MARRUECOS ESTÁ VENCIENDO A ESPAÑA SIN DISPARAR UN SOLO TIRO

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Don Julián Sánchez Castejón, el Rey Pasmado y la derrota que no necesita guerra.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Marruecos no necesita conquistar Ceuta y Melilla.

Le basta esperar.

Una guerra contra España sería cara, peligrosa y probablemente contraproducente. Tanques marroquíes avanzando sobre Ceuta despertarían inmediatamente aquello que más conviene a Rabat mantener dormido: la voluntad española de defenderse.

Por eso la pregunta correcta no es si Marruecos puede derrotar militarmente a España.

Es otra:

¿Puede conseguir sus objetivos sin necesidad de hacerlo?

Sin duda alguna.

Sólo necesita tiempo.

Presión.

Paciencia.

Demografía.

Economía.

Inmigración susceptible de ser utilizada como instrumento de presión.

Y, sobre todo, una España incapaz de relacionar unos hechos con otros.

Una crisis fronteriza.

Después, normalidad.

Una reivindicación de Ceuta y Melilla.

Después, silencio.

Un problema comercial.

Después, una reunión amistosa.

Una avalancha humana.

Después, cooperación.

Cada episodio aislado parece soportable.

La suma puede no serlo.

La lección del Sáhara

Marruecos ya aprendió una vez que no necesitaba derrotarnos.

En 1975 España abandonó el Sáhara sin que Marruecos hubiera vencido militarmente al Ejército español.

La Marcha Verde dejó varias enseñanzas.

España evita la confrontación cuando teme sus consecuencias inmediatas, o mejor dicho, cuando sus gobernantes temen sus consecuencias…

La presión mediante civiles resulta políticamente mucho más difícil de responder que una invasión militar.

Por otro lado, las continuas crisis interiores que sufre España debilitan nuestra respuesta exterior.

El tiempo favorece a quien conserva durante décadas el mismo objetivo.

Y cada concesión obtenida mediante presión invita a ejercer otra presión.

No hace falta imaginar un documento secreto marroquí.

Basta suponer que Rabat aprende de la historia.

España debería hacer lo mismo, pero no lo hace.

Don Julián

Y llegamos a Pedro Sánchez.

O a nuestro Don Julián Sánchez Castejón.

No dispongo de pruebas suficientes para afirmar que Sánchez haya pactado entregar Ceuta o Melilla. No tengo pruebas de ello.

Pero la trayectoria, el comportamiento de Sánchez en los últimos años me empuja a conjeturar.

Un gobernante puede favorecer los intereses de otro Estado sin entregar formalmente un solo metro cuadrado.

Basta acumular decisiones.

Una concesión.

Otra después.

Una crisis mal resuelta.

Una dependencia nueva.

Una advertencia ignorada.

Una retirada presentada como sensatez.

Nada definitivo.

Todo acumulativo.

El Don Julián legendario traicionó al Rey Don Rodrigo y abrió las puertas a los musulmanes en el siglo VIII.

El nuestro ni siquiera necesitaría hacerlo.

Le bastaría conseguir que algún día suficientes españoles se preguntasen:

¿Merece la pena mantenerlas cerradas?

La conquista mediante mudanzas

Porque el arma más barata contra Ceuta podría ser una agencia inmobiliaria.

Una familia teme por el futuro y vende.

Otra ve que se marchan sus vecinos y comienza a pensarlo.

Un comercio cierra.

Un médico pide traslado.

Una empresa decide no invertir.

Unos padres mandan a sus hijos a estudiar a Málaga.

Los hijos encuentran allí trabajo.

Se casan.

No regresan.

Cada decisión particular resulta razonable.

La suma puede ser desastrosa.

Menos jóvenes.

Menos nacimientos.

Menos empresas.

Menos médicos.

Menos inversión.

Más motivos para marcharse.

Y nuevamente, menos población.

Nadie habrá expulsado a nadie.

La bandera seguirá ondeando.

Los mapas continuarán diciendo España.

Pero España irá quedándose escrita sobre edificios cada vez más vacíos.

Los Estados creen que pierden territorios mediante guerras.

Algunas veces los pierden mediante mudanzas.

Hacer exactamente lo contrario

La respuesta española debería ser evidente:

ARRAIGO.

Ceuta y Melilla deben convertirse en dos lugares especialmente atractivos para vivir.

Más empresas.

Más inversión.

Más vivienda.

Mejores hospitales.

Más universidad.

Más profesores.

Más médicos.

Más funcionarios.

Más guardias civiles.

Más policías.

Más militares.

Más medios navales.

Mejores comunicaciones con la Península.

Más familias jóvenes.

Más niños.

No basta con conservar Ceuta y Melilla.

Hay que consolidarlas.

Que dentro de cincuenta años tengan más población, más riqueza, mejores servicios y mayor presencia del Estado que hoy.

La enseñanza israelí

Aquí interesa Israel y, particularmente, los Altos del Golán.

No porque su situación jurídica sea comparable con Ceuta y Melilla. No lo es.

La enseñanza es otra.

Israel entiende que aquello que considera esencial para su seguridad debe estar poblado, comunicado, defendido, abastecido y dotado de servicios.

No basta una bandera.

Hace falta gente debajo.

Ésa es la lección.

España no tiene que «colonizar» Ceuta y Melilla.

Son España.

Debe conseguir que cada vez más españoles quieran vivir allí.

Si Marruecos piensa a treinta años, nosotros debemos pensar a cincuenta.

Una verja debe servir para algo

Y naturalmente hay que defender físicamente la frontera.

Se nos presenta frecuentemente una disyuntiva falsa:

Dejar pasar o disparar.

No.

Entre ambas opciones existen numerosos medios.

Barreras.

Refuerzos policiales.

Unidades militares detrás cuando las circunstancias lo exijan.

Medios antidisturbios.

Obstáculos sucesivos.

Agua a presión.

Desde tierra cuando resulte adecuado.

Y medios de contención desde patrulleras cuando se trate de impedir entradas por mar.

Todo ello con la fuerza necesaria para cumplir su finalidad y dentro de la ley.

Precisamente se trata de evitar llegar al último extremo.

El buen dispositivo fronterizo no es el que sabe cuándo disparar.

Es el que consigue no necesitar hacerlo.

Una frontera que sólo funciona mientras nadie intenta atravesarla no merece ese nombre.

Entrar ilegalmente nunca debe ser premiado.

Quien atraviese ilegalmente la frontera deberá ser identificado.

Si tiene derecho a protección, se examina su caso.

Si legalmente corresponde devolverlo o expulsarlo, se hace, de inmediato.

Sin interminables rodeos.

Una frontera pierde su capacidad de disuasión cuando conseguir atravesarla aumenta considerablemente las posibilidades de permanecer.

Entrar ilegalmente no puede convertirse en un camino alternativo y ventajoso para entrar en España.

La frontera empieza en Rabat.

Pero la frontera no empieza en la verja.

Empieza mucho antes.

En los consulados.

En las aduanas.

En los puertos.

En los acuerdos.

En el comercio.

En el tránsito de personas.

En el tránsito de mercancías.

En la cooperación policial.

Si Marruecos coopera, España coopera.

Si Marruecos presiona, España responde.

Si utiliza el comercio como arma, España reconsidera sus relaciones comerciales.

Si utiliza el tránsito de personas, España puede limitarlo.

Si incumple acuerdos, éstos se revisan.

Y si un acuerdo se demuestra perjudicial, inútil o incumplido y puede legalmente darse por terminado, se rompe, se da por terminado.

Los acuerdos internacionales no son tablas de la ley.

Son instrumentos.

La pregunta debe ser siempre:

¿SIRVE ESTO A ESPAÑA?

Si no sirve, se cambia.

Reciprocidad

Y una palabra que España parece haber olvidado:

RECIPROCIDAD.

Los musulmanes pueden practicar libremente su religión en España.

Como debe ser.

Pueden abrir mezquitas dentro de la ley.

Como debe ser.

Pero España debe exigir para sus ciudadanos en Marruecos libertades equivalentes.

No debemos reducir aquí la libertad religiosa para igualarnos por abajo.

Debemos exigir allí mayor libertad.

Lo mismo respecto de empresas, propiedad, inversiones, asociaciones, residencia y comercio.

Respeto por respeto.

Derechos por derechos.

Cooperación por cooperación.

No somos una organización benéfica.

Somos un Estado.

La inmigración marroquí

Existe además una numerosa población marroquí residente en España.

Ser marroquí no convierte a nadie en enemigo.

Ni mucho menos.

Muchísimos trabajan, cotizan, crean empresas y viven pacíficamente.

Pero tampoco debemos cerrar los ojos ante los problemas que puedan existir.

Desempleo.

Dependencia prolongada de ayudas cuando se produzca.

Fraude.

Falta de integración.

Delincuencia.

Sociedades paralelas.

Todo ello debe medirse mediante datos y afrontarse cuando exista.

No es necesario exagerar, pero tampoco ocultar por miedo las conclusiones «desagradables» cuando resultan políticamente incorrectas.

España tiene derecho a decidir qué inmigración necesita, cuánta puede integrar y qué condiciones exigir para permanecer en su territorio.

La paradoja

Hay además una contradicción difícil de ignorar.

Alguien abandona Marruecos buscando en España una vida mejor.

Más prosperidad.

Más servicios.

Más seguridad.

Más oportunidades.

Pero después puede pretender reproducir aquí determinadas costumbres, valores o concepciones políticas y religiosas propias precisamente de la sociedad que dejó.

No tiene sentido.

Un marroquí puede conservar su religión.

Su lengua.

Sus recuerdos.

Sus costumbres compatibles con nuestras leyes.

Naturalmente.

Pero hay algo que debe quedar claro:

Quien viene a España viene a vivir en España.

España no tiene obligación alguna de convertirse en Marruecos para que algunos se sientan más cómodos.

Integrarse no significa simplemente empadronarse

Integrarse tampoco significa simplemente empadronarse.

La verdadera prueba aparece con los hijos y nietos.

¿Qué ocurre cuando alguien nacido y educado en España continúa considerando este país una sociedad ajena?

¿Qué ocurre si aparecen barrios cerrados sobre sí mismos?

¿Qué ocurre cuando una autoridad religiosa extranjera tiene mayor ascendiente que las instituciones españolas?

Entonces no existe verdadera integración.

Existen sociedades paralelas.

Y una política inmigratoria que después de varias generaciones produce comunidades que continúan sintiéndose extranjeras ha fracasado.

Cicerón y la quinta columna

La expresión «quinta columna» llegó muchos siglos después de Cicerón.

La realidad que describe, no.

Las Catilinarias ya advertían del peligro de quienes permanecen dentro de la ciudad mientras trabajan contra ella.

Ahí está la cuestión.

No es quinta columna el marroquí que trabaja.

Ni el comerciante.

Ni el médico.

Ni el musulmán que reza.

Quinta columna sería quien, desde dentro, actuase conscientemente al servicio de una potencia extranjera contra España.

Y puede ser marroquí.

O español.

Conviene recordar algo:

Catilina era romano.

Mezquitas, dinero e islamismo

España debe saber quién financia desde el extranjero asociaciones y centros religiosos cuando existan motivos relacionados con la seguridad nacional.

Quién paga.

A quién.

Para qué.

Una mezquita es un lugar de culto y debe ser respetada como tal.

Pero si cualquier lugar de culto se utiliza para incitar a cometer delitos, promover violencia o servir clandestinamente a intereses extranjeros, deja de ser solamente una cuestión religiosa.

Entonces deben intervenir policías, jueces y fiscales.

Islam no es sinónimo de islamismo.

Y precisamente porque no lo es, podemos perseguir con firmeza al islamista que promueva violencia o delitos sin convertir al musulmán pacífico en sospechoso.

La quinta columna española

Y quizá llegamos al punto más desagradable.

El enemigo interior no tiene por qué ser extranjero.

Puede llevar traje.

Puede ocupar un despacho.

Puede incluso envolver sus decisiones en palabras como diálogo, convivencia o pragmatismo.

Si algún español colaborase conscientemente con una potencia extranjera contra los intereses nacionales, su origen sería irrelevante.

Lo decisivo sería su conducta.

Cicerón habría entendido perfectamente la diferencia.

Las Fuerzas Armadas

¿Y el Ejército?

Las Fuerzas Armadas tienen constitucionalmente encomendada la defensa de la soberanía, la independencia y la integridad territorial de España.

Pero no gobiernan.

Ni deben hacerlo.

Por eso la pregunta correcta no es:

«¿Por qué no actúa el Ejército?»

Sino:

«¿QUÉ ESTRATEGIA LE ORDENA EL GOBIERNO EJECUTAR?»

Los militares deben estar preparados.

Los gobernantes deben saber para qué.

El Rey Pasmado

Y finalmente Felipe VI.

El Rey reina.

No gobierna.

Es jefe del Estado y ostenta el mando supremo de las Fuerzas Armadas, pero no dirige por sí mismo la política exterior ni la defensa.

Y aparece una paradoja formidable.

¿Qué puede hacer un Rey cuando cree que un Gobierno está administrando desastrosamente un interés permanente de España?

Si interviene, lo acusarán de extralimitarse.

Si calla, parecerá inútil.

Si advierte en privado, nadie lo sabrá.

Y si permanece escrupulosamente dentro de sus atribuciones, algunos terminarán preguntándose:

¿Para qué sirve?

Su padre, Don Juan Carlos I, se puede afirmar que «se extralimitó» aquel 28 de febrero de 1981, ¿NO? Y, al parecer para bien…

¿Y después?

Supongamos ahora, solamente como conjetura, que alguien deseara terminar sustituyendo la Monarquía por una República presidencialista.

No necesitaría un golpe.

El golpe se ve.

Podría resultar mucho más sencillo:

CRISIS DE LEGITIMIDAD DE LA MONARQUÍA → CONSULTA → PROCESO CONSTITUYENTE → REPÚBLICA PRESIDENCIALISTA.

Primero se pierde confianza.

Después se pregunta para qué sirve la Corona.

Luego la duda se convierte en crisis.

Y finalmente, aquello que alguien deseaba desde el principio parece consecuencia inevitable de los acontecimientos.

La política convertida en fabricación de inevitabilidad.

¿Beneficiaría eso a Marruecos?

Una República española no tiene por qué beneficiar inevitablemente a Marruecos.

Podría ser incluso mucho más hostil a sus pretensiones.

Lo que sí beneficia a cualquier adversario es una España débil.

Dividida.

Fanatizada y fuertemente ideologizada.

Con el Gobierno de Pedro Sánchez y Felipe VI enfrentados.

Con conflictos territoriales.

Con ciudadanos que desconfían de sus instituciones.

Con una corrupción y una deuda pública galopantes.

Con Ceuta desconfiando de Madrid.

Marruecos no necesita crear nuestras divisiones.

Le basta aprovecharlas.

España no pertenece al Gobierno.

Ceuta no pertenece a Pedro Sánchez.

Melilla tampoco.

Cataluña tampoco.

Las Vascongadas tampoco.

España no es propiedad de una mayoría parlamentaria.

La soberanía nacional corresponde al pueblo español.

Un Gobierno recibe el Estado -en depósito- temporalmente para custodiarlo y administrarlo.

No recibe autorización para disponer de él como propietario, como mejor le plazca.

NINGÚN GOBIERNO ES PROPIETARIO DE ESPAÑA.

Olson

Mancur Olson describió al «bandido estacionario»: incluso el saqueador descubre que le conviene mantener cierto orden para poder continuar obteniendo recursos mañana.

La imagen contiene una advertencia.

El gobernante que comienza a considerar el Estado patrimonio propio termina confundiendo administración temporal con propiedad.

Y existe otro problema todavía mayor.

El político piensa en las próximas elecciones.

El Estado debería pensar en las próximas generaciones.

Si Marruecos piensa en un plazo, por ejemplo, de treinta años, mientras España piensa hasta el próximo sondeo electoral, nuestra superioridad económica y militar sirve bastante menos de lo que creemos.

Sun Tzu

Y finalmente, Sun Tzu.

La mejor victoria es aquella que consigue su objetivo sin necesidad de librar la batalla.

Ahora juntemos las piezas.

Sáhara.

Ceuta.

Melilla.

Frontera.

Demografía.

Inmigración.

Comercio.

Dependencia.

Desgaste.

Vaciamiento.

División interior.

Paciencia.

No hace falta imaginar un Marruecos omnipotente moviendo todos nuestros hilos.

Sería absurdo.

Marruecos no necesita provocar en España situaciones de debilidad, nosotros solitos las creamos.

Le basta con conocerlas.

La derrota perfecta

Imaginemos Ceuta dentro de treinta años.

Menos jóvenes.

Menos empresas.

Menos españoles.

Otra crisis con Marruecos.

Madrid dividido.

Y entonces alguien propone «resolver definitivamente» el problema.

Los entendidos hablan de realismo.

Europa felicita a las partes.

Un Gobierno explica que no había alternativa.

Y un día se arría la bandera.

No hubo guerra.

No hubo tanques.

No hubo capitulación.

Marruecos no derrotó militarmente a España.

ESPAÑA SE DERROTÓ A SÍ MISMA.

Por eso la respuesta debe comenzar ahora.

Más españoles en Ceuta y Melilla.

Más empresas.

Más inversión.

Más policías.

Más guardias civiles.

Más militares.

Más medios materiales.

Más patrulleras.

Mejores barreras.

Medios no letales suficientes.

Más independencia económica respecto de Marruecos.

Reciprocidad.

Control de la influencia extranjera.

Integración verdadera.

Revisión de los acuerdos que no sirven.

Y capacidad para limitar personas y mercancías cuando una crisis grave lo haga necesario dentro de la ley.

No necesitamos derrotar a Marruecos.

Necesitamos conseguir que intentar arrebatarnos Ceuta y Melilla resulte dentro de cincuenta años todavía más imposible que hoy.

Porque el problema no es que Marruecos sea más fuerte que España.

No lo es.

El problema sería éste:

MARRUECOS SABE QUÉ QUIERE CONSEGUIR DENTRO DE TREINTA AÑOS Y ESPAÑA NO.

Una nación no empieza a perder un territorio cuando entra el enemigo.

Empieza a perderlo cuando deja de considerar intolerable perderlo.

Por eso nuestra primera línea de defensa no está en la verja.

Está en una convicción:

CEUTA Y MELILLA SON ESPAÑA.

NO ESTÁN EN VENTA.

NO SE NEGOCIAN.

Y SU SOBERANÍA NO DEPENDE DEL RESULTADO DE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES.

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