MARCO RUBIO Y EL RESENTIMIENTO COMO PROGRAMA POLÍTICO

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Cuando alguien se atreve a llamar a las cosas por su nombre.

SIN DUDA ALGUNA, DE PLENA ACTUALIDAD, CUANDO PEDRO SÁNCHEZ Y SUS CÓMPLICES, SOCIALISTAS, ETARRAS, COMUNISTAS, SEPARATISTAS… LLAMAN A TOMAR LA CALLE… COMO ANTESALA DE LO QUE VENDRÁ DESPUÉS, SI LA DERECHA GANA LAS ELECCIONES EN ESPAÑA…

Hay discursos que duran una hora y no dicen nada. Y hay unas pocas frases que resumen décadas enteras de experiencia política.

Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, pronunció el 16 de julio de 2026, en Washington, durante una reunión internacional dedicada al resurgimiento del terrorismo político, unas palabras extraordinariamente incómodas para una parte considerable de la cultura política occidental.

No habló en la lengua acolchada de los burócratas. No utilizó ese dialecto administrativo mediante el cual una ciudad incendiada se convierte en «disturbios», una agresión en «incidente», el saqueo en «protesta social» y el terrorismo acaba convertido en una comprensible manifestación de descontento.

Fue bastante más sencillo.

Habló de odio.

Habló de resentimiento.

Habló de destrucción.

Y afirmó que determinada violencia política de extrema izquierda constituye una rebelión «de los peores contra los mejores», de quienes son incapaces de construir contra quienes construyen, de quienes no crean contra quienes crean.

Puede gustar o disgustar semejante diagnóstico. Lo que resulta bastante más difícil es fingir que no se entiende.

I. EL RESENTIMIENTO

La palabra decisiva del discurso de Rubio no es «izquierda».

Es resentimiento.

Y ésa es precisamente la parte más interesante de su intervención.

Porque Rubio no se limita a discutir sobre impuestos, gasto público, nacionalizaciones, capitalismo o comunismo. Desciende un piso más abajo y pregunta qué impulso humano puede esconderse detrás de determinadas formas de violencia política.

Su respuesta es brutal: el resentimiento de quien no soporta la existencia de algo superior a él.

Aquí aparece inmediatamente Nietzsche, aunque Rubio no necesite citarlo.

Aparece también Ayn Rand.

Y, mucho antes que ambos, aparece una vieja constatación acerca de la naturaleza humana: hay hombres que contemplan el éxito ajeno como estímulo y otros que lo contemplan como acusación.

Ante una casa hermosa pueden producirse dos reacciones.

Una:

—Quiero aprender a construir una así.

Y otra:

—Si yo no puedo tenerla, que arda.

Ahí empieza una parte considerable del problema.

El igualitarismo deja entonces de significar que nadie debe estar por debajo de determinado mínimo y comienza a significar que nadie debe elevarse demasiado por encima de los demás.

Ya no consiste en levantar al que está abajo.

Consiste en cortar las piernas al que sobresale.

Procusto convertido en programa político.

II. DE LA IGUALDAD A LA NIVELACIÓN

Existe una diferencia gigantesca entre igualdad ante la ley e igualdad de resultados.

La primera constituye uno de los grandes logros de la civilización occidental.

La segunda puede convertirse en una máquina trituradora.

Porque los seres humanos no somos iguales en talento, disciplina, fuerza de voluntad, inteligencia, imaginación, capacidad empresarial, belleza, salud, fortuna familiar, carácter, prudencia ni disposición para asumir riesgos.

Podemos ser —y debemos ser— iguales jurídicamente.

Pero jamás produciremos exactamente los mismos resultados.

Para conseguirlo sería necesario intervenir permanentemente.

Al que corre demasiado, frenarlo.

Al que produce demasiado, quitarle.

Al que acumula demasiado, confiscarle.

Al que habla demasiado bien, silenciarlo.

Al que sobresale demasiado, rebajarlo.

Hasta conseguir finalmente esa extraordinaria igualdad que reina en un cementerio: todos exactamente a la misma altura.

Eso es lo que Rubio señala cuando habla del resentimiento revestido con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación.

El envoltorio puede ser magnífico.

La mercancía no siempre lo es.

III. DESTRUIR ES MUCHO MÁS FÁCIL QUE CONSTRUIR

Hay otra afirmación especialmente certera en el discurso: construir resulta infinitamente más difícil que destruir.

Una empresa puede necesitar treinta años para consolidarse.

Un energúmeno necesita treinta segundos para incendiarla.

Una universidad requiere siglos para adquirir prestigio.

Una generación de sectarios puede convertirla en un catecismo ideológico.

Una estatua necesita a un escultor.

Para derribarla basta una cuerda.

Una biblioteca necesita escritores, impresores, traductores, editores, lectores y siglos de acumulación cultural.

Quemarla requiere una caja de cerillas.

Ésa es la tremenda ventaja competitiva del bárbaro.

El constructor necesita conocimientos.

El destructor sólo necesita fuerza.

El creador necesita paciencia.

El vándalo necesita un martillo.

Y después aparece alguien dispuesto a explicar que el hombre del martillo estaba «expresando su frustración».

IV. EL PRODIGIO SEMÁNTICO DE NUESTRO TIEMPO

Occidente ha desarrollado durante las últimas décadas una extraordinaria habilidad para cambiar el nombre de las cosas.

Si una multitud que nos resulta ideológicamente simpática quema coches, rompe escaparates, saquea comercios o agrede a la Policía, rápidamente aparecen palabras balsámicas:

«protesta».

«indignación».

«estallido social».

«respuesta popular».

«acción directa».

«resistencia».

Cambie usted los protagonistas y comprobará cómo cambia inmediatamente el diccionario.

Lo que antes era protesta se convierte en sedición.

Lo que era indignación pasa a ser odio.

Lo que era resistencia se transforma en extremismo.

No estamos ante una simple cuestión lingüística.

Quien controla las palabras adquiere una considerable ventaja para controlar el juicio moral sobre los hechos.

George Orwell lo comprendió perfectamente.

Primero se modifica el vocabulario.

Después se modifica la percepción.

Finalmente puede llegar un momento en que dos actos materialmente idénticos sean juzgados de manera opuesta exclusivamente por la identidad política de quien los comete.

V. LA MORAL DEL INCENDIARIO

Existe además una curiosa superioridad moral que acompaña con frecuencia al destructor político.

El ladrón corriente al menos sabe que está robando.

El fanático ideológico puede saquear convencido de que está haciendo justicia.

Ahí reside su enorme peligrosidad.

No sólo destruye.

Se siente virtuoso mientras destruye.

Rompe un escaparate por los pobres.

Incendia un automóvil por el planeta.

Impide una conferencia para defender la libertad.

Golpea a un adversario para combatir el odio.

Censura para proteger la democracia.

Y si alguien señala la contradicción, siempre habrá un profesor, un sociólogo, un activista profesional o algún clérigo de la nueva ortodoxia dispuesto a proporcionar al disparate una explicación de trescientas páginas.

El milagro intelectual consiste en transformar al agresor en víctima y a la víctima en culpable.

VI. LA ENVIDIA CON BUENA PRENSA

La envidia es uno de los sentimientos humanos más antiguos.

Lo novedoso consiste en haber conseguido otorgarle respetabilidad política.

El envidioso tradicional deseaba el caballo del vecino.

El envidioso ideologizado ha realizado un progreso formidable: afirma que el caballo del vecino constituye una injusticia estructural.

Ya tenemos teoría.

Después llegará el impuesto sobre el caballo.

Más tarde, la regulación de su establo.

A continuación, una comisión administrativa decidirá cuántas horas puede cabalgar su propietario.

Y llegará finalmente algún lumbreras a concluir que la verdadera justicia exige sacrificar al animal porque resulta intolerable que haya ciudadanos sin caballo.

Bastiat habría reconocido inmediatamente el mecanismo.

También el padre Juan de Mariana.

Y probablemente ambos habrían comprendido algo que nuestra época se empeña en olvidar: la ley puede servir para proteger a las personas del saqueo o puede convertirse en instrumento del saqueo.

Todo depende de quién la maneje y para qué.

VII. EL ODIO A LA EXCELENCIA

Tal vez éste sea el aspecto más profundo de las palabras de Rubio.

Una sociedad sana admira la excelencia.

No necesariamente al rico.

No necesariamente al poderoso.

La excelencia.

Al buen médico.

Al gran músico.

Al investigador brillante.

Al empresario que crea algo útil.

Al artesano extraordinario.

Al alumno que estudia.

Al trabajador que cumple.

Al deportista que se sacrifica.

Al escritor que escribe mejor que nosotros.

Al vecino que ha conseguido prosperar.

La reacción civilizada ante alguien excelente debería consistir en preguntarnos:

¿Qué puedo aprender de él?

La reacción resentida pregunta:

¿Quién se ha creído que es?

Ese cambio parece insignificante.

No lo es.

Entre ambas preguntas existe la distancia que separa una civilización ascendente de una sociedad dedicada a administrarse mutuamente la mediocridad.

VIII. CUANDO EL MÉRITO SE CONVIERTE EN SOSPECHOSO

Durante siglos se enseñó al niño:

—Esfuérzate.

Después comenzó a decirse:

—No te obsesiones con destacar.

Más tarde:

—Todos sois igualmente buenos.

Finalmente:

—Si alguien obtiene mejores resultados habrá que investigar qué privilegio oculto se lo ha permitido.

Y hemos conseguido producir así una extraordinaria paradoja.

Queremos excelentes cirujanos, pero desconfiamos de la selección.

Queremos magníficos ingenieros, pero despreciamos la exigencia.

Queremos investigadores brillantes, pero equiparamos mérito con privilegio.

Queremos prosperidad, pero contemplamos con sospecha a quien prospera.

Queremos innovación sin innovadores.

Empresas sin empresarios.

Riqueza sin acumulación.

Excelencia sin desigualdad de resultados.

Es decir: queremos la cosecha mientras declaramos sospechoso al agricultor.

IX. NO TODA LA IZQUIERDA ES ESO; PERO ESO EXISTE

Conviene delimitar correctamente la cuestión, precisamente para hacer más fuerte el argumento.

No estamos hablando de cualquier persona que vote a un partido socialista, defienda impuestos elevados, prefiera una sanidad pública, milite en un sindicato o considere deseable un Estado más grande.

Se puede discrepar profundamente de todas esas ideas sin convertir a sus defensores en incendiarios.

Rubio se refería expresamente a la violencia política de extrema izquierda y a las organizaciones que la practican o justifican.

Y ahí desaparece buena parte de la niebla interesada.

Porque una cosa es discutir sobre el tipo marginal del impuesto sobre la renta.

Y otra prender fuego a un edificio.

Una cosa es defender el marxismo en una facultad.

Y otra golpear al adversario para impedirle hablar.

Una cosa es combatir políticamente al capitalismo.

Y otra justificar la violencia contra quien posee una empresa.

La línea divisoria no es difícil de encontrar.

Se llama violencia.

X. LA COARTADA DE LAS BUENAS INTENCIONES

Durante demasiado tiempo hemos juzgado algunas doctrinas más por las intenciones que proclaman que por los resultados que producen.

«Queremos igualdad.»

Magnífico.

¿Mediante qué?

«Queremos justicia.»

De acuerdo.

¿Quién la define?

«Queremos liberar al pueblo.»

Estupendo.

¿Puede el pueblo negarse a ser liberado por ustedes?

Ahí comienzan los problemas.

La historia está abarrotada de hombres dispuestos a hacer insoportable la vida de los demás para construir un maravilloso futuro que nunca llega.

El paraíso está siempre a cinco años vista.

El sacrificio es siempre inmediato.

Y curiosamente quienes administran el sacrificio suelen encontrar alguna manera de vivir bastante mejor que los sacrificados.

Mancur Olson describió al bandido estacionario.

La Historia añadió después una variedad especialmente refinada: el bandido estacionario convencido de representar el progreso.

XI. DE LA UTOPÍA AL NIHILISMO

Hay movimientos que nacen deseando construir otra sociedad.

Y hay otros que terminan encontrando identidad exclusivamente en aquello que quieren destruir.

Contra la familia.

Contra la propiedad.

Contra la nación.

Contra la religión.

Contra la tradición.

Contra el mercado.

Contra Occidente.

Contra la autoridad.

Contra la jerarquía.

Contra cualquier canon.

Contra cualquier frontera.

Contra casi cualquier cosa heredada.

Pero llega inevitablemente una pregunta:

¿A favor de qué?

Destruir una institución puede llevar una tarde.

Construir una mejor puede requerir siglos.

Ésta es precisamente la pregunta que debería acompañar a cualquier revolucionario armado con un martillo:

—Muy bien. Ya sé qué quieres derribar. Ahora explícame qué sabes construir.

Y ahí suele comenzar el silencio.

XII. CIVILIZACIÓN SIGNIFICA CONTENCIÓN

La civilización no consiste en que desaparezcan los conflictos.

Consiste precisamente en haber aprendido a resolverlos sin matarnos.

Elecciones.

Tribunales.

Parlamentos.

Libertad de expresión.

Propiedad.

Contratos.

Debate.

Alternancia.

Todas esas instituciones presentan defectos.

Pero tienen una virtud gigantesca: sustituyen el garrote.

Quien vuelve a introducir la violencia como mecanismo político no está llevando la democracia a su culminación.

Está retrocediendo hacia lo anterior a la democracia.

No es progreso.

Es regresión.

Se puede adornar con pancartas modernas, teléfonos móviles, consignas feministas, anticapitalistas, ecologistas o revolucionarias.

El adoquín sigue siendo un adoquín.

Y si se lo arroja a la cabeza de alguien, ninguna causa sublime modifica las leyes de la física.

XIII. LA DOBLE VARA

El verdadero escándalo occidental no consiste solamente en que exista violencia política.

Ha existido siempre.

Consiste en la diferente tolerancia que recibe dependiendo de quién la ejerza.

Hay una violencia inmediatamente condenada.

Y hay otra que primero debe ser «contextualizada».

La primera tiene culpables.

La segunda tiene causas.

La primera provoca editoriales sobre el extremismo.

La segunda provoca seminarios sobre el malestar social.

Al primer violento se le pregunta qué ha hecho.

Al segundo, qué le hemos hecho nosotros para obligarle a hacerlo.

Es una diferencia gigantesca.

Y termina creando algo muy peligroso: impunidad moral.

XIV. RUBIO ROMPE EL TABÚ

Ahí reside probablemente la importancia del discurso de Marco Rubio.

No descubrió una nueva teoría política.

No hizo falta.

Hizo algo mucho menos frecuente:

rompió una convención lingüística.

Dijo que determinadas formas de violencia política de extrema izquierda no constituyen una versión juvenil y algo traviesa del idealismo.

Las describió como una fuerza destructiva.

Las vinculó con el resentimiento.

Habló del odio hacia aquello que otros han construido.

Y añadió que las democracias deben cooperar para combatir las redes terroristas que recurren a semejante violencia.

Puede discutirse cada una de sus afirmaciones.

Eso se llama debate.

Lo que ya resulta mucho más revelador es que haya personas escandalizadas no porque exista violencia política, sino porque alguien se atreva a describirla sin los acostumbrados algodones verbales.

XV. EL DERECHO A DISCREPAR NO INCLUYE EL DERECHO A INCENDIAR

Una democracia digna de ese nombre debe proteger incluso al comunista que pretende abolir el capitalismo.

Y al anarquista que considera perverso al Estado.

Y al monárquico.

Y al republicano.

Y al socialista.

Y al liberal.

Y al conservador.

Precisamente ahí reside la libertad.

Pero semejante protección termina donde comienza la violencia.

Nadie adquiere el derecho a quemar el automóvil del vecino porque crea estar salvando a la humanidad.

Nadie obtiene licencia para golpear a un conferenciante porque considere repugnantes sus opiniones.

Nadie puede destruir el comercio de un trabajador porque haya decidido convertir su escaparate en escenario de una revolución.

Y quien lo haga no debe obtener un certificado de superioridad moral añadido a la absolución semántica de que sólo estaba «protestando».

Estaba destruyendo.

Digámoslo.

XVI. LA CIVILIZACIÓN NECESITA QUIEN LA DEFIENDA

Ése es finalmente el asunto.

Creemos que la civilización constituye el estado natural de las cosas.

No lo es.

Lo natural durante buena parte de la historia humana ha sido la violencia, el hambre, la guerra, el saqueo, la arbitrariedad y la dominación del fuerte.

El Estado de derecho es una rareza histórica.

La libertad es una rareza.

La propiedad protegida es una rareza.

El debate pacífico es una rareza.

La posibilidad de insultar al Gobierno sin terminar delante de un pelotón constituye una rareza extraordinaria en términos históricos.

Todo eso se ha construido.

Y aquello que ha sido construido puede ser destruido.

Por eso resulta tan pertinente la esencia de las palabras pronunciadas por Marco Rubio aquel 16 de julio de 2026.

Las sociedades libres tienen derecho a defenderse.

Y tienen además una obligación previa todavía más elemental:

reconocer aquello que las amenaza.

Sin cambiarle el nombre.

Sin convertir al incendiario en filósofo.

Sin confundir al vándalo con el reformador.

Sin atribuir automáticamente nobleza moral a quien proclama actuar en nombre de los oprimidos.

Construir exige talento, esfuerzo, disciplina, cooperación y tiempo.

Destruir suele exigir solamente un martillo.

Quizá por eso la civilización comienza cuando dejamos de admirar al hombre que lleva el martillo y volvemos a prestar atención al hombre que sabe construir la casa.

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