IDIOCIA, MALDAD Y ODIO A ESPAÑA, SEÑAS DE IDENTIDAD DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA -ESPAÑOLES, MAL QUE LES PESE-

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Ceuta invadida, Marruecos reclamando territorio español y una izquierda cuya primera preocupación consiste en preguntarnos: «¿Y qué me dices de Gaza?»

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Ortega y Gasset lo expresó con una precisión quirúrgica: ser de izquierdas, como ser de derechas, son formas de hemiplejía moral.

El hemipléjico ideológico sólo mueve media conciencia.

Ve unas injusticias y las otras desaparecen.

Descubre imperialismos en el último rincón del planeta, pero se queda ciego cuando un Estado vecino reivindica territorio español.

Se indigna por cualquier frontera situada a cinco mil kilómetros y considera sospechoso defender la frontera de su propio país.

Es capaz de emocionarse hasta las lágrimas por una causa extranjera y, al mismo tiempo, mirar con indiferencia —cuando no con secreta satisfacción— cómo se agrede a España.

Y eso explica bastante bien la reacción de cierta izquierda ante la invasión marroquí de Ceuta.

—Han invadido una parte del territorio español.

—¿Y qué me dices de Gaza?

—Marruecos reclama Ceuta y Melilla.

—¿Y Palestina?

—Más de 70.000 personas atravesaron en dos días la frontera desde Marruecos.

—¿Y Netanyahu?

—Dos ministros marroquíes acaban de hablar de «liberar» las ciudades españolas que consideran ocupadas y de los supuestos «derechos históricos» de Marruecos sobre ellas. España tuvo que convocar a la representación diplomática marroquí para protestar.

—Sí, pero ¿y Gaza?

No estamos ante un argumento.

Estamos ante una avería.

Y puede que algo peor.

Porque semejante conducta se encuentra justo en la frontera donde la estupidez se da la mano con la maldad.


LO DE CEUTA NO ES «UNA CRISIS MIGRATORIA»: ES TERRITORIO ESPAÑOL INVADIDO

Primero limpiemos el lenguaje.

Ceuta no es un «enclave español».

Ceuta es España.

Tan España como Madrid.

Tan España como Ferrol.

Tan España como Algeciras.

Tan España como Badajoz.

No existe un grado menor de españolidad porque entre Ceuta y la Península haya catorce kilómetros de agua.

Una frontera española fue atravesada masivamente desde Marruecos.

Más de 70.000 personas cruzaron durante los días 30 y 31 de julio. Incluso Pedro Sánchez ha reconocido que durante unas diez horas la policía marroquí dejó pasar a quienes se dirigían hacia Ceuta. Un informe policial español apunta además a una pasividad extraordinaria de las fuerzas marroquíes y recoge testimonios según los cuales algunos agentes llegaron a orientar a quienes cruzaban.

Pues se llama invasión.

Podemos adornarlo cuanto queramos.

Podemos contratar a doce sociólogos, diecisiete politólogos, nueve expertos en «movilidad humana» y cuatro profesores de neolengua para que confeccionen un término que no moleste a nadie.

Seguirá siendo una invasión.

Un Estado vecino mantiene aspiraciones territoriales sobre dos ciudades españolas.

Desde ese Estado penetran decenas de miles de personas en una de ellas.

Las fuerzas de ese Estado permiten durante horas que ocurra.

La ciudad queda desbordada.

Y después nos piden que llamemos al asunto «crisis migratoria».

No.

Invasión.


Y MARRUECOS QUIERE APROPIARSE DE CEUTA

Éste es el detalle que convierte la ingenuidad en estupidez.

Marruecos no oculta que quiere Ceuta y Melilla.

Lo dice.

Lo repite.

Lo enseña en sus mapas.

Lo incorpora periódicamente a su discurso nacionalista.

Y en agosto de 2026 dos miembros de su Gobierno volvieron a hacerlo públicamente. Ahmed Tufiq habló de «liberar las ciudades ocupadas»; Abdellatif Ouahbi reivindicó los «derechos históricos» marroquíes.

¿Qué parte resulta difícil de comprender?

Si Portugal reclamara Badajoz y, unas semanas después, decenas de miles de personas atravesaran simultáneamente la frontera portuguesa entrando en Extremadura mientras la policía portuguesa contempla el espectáculo, ¿nos dedicaríamos a debatir si aquello constituye un «fenómeno de movilidad»?

Si Francia reivindicara Gerona y ocurriera lo mismo desde La Jonquera, ¿alguien necesitaría un máster para relacionar ambos acontecimientos?

Pero como se trata de Marruecos aparece inmediatamente la escolástica progresista:

No simplifiquemos.

Contextualicemos.

No estigmaticemos.

No criminalicemos.

Analicemos las causas profundas.

¿Y Gaza?

La soberanía española, por lo visto, siempre necesita nota a pie de página.

La marroquí no.


LA IZQUIERDA ESPAÑOLA, LOBBY PROMARROQUÍ GRATIS

Y aquí llegamos a la cuestión verdaderamente desagradable.

Marruecos tiene embajada.

Tiene diplomáticos.

Tiene servicios de información.

Tiene empresarios.

Tiene organizaciones dedicadas a defender sus intereses.

Pero posee además algo extraordinariamente útil:

Una parte importante de la izquierda española haciendo gratis, como quinta columna pro-marroquí, el trabajo político que más conviene a Rabat.

Cada vez que Marruecos presiona a España, ahí aparecen quienes explican por qué el problema verdadero somos nosotros.

Cada vez que Marruecos reivindica Ceuta y Melilla, surge inmediatamente alguien recordándonos el colonialismo español.

Cada vez que se cruza la frontera, la culpa se traslada a la inexistencia de «vías seguras».

Cada vez que España pretende defenderse, aparece la palabra «xenofobia».

Cada vez que se habla de expulsar a quienes han entrado ilegalmente, surge el «racismo».

Cada vez que se menciona al Ejército, alguien grita «militarización».

Cada vez que se pronuncia la palabra invasión:

«discurso de odio».

¿Quién necesita propagandistas cuando el adversario produce los suyos espontáneamente?

Por eso puede afirmarse políticamente que la izquierda española se comporta como el principal lobby promarroquí de España.

No porque todos sus integrantes reciban instrucciones de Rabat.

Sería mucho más tranquilizador que fuese así.

Bastaría encontrar la transferencia bancaria.

El problema es peor:

lo hacen convencidos.

La ideología presta gratuitamente el servicio.


TODO LO QUE DEBILITA A ESPAÑA MERECE COMPRENSIÓN.

Hay un hilo que une fenómenos aparentemente distintos.

Separatistas catalanes.

Nacionalistas vascos.

Sectores políticos procedentes del antiguo entorno de ETA.

Movimientos que cuestionan la existencia misma de España como nación.

Marruecos reivindicando Ceuta y Melilla.

Y una parte de la izquierda española siente hacia todos ellos una comprensión que jamás concede a quien pretende fortalecer la cohesión nacional.

Es muy llamativo.

Quien quiere separar Cataluña merece «diálogo».

Quien pretende separar el País Vasco plantea un «conflicto político».

Quien cuestiona la soberanía española sobre Ceuta expresa una «reivindicación histórica».

Pero quien pretende mantener unida a España posee inmediatamente un problema:

es nacionalista.

Reaccionario.

Centralista.

Fascista si la conversación se alarga.

La constante está a la vista.

Todo aquello que debilita a España resulta moralmente comprensible.

Todo aquello que la fortalece resulta sospechoso.

Eso ya no es cosmopolitismo.

Ni internacionalismo.

Ni humanitarismo.

Es una relación enfermiza con la propia nación.


EL EXTRAÑO – Y ENFERMIZO- ODIO A TODO LO ESPAÑOL.

España tiene una izquierda singular.

En Francia, la izquierda puede ser ferozmente francesa.

En México, profundamente mexicana.

En Argentina, tremendamente argentina.

En muchos países árabes nadie considera incompatible ser socialista con afirmar vehementemente la nación propia.

Aquí hemos conseguido algo mucho más pintoresco.

Decir «España» con demasiada convicción levanta sospechas.

Exhibir la bandera nacional necesita explicación.

Hablar de patria resulta antiguo.

Defender las fronteras provoca incomodidad.

Reivindicar la historia nacional exige inmediatamente formular una lista de nuestros pecados.

España parece ser la única nación del mundo que, para determinados españoles, debe comparecer todas las mañanas ante un tribunal imaginario y justificar por qué sigue existiendo.

Ahí subyace algo que supera la simple discrepancia política.

Un profundo rechazo a España y a todo lo que huela a español.

Su historia.

Sus símbolos.

Su unidad.

Su continuidad.

Sus fronteras.

Su legado.

Incluso su propio nombre.

Y cuando alguien mantiene esa relación con su propio país, resulta perfectamente coherente que termine simpatizando con quienes desean reducirlo.

Dentro o fuera.


MARRUECOS HA COMPRENDIDO NUESTRAS DEBILIDADES

Marruecos no necesita ser sentimental.

Los Estados inteligentes no practican sentimentalismo.

Practican intereses.

Rabat sabe lo que quiere.

España debería saberlo también.

Marruecos posee una estrategia nacional a largo plazo respecto de Ceuta y Melilla.

Nosotros tenemos ruedas de prensa.

Ellos piensan en décadas.

Nosotros pensamos en el próximo telediario.

Ellos reivindican.

Nosotros matizamos.

Ellos presionan.

Nosotros contextualizamos.

Ellos tantean la frontera.

Nosotros discutimos cómo llamar a lo ocurrido.

Y, mientras tanto, casi nueve de cada diez españoles atribuyen a Marruecos responsabilidad por el cruce masivo de julio. El 70 % prioriza además el control fronterizo sobre la acogida. Es decir: el ciudadano común parece comprender bastante mejor la situación que buena parte del aparato político e intelectual encargado de explicársela.


Y ENTONCES APARECE AL-ÁNDALUS

Pero esta hemiplejía no se limita al presente.

También necesita reescribir el pasado.

Ahí tenemos otra de las grandes estampitas de nuestra época:

el paraíso de Al-Ándalus.

Una Arcadia medieval.

Un jardín perfumado donde musulmanes, cristianos y judíos paseaban cogidos de la mano entre fuentes cordobesas mientras traducían a Aristóteles y debatían amablemente sobre metafísica.

Hasta que llegaron unos cristianos cerriles, fanáticos y sudorosos desde las montañas del Norte y estropearon el paraíso.

El relato es precioso.

Sólo tiene un defecto.

La historia real fue bastante más complicada.

Muchísimo más.


AL-ÁNDALUS NO FUE UN EDÉN

Hubo convivencia.

Naturalmente.

Hubo cooperación.

Intercambio cultural.

Periodos de enorme brillantez intelectual.

Comercio.

Traducciones.

Judíos que alcanzaron posiciones extraordinarias.

Cristianos que mantuvieron sus comunidades y su culto.

Musulmanes, judíos y cristianos que compartieron ciudades, mercados, conocimientos y hasta costumbres durante siglos.

Todo eso existió.

Y existió también otra cosa:

Una sociedad jurídicamente desigual según la religión.

Las poblaciones cristianas y judías bajo poder musulmán eran toleradas como «gentes del Libro», pero sometidas a restricciones y a un estatuto subordinado. La historiografía contemporánea rechaza tanto la caricatura del infierno permanente como la del «paraíso de tolerancia»: la convivencia existió, pero no equivalía a igualdad moderna de ciudadanía y estuvo atravesada por jerarquías, tensiones y episodios de persecución.

Eso es historia.

No catequesis.

Ni musulmana.

Ni cristiana.


TOLERAR NO SIGNIFICA CONSIDERAR IGUAL

Éste es el engaño semántico fundamental.

Se toma la palabra medieval tolerancia y se interpreta como si significara igualdad constitucional del siglo XXI.

No.

Que una autoridad permita a una minoría practicar su religión no significa que la considere jurídicamente igual.

Los cristianos y judíos podían ser tolerados y, al mismo tiempo, ocupar una posición subordinada.

Eso ocurrió en numerosos periodos y territorios islámicos.

Y también hubo momentos de relativa prosperidad y libertad.

La historia no cabe en un cartel.

Precisamente Cambridge resume la cuestión con bastante claridad: el islam medieval toleraba a cristianos y judíos como gentes del Libro, pero con restricciones.

¿Dónde está entonces el supuesto Edén multicultural?

En la imaginación contemporánea.


HUBO TAMBIÉN PERSECUCIÓN

Y hubo épocas mucho peores.

Almorávides.

Almohades.

Presiones religiosas.

Conversiones.

Expulsiones.

Persecuciones.

Éxodos.

El propio debate historiográfico sobre la llamada convivencia lleva décadas desmontando los dos cuentos infantiles enfrentados: ni ocho siglos de exterminio continuo ni ocho siglos de fraternidad multicultural.

La Cambridge History of Judaism recuerda expresamente que la imagen de una supuesta «edad de oro» de armonía judeomusulmana fue exagerada por una corriente historiográfica del siglo XIX y que la realidad histórica incluye tanto protección y coexistencia como intolerancia y persecución.

Esto es bastante más interesante que la leyenda.

Pero tiene un inconveniente:

No sirve para propaganda.


LA HISTORIA COMO ARMA CONTRA ESPAÑA

¿Por qué se insiste entonces tanto en la Arcadia andalusí?

Porque permite construir un relato político contemporáneo.

Primero:

Al-Ándalus era tolerante, culto y luminoso.

Segundo:

Los reinos cristianos eran fanáticos, atrasados y violentos.

Tercero:

La Reconquista destruyó aquel paraíso.

Cuarto:

La España resultante nace de una especie de pecado original: intolerancia, expulsión y fanatismo.

Quinto:

Todo cuanto posteriormente haga España queda contaminado retrospectivamente.

Imperio.

América.

Catolicismo.

Monarquía.

Unidad nacional.

Todo deriva del pecado.

Y así llegamos al presente.

España continúa apareciendo como culpable.

Cinco siglos después.

Siempre culpable.

Curiosa religión la de quienes aseguran haber abandonado todas las religiones: han construido una doctrina completa de pecado original, culpa hereditaria, penitencia y expiación.

Sólo falta el cielo.


MIENTRAS TANTO, LA REALIDAD ACTUAL ES INCÓMODA.

La comparación con el presente resulta todavía más pintoresca.

En 2026 todavía hay 65 Estados miembros de Naciones Unidas que criminalizan las relaciones sexuales consentidas entre personas del mismo sexo, según ILGA World. En algunos ordenamientos la pena de muerte sigue prevista o resulta jurídicamente posible.

Una parte significativa de esos Estados pertenece al mundo islámico.

En algunos de ellos existen sistemas jurídicos que aplican interpretaciones de la sharía en materias penales o familiares.

Las mujeres afrontan en varios países discriminaciones legales graves.

Las relaciones homosexuales continúan perseguidas en diversos Estados.

Y, sin embargo, desde determinados sectores occidentales se habla a veces del islam histórico y contemporáneo con una delicadeza antropológica que jamás se aplica al cristianismo.

Para la Iglesia católica:

martillo.

Para determinadas teocracias:

Contexto cultural.

Para una procesión española:

Oscurantismo.

Para determinadas normas religiosas impuestas por un Estado:

Hay que comprender su tradición.

Para una monja:

Patriarcado.

Para una mujer sometida jurídicamente a tutela masculina:

No caigamos en el etnocentrismo.

La hemiplejía.

Otra vez.


NO ES EL MUSULMÁN: ES LA IDEOLOGÍA Y EL PODER

Y aquí conviene ser conceptualmente preciso porque, precisamente, el análisis gana fuerza cuando acierta en el blanco.

No hablamos de atribuir carácter alguno a millones de musulmanes individualmente.

Hablamos de doctrinas, instituciones, regímenes, leyes y hechos históricos.

Un musulmán puede ser liberal, autoritario, practicante, secularizado, tolerante, intolerante, monárquico, republicano, de izquierdas o de derechas.

Exactamente igual que cualquier otro ser humano.

La cuestión política no es «cómo son los musulmanes».

La cuestión es qué establecen determinados ordenamientos jurídicos, qué hicieron determinados poderes históricos y qué pretende hoy determinado Estado.

Y ahí no hacen falta cuentos.

Ni islamófobos.

Ni islamófilos.

Sólo hechos.


EL DOBLE RASERO ES LO VERDADERAMENTE GROTESCO.

Porque nadie pide convertir la historia cristiana en una hagiografía.

Hubo persecuciones.

Guerras religiosas.

Expulsiones.

Inquisición.

Violencia.

Conversiones forzadas.

Antijudaísmo.

Intolerancia.

Perfecto.

Cuéntese.

Todo.

Pero todo significa todo.

También Córdoba.

También los almorávides.

También los almohades.

También las categorías jurídicas diferenciadas.

También las persecuciones sufridas por comunidades cristianas y judías bajo determinados gobernantes musulmanes.

También las luchas civiles dentro del propio Al-Ándalus.

También las conquistas musulmanas.

Porque resulta deliciosamente tramposo llamar «conquista» a la castellana y «llegada» a la musulmana.

Los musulmanes no aparecieron en Guadalete solicitando un programa Erasmus.

Conquistaron.

Como conquistaban los poderes de aquella época.

Y después fueron conquistados.

Como les ocurrió a tantos otros.

Eso se llama historia.


711: TAMBIÉN HUBO UNA INVASIÓN

Y aquí Ceuta y Al-Ándalus terminan encontrándose.

En 711 un ejército procedente del norte de África cruzó el Estrecho de Gibraltar y comenzó la conquista de la Península.

No fue una excursión cultural.

No fue un encuentro intercivilizatorio organizado por una universidad de verano.

Fue una invasión militar.

Después llegaron ocho siglos enormemente complejos de guerras, pactos, alianzas cruzadas, mestizajes, traiciones, comercio, cultura, luchas dinásticas y conquistas en ambas direcciones.

Hubo reyes cristianos aliados con musulmanes.

Musulmanes aliados con cristianos.

Cristianos combatiendo a cristianos.

Musulmanes combatiendo a musulmanes.

Judíos sirviendo en administraciones musulmanas y cristianas.

Una extraordinaria historia humana.

Muchísimo más rica que el cuento de Walt Disney que algunos pretenden vendernos.


LA MISMA OPERACIÓN: DESARMAR MORALMENTE A ESPAÑA

Y entonces todo encaja.

¿Por qué es importante presentar Al-Ándalus como un paraíso destruido?

Porque si el pasado español nace de una culpa, la España presente debe vivir pidiendo perdón.

Y un país que pide perdón permanentemente por existir está extraordinariamente mal preparado para defenderse.

Ahí está la conexión profunda.

No es una discusión académica.

Es una batalla por la legitimidad.

Si Ceuta es el residuo de una injusticia histórica, defender Ceuta parece moralmente dudoso.

Si la Reconquista fue una empresa de fanáticos contra una civilización paradisíaca, la presencia española en el norte de África puede presentarse como la continuación de aquel pecado.

Si España debe expiar permanentemente su pasado, Marruecos empieza a parecer acreedor.

Y nosotros, deudores.

Voilà.

Ya tenemos construida la legitimación psicológica del abandono.


MARRUECOS NO NECESITA TANQUES SI ESPAÑA FABRICA SUS PROPIOS DERROTISTAS

Ésa puede ser la gran lección de Ceuta.

Para conquistar un territorio existen dos procedimientos.

Convencer al enemigo mediante la fuerza.

O conseguir que deje de creer que merece conservarlo.

El segundo es muchísimo más barato.

Marruecos puede esperar.

Puede presionar.

Puede reclamar.

Puede tensar.

Puede utilizar la frontera.

Puede deteriorar la convivencia.

Puede observar nuestras discusiones.

Puede comprobar cómo ciertos españoles encuentran más inmoral defender Ceuta que pretender arrebatárnosla.

Y puede sacar conclusiones.

No necesita hacer nada mañana.

Le basta con perseverar.


LA ESTUPIDEZ HACE GRATIS EL TRABAJO DE LA MALDAD.

Por eso estupidez y maldad resultan una combinación tan peligrosa.

El malvado racional necesita colaboradores.

El estúpido se ofrece voluntario.

Uno sabe qué pretende.

El otro cree estar salvando el mundo.

Uno persigue un interés nacional.

El otro le ayuda creyendo combatir el fascismo.

Uno reclama Ceuta.

El otro explica por qué decir «Ceuta es España» suena demasiado nacionalista.

Uno abre una puerta.

El otro nos acusa de xenofobia si pretendemos cerrarla.

Negocio redondo.


Y GAZA, NATURALMENTE

Llegados aquí, alguien volverá a preguntar:

—¿Y Gaza?

Gaza está en Oriente Próximo.

Ceuta está en España.

Hoy hablamos de Ceuta.

No resulta tan difícil.

¿Es injusto lo que sucede en Gaza?

Discútase.

¿Comete Israel abusos?

Discútase.

¿Comete crímenes Hamás?

Discútase.

¿Debe existir un Estado palestino?

Discútase.

Todo ello merece conversaciones propias.

Pero ninguna respuesta modifica un milímetro una frontera española.

La geografía posee esa desagradable costumbre de no someterse al argumentario.


EL PROBLEMA ES ESPAÑA

Y volvemos finalmente al principio.

¿Por qué semejante dificultad para decir lo evidente?

¿Por qué cuesta tanto afirmar que Marruecos constituye una amenaza territorial para España?

¿Por qué cuesta pronunciar invasión?

¿Por qué parece indecente expulsar a quienes han atravesado ilegalmente la frontera?

¿Por qué España debe justificar permanentemente su soberanía?

Porque el verdadero problema para determinados sectores no es Marruecos.

Es España.

España les incomoda.

Su continuidad histórica les incomoda.

Su unidad les incomoda.

Su bandera les incomoda.

Su Ejército les incomoda.

Sus fronteras les incomodan.

Su mera existencia como nación política les incomoda.

Y por eso encuentran compañeros de viaje entre cuantos pretenden debilitarla.

Separatistas dentro.

Expansionistas fuera.

Cada uno persigue su objetivo.

Todos coinciden en el resultado:

menos España.


ORTEGA TENÍA RAZÓN

Hemiplejía moral.

No puede describirse mejor.

Una izquierda capaz de encontrar causas históricas para comprender cualquier nacionalismo menos el español.

Capaz de justificar cualquier frontera menos la nuestra.

Capaz de reivindicar la autodeterminación de todos menos el derecho de España a permanecer entera.

Capaz de condenar todo imperialismo salvo el que amenaza su propio territorio.

Capaz de idealizar un Al-Ándalus inexistente mientras contempla con exquisita comprensión regímenes contemporáneos que castigan conductas que en España considera derechos fundamentales.

Capaz de escuchar que Marruecos pretende Ceuta y responder:

—¿Y Gaza?

Sí.

Puede ser estupidez.

Pero llega un momento en que tanta estupidez sistemáticamente orientada en la misma dirección empieza a parecer otra cosa.

Porque la estupidez tropieza al azar.

La maldad sabe siempre dónde quiere llegar.

Y cuando ambas marchan juntas, el resultado puede ser devastador.

Sobre todo para un país cuyos adversarios tienen muy claro lo que quieren, mientras una parte de sus propias élites continúa discutiendo si defender España resulta de buen gusto.

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