TODOS SOMOS CABALLAS… HASTA QUE TERMINA EL PARTIDO DE FÚTBOL…
Mientras Ceuta espera decisiones, España le ofrece camisetas, solidaridad de estadio y una palabra que sirve para explicarlo todo sin explicar nada: «complejidad».
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

España tiene una extraordinaria facilidad para sustituir los hechos por los gestos.
Una desgracia: minuto de silencio.
Una catástrofe: lazo.
Una tragedia: aplauso.
Una ciudad española lleva semanas soportando una situación que el propio Estado considera gravísima: camiseta.
TODOS SOMOS CABALLAS.
Y a correr.
Salen los futbolistas al campo.
Posan.
Las cámaras enfocan.
El locutor adopta voz solemne.
El público aplaude.
Qué bonito.
Qué emocionante.
Qué solidarios somos.
Treinta segundos después pita el árbitro.
Y se acabó Ceuta.
Ahora toca fútbol.
Mientras tanto, en la Ceuta verdadera —no en la de la camiseta— han transcurrido más de seis semanas desde la entrada masiva de los días 30 y 31 de julio. El propio Gobierno declaró el 25 de agosto una situación de interés para la Seguridad Nacional, porque la permanencia de un elevado número de personas entradas irregularmente estaba alterando el funcionamiento de la ciudad y había superado sus medios ordinarios de acogida, asistencia y seguridad. La declaración se extiende a toda Ceuta, su frontera, sus costas, sus puertos y sus aguas.
El 11 de septiembre, Juan Vivas cifraba todavía en unas 13.000 personas las que permanecían en Ceuta.
Pero no nos distraigamos.
¿Mbappé se puso la camiseta?
¿Vinícius también?
¿Y el Betis?
¿Y el Villarreal?
¿Y el Levante?
Eso parece interesar bastante.
¿TÚ CON QUIÉN VAS?
Estamos consiguiendo convertir Ceuta en algo parecido a un equipo de fútbol.
La escena podría desarrollarse en cualquier bar:
—¿Tú con quién vas?
—Con el Madrí.
—¿Y tú?
—Con el Barça.
—Pues yo soy del Betis.
—¿Y de Ceuta?
—¡Hombre! ¡Todos somos caballas!
Y ya está.
España salvada.
Ceuta defendida.
La solidaridad cumplida.
Ser «solidario con Ceuta» empieza a parecerse demasiado a ser forofo de un equipo.
—¿Pero usted por qué es del Betis?
Ummmm…
Me alegra que me haga esa pregunta.
A ver cómo se lo explico para que usted lo entienda.
Ser del Betis…
Bueno…
Es…
Es lo más.
Eso no se explica.
Se siente.
Mi abuelo era del Betis.
Mi padre era del Betis. Naturalmente, no podía ser de otra manera.
Yo soy del Betis.
Y cuando nazca mi hijo, antes de inscribirlo en el Registro Civil, y casi antes de cortar el cordón umbilical, lo primero que haré será hacerlo socio del Betis.
¡VIVA ER BETI MANQUE PIERDA!
Y, puestos a completar el programa político:
¡QUE EL SEVILLA BAJE A SEGUNDA!
Estupendo.
Para eso está el fútbol.
Pasión.
Tribu.
Himno.
Bufanda.
Camiseta.
Tradición familiar.
Rivalidad.
Alegrías.
Cabreos.
Pero Ceuta no es un equipo de fútbol.
Ceuta no juega contra Marruecos el domingo a las cinco.
Ceuta no necesita hinchas.
No necesita forofos.
No necesita que seamos caballas durante el tiempo que tarda el fotógrafo en hacer la fotografía.
Necesita que España se comporte como un Estado.
LA «CRISIS MIGRATORIA»
También hemos encontrado un nombre tranquilizador para lo sucedido.
Crisis migratoria.
Una «crisis migratoria» parece una borrasca.
Llega.
Pasa.
Y luego escampa.
Pero los días 30 y 31 de julio entraron masivamente en Ceuta más de 70.000 personas, según los datos manejados ahora en las investigaciones judiciales. La Fiscalía considera necesario investigar posibles omisiones de las autoridades españolas y esclarecer, entre otras cosas, qué información tenían antes de aquellos días y qué papel desempeñó la gendarmería marroquí.
No estamos hablando, pues, de una discusión académica.
Pero el lenguaje sirve para muchas cosas.
Una entrada masiva se transforma en «fenómeno».
Una ciudad desbordada pasa a afrontar un «reto».
Una situación que se prolonga durante semanas se convierte en «nueva realidad».
Y aquello que nadie termina de resolver adquiere inmediatamente una característica esencial:
es complejo.
LA PALABRA MÁGICA
Complejidad.
Ahí está.
El talismán.
La palabra que sirve para explicarlo todo sin explicar absolutamente nada.
Ceuta es compleja.
Marruecos es complejo.
La frontera es compleja.
La inmigración es compleja.
El Sáhara es complejo.
Mohamed VI es complejo.
La relación con Marruecos es compleja.
Las devoluciones son complejas.
La defensa es compleja.
La Constitución es compleja.
La relación entre Felipe VI y Pedro Sánchez es compleja.
Todo es de una complejidad espantosa.
Sólo hay una cosa sencilla:
que aguanten los ceutíes.
El comerciante aguanta.
El guardia civil aguanta.
El policía aguanta.
El sanitario aguanta.
El maestro aguanta.
La familia aguanta.
Los niños aguantan.
Los ancianos aguantan.
Ceuta aguanta.
Y desde Madrid alguien explica con voz profunda:
—Es que el asunto es muy complejo.
¡Acabáramos!
Cuando alguien pregunta demasiado, llegan además los calificativos.
Alarmista.
Exagerado.
Racista.
Xenófobo.
Fascista.
Catastrofista.
Así se evita responder a una pregunta incómoda: en vez de contestarla, se juzga moralmente a quien la formula.
Y ENTONCES HABLÓ EL REY
Faltaba Felipe VI.
Ayer, 15 de septiembre, habló públicamente sobre Ceuta.
¿Y qué expresión utilizó?
Precisamente ésta:
«situación de extraordinaria complejidad».
No es una paráfrasis. Fue la expresión empleada por el Rey en sus primeras palabras públicas sobre la crisis.
Otra vez la palabra mágica.
COMPLEJIDAD.
Alabó el trabajo de quienes están soportando la situación y el civismo de los ceutíes.
Muy bien.
Pero los ceutíes no necesitan que alguien descubra que son cívicos.
Llevan semanas demostrándolo.
La pregunta es otra:
¿y ahora qué?
Porque hablar no es decidir.
Reunirse no es decidir.
Expresar preocupación no es decidir.
Decir que Ceuta está en el corazón no es decidir.
Y una ciudad española no puede vivir indefinidamente dentro del corazón de todo el mundo y fuera de las decisiones de quienes tienen poder para tomarlas.
¿Y FELIPE VI?
La Constitución no permite al Rey gobernar por su cuenta ni ordenar una operación militar como si España fuese una monarquía absoluta.
Eso está claro.
Pero de ahí no se desprende que el jefe del Estado tenga que convertirse en una estatua.
Felipe VI simboliza constitucionalmente la unidad y permanencia de España.
Es además capitán general de las Fuerzas Armadas.
Puede hablar.
Puede estar presente.
Puede advertir.
Puede escuchar.
Puede preguntar.
Puede reclamar información.
Puede visitar Ceuta.
Puede emplear el peso institucional de la Corona.
Y por eso resulta perfectamente razonable preguntar:
¿por qué no está ya en Ceuta?
¿Por qué tanta cautela?
¿Por qué cuando aparece Marruecos cada palabra parece pesarse en una balanza de precisión?
¿Por qué tanta delicadeza?
¿Qué teme España de Marruecos?
¿Qué teme el Gobierno?
¿Y qué explica la extraordinaria prudencia de la Corona?
No conocemos todas las conversaciones reservadas entre Madrid, Rabat y Zarzuela.
Precisamente por eso las preguntas permanecen.
Pero hay algo visible:
la prudencia española respecto de Mohamed VI contrasta enormemente con la cuestión que está en juego.
Porque estamos hablando de Ceuta.
No de un desacuerdo comercial sobre tomates.
EL AMIGO QUE RECLAMA TERRITORIO ESPAÑOL
Aquí termina la broma.
Marruecos no es el Sevilla.
No es un rival deportivo.
No existe pitido final.
Marruecos es el Estado que mantiene una reclamación sobre Ceuta y Melilla.
Y el Gobierno español, al mismo tiempo, ha definido oficialmente a Marruecos como «país vecino y amigo» y «socio estratégico indispensable». Son expresiones de la propia Moncloa.
Ahí está la contradicción política.
No hace falta disfrazarla.
El Estado que cuestiona territorio español recibe el tratamiento de amigo y socio indispensable.
Y cuando llega una crisis gigantesca desde ese mismo territorio, España continúa considerando imprescindible conservar intacta la cooperación con Rabat.
De ahí nace la durísima acusación política de quienes consideran que el Gobierno de Pedro Sánchez actúa como principal grupo de presión promarroquí dentro de España, o incluso como una quinta columna de los intereses de Rabat.
Es una acusación política, no una descripción jurídica.
Pero tiene un punto de partida concreto que no puede borrarse con palabras bonitas: Marruecos y España no tienen el mismo interés respecto de Ceuta.
España quiere conservarla.
Marruecos la reclama.
Eso no es complejo.
Eso es castellano.
¿Y EL ARTÍCULO 8?
También existe una Constitución.
Y convendría abrirla de vez en cuando.
Su artículo 8 dice que las Fuerzas Armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España y defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.
Ceuta es España.
Luego la defensa de Ceuta forma parte de la defensa de la integridad territorial española.
No parece un silogismo particularmente difícil.
Manos Limpias ha exigido al Ministerio de Defensa que examine lo sucedido precisamente desde ese artículo. La organización sostiene que no estamos ante una simple cuestión migratoria sino ante una forma de presión contra la soberanía española, y pide que la respuesta se plantee también desde la defensa nacional.
Podrá discutirse su calificación.
Lo que no puede hacerse es fingir que la pregunta carece de sentido.
Si el propio Estado reconoce que las capacidades ordinarias de Ceuta han sido superadas, ¿qué más tiene que ocurrir para preguntarse por los instrumentos extraordinarios que contempla nuestro ordenamiento?
¿Y EL ESTADO DE SITIO?
Éste es el nombre.
Sin inventos.
La Constitución y la Ley Orgánica 4/1981 contemplan los estados de alarma, excepción y sitio.
Y la ley dice que el estado de sitio puede declararse cuando se produzca o amenace producirse una insurrección o un acto de fuerza contra la soberanía, la independencia de España, su integridad territorial o el orden constitucional que no pueda resolverse por otros medios.
El Gobierno lo propone y el Congreso decide.
Pues pregúntese.
Sin aspavientos.
Sin cuentos.
Sin «complejidades».
¿Considera el Gobierno que existe una amenaza contra la integridad territorial?
Si considera que no, que diga por qué.
¿Considera que sí, pero que puede afrontarla por los medios ordinarios?
Que diga cómo y cuándo.
¿Qué tendría que suceder para entender que esos medios ya no bastan?
Eso es lo que debe explicarse.
Porque resulta bastante llamativo reconocer oficialmente que la situación supera las capacidades ordinarias de Ceuta y, al mismo tiempo, actuar como si preguntar por instrumentos más fuertes fuese una extravagancia.
¿Y LAS FUERZAS ARMADAS?
Otra pregunta elemental.
¿Para qué están?
La Constitución responde.
Para defender la soberanía, la independencia y la integridad territorial.
La Ley de Defensa Nacional repite la misma misión.
Eso no significa que un general pueda actuar por su cuenta.
Precisamente el estado de sitio está pensado para que sea el poder constitucional quien determine cuándo, dónde y bajo qué condiciones actúa la autoridad militar. La propia ley establece que, declarado el estado de sitio, el Gobierno designará a la autoridad militar que ejecutará las medidas bajo su dirección.
Así funciona un Estado.
No mediante golpes de mesa.
Mediante autoridades que asumen su responsabilidad y utilizan legalmente los medios que poseen.
Por eso cansa tanto la procesión de excusas:
—Eso no me corresponde.
—Eso es de Interior.
—Eso es de Defensa.
—Eso es de Exteriores.
—Eso es del Congreso.
—Eso es del juez.
—Eso depende de Marruecos.
—Eso es complejo.
Y al final Ceuta sigue esperando.
«YO SÓLO CUMPLÍA ÓRDENES»
Aquí aparece otra enfermedad antigua.
La obediencia convertida en refugio.
Yo sólo obedecía.
Yo informé a mi superior.
Yo remití el papel.
Yo apliqué las instrucciones.
Yo no tenía competencia.
Yo hice lo que me dijeron.
Yo no podía hacer otra cosa.
La Historia está llena de grandes desastres construidos mediante miles de pequeñas renuncias individuales.
El experimento de Stanley Milgram mostró hasta dónde puede llegar una persona corriente cuando una autoridad legítima le ordena continuar.
Hannah Arendt llamó la atención sobre algo todavía más inquietante con su idea de la banalidad del mal: para producir consecuencias terribles no siempre hacen falta grandes monstruos. A veces basta una maquinaria en la que cada cual ejecuta su pequeña tarea y nadie quiere mirar el resultado completo.
Por eso la frase «yo sólo cumplía órdenes» nunca puede convertirse en respuesta universal.
Cada autoridad responde de aquello que la ley le encomienda.
Y cuanto mayor es la responsabilidad, menos convincente resulta esconderse detrás del despacho vecino.
LA PREGUNTA MÁS IMPORTANTE
Pero todo esto conduce a una cuestión que apenas se discute:
¿qué ocurrirá si los ceutíes empiezan a marcharse?
Ése puede ser el verdadero peligro.
Porque una ciudad no tiene que ser conquistada militarmente para perderse.
Puede vaciarse.
Una familia decide irse.
Después otra.
Un joven estudia en Málaga y no regresa.
Un comerciante cierra.
Un empresario deja de invertir.
Una pareja decide que sus hijos crecerán mejor en la Península.
Una vivienda queda vacía.
Después otra.
Un barrio envejece.
Una calle pierde actividad.
Lo que se presentó como provisional se vuelve habitual.
Y un día descubrimos que la ciudad que queríamos defender se ha debilitado silenciosamente.
No hace falta disparar.
Ésa es precisamente la clase de resultado que debería preocupar a cualquier Gobierno español cuando trata con un Estado que reclama Ceuta.
Si cada crisis consigue hacer la vida allí más difícil, si cada episodio genera miedo y cansancio, si cada año resulta un poco más atractivo marcharse, entonces Marruecos obtiene una ventaja sin necesidad de ocupar militarmente un solo metro.
EL TODÓLOGO
Pero para tranquilizarnos siempre tendremos al todólogo.
Ese admirable ejemplar televisivo.
El lunes explica Ucrania.
El martes los tipos de interés.
El miércoles el cáncer.
El jueves la inteligencia artificial.
El viernes Oriente Próximo.
El sábado Ceuta.
Y el domingo analiza al Real Madrid.
Sabe de todo.
De fronteras.
De Marruecos.
De Defensa.
De inmigración.
Del Ejército.
Del Rey.
De tratados.
De la Constitución.
De Mohamed VI.
Y, si sobra un minuto antes de la publicidad, también del fuera de juego.
Cuando llega la pregunta difícil, jamás falla:
—Bueno, tampoco debemos simplificar. Es un asunto muy complejo.
Gracias.
Menos mal que vino usted.
TODOS SOMOS CABALLAS
Sí.
Todos somos caballas.
Magnífico.
Ahora demostremos qué significa eso cuando termina el partido.
Cuando desaparece la camiseta.
Cuando los jugadores entran en el vestuario.
Cuando se apagan las cámaras.
Cuando el tertuliano cambia de tema.
Cuando llega la publicidad.
Cuando aparece otra noticia.
Cuando la solidaridad deja de quedar bonita en una fotografía.
Porque entonces comienza la verdadera cuestión.
No quién «está con Ceuta».
Sino quién hace qué por Ceuta.
Dentro de diez años nadie recordará qué delanteros lucieron una camiseta en septiembre de 2026.
Los ceutíes sí recordarán quién tomó decisiones.
Quién no las tomó.
Quién avisó.
Quién miró hacia otro lado.
Quién consideró suficiente lo que se estaba haciendo.
Quién exigió más.
Quién defendió que Marruecos continuaba siendo «amigo» y «socio estratégico indispensable».
Quién habló de soberanía.
Quién habló de fronteras.
Quién habló del artículo 8.
Quién preguntó por el estado de sitio.
Y quién se refugió en el gran talismán nacional:
LA COMPLEJIDAD.
Felipe VI la pronunció ayer.
Los ministros la pronuncian.
Los expertos la pronuncian.
Los tertulianos la pronuncian.
Todo es muy complejo.
Pues hay algo que no lo es.
Ceuta es española.
Marruecos la reclama.
El Estado español tiene la obligación de proteger su soberanía y asegurar que los españoles puedan seguir viviendo allí con normalidad.
Lo demás admite discusiones.
Eso no.
Y si algún día Ceuta comienza a vaciarse porque quienes viven allí llegan a la conclusión de que marcharse resulta más sensato que quedarse, será demasiado tarde para descubrir tres verdades bastante sencillas:
que las camisetas no defendían fronteras;
que los aplausos no sustituían a las decisiones;
y que repetir mil veces la palabra «complejidad» jamás convirtió la inacción en una política.
Para entonces quizá aparezca todavía algún entendido en televisión.
Entrelazará las manos.
Pondrá cara de hombre de Estado.
Mirará a la cámara.
Y dirá:
—Hay que comprender que la cuestión de Ceuta era extraordinariamente compleja.
Y alguien debería contestarle, por fin, en román paladino:
—Déjese de milongas. ¿Quién tenía que actuar y por qué no actuó?