Cuando la Historia llama a la puerta: El conde Don Julián ha resucitado y se ha reencarnado en Pedro Sánchez…
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Ha transcurrido una semana desde la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta.
Una semana durante la cual Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, ha seguido sin aceptar la ayuda ofrecida por la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (FRONTEX); sin ordenar la expulsión de quienes han entrado y permanecen ilegalmente en territorio español; sin reforzar de forma suficiente la presencia de las Fuerzas Armadas en la ciudad autónoma; y sin explicar a los españoles por qué no se adoptaron medidas eficaces para impedir una operación que, según diversas informaciones, era conocida con antelación por nuestros servicios de información.
Melilla no ha sufrido en esta ocasión una entrada semejante. Sin embargo, durante los últimos años también ha padecido repetidas avalanchas de inmigrantes que han accedido ilegalmente a la ciudad desde Marruecos con la complacencia —cuando no la colaboración— de las autoridades marroquíes.
Lo sucedido en Ceuta no constituye un hecho aislado.
Es un episodio más de una estrategia de presión que Marruecos viene utilizando desde hace años contra España.
Y aquí surge una comparación histórica difícil de evitar.
Hace más de trece siglos, otro gobernador de Ceuta pasó a la Historia por facilitar la entrada de un ejército extranjero en la Península.
La tradición identifica a aquel personaje con el conde Don Julián.
Pedro Sánchez no ha abierto personalmente las puertas de Ceuta.
Pero son muchos los españoles que consideran que su política hacia Marruecos ha producido un resultado aún más perjudicial para los intereses nacionales.
El precedente del año 711
La Historia de España comenzó a cambiar en Ceuta.
No en Covadonga.
No en Toledo.
No en Córdoba.
Fue en Ceuta donde empezó todo.
En la primavera del año 711, Tariq ibn Ziyad, caudillo bereber al servicio del Califato Omeya de Damasco, cruzó el Estrecho con un ejército compuesto por entre quince y dieciocho mil hombres, casi todos bereberes.
No llegaron por sorpresa.
La tradición histórica atribuye al conde Don Julián, gobernador de Ceuta y enfrentado al rey Rodrigo, haber facilitado el desembarco, proporcionar información sobre la situación del reino visigodo y permitir el paso hacia la Península.
Un año después llegó Musa ibn Nusayr con otro ejército semejante.
Entre ambos reunían unos treinta y cinco mil combatientes.
No conquistaron Hispania únicamente por su fuerza.
La conquistaron porque encontraron un reino dividido, enfrentado y debilitado por las luchas internas.
Rodrigo cayó derrotado en Guadalete.
Su muerte sigue rodeada de incertidumbre.
Pero el verdadero cadáver que quedó sobre el campo de batalla fue el propio reino visigodo.
Cuando un Estado pierde la unidad, pierde también gran parte de su capacidad para defenderse.
Las ciudades comenzaron a caer una tras otra.
Córdoba.
Sevilla.
Mérida.
Toledo.
No eran simples derrotas militares.
Era el derrumbamiento de un Estado.
Toledo no era una ciudad cualquiera.
Desde Leovigildo era la capital del reino.
En ella se celebraron los Concilios de Toledo, donde se fueron asentando las bases religiosas y políticas de la España visigoda.
Fue allí donde Recaredo abrazó el catolicismo, poniendo fin a la división religiosa del reino.
Y fue también allí donde Recesvinto promulgó el Liber Iudiciorum, una de las grandes obras jurídicas de nuestra Historia, al unificar las leyes para godos e hispanorromanos.
Con la caída de Toledo desapareció mucho más que una capital.
Desapareció el centro político, jurídico y religioso del reino.
En apenas diez años, más de la mitad de la Península había sido conquistada.
La velocidad del derrumbamiento sigue asombrando trece siglos después.
La Historia no se repite… pero enseña
Ninguna comparación histórica es perfecta.
Sería un error afirmar que España vive hoy la misma situación que en el año 711.
No es cierto.
Pero también sería un error ignorar las semejanzas que ofrecen algunas conductas humanas.
Las fronteras siguen siendo decisivas.
La unidad nacional continúa siendo indispensable.
Y la debilidad de los gobernantes sigue siendo aprovechada por quienes desean obtener ventajas.
Hoy Marruecos no necesita enviar un ejército para ejercer presión sobre España.
Le basta con abrir o cerrar el paso de miles de personas en sus fronteras.
Lo ha hecho en Melilla en numerosas ocasiones.
Lo ha hecho ahora en Ceuta.
Y lo hará de nuevo mientras considere que ese procedimiento resulta eficaz.
Por eso resulta tan difícil comprender la actitud del Gobierno.
Según diversas informaciones publicadas, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) disponía de avisos sobre los preparativos de la entrada masiva en Ceuta.
Si esos avisos existían, ¿por qué no se actuó?
¿Por qué no se reforzó la ciudad antes de que se produjera la entrada?
¿Por qué no se aceptó inmediatamente la ayuda ofrecida por la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (FRONTEX)?
¿Por qué continúan permaneciendo en Ceuta miles de personas que han entrado ilegalmente en territorio español?
Son preguntas sencillas.
Y merecen respuestas igualmente sencillas.
¿Qué ha recibido España a cambio?
Ésta es quizá la pregunta más incómoda de todas.
Pedro Sánchez modificó la posición histórica de España sobre el Sáhara Occidental.
Lo hizo sin un amplio acuerdo político nacional y sin buscar el respaldo previo de las Cortes Generales.
Desde entonces, España ha seguido destinando importantes cantidades de dinero al Reino de Marruecos.
Nuestros agricultores continúan denunciando una competencia que consideran desleal.
Marruecos mantiene sus reclamaciones sobre Ceuta y Melilla y, en ocasiones, también sobre las Islas Canarias.
Y, entretanto, se ha producido la mayor entrada masiva de inmigrantes en Ceuta de los últimos años.
Muchos españoles se preguntan qué ha obtenido España a cambio de tantas cesiones.
Hasta hoy, nadie ha ofrecido una respuesta convincente.
¿Pedro Sánchez o el conde Don Julián?
Durante más de mil años, el nombre del conde Don Julián ha simbolizado la traición.
Los historiadores siguen discutiendo hasta qué punto la tradición refleja fielmente lo sucedido. Pero lo cierto es que, desde la Edad Media, Don Julián representa al gobernante que, por interés personal, abre la puerta al enemigo.
Trece siglos después, esa figura vuelve inevitablemente a la memoria de muchos españoles.
Con una diferencia.
Don Julián, según la tradición, facilitó la entrada de un ejército extranjero.
Pedro Sánchez, sostienen sus críticos, no ha abierto personalmente las puertas de Ceuta. Pero consideran que ha seguido una política que ha debilitado la posición de España frente a Marruecos y ha permitido que Rabat convierta la presión migratoria en un instrumento permanente de chantaje.
No se trata únicamente del cambio de postura sobre el Sáhara Occidental.
No se trata únicamente de las ayudas económicas concedidas al Reino de Marruecos.
No se trata únicamente de la competencia que soportan nuestros agricultores.
No se trata únicamente de la constante reivindicación marroquí sobre Ceuta, Melilla y, en ocasiones, incluso sobre las Islas Canarias.
Todo ello forma parte de un mismo cuadro.
Cada cesión parece ir seguida de una nueva exigencia.
Cada gesto de buena voluntad encuentra una nueva reclamación.
Cada concesión abre la puerta a otra.
La política de apaciguamiento rara vez satisface a quien exige más.
Al contrario.
Suele convencerle de que basta aumentar la presión para obtener nuevas ventajas.
Eso enseña la Historia.
Y eso parece estar ocurriendo hoy.
Hay, además, un hecho que agrava todavía más la situación.
Según diversas informaciones, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) conocía con antelación que se preparaba una entrada masiva en Ceuta.
Si esa información era correcta, la cuestión deja de ser política para convertirse en un problema de responsabilidad.
¿Por qué no se actuó?
¿Por qué no se reforzó la frontera?
¿Por qué no se movilizaron más efectivos de las Fuerzas Armadas?
¿Por qué no se aceptó la ayuda ofrecida por la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (FRONTEX)?
¿Por qué continúan en Ceuta miles de personas que han entrado ilegalmente en España?
Son preguntas que no admiten evasivas.
Los españoles tienen derecho a conocer la respuesta.
Gobernar no es resistir
Da la impresión de que la principal preocupación del Gobierno ya no consiste en defender los intereses permanentes de España.
Consiste en mantenerse un día más en el poder.
Para conseguirlo depende de partidos cuya finalidad declarada es la separación de una parte del territorio nacional y del apoyo parlamentario de formaciones vinculadas al entorno político de la ya desaparecida organización terrorista Euskadi Ta Askatasuna (ETA).
Esa dependencia condiciona inevitablemente la acción del Gobierno.
Cuando la permanencia en el poder se convierte en el objetivo principal, el interés nacional corre el riesgo de ocupar un segundo plano.
Gobernar exige tomar decisiones difíciles.
Exige incomodar a veces a los propios aliados.
Exige pensar en la nación antes que en la siguiente votación parlamentaria.
Porque un Gobierno administra el presente.
Pero también tiene la obligación de proteger el futuro.
Y esa obligación comienza en las fronteras.
Una frontera que deja de defenderse acaba dejando de respetarse.
Y cuando una frontera deja de respetarse, termina cuestionándose la soberanía que representa.
España no necesita discursos grandilocuentes.
Necesita un Gobierno dispuesto a ejercer las funciones más elementales de cualquier Estado: defender su territorio, proteger a sus ciudadanos y hacer cumplir la ley.
Si renuncia a ello, otros ocuparán el espacio que deja vacío.
La Historia ofrece demasiados ejemplos como para ignorarlo.
Epílogo: la Historia siempre pasa la factura
Los españoles solemos repetir que la Historia es maestra de la vida.
Lo decimos con frecuencia.
Pero rara vez actuamos como si realmente lo creyéramos.
Cada generación piensa que vive un tiempo completamente nuevo, que los errores del pasado ya no pueden repetirse y que las viejas advertencias carecen de valor.
Hasta que la realidad demuestra lo contrario.
Hace más de trece siglos bastaron unos miles de hombres para cambiar el curso de nuestra Historia.
No porque fueran invencibles.
No porque los hispanos fueran cobardes.
Sino porque encontraron un reino dividido, unos gobernantes incapaces de comprender la gravedad de la situación y unas fronteras insuficientemente defendidas.
Después vinieron casi ocho siglos de Reconquista.
Ocho siglos de guerras.
Ocho siglos de sacrificios.
Ocho siglos para recuperar lo que se había perdido en apenas unos años.
La Historia no obliga.
Advierte.
Quien quiera escucharla, aprenderá.
Quien la desprecie, acabará pagando las consecuencias.
Hoy España no se enfrenta a la misma situación que en el año 711.
Sería absurdo afirmarlo.
Pero sí vuelve a enfrentarse a una pregunta que nunca pierde actualidad.
¿Está dispuesto un Estado a defender sus fronteras, su soberanía y su dignidad nacional, o prefiere confiar en que los problemas desaparezcan por sí solos?
Ésa es la cuestión.
Y esa pregunta no admite respuestas ambiguas.
Porque las fronteras no son simples líneas dibujadas sobre un mapa.
Representan la soberanía de una nación.
Representan el ámbito donde rigen sus leyes.
Representan el hogar común de sus ciudadanos.
Cuando un Estado deja de protegerlas con decisión, transmite al mundo la impresión de que tampoco está dispuesto a defender todo lo demás.
Ésa es la razón por la que resulta tan preocupante cuanto ha sucedido durante esta última semana.
No sólo por la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta.
No sólo por la actitud del Reino de Marruecos.
Sino, sobre todo, por la respuesta del Gobierno de España.
Porque un Gobierno puede equivocarse.
Lo que no puede permitirse es permanecer inmóvil cuando se pone a prueba la integridad del Estado.
La tradición convirtió al conde Don Julián en el símbolo de la deslealtad hacia España.
Cada lector juzgará si esa comparación resulta hoy acertada o exagerada.
Pero hay una diferencia que nadie puede discutir.
Don Julián pertenece a la Historia.
Pedro Sánchez pertenece al presente.
Y precisamente por eso todavía está a tiempo de rectificar.
Todavía puede aceptar la ayuda ofrecida por la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (FRONTEX).
Todavía puede ordenar que se restablezca plenamente el control de la frontera.
Todavía puede demostrar que el interés de España está por encima de cualquier cálculo político.
Si no lo hace, será la Historia quien dicte sentencia.
Y la Historia suele ser un juez mucho más severo que cualquier tribunal.