La amistad: uno de los mayores bienes de la vida… aunque la ONU le haya dedicado un día.

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CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas

La ONU celebra cada 30 de julio el Día Internacional de la Amistad. Puede parecer una efeméride más entre las muchas que llenan el calendario, pero el asunto merece atención. La amistad constituye uno de los mayores bienes de la vida humana.

Aristóteles dedicó dos libros de la Ética a Nicómaco a estudiarla y llegó a una conclusión que conserva plena vigencia: nadie elegiría vivir sin amigos, aunque poseyera todos los demás bienes.

El filósofo distingue tres clases de amistad.

La primera nace de la utilidad: dura mientras ambas personas obtienen algún beneficio.

La segunda surge del placer: compartir aficiones, diversiones o intereses comunes.

La tercera, y la más valiosa, se funda en la virtud: dos personas desean sinceramente el bien del otro, sin esperar nada a cambio. Sólo ésta resiste el paso del tiempo, la enfermedad, la pobreza o el fracaso.

Un verdadero amigo no es quien siempre nos da la razón, sino quien nos ayuda a mejorar, incluso cuando debe decirnos una verdad incómoda. La amistad exige sinceridad, lealtad, humildad y capacidad para alegrarse por los éxitos ajenos sin dejarse corroer por la envidia.

La tecnología ha facilitado la comunicación, pero no ha sustituido la amistad. Tener miles de contactos o seguidores no significa contar con personas que permanezcan a nuestro lado cuando llegan las dificultades. Los amigos auténticos siguen siendo escasos porque requieren tiempo, confianza y dedicación.

Aristóteles sostiene, además, que la amistad mantiene unidas a las ciudades. Allí donde existe confianza entre los ciudadanos hacen falta menos leyes. Cuando desaparecen la honradez, la palabra dada y la cooperación espontánea, proliferan los reglamentos, los controles y los pleitos. Las leyes pueden castigar el fraude, pero no crear virtud.

Cicerón y Santo Tomás de Aquino coinciden en esa idea: la amistad no sólo mejora la vida de cada individuo; también constituye uno de los pilares de toda comunidad civilizada.

La amistad no puede imponerse por decreto ni fabricarse mediante una aplicación informática. Tampoco basta con dedicarle un día al año.

Se construye lentamente, mediante la fidelidad, la generosidad, el perdón y la voluntad constante de buscar el bien del otro.

Y quizá la mejor manera de terminar sea recordando una sencilla verdad que resume cuanto enseñaron los clásicos:

Si deseas tener buenos amigos, procura, antes que nada, ser tú mismo un buen amigo.

Si quieres saber más, profundizar… sigue leyendo.

Cada 30 de julio se celebra el llamado Día Internacional de la Amistad. La fecha fue proclamada por la Organización de las Naciones Unidas en 2011, dentro de esa inagotable afición del organismo internacional por dedicar un día a casi cualquier causa imaginable. Hay jornadas dedicadas al retrete, al té, a las legumbres, a las abejas, a la bicicleta, a la felicidad, a los zurdos, a los besos, a los abrazos… y así hasta llenar buena parte del calendario.

La intención, sin duda, es loable: llamar la atención sobre asuntos que merecen ser conocidos o valorados. Sin embargo, cuando todo tiene su día, acaba dando la impresión de que nada lo tiene realmente. La abundancia de efemérides termina por banalizar incluso aquellas que se refieren a cuestiones verdaderamente importantes.

Y, entre todas ellas, pocas poseen tanta importancia como la amistad.

Porque la amistad no es un simple sentimiento agradable. No consiste en intercambiar felicitaciones por teléfono una vez al año ni en acumular cientos de contactos en las redes sociales. Tampoco se reduce a compartir aficiones o salir juntos a tomar café.

La amistad constituye uno de los pilares sobre los que descansa una vida verdaderamente humana.

No es casualidad que los grandes filósofos de todas las épocas le dedicaran páginas memorables. Desde Aristóteles hasta Cicerón; desde Séneca hasta Santo Tomás de Aquino, todos coinciden en que una existencia sin amigos puede ser larga, cómoda e incluso próspera…, pero difícilmente podrá considerarse una vida plena.

Resulta significativo que Aristóteles dedicara dos libros completos de su Ética a Nicómaco al estudio de la amistad. No estaba escribiendo un tratado sentimental, sino una obra destinada a responder a una pregunta esencial: ¿cómo debe vivir el ser humano para alcanzar una vida buena?

Y llegó a una conclusión sorprendente por su sencillez.

Nadie desea vivir sin amigos.

Ni siquiera quien posee riquezas, salud, poder o fama.

Porque el hombre no ha sido hecho para vivir aislado. Necesita compartir alegrías y tristezas; necesita ser comprendido y comprender; necesita dar y recibir ayuda; necesita alguien con quien celebrar los éxitos y alguien que permanezca a su lado cuando llegan las desgracias.

En realidad, la amistad es uno de esos bienes cuyo valor suele descubrirse demasiado tarde.

Mientras la disfrutamos apenas pensamos en ella. La damos por supuesta. Creemos que siempre estará ahí. Pero basta atravesar una enfermedad, perder el trabajo, sufrir una injusticia o experimentar una profunda decepción para comprender quiénes eran realmente nuestros amigos y quiénes únicamente compartían con nosotros tiempos de prosperidad.

Las dificultades poseen una curiosa virtud: separan el oro de la escoria.

Muchos desaparecen discretamente cuando dejamos de resultarles útiles.

Unos pocos permanecen.

Y precisamente esos pocos constituyen uno de los mayores tesoros que puede poseer un ser humano.

Por eso resulta paradójico que vivamos en la época con mayor facilidad para comunicarnos y, al mismo tiempo, en una de las más pobres en amistades profundas.

Nunca había sido tan sencillo enviar un mensaje a cualquier lugar del mundo.

Nunca había sido tan difícil encontrar a alguien dispuesto a escucharnos durante una hora sin mirar constantemente el teléfono móvil.

Quizá hemos multiplicado los contactos.

Pero hemos descuidado los vínculos.

Y ambas cosas no son, ni de lejos, lo mismo.

La amistad exige algo que nuestra época parece incapaz de ofrecer: tiempo.

Tiempo compartido.

Conversaciones sin prisas.

Silencios cómodos.

Confianza.

Lealtad.

Paciencia.

Y una disposición constante a anteponer el bien del amigo a la propia comodidad.

Nada de eso puede descargarse mediante una aplicación.

Nada de eso puede fabricarse mediante inteligencia artificial.

Nada de eso puede decretarlo la ONU.

La amistad nace siempre del encuentro libre entre dos personas que descubren, poco a poco, que desean el bien del otro por el otro mismo.

Y ahí reside toda su grandeza.


I. Aristóteles: el primer gran filósofo de la amistad

Hace casi dos mil cuatrocientos años, Aristóteles escribió una afirmación que conserva hoy la misma fuerza que entonces:

«Nadie elegiría vivir sin amigos, aunque poseyera todos los demás bienes.»

La frase parece sencilla, pero encierra una profunda verdad sobre la naturaleza humana.

Podemos imaginar a una persona inmensamente rica.

Con una magnífica vivienda.

Buena salud.

Prestigio.

Influencia.

Capaz de satisfacer cualquier capricho material.

Ahora bien, imaginemos que todo eso debe disfrutarlo completamente solo.

Sin nadie con quien compartir una buena noticia.

Sin nadie que se alegre sinceramente de sus éxitos.

Sin nadie que permanezca junto a él cuando aparezcan el dolor, la enfermedad o la muerte.

¿Quién envidiaría realmente esa existencia?

Aristóteles comprendió que el ser humano no alcanza su plenitud viviendo únicamente para sí mismo.

Necesita convivir.

Necesita cooperar.

Necesita amar y ser amado.

Por eso afirma también que la amistad no constituye un lujo reservado a unos pocos privilegiados, sino una auténtica necesidad de la naturaleza humana.

Más aún: sostiene que incluso las ciudades dependen de ella.

Cuando entre los ciudadanos existe confianza, respeto mutuo y disposición para colaborar, hacen falta pocas leyes.

Cuando desaparece la amistad cívica, comienzan a multiplicarse los reglamentos, los controles, las inspecciones y los pleitos.

Donde falta la virtud, aparece inevitablemente la desconfianza.

Y donde reina la desconfianza, acaba creciendo el aparato del poder para intentar sustituir, mediante normas y sanciones, aquello que antes proporcionaba espontáneamente la conducta moral de los ciudadanos.

Aristóteles lo comprendió hace veinticuatro siglos.

Quizá nosotros todavía estemos intentando descubrirlo.


Continuará con «Las tres clases de amistad según Aristóteles».

II. Las tres clases de amistad

Todos empleamos la palabra amigo con una extraordinaria facilidad.

«Es un buen amigo.»

«Somos amigos desde hace muchos años.»

«Tengo cientos de amigos.»

Pero ¿significa siempre lo mismo?

Aristóteles responde con un rotundo no.

No todas las amistades poseen la misma naturaleza, ni la misma profundidad, ni la misma duración.

De hecho, distingue tres clases de amistad.

Dos de ellas son perfectamente legítimas, pero inestables. La tercera es la única que merece plenamente ese nombre.

La amistad por utilidad

Es la más frecuente en la vida adulta.

Dos personas mantienen una relación porque ambas obtienen algún beneficio.

Puede tratarse de un socio comercial, un compañero de trabajo, un cliente, un proveedor, un vecino o incluso dos Estados que cooperan porque así conviene a sus intereses.

No hay nada deshonroso en ello.

Las sociedades humanas no podrían funcionar sin estas relaciones.

Sin embargo, conviene no engañarse.

Mientras exista el beneficio mutuo, la relación suele mantenerse.

Cuando desaparece la utilidad, con frecuencia desaparece también la amistad.

¿Cuántas personas descubren, al jubilarse, que muchos de quienes llamaban amigos no vuelven a telefonearlas?

¿Cuántos empresarios rodeados de aduladores comprueban, tras una quiebra, que aquellos supuestos amigos se han evaporado como el agua bajo el sol de agosto?

No eran necesariamente malas personas.

Simplemente, aquello no era amistad en sentido estricto.

Era una relación basada en la conveniencia.

Y las conveniencias cambian.

La amistad por placer

Existe otra forma de amistad igualmente natural.

Es la que nace de compartir aficiones, gustos o diversiones.

Los compañeros de excursiones.

Los aficionados al mismo equipo.

Quienes disfrutan pescando, jugando al ajedrez o conversando sobre literatura.

Los jóvenes que pasan tardes enteras juntos porque se divierten en compañía unos de otros.

Estas amistades suelen ser sinceras.

Incluso muy intensas.

Pero también suelen depender de circunstancias externas.

Cuando cambian los intereses, los horarios, la edad o el lugar de residencia, muchas terminan apagándose sin dramas ni traiciones.

La vida sigue otros caminos.

Y aquellas personas que parecían inseparables apenas vuelven a verse.

No porque hayan discutido.

Simplemente, porque desapareció aquello que las unía.

La amistad fundada en la virtud

Y llegamos a la tercera.

La más rara.

La más difícil.

La más hermosa.

Es la amistad entre personas que desean mutuamente el bien del otro, no por utilidad, ni por diversión, sino porque reconocen y admiran las cualidades morales de su amigo.

Aquí el centro deja de ser el beneficio propio.

Lo importante pasa a ser el otro.

Su felicidad.

Su crecimiento.

Su dignidad.

Su bien.

Esta amistad no depende de la riqueza.

Ni de la juventud.

Ni del éxito.

Ni siquiera de la proximidad física.

Puede sobrevivir a miles de kilómetros de distancia.

Puede resistir décadas sin verse.

Puede mantenerse cuando llegan la enfermedad, la pobreza o el fracaso.

Porque está edificada sobre algo mucho más sólido que las circunstancias.

Está construida sobre el carácter.

Por eso Aristóteles afirma que estas amistades son escasas.

No porque las personas sean egoístas por naturaleza.

Sino porque requieren virtud.

Y la virtud no nace espontáneamente.

Hay que cultivarla durante toda la vida.

Una enseñanza incómoda

La clasificación aristotélica resulta incómoda porque nos obliga a preguntarnos algo que preferimos evitar.

¿Cuántos amigos verdaderos tenemos realmente?

No cuántos contactos figuran en el teléfono móvil.

No cuántos seguidores aparecen en una red social.

No cuántas personas nos felicitan el día de nuestro cumpleaños.

¿Cuántos permanecerían junto a nosotros si perdiéramos el dinero, el prestigio, la salud o el poder?

Y, sobre todo, ¿junto a cuántas personas permaneceríamos nosotros si fueran ellas quienes lo perdieran todo?

La respuesta quizá no sea muy numerosa.

Pero tampoco necesita serlo.

Los antiguos solían decir que quien encuentra un solo amigo verdadero puede considerarse afortunado.

Quizá exageraban.

O quizá no.

Porque la amistad auténtica nunca se ha medido por la cantidad.

Siempre se ha medido por la calidad.

Y esa verdad, después de veinticuatro siglos, continúa siendo tan válida como cuando Aristóteles la escribió en Atenas.


Continuará con el siguiente apartado: «El amigo es otro yo: confianza, verdad y lealtad».

III. El amigo es otro yo

Pocas definiciones de la amistad han alcanzado tanta fama como la de Aristóteles cuando afirma que «el amigo es otro yo».

La expresión puede parecer exagerada. Sin embargo, encierra una intuición extraordinaria.

No significa que dos amigos deban pensar siempre igual, compartir las mismas opiniones o convertirse en una especie de copia uno del otro.

Todo lo contrario.

Dos buenos amigos pueden discrepar acerca de política, religión, economía, literatura o fútbol y seguir siendo excelentes amigos.

La verdadera amistad no exige uniformidad.

Exige algo mucho más difícil: respeto.

Respeto por la inteligencia del otro.

Respeto por su libertad.

Respeto por su conciencia.

En una época como la nuestra, en la que con demasiada frecuencia se rompe una amistad por un comentario en las redes sociales o por una diferencia ideológica, conviene recordar esta enseñanza de los clásicos.

Si sólo somos capaces de convivir con quienes piensan exactamente como nosotros, quizá no buscamos amigos.

Quizá buscamos un espejo.

La sinceridad, condición indispensable

Existe una curiosa contradicción en la naturaleza humana.

Todos afirmamos que deseamos conocer la verdad.

Pero no siempre estamos dispuestos a escucharla.

Preferimos, muchas veces, la comodidad del elogio a la incomodidad de la crítica.

Por eso abundan los aduladores.

Y escasean los amigos.

El adulador siempre encuentra palabras agradables.

Aprueba cuanto hacemos.

Aplaude incluso nuestros errores.

Nos dice exactamente aquello que queremos oír.

El amigo verdadero actúa de otra manera.

No busca complacernos.

Busca nuestro bien.

Y eso significa que, cuando es necesario, nos corrige.

Con delicadeza.

Con prudencia.

Con afecto.

Pero también con claridad.

No porque disfrute llevándonos la contraria.

Sino porque le importa más nuestra mejora que nuestra satisfacción momentánea.

¡Cuántos errores evitaríamos si escucháramos con más atención a quienes nos conocen y nos quieren de verdad!

La amistad no consiste en tener razón

Existe otra idea profundamente aristotélica que merece ser recordada.

La amistad no es una competición.

No se trata de demostrar quién sabe más.

Ni quién posee la última palabra.

Ni quién vence en cada discusión.

Una conversación entre amigos no es un combate.

Es una búsqueda compartida de la verdad.

Cuando ambos desean sinceramente descubrir lo que es verdadero, desaparece la necesidad de imponerse.

Importa mucho menos quién tenía razón al comenzar la conversación que quién termina comprendiendo mejor la realidad.

Esta actitud exige humildad.

Y la humildad constituye una de las virtudes más escasas de nuestro tiempo.

Vivimos rodeados de personas que opinan sobre todo.

Con absoluta seguridad.

Aunque apenas sepan nada.

Las redes sociales han multiplicado esa enfermedad.

Cualquier asunto parece admitir únicamente dos posiciones: la mía y la equivocada.

Aristóteles habría contemplado semejante espectáculo con una mezcla de sorpresa y tristeza.

Porque la amistad sólo florece allí donde existe disposición para aprender.

Quien cree saberlo todo ya no escucha.

Y quien no escucha difícilmente puede conservar amigos durante mucho tiempo.

La alegría compartida

Existe una prueba muy sencilla para distinguir la amistad verdadera.

Consiste en observar qué sucede cuando a uno de los dos le va bien.

Compartir el sufrimiento resulta relativamente frecuente.

Incluso muchas personas movidas por simple compasión son capaces de acompañarnos durante una enfermedad o una desgracia.

Mucho más difícil resulta alegrarse sinceramente por el éxito ajeno.

Ahí aparece uno de los enemigos más antiguos de la amistad: la envidia.

La envidia convierte el triunfo del otro en una derrota propia.

El ascenso profesional del amigo provoca amargura.

Su felicidad sentimental produce desazón.

Sus éxitos despiertan resentimiento.

Donde anida la envidia, la amistad acaba muriendo lentamente.

El verdadero amigo experimenta justamente lo contrario.

Celebra nuestros logros como si fueran propios.

Se alegra de que nos vaya bien.

No necesita competir.

No necesita compararse.

Comprende que el bien de un amigo nunca disminuye el suyo.

Al contrario.

Lo aumenta.

Porque la amistad multiplica las alegrías y divide las penas.

Un aprendizaje para toda la vida

Nadie nace sabiendo ser amigo.

Como ocurre con la prudencia, la justicia o la fortaleza, también la amistad se aprende.

Y aquí vuelve a aparecer Aristóteles con una de sus ideas más fecundas.

Las virtudes no caen del cielo.

Se adquieren mediante la repetición.

Nos hacemos justos practicando la justicia.

Valientes, afrontando el miedo.

Generosos, ejercitando la generosidad.

Y buenos amigos… comportándonos como buenos amigos.

No existe ningún atajo.

No basta con leer libros sobre la amistad.

Hay que dedicar tiempo.

Escuchar.

Guardar confidencias.

Cumplir la palabra dada.

Perdonar pequeñas ofensas.

Pedir perdón cuando nos equivocamos.

Estar presentes sin necesidad de que nos llamen.

Y permanecer cuando todos los demás se marchan.

Sólo así, casi sin darnos cuenta, la amistad deja de ser un sentimiento pasajero para convertirse en una forma de vivir.

Y quizá ahí resida el secreto que Aristóteles quiso transmitir hace casi dos mil cuatrocientos años: la amistad no es un accidente afortunado, sino una consecuencia natural de una vida virtuosa.

Porque las personas buenas no sólo hacen el bien.

También saben conservar a quienes caminan a su lado.


Continuará con el siguiente apartado: «La amistad en tiempos de soledad digital», donde confrontaremos la sabiduría clásica con la realidad de una sociedad hiperconectada, pero en la que, paradójicamente, cada vez más personas viven y mueren solas.

IV. La amistad en tiempos de soledad digital

Si Aristóteles regresara hoy y contemplara nuestro mundo, probablemente quedaría maravillado por los avances técnicos.

En apenas unos segundos podría conversar con una persona situada al otro lado del planeta.

Podría enviar un mensaje instantáneo a miles de destinatarios.

Accedería a millones de libros, imágenes y documentos desde un pequeño aparato que cabe en el bolsillo.

Sin embargo, una vez pasada la sorpresa inicial, es muy posible que terminara haciéndose una pregunta inquietante.

¿Cómo es posible que una sociedad capaz de comunicarse tanto tenga cada vez más dificultades para hacer amigos?

Nunca antes habíamos estado tan conectados.

Y, paradójicamente, nunca habían abundado tanto la soledad, el aislamiento y la sensación de incomprensión.

No es una contradicción.

Es una consecuencia de haber confundido la comunicación con la amistad.

Contactos no son amigos

Vivimos rodeados de cifras.

Hay quien presume de tener cinco mil contactos.

Otros cuentan decenas de miles de seguidores.

Cada fotografía recibe cientos de «me gusta».

Cada comentario acumula decenas de respuestas.

Pero basta que llegue una enfermedad grave, una ruina económica o un drama familiar para descubrir una realidad mucho menos brillante.

Los números desaparecen.

Los verdaderos amigos permanecen.

Las redes sociales han facilitado extraordinariamente el contacto entre las personas.

Eso constituye un progreso indudable.

El problema aparece cuando confundimos esa facilidad para comunicarnos con la existencia de vínculos profundos.

Responder con un emoticono no equivale a escuchar.

Pulsar un botón indicando que algo nos gusta no significa compartir una alegría.

Enviar un mensaje de pésame no sustituye un abrazo.

Y ninguna videollamada puede reemplazar, por sí sola, la presencia de una persona que decide acompañarnos durante horas simplemente porque sabe que la necesitamos.

La amistad continúa requiriendo exactamente lo mismo que hace dos mil años.

Tiempo.

Disponibilidad.

Lealtad.

Y afecto.

La tecnología puede facilitar el encuentro.

Nunca podrá sustituirlo.

La tiranía de la prisa

Existe otro enemigo silencioso de la amistad.

La prisa.

Vivimos permanentemente ocupados.

Siempre queda un correo por responder.

Un mensaje pendiente.

Una reunión.

Un trámite.

Una compra.

Una noticia que leer.

Una pantalla que consultar.

Nos convencemos de que no disponemos de tiempo para visitar a un amigo.

Sin embargo, pasamos varias horas al día mirando el teléfono móvil.

No se trata de falta de tiempo.

Se trata de prioridades.

La amistad exige una inversión que muchos consideran improductiva.

Conversar sin mirar el reloj.

Pasear sin destino.

Compartir un café durante dos horas.

Escuchar una historia que ya conocemos.

Reír por enésima vez con la misma anécdota.

Desde un punto de vista estrictamente económico, todo ello parece una pérdida de tiempo.

Desde el punto de vista humano constituye una de las mejores inversiones posibles.

Porque el tiempo dedicado a un amigo nunca desaparece.

Se transforma en confianza.

La epidemia de la soledad

En numerosos países occidentales la soledad comienza a ser considerada un grave problema social.

No únicamente entre los ancianos.

También entre jóvenes rodeados de pantallas, de mensajes y de conexiones permanentes.

Nunca tantas personas habían tenido la posibilidad de comunicarse con cualquiera.

Y nunca tantas habían confesado sentirse profundamente solas.

Quizá porque la amistad no depende de la cantidad de personas que conocemos.

Depende de la profundidad con la que conocemos a unas pocas.

Un solo amigo verdadero vale más que mil conocidos.

No porque los demás carezcan de importancia.

Sino porque la amistad no admite producción en serie.

No puede multiplicarse indefinidamente.

El afecto profundo posee límites naturales.

Nadie dispone de tiempo, energía y dedicación suficientes para mantener centenares de amistades auténticas.

Quien pretende ser amigo de todo el mundo acaba siendo amigo de nadie.

Saber estar

Hay un aspecto de la amistad que apenas se menciona hoy.

La capacidad de estar.

Simplemente estar.

Sin discursos.

Sin soluciones milagrosas.

Sin necesidad de decir algo brillante.

Cuando una persona atraviesa un duelo, una enfermedad o una profunda tristeza, muchas veces no necesita consejos.

Necesita compañía.

Necesita sentir que no está sola.

Los antiguos comprendían muy bien esta verdad.

Job, en el Antiguo Testamento, recibió inicialmente el mejor consuelo posible de sus amigos.

Permanecieron varios días junto a él en silencio.

Sólo comenzaron a equivocarse cuando decidieron explicarle por qué sufría.

Con frecuencia creemos que ayudar consiste en hablar.

Y no siempre es así.

A veces el mayor acto de amistad consiste en permanecer junto al otro.

Sin prisas.

Sin relojes.

Sin palabras innecesarias.

La mera presencia de un amigo puede aliviar dolores que ningún razonamiento consigue disipar.

Recuperar el arte de la amistad

Tal vez no necesitemos inventar nuevas teorías sobre la amistad.

Bastaría con recuperar algunas costumbres antiguas.

Visitar sin esperar una invitación formal.

Escribir una carta de vez en cuando.

Llamar por teléfono sin que exista un motivo concreto.

Sentarse a conversar durante horas.

Compartir una comida sin mirar continuamente el móvil.

Interesarse sinceramente por la vida del otro.

Escuchar más de lo que hablamos.

Y aprender a celebrar los éxitos ajenos con la misma alegría que si fueran propios.

No parece una receta revolucionaria.

Precisamente por eso funciona.

Porque responde a algo que no ha cambiado desde que existe la humanidad.

El ser humano continúa necesitando exactamente lo mismo que necesitaba cuando Aristóteles paseaba con sus discípulos por el Liceo de Atenas.

Alguien que pueda llamar, con toda propiedad, amigo.


Continuará con el penúltimo capítulo: «La amistad sostiene la libertad», donde veremos por qué Aristóteles, Cicerón y Santo Tomás consideraban que la amistad no sólo beneficia a las personas, sino que constituye uno de los fundamentos de toda sociedad civilizada.

V. La amistad sostiene la libertad

Existe una idea de Aristóteles que suele pasar inadvertida y que, sin embargo, posee una enorme actualidad.

Afirma que la amistad mantiene unidas a las ciudades, hasta el punto de que los legisladores deberían preocuparse más por fomentarla que por dictar nuevas leyes.

A primera vista puede parecer una exageración.

No lo es.

Encierra una profunda reflexión sobre la naturaleza de la convivencia humana.

Las leyes son necesarias.

Ninguna sociedad puede prescindir de ellas.

Pero las leyes, por sí solas, nunca bastan.

Ningún código, por voluminoso que sea, consigue sustituir la honradez, la palabra dada, la buena fe o el deseo sincero de cooperar con los demás.

Cuando esas virtudes existen, hacen falta pocas normas.

Cuando desaparecen, ni millones de artículos legales resultan suficientes.

La confianza: el verdadero cemento de una sociedad

Toda convivencia descansa sobre un bien invisible.

La confianza.

Confiamos en que el panadero no ha envenenado el pan.

En que el médico procura curarnos.

En que el mecánico arreglará el automóvil y no inventará averías inexistentes.

En que quien nos vende una vivienda no oculta deliberadamente defectos graves.

En que el juez aplicará la ley con imparcialidad.

En que quien firma un contrato cumplirá su palabra.

Si esa confianza desaparece, todo comienza a complicarse.

Cada acuerdo necesita decenas de cláusulas.

Cada conversación termina ante un notario.

Cada decisión exige un reglamento.

Cada conflicto acaba en los tribunales.

La desconfianza multiplica los papeles.

Y reduce la libertad.

Porque allí donde nadie confía en nadie, todo debe quedar regulado.

La inflación de las leyes

No deja de resultar paradójico.

Las sociedades modernas presumen de ser cada vez más avanzadas.

Sin embargo, cada año aprueban miles de nuevas disposiciones legales.

Leyes.

Reglamentos.

Protocolos.

Instrucciones.

Circulares.

Normas técnicas.

Procedimientos administrativos.

Parece como si existiera la convicción de que cualquier problema humano puede resolverse redactando un nuevo texto legal.

Naturalmente, no es así.

Las leyes pueden castigar el fraude.

No pueden crear honradez.

Pueden sancionar la mentira.

No pueden hacer veraces a los ciudadanos.

Pueden proteger determinados derechos.

No pueden obligar a nadie a ser un buen amigo, un buen padre o un buen vecino.

La virtud nunca ha nacido de un decreto.

Cicerón: sin amistad no existe comunidad

Varios siglos después de Aristóteles, Marco Tulio Cicerón escribió uno de los tratados más hermosos dedicados a la amistad: Laelius de amicitia.

En él sostiene una idea muy semejante.

La amistad no constituye un simple adorno de la vida.

Es uno de sus fundamentos.

Según Cicerón, ninguna comunidad puede mantenerse mucho tiempo si desaparecen la lealtad, la confianza y el afecto entre sus miembros.

Porque las instituciones, por perfectas que parezcan, terminan siendo simples edificios vacíos cuando quienes las integran dejan de considerarse compañeros y comienzan a verse exclusivamente como rivales.

No es difícil encontrar ejemplos.

Una empresa donde todos intentan perjudicar al compañero acaba siendo improductiva.

Una familia donde nadie confía en nadie termina desintegrándose.

Un país donde cada grupo considera enemigo al resto acaba instalándose en un conflicto permanente.

La amistad no elimina las diferencias.

Las hace compatibles con la convivencia.

La amistad cívica

Los griegos distinguían entre la amistad íntima y otra forma más amplia de amistad que podríamos llamar amistad cívica.

No exige conocerse personalmente.

Consiste en reconocer en el otro a un conciudadano digno de respeto.

Gracias a esa disposición resulta posible convivir con millones de personas desconocidas.

Cedemos el paso.

Respetamos una cola.

Devolvemos una cartera perdida.

Ayudamos a quien ha sufrido un accidente.

No porque obtengamos un beneficio inmediato.

Sino porque entendemos que todos formamos parte de una misma comunidad humana.

Cuando ese sentimiento desaparece, la convivencia comienza a deteriorarse.

El insulto sustituye al diálogo.

La sospecha reemplaza a la confianza.

La fuerza acaba imponiéndose allí donde antes bastaba la palabra.

Santo Tomás de Aquino y el bien compartido

Santo Tomás, profundamente influido por Aristóteles, dio un paso más.

Entendía la amistad como una forma de amor fundada en la voluntad de buscar el bien del otro.

No se trataba únicamente de simpatía.

Ni de afinidad.

Ni de emociones pasajeras.

Amar era querer el bien del amigo.

Y actuar en consecuencia.

Esta idea conserva hoy toda su fuerza.

Con frecuencia confundimos el afecto con un sentimiento intenso.

Pero los sentimientos cambian.

Van y vienen.

La amistad verdadera permanece incluso cuando desaparece el entusiasmo inicial.

Porque ya no depende sólo de las emociones.

Depende de una decisión.

La decisión de seguir siendo leal.

De seguir ayudando.

De seguir estando presente.

Aunque resulte incómodo.

Aunque exija sacrificios.

Una sociedad de individuos aislados

Durante las últimas décadas se ha repetido hasta la saciedad que el individuo debe ser completamente autónomo.

Autosuficiente.

Independiente.

Libre de cualquier vínculo.

Sin embargo, cuanto más se debilitan la familia, la amistad, el vecindario, las asociaciones y las comunidades naturales, mayor termina siendo la dependencia respecto de grandes organizaciones, empresas o administraciones públicas.

No es una paradoja.

Es una consecuencia lógica.

Quien pierde el apoyo de las personas cercanas acaba buscando protección en estructuras impersonales.

La amistad constituye, por ello, uno de los grandes espacios de libertad.

Porque allí donde existen personas capaces de ayudarse mutuamente de forma espontánea, disminuye la necesidad de que todo dependa de una organización superior.

La amistad fortalece a las personas.

Y las personas fuertes, responsables y solidarias hacen posibles las sociedades libres.

Quizá por eso Aristóteles afirmaba que los legisladores debían preocuparse tanto por ella.

No estaba hablando de sentimentalismo.

Estaba hablando de política en el sentido más noble de la palabra.

De cómo construir una convivencia digna entre seres humanos.


Epílogo

La amistad no necesita un día; necesita una vida

Después de recorrer las páginas de Aristóteles, Cicerón, Séneca y Santo Tomás de Aquino, resulta inevitable llegar a una conclusión tan sencilla como profunda: la amistad constituye uno de los mayores bienes de la existencia humana.

No es un lujo.

No es un entretenimiento.

No es un adorno para hacer más agradable la vida.

Es una necesidad de nuestra naturaleza.

El recién nacido no sobreviviría sin el cuidado de otros.

El niño necesita afecto para desarrollarse con equilibrio.

El adulto necesita amigos para no encerrarse en sí mismo.

Y el anciano descubre, muchas veces, que los mejores recuerdos de su vida no son los relacionados con el dinero ganado ni con los cargos desempeñados, sino con las personas que caminaron a su lado.

Vivimos en una época que parece haber confundido la cantidad con la calidad.

Acumulamos contactos.

Seguidores.

Mensajes.

Fotografías.

Pero cada vez escasean más las conversaciones largas, las confidencias, las visitas sin prisas y esa extraña tranquilidad que produce sentarse junto a un amigo sin necesidad de llenar el silencio con palabras.

Quizá hemos aprendido a comunicarnos.

Pero todavía nos queda mucho por aprender acerca de cómo relacionarnos.

La amistad exige virtudes que hoy apenas cotizan al alza.

Exige paciencia en una sociedad impaciente.

Lealtad en una cultura donde todo parece provisional.

Perdón en un tiempo acostumbrado a cancelar personas por un error.

Humildad en una época enamorada del narcisismo.

Y generosidad en un mundo que con demasiada frecuencia invita a preguntarse únicamente: «¿Qué gano yo con esto?».

Sin embargo, precisamente porque resulta difícil, la amistad continúa siendo uno de los bienes más valiosos que un ser humano puede conquistar.

No se compra.

No se impone.

No se hereda.

No puede fabricarse mediante algoritmos ni descargarse desde una aplicación.

Tampoco puede decretarse desde un parlamento, una universidad o una organización internacional.

Puede celebrarse un Día Internacional de la Amistad.

No hay nada objetable en ello.

Si esa efeméride sirve para que alguien telefonee a un viejo amigo, visite a una persona olvidada o reconcilie una relación deteriorada, habrá cumplido una noble finalidad.

Pero conviene no olvidar lo esencial.

La amistad no se construye en un solo día.

Se construye durante años.

Mediante miles de pequeños gestos casi siempre invisibles.

Una palabra de aliento.

Una conversación.

Una ayuda prestada sin esperar recompensa.

Una crítica hecha con afecto.

Una promesa cumplida.

Una ausencia evitada.

Un perdón concedido.

Quizá por eso Aristóteles afirmaba que la amistad pertenece al ámbito de la virtud.

No nace del azar.

Nace del carácter.

Y el carácter se forma viviendo.

No leyendo frases ingeniosas ni compartiendo citas célebres, sino esforzándose, día tras día, por convertirse uno mismo en el amigo que desearía encontrar.

Existe, además, una enseñanza que merece ser recordada.

Con frecuencia dedicamos mucho tiempo a buscar buenos amigos.

Tal vez sería más acertado preguntarnos si nosotros lo somos.

Porque la amistad no comienza cuando encontramos a la persona adecuada.

Comienza cuando nosotros procuramos ser dignos de la confianza de los demás.

Como casi todas las grandes verdades de la vida, ésta también admite formularse de manera muy sencilla.

Si quieres tener buenos amigos, empieza por ser uno de ellos.

Quizá entonces descubramos que la amistad no necesita ocupar una fecha en el calendario.

Le basta con ocupar un lugar permanente en el corazón y en la conducta de las personas.

Y eso, afortunadamente, depende mucho menos de la ONU que de cada uno de nosotros.

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