Romance grotesco de Narcisos, retratos podridos, retablos maravillosos, canarios, trovadores, furrieles y buitres…

PERO GRULLO DE ABSURDISTÁN (AQUEL QUE A LA MANO CERRADA LLAMABA «PUÑO»)

Érase un guapo
con tumbao al caminar.

Érase un galán
tan pagado de sí mismo
que hasta su sombra
parecía pedir permiso
para seguirlo.

Érase un hombre
a un espejo pegado,
érase un espejo
a un hombre encadenado,
érase un yo con corbata,
un mí con escolta,
un me con coche oficial
y un conmigo
instalado en la Moncloa.

Érase Narciso.

Pero no aquel pobre Narciso
que se ahogó mirando
su cara en un estanque.

No.

Éste tenía gabinete.

Fotógrafo.

Asesor de imagen.

Atril.

Teleapuntador.

Y un funcionario
encargado de vigilar
que el estanque no tuviera ondas.

—¿Cómo estoy?

—Magnífico, presidente.

—¿De frente?

—Histórico.

—¿De perfil?

—Estadista.

—¿Caminando?

—Alejandro Magno
con mejor sastre.

Y él,

tac,
tac,
tac,

con tumbao.

Como si hasta las baldosas
tuvieran obligación
de apartarse a su paso.


Érase también
un Dorian Gray de la política.

Terso en la fotografía.

Impecable en el cartel.

Recién planchado en el mitin.

Siempre joven.

Siempre nuevo.

Siempre recién llegado.

Mientras, allá arriba,
en algún desván
de la hemeroteca,

se pudría el retrato.

Una promesa rota.

Una más.

Un nunca convertido en sí.

Un jamás convertido en ahora.

Una línea roja convertida
en felpudo.

Un adversario convertido en socio.

Un socio convertido en estadista.

Y quizá mañana
el estadista convertido otra vez
en enemigo.

Cada pirueta
dejaba una arruga
en el cuadro.

Pero abajo,

Dorian sonreía.

Tac.

Tac.

Tac.

—¿Qué hay en el desván?

—Nada.

—¿Por qué está cerrado?

—Seguridad nacional.

—¿Y ese olor?

—Desinformación.

Ah.

La desinformación.

Ambientador oficial
para habitaciones
que conviene no abrir.


Y estaba Fausto.

Porque Narciso quiere gustarse.

Dorian quiere conservarse.

Pero Fausto quiere:

más.

Más poder.

Más tiempo.

Más presidencia.

Más mañana.

Siempre mañana.

—Una concesión más.

—Sólo ésta.

—Un pacto más.

—Por responsabilidad.

—Una renuncia más.

—Por España.

—Una pirueta más.

—Por estabilidad.

Y Mefistófeles sonríe.

No discute.

No grita.

No tiene prisa.

Conoce la letra pequeña.

Sabe que el problema
de vender el alma
no consiste en la firma.

Consiste en descubrir después
que el comprador
guardó el contrato.


Y, naturalmente,

el rey desnudo.

¡Qué traje, presidente!

—¡Magnífico!

¡Qué tela!

—¡Soberbia!

¡Qué caída!

—¡Europea!

Y el hombre
paseándose en pelota política
por mitad del reino,

mientras alrededor:

ministros,
asesores,
diputados,
socios,
beneficiarios,
tertulianos,
columnistas,
trovadores
y palmeros

gritaban:

—¡Qué traje!

Porque decir:

—Señor, se le ve el culo,

puede costar
una dirección general.

Y no está la vida
para heroicidades.

Hasta que un niño grita:

—¡Pero si va desnudo!

Silencio.

No miran a Sánchez.

Miran al niño.

—¿Quién es?

—¿Quiénes son sus padres?

—¿Tiene cuenta en las redes?

—¿A quién votan?

—Investigad al niño.


Y faltaba
el padrastro de Blancanieves.

Cada mañana:

—Espejito, espejito,
¿quién es el más hermoso
de todo el reino?

—Tú, Pedro.

—¿El más listo?

—Tú, Pedro.

—¿El más resistente y «resilente»?

—Tú, Pedro.

—¿El más europeísta?

—Tú, Pedro.

—¿El más imprescindible?

Silencio.

—Espejito…

Silencio.

—He preguntado
quién es el más imprescindible.

El espejo carraspea.

—Tenemos problemas
de opinión pública.

Mal asunto.

Porque el día
en que el espejo duda,

el padrastro
empieza a buscar
otro espejo.


Y entonces llegó Cervantes.

Siempre acaba apareciendo Cervantes
cuando España
se pone estupenda.

Llegaron Chanfalla
y Chirinos.

Manta al hombro.

Sonrisa puesta.

—¡Señoras y señores!

¡Ante ustedes,

EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS!

—¿Qué se ve?

—Todo.

—Yo no veo nada.

Codazo.

—¡Cállate, animal!

Porque el retablo
tenía una propiedad prodigiosa:

sólo los buenos,
los puros,
los inteligentes,
los escogidos,

los progresistas,

podían verlo.

Así que todos veían.

Aunque no hubiera nada.

—¡Mirad el crecimiento!

—¡Lo veo!

—¡Mirad la prosperidad!

—¡También!

—¡Mirad la transparencia!

—¡Maravillosa!

—¡Mirad la regeneración!

—¡Deslumbrante!

—¡Mirad la ejemplaridad!

—¡Soberbia!

No había más
que una manta.

Pero todos veían.

Qué remedio.

Porque reconocer:

—Yo no veo una mierda,

podía dejarte
fuera del club
de los virtuosos.


Y allí estaba también
la familia.

Porque toda tragicomedia española
necesita familia.

El hermano.

Músico.

Compositor.

Artes escénicas.

Pentagrama.

Teatro.

Qué oportuno.

Uno componía partituras.

El otro componía mayorías.

Uno conocía los escenarios.

El otro vivía dentro de uno.

Uno sabía cuándo desafinaba
una orquesta.

El otro tenía alrededor
una orquesta entera
dedicada a no decírselo.

Violines:

—Todo va bien.

Violas:

—Todo va bien.

Trombones:

—Todo va bien.

Timbales:

—TODO VA BIEN.

Aunque ardiera el teatro.

Aunque huyera el apuntador.

Aunque el público
pidiera que le devolvieran
la entrada.


Y estaba la esposa.

La dama de la ópera bufa.

Currículos.

Cátedras.

Cartas.

Contactos.

Despachos.

Empresas.

Patrocinios.

Explicaciones.

Más explicaciones.

Explicaciones
de las explicaciones.

Y luego explicaciones
destinadas a explicar
por qué las explicaciones anteriores
no habían explicado nada.

La dama del currículo fantasma.

La marquesa del contacto oportuno.

La condesa del despacho vecino.

La gran sacerdotisa grotesca
de la influencia.

Y alrededor,

todos viendo maravillas.

—¿Lo ves?

—Naturalmente.

—¿El qué?

—Lo que haya que ver.

Ésa era la regla.


Pero ningún retablo
funciona sin coro.

Ningún rey desnudo
puede pasearse tranquilo
si no hay alguien
que elogie el traje inexistente.

Ningún Narciso
sobrevive sólo con agua.

Necesita eco.

Mucho eco.

Y ahí estaba
la legión.

Los trovadores.

Los palmeros.

Los glosadores.

Los hermeneutas del poder.

Los intérpretes oficiales
de lo que Pedro había querido decir
aunque Pedro hubiera dicho
lo contrario.

Tertulianos.

Columnistas.

Presentadores.

Analistas de guardia.

Expertos de nómina.

Poetas de plató.

Juglares del presupuesto.

Bufones solemnes
con gesto de notario.

Toda una capilla musical
entonando:

—Pedro resiste.

—Pedro sorprende.

—Pedro controla los tiempos.

—Pedro gana el relato.

El relato.

Siempre el relato.

La realidad podía estar
tirada en una cuneta.

Pero mientras el relato
llegara bien peinado
al informativo,

todo marchaba.


Y alrededor de los trovadores,

medios generosamente regados
por campañas,
publicidad institucional,
contratos,
patrocinios,
anuncios
y dinero público.

Dinero de todos.

Del albañil.

Del autónomo.

Del jubilado.

Del camionero.

Del camarero.

Del pequeño comerciante.

Del funcionario.

Del hombre que madruga.

Del que paga.

Y paga.

Y vuelve a pagar.

Y luego enciende la televisión
para que alguien le explique
lo extraordinariamente bien
que administran
el dinero que acaba
de entregarle.

Círculo perfecto.

Uno paga.

Otro reparte.

Otro anuncia.

Otro canta.

Y el primero
debe dar las gracias.


Los trovadores afinaban.

Si Pedro decía:

—Nunca.

Ellos explicaban:

—Cuando dijo nunca
quiso decir
todavía no.

Si decía:

—Jamás.

Aclaraban:

—Jamás
en las actuales circunstancias.

Si hacía lo contrario:

—Ha sabido adaptarse.

Si rectificaba:

—Ha escuchado a la sociedad.

Si insistía:

—Mantiene sus principios.

Si callaba:

—Prudencia.

Si hablaba:

—Liderazgo.

Si avanzaba:

—Estrategia.

Si retrocedía:

—Estrategia.

Si acertaba:

—Estadismo.

Si se equivocaba:

—Contexto.

Ni Dorian Gray
tuvo jamás
retratistas tan complacientes.


Y entonces llegó octubre.

Cinco de octubre.

Otoño.

Cayeron las hojas.

Las de los árboles.

Las de los periódicos.

Las de las agendas.

Las de algunas amistades.

Y el guapo
convocó elecciones.

Veintinueve de noviembre.

Y apareció
el primer buitre.

Después otro.

Luego cinco.

Luego veinte.

Grandes.

Negros.

Silenciosos.

—¿Qué hacen?

—Esperar.

—¿Por qué?

—Huelen.

—¿Qué?

—A muerto.

—¿Hay muerto?

—Todavía no.

—Entonces, ¿qué huelen?

El buitre viejo
aspiró lentamente.

—Miedo.

—¿Más?

—Ambición.

—¿Más?

—Antiguos amigos.

—¿Más?

—Lealtades fermentando.

—¿Más?

—Trovadores afinando
otra canción.

—¿Más?

El buitre volvió
a olfatear.

—Otoño.


Y aparecieron las setas.

Porque era otoño.

Antisanchistus repentinitus.

Especie española.

Brota en ministerios.

En redacciones.

En diputaciones.

En consejos.

En pasillos.

En estudios de televisión.

Hasta ayer:

—Pedro es imprescindible.

Hoy:

—Siempre tuve algunas discrepancias.

Mañana:

—Nunca fui sanchista.

Pasado:

—Intenté frenarlo.

¡Cuántos héroes!

¡Cuántos resistentes!

Ministros resistentes.

Diputados resistentes.

Asesores resistentes.

Periodistas resistentes.

Todos luchando heroicamente
contra el sanchismo

desde dentro del sanchismo.

Con sueldo.

Con despacho.

Con coche.

Con chófer.

Con tertulia.

Con columna.

Heroísmo
con aire acondicionado.


Y comenzó
la mudanza lingüística.

Primero:

—Pedro.

Después:

—El presidente.

Luego:

—Pedro Sánchez.

Más tarde:

—Sánchez.

Después:

—El secretario general.

Luego:

—La anterior dirección.

Finalmente:

—Ese señor.

La distancia política
se mide en nombres propios.

Cuando desaparece
el nombre de pila,

busquen chalecos salvavidas.


Y los trovadores también
empezaron a bajar el tono.

Antes:

—Una decisión valiente.

Después:

—Una decisión arriesgada.

Antes:

—Una estrategia brillante.

Después:

—Una apuesta personal.

Atención.

Cuando aparece
«apuesta personal»,

el laudista ya está
guardando el instrumento.


Y alguien pregunta:

—¿Renegarán?

¿Harán como San Pedro?

¿Una vez?

¿Dos?

¿Tres?

Antes de que cante el gallo.

—¿Usted defendió a Sánchez?

—No lo conozco.

—Pero lleva ocho años
cantando sus virtudes.

—No sé de qué me habla.

Primer gallo.

¡Quiquiriquí!

—Aquí están sus columnas.

—Fuera de contexto.

Segundo gallo.

¡Quiquiriquí!

—Aquí dijo usted
que era un estadista.

—Licencia periodística.

Tercer gallo.

¡QUIQUIRIQUÍ!

Y el huerto de los olivos
se queda pequeño
para tanto San Pedro
repentino.


Mientras tanto,

otros nombres
rondan el escenario.

Cerdán.

Ábalos.

Koldo.

Aldama.

Viejos hombres de confianza.

Antiguos compañeros.

Amigos.

Ex amigos.

Conocidos.

Ex conocidos.

Porque la amistad política
tiene una vida media
más corta
que un yogur abierto.

Ayer:

—Santos.

Hoy:

—Cerdán.

Mañana:

—El antiguo secretario.

Pasado:

—Ese señor.


¿Y si uno canta?

¿Y si otro recuerda?

¿Y si alguien conserva
un mensaje?

¿Un audio?

¿Un papel?

¿Una fecha?

¿Un nombre?

Entonces aparece
el canario.

El viejo canario
de la mina.

Sólo que aquí
el peligro no empieza
cuando muere.

Empieza

cuando canta.

—Pío.

Silencio.

—Pío, pío.

Sudores.

—PÍO, PÍO.

¡Tapad la jaula!


¿Quién será?

¿Cerdán?

¿Ábalos?

¿Koldo?

¿Aldama?

¿Otro?

¿Un empresario?

¿Un colaborador?

¿Un chófer?

¿Una secretaria?

¿Una acompañante?

¿Un viejo amigo?

¿Un enemigo nuevo?

No se sabe.

Y ahí está la gracia.

El miedo
no necesita
que el canario cante.

Basta con sospechar
que puede hacerlo.


¿Y Marlaska?

Juez.

Ministro.

Interior.

Policías.

Guardias civiles.

Información.

Secretos.

Años de secretos.

—Ministro,
¿qué sabe usted?

—¿Sobre qué?

¡Magnífica respuesta!

¿Sobre qué?

Dos palabras
capaces de llenar
todo un teatro.


Y entonces,

Pegasus.

El caballo alado.

Pegasus no canta.

Galopa.

Madrid.

Estrecho.

Rabat.

Madrid.

No comparece.

No concede entrevistas.

No escribe memorias.

No pide inmunidad.

No explica nada.

Simplemente

galopa.

Galopa.

Galopa.

Los teléfonos de Sánchez y otros ministros fueron objeto de la investigación española sobre Pegasus; la causa volvió a archivarse en enero de 2026 porque no pudo atribuirse la autoría a una persona concreta.

¿Qué se llevaron?

¿Mensajes?

¿Conversaciones?

¿Documentos?

¿Nombres?

¿Secretos?

No sabemos.

Y ahí está
la broma macabra.

El ladrón sabe
lo que robó.

El robado sólo sabe
que alguien puede tenerlo.


Y mientras Pegasus galopa,

Aldama declara.

Cerdán sigue bajo investigación.

Ábalos y Koldo siguen unidos
a un paisaje judicial
que no ha desaparecido.
Aldama declaró en julio de 2026 en la pieza secreta que investiga posibles irregularidades en pagos en metálico del PSOE.

Y sobre el escenario
nadie sabe
quién recordará qué.

Quién guardó qué.

Quién se sintió abandonado.

Quién dejará de sentirse obligado
por las antiguas lealtades.

Y eso basta.

Porque el antiguo enemigo
quiere derrotarte.

Pero el antiguo amigo
quiere explicarse.

Y un antiguo amigo
con memoria

es un personaje
mucho más peligroso.


Los buitres bajan.

Una vuelta.

Otra.

Otra.

—¿Bajamos?

—Todavía no.

—Pero huele.

—Mucho.

—¿A qué?

—A miedo.

—¿Más?

—A canario.

—¿Más?

—A gallo.

—¿Más?

—A caballo alado.

—¿Más?

—A setas.

—¿Y?

El buitre viejo sonríe.

—A gente
preparando sus memorias.


Y entonces,

cuando todo el mundo
continúa viendo maravillas,

cuando la prosperidad baila
sin que nadie la toque,

cuando la transparencia
hace piruetas invisibles,

cuando el rey desnudo
recibe otra ovación,

cuando Narciso besa
su reflejo,

cuando Dorian pone
otro candado al desván,

cuando Fausto busca
la cláusula de rescisión,

cuando la madrastra amenaza
al espejo,

cuando los trovadores
ensayan otro estribillo,

cuando el gallo
empieza a aclararse la garganta,

cuando el canario
abre el pico,

cuando Pegasus galopa,

cuando los buitres
descienden otro poco…

ENTRA EL FURRIEL.


El furriel.

El hombre
que viene de fuera.

El que no ha recibido
el argumentario.

El que no sabe
que hay que fingir.

El que mira
la manta.

Mira a Chanfalla.

Mira a Chirinos.

Mira al rey desnudo.

Mira a los trovadores.

Mira a los ministros.

Mira a los tertulianos.

Mira el escenario.

Y pregunta:

—¿Pero qué demonios
estáis viendo?

Silencio.

—¡Las maravillas!

—Yo no veo nada.

Escándalo.

—¡Hereje!

—¡Enemigo!

—¡Negacionista del retablo!

—¡Desinformador!

El furriel mira otra vez.

Nada.

Una manta.

Dos pícaros.

Cincuenta cortesanos.

Cien trovadores.

Y un hombre
preguntando al espejo
si sigue siendo
el más hermoso.

—Estáis todos locos.

Y echa mano.

No necesita espada.

Le basta
la realidad.

¡ZAS!

Primer gorrazo:

—¡Esto no existe!

¡ZAS!

—¡Eso tampoco!

¡ZAS!

—¡El rey va desnudo!

¡ZAS!

—¡El retablo está vacío!

¡ZAS!

—¡El espejo os miente!

¡ZAS!

—¡Abrid el desván!

¡ZAS!

—¡Leed el contrato de Fausto!

¡ZAS!

—¡Escuchad al canario!

¡ZAS!

—¡Dejad de llamar maravilla
a una manta!


Y se arma
la de Cervantes.

Corre Chanfalla.

Corre Chirinos.

Corre el ministro.

Corre el asesor.

Corre el tertuliano.

Corre el trovador.

Corre el que ayer decía:

—Pedro o el caos.

Y mientras corre grita:

—¡Yo nunca fui sanchista!

Otro pierde el sombrero.

—¡Yo siempre fui crítico!

Otro salta
por una ventana.

—¡Yo se lo advertí!

Otro arranca
la insignia.

—¡Ni siquiera lo conocía!

Y el gallo:

QUIQUIRIQUÍ.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y San Pedro
se queda corto.

Porque en aquella noche
reniegan legiones.


El rey desnudo
busca pantalones.

Dorian busca
el retrato.

Fausto busca
un abogado.

Narciso busca
otro estanque.

La madrastra
rompe el espejo.

Chanfalla recoge
la manta.

Chirinos cuenta
la recaudación.

Los trovadores
cambian de partitura.

El canario canta.

Pegasus galopa.

Y el guapo,

por primera vez,

ha perdido
el tumbao.

Tac.

…

Tac.

…

Tac.

Ya no suena igual.


El furriel mira arriba.

Ve los buitres.

—¿Qué esperáis?

El más viejo responde:

—El final.

—Ya terminó la función.

El buitre niega.

—Todavía no.

—¿Qué falta?

—Lo mejor.

—¿Qué?

—Que todos los que aplaudían
juren que nunca estuvieron
en el teatro.

El furriel sonríe.

Y espera.

Porque sabe
que llegará.

Llegará el antiguo ministro.

Llegará el antiguo asesor.

Llegará el antiguo aliado.

Llegará el antiguo columnista.

Llegará el antiguo tertuliano.

Llegará el antiguo trovador.

Todos diciendo:

—Yo nunca fui de ésos.

Y el gallo,

cansado ya,

volverá a cantar.


Entonces los buitres
abrirán las alas.

Uno preguntará:

—¿Ahora sí?

El viejo olfatea.

A miedo.

A tinta.

A expedientes.

A teléfonos.

A amistades podridas.

A memorias apresuradas.

A conversiones.

A setas.

A incienso de cortesano.

A retrato escondido.

A retablo desmontado.

A poder que ya no huele
como antes.

—Ahora sí.

—¿Por qué?

El viejo buitre
mira hacia la Moncloa.

—Porque ya nadie dice
que no huele.

Y comienzan a bajar.

Despacio.

Muy despacio.

Porque los buitres
no tienen prisa.

No leen sondeos.

No reciben subvenciones.

No van a tertulias.

No conocen
argumentarios.

No distinguen
izquierdas de derechas.

No saben de relatos.

Pero poseen
una sabiduría antiquísima:

huelen a muerto,

huelen la carroña,

huelen la putrefacción,

huelen la inmundicia,

huelen el miedo,

y saben perfectamente

cuándo una corte entera
ha empezado

a pudrirse.

Y a lo lejos,

sobre el Estrecho,

Pegasus

galopa,

galopa,

galopa.

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