Omer Bartov, Benny Morris y el peligro de poner la historia al servicio de una causa

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Las palabras también pueden convertirse en armas (RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS)

Hay palabras que describen la realidad.

Y hay palabras que pretenden sustituirla.

En los últimos años se ha hecho habitual que cualquier guerra termine acompañada de acusaciones de «genocidio», «apartheid», «colonialismo» o «limpieza étnica». Son expresiones de enorme gravedad. No deberían emplearse como quien lanza una piedra, sino después de un examen sereno de los hechos y de las pruebas.

Bartov sostiene que la actuación de Israel en Gaza permite hablar de genocidio.

Morris rechaza esa conclusión.

No niega que haya habido miles de muertos, una destrucción inmensa ni sufrimientos atroces para la población civil. Todo eso es evidente. Lo que discute es que exista la intención de exterminar al pueblo palestino, requisito esencial para hablar de genocidio en sentido jurídico e histórico.

No es una simple discusión sobre palabras.

Las palabras crean imágenes, despiertan pasiones y condicionan la manera de juzgar los hechos.

Llamar genocida a un Estado equivale a colocarlo junto a la Alemania de Hitler, la Ruanda de 1994 o la Camboya de Pol Pot.

Es una acusación que exige la mayor prudencia.

Lo mismo ocurre con el término «colonialismo».

Las potencias coloniales gobernaban territorios lejanos para enriquecer a la metrópoli.

El caso de Israel no encaja fácilmente en ese modelo. Los judíos no actuaban en nombre de un imperio extranjero ni pretendían explotar un territorio para beneficio de una capital situada a miles de kilómetros. Aspiraban a establecer su propio Estado en la tierra que consideraban la de sus antepasados.

Puede discutirse si aquella aspiración era justa o equivocada.

Lo que no parece razonable es forzar las palabras hasta hacerlas decir lo que nunca significaron.

El peor enemigo del historiador

Todo historiador tiene ideas, simpatías y prejuicios.

Sería ingenuo pensar lo contrario.

La diferencia entre un buen historiador y un mal historiador no consiste en carecer de opiniones.

Consiste en no permitir que sus opiniones decidan de antemano cuáles serán los hechos.

El primero sigue las pruebas, aunque le lleven a una conclusión incómoda.

El segundo busca únicamente las pruebas que confirman lo que ya había decidido creer.

Ése es el peligro que Morris cree descubrir en el libro de Bartov.

No afirma que todo cuanto escribe sea falso.

Afirma algo mucho más inquietante.

Que los hechos aparecen ordenados de tal manera que el lector apenas puede llegar a una conclusión distinta de la que el autor había escogido antes de empezar a escribir.

Y eso constituye siempre un riesgo.

No sólo al hablar de Israel.

También cuando se estudia la Guerra Civil española, la conquista de América, la Revolución francesa o cualquier otro episodio histórico.

La historia deja de ser un camino para buscar la verdad cuando empieza a escribirse con la sentencia ya redactada.

Epílogo. La historia no dicta sentencias.

Es probable que la pregunta del principio nunca tenga una respuesta definitiva.

Tal vez el sionismo no se «jodió» en un día concreto.

Tal vez, como ocurre con casi todas las empresas humanas, fue cambiando poco a poco, entre aciertos y errores, entre victorias y fracasos, entre esperanzas y desengaños.

Lo que sí deja claro la polémica entre Bartov y Morris es otra cosa.

La historia no puede escribirse escogiendo únicamente los hechos que favorecen una causa y ocultando los que la debilitan.

Eso no ayuda a comprender el pasado.

Sólo sirve para alimentar las disputas del presente.

El historiador no está llamado a ejercer de fiscal, de abogado defensor ni de propagandista.

Su obligación es mucho más modesta y mucho más difícil.

Contar los hechos completos.

Aunque incomoden a todos.

Aunque desmientan las propias convicciones.

Aunque la verdad no guste a nadie.

Porque el primer deber del historiador no consiste en dar la razón a unos u otros.

Consiste, sencillamente, en ser leal a los hechos.

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¿Por qué se jodió el sionismo?

Hay preguntas que contienen un libro entero.

Mario Vargas Llosa comenzó Conversación en La Catedral con una de ellas: «¿En qué momento se había jodido el Perú?». No buscaba una fecha exacta ni pretendía señalar un solo hecho. Preguntaba por el instante, acaso imposible de precisar, en que un país perdió el rumbo y empezó a desconocerse a sí mismo.

Algo parecido cabe preguntar acerca del sionismo.

¿Cuándo se jodió?

¿Nació torcido desde el principio, como sostienen sus enemigos? ¿Fue siempre una empresa encaminada a expulsar a los árabes de Palestina y adueñarse de su tierra? ¿O nació como una aspiración justa —dar patria, amparo y seguridad a un pueblo perseguido durante siglos— y acabó extraviándose por sus propios errores, por el fanatismo de algunos de sus gobernantes y por una guerra interminable que endureció a israelíes y palestinos?

Omer Bartov trata de responder a esas preguntas en su libro Israel: ¿Qué salió mal?. La respuesta de Benny Morris, publicada en Quillette, es dura y minuciosa. No niega que Israel haya perdido el rumbo. No ahorra reproches a Benjamin Netanyahu. No oculta la corrupción, el fanatismo religioso, la violencia de algunos colonos ni el daño causado por una ocupación que dura ya demasiados años.

Pero acusa a Bartov de algo muy grave en un historiador: contar sólo la parte de la historia que conviene a su acusación.

Ahí está el verdadero interés de la disputa.

No se trata únicamente de decidir cuál de los dos tiene razón. Se trata de saber qué puede exigirse a quien escribe historia. Se trata de averiguar si el historiador debe seguir los hechos allí adonde conduzcan o si puede escoger unos, esconder otros y componer con ellos un alegato político.

La pregunta no es menor.

Porque cuando la historia se pone al servicio de una causa, deja de alumbrar el pasado y empieza a utilizarlo como garrote.

Dos historiadores nacidos en el mismo lugar

La disputa tiene algo de pelea entre hermanos.

Omer Bartov y Benny Morris nacieron en el mismo kibutz israelí, aunque con seis años de diferencia. Los dos sirvieron en el Ejército. Los dos resultaron heridos. Los dos estudiaron historia europea en universidades inglesas. Los dos conocen desde dentro la sociedad israelí y los dos han dedicado buena parte de su vida a estudiar guerras, matanzas y persecuciones.

No estamos, por tanto, ante la riña acostumbrada entre un defensor ciego de Israel y uno de sus enemigos.

Morris no es un adulador de Netanyahu. Al contrario, lo acusa de anteponer su provecho personal al bien de Israel, de favorecer a fanáticos y de dañar las leyes e instituciones del país. Tampoco niega los abusos cometidos contra los árabes ni considera intachable la historia del Estado judío.

Bartov, por su parte, no es un improvisado. Sus estudios sobre la participación del Ejército alemán en los crímenes nazis ayudaron a desmontar la cómoda mentira según la cual la matanza de los judíos había sido obra exclusiva de las SS, mientras la tropa corriente permanecía limpia de culpa.

Ambos son historiadores de gran fama.

Y precisamente por eso importa tanto su desacuerdo.

Bartov dedica su libro a su padre, Hanoch Bartov, escritor, soldado de la Haganá y hombre profundamente sionista, a quien llama «el último sionista». Según cuenta, su padre consideraba a Netanyahu el gran destructor del sionismo.

La frase encierra ya la pregunta principal del libro.

El sionismo, según esta manera de verlo, no fue malo desde su nacimiento. Fue una causa justa que se torció. Una empresa fundada para salvar al pueblo judío que acabó alejándose de sus primeros fines.

Sin embargo, Morris advierte que Bartov oscila entre dos respuestas distintas.

A veces parece sostener que el sionismo nació con nobleza y se corrompió después. Otras veces da a entender que el mal se hallaba ya en su origen; que el asentamiento judío en Palestina fue desde el principio una empresa de despojo y que cuanto ocurrió después, incluida la guerra de Gaza, era casi inevitable.

No son afirmaciones iguales.

Una cosa es sostener que una empresa justa degeneró.

Otra muy distinta es afirmar que nació injusta y que su ruina estaba escrita desde el primer día.

Bartov no acaba de escoger entre ambas. Y esa vacilación permite que cada lector encuentre en el libro lo que ya deseaba encontrar.

Quien piensa que Israel se ha apartado de sus orígenes verá confirmado su juicio.

Quien cree que Israel nunca debió existir encontrará también razones para reafirmarse.

Éste es uno de los primeros reparos de Morris: Bartov parece formular una pregunta abierta, pero conduce al lector hacia una condena preparada de antemano.

¿Nació el sionismo como una empresa de despojo?

Para responder con honradez conviene recordar qué fue el sionismo y en qué mundo nació.

Durante siglos, los judíos vivieron dispersos, tolerados unas veces y perseguidos otras. Sufrieron expulsiones, saqueos, matanzas, prohibiciones y humillaciones. Incluso en los países donde alcanzaron cierta prosperidad, su seguridad dependía muchas veces del capricho del gobernante o del humor de la muchedumbre.

El sionismo moderno nació a finales del siglo XIX, cuando muchos judíos europeos llegaron a la conclusión de que la igualdad prometida por los Estados liberales no bastaba para protegerlos. Los pogromos del Imperio ruso, el caso Dreyfus en Francia y el antisemitismo extendido por buena parte de Europa parecían demostrar que la asimilación no había acabado con el odio.

La idea fundamental era sencilla: si casi todos los pueblos aspiraban a tener patria, también los judíos debían tenerla.

La elección de Palestina no fue caprichosa. Allí se encontraban Jerusalén, Hebrón y otros lugares ligados desde hacía siglos a la historia y la religión judías. Nunca dejó de haber presencia judía en aquellas tierras, aunque fuera reducida. Para los sionistas, no se trataba de escoger al azar un trozo de mapa, sino de regresar al solar de sus antepasados.

Ahora bien, Palestina no estaba vacía.

La habitaba una población árabe, musulmana y cristiana, que cultivaba la tierra, levantaba pueblos, comerciaba y tenía también sus recuerdos, sus vínculos y sus derechos.

Ahí nació el choque.

Dos pueblos reclamaban la misma tierra. Los dos podían invocar razones históricas. Los dos temían quedar sometidos al otro. Los dos cometieron errores. Los dos padecieron. Los dos causaron sufrimiento.

Reducir esta historia a una lucha entre invasores europeos y naturales indefensos resulta tan falso como presentar a todos los árabes como fanáticos empeñados desde siempre en matar judíos.

El sionismo no fue una conquista colonial al uso.

Los judíos no llegaron como enviados de una gran potencia para enriquecer una metrópoli lejana. No actuaron en nombre de Londres, París ni San Petersburgo. Muchos huían precisamente de Europa. Compraron tierras, fundaron aldeas, cultivaron eriales, levantaron ciudades y crearon instituciones propias.

Pero tampoco cabe negar que su propósito final era formar un Estado judío en un territorio donde los judíos eran, al comienzo, minoría.

Esa aspiración despertó el temor de los árabes. Y aquel temor no carecía de fundamento.

Del mismo modo, el temor de los judíos tampoco era imaginario. La hostilidad árabe apareció muy pronto y se manifestó en motines, matanzas y una negativa casi constante a aceptar que pudiera existir soberanía judía en parte alguna de Palestina.

Quien borra una de estas dos verdades no explica el conflicto: lo falsifica.

Bartov, según Morris, carga todo el peso de la culpa sobre el sionismo y deja a los árabes reducidos al papel de víctimas sin voluntad propia. Apenas pesan sus decisiones, sus levantamientos, sus guerras, sus atentados o su rechazo de los repartos propuestos en 1937 y 1947.

Es como contar una pelea describiendo con todo detalle los golpes de uno y guardando silencio sobre los del otro.

Así se puede escribir una acusación.

No se puede escribir historia.

El pecado de contar solamente la mitad

La acusación principal de Morris es clara: Bartov no concede a los árabes la misma capacidad de elegir que concede a los judíos.

Para él, los sionistas actúan; los árabes padecen.

Los sionistas deciden; los árabes reaccionan.

Los sionistas son responsables de cuanto hacen; los árabes aparecen empujados por fuerzas ajenas.

Esta forma de contar los hechos parece compasiva, pero encierra un desprecio oculto. Quitar a un pueblo toda responsabilidad equivale a negarle voluntad, juicio y libertad.

Los árabes palestinos tomaron decisiones. Algunas fueron comprensibles. Otras resultaron desastrosas. Sus dirigentes rechazaron acuerdos que, vistos hoy, habrían podido evitar decenios de guerra. Recurrieron a las armas. Apoyaron en distintos momentos a jefes tiránicos y a organizaciones terroristas. Permitieron que el odio al Estado judío pesara más que la construcción de un Estado propio.

Nada de ello disculpa los abusos israelíes.

Pero tampoco puede borrarse.

La historia no es una balanza en la que sólo pueda haber un culpable. Dos partes pueden tener razones y, al mismo tiempo, cometer injusticias. Dos pueblos pueden ser víctimas y verdugos en momentos distintos. Una causa puede ser justa y emplear medios injustos. Una nación puede defender su existencia y, a la vez, manchar esa defensa con atropellos.

Precisamente ahí comienza la dificultad.

Y también la obligación del historiador.

No está para tranquilizar a los suyos ni para entregar munición a sus enemigos. Está para recordar lo que todos prefieren olvidar.

Si sólo acusa a Israel, miente por omisión.

Si sólo acusa a los palestinos, también.

La verdad entera incomoda a todos.

Por eso cuesta tanto contarla.

1967: cuando la victoria empezó a convertirse en un problema

Si hubiera que señalar un momento decisivo en la historia de Israel, muchos lo situarían en junio de 1967.

La Guerra de los Seis Días supuso una victoria militar extraordinaria. Israel derrotó a los ejércitos de Egipto, Jordania y Siria en menos de una semana y pasó a controlar Jerusalén oriental, Cisjordania, Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán.

Aquella victoria disipó el temor a una derrota inmediata, pero abrió un problema mucho más difícil de resolver.

¿Qué hacer con aquellos territorios?

Desde entonces, Israel quedó dividido entre dos maneras de entender el sionismo.

Para unos, aquellos territorios constituían una garantía de seguridad y una baza para negociar una paz duradera.

Para otros, eran parte inseparable de la tierra prometida y debían poblarse con asentamientos judíos.

Con el paso de los años fue imponiéndose esta segunda idea.

Cada nuevo asentamiento hacía más difícil un acuerdo. Cada atentado endurecía la respuesta israelí. Cada respuesta alimentaba nuevos deseos de venganza.

Se entró así en un círculo del que nadie ha sabido salir.

Bartov considera que ahí comenzó la degradación moral del sionismo.

Morris responde que la historia no puede contarse como si sólo una parte hubiera tomado decisiones.

Mientras crecían los asentamientos, también crecían las organizaciones armadas palestinas. Llegaron los secuestros de aviones, los atentados contra civiles, la matanza de Múnich, las campañas suicidas y, finalmente, el dominio de Hamás en Gaza.

Olvidar cualquiera de estos hechos equivale a falsear la historia.

El mayor enemigo de Israel quizá no esté fuera

En un punto, Bartov y Morris se acercan más de lo que parece.

Los dos contemplan con preocupación la evolución política de Israel.

Los dos consideran que Benjamin Netanyahu ha causado un grave daño a la vida pública israelí.

Los dos ven con inquietud el creciente peso de los partidos religiosos más extremistas.

Y los dos lamentan que el deseo de alcanzar un acuerdo con los palestinos haya ido perdiendo fuerza.

Hasta ahí existe un amplio terreno común.

La diferencia aparece cuando Bartov presenta esa deriva como la consecuencia casi inevitable del sionismo, mientras Morris sostiene que obedece a decisiones concretas de gobernantes concretos.

No es una diferencia menor.

Porque una cosa es afirmar que un pueblo ha cometido errores.

Y otra muy distinta sostener que toda su historia llevaba esos errores escritos desde el principio.

Son dos maneras completamente distintas de entender el pasado.

Las palabras también pueden convertirse en armas.

Hay palabras que describen la realidad.

Y hay palabras que pretenden sustituirla.

En los últimos años se ha hecho habitual que cualquier guerra termine acompañada de acusaciones de «genocidio», «apartheid», «colonialismo» o «limpieza étnica». Son expresiones de enorme gravedad. No deberían emplearse como quien lanza una piedra, sino después de un examen sereno de los hechos y de las pruebas.

Bartov sostiene que la actuación de Israel en Gaza permite hablar de genocidio.

Morris rechaza esa conclusión.

No niega que haya habido miles de muertos, una destrucción inmensa ni sufrimientos atroces para la población civil. Todo eso es evidente. Lo que discute es que exista la intención de exterminar al pueblo palestino, requisito esencial para hablar de genocidio en sentido jurídico e histórico.

No es una simple discusión sobre palabras.

Las palabras crean imágenes, despiertan pasiones y condicionan la manera de juzgar los hechos.

Llamar genocida a un Estado equivale a colocarlo junto a la Alemania de Hitler, la Ruanda de 1994 o la Camboya de Pol Pot.

Es una acusación que exige la mayor prudencia.

Lo mismo ocurre con el término «colonialismo».

Las potencias coloniales gobernaban territorios lejanos para enriquecer a la metrópoli.

El caso de Israel no encaja fácilmente en ese modelo. Los judíos no actuaban en nombre de un imperio extranjero ni pretendían explotar un territorio para beneficio de una capital situada a miles de kilómetros. Aspiraban a establecer su propio Estado en la tierra que consideraban la de sus antepasados.

Puede discutirse si aquella aspiración era justa o equivocada.

Lo que no parece razonable es forzar las palabras hasta hacerlas decir lo que nunca significaron.

El peor enemigo del historiador

Todo historiador tiene ideas, simpatías y prejuicios.

Sería ingenuo pensar lo contrario.

La diferencia entre un buen historiador y un mal historiador no consiste en carecer de opiniones.

Consiste en no permitir que sus opiniones decidan de antemano cuáles serán los hechos.

El primero sigue las pruebas, aunque le lleven a una conclusión incómoda.

El segundo busca únicamente las pruebas que confirman lo que ya había decidido creer.

Ése es el peligro que Morris cree descubrir en el libro de Bartov.

No afirma que todo cuanto escribe sea falso.

Afirma algo mucho más inquietante.

Que los hechos aparecen ordenados de tal manera que el lector apenas puede llegar a una conclusión distinta de la que el autor había escogido antes de empezar a escribir.

Y eso constituye siempre un riesgo.

No sólo al hablar de Israel.

También cuando se estudia la Guerra Civil española, la conquista de América, la Revolución francesa o cualquier otro episodio histórico.

La historia deja de ser un camino para buscar la verdad cuando empieza a escribirse con la sentencia ya redactada.

Epílogo. La historia no dicta sentencias.

Es probable que la pregunta del principio nunca tenga una respuesta definitiva.

Tal vez el sionismo no se «jodió» en un día concreto.

Tal vez, como ocurre con casi todas las empresas humanas, fue cambiando poco a poco, entre aciertos y errores, entre victorias y fracasos, entre esperanzas y desengaños.

Lo que sí deja claro la polémica entre Bartov y Morris es otra cosa.

La historia no puede escribirse escogiendo únicamente los hechos que favorecen una causa y ocultando los que la debilitan.

Eso no ayuda a comprender el pasado.

Sólo sirve para alimentar las disputas del presente.

El historiador no está llamado a ejercer de fiscal, de abogado defensor ni de propagandista.

Su obligación es mucho más modesta y mucho más difícil.

Contar los hechos completos.

Aunque incomoden a todos.

Aunque desmientan las propias convicciones.

Aunque la verdad no guste a nadie.

Porque el primer deber del historiador no consiste en dar la razón a unos u otros.

Consiste, sencillamente, en ser leal a los hechos.

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