PALABRAS PARA ALBA (MI HIJA)
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Alba:
Algún día, cuando yo ya sea solamente
una voz que recuerdes de vez en cuando,
quizá vuelvas a estas palabras.
No quiero decirte cómo debes vivir.
Bastantes personas encontrarás
dispuestas a hacerlo.
Quiero contarte solamente
algunas cosas que he aprendido
equivocándome.
Porque casi todo lo importante
lo aprendemos así.
Viviendo.
Cayendo.
Levantándonos.
Y descubriendo, algunas veces demasiado tarde,
que nuestros padres tenían razón
en cosas que jamás pensamos reconocerles.
No esperes que la vida sea justa.
Procura tú serlo.
Son cosas diferentes.
La vida reparte las cartas
sin preguntarnos cuáles queremos.
A unos les entrega ases.
A otros, doses.
Y algunos tramposos
llevan cartas escondidas en la manga.
Juega limpiamente de todos modos.
Pero mira las manos del contrario.
Sé buena, Alba.
Pero no seas boba.
Ésta quizá sea una de las cosas
que más trabajo me ha costado aprender.
Porque nos enseñan que ser bueno
consiste en confiar.
Perdonar.
Comprender.
Ceder.
Y a veces es verdad.
Pero otras veces no.
Hay personas que interpretan tu bondad
como una invitación.
Tu paciencia como debilidad.
Tu generosidad como obligación.
Y tu perdón como permiso
para volver a hacerte daño.
No se lo concedas.
Ayuda a quien puedas.
Tiéndele la mano a quien ha caído.
Pero si alguien intenta arrastrarte con él,
suelta su mano.
No tienes obligación de ahogarte
para demostrar que eres buena persona.
Tu abuelo, mi padre,
me enseñó que había cosas
que sencillamente debían hacerse.
Cumplir la palabra.
No apropiarse de lo ajeno.
No abusar del débil.
Responder de nuestros actos.
Ayudar cuando se puede.
Decir la verdad.
No siempre conseguí estar a su altura.
Pero cuanto más viejo me hago
más comprendo que tenía razón.
Mi abuelo materno, en cambio, repetía:
«Sé listo y hazte el torpe».
Tardé muchos años
en comprenderlo también.
No quería decir:
sé cobarde.
Quería decir:
observa.
Escucha.
No enseñes todas tus cartas.
No demuestres cuanto sabes
solamente para demostrar que lo sabes.
Hay victorias que cuestan demasiado.
Hay discusiones que se ganan
perdiendo un amigo.
Hay verdades que deben decirse.
Y hay otras que únicamente sirven
para demostrar que teníamos razón.
Aprende a distinguirlas.
Pero tampoco vivas de rodillas.
Nunca.
Hay silencios prudentes.
Y hay silencios cobardes.
Hay ocasiones para esperar.
Y ocasiones para decir:
hasta aquí.
Cuando llegue una de ésas,
Alba,
que nadie tenga que decirlo por ti.
Encontrarás personas
que sabrán más que tú.
Escúchalas.
Encontrarás personas
que sabrán menos.
No las humilles.
Y encontrarás algunas
que sabrán menos
pero estarán absolutamente convencidas
de saber más.
Con ésas, muchas veces,
la mejor discusión consiste en marcharse.
No necesites demostrar continuamente
que eres inteligente.
La inteligencia que necesita exhibirse
acaba pareciéndose bastante a la tontería.
Pregunta.
Escucha.
Duda.
Rectifica.
Cambiar de opinión porque has aprendido algo
no es perder una batalla.
Es haber ganado conocimiento.
Pero tampoco permitas
que nadie te haga dudar de cuanto sabes
simplemente porque habla más alto.
El grito jamás ha sido argumento.
La mayoría tampoco.
Mil personas equivocadas
continúan siendo mil personas equivocadas.
Y una verdad no deja de ser verdad
porque durante algún tiempo
se quede sola.
Habrá días en que todos parezcan perder la cabeza.
Procura conservar la tuya.
Habrá días en que te feliciten.
No te creas invencible.
Habrá otros en que te critiquen.
No te creas inútil.
Ni el aplauso te convierte en gigante
ni el insulto te hace pequeña.
Procura saber quién eres
antes de que los demás decidan decírtelo.
Tendrás éxitos.
Disfrútalos.
Tendrás fracasos.
Aprende de ellos.
Pero no construyas tu identidad
con ninguno de los dos.
Porque ambos pasan.
Después de la fiesta hay que recoger.
Y después del naufragio
hay que buscar madera
y volver a construir la barca.
Alguna vez perderás.
Dinero.
Amistades.
Oportunidades.
Tal vez amores.
Tal vez cosas que ahora ni siquiera imaginas.
No todo lo perdido puede recuperarse.
Eso también forma parte de hacerse mayor.
Pero mientras conserves la capacidad
de empezar otra vez,
no lo habrás perdido todo.
No midas tu vida sólo por lo que poseas.
Las cosas sirven.
Algunas son incluso estupendas.
Pero ninguna ha aprendido todavía
a abrazar.
Ni a escuchar.
Ni a acompañarte al hospital.
Ni a sentarse contigo
cuando las palabras sobran.
Elige bien a las personas.
Eso importa más que elegir bien los muebles.
Rodéate, siempre que puedas,
de gente ante la que no necesites fingir.
Personas capaces de alegrarse de tus éxitos
sin sentir que les has robado algo.
Personas que puedan decirte:
te estás equivocando,
sin disfrutar mientras lo dicen.
Y personas a las que tú puedas decir lo mismo.
Desconfía de quien siempre culpa a otros.
Del que jamás se equivoca.
Del que siempre tiene una explicación
para cada daño que causa.
Del que convierte todas sus desgracias
en obligaciones para los demás.
Y, sobre todo,
desconfía de quien necesita empequeñecerte
para sentirse grande.
Encontrarás canallas.
Claro que sí.
No quiero engañarte.
Algunos serán incluso encantadores.
Precisamente por eso llegan tan lejos.
No llevan escrito «canalla» en la frente.
Pueden sonreír.
Pueden ser cultos.
Pueden resultar divertidos.
Pueden pronunciar palabras maravillosas
sobre solidaridad, amistad, amor o justicia.
Mira lo que hacen.
Siempre.
Las palabras explican a veces
lo que queremos parecer.
Los actos suelen explicar
lo que somos.
Pero no cometas el error contrario.
No conviertas el mundo entero
en una colección de sospechosos.
También encontrarás gente extraordinaria.
Personas que te ayudarán
sin pedirte nada.
Que cumplirán su palabra.
Que estarán cuando las necesites.
Que te defenderán cuando no estés delante.
Que guardarán tus secretos.
Que se alegrarán de verte llegar.
Cuídalas.
Son uno de los pocos tesoros
que no pueden comprarse.
Ama.
Mucho.
Pero nunca dejes de ser tú
para conseguir que alguien te ame.
Quien te exige desaparecer
no te está pidiendo amor.
Te está pidiendo rendición.
Compartir una vida
no significa entregar las llaves de una cárcel.
Si alguna vez tienes hijos
—o si la vida te entrega a alguien
a quien quieras de esa manera—
no intentes ahorrarles todos los tropiezos.
No podrás.
Enséñales, mejor, a levantarse.
Tal vez ésa sea una de las pocas herencias
que realmente importan.
No busques enemigos.
Aparecen solos.
Pero si alguno llega,
no le facilites el trabajo.
Defiéndete.
Sin odio si puedes.
Con firmeza siempre.
No confundas perdonar
con volver a ponerte delante del mismo cuchillo.
Y si alguna vez puedes vengarte,
piénsalo.
No porque el otro lo merezca o no.
Piensa en ti.
Pregúntate si quieres llevar durante años
a esa persona dentro de tu cabeza.
A veces marcharse
es una forma mucho más completa de victoria.
Procura que tu bienestar
no dependa del sufrimiento de nadie.
Ésa es para mí
una de las medidas verdaderas de la inteligencia.
Puedes prosperar sin arruinar.
Vencer sin humillar.
Ser fuerte sin aplastar.
Saber más sin despreciar.
Tener poder sin abusar.
Y cuando puedas elegir entre utilizar
la debilidad de alguien
o respetarla,
respétala.
Ahí comienza la bondad de verdad.
No en no poder hacer daño.
Sino en poder hacerlo
y decidir no hacerlo.
Habrá momentos en que te sientas sola.
Todos los tenemos.
Incluso rodeados de gente.
No te asustes demasiado.
La soledad también sirve
para averiguar quién permanece
cuando desaparece el ruido.
Cuida tu tiempo.
No sé cuántos años tendrás
cuando vuelvas a leer esto.
Yo he necesitado muchos
para comprender que el tiempo
es la única fortuna
que gastamos sin conocer el saldo.
No lo malgastes intentando agradar
a quien nunca estará satisfecho.
Ni odiando a quien no merece
tantas horas de tu vida.
Ni esperando eternamente
el momento perfecto.
El momento perfecto tiene una costumbre irritante:
no llegar nunca.
Haz cosas.
Equivócate.
Viaja.
Lee.
Pregunta.
Ríe.
Ama.
Cambia de camino si descubres
que el que elegiste no conduce
adonde querías ir.
No permanezcas en un error
solamente porque llevas muchos años
equivocándote.
Y ríete.
Por favor.
También de ti misma.
Sobre todo de ti misma.
Las personas incapaces de reírse de sí mismas
terminan exigiendo al mundo entero
que las tome demasiado en serio.
Y ésa debe de ser
una forma agotadora de vivir.
Algún día descubrirás también
que tus padres no éramos sabios.
Éramos simplemente personas
intentando acertar contigo.
Improvisábamos más de lo que parecía.
Nos equivocamos.
Yo me equivoqué.
Muchas veces.
Quédate con lo bueno.
Perdóname lo malo.
Y mejora lo que recibiste.
Ésa es la obligación de los hijos:
no repetirnos,
sino superarnos.
Tal vez llegue un día, Alba,
en que yo no pueda decirte ninguna de estas cosas.
Por eso te las digo ahora.
Cuando dudes,
piensa.
Cuando tengas miedo,
mira al miedo de frente
antes de decidir.
Cuando caigas,
descansa si lo necesitas,
pero levántate.
Cuando puedas ayudar,
ayuda.
Cuando debas decir no,
dilo.
Cuando encuentres bondad,
cuídala.
Cuando encuentres maldad,
reconócela.
Y cuando tengas que elegir
entre ser astuta para perjudicar
o inteligente para construir,
construye.
No puedo prometerte
que siendo buena te irá siempre bien.
Sería mentira.
He visto triunfar a sinvergüenzas
y sufrir a personas buenas.
El mundo no lleva una contabilidad
en la que cada virtud recibe inmediatamente
su recompensa.
Pero hay otra cuenta.
La que haces contigo misma
cuando pasan los años
y miras hacia atrás.
Procura que entonces
no encuentres demasiadas personas
a las que tuviste que pisar
para avanzar.
Procura poder reconocer tu camino
sin avergonzarte de tus huellas.
Y si después de vivir mucho
consigues ser fuerte sin ser cruel,
prudente sin ser cobarde,
inteligente sin ser soberbia,
generosa sin ser incauta,
libre sin necesitar esclavos,
capaz de amar sin dejar de ser tú,
capaz de conocer el mal
sin aprender a disfrutarlo,
entonces habrás entendido
algo que yo he tardado una vida
en aprender.
Que ser bueno
no consiste en ser ingenuo.
Que ser listo
no consiste en engañar.
Que vencer
no consiste en dejar cadáveres por el camino.
Y que saber vivir
es mucho más difícil
que simplemente sobrevivir.
Alba:
tu nombre significa amanecer.
No sé qué mundo encontrarás
cada mañana al abrir los ojos.
Seguramente habrá días hermosos.
Y otros que serán una mierda.
Así ha sido siempre.
Pero mientras puedas elegir
qué clase de persona se levanta contigo,
todavía habrá algo
que dependerá únicamente de ti.
Sé buena.
Sé inteligente.
Mantén los ojos abiertos.
No vivas de rodillas.
No pises a nadie para crecer.
Y cuando la vida consiga derribarte,
porque alguna vez lo hará,
mira hacia delante,
apoya las manos en el suelo,
levántate
y vuelve a andar.
Yo quizá no pueda acompañarte siempre.
Estas palabras,
sí.