LA GRAMÁTICA NO SE VOTA EN EL PARLAMENTO
O cómo el centroderecha descubrió que también podía hacer el ridículo con lenguaje inclusivo.

Hubo un tiempo en que algunos ingenuos pensábamos que, cuando el centroderecha llegara a determinadas instituciones, se dedicaría a desmontar una parte del tinglado ideológico acumulado durante años.
Qué tiempos aquellos.
Qué candidez.
Qué enternecedor optimismo.
Uno imaginaba que cambiarían ciertas políticas, que adelgazarían algunos organismos, que revisarían determinadas ocurrencias, que dejarían de tratar al ciudadano como a un menor de edad necesitado de reeducación permanente.
Pero no.
En demasiadas ocasiones el centroderecha llega al poder, contempla maravillado el decorado construido por la izquierda, acaricia los muebles, prueba los sillones y concluye:
—Pues tampoco está tan mal.
Y se instala.
No desmonta.
Administra.
No corrige.
Gestiona.
No cuestiona el invento.
Lo incorpora al presupuesto.
Y cuando ya se ha acomodado convenientemente, incluso le añade un logotipo nuevo y organiza unas jornadas sobre buenas prácticas.
La historia del lenguaje políticamente correcto constituye un ejemplo magnífico.
Porque resulta que ya no basta con gobernar carreteras, hospitales, escuelas, presupuestos y procedimientos administrativos.
Ahora también hay que vigilar la gramática.
No vaya a ser que el participio se nos vuelva machista.
EL MINISTERIO DE LA CONCORDANCIA
En algún despacho administrativo alguien ha llegado a la conclusión de que la igualdad entre hombres y mujeres depende, al menos en parte, de que los funcionarios aprendan a escribir de determinada manera.
Magnífico.
Ya tenemos al Estado ocupándose de nuestra sintaxis.
Era cuestión de tiempo.
Primero regulamos el urbanismo.
Después la energía.
Después el tabaco.
Después las bolsas de plástico.
Y finalmente llegamos a lo verdaderamente importante:
el género de los sustantivos.
No sabemos todavía si habrá inspectores.
Quizá todo se ande.
Un funcionario podría presentarse en cualquier momento:
—Buenos días. Inspección General de Concordancia Inclusiva.
—¿Qué sucede?
—Ha escrito usted «los ciudadanos».
—Sí.
—¿Y las ciudadanas?
—También están incluidas.
—Eso lo dirá usted.
Acta levantada.
Tres puntos menos en igualdad.
Curso obligatorio.
Veinte horas de reeducación nominal.
Y examen final sobre el uso responsable del participio.
No demos ideas.
UNA MESA NO ES UNA SEÑORA
La primera cuestión que debería aclararse en estos cursos revolucionarios es bastante sencilla:
el género gramatical no es el sexo.
Una mesa es femenina.
Pero, que sepamos, no es mujer.
Un sofá es masculino.
Pero tampoco se le conocen cromosomas XY.
Una persona puede ser un señor.
Una víctima puede llamarse Paco.
Una criatura puede ser un niño.
Una autoridad puede ser un varón.
Una eminencia puede tener bigote.
Una bestia puede ser macho.
Y una celebridad también.
La lengua está llena de estas extravagancias.
Debe de ser porque fue diseñada antes de que existieran consultoras de igualdad.
Qué irresponsabilidad.
Decimos:
«Todas las personas estaban contentas».
Aunque se trate de veinte señores.
Decimos:
«Las víctimas fueron trasladadas al hospital».
Aunque las víctimas se llamen Antonio, José, Luis y Manolo.
Decimos:
«¡Qué criatura tan bonita!».
Aunque el bebé sea niño.
Y, sorprendentemente, ninguno de ellos sufre una crisis de identidad gramatical.
La razón es sencilla:
porque las personas normales entienden el idioma sin necesidad de asesoramiento ideológico.
EL TERRIBLE CASO DE «TODOS»
El masculino genérico se ha convertido en uno de los grandes sospechosos de nuestro tiempo.
Casi un delincuente lingüístico.
Una especie de Al Capone de la morfología.
Dice alguien:
«Todos los españoles son iguales ante la ley».
Y de inmediato aparece un alma vigilante:
—¿Todos?
—Sí, todos.
—¿Y todas?
—También.
—Pues dígalo.
—Ya lo he dicho.
—No, ha dicho «todos».
—Que incluye a todos.
—¿También a todas?
—Sí.
—Pues entonces diga «todos y todas».
—¿Y por qué?
—Porque si no, las invisibiliza.
Curiosamente, las mujeres habían conseguido sobrevivir durante siglos sin ser conscientes de que cada vez que alguien decía «los españoles» desaparecían temporalmente del universo.
Menudo descuido histórico.
Generaciones enteras de mujeres creyeron que estaban incluidas.
Ahora sabemos que no.
Afortunadamente han llegado los manuales.
EL MILAGRO DE DUPLICARLO TODO

El desdoblamiento sistemático constituye una de las cumbres del pensamiento contemporáneo.
Donde antes decíamos:
«Los trabajadores tienen derecho al descanso».
ahora podemos decir:
«Los trabajadores y las trabajadoras tienen derecho al descanso».
Mucho mejor.
La frase ha crecido un treinta por ciento.
La igualdad, previsiblemente, también.
Si continuamos así, podremos alcanzar la justicia universal mediante ampliaciones de texto.
«Los ciudadanos y las ciudadanas, los vecinos y las vecinas, los trabajadores y las trabajadoras, los usuarios y las usuarias, los españoles y las españolas…»
Al llegar al final de la oración, el auditorio habrá olvidado el verbo.
Pero estará incluido.
Eso es lo importante.
La información es secundaria.
La visibilidad, primordial.
Quizá dentro de poco los discursos parlamentarios necesiten una pausa publicitaria en medio de cada sujeto.
PERSONAS Y PERSONOS
El problema comienza cuando uno toma en serio la propia lógica del sistema.
Se nos dice que «los usuarios» puede invisibilizar a las mujeres.
Muy bien.
Entonces se propone:
«las personas usuarias».
Excelente solución.
Hemos sustituido un masculino genérico por…
un femenino genérico.
Maravilloso.
La igualdad avanza de victoria en victoria.
Pero surge una duda.
Si una mujer puede sentirse excluida de «los usuarios» porque «usuarios» es masculino, ¿por qué un hombre no puede sentirse excluido de «las personas usuarias» si «persona» es femenino?
¿Dónde está el protocolo de protección del varón personificado?
¿Habrá que decir:
«las personas y los personos»?
Y ya puestos:
«las víctimas y los víctimos»;
«las criaturas y los criaturos»;
«la gente y el gento»;
«la ciudadanía y el ciudadanío».
No parece muy serio.
Pero ésa es precisamente la cuestión.
Cuando una premisa conduce de manera lógica al disparate, quizá convenga revisar la premisa.
No inventar un departamento.
EL DRAMA DEL PEDIATRA
También resulta fascinante la obsesión por convertir cualquier terminación de palabra en una cuestión de justicia social.
Algunas profesiones tienen formas diferenciadas:
médico, médica;
ingeniero, ingeniera;
abogado, abogada;
ministro, ministra.
Perfecto.
Nadie discute eso.
Pero otras palabras son comunes en cuanto al género:
periodista;
artista;
pediatra;
atleta;
especialista;
economista;
dentista.
Y ahí la lengua vuelve a mostrar su lado reaccionario.
Porque decimos:
«el periodista».
No «el periodisto».
«El pediatra».
No «el pediatro».
«El atleta».
No «el atleto».
Afortunadamente.
Imagine el lector:
—¿Qué profesión tiene usted?
—Soy pediatro.
Probablemente el problema ya no sería la igualdad, sino conseguir que el interlocutor dejara de reírse.
LA CONSPIRACIÓN DE LAS JIRAFAS
Los animales tampoco colaboran demasiado con la causa.
Hay león y leona.
Perro y perra.
Lobo y loba.
Pero tenemos:
la jirafa macho;
la jirafa hembra.
Nadie dice «jirafo».
Y tenemos:
el lince macho;
el lince hembra.
No «lincesa».
La zoología está llena de desigualdades terminológicas.
Extraña que todavía no se haya creado un observatorio.
Podría llamarse:
Observatorio Estatal para la Perspectiva de Género en la Denominación de Fauna Vertebrada.
Presupuesto inicial: cuatro millones.
Dirección general.
Subdirección.
Unidad de estudios.
Tres asesores.
Dos jornadas anuales.
Una memoria de actividades de 380 páginas.
Y al final seguiríamos diciendo «jirafa».
España administrativa en estado puro.
LA LENGUA EVOLUCIONA; EL BOLETÍN OFICIAL NO TANTO
Naturalmente, las lenguas cambian.
Lo han hecho siempre.
Cambian porque millones de personas hablan.
Porque unas palabras se imponen y otras desaparecen.
Porque una generación introduce expresiones nuevas.
Porque los escritores juegan con el idioma.
Porque cambian las costumbres.
Porque cambia la realidad.
Lo divertido empieza cuando una Administración piensa que puede acelerar el proceso mediante instrucciones.
La lengua evoluciona.
El burócrata reglamenta.
Son fenómenos distintos.
Una palabra no se vuelve natural porque aparezca en una guía con el logotipo de una consejería.
Ni una expresión se vuelve espontánea porque una comisión la recomiende.
Ni una construcción deja de resultar ridícula porque haya pasado por tres reuniones, dos informes y una memoria de impacto de género.
La lengua pertenece a los hablantes.
Pero ésa es una idea bastante incómoda para quienes creen que todo lo humano necesita supervisión administrativa.
LA INDUSTRIA DEL ADJETIVO «INCLUSIVO»
Vivimos una época extraordinaria.
Añada usted la palabra «inclusivo» a cualquier sustantivo y automáticamente obtiene una política pública.
Lenguaje inclusivo.
Urbanismo inclusivo.
Deporte inclusivo.
Comunicación inclusiva.
Turismo inclusivo.
Transporte inclusivo.
Participación inclusiva.
Presupuestos inclusivos.
Probablemente acabaremos teniendo rotondas inclusivas.
Y papeleras con perspectiva de género.
Lo importante es que cada nuevo adjetivo exige:
un plan;
un protocolo;
un comité;
una estrategia;
una guía;
un curso;
unos indicadores;
una evaluación;
una memoria final.
Y ahí encontramos quizá una de las grandes leyes de la Administración contemporánea:
donde hay un problema pequeño, siempre puede construirse una burocracia grande.
EL BENDITO BUROCRATÉS
Lo irónico es que las Administraciones españolas sí tienen un gravísimo problema lingüístico.
Pero no es el masculino genérico.
Es que escriben fatal.
Un ciudadano recibe una notificación administrativa y, en ocasiones, necesita sentarse.
No por el contenido.
Por la sintaxis.
Párrafos de doce líneas.
Cinco subordinadas.
Tres referencias legales.
Dos «en virtud de».
Cuatro «sin perjuicio de».
Un «procediéndose a».
Y un misterioso «a los efectos oportunos».
¿Qué efectos?
Los oportunos.
¿Y cuáles son?
Los efectos.
Perfecto.
Eso sí que merecería cursos.
Cómo escribir para que un ser humano entienda lo escrito.
Cómo redactar una multa sin convertirla en una tesis doctoral.
Cómo explicar una ayuda.
Cómo indicar un plazo.
Cómo decir «no» sin utilizar 426 palabras.
Pero eso debe de ser demasiado práctico.
Es mucho más estimulante organizar seminarios sobre si «los usuarios» presenta suficiente sensibilidad.
EL CENTRODERECHA DESCUBRE LA REVOLUCIÓN
Y llegamos finalmente a la parte más cómica.
El centroderecha.
Durante años promete cambiar las cosas.
Critica excesos.
Denuncia imposiciones.
Se burla del lenguaje artificial.
Proclama que va a devolver el sentido común a las instituciones.
Llega al poder.
Se sienta.
Mira alrededor.
Y dice:
—Bueno, tampoco hace falta ponerse nerviosos.
Después conserva un organismo.
Después un protocolo.
Después una subvención.
Después una guía.
Después un observatorio.
Y al cabo de unos años resulta imposible distinguir el desmontaje del mantenimiento.
Es una habilidad política extraordinaria:
gobernar contra aquello que uno criticaba, aplicándolo.
EL MIEDO A QUE TE LLAMEN FASCISTA ANTES DEL DESAYUNO
Parte del problema tiene una explicación sencilla.
El centroderecha español vive pendiente de no ser considerado demasiado de derechas.
Tiene auténtico pavor.
Si alguien desde la izquierda levanta una ceja, inmediatamente comienza el proceso de rectificación.
—Eso que propone usted es reaccionario.
—¡No, no, por favor! Nosotros también tenemos plan de igualdad.
—Pero les falta perspectiva de género.
—La incorporamos.
—Y lenguaje inclusivo.
—También.
—Y formación transversal.
—Enseguida.
—Y observatorio.
—¿Con cuántos asesores?
Al final, el adversario no necesita ganar las elecciones.
Le basta con redactar el vocabulario.
LA DERECHA QUE PIDE PERMISO PARA DISCREPAR
Ése es quizá el fenómeno más fascinante.
Una parte del centroderecha no discute las premisas culturales de la izquierda.
Pide permiso para introducir pequeñas modificaciones.
Acepta previamente que determinadas palabras son moralmente superiores.
Acepta que ciertas políticas representan necesariamente el progreso.
Acepta que discrepar de ellas exige justificarse.
Y después intenta gobernar dentro de esos límites.
Es como presentarse a un partido de fútbol aceptando que el contrario coloque ambas porterías.
El resultado suele ser previsible.
Puede ganar algún encuentro.
Pero el campeonato intelectual lo ha perdido antes de empezar.
¿PARA ESTO HACÍA FALTA CAMBIAR DE GOBIERNO?
El ciudadano tiene derecho a preguntar:
¿para qué sirve votar una alternativa si esa alternativa conserva las mismas categorías ideológicas?
Si los organismos permanecen.
Si los planes permanecen.
Si la pedagogía institucional permanece.
Si el vocabulario permanece.
Si la obsesión reeducadora permanece.
¿Qué ha cambiado?
Los nombres de los responsables.
Los retratos de los despachos.
Quizá el catering de las jornadas.
No parece una revolución.
Ni siquiera una reforma.
Se parece bastante a un relevo de administradores.
IGUALDAD REAL, NO LITURGIA
La igualdad entre hombres y mujeres es demasiado importante como para reducirla a este juego.
Igual salario por igual trabajo.
Igualdad ante la ley.
Igualdad de oportunidades.
Libertad individual.
Protección frente a discriminaciones reales.
Eso importa.
Que un formulario diga «los usuarios» o «las personas usuarias», bastante menos.
Una mujer no mejora su vida porque un departamento haya corregido un masculino genérico.
No cobra más.
No encuentra antes empleo.
No obtiene una vivienda.
No concilia mejor.
No recibe una pensión superior.
Pero alguien habrá redactado el protocolo.
Otro habrá impartido el curso.
Otro habrá evaluado el curso.
Otro habrá preparado la memoria del curso.
Y todos habrán trabajado muchísimo por la igualdad del sustantivo.
LA MAYOR REVOLUCIÓN: DEJAR DE HACER TONTERÍAS
Quizá la política española necesita una revolución verdaderamente audaz.
No crear algo.
Suprimirlo.
Imagínese.
Un político llega a un despacho, encuentra un protocolo absurdo y dice:
—Esto no sirve para nada. Se elimina.
Pánico.
—¿Y qué creamos en su lugar?
—Nada.
Silencio.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Ni una comisión?
—No.
—¿Ni un grupo de trabajo?
—No.
—¿Ni una estrategia transversal?
—Tampoco.
—¿Y una jornada de sensibilización?
—Menos todavía.
Sería casi subversivo.
La política contemporánea ha llegado a tal grado de hipertrofia que no hacer una tontería empieza a parecer una política revolucionaria.
DEJEN EN PAZ AL ESPAÑOL
La Administración tiene suficientes problemas reales.
Listas de espera.
Educación.
Fiscalidad.
Justicia lenta.
Deuda.
Vivienda.
Seguridad.
Burocracia.
Dependencia.
Infraestructuras.
Puede elegir.
Hay trabajo.
Mucho.
No necesitamos que además se ocupe de salvarnos de los plurales masculinos.
La lengua española ha sobrevivido a reyes, repúblicas, guerras, invasiones, revoluciones, dictaduras, constituciones y gobiernos de todos los colores.
Probablemente sobrevivirá también a los manuales de lenguaje inclusivo.
Tiene experiencia.
Y UNA PETICIÓN FINAL AL CENTRODERECHA
Señores del centroderecha:
No hace falta que demuestren todos los días que son personas estupendas.
Ya lo iremos viendo.
No necesitan pedir a la izquierda un certificado de moderación.
No se lo va a dar.
Nunca.
Pueden redactar cien planes de igualdad.
Aprobar doscientas guías inclusivas.
Crear cincuenta observatorios.
Pronunciar «todos y todas» hasta quedarse afónicos.
Y cuando terminen, alguien les llamará reaccionarios.
Asúmanlo.
Quizá entonces puedan dedicar sus energías a gobernar.
Y, puestos a innovar, podrían intentar algo verdaderamente original:
no financiar cada estupidez que encuentren al llegar al poder.
No todo lo heredado merece conservarse.
No todo lo que lleva la palabra «igualdad» produce igualdad.
No todo lo que se denomina «inclusivo» incluye.
No todo lo que se presenta como «progresista» constituye progreso.
Y no todo disparate deja de ser disparate porque aparezca publicado en un boletín oficial.
A veces una tontería es simplemente una tontería.
Aunque lleve membrete.
Aunque tenga presupuesto.
Aunque la presente una comisión.
Aunque la imparta un experto.
Aunque la apruebe un parlamento.
Y aunque el centroderecha, con gesto responsable y moderado, decida administrarla durante otros cuatro años.
Así que, por favor:
dejen en paz a los ciudadanos, dejen en paz a los funcionarios y, sobre todo, dejen en paz a la gramática.
La igualdad se consigue con derechos.
La buena Administración, resolviendo problemas.
La claridad, escribiendo bien.
Y el sentido común consiste, entre otras cosas, en saber distinguir una injusticia de una gilipollez.
Para esto último, afortunadamente, todavía no hace falta ningún curso.