FELIPE VI Y LA AUDACIA DE UN REY PRESENTE EN DEFENSA DE CEUTA Y ESPAÑA
Cuando el Rey hace las cosas bien, también hay que decirlas y escribirlas.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Hay que decirlo.
Y escribirlo.
Felipe VI ha hecho bien.
Después de semanas en las que muchos españoles hemos echado de menos una presencia mucho más visible de la Corona ante la gravísima crisis padecida por Ceuta, el Rey ha hecho finalmente algo que posee un extraordinario significado político, constitucional y nacional: ha reunido en el Palacio de la Zarzuela a la cúpula militar directamente relacionada con la defensa de Ceuta para examinar la situación de la ciudad desde el punto de vista de la defensa nacional.
No para hablar de turismo.
No para discutir campañas publicitarias.
No para inaugurar una exposición.
No para entregar una medalla.
Para hablar de la defensa de Ceuta.
Y Ceuta es España.
La Casa del Rey informó oficialmente de que Felipe VI mantuvo el 7 de septiembre una reunión en Zarzuela con la ministra de Defensa, Margarita Robles; el Jefe de Estado Mayor de la Defensa, almirante general Teodoro Esteban López Calderón; el jefe del Mando de Operaciones, teniente general José Antonio Agüero; el jefe del Mando Operativo Terrestre, teniente general Julio Salom, y el comandante general de Ceuta, general de división Luis Jesús Fernández Herrero. El objeto declarado de la reunión fue exactamente éste: examinar la situación de Ceuta desde el punto de vista de la defensa.
La fotografía importa.
Los nombres importan.
El momento importa.
Y, sobre todo, importa quién estaba sentado a la mesa y quién no.
Pedro Sánchez no estaba.
SÁNCHEZ DEJÓ AL REY FUERA; EL REY NO HA DEJADO A CEUTA FUERA
El contraste resulta difícilmente más expresivo.
El 25 de agosto, veintiséis días después de la entrada masiva que había puesto a Ceuta contra las cuerdas, se reunió extraordinariamente el Consejo de Seguridad Nacional.
Lo presidió Pedro Sánchez.
Felipe VI no asistió.
Diversas informaciones publicadas sostuvieron que Zarzuela no recibió invitación formal para que el Rey participara en aquella reunión.
Y aquí hay un pequeño detalle que conviene imprimir en letras grandes.
La Ley de Seguridad Nacional establece que el Consejo informa al Rey al menos una vez al año y añade expresamente:
cuando el Rey asista a sus reuniones, las presidirá.
No es una ocurrencia monárquica.
Está escrito en la ley.
Por tanto, el Gobierno celebró el gran Consejo de Seguridad Nacional dedicado a Ceuta sin el jefe del Estado sentado a la mesa.
Pues bien.
Pocos días después, el jefe del Estado ha sentado a su propia mesa a la ministra de Defensa, al JEMAD, al jefe del Mando de Operaciones, al jefe del Mando Operativo Terrestre y al comandante general de Ceuta.
No hace falta ser especialista en semiótica para comprender el significado de la fotografía.
Sánchez celebró su Consejo sin el Rey.
El Rey ha celebrado su reunión sobre la defensa de Ceuta sin Sánchez.
Al pan, pan.
NO ES UN GENERAL DE OPERACIONES. TAMPOCO ES UN FLORERO.
Naturalmente, volvemos a encontrarnos con los pontífices habituales.
«El Rey no puede…».
«El Rey sólo…».
«El Rey carece de…».
«El Gobierno tiene que permitir…».
«La Constitución impide…».
Ya conocemos la cantinela.
Conviene volver al texto.
El artículo 56.1 de la Constitución dice:
«El Rey es el Jefe del Estado».
Dice además que es símbolo de su unidad y permanencia y que «arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones».
Y el artículo 62.h le atribuye el:
«mando supremo de las Fuerzas Armadas».
La Ley Orgánica de la Defensa Nacional vuelve a decir exactamente lo mismo:
«Corresponden al Rey el mando supremo de las Fuerzas Armadas».
Eso no convierte a Felipe VI en jefe operativo de un batallón.
No puede ordenar por su cuenta el despliegue de una brigada.
No dirige operaciones militares.
No decide unilateralmente dónde se coloca una compañía, cuándo despega un caza o qué misión ejecuta la Armada.
La misma Ley Orgánica de la Defensa Nacional atribuye al Gobierno la política de defensa y al presidente del Gobierno la dirección estratégica de las operaciones y la facultad de ordenar, coordinar, dirigir y disponer el empleo de las Fuerzas Armadas.
Perfecto.
Ahí están las funciones.
Ahí están los límites.
Pero una cosa no se deduce de la otra.
De que Felipe VI no posea el mando operativo no se desprende que su mando supremo sea una expresión ornamental puesta en la Constitución para rellenar papel.
Ese fue precisamente el problema que hemos permitido durante décadas: convertir las palabras constitucionales en adornos.
Jefe del Estado.
Pero sin jefatura.
Arbitra y modera.
Pero sin arbitrar ni moderar.
Mando supremo.
Pero sin significado alguno.
Al final, según semejante interpretación, podríamos sustituir la Corona por un perchero con uniforme de gala.
Pues no.
El Rey no gobierna.
Pero reina.
No dirige el Ejecutivo.
Pero es jefe del Estado.
No conduce las operaciones militares.
Pero ostenta el mando supremo de las Fuerzas Armadas.
Las palabras significan cosas.
También cuando están escritas en la Constitución. Esa distinción entre mando supremo institucional y dirección política y operativa constituye precisamente la clave para no fabricar ni poderes que el Rey no posee ni incapacidades que tampoco existen.
FELIPE VI HA DECIDIDO ESTAR
Eso es precisamente lo que debe elogiarse ahora.
Felipe VI ha decidido estar.
Ha querido conocer la situación.
Ha querido escuchar a los militares.
Ha querido sentar junto a él al comandante general de Ceuta.
Ha querido conocer la visión del Mando de Operaciones.
Ha querido que estuviera el JEMAD.
Y, además, ha querido que los españoles supiéramos que aquella reunión había tenido lugar.
Casa Real difundió oficialmente la información y la fotografía.
No fue una reunión escondida detrás de una cortina.
No fue una conversación privada filtrada seis meses después.
Fue un acto institucional presentado públicamente bajo una palabra inequívoca:
DEFENSA.
Ése es probablemente el aspecto más importante.
Porque España lleva semanas soportando una discusión absurda acerca de cómo denominar lo ocurrido.
Oleada.
Crisis migratoria.
Entrada irregular.
Avalancha.
Emergencia humanitaria.
Presión fronteriza.
Y resulta que la Audiencia Nacional ha abierto una investigación en la que la magistrada María Tardón habla de una conducta presuntamente delictiva que habría «atacado gravemente la integridad territorial de España» y señala una gestión favorecedora desde Marruecos y actuaciones de agentes marroquíes encaminadas a facilitar el cruce.
Pues quizá ya va siendo hora de hablar menos de eufemismos y más de España.
CEUTA NO ES UN PROBLEMA DE EMIGRACIÓN ILEGAL: ES UNA FRONTERA DE ESPAÑA
La inmigración constituye una parte del problema.
No todo el problema.
Cuando una frontera internacional española es desbordada por decenas de miles de personas en unas horas, cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad quedan materialmente sobrepasados, cuando una ciudad queda saturada, cuando intervienen los servicios de inteligencia, cuando existen sospechas judicialmente investigadas de colaboración desde el otro lado de la frontera y cuando el propio Gobierno termina declarando una situación de interés para la Seguridad Nacional, ya no hablamos simplemente de inmigración.
El Real Decreto 681/2026 reconoce que la situación superó las capacidades ordinarias de gestión, acogida, asistencia y seguridad ciudadana de Ceuta y extendió formalmente la situación de interés para la Seguridad Nacional a la ciudad, la frontera terrestre, los puestos fronterizos, las costas, los puertos y las aguas adyacentes sometidas a soberanía, jurisdicción o competencia española.
Traducido al español que entiende cualquiera:
España sufrió una crisis de seguridad nacional en una de sus fronteras.
Y ése es precisamente el terreno en el que resulta imprescindible la presencia del jefe del Estado.
No sustituyendo al Gobierno.
No desplazando al Ejército.
No arrogándose competencias ajenas.
Ejerciendo las propias.
MARRUECOS TAMBIÉN MIRA LA FOTOGRAFÍA
Sería ingenuo pensar que la reunión sólo tiene destinatarios españoles.
En Rabat también miran fotografías.
Y las miran con lupa.
Marruecos analiza cada gesto relacionado con Ceuta y Melilla.
Quién viaja.
Quién no viaja.
Quién habla.
Quién calla.
Quién utiliza la palabra España.
Quién evita utilizarla.
Quién se fotografía con uniforme.
Quién manda mensajes de tranquilidad.
Quién pide permiso.
Quién retrocede.
Y quién comparece.
Por eso la fotografía de Zarzuela posee una fuerza que trasciende la reunión.
El jefe del Estado español aparece acompañado por la ministra de Defensa y algunos de los principales mandos responsables de la defensa nacional para examinar Ceuta desde el punto de vista militar.
El mensaje que debería desprenderse hacia el exterior es elemental:
Ceuta no está en venta.
No está pendiente de descolonización.
No constituye una anomalía territorial.
No es una ficha intercambiable.
No es moneda con la que comprar cooperación migratoria.
No es una dádiva que España deba agradecer que Marruecos tolere.
Ceuta es España.
Y quien presiona a Ceuta presiona a España.
Y AHORA SABEMOS QUE HABÍA AVISOS.
La reunión del Rey adquiere todavía mayor importancia después de conocerse los documentos desclasificados.
El CNI había detectado antes del 30 de julio convocatorias para entradas masivas por mar y por tierra y comunicó información tanto a organismos españoles como a los servicios marroquíes. Los documentos conocidos esta semana muestran contactos con la Delegación del Gobierno en Ceuta, la Guardia Civil y Marruecos durante los días anteriores a la entrada masiva.
Por tanto, cada vez resulta más difícil despachar lo sucedido como una gigantesca sorpresa meteorológica.
Había movimientos.
Había mensajes.
Había convocatorias.
Había avisos.
Había información.
Y ahora debe determinarse quién la recibió, qué valoración hizo, qué medidas tomó y por qué fueron manifiestamente insuficientes ante lo que ocurrió después.
Ésa es tarea de los investigadores, del Parlamento y, en lo penal, de los jueces.
Pero políticamente la pregunta es demoledora:
¿cómo pudo España llegar al 30 de julio en semejantes condiciones?
ROBLES EN ZARZUELA
También conviene detenerse en Margarita Robles.
Porque su presencia impide además presentar la reunión como una extravagancia del Rey enfrentado clandestinamente al Ejecutivo.
Allí estaba la ministra de Defensa.
Y eso es importante.
Felipe VI no reunió una tertulia.
Reunió a la responsable política de Defensa y a la cadena superior de mandos relacionada con la situación militar.
Institucionalmente, la fotografía es impecable.
Políticamente, es potentísima.
El Rey no necesita desempeñar el papel de conspirador para demostrar autoridad.
Le basta con ejercer aquello que institucionalmente le corresponde.
Y esto conecta directamente con una cuestión que España tendrá que resolver algún día.
Durante demasiado tiempo nos han explicado qué no puede hacer el Rey.
Mucho menos se ha explicado qué sí puede hacer.
La discusión sobre Felipe VI se ha construido casi siempre alrededor del verbo impedir.
No puede.
No debe.
No conviene.
No corresponde.
No procede.
No se acostumbra.
No se hace.
Quizá sería hora de recuperar otros verbos:
reinar.
Arbitrar.
Moderar.
Representar.
Informarse.
Advertir.
Recibir.
Escuchar.
Estar.
Y, cuando corresponde:
actuar dentro de sus facultades constitucionales.
EL PRESIDENTE DEL GOBIERNO NO ES EL JEFE DEL JEFE DEL ESTADO
Ésta es otra confusión que conviene desterrar.
Pedro Sánchez es presidente del Gobierno.
Mientras desempeñe el cargo, posee las competencias que la Constitución y las leyes atribuyen al presidente del Gobierno.
Muchas.
Importantísimas.
Entre ellas, la dirección de la política de defensa y la dirección estratégica de las operaciones militares.
Pero eso no convierte constitucionalmente al presidente del Gobierno en superior jerárquico del Rey.
Pedro Sánchez no es el jefe del Jefe del Estado.
No existe semejante escalafón.
El Gobierno gobierna.
Las Cortes legislan y controlan.
Los jueces juzgan.
Y el Rey reina.
Ésa es también la conclusión de un principio que debería resultar elemental: no hay que inventar facultades regias que la Constitución no concede, pero tampoco prohibiciones que la Constitución no contiene.
CUANDO EL REY HACE LAS COSAS BIEN
He criticado a Felipe VI cuando he considerado que debía hacerlo.
Y probablemente vuelva a hacerlo.
Precisamente por eso tiene sentido elogiarlo cuando corresponde.
Una Corona no se defiende convirtiendo al Rey en una figura intocable a la que haya que aplaudir haga lo que haga.
Se defiende exigiéndole.
Y reconociéndole los aciertos.
Éste lo es.
Bien hecho, Majestad.
Bien hecho por hablar de Ceuta.
Bien hecho por hacerlo desde la perspectiva de la defensa.
Bien hecho por reunir al comandante general de Ceuta.
Bien hecho por escuchar a los mandos operativos.
Bien hecho por reunir al JEMAD.
Bien hecho por hacer pública la reunión.
Bien hecho por recordar que al otro lado de la frontera no comienza un territorio español negociable, sino un Estado extranjero.
Y, sobre todo:
bien hecho por estar.
Porque una de las grandes enfermedades de la España contemporánea consiste precisamente en la ausencia.
Instituciones que no aparecen.
Responsables que no responden.
Autoridades que llegan tarde.
Gobernantes que descubren las crisis cuando ya han estallado.
Y ciudadanos que acaban preguntándose si detrás de las fachadas queda realmente Estado.
En semejantes circunstancias, ver al Rey sentado con quienes tienen la obligación de defender España importa.
Y mucho.
LO QUE QUEDA POR HACER
Ahora falta lo siguiente.
Felipe VI debe visitar Ceuta.
No algún día perdido en el calendario.
No cuando Marruecos considere que el ambiente es apropiado.
No cuando el asunto haya desaparecido de los periódicos.
Ceuta necesita ver al Rey de España en Ceuta.
Necesita verlo paseando por sus calles.
Saludando a sus soldados.
Encontrándose con la Guardia Civil y la Policía Nacional.
Visitando la frontera.
Hablando con los ceutíes.
Y diciendo allí lo más sencillo que puede decir un Rey de España:
España está aquí.
No hace falta añadir mucho más.
Y QUE LOS JUECES HAGAN SU TRABAJO.
La Audiencia Nacional ya investiga.
Que investigue hasta el final.
Que reclame informes.
Que cite a quien deba citar.
Que reconstruya las decisiones.
Que determine las responsabilidades.
Que averigüe qué hicieron las autoridades marroquíes.
Que averigüe qué sabían las españolas.
Que determine quién fue avisado.
Que determine qué órdenes se impartieron.
Que determine qué se dejó de hacer.
Y si de las investigaciones se desprenden responsabilidades penales de cualquier funcionario, ministro, alto cargo o incluso del presidente del Gobierno, que se aplique la ley hasta sus últimas consecuencias.
Sea quien sea.
Ahí tampoco hacen falta malabarismos constitucionales.
Los jueces juzgan.
Al Rey no le corresponde ordenar la detención de Pedro Sánchez ni la de ningún otro ciudadano.
Le corresponde algo diferente y, en estas circunstancias, nada pequeño:
ser Rey.
Ser Jefe del Estado.
Ejercer las funciones que la Constitución le atribuye.
Representar la unidad y permanencia de España.
Arbitrar y moderar dentro de los límites constitucionales.
Ostentar el mando supremo de las Fuerzas Armadas con el contenido institucional que el ordenamiento le reconoce.
Y estar junto a una ciudad española cuando esa ciudad mira hacia el norte preguntándose si el resto de España continúa allí.
Esta vez Felipe VI ha empezado a hacerlo.
Por eso, exactamente igual que corresponde reprochárselo cuando se esconde tras una prudencia llevada hasta la parálisis, corresponde decirlo ahora con todas las letras:
BIEN HECHO, MAJESTAD.
Siga.
Ceuta lo necesita.
España también.
Los borbones son traidores por naturaleza…
Su padre ya quiso «vender» MELILLA a los moros, y no debieron de ponerse de acuerdo EN LA MORDIDA O COMISIÓN, y al final dio marcha atrás.
Es posible que por miedo a la reacción de la cúpula militar, o sabe Dios porqué…
Pero ahora, Y SALVO QUE EL PUEBLO ESPAÑOL APOYE A CEUTA, DÍA TRAS DÍA,
la ciudad autónoma está perdida…
¡Ojalá me equivoque!