LA GRAN FICCIÓN DE LA VIOLENCIA DE UN SÓLO SENTIDO…
España ha convertido una teoría —hombre agresor, mujer víctima— en definición legal, doctrina política, estadística oficial y organización judicial, mientras centenares de investigaciones describen una realidad bastante más incómoda: violencia recíproca, agresoras femeninas, víctimas masculinas y enormes diferencias según se estudien bofetadas, lesiones, coacciones, abusos sexuales, homicidios, niños o ancianos.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Hay una manera muy sencilla de conseguir que una investigación confirme exactamente aquello que uno pensaba antes de comenzarla.
Primero se decide quién puede ser víctima.
Después se decide quién puede ser agresor.
A continuación se construye una categoría estadística que sólo incluya esos casos.
Finalmente se cuentan los casos incluidos en la categoría y se anuncia triunfalmente que las estadísticas confirman la teoría inicial.
No hace falta inventar un solo muerto.
No hace falta falsificar una denuncia.
No hace falta alterar una sentencia.
Basta con definir adecuadamente el cajón antes de comenzar a meter cosas dentro.
Eso es lo que en España se lleva haciendo desde hace más de veinte años con la denominada «violencia de género».
La Ley Orgánica 1/2004 no se limita a perseguir conductas violentas. Empieza estableciendo una explicación de esas conductas: define la violencia que regula como manifestación de la discriminación, la desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, cuando la ejerce un hombre contra quien sea o haya sido su esposa, novia, compañera…
Es decir, antes de examinar a Antonio y a María, la ley ya trae una teoría acerca de Antonio y María.
Él pertenece al sexo históricamente dominador.
Ella pertenece al sexo históricamente dominado.
Si él la golpea, el hecho entra en «violencia de género».
Si ella lo golpea a él, no.
Puede existir delito.
Puede haber lesión.
Puede haber miedo.
Puede haber años de maltrato.
Pero no pertenece a la misma categoría.
Luego se publican las estadísticas de «violencia de género» y, maravilla de las maravillas, todos los agresores son hombres y todas las víctimas son mujeres.
Naturalmente.
Es lo que establecía la definición.
PRIMERO SE CONSTRUYÓ EL RELATO; DESPUÉS, EL APARATO.
El problema no consiste en reconocer que existen mujeres brutalmente maltratadas por hombres.
Existen, es obvio.
Ni en negar que la violencia masculina produce, por término medio, daños físicos más graves.
Los produce.
Ni en negar la abrumadora participación masculina en buena parte de la violencia sexual.
Está perfectamente documentada.
Ni siquiera en negar que las mujeres constituyen la mayoría de las víctimas mortales dentro de la pareja.
También es cierto.
El fraude intelectual empieza en otro punto: tomar las modalidades de violencia en las que existe una fuerte asimetría sexual y utilizarlas para describir toda la violencia entre hombres y mujeres.
Un asesinato no es una bofetada.
Una violación no es un empujón.
Una paliza continuada durante años no es una discusión que acaba con dos miembros de la pareja golpeándose.
Una amenaza reiterada no es un plato arrojado durante una disputa.
Una relación de dominio permanente no es necesariamente una agresión ocasional.
Y, sobre todo, la distribución por sexos no es igual en todos esos fenómenos.
Ahí se derrumba buena parte de la simplificación.
CUANDO SE PREGUNTA A LOS DOS, APARECE LA OTRA MITAD.
Existe una gigantesca producción científica internacional sobre violencia dentro de la pareja que no parte de la pregunta «¿qué hacen los hombres a las mujeres?», sino de otra bastante más elemental:
¿Qué hacen ambos miembros de la pareja?
Una recopilación comparativa reunió 500 estudios que cumplían precisamente esa condición: medir conductas violentas ejercidas o sufridas por hombres y mujeres dentro de parejas heterosexuales.
Los resultados son cualquier cosa menos compatibles con la caricatura de una violencia física exclusivamente masculina.
En 254 de los estudios recopilados aparecía mayor victimización masculina por violencia física total o leve; en 102, mayor victimización femenina; y en 137, niveles semejantes. Para violencia física grave, 98 estudios señalaban mayor victimización masculina, 44 mayor victimización femenina y otros 44 niveles similares.
Esto no significa que «los hombres sufran dos veces y media más violencia que las mujeres».
Contar estudios como si fueran papeletas electorales sería una majadería: tienen muestras, países, edades, métodos y tamaños diferentes.
Significa algo bastante más importante:
Es imposible sostener seriamente que la investigación científica encuentre de forma uniforme una violencia física de pareja esencialmente masculina.
No la encuentra.
¿QUIÉN EMPIEZA?
Hay otra escapatoria habitual.
Cuando las estadísticas revelan violencia femenina, se contesta que la mujer agrede en defensa propia.
A veces ocurre.
Pero convertirlo en explicación general vuelve a tropezar con los datos.
La misma recopilación examinó 107 estudios que permitían identificar violencia física unilateral o iniciación de las agresiones. En 77 aparecía mayor iniciación o violencia unilateral femenina; en 18, masculina; y en 12, cifras semejantes.
El dato no autoriza a proclamar que las mujeres «siempre empiezan».
Autoriza a decir algo mucho más demoledor para el relato dominante:
Es falso que la violencia física ejercida por las mujeres pueda despacharse, en bloque, como mera defensa frente a una agresión masculina previa.
Existe violencia femenina autónoma.
Existe violencia femenina unilateral.
Existe violencia iniciada por mujeres.
Y existe en una magnitud que cualquier política verdaderamente interesada en combatir la violencia debería estudiar en lugar de esconder bajo la alfombra.
EL GRAN ESTUDIO QUE ARRUINA LA FÁBULA
Todavía puede objetarse que una recopilación de estudios es sólo eso: una recopilación.
Vayamos entonces a los grandes trabajos de síntesis.
John Archer publicó en Psychological Bulletin un metaanálisis de 82 estudios independientes, con 64.487 participantes. Encontró que las mujeres eran ligeramente más propensas que los hombres a realizar uno o más actos de agresión física contra su compañero y a realizarlos con mayor frecuencia. Al mismo tiempo, los hombres tenían mayor probabilidad de producir lesiones y el 62 % de las personas lesionadas eran mujeres.
Ahí tenemos, en cuatro líneas, la realidad que el debate político se empeña en convertir en una historieta para párvulos.
Las mujeres agreden tanto o más y, a la vez, resultan más lesionadas.
No hay contradicción alguna.
Un puñetazo de un hombre medio y otro de una mujer media no tienen necesariamente las mismas consecuencias.
La mayor fuerza física masculina media importa.
El tamaño corporal importa.
El lugar golpeado importa.
La reiteración importa.
Las armas importan.
Pero que una respuesta masculina pueda causar un daño superior no transforma mágicamente en inocente a quien inició una agresión.
La lesión permite medir una consecuencia.
No permite reconstruir por sí sola toda la secuencia de lo ocurrido.
Incluso K. Daniel O’Leary, comentando críticamente a Archer, consideró razonable su conclusión para muestras representativas y sostuvo expresamente que la violencia física femenina debía tomarse en serio si realmente se pretendía prevenir la violencia dentro de las parejas.
Irene Hanson Frieze fue todavía más lejos: señaló que el interés inicial de cierta investigación feminista por las esposas gravemente apaleadas pudo contribuir a dejar fuera de la mirada científica elevados niveles de violencia femenina dentro del matrimonio y del noviazgo.
Ahí está uno de los orígenes del problema.
Si uno comienza estudiando únicamente a mujeres que llegan a refugios después de sufrir palizas brutales, descubrirá una violencia extraordinariamente masculina.
Por supuesto.
Pero sería tan disparatado extrapolar esa muestra a todas las parejas como estudiar a los presos de una cárcel de hombres y concluir que las mujeres no delinquen.
PASK: CUANDO DOS MIL ESTUDIOS NO CABEN DEBAJO DE LA ALFOMBRA
El proyecto denominado Partner Abuse State of Knowledge, que podemos llamar sencillamente gran estudio sobre el conocimiento acumulado del maltrato en la pareja, examinó miles de trabajos científicos. Participaron 42 especialistas y 70 ayudantes de investigación pertenecientes a veinte universidades e instituciones de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido.
Su síntesis de 249 estudios sobre violencia física encontró victimización del 23,1 % de las mujeres y el 19,3 % de los hombres.
Las mujeres aparecían algo más victimizadas.
Pero cuando se analizaba quién ejercía la violencia, a partir de 111 estudios, el resultado cambiaba:
28,3 % de mujeres perpetradoras.
21,6 % de hombres perpetradores.
Y el dato quizá más importante llegaba al examinar la dirección de la violencia.
En muestras representativas de la población general, el 57,9 % de la violencia física dentro de la pareja era recíproca.
Es decir, se agredían ambos.
Del 42,1 % restante, la violencia unilateral del hombre contra la mujer representaba el 13,8 % y la violencia unilateral de la mujer contra el hombre el 28,3 %.
Traducido al román paladino:
La violencia recíproca aparece como el fenómeno principal y, cuando sólo agrede uno, en aquellas muestras la agresión exclusivamente femenina duplicaba aproximadamente a la exclusivamente masculina.
Una revisión sistemática posterior de 42 investigaciones ha vuelto a encontrar que la violencia de doble sentido constituye el patrón más habitual y que hombres y mujeres informan de ella en proporciones parecidas.
No estamos hablando de una rareza.
No de cuatro estudios incómodos.
No de una ocurrencia de un señor enfadado con el feminismo.
Estamos hablando de una corriente de investigación acumulada durante décadas.
ESPAÑA NO ES UNA ESPECIE HUMANA DIFERENTE.
La escapatoria siguiente consiste en declarar que Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda o Suecia son realidades completamente distintas.
No cuela.
Naturalmente no se puede trasladar mecánicamente a España cada decimal obtenido en Ohio o Estocolmo.
Pero España pertenece al mismo ámbito cultural occidental desarrollado: estructura familiar comparable, escolarización universal, sanidad moderna, urbanización, incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, hogares semejantes, convivencia en pareja, divorcio, servicios sociales, policía y tribunales de sociedades democráticas.
Y, además, ni siquiera necesitamos vivir de prestado.
La recopilación examinada incluye investigaciones de más de cincuenta países y contiene un apartado específico con 50 trabajos realizados en España.
Una tesis doctoral de la Universidad Complutense estudió a 590 parejas madrileñas, 1.180 personas de entre 18 y 80 años.
En violencia física menor, el 11,9 % de los hombres y el 9,6 % de las mujeres declararon haberla ejercido.
En violencia física grave, aparecía un 1,7 % de hombres frente a un 3,1 % de mujeres.
El trabajo concluía que, en buena parte de las mediciones, la ausencia de diferencias importantes permitía apreciar un carácter de dible sentido o recíproco de las agresiones.
Otro estudio publicado en Psicothema examinó 3.578 parejas heterosexuales de Madrid.
Violencia física del hombre contra la mujer:
4 %.
Violencia física de la mujer contra el hombre:
4,5 %.
Los autores encontraron asimismo resultados muy semejantes entre ambos sexos en agresiones físicas, psicológicas y lesiones y señalaron que aquellos datos chocaban con la consideración mediática de la agresión en la pareja como fenómeno predominantemente masculino.
Otro estudio de población madrileña, con 1.897 adultos, encontró una perpetración de violencia física total del 15,5 % entre hombres y 13,2 % entre mujeres; para violencia grave, 3,4 % en ambos sexos.
¿Dónde está la excepcionalidad española?
No aparece por ningún lado.
LA PREGUNTA PUEDE FABRICAR A LA VÍCTIMA.
Hay un experimento involuntario particularmente esclarecedor ocurrido dentro del famoso estudio longitudinal de Dunedin, Nueva Zelanda.
A los mismos participantes se les preguntó por sus experiencias de violencia de pareja de dos maneras.
Y el mismo día.
Cuando se les interrogó dentro de un estudio sobre conflictos familiares, los hombres declararon mayor victimización:
34,1 % de hombres frente a 27,1 % de mujeres.
Cuando, horas después, aquellas mismas conductas se plantearon dentro de una encuesta sobre experiencias consideradas delictivas, los resultados se desplomaron entre los hombres:
2,7 % de hombres frente a 11,3 % de mujeres.
No cambiaron las parejas.
No cambiaron los recuerdos.
No cambiaron los golpes.
Cambió la pregunta.
Eso debería hacer saltar todas las alarmas metodológicas.
Muchos hombres pueden reconocer que su mujer los ha empujado, arañado, abofeteado, golpeado o arrojado un objeto y, sin embargo, no definirse a sí mismos como «víctimas de violencia doméstica».
La cultura del hombre que aguanta, que no denuncia y que siente vergüenza de reconocerse maltratado no necesita ninguna conspiración para producir una infradeclaración.
Basta con que exista.
Por eso es mucho más útil preguntar:
—¿Le empujó?
—¿Le abofeteó?
—¿Le dio una patada?
—¿Le lanzó algún objeto?
—¿Lo hizo usted?
Que preguntar:
—¿Se considera víctima de violencia?
Son preguntas distintas.
Y producen respuestas distintas.
EL TRUCO ESTÁ MUCHAS VECES EN LA MUESTRA.
Existe otro mecanismo elemental.
Si queremos averiguar cómo se comportan los matrimonios españoles y nuestra muestra está formada por cien mujeres refugiadas después de sufrir maltrato grave, encontraremos hombres violentos.
Si nuestra muestra está formada por cien hombres condenados por maltrato, también.
La conclusión será correcta para aquella población.
Lo que sería una barbaridad es extrapolarla a los millones de parejas que no han pasado por un refugio, una comisaría o un juzgado.
Los estudios comunitarios, longitudinales y aquellos que preguntan directamente por actos concretos suelen producir una imagen mucho más simétrica que los estudios construidos con denuncias, condenados, refugios o muestras clínicas. La propia recopilación de 500 investigaciones dedica especial atención a este problema de selección.
No hace falta manipular resultados.
Basta con seleccionar el lugar donde buscamos.
Si pescamos exclusivamente en una piscifactoría de truchas, acabaremos demostrando científicamente que todos los peces son truchas.
CUANDO EL FEMINISMO MILITANTE SE CONVIERTE EN TEORÍA DEL ESTADO
Aquí aparece el verdadero problema político.
Una asociación creada para ayudar a mujeres maltratadas tiene perfecto derecho a concentrarse en las mujeres.
Es su objeto.
Lo que no tiene sentido es que el Estado confunda la perspectiva de una organización de defensa de un grupo con una descripción completa de la realidad social.
El feminismo de género parte de una explicación determinada: la violencia del hombre contra la mujer es en esencia, una herramienta de dominación que nace de una estructura histórica de poder masculino.
El artículo primero de la Ley Orgánica 1/2004 convierte prácticamente esa explicación en doctrina legal.
Pero una explicación científica debe sobrevivir a los datos que la contradicen.
No puede tener bula.
Si encontramos violencia femenina unilateral, hay que explicarla.
Si encontramos relaciones recíprocamente violentas, hay que explicarlas.
Si encontramos hombres víctimas, hay que explicarlos.
Si encontramos mujeres que comienzan agresiones, hay que explicarlas.
Si encontramos violencia entre dos mujeres, hay que explicarla.
La teoría no puede contestar a cada dato incómodo:
—Eso no cuenta.
Una revisión sistemática sobre violencia en parejas de lesbianas confirma que aparecen todas las formas de violencia, siendo especialmente frecuente la psicológica.
Otra revisión con metaanálisis sobre violencia física en parejas del mismo sexo encontró diversos factores de riesgo compartidos por hombres y mujeres y escasas diferencias sexuales entre ellos.
Naturalmente, la existencia de violencia entre lesbianas no demuestra que jamás exista dominación masculina sobre mujeres.
Demuestra otra cosa:
La dominación masculina no puede ser la explicación universal de toda violencia dentro de una pareja.
Por la sencilla razón de que hay parejas violentas donde no existe ningún hombre.
EL ERROR DE CONFUNDIR FRECUENCIA CON DAÑO
Ésta es otra pieza imprescindible.
Los hombres y las mujeres no son físicamente iguales.
En promedio, el hombre tiene mayor fuerza, masa muscular y capacidad para causar lesiones mediante la violencia física.
Por eso puede ocurrir perfectamente esto:
Una mujer inicia más discusiones físicamente violentas;
ambos se golpean;
y ella termina sufriendo más lesiones.
No hay ninguna contradicción.
Archer encontró precisamente más actos de agresión femenina en el conjunto estudiado y, simultáneamente, mayor proporción de mujeres lesionadas.
Por eso utilizar únicamente ingresos hospitalarios, lesiones graves u homicidios para describir toda la violencia de pareja produce una visión distorsionada.
Esas cifras son indispensables para estudiar las formas más graves.
Pero no nos dicen quién dio el primer empujón.
Quién arrojó el primer objeto.
Quién abofeteó a quién.
Si había agresiones mutuas.
Cuántas veces.
Ni qué proporción de parejas sufre violencia física de menor entidad.
Estamos midiendo el desenlace más grave y pretendiendo reconstruir con él todo el camino anterior.
No funciona.
LOS NIÑOS: CUANDO DESAPARECE EL ÁNGEL DEL HOGAR.
La caricatura de la mujer ontológicamente pacífica comienza a resultar todavía más insostenible cuando entramos en la violencia contra menores.
Estados Unidos dispone de una de las mayores bases de datos administrativas del mundo sobre maltrato infantil.
En 2022, contabilizando los autores asociados a casos confirmados de maltrato, el 51,9 % eran mujeres y el 47,3 % hombres.
Pero lo verdaderamente interesante aparece al separar modalidades.
En negligencia:
58,5 % mujeres.
En negligencia médica:
70,5 % mujeres.
En maltrato físico:
48,9 % mujeres y 49,5 % hombres.
En abuso sexual, por el contrario:
88,7 % hombres y 8,4 % mujeres.
Eso es precisamente lo que ocurre cuando la ciencia sustituye a la catequesis.
No aparece «el sexo violento».
Aparecen formas diferentes de violencia con distribuciones diferentes.
Los hombres predominan de manera brutal en el abuso sexual.
En el maltrato físico infantil aparece prácticamente un empate.
Las mujeres predominan en negligencia y especialmente en negligencia médica.
¿Qué hacemos con esto?
¿Creamos una «Ley de Violencia Femenina Negligente»?
¿Declaramos que las mujeres abandonan las necesidades de sus hijos «por el hecho de ser niños y niñas»?
¿Añadimos un desvalor penal especial a la madre negligente por integrarse su conducta en una estructura histórica de poder maternal?
Sería ridículo.
Exactamente.
REINO UNIDO: PADRES Y MADRES
Los datos más recientes de Inglaterra y Gales vuelven a dinamitar cualquier explicación simplista.
Entre quienes declararon haber sufrido maltrato emocional antes de los dieciocho años, los autores más mencionados fueron el padre, con 29,4 %, y la madre, con 25,6 %.
En maltrato físico:
45,6 % señaló al padre.
37,2 % a la madre.
En abuso sexual, en cambio, el 91,3 % de los autores identificados eran varones.
Otra vez lo mismo.
No existe una respuesta única a la pregunta «¿qué sexo ejerce violencia?».
Hay que preguntar:
¿Qué tipo de violencia?
Ésa debería haber sido siempre la primera pregunta.
LAS MADRES NO SON SANTAS POR NACIMIENTO
La inmensa mayoría de las madres quiere a sus hijos.
Naturalmente.
Como la inmensa mayoría de los padres.
Pero convertir una tendencia general en una cualidad moral congénita es una estupidez.
Una madre puede proteger.
Y puede maltratar.
Puede alimentar.
Y puede abandonar.
Puede consolar.
Y puede humillar.
Puede dar la vida por un hijo.
Y puede matarlo.
No hay cromosoma de la santidad.
Los casos de madres que matan a sus hijos nos estremecen precisamente porque chocan con uno de los mitos culturales más profundos: la madre como refugio último.
Cuando sucede, aparece con frecuencia una inclinación social a buscar inmediatamente algo que permita convertir también a la homicida en víctima.
Depresión.
Agotamiento.
Psicosis.
Marido.
Entorno.
Sociedad.
Naturalmente, una enfermedad mental grave puede destruir la imputabilidad y debe valorarse exactamente igual que cuando afecta a un hombre.
Lo inadmisible es utilizar dos antropologías diferentes.
Cuando mata un hombre:
—¿Qué clase de monstruo es?
Cuando mata una mujer:
—¿Qué le ocurrió para que hiciera esto?
La pregunta por las causas es buena.
Lo que sobra es reservarla para un solo sexo.
Y LOS ANCIANOS TAMPOCO VIVEN DENTRO DE UN CUENTO.
La violencia contra los mayores vuelve a demostrar que generalizar por sexos sirve para muy poco.
La Organización Mundial de la Salud distingue abuso físico, psicológico, sexual, económico, abandono y negligencia. Su informe europeo identifica mayor presencia masculina en el maltrato físico y mayor presencia femenina en casos de negligencia.
Eso tiene lógica.
Quien más tiempo pasa cuidando a una persona dependiente tiene también más oportunidades para cuidarla bien y, desgraciadamente, para descuidarla o maltratarla.
Las mujeres continúan realizando una enorme cantidad de cuidados familiares.
Por tanto, en determinadas formas de negligencia, su presencia puede resultar elevada.
Pero eso no convierte a «las mujeres» en culpables colectivas.
Exactamente igual que una elevada presencia masculina en determinada violencia no convierte a «los hombres» en culpables colectivos.
Ésa es la regla que sistemáticamente se rompe.
LA PRUEBA DEL ESPEJO
Llegamos al experimento más sencillo.
Supongamos que mañana un estudio gigantesco concluyera que el 70 % de una determinada forma de violencia contra menores es ejercida por mujeres.
Da igual que hoy no podamos formular esa cifra como regla general.
Imaginemos que mañana queda demostrada.
¿Qué hacemos?
¿Modificamos el Código Penal para que una madre reciba más pena que un padre por idéntico golpe?
¿Creamos tribunales de excepción de Violencia sobre el Hombre?
¿Creamos tribunales de excepción de Violencia Materna?
¿Ordenamos a jueces y fiscales recibir formación sobre estructuras históricas de dominación femenina?
¿Explicamos que cuando una mujer maltrata a un niño su acto posee un desvalor añadido por pertenecer ella al sexo estadísticamente más agresor?
¿Lanzamos campañas públicas:
«Mujer: revisa tu violencia»?
¿Consideramos más creíble al niño porque estadísticamente las mujeres cometen más aquel delito?
¿Le quitamos a la acusada una parte de su presunción de inocencia?
¿Le aplicamos una pena distinta?
¿Le decimos que ella no responde sólo por lo que hizo, sino por el significado histórico de lo que hacen «las mujeres»?
Nos parecería una barbaridad.
Y lo sería.
Pues ya tenemos la respuesta.
EL CÓDIGO PENAL NO SUPERA LA PRUEBA DEL ESPEJO
El artículo 153 del Código Penal establece actualmente marcos penales distintos para determinados malos tratos.
Cuando el autor es hombre y la víctima es o fue su esposa o novia, o compañera, el apartado primero contempla prisión de seis meses a un año.
Para otros supuestos familiares comprendidos en el apartado segundo, la prisión comienza en tres meses.
El Tribunal Constitucional avaló el trato diferenciado y asimétrico.
Su razonamiento es revelador: entiende que la agresión del hombre a su esposa, novia, compañera.. contiene un «desvalor añadido» al insertarse en una arraigada estructura de desigualdad.
Dicho de otra manera:
El acto concreto recibe parte de su significado jurídico de una teoría acerca de la relación histórica entre los sexos.
El Tribunal afirma que no se castiga al hombre por lo que hicieron otros hombres, sino por el significado de su propia conducta dentro de aquella estructura.
Pero el problema lógico permanece intacto:
Si al intercambiar los sexos desaparece el «desvalor añadido», entonces el sexo forma parte de la operación jurídica que atribuye ese mayor reproche.
Podrá considerarse constitucional.
Podrá aprobarlo el Parlamento.
Podrá avalarlo el Tribunal Constitucional.
Y continuará siendo perfectamente legítimo preguntar si ése es el Derecho penal que debería existir en una sociedad de ciudadanos iguales.
SON «TRIBUNALES DE EXCEPCIÓN»
Conviene llamar a las cosas por su nombre exacto.
Las Secciones de Violencia sobre la Mujer son tribunales de excepción, aunque formen parte, teóricamente, de la jurisdicción ordinaria.
Constituyen órganos especializados cuya competencia depende, en determinados asuntos, del sexo de la víctima y de la relación existente con el autor.
Y desde la reforma de 2025 esas Secciones conocen además de determinados delitos sexuales, mutilación genital femenina, matrimonio forzado, acoso sexual y trata con fines de explotación sexual cuando la persona ofendida sea mujer.
La pregunta no necesita exageración alguna:
¿Por qué debe el sexo de la víctima determinar el órgano especializado que instruye determinados delitos?
Hagamos otra vez la prueba.
«Sección de Violencia sobre el Hombre».
Suena inmediatamente raro.
¿Por qué?
Ahí está la cuestión.
«YO SÍ TE CREO» NO ES DERECHO
Otro de los daños producidos por la politización de esta materia ha sido convertir la palabra creer en categoría casi judicial.
«Yo sí te creo».
Magnífico lema para una amiga.
Desastroso principio para un juez.
El juez no está para creer anticipadamente a la denunciante.
Ni para desconfiar anticipadamente de ella.
Está para examinar pruebas.
Aquí conviene hacer una precisión imprescindible: los tribunales, con el aval del Tribunal Supremo, consideran que la declaración de la víctima -mujer- es una prueba.
Justificación que implica (rizando el rizo, claro) que decir que alguien ha sido condenado «sin prueba alguna» cuando existe un testimonio incriminatorio puede ser incorrecto.
La jurisprudencia admite incluso que la declaración de la víctima pueda constituir por sí sola prueba suficiente para condenar.
Pero precisamente por tratarse de una situación delicadísima, exige una valoración particularmente cuidadosa de su credibilidad, coherencia, persistencia y demás circunstancias.
Esto no debería depender del sexo.
Una mujer acusa a un hombre.
Su declaración debe examinarse.
Un hombre acusa a una mujer.
Exactamente igual.
Una mujer puede decir la verdad.
Puede mentir.
Puede equivocarse.
Puede exagerar.
Puede recordar mal.
Un hombre también.
Los cromosomas no convierten un testimonio en verdadero ni falso.
VERSIONES CONTRADICTORIAS
Supongamos que marido y mujer están solos en una habitación.
Ella dice:
—Me pegó.
Él responde:
—No la toqué; fue ella quien me atacó.
No hay testigos.
No hay grabación.
No hay lesiones concluyentes.
Tenemos dos versiones incompatibles.
¿Qué debemos hacer?
Investigar.
Analizar.
Contrastar.
Buscar indicios.
Escuchar.
Valorar.
Y si, terminado todo ello, permanece una duda razonable que impide alcanzar la certeza exigible para una condena, absolver.
No porque el acusado sea hombre.
Porque eso es la presunción de inocencia.
Y si mañana intercambiamos los sexos, exactamente igual.
LAS DENUNCIAS FALSAS EXISTEN, Y NO SON UNA ANÉCDOTA
También se utiliza frecuentemente un razonamiento sorprendente:
—Las denuncias falsas representan un porcentaje muy pequeño; por tanto, cuestionar la denuncia de una mujer es casi negar la realidad.
No.
Aunque sólo una denuncia entre un millón fuera falsa, habría que averiguar si ésta es esa denuncia.
Una estadística colectiva no resuelve un caso individual.
Exactamente igual que una elevadísima proporción masculina entre homicidas no demuestra que este hombre haya matado.
La Justicia no puede funcionar por frecuencias de grupo.
LA MUJER NO ES LA PERSONIFICACIÓN DE LA HUMANIDAD EN ESTADO DE INOCENCIA
Éste es quizá el problema cultural más profundo.
Durante siglos hubo una idealización de la mujer como ser maternal, cuidador, tierno, doméstico y pacífico.
El feminismo decía combatir los estereotipos.
Sin embargo, una parte del feminismo contemporáneo ha conservado justamente uno de los más antiguos:
La mujer moralmente menos violenta que el hombre.
Sólo ha modernizado el vocabulario.
Ahora ya no es el «ángel del hogar».
Es la víctima estructural.
Él tiene poder.
Ella sufre poder.
Él domina.
Ella resiste.
Él agrede.
Ella responde.
Él ejerce violencia.
Ella se defiende.
La vida real se empeña en estropear el catecismo.
LOS HOMBRES TAMBIÉN PUEDEN SER VÍCTIMAS Y AVERGONZARSE DE DECIRLO
Hay además una diferencia social evidente.
Un hombre que reconoce públicamente que su mujer le pega se arriesga todavía a que se rían de él.
«¿No puedes defenderte?»
«¿Te pega una mujer?»
«Menudo hombre estás hecho.»
Ésa es una de las pocas expresiones clásicas de sexismo que parecen no preocupar demasiado a quienes pretenden combatir todos los estereotipos sexuales.
El resultado previsible es ocultación.
Infradenuncia.
Normalización.
El hombre aguanta.
Se marcha.
Devuelve el golpe.
Bebe.
Se hunde.
O simplemente calla.
No podemos cuantificar alegremente cuántos suicidios masculinos guardan relación causal con relaciones de pareja destructivas; atribuirlos en bloque a mujeres sería tan chapucero como atribuir toda violencia de pareja al patriarcado.
Pero resulta igualmente absurdo estudiar el sufrimiento masculino como si la violencia psicológica femenina careciera de consecuencias.
Si queremos saberlo, habrá que investigarlo.
Y para investigarlo habrá que empezar por aceptar que existe.
HIJOS UTILIZADOS COMO ARMAS
Lo mismo sucede en las separaciones conflictivas.
Hay padres y madres que convierten a sus hijos en instrumentos para castigar al otro progenitor.
Les hablan mal de él.
Les transmiten miedo.
Sabotean visitas.
Interrogan.
Manipulan recuerdos.
Obligan a elegir.
Convierten al niño en mensajero, espía, juez o soldado.
Llamemos a cada conducta por lo que es.
No hace falta inventar una esencia femenina ni masculina.
Pero tampoco negar el problema cuando quien lo protagoniza pertenece al sexo políticamente protegido.
Los niños no son munición matrimonial.
Y un maltrato psicológico no deja de serlo porque quien lo ejerce sea su madre.
LA VIOLENCIA ENTRE MUJERES ES UN PROBLEMA PARA LA EXPLICACIÓN ÚNICA
La existencia de violencia dentro de parejas homosexuales plantea otra dificultad evidente.
Si toda violencia dentro de la pareja fuese esencialmente la traducción de un sistema histórico mediante el cual «el hombre» controla a «la mujer», ¿qué hacemos cuando no hay ningún hombre?
No hay escapatoria semántica.
Hay que admitir que existen otros mecanismos:
personalidad;
aprendizaje familiar;
celos;
dependencia;
alcohol;
drogas;
trastornos;
impulsividad;
conflictos;
miedo al abandono;
control;
experiencias infantiles;
modelos aprendidos;
y simple capacidad humana para hacer daño.
La explicación exclusivamente sexual queda pequeña.
¿POR QUÉ SE HA CONSERVADO, ENTONCES?
Aquí entramos en una conjetura perfectamente razonable.
Porque alrededor de una explicación política se ha construido durante décadas una inmensa estructura.
Leyes.
Órganos judiciales.
Fiscalías.
Delegaciones.
Observatorios.
Institutos.
Cátedras.
Cursos.
Asociaciones.
Campañas.
Subvenciones.
Planes.
Protocolos.
Funcionarios.
Expertos.
Congresos.
Estadísticas.
Una burocracia creada para combatir un fenómeno definido de determinada manera tiene escasos incentivos para anunciar años después:
—La realidad era bastante más complicada.
No hace falta imaginar una reunión secreta.
Las instituciones tienen tendencia natural a defender las categorías que justifican su existencia.
Y cuando miles de carreras profesionales, puestos, presupuestos y discursos políticos se han construido alrededor de un paradigma, discutir el paradigma deja de ser una discusión científica y empieza a convertirse en una amenaza institucional.
NO HACE FALTA FALSIFICAR LA CIENCIA PARA DOMESTICARLA
El procedimiento puede ser mucho más sencillo.
Financiamos investigaciones sobre «violencia contra las mujeres».
Preguntamos a mujeres.
Buscamos agresores masculinos.
Recopilamos denuncias presentadas por mujeres.
Estudiamos refugios para mujeres.
Analizamos condenados masculinos.
Publicamos los resultados.
Después anunciamos:
—La ciencia demuestra que la violencia es masculina.
Pero no habíamos estudiado «la violencia».
Habíamos estudiado la violencia de los hombres contra las mujeres.
La diferencia es monumental.
Un estudio puede ser impecable y la conclusión política una falsificación por extrapolación.
EL MODELO CORRECTO ES MÁS INCÓMODO.
La realidad parece exigir, como mínimo, varias categorías diferentes.
Hay una violencia masculina gravísima, con superior capacidad lesiva y gran presencia en homicidios y agresiones sexuales.
Hay violencia física femenina.
Hay violencia recíproca.
Hay violencia unilateral femenina.
Hay violencia unilateral masculina.
Hay control continuado.
Hay explosiones ocasionales.
Hay violencia psicológica.
Hay negligencia.
Hay abuso sexual infantil abrumadoramente masculino.
Hay negligencia infantil con importante predominio femenino en algunos grandes registros.
Hay violencia contra ancianos con perfiles diferentes según el tipo de maltrato.
Hay violencia en parejas homosexuales.
¿Qué ganamos metiéndolo todo dentro de una sola explicación?
Muy poco científicamente.
Muchísimo políticamente.
LA GRAN TRAMPA MORAL: CONFUNDIR PROTECCIÓN CON INOCENCIA
Proteger especialmente a una mujer que corre peligro es justo.
Convertir a todas las mujeres en representantes de una clase moral de víctimas es otra cosa.
Perseguir con toda la fuerza del Estado al hombre que maltrata es obligatorio.
Tratar a todos los hombres como representantes de una clase históricamente sospechosa es otra cosa.
Una mujer amenazada necesita protección.
Un hombre amenazado también.
Una mujer apaleada necesita ayuda.
Un hombre apaleado también.
Una niña violada necesita justicia.
Un niño violado también.
Una anciana abandonada necesita protección.
Un anciano abandonado también.
¿Dónde está la dificultad?
En ninguna parte, salvo que hayamos decidido previamente que la violencia tiene sexo político.
EL DERECHO PENAL NO DEBE PRETENDER REPARAR LA HISTORIA
El Derecho penal tiene una tarea bastante sencilla de formular y dificilísima de ejecutar:
Averiguar qué hizo una persona y aplicar la pena que corresponda.
No está para arreglar siglos de historia sobre la espalda de un acusado concreto.
Antonio no golpeó a las mujeres durante dos mil años.
Golpeó —si se demuestra— a María.
Júzguese ese golpe.
María no representa a las mujeres.
Antonio tampoco representa a los hombres.
Son dos ciudadanos.
La responsabilidad penal no es hereditaria.
No pasa del colectivo al individuo.
No se transmite por sexo.
VOLVAMOS AL SETENTA POR CIENTO
Imaginemos otra vez que mañana descubrimos que las mujeres cometen el 70 % de determinada violencia contra menores o ancianos.
¿Cambiaríamos el Código Penal?
¿Crearíamos una pena femenina?
¿Haríamos que una mujer tuviera que demostrar que no es culpable?
¿Consideraríamos su sexo un factor de sospecha?
¿Concederíamos de antemano mayor credibilidad al varón que la acusa?
¿Diríamos que una agresión femenina tiene un «desvalor añadido» porque millones de mujeres también han agredido?
No.
Y haríamos muy bien.
Porque una mujer inocente sigue siendo inocente aunque el 99 % de determinado delito sea cometido por mujeres.
Sólo queda aplicar la misma proposición al otro sexo.
Un hombre inocente continúa siendo inocente aunque el 99 % de determinado delito sea cometido por hombres.
No hay más misterio.
LA IGUALDAD NO NECESITA APELLIDOS
La verdadera igualdad ante la ley es bastante menos vistosa que toda esta industria.
Mismo hecho.
Mismas circunstancias.
Misma valoración.
Misma prueba.
Misma presunción de inocencia.
Misma pena.
Mismo derecho de defensa.
Misma protección para la víctima.
Mismo reproche al agresor.
Hombre o mujer.
No se necesita una teoría antropológica.
Ni una deuda histórica.
Ni una culpa heredada.
Hace falta Justicia.
LA PREGUNTA FINAL
Cada vez que alguien defienda una diferencia jurídica basada directa o indirectamente en el sexo, basta con hacer una prueba.
Cambiar las palabras.
Donde diga «hombre», escriba «mujer».
Donde diga «mujer», escriba «hombre».
Y vuelva a leer.
Si sigue pareciendo justo, probablemente existe una razón sólida.
Si de repente parece una barbaridad sexista, acabamos de descubrir el problema.
Porque la igualdad posee una cualidad extraordinariamente testaruda:
O funciona en los dos sentidos o no es igualdad.
Y la violencia tampoco necesita catecismos.
Necesita víctimas atendidas.
Agresores perseguidos.
Hechos investigados.
Pruebas.
Jueces.
Y una ley que no pregunte primero qué sexo tiene usted, sino algo infinitamente más importante:
¿QUÉ HIZO?
Ésa es la pregunta que distingue a una Justicia de ciudadanos de un sistema de categorías.
Porque en el instante en que el Estado decide primero qué eres y sólo después examina qué hiciste, la responsabilidad individual empieza a desaparecer.
Y cuando desaparece la responsabilidad individual, detrás va la igualdad.
Y detrás de la igualdad termina marchándose la Justicia.