamente.
Sin embargo, durante los últimos años parece haberse extendido una idea peligrosa.
Basta con dejar actuar a la naturaleza.
Pero esa afirmación sólo resulta válida cuando hablamos de ecosistemas verdaderamente salvajes.
España no es una selva virgen.
Buena parte de su paisaje constituye el resultado de siglos de interacción entre el hombre y el medio natural.
Eliminar esa presencia humana no devuelve necesariamente el equilibrio.
En muchas ocasiones produce exactamente lo contrario.
La demolición de presas y azudes
Uno de los ejemplos más discutidos de esta nueva forma de entender la gestión del territorio aparece en la política hidráulica.
Durante generaciones, España construyó embalses, presas, azudes, canales y acequias.
No por capricho.
Sino porque el agua constituye nuestro recurso más escaso y más valioso.
Nuestro clima alterna largos períodos de sequía con lluvias torrenciales.
Precisamente por ello nuestros antepasados comprendieron la necesidad de almacenar agua cuando abundaba para disponer de ella cuando faltara.
Los embalses permiten regular avenidas.
Reducen parcialmente el efecto de determinadas riadas.
Garantizan abastecimientos urbanos.
Facilitan el riego.
Producen energía.
Y sostienen buena parte de la actividad económica.
Los azudes desempeñan igualmente funciones esenciales.
Elevan el nivel del agua.
Alimentan canales y acequias.
Favorecen el riego tradicional.
Forman parte de un patrimonio hidráulico acumulado durante siglos.
Naturalmente, ninguna obra humana resulta intocable.
Toda presa debe inspeccionarse.
Todo azud debe mantenerse.
Toda infraestructura exige controles periódicos.
Algunas habrán perdido su utilidad.
Otras deberán reformarse.
Otras quizá convenga sustituirlas.
Pero convertir la demolición en un principio general constituye una decisión difícilmente compatible con la realidad física de un país como España.
Si las sequías preocupan.
¿Por qué destruir infraestructuras destinadas precisamente a almacenar agua?
Si las lluvias torrenciales aumentan.
¿Por qué reducir la capacidad para regular parte de esas avenidas?
La lógica invita, al menos, a plantear esas preguntas.
El asilvestramiento del territorio
Existe otra idea que merece una reflexión serena.
La mejor manera de conservar la naturaleza consistiría en abandonar la intervención humana.
La afirmación puede resultar atractiva.
Pero la realidad suele ser bastante más compleja.
Gran parte del paisaje español no nació espontáneamente.
Las dehesas.
Los olivares.
Los castañares.
Los alcornocales.
Los pastizales.
Las terrazas agrícolas.
Los bancales.
Las acequias.
Los caminos.
Los muros de piedra.
Todo ello forma parte de un paisaje construido lentamente por generaciones enteras.
Cuando desaparecen agricultores y ganaderos también desaparecen muchas de las tareas que mantenían ese territorio.
Los rebaños dejan de limpiar el monte.
Las parcelas dejan de cultivarse.
Los caminos se cierran.
Las acequias se colmatan.
Los árboles muertos permanecen donde caen.
La maleza invade los antiguos cultivos.
Se acumula combustible vegetal.
Y cuando aparece un incendio encuentra continuidad suficiente para recorrer decenas de kilómetros sin apenas obstáculos.
Paradójicamente, aquello que algunos presentan como una victoria de la naturaleza termina aumentando su fragilidad.
Porque el abandono no siempre significa conservación.
Con frecuencia significa simple abandono.
El vaciamiento de España

La despoblación constituye probablemente una de las mayores transformaciones sufridas por nuestro país durante las últimas décadas.
Miles de pueblos pierden habitantes año tras año.
Cierran escuelas.
Desaparecen comercios.
Se clausuran consultorios médicos.
Los jóvenes marchan.
Los mayores permanecen hasta que también ellos desaparecen.
Con ellos se extingue un conocimiento acumulado durante siglos.
Desaparecen quienes sabían dónde limpiar un arroyo.
Dónde abrir una zanja.
Cómo mantener un camino.
Cuándo limpiar una acequia.
Cómo aprovechar un pastizal sin destruirlo.
Cómo reducir el riesgo de incendio mediante el pastoreo.
Todo ese saber apenas aparece en los grandes planes estratégicos.
Sin embargo, constituye una riqueza extraordinaria.
El abandono del campo no sólo tiene consecuencias económicas.
También modifica profundamente el paisaje.
Un territorio sin habitantes termina convirtiéndose en un territorio sin vigilancia.
Y un territorio sin vigilancia resulta mucho más vulnerable frente al fuego, las riadas, la erosión o las plagas.
Quizá convendría recordar una verdad muy sencilla.
La mejor política de conservación comienza evitando que desaparezcan quienes viven y trabajan en el medio rural.
Prevenir no da votos
Existe una razón adicional que explica buena parte de este problema.
La prevención apenas proporciona rendimiento político.
Un incendio que nunca llega a producirse no ocupa las portadas de los periódicos.
Una inundación evitada no genera grandes titulares.
Un monte bien gestionado apenas llama la atención.
Un cauce limpio no provoca ruedas de prensa.
La prevención exige constancia.
Planificación.
Trabajo cotidiano.
Presupuestos estables.
Y sus mejores resultados consisten precisamente en aquello que no sucede.
Ningún gobernante puede fotografiarse junto a una catástrofe evitada.
Resulta mucho más sencillo acudir después del desastre.
Prometer ayudas.
Anunciar inversiones.
Buscar culpables lejanos.
Señalar al cambio climático.
Y esperar a que la actualidad desplace la atención hacia la siguiente tragedia.
Sin embargo, gobernar no consiste en administrar emergencias.
Consiste, sobre todo, en evitarlas cuando resulta posible.
Porque los incendios no empiezan el día en que aparece la primera llama.
Empiezan muchos años antes.
Cuando se abandona el monte.
Cuando desaparecen los pastores.
Cuando no se limpian los cortafuegos.
Cuando se dejan colmatar los cauces.
Cuando se aplazan las obras necesarias.
Cuando la prevención deja de ser una prioridad.
Y entonces, inevitablemente, llega el momento en que la naturaleza presenta la factura.
Y casi siempre la pagan quienes menos responsabilidad tuvieron en la negligencia de quienes debían haber prevenido el desastre.
EL CLIMA, LA CIENCIA Y EL DERECHO A DUDAR
¿Qué ocurre cuando una teoría deja de discutirse y comienza a exigirse como un acto de fe?
ENTREGA IV
Adaptarse a la realidad
Existe una idea tan antigua como el propio pensamiento humano.
La realidad no cambia porque nosotros lo deseemos.
Podemos ignorarla.
Podemos interpretarla mal.
Podemos incluso negarla durante algún tiempo.
Pero tarde o temprano acaba imponiéndose.
La historia constituye una sucesión casi interminable de ejemplos.
Las burbujas económicas terminan estallando.
Las malas cosechas llegan cuando se abandona el campo.
Las infraestructuras deterioradas acaban fallando.
Los bosques abandonados terminan ardiendo.
Los cauces sin mantenimiento acaban desbordándose.
Y las sociedades que viven durante demasiado tiempo de espaldas a la realidad acaban pagando un precio muy elevado.
La inteligencia no consiste en obligar a la realidad a adaptarse a nuestras ideas.
Consiste en adaptar nuestras ideas a la realidad.
Ésa ha sido siempre la esencia de la ciencia.
Y también de la prudencia.
¿Quién gana con todo esto?
Toda gran transformación política y económica plantea una pregunta inevitable.
¿Quién paga?
¿Y quién obtiene beneficios?
No basta con proclamar nobles intenciones.
Conviene seguir el rastro del dinero.
Las llamadas políticas verdes movilizan cantidades gigantescas de recursos públicos.
Subvenciones.
Fondos europeos.
Ayudas.
Contratos.
Consultorías.
Organismos.
Agencias.
Observatorios.
Fundaciones.
Empresas especializadas.
Nuevos impuestos.
Mercados de derechos de emisión.
Normas cada vez más complejas.
No hay nada ilícito en ello.
Pero tampoco existe motivo alguno para renunciar al examen crítico.
Toda política que mueve miles de millones de euros genera inevitablemente intereses económicos muy poderosos.
Y cuando aparecen intereses de semejante magnitud, aumenta también la tentación de presentar determinadas decisiones como indiscutibles.
No porque hayan quedado definitivamente demostradas.
Sino porque cuestionarlas podría poner en peligro enormes cantidades de dinero y poder.
Por eso el ciudadano tiene derecho a preguntar.
¿Cuánto cuesta?
¿Quién lo paga?
¿Quién lo cobra?
¿Qué resultados concretos se han obtenido?
¿Han mejorado realmente los bosques?
¿Se conservan mejor los ríos?
¿Disminuyen los grandes incendios?
¿Se protege mejor a la población frente a las inundaciones?
¿O simplemente crece la burocracia mientras la realidad permanece prácticamente igual?
Las preguntas no constituyen un ataque contra la ciencia.
Constituyen un ejercicio de responsabilidad democrática.
Ciencia, política y humildad
Conviene recordar algo que los mejores científicos nunca olvidaron.
Cuanto más aprendemos, mayor conciencia adquirimos de todo aquello que ignoramos.
Isaac Newton comparaba su trabajo con el de un niño que juega en la orilla del mar mientras el inmenso océano de la verdad permanece todavía inexplorado.
Esa actitud merece un nombre.
Humildad.
La humildad intelectual no consiste en desconfiar sistemáticamente de todo.
Consiste en reconocer los límites del propio conocimiento.
Quien afirma conocer con absoluta certeza el comportamiento futuro de un sistema tan extraordinariamente complejo como el clima terrestre debería mostrar una prudencia mucho mayor.
En el clima intervienen la actividad solar.
Los océanos.
Las corrientes marinas.
Las nubes.
Los hielos.
La vegetación.
La actividad volcánica.
La composición atmosférica.
Y numerosos mecanismos que todavía hoy conocemos sólo parcialmente.
Eso no significa que nada pueda saberse.
Tampoco significa que todo esté resuelto.
Significa, sencillamente, que la prudencia constituye una virtud científica.
Y también política.
Volver a Aristóteles
Llegamos así al punto de partida.
Todo este ensayo ha girado alrededor de una idea aparentemente sencilla.
Sólo existe una realidad.
No varias.
No una para cada ideología.
No una para cada gobierno.
No una para cada organismo internacional.
La realidad es una.
Quienes cambiamos somos nosotros.
Por eso Aristóteles continúa siendo plenamente actual.
Nos recuerda que el pensamiento comienza distinguiendo entre lo que es y lo que imaginamos.
Entre los hechos y las opiniones.
Entre las causas y las consecuencias.
Cuando olvidamos esa diferencia, el razonamiento degenera poco a poco en propaganda.
Y la propaganda posee una característica constante.
No pretende comprender.
Pretende convencer.
No busca la verdad.
Busca adhesiones.
La ciencia hace justamente lo contrario.
Acepta ser corregida.
El dogma jamás.
La naturaleza no vota

La naturaleza ignora nuestras discusiones.
No entiende de partidos políticos.
No distingue entre gobiernos conservadores o progresistas.
No lee boletines oficiales.
No asiste a cumbres internacionales.
No modifica su comportamiento porque millones de personas repitan una consigna.
Los incendios siguen las leyes de la física.
Las lluvias obedecen a procesos atmosféricos.
Los ríos responden a la gravedad.
Las sequías continúan afectando a quienes no almacenaron agua cuando podían hacerlo.
Las inundaciones golpean con mayor dureza allí donde los cauces permanecen abandonados.
Y los bosques continúan ardiendo cuando durante años se acumula combustible vegetal sin control.
La naturaleza nunca premia las buenas intenciones.
Sólo responde a las causas reales.
Por eso gobernar exige algo más que elaborar discursos.
Exige comprender la realidad.
Y actuar conforme a ella.
Conclusión
Este ensayo no pretende convencer al lector de una teoría climática determinada.
Su propósito es mucho más modesto.
Y quizá también mucho más importante.
Recordar que la ciencia no consiste en obedecer.
Consiste en investigar.
Que una hipótesis jamás debe transformarse en un artículo de fe.
Que ninguna institución posee el monopolio de la verdad.
Que el consenso nunca sustituye a las pruebas.
Que preguntar constituye una obligación moral antes que una insolencia.
Y que las decisiones políticas deben juzgarse por sus consecuencias, no por la belleza de sus eslóganes.
Europa atraviesa un momento decisivo.
Debe decidir si continúa sacrificando competitividad, agricultura, industria y soberanía energética en nombre de políticas cuyos resultados merecen ser examinados con serenidad y sin prejuicios.
España afronta, además, un desafío añadido.
No puede seguir utilizando el clima como explicación universal para justificar el abandono del monte, la falta de conservación de los cauces, la insuficiente prevención de incendios, la demolición indiscriminada de determinadas infraestructuras hidráulicas o el progresivo vaciamiento del mundo rural.
Nada de ello niega la importancia de estudiar el clima.
Al contrario.
La refuerza.
Porque cuanto mejor comprendamos la naturaleza, mayor será nuestra obligación de cuidar el territorio, conservar el agua, prevenir las catástrofes y administrar con prudencia los recursos disponibles.
La ciencia y la buena política deberían caminar juntas.
La primera observa la realidad.
La segunda actúa sobre ella.
Cuando ambas colaboran, las sociedades prosperan.
Cuando la política pretende utilizar la ciencia como argumento de autoridad para evitar el debate, ambas terminan debilitándose.
Quizá por eso convenga terminar exactamente donde comenzamos.
Con Aristóteles.
Con la razón.
Con la lógica.
Con la experiencia.
Y con una convicción tan sencilla como exigente:
La realidad nunca negocia con nuestras creencias.
Podemos ignorarla durante un tiempo.
Podemos disfrazarla con palabras.
Podemos incluso aprobar leyes que pretendan ocultarla.
Pero, antes o después, acaba imponiéndose.
Siempre.
APÉNDICE I
De Lysenko a nuestros días

Cuando la política pretende gobernar la ciencia
Existe una vieja tentación que acompaña al poder desde hace siglos.
No consiste en investigar la realidad.
Consiste en decidir previamente cuál debe ser la realidad.
Y, una vez adoptada esa decisión, exigir a los científicos que la confirmen.
Cuando eso ocurre, la ciencia deja de servir a la verdad.
Empieza a servir al poder.
Uno de los ejemplos más dramáticos del siglo XX fue Trofim Denísovich Lysenko.
El agricultor que derrotó a los genetistas… sobre el papel
Lysenko era agrónomo.
Negaba la genética mendeliana.
Rechazaba los trabajos de Morgan y de prácticamente todos los grandes genetistas de su época.
Sostenía que las características adquiridas podían heredarse.
Afirmaba haber descubierto métodos revolucionarios para multiplicar las cosechas soviéticas.
Prometía resultados extraordinarios.
Todo ello encajaba perfectamente con la ideología dominante.
Si el hombre podía transformarlo todo, también podía transformar las plantas.
No hacían falta leyes biológicas.
Bastaba la voluntad revolucionaria.
José Stalin quedó fascinado.
Y cuando Stalin se entusiasmaba con una idea, la discusión terminaba.
El Estado decidió qué era verdad
La genética dejó de ser una ciencia.
Pasó a convertirse en una desviación ideológica.
Los genetistas fueron expulsados de sus puestos.
Muchos acabaron en campos de trabajo.
Otros fueron encarcelados.
Algunos murieron.
No porque hubieran cometido delitos.
Sino porque sus investigaciones contradecían la doctrina oficial.
La biología dejó de decidirse en los laboratorios.
Comenzó a decidirse en los despachos del Partido Comunista.
La consecuencia fue devastadora.
La agricultura soviética sufrió un retroceso enorme.
Las cosechas prometidas nunca llegaron.
La realidad volvió a imponerse.
Pero el daño ya estaba hecho.
Miles de investigadores habían sido perseguidos.
Décadas enteras de trabajo científico quedaron destruidas.
Y millones de personas padecieron las consecuencias.
La ciencia no tiene partido

El caso Lysenko demuestra una enseñanza que nunca debería olvidarse.
La naturaleza no vota.
Las plantas no leen manifiestos políticos.
Las leyes de la herencia no cambian porque un comité central así lo decida.
La realidad permanece completamente indiferente al poder.
Puede ocultarse durante algún tiempo.
Nunca indefinidamente.
Toda política que pretende sustituir los hechos por consignas acaba chocando contra la realidad.
Y la realidad siempre vence.
Un peligro que nunca desaparece
Sería un grave error creer que el lysenkismo pertenece únicamente al pasado.
No porque hoy se persiga a los genetistas.
Sino porque la tentación sigue siendo exactamente la misma.
Cuando un gobierno proclama que sólo existe una opinión científica aceptable.
Cuando una organización internacional decide qué puede discutirse y qué no.
Cuando determinados medios de comunicación ridiculizan sistemáticamente a quien formula preguntas incómodas.
Cuando se confunde el desacuerdo científico con la herejía política.
Entonces reaparece, bajo formas distintas, el mismo mecanismo.
No importa cuál sea el asunto.
Puede tratarse del clima.
De la energía.
De la educación.
De la economía.
De la salud pública.
El procedimiento resulta siempre reconocible.
Primero se declara que existe un consenso.
Después se identifica ese consenso con la verdad.
Más tarde se presenta toda discrepancia como una amenaza.
Finalmente, el discrepante deja de ser un investigador para convertirse en un enemigo.
La discusión desaparece.
Comienza la obediencia.
Ciencia o autoridad
La diferencia entre la ciencia y el dogma puede resumirse en una sola frase.
La ciencia pregunta:
—¿Qué dicen los hechos?
El dogma pregunta:
—¿Qué conviene decir?
La ciencia acepta rectificar.
El dogma jamás reconoce sus errores.
La ciencia necesita investigadores libres.
El dogma necesita funcionarios obedientes.
La ciencia admite el fracaso.
El dogma siempre encuentra un culpable.
El mejor antídoto
La mejor vacuna contra cualquier nuevo lysenkismo no consiste en sustituir una ortodoxia por otra.
Consiste en defender unos principios muy sencillos.
Ninguna teoría debe quedar protegida frente a la crítica.
Ningún investigador debe ser perseguido por formular preguntas.
Ninguna institución posee el monopolio de la verdad.
Y ningún gobierno debería decidir qué conclusiones científicas pueden alcanzarse.
La historia demuestra que las grandes revoluciones científicas casi siempre comenzaron siendo opiniones minoritarias.
Si Galileo hubiera esperado el permiso de la autoridad, jamás habría cambiado la astronomía.
Si Pasteur hubiera obedecido a la mayoría, la microbiología habría tardado décadas en desarrollarse.
Si Einstein hubiera aceptado sin discusión todo lo anterior, la física moderna sería distinta.
El progreso nunca ha nacido de la obediencia.
Ha nacido de la libertad para pensar.
Y esa libertad constituye un patrimonio demasiado valioso para entregarlo, una vez más, a los intereses del poder.
APÉNDICE I (Continuación)
Popper: la ciencia avanza corrigiéndose

Si hubiera que resumir en una sola idea la filosofía de Karl Popper, bastaría una frase:
Una teoría científica nunca queda demostrada definitivamente; sólo puede resistir, por el momento, los intentos de demostrar que es falsa.
Parece una diferencia sin importancia.
No lo es.
Es la frontera que separa la ciencia del dogma.
Durante siglos se creyó que la ciencia consistía en acumular pruebas favorables.
Popper dio la vuelta al razonamiento.
Las pruebas favorables pueden multiplicarse indefinidamente.
Nunca bastan para demostrar que una teoría es verdadera.
En cambio, basta un solo hecho incompatible con ella para obligarnos a revisarla.
La ciencia progresa eliminando errores.
No acumulando certezas.
Por eso los grandes científicos intentan poner a prueba sus propias hipótesis.
Los propagandistas hacen exactamente lo contrario.
Sólo buscan datos que las confirmen.
Cuando una investigación comienza seleccionando únicamente las pruebas favorables, deja de ser investigación.
Empieza a convertirse en propaganda.
Thomas Kuhn y los paradigmas
Thomas Kuhn introdujo otra idea igualmente valiosa.
La ciencia no avanza siempre de forma gradual.
A veces cambia completamente de marco.
Durante siglos se interpretó el universo mediante el modelo geocéntrico.
Después apareció Copérnico.
Más tarde Galileo.
Después Newton.
Finalmente Einstein.
Los hechos eran, en gran medida, los mismos.
Lo que cambió fue la manera de comprenderlos.
Kuhn llamó a estos cambios cambios de paradigma.
Pero advirtió también de otro fenómeno.
Quienes dominan un paradigma suelen resistirse a abandonarlo.
No necesariamente por mala fe.
Simplemente porque toda una carrera profesional, una manera de pensar e incluso un prestigio personal dependen de él.
Por eso las revoluciones científicas casi nunca resultan cómodas.
No sólo cambian las teorías.
También alteran jerarquías.
Prestigios.
Instituciones.
Y enormes intereses creados.
Michael Polanyi: la República de la Ciencia
Otro pensador menos conocido, Michael Polanyi, defendió una idea extraordinariamente moderna.
La ciencia funciona mejor cuando permanece libre.
No necesita un ministerio que le indique qué descubrir.
Ni un partido político que determine las conclusiones.
Ni un plan quinquenal.
Ni una oficina internacional encargada de repartir certificados de verdad.
Polanyi comparaba la comunidad científica con una república.
Miles de investigadores trabajan simultáneamente.
Cada uno explora caminos distintos.
Algunos fracasan.
Otros encuentran resultados inesperados.
Poco a poco, mediante discusión, contraste y repetición de experimentos, el conocimiento avanza.
Nadie dirige todo el proceso.
Precisamente ahí reside su fuerza.
Cuando una autoridad pretende planificar completamente la investigación, destruye el mecanismo que hace posible el descubrimiento.
La creatividad no admite decretos.
Hayek y la arrogancia del conocimiento
Friedrich Hayek llevó esta reflexión todavía más lejos.
Su crítica iba dirigida contra lo que denominaba la fatal arrogancia.
La ilusión de creer que un reducido grupo de expertos puede conocer suficientemente una realidad inmensamente compleja como para dirigirla desde un despacho.
Hayek pensaba principalmente en la economía.
Pero su razonamiento puede aplicarse a muchos otros ámbitos.
El clima constituye probablemente uno de los sistemas más complejos que existen.
Intervienen miles de variables.
Muchas de ellas todavía insuficientemente comprendidas.
Pretender que cualquier grupo humano puede controlar completamente semejante complejidad exige una dosis considerable de modestia… precisamente porque sabemos muy poco.
La humildad constituye una virtud científica.
La arrogancia suele convertirse en una enfermedad política.
El científico y el sacerdote
Existe una diferencia esencial entre ambos.
El sacerdote transmite una verdad revelada.
El científico intenta descubrir una verdad todavía desconocida.
El sacerdote parte de una certeza.
El científico parte de una duda.
El sacerdote interpreta una doctrina.
El científico pone continuamente a prueba sus propias explicaciones.
Cuando un científico deja de admitir preguntas, empieza a parecerse demasiado a un sacerdote.
Y cuando un gobierno decide qué explicaciones deben aceptarse oficialmente, empieza a comportarse como una iglesia.
La historia demuestra que ambas funciones conviene mantenerlas cuidadosamente separadas.
El principio de incertidumbre… intelectual
La física moderna nos enseñó que existen límites objetivos al conocimiento.
La filosofía debería enseñarnos otro límite igualmente importante.
Nuestros conocimientos siempre serán provisionales.
Podrán mejorar.
Podrán corregirse.
Podrán incluso resultar profundamente equivocados.
Lejos de constituir un fracaso, ésa representa precisamente la grandeza de la ciencia.
Porque la ciencia nunca promete infalibilidad.
Promete únicamente un método para equivocarnos cada vez menos.
Y quizá esa idea resulte hoy más necesaria que nunca.
En una época donde abundan quienes hablan con absoluta seguridad sobre asuntos extraordinariamente complejos, conviene recordar que la prudencia intelectual suele constituir la compañera inseparable del verdadero conocimiento.
Cuanto más sabe una persona, mayor conciencia adquiere de todo aquello que todavía ignora.
Sócrates ya lo expresó hace veinticinco siglos con una frase que continúa plenamente vigente:
«Sólo sé que no sé nada.»
Quizá no exista mejor vacuna contra el dogmatismo científico, político o ideológico que conservar siempre viva esa actitud de duda, de curiosidad y de humildad.
Porque, al fin y al cabo, la realidad nunca se deja domesticar por nuestros deseos.
Simplemente… es.
EPÍLOGO
De Aristóteles a Popper

Veinticuatro siglos defendiendo el derecho a preguntar
Las civilizaciones no mueren únicamente por invasiones, guerras o crisis económicas.
También pueden morir cuando dejan de hacerse preguntas.
Toda la historia del pensamiento occidental podría resumirse como un largo diálogo iniciado hace casi dos mil quinientos años.
Un diálogo que comenzó con una pregunta extraordinariamente sencilla.
¿Cómo sabemos que algo es verdadero?
Desde entonces, generaciones enteras han intentado responderla.
No siempre coincidieron.
Pero casi todas compartían una convicción.
La verdad no pertenece al poder.
Debe buscarse.
Aristóteles: la realidad existe
Aristóteles estableció el primer gran cimiento.
Antes de discutir cualquier teoría debemos aceptar una evidencia elemental.
Las cosas son lo que son.
No lo que deseamos.
No lo que votamos.
No lo que proclaman los gobiernos.
La realidad existe independientemente de nuestras opiniones.
Puede resultarnos agradable.
Puede disgustarnos.
Puede obligarnos a rectificar.
Pero continúa siendo la misma.
Toda ciencia comienza aceptando esa humilde verdad.
Bacon: observar antes de opinar
Francis Bacon dio otro paso decisivo.
Durante siglos se había intentado comprender la naturaleza razonando casi exclusivamente desde los libros.
Bacon propuso exactamente lo contrario.
Primero observar.
Después experimentar.
Y sólo entonces extraer conclusiones.
La naturaleza debía convertirse en el gran libro.
No las autoridades.
No la tradición.
No las ideologías.
Galileo: la realidad no pide permiso
Galileo añadió una lección que jamás debería olvidarse.
La naturaleza nunca modifica su comportamiento para adaptarse al poder.
La Tierra seguía girando alrededor del Sol aunque los jueces dijeran lo contrario.
Las sentencias podían condenar a Galileo.
No podían alterar el movimiento de los planetas.
Aquella enseñanza conserva hoy toda su fuerza.
La realidad nunca necesita autorización administrativa para existir.
Descartes: aprender a dudar
René Descartes convirtió la duda en un método.
No dudaba para destruir el conocimiento.
Dudaba para fortalecerlo.
Invitaba a desconfiar de las apariencias.
A examinar cuidadosamente los razonamientos.
A no aceptar como verdadero aquello que no hubiera sido suficientemente comprobado.
La duda dejaba de ser una amenaza.
Se transformaba en una herramienta.
Hume: desconfiar de nuestras certezas
David Hume fue todavía más lejos.
Nos recordó que el ser humano posee una extraordinaria capacidad para confundirse.
Vemos relaciones donde quizá sólo existen coincidencias.
Confundimos sucesión con causalidad.
Creemos descubrir leyes donde únicamente observamos costumbres repetidas.
Su advertencia continúa siendo plenamente actual.
No basta con que dos fenómenos ocurran al mismo tiempo para afirmar que uno provoca necesariamente el otro.
La prudencia intelectual comienza precisamente ahí.
Popper: nadie posee la última palabra
Karl Popper cerró admirablemente ese largo recorrido.
Una teoría científica nunca queda definitivamente demostrada.
Sólo permanece en pie mientras resista los intentos serios de demostrar que está equivocada.
La consecuencia resulta revolucionaria.
Ningún científico posee la última palabra.
Ninguna institución posee la última palabra.
Ningún gobierno posee la última palabra.
La última palabra siempre corresponde a la realidad.
Una herencia que debemos conservar
Todos estos pensadores vivieron en épocas distintas.
Hablaron lenguas diferentes.
Discutieron problemas muy diversos.
Sin embargo, todos defendieron una misma actitud.
La libertad para investigar.
La libertad para preguntar.
La libertad para rectificar.
La libertad para disentir.
No existe ciencia sin esas cuatro libertades.
Podrán construirse laboratorios magníficos.
Podrán adquirirse los ordenadores más potentes.
Podrán financiarse miles de proyectos.
Pero si desaparece la libertad para discutir, todo ese esfuerzo termina convirtiéndose en simple burocracia del conocimiento.
El verdadero enemigo
A menudo imaginamos que el enemigo de la ciencia es la ignorancia.
No siempre.
La ignorancia puede corregirse mediante la enseñanza.
Existe un adversario mucho más peligroso.
La certeza absoluta.
Quien cree conocer definitivamente la verdad deja de investigar.
Deja de escuchar.
Deja de aprender.
Sólo intenta convencer.
Y cuando además dispone de poder político, económico o mediático, comienza casi inevitablemente a imponer.
La historia demuestra que ninguna combinación resulta tan peligrosa como la unión entre poder y certeza absoluta.
La libertad de equivocarse
Toda sociedad verdaderamente libre acepta una idea aparentemente incómoda.
Las personas tienen derecho a equivocarse.
También los científicos.
También los gobiernos.
También los jueces.
También los periodistas.
También los profesores universitarios.
Lo importante no consiste en evitar todo error.
Eso resulta imposible.
Lo importante consiste en poder corregirlo.
Y para corregir un error hace falta algo imprescindible.
Alguien que pueda señalarlo sin miedo.
Por eso la libertad de expresión no constituye únicamente un derecho político.
También constituye una necesidad científica.
La censura protege las equivocaciones.
La libertad permite descubrirlas.
Averroes y la cadena del fanatismo

Hace casi nueve siglos, Averroes formuló una observación cuya vigencia parece inagotable.
La ignorancia conduce al miedo.
El miedo conduce al odio.
El odio conduce a la violencia.
Toda persecución intelectual comienza exactamente así.
Primero se deja de comprender.
Después se teme.
Más tarde se demoniza.
Finalmente se persigue.
Romper esa cadena exige exactamente el camino contrario.
Conocimiento.
Razón.
Debate.
Libertad.

La última lección
Quizá la enseñanza más importante de todo este ensayo no tenga nada que ver con el clima.
Ni con la energía.
Ni con los modelos matemáticos.
Tiene que ver con nuestra manera de pensar.
Una sociedad que deja de preguntar comienza lentamente a dejar de ser libre.
Una ciencia que deja de admitir críticas deja también de ser ciencia.
Un poder que pretende decidir qué puede investigarse termina inevitablemente temiendo la verdad.
Porque la verdad posee una característica profundamente incómoda.
No obedece.
No milita.
No vota.
No negocia.
Simplemente existe.
Y continuará existiendo mucho después de que desaparezcan los gobiernos, las modas ideológicas, los organismos internacionales y las consignas de nuestro tiempo.
Por eso conviene conservar, como el más valioso de los patrimonios, el derecho a preguntar.
Porque cada gran avance de la humanidad comenzó exactamente igual.
Con un hombre o una mujer que se atrevió a formular una pregunta que casi todos consideraban innecesaria.
Y con otra persona que, en lugar de exigir silencio, respondió:
«Veamos qué dicen los hechos.»