Miguel Bernad Remón: el hombre que nunca dejó de plantar cara al poder
Si Manos Limpias no existiera, habría que crearla
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Hay hombres que dedican su vida a ejercer el poder.
Otros prefieren acercarse a él para disfrutar de sus privilegios.
Y existe una tercera categoría, mucho más escasa: la de quienes hacen precisamente lo contrario, fiscalizar al poder, denunciar sus abusos y obligarlo a rendir cuentas ante los tribunales.
Miguel Bernad Remón pertenece, sin duda, a esta última.
Desde hace más de treinta años su nombre aparece ligado a una institución singular dentro del panorama jurídico español: Manos Limpias, un sindicato que convirtió la acusación popular, reconocida en nuestra Constitución, en un instrumento para exigir responsabilidades allí donde otros preferían guardar silencio.
Su último libro, «Manos Limpias. David contra Goliat. La verdad absuelta de las cloacas del Estado», no constituye únicamente unas memorias personales. Es el testimonio de una vida dedicada a una idea muy sencilla: nadie, por poderoso que sea, debería quedar al margen del imperio de la ley.
Y quizá por eso su trayectoria haya despertado tantas adhesiones como enemistades.
Una vida dedicada a denunciar
Miguel Bernad nació en Bilbao en 1942 y desarrolló buena parte de su carrera profesional como técnico jurídico del Ayuntamiento de Madrid.
Muy pronto comprobó que denunciar irregularidades podía salir caro.
En 1982 denunció el supuesto uso de medios de la Policía Municipal para vigilar a concejales de la oposición. Aquella decisión tuvo consecuencias personales y profesionales. Fue apartado de sus responsabilidades y relegado durante años. Posteriormente, distintas resoluciones judiciales y organismos internacionales cuestionaron aquella actuación administrativa.
Lejos de amilanarse, aquella experiencia terminó reforzando una convicción que ya nunca abandonaría.
Cuando las instituciones fallan, los ciudadanos tienen el derecho —y, en ocasiones, el deber moral— de actuar.
Esa convicción acabaría cristalizando, en 1995, con la creación de Manos Limpias.
La acusación popular al servicio de los ciudadanos
La Constitución española reconoce una figura jurídica prácticamente desconocida en otros países: la acusación popular.
Gracias a ella, cualquier ciudadano puede promover actuaciones penales cuando aprecia la posible existencia de un delito.
Miguel Bernad comprendió enseguida el enorme alcance de esa institución.
Mientras muchos la consideraban una curiosidad jurídica, él decidió convertirla en la principal herramienta de control del poder político y administrativo.
Desde entonces, Manos Limpias intervino en algunos de los procedimientos judiciales más relevantes de la historia reciente de España.
El caso Nóos.
Los ERE de Andalucía.
El procedimiento que terminó con la inhabilitación del juez Baltasar Garzón por las escuchas ilegales a abogados.
Y, más recientemente, diversas actuaciones relacionadas con Begoña Gómez, David Sánchez o el Fiscal General del Estado.
Podrán discutirse unas u otras iniciativas.
Lo que resulta difícil negar es que Manos Limpias alteró profundamente el panorama de la acusación popular en España.
El caso Nóos cambió muchas cosas
Hubo un momento que marcó un antes y un después.
Fue cuando Manos Limpias decidió mantener la acusación contra la Infanta Cristina en el caso Nóos.
Hasta entonces parecía impensable que un miembro de la Familia Real pudiera sentarse en el banquillo.
Sin embargo, ocurrió.
Aquella imagen dio la vuelta al mundo.
Y convirtió a Miguel Bernad en una de las personas más incómodas para buena parte del poder político, judicial y mediático.
Él sostiene que, a partir de entonces, comenzó una operación destinada a destruir tanto su prestigio como la propia organización.
Sea cual sea el juicio que cada lector merezca esa afirmación, resulta indiscutible que poco tiempo después comenzó para él un auténtico calvario judicial.
Ocho años bajo sospecha
En abril de 2016 fue detenido en el marco de la denominada Operación Nelson.
Las acusaciones fueron gravísimas.
Los titulares ocuparon portadas y telediarios.
Su imagen quedó asociada durante años a una supuesta organización criminal.
La llamada pena de telediario volvió a demostrar toda su crudeza.
Antes de celebrarse el juicio, buena parte de la condena social ya se había consumado.
Sin embargo, los años fueron pasando.
Y finalmente, el 15 de marzo de 2024, el Tribunal Supremo dictó sentencia.
Miguel Bernad resultó absuelto.
Según la resolución, los hechos por los que había sido perseguido durante casi una década no constituían delito.
Su honor quedaba jurídicamente restablecido.
Pero nadie puede devolver ocho años de incertidumbre, desgaste personal y descrédito público.
David contra Goliat
Todo ese recorrido aparece condensado en un libro de apenas ciento veinticinco páginas.
No pretende ser un tratado jurídico.
Ni una autobiografía convencional.
Es el relato de un hombre que explica cómo entiende el Estado de Derecho y por qué considera imprescindible que existan ciudadanos dispuestos a ejercer la acusación popular cuando las instituciones no cumplen adecuadamente su función.
El título resume perfectamente esa filosofía.
«David contra Goliat».
No hace falta añadir mucho más.
Gibraltar: una causa más al servicio del interés nacional
Entre los capítulos más interesantes del libro figura el dedicado a Gibraltar.
El escritor y jurista Ramiro Grau Morancho llama especialmente la atención sobre él.
Mientras durante años los sucesivos gobiernos españoles parecían resignarse ante los problemas derivados de la colonia británica, Miguel Bernad decidió acudir nuevamente a los tribunales.
Denunció la construcción de espigones, el lanzamiento de bloques de hormigón en la bahía de Algeciras que impedían faenar a los pescadores españoles, el contrabando de tabaco, el blanqueo de capitales, las actividades relacionadas con el bunkering y otras actuaciones que, a su juicio, lesionaban gravemente los intereses de España.
Puede discutirse el éxito de aquellas iniciativas.
Lo que no admite discusión es la coherencia.
Cuando consideró que existían motivos suficientes para actuar, actuó.
Aunque tuviera que hacerlo prácticamente en solitario.
Lo penúltimo: las amenazas
Y cuando este artículo estaba ya prácticamente concluido, se produjo lo penúltimo.
Miguel Bernad denunció haber recibido amenazas tras las últimas actuaciones impulsadas por Manos Limpias.
Corresponde a las autoridades investigar su origen y, en su caso, depurar responsabilidades.
Pero, desde el punto de vista político y moral, resulta difícil no interpretar esos hechos como un intento de intimidar a quien, desde hace décadas, utiliza los instrumentos que la ley pone a disposición de cualquier ciudadano para exigir responsabilidades a personas muy poderosas.
Amenazar a quien denuncia no fortalece el Estado de Derecho.
Lo degrada.
Porque el mensaje implícito siempre es el mismo:
«No te atrevas a seguir.»
Y precisamente por eso esas amenazas afectan mucho más que a una sola persona.
Afectan al derecho de todos los ciudadanos a acudir a los tribunales sin miedo.
Si Manos Limpias no existiera…
Ramiro Grau Morancho, prologuista del libro, concluye su reseña con una frase que resume perfectamente el significado de toda esta trayectoria:
«Siempre digo que si Manos Limpias no existiera, habría que crearla. Y con urgencia.»
Comparto esa reflexión.
No porque ninguna organización sea infalible.
No porque toda querella termine necesariamente en condena.
Ni porque Miguel Bernad sea inmune al error.
Sino porque una democracia sana necesita contrapesos.
Necesita ciudadanos libres.
Necesita asociaciones capaces de fiscalizar al poder.
Necesita una acusación popular fuerte e independiente.
Cuando esa vigilancia desaparece, la tentación de la impunidad crece inevitablemente.
Epílogo. Un hombre incómodo… y necesario
Miguel Bernad Remón despierta pasiones encontradas.
Es lógico.
Quien decide enfrentarse al poder rara vez deja indiferente a nadie.
Pero, al margen de simpatías o discrepancias, su trayectoria constituye una de las más singulares de la España democrática.
Ha conocido el reconocimiento y el aislamiento.
La victoria judicial y la prisión preventiva.
La admiración y el descrédito.
Y, aun así, continúa defendiendo la misma idea que inspiró la creación de Manos Limpias hace ya más de tres décadas: que la ley debe aplicarse a todos por igual y que ningún poder puede quedar al margen del control ciudadano.
Ese es, probablemente, el verdadero mensaje de «David contra Goliat».
Y también la principal razón por la que la frase de Ramiro Grau Morancho merece ser recordada:
Si Manos Limpias no existiera, España tendría que crear una organización semejante. Porque el Estado de Derecho no solo necesita jueces y leyes; necesita también ciudadanos que tengan el valor de utilizarlas cuando otros prefieren mirar hacia otro lado.