Israel y España: dos pueblos, una misma leyenda negra y el mismo modus operandi
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN
Hay algo extraordinariamente singular en la manera en que España y los judíos han sido y siguen siendo presentados ante el mundo.
Durante generaciones se ha construido alrededor de ambos una imagen que los sitúa, de una manera u otra, como pueblos asociados al mal: a la opresión, a la violencia, a la explotación, a la dominación, a la desgracia ajena.
No simplemente como pueblos que han participado en acontecimientos históricos controvertidos, sino como pueblos cuya propia trayectoria parece poder resumirse en el daño causado a los demás.
Ésa es la verdadera dimensión de la cuestión.
Convertir a un pueblo en una explicación del mal.
Y hacerlo mientras se aparta de la memoria todo aquello que demuestra exactamente lo contrario: todo lo que ese pueblo ha creado, descubierto, pensado, construido y aportado a la humanidad.
Porque España y los judíos no han sido precisamente pueblos irrelevantes para la historia.
Han aportado muchísimo.
Enormemente.
En la cultura, en el pensamiento, en la ciencia, en el arte, en la literatura, en el derecho, en la medicina, en la exploración, en el conocimiento y en innumerables aspectos de la vida humana.
Sin embargo, cuando se escucha determinado relato histórico, parecería que todo eso apenas existió.
España aparece como conquista, Inquisición, crueldad y colonialismo.
Los judíos aparecen como conflicto, poder, dinero, conspiración o dominación.
Israel aparece como la encarnación contemporánea de todos los males que determinados discursos necesitan explicar.
El pueblo desaparece y queda la acusación.
Y ahí está el modus operandi.
No se trata de construir una mentira completa desde cero.
Se trata de construir una imagen.
Se toma aquello que sirve.
Se amplifica.
Se repite.
Se generaliza.
Se convierte en característica del conjunto.
Y, al mismo tiempo, se hace desaparecer todo aquello que contradice la imagen construida.
Hasta que llega un momento en que ya no se dice simplemente que determinados españoles hicieron determinadas cosas.
Se habla de España.
Ya no se habla de determinados judíos.
Se habla de los judíos.
Ya no se habla de una decisión concreta de un Gobierno israelí.
Se habla de Israel como si el nombre de un Estado pudiera convertirse en una categoría moral absoluta.
Ése es el salto decisivo.
Del hecho al pueblo.
De la persona a la identidad.
De la historia a la condena.
Y entonces ocurre algo todavía más grave: la historia deja de servir para conocer a un pueblo y empieza a servir para justificar el desprecio hacia él.
Porque si sólo se muestra aquello que permite acusar, y se elimina sistemáticamente aquello que permite comprender, admirar o reconocer, el resultado ya está decidido antes de empezar a contar la historia.
No se busca conocer al pueblo.
Se busca demostrar que es culpable.
Y una vez aceptada esa premisa, cualquier hecho puede incorporarse a la acusación.
Si España conquista, la conquista demuestra su maldad.
Si España combate, la guerra demuestra su maldad.
Si España crea un imperio, el imperio demuestra su maldad.
Pero si España crea universidades, produce literatura, desarrolla pensamiento jurídico, realiza descubrimientos, crea arte, expande una lengua y participa decisivamente en la formación del mundo moderno, todo eso deja de formar parte de la imagen.
Se vuelve invisible.
Lo mismo ocurre cuando el judío deja de ser visto como un ser humano concreto y pasa a representar aquello que el prejuicio necesita que represente.
Y lo mismo ocurre cuando Israel deja de ser contemplado como un Estado concreto, con una historia concreta, y pasa a convertirse en el símbolo universal de todo aquello que determinados sectores quieren condenar.
Ésa es la trampa.
Primero se fabrica la imagen.
Después se seleccionan los hechos que la confirman.
Finalmente se olvida todo lo demás.
Y así nace una leyenda negra.
No porque todo lo que contiene sea inventado.
Sino porque la verdad ha sido mutilada hasta que sólo queda aquello que permite condenar.
El caso español
La Leyenda Negra contra España constituye uno de los ejemplos históricos más claros de este procedimiento.
España fue presentada durante siglos como una potencia especialmente cruel, fanática, intolerante y depredadora.
Y esa imagen terminó sobreviviendo incluso cuando las circunstancias históricas que la habían alimentado habían desaparecido.
Lo extraordinario no es que España tuviera poder.
Lo extraordinario es que se construyera alrededor de ese poder una representación moral que todavía hoy permite presentar a los españoles como si tuvieran que responder colectivamente por acontecimientos ocurridos siglos atrás.
Mientras tanto, buena parte de lo que España aportó al mundo queda relegado.
La literatura.
La lengua.
La pintura.
La arquitectura.
La música.
El pensamiento.
El derecho.
Las universidades.
La navegación.
La exploración.
La ciencia.
La creación de vínculos permanentes entre continentes.
Todo eso forma parte de la historia de España.
Y, sin embargo, hay relatos en los que España parece haber pasado por la historia únicamente para hacer daño.
Eso no es historia. Es una caricatura histórica.
El caso judío
Con los judíos el fenómeno alcanza una profundidad todavía mayor.
Durante siglos se les ha atribuido una lista interminable de males.
Se les acusó de ser responsables de epidemias.
De conspirar.
De dominar.
De explotar.
De traicionar.
De corromper.
De controlar.
Las acusaciones cambiaban según la época.
El mecanismo permanecía.
El judío dejaba de ser una persona.
Se convertía en una explicación.
Y cuando un grupo humano es convertido en explicación de los males de los demás, cualquier acontecimiento puede acabar utilizándose contra él.
Ésa es la esencia del antisemitismo.
No necesita que todos los judíos hayan hecho algo.
Necesita que el judío, por el simple hecho de serlo, pueda ser presentado como responsable.
Y esa lógica puede sobrevivir incluso cuando cambian completamente las circunstancias históricas.
Israel y la actualización de una vieja lógica
Hoy esa vieja maquinaria puede encontrar un nuevo lenguaje alrededor de Israel.
Un Gobierno puede ser criticado.
Un ejército puede ser criticado.
Una decisión política puede ser denunciada.
Pero determinadas corrientes van mucho más allá.
Israel deja de ser un Estado.
Se convierte en una categoría moral.
Y de ahí se produce fácilmente el siguiente desplazamiento:
Israel → israelíes → judíos.
La acusación deja de dirigirse contra una decisión concreta y termina alcanzando a una identidad.
El viejo mecanismo vuelve a funcionar.
Cambia el vocabulario.
No cambia la estructura.
Se necesita un culpable colectivo.
Y una vez construido, todo parece confirmar la acusación.
Lo que tiene que desaparecer para que la leyenda funcione
Pero una leyenda de este tipo necesita algo más que acusaciones.
Necesita olvido.
Porque resulta muy difícil presentar como esencialmente dañino a un pueblo cuando se mantiene visible todo lo que ha aportado.
Por eso hay que reducirlo.
Silenciarlo.
Apartarlo.
Convertirlo en una nota marginal.
España tiene que quedar reducida a sus conquistadores.
Los judíos, a los estereotipos construidos sobre ellos.
Israel, a las acciones que sirven para mantener la acusación.
Y todo lo demás debe perder importancia.
Ésa es la condena al olvido.
La damnatio memoriae.
No basta con atacar la reputación de un pueblo.
Hay que conseguir que las generaciones futuras no recuerden aquello que podría contradecir la acusación.
Porque si sólo queda una versión de la historia, esa versión acaba pareciendo la verdad completa.
Y aquí aparece la pregunta que nadie quiere hacer
¿De verdad España y los judíos constituyen la excepción moral de la historia humana?
¿De verdad fueron ellos quienes hicieron del mundo un lugar peor mientras los demás pueblos se limitaban a construir civilización, prosperidad y justicia?
¿Dónde están entonces las conquistas de los demás imperios?
¿Dónde están sus guerras?
¿Dónde está su esclavitud?
¿Dónde están sus persecuciones?
¿Dónde están sus matanzas?
¿Dónde están sus abusos?
¿Dónde están sus imperios?
¿Dónde está su responsabilidad histórica?
La historia de la humanidad está llena de pueblos que conquistaron, dominaron, combatieron, esclavizaron, expulsaron y destruyeron.
Y también está llena de pueblos que crearon, inventaron, construyeron y aportaron.
Así ha sido siempre la historia humana.
La singularidad no está en que España o los judíos tengan una historia.
La singularidad está en que se haya conseguido convertirlos en objetos de una denigración tan persistente que sus aportaciones quedan eclipsadas por una acusación prácticamente permanente.
El verdadero modus operandi
Éste es el procedimiento:
Se escoge un pueblo.
Se selecciona todo aquello que puede utilizarse contra él.
Se exagera.
Se generaliza.
Se transforma lo particular en esencia.
Se borra aquello que contradice la imagen.
Y finalmente se presenta al pueblo entero como el problema.
Ahí está la verdadera semejanza entre la Leyenda Negra española y determinadas formas de antisemitismo contemporáneo.
No en que sus historias sean iguales.
No en que sus circunstancias sean iguales.
Sino en que el procedimiento para fabricar al culpable puede ser extraordinariamente parecido.
Y cuando el procedimiento triunfa, ya no importa lo que haga el individuo.
Lleva la culpa consigo.
No por sus actos.
Por su pertenencia.
El último paso
Y entonces llega el último paso.
Si un pueblo ha sido presentado durante generaciones como fuente de males…
si se han borrado sus aportaciones…
si se ha convertido su historia en una acusación…
si se ha hecho responsable a sus miembros actuales de lo que hicieron otros hace siglos…
si se ha convertido su identidad en sospechosa…
entonces aparece la conclusión más extrema:
el problema es el propio pueblo.
Y si el pueblo es el problema, la solución puede terminar siendo su desaparición.
No hace falta decir siempre “desapareced”.
Puede decirse de otras maneras.
Renunciad a vuestra identidad.
Renunciad a vuestra memoria.
Renunciad a vuestra historia.
Renunciad a vuestra existencia colectiva.
Aceptad que vuestra presencia es una carga para los demás.
El resultado intelectual es el mismo:
vosotros debéis pagar eternamente por existir.
Y ése es precisamente el punto en el que la denuncia histórica se convierte en condena colectiva.
España y los judíos no tienen que desaparecer de la historia
Al contrario.
Tienen que recuperar su historia completa.
No la historia fabricada por sus enemigos.
No la historia reducida a aquello que permite acusarlos.
La historia entera.
La España que creó, pensó, navegó, escribió, investigó, construyó y transformó el mundo.
El pueblo judío que sobrevivió a siglos de persecución y, al mismo tiempo, produjo una cantidad extraordinaria de conocimiento, cultura, ciencia y pensamiento.
Todo eso forma parte de la historia de la humanidad.
Y nadie tiene derecho a borrarlo para que encaje una acusación.
Porque ésa es, en definitiva, la forma más eficaz de denigrar a un pueblo:
no demostrar que sólo ha hecho el mal, sino conseguir que el mundo olvide todo el bien que ha hecho.
Y cuando se consigue eso, la mentira ya no necesita inventar nada.
Le basta con controlar qué recuerda la gente.
Ésa es la verdadera damnatio memoriae.
Ésa es la verdadera leyenda negra.
Y ése es el modus operandi que merece ser denunciado.