UN HOMBRE, UN VOTO… AUNQUE NO SEPA QUÉ ESTÁ VOTANDO

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La democracia del encefalograma plano

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Existe una mentira piadosa sobre la que descansa buena parte de la democracia contemporánea: que basta con contar cabezas para producir decisiones razonables.

No.

Contar cabezas sólo sirve para saber cuántas cabezas hay a cada lado.

La cuestión incómoda consiste en averiguar qué hay dentro de ellas.

España padece un problema que preferimos ocultar detrás de estadísticas escolares, títulos universitarios, teléfonos inteligentes y acceso universal a internet: una parte enorme de la población vive instalada en el analfabetismo funcional.

Sabe leer, pero no comprende bien lo que lee.

Sabe escribir, pero apenas articula un razonamiento complejo.

Recibe información, pero no sabe jerarquizarla.

Escucha cifras, pero carece de instrumentos para interpretarlas.

Tiene opinión sobre todo y conocimiento profundo de casi nada.

Y, sin embargo, cuando llega el día de las elecciones, su juicio político posee exactamente el mismo valor aritmético que el de quien lleva años estudiando, leyendo, contrastando fuentes, siguiendo las cuentas públicas y procurando entender cómo funciona el Estado.

Una papeleta.

Otra papeleta.

Uno a uno.

Empate.

Y hemos decidido considerar esa igualdad numérica no sólo inevitable, sino sagrada.

Ése es el disparate.

No que todos tengan dignidad.

La tienen.

No que todos deban estar protegidos por las mismas leyes.

Deben estarlo.

No que todos sean ciudadanos.

Lo son.

El disparate consiste en pretender que de esa igualdad moral y jurídica se desprende necesariamente una igual capacidad para juzgar asuntos públicos extraordinariamente complejos.

No se desprende.

Ni puede desprenderse.

Un analfabeto funcional sigue siendo una persona digna.

Pero continúa siendo un analfabeto funcional.

Y su incapacidad para comprender una cuestión no desaparece cuando atraviesa la puerta de un colegio electoral.

No ocurre ningún milagro cívico.

No recibe súbitamente conocimientos de economía.

No aprende Derecho Constitucional.

No comprende de pronto qué significa deuda pública, déficit estructural, productividad, demografía, balanza comercial o separación de poderes.

Sigue siendo exactamente la misma persona que era cinco minutos antes.

Sólo que ahora tiene en la mano una papeleta con la que contribuirá a decidir sobre la vida, el patrimonio, los impuestos, la educación, la seguridad y el futuro de quienes quizá conocen bastante mejor las consecuencias de aquello que se está votando.

Y ahí empieza el problema.

LA DICTADURA DEL QUE NO SABE QUE NO SABE

La ignorancia no es el peor defecto.

Todos ignoramos casi todo.

Nadie domina todas las disciplinas.

El verdadero problema comienza cuando el ignorante ignora su ignorancia.

Y empeora cuando adquiere el convencimiento de que su desconocimiento merece exactamente el mismo peso que el conocimiento ajeno.

Ése es el ciudadano perfecto para la demagogia.

No necesita comprender.

Necesita creer.

No necesita argumentos.

Necesita consignas.

No necesita memoria.

Necesita identidad de grupo.

No necesita comparar programas.

Necesita saber quiénes son «los suyos».

Y cuando llega el momento de votar, no elige una política.

Elige una camiseta.

Después llama democracia al resultado.

EL ANALFABETO FUNCIONAL COMO UNIDAD BÁSICA DEL MERCADO ELECTORAL

El político profesional sabe perfectamente dónde está su clientela.

Explicar un sistema fiscal exige esfuerzo.

Prometer una paga cabe en ocho palabras.

Explicar la deuda pública resulta aburrido.

Prometer que «paguen los ricos» produce aplausos.

Explicar que todo gasto tiene coste electoralmente perjudica.

Repartir dinero ajeno proporciona votos.

La demagogia no constituye una anomalía del sistema.

Es uno de sus productos más previsibles.

Porque cuando millones de electores carecen de herramientas suficientes para analizar relaciones causales, el político descubre que la emoción renta más que la explicación.

Y obra en consecuencia.

No persuade.

Estimula.

No razona.

Excita.

No gobierna ciudadanos.

Administra impulsos.

EL ENCEFALOGRAMA PLANO

Un buen amigo mío utiliza una expresión brutal: los españoles con «encefalograma plano».

No se refiere, naturalmente, a una situación clínica.

Se refiere a algo políticamente reconocible.

Al ciudadano que no sabe y tampoco quiere saber.

Al que jamás abre un presupuesto público pero opina sobre todos los impuestos.

Al que desconoce las competencias de cada Administración pero culpa o absuelve según el color del partido.

Al que ignora qué se votó ayer y ya está indignado por lo que le han dicho esta mañana.

Al que recibe un vídeo de treinta segundos y considera terminado su proceso intelectual.

Al que ha sustituido la reflexión por la adhesión.

Al que jamás cambia de opinión porque cambiar exigiría reconocer que quizá estuvo equivocado.

Ese votante constituye oro puro para cualquier aparato político.

Es previsible.

Es dócil.

Es tribal.

Puede ser movilizado mediante miedo, resentimiento, subsidio, propaganda o identidad.

Y cada cuatro años vale exactamente lo mismo que el ciudadano que lleva toda una vida intentando comprender aquello que está votando.

¿POR QUÉ?

Ésta es la pregunta que incomoda.

¿Por qué?

¿Por qué un sistema político que acepta diferencias de capacidad en absolutamente todos los ámbitos considera sacrilegio reconocerlas precisamente en el ámbito donde las decisiones afectan a todos?

Nadie exige igualdad de competencias entre cirujanos.

Nadie entrega un avión a quien jamás ha estudiado aviación.

Nadie permite firmar determinados proyectos sin preparación acreditada.

Pero para decidir quién controlará presupuestos gigantescos, redactará leyes, condicionará libertades y administrará la deuda que pagarán nuestros hijos, basta con cumplir dieciocho años.

No hace falta saber nada.

Absolutamente nada.

Puede ignorarse la Constitución.

Puede ignorarse cómo se financia el Estado.

Puede ignorarse qué instituciones existen.

Puede desconocerse incluso aquello que contiene el programa del partido elegido.

No importa.

La papeleta vale exactamente lo mismo.

Ésa es la gran ficción democrática.

IGUALDAD DE DIGNIDAD NO ES IGUALDAD DE JUICIO

Conviene grabarlo en piedra:

las personas son iguales en dignidad; no son iguales en capacidad.

Negarlo es infantil.

Algunos saben más.

Otros saben menos.

Algunos razonan mejor.

Otros peor.

Algunos se esfuerzan por conocer.

Otros viven voluntariamente instalados en la ignorancia.

Algunos contrastan.

Otros obedecen.

Y una sociedad adulta debería poder reconocer esas diferencias sin escandalizarse.

Lo verdaderamente insultante no es decir que alguien posee menos conocimientos.

Lo insultante es afirmar que décadas de estudio, reflexión y experiencia valen exactamente lo mismo que la más absoluta despreocupación intelectual.

Eso sí degrada el conocimiento.

Eso sí castiga al ciudadano responsable.

Eso sí premia la pereza cívica.

LA DEMOCRACIA NO CONVIERTE EL ERROR EN VERDAD

Hay otra superstición que conviene destruir.

La mayoría puede equivocarse.

Y puede equivocarse estrepitosamente.

La historia está llena de mayorías convencidas de cosas falsas, injustas o suicidas.

Una votación no modifica la realidad.

Dos más dos siguen siendo cuatro aunque veinte millones de ciudadanos voten que son cinco.

La deuda continúa existiendo aunque la mayoría prefiera ignorarla.

Una economía no se vuelve productiva porque un Parlamento apruebe que debería serlo.

Una ley injusta no se convierte en justa porque haya obtenido 176 votos.

La democracia proporciona legitimidad procedimental.

No infalibilidad.

Confundir ambas cosas ha producido una de las religiones civiles más absurdas de nuestro tiempo.

EL GOBIERNO DEL NÚMERO

Nuestra democracia ha terminado confundiendo soberanía popular con soberanía aritmética.

Importa cuántos.

Cada vez importa menos por qué.

El número sustituye al argumento.

La mayoría sustituye a la verdad.

La papeleta sustituye al conocimiento.

Y así terminamos en una sociedad donde el ignorante no necesita dejar de serlo porque su ignorancia carece de coste político.

Puede votar sin saber.

Puede exigir sin calcular.

Puede pedir sin pagar inmediatamente.

Puede creer sin demostrar.

Puede olvidar sin consecuencia.

Y, cuatro años después, puede volver a hacer exactamente lo mismo.

LA GRAN PREGUNTA PROHIBIDA

Quizá haya llegado el momento de formularla sin miedo:

¿Por qué tiene que valer exactamente lo mismo el voto de quien demuestra capacidad para comprender los asuntos públicos que el de quien vive instalado en el analfabetismo funcional?

No existe una respuesta científica.

Existe una decisión política e histórica.

Hemos decidido que sea así.

Podríamos decidir otra cosa.

Podríamos estudiar votos ponderados.

Podríamos exigir conocimientos mínimos.

Podríamos ampliar el uso de consultas con información previa obligatoria.

Podríamos utilizar jurados ciudadanos.

Podríamos introducir voto delegado.

Podríamos establecer mecanismos que premiaran la información y penalizaran la ignorancia voluntaria.

Podemos discutir todas esas posibilidades.

Lo que no deberíamos seguir haciendo es fingir que el modelo vigente es una ley natural.

No lo es.

Es una construcción humana.

Y las construcciones humanas pueden corregirse.

EPÍLOGO: LA DEMOCRACIA DEL ENCEFALOGRAMA PLANO

El problema de España no consiste únicamente en tener malos gobernantes.

Consiste también en que demasiados ciudadanos los eligen sin entender aquello que están eligiendo.

Y eso produce una pregunta desagradable:

¿hasta qué punto puede una democracia mejorar cuando quienes deberían corregirla carecen de criterio suficiente para identificar siquiera sus defectos?

La democracia necesita ciudadanos.

No simples habitantes con derecho a introducir una papeleta en una urna.

Necesita memoria.

Conocimiento.

Desconfianza.

Capacidad crítica.

Responsabilidad.

Y voluntad de pagar las consecuencias de lo que se exige.

Sin esas condiciones, el sufragio universal corre el peligro de convertirse en una gigantesca máquina de sumar ignorancias hasta convertirlas en poder.

Y entonces sucede lo inevitable:

el analfabeto funcional decide sobre el informado;

el subvencionado decide sobre quien paga;

el propagandizado decide sobre quien contrasta;

el sectario decide sobre quien duda;

y el número termina imponiéndose al juicio.

Eso puede llamarse democracia.

Pero que nadie pretenda obligarnos a llamarlo también sabiduría.

Porque una urna puede contar perfectamente los votos.

Lo que jamás podrá hacer es pensar por quienes los depositan.

1 pensamiento sobre “UN HOMBRE, UN VOTO… AUNQUE NO SEPA QUÉ ESTÁ VOTANDO”

  1. Yo pienso:
    1. ¿Qué sentido tiene que puedan decidir el futuro de nuestra Patria VARIOS MILLONES DE ARGENTINOS, la mayoría de los cuales no han pisado nunca España, ni trabajan y pagan impuestos aquí…?
    2. O millones de marroquíes, argelinos, rumanos, que no trabajan ni aportan nada, Y SOLO SON BENEFICIARIOS DE LOS SALARIOS SOCIALES, AYUDAS PÚBLICAS, ETC.
    Obviamente, siempre votarán al que más les dé…, es decir, CON EL ESTÓMAGO.

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