¿Realmente «se jodió» el sionismo?
Shimshon Zamir
27 de julio de 2026

Con gran interés he leído el artículo publicado en España bajo el título «¿Por qué se jodió el sionismo?».
En él, el autor afirma que existe una discusión sobre esta cuestión entre dos pensadores israelíes, Omer Bartov y Beni Morris. Sin embargo, el artículo no explica en qué consiste esa discusión.
Con independencia de ello, quisiera exponer en estas líneas mi propia visión del asunto, basada en premisas distintas de las que maneja el periodista autor del artículo.
Los dos grandes objetivos del sionismo
El sionismo nació con dos objetivos fundamentales.
A. Crear un Estado judío que sirviera de patria para un pueblo que había permanecido disperso durante casi dos mil años.
B. Crear unas condiciones económicas y sociales adecuadas para quienes decidieran establecerse en ese país.
A ello se añadió otro objetivo, aparentemente secundario, pero de una importancia extraordinaria: crear una cultura común que permitiera la comunicación entre personas procedentes de más de ciento cuarenta países distintos.
Este tercer objetivo fue decisivo.
No es casualidad que los primeros sionistas establecidos en la Tierra de Israel entre 1880 y 1920 insistieran —en ocasiones incluso recurriendo a la fuerza— en que todos los recién llegados aprendieran y utilizaran el hebreo.
Conviene recordar que esta lengua se encontraba prácticamente en estado de agonía. Tan solo la estudiaban los judíos ortodoxos, mediante la lectura del Antiguo Testamento, y algunos especialistas universitarios dedicados al estudio de las lenguas semíticas.
Hoy la realidad es completamente distinta.
Más de diez millones de personas hablan hebreo como lengua habitual en Israel, y otros dos o tres millones lo estudian en distintos países del mundo, unos por ser judíos y otros por diversas razones académicas, culturales o personales.
Volvamos a los dos objetivos principales
El Estado judío
El Estado judío existe.
Es una realidad reconocida por la comunidad internacional, aunque determinados países discrepen de algunas de sus actuaciones.
Puede afirmarse, sin exageración, que no existe persona informada en el mundo que desconozca la existencia del Estado de Israel.
En él vive aproximadamente el 55 % de todos los judíos del mundo, porcentaje que continúa aumentando año tras año por dos razones fundamentales.
La primera, la llegada constante de inmigrantes judíos procedentes de numerosos países.
La segunda, un crecimiento vegetativo positivo, ya que el número de nacimientos supera ampliamente al de las defunciones.
En 1948 vivían en Israel alrededor de 650.000 judíos.
Hoy viven aproximadamente ocho millones.
El crecimiento demográfico resulta evidente.
Una parte de ese incremento responde a la inmigración.
Muchos judíos consideran que su futuro como miembros del pueblo judío estará más seguro en Israel.
Otros llegan impulsados por el resurgimiento del antisemitismo en sus países de origen, donde no solo perciben amenazas contra su identidad religiosa o cultural, sino también contra su propia integridad física.
Por tanto, el primero de los grandes objetivos del sionismo puede considerarse plenamente alcanzado.
¿Y qué sucede con el segundo objetivo?
Israel, cuyo PIB (Producto Interior Bruto) por habitante era de aproximadamente 1.700 dólares anuales en 1960 —sin remontarnos siquiera a 1948, cuando nació el Estado—, cerró el año 2025 con un PIB cercano a 61.000 dólares por habitante.
Ello representa un crecimiento aproximado del 3.600 % en apenas sesenta y cuatro años.
Es cierto que algunos países —fundamentalmente los escandinavos y determinados productores de petróleo del Golfo— presentan un PIB por habitante superior.
Pero cualquier comparación seria debe tener en cuenta las circunstancias específicas de cada país.
No entraré aquí a describir los logros científicos, tecnológicos, agrícolas o hidráulicos alcanzados por Israel, porque son sobradamente conocidos.
Prefiero centrarme en una cuestión directamente relacionada con el artículo publicado en España.
¿Quién tiene autoridad para juzgar el éxito de un proyecto nacional?
Si para los propios judíos del mundo —que, en definitiva, son los verdaderos destinatarios del sionismo— Israel constituye un refugio seguro, hasta el punto de que millones de ellos están dispuestos a vivir allí pese a la permanente amenaza militar, ¿por qué deberían ser otros quienes decidieran si ese proyecto ha triunfado o ha fracasado?
Sin realizar un estudio estadístico detallado, me atrevo a afirmar que, de los 193 Estados miembros de la ONU (Organización de las Naciones Unidas), al menos ciento sesenta presentan unos resultados globales inferiores a los de Israel.
¿Me equivoco?
Además, las estadísticas internacionales sobre satisfacción vital sitúan año tras año a Israel entre los países cuyos ciudadanos manifiestan un mayor grado de satisfacción con su vida.
En la actualidad ocupa aproximadamente el octavo puesto mundial.
¿Qué más habría que añadir para valorar el éxito del país?
La situación estratégica
Cuando el Estado de Israel fue proclamado, el 14 de mayo de 1948, los ejércitos de siete países árabes invadieron inmediatamente su territorio.
Hoy, en 2026, Israel controla territorios que en 1948 pertenecían a Egipto, Transjordania, Siria y Líbano, además de los territorios reclamados por los palestinos (escribo «palestinos» en minúscula porque nunca existió un Estado palestino soberano).
Hoy Irán lanza misiles y drones contra distintos países de Oriente Medio.
Sin embargo, no ataca directamente a Israel.
¿Cabe preguntarse por qué?
Hoy Egipto compra enormes cantidades de gas israelí para abastecer a su población de electricidad.
También lo hace Jordania.
Hoy los Emiratos Árabes Unidos utilizan tecnología israelí, incluida la Cúpula de Hierro, para reforzar su defensa frente a ataques iraníes.
Y la historia ofrece una de esas ironías difíciles de imaginar.
El Estado alemán —el mismo país responsable del Holocausto durante la SGM (Segunda Guerra Mundial)— adquiere actualmente la Cúpula de Hierro israelí para protegerse frente a una posible amenaza rusa.
Todo ello forma parte de unas exportaciones de material militar que alcanzaron cerca de 20.000 millones de dólares durante 2025.
Al mismo tiempo, la aviación israelí opera con una libertad prácticamente absoluta sobre amplias zonas de Oriente Medio.
Ningún país de la región, salvo Irán desde el punto de vista político, está hoy en condiciones de impedirlo.
E Irán tampoco dispone de medios eficaces para neutralizar esa superioridad aérea.
Entonces… ¿qué «se jodió» en el sionismo?
El Estado existe.
La defensa existe.
La economía existe.
La lengua hebrea ha resucitado y goza de excelente salud.
La inmigración continúa.
La población sigue creciendo.
La investigación científica florece.
La capacidad tecnológica aumenta.
Entonces…
¿Qué es lo que, realmente, «se jodió»?
Quizá no el sionismo.
Quizá únicamente la simpatía que una parte de la opinión pública internacional siente hacia Israel, por unas u otras razones.
Y esa pérdida de simpatía es la que alimenta el debate acerca de los supuestos éxitos o fracasos del sionismo.
