Europa juega con fuego en Ucrania.
Ucrania, Rusia y la temeraria huida hacia adelante de la Unión Europea y los Estados Unidos

Hay guerras que estallan por un error de cálculo y guerras que se prolongan porque nadie quiere reconocer que se ha equivocado. La de Ucrania parece pertenecer, cada vez más, a esta segunda categoría.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, los gobiernos de Washington, Bruselas y las principales capitales europeas estaban convencidos de que Moscú no podría resistir mucho tiempo. Las sanciones económicas debían arruinar su economía; el aislamiento internacional debía debilitar al Kremlin; y el constante envío de armas y dinero permitiría a Ucrania recuperar rápidamente los territorios perdidos.
Sobre esas premisas se construyó toda la política occidental.
Cuatro años después, la realidad presenta un panorama muy distinto.
Rusia continúa combatiendo, mantiene en funcionamiento su industria, ha reorientado buena parte de su comercio hacia Asia y continúa avanzando, lentamente, sobre el terreno. Ucrania, por el contrario, depende casi por completo del dinero, las armas y los suministros enviados por los Estados Unidos y la Unión Europea para poder sostener la guerra.
La victoria rápida anunciada tantas veces nunca llegó.
Cuando la realidad contradice los deseos
Toda persona sensata sabe que una cosa son los deseos y otra los hechos.
En política ocurre exactamente lo mismo.
Cuando las previsiones fracasan, lo razonable consiste en revisar las causas del error. Sin embargo, muchos dirigentes europeos parecen haber llegado justamente a la conclusión contraria: si la guerra no evoluciona como esperaban, la solución consiste en enviar todavía más dinero, más armas y comprometerse aún más en el conflicto.
Es un razonamiento difícil de comprender.
Persistir en una decisión que no produce los resultados esperados rara vez corrige el error; casi siempre lo agrava.
La historia está llena de gobernantes que confundieron la firmeza con la obstinación.
Europa corre más deprisa que los propios Estados Unidos.
Paradójicamente, quienes parecen mostrar mayor entusiasmo por prolongar la guerra ya no son únicamente los Estados Unidos.
En muchos momentos es la propia Unión Europea la que exige aumentar la ayuda militar, acelerar el rearme y preparar a la población para un enfrentamiento prolongado con Rusia.
Se habla cada vez con mayor naturalidad de incrementar el gasto militar, restablecer alguna forma de servicio militar, ampliar la fabricación de armamento y preparar la economía para una situación de guerra.
Todo ello mientras las economías europeas crecen con dificultad, la deuda pública aumenta y millones de ciudadanos contemplan con preocupación el encarecimiento de la energía, de la vivienda y del coste de la vida.
Resulta inevitable preguntarse si los gobernantes escuchan realmente a los ciudadanos o únicamente se escuchan entre ellos.
Donald Trump: entre las promesas y los bandazos
Donald Trump regresó a la Casa Blanca prometiendo terminar con la guerra.
Durante meses criticó los miles de millones de dólares enviados a Ucrania y sostuvo que aquel conflicto nunca habría comenzado bajo su presidencia anterior.
Sin embargo, una vez recuperado el poder, su conducta ha resultado mucho menos coherente de lo que anunciaba.
Un día insinúa que reducirá la ayuda a Kiev.
Al siguiente aprueba nuevos envíos de armas.
Después amenaza a Rusia con nuevas medidas económicas.
Más tarde vuelve a hablar de negociar.
Esa continua sucesión de afirmaciones y rectificaciones transmite una preocupante impresión de improvisación.
La política internacional exige serenidad, continuidad y claridad de objetivos. Los cambios de criterio casi diarios pueden alimentar errores de cálculo extremadamente peligrosos.
El verdadero peligro
Muchos presentan esta guerra como un enfrentamiento entre Rusia y Ucrania.
En realidad, hace tiempo que dejó de ser únicamente eso.
Hoy constituye un enfrentamiento indirecto entre Rusia y el conjunto del bloque occidental.
Cada nuevo envío de armas.
Cada autorización para emplearlas más allá del frente.
Cada nuevo paquete de sanciones.
Cada paso que acerca a las potencias occidentales al campo de batalla incrementa el riesgo de que un incidente termine escapando al control de todos.
Las grandes guerras rara vez empiezan porque alguien las desee.
Con frecuencia nacen de una larga cadena de errores, de decisiones imprudentes y de dirigentes incapaces de reconocer que han llegado demasiado lejos.
España apenas participa en el debate
Resulta sorprendente el escaso análisis que este asunto suscita en nuestro país.
Los partidos políticos discuten sobre cuestiones menores mientras apenas reflexionan sobre las consecuencias que una prolongación del conflicto puede tener para España.
Nuestra economía.
Nuestro abastecimiento de energía.
Nuestro comercio.
Nuestra seguridad.
Nuestros intereses nacionales.
Todo ello queda relegado a un segundo plano, como si las decisiones adoptadas en Bruselas no fueran también decisiones que afectan directamente a los españoles.
Da la impresión de que España ha renunciado incluso a preguntarse qué le conviene.
Prudencia no significa rendición.
Conviene dejar algo muy claro.
Advertir sobre los peligros de una escalada militar no supone justificar la invasión rusa.
Una agresión puede condenarse y, al mismo tiempo, considerarse que determinadas respuestas aumentan el riesgo de una tragedia todavía mayor.
La política no consiste únicamente en señalar culpables.
Consiste, sobre todo, en evitar que los errores se multipliquen.
Cuando el orgullo sustituye a la prudencia, las guerras suelen prolongarse mucho más de lo que cualquiera imaginó.
La realidad acaba imponiéndose.
Las guerras no se ganan mediante discursos, campañas de propaganda o declaraciones solemnes.
Se ganan —o se pierden— sobre el terreno, en las fábricas, en la economía y en la capacidad de cada nación para sostener durante años un esfuerzo inmenso.
Hasta ahora, los hechos desmienten muchas de las previsiones formuladas al comienzo del conflicto.
Rusia no se ha hundido.
Su economía continúa funcionando.
Su capacidad militar permanece intacta.
Y Ucrania sigue dependiendo casi por completo del apoyo occidental.
Negar la realidad nunca ha servido para modificarla.
Epílogo
Existe un viejo principio que nunca pierde actualidad: cuando una decisión produce repetidamente resultados contrarios a los buscados, quizá haya llegado el momento de cambiar de decisión.
Europa necesita hoy menos discursos grandilocuentes y más sentido común.
Menos consignas y más reflexión.
Menos gestos teatrales y más prudencia.
Porque las guerras tienen una costumbre muy antigua: comienzan cuando los gobernantes creen poder controlarlas y terminan cuando ya nadie es capaz de hacerlo.
Y entonces, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia, quienes pagan el precio no suelen ser quienes las alentaron desde sus despachos, sino los ciudadanos corrientes, llamados a poner la sangre, el trabajo y la hacienda para reparar los errores de sus gobernantes.