ESPAÑA: MEMORIA SELECTIVA, DESMEMORIA Y CONDENA AL OLVIDO
Los ladrones de la memoria: de la muerte de Franco al sanchismo
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Ayn Rand dejó escrita una de esas verdades de Perogrullo que terminan resultando difíciles de explicar: lo más complicado es hacer comprender lo evidente cuando se ha dejado de mirar.
Peor todavía: cuando se ha olvidado.
Yo tenía dieciocho años recién cumplidos cuando murió el general Franco.
Y estaba allí.
No me lo han contado.
No lo he aprendido cincuenta años después en un documental, en una serie de televisión ni en un manual redactado por quienes nacieron cuando aquello ya era Historia.
Militaba en una organización clandestina.
Por eso sé bastante bien cuál era la verdadera magnitud de la oposición al régimen.
Había siglas, naturalmente.
Había pequeños grupos.
Había reuniones clandestinas, octavillas, discusiones interminables, conspiradores aficionados y algunos militantes dispuestos a correr riesgos.
Pero éramos pocos.
Muy pocos comparados con los millones de españoles que estaban a otra cosa.
Trabajar.
Casarse.
Criar a sus hijos.
Comprar un piso.
Adquirir el primer coche.
Mandar a los hijos a estudiar.
Mejorar de vida.
Irse de vacaciones cuando podían.
Jason Brennan llamaría muchos años después hobbits a ciudadanos semejantes: personas poco interesadas en la política, que prefieren ocuparse de su trabajo, su familia y su vida particular.
Eso era lo normal.
La política apasionaba a unos pocos.
LOS ANTIFRANQUISTAS QUE NACIERON DESPUÉS DE FRANCO
Lo verdaderamente prodigioso ocurrió más tarde.
Franco murió y comenzaron a aparecer antifranquistas por todas partes.
Como setas después de la lluvia.
O como sapos que salen de debajo de las piedras cuando llueve. Y algunos, si hemos de creer sus biografías retrospectivas, debieron de caer directamente del cielo.
Personas a las que jamás había visto cerca de la clandestinidad descubrieron de pronto un pasado resistente.
Otros habían pertenecido al Movimiento, habían ocupado cargos, habían participado en el Sindicato Vertical o habían hecho tranquilamente su carrera dentro del régimen.
Después resultó que casi todos habían sido demócratas desde la cuna.
Algunos debían de haber combatido ferozmente contra Franco sin que los que estábamos metidos de verdad en aquellos pequeños ambientes clandestinos llegáramos a enterarnos.
Tiene mérito.
Así comenzó, a mi juicio, uno de los grandes robos de memoria de nuestra historia reciente.
No hacía falta falsificar cada hecho.
Bastaba con cambiar las proporciones.
Engrandecer a unos.
Borrar a otros.
Convertir minorías en multitudes.
Y hacer desaparecer de la fotografía a millones de españoles corrientes que no habían pasado aquellos cuarenta años conspirando contra Franco.
LA TRANSICIÓN QUE LUEGO NOS CONTARON AL REVÉS
Después vino la Transición.
También sobre ella se fue construyendo poco a poco un relato inevitable.
Parecía que todo cuanto ocurrió posteriormente estaba escrito desde el 20 de noviembre de 1975.
No era así.
Las propias Cortes anteriores aprobaron la Ley para la Reforma Política. El propio sistema abrió el camino jurídico al siguiente.
Pero luego hemos contado muchas veces la historia desde el final hacia el principio.
Como si en noviembre de 1975 millones de españoles estuvieran reclamando ya exactamente el sistema que acabaría construyéndose.
No.
Muchas cosas llegaron después.
Y muchas no las reclamó casi nadie.
Se fueron haciendo.
Una detrás de otra.
LOS PARTIDOS DESCUBREN EL PRESUPUESTO
Llegaron los partidos.
Y los partidos descubrieron rápidamente una verdad maravillosa: la política podía convertirse en profesión.
Después llegaron más cargos.
Más parlamentos.
Más asesores.
Más organismos.
Más empresas públicas.
Más puestos repartidos por quienes mandaban.
Y alrededor de todo ello fue creciendo una clase cuya vida dependía, directa o indirectamente, del dinero cobrado previamente a quienes trabajaban y producían.
Cada nueva capa parecía pequeña.
El problema estaba en la suma.
Una excepción.
Después otra.
Luego otra más.
Hasta que nadie recuerda ya cuándo empezó aquello.
Ése es uno de los mecanismos más eficaces de la desmemoria:
hacer las cosas poco a poco hasta conseguir que parezcan haber existido siempre.
LAS AUTONOMÍAS TAMBIÉN TERMINARON PARECIENDO ETERNAS
Algo semejante ocurrió con el reparto territorial del poder.
Hoy parece que diecisiete gobiernos autonómicos descendieron del Sinaí grabados en piedra.
No.
Fueron construidos.
Y cada poder creado comenzó inmediatamente a defender su existencia, ampliar sus competencias y pedir más dinero.
Es la naturaleza del poder.
Rara vez pide reducirse.
Lo sorprendente sería lo contrario.
Y cuando los gobiernos de Madrid comenzaron a necesitar diputados nacionalistas para conservar la mayoría, aquellos votos adquirieron un precio.
No hacen falta grandes teorías.
Basta saber sumar.
DESPUÉS NOS DIJERON QUE DEPENDER ERA MODERNO
Llegó también la integración europea.
Y junto a beneficios evidentes llegó otra idea mucho más discutible: que daba igual perder determinadas fábricas, industrias y medios propios porque siempre podríamos comprar lo necesario fuera.
Así fuimos acostumbrándonos a confundir cooperación con dependencia.
Pero siguen existiendo verdades elementales.
Quien necesita comprar fuera algo imprescindible y no puede producirlo dentro depende de quien se lo vende.
Puede revestirse de cien palabras nuevas.
Continúa siendo lo mismo.
Otra vez Ayn Rand.
Lo más difícil: explicar nuevamente lo evidente.
Y LA CUENTA PARA LOS QUE VIENEN DETRÁS
Mientras tanto, los gobiernos descubrieron otro procedimiento magnífico: gastar hoy y dejar parte de la factura para mañana.
El gobernante disfruta hoy de la obra, la subvención o el gasto.
Otros pagarán después.
Nuestros hijos.
Nuestros nietos.
La deuda permite hacer política con dinero que todavía no se ha recaudado.
Otra perogrullada que hemos conseguido olvidar.
Y también aquí funciona la memoria selectiva.
Se escoge el dato conveniente.
Se oculta el incómodo.
El prestidigitador no siempre necesita mentir.
Le basta con enseñarnos únicamente la mano que le interesa.
PEDRO SÁNCHEZ
Y llegamos a Pedro Sánchez.
No inventó esta maquinaria.
La heredó.
Ahí está precisamente la cuestión.
Encontró partidos poderosos.
Encontró listas electorales controladas desde arriba.
Encontró diputados cuya carrera depende del partido.
Encontró una enorme cantidad de dinero público que repartir.
Encontró administraciones multiplicadas.
Encontró partidos nacionalistas que llevaban décadas aprendiendo cuánto podían obtener cuando sus votos resultaban necesarios.
Y encontró algo todavía mejor:
una sociedad entrenada en olvidar deprisa.
Con Sánchez hemos visto hasta qué punto puede estirarse una palabra, borrarse una promesa y convertir una negativa tajante en una necesidad imperiosa.
Lo que ayer era una línea roja hoy deja de serlo.
Lo que ayer se rechazaba hoy se considera imprescindible.
Lo que ayer parecía inconcebible mañana se presenta como perfectamente natural.
Después pasan unos meses.
Y finalmente casi parece que siempre fue así.
EL ROBO PERFECTO
Éste es el robo de memoria perfecto.
No hace falta obligarme a creer que no vi lo que vi.
Basta repetirme durante años otra versión.
Después vendrá alguien que no había nacido y me explicará cómo era la España en la que yo vivía.
Me explicará quiénes éramos los antifranquistas.
Cuántos éramos.
Qué pensaban los españoles.
Qué deseaban.
Qué temían.
Qué reclamaban.
Y quizá terminará diciéndome que mi propio recuerdo está equivocado.
Ahí está el último paso.
Primero:
memoria selectiva.
Después:
desmemoria.
Luego:
condena al olvido.
Y finalmente:
inculcación de un falso recuerdo.
UNA LIBRETA
Contra todo eso puede bastar algo muy sencillo.
Una libreta.
Una fecha.
Una declaración.
Una promesa.
Un hecho.
El día tal dijo esto.
Después hizo aquello.
Más tarde afirmó que nunca había dicho lo primero.
Y finalmente nos explicó que siempre había querido hacer lo segundo.
Eso es lo que ningún fabricante de recuerdos desea encontrar:
la secuencia completa.
Porque cuando recuperamos la secuencia recuperamos también la relación entre lo prometido y lo hecho.
ESPAÑA NO ES QUIEN LA GOBIERNA
Y hay otra verdad elemental que conviene recuperar.
España no es el Gobierno.
España no es Pedro Sánchez.
Tampoco fue Felipe González, Aznar, Zapatero o Rajoy.
España no sube impuestos.
No firma decretos.
No nombra asesores.
No reparte cargos.
No contrae una deuda por voluntad propia.
Lo hacen gobernantes concretos.
Con nombres y apellidos.
Ellos pasan.
España permanece.
Confundir al gobernante con la nación es otro pequeño robo del lenguaje y de la memoria.
Y DESPUÉS DE SÁNCHEZ, ¿QUÉ?
Sánchez también pasará.
La cuestión verdaderamente importante será qué queda.
Porque si permanecen las mismas costumbres, las mismas dependencias, la misma facilidad para gastar el dinero ajeno, la misma inclinación de los partidos a ocuparlo todo y la misma extraordinaria capacidad colectiva para olvidar lo ocurrido anteayer, llegará otro.
Con otro nombre.
Otra cara.
Otro lema.
Y encontrará preparadas las mismas herramientas.
Por eso la memoria importa.
No porque debamos vivir mirando hacia atrás.
Sino porque quien no recuerda el camino recorrido difícilmente puede comprender dónde está.
Yo estaba allí en 1975.
Tenía dieciocho años.
Y precisamente por eso me niego a que cincuenta años después me fabriquen el recuerdo de lo que vi.
La memoria no es nostalgia.
Es defensa propia.