EL DEPLORABLE VICIO DE PENSAR
Instrucciones minuciosas para adquirir una costumbre incómoda
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

ADVERTENCIA SANITARIA
Pensar puede perjudicar gravemente sus certezas.
Resulta extraño que las autoridades sanitarias no hayan advertido todavía de este riesgo.
Se nos aconseja caminar, correr, nadar, hacer gimnasia, dormir bien, beber agua, moderar la sal, el azúcar y las grasas, tomar el sol con prudencia, vigilar la tensión, cuidar la espalda y no permanecer demasiado tiempo sentados.
Todo muy razonable.
Sin embargo, cualquier ciudadano puede ponerse a pensar sin receta, sin prospecto, sin supervisión facultativa y, lo que es peor, sin preparación previa.
Una temeridad.
Porque el pensamiento puede producir efectos secundarios:
dudas;
pérdida de prejuicios;
preguntas inoportunas;
necesidad de comprobar;
disminución de la credulidad;
resistencia a las consignas;
lectura comprensiva;
reconocimiento de la propia ignorancia;
abandono de alguna certeza;
cambios de opinión;
y, en casos especialmente graves, rectificación espontánea.
Se han conocido incluso individuos capaces de decir:
—No lo sé.
Delante de otras personas.
Y han sobrevivido.
Conviene, pues, empezar con dosis pequeñas.
I. EL PRINCIPAL ANTÍDOTO CONTRA LA IGNORANCIA
Pensar es uno de los principales antídotos contra la ignorancia.
No porque transforme automáticamente al ignorante en sabio.
Ojalá.
Bastaría sentarse media hora cada mañana, fruncir el ceño y esperar.
No funciona así.
Pensar consigue algo anterior y muchísimo más importante:
permite descubrir que ignoramos.
Hay una ignorancia bastante saludable:
—No lo sé.
Y otra mucho más peligrosa:
—Yo ya sé de qué va esto.
La primera pregunta.
La segunda explica.
La primera busca un libro.
La segunda busca un público.
La primera escucha.
La segunda interrumpe.
La primera puede aprender.
La segunda suele sentir una imperiosa necesidad de enseñar.
De ahí proceden algunas desgracias.
II. HAGA EJERCICIO
Se atribuye a José Saramago, en sus últimos años, una observación particularmente incómoda: se nos recomienda constantemente ejercitar el cuerpo, muchas veces por boca de deportistas, pero resulta bastante más raro escuchar a alguno decir:
—Lea usted un libro.
Quizá las autoridades sanitarias debieran completar sus consejos:
Lea media hora todos los días.
Aprenda alguna palabra nueva.
Someta una convicción a examen tres veces por semana.
Consuma argumentos contrarios con regularidad.
Consulte el diccionario cuando aparezcan síntomas de desconocimiento.
En caso de certeza absoluta, acuda inmediatamente a una biblioteca.
Aristóteles habría comprendido perfectamente el tratamiento.
El hábito se adquiere mediante actos repetidos.
No aprendemos a correr viendo correr.
Ni a tocar el violín contemplando violinistas.
Ni a pensar viendo tertulias.
Esto último puede producir justamente el efecto contrario.
Pero todavía no estamos preparados para pensar.
Antes debemos averiguar qué ocurre antes de pensar.
Y para eso hay que ir despacio.
Muy despacio.
Casi hasta desesperar.
III. ABRA LOS OJOS
Ábralos.
Los dos, preferentemente.
La luz llega.
El ojo hace sus cosas.
El sistema nervioso hace las suyas.
Usted ve.
No se felicite todavía.
También ve el gato.
Y no consta que haya escrito la Metafísica.
Ahora piense en el edificio situado enfrente de su casa.
¿Cuántas ventanas tiene?
Probablemente no lo sabe.
Lo ha visto miles de veces.
Nunca lo miró.
Ver no es mirar.
Ver puede suceder.
Mirar exige atención.
Primera dificultad.
IV. AHORA MIRE
Dirija voluntariamente la atención.
Forma.
Color.
Tamaño.
Posición.
Detalles.
Compare.
Observe.
Ya está haciendo algo diferente.
El mundo estaba delante.
Ahora ha seleccionado una parte.
Y esto tiene una consecuencia importante:
atender a algo significa dejar de atender a otras cosas.
Dos personas pueden presenciar el mismo acontecimiento y fijarse en aspectos diferentes.
Después discutirán sobre lo que «realmente ocurrió».
Ambas estaban allí.
Ninguna estuvo en todas partes.
V. OIGA
Permanezca quieto.
Hay sonidos.
Un automóvil.
Una conversación.
Una puerta.
Un perro.
Un pájaro.
Una motocicleta cuyo propietario considera obligación moral informar de su existencia a varias manzanas simultáneamente.
Usted oye.
Ahora elija uno de esos sonidos.
Dirija hacia él la atención.
Escuche.
Oír no es escuchar.
La diferencia es conocida por cualquiera que haya preguntado:
—¿Me estás escuchando?
y haya recibido:
—Sí, sí.
Generalmente significa:
—Tus ondas sonoras están llegando perfectamente hasta mí.
No era exactamente la pregunta.
VI. UTILICE LOS DEMÁS SENTIDOS
Huélalo.
Tóquelo.
Pruébelo, cuando sea prudente.
No recomendamos esta última operación con detergentes, enchufes ni desconocidos.
Los sentidos proporcionan información.
También nuestro propio organismo nos informa acerca de sí mismo.
Hambre.
Sed.
Frío.
Calor.
Dolor.
Cansancio.
Miedo.
Bienestar.
Una desagradable presión en el estómago cuando llega determinada carta.
Todo ello es real como experiencia.
Pero atención:
sentir no es pensar.
Tiene miedo.
Sabemos que tiene miedo.
Todavía no sabemos si existe peligro.
Siente frío.
Sabemos que siente frío.
Todavía ignoramos la temperatura de la habitación.
Se siente despreciado.
Conocemos su vivencia.
Todavía no sabemos qué piensa la otra persona.
Se siente inteligentísimo.
Tampoco demuestra nada.
Conviene insistir especialmente en esto último.
VII. NO TODOS DISPONEMOS DEL MISMO EQUIPO
Antes de seguir conviene reconocer otra realidad bastante visible:
los seres humanos no somos iguales en nuestras capacidades.
Hay altos.
Bajos.
Fuertes.
Débiles.
Ciegos.
Videntes.
Sordos.
Oyentes.
Personas con una memoria prodigiosa.
Personas que entran en una habitación y olvidan inmediatamente a qué iban.
Hay quienes leen una página y la recuerdan durante años.
Y quienes leen tres veces el mismo párrafo y siguen sospechando que allí ocurre algo importante, aunque no terminan de saber qué.
También hay gente guapa.
Y gente fea.
Aquí, naturalmente, conviene prudencia.
Sobre gustos hay poco escrito y muchísimo discutido.
Pero la belleza, por ahora, no ayuda demasiado a resolver un silogismo.
Aunque puede conseguir que alguien nos escuche mientras lo explicamos.
VIII. TAMPOCO SOMOS IGUALMENTE INTELIGENTES
Llegamos a una cuestión que suele tratarse con una mezcla curiosa de pudor y sentimentalismo.
Las capacidades intelectuales varían.
Hay personas con gran facilidad para abstraer.
Otras destacan en cálculo.
Algunas comprenden con rapidez relaciones complejas.
Otras necesitan más tiempo.
Unas tienen una memoria verbal extraordinaria.
Otras, espacial.
Unas resuelven problemas con rapidez.
Otras avanzan despacio.
Y sí: existen diferencias medibles en ciertas capacidades cognitivas.
El cociente intelectual intenta medir algunas de ellas.
Algunas.
No mide la bondad.
Ni la honradez.
Ni la prudencia.
Ni la sabiduría.
Ni el sentido común.
Ni la capacidad de no hacer el ridículo después de obtener una puntuación muy alta.
Esto último conviene subrayarlo.
IX. TENER MUCHA INTELIGENCIA NO GARANTIZA PENSAR BIEN
Una maquinaria potente puede llevarnos más lejos.
También puede llevarnos más deprisa contra una pared.
Una gran capacidad intelectual permite construir razonamientos complejos.
Magnífico.
También permite construir justificaciones complejísimas de una conclusión falsa.
El necio poco dotado puede equivocarse sencillamente.
El necio brillante puede publicar tres tomos explicando por qué su error era inevitablemente verdadero.
No desprecie esta diferencia.
Tiene consecuencias editoriales.
Marina aparecerá más adelante para recordarnos precisamente que la inteligencia puede fracasar.
X. TENER MENOS FACILIDAD TAMPOCO IMPIDE PENSAR MEJOR
El error contrario también existe:
—Si no soy muy inteligente, no puedo pensar bien.
No necesariamente.
Pensar bien exige capacidades.
Claro.
Pero también exige hábitos:
atender;
escuchar;
preguntar;
definir;
comprobar;
aceptar una corrección;
reconocer un límite;
pedir ayuda;
y no fingir que sabemos aquello que no comprendemos.
Una persona de capacidad ordinaria pero disciplinada puede razonar con más sensatez que otra brillantísima dominada por el orgullo, el prejuicio y el autoengaño.
La inteligencia ayuda.
La humildad también.
Y algunas veces bastante más.
XI. LOS SENTIDOS TAMBIÉN DESIGUALAN EL ACCESO
No todos recibimos la información de la misma manera.
Una persona ciega no accede visualmente a aquello que el vidente ve.
Una persona sorda no recibe por el oído lo que recibe quien oye.
Esto condiciona el acceso inmediato a determinada información.
Es evidente.
Precisamente por eso existen técnicas, aprendizajes, ayudas y compensaciones.
El ciego puede leer mediante tacto o sistemas electrónicos.
El sordo puede acceder mediante lectura, subtítulos, apoyos técnicos y otras vías.
La cuestión importante para nuestras instrucciones es ésta:
pensar depende también de la calidad, cantidad y accesibilidad de la información que conseguimos recibir.
Si falta información relevante, un razonamiento puede ser impecable y la conclusión equivocada.
Un ordenador puede calcular perfectamente con datos falsos.
El problema no está en la multiplicación.
Está en lo que introdujimos.
XII. LA FORMACIÓN Y LA EXPERIENCIA TAMBIÉN CUENTAN
Dos personas pueden tener capacidades semejantes y pensar de manera muy diferente porque una ha leído, estudiado, comparado y practicado durante años y la otra no.
No porque la segunda valga menos.
Sino porque dispone de menos herramientas en determinadas materias.
El carpintero experimentado ve en una tabla cosas que yo no veo.
El médico observa síntomas que a mí me pasarían inadvertidos.
El músico escucha diferencias que quizá otro no perciba.
El ajedrecista reconoce una posición que para el profano son treinta y dos piezas colocadas con mala intención.
El conocimiento modifica aquello que somos capaces de advertir.
Y la experiencia también.
Un joven puede tener más rapidez mental que un anciano.
El anciano puede haber visto veinte veces una situación que para el joven es completamente nueva.
La experiencia no garantiza sabiduría.
También se puede repetir el mismo error durante cincuenta años.
La edad tampoco viene con certificado de aprovechamiento.
XIII. NO CONFUNDA IGUAL DIGNIDAD CON IDÉNTICAS APTITUDES
Las personas pueden tener igual dignidad sin poseer capacidades idénticas.
No todos corremos igual.
No todos vemos igual.
No todos oímos igual.
No todos recordamos igual.
No todos calculamos igual.
No todos comprendemos una abstracción con la misma rapidez.
Negarlo no hace a nadie más igual.
Sólo empeora nuestra descripción de la realidad.
Y ya veremos que empezar describiendo mal la realidad es una manera magnífica de terminar razonando muy bien sobre algo que no existe.
De todo hay en la viña del Señor.
Altos.
Bajos.
Fuertes.
Débiles.
Sabios.
Ignorantes.
Listos.
Menos listos.
Y algún individuo convencido de pertenecer simultáneamente a todas las categorías superiores.
Ése necesita especialmente estas instrucciones.
XIV. LA REALIDAD TIENE EL DEFECTO DE EXISTIR
Llegamos ahora a una afirmación incómoda:
la realidad es la que es.
No la que deseamos.
No la que tememos.
No la que recordamos.
No la que nos conviene.
No la que consideramos justa.
No la que votamos.
No la que preferiría la mayoría.
Ayn Rand insistió obstinadamente en esta cuestión.
A es A.
La realidad no solicita nuestra aprobación.
Podemos enfadarnos con ella.
No suele impresionarse.
Puede aprobarse por mayoría absoluta que la gravedad resulta injusta.
La resolución quizá prospere.
No recomendamos comprobar su eficacia saltando desde un campanario.
La realidad manifiesta una irritante indiferencia hacia nuestras opiniones.
XV. A ES A
Conviene detenerse aquí.
No porque la cosa sea complicada.
Precisamente porque parece demasiado sencilla.
Una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Si A es A, no puede ser simultáneamente no-A.
Esto es el principio de no contradicción.
Y junto a él aparece otro principio incómodo:
o A o no-A.
No cabe una tercera posibilidad entre una proposición y su negación.
Si Juan está vivo, no está muerto al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Si está muerto, no está vivo.
Puede haber cambios de momento.
Puede haber sentidos distintos.
Puede haber palabras mal definidas.
Pero no podemos mantener simultáneamente una afirmación y su negación y llamarlo profundidad.
Eso no es profundidad.
Es contradicción.
XVI. NUESTRA IGNORANCIA NO CREA UNA TERCERA VERDAD
Supongamos:
—Hay vida inteligente fuera de la Tierra.
Puede ser verdad.
Puede ser falso.
Nosotros quizá no lo sepamos.
Pero nuestro desconocimiento no crea una tercera opción.
No existe:
—Ni sí ni no, sino una bruma cósmica respetuosa con todas las sensibilidades.
No.
La realidad ya será una cosa o la otra.
Los ignorantes somos nosotros.
Nuestra incertidumbre no suspende la realidad.
Sólo suspende nuestro juicio.
XVII. LA CONTRADICCIÓN ES UNA ALARMA
La realidad puede ser compleja.
Puede cambiar.
Puede ofrecer aspectos diferentes.
Puede contener tensiones.
Lo que no puede hacer una misma proposición es ser verdadera y falsa al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Si parece ocurrir, revise.
Quizá habla de momentos distintos.
De significados distintos.
De sujetos distintos.
O quizá alguien ha cometido un error.
La contradicción no es una revelación.
Es una alarma.
XVIII. PERO NOS CONTAMOS LA REALIDAD
Aquí empieza el verdadero problema.
La realidad es la que es.
Pero nosotros no la recibimos entera.
Percibimos.
Seleccionamos.
Atendemos.
Recordamos.
Relacionamos.
Interpretamos.
Deseamos.
Tememos.
Y finalmente nos contamos qué ha sucedido.
Juan pasa junto a usted y no lo saluda.
Hecho.
Ahora empieza la novela.
—Juan no me ha saludado.
Correcto.
—Juan ha evitado saludarme.
Hemos añadido intención.
—Está enfadado conmigo.
Añadimos sentimiento.
—Por lo que dije ayer.
Añadimos causa.
—Siempre fue muy rencoroso.
Añadimos personalidad.
—En realidad nunca fue amigo mío.
Acabamos de reconstruir veinte años de amistad.
Juan estaba sin gafas.
La mente humana posee extraordinarias aptitudes literarias.
Especialmente para la novela autobiográfica.
XIX. NO DIGA «MI REALIDAD»
Puede decir:
mi experiencia;
mi percepción;
mi interpretación;
mi recuerdo;
mi opinión;
mi versión.
Todo eso admite posesivo.
La realidad, no.
Llueve.
Al agricultor le alegra.
A usted le arruina la boda.
Dos experiencias.
Una lluvia.
«Ésa es tu realidad» puede sonar muy profundo.
También permitiría decir al banco:
—En mi realidad, la hipoteca está pagada.
Pruébelo.
Quizá el director de la sucursal haya estudiado filosofía posmoderna.
XX. INTRODUZCA EL DESEO
Ahora quiera algo.
Muchísimo.
No sucede nada.
El deseo es legítimo.
El problema comienza cuando le concedemos valor probatorio.
Solicita un trabajo.
Sale de la entrevista.
—Creo que me contratarán.
¿Por qué?
—El entrevistador sonrió.
Tenemos una sonrisa.
—Tomó notas.
Tenemos notas.
—Al despedirse dijo «ya hablaremos».
Ya está contratado.
En su cabeza.
La empresa todavía no ha sido informada.
El deseo posee una admirable capacidad para llegar antes que los hechos.
XXI. AÑADA EL CAPRICHO
El deseo puede tener razones.
El capricho disfruta de la ventaja de no necesitarlas.
—Lo quiero.
—¿Por qué?
—Porque sí.
Perfecto.
«Porque sí» constituye una explicación suficiente del capricho.
Como argumento acerca de la realidad presenta algunas deficiencias.
Puede querer que llueva.
Puede querer rejuvenecer.
Puede querer medir diez centímetros más.
Puede querer que alguien lo ame.
Puede querer que dos y dos sean cinco.
El universo recibe todas estas solicitudes con idéntica cortesía.
No contesta.
XXII. AÑADA EL MIEDO
El deseo puede convertir indicios favorables en pruebas.
El miedo convierte posibilidades en certezas.
—No contesta al teléfono.
Hecho.
—Le ha ocurrido algo.
Posibilidad.
—Ha tenido un accidente.
Hipótesis.
—Seguro.
Convicción.
—Lo sabía. Esta mañana tuve un presentimiento.
Prueba retrospectiva.
Entonces llama.
—Perdona, estaba duchándome.
Una ducha acaba de destruir una tragedia completa.
XXIII. NO OLVIDE EL INTERÉS
La inteligencia posee una capacidad prodigiosa para descubrir matices exactamente donde nos convienen.
Nuestro hijo copia:
—Hay que conocer las circunstancias.
Copia el hijo del vecino:
—Es un tramposo.
Nosotros cambiamos de opinión:
—Hemos evolucionado.
Cambia nuestro adversario:
—No tiene principios.
Recibimos una ayuda:
—Es justicia.
La recibe alguien que nos desagrada:
—Es un privilegio.
Dentro de nuestra cabeza trabaja permanentemente un abogado defensor.
No cobra.
No duerme.
Y jamás recomienda declararse culpable.
XXIV. PONGA NOMBRE A LAS COSAS
Para pensar necesitamos distinguir.
Y para distinguir conceptos necesitamos, entre otras herramientas, palabras.
Muchas.
No para emplearlas todas simultáneamente.
Para escoger.
Dice usted:
—Estoy mal.
Excelente.
No sabemos casi nada.
¿Triste?
¿Cansado?
¿Melancólico?
¿Aburrido?
¿Hastiado?
¿Irritado?
¿Indignado?
¿Furioso?
¿Temeroso?
¿Angustiado?
¿Decepcionado?
¿Avergonzado?
¿Desalentado?
¿Tiene gases?
También es posible.
La precisión comienza cuando dejamos de llamar «cosa» a todas las cosas.
XXV. LOS SINÓNIMOS NO SON GEMELOS
Ver.
Mirar.
Observar.
Contemplar.
Examinar.
Vigilar.
Advertir.
Se parecen.
No son lo mismo.
Tampoco:
miedo,
temor,
pavor,
terror.
Ni:
error,
falsedad,
mentira,
engaño,
autoengaño.
Ni:
ironía,
sarcasmo,
burla,
sátira,
escarnio.
El vocabulario amplio no sirve solamente para adornar.
Permite distinguir matices.
El lenguaje es una caja de herramientas.
Si sólo posee un martillo, todo acabará pareciéndole un clavo.
Y si únicamente dispone de «cosa», «tema», «movida» y «brutal», podrá construir algo.
Pero quizá no encarguemos todavía los muebles.
XXVI. CUIDADO CON EL IDIOMA MENGUANTE
Las jergas han existido siempre.
No pasa nada.
El problema aparece cuando dejan de ser un registro entre varios y se convierten en todo el idioma disponible.
—Fue una movida brutal.
—Literal.
—Yo estaba en plan…
—Total.
Dos seres humanos han intercambiado señales.
Quizá incluso se entendieron.
No pidamos milagros.
El problema no consiste en escribir «q» en lugar de «que».
El problema empieza cuando el idioma se empobrece tanto que también se abrevia el pensamiento.
Una croqueta puede ser brutal.
Una película, brutal.
Un examen, brutal.
Un vestido, brutal.
Un asesinato, brutal.
Sólo en el último caso el adjetivo empieza a recordar para qué servía.
XXVII. LEA
Tome un libro.
Ábralo.
No se precipite.
Poseer libros no transmite conocimiento por proximidad.
Puede dormir rodeado de cinco mil volúmenes.
Al despertarse sabrá aproximadamente lo mismo.
Hay que abrir uno.
Después viene la parte desagradable.
Leerlo.
Y todavía queda otra peor:
comprenderlo.
XXVIII. DESCIFRAR NO ES LEER
Una persona alfabetizada reconoce letras.
Forma palabras.
Puede pronunciarlas perfectamente.
Puede recorrer páginas enteras.
Incluso terminar el libro.
Después preguntamos:
—¿Qué decía?
Silencio.
Ha descifrado.
No ha comprendido.
La lectura comprensiva exige preguntar:
¿Qué afirma?
¿Qué significa?
¿Por qué?
¿En qué se basa?
¿Qué conclusión obtiene?
¿Se deriva realmente esa conclusión de las premisas?
¿Estoy de acuerdo porque tiene buenas razones o porque ha tenido la amabilidad de decir exactamente aquello que yo quería leer?
Esta última pregunta es particularmente molesta.
Quizá por eso no suele imprimirse en las portadas.
XXIX. LEA TAMBIÉN A QUIEN LE LLEVA LA CONTRARIA
El ejercicio necesita resistencia.
Levantar una pluma cien veces no convierte a nadie en levantador de pesas.
Leer cien veces nuestra propia opinión tampoco nos convierte necesariamente en pensadores.
Busque al mejor adversario.
No al más tonto.
Eso sería hacer trampas.
Lea a quien formule la objeción que preferiría que nadie hubiese formulado.
Escúchelo.
Y no prepare la respuesta mientras escucha.
Eso no es escuchar.
Es esperar turno.
Primero comprenda.
Después conteste.
XXX. EL IDIOMA ES TAMBIÉN AUTONOMÍA
Podemos comunicarnos mediante voz, escritura, signos, gestos y apoyos diversos.
La cuestión que aquí nos interesa no es el vehículo.
Es la riqueza conceptual disponible y nuestra autonomía para acceder a las ideas de los demás.
Un repertorio elemental puede permitir:
—Tengo hambre.
—Ven.
—Me voy.
—Quiero eso.
Tarzán conseguía resultados semejantes.
Pero para comprender un contrato, discutir sobre causalidad, leer filosofía, advertir una ironía o detectar que alguien ha cambiado discretamente el significado de una palabra necesitaremos bastante más.
Las ayudas pueden ser imprescindibles.
Pero una ayuda alcanza su mejor sentido cuando aumenta la autonomía.
Un puente sirve para cruzar.
Quedarse a vivir encima es otra cuestión.
XXXI. AHORA OPINE
Hemos llegado a uno de los grandes santuarios de nuestro tiempo.
La opinión.
Entre con respeto.
Al parecer, todas las opiniones son respetables.
Al menos eso sostiene cierta opinión.
Supongamos:
—La Luna está hecha de queso.
Alguien responde:
—No.
Entonces el opinante se indigna.
—¡Ésa es mi opinión y tienes que respetarla!
No.
Hay que distinguir.
Santo Tomás acaba de incorporarse en la silla.
XXXII. USTED TIENE DERECHO A OPINAR
Naturalmente.
Puede opinar sobre política.
Economía.
Medicina.
Historia.
Física cuántica.
Cría del percebe.
Literatura sumeria.
Ingeniería nuclear.
Incluso puede ignorarlo absolutamente todo acerca de cualquiera de esas materias.
Su derecho a opinar continúa intacto.
Pero existe una pequeña dificultad:
su derecho a emitir una opinión no convierte esa opinión en conocimiento.
Ni en verdad.
Ni en una idea razonable.
Ni siquiera en algo interesante.
Sólo significa que tiene derecho a expresarla.
Que no es poco.
Pero tampoco es tanto.
XXXIII. LA PERSONA Y LA OPINIÓN NO SON LO MISMO
Las personas merecen respeto.
Las opiniones merecen examen.
Una opinión puede ser:
razonable;
bien fundada;
brillante;
discutible;
equivocada;
contradictoria;
absurda;
o perfectamente idiota.
Decir que una idea es idiota no convierte necesariamente en idiota a quien la sostiene.
Las personas inteligentes también dicen tonterías.
Más adelante Marina nos explicará que algunas pueden justificarlas con extraordinaria brillantez.
XXXIV. «EN MI OPINIÓN» NO CAMBIA WATERLOO
—En mi opinión, Napoleón ganó Waterloo.
No.
—Bueno, pero es mi opinión.
Sigue sin ganarla.
Puede opinar sobre Napoleón.
Sobre Wellington.
Sobre las causas de la batalla.
Sobre sus consecuencias.
Pero quién ganó es una cuestión acerca de un hecho.
Y los hechos tienen la desagradable costumbre de no sentirse obligados a respetar nuestras opiniones.
«En mi opinión» no modifica Waterloo.
XXXV. «NO SERÁS TAN INTOLERANTE…»
Aparece entonces la frase mágica:
—No serás tan intolerante como para negar mi derecho a opinar.
Nadie se lo ha negado.
Estamos examinando lo que acaba de decir.
—¡No respetas mi opinión!
Quizá la estamos respetando muchísimo.
Tanto, que nos hemos molestado en escucharla.
Comprenderla.
Examinarla.
Contrastarla.
Y después hemos concluido:
—No.
Eso no es intolerancia.
Se llama discrepar.
La tolerancia resulta necesaria precisamente cuando no compartimos algo.
No necesito tolerar aquello con lo que estoy completamente de acuerdo.
XXXVI. EL DERECHO ES SUYO; EL RESPETO DEBE GANÁRSELO LA OPINIÓN
Ésta es la regla.
El derecho a opinar es suyo.
El respeto intelectual debe ganárselo la opinión.
Con razones.
Con conocimientos.
Con pruebas.
Y aceptando la posibilidad de ser contradicha.
Porque la libertad de expresión no incluye una curiosa libertad que algunos parecen reclamar:
la libertad frente a la contradicción.
Ésa no existe.
XXXVII. CUANDO COINCIDA CON LA MAYORÍA, DETÉNGASE
A Mark Twain se atribuye una recomendación magnífica: cuando descubramos que estamos del lado de la mayoría, conviene detenerse y reflexionar.
No significa que la mayoría esté equivocada.
Eso sería otra tontería.
Si la mayoría considera poco conveniente beber lejía, no hace falta beberla para demostrar independencia intelectual.
Significa:
que muchos crean algo no nos exime de pensar.
—Todo el mundo lo dice.
¿Y?
—La mayoría está de acuerdo.
¿Y?
—Millones de personas no pueden equivocarse.
Naturalmente que pueden.
También pueden tener razón.
Ésa es la parte incómoda.
Hay que comprobarlo.
XXXVIII. «TODO EL MUNDO» ES UNA PERSONA EXTRAORDINARIA
—Todo el mundo sabe…
—Todo el mundo piensa…
—Todo el mundo dice…
Pregunte:
—¿Quién exactamente?
A veces «todo el mundo» resulta ser:
el hablante,
dos amigos,
un cuñado,
un tertuliano
y tres mensajes recibidos esa mañana.
Ha perdido población rápidamente.
XXXIX. LA TRIBU ENTREGA EL PENSAMIENTO CONFECCIONADO
El grupo abriga.
Dentro sabemos qué aplaudir.
Qué condenar.
Qué palabras utilizar.
Qué preguntas evitar.
Qué hechos considerar importantísimos.
Y cuáles olvidar.
La tribu entrega el pensamiento ya confeccionado.
Sólo hay que elegir la talla.
Por eso, cuando descubra que coincide siempre con «los suyos», haga una prueba:
—¿Pensaría lo mismo si esto lo hubiese hecho alguien a quien detesto?
Después:
—¿Qué diría si beneficiara a los otros y perjudicara a los míos?
Puede experimentar molestias.
Son normales.
El pensamiento empieza a actuar.
XL. TAMPOCO ADORE A LA MINORÍA
Estar solo no demuestra inteligencia.
El hombre que sostiene que la Tierra es plana no se convierte en Galileo porque esté solo.
La mayoría puede equivocarse.
La minoría también.
Una sola persona, además, posee posibilidades formidables de hacerlo.
No cuente cabezas.
Examine razones.
XLI. EL DICHOSO POLILOGISMO
Existe otra manera especialmente cómoda de evitar el esfuerzo de pensar.
Consiste en declarar que el razonamiento de una persona depende esencialmente del grupo al que pertenece.
Así ya no necesitamos examinar lo que dice.
Basta clasificar a quien lo dice.
—Eso lo dices porque eres rico.
—Porque eres pobre.
—Porque eres hombre.
—Porque eres mujer.
—Porque eres de aquí.
—Porque eres de allí.
—Porque perteneces a esta clase.
—Porque perteneces a aquella.
Magnífico.
El argumento acaba de desaparecer.
En su lugar tenemos una ficha.
Nombre.
Grupo.
Procedencia.
Y conclusión adjudicada.
Ludwig von Mises criticó precisamente esta pretensión de atribuir lógicas diferentes a clases, razas o grupos: el polilogismo.
Si la lógica depende de la tribu, la conversación racional termina.
Ya no examinamos argumentos.
Examinamos carnés.
XLII. UNA LÓGICA PARA CADA GRUPO
Supongamos que dos y dos son cuatro para usted.
Pero para mí son cinco.
No porque uno de los dos se haya equivocado.
Eso sería demasiado sencillo.
Son cinco para mí porque pertenezco a otro grupo.
Excelente.
Hemos resuelto el problema.
También hemos destruido la aritmética.
Si cada grupo posee su lógica, la contradicción deja de ser un problema.
Y si la contradicción deja de ser un problema, puede demostrarse cualquier cosa.
Incluso que el polilogismo es verdadero.
Y también falso.
Simultáneamente.
Una comodidad magnífica.
XLIII. «ÉSA ES TU VERDAD»
El polilogismo no siempre se presenta con corbata filosófica.
A veces dice:
—Ésa es tu verdad.
O:
—Tú no puedes entenderlo porque no perteneces a…
Complete usted la frase.
Puede haber experiencias distintas.
Intereses distintos.
Conocimientos distintos.
Perspectivas distintas.
Todo eso importa.
Pero de ahí no se deduce que el principio de no contradicción cambie de domicilio.
Una afirmación y su negación no pueden ser verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido porque quienes las pronuncian pertenezcan a grupos diferentes.
Aristóteles empieza a inquietarse.
Con razón.
XLIV. NO PREGUNTE PRIMERO QUIÉN LO DICE
Pregunte:
—¿Qué dice?
Después:
—¿Qué razones ofrece?
Después:
—¿Son válidas?
Después:
—¿Las premisas son verdaderas?
Y sólo cuando resulte pertinente añada:
—¿Tiene algún interés que pueda afectar a su juicio?
Eso último puede ser muy importante.
Pero no sustituye a lo anterior.
Un rico puede decir una verdad.
Un pobre también.
Un hombre puede acertar.
Una mujer también.
Un sabio puede equivocarse.
Un ignorante puede acertar por casualidad.
La verdad no pide sexo, clase, renta ni código postal.
XLV. EL POLILOGISMO ES UN ATAJO HACIA EL AD HOMINEM
En lugar de responder:
—Tu razonamiento falla aquí,
decimos:
—Tu razonamiento no vale porque tú eres…
Mucho más cómodo.
No hace falta leer.
No hace falta escuchar.
Ni siquiera hace falta comprender.
Basta con clasificar.
Una vez clasificado el hablante, clasificamos su argumento.
Pensamiento instantáneo.
Sólo hay un inconveniente:
no hemos pensado.
XLVI. DESCONFÍE DE LA MEMORIA
La memoria no es un archivo notarial.
Reconstruye.
Selecciona.
Olvida.
Completa.
Y siente especial cariño por las historias que llevamos años contando.
Después de repetir una anécdota durante treinta años podemos recordar perfectamente…
la anécdota.
Que coincida exactamente con lo sucedido sigue pendiente.
—Lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer.
Magnífico.
Eso demuestra la viveza del recuerdo.
No necesariamente su exactitud.
XLVII. LLAME A ROBERT TRIVERS
Ahora llega una noticia peor.
No sólo engañamos.
Nos engañamos.
El autoengaño posee una ventaja extraordinaria.
Mentir conscientemente exige trabajo.
Hay que recordar la versión.
Evitar contradicciones.
Vigilar el gesto.
Pero si primero conseguimos creernos nuestra propia historia, todo resulta mucho más sencillo.
Podemos proclamar con absoluta sinceridad:
—¡Te estoy diciendo lo que pienso!
Precisamente.
Ése es el problema.
XLVIII. NO CONFUNDA SINCERIDAD CON VERDAD
Puede estar sinceramente equivocado.
Profundamente equivocado.
Apasionadamente equivocado.
Mayoritaria y democráticamente equivocado.
La sinceridad demuestra sinceridad.
La convicción demuestra convicción.
Ninguna demuestra verdad.
Cuando alguien diga:
—¡Estoy completamente seguro!
piense:
—Magnífico. Veamos las pruebas.
Cuando sea usted quien esté completamente seguro, hágalo con mayor motivo.
Especialmente entonces.
XLIX. AHORA APRENDA A RAZONAR SIN HACER TRAMPAS
Ha llegado un momento delicado.
Ya percibimos.
Atendemos.
Nombramos.
Recordamos.
Opinamos.
Ahora queremos razonar.
Aquí aparece una de las grandes conquistas humanas:
la posibilidad de razonar mal con apariencia de razonamiento.
Ricardo García Damborenea ha explicado y ordenado con claridad muchas de estas trampas.
Se llaman falacias.
Conviene conocerlas.
No para utilizarlas mejor.
Aunque algunos parecen estudiar lógica precisamente con ese propósito.
L. ATAQUE A LA PERSONA
Alguien presenta un argumento.
Usted responde:
—Tú eres un imbécil.
Perfecto.
Ha atacado al hablante.
El argumento continúa exactamente donde estaba.
Refutar razones exige examinarlas.
Insultar resulta mucho más económico.
Por eso tiene tanto éxito.
LI. FABRIQUE UN HOMBRE DE PAJA
Su adversario dice:
—Creo que deberíamos reducir este gasto.
Usted responde:
—Así que quieres destruir todos los servicios públicos.
Magnífico.
Ha fabricado un adversario mucho más fácil de derrotar.
No ha vencido a la posición real.
Ha derrotado una caricatura construida por usted.
Es como boxear contra un perchero.
Las victorias son frecuentes.
LII. O CONMIGO O CONTRA MÍ
—O estás conmigo o estás contra mí.
No necesariamente.
Puedo estar pensando.
Puedo estar parcialmente de acuerdo.
Puedo considerar que ambos están equivocados.
Puedo incluso no haberme formado todavía una opinión.
La realidad suele ofrecer más de dos posibilidades prácticas.
Pero cuidado: esto no contradice el tercero excluido.
Una proposición bien definida sigue siendo verdadera o falsa.
Otra cosa es que la situación concreta esté mal descrita mediante sólo dos opciones.
No es lo mismo.
Santo Tomás vuelve a levantar un dedo.
—Hay que distinguir.
Empieza a resultar pesado.
Por eso resulta útil.
LIII. PRIMERO A, DESPUÉS B; POR TANTO A CAUSÓ B
No necesariamente.
Cantó el gallo.
Salió el sol.
No mate al gallo para prolongar la noche.
Que una cosa ocurra antes que otra no demuestra que la haya causado.
La mente humana ama las historias.
Primero sucede esto.
Después aquello.
Y enseguida aparece un «por tanto».
Vigílelo.
A veces merece estar allí.
Otras se ha colado.
LIV. GENERALICE
Conoce a dos miembros desagradables de un grupo.
Conclusión:
—Todos son iguales.
Excelente.
Dos observaciones han producido una teoría universal.
La productividad resulta admirable.
La ciencia suele necesitar algo más de tiempo.
LV. INVOQUE A LA MAYORÍA
—Todo el mundo piensa así.
Ya conocemos a «Todo el mundo».
Sigue sin presentar documentación.
Que muchos crean una cosa demuestra que muchos la creen.
Nada más.
Puede ser cierta.
Puede ser falsa.
Hay que examinarla.
La verdad no cuenta manos levantadas.
LVI. INVOQUE A UNA AUTORIDAD
—Lo ha dicho un experto.
Bien.
—¿Experto en qué?
Un magnífico cardiólogo tiene derecho a opinar sobre economía.
Su condición de cardiólogo no convierte automáticamente su opinión económica en conocimiento especializado.
La autoridad importa cuando es pertinente.
Fuera de su terreno vuelve a ser una persona opinando.
Como usted.
Quizá con bata.
LVII. APELE A LOS SENTIMIENTOS
—Si no estás de acuerdo conmigo, careces de sensibilidad.
Excelente.
Ya no necesitamos demostrar que la propuesta sea cierta, eficaz o razonable.
Basta con examinar la bondad moral del discrepante.
La lógica puede irse a tomar un café.
LVIII. «A MÍ ME PASÓ»
La experiencia personal importa.
Pero una experiencia no es automáticamente una ley general.
—A mí me pasó.
Perfecto.
Sabemos que le pasó a usted.
Todavía no sabemos con qué frecuencia ocurre.
Ni por qué.
Ni si sucede igual a los demás.
La anécdota es un dato.
No necesariamente una estadística.
LIX. «LO DICE LA CIENCIA»
La ciencia no acostumbra a llamar por teléfono.
Hablan científicos.
Publican investigaciones.
Discuten procedimientos.
Contrastan resultados.
Se equivocan.
Corrigen.
Decir «la ciencia dice» puede ser una abreviatura razonable.
También puede servir para cerrar una discusión sin explicar nada.
Pregunte:
—¿Qué estudio?
—¿Qué datos?
—¿Qué procedimiento?
—¿Qué grado de certeza?
A veces la afirmación sobrevivirá.
Otras no.
En ambos casos habremos aprendido algo.
LX. LA FALACIA MÁS DIFÍCIL DE VER
La falacia más fácil de detectar es la que utiliza el adversario.
La más difícil:
la nuestra.
Aplicamos al contrario un criterio severísimo.
Y a nosotros uno sorprendentemente comprensivo.
Por eso conviene guardar una regla:
si un razonamiento es malo cuando lo utiliza su adversario, sigue siendo malo cuando lo utiliza usted.
Si de repente deja de parecérselo, vuelva a llamar a Trivers.
Probablemente esté haciendo horas extraordinarias.
LXI. ARISTÓTELES Y SANTO TOMÁS PIDEN ORDEN
Llegados aquí, Aristóteles empieza a impacientarse.
Santo Tomás también.
Defina.
¿Qué significa libertad?
¿Qué significa justicia?
¿Qué significa igualdad?
¿Qué significa derecho?
¿Qué significa causa?
¿Qué significa verdad?
Dos personas pueden discutir tres horas utilizando exactamente la misma palabra para referirse a cosas distintas.
Al terminar, ambas habrán vencido.
A un adversario imaginario.
LXII. DISTINGA
Santo Tomás insiste:
—Hay que distinguir.
Hágale caso.
Hecho de interpretación.
Sensación de juicio.
Deseo de realidad.
Posibilidad de probabilidad.
Probabilidad de certeza.
Causa de coincidencia.
Error de mentira.
Mentira de autoengaño.
Ignorancia de estupidez.
Opinión de conocimiento.
Cambiar de opinión de cambiar de chaqueta.
Pensar consiste muchas veces en separar aquello que nuestra comodidad había metido en el mismo saco.
LXIII. PREGUNTE «¿CÓMO LO SÉ?»
Sócrates entra sin llamar.
—Todo el mundo sabe…
—¿Quién?
—Está demostrado.
—¿Dónde?
—Los expertos dicen…
—¿Cuáles?
—Siempre fue así.
—¿Siempre desde cuándo?
—Nunca ocurrió.
—¿Nunca dónde?
—Es evidente.
—¿Por qué?
Después de veinte minutos empezamos a comprender por qué aquel hombre resultaba molesto.
No justificamos la cicuta.
Pero comprendemos el cansancio.
LXIV. DIGA «NO LO SÉ»
Tres palabras.
No lo sé.
Ensaye.
—No lo sé.
Otra vez.
—No lo sé.
Continúa vivo.
Reconocer la ignorancia no disminuye la inteligencia.
Permite utilizarla.
Puede preguntar.
Leer.
Investigar.
Escuchar.
Aprender.
El problema aparece cuando quien no sabe necesita demostrar inmediatamente que sabe.
LXV. TODOS SOMOS IGNORANTES
A Einstein se atribuye una observación especialmente saludable:
todos somos ignorantes; lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.
Conviene repetirla.
Todos.
Eso lo incluye a usted.
Y a mí.
También al médico.
Al abogado.
Al ingeniero.
Al filósofo.
Al catedrático.
Al premio Nobel.
Al tertuliano.
Especialmente al tertuliano, aunque este último suele tener menos noticia del asunto.
Ser experto en una materia no elimina la ignorancia.
La desplaza.
Uno puede saber muchísimo de física y muy poco de derecho.
Muchísimo de medicina y casi nada de economía.
Muchísimo de historia y no saber reparar un grifo.
Muchísimo de filosofía y necesitar ayuda para configurar el teléfono.
No hay deshonra en ello.
La dificultad empieza cuando el físico opina de derecho como si fuese jurista, el jurista de física como si fuese Einstein y ambos consideran ofensivo que alguien les recuerde que quizá no sepan de lo que hablan.
LXVI. LA IGNORANCIA ES DESIGUAL
No todos ignoramos lo mismo.
Y por eso necesitamos a los demás.
Ésta es una noticia desagradable para el soberbio y excelente para la civilización.
El médico sabe cosas que usted ignora.
Usted puede saber otras que ignora el médico.
El carpintero sabe cosas que desconoce el filósofo.
El filósofo puede saber otras que desconoce el carpintero.
Si ambos reconocen lo que no saben, quizá hasta puedan construir una buena mesa.
Si ambos creen saberlo todo, probablemente construirán una mesa metafísica que cojea.
LXVII. EL EXPERTO TAMBIÉN IGNORA
Conviene desconfiar un poco de una palabra:
experto.
No porque los expertos no existan.
Existen.
Y son necesarios.
Pero ser experto significa saber mucho de algo.
No saberlo todo de todo.
El verdadero experto suele conocer además los límites de su materia.
El falso experto conoce bastante menos esos límites porque todavía no ha llegado hasta ellos.
Por eso a veces ocurre una cosa curiosa:
quien sabe poco dice:
—Está clarísimo.
Quien sabe mucho responde:
—Es más complicado.
No siempre.
Pero con suficiente frecuencia como para resultar instructivo.
LXVIII. HAYEK Y LA FATAL ARROGANCIA
Friedrich Hayek habló de la fatal arrogancia.
El recorrido suele ser sencillo:
—Sé algo.
Después:
—Sé bastante.
Después:
—Sé todo lo necesario.
Y finalmente:
—Sé también lo que deberían hacer los demás.
Hemos recorrido una distancia considerable sin darnos cuenta.
La humildad intelectual consiste en reconocer que nuestro conocimiento es limitado.
Pero existe algo aún más inquietante:
ignoramos muchas de las cosas que ignoramos.
Esto debería producir cierta modestia.
No siempre funciona.
El ser humano presenta una resistencia extraordinaria al tratamiento.
LXIX. MARINA Y LA INTELIGENCIA QUE FRACASA
José Antonio Marina ha insistido en una cuestión especialmente incómoda:
la inteligencia puede fracasar.
Una persona brillantísima puede utilizar toda su capacidad para justificar una estupidez.
El necio corriente inventa una excusa.
El inteligente puede construir una catedral.
Si además escribe bien, puede fundar una escuela.
Por eso no basta con poseer inteligencia.
Hay que educarla.
Ejercitarla.
Gobernarla.
Y vigilarla especialmente cuando consigue demostrar con extraordinaria brillantez exactamente aquello que deseábamos demostrar antes de empezar.
LXX. CIPOLLA Y EL ESTÚPIDO QUE FALTA
Carlo M. Cipolla estudió la estupidez humana.
Leerlo produce un efecto inmediato.
Empezamos a identificar estúpidos.
El vecino.
El político.
El jefe.
El tertuliano.
El cuñado.
Falta uno.
Usted.
Ése suele costar más.
La estupidez posee una propiedad admirable:
resulta mucho más fácil reconocerla desde fuera.
Quizá deberíamos preguntarnos cada mañana:
—¿Qué estupidez podría cometer hoy estando absolutamente convencido de que tengo razón?
No garantiza la inmunidad.
Pero al menos introduce cierta prudencia antes del desayuno.
LXXI. ERASMO YA SE ESTABA RIENDO
Erasmo comprendió que la necedad posee ventajas.
El necio puede vivir bastante tranquilo.
Sabe quiénes son los buenos.
Conoce a los malos.
Entiende las causas.
Tiene las soluciones.
No necesita matices.
El pensador vive peor.
Dice:
—Depende.
—Hay que distinguir.
—No necesariamente.
—Faltan datos.
—Puedo estar equivocado.
Expresiones todas ellas desastrosas para fabricar consignas.
La necedad descansa.
Pensar da trabajo.
LXXII. BUSQUE LA MEJOR OBJECIÓN CONTRA USTED
Ha llegado a una conclusión.
Magnífico.
Ahora intente destruirla.
Pero no haga trampas.
No elija al adversario más tonto.
Busque el mejor argumento contrario.
La objeción que preferiría que nadie hubiese formulado.
Pregúntese:
—¿Qué hecho demostraría que estoy equivocado?
Si encuentra alguno, estupendo.
Su idea mantiene relaciones con la realidad.
Si responde:
—Ninguno.
Ya no está investigando.
Está protegiendo una creencia.
LXXIII. RECTIFIQUE
Ejercicio avanzado.
Pronuncie:
—Me equivoqué.
No añada:
—Pero…
Otra vez.
—Me equivoqué.
Punto.
Respire.
Sigue vivo.
No ha perdido dignidad.
Quizá incluso haya ganado alguna.
No se entusiasme.
Podría acabar orgulloso de su humildad.
Y tendríamos que llamar otra vez a Hayek.
LXXIV. CAMBIE DE OPINIÓN CUANDO PROCEDA
Cambiar de opinión porque cambia el viento puede ser oportunismo.
Cambiar porque han cambiado nuestros conocimientos se llama:
aprender.
No se enamore de sus ideas.
No son hijos.
No sufrirán abandono.
Si una resulta falsa, déjela marchar.
Y no diga:
—Llevo cuarenta años pensando esto.
Eso sólo demuestra que ha tenido cuarenta años para equivocarse.
No necesita prórroga.
LXXV. CONVIÉRTALO EN HÁBITO
Volvemos al principio.
Aristóteles nos esperaba allí.
Las virtudes se adquieren mediante actos repetidos.
Pensar bien también.
Mire.
Escuche.
Atienda.
Lea.
Comprenda.
Nombre.
Defina.
Distinga.
Compare.
Relacione.
Pregunte.
Compruebe.
Vigile el deseo.
Vigile el capricho.
Vigile el miedo.
Vigile el interés.
Vigile la memoria.
Vigile el cuento que se cuenta.
Reconozca las falacias.
Desconfíe del polilogismo.
Respete la no contradicción.
Busque objeciones.
Desconfíe del autoengaño.
Reconozca la ignorancia.
Reconozca también sus propias limitaciones.
Acepte la realidad.
Rectifique.
Repita.
Mañana.
Pasado mañana.
Y al siguiente.
Hasta adquirir el hábito.
LXXVI. TAMBIÉN PUEDE ENTRENARSE PARA PENSAR MAL
Es más sencillo.
No escuche.
No compruebe.
Lea sólo a quienes le dan la razón.
Confunda sensación con hecho.
Deseo con realidad.
Probabilidad con certeza.
Opinión con conocimiento.
Discrepancia con intolerancia.
Crítica de una idea con ataque personal.
Ataque a la persona con refutación.
Sucesión con causa.
Mayoría con verdad.
Autoridad con prueba.
Anécdota con estadística.
Emoción con argumento.
Clasifique al hablante y olvídese de lo que dice.
Acepte A y no-A simultáneamente cuando le convenga.
Suponga que todos poseen exactamente las mismas capacidades.
O, si le resulta más agradable, suponga que usted posee todas las mejores.
Repita.
Generalice.
Prejuzgue.
Indígnese.
Y responda deprisa.
Con suficiente entrenamiento alcanzará una habilidad extraordinaria:
responder antes de escuchar;
juzgar antes de conocer;
indignarse antes de comprender;
y llegar a la conclusión antes de saber cuál era la pregunta.
Hay auténticos virtuosos.
PROSPECTO FINAL
El pensamiento puede provocar:
dudas razonables;
pérdida de prejuicios;
preguntas incómodas;
lectura comprensiva;
resistencia a la propaganda;
disminución de la credulidad;
necesidad de comprobar;
desconfianza ante «todo el mundo sabe»;
reconocimiento de falacias;
desconfianza ante el polilogismo;
respeto por el principio de no contradicción;
reconocimiento de la propia ignorancia;
reconocimiento de las propias limitaciones;
cambios de opinión;
y, excepcionalmente, rectificación espontánea.
Si presenta alguno de estos síntomas:
NO SUSPENDA EL TRATAMIENTO.
Está funcionando.
La dosis recomendada es diaria.
Puede administrarse acompañado de libros, conversación, observación, silencio y buenos adversarios.
No se conocen todavía casos graves de sobredosis por humildad intelectual.
INSTRUCCIÓN FINAL
Cuando crea haber terminado de pensar, no termine todavía.
Pregúntese:
—¿Qué sé?
—¿Cómo lo sé?
—¿Qué percibí realmente?
—¿Qué pude no percibir?
—¿Qué limitaciones tienen mis sentidos?
—¿Qué limitaciones tiene mi memoria?
—¿Qué formación tengo sobre este asunto?
—¿Qué capacidad tengo realmente para comprenderlo?
—¿Estoy confundiendo rapidez con inteligencia?
—¿Qué añadí a lo percibido?
—¿Qué deseo que sea verdad?
—¿Qué temo que sea verdad?
—¿Qué me conviene creer?
—¿Estoy recordando el hecho o el cuento que llevo años contándome?
—¿Estoy expresando una opinión o afirmando un hecho?
—¿Pretendo que respeten mi derecho a opinar o que declaren respetable mi opinión?
—¿Coincido con la mayoría porque tiene buenas razones o porque es la mayoría?
—¿Estoy rechazando una idea por lo que dice o por quién la dice?
—¿Estoy suponiendo que alguien no puede razonar válidamente porque pertenece a determinado grupo?
—¿Estoy aceptando dos afirmaciones contradictorias sólo porque me convienen ambas?
—¿Estoy hablando del mismo sujeto, del mismo momento y en el mismo sentido?
—¿Estoy atacando un argumento o a quien lo formula?
—¿He construido un adversario de paja?
—¿Confundo sucesión con causa?
—¿Estoy generalizando a partir de una anécdota?
—¿Invoco una autoridad pertinente o simplemente un nombre prestigioso?
—¿Estoy intentando emocionar donde debería razonar?
—¿Aplicaría el mismo criterio si la conclusión perjudicara a los míos?
—¿He escuchado la mejor objeción?
—¿Qué podría demostrarme que estoy equivocado?
Y finalmente:
—¿Puedo estar equivocado?
Si responde:
—Sí.
Magnífico.
Continúe.
Si responde:
—No.
Algo ha salido mal.
Vuelva al principio.
Saramago probablemente señalará el libro cerrado.
Twain mirará a la multitud y preguntará por qué está usted allí.
Einstein recordará que todos ignoramos algo, aunque no todos lo mismo.
Mises querrá saber por qué ha sustituido los argumentos por la pertenencia al grupo.
García Damborenea empezará a buscar la falacia.
Trivers sospechará del cuento que se está contando.
Hayek le recordará cuánto ignora.
Marina examinará qué está haciendo realmente su inteligencia.
Cipolla preguntará si no falta todavía un estúpido por identificar.
Santo Tomás pedirá distinguir.
Aristóteles recordará que A no puede ser no-A al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Ayn Rand señalará obstinadamente la realidad.
Sócrates hará otra pregunta.
Y Erasmo…
Erasmo se estará riendo.
De los demás, naturalmente.
Hasta que usted comprenda que también se ríe de usted.
Entonces habrá avanzado.
Porque quizá la última condición necesaria para aprender a pensar consista precisamente en no considerarnos tan inteligentes, tan bien informados, tan perceptivos, tan experimentados y tan bien dotados como para creer que la estupidez, la ignorancia, el prejuicio, la falacia, la contradicción, el engaño, el autoengaño y la arrogancia intelectual son siempre enfermedades de los otros.
ADVERTENCIA DE LAS AUTORIDADES NO COMPETENTES
PENSAR PUEDE SER PELIGROSO.
Es uno de los principales antídotos contra la ignorancia.
Puede crear dependencia de los libros.
Perjudica seriamente los prejuicios.
Deteriora las consignas.
Arruina algunas generalizaciones.
Deshace contradicciones.
Provoca matices.
Hace incómodo el «todo el mundo sabe».
Puede obligarlo a reconocer que otros saben cosas que usted ignora.
Puede hacerle descubrir que no posee todas las capacidades que suponía.
Puede obligarlo a cambiar de opinión.
Puede llevarlo a reconocer que no sabe.
Puede incluso hacerle admitir que su adversario tenía razón.
Si sucede, conserve la calma.
No es mortal.
Pero existe un riesgo todavía mayor.
El uso continuado puede producir una peligrosa tendencia a pensar por cuenta propia.
Manténgase, por tanto, al alcance de los niños.
Y, sobre todo,
fuera del alcance de quienes viven de que los demás no piensen.