TODO EL MUNDO MIENTE… Y NADIE ESTÁ DISPUESTO A CAMBIAR.

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Carlos Aurelio Caldito Aunión.

NOTA DEL AUTOR

Esta novela nació de una pregunta sencilla y, precisamente por eso, incómoda:

¿Hasta qué punto somos dueños de nuestra propia vida?

La pregunta parece tener una respuesta evidente. Decimos que somos libres, que elegimos, que somos responsables de nuestros actos. Pero basta mirar con un poco más de atención para descubrir que la cuestión es mucho más difícil.

Nacemos dentro de una familia que no elegimos. Recibimos una lengua, una educación, unas costumbres, unas creencias y unos miedos antes de tener capacidad para discutirlos. Nuestro carácter se forma mucho antes de que podamos preguntarnos qué clase de personas queremos ser. Después aparecen el deseo, la necesidad de pertenecer, el miedo al rechazo, la ambición, el resentimiento, la culpa, la comodidad y el deseo de ser reconocidos.

Y, sin embargo, seguimos tomando decisiones.

Ahí empieza el verdadero problema.

Si todo lo que hacemos tiene causas, ¿somos responsables?
Si podemos comprender las causas de nuestra conducta, ¿eso basta para cambiarla?
Si somos libres, ¿hasta dónde llega nuestra libertad?
¿Puede una sociedad ser libre si quienes la gobiernan no tienen límites?
¿Puede una democracia ser realmente democrática cuando la mayoría puede convertirse en una nueva forma de poder absoluto?
¿Quién debe gobernar?
¿El más fuerte?
¿El más competente?
¿El que obtiene más votos?
¿El que sabe convencer mejor?
¿El que consigue que los demás acepten como inevitable aquello que él desea?

Y hay otra pregunta todavía más incómoda:

¿Cuántas veces utilizamos una explicación verdadera para evitar reconocer una decisión que no queremos asumir?

Freud representa en estas páginas la fuerza del pasado y de aquello que opera en nosotros sin que lo sepamos plenamente.

Rogers representa la posibilidad de comprendernos, aceptarnos y crecer sin convertir nuestras heridas en una condena.

Rand defiende la razón, la responsabilidad individual y la necesidad de que ningún poder colectivo pueda disponer de la vida de una persona como si fuera propiedad suya.

Pero la novela no pretende convertir a ninguno de ellos en vencedor.

Por eso aparecen también Epicteto y Marco Aurelio, Maquiavelo y Aristóteles, Olson y Strauss, Gustavo Bueno y Jason Brennan, Juan de Mariana, Arendt, Orwell, Trivers, Rousseau, Montesquieu y Camus.

Cada uno entra en la conversación para poner a prueba algo que los demás creen tener claro.

Y por eso también aparece Daniel.

Daniel no es un filósofo.

No tiene un sistema.

No pretende explicar el mundo.

Tiene una vida.

Y esa vida le obliga a enfrentarse con algo que las teorías pueden ocultar durante mucho tiempo: elegir tiene consecuencias.

Una cosa es comprender una decisión.

Otra, tomarla.

Una cosa es saber qué sería razonable hacer.

Otra, estar dispuesto a pagar el precio.

Y una cosa es reclamar libertad.

Otra muy distinta es aceptar la responsabilidad que viene detrás.

La novela tampoco pretende ofrecer una fórmula definitiva.

Al contrario.

Cuanto más avanza la conversación, más difícil resulta encontrar respuestas sencillas.

Las instituciones pueden limitar el poder, pero no eliminar la ambición.

La democracia puede impedir algunas formas de tiranía, pero no garantiza la verdad.

La educación puede aumentar la competencia, pero también puede crear nuevas élites.

La razón puede ayudarnos a decidir, pero no elimina nuestros deseos.

El conocimiento puede mostrarnos nuestras contradicciones, pero no nos obliga a cambiarlas.

Porque quizá ese sea el verdadero problema.

Saber no basta.

Comprender no basta.

Sentir no basta.

Querer tampoco basta.

Al final siempre queda la misma cuestión:

¿Qué estás dispuesto a hacer con aquello que sabes?

Y, sobre todo:

¿Qué precio estás dispuesto a pagar por hacerlo?

Ese es el verdadero debate de esta novela.

No el debate entre Freud, Rogers y Rand.

No el debate entre democracia y poder.

No el debate entre libertad y determinismo.

El verdadero debate es el que cada hombre mantiene consigo mismo cuando ya no puede esconderse detrás de una teoría, de una circunstancia, de una mayoría, de una autoridad o de una excusa.

Porque todos podemos mentir.

A los demás.

A nosotros mismos.

Y quizá la pregunta decisiva no sea si mentimos.

Quizá sea qué hacemos cuando descubrimos nuestra propia mentira.


GALERÍA DE PROTAGONISTAS

SIGMUND FREUD

El hombre que sospecha de las explicaciones demasiado sencillas.

Freud obliga a mirar hacia atrás. El pasado no desaparece porque decidamos ignorarlo. Los deseos, los miedos, los conflictos y las experiencias tempranas dejan huella.

Pero Freud también tendrá que enfrentarse a una objeción fundamental: comprender por qué una persona actúa como actúa no significa decidir por ella lo que debe hacer.

Su presencia representa la pregunta por las causas.

¿Qué te ha hecho ser quien eres?


CARL ROGERS

El hombre que escucha antes de juzgar.

Rogers defiende la posibilidad de crecimiento a través de una relación sincera con uno mismo y con los demás.

Pero su posición también será sometida a prueba.

Aceptar a una persona no significa aprobar todo lo que hace.

Comprenderla no significa absolverla.

Acompañarla no significa vivir por ella.

Rogers tendrá que defender una idea especialmente difícil:

la aceptación puede ser el principio del cambio, pero nunca puede sustituir a la decisión de cambiar.


AYN RAND

La mujer que se niega a convertir las circunstancias en una excusa.

Rand defiende la razón, la libertad individual y la responsabilidad personal.

Desconfía de todo poder que pretenda decidir por el individuo en nombre de un supuesto bien superior.

Pero también tendrá que responder a una dificultad que Freud le plantea una y otra vez:

¿qué ocurre cuando la persona no controla completamente las fuerzas que actúan dentro de ella?

Rand no acepta que esa dificultad pueda convertirse en una absolución.

Su pregunta es otra:

¿Qué vas a hacer con aquello que eres?


EPICTETO

El filósofo de una distinción aparentemente sencilla y extraordinariamente difícil:

qué depende de nosotros y qué no.

Epicteto introduce una idea decisiva: una persona puede estar condicionada sin estar completamente anulada.

No promete eliminar el sufrimiento.

No promete controlar el mundo.

Propone algo más austero:

no entregar voluntariamente a otros el gobierno de aquello que todavía depende de uno mismo.


MARCO AURELIO

El emperador que recuerda que gobernar a otros empieza por gobernarse a uno mismo.

Marco Aurelio no ofrece una nueva teoría política.

Introduce una exigencia moral.

El poder no convierte a un hombre en dueño de sí mismo.

La autoridad no elimina sus debilidades.

Y una persona puede estar sinceramente convencida de hacer el bien y estar sinceramente equivocada.

Su presencia sirve como recordatorio constante de que ninguna institución será mejor que los hombres que la manejan.


NICOLÁS MAQUIAVELO

El hombre que se niega a estudiar la política como si los seres humanos fueran mejores de lo que son.

Ambición.

Miedo.

Prestigio.

Interés.

Reconocimiento.

Deseo de poder.

Maquiavelo obliga a abandonar la ingenuidad.

Pero la novela también le plantea una pregunta:

si sabemos que el poder tiende a expandirse, ¿qué hacemos para impedirlo?


ARISTÓTELES

El filósofo que recuerda que la política no consiste solamente en administrar poder.

La comunidad política existe para vivir bien.

Pero ¿qué significa vivir bien?

¿Quién decide qué es el bien?

¿Puede una mayoría imponerlo?

¿Puede un gobernante imponerlo?

Aristóteles introduce la diferencia entre ciudadano y súbdito y obliga a mirar más allá de las etiquetas de los regímenes políticos.


MANCUR OLSON

El economista que desmonta una de las ilusiones más persistentes de la política:

que todos los individuos actúan espontáneamente en defensa del interés común.

Olson introduce los intereses organizados, los incentivos y el problema del aprovechamiento gratuito.

Una sociedad puede terminar dominada no por la mayoría, sino por quienes tienen más motivos y más capacidad para organizarse.


LEO STRAUSS

El hombre que vuelve una y otra vez a las preguntas que los sistemas modernos prefieren dar por resueltas:

¿Quién tiene el poder?

¿Quién tiene derecho a tenerlo?

¿Quién debería tenerlo?

Strauss obliga a distinguir entre procedimiento y justicia.

Que algo sea aprobado por una mayoría no responde automáticamente a la pregunta de si es justo.


GUSTAVO BUENO

El filósofo que rompe con la imagen idealizada de la democracia.

La democracia realmente existente no es una abstracción.

Está formada por partidos, instituciones, burocracias, medios de comunicación, intereses económicos, grupos organizados y relaciones de poder.

La pregunta no es únicamente quién vota.

También importa:

¿quién puede influir, quién puede organizarse y quién puede decidir realmente?


JASON BRENNAN

El provocador que introduce una pregunta incómoda:

¿tiene sentido considerar que votar es siempre una competencia que cualquiera puede ejercer sin consecuencias?

Su reflexión sobre los ciudadanos informados, los hooligans, los hobbits y los vulcanos pone sobre la mesa el problema de la competencia política.

Pero la novela no convierte esa crítica en una solución automática.

Porque si se filtra a los incompetentes, aparece inmediatamente otra pregunta:

¿quién decide quién es competente?


JUAN DE MARIANA

El enemigo de la idea de que el gobernante es propietario del poder.

El poder político está sometido a límites.

La necesidad no puede convertirse en una autorización permanente.

La excepción no puede transformarse tranquilamente en norma.

Mariana introduce una cuestión que terminará siendo central:

¿qué ocurre cuando quien recibe poder extraordinario decide que la emergencia nunca ha terminado?


HANNAH ARENDT

La pensadora que recuerda que el mal no siempre aparece vestido de monstruo.

Puede aparecer en forma de obediencia.

De rutina.

De funcionario.

De persona que deja de pensar porque alguien ha decidido pensar por ella.

Arendt introduce en el debate una capacidad elemental y peligrosa:

decir no.


GEORGE ORWELL

El hombre que sospecha de las palabras.

Si alguien consigue controlar el lenguaje, puede acabar controlando aquello que una sociedad es capaz de pensar.

La discusión sobre el lenguaje se convierte así en una discusión sobre los límites de lo pensable.


ROBERT TRIVERS

El especialista en una de las trampas más profundas de la naturaleza humana:

engañarse a uno mismo para engañar mejor a los demás.

El autoengaño no es simplemente ignorancia.

Puede ser una estrategia.

Y puede terminar convirtiendo una mentira repetida en una verdad psicológica.


JEAN-JACQUES ROUSSEAU

El hombre de la voluntad general.

Su problema aparece inmediatamente:

¿qué ocurre cuando alguien afirma conocer cuál es la voluntad general y convierte a quienes discrepan en enemigos del pueblo?


MONTESQUIEU

El hombre que desconfía de las buenas intenciones cuando están acompañadas de demasiado poder.

Su respuesta es conocida:

el poder debe frenar al poder.

No porque todos los gobernantes sean malvados.

Precisamente porque ninguno está por encima de la condición humana.


ALBERT CAMUS

El hombre que introduce una pregunta distinta:

¿qué ocurre si el universo no ofrece el sentido que buscamos?

Camus rechaza la necesidad de fabricar certezas absolutas para soportar la existencia.

La libertad puede ser incómoda precisamente porque no viene acompañada de garantías.


DANIEL

El verdadero protagonista de la novela.

No es filósofo.

No es político.

No es un héroe.

Es un hombre corriente.

Precisamente por eso importa.

Daniel escucha a todos los demás y descubre progresivamente que puede utilizar cualquier teoría para esconderse.

Puede culpar al pasado.

Puede refugiarse en la aceptación.

Puede hablar de libertad.

Puede explicar las circunstancias.

Puede responsabilizar a otros.

Puede exigir cambios al mundo.

Y puede seguir sin cambiar él.

Su recorrido consiste en descubrir que la libertad no consiste en disponer de una vida sin límites, sino en decidir qué hacer dentro de los límites que existen.


GREGORY HOUSE

El intruso.

El médico que no tiene paciencia para las teorías cuando se convierten en excusas.

House entra en la conversación para recordar algo brutalmente sencillo:

todo el mundo miente.

Incluido él.

Incluidos los filósofos.

Incluido Daniel.

Incluido cualquiera que crea estar completamente seguro de sus propios motivos.

House no ofrece una solución.

Ofrece una sospecha.

Y quizá sea por eso por lo que termina siendo uno de los personajes más incómodos de la novela.


RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS

Tres personas reciben una invitación para discutir sobre el hombre.

Freud cree que para comprenderlo hay que mirar hacia dentro y hacia atrás.

Rogers cree que una persona puede crecer cuando deja de fingir ante sí misma y ante los demás.

Rand insiste en que, pese a todos los condicionamientos, el individuo sigue teniendo responsabilidad sobre lo que hace con su vida.

La conversación comienza como un debate psicológico.

Pronto se convierte en algo mucho más grande.

Aparecen el poder, la política, la democracia, la obediencia, la propaganda, la competencia, la mentira, el autoengaño, las instituciones y los límites que deberían impedir que quienes gobiernan se conviertan en dueños de quienes son gobernados.

Entran entonces Maquiavelo, Aristóteles, Olson, Strauss, Gustavo Bueno, Brennan, Juan de Mariana, Arendt, Orwell, Trivers, Rousseau, Montesquieu y Camus.

Cada uno aporta una pieza.

Pero ninguna pieza resuelve el problema.

Entonces aparece Daniel.

Daniel no quiere una teoría.

Quiere saber qué debe hacer con su propia vida.

Y descubre algo incómodo:

todas las teorías pueden servir para comprender una decisión, pero ninguna puede tomarla en su lugar.

Daniel tendrá que enfrentarse al pasado, al miedo, al dinero, al trabajo, al amor, al poder y a las consecuencias de sus propias decisiones.

Descubrirá que una decisión razonable puede producir consecuencias malas.

Que una decisión que rechazó puede terminar teniendo buenos resultados.

Que las instituciones necesitan límites.

Que las emergencias necesitan fecha de caducidad.

Que la democracia no elimina el poder.

Que el conocimiento no elimina la mentira.

Que comprender a alguien no significa justificarlo.

Y que querer cambiar no es lo mismo que estar dispuesto a cambiar.

Al final, incluso los filósofos tienen que abandonar la mesa.

Solo queda Daniel.

Y queda una pregunta:

¿Qué harás con lo que sabes?

La respuesta no está en Freud.

Ni en Rogers.

Ni en Rand.

Ni en ninguno de los demás.

Porque hay decisiones que nadie puede tomar por nosotros.

Y hay precios que nadie puede pagar en nuestro lugar.


ÍNDICE

Nota del autor

Galería de protagonistas

  • Sigmund Freud
  • Carl Rogers
  • Ayn Rand
  • Epicteto
  • Marco Aurelio
  • Nicolás Maquiavelo
  • Aristóteles
  • Mancur Olson
  • Leo Strauss
  • Gustavo Bueno
  • Jason Brennan
  • Juan de Mariana
  • Hannah Arendt
  • George Orwell
  • Robert Trivers
  • Jean-Jacques Rousseau
  • Montesquieu
  • Albert Camus
  • Daniel
  • Gregory House

Resumen para lectores con prisas


LA NOVELA

PRÓLOGO

La invitación


PRIMERA PARTE

EL HOMBRE FRENTE A SÍ MISMO

I. Tres sillas

II. La primera pregunta

III. Lo que no sabemos de nosotros mismos

IV. El peso del pasado

V. La libertad

VI. La responsabilidad

VII. Comprender no es absolver

VIII. El hombre que quiere cambiar


SEGUNDA PARTE

LAS CUATRO MIRADAS

IX. Freud

X. Rogers

XI. Rand

XII. Epicteto

XIII. El pasado y el presente

XIV. Cuatro respuestas

XV. Lo que depende de nosotros

XVI. El sufrimiento

XVII. La decisión


TERCERA PARTE

EL HOMBRE Y EL PODER

XVIII. Maquiavelo

XIX. Los hombres como son

XX. El miedo

XXI. La ambición

XXII. El poder necesita límites

XXIII. La excepción

XXIV. Cuando la necesidad se convierte en norma

XXV. Arendt

XXVI. Obedecer

XXVII. Decir no


CUARTA PARTE

LA POLÍTICA REAL

XXVIII. Aristóteles

XXIX. La ciudad

XXX. Ciudadanos y súbditos

XXXI. Mancur Olson

XXXII. El interés común

XXXIII. Los que se organizan

XXXIV. La democracia realmente existente

XXXV. Gustavo Bueno

XXXVI. Las mayorías

XXXVII. El color del gato


QUINTA PARTE

¿QUIÉN DEBE GOBERNAR?

XXXVIII. Jason Brennan

XXXIX. Los hobbits, los hooligans y los vulcanos

XL. Competencia

XLI. El problema de los filtros

XLII. La lotería

XLIII. Sortear el poder

XLIV. ¿Quién decide quién es competente?

XLV. Leo Strauss

XLVI. Quién tiene el poder

XLVII. Quién tiene derecho a tenerlo

XLVIII. Quién debería tenerlo


SEXTA PARTE

ATENAS, ESPARTA Y LA MENTIRA

XLIX. Atenas

L. Esparta

LI. La mentira noble

LII. ¿Puede mentirse por el bien de todos?

LIII. El que define el bien

LIV. Los absolutos incuestionables

LV. El peligro de la certeza

LVI. La ventana de Overton

LVII. Lo que puede decirse

LVIII. Lo que ya no puede pensarse


SÉPTIMA PARTE

LA MENTIRA

LIX. Orwell

LX. Las palabras

LXI. Trivers

LXII. Engañar

LXIII. Engañarse

LXIV. La mentira que termina creyéndose

LXV. Rousseau

LXVI. La voluntad general

LXVII. Cuando discrepar se convierte en traición


OCTAVA PARTE

LA LEY Y SUS LÍMITES

LXVIII. Montesquieu

LXIX. El poder frena al poder

LXX. Juan de Mariana

LXXI. El gobernante no es el dueño

LXXII. La emergencia

LXXIII. El poder extraordinario

LXXIV. Cuándo termina la excepción


NOVENA PARTE

DANIEL

LXXV. El hombre corriente

LXXVI. Dos vidas

LXXVII. La vida que se pierde

LXXVIII. Lo que cuesta elegir

LXXIX. La decisión

LXXX. El pasado vuelve

LXXXI. El trabajo

LXXXII. El dinero

LXXXIII. El miedo

LXXXIV. La mujer

LXXXV. La libertad del otro


DÉCIMA PARTE

EL PRECIO DE LAS DECISIONES

LXXXVI. La llamada

LXXXVII. No puedo

LXXXVIII. No quiero pagar el precio

LXXXIX. Una decisión razonable

XC. Una mala consecuencia

XCI. Una decisión equivocada

XCII. Una buena consecuencia

XCIII. Nadie controla el resultado


UNDÉCIMA PARTE

EL PODER Y LA EMERGENCIA

XCIV. La crisis

XCV. Hay que actuar

XCVI. La información

XCVII. El gobierno

XCVIII. Los límites

XCIX. La fecha de caducidad

C. El incendio

CI. La decisión correcta que causa un daño

CII. Corregir

CIII. Ningún sistema es perfecto


DUODÉCIMA PARTE

EL HOMBRE QUE QUIERE CAMBIAR

CIV. La vieja excusa

CV. La nueva mentira

CVI. Lo que Daniel todavía no quiere reconocer

CVII. La responsabilidad

CVIII. La compasión

CIX. La verdad

CX. No vivir por otro

CXI. Elegir


DECIMOTERCERA PARTE

HOUSE

CXII. El médico

CXIII. Todo el mundo miente

CXIV. También House

CXV. El conocimiento no basta

CXVI. Nadie quiere cambiar

CXVII. La última provocación


DECIMOCUARTA PARTE

EL ÚLTIMO DEBATE

CXVIII. Marco Aurelio regresa

CXIX. El hombre

CXX. La libertad

CXXI. El poder

CXXII. La obediencia

CXXIII. La responsabilidad

CXXIV. Los absolutos

CXXV. La verdad

CXXVI. La duda

CXXVII. La única decisión que queda


EPÍLOGO

CCCLVII. El regreso

CCCLVIII. La última mentira

CCCLIX. La casa

CCCLX. La última pregunta

CCCLXI. Frente al hombre

CCCLXII. Todo el mundo miente

CCCLXIII. Nadie está dispuesto a cambiar

CCCLXIV. Epílogo


FIN

Prólogo

Freud recibió la carta una tarde de invierno.

La dejó sobre la mesa y volvió a mirar por la ventana.

No conocía personalmente a aquella mujer.

Había oído hablar de ella.

Escritora. Filósofa. Defensora apasionada de la razón y del individualismo.

Y ahora pretendía sentarlo frente a un psicólogo norteamericano al que apenas conocía para discutir durante una noche sobre la naturaleza humana.

Freud sonrió.

—Qué pretensión tan americana.

Pero no rompió la carta.

En California, Carl Rogers recibió otra.

La leyó despacio.

Después permaneció unos minutos mirando por la ventana.

Conocía las ideas de Freud. Conocía también las de Ayn Rand.

Lo que no sabía era qué podía ocurrir cuando aquellas tres concepciones del hombre dejaran de estar contenidas en libros y tuvieran que enfrentarse cara a cara.

Rogers dobló la carta.

No tenía ningún motivo especial para aceptar.

Precisamente por eso decidió hacerlo.

La tercera carta no llegó a ninguna parte.

Porque la había escrito Ayn Rand.

Y Ayn Rand no necesitaba invitación.

Necesitaba interlocutores.

Llevaba semanas preparando aquel encuentro.

No pretendía demostrar que Freud estaba equivocado.

Tampoco esperaba convencer a Rogers.

Quería algo mucho más difícil.

Quería obligarlos a contestar una pregunta que los tres habían abordado desde lugares distintos:

¿Es el hombre dueño de su vida o está condenado a obedecer fuerzas que no ha elegido?

Rand sabía lo que Freud respondería.

El inconsciente.

La infancia.

El deseo.

El miedo.

La historia personal.

Sabía también lo que respondería Rogers.

La experiencia.

La relación con los demás.

La posibilidad de crecer.

Y sabía lo que ella tendría que defender:

que, por encima de todas esas fuerzas, el hombre sigue siendo responsable de aquello que hace con su vida.

Lo que no sabía era qué ocurriría cuando ninguno pudiera refugiarse en su propia disciplina.

Eso era precisamente lo que quería descubrir.


I

Tres sillas

La casa estaba situada a las afueras de una ciudad que ninguno de los tres reconoció.

Era grande, pero no ostentosa.

Una construcción antigua, rodeada de árboles desnudos.

No había sirvientes.

No había periodistas.

No había público.

Cuando Freud llegó, encontró una habitación amplia, una chimenea encendida y tres sillas.

Nada más.

Se quitó el abrigo.

—Esto empieza a parecer un experimento.

—Lo es.

Freud se volvió.

Ayn Rand estaba junto a la chimenea.

—¿Y cuál es el objeto del experimento?

—Descubrir si tres personas pueden hablar durante una noche entera sobre el hombre sin terminar hablando únicamente de sí mismas.

Freud sonrió.

—Una hipótesis poco optimista.

—Una hipótesis prudente.

Poco después llegó Rogers.

Rand lo recibió en la puerta.

—Doctor Rogers.

—Señora Rand.

Rogers entró y miró las tres sillas.

—Parece que ya ha decidido cómo vamos a sentarnos.

—Sí.

—¿Y también quién empieza?

—Sí.

Rogers sonrió.

—¿Usted?

—Naturalmente.

Los tres tomaron asiento.

Rand permaneció unos segundos en silencio.

—No quiero que esta conversación se convierta en una conferencia.

Freud respondió:

—Entonces no debería haber invitado a dos hombres que han pasado buena parte de su vida hablando.

Rogers rió.

Rand no.

—Quiero algo más difícil.

—¿Qué? —preguntó Rogers.

—Que ninguno pueda esconderse detrás de su disciplina.

Freud la observó.

—Explíquese.

—Cuando usted habla como médico, puede refugiarse en el paciente.

Miró a Rogers.

—Cuando usted habla como psicólogo, puede refugiarse en la relación terapéutica.

Después se señaló a sí misma.

—Y yo podría refugiarme en mis argumentos filosóficos.

Hizo una pausa.

—Esta noche no habrá refugios.

Freud cruzó las manos.

—¿Cuál es la primera pregunta?

Rand se inclinó hacia delante.

—¿Qué es el hombre?

Nadie respondió inmediatamente.

Finalmente Freud habló.

—Un ser mucho menos dueño de sí mismo de lo que le gusta creer.

Rand sonrió.

—Ya empezamos.

Rogers intervino.

—Y quizá también mucho más capaz de cambiar de lo que usted supone.

Freud lo miró.

—Eso depende de qué llamemos cambiar.

—Dejar de ser aquello que uno ha aprendido a ser.

—¿Aprendido?

Freud negó con la cabeza.

—Usted habla como si el hombre llegara al mundo vacío.

—No he dicho eso.

—Pero lo presupone.

Rand levantó una mano.

—No.

Los dos la miraron.

—El problema no es decidir ahora quién tiene razón. El problema es averiguar qué parte de un hombre puede cambiar y qué parte lo gobierna aunque él no lo sepa.

Freud asintió.

—Eso sí es una pregunta.

Rogers añadió:

—Y hay otra.

—¿Cuál?

—Qué ocurre cuando un hombre descubre lo que le gobierna.

Rand lo miró.

—¿Se libera?

Rogers tardó en responder.

—No necesariamente.

Freud sonrió.

—Ahí está.

Rand frunció el ceño.

—¿Ahí está qué?

—La diferencia entre comprender y cambiar.

El fuego crepitó.

Durante unos segundos ninguno habló.

Todavía no lo sabían, pero aquella diferencia iba a perseguirlos durante toda la noche.


II

Lo que no sabemos de nosotros mismos

Freud fue el primero en levantarse.

No caminó mucho.

Sólo lo suficiente para acercarse a la chimenea.

—El hombre se cuenta historias sobre sí mismo —dijo—. Necesita hacerlo. Necesita creer que conoce las razones de sus actos.

Rand respondió:

—¿Y no las conoce?

—A menudo no.

—¿Nunca?

—He dicho que a menudo.

Rogers permanecía sentado.

—Eso no significa que no pueda llegar a conocerlas.

Freud se volvió.

—Por supuesto que puede. Pero descubrir una razón no significa dejar de estar sometido a ella.

—¿Entonces para qué sirve el conocimiento?

—Para empezar.

Rand intervino:

—No. Para usted, quizá el conocimiento sea el comienzo. Para mí, debe conducir a una decisión.

Freud sonrió.

—Ahí aparece siempre la voluntad.

—Porque existe.

—Sin duda.

—Entonces no entiendo su problema.

—Mi problema es que usted habla de la voluntad como si apareciera en una habitación limpia, sin pasado, sin deseos contradictorios, sin miedo y sin heridas.

Rand se levantó.

—Y usted habla del hombre como si conocer sus condicionamientos bastara para explicar lo que hará.

—No basta.

—Entonces estamos de acuerdo.

Freud la miró.

—No se apresure.

Rogers sonrió.

—Creo que ninguno de los dos quiere que esto termine tan pronto.

Rand volvió a sentarse.

—Bien. Sigamos.

Freud señaló una silla vacía.

—Imaginemos a un hombre.

—¿Por qué imaginario? —preguntó Rogers.

Freud lo miró.

—Porque todavía no tenemos a nadie mejor.

Rogers no respondió.

Freud continuó:

—Un hombre que ha pasado cuarenta años creyendo que debe vivir la vida que otros eligieron para él. Su padre quería que fuera abogado. Se convirtió en abogado. Su familia esperaba que mantuviera el despacho. Lo mantuvo. Su matrimonio se deterioró. Siguió casado. Un día descubre que nunca quiso nada de aquello.

Rand preguntó:

—¿Y por qué no se marchó antes?

—Porque no podía.

—No quería.

—Tal vez ambas cosas.

Rogers intervino:

—Eso es importante.

Freud lo miró.

—¿Qué?

—La diferencia entre no poder y no querer.

Rand asintió.

—Exactamente.

Freud negó con la cabeza.

—No es tan sencillo.

—Nunca he dicho que lo sea.

—Puede sentirse incapaz de hacer algo y, sin embargo, tener la posibilidad de hacerlo.

—Sí.

—Y puede convencerse de que no tiene elección precisamente porque elegir le produce miedo.

Rogers asintió.

—Sí.

Rand preguntó:

—Entonces, ¿es libre?

Freud la miró.

—¿Qué significa para usted ser libre?

—Poder elegir.

—¿Aunque no pueda soportar las consecuencias?

Rand guardó silencio.

Rogers intervino:

—Quizá la libertad no consista solamente en poder elegir.

Freud volvió la cabeza.

—¿En qué consiste entonces?

—En poder asumir que la elección es nuestra.

Rand sonrió.

—Eso ya se parece más a mi terreno.

—No necesariamente.

—¿Por qué?

Rogers miró el fuego.

—Porque un hombre puede asumir intelectualmente que una decisión es suya y seguir sin ser capaz de tomarla.

Freud asintió lentamente.

—Ahora estamos hablando del hombre real.


III

Daniel

A las once y veinte, Rand se levantó.

Cruzó la habitación y abrió una puerta que hasta entonces ninguno de los otros dos había reparado en que existía.

Freud levantó la cabeza.

—¿Qué hace?

—Hay alguien aquí.

Rogers se puso de pie.

Al otro lado había una habitación pequeña.

Un hombre estaba sentado junto a la ventana.

Tendría unos cuarenta y cinco años.

No parecía enfermo.

Tampoco especialmente nervioso.

Simplemente cansado.

Rand se volvió.

—Su nombre es Daniel.

Daniel levantó la vista.

—Buenas noches.

Freud lo observó.

—¿Quién es?

—El hombre del que estábamos hablando —respondió Rand.

Daniel sonrió.

—Eso parece bastante desagradable.

Rogers se acercó.

—¿Sabía que estábamos hablando de usted?

—Sí.

—¿Y ha aceptado?

—Sí.

Freud preguntó:

—¿Por qué?

Daniel se encogió de hombros.

—Porque estoy harto de hablar conmigo mismo.

Rand señaló una silla.

Daniel entró en la habitación.

Se sentó.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente Rogers preguntó:

—¿Qué le ocurre?

Daniel soltó una breve carcajada.

—Esa es precisamente la pregunta que llevo años intentando responder.

Freud se inclinó hacia delante.

—¿Qué cree usted que le ocurre?

Daniel lo miró.

—Sé lo que debería decir.

—¿Qué?

—Que mi padre decidió demasiadas cosas por mí. Que aprendí a buscar aprobación. Que tengo miedo de decepcionar a los demás. Que llevo tantos años haciendo lo que esperan de mí que ya no sé distinguir entre lo que quiero y lo que se supone que debo querer.

Freud sonrió ligeramente.

—Es una respuesta bastante buena.

—Me la sé de memoria.

Rogers intervino:

—¿Y qué siente?

Daniel tardó unos segundos.

—Que sigo exactamente igual.

Freud miró a Rogers.

Rogers no apartó los ojos de Daniel.

—¿Qué ha intentado hacer?

—Muchas cosas.

—¿Cuáles?

—Terapia. Viajes. Cambiar de trabajo. Separarme. Volver con mi mujer. Volver a separarme. Empezar un negocio. Cerrarlo. Leer libros. Dejar de leerlos.

Rand preguntó:

—¿Y qué quiere hacer ahora?

Daniel la miró.

—No lo sé.

—¿Qué haría si nadie pudiera juzgarle?

Daniel respondió inmediatamente:

—Me iría.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—¿Qué haría?

—Tampoco lo sé.

Rand se inclinó hacia él.

—Entonces quizá no quiera marcharse.

Daniel la miró con irritación.

—Quizá quiera dejar de sentir que mi vida pertenece a otra persona.

Freud intervino.

—Eso es distinto.

Daniel se volvió hacia él.

—¿Ve? Eso es lo que hacen todos.

—¿Qué?

—Encuentran una palabra más precisa para decirme que sigo sin saber qué hacer.

Rogers sonrió.

Daniel no.

—No estoy aquí para que me expliquen mejor mi problema.

—¿Entonces para qué ha venido? —preguntó Rogers.

Daniel miró a los tres.

—Para saber si alguien puede decirme qué hacer.

Rand negó con la cabeza.

—No.

Daniel frunció el ceño.

—¿No?

—No.

—Entonces, ¿para qué demonios estoy aquí?

Rand respondió sin apartar la mirada:

—Para descubrir por qué necesita que alguien se lo diga.

Daniel permaneció inmóvil.

Freud habló con suavidad.

—Y quizá para descubrir qué ocurre cuando deja de esperar esa respuesta.

Daniel bajó la cabeza.

—Eso es mucho más difícil.

—Sí —dijo Rogers—. Lo es.


IV

El pasado

Freud tomó la palabra.

—Quiero que entendamos algo antes de seguir.

Daniel lo miró.

—Su vida no empezó cuando usted decidió pensar en ella.

—Ya lo sé.

—No. Creo que todavía no.

Freud se levantó.

—Todo hombre llega a la edad adulta cargando una historia que no ha elegido. Padres, pérdidas, humillaciones, deseos, miedos, afectos. Algunas de esas cosas se recuerdan. Otras no.

Daniel preguntó:

—¿Y eso significa que no soy responsable?

—No.

—Entonces, ¿para qué me sirve saberlo?

Freud respondió:

—Para dejar de mentirse.

Daniel frunció el ceño.

—¿Mentirme sobre qué?

—Sobre las razones por las que hace lo que hace.

Rand intervino:

—Pero no confundamos explicación con justificación.

Freud la miró.

—No las confundo.

—Hay personas que pasan la vida explicándose hasta conseguir convencerse de que no tienen ninguna responsabilidad.

Rogers asintió.

—Eso ocurre.

Daniel preguntó:

—Entonces, ¿mi pasado importa o no?

Freud respondió:

—Importa mucho.

—¿Pero manda?

—No necesariamente.

Rand añadió:

—El pasado puede explicar una decisión. No puede convertirla automáticamente en correcta.

Daniel guardó silencio.

Rogers dijo:

—Y tampoco podemos exigirle a una persona que cambie simplemente porque hemos descubierto la causa de su conducta.

Freud asintió.

—Exactamente.

—Entonces, ¿qué queda?

Rand respondió:

—La elección.

Daniel soltó una risa amarga.

—Siempre terminamos ahí.

Freud negó con la cabeza.

—No. Terminamos en algo más incómodo.

—¿En qué?

Freud lo miró.

—En que puede haber razones muy profundas para que usted haga lo que hace y, aun así, seguir siendo usted quien lo hace.

Daniel no respondió.

Por primera vez aquella noche pareció no tener una réplica preparada.


V

La libertad no tranquiliza

La conversación continuó durante horas.

No avanzaba en línea recta.

Volvía sobre las mismas preguntas, pero cada vez desde un lugar distinto.

Daniel descubrió que comprender su pasado no le proporcionaba automáticamente una salida.

Rogers insistió en que una persona puede cambiar cuando encuentra un espacio donde no necesita fingir.

Freud replicó que incluso la sinceridad puede ser engañosa cuando el hombre desconoce sus propios motivos.

Rand insistió en que ninguna explicación podía sustituir una decisión.

Y Daniel empezó a comprender algo que no le gustó:

quizá llevaba años esperando que alguien le demostrara que no era responsable de su vida.

No porque quisiera ser culpable.

Sino porque la responsabilidad pesaba.

Mucho.

A las tres de la madrugada, Daniel preguntó:

—¿Y si elijo mal?

Nadie respondió inmediatamente.

Finalmente Rogers dijo:

—Puede ocurrir.

—¿Y entonces?

—Tendrá que volver a elegir.

Daniel miró a Freud.

—¿Usted?

Freud se encogió de hombros.

—Intentaría comprender por qué elegí mal.

Daniel miró a Rand.

—¿Y usted?

—Aceptaría las consecuencias.

Daniel dejó escapar el aire.

—Los tres tienen respuestas distintas.

Rand negó con la cabeza.

—No tanto.

—¿No?

—Los tres estamos diciendo que no existe una vida en la que comprender, elegir y actuar nos libre de las consecuencias.

Freud añadió:

—Y tampoco existe una vida en la que podamos esperar certeza antes de actuar.

Daniel miró por la ventana.

Aún era de noche.

—Entonces la libertad no tranquiliza.

—No —dijo Rand.

Rogers añadió:

—Pero puede hacer que una vida sea realmente nuestra.

Daniel permaneció callado.


VI

El hombre que llega después

Cuando empezaba a amanecer, alguien llamó a la puerta.

Los cuatro se volvieron.

Rand fue a abrir.

No era un invitado anunciado.

Era un hombre mayor, vestido con sencillez, que llevaba un pequeño cuaderno en la mano.

—¿Marco Aurelio? —preguntó Rogers.

El hombre sonrió.

—Eso parece.

Freud lo observó.

—Esto empieza a ponerse interesante.

Marco Aurelio entró.

No saludó con solemnidad.

Miró las sillas.

Luego a Daniel.

—¿De qué habláis?

Daniel respondió:

—De si un hombre puede gobernar su propia vida.

Marco asintió.

—Una pregunta antigua.

Rand señaló una silla.

—Siéntese.

Marco lo hizo.

Freud preguntó:

—Usted gobernó un imperio.

—Durante un tiempo.

—¿Y eso le enseñó algo sobre el hombre?

Marco bajó la mirada hacia su cuaderno.

—Me enseñó que los hombres obedecen por muchas razones.

—¿Miedo? —preguntó Freud.

—Miedo.

—¿Interés? —preguntó Rand.

—Interés.

—¿Necesidad de pertenecer? —preguntó Rogers.

—También.

Marco levantó la mirada.

—Pero descubrí algo más.

—¿Qué? —preguntaron casi al mismo tiempo.

—Que un hombre puede mandar sobre miles de personas y no ser capaz de gobernarse a sí mismo.

Freud sonrió.

—Eso sí que es psicología.

Rand preguntó:

—¿Y cómo se gobierna uno mismo?

Marco respondió:

—Aprendiendo a distinguir entre lo que ocurre y lo que pensamos acerca de lo que ocurre.

Daniel frunció el ceño.

—¿Y eso sirve para decidir?

—Sirve para no confundir tus juicios con la realidad.

—No parece suficiente.

—No lo es.

Rand lo miró.

—Entonces, ¿qué falta?

Marco señaló a Daniel.

—Que después de comprender, decida.

Daniel bajó los ojos.

Marco continuó:

—Y que acepte que decidir no significa tener garantías.

Freud asintió.

—Ahí volvemos a encontrarnos.

Rogers preguntó:

—¿Con quién?

Marco respondió:

—Con el hombre.

Y por primera vez desde que había comenzado aquella extraña reunión, Daniel comprendió que la cuestión no era descubrir quién tenía razón.

La cuestión era qué iba a hacer él con aquello que acababa de comprender.

VII

El hombre que quiere mandar

El amanecer había entrado en la habitación cuando Daniel se levantó.

Llevaba horas escuchando hablar de libertad, responsabilidad, pasado y elección.

Ahora necesitaba aire.

Salió al jardín.

Marco Aurelio lo siguió.

Durante unos minutos caminaron sin hablar.

—¿Siempre habla así? —preguntó Daniel.

—¿Así cómo?

—Como si supiera algo que los demás no sabemos.

Marco sonrió.

—No.

—Pues lo parece.

—Quizá porque ya he cometido muchos errores.

Daniel se detuvo.

—¿Y eso ayuda?

—A veces.

—¿A gobernar?

—No. A desconfiar de uno mismo.

Daniel miró la casa.

—Dentro están intentando descubrir cómo funciona el hombre.

—Y tú estás intentando descubrir cómo funciona tu vida.

—¿No es lo mismo?

Marco negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque comprender al hombre en general es relativamente fácil. Lo difícil es comprender al hombre que tienes delante cuando ese hombre eres tú.

Daniel sonrió.

—Eso parece una trampa.

—Lo es.

Una voz llegó desde la puerta.

—No es una trampa.

Era Rand.

—Es una responsabilidad.

Daniel la miró.

—¿Y si no quiero esa responsabilidad?

—Entonces alguien decidirá por ti.

—¿Y si prefiero eso?

Rand no respondió inmediatamente.

—Entonces tendrás que aceptar que también has decidido.

Daniel frunció el ceño.

—Eso es absurdo.

—No. Es incómodo.

Marco volvió a sonreír.

—Las mejores preguntas suelen serlo.

Regresaron a la casa.

Freud estaba junto a la ventana.

Rogers había preparado café.

Sobre la mesa había aparecido un papel.

Rand lo tomó.

—¿Qué es esto?

Freud respondió:

—Una pregunta.

—¿De quién?

—De Daniel.

Todos miraron a Daniel.

Él negó con la cabeza.

—Yo no he escrito nada.

Freud leyó:

«¿Qué ocurre cuando el hombre no sólo quiere gobernar su propia vida, sino también la de los demás?»

Rand levantó los ojos.

—Entonces ha llegado el momento de hablar del poder.

Marco dejó el cuaderno sobre la mesa.

—Y del hombre que cree que puede utilizarlo sin cambiar él mismo.


VIII

Maquiavelo

La puerta volvió a abrirse.

Esta vez entró un hombre vestido de oscuro.

No parecía sorprendido de encontrarse allí.

Miró a Freud.

Después a Rogers.

A Rand.

A Marco Aurelio.

Finalmente a Daniel.

—¿Quién es él? —preguntó.

—Daniel —respondió Rand.

—¿Gobierna algo?

—Su propia vida —dijo Marco.

El recién llegado sonrió.

—Entonces todavía no sabe lo que es gobernar.

Rand se acercó.

—¿Y usted?

—Nicolás Maquiavelo.

Freud soltó una breve carcajada.

—Naturalmente.

Maquiavelo miró la mesa.

—¿De qué hablábamos?

—Del poder —respondió Rand.

—Entonces quizá hayamos llegado a una cuestión más seria.

Se sentó.

—Porque cuando un hombre gobierna solamente su propia vida, puede permitirse muchas ilusiones. Cuando gobierna sobre otros, las consecuencias dejan de ser exclusivamente suyas.

Rogers preguntó:

—¿Eso justifica el poder?

—No.

—¿Lo condena?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué hace?

Maquiavelo miró a Daniel.

—Obliga a mirar a los hombres como son.

Freud intervino:

—¿Y cómo son?

—No son como les gustaría ser.

Rand sonrió.

—Eso ya lo sabemos.

—No tanto como creéis.

Maquiavelo se inclinó hacia delante.

—Los hombres quieren poder, reconocimiento, seguridad, dinero, pertenencia. Temen perder lo que tienen. Envidian lo que no poseen. Se indignan cuando otro obtiene lo que ellos creen merecer. Y muchas veces llaman justicia a lo que simplemente desean.

Freud asintió.

—Eso se parece bastante a lo que he dicho esta noche.

—Quizá porque los hombres no han cambiado tanto.

Daniel preguntó:

—Entonces, ¿hay que desconfiar de todos?

—Hay que desconfiar del poder que no encuentra resistencia.

Rand intervino:

—Eso es diferente.

—Es esencialmente diferente.

—¿Por qué?

—Porque el problema no es que todos los hombres sean malvados.

Maquiavelo hizo una pausa.

—El problema es que ningún sistema serio puede depender de que sean buenos.

Silencio.

Aquella frase cambió el tono de la conversación.

Rogers preguntó:

—¿Entonces una sociedad debe construirse desde la desconfianza?

—Desde el conocimiento.

—¿De qué?

—De que quien puede abusar del poder puede hacerlo.

Rand asintió.

—Ahí estamos de acuerdo.

Maquiavelo la miró.

—No se alegre tan pronto.

—¿Por qué?

—Porque usted habla de libertad como si bastara con reconocerla.

Rand frunció el ceño.

—¿Y qué falta?

—Frenar a quien quiera quitársela.


IX

El poder necesita un límite

Marco Aurelio tomó la palabra.

—¿Y quién frena al que manda?

Maquiavelo respondió:

—Otro poder.

Rogers preguntó:

—¿No puede convertirse ese otro poder en el mismo problema?

—Por supuesto.

—Entonces seguimos igual.

—No exactamente.

Maquiavelo se levantó.

—Un poder que sabe que puede ser limitado se comporta de manera distinta de un poder que cree que no tiene límites.

Rand añadió:

—Por eso las instituciones importan.

—Sí.

—Y las leyes.

—Sí.

—Y la división del poder.

—También.

Daniel intervino:

—Pero quien controla las instituciones puede cambiarlas.

Maquiavelo lo miró con interés.

—Ahora empieza a comprender.

—¿Comprender qué?

—Que el poder no desaparece porque escribamos una constitución.

Marco Aurelio preguntó:

—¿Entonces qué debemos hacer?

—Hacer que el poder encuentre obstáculos.

—¿Siempre?

Maquiavelo lo miró.

—Especialmente cuando afirma tener buenas razones.

Freud intervino:

—Eso es interesante.

—¿Por qué?

—Porque el hombre se perdona más fácilmente aquello que hace cuando cree tener una buena causa.

Maquiavelo sonrió.

—Y ahí aparece uno de los peligros más grandes.

—¿Cuál?

—Que el gobernante empiece creyendo que utiliza el poder para proteger a la comunidad y termine creyendo que la comunidad necesita exactamente todo aquello que él decide.

Rand añadió:

—Y entonces deja de distinguir entre el bien común y su propia voluntad.

—Exactamente.

Daniel miró a Marco.

—¿Eso significa que ningún hombre debería tener demasiado poder?

Marco respondió:

—Significa que ningún hombre debería tener un poder que no pueda ser detenido.

Maquiavelo levantó un dedo.

—Y hay algo más.

—¿Qué?

—El poder extraordinario tiene una costumbre peligrosa.

—¿Cuál?

—No quiere desaparecer.


X

La excepción

Daniel volvió a sentarse.

—Supongamos que existe una amenaza real.

Maquiavelo asintió.

—Bien.

—Una ciudad está en peligro.

—Continúa.

—El gobernante necesita poderes extraordinarios para defenderla.

—Puede ser.

—¿Debe utilizarlos?

—Si son necesarios.

Rand intervino:

—¿Quién decide que son necesarios?

—El gobernante.

—Entonces estamos perdidos.

Maquiavelo la miró.

—No necesariamente.

—¿Por qué?

—Porque también puede decidirlo una ley.

Daniel preguntó:

—¿Y si la ley tarda demasiado?

—Entonces el gobernante decidirá.

—¿Y después?

—Después deberá devolver el poder.

Marco preguntó:

—¿Y si considera que la amenaza continúa?

Maquiavelo guardó silencio.

—Ahí está el problema.

Rogers dijo:

—Porque una excepción puede convertirse en costumbre.

—Sí.

—Y una costumbre puede convertirse en ley.

—Sí.

—Y entonces la excepción deja de ser una excepción.

Maquiavelo asintió.

—Por eso el verdadero problema del poder no aparece cuando todo funciona bien.

Miró a los demás.

—Aparece cuando el miedo permite justificar casi cualquier cosa.

Freud añadió:

—El miedo reduce el espacio de la razón.

—Y aumenta el valor político de quien promete seguridad.

Rand preguntó:

—¿Aunque esa seguridad tenga un precio?

Maquiavelo sonrió.

—Siempre tiene un precio.

Daniel preguntó:

—¿Quién lo paga?

Maquiavelo respondió:

—Eso es precisamente lo que decide quién tiene el poder.


XI

Los hombres que obedecen

La discusión había cambiado.

Ya no hablaban sólo de Daniel.

Ahora hablaban de todos.

De quienes mandaban.

De quienes obedecían.

De quienes aceptaban.

De quienes protestaban.

De quienes callaban.

Rogers preguntó:

—¿Por qué obedece un hombre?

Maquiavelo respondió:

—Porque teme.

Freud añadió:

—Porque desea.

Rand:

—Porque le conviene.

Marco:

—Porque cree que debe.

Daniel:

—¿Y si sabe que está haciendo algo malo?

Nadie respondió inmediatamente.

Finalmente Marco dijo:

—Entonces la pregunta cambia.

—¿A qué?

—Ya no preguntamos por qué obedece.

Marco miró a Daniel.

—Preguntamos por qué sigue obedeciendo después de saberlo.

La puerta se abrió.

Entró una mujer.

No llevaba libros.

No llevaba uniforme.

Sólo un abrigo oscuro y una expresión severa.

Maquiavelo la reconoció.

—Hannah.

Ella asintió.

—Hannah Arendt.

Freud preguntó:

—¿Ha venido a responder la pregunta?

Arendt miró a Daniel.

—No.

—¿Entonces?

—A complicarla.

Daniel sonrió.

—Eso parece ser la costumbre de esta casa.

Arendt se sentó.

—El problema de la obediencia no es solamente que existan hombres dispuestos a mandar.

Hizo una pausa.

—Es que existen hombres dispuestos a dejar de pensar.

Rand preguntó:

—¿Pensar basta para resistir?

—No.

—Entonces, ¿qué basta?

Arendt negó con la cabeza.

—Nada basta.

—Eso no es muy tranquilizador.

—La política no existe para tranquilizarnos.

Maquiavelo sonrió.

—Por fin alguien lo dice.

Arendt continuó:

—Un hombre puede obedecer una orden injusta. Puede hacerlo por miedo, por interés, por costumbre o porque ha decidido que la responsabilidad pertenece a quien da la orden.

Freud intervino:

—Y puede convencerse de que no tenía alternativa.

—Exactamente.

Daniel preguntó:

—¿Y cómo se rompe eso?

Arendt lo miró.

—Diciendo no.

—¿Aunque tenga consecuencias?

—Precisamente entonces.

Daniel bajó la mirada.

La frase era sencilla.

Pero ya había aprendido que las cosas sencillas podían ser las más difíciles de hacer.


XII

El derecho a decir no

Rogers miró a Arendt.

—¿Cree que todos pueden decir no?

—Todos pueden decirlo.

—No es lo mismo que poder hacerlo.

—No.

Rand intervino:

—Entonces volvemos a la libertad.

Arendt negó con la cabeza.

—No. Volvemos al carácter.

Freud levantó una ceja.

—¿El carácter?

—La capacidad de sostener una decisión cuando deja de ser cómoda.

Daniel preguntó:

—¿Y de dónde sale?

Arendt respondió:

—No lo sé.

Freud sonrió.

—Una respuesta honesta.

—Y quizá por eso sea más útil que una falsa certeza.

Maquiavelo se acercó a la ventana.

—Un gobernante inteligente conoce esa debilidad.

Rand lo miró.

—¿Qué debilidad?

—Que la mayoría de los hombres quiere libertad mientras no le cueste demasiado.

Daniel levantó la cabeza.

—Eso es bastante cínico.

—Es bastante frecuente.

Arendt intervino:

—Pero no debemos confundir frecuencia con destino.

Maquiavelo se volvió.

—¿Y qué hacemos con ella?

—Construir instituciones que no dependan de que todos sean héroes.

Rand asintió.

—Eso empieza a parecerse a una solución.

Arendt negó con la cabeza.

—No es una solución.

—¿Qué es?

—Una defensa contra el desastre.

Marco Aurelio sonrió.

—Quizá eso sea lo máximo que podamos pedirle a la política.


XIII

La ciudad

A media mañana, la conversación salió por fin de la casa.

No físicamente.

Pero sí en su objeto.

Daniel preguntó:

—Todo esto está muy bien para una persona. Pero los hombres viven juntos.

Aristóteles apareció entonces.

No entró con solemnidad.

Entró como si llevara allí toda la mañana.

—Exactamente.

Daniel lo miró.

—¿Y usted quién es?

—Aristóteles.

Daniel suspiró.

—Naturalmente.

Aristóteles sonrió.

—Me temo que vais a descubrir que la cuestión no termina en el individuo.

Se sentó.

—El hombre vive en comunidad porque no puede vivir bien completamente solo.

Rand preguntó:

—¿Vivir bien?

—Sí.

—¿Quién decide qué significa?

—Ahí empieza la política.

Maquiavelo intervino:

—No. Ahí empieza la lucha por el poder.

Aristóteles lo miró.

—También.

—Entonces no idealice la ciudad.

—No la idealizo.

—¿Qué hace entonces?

—La observo.

Aristóteles señaló a Daniel.

—Un hombre puede querer vivir libre.

Después señaló a los demás.

—Pero necesita convivir con otros hombres que también quieren ser libres.

Daniel preguntó:

—¿Y qué ocurre cuando sus libertades chocan?

Aristóteles respondió:

—Entonces aparece la ley.

Rand añadió:

—Y el límite.

—Sí.

Maquiavelo intervino:

—Y el poder para hacer cumplir ese límite.

Aristóteles asintió.

—También.

Daniel los miró.

—Entonces estamos otra vez donde empezamos.

Aristóteles negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora hemos descubierto algo peor.

—¿Qué?

Aristóteles miró alrededor.

—Que el problema no consiste solamente en impedir que un hombre abuse del poder.

Hizo una pausa.

—Consiste también en impedir que muchos hombres utilicen juntos su poder para hacer lo mismo.

Nadie respondió.

Olson, que hasta ese momento había permanecido en silencio junto a la puerta, habló por primera vez.

—Ahora sí hemos llegado a mi terreno.

XIV

Los que se benefician

Olson se acercó a la mesa.

—Todos habláis del poder como si alguien tuviera que decidir conscientemente quién lo posee.

Aristóteles lo miró.

—¿No es así?

—No siempre.

Olson tomó una hoja.

—Imaginemos una ciudad con mil ciudadanos.

Escribió una cifra.

—Todos pagan impuestos.

—Hasta aquí nada extraño —dijo Maquiavelo.

—Ahora supongamos que existe un pequeño grupo que obtiene un beneficio enorme de una determinada política.

—¿Y los demás?

—Cada uno pierde muy poco.

Rand comprendió antes que los demás.

—Entonces los que ganan tienen un incentivo mucho mayor para organizarse.

—Exactamente.

Olson dejó el lápiz.

—Los mil tienen una razón para oponerse. Pero esa razón está dispersa. El grupo pequeño tiene una razón concentrada. Se reúne. Presiona. Paga abogados. Financia campañas. Envía representantes. Insiste.

Aristóteles preguntó:

—¿Y los mil?

—Se quejan.

Maquiavelo sonrió.

—Y después vuelven a casa.

—Eso.

Daniel intervino:

—Entonces una mayoría puede perder frente a una minoría.

—Con frecuencia.

Rand se incorporó.

—Eso destruye una de las ilusiones más extendidas sobre la democracia.

Aristóteles la miró.

—¿Cuál?

—Que basta con que la mayoría quiera algo.

Olson negó con la cabeza.

—No basta.

—¿Por qué?

—Porque la mayoría no actúa necesariamente como mayoría.

Freud intervino:

—Cada individuo puede pensar que su participación no cambia nada.

—Exactamente.

Rogers añadió:

—Y puede esperar que sean los demás quienes actúen.

Olson asintió.

—El hombre descubre que puede beneficiarse de una acción colectiva sin contribuir a ella.

Daniel preguntó:

—El polizón.

—El que viaja gratis.

Maquiavelo se echó a reír.

—Una metáfora bastante exacta.

Olson continuó:

—Ahora tenemos un problema nuevo. Si quienes soportan el coste son muchos y quienes obtienen el beneficio son pocos, la organización favorece a los segundos.

Aristóteles se inclinó hacia delante.

—Entonces la política no depende sólo de lo que quieren los ciudadanos.

—No.

—Depende de quién está organizado.

—Sí.

—Y de quién tiene incentivos para actuar.

—Sí.

Daniel miró a Rand.

—Entonces quizá nunca sepamos quién gobierna realmente.

Rand respondió:

—Podemos saberlo.

—¿Cómo?

—Mirando quién puede conseguir que los demás hagan algo que no querían hacer.

Maquiavelo sonrió.

—Ahora sí habla como una política.

Rand no respondió.

Olson señaló la hoja.

—Y hay otra cosa.

—¿Cuál?

—La gente puede apoyar una política sin comprender quién se beneficia realmente de ella.

Freud preguntó:

—¿Por ignorancia?

—A veces.

—¿Por autoengaño?

—También.

—¿Por pertenencia?

—Sobre todo.

La palabra quedó flotando en la habitación.

Pertenencia.

Daniel la reconoció.

Quizá demasiado bien.


XV

El grupo

Rogers preguntó:

—¿Por qué necesita el hombre pertenecer?

Freud respondió:

—Porque estar fuera tiene un coste psicológico enorme.

Aristóteles añadió:

—Y porque el hombre es un animal político.

Rand intervino:

—Pero pertenecer no significa obedecer.

—No —dijo Aristóteles—. Aunque puede convertirse en obediencia.

Daniel preguntó:

—¿Cómo?

Olson respondió:

—Cuando el coste de abandonar el grupo supera para el individuo el coste de aceptar lo que el grupo exige.

Maquiavelo asintió.

—Eso explica muchas fidelidades.

Arendt miró a Daniel.

—Y muchos silencios.

Daniel preguntó:

—¿Entonces el hombre deja de pensar cuando pertenece a un grupo?

—No necesariamente.

—¿Qué ocurre entonces?

Arendt respondió:

—Empieza a pensar también en lo que ocurrirá si piensa distinto.

Freud la miró.

—Una distinción importante.

—Sí.

—El miedo al aislamiento puede ser más fuerte que la convicción.

Rand intervino:

—Pero eso no elimina la responsabilidad.

Arendt asintió.

—Nunca he dicho lo contrario.

Daniel se levantó.

—¿Entonces qué queréis de mí?

Todos callaron.

Daniel continuó:

—Primero me decís que tengo que gobernar mi vida. Después me decís que los demás influyen sobre mí. Luego que la sociedad condiciona mis decisiones. Después que los grupos presionan. Después que el poder puede manipular esos grupos.

Miró a Rand.

—¿Y todavía soy responsable?

Rand respondió:

—Sí.

Daniel golpeó suavemente la mesa con la mano.

—Entonces parece que soy responsable de algo sobre lo que todos vosotros habéis demostrado que tengo un control limitado.

Marco Aurelio habló:

—Ahí está la diferencia entre responsabilidad y omnipotencia.

Daniel se volvió.

—Explíquese.

—Ser responsable de tus actos no significa ser responsable de todo lo que ocurre.

—¿Entonces de qué soy responsable?

Marco respondió:

—De aquello que depende razonablemente de ti.

Daniel negó con la cabeza.

—Eso sigue siendo demasiado.

—La libertad siempre parece demasiado cuando llega acompañada de responsabilidad.


XVI

La democracia

Aristóteles tomó la palabra.

—Habéis llegado inevitablemente a la democracia.

Maquiavelo sonrió.

—Era cuestión de tiempo.

Rand preguntó:

—¿Qué democracia?

—Cualquiera.

—No existen dos iguales.

—Precisamente.

Aristóteles miró a Daniel.

—Una cosa es que muchos gobiernen y otra que gobiernen bien.

Daniel preguntó:

—¿Y quién decide qué es bien?

—Ahí está la dificultad.

Maquiavelo intervino:

—La mayoría puede equivocarse.

Rand añadió:

—Y puede violar los derechos de una minoría.

Aristóteles levantó la mano.

—Pero una minoría también puede equivocarse.

—Entonces estamos atrapados.

—No.

—¿Qué propone?

—No buscar un sistema que elimine el error.

Aristóteles hizo una pausa.

—Buscar un sistema que pueda corregirlo.

Olson asintió.

—Eso es mucho más realista.

Daniel preguntó:

—¿Y quién gobierna?

Aristóteles respondió:

—Los ciudadanos.

Maquiavelo soltó una carcajada.

—Eso dice la ley.

—¿Y qué dice la realidad?

—Que gobiernan también los partidos, los funcionarios, los grupos organizados, los jueces, los medios, los empresarios, los sindicatos y todos aquellos capaces de convertir sus intereses en decisiones públicas.

Aristóteles lo miró.

—Entonces la cuestión no es quién gobierna oficialmente.

—No.

—Sino quién puede hacer que el gobierno actúe.

—Exactamente.

Una voz llegó desde el fondo de la habitación.

—Y ahí empieza la democracia realmente existente.

Todos se volvieron.

El hombre que acababa de hablar permanecía sentado desde hacía rato, casi inadvertido.

—Gustavo Bueno.

Aristóteles lo observó.

—¿Qué quiere decir con «realmente existente»?

Bueno sonrió.

—Que una cosa es la democracia de los discursos y otra la democracia que funciona delante de nuestros ojos.

Rand preguntó:

—¿Y qué encuentra cuando la mira?

—Poderes.

—¿Cuáles?

—Los que acabamos de enumerar.

Bueno se levantó.

—La palabra democracia puede convertirse en un talismán.

Daniel preguntó:

—¿Un talismán?

—Una palabra que se utiliza para cerrar una discusión en lugar de abrirla.

Maquiavelo sonrió.

—Eso sí que me interesa.

Bueno continuó:

—Si alguien dice que una decisión es democrática, muchos dejan de preguntar si es justa, eficaz, racional o incluso legal.

Rand añadió:

—Porque democracia se convierte en una palabra que legitima por sí sola.

—Exactamente.

Aristóteles frunció el ceño.

—Pero no debemos despreciar la participación de los ciudadanos.

—No la desprecio.

Bueno señaló a los demás.

—Lo que niego es que la palabra describa por sí sola el funcionamiento real del poder.


XVII

La mayoría

Daniel preguntó:

—Entonces, ¿la mayoría no tiene derecho a decidir?

Rand respondió inmediatamente:

—Tiene derecho a decidir muchas cosas.

—¿Cuáles?

—Las que puede decidir legítimamente.

—¿Y quién establece ese límite?

—La ley.

Maquiavelo negó con la cabeza.

—¿Y quién hace la ley?

Rand lo miró.

—Las instituciones.

—¿Y quién controla las instituciones?

Silencio.

Bueno sonrió.

—Ésa es la pregunta.

Aristóteles intervino:

—No podemos reducir toda la política a una lucha por el poder.

Maquiavelo respondió:

—No.

—¿Entonces?

—Pero tampoco podemos ignorarla.

Aristóteles asintió.

—Cierto.

Daniel miró a los dos.

—¿Y qué ocurre cuando la mayoría quiere algo que no debería poder hacer?

Rand respondió:

—Entonces la mayoría tiene que encontrar un límite.

—¿Aunque sea mayoría?

—Precisamente.

Bueno intervino:

—Ahí aparece una de las contradicciones de la democracia moderna.

—¿Cuál?

—Que necesita afirmar que el pueblo es soberano y, al mismo tiempo, necesita impedir que esa soberanía destruya el propio sistema.

Maquiavelo sonrió.

—Un problema bastante antiguo.

Aristóteles preguntó:

—¿Y la solución?

Bueno negó con la cabeza.

—No existe una solución definitiva.

Daniel suspiró.

—Otra vez.

Marco Aurelio sonrió.

—Empiezas a acostumbrarte.


XVIII

Jason Brennan

Daniel estaba cansado.

—Entonces quizá sería mejor que gobernaran los que saben.

Rand lo miró.

—¿Los que saben qué?

—Gobernar.

Una voz respondió desde la puerta:

—Ésa es una pregunta mucho más difícil de lo que parece.

Era Jason Brennan.

Entró sin ceremonia.

—Si dejamos que gobiernen los expertos, necesitamos saber quién decide quién es experto.

Bueno asintió.

—Y qué clase de conocimiento posee.

Brennan se acercó.

—Una persona puede saber mucho de economía y equivocarse sobre lo que una sociedad debe querer.

Rand intervino:

—Entonces el problema no es sólo competencia.

—Exactamente.

Daniel preguntó:

—¿Pero no es absurdo poner una decisión compleja en manos de personas que no entienden nada del asunto?

—Puede serlo.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Brennan respondió:

—No fingir que la democracia convierte automáticamente al ciudadano en competente.

Aristóteles preguntó:

—¿Y qué propone?

—Que tomemos en serio la competencia.

Daniel insistió:

—¿Gobierno de expertos?

—No necesariamente.

—Entonces, ¿qué?

Brennan sonrió.

—El problema es que cualquier filtro que utilices para separar a los incompetentes de los competentes crea una élite.

Maquiavelo soltó una carcajada.

—Ahí está.

—¿Qué?

—El poder vuelve a entrar por la ventana.

Brennan asintió.

—Siempre.

Daniel se dejó caer en la silla.

—Entonces no hay salida.

Marco Aurelio respondió:

—Hay salidas.

—¿Cuáles?

—Ninguna perfecta.

—Eso no me tranquiliza.

—No tiene por qué.


XIX

El sorteo

Rogers, que había permanecido callado durante un rato, preguntó:

—¿Y si no elegimos a los gobernantes?

Todos lo miraron.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó Rand.

—Los sorteamos.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Como una lotería?

—Sí.

Maquiavelo sonrió.

—Una idea antigua.

Aristóteles asintió.

—Y utilizada en algunas formas de democracia antigua.

Rand preguntó:

—¿Y eso nos garantiza buenos gobernantes?

—No —respondió Rogers.

—Entonces no resuelve el problema.

—No.

Brennan intervino:

—Pero tampoco presupone que el que consigue más votos sea necesariamente el más competente.

Bueno añadió:

—Ni elimina la lucha por seleccionar candidatos.

Olson sonrió.

—Aunque crearía otra lucha: quién controla el mecanismo del sorteo y qué cargos pueden someterse a él.

Daniel miró a todos.

—Entonces también puede corromperse.

—Por supuesto —dijo Maquiavelo.

Aristóteles levantó un dedo.

—Pero no por eso debemos descartarlo.

Rand lo miró.

—¿Qué quiere decir?

—Que una institución no debe juzgarse porque sea perfecta.

—¿Sino?

—Por los problemas que resuelve y los problemas que crea.

Daniel sonrió.

—Eso sí me parece sensato.

Brennan negó con la cabeza.

—Sensato, sí.

—¿Pero?

—No confundamos sensatez con solución.


XX

Quién debe gobernar

La discusión continuó durante horas.

¿Debe gobernar la mayoría?

¿Los más capaces?

¿Los más virtuosos?

¿Los elegidos?

¿Los sorteados?

¿Los que conocen mejor la administración?

¿Los que aceptan límites más estrictos?

Ninguna respuesta cerraba la cuestión.

Finalmente Daniel preguntó:

—¿Y si la pregunta está mal planteada?

Todos callaron.

—¿Cómo?

Daniel señaló la mesa.

—Llevamos horas preguntando quién debería gobernar.

Miró a Maquiavelo.

—Pero quizá deberíamos preguntar cuánto poder debe tener cualquiera que gobierne.

Rand sonrió.

Aristóteles asintió.

Bueno dejó de sonreír.

Brennan lo miró con atención.

Marco Aurelio cerró el cuaderno.

—Ahora sí.

Daniel continuó:

—Porque si encontramos al hombre perfecto y le damos poder ilimitado, dentro de veinte años quizá tengamos un problema.

Maquiavelo respondió:

—No necesitas veinte años.

—¿Cuánto?

—Dale poder suficiente.

Freud añadió:

—Y deja que empiece a creer que sus intenciones son buenas.

Arendt intervino:

—Y que nadie pueda decirle que no.

La habitación quedó en silencio.

Daniel miró a todos.

—Entonces quizá el problema no sea encontrar buenos gobernantes.

Rand respondió:

—Sino impedir que incluso los buenos puedan convertirse en demasiado poderosos.

Maquiavelo sonrió.

—Ahora empiezas a pensar como un político.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

Miró a Rand.

—Empiezo a desconfiar de los políticos.

Rand sonrió.

—Es un comienzo.

XXI

La excepción

La conversación había llegado a un punto en el que todos parecían estar de acuerdo.

Y Maquiavelo desconfiaba profundamente de los acuerdos demasiado fáciles.

Se levantó.

—Entonces permitidme plantearos un caso.

Todos guardaron silencio.

—Un gobernante sabe que existe una amenaza real. Si actúa dentro de la ley, llegará demasiado tarde. Si espera, miles de personas pueden morir.

Miró a Marco Aurelio.

—¿Qué hace?

Marco respondió:

—Depende.

Maquiavelo sonrió.

—Una respuesta prudente.

—Una respuesta necesaria.

—No hay tiempo para prudencia cuando la ciudad está en peligro.

Epicteto intervino:

—¿Quién decide que la amenaza es real?

—El gobernante.

—¿Quién decide que justifica una excepción?

—El gobernante.

—¿Y quién decide cuándo termina la excepción?

Maquiavelo guardó silencio.

Epicteto terminó:

—También el gobernante.

Rand se levantó.

—Entonces has construido una trampa.

—Sí.

—¿Y la llamas gobierno?

—La llamo poder.

Marco Aurelio intervino:

—Precisamente por eso el poder necesita límites.

Maquiavelo lo miró.

—¿Incluso cuando esos límites pueden impedir salvar vidas?

—Sí.

—¿Aunque el precio sea terrible?

—Sí.

Maquiavelo negó lentamente con la cabeza.

—Eso puede convertirse en irresponsabilidad.

Marco respondió:

—Y permitir que un hombre decida por sí mismo cuándo puede romper todos los límites puede convertirse en tiranía.

Nadie habló.

Freud fue el primero en romper el silencio.

—La palabra más peligrosa de esta conversación es «necesario».

Maquiavelo se volvió.

—¿Por qué?

—Porque permite convertir un deseo en una obligación.

Rand asintió.

—«Tengo que hacerlo» puede significar simplemente «quiero hacerlo y he encontrado una justificación».

—Exactamente.

Rogers añadió:

—Y cuanto mayor sea el poder de una persona, más importante es que pueda escuchar a quienes le digan que está equivocada.

Maquiavelo sonrió.

—Ahí aparece otro problema.

—¿Cuál?

—El gobernante puede rodearse de hombres que le digan la verdad.

—Eso parece positivo.

—Lo es.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Maquiavelo respondió:

—Que también puede rodearse de hombres que aprendan exactamente qué verdad quiere escuchar.

Freud soltó una breve carcajada.

—Eso es profundamente humano.

—Y políticamente peligroso.

Marco añadió:

—Por eso el gobernante necesita personas capaces de contradecirle.

Rand preguntó:

—¿Aunque se enfade?

—Especialmente entonces.


XXII

El hombre que puede decir no

Daniel había permanecido callado.

Ahora preguntó:

—¿Y quién le dice que no?

Maquiavelo lo miró.

—Alguien que pueda hacerlo.

—¿Y si nadie puede?

—Entonces el gobernante ya no tiene un límite.

—¿Ni siquiera la ley?

—Una ley que nadie puede hacer cumplir es una recomendación.

Rand intervino:

—Por eso el poder debe dividirse.

—Sí.

—Y controlarse.

—Sí.

—Y poder ser destituido.

—También.

Daniel insistió:

—¿Y si todas esas instituciones terminan obedeciendo al mismo hombre?

Maquiavelo sonrió.

—Entonces tendrás que encontrar hombres capaces de decir no.

Arendt habló desde el otro extremo de la mesa.

—No basta con encontrarlos.

Maquiavelo la miró.

—¿Qué falta?

—Que sean capaces de hacerlo.

Daniel preguntó:

—¿Y eso se aprende?

Arendt respondió:

—A veces.

—¿Cómo?

—Pensando antes de obedecer.

Freud añadió:

—Y aceptando que el miedo forma parte de la decisión.

—¿El miedo?

—Sí. Nadie puede eliminarlo.

Rogers miró a Daniel.

—Pero puede decidir qué hace con él.

Daniel sonrió.

—Otra vez la elección.

Rand respondió:

—Siempre vuelve.


XXIII

Juan de Mariana

La puerta se abrió.

Entró un hombre con un libro bajo el brazo.

Miró alrededor y pareció sorprendido de encontrar tanta gente.

—¿Quién gobierna aquí?

Maquiavelo respondió:

—Nadie.

El recién llegado sonrió.

—Entonces todavía hay esperanza.

Rand preguntó:

—¿Quién es usted?

—Juan de Mariana.

Olson levantó la cabeza.

—Llegamos al problema del gobernante y sus bienes.

Mariana dejó el libro sobre la mesa.

—No exactamente. Llegamos al problema de si el gobernante es dueño de aquello que gobierna.

Daniel preguntó:

—¿No lo es?

Mariana lo miró.

—No.

—¿Aunque haya sido elegido?

—Tampoco.

—¿Aunque tenga mayoría?

—Tampoco.

Brennan intervino:

—¿Y por qué?

—Porque recibir autoridad no significa convertirse en propietario de aquellos sobre quienes se ejerce.

Rand sonrió.

—Continúe.

Mariana señaló la mesa.

—Un gobernante puede administrar los bienes públicos. Puede imponer determinadas cargas cuando la ley lo permite. Puede exigir sacrificios necesarios para la comunidad.

Hizo una pausa.

—Pero no puede considerar que todo aquello que pertenece a los gobernados le pertenece también a él.

Olson intervino:

—Eso tiene consecuencias enormes.

—Por supuesto.

—Porque si el gobernante puede apropiarse de los bienes de los ciudadanos sin su consentimiento, desaparece la diferencia entre gobierno y expolio.

Mariana asintió.

—Exactamente.

Brennan preguntó:

—¿Y si la mayoría aprueba esa apropiación?

Mariana lo miró.

—La mayoría puede equivocarse.

—¿Aunque sea mayoría?

—Aunque sea mayoría.

Rand intervino:

—Ahí coincidimos.

Aristóteles negó lentamente con la cabeza.

—Pero una comunidad puede exigir sacrificios.

—Sí.

—Entonces debemos distinguir entre sacrificio legítimo y utilización del individuo.

Mariana asintió.

—Ésa es la cuestión.

Daniel preguntó:

—¿Y quién decide dónde está la frontera?

Mariana respondió:

—La dificultad de conocer el límite no demuestra que el límite no exista.

Bueno levantó la mirada.

—Ésa es una distinción importante.

Mariana continuó:

—El poder político está subordinado a algo que no depende enteramente de la voluntad del gobernante.

—¿La ley? —preguntó Daniel.

—La ley y los principios que preceden al gobernante.

Bueno insistió:

—¿Y quién interpreta esos principios?

Mariana respondió:

—No una sola persona.

—Entonces tampoco tenemos una garantía.

—No.

—¿Qué tenemos?

Mariana cerró el libro.

—Un límite que debemos defender aunque sepamos que podemos equivocarnos al interpretarlo.


XXIV

El poder absoluto

Bueno se levantó.

—Llevemos esto hasta el extremo.

Mariana asintió.

—Adelante.

—Supongamos que una mayoría, convencida de actuar por el bien común, decide que determinados derechos deben quedar subordinados permanentemente a la voluntad política.

—Entonces habrá que preguntar qué derechos son esos.

—Supongamos que son todos los que la mayoría considere necesarios.

Mariana negó con la cabeza.

—Eso ya no es una limitación del poder.

—¿Qué es?

—El poder declarándose absoluto.

Rand añadió:

—Y el hecho de que lo haga mediante una votación no cambia su naturaleza.

Aristóteles intervino:

—Pero tampoco podemos convertir los derechos en una palabra mágica que impida toda decisión colectiva.

—No —dijo Rand—. Pero tampoco podemos convertir la mayoría en una palabra mágica que permita cualquier cosa.

Daniel los miró.

—Entonces hay cosas que ni siquiera una mayoría puede decidir.

Mariana respondió:

—Eso es lo que estamos discutiendo.

Brennan preguntó:

—¿Y quién establece esas cosas?

Mariana miró a los presentes.

—Ahí comienza una de las discusiones más antiguas de la política.

Strauss, que había permanecido en silencio junto a la ventana, intervino:

—Y una de las más incómodas.

Todos se volvieron hacia él.

—Leo Strauss.

Maquiavelo sonrió.

—Ahora sí.

Strauss se acercó a la mesa.

—Habéis pasado horas preguntando quién debe gobernar.

Miró a Daniel.

—Pero todavía no habéis formulado las tres preguntas fundamentales.

—¿Cuáles? —preguntó Daniel.

Strauss respondió:

—Quién tiene el poder.

Pausa.

—Quién tiene derecho a tenerlo.

Otra pausa.

—Y quién debería tenerlo.

Daniel frunció el ceño.

—Parecen la misma pregunta.

—No lo son.

Maquiavelo asintió.

—La primera es política.

—La segunda es jurídica y filosófica.

—¿Y la tercera?

Strauss miró a Aristóteles.

—La tercera obliga a preguntarse qué clase de hombres queremos que gobiernen.

Aristóteles sonrió.

—Ahora sí podemos hablar.


XXV

Atenas y Esparta

Strauss tomó asiento.

—No todas las ciudades entienden la libertad de la misma manera.

Daniel preguntó:

—¿A qué se refiere?

—Atenas y Esparta.

Aristóteles intervino:

—Dos formas distintas de organizar la vida común.

—Y dos respuestas distintas al problema del hombre.

Rand preguntó:

—¿Cuál es la diferencia esencial?

Strauss respondió:

—Atenas concede un espacio extraordinario a la discusión, la participación y la palabra.

—¿Y Esparta?

—Disciplina, tradición, obediencia, formación común.

Daniel preguntó:

—¿Cuál es mejor?

Strauss lo miró.

—La pregunta es demasiado sencilla.

Daniel suspiró.

—Otra vez.

—No se trata de elegir una ciudad como quien elige un caballo.

—Entonces, ¿qué debemos mirar?

—Qué problema intenta resolver cada una.

Maquiavelo intervino:

—Y qué precio paga.

Strauss asintió.

—Exactamente.

Arendt añadió:

—Una comunidad puede ganar disciplina y perder capacidad crítica.

Rogers:

—Puede ganar cohesión y perder autenticidad.

Rand:

—Puede ganar seguridad y perder libertad.

Aristóteles:

—Y puede ganar libertad y perder cohesión.

Daniel miró a Strauss.

—Entonces ninguna ciudad escapa al conflicto.

—No.

—¿Y qué hacemos con él?

Strauss respondió:

—No eliminarlo.

—¿Entonces?

—Aprender a vivir políticamente con él.


XXVI

La mentira noble

Daniel volvió sobre una palabra.

—Antes habéis hablado de relatos.

Miró a Strauss.

—Y de mentira noble.

Strauss asintió.

—Sí.

—¿Qué es exactamente?

—La idea de que una comunidad puede necesitar determinados relatos para mantenerse unida, incluso cuando quienes gobiernan saben que no son literalmente verdaderos.

Rand se incorporó.

—Y eso es precisamente lo peligroso.

Strauss la miró.

—¿Por qué?

—Porque quien se arroga el derecho de mentir por el bien de los demás termina arrogándose también el derecho de decidir qué es el bien de los demás.

Camus, que hasta entonces había permanecido apartado, intervino:

—Y después sólo queda pedir que todos crean.

Arendt añadió:

—Y castigar al que no crea.

Strauss negó con la cabeza.

—No necesariamente.

—Puede ocurrir.

—Sí.

—Entonces basta.

Strauss permaneció unos segundos en silencio.

—No podemos ignorar que las comunidades necesitan símbolos, relatos, educación y una idea de pertenencia.

Rand respondió:

—Sí.

—¿Entonces?

—Que no es lo mismo transmitir una tradición que presentar una ficción deliberada como verdad incuestionable.

Camus asintió.

—Una sociedad libre tiene que soportar una cantidad considerable de incertidumbre.

Daniel preguntó:

—¿Y si la gente no la soporta?

Camus respondió:

—Entonces buscará a alguien que le ofrezca certezas.

Maquiavelo sonrió.

—Y ese alguien encontrará rápidamente una multitud dispuesta a obedecerle.

Strauss añadió:

—Ahí está la tentación política.

Arendt lo miró.

—Y el peligro.

Orwell habló por primera vez.

—Y antes de que la gente obedezca, alguien puede conseguir algo todavía más eficaz.

Daniel se volvió.

—¿Qué?

Orwell respondió:

—Conseguir que ciertas preguntas dejen de poder formularse.


XXVII

Las palabras

Orwell se acercó a la mesa.

—Un poder inteligente no necesita prohibir todas las palabras.

Rand preguntó:

—¿Qué necesita?

—Cambiar su significado.

Freud lo observó con atención.

—Explíquese.

—Si una palabra describe algo que incomoda al poder, se redefine. Si una conducta resulta difícil de defender, se le cambia el nombre. Si una objeción amenaza una doctrina, se convierte en una ofensa.

Daniel preguntó:

—¿Y eso basta para controlar a la gente?

—No.

—Entonces, ¿para qué sirve?

—Para controlar el espacio en el que la gente puede pensar.

Strauss asintió.

—Eso es más importante de lo que parece.

Orwell continuó:

—Si consigues que un hombre no pueda nombrar aquello que ve, ya has ganado una parte de la batalla.

Freud añadió:

—Porque aquello que no puede formularse difícilmente puede comprenderse.

Rogers:

—Y difícilmente puede comunicarse.

Arendt:

—Y entonces el individuo queda solo.

Daniel preguntó:

—¿Cómo se combate?

Orwell respondió:

—Con palabras precisas.

Rand sonrió.

—Eso me gusta.

—No basta con que te guste.

—¿Qué más hace falta?

—Decir la verdad aunque la palabra correcta resulte incómoda.

Daniel miró a los demás.

—¿Y quién decide cuál es la palabra correcta?

Orwell respondió:

—Ésa es precisamente la discusión que no debe cerrarse.


XXVIII

La ventana

Daniel preguntó:

—¿Entonces las palabras pueden cambiar lo que una sociedad considera aceptable?

Orwell asintió.

—Por supuesto.

—¿Eso tiene un nombre?

—Hay muchas formas de describirlo.

Strauss intervino:

—Podemos llamarlo también una modificación gradual de aquello que una sociedad considera pensable.

Rand añadió:

—Primero se presenta una idea como absurda.

Orwell:

—Después como discutible.

Arendt:

—Después como respetable.

Freud:

—Y finalmente como evidente.

Daniel preguntó:

—¿Y entonces?

Orwell respondió:

—Entonces quien recuerda cómo empezó puede parecer el extraño.

Trivers intervino desde el fondo:

—Y ahí aparece algo todavía más peligroso.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

—El autoengaño.

Trivers se acercó.

—El hombre no sólo engaña a los demás. También se engaña a sí mismo.

Freud asintió.

—Porque resulta más cómodo.

—Y porque facilita la persuasión.

Rand preguntó:

—¿Cómo?

Trivers respondió:

—Un hombre que sabe que miente tiene que controlar lo que dice. Un hombre que ha conseguido creerse su propia mentira puede defenderla con absoluta sinceridad.

Strauss lo miró.

—Y entonces la mentira ya no necesita un mentiroso.

Trivers sonrió.

—Exactamente.

La habitación quedó en silencio.

Daniel preguntó:

—¿Y cómo se sabe que uno está haciendo eso?

Freud respondió:

—Ésa es una de las preguntas más difíciles.

—¿Por qué?

—Porque el autoengaño funciona precisamente ocultándose.

Camus habló desde la ventana.

—Por eso el hombre necesita algo que le resulta insoportable.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

—La posibilidad de estar equivocado.


XXIX

El hombre que no quiere cambiar

Daniel se levantó.

—Entonces ése es el problema.

Todos lo miraron.

—¿Cuál?

—Que puedo estar equivocado sobre mi vida.

Rogers respondió:

—Sí.

—Puedo estar equivocado sobre lo que quiero.

—Sí.

—Puedo estar equivocado sobre lo que pienso.

—Sí.

—Y puedo estar equivocado sobre las personas que me rodean.

Freud añadió:

—También.

Daniel soltó una carcajada.

—Magnífico.

Rand preguntó:

—¿Qué?

—Que después de toda esta noche sé menos que cuando llegué.

Marco Aurelio sonrió.

—No.

—¿No?

—Ahora sabes que puedes estar equivocado.

Daniel lo miró.

—Eso no parece mucho.

—Es mucho.

Freud añadió:

—Es el comienzo del conocimiento.

Daniel miró a Rogers.

—¿Y el cambio?

Rogers respondió:

—Ahí empieza otra cosa.

—¿Qué?

—Querer cambiar.

Daniel bajó la cabeza.

—¿Y si no quiero?

Nadie respondió.

Freud fue el primero.

—Entonces puedes comprenderlo todo y seguir exactamente igual.

Daniel miró a Rand.

Ella no apartó la mirada.

—Puedes saber qué debes hacer y no hacerlo.

Daniel miró a Marco.

—Puedes saber que estás equivocado y seguir defendiendo tu error.

Arendt añadió:

—Puedes saber que una orden es injusta y obedecerla.

Orwell:

—Puedes saber que una palabra está siendo manipulada y utilizarla de todos modos.

Trivers:

—Puedes saber que te engañas y encontrar una razón para seguir haciéndolo.

Strauss:

—Puedes saber que una idea es peligrosa y defenderla porque te beneficia.

Maquiavelo:

—Puedes saber que el poder corrompe y creer que contigo será diferente.

Mariana:

—Puedes saber que existe un límite y cruzarlo porque tienes una buena excusa.

Daniel los miró a todos.

—Entonces quizá el verdadero problema no sea que no sepamos.

Freud asintió.

—No.

Daniel continuó:

—Quizá sea que muchas veces sabemos y no queremos cambiar.

Nadie respondió.

Había llegado demasiado cerca del centro de la cuestión.


XXX

La pregunta incómoda

Camus rompió el silencio.

—¿Y por qué no queremos cambiar?

Freud respondió:

—Porque cambiar duele.

Rogers:

—Porque obliga a abandonar una imagen de nosotros mismos.

Rand:

—Porque obliga a asumir una decisión.

Arendt:

—Porque obliga a pensar.

Orwell:

—Porque obliga a llamar a las cosas por su nombre.

Trivers:

—Porque obliga a renunciar a una mentira que nos resulta útil.

Maquiavelo:

—Porque obliga a renunciar al poder.

Mariana:

—Porque obliga a aceptar un límite.

Strauss:

—Porque obliga a vivir sin una respuesta definitiva para algunas preguntas.

Marco Aurelio:

—Porque obliga a gobernarse a uno mismo.

Daniel permaneció de pie.

—Entonces el hombre no cambia simplemente porque conozca la verdad.

Freud negó con la cabeza.

—No.

—Ni porque la verdad le convenga.

—No.

—Ni porque los demás se la expliquen.

—Tampoco.

Daniel miró a Rogers.

—Entonces, ¿qué hace falta?

Rogers respondió:

—Que quiera hacerlo.

Daniel sonrió con amargura.

—Y ése parece ser precisamente el problema.

La puerta del fondo se cerró lentamente.

Nadie había visto quién la había cerrado.

Todavía faltaban muchas horas para que terminara aquella conversación.

Y quedaba una pregunta que ninguno de ellos había querido formular todavía:

¿Qué ocurre cuando un hombre no quiere cambiar porque cambiar significaría reconocer que ha vivido equivocado durante años?

XXXI — La voluntad general

Daniel permaneció unos segundos en silencio.

—¿Y si no se trata solo de mí?

Rousseau, que hasta entonces había escuchado sin intervenir, levantó la mirada.

—Explíquese.

—Si un hombre puede engañarse sobre su propia vida, también puede hacerlo una sociedad. Puede creer que quiere una cosa cuando en realidad quiere otra. Puede llamar bien común a lo que beneficia a una parte. Puede aceptar una mentira porque necesita creerla. Entonces, ¿qué ocurre cuando esa sociedad decide que todos debemos querer lo mismo?

Rousseau respondió sin apresurarse.

—Una comunidad no puede existir si cada hombre persigue únicamente su interés particular.

—Eso no responde a la pregunta —dijo Daniel.

Rousseau lo miró.

—¿Cuál es la pregunta?

—Quién decide qué es el interés común.

Nadie habló.

—Ahí está el problema —dijo Rand.

Rousseau frunció el ceño.

—El problema no es la existencia de una voluntad general. El problema es confundirla con la voluntad de un hombre, de un partido o de una facción.

—¿Y quién impide esa confusión? —preguntó Rand.

—La ley.

Maquiavelo soltó una breve risa.

—La ley escrita por hombres.

—Y limitada por hombres —respondió Rand.

—Siempre que esos hombres quieran limitarla.

Arendt intervino.

—Y siempre que quienes obedecen estén dispuestos a reconocer que una ley puede ser injusta.

Daniel volvió a mirar a Rousseau.

—Entonces puede ocurrir que una mayoría diga: esto es por el bien de todos, y que quien se oponga esté contra todos.

—Puede ocurrir —admitió Rousseau.

—¿Y qué se hace con él?

Rousseau tardó en responder.

—Se intenta convencerlo.

—¿Y si no se deja convencer?

—Entonces existe un conflicto que la política debe resolver.

—¿Cómo?

Rousseau no respondió.

Strauss inclinó ligeramente la cabeza.

—Esa pregunta es mucho más importante de lo que parece.

Daniel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque cuando alguien afirma hablar en nombre de todos, deja de necesitar adversarios. El adversario ya no es alguien que discrepa. Es alguien que se opone al bien común.

—Y si se opone al bien común —añadió Maquiavelo—, siempre habrá alguien dispuesto a explicar por qué merece ser apartado.

—Ahí empieza el peligro —dijo Arendt—. Cuando una comunidad deja de distinguir entre discrepancia y traición.

Rousseau golpeó suavemente con los dedos sobre la mesa.

—No es eso lo que yo defiendo.

—No he dicho que lo defienda —respondió Arendt—. Estoy diciendo lo que puede ocurrir cuando una idea se convierte en instrumento de poder.

Daniel miró a todos.

—Entonces volvemos al mismo sitio.

—No exactamente —dijo Strauss.

—¿Dónde estamos ahora?

—En un lugar peor.

Daniel sonrió.

—Eso sí lo entiendo.

Strauss continuó:

—Antes hablábamos del hombre que quiere mandar. Ahora hablamos de algo más peligroso: del hombre que está convencido de que tiene derecho a mandar porque sabe qué quieren realmente los demás.

Rand asintió.

—El tirano que dice «yo quiero» puede ser identificado. El que dice «vosotros queréis» es mucho más difícil de combatir.

XXXII — Los absolutos

La conversación había llegado a un punto en el que nadie parecía dispuesto a seguir hablando.

Entonces Daniel hizo otra pregunta.

—¿Puede existir una sociedad libre sin nada que sea intocable?

Rogers lo miró con atención.

—¿Qué quiere decir con intocable?

—Algo que nadie pueda discutir. Algo que no pueda ponerse en duda.

—¿Por qué habría de existir algo así? —preguntó Rand.

—Porque todas las sociedades tienen cosas que consideran evidentes.

—Evidentes no significa incuestionables —dijo Rogers.

—A veces sí.

Freud intervino.

—El hombre necesita ciertas certezas. Le cuesta vivir en una realidad completamente abierta.

Camus sonrió.

—Y por eso fabrica certezas.

—¿Para protegerse? —preguntó Daniel.

—Para no tener que soportar la incertidumbre.

Strauss negó lentamente con la cabeza.

—Pero una sociedad tampoco puede vivir preguntándolo todo constantemente.

—Entonces tiene absolutos —dijo Daniel.

—Tiene principios —corrigió Strauss.

—¿Y cuál es la diferencia?

Strauss respondió:

—Que un principio puede defenderse. Un absoluto incuestionable exige obediencia.

Arendt añadió:

—Y cuando una sociedad decide que una determinada idea no puede discutirse, la cuestión importante deja de ser si la idea es verdadera. Pasa a ser quién tiene autoridad para decidir que nadie puede discutirla.

Daniel se quedó pensativo.

—Entonces incluso lo que parece más noble puede convertirse en una herramienta de poder.

—Exactamente —dijo Maquiavelo.

Rand lo miró.

—No abuses de la palabra «exactamente».

—¿Por qué?

—Porque la nobleza de un principio no desaparece porque alguien pueda utilizarlo mal.

—Ni su utilización desaparece porque el principio sea noble.

—Eso sí —admitió Rand.

Rogers intervino:

—Quizá el problema sea que confundimos la necesidad de principios con la necesidad de tener siempre razón.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Y si una sociedad no admite que puede estar equivocada?

Camus respondió:

—Entonces deja de buscar la verdad y empieza a defender su propia imagen.

Freud sonrió.

—Como un individuo.

Daniel comprendió inmediatamente la relación.

—Entonces una sociedad puede tener inconsciente.

Freud negó con la cabeza.

—No exactamente. Pero puede tener mecanismos de autoengaño.

Trivers intervino desde el fondo.

—Y cuanto mejor funcione el autoengaño, menos necesidad tendrá de mentir conscientemente.

Daniel lo miró.

—¿Cómo puede engañarse alguien sin saber que se engaña?

—Muy fácilmente. Basta con encontrar una explicación que nos permita seguir haciendo lo que ya queríamos hacer.

Maquiavelo sonrió.

—Eso sirve para individuos y para gobiernos.

—Y para pueblos —añadió Strauss.

Daniel volvió a la pregunta inicial.

—Entonces, ¿qué queda?

Nadie respondió inmediatamente.

Finalmente habló Marcus Aurelius.

—Queda la posibilidad de revisar el propio juicio.

Daniel lo miró.

—¿Y si no queremos?

Marcus sostuvo su mirada.

—Entonces seguiremos siendo dueños de nuestras decisiones, aunque no queramos serlo.

XXXIII — El precio de cambiar

Aquella frase dejó a Daniel incómodo.

—Eso es demasiado fácil de decir cuando uno no está en mi situación.

Marcus no se ofendió.

—¿Cuál es tu situación?

—He pasado años tomando decisiones que ahora no sé si fueron correctas. Cambiar significa admitir que quizá me equivoqué.

—Sí.

—Y si admito que me equivoqué, tendré que preguntarme por qué tardé tanto.

—Sí.

—Y después tendré que hacer algo.

—Sí.

Daniel se volvió hacia Rogers.

—¿Siempre tiene que doler?

Rogers respondió:

—No. Pero casi siempre cuesta.

—¿Y si uno no cambia?

Freud respondió:

—También paga un precio.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

—El de seguir siendo el mismo.

Silencio.

Rand añadió:

—Y no confundas estabilidad con inocencia. No hacer nada también es una elección cuando sabes que deberías actuar.

Daniel bajó la mirada.

—Eso es precisamente lo que no quería escuchar.

—Por eso era necesario escucharlo —dijo Rand.

Daniel respiró hondo.

—Entonces no necesito otra explicación.

—Probablemente no —respondió Rogers.

—Necesito decidir.

Marcus asintió.

—Ahora empiezas a hablar de libertad.

Daniel se levantó.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

—No sé qué voy a hacer —dijo.

Camus sonrió.

—Eso, al menos, es una respuesta honesta.

Daniel salió de la habitación.

Nadie intentó detenerlo.

XXXIV — La habitación vacía

Cuando la puerta se cerró, Maquiavelo miró a los demás.

—Ahora veremos si cambia.

Rogers lo miró.

—¿Eso es una apuesta?

—Es una observación.

Freud se acomodó en la silla.

—Puede comprender perfectamente lo que le ocurre y seguir comportándose exactamente igual.

—Porque comprender no basta —dijo Rand.

—Exactamente.

Arendt intervino:

—Pero tampoco sabemos qué hará.

—No —dijo Freud—. Y ahí empieza la parte verdaderamente interesante.

Strauss miró hacia la puerta.

—El hombre puede conocer la verdad y seguir prefiriendo la mentira.

—¿Por qué? —preguntó Aristóteles.

Freud respondió:

—Porque la verdad puede exigirle una vida distinta.

Aristóteles guardó silencio.

Camus habló entonces:

—Quizá eso explique buena parte de la historia humana.

Maquiavelo se volvió hacia él.

—¿La historia humana es una colección de hombres que saben lo que deberían hacer y prefieren hacer otra cosa?

—No. Es peor.

—¿Peor?

—Una colección de hombres que consiguen convencerse de que lo que quieren hacer es precisamente lo que deberían hacer.

Nadie sonrió.

Orwell fue el primero en romper el silencio.

—Y después cambian las palabras.

—Y las palabras cambian la realidad política —añadió Strauss.

—No —dijo Rand—. Cambian la manera en que la gente la percibe.

Orwell la miró.

—A veces eso basta.

XXXV — El poder de nombrar

—Una sociedad puede soportar muchas cosas —dijo Orwell— mientras pueda nombrarlas.

—¿Y qué ocurre cuando no puede? —preguntó Rogers.

—Entonces empieza a vivir dentro de una mentira que ya no reconoce como mentira.

Trivers intervino:

—Y cuanto más tiempo permanece dentro de ella, más costoso resulta salir.

—Porque habría que admitir que se estaba equivocado —dijo Daniel desde la puerta.

Todos se volvieron.

Había regresado.

—¿Qué has decidido? —preguntó Rogers.

Daniel negó con la cabeza.

—Todavía nada.

—Entonces, ¿por qué has vuelto?

Daniel entró lentamente.

—Porque he entendido algo.

—¿Qué? —preguntó Freud.

—Que llevo toda mi vida buscando una explicación que me permitiera no decidir.

Freud no dijo nada.

—Cuando entendía de dónde venía mi miedo, pensaba que ya había hecho algo. Cuando encontraba una razón para mi comportamiento, pensaba que estaba justificado. Cuando alguien me decía que tenía derecho a ser como era, lo convertía en una excusa para no cambiar.

Rogers lo escuchaba atentamente.

—Y cuando me decían que era libre —continuó Daniel—, buscaba inmediatamente una razón para demostrar que no lo era.

Rand sonrió.

—Eso sí es una confesión.

Daniel la miró.

—No sé si quiero cambiar.

—Eso es más honesto —dijo Rand.

—Pero ahora sé que no querer cambiar también es una decisión.

Marcus Aurelius se incorporó ligeramente.

—Y una decisión que tendrás que juzgar por sus consecuencias.

Daniel asintió.

—Ahí está el problema.

—¿Cuál?

—Que ya no puedo decir que no sabía.

La habitación quedó en silencio.

Por primera vez, Daniel no buscaba una respuesta.

Estaba empezando a comprender que algunas preguntas no desaparecen cuando uno conoce la respuesta.

Se vuelven más difíciles.

Y quizá por eso son verdaderas.

XXXVI — Lo que nadie quiere oír

—Pero todavía falta algo —dijo Daniel.

Rogers levantó la vista.

—¿Qué?

—Todo esto sigue hablando del individuo. De lo que yo hago, de lo que yo pienso, de mis excusas. Pero si una sociedad entera se comporta de la misma manera, ¿qué ocurre?

—Entonces la mentira adquiere poder —respondió Orwell.

—No me refiero solo a la mentira.

Daniel miró a Strauss.

—Me refiero a cuando todos saben que algo no funciona y, sin embargo, nadie quiere tocarlo.

Strauss sonrió levemente.

—Ahora estamos llegando al verdadero problema.

—¿Cuál?

—Que una sociedad puede saber que está equivocada y, aun así, no cambiar.

—¿Por qué?

—Porque cambiar no depende solamente de conocer la verdad.

Maquiavelo intervino.

—Depende de quién pierde y quién gana con el cambio.

Olson asintió.

—Y de quién está organizado para defender sus intereses.

Daniel se volvió hacia él.

—Entonces una sociedad puede permanecer en un error porque hay demasiada gente que obtiene algo de ese error.

—Exactamente.

—¿Aunque la mayoría pierda?

—La mayoría puede perder y seguir sin actuar.

—¿Por qué?

Olson respondió con sencillez:

—Porque actuar cuesta. El beneficio de cambiar puede repartirse entre millones. El coste de actuar lo soportan quienes se movilizan.

Rand añadió:

—Y siempre habrá alguien dispuesto a esperar que otros hagan el trabajo.

—El polizón —dijo Olson.

—El que disfruta del resultado sin pagar el precio.

Daniel se sentó.

—Entonces quizá el problema no sea que la gente sea estúpida.

—Nunca fue necesario que lo fuera —dijo Olson.

—Basta con que cada uno tenga una razón para no hacer nada.

—Sí.

Maquiavelo sonrió.

—Y basta con que quienes quieren conservar el sistema tengan una razón para hacer algo.

Daniel miró a los demás.

—Eso cambia las cosas.

—La política siempre las cambia —respondió Maquiavelo.

XXXVII — Los que no quieren perder

—Imaginemos —dijo Daniel— que existe una reforma que todos consideran necesaria.

—No todos —corrigió Aristóteles.

—De acuerdo. Muchos la consideran necesaria.

—Mejor.

—Pero perjudica a grupos concretos.

—Entonces esos grupos se defenderán.

—¿Aunque la reforma beneficie al conjunto?

Olson respondió:

—Precisamente por eso.

Daniel frunció el ceño.

—No entiendo.

—El beneficio del conjunto puede ser pequeño para cada individuo. La pérdida de un grupo concreto puede ser enorme para cada uno de sus miembros. El grupo tiene un motivo claro para organizarse. La mayoría tiene un motivo difuso para permanecer en casa.

—Así que el interés general puede ser derrotado por intereses particulares.

—No necesariamente derrotado. Pero sí retrasado, deformado o convertido en otra cosa.

Aristóteles intervino:

—Y no olvidemos que quien habla en nombre del interés general puede estar haciendo exactamente lo mismo.

Daniel lo miró.

—¿También el reformador puede mentir?

—Sobre todo el reformador debería vigilarse a sí mismo.

Rand sonrió.

—Eso sí que no suele gustar.

—Porque el reformador quiere creer que su causa le concede una virtud especial.

Maquiavelo soltó una carcajada.

—Y el gobernante quiere creer que su poder le concede una virtud especial.

Freud añadió:

—Y el individuo quiere creer que sus motivos son mejores de lo que realmente son.

Daniel negó con la cabeza.

—Entonces estamos atrapados.

—No —dijo Marcus Aurelius—. Estamos advertidos.

Daniel lo miró.

—¿Y eso basta?

—No.

—¿Entonces?

—Pero es mejor que estar dormido.

XXXVIII — El problema de los buenos

Rogers intervino.

—Hay algo que me preocupa.

Todos se volvieron hacia él.

—Hemos hablado mucho de los malos gobernantes. De los hombres ambiciosos, de los grupos organizados, de quienes manipulan las palabras y de quienes obedecen sin pensar.

—¿Y? —preguntó Daniel.

—Que quizá el problema más difícil aparezca cuando gobiernan hombres convencidos de que son buenos.

Maquiavelo levantó una ceja.

—Explíquese.

—Un hombre que sabe que puede abusar del poder puede ser vigilado. Pero un hombre convencido de que todo lo que hace es por el bien de los demás puede llegar mucho más lejos.

Rand asintió.

—Porque considera inmoral que alguien le ponga límites.

Strauss añadió:

—Y puede convertir su propia convicción en criterio de justicia.

—Eso ocurre constantemente —dijo Maquiavelo.

Arendt habló con calma:

—El peligro no está únicamente en quien desea hacer el mal. También está en quien deja de preguntarse si aquello que hace puede ser malo.

Daniel intervino:

—Entonces necesitamos gobernantes que duden.

—No demasiado —dijo Maquiavelo.

Daniel sonrió.

—Ya empezamos.

—Un gobernante que dude de cada decisión no gobierna.

—Y uno que no dude nunca se convierte en un peligro.

—Por eso existen instituciones.

Montesquieu había permanecido callado.

—No confíen en la virtud de un hombre —dijo.

Daniel se volvió hacia él.

—¿Ni siquiera de un hombre bueno?

—Precisamente por eso.

—¿Por qué?

—Porque el problema no es saber si hoy es bueno. El problema es qué ocurrirá mañana. Y qué ocurrirá cuando el poder cambie de manos.

Maquiavelo asintió.

—Por fin alguien habla de política.

Montesquieu continuó:

—Una institución seria no pregunta solamente quién gobierna. Pregunta qué puede hacer, qué no puede hacer, quién puede detenerlo y quién puede sustituirlo.

Daniel pensó unos segundos.

—Entonces una buena institución no confía en los buenos.

—Confía en los límites.

XXXIX — Cuando los límites molestan

—Pero los límites pueden impedir hacer cosas necesarias —dijo Daniel.

—Sí.

—Entonces también pueden ser peligrosos.

Montesquieu asintió.

—Por supuesto.

—¿Y no hay contradicción?

—La hay.

Daniel sonrió.

—Otra vez.

—La política está llena de contradicciones que no desaparecen porque las nombremos.

Maquiavelo intervino:

—Un ejército necesita obedecer para combatir. Pero un ejército completamente obediente puede convertirse en instrumento de un tirano.

—Una policía necesita poder para detener a un criminal —añadió Rand—. Pero ese poder puede utilizarse contra inocentes.

—Un gobierno necesita recaudar impuestos —dijo Mariana—. Pero puede convertir el impuesto en expolio.

—Una mayoría necesita poder decidir —dijo Strauss—. Pero puede decidir destruir aquello que permite a la minoría seguir siendo libre.

Daniel miró a todos.

—Entonces cada poder necesario contiene el peligro de convertirse en abuso.

—Sí —dijo Montesquieu.

—Y cada límite necesario contiene el peligro de impedir una acción necesaria.

—Sí.

Daniel se echó hacia atrás.

—No hay salida.

Camus lo miró.

—Hay salida.

—¿Cuál?

—Dejar de buscar una solución perfecta.

Daniel permaneció callado.

Camus continuó:

—El hombre quiere una fórmula que resuelva definitivamente el problema de vivir. Una política que elimine el abuso sin impedir la autoridad. Una libertad que no tenga riesgos. Una moral que no tenga dudas. Una sociedad que pueda vivir sin conflictos.

—¿Y eso no existe?

—No.

—¿Entonces qué hacemos?

—Elegir sabiendo que ninguna elección nos librará de pagar un precio.

Rand lo miró.

—Eso sí es libertad.

Camus sonrió.

—No. Eso es simplemente la condición humana.

XL — El hombre que quiere garantías

Daniel se levantó de nuevo.

—Ahora lo veo.

—¿Qué ves? —preguntó Rogers.

—Que llevo toda la conversación buscando garantías.

Freud sonrió.

—¿Contra qué?

—Contra mí mismo.

—Explíquese.

—Quiero saber que si cambio, cambiaré para mejor. Quiero saber que si tomo una decisión, no me arrepentiré. Quiero saber que si confío en alguien, no me traicionará. Quiero saber que si una sociedad cambia, no terminará peor.

Rand respondió:

—Quieres eliminar el riesgo de vivir.

—Sí.

—No puedes.

Daniel miró a Marcus.

—¿Y tú qué dices?

Marcus Aurelius respondió:

—Que puedes controlar tu juicio sobre lo que ocurre. No puedes controlar que ocurra.

—Pero eso no me protege.

—No.

—Entonces no sirve de mucho.

—Sirve para que no confundas control con seguridad.

Daniel volvió a sentarse.

—Quizá ese sea mi problema.

Rogers preguntó:

—¿Cuál?

—He estado buscando seguridad cuando debería haber estado buscando una vida que pudiera considerar mía.

Rogers no respondió.

Freud tampoco.

Rand fue quien habló.

—Ahora sí estás empezando a decidir.

XLI — La última trampa

Strauss se inclinó hacia delante.

—Pero aún queda una cuestión.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

—Has descubierto que puedes estar equivocado. Has descubierto que puedes engañarte. Has descubierto que una sociedad puede engañarse. Has descubierto que el poder necesita límites y que los límites también tienen costes.

—Sí.

—Entonces, ¿cómo decidirás qué merece ser defendido?

Daniel quedó inmóvil.

—No lo sé.

Strauss asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Es la primera respuesta que permite pensar.

Rousseau intervino:

—Pero una sociedad no puede vivir eternamente diciendo «no sé».

—Tampoco puede vivir diciendo «sabemos» cuando no sabe —respondió Strauss.

—Entonces necesitamos principios.

—Sí.

—¿Y quién los establece?

—Ahí está la dificultad.

Daniel miró a Rand.

—¿Tú tienes la respuesta?

Rand negó con la cabeza.

—Tengo principios que considero defendibles. No una garantía de que nadie los traicionará.

Daniel miró a Aristóteles.

—¿Tú?

—Tengo una idea de lo que significa vivir bien. No una receta para conseguirlo.

Miró a Mariana.

—¿Tú?

—Sé que el poder tiene límites aunque quien lo ejerce pretenda ignorarlos.

A Arendt:

—¿Tú?

—Sé que obedecer no elimina la responsabilidad.

A Olson:

—¿Tú?

—Sé que los intereses organizados cuentan más de lo que suele admitir la teoría.

A Orwell:

—Sé que las palabras importan.

A Trivers:

—Que podemos mentirnos a nosotros mismos.

A Freud:

—Que no somos transparentes para nosotros mismos.

A Rogers:

—Que podemos cambiar.

A Maquiavelo:

—Que el poder no se comporta como quisiéramos.

A Marcus Aurelius:

—Que debemos gobernarnos antes de pretender gobernar a otros.

Finalmente miró a Camus.

—¿Y tú?

Camus lo observó durante unos segundos.

—Que nada de eso te garantiza que acertarás.

Daniel sonrió.

—Vaya.

—Eso es todo.

—¿Todo?

—No.

Camus señaló la puerta.

—Ahora te toca vivirlo.

Daniel se volvió.

La puerta estaba abierta.

Esta vez no salió.

Se quedó allí, mirando a los hombres que habían hablado durante horas sobre la libertad, la verdad, el poder, la mentira, la responsabilidad y el miedo.

Y comprendió que todos ellos habían estado hablando, en el fondo, de la misma cosa.

No de cómo salvar al hombre.

Sino de qué hacer cuando el hombre no quiere salvarse.

XLII — Lo que queda cuando desaparecen las certezas

Daniel no salió.

Volvió a sentarse.

—Hay algo que no me convence.

—¿Qué? —preguntó Aristóteles.

—Que todo termine siempre en la misma palabra: límites.

Maquiavelo sonrió.

—Porque los límites son incómodos.

—No. Porque pueden convertirse en otra forma de autoridad.

Strauss levantó la cabeza.

—Continúa.

—Primero alguien dice que existe algo que no puede discutirse. Después alguien decide qué significa. Después alguien decide quién se ha apartado de ello. Y finalmente alguien decide qué debe hacerse con quien se aparta.

Rousseau intervino:

—Eso no demuestra que el principio sea falso.

—No —respondió Daniel—. Demuestra que puede convertirse en una herramienta de poder.

Rand asintió.

—Ahí está la diferencia entre defender un principio y entregar a alguien el poder de interpretarlo sin límite.

Mariana añadió:

—Y por eso la autoridad no puede convertirse en propiedad.

Daniel se volvió hacia Strauss.

—Entonces los absolutos son peligrosos.

—Algunos sí.

—¿Hay alguno que no lo sea?

Strauss permaneció callado.

—¿No vas a responder?

—Porque la pregunta contiene una trampa.

—¿Cuál?

—Si digo que sí, tendrás que preguntarme quién decide cuál es ese absoluto. Si digo que no, acabaremos defendiendo que todo puede discutirse, incluso aquello que hace posible discutir.

Daniel sonrió.

—Así que tampoco hay salida.

—Hay pensamiento —respondió Strauss—. No es lo mismo.

XLIII — La pregunta que nadie quiere formular

Arendt tomó la palabra.

—Quizá la pregunta no sea qué cosas deben ser incuestionables.

Daniel la miró.

—¿Entonces?

—Qué cosas debemos estar dispuestos a defender aunque no podamos demostrarlas de una vez para siempre.

—Eso parece lo mismo.

—No lo es.

—¿Cuál es la diferencia?

—Una cosa es decir «esto es verdad y nadie puede discutirlo». Otra es decir «creo que esto es verdadero y estoy dispuesto a defenderlo, pero acepto que puedo estar equivocado».

Daniel pensó unos segundos.

—Entonces la libertad exige aceptar la posibilidad de estar equivocado.

—Sí.

—Incluso sobre lo que más queremos.

—Sobre todo sobre eso.

Freud intervino:

—El hombre tiene una dificultad especial para reconocer aquello que amenaza la imagen que tiene de sí mismo.

—¿Y una sociedad?

—La misma dificultad, multiplicada.

Orwell añadió:

—Porque una sociedad puede fabricar palabras para no tener que reconocer sus contradicciones.

—Y después —dijo Trivers— puede terminar creyendo sus propias palabras.

Daniel miró a todos.

—Entonces el enemigo no es la mentira.

—No solamente —dijo Trivers.

—Es la mentira que ya no necesita que nadie la imponga.

—Exactamente.

XLIV — La mentira que nadie ordena

—¿Cómo se llega ahí? —preguntó Daniel.

Trivers respondió:

—Poco a poco.

—Explícalo.

—Alguien descubre que una determinada explicación le resulta útil. Otros descubren que también les resulta útil. Después aparece un grupo que la defiende. Más tarde, cuestionarla empieza a tener un coste.

—¿Legal?

—No necesariamente.

—¿Social?

—A veces.

—¿Económico?

—También.

—¿Y entonces?

—La gente aprende.

—¿Qué aprende?

—Qué puede decir y qué es mejor callar.

Orwell asintió.

—Y cuando eso se repite durante suficiente tiempo, ya no hace falta prohibir nada.

Daniel permaneció pensativo.

—Eso significa que una sociedad puede censurarse a sí misma.

—Sí.

—Sin que exista un censor.

—Sí.

—¿Y cómo se rompe eso?

Orwell respondió:

—Nombrando lo que ocurre.

—¿Solo eso?

—No.

—¿Qué más?

—Aceptando el precio de nombrarlo.

Daniel sonrió con amargura.

—Siempre aparece el precio.

Camus respondió:

—Porque siempre hay algo que perder.

XLV — El precio de decir no

Arendt se volvió hacia Daniel.

—¿Recuerdas lo que dijiste antes sobre querer cambiar?

—Sí.

—Cambiar exige algo parecido a decir no.

—¿A qué?

—A la persona que has sido.

Daniel bajó la mirada.

—Eso es bastante más difícil de lo que parecía.

—Por supuesto.

—Porque no basta con decir «me he equivocado».

—No.

—Hay que vivir después de haberlo dicho.

—Sí.

Daniel respiró lentamente.

—Y si uno reconoce que se ha equivocado delante de otros, pierde algo.

—Orgullo —dijo Freud.

—Autoridad —añadió Rand.

—Una imagen —dijo Rogers.

—Una posición —dijo Maquiavelo.

—A veces una amistad —dijo Arendt.

—A veces una comunidad —añadió Strauss.

—A veces una vida entera —dijo Camus.

Daniel los miró.

—Entonces cambiar puede ser más caro que permanecer equivocado.

—Exactamente —dijo Freud.

Daniel sonrió.

—Y ahí está el título.

Nadie respondió.

—Todo el mundo miente —continuó Daniel— porque la mentira puede resultar más barata que la verdad.

Trivers negó lentamente con la cabeza.

—No siempre.

—¿No?

—A veces la mentira es más cara. Lo que ocurre es que el precio se paga después.

Daniel quedó pensativo.

—Entonces nadie cambia porque el precio de cambiar se paga ahora y el de no cambiar después.

Olson intervino:

—Ahora estás hablando de incentivos.

Maquiavelo sonrió.

—Y de política.

XLVI — El hombre que espera

Daniel se levantó y caminó hasta una ventana.

Fuera estaba oscureciendo.

—He pasado años esperando.

—¿Esperando qué? —preguntó Rogers.

—Que algo cambiara.

—¿Qué?

—Mi trabajo. Mi relación. Mi carácter. Mi manera de ver las cosas. Siempre pensaba que llegaría un momento en que las circunstancias me obligarían a cambiar.

—Y no llegó.

—No.

Marcus Aurelius habló desde su silla.

—Las circunstancias rara vez hacen lo que esperamos de ellas.

—Entonces esperé demasiado.

—Sí.

Daniel se volvió.

—¿Y qué hago ahora?

Marcus respondió:

—Lo que dependa de ti.

Daniel sonrió.

—Eso ya lo has dicho.

—Y todavía no lo has hecho.

Nadie se rió.

Daniel volvió a sentarse.

—De acuerdo.

Miró a Rand.

—¿Y si tomo una decisión equivocada?

—La corregirás.

—¿Y si no puedo?

—Entonces asumirás sus consecuencias.

—¿Y si las consecuencias son terribles?

Rand lo miró directamente.

—Entonces no inventes una mentira para convencerte de que no fuiste tú quien decidió.

Daniel guardó silencio.

XLVII — La democracia de los hombres

Aristóteles rompió el silencio.

—Lo que acabamos de discutir sobre Daniel vale también para una ciudad.

—¿Una ciudad puede decidir cambiar? —preguntó Daniel.

—Puede intentarlo.

—¿Y por qué no lo hace?

Aristóteles respondió:

—Por las mismas razones por las que no lo hace un hombre.

—¿Miedo?

—Miedo.

—¿Interés?

—Interés.

—¿Costumbre?

—Costumbre.

—¿Orgullo?

—Orgullo.

—¿Autoengaño?

—También.

Bueno, que hasta entonces había escuchado en silencio, intervino:

—Y además hay otra diferencia.

Daniel lo miró.

—Una sociedad no tiene una sola voluntad.

—Entonces cuando decimos «el pueblo quiere»…

—Muchas veces estamos simplificando una realidad mucho más complicada.

—¿Y quién habla entonces en nombre del pueblo?

Bueno sonrió.

—Esa es precisamente la cuestión.

Maquiavelo respondió:

—El que consigue hablar suficientemente alto.

—O el que controla las instituciones.

—O el que controla la organización.

—O el que controla el relato.

—O el que consigue que los demás acepten que él representa al conjunto.

Daniel miró a Strauss.

—Entonces «el pueblo» puede convertirse también en una palabra de poder.

Strauss respondió:

—Toda palabra que pretenda cerrar una discusión puede convertirse en eso.

XLVIII — El gobierno de los que saben

Brennan tomó entonces la palabra.

—Y ahora aparecerá otra tentación.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

—Decir que, puesto que la mayoría puede equivocarse, debemos dejar las decisiones en manos de quienes saben más.

—Parece razonable.

—Lo es hasta que preguntas quién decide quién sabe más.

—Los expertos.

—¿Y quién selecciona a los expertos?

Daniel calló.

Brennan continuó:

—Y aunque seleccionemos expertos competentes, todavía queda una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Competentes para qué?

—Para gobernar.

—Eso no significa nada.

—¿Por qué?

—Porque saber cómo alcanzar un objetivo no responde a la pregunta de si ese objetivo es correcto.

Rand intervino:

—El conocimiento técnico no convierte a nadie en dueño de los fines de los demás.

—Exactamente —dijo Brennan.

Daniel pensó unos segundos.

—Entonces tampoco sirve decir que gobiernen los mejores.

Aristóteles intervino:

—Depende de qué entendamos por mejores.

—Y volvemos al principio.

—Siempre volvemos al principio —dijo Strauss— porque el problema humano no ha cambiado.

Camus sonrió.

—Lo que cambia es el nombre que le ponemos.

XLIX — La ventana y la puerta

Orwell se acercó a la ventana.

—Hay una diferencia entre cambiar lo que una sociedad considera aceptable y cambiar lo que una sociedad considera verdadero.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

—Una ventana puede abrirse. Una puerta también.

—¿Y?

—Abrir la ventana cambia lo que puede verse. Abrir la puerta permite entrar.

—Entonces mover los límites de lo que puede discutirse no significa que una idea sea verdadera.

—No.

—Solo significa que ahora puede discutirse.

—Exactamente.

Strauss añadió:

—Pero quien controla la ventana tiene influencia sobre aquello que puede llegar a verse.

—Y quien controla la puerta —dijo Maquiavelo— decide quién entra.

Daniel sonrió.

—Ahora entiendo por qué las palabras y el poder terminan siempre encontrándose.

Orwell lo miró.

—Porque el poder necesita palabras.

—¿Y las palabras necesitan poder?

—No siempre.

—Pero pueden adquirirlo.

—Sí.

Daniel volvió a mirar la oscuridad tras el cristal.

—Entonces una sociedad libre no necesita que todos piensen igual.

—Necesita algo más difícil —dijo Arendt.

—¿Qué?

—Que puedan pensar distinto sin dejar de pertenecer a la misma sociedad.

Daniel se quedó quieto.

—Eso sí que parece difícil.

Arendt asintió.

—Por eso es una tarea. No una condición que se consigue una vez y queda resuelta para siempre.

L — El último absoluto

Strauss se puso en pie.

—Quizá podamos formular ya la pregunta final.

Todos lo miraron.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

Strauss señaló las sillas, la mesa, la casa, los hombres reunidos.

—Después de todo lo que hemos dicho, ¿qué estamos dispuestos a no convertir en dogma?

Daniel frunció el ceño.

—No entiendo.

—Hemos hablado de libertad, verdad, poder, democracia, razón, derechos, comunidad, límites. Todos pueden convertirse en palabras sagradas.

—¿Y qué hacemos?

Strauss respondió:

—Vigilar incluso aquello que creemos defender.

Rand negó con la cabeza.

—Eso no significa renunciar a los principios.

—No.

—Significa no convertirlos en excusas para dejar de pensar.

—Sí.

Arendt añadió:

—Y recordar que ninguna institución puede sustituir por completo el juicio de quienes viven dentro de ella.

Mariana dijo:

—Ni ninguna mayoría puede convertir la injusticia en justicia simplemente por votar.

Rousseau respondió:

—Ni toda decisión colectiva puede reducirse a intereses particulares.

Maquiavelo añadió:

—Ni toda necesidad puede justificar el poder ilimitado.

Freud:

—Ni toda explicación puede convertirse en absolución.

Rogers:

—Ni toda comprensión equivale a cambio.

Marcus:

—Ni toda intención garantiza un buen resultado.

Camus:

—Ni toda incertidumbre exige fabricar una certeza.

Orwell:

—Ni toda palabra que se repite se convierte por ello en verdad.

Trivers:

—Ni toda convicción es independiente del deseo de creer.

Olson:

—Ni toda mayoría que permanece callada está de acuerdo.

Brennan:

—Ni todo experto sabe qué deben querer los demás.

Bueno:

—Ni llamar democrática a una decisión explica quién tiene realmente el poder.

Daniel los escuchó uno a uno.

Después preguntó:

—Entonces, ¿qué queda?

Esta vez nadie respondió inmediatamente.

Daniel sonrió.

—Quizá esa sea la única respuesta honesta.

Camus lo miró.

—¿Cuál?

—Que siempre queda algo que preguntar.

Y en ese momento se abrió la puerta.

Todos se volvieron.

Un hombre entró lentamente en la habitación.

Llevaba una bata blanca.

Miró las sillas.

Miró a los hombres.

Después miró a Daniel.

—¿He llegado tarde?

Nadie respondió.

El hombre miró el reloj.

—Perfecto.

House dejó escapar un suspiro.

—Odio llegar pronto a las reuniones.

LI — El médico

House se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla.

—Bueno. ¿Quién está enfermo?

Nadie contestó.

House miró alrededor.

—Entonces esto no es una consulta. Es peor.

Maquiavelo sonrió.

—¿Y tú quién eres?

—Un médico.

—Aquí hablamos del hombre.

—Yo también.

House señaló las sillas.

—Freud. Rogers. Rand. Aristóteles. Maquiavelo. Strauss. Arendt. Camus. Y el resto.

Miró a Daniel.

—Y tú debes de ser el paciente.

—No soy paciente.

—Todos dicen eso.

Daniel no respondió.

House cogió una taza que alguien había dejado sobre la mesa.

—¿Qué estáis haciendo?

—Intentamos comprender al hombre —dijo Rogers.

House bebió un sorbo.

—Qué mala noticia.

—¿Por qué? —preguntó Rogers.

—Porque lleváis demasiado tiempo hablando.

Rand lo miró con frialdad.

—¿Y cuál es tu propuesta?

House dejó la taza.

—Dejar de fingir que comprender algo obliga a alguien a cambiarlo.

Freud sonrió.

—Eso ya lo hemos dicho.

—Entonces no habéis entendido lo que habéis dicho.

Freud levantó una ceja.

—Explícate.

House señaló a Daniel.

—Este hombre sabe que tiene problemas. Sabe por qué algunos de ellos existen. Sabe que ha tomado malas decisiones. Sabe que tiene miedo. Sabe que se ha engañado. Sabe que podría hacer algunas cosas de otra manera.

Miró a los demás.

—Y probablemente mañana seguirá haciendo algunas de las mismas cosas.

Daniel lo miró.

—Gracias.

—De nada.

Rogers intervino:

—Pero los hombres cambian.

—Sí.

—Entonces tu afirmación es demasiado pesimista.

—No he dicho que no cambien.

—¿Qué has dicho?

—Que saber que debes cambiar no significa que quieras hacerlo.

Daniel bajó la mirada.

House señaló a Freud.

—Tú dices que hay fuerzas que no conocemos.

Luego a Rogers:

—Tú dices que podemos crecer.

A Rand:

—Tú dices que elegimos.

A Marcus:

—Tú dices que debemos gobernarnos.

A Maquiavelo:

—Tú dices que los hombres persiguen intereses.

A Strauss:

—Tú dices que debemos preguntarnos quién tiene el poder y quién debería tenerlo.

A Arendt:

—Tú dices que debemos pensar antes de obedecer.

A Orwell:

—Tú dices que debemos cuidar las palabras.

A Trivers:

—Tú dices que nos engañamos.

A Camus:

—Tú dices que no hay garantía de que nada de eso termine bien.

House se encogió de hombros.

—Todo correcto.

—Entonces, ¿cuál es tu problema? —preguntó Camus.

House miró a todos.

—Que seguís buscando una teoría que haga innecesaria la voluntad.

Silencio.

LII — El diagnóstico

Daniel fue el primero en hablar.

—¿Y cuál sería el diagnóstico?

House lo miró.

—¿De quién?

—De todos nosotros.

House sonrió.

—Eso es fácil.

—Pues dilo.

—Negación.

Freud soltó una breve carcajada.

—Eso es demasiado general.

—Precisamente por eso funciona tan bien.

—¿Y qué negamos?

House señaló la mesa.

—Que sabemos bastante más de lo que estamos dispuestos a admitir.

Daniel preguntó:

—¿Y qué hacemos con eso?

—Nada.

—¿Nada?

—Eso depende de ti.

—Entonces tampoco tienes una solución.

—Claro que tengo una solución.

Todos lo miraron.

House cogió su bastón.

—Pero no os va a gustar.

—¿Cuál?

—Dejad de hablar de cambiar.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Haced algo.

Rand sonrió.

—Por una vez, estamos de acuerdo.

House la miró.

—No te emociones.

—No me emociono.

—Bien.

LIII — La trampa de comprender

Freud se levantó.

—No puedes despreciar la comprensión.

—No la desprecio.

—Entonces, ¿qué haces?

—La pongo en su sitio.

Freud esperó.

—Comprender por qué un hombre actúa de determinada manera puede ser extraordinariamente útil —dijo House—. Puede permitirle dejar de repetir un patrón. Puede mostrarle lo que no veía. Puede incluso salvarle la vida.

—Entonces…

—Pero también puede convertirse en una excusa magnífica.

Freud guardó silencio.

House continuó:

—«Ahora sé por qué hago esto».

Pausa.

—Fantástico.

Otra pausa.

—¿Y?

Daniel sonrió.

—No has cambiado nada.

—Exacto.

Freud miró a Daniel.

—Tiene razón en una cosa.

House lo señaló con el bastón.

—No digas «en una cosa». Me pone nervioso.

Freud ignoró la interrupción.

—El conocimiento puede convertirse en una defensa contra el cambio.

—Por fin.

Rogers intervino:

—Pero el cambio sin comprensión puede ser superficial.

—También.

—Entonces necesitamos ambas cosas.

House negó con la cabeza.

—No. Necesitáis lo que haga falta.

—Eso es demasiado impreciso.

—La vida tiene esa mala costumbre.

LIV — El paciente se rebela

Daniel se puso de pie.

—Estoy harto.

House lo miró.

—Excelente.

—No quiero otra teoría.

—Mejor todavía.

—No quiero que nadie me diga quién soy.

—Perfecto.

—Y tampoco quiero que me digan qué debo hacer.

House sonrió.

—Ahora empezamos a trabajar.

Daniel miró a los demás.

—Toda mi vida he buscado alguien que me explicara por qué soy como soy. Después buscaba alguien que me dijera qué hacer. Y cuando encontraba a alguien dispuesto a hacerlo, encontraba una razón para no obedecerle.

—Eso sí es un progreso —dijo House.

Daniel continuó:

—Quizá lo que quería no era una respuesta.

—¿Qué querías?

Daniel tardó unos segundos.

—Quería que alguien asumiera la responsabilidad por mí.

Nadie habló.

House dejó de sonreír.

—Ahí está.

Daniel lo miró.

—¿Ahí qué?

—La enfermedad.

—¿Cuál?

House señaló a todos.

—La misma que tenéis todos.

LV — Responsabilidad

Mariana fue quien reaccionó.

—La responsabilidad no puede desaparecer porque un hombre la delegue.

—Claro que puede —dijo House—. Jurídicamente, políticamente, psicológicamente. Los hombres llevan siglos encontrando maneras de repartir la culpa.

Rand añadió:

—Pero no pueden delegar su juicio moral de esa manera.

House la miró.

—Pueden intentarlo.

—Intentarlo no significa conseguirlo.

—Correcto.

Arendt intervino:

—Ese es precisamente el problema de la obediencia.

—No —respondió House—. El problema de la obediencia es que funciona.

Arendt frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que si no funcionara, no habría problema.

Daniel miró a House.

—Entonces obedecer es fácil.

—Muy fácil.

—¿Y desobedecer?

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto tengas que perder.

Arendt asintió lentamente.

—Eso es importante.

House la señaló.

—No conviertas esto en otra conferencia.

—No lo haré.

—Gracias.

LVI — La prueba

House caminó hasta Daniel.

—Te voy a hacer una pregunta.

—Adelante.

—¿Qué vas a cambiar mañana?

Daniel permaneció callado.

—No lo sé.

—Mal.

—¿Por qué?

—Porque llevamos horas hablando de cambio y no tienes ni una sola acción concreta.

Daniel pensó.

—Voy a…

Se detuvo.

House esperó.

—Voy a llamar a una persona.

—¿Para qué?

—Para decirle algo que llevo tiempo evitando.

—¿Qué?

Daniel negó con la cabeza.

—Eso no te lo voy a decir.

House sonrió.

—Bien.

—¿Por qué bien?

—Porque por primera vez has puesto un límite.

Daniel comprendió.

No necesitaba explicarlo todo.

No necesitaba justificarlo.

Necesitaba hacerlo.

LVII — El laboratorio

House volvió a la mesa.

—Ahora podemos hacer algo más interesante.

—¿Qué? —preguntó Daniel.

—Aplicar todo esto a la política.

Maquiavelo sonrió.

—Por fin.

House señaló a todos.

—Tenéis una sociedad.

—¿Y?

—Esa sociedad tiene problemas.

—Como todas.

—Exacto.

House siguió:

—La mayoría sabe que hay problemas.

—Sí.

—Una parte quiere cambiar.

—Sí.

—Otra parte quiere mantener las cosas como están.

—Sí.

—Otra quiere cambiarlas, pero de manera distinta.

—Sí.

—Y otra no quiere pensar demasiado porque tiene cosas más importantes que hacer.

Olson asintió.

—Una descripción bastante realista.

House levantó un dedo.

—Ahora añadimos intereses, miedo, orgullo, dinero, ideología, costumbre, pertenencia, medios de comunicación, partidos, funcionarios, empresas, jueces, sindicatos, asociaciones, expertos y millones de personas que quieren cosas diferentes.

—¿Y cuál es la solución? —preguntó Daniel.

House lo miró.

—Ninguna.

—¿Ninguna?

—Una sociedad no es un paciente al que puedas operar y despertar al día siguiente sin el tumor.

Aristóteles intervino:

—Entonces la política consiste en administrar conflictos.

—Entre otras cosas.

—No es una definición suficiente.

—Tampoco pretende serlo.

Maquiavelo se echó a reír.

LVIII — El hombre bueno

Rogers preguntó:

—¿Y qué ocurre con el hombre bueno?

House lo miró.

—¿Cuál?

—El que quiere hacer el bien.

—Sospechoso.

Rogers sonrió.

—¿Por qué?

—Porque todo el mundo cree que quiere hacer el bien.

—Eso no significa que no exista.

—No.

—Entonces…

—Que quiera hacer el bien no significa que sepa qué es el bien.

Aristóteles intervino:

—Eso ya es otra cuestión.

—Es la cuestión.

Strauss asintió.

—Porque quien cree conocer definitivamente el bien puede considerar legítimo imponerlo.

Rand añadió:

—Y ahí termina la libertad.

House levantó un dedo.

—No siempre.

Todos lo miraron.

—A veces —continuó— ahí empieza una discusión mucho más interesante.

—¿Cuál?

—¿Qué libertades puede limitar una sociedad para proteger otras libertades?

Daniel frunció el ceño.

—Eso no tiene una respuesta sencilla.

—Ahora empiezas a entender la medicina.

LIX — El enfermo que se cree sano

House volvió a mirar a Daniel.

—Hay algo que no has entendido todavía.

—¿Qué?

—Que una sociedad no tiene por qué querer curarse.

—¿Aunque esté enferma?

—Especialmente entonces.

—No lo entiendo.

—Una persona enferma quiere dejar de estar enferma. Una sociedad puede considerar normal aquello que la perjudica.

—¿Porque se acostumbra?

—Porque obtiene algo de ello.

Olson intervino:

—O porque el coste del cambio está concentrado y el beneficio disperso.

—Exacto.

House miró a Daniel.

—Puedes demostrarle a una persona que fuma que fumar le perjudica.

—Y puede seguir fumando.

—Puedes demostrarle a un gobierno que una política fracasa.

—Y puede mantenerla.

—Puedes demostrarle a un partido que una estrategia no funciona.

—Y puede repetirla.

—Puedes demostrarle a una sociedad que una idea es falsa.

Daniel sonrió.

—Y puede seguir creyéndola.

House levantó su taza.

—Ahora sí.

LX — Todo el mundo miente

House se dirigió hacia la puerta.

Daniel lo llamó.

—Espera.

House se detuvo.

—¿Qué?

—Has dicho que todos mentimos.

—Sí.

—¿Tú también?

House se volvió lentamente.

—Especialmente yo.

Daniel sonrió.

—¿Y cómo sabemos cuándo dices la verdad?

—No lo sabéis.

—Entonces, ¿por qué escucharte?

House abrió la puerta.

—No deberías.

Se hizo un silencio absoluto.

House salió.

Tac.

Tac.

Tac.

Daniel miró a los demás.

—¿Eso era todo?

Marcus Aurelius respondió:

—No.

—¿Qué falta?

Marcus miró hacia la puerta.

—Que decidas qué hacer con lo que has escuchado.

Daniel permaneció inmóvil.

Después cogió su abrigo.

—Entonces será mejor que empiece.

Rogers lo miró.

—¿Adónde vas?

Daniel abrió la puerta.

—A hacer algo que llevo demasiado tiempo evitando.

Y salió.

Esta vez nadie intentó detenerlo.

LXI — Después de la discusión

La habitación quedó extrañamente vacía.

Freud miró a Rogers.

—¿Crees que cambiará?

Rogers sonrió.

—No lo sé.

Rand se levantó.

—Yo tampoco.

Maquiavelo se acercó a la ventana.

—Quizá sí.

Strauss lo miró.

—¿Por qué?

—Porque por primera vez ha dejado de preguntar qué debería hacer.

—¿Y?

—Ha empezado a preguntarse qué hará.

Arendt asintió.

—Eso no garantiza nada.

—No.

Camus añadió:

—Pero ya es más de lo que tenía antes.

Marcus Aurelius miró hacia la puerta.

—La decisión empieza cuando termina la excusa.

Nadie añadió nada.

Durante unos segundos, todos parecieron aceptar aquella frase.

Hasta que se oyó la voz de House desde el pasillo:

—¡Eso es una frase estupenda para una taza!

Maquiavelo soltó una carcajada.

Rand negó con la cabeza.

Y, por primera vez aquella noche, todos rieron.

No porque hubieran encontrado una solución.

Sino porque habían comprendido que quizá no la encontrarían nunca.

Y que, aun así, tendrían que seguir decidiendo.

LXII — La llamada

Daniel caminó durante casi una hora antes de detenerse.

Había sacado el teléfono tres veces.

Las tres veces había vuelto a guardarlo.

No era miedo a hablar.

Era miedo a escuchar la respuesta.

Finalmente marcó.

—¿Sí?

Daniel cerró los ojos.

—Soy yo.

Hubo un silencio al otro lado.

—Ya sé quién eres.

Daniel casi sonrió.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

—Necesito hablar contigo.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Ha pasado algo?

Daniel estuvo a punto de responder que no.

La palabra le salió a la boca y se detuvo.

—Sí.

—¿Qué?

Daniel miró la calle.

—Yo.

Silencio.

—¿Qué quieres decir?

Daniel respiró profundamente.

—Que llevo mucho tiempo echándote la culpa de algo que también era responsabilidad mía.

No hubo respuesta.

Y aquella ausencia de respuesta le resultó más difícil que cualquier reproche.

—¿Estás ahí?

—Sí.

—¿Quieres que vaya?

Daniel cerró los ojos.

—Sí.

Colgó.

No había arreglado nada.

No había conseguido perdón.

No había recuperado nada.

Pero había hecho algo que llevaba años evitando.

Había dejado de esperar a que el mundo cambiara antes de cambiar él.

Y descubrió algo incómodo.

No se sentía mejor.

Se sentía responsable.

LXIII — La responsabilidad no consuela

Cuando regresó a la casa, la discusión había continuado.

House estaba sentado en una esquina, con los pies apoyados sobre una silla.

—¿Lo has hecho?

Daniel asintió.

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

House sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí. Ahora ya sabes que hacer lo correcto no siempre produce una sensación agradable.

Rogers intervino:

—Puede producir alivio más tarde.

—Claro. Cuando el cerebro termine de inventar una explicación.

Daniel se sentó.

—Pensaba que después de hacerlo sentiría que había cambiado.

House lo miró.

—No has cambiado.

Daniel frunció el ceño.

—¿No?

—Has hecho una cosa distinta.

—¿No es lo mismo?

—No.

Marcus Aurelius asintió.

—Tiene razón.

Daniel lo miró sorprendido.

—¿En serio?

—Una acción no convierte inmediatamente al hombre en otro hombre.

—Entonces, ¿qué la convierte en cambio?

Marcus respondió:

—La repetición de decisiones distintas.

Daniel suspiró.

—Eso significa que esto acaba de empezar.

—Sí.

House levantó un dedo.

—Y ahora viene la parte aburrida.

—¿Cuál?

—Mantenerlo.

LXIV — El problema de los buenos propósitos

Rogers preguntó:

—¿No es suficiente una decisión sincera?

House negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque la sinceridad dura cinco minutos. Los hábitos duran años.

Freud añadió:

—Y las viejas defensas reaparecen cuando vuelve la angustia.

Daniel lo miró.

—Entonces puedo volver atrás.

—Naturalmente.

—¿Y todo esto no habrá servido para nada?

Freud negó con la cabeza.

—Eso sería otra mentira.

—¿Por qué?

—Porque una recaída no convierte en inexistente lo que has aprendido.

Rogers añadió:

—Pero tampoco debes convertir el conocimiento de tus patrones en una excusa para repetirlos.

Daniel sonrió.

—Otra vez estamos en el mismo sitio.

—Sí —dijo Freud—. Porque algunos problemas no desaparecen. Se vuelven más visibles.

House levantó la taza.

—Bienvenido a la medicina.

LXV — El experimento

Al día siguiente, Daniel volvió.

Traía un cuaderno.

House lo miró.

—¿Qué es eso?

—He estado pensando.

—Mal comienzo.

—He escrito algo.

—Peor.

Daniel abrió el cuaderno.

—Una lista.

Maquiavelo se acercó.

—¿De qué?

—De las cosas que digo querer y las cosas que realmente hago.

House sonrió.

—Ahora sí.

Daniel empezó a leer.

—Quiero ser libre, pero evito las decisiones que pueden hacerme responsable.

Pasó la página.

—Quiero relaciones sinceras, pero oculto lo que puede hacerme quedar mal.

Otra página.

—Quiero cambiar, pero intento conservar intactas las razones que explican por qué no puedo hacerlo.

Otra.

—Quiero que los demás sean honestos conmigo, pero me enfado cuando me dicen algo que no quiero escuchar.

Cerró el cuaderno.

—Y hay más.

Rogers lo miró.

—Eso ya es bastante.

Daniel negó con la cabeza.

—No. Lo importante es otra cosa.

—¿Cuál?

—He descubierto que no necesito mentirme diciendo que no sé.

Freud sonrió.

—Ahora sabes que sabes.

—Sí.

—Eso puede ser más incómodo.

—Mucho más.

House se levantó.

—Entonces el experimento funciona.

Daniel lo miró.

—¿Qué experimento?

—Descubrir cuánto tiempo tarda un hombre en encontrar una nueva mentira cuando le quitas la anterior.

LXVI — La política entra por la puerta

La frase dejó a Daniel pensativo.

—¿Y una sociedad puede hacer lo mismo?

House señaló a Bueno.

—Pregúntale a él.

Bueno respondió:

—Una sociedad puede sustituir una explicación por otra sin modificar la estructura que produce el problema.

—Entonces puede cambiar de discurso sin cambiar de conducta.

—Exactamente.

Orwell intervino:

—Y puede cambiar las palabras para poder seguir haciendo lo mismo.

Olson añadió:

—Los intereses permanecen.

Maquiavelo:

—Los hombres permanecen.

Strauss:

—Las ambiciones permanecen.

Arendt:

—La necesidad de pertenecer permanece.

Freud:

—Los deseos permanecen.

Rogers:

—Pero también permanece la posibilidad de cambiar.

Daniel miró a House.

—¿Y tú qué dices?

House se encogió de hombros.

—Que si todos los que tienen algo que ganar con el cambio están desorganizados y todos los que tienen algo que perder están organizados, ya puedes escribir cien libros sobre democracia.

Olson asintió.

—Eso importa.

Daniel se volvió hacia él.

—Entonces la democracia no garantiza que cambie lo que debe cambiar.

—No.

—¿Qué garantiza?

Olson respondió:

—No garantiza nada de eso.

Aristóteles intervino:

—Pero puede crear mecanismos para corregir.

Bueno añadió:

—Y también puede crear mecanismos para perpetuar.

Daniel suspiró.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Nada es suficiente.

Strauss respondió:

—Porque estás buscando una institución que sustituya al hombre.

LXVII — El gobierno de las personas

Daniel caminó lentamente por la habitación.

—Entonces quizá el error sea pensar que necesitamos un sistema perfecto.

—Sí —dijo Aristóteles.

—Pero tampoco podemos aceptar cualquier sistema.

—Naturalmente.

—Y tampoco podemos confiar simplemente en que las personas serán buenas.

Maquiavelo sonrió.

—Eso ya lo aprendiste.

—Entonces necesitamos sistemas capaces de funcionar incluso cuando los hombres no sean buenos.

—Ahora estás pensando políticamente.

Daniel miró a Montesquieu.

—¿Eso significa repartir el poder?

—Entre otras cosas.

—¿Y si quienes tienen que controlarse mutuamente llegan a un acuerdo para no controlarse?

Montesquieu respondió:

—Entonces el mecanismo falla.

—¿Y qué hacemos?

—Crear otros mecanismos.

—¿Y si también fallan?

—Otros.

Daniel soltó una carcajada.

—Eso puede no terminar nunca.

—La libertad tampoco.

House intervino:

—Por fin una respuesta razonable.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

—No hay sistema que puedas instalar una vez y dejar funcionando para siempre.

LXVIII — La tentación del salvador

Maquiavelo se acercó a la mesa.

—Y aquí aparece otra tentación.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—La del salvador.

Strauss asintió.

—Cuando una sociedad está cansada de sus contradicciones, empieza a desear a alguien que las resuelva.

—Un hombre fuerte —dijo Daniel.

—Un hombre que prometa eficacia.

—Que termine con las discusiones.

—Que tome decisiones.

—Que haga lo que los demás no se atreven a hacer.

House sonrió.

—Y que, casualmente, quiera más poder.

Mariana añadió:

—Y una vez que ese poder se ha concedido en nombre de la necesidad, recuperarlo puede ser difícil.

Arendt intervino:

—Porque quienes lo entregaron pueden seguir creyendo que el peligro era temporal.

Daniel preguntó:

—¿Y si realmente era necesario?

Mariana respondió:

—Entonces deberá seguir siendo limitado.

—¿Aunque sea difícil?

—Precisamente porque es difícil.

Maquiavelo añadió:

—Y porque el gobernante siempre tendrá una explicación para prolongarlo.

Freud sonrió.

—Y una explicación puede ser sincera.

Daniel lo miró.

—¿Eso lo hace menos peligroso?

—No.

LXIX — El hombre que quiere una solución

Daniel volvió a su silla.

—Creo que ya sé cuál es mi problema.

House levantó la mirada.

—¿Otro?

—Sí.

—Adelante.

—Quiero una solución definitiva.

—Naturalmente.

—Quiero saber qué sistema político es correcto. Qué principios son verdaderos. Qué límites son suficientes. Qué tipo de hombre debe gobernar. Cómo impedir la mentira. Cómo impedir el abuso. Cómo conseguir que la gente piense por sí misma.

House sonrió.

—Y después quieres irte a dormir tranquilo.

—Sí.

—No va a ocurrir.

Daniel rió.

—Ya me lo imaginaba.

Camus habló:

—El deseo de una solución definitiva es comprensible.

—Pero falso.

—No necesariamente falso. Imposible.

—¿Entonces qué hacemos?

Camus miró a Daniel.

—Vivir sin esa garantía.

Daniel asintió lentamente.

—Eso es mucho más difícil.

—Sí.

LXX — El último debate

Strauss se levantó.

—Quizá ha llegado el momento de formular la pregunta que hemos evitado.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

Strauss señaló a todos.

—¿Qué estamos dispuestos a defender cuando ya no podemos estar seguros de tener razón?

Nadie contestó.

House se levantó lentamente.

—Yo tengo una.

Todos lo miraron.

—¿Cuál?

—La posibilidad de cambiar de opinión.

Rand respondió:

—Eso no es suficiente.

—Nunca dije que lo fuera.

Arendt añadió:

—Pero es una condición necesaria.

Freud dijo:

—Porque quien no puede cambiar de opinión tampoco puede aprender.

Rogers:

—Ni crecer.

Orwell:

—Ni corregir una palabra falsa.

Olson:

—Ni corregir una institución.

Mariana:

—Ni limitar un poder.

Montesquieu:

—Ni reformar una ley.

Aristóteles:

—Ni mejorar una ciudad.

Strauss:

—Ni buscar la verdad.

Camus:

—Ni soportar la incertidumbre.

Marcus Aurelius:

—Ni gobernarse a sí mismo.

Daniel los escuchó.

Después cerró los ojos.

—Entonces quizá eso sea lo único que podemos exigir.

—¿Qué? —preguntó Rogers.

Daniel abrió los ojos.

—No que nadie se equivoque.

Miró a todos.

—Sino que nadie convierta su error en una verdad que los demás tengan prohibido cuestionar.

House sonrió.

—Ahora sí.

—¿Qué?

—Ya puedes escribir el libro.

Daniel miró la montaña de papeles sobre la mesa.

—¿Y quién lo leerá?

House se encogió de hombros.

—Eso es problema suyo.

LXXI — El silencio

Nadie habló durante un largo rato.

Afuera había comenzado a llover.

El sonido de las gotas contra los cristales llenó la habitación.

Freud miró a Rogers.

Rogers miró a Rand.

Rand miró a Strauss.

Strauss miró a Arendt.

Arendt miró a Marcus.

Y Marcus miró a Daniel.

—¿Qué harás ahora? —preguntó.

Daniel sonrió.

—No lo sé.

—Bien.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Por qué?

Marcus respondió:

—Porque ahora no lo sabes y no estás buscando a alguien que decida por ti.

Daniel permaneció en silencio.

House cogió su abrigo.

—Bueno.

—¿Te vas? —preguntó Daniel.

—Sí.

—¿Sin más?

House se detuvo junto a la puerta.

—¿Qué quieres? ¿Un discurso?

—No.

—Bien.

Abrió la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

House señaló a todos los presentes.

—No os engañéis.

Nadie respondió.

House sonrió.

—Eso sería muy propio de vosotros.

Y salió.

Tac.

Tac.

Tac.

La puerta se cerró.

Esta vez nadie lo siguió.

LXXII — Nadie tiene la última palabra

Daniel se quedó mirando la puerta.

—Tiene razón.

Rogers sonrió.

—Probablemente.

—Eso es raro.

—¿Qué?

—Que alguien tenga la última palabra.

Strauss negó con la cabeza.

—No la ha tenido.

—¿Por qué?

—Porque no existe.

Daniel miró la mesa.

Había libros.

Papeles.

Notas.

Argumentos.

Objeciones.

Preguntas.

Ninguna respuesta definitiva.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

No el mundo.

No la sociedad.

No las instituciones.

Ni siquiera Daniel.

Todavía no.

Lo único que había cambiado era una cosa mucho más pequeña.

Ya no podía decir que no sabía.

Y ahora tendría que decidir qué hacer con aquello.

Se puso el abrigo.

—Nos veremos.

—¿Adónde vas? —preguntó Rogers.

Daniel abrió la puerta.

—A vivir.

Camus sonrió.

—Eso sí que es una respuesta difícil.

Daniel salió.

La puerta quedó abierta unos segundos.

Después se cerró.

Y por primera vez desde que había comenzado aquella extraña reunión, nadie sintió la necesidad de añadir nada.

No porque hubieran encontrado la respuesta.

Sino porque habían comprendido que quizá el verdadero problema no era encontrarla.

Era tener el valor de vivir después de haberla encontrado.

LXXIII — La segunda noche

Daniel regresó a la casa dos días después.

No sabía muy bien por qué había vuelto.

La primera noche había salido de allí convencido de que la conversación había terminado. Después descubrió que una conversación de esa clase no terminaba cuando uno cerraba una puerta.

Continuaba dentro.

Durante dos días había pensado en una frase de House:

Haced algo.

Había hecho algo.

Había llamado.

Había hablado.

Había reconocido una culpa.

Y, sin embargo, el mundo seguía exactamente igual.

La persona con la que había hablado seguía teniendo sus propios resentimientos. Daniel seguía teniendo los suyos. Ninguno había quedado convertido en un hombre nuevo.

Eso le había decepcionado.

Cuando llegó, encontró a varios de los participantes en la misma habitación.

House estaba allí.

—Otra vez tú —dijo.

—Otra vez yo.

—¿Qué quieres?

—Seguir.

House hizo una mueca.

—Mala decisión.

—¿Por qué?

—Porque la gente que quiere seguir hablando normalmente intenta evitar hacer lo que ya sabe que tiene que hacer.

Daniel sonrió.

—Puede ser.

—Entonces siéntate.

Daniel obedeció.

Aquella vez no había una mesa preparada ni una lista de preguntas.

Solo estaban allí.

Como si todos hubieran regresado porque ninguno había quedado satisfecho.

Strauss rompió el silencio.

—Nos marchamos demasiado pronto.

Rand lo miró.

—¿Tú lo crees?

—Sí.

—¿Qué quedó pendiente?

Strauss señaló la habitación.

—Todo.

LXXIV — El problema de la obediencia

Arendt estaba junto a la ventana.

—Hay una cuestión que no hemos llevado hasta el final.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—La obediencia.

—Ya hablamos de ella.

—No suficientemente.

House se acomodó en la silla.

—Esto promete.

Arendt continuó:

—Hemos hablado del individuo que obedece una orden injusta. Pero eso es demasiado sencillo.

—¿Por qué?

—Porque solemos imaginar una orden clara y un hombre que sabe que es injusta.

—¿Y no ocurre así?

—A veces.

—¿Qué ocurre las demás veces?

—La orden llega disfrazada de procedimiento.

Daniel frunció el ceño.

—¿Cómo?

—«Es lo que establece la norma».

—Eso no demuestra que sea justo.

—No.

—«Es lo que ha decidido la mayoría».

—Tampoco.

—«Es necesario».

—Menos aún.

—«Todo el mundo lo hace».

Arendt asintió.

—Ésa es una de las formas más eficaces.

House intervino:

—Y una de las más baratas.

Daniel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque elimina la necesidad de una amenaza.

Arendt continuó:

—La obediencia moderna puede ser mucho más cómoda que la obediencia impuesta por la fuerza. Basta con conseguir que el individuo crea que él no está decidiendo.

Freud intervino:

—Así puede conservar una buena imagen de sí mismo.

—Exactamente.

Daniel pensó unos segundos.

—Entonces alguien puede hacer algo que considera incorrecto y seguir considerándose una persona decente.

—Con facilidad —dijo Freud.

—¿Y cómo lo consigue?

Freud respondió:

—Separando el acto de sí mismo.

House sonrió.

—«Yo solo cumplía mi trabajo».

Arendt asintió.

—O «yo solo aplicaba la norma».

—«Yo solo hacía lo que se esperaba de mí».

—«Yo solo seguía el procedimiento».

Daniel sintió un escalofrío.

—Entonces una sociedad puede producir hombres que no se sienten responsables de nada porque cada uno cree que la responsabilidad pertenece al que está un escalón por encima.

—Exactamente —dijo Arendt.

Maquiavelo intervino:

—Y cuanto más grande sea la cadena de mando, más fácil resulta.

—Porque nadie se siente dueño de la decisión —dijo Daniel.

—Pero la decisión se ejecuta.

LXXV — El hombre que firma

Mariana se incorporó.

—Hay una figura especialmente peligrosa.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—El hombre que firma.

House sonrió.

—Eso sí que es interesante.

Mariana continuó:

—Porque el que firma puede decir que solo ha puesto su nombre al final de un documento elaborado por otros.

—¿Y?

—Que el documento no deja de ser suyo.

Montesquieu intervino:

—Pero una administración moderna necesita delegación.

—Por supuesto.

—Entonces no podemos considerar culpable a todo aquel que participa en una cadena administrativa.

—No he dicho eso.

Mariana miró a Daniel.

—Estoy diciendo que la división de responsabilidades puede convertirse en una forma de ocultar la responsabilidad.

Daniel preguntó:

—¿Dónde está el límite?

—Ahí está el problema.

House levantó la mano.

—Yo tengo una regla.

Todos lo miraron.

—Si tienes poder suficiente para detener algo y decides no hacerlo, no puedes fingir después que eras un espectador.

Arendt lo observó.

—Eso es importante.

House se encogió de hombros.

—No hace falta ser filósofo para verlo.

LXXVI — La obediencia de los buenos

Rogers intervino.

—Hay algo todavía más incómodo.

—¿Qué? —preguntó Daniel.

—Que quienes obedecen pueden estar convencidos de que están haciendo el bien.

—¿No hemos vuelto al mismo punto?

—No exactamente.

Rogers miró a Arendt.

—Un hombre puede obedecer porque teme. Pero también puede obedecer porque quiere sentirse bueno.

Arendt asintió.

—Y eso puede ser todavía más difícil de combatir.

—Porque no se considera sometido.

—Se considera virtuoso.

Daniel preguntó:

—¿Entonces la virtud también puede convertirse en obediencia?

Aristóteles respondió:

—La virtud sin juicio puede convertirse en hábito.

—¿Y un hábito puede ser malo?

—Naturalmente.

House sonrió.

—Por fin.

Aristóteles lo miró.

—¿Qué significa «por fin»?

—Que alguien ha dicho algo que sirve para el mundo real.

Aristóteles no pareció ofendido.

—La virtud no consiste en obedecer ciegamente.

—Entonces, ¿en qué?

—En actuar bien deliberadamente.

Daniel intervino:

—Eso significa que saber obedecer no basta.

—Ni saber desobedecer.

—¿Entonces?

Aristóteles lo miró.

—Juzgar.

Daniel suspiró.

—Otra vez.

—Sí.

LXXVII — El juicio

Arendt se acercó a la mesa.

—Ésa es la palabra que hemos utilizado menos.

—¿Juicio?

—Sí.

—Hemos hablado de razón.

—No son exactamente lo mismo.

—¿Cuál es la diferencia?

—La razón puede establecer relaciones, analizar, calcular. El juicio tiene que enfrentarse a situaciones concretas.

Daniel la miró.

—¿Y por qué es tan importante?

—Porque la vida no nos presenta siempre problemas con una solución escrita.

—Entonces hay que juzgar.

—Sí.

—¿Y qué ocurre cuando juzgamos mal?

—Podemos equivocarnos.

—¿Y cómo sabemos que no nos estamos equivocando?

Arendt respondió:

—No lo sabemos completamente.

Daniel se quedó callado.

—Entonces volvemos a la incertidumbre.

—Sí.

House sonrió.

—Ya os estáis acostumbrando.

LXXVIII — La tentación del experto

Brennan se inclinó hacia delante.

—Y ahí aparece otra tentación: sustituir el juicio de millones de personas por el juicio de quienes creemos más capacitados.

Daniel lo miró.

—Porque el ciudadano puede equivocarse.

—Sí.

—Y el experto también.

—Sí.

—Entonces no hemos solucionado nada.

—Hemos cambiado el problema.

—¿Cómo?

—Hemos pasado de preguntar «¿pueden equivocarse los ciudadanos?» a preguntar «¿quién debe tener autoridad para decidir por ellos?».

Strauss intervino:

—Y esa segunda pregunta es mucho más peligrosa.

—¿Por qué?

—Porque el experto puede empezar creyendo que simplemente administra conocimiento y terminar creyendo que administra la vida de los demás.

Rand añadió:

—El conocimiento no otorga automáticamente autoridad moral.

Brennan asintió.

—Pero la ignorancia tampoco otorga autoridad moral.

—Por supuesto.

—Entonces estamos obligados a vivir con una tensión que no podemos eliminar.

Daniel sonrió.

—Otra vez.

House levantó su bastón.

—Empieza a gustarte esa palabra.

—No.

—Pues vas a escucharla mucho.

LXXIX — El sorteo

Daniel recordó algo.

—Antes hablamos del sorteo.

Aristóteles lo miró.

—Sí.

—Lo dejamos demasiado pronto.

Rogers sonrió.

—¿Por qué has vuelto a él?

—Porque cuanto más hablamos de quién debe gobernar, menos me convence la pregunta.

Brennan preguntó:

—¿Y qué propones?

—No lo sé.

—Bien.

Daniel continuó:

—Pero quizá podamos seleccionar a algunos gobernantes por sorteo.

Maquiavelo soltó una carcajada.

—Magnífico.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Que puedes conseguir un gobernante incompetente sin siquiera tener que culpar a un partido.

Daniel no se dejó intimidar.

—También puedes conseguir que alguien que nunca habría llegado al poder por dinero, contactos o popularidad tenga una oportunidad.

Olson intervino:

—Y puedes romper algunas estructuras organizadas de poder.

—¿Sin crear otras?

—Eso sería pedir demasiado.

Aristóteles preguntó:

—¿Quién gobernaría entonces?

—Ciudadanos elegidos al azar.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Un tiempo limitado.

—¿Con qué formación?

Daniel calló.

Brennan sonrió.

—Ahí tienes el problema.

Rogers intervino:

—Podrían recibir información y asesoramiento.

—¿De quién? —preguntó Brennan.

—De expertos.

—Y volvemos a empezar.

Daniel se echó a reír.

—Entonces no hay solución.

Aristóteles negó con la cabeza.

—No. Hay una institución que resuelve unos problemas y crea otros.

Daniel asintió.

—Eso empieza a parecerme una descripción mucho más honesta de la política.

LXXX — El color del gato

Maquiavelo se acercó a Daniel.

—Estás buscando un sistema que no tenga defectos.

—Sí.

—Entonces nunca elegirás ninguno.

—¿Y qué debo hacer?

—Preguntar qué problema quieres resolver.

Daniel lo miró.

—¿Y después?

—Ver qué problema nuevo introduces.

Aristóteles intervino:

—Una institución debe juzgarse por lo que consigue y por lo que destruye.

Daniel sonrió.

—¿Entonces importa menos el color del gato que si caza ratones?

Maquiavelo soltó una carcajada.

—Algo así.

Aristóteles negó con la cabeza.

—Pero cuidado.

—¿Con qué?

—Un gato que caza ratones puede acabar comiéndose la casa.

House se echó a reír.

—Ahora sí me interesa esta reunión.

LXXXI — El poder que nadie ve

Bueno tomó la palabra.

—Hay otra cuestión.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—Nos hemos concentrado demasiado en el poder visible.

—¿Qué quieres decir?

—Gobierno, parlamento, tribunales, partidos.

—¿Y?

—El poder también existe fuera de ellos.

—¿Dónde?

—En quien controla recursos. En quien controla información. En quien puede movilizar a miles de personas. En quien puede financiar una campaña. En quien puede bloquear una decisión. En quien puede influir sobre la opinión pública. En quien puede organizar una huelga. En quien puede cerrar una fábrica. En quien puede condicionar una inversión.

Olson asintió.

—El poder formal es solo una parte.

Daniel preguntó:

—Entonces, ¿quién gobierna realmente?

Bueno respondió:

—Depende del asunto.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta.

Strauss añadió:

—El poder rara vez tiene un único centro.

Maquiavelo sonrió.

—Y quien cree haberlo encontrado probablemente acaba de descubrir una parte.

Daniel miró a House.

—¿Tú cómo lo llamarías?

House respondió:

—Una habitación llena de gente diciendo que nadie tiene la culpa.

LXXXII — La habitación llena de culpables

Daniel se volvió hacia él.

—¿Eso es lo que crees?

—Creo que cuando una decisión perjudica a alguien, todos buscan al culpable más cómodo.

—¿Y cuál es?

—El que está arriba.

—¿Y si realmente está arriba?

—Entonces puede ser culpable.

—¿Y si no?

—Entonces todos se sienten satisfechos porque han encontrado una explicación.

Daniel miró a Maquiavelo.

—¿No es necesario encontrar responsables?

—Sí.

—¿Entonces?

—Responsabilidad individual y responsabilidad institucional no son la misma cosa.

Montesquieu intervino:

—Y una institución puede funcionar mal aunque ninguno de sus miembros tenga una intención maliciosa.

—¿Cómo?

—Por incentivos equivocados.

Olson asintió.

—Por reglas que premian determinados comportamientos.

Brennan añadió:

—Por información defectuosa.

Freud:

—Por miedo.

Trivers:

—Por autoengaño.

Arendt:

—Por incapacidad de juzgar.

Orwell:

—Por lenguaje deformado.

Maquiavelo:

—Por ambición.

Daniel miró alrededor.

—Entonces una sociedad puede producir malos resultados sin necesitar malos hombres.

—Exactamente —dijo Olson.

Y aquella frase quedó flotando en la habitación.

Era una idea distinta.

Hasta entonces habían hablado del hombre y del sistema como si uno de los dos tuviera que ser el culpable.

Quizá no.

Quizá el problema fuera también la relación entre ambos.

LXXXIII — El sistema y el hombre

Rogers habló despacio.

—Entonces una persona puede entrar en una institución razonable y terminar comportándose mal.

—Sí —dijo Olson.

—Y una persona razonable puede entrar en una institución mal diseñada y acabar haciendo cosas que no habría hecho por sí sola.

—Sí.

Daniel preguntó:

—Entonces, ¿qué importa más: el hombre o la institución?

Aristóteles respondió:

—La pregunta está mal planteada.

—¿Por qué?

—Porque las instituciones las hacen los hombres y después las instituciones forman a los hombres.

Daniel guardó silencio.

Aristóteles continuó:

—Una ciudad educa a sus ciudadanos tanto como los ciudadanos construyen la ciudad.

Rousseau asintió.

—Ahí está una de las grandes cuestiones políticas.

Rand intervino:

—Pero una institución no puede absolver al individuo.

—Ni el individuo puede ignorar el efecto de la institución —respondió Aristóteles.

Daniel comprendió entonces que la discusión había dado un paso más.

No se trataba de escoger entre naturaleza humana e instituciones.

Se trataba de entender cómo cada una podía reforzar los defectos de la otra.

El hombre construía la jaula.

Después olvidaba que la había construido.

Y, con el tiempo, podía llegar a creer que había nacido dentro de ella.

LXXXIV — La puerta abierta

House miró el reloj.

—Ya basta.

Todos se volvieron hacia él.

—¿Basta de qué?

—De construir jaulas.

Daniel sonrió.

—¿Y qué propones?

House señaló la puerta.

—Salir.

—¿Eso es todo?

—No.

—¿Qué más?

—Antes de salir, recordad algo.

Se hizo silencio.

House miró uno por uno a los presentes.

—Todas estas ideas pueden utilizarse para justificar lo contrario de aquello para lo que fueron concebidas.

Strauss asintió lentamente.

House continuó:

—La libertad puede convertirse en licencia.

Miró a Rand.

—La igualdad puede convertirse en uniformidad.

Miró a Rousseau.

—La virtud puede convertirse en obediencia.

Miró a Aristóteles.

—La seguridad puede convertirse en control.

Miró a Maquiavelo.

—La democracia puede convertirse en una palabra que impida discutir.

Miró a Bueno.

—La competencia puede convertirse en gobierno de expertos.

Miró a Brennan.

—La tradición puede convertirse en dogma.

Miró a Strauss.

—La crítica puede convertirse en pose.

Miró a Orwell.

—La comprensión puede convertirse en excusa.

Miró a Freud.

—La aceptación puede convertirse en resignación.

Miró a Rogers.

—La responsabilidad puede convertirse en culpa permanente.

Miró a Arendt.

—La incertidumbre puede convertirse en desesperación.

Miró a Camus.

—Y el escepticismo puede convertirse en otra forma de pereza.

Daniel lo miró.

—Entonces, ¿qué queda?

House abrió la puerta.

—La vigilancia.

—¿Sobre quién?

House sonrió.

—Sobre ti.

Y salió.

Nadie se movió.

Daniel miró la puerta abierta.

Después miró sus propias manos.

Había pasado mucho tiempo buscando un sistema que pudiera impedir al hombre convertirse en aquello que temía.

Ahora empezaba a comprender algo mucho más incómodo.

Ningún sistema podía hacer completamente ese trabajo por él.

Podía limitarlo.

Podía dificultarlo.

Podía castigar ciertas conductas.

Podía impedir que un hombre concentrara demasiado poder.

Podía obligar a rendir cuentas.

Podía permitir la crítica.

Podía proteger al disidente.

Podía repartir la autoridad.

Podía crear frenos.

Pero no podía pensar por él.

No podía decidir por él.

No podía impedirle mentirse.

Y, sobre todo, no podía obligarle a querer ser libre.

Daniel se puso de pie.

Miró a Marcus Aurelius.

—Ahora entiendo por qué dijiste que gobernarse a uno mismo era más difícil que gobernar un imperio.

Marcus sonrió.

—No lo dije para que lo entendieras.

—¿Entonces?

—Para que lo intentaras.

Daniel se dirigió hacia la puerta.

Esta vez nadie le preguntó adónde iba.

Ya no hacía falta.

LXXXV — Epílogo: El hombre que vuelve a casa

Daniel regresó a su casa de madrugada.

Todo estaba igual.

La misma mesa.

Los mismos libros.

La misma ropa sobre la silla.

El mismo teléfono.

Durante unos minutos permaneció de pie en medio de la habitación.

Esperaba sentir algo.

Una revelación.

Una certeza.

Una especie de paz.

No sintió nada parecido.

Solo cansancio.

Se sentó.

Abrió el cuaderno.

En la primera página escribió:

NO SÉ.

Debajo añadió:

PERO AHORA SÉ QUE NO PUEDO UTILIZARLO COMO EXCUSA.

Se quedó mirando las dos frases.

Después escribió una tercera:

MAÑANA EMPIEZO.

Se detuvo.

La tachó.

Escribió:

AHORA.

Cerró el cuaderno.

Se levantó.

No sabía si aquella decisión duraría un día, una semana o el resto de su vida.

No sabía si estaba preparado.

No sabía si acertaría.

No sabía si volvería a mentirse.

Probablemente lo haría.

Pero ahora había algo distinto.

Cuando lo hiciera, quizá pudiera reconocerlo.

Y quizá esa fuera la única ventaja que podía pedirle a todo lo que había escuchado.

No convertirse en un hombre nuevo.

Sino convertirse, poco a poco, en un hombre que ya no necesitara mentirse para soportar al hombre que era.

Fuera empezaba a amanecer.

Daniel abrió la ventana.

Entró el aire frío.

Durante unos segundos contempló la ciudad.

Miles de ventanas.

Miles de vidas.

Miles de hombres y mujeres convencidos de conocer sus razones.

Miles de personas culpando a otros.

Miles esperando que cambiara algo.

Y, en algún lugar, quizá alguien haciendo exactamente lo mismo que él había hecho durante años:

esperando.

Daniel cerró la ventana.

Cogió el teléfono.

Y llamó.

No sabía todavía qué iba a decir.

Pero esta vez no esperó a que alguien le dijera qué debía hacer.

Marcó el número.

Y esperó a que contestaran.

LXXXVI

La llamada

Daniel no durmió aquella noche.

No porque hubiera descubierto algo nuevo.

Eso habría sido más sencillo.

Lo que no le dejaba dormir era haber hecho algo que llevaba meses evitando.

Había llamado.

Y la llamada había sido respondida.

—¿Sí?

La voz al otro lado no sonó enfadada.

Tampoco amable.

Simplemente cansada.

Daniel había preparado durante horas lo que iba a decir. Había imaginado frases inteligentes, explicaciones razonables, una exposición ordenada de los hechos.

Cuando oyó aquella voz, todo desapareció.

—Soy yo.

Silencio.

—Ya sé quién eres.

Daniel cerró los ojos.

—Quería hablar contigo.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Por qué ahora?

Aquella pregunta lo dejó sin respuesta.

Porque había pasado demasiado tiempo.

Porque había estado huyendo.

Porque se había convencido de que necesitaba comprenderse antes de actuar.

Porque había leído, pensado, discutido consigo mismo y con hombres muertos.

Porque había convertido su propia cobardía en un problema filosófico.

Pero ninguna de esas respuestas servía.

—Porque he estado evitando esta conversación.

Otra pausa.

—Eso ya lo sabía.

Daniel sintió una punzada de irritación.

Durante un instante quiso defenderse.

Decir que no era tan sencillo.

Que había circunstancias.

Que las cosas habían ocurrido de determinada manera.

Que también había cometido errores la otra persona.

Que él había intentado arreglarlo.

Que…

Se detuvo.

Reconoció el mecanismo.

La explicación estaba llegando antes que la responsabilidad.

—Tienes razón —dijo.

—¿En qué?

Daniel tragó saliva.

—En que lo he evitado.

—Eso tampoco es una novedad.

—No.

—Entonces, ¿qué quieres?

Daniel miró la hoja que había dejado sobre la mesa.

NO SÉ.

Había escrito eso unas horas antes.

Ahora comprendía que era una respuesta demasiado cómoda.

—Quiero pedirte perdón.

La respuesta tardó.

—¿Por qué?

Daniel sintió que volvía a caer en la trampa.

Había esperado que la otra persona le facilitara el trabajo.

Pero no.

Tenía que decirlo él.

—Por haber hecho cosas que sabía que estaban mal y haber encontrado después una explicación para no sentirme responsable.

Silencio.

Esta vez el silencio fue distinto.

No había rechazo.

Tampoco perdón.

Simplemente estaba allí.

—Eso sí parece una razón —dijo finalmente.

Daniel no supo qué contestar.

—No sé qué ocurrirá después.

—Yo tampoco.

—No te estoy llamando para pedirte que volvamos a lo de antes.

—Bien.

—Ni para pedirte que me perdones ahora.

—Mejor.

Daniel sonrió por primera vez aquella noche.

—Entonces supongo que ya he hecho bastante.

—No.

La sonrisa desapareció.

—¿No?

—Has hecho una llamada.

Daniel bajó la mirada.

—Sí.

—No confundas una decisión con un cambio.

Aquella frase le dolió.

Precisamente porque era verdad.

—Lo sé.

—No. Todavía no lo sabes.

La llamada terminó poco después.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

No había conseguido nada.

Y, por primera vez en mucho tiempo, eso no le pareció un fracaso.

Había hecho algo sin saber qué resultado tendría.

Aquello era mucho más parecido a la libertad de lo que había imaginado.


LXXXVII

La prueba

Al día siguiente regresó a la casa.

Los encontró hablando.

No había una mesa preparada.

No había copas.

No había ceremonia.

Freud estaba sentado junto a una ventana.

Rogers caminaba lentamente por la habitación.

Rand leía.

Marcus Aurelius observaba el jardín.

Maquiavelo discutía con Mariana.

Strauss escuchaba.

House estaba tumbado en un sillón, con la expresión de quien acababa de descubrir que el mundo seguía siendo tan absurdo como el día anterior.

Daniel entró.

House levantó los ojos.

—Mira quién vuelve.

—He hecho una llamada.

House asintió.

—La humanidad está salvada.

Daniel no respondió.

Rogers se acercó.

—¿Cómo ha ido?

—No lo sé.

Rogers sonrió.

—Entonces ha ido mejor de lo que crees.

Rand dejó el libro.

—¿Has hecho lo que considerabas correcto?

Daniel dudó.

—He hecho lo que tenía que hacer.

Rand frunció el ceño.

—Eso no responde.

—Porque todavía no sé si era correcto.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Daniel miró a Marcus.

—Porque ya no quería seguir esperando a estar seguro.

Marcus asintió.

—Eso es distinto.

Freud intervino.

—Y peligroso.

—¿Por qué?

—Porque también podemos utilizar la acción para huir de la duda.

Daniel sonrió.

—Entonces tampoco hay escapatoria.

—No —dijo Freud—. Nunca la hubo.

House levantó una mano.

—Magnífico. Hemos tardado ochenta y seis capítulos en descubrir que nadie sabe nada.

—Tú lo sabías desde el principio —dijo Rogers.

—Sí. Pero nadie escucha a los médicos.

—Tú tampoco escuchas a nadie —replicó Rand.

House sonrió.

—Por eso sobrevivo.


LXXXVIII

El día en que ocurrió algo

Aquella misma tarde llegó una noticia.

No procedía de ningún filósofo.

Ni de ningún libro.

Ni de ningún tratado.

Procedía de la ciudad.

Había ocurrido un accidente en una planta de tratamiento de agua situada en las afueras.

Una avería grave.

Durante unas horas no se sabía si el suministro podría mantenerse.

Las autoridades habían ordenado limitar el consumo.

Los hospitales necesitaban reservas.

La población comenzaba a hacer acopio.

Las redes estaban llenas de rumores.

Unos decían que la avería era menor.

Otros aseguraban que el agua estaba contaminada.

Alguien había publicado que las autoridades ocultaban información.

Miles de personas empezaron a comprar agua embotellada.

Las tiendas se quedaron sin existencias.

Y entonces ocurrió lo que siempre ocurre cuando el miedo entra en una habitación antes que la información.

La gente empezó a actuar.

House apagó la pantalla.

—Aquí tenemos nuestro experimento.

Daniel lo miró.

—¿Experimento?

—Todos tenéis teorías sobre el poder.

Señaló la pantalla.

—Ahora hay poder.

Maquiavelo se levantó.

—¿Qué han decidido las autoridades?

—Limitar el consumo.

—¿Y la población?

—No confía.

Mariana intervino.

—¿Hay peligro real?

—Sí.

—¿Cuánto?

House se encogió de hombros.

—No lo sabemos.

Strauss levantó la cabeza.

—Ahí está el problema.

—¿Cuál?

—Que el poder debe decidir antes de disponer de toda la información.

Maquiavelo sonrió.

—Por fin una dificultad real.

Rand lo miró.

—No confundas dificultad con autorización.

—No la confundo.

—Entonces dilo claramente.

Maquiavelo se volvió hacia ella.

—Un gobernante que espera tener toda la información antes de decidir no gobierna. Espera.

Mariana respondió:

—Y un gobernante que decide siempre con información incompleta puede terminar gobernando contra aquellos a quienes debe proteger.

—También.

—Entonces no hay solución.

Aristóteles intervino:

—Hay decisiones mejores y peores. Eso debería bastarnos.

Daniel observaba en silencio.

Hasta entonces habían hablado de poder como si fuera una cuestión abstracta.

Ahora el poder tenía un rostro.

Alguien tendría que decidir cuánto agua podía utilizar cada familia.

Alguien tendría que decidir qué hospitales recibirían prioridad.

Alguien tendría que decidir qué información era suficientemente fiable para ser comunicada.

Y alguien tendría que decidir cuándo terminaba la emergencia.

House miró a Daniel.

—¿Ves el problema?

—Sí.

—No. Todavía no.

House señaló la pantalla.

—El problema no es decidir.

Daniel esperó.

—El problema es que cualquiera que decida tendrá razones para seguir decidiendo cuando la emergencia haya terminado.

Nadie respondió.


LXXXIX

La medida provisional

El Gobierno anunció una medida temporal.

Durante cuarenta y ocho horas, quedaban restringidos determinados usos del agua.

También se autorizaba a las fuerzas de seguridad a intervenir en los puntos de distribución para impedir acaparamientos.

La mayoría aceptó la medida.

Otros protestaron.

Algunos exigieron más.

Otros exigieron menos.

Y apareció una frase que se repetiría durante todo el día:

Por responsabilidad.

Daniel la escuchó varias veces.

Por responsabilidad.

Una expresión aparentemente inocente.

Hasta que empezó a preguntarse quién decidía qué significaba.

—Toda política necesita palabras que la hagan aceptable —dijo Strauss.

—Y toda política puede esconderse detrás de ellas —respondió Rand.

Rousseau, que había permanecido callado durante varios minutos, habló:

—Si la comunidad acepta la medida, ¿por qué habría de considerarse ilegítima?

Mariana respondió inmediatamente:

—Porque la aceptación no convierte en justo todo lo aceptado.

Rousseau lo miró.

—¿Y quién decide entonces qué es justo?

Mariana no contestó.

Strauss intervino:

—Ahí está la pregunta que nunca desaparece.

House se levantó.

—Y ahí está también el problema de todos vosotros.

—¿Cuál? —preguntó Rousseau.

—Que os encanta encontrar preguntas que nadie puede contestar.

Rand soltó una breve carcajada.

—¿Y tú qué propones?

—Que cuando no haya respuesta perfecta, al menos no dejemos que el que manda escriba la respuesta en la pared y luego nos diga que siempre estuvo allí.

Nadie se rió.

House volvió a sentarse.

—Eso.


XC

El límite

Las cuarenta y ocho horas terminaron.

La avería había sido controlada.

El agua volvía a circular con normalidad.

Pero alguien propuso mantener algunas restricciones durante unos días más.

Por precaución.

Daniel leyó la noticia.

—Ahí está.

Marcus lo miró.

—¿Qué?

—La excepción.

Maquiavelo sonrió.

—Ahora empiezas a entenderla.

—Primero era necesaria.

—Sí.

—Después fue útil.

—También.

—Y ahora se quiere mantener aunque el peligro haya disminuido.

Maquiavelo asintió.

—Así funcionan muchas cosas.

Mariana negó con la cabeza.

—No. Así funcionan los abusos cuando nadie establece el final.

Montesquieu, que hasta entonces había guardado silencio, habló:

—Una medida extraordinaria necesita no solo una justificación para comenzar. Necesita una condición clara para terminar.

Daniel se quedó pensando.

—Entonces el límite tiene que estar escrito antes de que llegue la emergencia.

—Cuando sea posible —respondió Montesquieu.

—¿Y cuando no?

—Entonces quien tenga el poder de prorrogarla debe tener también a alguien con poder para impedirlo.

Rand lo miró.

—Eso sí es una institución.

Montesquieu asintió.

—Las buenas instituciones no suponen que quienes gobiernan serán siempre buenos.

—Ni que serán siempre malos —añadió Aristóteles.

—Exactamente.

House levantó un dedo.

—Y ahora viene la parte divertida.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

—Que todos estarán de acuerdo con esto hasta que sean ellos los que crean que la emergencia exige una excepción.

Silencio.

House sonrió.

—La teoría siempre es más fácil cuando no está en tus manos.


XCI

El hombre que decide

Aquella noche Daniel recibió otra llamada.

Esta vez no era de la persona a la que había llamado el día anterior.

Era del trabajo.

Había un problema.

Una decisión que debía tomar él.

No era una cuestión de vida o muerte.

Era algo mucho más pequeño.

Y por eso resultaba más difícil.

Un compañero había cometido un error.

El error podía corregirse.

Pero hacerlo supondría reconocer públicamente que Daniel había permitido que ocurriera.

Podía ocultarlo.

Nadie probablemente lo descubriría.

Podía culpar al compañero.

Tenía argumentos.

O podía asumirlo.

Y pagar el precio.

Daniel permaneció varios minutos mirando la pantalla.

Pensó en Freud.

En Rogers.

En Rand.

En Marcus.

En Maquiavelo.

En Mariana.

En Arendt.

En todos ellos.

Y entonces se dio cuenta de algo incómodo.

No necesitaba otra teoría.

Necesitaba decidir.

Escribió el mensaje.

Reconoció el error.

Explicó lo sucedido.

Asumió su parte.

No se justificó.

Envió.

Después dejó el teléfono sobre la mesa.

Sintió miedo.

No alivio.

Miedo.

Y comprendió que aquello también formaba parte de la libertad.

No había desaparecido la angustia.

No había aparecido ninguna certeza.

No se había convertido en un hombre nuevo.

Simplemente había dejado de utilizar la incertidumbre como excusa.


XCII

Lo que queda cuando desaparecen las respuestas

Cuando Daniel regresó a la casa, la conversación había cambiado.

Ya no discutían sobre el hombre.

Discutían sobre lo que quedaba después de las teorías.

Freud fue el primero en formularlo.

—Podemos explicar al hombre y seguir sin saber qué hará.

Rogers añadió:

—Podemos acompañarlo y no poder decidir por él.

Rand dijo:

—Podemos defender su libertad y no poder obligarlo a utilizarla.

Arendt:

—Podemos enseñarle a pensar y no impedir que obedezca.

Machiavelli:

—Podemos limitar al gobernante y no impedir que aparezca otro.

Mariana:

—Podemos escribir leyes y no conseguir que los hombres las respeten.

Olson:

—Podemos conocer los incentivos y no eliminar los intereses.

Brennan:

—Podemos mejorar la información y seguir sin saber qué quiere la sociedad.

Bueno:

—Podemos llamar democracia a un sistema y seguir sin comprender dónde está realmente el poder.

Orwell:

—Podemos conservar las palabras y perder su significado.

Trivers:

—Podemos descubrir la mentira y seguir queriendo creerla.

Strauss:

—Podemos preguntar quién debe gobernar y no encontrar una respuesta que cierre la cuestión.

Camus:

—Podemos aceptar que no existe una respuesta definitiva y sentir la tentación de inventarla.

Epicteto:

—Podemos no controlar el mundo y, sin embargo, controlar nuestra respuesta ante él.

Marcus Aurelius miró a Daniel.

—Y podemos saber todo eso y seguir equivocándonos mañana.

Daniel sonrió.

—Entonces ¿para qué sirve todo esto?

House respondió desde el sillón:

—Para que cuando te equivoques no puedas decir que nadie te avisó.

Daniel soltó una carcajada.

Fue la primera vez que todos rieron al mismo tiempo.

Duró poco.

Pero bastó.


XCIII

El precio

Daniel comprendió entonces que la pregunta inicial había cambiado.

Ya no era:

¿Qué es el hombre?

Tampoco:

¿Es libre?

Ni:

¿Quién debe gobernar?

La pregunta era más incómoda.

¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por aquello que decimos querer?

Queremos libertad.

Pero la libertad exige responsabilidad.

Queremos seguridad.

Pero la seguridad puede exigir obediencia.

Queremos igualdad.

Pero la igualdad puede exigir límites.

Queremos conocimiento.

Pero conocer puede obligarnos a abandonar una mentira que nos resulta útil.

Queremos democracia.

Pero gobernar entre muchos significa aceptar que otros tendrán poder para decidir cosas que no nos gustan.

Queremos instituciones.

Pero las instituciones pueden impedirnos hacer aquello que creemos urgente.

Queremos cambio.

Pero cambiar significa perder algo.

Daniel entendió que ahí estaba el verdadero problema.

No que los hombres no supieran.

Sino que muchas veces sabían perfectamente qué precio tenía aquello que decían querer.

Y no estaban dispuestos a pagarlo.

House se incorporó.

—Ahora sí.

Daniel lo miró.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora ya podemos terminar.

Rand cerró el libro.

—Todavía no.

House la miró.

—¿Por qué?

—Porque aún falta una pregunta.

—¿Cuál?

Rand miró a Daniel.

—¿Qué ocurre cuando el hombre sabe cuál es el precio y, aun así, decide no pagarlo?

Daniel bajó los ojos.

Nadie respondió.

Porque todos sabían que aquella pregunta no pertenecía a la filosofía.

Pertenecía a la vida.

Y la vida, a diferencia de ellos, no iba a esperar una respuesta.

::

XCIV

El precio de decir que no

La pregunta de Rand quedó suspendida en la habitación.

—¿Qué ocurre cuando el hombre sabe cuál es el precio y, aun así, decide no pagarlo?

Daniel esperaba que alguno de ellos respondiera.

Freud no lo hizo.

Rogers tampoco.

Ni Marcus.

Fue Epicteto quien habló.

—Que ha elegido.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Aunque diga que no tenía alternativa?

—Especialmente entonces.

—Eso parece demasiado sencillo.

—No lo es. Pero tampoco debemos complicarlo para protegernos.

Freud intervino.

—Hay circunstancias en las que un hombre puede sentirse incapaz de elegir.

—Sentirse incapaz no significa serlo —dijo Epicteto.

Freud lo miró.

—Y afirmar que siempre puede elegir puede convertirse en una crueldad.

—También.

—Entonces estamos otra vez en el mismo sitio.

—No —respondió Epicteto—. Estamos en un lugar más incómodo.

Daniel preguntó:

—¿Cuál?

Epicteto lo miró directamente.

—En el lugar donde debemos distinguir entre lo que explica nuestra conducta y lo que hacemos con ella.

Freud asintió lentamente.

—Eso sí puedo aceptarlo.

Rand añadió:

—Y entre lo que podemos hacer y lo que nos gustaría poder hacer.

Marcus Aurelius habló entonces.

—Y entre lo que no podemos cambiar y lo que utilizamos como excusa para no cambiar aquello que sí depende de nosotros.

Daniel recordó su hoja.

NO SÉ.

La había utilizado durante meses como si esas dos palabras fueran una conclusión.

Ahora comprendía que podían ser también una coartada.


XCV

La decisión que nadie quería tomar

House había permanecido callado.

Demasiado callado.

Daniel sospechó que aquello significaba problemas.

—¿Y tú?

House levantó la vista.

—¿Yo qué?

—¿Qué ocurre cuando un hombre sabe el precio y decide no pagarlo?

House pensó unos segundos.

—Que luego busca a alguien a quien culpar.

—Eso es todo.

—No.

House señaló a los demás.

—Después aparecen todos vosotros.

Rogers frunció el ceño.

—¿Todos nosotros?

—Claro.

House comenzó a enumerar con los dedos.

—Freud explica por qué lo hizo.

Otro dedo.

—Rogers explica por qué necesita aceptarse.

Otro.

—Rand le recuerda que es responsable.

Otro.

—Arendt le pregunta si estaba pensando.

Otro.

—Machiavelli le explica qué intereses había detrás.

Otro.

—Strauss pregunta quién tenía autoridad.

Otro.

—Orwell descubre que la palabra utilizada para describirlo estaba manipulada.

House abrió las manos.

—Y al final el tipo sigue sin levantarse de la silla.

Daniel soltó una carcajada.

House lo señaló.

—Tú eres especialmente peligroso.

—¿Por qué?

—Porque ya has descubierto que pensar mucho puede ser una forma elegante de no hacer nada.

Daniel dejó de reír.

—Eso sí lo he descubierto.

—Bien.

House volvió a tumbarse.

—Entonces ahora empieza lo difícil.


XCVI

La segunda llamada

Daniel sacó el teléfono.

Todos lo miraron.

—No.

Guardó el teléfono.

—¿No?

—No voy a llamar otra vez.

House sonrió.

—Muy bien.

—No voy a convertir esto en una ceremonia.

—Mejor.

Daniel se quedó quieto.

—¿Y entonces?

House lo miró.

—Haz lo que tengas que hacer cuando tengas que hacerlo.

Daniel respiró profundamente.

Aquella frase parecía demasiado simple.

Y precisamente por eso le molestó.

Había pasado meses buscando una respuesta más profunda.

Quizá no existía.

O quizá existía, pero no servía de nada si no desembocaba en una acción.

Se levantó.

—Tengo que irme.

Rogers preguntó:

—¿A dónde?

—A mi casa.

House sonrió.

—Por fin.

—¿Por fin qué?

—Has entendido que la vida ocurre fuera de esta habitación.


XCVII

La ciudad

Al salir, Daniel descubrió que la ciudad seguía exactamente igual.

Los coches circulaban.

La gente caminaba.

Una mujer discutía por teléfono.

Dos jóvenes se reían frente a una cafetería.

Un hombre esperaba el autobús mirando el reloj.

Nada había cambiado.

Y, sin embargo, Daniel sentía que todo había cambiado.

No porque hubiera encontrado una verdad.

Sino porque había dejado de esperar encontrarla antes de actuar.

Caminó durante una hora.

Pasó junto a edificios oficiales.

Vio carteles.

Consignas.

Anuncios.

Personas pidiendo soluciones.

Personas prometiendo soluciones.

Personas explicando por qué los problemas eran culpa de otros.

Sonrió.

Todo el mundo parecía saber qué debía cambiar.

Nadie parecía hablar de lo que tendría que sacrificar para conseguirlo.

Entonces recordó una conversación.

—Queremos libertad.

—¿Y qué cuesta?

Silencio.

—Queremos seguridad.

—¿Y qué cuesta?

Silencio.

—Queremos prosperidad.

—¿Y qué cuesta?

Silencio.

—Queremos justicia.

—¿Y qué cuesta?

Más silencio.

Daniel comprendió que quizá aquella era la pregunta que faltaba.

No:

¿Qué queremos?

Sino:

¿Qué estamos dispuestos a perder para conseguirlo?


XCVIII

El hombre que siempre tiene una razón

A la mañana siguiente, Daniel recibió una noticia inesperada.

El error que había reconocido en el trabajo había tenido consecuencias.

No graves.

Pero suficientes.

Su jefe quería hablar con él.

Daniel sintió miedo.

Durante unos segundos apareció la vieja tentación.

Podía explicar.

Podía demostrar que no había sido exclusivamente culpa suya.

Podía presentar los hechos en orden.

Podía señalar errores ajenos.

Todo era cierto.

Y, precisamente por eso, resultaba peligroso.

Una explicación verdadera también puede utilizarse para evitar una responsabilidad verdadera.

Entró en el despacho.

Su jefe tenía el informe delante.

—He leído lo que escribiste.

—Bien.

—Has asumido una parte de responsabilidad que no te correspondía completamente.

Daniel permaneció callado.

—¿Por qué?

Pensó en Freud.

Después en Rand.

Después en House.

—Porque sí me correspondía una parte.

—Podías haber explicado que el error también fue de otros.

—Es cierto.

—Entonces ¿por qué no lo hiciste?

Daniel tardó en responder.

—Porque no quería volver a utilizar una verdad para esconder una mentira.

Su jefe lo miró sin entender.

Daniel tampoco estaba seguro de haberlo explicado bien.

Pero ya no necesitaba hacerlo perfecto.


XCIX

El juicio

Aquella tarde regresó a la casa.

Encontró a Strauss y a Rand enfrentados.

—La razón no puede depender de una mayoría —decía Rand.

—Pero tampoco puede depender de la convicción privada de un individuo —respondió Strauss.

—No he dicho eso.

—Lo implica.

—No.

—Entonces diga qué limita al individuo.

Rand dejó el libro sobre la mesa.

—La realidad.

Strauss sonrió.

—La realidad no habla por sí misma.

—Los hechos sí.

—Los hechos no dicen qué debemos valorar.

—Pero impiden valorar cualquier cosa que queramos.

Strauss se inclinó hacia delante.

—Y ahí está precisamente el problema. Usted confía en que la razón puede establecer más de lo que quizá puede establecer.

Rand respondió sin apartar la mirada.

—Y usted corre el peligro contrario: convertir la incertidumbre en una excusa para permitir que alguien decida por todos.

La discusión se detuvo.

Daniel comprendió que aquella era una de las grietas más profundas de toda la conversación.

No bastaba con preguntar si existía la verdad.

Había que preguntar qué autoridad tenía alguien para imponer su interpretación de ella.

Y tampoco bastaba con defender la libertad.

Había que explicar qué principios debían impedir que la libertad de unos destruyera la de otros.

No había fórmula.

Pero sí había una diferencia.

Una cosa era admitir que no se tenía una respuesta definitiva.

Otra muy distinta era afirmar que, por tanto, cualquier respuesta era igualmente válida.


C

La última trampa

Aristóteles había escuchado en silencio.

—Quizá todos estamos cometiendo el mismo error.

Maquiavelo lo miró.

—¿Cuál?

—Buscamos el régimen perfecto.

—No existe.

—Precisamente.

Aristóteles se volvió hacia Daniel.

—La política no consiste en construir una máquina que elimine la naturaleza humana.

—¿Entonces?

—En construir instituciones que hagan menos destructivos sus defectos y permitan aprovechar algunas de sus virtudes.

Olson asintió.

—Y teniendo en cuenta que los grupos actuarán en función de sus intereses.

Bueno añadió:

—Y que el sistema nunca será tan transparente como pretende.

Brennan:

—Y que los ciudadanos no tendrán todos la misma capacidad para entender lo que deciden.

Arendt:

—Y que obedecerán incluso cuando deberían pensar.

Orwell:

—Y que quizá ni siquiera sepan ya qué palabras utilizar para describir lo que están haciendo.

Trivers:

—Y que algunos terminarán creyendo sinceramente la mentira que empezaron contando para conseguir algo.

Camus:

—Y que, después de descubrirlo, seguirán necesitando vivir sin garantías.

Daniel miró a todos.

—Entonces estamos condenados.

Marcus Aurelius negó con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Estamos obligados a vivir.

Daniel sonrió.

—Eso no parece una gran diferencia.

—Lo es.


CI

La decisión

Pasaron varios minutos sin que nadie hablara.

Daniel comprendió que había llegado al punto que llevaba tanto tiempo evitando.

No necesitaba elegir una filosofía.

No necesitaba decidir si Freud tenía razón contra Rogers.

Ni si Rand era más convincente que Strauss.

Ni si Maquiavelo describía mejor al hombre que Aristóteles.

Ni si la democracia debía reformarse mediante elecciones, sorteo o cualquier otro procedimiento.

Todas aquellas cuestiones importaban.

Pero ninguna podía vivir su vida por él.

Se levantó.

—Creo que ya sé qué hacer.

House abrió un ojo.

—Eso es preocupante.

Daniel sonrió.

—No sé si es lo correcto.

House volvió a cerrar el ojo.

—Entonces quizá tengas alguna posibilidad.

Daniel caminó hacia la puerta.

Marcus Aurelius lo llamó.

—Daniel.

Se volvió.

—No olvides algo.

—¿Qué?

—Cambiar una decisión no te convierte automáticamente en un hombre nuevo.

Daniel asintió.

—Lo sé.

—Y tomar una buena decisión tampoco.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué has aprendido?

Daniel pensó unos segundos.

—Que tendré que decidir otra vez mañana.

Marcus sonrió.

—Ahora sí.

Daniel salió.

Esta vez nadie lo siguió.


CII

La casa vacía

Cuando Daniel desapareció detrás de la puerta, la habitación quedó extrañamente silenciosa.

House miró alrededor.

—¿Y ahora?

Nadie contestó.

Freud observaba la puerta.

Rogers miraba el jardín.

Rand había vuelto a su libro.

Strauss parecía estar pensando en algo que no iba a compartir.

Maquiavelo contemplaba la copa que tenía delante.

Mariana tenía las manos cruzadas.

Arendt permanecía junto a la ventana.

Camus miraba la oscuridad.

House se levantó.

—Qué decepción.

Rogers lo miró.

—¿Qué esperabas?

—Que después de tantos siglos alguno hubiese encontrado la respuesta.

—Nadie dijo que esa fuera la finalidad.

House se puso el abrigo.

—Entonces habéis estado hablando demasiado.

Freud sonrió.

—Eso sí puede ser verdad.

House llegó a la puerta.

Se detuvo.

—Por cierto.

Todos lo miraron.

—¿Qué?

—Daniel volverá.

Rand preguntó:

—¿Cómo lo sabes?

House abrió la puerta.

—Porque todavía cree que puede cambiar.

—¿Y eso qué demuestra?

House sonrió.

—Nada.

Y salió.


CIII

El regreso

Daniel caminaba de nuevo por la ciudad.

No sabía qué ocurriría con la llamada.

No sabía qué ocurriría con su trabajo.

No sabía si había elegido bien.

No sabía si dentro de una semana volvería a comportarse como antes.

No sabía si la persona a la que había llamado aceptaría volver a hablar con él.

No sabía si sería capaz de mantener aquello que acababa de decidir.

Por primera vez, no convirtió ninguna de esas preguntas en una razón para detenerse.

Siguió caminando.

Al llegar a casa encontró sobre la mesa la hoja de la noche anterior.

NO SÉ.

Debajo había escrito:

PERO AHORA SÉ QUE NO PUEDO UTILIZARLO COMO EXCUSA.

La miró.

Después añadió una última frase.

TENDRÉ QUE VOLVER A DECIDIRLO MAÑANA.

No tachó mañana.

Esta vez lo dejó.

Porque había comprendido algo más.

Cambiar no era prometer que nunca volvería a ser el hombre que había sido.

Cambiar era aceptar que, cada vez que volviera a serlo, tendría que reconocerlo.

Y decidir de nuevo.

Se sentó.

Apagó la luz.

Durante unos minutos permaneció en silencio.

Entonces sonó el teléfono.

Daniel lo miró.

No sabía quién llamaba.

Y esta vez no sintió la necesidad de saberlo antes de contestar.

Lo cogió.

—¿Sí?

La voz del otro lado dijo su nombre.

Daniel escuchó.

Y por primera vez no preparó una respuesta.

Esperó.

Escuchó.

Y respondió cuando llegó su turno.

No había llegado al final.

Pero quizá nunca había habido un final.

Solo hombres que, una y otra vez, tenían que decidir qué hacer con aquello que eran.

Y aquello que podían llegar a ser.

::CIV

Lo que había al otro lado del teléfono

—¿Sí?

Durante unos segundos solo escuchó respiración.

Después llegó una voz.

—No sé si debería haberte llamado.

Daniel reconoció inmediatamente la voz.

Era la persona con la que había hablado el día anterior.

—¿Por qué me llamas?

—Porque llevo toda la noche pensando en lo que dijiste.

Daniel se sentó.

—¿Y?

—Y estoy enfadada.

Daniel cerró los ojos.

Había esperado muchas cosas.

Aquella era una de las que no quería escuchar.

—Lo entiendo.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—No lo entiendes.

Daniel guardó silencio.

—Eso es precisamente lo que hacías siempre. Decías que entendías. Explicabas. Analizabas. Encontrabas una razón para todo. Y al final parecía que comprenderlo te daba derecho a no hacer nada.

Daniel sintió que aquellas palabras atravesaban algo que llevaba meses intentando proteger.

—Tienes razón.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque también lo utilizas como respuesta fácil.

Daniel permaneció callado.

Ella continuó:

—No necesito que me digas que tengo razón.

—¿Qué necesitas?

Silencio.

—No lo sé.

Daniel casi sonrió.

Había algo extraño en aquella respuesta.

Durante meses había buscado que alguien le dijera qué debía hacer.

Ahora la otra persona tampoco lo sabía.

Y, sin embargo, la conversación continuaba.

—Entonces estamos igual.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora tú estás escuchando.

Daniel apoyó la espalda en la silla.

No supo qué decir.

Aquello era más difícil que cualquier discusión que hubiera mantenido en la casa.

No había filósofos.

No había teorías.

No había una pregunta abstracta detrás de la cual esconderse.

Solo dos personas.

Y una historia que no podía deshacerse con una explicación.


CV

La herida

Hablaron durante más de una hora.

No resolvieron nada.

Precisamente por eso la conversación fue importante.

Ella le recordó cosas que Daniel había olvidado.

O que había decidido olvidar.

No grandes traiciones.

No grandes catástrofes.

Pequeñas decisiones.

Pequeñas cobardías.

Promesas incumplidas.

Silencios.

Momentos en los que había sabido que debía actuar y había esperado.

Daniel intentó defenderse una vez.

—Pero yo también estaba pasando por una época muy mala.

—Lo sé.

—Entonces…

—Eso explica algunas cosas.

Daniel se detuvo.

Aquella frase le resultó familiar.

Freud.

Explicar no absolver.

—Pero no las convierte en otra cosa —añadió ella.

Daniel bajó la cabeza.

—No.

—¿Sabes qué fue lo peor?

—¿Qué?

—Que durante mucho tiempo pensé que no sabías lo que hacías.

Daniel esperó.

—Después comprendí que muchas veces sí lo sabías.

Aquello dolió más que cualquier acusación.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que sabías lo suficiente.

Silencio.

—Lo suficiente para haber elegido otra cosa.

Daniel no respondió.

Porque esa era exactamente la cuestión.


CVI

El límite de la comprensión

Al día siguiente volvió a la casa.

Freud fue quien le abrió.

—Has vuelto.

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

Daniel entró.

—Me dijeron cosas que no quería escuchar.

Freud sonrió ligeramente.

—Entonces probablemente te dijeron algo útil.

—¿Siempre tiene que doler?

—No.

—Pero cuando duele parece más verdadero.

—No confundas dolor con verdad.

Daniel asintió.

—Entonces ¿cómo sé que algo es verdad?

Freud lo miró.

—No lo sabes siempre.

—Eso no ayuda.

—No estoy aquí para tranquilizarte.

Daniel sonrió.

—House está contagiándote.

—House tiene algunos defectos.

—¿Solo algunos?

Freud abrió las manos.

—No exageremos.

Caminaron hacia la habitación.

Rogers estaba allí.

—¿Cómo estás?

Daniel pensó antes de responder.

—Mal.

Rogers asintió.

—Bien.

Daniel lo miró.

—¿Bien?

—Ahora has dicho algo verdadero.

—¿Y antes?

—Antes respondías con explicaciones.

Daniel sonrió.

—Todos os habéis puesto de acuerdo.

—No.

Rogers lo miró.

—Precisamente eso es lo que estás empezando a comprender.


CVII

La libertad de equivocarse

Rand estaba junto a la ventana.

Daniel se acercó.

—Quiero preguntarte algo.

—Pregunta.

—¿Y si después de todo esto vuelvo a equivocarme?

—Lo harás.

Daniel se sorprendió.

—¿Tan segura estás?

—Sí.

—¿Y entonces?

—Entonces tendrás que volver a decidir.

—¿No hay un punto en el que uno aprende definitivamente?

Rand negó con la cabeza.

—Aprender no te convierte en infalible.

—Entonces la libertad no sirve para garantizar que uno elija bien.

—Nunca lo hizo.

—¿Para qué sirve?

Rand respondió sin dudar:

—Para que la elección sea tuya.

Daniel permaneció callado.

—Eso significa que también puedes elegir mal.

—Naturalmente.

—Y pagar el precio.

—Naturalmente.

—Entonces la libertad es una carga.

Rand lo miró.

—También es una posibilidad.

Daniel sonrió.

—Empiezo a sospechar que todas las cosas importantes tienen dos caras.

—No.

—¿No?

—Tienen muchas más de dos.


CVIII

La discusión que faltaba

Aquella tarde ocurrió algo distinto.

No fue Daniel quien provocó la discusión.

Fue House.

Entró en la habitación con una carpeta.

La dejó sobre la mesa.

—He estado pensando.

Todos lo miraron.

—Eso es preocupante —dijo Maquiavelo.

—Gracias.

House abrió la carpeta.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál? —preguntó Arendt.

—Todos vosotros habláis de responsabilidad como si fuera posible separar claramente al individuo de las circunstancias.

Freud frunció el ceño.

—No he dicho eso.

—No. Pero a veces lo parece.

House miró a Daniel.

—Imaginemos un hombre.

—Otro —dijo Daniel.

—Uno cualquiera.

House continuó:

—Nace en una familia miserable. Crece entre violencia. Aprende que la fuerza es la única forma de hacerse respetar. Tiene pocas oportunidades. Encuentra un grupo que le ofrece pertenencia. El grupo le exige obediencia. Después comete un delito.

Miró a Freud.

—Tú explicarías cómo llegó hasta allí.

—Probablemente.

A Rogers:

—Tú intentarías comprenderlo sin reducirlo a su conducta.

Rogers asintió.

A Rand:

—Tú dirías que sigue siendo responsable de sus decisiones.

—Sí.

A Arendt:

—Tú preguntarías si dejó de pensar.

—Sí.

A Maquiavelo:

—Tú preguntarías qué intereses había detrás.

—Entre otras cosas.

House cerró la carpeta.

—¿Y qué hacemos con él?

Nadie respondió.

—Ese es mi problema.

House miró a Daniel.

—Todos sabéis explicar cómo llegó hasta allí.

Después miró al resto.

—Pero la sociedad tiene que decidir qué hace con él.

Mariana intervino:

—Debe responder por sus actos.

—¿Y si las circunstancias reducen su responsabilidad?

—Entonces deberán tenerse en cuenta.

—¿Y si las circunstancias son enormes?

—Siguen sin convertir el delito en virtud.

House asintió.

—Bien.

Miró a Freud.

—¿Y si comprenderlo permite evitar que otros terminen igual?

—Entonces comprenderlo tiene valor.

—¿Aunque la víctima quiera justicia?

Freud guardó silencio.

House sonrió.

—Exacto.


CIX

La víctima

Daniel fue quien formuló la pregunta.

—¿Por qué siempre hablamos del que decide?

Todos lo miraron.

—Porque también está el que recibe las consecuencias.

Arendt asintió.

—Exactamente.

Daniel continuó:

—Cuando hablamos de libertad, pensamos en quien elige.

—¿Y?

—Pero alguien puede pagar el precio de una elección que no hizo.

Nadie respondió inmediatamente.

Rogers habló primero.

—Eso obliga a distinguir comprensión de consentimiento.

Mariana añadió:

—Y responsabilidad de compasión.

Rand:

—Y derechos de excusas.

Freud:

—Y explicación de absolución.

Daniel miró a House.

—¿Y tú?

House levantó una ceja.

—Yo diría que es bastante desagradable descubrir que una decisión puede ser libre para uno y obligatoria para otro.

Daniel asintió.

Aquella frase se quedó flotando.

Habían hablado durante mucho tiempo de la libertad.

Ahora aparecía su reverso.

Una persona podía utilizar su libertad de manera que redujera la libertad de otra.

Por eso ninguna sociedad podía limitarse a proclamar:

Sé libre.

Tenía que responder también:

¿Qué puedes hacer con tu libertad cuando tu acción afecta a otro?


CX

El problema de los límites

—Ahí volvemos al poder —dijo Maquiavelo.

Daniel negó con la cabeza.

—No exactamente.

—¿Por qué?

—Porque también ocurre entre dos personas que no tienen ningún cargo.

Maquiavelo lo miró.

Daniel continuó:

—Una persona puede manipular a otra.

—Sí.

—Mentirle.

—Sí.

—Amenazarla.

—Sí.

—Hacer que dependa de ella.

—Sí.

—Entonces el poder no empieza en el Estado.

Olson sonrió.

—Ahora empiezas a entender el problema.

—¿Qué problema?

—Que el poder aparece donde alguien controla algo que otro necesita.

Daniel pensó en ello.

Dinero.

Información.

Afecto.

Trabajo.

Prestigio.

Pertenencia.

Protección.

La lista parecía interminable.

—Entonces una sociedad no puede eliminar el poder.

Olson negó con la cabeza.

—No.

—Solo distribuirlo.

—Y limitarlo.

—Y hacerlo visible.

Bueno intervino:

—Y aceptar que nunca estará completamente visible.

Daniel miró a todos.

La cuestión se ampliaba otra vez.

El poder no era únicamente el Gobierno.

No era únicamente una ley.

No era únicamente una mayoría.

Estaba también en una familia.

En una empresa.

En una relación.

En un grupo.

En una amistad.

En una institución.

Y a veces en una persona que parecía no tener poder alguno.


CXI

La última ilusión

Aquella noche Daniel caminó solo.

Había empezado a comprender algo que no le gustaba.

Durante mucho tiempo había imaginado que cambiar consistía en llegar a una especie de punto final.

Un día comprendería.

Un día decidiría.

Un día sería libre.

Un día dejaría de mentirse.

Un día sabría quién era.

Y entonces todo encajaría.

Ahora sospechaba que aquello también era una mentira.

Una mentira agradable.

La más peligrosa de todas.

La idea de que algún día dejaríamos de tener que decidir.

Porque si ese día llegaba, quizá ya no estaríamos viviendo.

Solo ejecutando lo aprendido.

Pensó en House.

Pensó en Marcus.

Pensó en Freud.

Pensó en Rogers.

Pensó en Rand.

Y comprendió que ninguno había prometido salvación.

Solo habían mostrado distintas formas de mirar el problema.

El resto seguía siendo suyo.

Y quizá eso era lo que más miedo daba.


CXII

El último encuentro

Volvió a la casa una última vez.

Esta vez no había nadie sentado en las sillas.

Las había colocado todas en círculo.

Una por cada persona que había participado.

Daniel se sentó.

Esperó.

Poco a poco fueron entrando.

Freud.

Rogers.

Rand.

Marcus Aurelius.

Epicteto.

Maquiavelo.

Aristóteles.

Olson.

Strauss.

Mariana.

Montesquieu.

Arendt.

Orwell.

Trivers.

Camus.

Bueno.

Brennan.

Rousseau.

Finalmente House.

Miró las sillas.

—¿Otra reunión?

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces?

Daniel señaló el círculo.

—Quiero hacer una pregunta.

House suspiró.

—Ya empezamos.

Daniel sonrió.

—No voy a preguntar qué es el hombre.

Nadie habló.

—Tampoco quién debe gobernar.

Silencio.

—Ni cuál es el mejor sistema.

House se acomodó.

—Continúa.

Daniel miró a todos.

—Quiero saber qué hacemos cuando sabemos lo suficiente para actuar, pero no lo suficiente para estar seguros.

Esta vez nadie respondió inmediatamente.

Porque esa pregunta no permitía refugiarse en una teoría.

Freud fue el primero.

—Actuar sabiendo que nuestras razones pueden no ser completas.

Rogers:

—Escuchar antes y después de actuar.

Rand:

—Decidir según principios que puedas defender.

Epicteto:

—Distinguir lo que depende de ti de lo que no.

Marcus:

—Responder de tus juicios y tus actos.

Maquiavelo:

—Considerar las consecuencias.

Aristóteles:

—Buscar la medida que permita vivir juntos.

Olson:

—Preguntar quién gana y quién paga.

Strauss:

—No confundir procedimiento con justicia.

Mariana:

—No permitir que la necesidad convierta al gobernante en dueño.

Montesquieu:

—No entregar a nadie todo el poder.

Arendt:

—No dejar de pensar.

Orwell:

—Llamar a las cosas por su nombre.

Trivers:

—Desconfiar también de las historias que te cuentas a ti mismo.

Camus:

—Aceptar que ninguna respuesta eliminará la angustia.

Bueno:

—Mirar el poder real y no solo el que figura en los papeles.

Brennan:

—No confundir participación con competencia.

Rousseau:

—No convertir la voluntad de unos en la voluntad de todos.

Daniel escuchó.

Después miró a House.

—¿Y tú?

House se quedó pensando.

Por una vez, tardó bastante en responder.

—Si sabes lo suficiente para actuar, actúa.

Daniel esperó.

—¿Y si me equivoco?

House se encogió de hombros.

—Te equivocarás.

—¿Y si hago daño?

—Puede ocurrir.

—¿Y si no hago nada?

House lo miró fijamente.

—También.

Silencio.

—Entonces no hay salida.

House sonrió.

—Claro que la hay.

—¿Cuál?

—Dejar de fingir que no estás eligiendo.

Nadie añadió nada.

Daniel miró las sillas.

Por primera vez comprendió que aquella reunión no había conseguido resolver el problema.

Había hecho algo distinto.

Había conseguido impedir que siguiera formulándolo de la misma manera.

Y quizá eso era todo lo que una buena pregunta podía hacer.

No darte una respuesta.

Obligarte a vivir de otra manera.

Daniel se levantó.

No hubo aplausos.

No hubo despedidas.

No había nada que celebrar.

Abrió la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Gracias.

House hizo un gesto con la mano.

—No te emociones.

Daniel sonrió.

Y salió.

Esta vez, definitivamente.

O eso creyó.

CXIII

Después de la puerta

Daniel no volvió inmediatamente a casa.

Caminó sin rumbo durante un rato.

Había salido de aquella casa con la sensación extraña de haber terminado algo.

Pero no sabía qué.

No había encontrado una doctrina.

No había elegido un maestro.

No podía decir que ahora comprendiera al hombre.

De hecho, comprendía menos que antes.

Antes creía que comprender consistía en encontrar una explicación suficientemente profunda.

Ahora sospechaba que comprender consistía, muchas veces, en descubrir cuántas explicaciones podían coexistir sin que ninguna de ellas eliminara la responsabilidad.

Llegó a una plaza.

Se sentó en un banco.

Había niños jugando.

Una pareja discutía.

Un hombre hablaba solo por teléfono.

Una anciana daba de comer a unas palomas.

La vida seguía.

Daniel pensó que quizá había cometido otro error.

Había supuesto que los grandes problemas de la humanidad tenían que manifestarse en grandes acontecimientos.

No era así.

El hombre que mentía a su pareja.

La mujer que obedecía una orden injusta porque temía perder el empleo.

El funcionario que firmaba un documento que no había leído.

El padre que justificaba su ausencia diciendo que trabajaba demasiado.

El ciudadano que exigía libertad para sí y control para los demás.

El político que llamaba necesidad a aquello que le convenía.

El experto que confundía conocimiento con autoridad.

El grupo que llamaba traidor al que se marchaba.

Todo ocurría allí.

En pequeño.

Todos los días.

Y quizá por eso era tan difícil verlo.


CXIV

El hombre que pide permiso

Daniel recibió un mensaje.

No lo abrió inmediatamente.

Esperó.

Aquella costumbre le resultaba nueva.

Antes habría sentido la necesidad de saber.

Ahora podía esperar unos segundos.

Abrió finalmente.

Era de su jefe.

Quería hablar con él otra vez.

Daniel sintió una punzada de miedo.

Durante unos segundos apareció una idea.

Quizá debería pedir consejo.

La reconoció.

No era una mala idea pedir consejo.

Pero sí podía convertirse en una forma de entregar a otro una decisión que le correspondía.

Eso era lo que había hecho durante años.

No pedía ayuda.

Pedía permiso.

La diferencia era enorme.

Ayúdame a pensar.

No es lo mismo que:

Dime qué debo hacer.

Daniel respondió que iría.

Guardó el teléfono.

Y siguió caminando.


CXV

La autoridad

La conversación con su jefe fue diferente esta vez.

—He revisado de nuevo el asunto —dijo el hombre—. Creo que cometiste un error.

—Sí.

—Pero también creo que has sido demasiado duro contigo mismo.

Daniel levantó la mirada.

—Puede ser.

—No necesitas asumir toda la culpa.

Daniel estuvo a punto de agradecerle.

Entonces recordó algo.

No asumir toda la culpa no significaba rechazar la parte que le correspondía.

—Estoy de acuerdo.

Su jefe pareció sorprendido.

—¿Entonces?

—Entonces quiero distinguir las dos cosas.

—Explícate.

—Si alguien más cometió un error, responderá por él. Yo responderé por el mío.

Su jefe permaneció callado.

—¿Y cuál es tu error?

Daniel respondió:

—Haber visto el problema y haber esperado demasiado antes de actuar.

El hombre asintió.

—Eso sí puedo aceptarlo.

Daniel salió del despacho.

No había ganado.

Tampoco había perdido.

Simplemente había hablado sin esconderse.

Y descubrió que aquello era mucho más difícil que tener razón.


CXVI

La tentación de volver atrás

Durante las semanas siguientes, Daniel cambió algunas cosas.

No todas.

Ni siquiera muchas.

Dejó de prometer cosas que no estaba seguro de poder cumplir.

Empezó a decir no cuando realmente quería decir no.

Pidió ayuda cuando no sabía algo.

Aceptó ayuda sin convertirla en obediencia.

Cuando se equivocaba, intentaba reconocerlo antes de construir una explicación.

Cuando estaba enfadado, esperaba antes de actuar.

Cuando alguien le llevaba la contraria, procuraba escuchar hasta el final.

No siempre lo conseguía.

A veces volvía a comportarse exactamente como antes.

Y eso le enfurecía.

Una noche, después de discutir con alguien, lanzó el teléfono sobre la mesa.

—¡Otra vez!

Se quedó solo.

La frase resonó en la habitación.

Otra vez.

Había vuelto a mentir.

No una mentira enorme.

Una pequeña mentira.

Una de esas que se cuentan para evitar una discusión.

Daniel se quedó mirando la pared.

La tentación fue inmediata.

Podía justificarla.

Podía decir que había sido una mentira piadosa.

Que no había hecho daño.

Que la otra persona tampoco había sido sincera.

Que la verdad habría empeorado las cosas.

Todas aquellas cosas podían ser ciertas.

Pero había una diferencia.

Ahora sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Y esa conciencia hacía mucho más difícil perdonarse.


CXVII

Freud tenía razón. Y no bastaba

Al día siguiente pensó en Freud.

Comprendió que sus viejos mecanismos no habían desaparecido.

Seguían allí.

El miedo seguía allí.

La necesidad de aprobación.

El orgullo.

El deseo de evitar el conflicto.

La tendencia a proteger una imagen de sí mismo.

No había vencido nada.

Simplemente había empezado a reconocerlo.

Y aquello tenía un precio.

Porque antes podía decir:

No sabía por qué lo hacía.

Ahora muchas veces sabía.

Y aun así lo hacía.

La explicación ya no podía salvarlo.

Pero tampoco debía convertirse en condena.

Aquello era importante.

Comprenderse no servía para absolverse.

Servía para tener una posibilidad más de elegir.

No garantizaba que eligiera bien.

Solo hacía más difícil fingir que no había elegido.


CXVIII

Rogers tenía razón. Y tampoco bastaba

Después pensó en Rogers.

También había descubierto algo.

Aceptarse no significaba aprobar todo lo que uno hacía.

Había confundido durante años ambas cosas.

Pensaba que para cambiar necesitaba odiar al hombre que había sido.

Ahora comprendía que el odio hacia uno mismo podía convertirse en otra forma de narcisismo.

Todo seguía girando alrededor de él.

Había que hacer algo más difícil.

Reconocer:

Esto lo hice yo.

Sin añadir:

Por tanto, soy irremediable.

Ni:

Por tanto, no fue culpa mía.

Simplemente:

Lo hice.

Y después:

¿Qué hago ahora?


CXIX

Rand tenía razón. Y tampoco bastaba

Daniel comprendió también algo de Rand.

La responsabilidad era inevitable.

Pero la responsabilidad no eliminaba las circunstancias.

No todos comenzaban desde el mismo lugar.

No todos tenían las mismas posibilidades.

No todos recibían las mismas oportunidades.

No todos podían pagar el mismo precio.

Eso no convertía al hombre en una marioneta.

Pero tampoco lo convertía en un ser aislado.

El individuo y las circunstancias se encontraban continuamente.

El problema era decidir cuánto peso correspondía a cada una.

Y ahí ninguna fórmula servía siempre.

Daniel pensó que quizá aquella era una de las verdades más difíciles de aceptar:

la vida moral no viene con una calculadora.


CXX

La política entra por la puerta de atrás

Un mes después ocurrió algo en la ciudad.

No fue una revolución.

No cayó ningún Gobierno.

No hubo disparos.

Fue algo mucho más corriente.

El ayuntamiento anunció una reforma que afectaba a varios barrios.

La medida se presentó como necesaria.

Unos la apoyaron.

Otros la rechazaron.

Los partidarios aseguraban que era inevitable.

Los adversarios decían que era injusta.

En pocos días aparecieron dos bandos.

Cada uno empezó a hablar como si el otro no tuviera ninguna razón legítima.

Daniel observó la discusión.

Al principio no quiso intervenir.

Después recordó algo que había aprendido.

No intervenir también era una decisión.

Pero intervenir no significaba ponerse automáticamente de un lado.

Podía preguntar.

Así que empezó a preguntar.

—¿Qué problema intenta resolver la medida?

Unos respondieron.

—¿Qué coste tendrá?

Otros respondieron.

—¿Quién pagará ese coste?

Silencio.

—¿Qué alternativa se ha estudiado?

Más silencio.

—¿Cómo sabremos si ha funcionado?

Nadie parecía haber pensado demasiado en eso.

—¿Cuándo terminará si no funciona?

Silencio todavía mayor.

Daniel reconoció la estructura.

La había visto antes.

La emergencia.

La necesidad.

La excepción.

La medida temporal.

La dificultad para establecer el final.

Y comprendió que las mismas preguntas que habían aparecido en aquella casa servían también fuera de ella.

No para decidir automáticamente.

Sino para impedir que las palabras cerraran la discusión antes de empezar.


CXXI

El grupo

Daniel descubrió entonces algo que Olson había explicado mucho antes.

Las personas no se organizan todas igual.

Un pequeño grupo con un interés muy concreto puede estar dispuesto a dedicar horas, dinero y esfuerzo para conseguir algo.

Miles de personas que pierden un poco cada una quizá no harán nada.

No porque sean estúpidas.

Porque cada una tiene su vida.

Su trabajo.

Su familia.

Sus problemas.

El grupo pequeño está concentrado.

El coste para los demás está repartido.

La mayoría puede terminar pagando una decisión que nadie decidió individualmente.

Daniel recordó aquella frase:

¿Quién gana y quién paga?

Era una pregunta sencilla.

Pero no suficiente.

También había que preguntar:

¿Quién se ha organizado para conseguirlo?


CXXII

La mayoría silenciosa

Una tarde alguien le dijo:

—La mayoría está en contra.

Daniel preguntó:

—¿Qué mayoría?

—La gente.

—¿Qué gente?

—La gente normal.

—¿Cuántas personas?

No hubo respuesta.

Daniel sonrió.

Había aprendido a desconfiar de algunas palabras.

La gente.

La mayoría.

El pueblo.

La sociedad.

La voluntad general.

Todas podían ser reales.

Todas podían ser útiles.

Y todas podían utilizarse para ocultar algo.

¿Quién había hablado?

¿Quién había sido consultado?

¿Quién había contado los votos?

¿Quién había quedado fuera?

¿Quién había decidido qué pregunta debía responderse?

La democracia no desaparecía por hacer esas preguntas.

Al contrario.

Pero dejaba de ser una palabra mágica.


CXXIII

La ventana

Daniel comenzó a fijarse también en las palabras.

Una cosa que ayer era impensable hoy era discutible.

Una cosa discutible mañana podía ser aceptable.

Y una cosa aceptable podía terminar pareciendo inevitable.

Orwell había insistido en ello.

Pero Daniel descubrió algo más.

La ventana no se movía sola.

Alguien la empujaba.

A veces un Gobierno.

A veces un partido.

A veces una empresa.

A veces un grupo organizado.

A veces una multitud.

Y muchas veces nadie en particular.

La movían miles de pequeñas conversaciones.

Cada persona aceptaba una expresión.

Repetía otra.

Dejaba de utilizar una tercera.

Hasta que, poco a poco, una forma de pensar parecía normal y otra extravagante.

Daniel comprendió entonces que la manipulación más eficaz no siempre consiste en decirle a la gente qué pensar.

A veces basta con decidir qué cosas pueden pensarse sin parecer ridículas.


CXXIV

La mentira que no necesita mentiroso

Una noche Daniel recibió un mensaje lleno de afirmaciones que parecían verdaderas.

No sabía si lo eran.

Antes habría buscado inmediatamente una confirmación.

Esta vez hizo algo diferente.

Buscó también una explicación alternativa.

Descubrió que algunas afirmaciones eran ciertas.

Otras estaban exageradas.

Otras eran falsas.

Y otras no podían determinarse con la información disponible.

Se quedó mirando la pantalla.

Pensó en Trivers.

La mentira no necesitaba siempre un mentiroso consciente.

Podía empezar como una simplificación.

Continuar como una repetición.

Convertirse después en una defensa.

Y terminar como una convicción.

Lo más peligroso no era que alguien mintiera.

Era que llegara un momento en que nadie necesitara hacerlo.


CXXV

El hombre frente al espejo

Daniel volvió a su casa.

Se miró en el espejo.

No vio a un hombre nuevo.

Vio al mismo hombre.

Con los mismos defectos.

Las mismas heridas.

Las mismas capacidades.

Los mismos miedos.

La diferencia era pequeña.

Ahora podía reconocer algunos de ellos.

Y eso no era una victoria.

Era una responsabilidad.

Porque quien no sabe lo que hace puede pedir comprensión.

Quien empieza a saberlo tiene que empezar a decidir.

Daniel apagó la luz.

Antes de acostarse escribió una sola frase.

NO NECESITO ESTAR SEGURO PARA EMPEZAR.

Se quedó mirándola.

Después añadió:

PERO NECESITO ESTAR DISPUESTO A PAGAR EL PRECIO DE LO QUE ELIJA.

Dejó el bolígrafo.

Esta vez no tachó nada.

::CXIII

Después de la puerta

Daniel no volvió inmediatamente a casa.

Caminó sin rumbo durante un rato.

Había salido de aquella casa con la sensación extraña de haber terminado algo.

Pero no sabía qué.

No había encontrado una doctrina.

No había elegido un maestro.

No podía decir que ahora comprendiera al hombre.

De hecho, comprendía menos que antes.

Antes creía que comprender consistía en encontrar una explicación suficientemente profunda.

Ahora sospechaba que comprender consistía, muchas veces, en descubrir cuántas explicaciones podían coexistir sin que ninguna de ellas eliminara la responsabilidad.

Llegó a una plaza.

Se sentó en un banco.

Había niños jugando.

Una pareja discutía.

Un hombre hablaba solo por teléfono.

Una anciana daba de comer a unas palomas.

La vida seguía.

Daniel pensó que quizá había cometido otro error.

Había supuesto que los grandes problemas de la humanidad tenían que manifestarse en grandes acontecimientos.

No era así.

El hombre que mentía a su pareja.

La mujer que obedecía una orden injusta porque temía perder el empleo.

El funcionario que firmaba un documento que no había leído.

El padre que justificaba su ausencia diciendo que trabajaba demasiado.

El ciudadano que exigía libertad para sí y control para los demás.

El político que llamaba necesidad a aquello que le convenía.

El experto que confundía conocimiento con autoridad.

El grupo que llamaba traidor al que se marchaba.

Todo ocurría allí.

En pequeño.

Todos los días.

Y quizá por eso era tan difícil verlo.


CXIV

El hombre que pide permiso

Daniel recibió un mensaje.

No lo abrió inmediatamente.

Esperó.

Aquella costumbre le resultaba nueva.

Antes habría sentido la necesidad de saber.

Ahora podía esperar unos segundos.

Abrió finalmente.

Era de su jefe.

Quería hablar con él otra vez.

Daniel sintió una punzada de miedo.

Durante unos segundos apareció una idea.

Quizá debería pedir consejo.

La reconoció.

No era una mala idea pedir consejo.

Pero sí podía convertirse en una forma de entregar a otro una decisión que le correspondía.

Eso era lo que había hecho durante años.

No pedía ayuda.

Pedía permiso.

La diferencia era enorme.

Ayúdame a pensar.

No es lo mismo que:

Dime qué debo hacer.

Daniel respondió que iría.

Guardó el teléfono.

Y siguió caminando.


CXV

La autoridad

La conversación con su jefe fue diferente esta vez.

—He revisado de nuevo el asunto —dijo el hombre—. Creo que cometiste un error.

—Sí.

—Pero también creo que has sido demasiado duro contigo mismo.

Daniel levantó la mirada.

—Puede ser.

—No necesitas asumir toda la culpa.

Daniel estuvo a punto de agradecerle.

Entonces recordó algo.

No asumir toda la culpa no significaba rechazar la parte que le correspondía.

—Estoy de acuerdo.

Su jefe pareció sorprendido.

—¿Entonces?

—Entonces quiero distinguir las dos cosas.

—Explícate.

—Si alguien más cometió un error, responderá por él. Yo responderé por el mío.

Su jefe permaneció callado.

—¿Y cuál es tu error?

Daniel respondió:

—Haber visto el problema y haber esperado demasiado antes de actuar.

El hombre asintió.

—Eso sí puedo aceptarlo.

Daniel salió del despacho.

No había ganado.

Tampoco había perdido.

Simplemente había hablado sin esconderse.

Y descubrió que aquello era mucho más difícil que tener razón.


CXVI

La tentación de volver atrás

Durante las semanas siguientes, Daniel cambió algunas cosas.

No todas.

Ni siquiera muchas.

Dejó de prometer cosas que no estaba seguro de poder cumplir.

Empezó a decir no cuando realmente quería decir no.

Pidió ayuda cuando no sabía algo.

Aceptó ayuda sin convertirla en obediencia.

Cuando se equivocaba, intentaba reconocerlo antes de construir una explicación.

Cuando estaba enfadado, esperaba antes de actuar.

Cuando alguien le llevaba la contraria, procuraba escuchar hasta el final.

No siempre lo conseguía.

A veces volvía a comportarse exactamente como antes.

Y eso le enfurecía.

Una noche, después de discutir con alguien, lanzó el teléfono sobre la mesa.

—¡Otra vez!

Se quedó solo.

La frase resonó en la habitación.

Otra vez.

Había vuelto a mentir.

No una mentira enorme.

Una pequeña mentira.

Una de esas que se cuentan para evitar una discusión.

Daniel se quedó mirando la pared.

La tentación fue inmediata.

Podía justificarla.

Podía decir que había sido una mentira piadosa.

Que no había hecho daño.

Que la otra persona tampoco había sido sincera.

Que la verdad habría empeorado las cosas.

Todas aquellas cosas podían ser ciertas.

Pero había una diferencia.

Ahora sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Y esa conciencia hacía mucho más difícil perdonarse.


CXVII

Freud tenía razón. Y no bastaba

Al día siguiente pensó en Freud.

Comprendió que sus viejos mecanismos no habían desaparecido.

Seguían allí.

El miedo seguía allí.

La necesidad de aprobación.

El orgullo.

El deseo de evitar el conflicto.

La tendencia a proteger una imagen de sí mismo.

No había vencido nada.

Simplemente había empezado a reconocerlo.

Y aquello tenía un precio.

Porque antes podía decir:

No sabía por qué lo hacía.

Ahora muchas veces sabía.

Y aun así lo hacía.

La explicación ya no podía salvarlo.

Pero tampoco debía convertirse en condena.

Aquello era importante.

Comprenderse no servía para absolverse.

Servía para tener una posibilidad más de elegir.

No garantizaba que eligiera bien.

Solo hacía más difícil fingir que no había elegido.


CXVIII

Rogers tenía razón. Y tampoco bastaba

Después pensó en Rogers.

También había descubierto algo.

Aceptarse no significaba aprobar todo lo que uno hacía.

Había confundido durante años ambas cosas.

Pensaba que para cambiar necesitaba odiar al hombre que había sido.

Ahora comprendía que el odio hacia uno mismo podía convertirse en otra forma de narcisismo.

Todo seguía girando alrededor de él.

Había que hacer algo más difícil.

Reconocer:

Esto lo hice yo.

Sin añadir:

Por tanto, soy irremediable.

Ni:

Por tanto, no fue culpa mía.

Simplemente:

Lo hice.

Y después:

¿Qué hago ahora?


CXIX

Rand tenía razón. Y tampoco bastaba

Daniel comprendió también algo de Rand.

La responsabilidad era inevitable.

Pero la responsabilidad no eliminaba las circunstancias.

No todos comenzaban desde el mismo lugar.

No todos tenían las mismas posibilidades.

No todos recibían las mismas oportunidades.

No todos podían pagar el mismo precio.

Eso no convertía al hombre en una marioneta.

Pero tampoco lo convertía en un ser aislado.

El individuo y las circunstancias se encontraban continuamente.

El problema era decidir cuánto peso correspondía a cada una.

Y ahí ninguna fórmula servía siempre.

Daniel pensó que quizá aquella era una de las verdades más difíciles de aceptar:

la vida moral no viene con una calculadora.


CXX

La política entra por la puerta de atrás

Un mes después ocurrió algo en la ciudad.

No fue una revolución.

No cayó ningún Gobierno.

No hubo disparos.

Fue algo mucho más corriente.

El ayuntamiento anunció una reforma que afectaba a varios barrios.

La medida se presentó como necesaria.

Unos la apoyaron.

Otros la rechazaron.

Los partidarios aseguraban que era inevitable.

Los adversarios decían que era injusta.

En pocos días aparecieron dos bandos.

Cada uno empezó a hablar como si el otro no tuviera ninguna razón legítima.

Daniel observó la discusión.

Al principio no quiso intervenir.

Después recordó algo que había aprendido.

No intervenir también era una decisión.

Pero intervenir no significaba ponerse automáticamente de un lado.

Podía preguntar.

Así que empezó a preguntar.

—¿Qué problema intenta resolver la medida?

Unos respondieron.

—¿Qué coste tendrá?

Otros respondieron.

—¿Quién pagará ese coste?

Silencio.

—¿Qué alternativa se ha estudiado?

Más silencio.

—¿Cómo sabremos si ha funcionado?

Nadie parecía haber pensado demasiado en eso.

—¿Cuándo terminará si no funciona?

Silencio todavía mayor.

Daniel reconoció la estructura.

La había visto antes.

La emergencia.

La necesidad.

La excepción.

La medida temporal.

La dificultad para establecer el final.

Y comprendió que las mismas preguntas que habían aparecido en aquella casa servían también fuera de ella.

No para decidir automáticamente.

Sino para impedir que las palabras cerraran la discusión antes de empezar.


CXXI

El grupo

Daniel descubrió entonces algo que Olson había explicado mucho antes.

Las personas no se organizan todas igual.

Un pequeño grupo con un interés muy concreto puede estar dispuesto a dedicar horas, dinero y esfuerzo para conseguir algo.

Miles de personas que pierden un poco cada una quizá no harán nada.

No porque sean estúpidas.

Porque cada una tiene su vida.

Su trabajo.

Su familia.

Sus problemas.

El grupo pequeño está concentrado.

El coste para los demás está repartido.

La mayoría puede terminar pagando una decisión que nadie decidió individualmente.

Daniel recordó aquella frase:

¿Quién gana y quién paga?

Era una pregunta sencilla.

Pero no suficiente.

También había que preguntar:

¿Quién se ha organizado para conseguirlo?


CXXII

La mayoría silenciosa

Una tarde alguien le dijo:

—La mayoría está en contra.

Daniel preguntó:

—¿Qué mayoría?

—La gente.

—¿Qué gente?

—La gente normal.

—¿Cuántas personas?

No hubo respuesta.

Daniel sonrió.

Había aprendido a desconfiar de algunas palabras.

La gente.

La mayoría.

El pueblo.

La sociedad.

La voluntad general.

Todas podían ser reales.

Todas podían ser útiles.

Y todas podían utilizarse para ocultar algo.

¿Quién había hablado?

¿Quién había sido consultado?

¿Quién había contado los votos?

¿Quién había quedado fuera?

¿Quién había decidido qué pregunta debía responderse?

La democracia no desaparecía por hacer esas preguntas.

Al contrario.

Pero dejaba de ser una palabra mágica.


CXXIII

La ventana

Daniel comenzó a fijarse también en las palabras.

Una cosa que ayer era impensable hoy era discutible.

Una cosa discutible mañana podía ser aceptable.

Y una cosa aceptable podía terminar pareciendo inevitable.

Orwell había insistido en ello.

Pero Daniel descubrió algo más.

La ventana no se movía sola.

Alguien la empujaba.

A veces un Gobierno.

A veces un partido.

A veces una empresa.

A veces un grupo organizado.

A veces una multitud.

Y muchas veces nadie en particular.

La movían miles de pequeñas conversaciones.

Cada persona aceptaba una expresión.

Repetía otra.

Dejaba de utilizar una tercera.

Hasta que, poco a poco, una forma de pensar parecía normal y otra extravagante.

Daniel comprendió entonces que la manipulación más eficaz no siempre consiste en decirle a la gente qué pensar.

A veces basta con decidir qué cosas pueden pensarse sin parecer ridículas.


CXXIV

La mentira que no necesita mentiroso

Una noche Daniel recibió un mensaje lleno de afirmaciones que parecían verdaderas.

No sabía si lo eran.

Antes habría buscado inmediatamente una confirmación.

Esta vez hizo algo diferente.

Buscó también una explicación alternativa.

Descubrió que algunas afirmaciones eran ciertas.

Otras estaban exageradas.

Otras eran falsas.

Y otras no podían determinarse con la información disponible.

Se quedó mirando la pantalla.

Pensó en Trivers.

La mentira no necesitaba siempre un mentiroso consciente.

Podía empezar como una simplificación.

Continuar como una repetición.

Convertirse después en una defensa.

Y terminar como una convicción.

Lo más peligroso no era que alguien mintiera.

Era que llegara un momento en que nadie necesitara hacerlo.


CXXV

El hombre frente al espejo

Daniel volvió a su casa.

Se miró en el espejo.

No vio a un hombre nuevo.

Vio al mismo hombre.

Con los mismos defectos.

Las mismas heridas.

Las mismas capacidades.

Los mismos miedos.

La diferencia era pequeña.

Ahora podía reconocer algunos de ellos.

Y eso no era una victoria.

Era una responsabilidad.

Porque quien no sabe lo que hace puede pedir comprensión.

Quien empieza a saberlo tiene que empezar a decidir.

Daniel apagó la luz.

Antes de acostarse escribió una sola frase.

NO NECESITO ESTAR SEGURO PARA EMPEZAR.

Se quedó mirándola.

Después añadió:

PERO NECESITO ESTAR DISPUESTO A PAGAR EL PRECIO DE LO QUE ELIJA.

Dejó el bolígrafo.

Esta vez no tachó nada.

CXXVI

El día siguiente

A la mañana siguiente, Daniel descubrió que estar dispuesto a pagar el precio no significaba saber cuál era.

Había escrito aquella frase con la tranquilidad que produce escribir de noche.

De día era distinta.

A plena luz parecía más exigente.

El teléfono sonó a las ocho.

Era la persona con la que había hablado semanas atrás.

—¿Puedes venir?

Daniel miró el reloj.

—Sí.

—No te prometo nada.

—Yo tampoco.

Hubo un silencio.

—Eso está bien.

Daniel colgó.

No sabía si aquella respuesta significaba una oportunidad o simplemente otra conversación pendiente.

Y, por primera vez, no intentó averiguarlo antes de acudir.


CXXVII

No hay vuelta atrás

Se encontraron en un café.

Ella llegó primero.

Daniel se sentó enfrente.

Durante unos segundos ninguno habló.

—He pensado mucho —dijo ella.

Daniel no respondió.

—Y he llegado a una conclusión.

Esperó.

—No quiero volver a lo de antes.

Daniel sintió que algo se cerraba dentro de él.

Había imaginado muchas veces aquella posibilidad.

Aun así, cuando llegó, dolió.

—Lo entiendo.

—No sé si lo entiendes.

Daniel respiró.

—No. Pero puedo intentarlo.

Ella lo miró.

—Eso es lo que antes decías.

—Lo sé.

—Y después intentabas convencerme.

Daniel bajó la mirada.

—Esta vez no.

—¿Por qué?

Daniel tardó en responder.

—Porque no puedo pedirte que cambies de decisión para demostrarme que yo he cambiado.

Ella permaneció en silencio.

Aquella frase no arreglaba nada.

Pero tampoco pretendía hacerlo.

Y quizá por eso fue la primera que ella creyó.


CXXVIII

La pérdida

Al salir del café, Daniel caminó durante mucho tiempo.

Había perdido aquello que había querido conservar.

No había negociación.

No había teoría.

No había argumento capaz de revertirlo.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

No había intentado manipular la decisión.

No había presentado su sufrimiento como una deuda que la otra persona tuviera que pagar.

No había convertido su arrepentimiento en una exigencia.

Había aceptado que la libertad del otro incluía la posibilidad de decirle que no.

Aquello le pareció una de las cosas más difíciles que había aprendido.

Quería ser perdonado.

Pero no tenía derecho a serlo.

Quería otra oportunidad.

Pero no podía exigirla.

Quería que el pasado desapareciera.

Pero el pasado no obedecía.

Comprendió entonces que aceptar la libertad de otro podía resultar mucho más doloroso que defender la propia.


CXXIX

La noticia

Aquella tarde recibió un mensaje de la ciudad.

La reforma que había provocado la discusión seguía adelante.

Pero algo había cambiado.

Los responsables habían publicado los informes que justificaban la medida.

También habían establecido un plazo para revisarla.

Y habían aceptado modificar una parte después de recibir críticas.

Daniel leyó el comunicado dos veces.

No sabía si aquello era suficiente.

Probablemente no.

Pero tampoco era irrelevante.

La discusión había obligado a explicar.

La explicación había permitido preguntar.

Las preguntas habían obligado a modificar.

No había ocurrido ninguna revolución.

Simplemente había funcionado, por una vez, una pequeña parte del mecanismo.

Daniel pensó en Montesquieu.

El poder no desaparecía porque existieran controles.

Pero los controles podían obligarlo a justificarse.

Quizá las instituciones no tenían que conseguir que los hombres fueran buenos.

Tal vez bastaba con impedir que sus errores pudieran convertirse fácilmente en órdenes para todos.


CXXX

El éxito

Cuando volvió a la casa, Daniel contó lo ocurrido.

House estaba sentado con las piernas extendidas.

—Entonces has ganado.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Han cambiado la medida?

—Una parte.

—¿Y tú querías eso?

—Sí.

—Entonces has ganado.

—No estoy seguro.

House lo miró.

—Esto va a ser largo.

Daniel sonrió.

—No se trata de ganar.

—Todo el mundo dice eso cuando no sabe si ha ganado.

—Se trata de que la medida se haya discutido mejor.

House hizo un gesto de desprecio.

—Qué decepción.

—¿Qué esperabas?

—Una revolución.

—No.

—¿Una derrota?

—Tampoco.

House se incorporó.

—Entonces has aprendido algo todavía peor.

—¿Qué?

—Que la mayoría de las cosas importantes no tienen un vencedor.

Daniel pensó unos segundos.

—Eso no significa que dé igual quién tenga razón.

House señaló con el bastón.

—Ahora sí estás aprendiendo.


CXXXI

La tentación del hombre razonable

Aquella misma noche surgió una nueva discusión.

Brennan había escuchado la conversación.

—Hay algo que me preocupa —dijo.

—¿Qué?

—Daniel está empezando a creer que escuchar a todos basta.

Daniel frunció el ceño.

—No he dicho eso.

—No hace falta decirlo.

Brennan miró a los demás.

—Hay una trampa en la idea de deliberar continuamente. Una sociedad puede discutir tanto que termine incapaz de decidir.

Maquiavelo asintió.

—Por fin.

Rogers intervino:

—Escuchar no significa aplazar indefinidamente.

—¿Y quién decide cuándo termina la deliberación?

Brennan miró a Daniel.

—Ahí está el problema.

Daniel respondió:

—Entonces tampoco basta con escuchar.

—No.

—Ni basta con decidir.

—Tampoco.

—Ni basta con saber.

—No.

Daniel se echó hacia atrás.

—Esto empieza a resultar irritante.

House sonrió.

—Bienvenido a la realidad.


CXXXII

El hombre competente

Brennan continuó:

—Hay otro peligro. El hombre competente puede empezar pensando que los demás deberían dejar de decidir porque él sabe más.

Rand intervino:

—Que alguien sepa más sobre una cuestión concreta no le concede autoridad sobre todas las demás.

—Exactamente.

Aristóteles añadió:

—Y quien gobierna debe conocer también el fin de aquello que gobierna.

Daniel preguntó:

—¿Qué significa eso?

—Que saber cómo conseguir algo no responde a la pregunta de si debemos conseguirlo.

Brennan asintió.

—El experto puede decirte cómo construir una presa.

—Pero no si debes construirla.

—Exacto.

House levantó la mano.

—Y tampoco sabe quién va a pagarla.

Olson sonrió.

—Ni quién se beneficiará.

Bueno añadió:

—Ni quién tendrá capacidad para utilizarla políticamente después.

Strauss:

—Ni qué concepción del bien la justifica.

Daniel suspiró.

—Cada respuesta abre tres preguntas.

Camus respondió:

—Así funciona la vida.


CXXXIII

El hombre que quiere una solución

Daniel se levantó.

—Entonces decidme algo.

Todos lo miraron.

—¿Qué solución proponéis?

Silencio.

Daniel esperó.

—Una concreta.

Nadie habló.

—No una explicación. No una advertencia. No una pregunta. Una solución.

Maquiavelo sonrió.

—No existe.

Daniel señaló a Rand.

—¿Tú?

—Principios claros y poder limitado.

—¿Y si los principios chocan?

—Entonces tendrás que decidir.

A Rogers:

—¿Tú?

—Personas capaces de escucharse y asumir responsabilidad.

—¿Y si no quieren?

Rogers no respondió.

A Brennan:

—¿Tú?

—Mejor información y mayor competencia donde sea necesaria.

—¿Y quién selecciona a los competentes?

Brennan calló.

A Strauss:

—¿Tú?

—Una educación política que enseñe a distinguir poder, derecho y justicia.

—¿Y quién decide qué debe enseñarse?

Strauss sonrió.

—La pregunta correcta.

Daniel miró a House.

—¿Y tú?

House levantó ambas manos.

—Yo ya tengo solución.

—¿Cuál?

—Ninguna.

Daniel soltó una carcajada.

—Eso no es una solución.

—Precisamente.


CXXXIV

La solución que siempre falta

Daniel volvió a sentarse.

De pronto comprendió por qué aquella conversación había durado tanto.

Todos buscaban una fórmula que permitiera evitar el conflicto entre bienes incompatibles.

Libertad y seguridad.

Autoridad y límite.

Competencia y participación.

Verdad y estabilidad.

Unidad y pluralidad.

Responsabilidad y compasión.

Decisión y prudencia.

No había forma de conservarlo todo en su máxima expresión.

Cada elección desplazaba algo.

Cada límite protegía algo y sacrificaba otra cosa.

Cada institución resolvía un problema y creaba otro.

La política no consistía en eliminar esos conflictos.

Consistía en impedir que uno de ellos pretendiera ser el único.

Daniel pensó en la pregunta de Rand.

¿Qué precio estamos dispuestos a pagar?

Ahora podía formularla de otra manera:

¿Qué precio estamos dispuestos a imponer a los demás?

Aquella pregunta era mucho más peligrosa.


CXXXV

La silla vacía

Al día siguiente ocurrió algo inesperado.

Una de las sillas estaba vacía.

Daniel la miró.

—¿Quién falta?

House respondió:

—Tú.

Daniel se volvió.

—Estoy aquí.

—No me refiero a ti.

Señaló la silla.

—Falta alguien que no haya leído ningún libro.

Daniel entendió.

—El hombre corriente.

House negó.

—No existe el hombre corriente.

—Entonces ¿quién?

—El que tendrá que vivir con las decisiones que todos vosotros toméis.

Nadie habló.

House continuó:

—Llevamos mucho tiempo hablando de gobernantes, ciudadanos, expertos, mayorías, minorías, instituciones y derechos.

Señaló la silla vacía.

—Pero al final siempre hay alguien que paga.

Daniel miró la silla.

No había nadie.

Y precisamente por eso parecía ocupada.


CXXXVI

El que paga

Daniel imaginó a ese hombre.

Podía ser cualquiera.

Un trabajador.

Una madre.

Un empresario.

Un estudiante.

Un anciano.

Alguien que no había participado en ninguna discusión.

Alguien que no había leído a Strauss.

Ni a Rousseau.

Ni a Olson.

Ni a Rand.

Ni a Freud.

Alguien que simplemente quería vivir.

Y de repente comprendió algo que había estado delante de ellos desde el principio.

Toda teoría política termina, tarde o temprano, en una persona concreta.

Una ley afecta a una persona.

Un impuesto afecta a una persona.

Una guerra afecta a una persona.

Una prohibición afecta a una persona.

Una subvención afecta a una persona.

Una decisión administrativa afecta a una persona.

Una mentira política afecta a una persona.

Una excepción afecta a una persona.

La abstracción permite olvidar eso.

La realidad no.


CXXXVII

La pregunta de Daniel

Daniel se puso de pie.

—Creo que ya sé cuál es la última pregunta.

House lo miró.

—¿Otra?

—Sí.

—Adelante.

Daniel miró la silla vacía.

—Cuando tomamos una decisión que afecta a otros, ¿estamos dispuestos a sentarnos delante de la persona que pagará el precio y explicarle por qué?

Silencio.

No era una pregunta sobre legalidad.

Ni siquiera sobre justicia.

Era una pregunta sobre responsabilidad.

El gobernante podía esconderse detrás de una institución.

El funcionario detrás de un procedimiento.

El ciudadano detrás de la mayoría.

El experto detrás de los datos.

El grupo detrás del interés colectivo.

El individuo detrás de sus circunstancias.

Todos podían encontrar un lugar donde esconderse.

Pero la silla seguía allí.

Esperando a alguien que dijera:

Fui yo.


CXXXVIII

La última mentira

House fue quien rompió el silencio.

—Eso no va a ocurrir.

Daniel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque casi nadie quiere sentarse en esa silla.

—¿Ni tú?

House sonrió.

—Yo nunca dije que fuera una excepción.

—Entonces también mientes.

—Por supuesto.

—¿Y qué hacemos con eso?

House se levantó.

—Lo mismo que con todo.

—¿Qué?

House señaló la silla.

—Intentar que la mentira no tenga tanto poder.

Daniel permaneció inmóvil.

House caminó hacia la puerta.

—Y cuando no puedas evitarla…

Se volvió.

—Al menos intenta reconocerla antes de que se convierta en tu vida.

Salió.

Daniel miró a los demás.

Nadie habló.

La silla seguía vacía.

Y, sin embargo, por primera vez, Daniel comprendió que no estaba esperando a alguien.

Estaba esperando que alguien se atreviera a sentarse.

Él acercó una mano.

Tocó el respaldo.

Pero no se sentó.

Todavía no.

CXXXIX

La silla

Daniel retiró la mano del respaldo.

No se sentó.

Todavía no.

La pregunta que había formulado parecía sencilla, pero cuanto más la pensaba, más difícil resultaba.

¿Quién estaría dispuesto a sentarse en aquella silla?

No el que había tomado una decisión correcta.

Eso era fácil.

Tampoco el que había tomado una decisión equivocada y quería ser castigado.

Eso podía ser incluso una forma de vanidad.

La silla pertenecía al que aceptaba algo más difícil:

haber decidido y no saber con certeza si había decidido bien.

Daniel volvió a mirar a los demás.

—¿Por qué nadie se sienta?

Maquiavelo respondió:

—Porque quien se sienta allí pierde una ventaja.

—¿Cuál?

—La posibilidad de decir que otro decidió por él.

Mariana añadió:

—Y pierde otra.

—¿Cuál?

—La posibilidad de esconderse detrás de la ley.

Arendt:

—Y otra.

—¿Cuál?

—La de esconderse detrás de la obediencia.

Olson:

—Y otra.

—¿Cuál?

—La de fingir que no tenía intereses.

Orwell:

—Y otra.

—¿Cuál?

—La de esconder lo ocurrido detrás de las palabras.

Daniel miró a Strauss.

—¿Y tú?

Strauss tardó unos segundos.

—La silla obliga a distinguir entre justificar una decisión y asumirla.

Daniel comprendió.

Justificar era explicar por qué una decisión podía defenderse.

Asumirla era aceptar que uno había sido quien la había tomado.

No eran lo mismo.


CXL

El poder de los que no deciden

Daniel se sentó finalmente.

La silla no tenía nada especial.

Era una silla corriente.

Y, sin embargo, al sentarse sintió algo extraño.

No estaba ocupando el lugar del gobernante.

Estaba ocupando el lugar del responsable.

—Ahora entiendo algo —dijo.

House apareció en la puerta.

—Eso suele ser peligroso.

Daniel no sonrió.

—Durante mucho tiempo pensé que el poder pertenecía al que decidía.

House entró.

—¿Y ahora?

—Creo que también pertenece al que consigue que otro decida por él.

House asintió.

—Continúa.

—Si consigo que otro asuma una decisión que me beneficia, puedo disfrutar del resultado sin pagar el coste moral de haberlo decidido.

Olson intervino:

—Eso es una parte importante de cómo funcionan los grupos.

—Y también las personas.

—Naturalmente.

Daniel continuó:

—Puedo pedir una ley para que otro prohíba lo que yo no quiero prohibir personalmente.

—Sí.

—Puedo pedir una subvención para recibir un beneficio que pagarán otros.

—Sí.

—Puedo pedir que una institución castigue a alguien y después decir que yo no hice nada.

House sonrió.

—Ahora sí.

—Y puedo exigir que alguien me diga qué debo hacer para no tener que decidirlo yo.

House señaló a Daniel.

—Ese era tu deporte favorito.

Daniel aceptó el golpe.

—Sí.


CXLI

El poder de decir no

Epicteto se acercó a la silla.

—También existe otra forma de poder.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Cuál?

—Negarse.

—Eso ya lo hemos hablado.

—No lo suficiente.

Epicteto señaló la silla.

—Todo poder depende, en alguna medida, de la cooperación de otros.

Maquiavelo negó con la cabeza.

—No siempre.

—No.

Epicteto lo miró.

—Pero incluso el poder más fuerte necesita personas que ejecuten órdenes, administren recursos, transporten mensajes, recauden, vigilen, informen o simplemente permanezcan calladas.

Maquiavelo sonrió.

—Ahora hablas como un político.

—No. Hablo como alguien que sabe que obedecer también es una acción.

Arendt intervino:

—Y que dejar de obedecer puede ser la primera grieta en un sistema que parecía imposible de desafiar.

Daniel preguntó:

—¿Entonces basta con decir no?

—No.

—¿Por qué?

—Porque decir no tiene consecuencias.

Daniel miró a Epicteto.

—Entonces la libertad vuelve a tener un precio.

—Siempre lo tuvo.


CXLII

La obediencia cómoda

Daniel recordó una escena de su propia vida.

Un hombre le había pedido una vez que hiciera algo que consideraba incorrecto.

No era ilegal.

No era grave.

Pero estaba mal.

Daniel lo había hecho.

Cuando se preguntó por qué, durante mucho tiempo había respondido:

Porque me lo pidieron.

Ahora aquella respuesta le parecía ridícula.

Nadie le había movido las manos.

Nadie le había obligado físicamente.

Había querido evitar un conflicto.

Había querido conservar su posición.

Había querido que otro cargara con la decisión.

La orden había sido real.

Pero su obediencia también.

—La obediencia puede ser una forma de cobardía —dijo.

Arendt lo corrigió:

—A veces.

—¿Y otras?

—Una forma de necesidad.

—¿Y cómo se distinguen?

—No siempre se pueden distinguir desde fuera.

Daniel comprendió que incluso allí había una trampa.

No podía juzgar todas las conductas ajenas desde la comodidad de quien ya conocía el resultado.

Pero tampoco podía utilizar la dificultad para distinguirlas como excusa universal.

La pregunta seguía siendo individual:

¿Qué sabías cuando decidiste?


CXLIII

El precio de la resistencia

Maquiavelo se levantó.

—Hablar de resistencia es fácil cuando no se paga por ella.

Arendt lo miró.

—Estoy de acuerdo.

—Entonces dilo con claridad.

—La resistencia puede destruir una vida.

—Puede.

—Puede arruinar una familia.

—Sí.

—Puede dejar a un hombre sin trabajo.

—Sí.

—Puede convertirlo en enemigo de quienes hasta ayer eran sus amigos.

—Sí.

—Entonces no puedes exigir heroísmo a todos.

Arendt permaneció callada.

Después respondió:

—No.

Daniel esperaba una conclusión.

No llegó.

Arendt continuó:

—Pero tampoco debemos construir sociedades que necesiten héroes para impedir los abusos.

Montesquieu asintió.

—Ahí está la función de las instituciones.

—Exactamente.

Daniel comprendió entonces una diferencia fundamental.

Una sociedad sana no podía depender únicamente de la virtud de sus ciudadanos.

Pero tampoco podía sobrevivir si todos renunciaban a ella.

Necesitaba ambas cosas.

Instituciones que limitaran el poder.

Y personas capaces de utilizarlas.


CXLIV

El hombre que firma

Mariana colocó sobre la mesa una hoja en blanco.

—Hay algo que no hemos discutido suficientemente.

—¿Qué?

—El hombre que firma.

Daniel la miró.

—¿El hombre que firma qué?

—La orden.

Maquiavelo entendió inmediatamente.

—El funcionario.

—Sí.

Mariana señaló la hoja.

—El gobernante puede ordenar.

—Y otro firma.

—Exactamente.

—Y otro ejecuta.

—Y otro administra.

—Y otro cobra.

—Y otro recibe.

Daniel miró la hoja.

—Entonces la responsabilidad se divide.

—Se reparte.

—Y cuando se reparte demasiado, desaparece.

Mariana negó con la cabeza.

—No desaparece.

—¿Entonces?

—Se oculta.

Aquella palabra quedó en el aire.

Se oculta.

Daniel pensó en todas las veces que había escuchado:

«Yo solo lo tramito.»

«Yo solo cumplo órdenes.»

«Yo solo aplico la norma.»

«Yo solo informo.»

«Yo solo firmo.»

«Yo solo hago mi trabajo.»

Frases distintas.

Mismo refugio.


CXLV

La cadena

Arendt tomó la hoja.

—Una de las mayores tentaciones de los sistemas modernos consiste en convertir una decisión moral en una secuencia administrativa.

Daniel preguntó:

—¿Cómo?

—Separando el principio del acto.

—Explícalo.

—Uno decide que algo debe hacerse. Otro redacta la norma. Otro la interpreta. Otro la ejecuta. Otro registra el resultado. Al final nadie siente que haya sido él quien tomó la decisión.

Orwell añadió:

—Y después se inventa una palabra para describir todo el proceso.

—¿Cuál?

—Procedimiento.

House sonrió.

—Una de las palabras favoritas de la humanidad.

Daniel miró la hoja.

—Entonces un sistema puede ser perfectamente legal y, aun así, estar lleno de personas que han dejado de preguntarse qué están haciendo.

Arendt asintió.

—Sí.

—¿Y cómo se evita?

—Pensando.

House soltó una carcajada.

—Otra vez la misma respuesta.

Arendt lo miró.

—Porque sigue siendo la misma necesidad.


CXLVI

El hombre que piensa demasiado

Daniel se volvió hacia ella.

—Pero también se puede pensar demasiado.

—Sí.

—Yo lo hice.

—Lo sé.

—Pensaba tanto que no actuaba.

—Eso no era pensar.

Daniel frunció el ceño.

—¿No?

—Era rumiar.

House intervino:

—Excelente distinción.

Arendt continuó:

—Pensar exige juzgar. Rumiar puede ser simplemente repetir una duda.

Daniel comprendió la diferencia.

Había pasado meses dando vueltas a las mismas preguntas.

¿Quién tenía razón?

¿Qué explicación era correcta?

¿Qué debía hacer?

¿Era responsable?

¿Era libre?

¿Era víctima?

¿Era culpable?

Las preguntas no habían desaparecido.

Pero ahora sabía que una pregunta podía ser una herramienta o un escondite.

Depende de lo que hagas después.


CXLVII

La pregunta correcta

Strauss se acercó a Daniel.

—Tal vez el problema sea que has buscado demasiado tiempo la pregunta correcta.

—¿No hay que buscarla?

—Sí.

—Entonces ¿qué hago?

—Después de encontrarla, debes aceptar que todavía tendrás que decidir.

Daniel sonrió.

—Eso parece una condena.

—Lo es.

—¿A qué?

Strauss lo miró.

—A ser adulto.

House soltó una carcajada.

—Por fin alguien lo ha dicho.

Daniel negó con la cabeza.

—Eso sí que no lo esperaba.

Strauss continuó:

—El niño espera que otro le diga qué hacer.

—¿Y el adulto?

—Sabe que incluso cuando recibe una respuesta debe decidir si la acepta.

Daniel permaneció callado.

Aquello le pareció más importante que muchas de las grandes discusiones.

La autoridad podía aconsejar.

La experiencia podía enseñar.

La ley podía ordenar.

La mayoría podía votar.

El experto podía informar.

El filósofo podía preguntar.

Pero ninguno podía eliminar por completo el acto final de juzgar.


CXLVIII

La carga

Daniel se quedó solo en la habitación.

Las voces se fueron apagando.

Uno tras otro salieron.

Primero Aristóteles.

Después Olson.

Brennan.

Bueno.

Mariana.

Montesquieu.

Arendt.

Orwell.

Trivers.

Strauss.

Camus.

Maquiavelo.

Rogers.

Freud.

Rand.

Marcus.

Epicteto.

House fue el último.

Antes de salir, se detuvo.

—¿Sabes cuál es tu problema?

Daniel sonrió.

—Supongo que vas a decírmelo.

—Ahora tienes demasiadas respuestas.

Daniel se quedó sorprendido.

House continuó:

—Antes solo tenías una.

—¿Cuál?

—No sé.

Daniel asintió.

—Y ahora tengo demasiadas.

—Sí.

—¿Y eso es peor?

House abrió la puerta.

—No.

—¿Entonces?

House lo miró.

—Ahora ya no puedes fingir que no sabías.

Y cerró la puerta.

Daniel quedó solo.

Miró la silla.

La misma silla.

La que había estado vacía.

La que ahora parecía esperar una respuesta.

Daniel se sentó.

No para gobernar.

No para juzgar.

No para salvar a nadie.

Simplemente para aceptar que, en algún momento, toda explicación termina allí.

En un hombre sentado.

Con una decisión delante.

Y sin nadie a quien entregársela.

CXLIX

La mañana siguiente

Daniel salió de la casa cuando empezaba a amanecer.

No había ocurrido nada extraordinario durante la noche. Nadie había pronunciado una frase definitiva. Ninguno de los presentes había descubierto una verdad capaz de resolver el problema humano de una vez por todas.

Y, sin embargo, Daniel tenía la impresión de que algo había cambiado.

No en el mundo.

En él.

La diferencia era pequeña y, precisamente por eso, incómoda.

Durante años había esperado que una decisión importante viniera acompañada de una sensación inequívoca: la certeza de estar haciendo lo correcto.

Ahora sabía que aquella sensación quizá no llegaría nunca.

Bajó los escalones y se detuvo junto al camino.

El teléfono vibró.

Era un mensaje.

Lo leyó dos veces.

Era de la persona con la que había hablado días atrás.

«He pensado en lo que me dijiste. No sé qué hacer con ello todavía.»

Daniel guardó el teléfono.

Antes habría contestado inmediatamente.

Habría explicado.

Habría matizado.

Habría intentado convertir aquella frase en una conversación perfectamente ordenada.

Esta vez no.

Siguió caminando.

No porque hubiera dejado de importarle.

Precisamente porque le importaba.


Cuando llegó a la ciudad encontró algo distinto.

Las calles estaban llenas de gente.

No era una manifestación. Tampoco una celebración.

Era miedo.

La planta de tratamiento había reducido de nuevo el suministro de agua. Las autoridades habían anunciado que la situación podía prolongarse varias semanas.

En las pantallas de los comercios aparecían mensajes contradictorios.

Unos hablaban de sabotaje.

Otros, de negligencia.

Otros culpaban a las empresas.

Otros al Gobierno.

Otros a los ciudadanos.

Daniel recordó una frase de Olson.

Los grupos organizados siempre encuentran una manera de hacer que el coste recaiga sobre quienes están demasiado dispersos para defenderse.

Pero aquella mañana había algo más.

Un comunicado oficial anunciaba que, mientras durase la emergencia, se limitaría temporalmente el consumo de agua en determinados sectores y se establecerían controles especiales sobre depósitos privados.

Daniel leyó el texto.

Después volvió a leerlo.

Había una frase que le llamó la atención:

«Estas medidas permanecerán vigentes mientras resulte necesario para garantizar el interés general.»

Se quedó mirando la pantalla.

—Ahí está —dijo.

No sabía si hablaba con alguien.

—¿El qué? —preguntó una voz detrás de él.

Era Rogers.

Daniel se volvió.

—«Mientras resulte necesario».

Rogers leyó el comunicado.

—¿Y?

—Que no dice cuándo termina.

—Eso puede significar que todavía no lo saben.

—También puede significar que nadie quiere comprometerse a terminarlo.

Rogers sonrió ligeramente.

—Ahora estás aprendiendo a desconfiar de las palabras.

—No. Estoy aprendiendo a preguntar qué obligan a hacer.


La casa volvió a llenarse aquella tarde.

Esta vez no había ceremonia.

No había una nueva incorporación solemne.

Había una mesa cubierta de papeles, mapas de la ciudad, cifras de consumo y distintos informes técnicos.

Brennan fue el primero en hablar.

—Los expertos recomiendan mantener las restricciones durante seis semanas.

Aristóteles miró los documentos.

—¿Y quién ha decidido que seis semanas son necesarias?

—Los expertos.

—Entonces no has respondido.

Brennan levantó la cabeza.

—Han estudiado los datos.

—Eso responde a otra pregunta.

—¿Cuál?

—A la de si saben cómo funciona el sistema. No a la de qué debemos hacer con ese conocimiento.

Brennan se inclinó hacia delante.

—¿Quieres que los ciudadanos voten sobre las características técnicas de una red de distribución?

—No.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No.

Brennan sonrió.

—Empiezas a parecerte a Strauss.

—No me compares con nadie —dijo Aristóteles.

Strauss, desde el otro extremo de la mesa, levantó una ceja.

—Es una petición razonable.

Rand intervino.

—La cuestión es sencilla. Los expertos pueden explicar qué ocurrirá si hacemos A o B. No pueden convertir una consecuencia en una obligación moral.

—Pero alguien tiene que decidir —dijo Brennan.

—Exactamente —respondió Rand—. Y quien decide debe poder ser señalado por su decisión.

Mariana asintió.

—Y debe existir un límite para esa decisión.

Machiavelli golpeó suavemente la mesa con un dedo.

—Todos habláis como si el poder pudiera ejercerse sin urgencia.

—Y tú hablas como si la urgencia fuese una autorización —replicó Mariana.

—No. Hablo como alguien que sabe que las ciudades se derrumban mientras los hombres discuten sobre la pureza de sus principios.

—Y yo hablo como alguien que sabe que los gobernantes convierten la urgencia en una costumbre.

Silencio.

Machiavelli sonrió.

—Por eso hacen falta instituciones.

—Y hombres capaces de defenderlas —dijo Arendt.

—Eso es más difícil.

—Precisamente.


Daniel tomó uno de los informes.

—Aquí dice que determinados sectores consumen tres veces más agua que otros.

Olson respondió:

—Porque concentran actividades económicas que dependen de ella.

—Y si restringimos a todos por igual, ¿no estamos haciendo que algunos paguen mucho menos de lo que otros pagan?

—Sí.

—Entonces no es una decisión neutral.

—Nunca lo es.

Daniel dejó el informe.

—Eso es lo que nadie quiere decir.

House estaba sentado al fondo.

—No seas ingenuo.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

—Todo el mundo lo sabe.

—Entonces ¿por qué hablan como si no lo supieran?

House se encogió de hombros.

—Porque decir «esta medida beneficia a estos y perjudica a aquellos» obliga a admitir que has elegido quién pierde.

—¿Y qué propones?

—Nada.

—¿Nada?

—No he venido a gobernar vuestra ciudad.

Rand soltó una breve risa.

—Por una vez estamos de acuerdo.

House la miró.

—No te acostumbres.


Al día siguiente Daniel volvió a su trabajo.

Su jefe lo llamó.

—Necesito que firmes esto.

Daniel miró el documento.

Era una modificación de un informe.

No era una falsificación.

Pero tampoco era exactamente lo ocurrido.

—¿Por qué?

—Porque así lo hacemos todos.

Daniel levantó la vista.

—Eso no responde.

—Necesito que salga hoy.

—Entonces firma tú.

Su jefe permaneció callado.

—Daniel, no conviertas esto en una cuestión moral.

Daniel sintió una extraña calma.

Antes habría preguntado qué podía pasar si se negaba.

Ahora formuló otra pregunta.

—¿Quieres que firme algo que no considero correcto?

—Quiero que hagas tu trabajo.

—Entonces tendremos que discutir qué es mi trabajo.

Su jefe lo miró durante unos segundos.

—Te estás complicando la vida.

Daniel pensó en House.

Pensó en Arendt.

Pensó en Epicteto.

Y respondió:

—Probablemente.

No añadió nada más.


Aquella noche recibió otro mensaje.

«No sé si puedo perdonarte.»

Daniel lo leyó.

Esta vez respondió.

«No te lo estoy pidiendo.»

Esperó.

Llegó otro mensaje.

«Entonces ¿qué quieres?»

Daniel tardó bastante en escribir.

Finalmente puso:

«Quería dejar de utilizar mis explicaciones como excusa.»

No añadió nada más.

La respuesta tardó una hora.

«Eso tendrás que demostrarlo tú.»

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

Aquella frase le produjo una incomodidad que no había sentido en años.

No había reproche.

No había reconciliación.

No había promesa.

Sólo una responsabilidad devuelta a su dueño.


Cuando volvió a la casa, encontró a Rogers y Rand discutiendo.

—Aceptar al hombre como es no significa aprobar lo que hace —decía Rogers.

—Nunca he dicho lo contrario.

—Pero algunos utilizan tu lenguaje para convertir toda debilidad en culpa.

—Y algunos utilizan el mío para convertir toda responsabilidad en una enfermedad.

Rogers lo miró fijamente.

—¿Crees que aceptar al hombre es peligroso?

—Creo que aceptar sin exigir puede ser una forma elegante de abandonarlo.

Rogers guardó silencio.

Aquello le había tocado.

—Y yo creo —respondió finalmente— que exigir sin comprender puede convertir la responsabilidad en una forma de crueldad.

Rand no retrocedió.

—Entonces quizá el problema sea que necesitamos las dos cosas.

Freud intervino.

—Eso sería demasiado sencillo.

—¿Por qué?

—Porque comprender al hombre puede mostrarte razones que hacen comprensible una conducta terrible.

—¿Y?

—Y entonces debes decidir si esas razones modifican tu juicio.

Rand respondió:

—No lo modifican necesariamente.

Freud asintió.

—Exacto.

—Pero sí modifican nuestra comprensión.

—Eso sí.

Rogers miró a ambos.

—Y quizá también modifican lo que podemos esperar de esa persona.

Freud sonrió.

—Ahora empezamos a hablar de algo interesante.

Daniel se sentó.

Por primera vez no tenía ganas de preguntar.

Quería escuchar.


Strauss había permanecido callado.

Finalmente habló.

—Todos estáis hablando de responsabilidad individual.

—Sí —dijo Rand.

—Pero todavía no habéis respondido a una cuestión más difícil.

—¿Cuál?

—¿Qué ocurre cuando una sociedad decide que una determinada conducta es necesaria para protegerse y convierte a quien se opone en enemigo?

Arendt levantó la mirada.

—Entonces empieza el problema.

—¿Sólo entonces?

—No. El problema empieza antes. Empieza cuando una sociedad deja de tolerar que sus miembros puedan disentir sin convertirse por ello en enemigos.

Rousseau intervino.

—Pero una comunidad necesita cierta unidad.

—Unidad para hacer qué —preguntó Arendt—. ¿Para vivir juntos o para pensar juntos?

—Para perseguir un bien común.

—¿Quién determina ese bien?

Rousseau respondió:

—La voluntad general.

Strauss sonrió.

—Ahí está.

Rousseau lo miró.

—¿Qué?

—El peligro.

—¿Qué peligro?

—Que alguien llegue a decir que conoce la voluntad general mejor que quienes discrepan.

Arendt añadió:

—Y entonces el disidente deja de ser un ciudadano equivocado y se convierte en un obstáculo.

—No necesariamente.

—No al principio.

Rousseau no respondió.


Machiavelli se levantó.

—Todo esto es muy interesante, pero hay una pregunta práctica.

Todos lo miraron.

—La ciudad tiene agua para cuatro semanas si mantiene las restricciones actuales.

Silencio.

—Puede durar seis si endurece las restricciones.

Silencio.

—Puede durar ocho si interrumpe determinadas actividades industriales.

Brennan preguntó:

—¿Y qué ocurre con los trabajadores de esas industrias?

—Pierden ingresos.

—¿Y las empresas?

—Algunas cerrarán temporalmente.

—¿Y los hospitales?

—Tendrán prioridad.

—¿Y quién decide qué actividades son prescindibles?

Machiavelli miró a Daniel.

—Ahora has llegado al problema.

Daniel sintió el peso de la silla vacía.

La persona que perdería el empleo.

La familia que tendría que reducir el consumo.

El pequeño negocio que quizá cerraría.

El hospital que recibiría agua antes que una fábrica.

El barrio que aceptaría más restricciones porque tenía menos capacidad para protestar.

Ya no eran principios.

Eran personas.


—Entonces hagamos algo —dijo Daniel.

Todos lo miraron.

—¿Qué?

—Que la decisión tenga nombre.

Machiavelli frunció el ceño.

—Explícate.

—Que se publique quién la toma, qué datos utiliza, qué alternativas descarta, cuánto tiempo durará y qué condiciones obligarán a revisarla.

Montesquieu asintió.

—Eso permite controlar al poder.

—Y si se equivocan —añadió Daniel—, que tengan que reconocerlo.

House soltó una carcajada.

—Ahora sí.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

—Acabas de descubrir una de las cosas que más odian los hombres.

—¿Cuál?

—Que sus decisiones tengan memoria.

Nadie se rió.

House dejó de hacerlo.

—Porque si una decisión no tiene memoria, siempre puede contarse otra historia.

Orwell levantó la mirada.

—Y si controlas la historia, controlas la responsabilidad.

—No —dijo Daniel.

Todos lo miraron.

—La responsabilidad existe aunque controles la historia.

House sonrió.

—Mira tú.

Daniel no sonrió.

—Lo difícil no es saberlo.

House se incorporó.

—No.

Daniel terminó la frase:

—Lo difícil es vivir como si fuera verdad.


Aquella noche se aprobó un nuevo plan.

No resolvía la crisis.

Nadie había encontrado una solución perfecta.

Se establecieron límites temporales.

Se fijaron revisiones semanales.

Se publicaron los datos.

Se establecieron excepciones para hospitales y servicios esenciales.

Se redujeron algunas restricciones para pequeñas empresas y se endurecieron otras para actividades de mayor consumo.

Hubo protestas.

Hubo acusaciones.

Hubo quienes dijeron que las medidas eran insuficientes.

Otros dijeron que eran abusivas.

Algunos exigieron más control.

Otros exigieron ninguno.

Nadie quedó completamente satisfecho.

Daniel observó las noticias.

Por primera vez aquello no le pareció una señal de fracaso.

Tampoco una señal de éxito.

Era simplemente lo que ocurría cuando personas distintas tenían que convivir sin poder imponer completamente su voluntad.

Pensó en Aristóteles.

En Olson.

En Strauss.

En Rousseau.

En Arendt.

En Rand.

En todos.

Después apagó el televisor.

Cogió el teléfono.

Había un último mensaje.

«Podemos hablar mañana.»

Daniel lo leyó.

Esta vez no intentó imaginar cómo terminaría la conversación.

Respondió solamente:

«Sí.»

Y dejó el teléfono.

No sabía si aquello arreglaría algo.

No sabía si la otra persona lo perdonaría.

No sabía si él sería capaz de cambiar.

Pero por primera vez había dejado de exigir una garantía antes de actuar.

Y eso, pensó, quizá fuera una forma muy pequeña de libertad.

No una libertad gloriosa.

No una libertad heroica.

Una libertad incómoda.

La única que hasta entonces había conocido de verdad.


CL

La segunda mentira

A la mañana siguiente, House llegó tarde.

Nadie preguntó por qué.

Se sentó.

Miró a Daniel.

—¿Hablaste con ella?

—Sí.

—¿Y?

—No sé.

House sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Por fin has aprendido a decir «no sé» sin utilizarlo como escondite.

Daniel negó con la cabeza.

—No estoy seguro.

House se levantó.

—Entonces todavía te queda trabajo.

Cogió su bastón.

Antes de salir, se volvió hacia todos.

—Y vosotros tenéis un problema mucho peor.

Rand preguntó:

—¿Cuál?

House señaló la mesa llena de libros.

—Habéis pasado tanto tiempo intentando explicar por qué los hombres mienten que habéis olvidado preguntar por qué les gusta tanto que les mientan.

Nadie respondió.

House salió.

Tac.

Tac.

Tac.

Esta vez Daniel no sonrió.

Porque entendió la pregunta.

Y porque no le gustaba la respuesta.

A los hombres no siempre les engañaban.

A veces pagaban para ser engañados.

Porque una mentira que tranquiliza puede resultar más cómoda que una verdad que obliga a cambiar.

Freud cerró lentamente uno de sus libros.

Rogers miró a Daniel.

Rand permaneció inmóvil.

Strauss observó la puerta por la que House acababa de desaparecer.

Marco Aurelio fue quien habló.

—Entonces todavía no hemos llegado al final.

Daniel miró la silla vacía.

—No.

—¿Qué falta?

Daniel tardó en responder.

—Preguntarnos qué estamos dispuestos a perder para dejar de mentirnos.

Y esta vez nadie contestó por él.

CLI

Lo que estamos dispuestos a perder

La pregunta de Daniel quedó suspendida en la habitación.

—¿Qué estamos dispuestos a perder para dejar de mentirnos?

Nadie respondió.

No porque fuera difícil.

Porque era demasiado fácil.

Freud fue el primero en romper el silencio.

—La comodidad.

Rand negó con la cabeza.

—No basta.

—¿Qué más?

—La aprobación.

Rogers añadió:

—La imagen que tenemos de nosotros mismos.

Arendt dijo:

—La pertenencia.

Machiavelli sonrió.

—El poder.

Mariana:

—La impunidad.

Strauss:

—La certeza.

Daniel los miró.

—Entonces sabemos lo que cuesta.

—Sabemos algunas cosas —dijo Strauss—. Pero no hemos preguntado qué mentira estamos dispuestos a abandonar.

Daniel comprendió que aquella era otra cuestión.

No bastaba con hablar de la mentira en general.

Había que encontrar una concreta.

Una que cada uno protegiera porque le convenía.


Freud se volvió hacia Rand.

—Empieza tú.

Rand lo miró.

—¿Por qué yo?

—Porque has hablado más que nadie de responsabilidad.

—Eso no responde.

—Precisamente.

Rand permaneció callada unos segundos.

—Mi mentira —dijo finalmente— sería pensar que el hombre racional no necesita a los demás.

Rogers sonrió.

—Eso sí es una confesión.

Rand lo miró.

—No confundas necesidad con dependencia.

—No las confundo.

—Entonces no sonrías.

Rogers dejó de hacerlo.

Rand continuó:

—El individuo necesita a otros hombres para comerciar, cooperar, amar, aprender. Pero ninguna de esas necesidades convierte al otro en dueño de su vida.

—¿Y cuál es tu cambio? —preguntó Daniel.

Rand tardó en contestar.

—Aceptar que defender al individuo no significa imaginarlo aislado.

Freud intervino:

—Eso cambia bastante.

—Sí.

—Y quizá contradiga algunas de tus propias formulaciones.

Rand lo miró directamente.

—Puede ser.

Daniel sintió algo extraño.

No era una retractación.

Era más difícil.

Era una persona permitiendo que una idea que había defendido durante años fuese sometida a revisión.


Rogers fue el siguiente.

—Mi mentira sería pensar que comprender suficientemente a alguien puede ayudarle a cambiar.

Freud levantó la cabeza.

—¿Y no lo crees?

—Sí. Pero no siempre.

—¿Por qué?

—Porque hay personas que comprenden perfectamente lo que hacen y continúan haciéndolo.

Daniel sintió que la frase iba dirigida a él.

Rogers lo miró.

—Comprender puede abrir una puerta.

—Pero no obliga a cruzarla —dijo Daniel.

—Exactamente.

Freud asintió.

—Eso nos devuelve al principio.

—No —dijo Rogers—. Nos devuelve a un lugar distinto.

Freud frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Al lugar donde dejamos de confundir explicación con transformación.

Freud no respondió.

Después dijo:

—Eso sí puedo aceptarlo.


Arendt habló sin que nadie se lo pidiera.

—Mi mentira sería pensar que pensar basta para impedir el mal.

Daniel la miró.

—¿No lo crees?

—No.

—Entonces ¿qué falta?

—Juzgar. Y actuar.

—¿Y por qué es tan difícil?

Arendt respondió:

—Porque pensar puede hacerse en soledad. Actuar significa exponerse.

—¿A qué?

—Al juicio de los demás. A equivocarse. A perder. A descubrir que quienes te rodean no piensan como tú.

Machiavelli sonrió.

—Por fin hablamos de política.

Arendt lo miró.

—No. Hablamos de seres humanos.

—En política es lo mismo.

—Ahí está nuestra diferencia.


Machiavelli se levantó.

—Mi mentira es más sencilla.

Todos esperaron.

—He pasado buena parte de mi vida pensando que el poder puede controlarse si conocemos suficientemente bien su funcionamiento.

Mariana lo miró con atención.

—¿Y?

—Que conocerlo no garantiza controlarlo.

—Eso ya lo sabía.

—Yo también.

—Entonces ¿por qué lo llamas mentira?

Machiavelli sonrió.

—Porque durante mucho tiempo me resultó más cómodo creer que comprender el poder era una forma de dominarlo.

Daniel recordó sus propias explicaciones.

Comprender.

Analizar.

Prever.

Esperar.

Siempre había otra palabra antes de actuar.


Mariana habló después.

—Mi mentira sería pensar que basta con limitar jurídicamente al gobernante.

—¿No basta? —preguntó Daniel.

—No.

—¿Por qué?

—Porque una ley necesita hombres que la hagan cumplir.

—¿Y si esos hombres obedecen al gobernante?

—Entonces tienes una ley escrita y ningún límite real.

Montesquieu asintió.

—Por eso el poder debe encontrar otro poder que pueda detenerlo.

Mariana lo miró.

—Y por eso tampoco basta con dividirlo si todos los fragmentos dependen de la misma voluntad.

Montesquieu sonrió.

—Ahora estamos afinando.


Strauss no había dicho nada.

Daniel lo miró.

—¿Y tú?

Strauss permaneció sentado.

—Mi mentira es pensar que puedo contemplar la cuestión política desde fuera de ella.

—¿No puedes?

—No.

—¿Por qué?

—Porque quien pregunta qué es justo ya ha entrado en la disputa sobre lo justo.

Rousseau intervino:

—Eso significa que nadie puede ser neutral.

—Significa que nadie debería confundirse y pensar que lo es.

Camus soltó una breve risa.

—Por fin una buena noticia.

Strauss lo miró.

—¿Cuál?

—Que tampoco los filósofos pueden esconderse detrás de la filosofía.


Daniel miró la mesa.

Todos habían confesado algo.

Pero todavía faltaba él.

Rogers lo supo.

—¿Y tú?

Daniel respiró profundamente.

—Mi mentira es que necesito entenderme completamente antes de cambiar.

Nadie dijo nada.

—He utilizado mi historia para explicarme. Mis errores. Mis miedos. Mis relaciones. Mis decisiones.

Freud no apartó la mirada.

—Y algunas explicaciones eran verdaderas.

—Sí.

—Entonces no eran mentiras.

Daniel negó con la cabeza.

—No. La mentira estaba en otra parte.

—¿Dónde?

—En creer que una explicación verdadera me daba derecho a seguir igual.

Freud bajó los ojos.

Esta vez no tuvo nada que corregir.


CLII

El precio de la verdad

La conversación habría terminado allí si el mundo exterior hubiese permanecido tranquilo.

Pero no lo hizo.

Aquella tarde llegaron nuevas noticias.

La crisis del agua había empeorado.

Un grupo de empresas había amenazado con trasladar determinadas actividades fuera de la ciudad si continuaban las restricciones.

Los sindicatos anunciaban movilizaciones.

Una parte de la oposición exigía levantar las medidas.

El Gobierno respondió que hacerlo pondría en peligro el suministro.

En las redes circulaban imágenes de depósitos supuestamente vacíos.

Algunas eran falsas.

Otras eran reales pero antiguas.

Nadie sabía ya qué creer.

Orwell observó las pantallas.

—Ahora sí tenemos un problema.

—¿La mentira? —preguntó Daniel.

—La verdad.

—¿No es lo mismo?

—No.

Orwell señaló una de las imágenes.

—La mentira necesita que alguien invente algo.

Después señaló otra.

—La manipulación necesita algo más sencillo.

—¿Qué?

—Que la gente vea solamente aquello que confirma lo que ya quiere creer.

Trivers intervino:

—Y que se engañe a sí misma.

—Exactamente.

Daniel miró los mensajes.

—Entonces estamos perdidos.

—No —dijo Orwell—. Pero estamos en manos de hombres que han descubierto que la verdad es menos rentable que la certeza.


Brennan recibió un informe técnico.

—La mitad de las imágenes que circulan no tienen relación con la situación actual.

—Entonces hay que desmentirlas.

—Ya se han desmentido.

—¿Y?

—Ahora circulan otras.

House, sentado junto a la ventana, dijo:

—Claro.

Brennan lo miró.

—¿Claro qué?

—Que no quieren información.

—¿Qué quieren?

—Una historia.

—¿Y qué historia?

House señaló la pantalla.

—La que les permita odiar al culpable correcto.

Daniel intervino.

—¿Y cuál es el culpable correcto?

House lo miró.

—El que ya habían elegido antes de que ocurriera el problema.


Arendt se acercó a la ventana.

—Esto es peligroso.

Rousseau preguntó:

—¿La propaganda?

—No solamente.

—¿Entonces?

—Que la gente empiece a pensar que sólo puede haber dos explicaciones.

Daniel entendió.

—Si no estás conmigo, estás contra mí.

—Exactamente.

Rousseau se incorporó.

—Pero una comunidad necesita cierta unidad.

Arendt lo miró.

—Y una comunidad que exige unanimidad deja de ser una comunidad de ciudadanos.

—¿Y qué propones?

—Pluralidad.

—¿Incluso en una emergencia?

—Especialmente entonces.

Machiavelli intervino:

—¿Y si la discusión destruye la capacidad de actuar?

Arendt respondió:

—Entonces habrá que encontrar instituciones que permitan discutir sin paralizar.

—Eso es más difícil que gobernar.

—Sí.

—Y mucho más lento.

—Sí.

Machiavelli sonrió.

—Entonces al menos admites el problema.

—Nunca lo he negado.


Daniel miró de nuevo la pantalla.

Una periodista entrevistaba a una mujer cuyo negocio había cerrado.

—Nos han dicho que es temporal —decía la mujer—. Pero nadie sabe cuánto durará.

La periodista preguntó:

—¿Qué pide?

La mujer respondió:

—Que alguien se haga responsable.

Daniel apagó la pantalla.

Aquella frase volvió a la habitación.

Que alguien se haga responsable.

No pedía una teoría.

No pedía una explicación.

No pedía una garantía.

Pedía un responsable.

Daniel recordó la silla.

La silla vacía.

La persona que paga.

Y comprendió que la pregunta no era sólo quién tenía razón.

Era quién estaba dispuesto a sentarse delante de quien pagaba el precio.


Esa misma noche, Daniel volvió a casa.

Su jefe lo esperaba.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

—El informe que te negaste a firmar ha salido.

—¿Sin mi firma?

—Sí.

—¿Y?

—Hay datos que han sido modificados.

Daniel sintió un frío repentino.

—¿Quién los modificó?

Su jefe no respondió.

—¿Quién?

—No lo sé.

Daniel lo miró.

—Sí lo sabes.

—No puedo demostrarlo.

Daniel recordó a Freud.

Después a Arendt.

Después a House.

—Entonces dime solamente lo que sabes.

Su jefe bajó la mirada.

—Me ordenaron que lo hiciera.

Daniel esperó.

—¿Quién?

Silencio.

—No puedo decirlo.

Daniel sintió la antigua tentación.

Callar.

No meterse.

No complicarse.

No era asunto suyo.

Podía marcharse.

Podía pensar que otro debía resolverlo.

Podía recordar que él no había firmado.

Pero sabía algo más.

Había visto el documento.

Sabía que era falso.

Y sabía quién le había pedido que colaborara.

La silla apareció de nuevo en su cabeza.

Esta vez no estaba vacía.

Era él quien estaba sentado.


—¿Qué quieres que haga? —preguntó su jefe.

Daniel respondió:

—Que lo reconozcas.

—¿Estás loco?

—No.

—Podemos perder el trabajo.

—Sí.

—Podemos tener problemas legales.

—Sí.

—Entonces ¿qué propones?

Daniel tardó unos segundos.

—Decir la verdad.

Su jefe soltó una carcajada amarga.

—¿Y crees que la verdad nos va a salvar?

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—Entonces ¿por qué?

Daniel pensó en la pregunta de la noche anterior.

Qué estamos dispuestos a perder.

—Porque ya sabemos lo que perdemos si no la decimos.

Su jefe se quedó inmóvil.

No respondió.

Pero aquella vez Daniel no interpretó el silencio como una negativa.

Tampoco como una aceptación.

Era simplemente silencio.

Y tendría que esperar para saber qué haría el otro con él.


Al día siguiente, el informe fue presentado.

Hubo una investigación.

El error no desapareció.

Tampoco las consecuencias.

Hubo sanciones.

Algunas personas perdieron sus puestos.

Otras negaron haber sabido nada.

Hubo quienes dijeron que Daniel había actuado por interés personal.

Otros dijeron que había hecho lo correcto.

Daniel no aceptó ninguna de las dos versiones.

Sabía que no había actuado por heroísmo.

Había tenido miedo.

Mucho.

La diferencia era que, aquella vez, el miedo no había decidido por él.


Por la tarde recibió un último mensaje.

«Mañana estaré en el café de siempre. Si quieres hablar, estaré allí.»

Daniel leyó el mensaje.

Guardó el teléfono.

No sabía qué ocurriría.

Y por primera vez aquella incertidumbre no le parecía un defecto que debía eliminar antes de actuar.

Era simplemente el precio de actuar sin garantías.

Se puso el abrigo.

Antes de salir, miró una última vez la casa.

Los filósofos seguían dentro.

La discusión continuaría.

Siempre continuaría.

Porque el problema no tenía solución definitiva.

Sólo decisiones.

Sólo hombres.

Sólo el precio que cada uno estaba dispuesto a pagar.

Daniel cerró la puerta.

Y caminó hacia el café.

Esta vez no para conseguir una respuesta.

Para decir la verdad.

CLIII

El café

Daniel llegó diez minutos antes.

Eligió una mesa junto a la ventana.

Durante unos minutos observó a la gente pasar.

Parejas.

Ancianos.

Estudiantes.

Un hombre hablando por teléfono mientras caminaba deprisa.

Una mujer empujando un carrito de niño.

Una camarera que llevaba tres tazas en una mano y una bandeja en la otra.

La vida seguía.

Eso era lo extraño.

Después de todas aquellas conversaciones sobre libertad, poder, responsabilidad, verdad, mentira y justicia, el mundo seguía exactamente igual.

La puerta se abrió.

Ella entró.

Daniel se levantó.

—Hola.

—Hola.

Se sentó enfrente.

Durante unos segundos ninguno habló.

Daniel estuvo a punto de decir algo.

Se contuvo.

Ella lo miró.

—¿No vas a explicar nada?

—No.

—Qué raro.

—Estoy intentando no hacerlo.

Ella sonrió por primera vez.

—Eso sí que es un cambio.

Daniel también sonrió.

Pero la sonrisa desapareció enseguida.

—No sé qué quieres de esta conversación.

—Yo tampoco.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—Antes habrías intentado resolverlo.

—Sí.

—Habrías llegado con una teoría.

—Probablemente.

—Y habrías terminado diciéndome que todo tiene una explicación.

Daniel bajó la mirada.

—Lo siento.

Ella tardó unos segundos.

—No te he dicho que quiera volver contigo.

—Lo sé.

—Ni que te haya perdonado.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué has venido?

Daniel la miró.

—Porque quería decirte la verdad sin utilizarla para conseguir nada.

Ella permaneció inmóvil.

—¿Y cuál es la verdad?

Daniel respiró.

—Que te hice daño. Que muchas veces supe que estaba haciendo daño y encontré una explicación que me permitía seguir haciéndolo. Que convertí mis problemas en una especie de absolución. Y que durante mucho tiempo pensé que comprenderme era casi lo mismo que cambiar.

Ella no dijo nada.

Daniel continuó:

—No lo es.

—No.

—Y no sé si puedo cambiar.

Ella levantó una ceja.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—Yo tampoco.

—¿Y entonces?

—Entonces voy a intentarlo.

—Eso tampoco garantiza nada.

—Ya lo sé.

Ella miró por la ventana.

—Quizá eso sea lo primero que me dices que puedo creer.

Daniel no respondió.

No había nada que añadir.


Cuando salió del café, no sintió alivio.

Sintió algo más extraño.

No había recuperado nada.

No había recibido perdón.

No había obtenido una segunda oportunidad.

Pero tampoco había utilizado la conversación para comprarla.

Por primera vez había respetado la libertad de otra persona incluso cuando esa libertad podía perjudicarle.

Recordó a Rogers.

Después a Rand.

Después a Epicteto.

La libertad del otro no era un obstáculo para su libertad.

Era una condición de la misma.


CLIV

La ciudad elige

Al regresar a la casa, Daniel encontró una discusión distinta.

Sobre la mesa había tres propuestas.

La primera mantenía las restricciones.

La segunda las reducía y confiaba en que el consumo industrial se ajustara voluntariamente.

La tercera imponía restricciones mucho más severas y permitía al Gobierno intervenir directamente determinadas actividades.

—¿Quién ha elaborado esto? —preguntó Daniel.

—Los técnicos —respondió Brennan.

—¿Y quién ha elegido las tres opciones?

—Los políticos.

—¿Y quién decide?

Machiavelli respondió:

—Eso depende de lo que ocurra mañana.

Daniel miró los documentos.

—¿Qué ocurre mañana?

—La votación.

—¿De qué?

—Del nuevo plan.

Aristóteles intervino:

—Y ahí aparece la parte que todos olvidan.

—¿Cuál?

—Una comunidad política no consiste solamente en tener ciudadanos que votan. Consiste en ciudadanos que tienen que convivir con las consecuencias de lo que votan.

Brennan negó con la cabeza.

—Pero no todos pueden estudiar todos los asuntos.

—No hace falta.

—Entonces necesitamos expertos.

—Sí.

—Y representantes.

—Sí.

—Y procedimientos.

—Sí.

—Entonces ¿cuál es el problema?

Aristóteles lo miró.

—Que ninguna de esas cosas decide qué es una vida buena.

Brennan guardó silencio.

—Puede ayudarte a gobernar —continuó Aristóteles—. No puede decirte para qué.


Strauss tomó uno de los documentos.

—Hay otra cuestión.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—La mayoría.

Rand lo miró.

—¿Qué ocurre con ella?

—Que puede equivocarse.

—También puede acertar.

—Naturalmente.

—Entonces no veo el problema.

Strauss levantó la mirada.

—El problema aparece cuando la mayoría cree que su número convierte su decisión en justicia.

Rand respondió:

—Y aparece el problema contrario cuando alguien cree que su certeza moral le concede derecho a gobernar a los demás.

Strauss sonrió.

—Ahora estamos cerca.

—¿De qué?

—Del límite.


Rousseau golpeó la mesa.

—Una comunidad no puede vivir eternamente dividida.

Arendt respondió:

—No necesita vivir eternamente unida.

—Eso destruye la voluntad común.

—No existe una voluntad común única para todo.

—¿Entonces qué mantiene unida a la comunidad?

Arendt no respondió inmediatamente.

—El reconocimiento de que el otro tiene derecho a seguir siendo otro.

Rousseau negó con la cabeza.

—Eso es una sociedad de individuos.

—Sí.

—No una comunidad.

—Una comunidad de individuos.

—Una contradicción.

—No. Una dificultad.

Camus intervino:

—Y quizá las sociedades libres consistan precisamente en aprender a soportar esa dificultad sin inventar una verdad común obligatoria.

Rousseau lo miró.

—¿Y si esa dificultad impide actuar?

—Entonces habrá que actuar sin convertir la discrepancia en delito.


La votación comenzó a las ocho.

La ciudad estaba dividida.

Las empresas querían previsibilidad.

Los trabajadores querían conservar sus empleos.

Los barrios más afectados querían agua.

Los menos afectados querían que las restricciones terminaran.

Los hospitales pedían prioridad.

Los agricultores exigían reservas.

Los comerciantes pedían ayudas.

Cada grupo tenía argumentos.

Cada grupo tenía intereses.

Y casi todos hablaban como si sus intereses fueran idénticos al bien común.

Olson habría sonreído.


A las diez, el resultado fue incierto.

La primera propuesta tenía suficientes votos para salir adelante, pero algunos representantes exigían modificaciones.

La segunda tenía apoyo entre quienes temían una recesión.

La tercera contaba con quienes consideraban que la situación exigía medidas extraordinarias.

Entonces llegó una noticia.

Una de las principales reservas había sufrido una avería.

No era una catástrofe.

Pero reducía el margen disponible.

Machiavelli se levantó.

—Ahora sí hay una emergencia.

Mariana respondió:

—Ahora hay una avería.

—Que puede convertirse en emergencia.

—Entonces actúa sobre la avería.

—¿Y si no sabemos cuánto tardará en repararse?

—Precisamente por eso no entregues al poder más autoridad de la necesaria.

Machiavelli se volvió hacia Daniel.

—¿Lo ves?

Daniel asintió.

—¿Qué?

—Nunca hay una decisión sin riesgo.

Daniel miró a Mariana.

—Y tampoco hay una decisión sin límite.


El Gobierno anunció una medida provisional.

Duraría setenta y dos horas.

Pasado ese plazo tendría que ser renovada públicamente.

Los datos serían publicados cada doce horas.

Un comité independiente podría exigir la revisión de la medida.

Y cualquier ciudadano podría impugnarla ante los tribunales.

Mariana asintió.

—Eso es mejor.

Machiavelli no pareció satisfecho.

—Y si dentro de setenta y dos horas la situación es peor.

—Entonces se discutirá de nuevo.

—¿Y si no hay tiempo?

Mariana lo miró.

—Entonces será responsabilidad de quien decida.

Machiavelli sonrió.

—Ahí estamos otra vez.

Daniel comprendió.

La libertad no eliminaba el riesgo.

Las instituciones tampoco.

La ley no evitaba el error.

Sólo impedía, hasta cierto punto, que el error se convirtiera en poder ilimitado.


CLV

El hombre que no quiere elegir

A las once y media, Daniel recibió una llamada.

Era su jefe.

—Han aceptado la investigación.

—¿Y?

—Quieren que declares.

Daniel cerró los ojos.

—De acuerdo.

—Hay una condición.

—¿Cuál?

—Quieren que digas que recibiste instrucciones ambiguas.

Daniel permaneció callado.

—No eran ambiguas.

—Podemos protegerte.

—¿A cambio de qué?

—De que no compliques las cosas.

Daniel sintió que regresaba a una versión antigua de sí mismo.

La que analizaba.

La que buscaba una salida.

La que encontraba una manera de no mentir exactamente, pero tampoco decir toda la verdad.

—¿Qué ocurre si no acepto?

—Probablemente perderás el trabajo.

Daniel miró por la ventana.

—Entonces lo perderé.

—No seas estúpido.

—Puede ser.

—¿No tienes miedo?

Daniel sonrió.

—Sí.

—Entonces ¿por qué?

Daniel respondió:

—Porque tener miedo no convierte una mentira en verdad.

Colgó.


Epicteto estaba sentado solo cuando Daniel entró en la habitación.

—¿Qué has hecho?

—He rechazado una salida cómoda.

—¿Era mala?

—No necesariamente.

—Entonces ¿por qué la rechazaste?

Daniel pensó.

—Porque exigía decir algo que no era verdad.

Epicteto asintió.

—Entonces no has elegido entre comodidad y sufrimiento.

—¿No?

—Has elegido entre ser dueño de tu palabra o venderla.

Daniel se sentó.

—¿Y si pierdo demasiado?

—Entonces tendrás que decidir si aquello que conservas vale el precio.

Daniel sonrió.

—Siempre consigues que parezca sencillo.

—No es sencillo.

—¿Entonces?

—Es claro.


CLVI

El hombre que sí cambia

La investigación duró semanas.

El informe fue corregido.

La empresa recibió una sanción.

Su jefe dimitió.

Daniel perdió su puesto.

Durante un tiempo pensó que había sido un idiota.

No por haber dicho la verdad.

Por creer que decirla no tendría consecuencias.

Las tuvo.

Muchas.

Tuvo que reducir gastos.

Rechazó algunas cosas que antes consideraba normales.

Vendió el coche.

Cambió de piso.

Durante meses vivió con menos.

Y descubrió algo que ninguno de los filósofos había dicho con suficiente claridad.

Cambiar no era sentirse diferente.

Era vivir de otra manera.

La teoría había sido fácil.

La factura no.


Una tarde volvió al café.

Ella estaba allí.

—He oído lo de tu trabajo.

—Sí.

—¿Te arrepientes?

Daniel pensó.

—Algunos días.

Ella sonrió.

—Eso sí parece verdad.

—Lo es.

—¿Y cambiarías lo que hiciste?

—No.

—¿Aunque te haya costado?

Daniel la miró.

—Precisamente porque me ha costado.

Ella permaneció callada.

Después preguntó:

—¿Quieres volver?

Daniel respiró.

Esta vez no contestó inmediatamente.

—No sé.

Ella sonrió.

—Otra vez.

—Sí.

—Pero ahora suena distinto.

—¿Por qué?

—Porque ya no parece que estés esperando que yo decida por ti.

Daniel sonrió.

—No.

—Entonces podemos hablar.

No fue una reconciliación.

No fue un final feliz.

Fue algo más pequeño.

Una posibilidad.

Y Daniel había aprendido que una posibilidad no era una promesa.


CLVII

La última prueba

La crisis del agua terminó dos meses después.

No hubo milagro.

Las reservas se recuperaron.

Las restricciones desaparecieron gradualmente.

Algunos negocios no sobrevivieron.

Otros sí.

Hubo investigaciones.

Hubo dimisiones.

Hubo personas que fueron castigadas.

Hubo otras que nunca asumieron responsabilidad.

Y hubo ciudadanos que, una vez pasado el peligro, empezaron a decir que todo había sido exagerado.

Daniel escuchó una de esas conversaciones en un bar.

—Al final no pasó nada.

Daniel se volvió.

El hombre continuó:

—Todo aquello de la emergencia fue una exageración.

Daniel estuvo a punto de intervenir.

No lo hizo.

Después recordó una de las primeras conversaciones de aquella casa.

No toda mentira debía ser combatida.

No toda discusión necesitaba convertirse en una cruzada.

A veces la verdad consistía también en saber qué batalla no merecía la pena librar.

Pagó su café.

Se levantó.

Y se marchó.


Al llegar a la casa encontró a todos reunidos.

Habían cambiado pocas cosas.

Los libros seguían allí.

La mesa seguía allí.

La silla seguía allí.

Pero Daniel ya no la veía igual.

House estaba de pie junto a ella.

—¿Has terminado?

—No.

—Bien.

House señaló la silla.

—Siéntate.

Daniel se sentó.

House lo observó.

—¿Qué has aprendido?

Daniel pensó unos segundos.

—Que puedo saber lo que debería hacer y no querer hacerlo.

House asintió.

—Eso ya lo sabías.

Daniel frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Que también puedes querer hacerlo y seguir sin hacerlo.

Daniel permaneció callado.

House continuó:

—Porque querer cambiar no es cambiar.

Freud asintió lentamente.

Rogers añadió:

—Y comprenderlo tampoco.

Rand:

—Ni desearlo.

Epicteto:

—Ni prometerlo.

Arendt:

—Hay que actuar.

Machiavelli:

—Y aceptar las consecuencias.

Mariana:

—Y aceptar los límites.

Strauss:

—Y aceptar que quizá te equivoques.

Camus:

—Y aceptar que no habrá una garantía final.

House miró a todos.

—Exactamente.

Después miró a Daniel.

—Ahora ya estás listo.

—¿Para qué?

House sonrió.

—Para descubrir que mañana volverás a mentir.

Daniel soltó una carcajada.

—¿Y entonces todo esto para qué ha servido?

House abrió la puerta.

—Para que quizá la próxima vez te des cuenta antes.

Salió.

Tac.

Tac.

Tac.

Daniel miró a los demás.

Nadie habló.

Por primera vez entendió que aquello no era una conclusión.

Era una vigilancia.

Contra uno mismo.

Contra la comodidad.

Contra la necesidad de tener razón.

Contra la tentación de convertir una explicación en una excusa.

Contra la vieja costumbre de esperar que cambien los demás.

Freud cerró su libro.

Rogers se levantó.

Rand recogió sus papeles.

Arendt apagó la pantalla.

Strauss permaneció unos segundos mirando la silla.

Después dijo:

—No hemos resuelto la cuestión humana.

Daniel respondió:

—No.

—¿Y eso no te preocupa?

Daniel negó con la cabeza.

—Ahora me preocupa más que antes.

Strauss sonrió.

—Entonces quizá hayamos avanzado.

La casa quedó en silencio.

Y esta vez el silencio no parecía esperar una respuesta.

Parecía exigir una decisión.

Daniel se levantó.

Miró la silla.

Y salió.

No sabía qué haría al día siguiente.

Pero ya no esperaba que alguien viniera a decírselo.

CLVIII

Después de la tormenta

La crisis había terminado.

Eso era, al menos, lo que decían los periódicos.

El agua había vuelto a los niveles habituales. Las restricciones habían desaparecido. Las empresas habían reanudado su actividad. Los políticos habían empezado a atribuirse el mérito de las decisiones que habían tomado durante la emergencia.

Como siempre, el final de una crisis producía una extraña ilusión.

Parecía que todo había vuelto a ser como antes.

No era verdad.

Las personas habían cambiado de opinión.

Algunas habían perdido el trabajo.

Otras habían ganado contratos.

Algunas habían descubierto que las instituciones funcionaban.

Otras habían descubierto que no funcionaban para ellas.

Unas habían aprendido a desconfiar del Gobierno.

Otras habían aprendido a desconfiar de quienes desconfiaban del Gobierno.

La crisis había terminado.

El conflicto no.


Daniel volvió a su antiguo barrio.

Había pasado meses sin regresar.

Entró en un pequeño bar.

El camarero lo reconoció.

—¿Ya has encontrado trabajo?

—Sí.

—¿Dónde?

Daniel se lo dijo.

—¿Y qué tal?

—Bien.

—¿Mejor que antes?

Daniel pensó.

—Distinto.

El camarero soltó una carcajada.

—Siempre contestas así ahora.

—¿Así cómo?

—Como si tuvieras que pensar antes de hablar.

Daniel sonrió.

—Antes hablaba para no tener que pensar después.

—¿Y ahora?

—Ahora pienso para poder hablar.

El camarero dejó el vaso sobre la barra.

—Eso parece agotador.

—Lo es.


En la televisión hablaban de la crisis.

Un político defendía las medidas adoptadas.

—Actuamos con responsabilidad y evitamos una situación mucho peor.

Otro respondía:

—No. Fueron nuestras propuestas las que evitaron el desastre.

Un tercero:

—Si hubieran seguido nuestras recomendaciones, habría sido mucho más sencillo.

Daniel miró la pantalla.

El camarero señaló el televisor.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Ahora todos ganaron.

Daniel sonrió.

—Eso sí que no cambia nunca.

Pero entonces recordó algo.

La necesidad de tener razón podía ser otra forma de mentira.

No sólo para los políticos.

También para él.

Porque había una tentación muy poderosa en toda discusión:

convertir una decisión razonable en una prueba de que uno había tenido razón desde el principio.

La vida no funcionaba así.

Una decisión podía ser razonable y producir malos resultados.

Otra podía ser discutible y producir buenos.

Podía acertarse por malas razones.

Podía equivocarse por buenas.

La historia posterior no convertía automáticamente una decisión en correcta.

Daniel pidió otro café.


CLIX

La segunda ciudad

Aquella noche volvió a la casa.

No esperaba encontrar a nadie.

Encontró a todos.

Pero algo había cambiado.

Había una mesa nueva.

Más grande.

Sobre ella descansaban mapas, informes y una urna.

Daniel se detuvo.

—¿Qué es eso?

Brennan respondió:

—Una propuesta.

—¿De qué?

—De cómo elegir determinadas autoridades locales.

Daniel miró la urna.

—¿Elecciones?

—No.

—¿Entonces?

Rogers habló:

—Sorteo.

Daniel miró a Brennan.

—¿En serio?

—En serio.

Jason Brennan se levantó.

—La propuesta consiste en seleccionar por sorteo una parte de los miembros de determinados órganos ciudadanos.

—¿Para gobernar?

—No directamente.

—¿Entonces?

—Para deliberar, revisar y controlar determinadas decisiones.

Daniel miró a Aristóteles.

—¿Qué opinas?

Aristóteles no respondió inmediatamente.

—Que depende de qué ciudadanos, para qué funciones y bajo qué reglas.

Brennan sonrió.

—Eso es exactamente lo que estamos discutiendo.

Rand tomó uno de los documentos.

—¿Quién puede ser seleccionado?

—Cualquier ciudadano que cumpla determinadas condiciones legales.

—¿Y si no sabe nada?

Brennan respondió:

—Recibiría formación previa.

—¿Y si sigue sin saber nada?

—Entonces podrá escuchar a expertos.

Rand dejó el documento.

—¿Y quién elige a los expertos?

Brennan sonrió.

—Ahora empiezas a comprender el problema.


Olson intervino.

—Hay otro problema.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—El ciudadano sorteado puede no tener incentivos para dedicar meses a estudiar una cuestión compleja.

Aristóteles respondió:

—Puede tener el incentivo de proteger su propia ciudad.

—Eso no siempre basta.

—Tampoco basta el incentivo del político profesional.

Brennan asintió.

—Exacto.

Daniel miró la urna.

—Entonces el sorteo no resuelve nada.

—No —dijo Rogers—. Cambia el problema.

Strauss añadió:

—Y eso puede ser útil.

—¿Por qué?

—Porque toda forma de gobierno resuelve algunos problemas y crea otros.

Daniel recordó aquella frase.

Durante mucho tiempo había buscado una solución que eliminara los conflictos.

Ahora empezaba a sospechar que la política consistía precisamente en impedir que un conflicto inevitable se transformara en dominación.


Machiavelli tomó la urna.

—¿Y quién controla a los sorteados?

Brennan respondió:

—La ley.

Mariana negó con la cabeza.

—No basta.

—¿Por qué?

—Porque quien interpreta la ley también tiene poder.

Montesquieu añadió:

—Por eso necesitamos controles cruzados.

Rousseau intervino:

—Y una voluntad política capaz de actuar.

Arendt respondió:

—Pero sin convertir esa voluntad en una autoridad absoluta.

Strauss observó:

—Y volvemos al mismo lugar.

Daniel sonrió.

—Siempre volvemos al mismo lugar.

Camus lo miró.

—Porque quizá el problema esté ahí.


CLX

El hombre que quiere una respuesta

Daniel cogió una silla.

—Tengo una pregunta.

House, que había permanecido callado, dijo:

—Mala señal.

Daniel ignoró el comentario.

—¿Existe alguna forma de gobierno que permita tomar decisiones sin que nadie pueda apropiarse del poder?

Silencio.

House levantó una mano.

—No.

—Gracias.

—No he terminado.

—Adelante.

—Tampoco existe una forma de gobierno que permita evitar que los gobernados se comporten como idiotas.

Brennan soltó una carcajada.

—Eso es más discutible.

House lo miró.

—No mucho.

Daniel insistió:

—Entonces, ¿qué queda?

Arendt respondió:

—Instituciones.

Mariana:

—Límites.

Montesquieu:

—Contrapesos.

Aristóteles:

—Ciudadanos.

Olson:

—Organización.

Brennan:

—Competencia.

Strauss:

—Criterios sobre lo justo.

Rogers:

—Capacidad de escuchar.

Rand:

—Responsabilidad individual.

Freud:

—Conocimiento de nuestras propias motivaciones.

Epicteto:

—Dominio de nosotros mismos.

Machiavelli:

—Realismo.

Camus:

—Y ninguna garantía.

Daniel los miró.

—Eso es una lista.

House respondió:

—Claro.

—¿Y qué hacemos con ella?

House se encogió de hombros.

—Intentar no estropearla.


CLXI

La tentación de la solución definitiva

Durante las semanas siguientes, la propuesta del sorteo ganó apoyo.

No porque todos estuvieran convencidos.

Precisamente porque nadie lo estaba.

Los defensores decían que introducir ciudadanos elegidos al azar podía reducir el peso de los partidos y de los grupos organizados.

Los críticos respondían que el azar no producía competencia.

Otros señalaban que la formación previa podía convertirse en una forma de adoctrinamiento.

Algunos proponían combinar elección y sorteo.

Otros querían órganos distintos para funciones distintas.

La discusión se hizo interminable.

Daniel empezó a impacientarse.

—Necesitamos decidir.

Aristóteles lo miró.

—¿Por qué?

—Porque no podemos discutir eternamente.

—Cierto.

—Entonces votemos.

—¿Sobre qué?

Daniel miró los documentos.

—Sobre la propuesta.

—¿Cuál?

Daniel permaneció callado.

Había varias.

Ninguna era perfecta.

Y de repente comprendió algo.

Había estado buscando una opción que pudiera votar sin asumir que alguna consecuencia desagradable sería suya.

No existía.


—La solución definitiva es una fantasía —dijo Strauss.

—¿Siempre? —preguntó Daniel.

—En política, especialmente.

—Entonces ¿qué buscamos?

—Una estructura que haga difícil que nuestros errores se conviertan en catástrofes.

Daniel asintió.

—Eso es mucho menos atractivo.

—Precisamente por eso suele ser más realista.

House intervino desde el fondo.

—La gente no quiere sistemas que funcionen.

Todos lo miraron.

—Quiere sistemas que le hagan sentir que tiene razón.

Nadie contestó.

House sonrió.

—Mucho más barato.


CLXII

La mentira más peligrosa

Esa noche, Daniel caminó con Freud.

—¿Sabes cuál creo que es la mentira más peligrosa? —preguntó Freud.

—¿Cuál?

—La que no necesitamos que nadie nos diga.

—¿La que nos contamos nosotros mismos?

—Sí.

—¿Por qué es más peligrosa?

Freud se detuvo.

—Porque no necesita un mentiroso.

Daniel pensó en Trivers.

—¿Y cómo sabemos que nos estamos engañando?

—No lo sabemos siempre.

—Entonces estamos atrapados.

—No.

—¿Qué hacemos?

Freud continuó caminando.

—Buscar aquello que no queremos encontrar.

—¿Y cómo?

—Preguntando qué perderíamos si nuestra creencia fuese falsa.

Daniel se quedó quieto.

Aquella pregunta le pareció brutal.

Porque podía aplicarse a todo.

¿Qué perdería si estuviera equivocado sobre mi pasado?

¿Qué perdería si estuviera equivocado sobre aquella persona?

¿Qué perdería si estuviera equivocado sobre mis capacidades?

¿Qué perdería si estuviera equivocado sobre la política?

¿Qué perdería si estuviera equivocado sobre mí mismo?

La respuesta era siempre la misma.

Algo.

Algo que quería conservar.


CLXIII

El último experimento

La propuesta institucional fue finalmente aprobada.

No era la propuesta inicial.

Ni la de los partidarios del sorteo.

Ni la de sus adversarios.

Era una mezcla.

Una parte de los miembros sería elegida por voto.

Otra, por sorteo.

Los ciudadanos sorteados tendrían formación independiente.

Los expertos podrían ser convocados, pero sus informes serían públicos.

Las decisiones tendrían que justificar sus costes.

Habría plazos de revisión.

Y ningún órgano tendría poder ilimitado.

Daniel leyó el texto.

—No me gusta del todo.

Aristóteles respondió:

—Eso puede ser una buena señal.

—¿Por qué?

—Porque significa que no has convertido tu propuesta en una religión.

Daniel sonrió.

—¿Y si fracasamos?

—Entonces aprenderemos qué parte ha fallado.

—¿Y si funciona?

—Entonces alguien dirá que siempre fue evidente.

Daniel soltó una carcajada.

—Eso sí lo creo.


La primera sesión del nuevo órgano comenzó un mes después.

Entre los ciudadanos sorteados había una enfermera, un mecánico, una profesora, un pequeño empresario, una estudiante, un jubilado, un conductor de autobús y un hombre que llevaba veinte años trabajando en una fábrica.

No parecían héroes.

No pretendían serlo.

Algunos estaban nerviosos.

Otros hablaban demasiado.

Uno no entendía los informes técnicos.

Otro hacía preguntas extraordinariamente precisas.

Una mujer permaneció callada durante horas.

Al final levantó la mano.

—Tengo una pregunta.

El presidente la miró.

—Adelante.

—¿Quién paga esto?

Silencio.

El experto respondió con cifras.

Ella insistió:

—No. Quiero saber quién paga.

Daniel sonrió.

La silla estaba allí.

De nuevo.

Siempre.


CLXIV

La última conversación

Pasaron varios meses.

Daniel volvió a ver a ella con frecuencia.

No volvieron inmediatamente a vivir juntos.

Tampoco lo necesitaban.

Habían aprendido algo que no habían entendido antes.

Una relación no era una promesa de permanencia.

Era una decisión repetida.

Cada día.

Cada uno podía marcharse.

Precisamente por eso quedarse tenía significado.

Una noche ella le preguntó:

—¿Sigues pensando tanto?

Daniel sonrió.

—Sí.

—¿Y sigues teniendo miedo?

—Sí.

—¿Y sigues mintiendo?

Daniel la miró.

—Sí.

Ella se echó a reír.

—Entonces no has cambiado tanto.

Daniel negó con la cabeza.

—He cambiado una cosa.

—¿Cuál?

—Ahora sé que puedo estar mintiendo aunque crea sinceramente lo que digo.

Ella dejó de reír.

—Eso parece peligroso.

—Lo es.

—¿Y qué haces?

Daniel respondió:

—Intento encontrar aquello que no quiero perder si admito que puedo estar equivocado.

Ella lo miró durante unos segundos.

—Eso sí es diferente.

Daniel asintió.

—Lo sé.


CLXV

Nadie sale limpio

La casa estaba casi vacía.

Habían ido desapareciendo poco a poco.

Primero los que tenían otros asuntos.

Después los que habían comprendido que el debate podía continuar indefinidamente.

Finalmente quedaron unos pocos.

Freud.

Rogers.

Rand.

Arendt.

Strauss.

Machiavelli.

Mariana.

Aristóteles.

Epicteto.

Marco Aurelio.

Camus.

Y Daniel.

House no estaba.

—¿Dónde está? —preguntó Daniel.

Nadie respondió.

Entonces se oyó su voz desde el pasillo.

—Aquí.

Entró.

Llevaba una carpeta.

La dejó sobre la mesa.

—¿Qué es eso? —preguntó Daniel.

—La última prueba.

Abrió la carpeta.

Había una sola hoja.

Daniel la leyó.

Era una pregunta.

«¿Qué cambiarías si supieras que nadie va a darte las gracias?»

Daniel levantó la mirada.

House sonreía.

—Ésa es la pregunta —dijo.

Rand negó con la cabeza.

—No.

House la miró.

—¿No?

—La pregunta es qué cambiarías aunque nadie te lo agradeciera.

House sonrió.

—Mucho mejor.

Rogers añadió:

—Y quizá también qué no cambiarías aunque todo el mundo te lo exigiera.

Strauss intervino:

—Ahora tenemos dos extremos.

Arendt:

—Y entre ambos está la responsabilidad.

Machiavelli:

—Y las consecuencias.

Mariana:

—Y el límite.

Camus:

—Y la incertidumbre.

Epicteto:

—Y aquello que depende de nosotros.

Marco Aurelio:

—Y aquello que no.

Daniel miró la hoja.

Después la dobló.

—¿Y qué hacemos ahora?

House respondió:

—Ahora viene la parte que no puedo hacer por ti.

Daniel lo miró.

—¿Cuál?

House señaló la puerta.

—Salir de aquí.

Daniel comprendió.

No había una última teoría.

No había una respuesta definitiva.

No había una fórmula.

Sólo quedaba llevarse todo aquello al mundo real.

Donde la gente mentía.

Donde la gente obedecía.

Donde la gente deseaba poder.

Donde la gente tenía miedo.

Donde la gente se justificaba.

Donde la gente amaba.

Donde la gente traicionaba.

Donde la gente podía cambiar.

Y, sobre todo, donde nadie estaba obligado a hacerlo.

Daniel abrió la puerta.

Pero antes de cruzarla se volvió.

—House.

—¿Qué?

—¿Tú has cambiado?

House permaneció en silencio.

Todos esperaron.

Finalmente respondió:

—No.

Daniel sonrió.

—¿Seguro?

House lo miró.

—No.

Y por primera vez todos rieron.

Incluso Strauss.

Incluso Rand.

Incluso Freud.

House salió.

Tac.

Tac.

Tac.

Daniel se quedó unos segundos más.

Después salió detrás de él.

La puerta se cerró.

Y la casa quedó vacía.

Pero la discusión no había terminado.

Sólo había cambiado de lugar.

Ahora estaba fuera.

En cada hombre.

En cada decisión.

En cada mentira.

En cada ocasión en que alguien dijera:

«No puedo hacer otra cosa.»

Y, quizá, en cada ocasión en que otro respondiera:

«Sí puedes. Pero tendrás que pagar el precio.»

CLXVI

La casa después de la casa

Durante los días siguientes, Daniel descubrió que salir de aquella casa no significaba haber salido de ella.

Las conversaciones continuaban dentro de su cabeza.

No como voces.

Como hábitos.

Antes de tomar una decisión se preguntaba qué diría Freud.

Antes de juzgar a alguien pensaba en Rogers.

Cuando alguien hablaba de libertad, Rand aparecía inmediatamente.

Cuando alguien justificaba una obediencia, Arendt.

Cuando alguien invocaba una emergencia, Mariana.

Cuando alguien hablaba del poder como si fuera una abstracción, Machiavelli.

Cuando alguien confundía el número con la razón, Strauss.

Cuando alguien decía que la gente debía ser más competente, Brennan.

Y cuando él mismo comenzaba a construir una explicación demasiado perfecta, aparecía House.

¿Qué estás intentando no hacer?

Aquella pregunta se había convertido en una molestia.

Una molestia útil.


Había conseguido trabajo en una pequeña empresa.

No era el puesto que había tenido antes.

Ganaba menos.

Tenía menos prestigio.

Pero, por primera vez en muchos años, no había aceptado el trabajo para demostrar nada.

El primer día, su nuevo jefe le dijo:

—Aquí somos una familia.

Daniel sonrió.

El hombre pareció desconcertado.

—¿Qué?

—Nada.

—¿No te gusta la frase?

—Me gusta demasiado poco.

—¿Por qué?

Daniel dejó la carpeta sobre la mesa.

—Porque las familias pueden pedir cosas que una empresa no debería pedir.

El jefe se echó a reír.

—Tienes sentido del humor.

Daniel pensó que quizá sí.

O quizá acababa de cometer su primer error en el nuevo trabajo.


La segunda semana tuvo una discusión con un compañero.

El hombre había cometido un error.

Daniel lo señaló.

—No fui yo —respondió el otro.

—No he dicho que fueras tú.

—Pues parece que me estás culpando.

Daniel se detuvo.

Antes habría empezado a explicar.

La presión.

El procedimiento.

Las circunstancias.

La cadena de decisiones.

Esta vez preguntó:

—¿Has cometido el error?

—Sí.

—Entonces arreglémoslo.

El hombre lo miró.

—¿No vas a decirme que es culpa mía?

—Acabas de hacerlo tú.

—¿Y no vas a decirme que no es culpa mía?

Daniel negó con la cabeza.

—Tampoco.

El otro permaneció unos segundos en silencio.

—Eres raro.

—Eso ya me lo habían dicho.


Esa tarde Daniel recibió una llamada de su antiguo jefe.

No quería contestar.

Contestó.

—¿Qué quieres?

—Hablar.

—¿De qué?

—De lo ocurrido.

Daniel se sentó.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ya lo sabes.

—Quiero que lo digas tú.

Hubo silencio.

—Cometí un error.

Daniel no respondió.

—Y te pedí que lo cubrieras.

—Sí.

—No debería haberlo hecho.

Daniel respiró.

—No.

—He perdido el puesto.

—Lo sé.

—Te odio por haber hablado.

Daniel cerró los ojos.

Aquella frase dolía.

Más de lo que esperaba.

—Lo entiendo.

—No. No lo entiendes.

—Probablemente no.

—¿No vas a defenderte?

Daniel pensó en House.

Después en Rogers.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no puedo convertir mi explicación en una manera de impedir que estés enfadado conmigo.

El hombre no respondió.

Después dijo:

—Eso es lo que más me molesta de ti.

—¿Qué?

—Que ahora parece que has aprendido a no necesitar que te perdonen.

Daniel miró por la ventana.

—Todavía lo necesito.

—¿Entonces?

—Pero ya no creo que tengas la obligación de hacerlo.

La llamada terminó poco después.

Daniel se quedó mirando el teléfono.

Había dicho la verdad.

Y no había servido para arreglar nada.

Eso también era una lección.


CLXVII

Freud vuelve a casa

Freud recibió una carta.

No era de Daniel.

Era de Rogers.

Una sola página.

«Creo que hemos hablado demasiado del cambio y demasiado poco de la resistencia al cambio.»

Freud sonrió.

Tomó una pluma.

Respondió:

«Porque la resistencia es menos interesante cuando la observamos en los demás.»

Rogers leyó la respuesta y sonrió.

Se encontraron dos días después.

—Te has vuelto insolente —dijo Rogers.

—Siempre lo fui.

—Antes eras más educado.

—Antes necesitaba menos honestidad.

Rogers se sentó.

—¿Crees que el hombre quiere cambiar?

Freud tardó.

—A veces.

—¿Y las demás veces?

—Quiere los beneficios del cambio sin soportar su coste.

Rogers asintió.

—Eso es bastante duro.

—No. Es bastante humano.

—¿Y tú?

Freud lo miró.

—Yo también.

—¿Qué no quisiste cambiar?

Freud guardó silencio.

Rogers esperó.

—Mi necesidad de tener razón —dijo finalmente.

Rogers sonrió.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—Por eso ha sido difícil admitirlo.


Aquella noche Freud volvió a casa.

Su mujer había dejado un libro sobre la mesa.

No había nota.

Freud lo abrió.

Era uno de los libros que habían discutido durante aquella extraña reunión.

Sonrió.

Había pasado meses hablando de la conducta humana.

Y ahora comprendía algo mucho más sencillo.

Las personas que te conocen desde hace años pueden descubrir tus cambios antes que tú.

Y también pueden recordar tus viejas mentiras cuando tú ya has empezado a olvidar que las contabas.

Cerró el libro.

Fue a la cocina.

—¿Quieres cenar? —preguntó.

Desde otra habitación llegó la respuesta:

—Sí.

Freud preparó la cena.

Sin analizar nada.

Por una vez.


CLXVIII

Rogers y el hombre que no quería ser comprendido

Rogers recibió a un paciente nuevo.

El hombre se sentó.

—Quiero que me diga qué me pasa.

Rogers sonrió.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no te conozco.

—Entonces ¿para qué he venido?

—Para que podamos descubrirlo.

El hombre se mostró irritado.

—Eso es una evasiva.

Rogers asintió.

—Puede parecerlo.

—Necesito una respuesta.

—Y quizá yo no pueda dártela.

—Entonces usted no sirve para esto.

Rogers sintió una punzada.

Durante años había aprendido a no tomarse personalmente aquellas palabras.

Pero ahora comprendió algo nuevo.

Aceptar al otro no significaba que no doliera ser rechazado.

Significaba no convertir ese dolor en una excusa para controlar al otro.

—Quizá tengas razón —dijo.

El hombre lo miró sorprendido.

—¿Eso es todo?

—No. Si quieres quedarte, podemos seguir hablando.

—¿Y si no quiero?

—Te irás.

El hombre se levantó.

Llegó hasta la puerta.

Se detuvo.

—Volveré mañana.

Rogers no sonrió.

No quiso convertir aquel regreso en una victoria.

—De acuerdo.

Cuando la puerta se cerró, Rogers comprendió algo.

Había pasado media vida defendiendo la libertad del paciente.

Pero sólo recientemente había comprendido lo difícil que era practicarla cuando el resultado podía ser que el paciente se marchara.


CLXIX

Rand y la grieta

Rand estaba furiosa.

No con Daniel.

No con Rogers.

Con ella misma.

Había leído un ensayo en el que alguien utilizaba algunas de sus ideas para justificar una forma de individualismo tan radical que cualquier obligación hacia los demás era presentada como una forma de servidumbre.

Arrojó el papel sobre la mesa.

—Esto no es lo que dije.

El hombre que estaba con ella respondió:

—Pero es una interpretación posible.

—No.

—¿Por qué?

—Porque elimina algo esencial.

—¿Qué?

Rand permaneció callada.

Finalmente dijo:

—Que vivir entre hombres libres exige reconocer que los demás también son fines en sí mismos.

El hombre sonrió.

—Eso se parece bastante a lo que has criticado durante años.

Rand lo miró.

—Entonces quizá algunas de mis críticas necesitaban ser afinadas.

—¿Eso es una retractación?

—No.

—¿Entonces?

—Es una corrección.

—¿Y cuál es la diferencia?

Rand respondió:

—Que una persona que se niega a corregirse para proteger su reputación ha dejado de amar la verdad.

El hombre guardó silencio.

Rand también.

Aquella noche escribió durante horas.

No cambió sus principios.

Pero sí una formulación.

Y le costó.

Porque las personas pueden soportar que otros cambien de opinión.

Lo que les cuesta mucho más es admitir que una parte de su propia identidad se construyó alrededor de una idea que necesitaba ser revisada.


CLXX

Machiavelli pierde una batalla

Machiavelli había sido invitado a una reunión de gobierno.

No como gobernante.

Como asesor.

Había aconsejado una medida.

La medida fracasó.

Un funcionario le preguntó:

—¿Qué hacemos ahora?

Machiavelli respondió:

—Reconocer que me equivoqué.

El funcionario lo miró sorprendido.

—¿Así de sencillo?

—No.

—¿Entonces?

—Ahora debemos descubrir por qué.

—¿Y si la culpa fue de otros?

Machiavelli sonrió.

—Entonces habremos aprendido algo sobre ellos.

—¿Y si fue nuestra?

—Entonces habremos aprendido algo sobre nosotros.

—¿Y si no sabemos?

Machiavelli levantó las manos.

—Entonces no sabemos.

El funcionario se quedó mirándolo.

—No parece usted el mismo hombre.

Machiavelli respondió:

—No confundas experiencia con infalibilidad.

Y salió.

Afuera, solo, sonrió.

Había descubierto que admitir un error no debilitaba necesariamente al poder.

A veces lo hacía más creíble.

Pero también sabía algo que no diría en público:

un gobernante que reconoce todos sus errores puede parecer débil.

Un gobernante que no reconoce ninguno acaba siendo ciego.

El problema era saber dónde estaba la línea.


CLXXI

Strauss y el alumno

Strauss recibió a un joven estudiante.

—Tengo una pregunta —dijo el muchacho.

—Eso espero.

—¿Cómo sabemos quién debería gobernar?

Strauss lo miró.

—No lo sabemos.

El joven pareció decepcionado.

—Pero usted ha escrito sobre ello.

—Sí.

—Entonces debería tener una respuesta.

—Tengo preguntas mejores.

—¿Cuáles?

Strauss se inclinó hacia él.

—¿Quién tiene el poder? ¿Quién tiene derecho a tenerlo? ¿Quién debería tenerlo? ¿Qué significa justicia? ¿Qué límites debe tener el gobernante? ¿Qué ocurre cuando quienes gobiernan dicen actuar por nuestro bien?

El joven frunció el ceño.

—Eso no responde.

—No.

—Entonces ¿para qué sirve la filosofía?

Strauss sonrió.

—Para impedir que una respuesta demasiado rápida cierre una pregunta demasiado importante.

—Eso parece poco.

—Es muchísimo.


CLXXII

Arendt y la plaza

Arendt caminó por una plaza llena de gente.

Había una protesta.

No sabía qué defendían.

Se detuvo.

Escuchó.

Algunos gritaban consignas.

Otros repartían folletos.

Un hombre insultaba a otro.

Una mujer intentaba explicar una propuesta.

Dos jóvenes discutían sobre cifras que ninguno parecía haber comprobado.

Arendt sonrió.

Aquello era desordenado.

Era imperfecto.

Era irritante.

Y, sin embargo, allí había algo que ninguna teoría podía sustituir.

Personas hablando entre ellas sin que nadie hubiese decidido previamente lo que tenían que pensar.

Un joven se acercó.

—¿Está de acuerdo con nosotros?

Arendt lo miró.

—No lo sé.

—¿Cómo que no?

—Todavía no os he escuchado suficiente.

—¿Entonces qué hace aquí?

Arendt respondió:

—Escuchar.

El joven sonrió.

—Eso no sirve de mucho.

Arendt siguió caminando.

—A veces es lo único que impide que los hombres conviertan su primera impresión en una orden.


CLXXIII

Daniel vuelve a la casa

Daniel regresó a la casa seis meses después.

La encontró cerrada.

La puerta no estaba con llave.

Entró.

Todo estaba casi igual.

Pero había polvo.

Mucho polvo.

La mesa.

Los libros.

La silla.

El viejo reloj.

Todo permanecía.

Sólo faltaban las voces.

Daniel recorrió las habitaciones.

En una encontró un papel.

Reconoció la letra de House.

«Si estás leyendo esto, has vuelto. Mala señal.»

Daniel sonrió.

Debajo había otra frase:

«La casa no era el lugar donde estaban las respuestas.»

Daniel siguió leyendo.

«Era el lugar donde ya no podías fingir que no conocías las preguntas.»

Daniel dejó el papel.

Se sentó.

Por primera vez aquella silla no le pareció una amenaza.

Tampoco un símbolo.

Era simplemente una silla.

Y quizá eso era lo más importante.

Había pasado demasiado tiempo convirtiendo las cosas en símbolos para no tener que enfrentarse a ellas como realidades.

La silla no decidía.

Él sí.

La silla no asumía consecuencias.

Él sí.

La silla no podía mentirse.

Él sí.

Se levantó.

Fue hacia la ventana.

Fuera había empezado a llover.


La puerta se abrió.

Daniel se volvió.

Era House.

—Te has quedado con mi silla.

—Pensé que era de todos.

—No.

House se acercó.

—Es de quien se sienta.

Daniel sonrió.

—¿Y tú?

—Yo prefiero apoyarme.

—Claro.

House miró la habitación.

—¿Has cambiado?

Daniel pensó.

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para darme problemas.

House sonrió.

—Eso es una respuesta decente.

Daniel señaló la silla.

—¿Y tú?

House apoyó el bastón.

—No.

—¿Nada?

—No.

Daniel lo miró.

House añadió:

—Pero he cambiado de opinión sobre una cosa.

Daniel esperó.

—Pensaba que la gente no cambia.

—¿Y ahora?

House se sentó.

—Creo que cambia.

—¿Eso es todo?

—No.

House lo miró.

—Creo que cambia cuando descubre que seguir igual cuesta más.

Daniel permaneció callado.

—¿Y tú cómo lo descubriste?

House sonrió.

—Eso no te lo voy a contar.

—¿Por qué?

—Porque todavía me queda alguna mentira.

Daniel se echó a reír.

House también.

Y durante unos segundos la habitación dejó de parecer una sala de debate.

Parecía simplemente una habitación.

Dos hombres sentados.

Dos hombres que sabían que seguían teniendo miedo.

Que seguían equivocándose.

Que seguían mintiendo.

Pero que habían descubierto algo que al principio parecía demasiado pequeño para merecer una novela:

que cambiar no consistía en convertirse en otro hombre.

Consistía en dejar de utilizar al hombre que uno había sido como excusa para no ser responsable del que podía llegar a ser.

House se levantó.

—Vamos.

—¿Adónde?

—A comer.

—¿Eso es una invitación?

—No.

—¿Entonces?

—Tengo hambre.

Daniel cogió el abrigo.

Salieron juntos.

La puerta quedó abierta.

La casa, vacía.

La silla, sola.

Y, por primera vez, aquello no significó nada.

Porque ya no hacía falta.

El mundo estaba ahí fuera.

Y allí, precisamente allí, comenzaba de verdad la prueba.

CLXXIV

La prueba empieza de nuevo

El restaurante estaba casi vacío.

House eligió una mesa junto a la ventana.

—¿Qué quieres?

—Lo que tú quieras.

House lo miró.

—Mal comienzo.

—¿Por qué?

—Porque llevas meses intentando decidir por ti mismo y ahora me entregas hasta la cena.

Daniel sonrió.

—Entonces elegiré yo.

—Mejor.

Pidieron.

Durante unos minutos comieron en silencio.

Daniel miraba a House de vez en cuando.

Finalmente preguntó:

—¿Por qué volviste a la casa?

House dejó los cubiertos.

—Porque sabía que volverías tú.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene.

—¿Cómo podías saberlo?

—No lo sabía.

Daniel sonrió.

—Entonces mentiste.

House señaló con el tenedor.

—Exactamente.

—¿Y por qué?

—Porque algunas mentiras son más cómodas que decir «no sé».

Daniel se quedó mirándolo.

—¿Eso lo has aprendido allí?

—No. Eso lo aprendí hace mucho.

—Entonces, ¿qué aprendiste?

House tardó.

—Que algunas personas pueden pasar toda su vida explicando por qué no pueden cambiar.

—¿Y?

—Y que algunas terminan haciéndolo.

—¿Daniel?

House lo miró.

—Sí.

Daniel bajó la vista.

No supo qué responder.


CLXXV

Una llamada inesperada

La llamada llegó dos días después.

Era de la mujer con la que Daniel había estado intentando reconstruir su relación.

—¿Puedes hablar?

—Sí.

—Quiero verte.

Daniel sintió una mezcla de alegría y miedo.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—De acuerdo.

Hubo silencio.

—Daniel.

—Sí.

—No quiero que volvamos a lo de antes.

Daniel cerró los ojos.

—Yo tampoco.

—No sabes lo que quiero decir.

—Probablemente no.

—Quiero decir que no quiero que intentemos reconstruir exactamente la relación que teníamos.

Daniel permaneció callado.

—¿Entonces?

—Quiero saber si podemos construir otra.

Daniel sonrió.

—Sí.

—No me digas que sí tan rápido.

—Perdón.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Otra vez quieres solucionar la conversación.

Daniel soltó una carcajada.

—Es verdad.

—Pues no.

—¿No?

—No quiero que soluciones nada.

—¿Qué quieres?

—Que estés.

Daniel se quedó callado.

—Puedo estar.

—Eso ya lo veremos.

La llamada terminó.

Daniel permaneció unos segundos con el teléfono en la mano.

No había promesa.

Pero tampoco era necesario que la hubiera.

Por primera vez comprendió que algunas cosas no se deciden de una vez.

Se construyen.

Y precisamente porque pueden romperse, exigen cuidado.


CLXXVI

La vieja tentación

El trabajo nuevo empezó a complicarse.

La empresa atravesaba dificultades.

El director pidió a Daniel que elaborara un informe para convencer a los inversores de que la situación era mejor de lo que realmente era.

Daniel leyó las cifras.

No eran falsas.

Pero estaban seleccionadas.

Una parte de la realidad quedaba fuera.

Su director lo llamó.

—No te estoy pidiendo que mientas.

Daniel lo miró.

—No.

—Sólo que presentes los datos de la manera adecuada.

—¿Adecuada para quién?

El director sonrió.

—Para la empresa.

Daniel recordó a Orwell.

Recordó a Trivers.

Recordó la conversación sobre la verdad.

—Entonces sí me estás pidiendo que mienta.

El director se irritó.

—No seas infantil.

—No lo soy.

—Todos los informes hacen eso.

—Entonces todos los informes pueden engañar.

—¿Vas a negarte?

Daniel respiró.

La antigua tentación regresó.

Podía hacerlo.

No era una falsificación.

No habría una firma falsa.

No habría una cifra inventada.

Sólo habría una selección.

Una manera de presentar las cosas.

Nada espectacular.

Nada que pudiera llevarlo ante un tribunal.

Precisamente por eso era peligroso.

—Sí —dijo.

—¿Sí qué?

—Me niego.

El director lo miró.

—Te estás jugando el puesto.

Daniel respondió:

—Lo sé.


Aquella noche, Daniel recibió una llamada de House.

—He oído que vuelves a hacerte enemigos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque eres previsible.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Entonces ¿por qué llamas?

—Para comprobar si todavía eres capaz de hacer algo que te perjudique sin que nadie te obligue.

Daniel sonrió.

—Sí.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—No.

House hizo una pausa.

—Ten cuidado con una cosa.

—¿Con cuál?

—No conviertas el cambio en una nueva forma de orgullo.

Daniel dejó de sonreír.

—¿Qué quieres decir?

—Antes podías decir: «No puedo cambiar».

—Sí.

—Ahora puedes empezar a decir: «Yo sí he cambiado, a diferencia de los demás».

Daniel guardó silencio.

House continuó:

—Ser mejor que antes no te convierte en mejor que los demás.

—Entendido.

—No.

—¿No?

—Lo entenderás cuando te pase.

Y colgó.


CLXXVII

El nuevo peligro

Daniel no tardó en descubrir que House tenía razón.

Durante una comida, alguien criticó al Gobierno por la gestión de la crisis del agua.

Daniel respondió.

Explicó.

Argumentó.

Citó datos.

El hombre terminó diciéndole:

—Pareces un político.

Daniel se sintió satisfecho.

Había ganado la discusión.

Entonces recordó a House.

No conviertas el cambio en una nueva forma de orgullo.

Se detuvo.

—Espera.

—¿Qué?

—Creo que estoy intentando tener razón.

El hombre lo miró.

—¿Y?

—Y eso no es lo mismo que intentar comprenderte.

—Entonces ¿qué quieres?

Daniel sonrió.

—Saber por qué piensas así.

El hombre tardó unos segundos.

Después empezó a hablar.

Daniel escuchó.

No cambió de opinión.

Pero tampoco lo necesitaba.


CLXXVIII

El regreso de los viejos enemigos

La ciudad volvió a enfrentarse a una crisis.

Esta vez no era agua.

Era energía.

Un invierno especialmente duro había reducido las reservas y disparado los precios.

Las autoridades anunciaron restricciones.

Las empresas protestaron.

Los sindicatos también.

Los ciudadanos exigieron ayudas.

Los economistas discutían.

Los partidos se acusaban mutuamente.

Daniel recibió una invitación para participar en un grupo ciudadano de asesoramiento.

Aceptó.

La primera reunión fue un desastre.

Todos hablaban.

Nadie escuchaba.

Los representantes de las empresas culpaban a los sindicatos.

Los sindicatos culpaban a las empresas.

Los expertos hablaban de cifras.

Los políticos hablaban de votos.

Los ciudadanos hablaban de facturas.

Daniel observó.

Todo lo que había aprendido estaba allí.

Poder.

Intereses.

Miedo.

Lenguaje.

Mentira.

Autoengaño.

Y, sobre todo, personas convencidas de que su problema era el único problema importante.

Entonces recordó a Olson.

—¿Cuánto cuesta cada propuesta? —preguntó.

Un economista respondió.

—Depende.

—¿De qué?

—De quién pague.

Daniel miró alrededor.

—Entonces empecemos por ahí.

La sala quedó en silencio.


CLXXIX

La silla vuelve

Daniel pidió que colocaran una silla vacía en el centro de la sala.

Algunos se rieron.

—¿Qué es esto?

—Una tontería —dijo uno.

Daniel respondió:

—Puede ser.

Señaló la silla.

—Pero cada vez que propongamos una medida, imaginemos que allí está sentado alguien que paga el coste.

Una mujer preguntó:

—¿Quién?

—Depende de la medida.

—Eso no sirve para decidir.

—No.

Daniel miró a todos.

—Sirve para impedir que decidamos fingiendo que nadie paga.

La discusión cambió.

No mucho.

Pero lo suficiente.

Cuando alguien propuso aumentar una tarifa, otro preguntó quién podía soportarla.

Cuando alguien propuso subvencionar el consumo, otro preguntó quién financiaría la subvención.

Cuando alguien pidió congelar precios, alguien preguntó qué empresas abandonarían el mercado.

Cuando alguien pidió libertad absoluta, alguien preguntó quién pagaría las consecuencias.

No apareció una solución perfecta.

Apareció algo mejor.

El coste dejó de ser invisible.


CLXXX

El hombre que paga

Al final de la reunión, un hombre mayor se acercó a Daniel.

—La silla me ha molestado.

—Lo siento.

—No.

—¿Entonces?

—Me ha molestado porque funciona.

Daniel sonrió.

—¿Quién era para ti?

El hombre señaló la silla.

—Yo.

Daniel lo miró.

—¿Por qué?

—Tengo una pequeña tienda.

—¿Y?

—Si suben demasiado los precios, pierdo clientes. Si los congelan, pierdo dinero. Si me ayudan, pagan otros. Si no me ayudan, quizá cierre.

Daniel asintió.

—Entonces tú eras la silla.

El hombre negó con la cabeza.

—No.

—¿No?

—La silla somos todos.

Daniel permaneció callado.

Aquella frase se quedó con él.

Porque había pasado mucho tiempo pensando que la responsabilidad consistía en identificar al que pagaba.

Ahora comprendía algo más incómodo.

En una sociedad, casi nunca existe una silla única.

Hay muchas.

Y a veces uno ocupa una mientras otra persona ocupa otra.


CLXXXI

La discusión final

Esa noche Daniel regresó a la casa.

No sabía por qué.

Quizá porque necesitaba volver al lugar donde había aprendido a formular preguntas.

La encontró vacía.

Se sentó.

Esperó.

No ocurrió nada.

Entonces empezó a hablar en voz alta.

—Freud tenía razón.

Silencio.

—Rogers también.

Silencio.

—Rand también.

Se detuvo.

—Y eso es irritante.

Una voz respondió desde la puerta:

—Muchísimo.

Daniel se volvió.

House.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Lo suficiente.

Daniel sonrió.

—¿Y tú qué dices?

House entró.

—Que todos tenéis razón cuando habláis de algo y estáis equivocados cuando creéis que por eso habéis resuelto el problema.

Daniel asintió.

—Eso parece bastante pesimista.

—No.

House se sentó.

—Es bastante optimista.

—¿Por qué?

—Porque significa que todavía hay algo que hacer.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

House señaló la puerta.

—Salir.

—Otra vez.

—Siempre otra vez.

Daniel se levantó.

Pero antes de salir preguntó:

—¿Cuál era tu mentira?

House no respondió inmediatamente.

Por primera vez parecía verdaderamente incómodo.

—Que no necesitaba a nadie.

Daniel lo miró.

House añadió:

—Era una mentira bastante buena.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que era una mentira.

—¿Eso significa que has cambiado?

House sonrió.

—No abuses.

Daniel rió.

—Está bien.

—Vamos.

Salieron.


CLXXXII

Dos hombres

Caminaron sin hablar durante un largo rato.

Finalmente Daniel preguntó:

—¿Crees que el hombre puede cambiar de verdad?

House respondió:

—Sí.

—¿Siempre?

—No.

—¿Por qué?

—Porque cambiar cuesta.

—Eso ya lo sé.

—No. No lo sabes.

Daniel lo miró.

House continuó:

—Sabes que cuesta perder dinero. Sabes que cuesta perder prestigio. Sabes que cuesta perder una relación. Sabes que cuesta reconocer un error.

Hizo una pausa.

—Pero todavía no sabes cuánto cuesta dejar de ser la persona que has utilizado para sobrevivir.

Daniel caminó unos metros.

—¿Y tú?

House sonrió.

—Yo estoy descubriéndolo.

—¿Todavía?

—Todos los días.

Daniel miró la calle.

No había filósofos.

No había libros.

No había debates.

Sólo dos hombres caminando.

Y comprendió que quizá ésa era la verdadera prueba.

No saber qué pensaría Freud.

No saber qué respondería Rand.

No encontrar una frase perfecta.

Sino decidir qué hacer cuando nadie estuviera mirando.


CLXXXIII

La última mentira

A la mañana siguiente, Daniel recibió una noticia.

La empresa había decidido despedirlo.

El director había encontrado una razón formal.

No era ilegal.

Tampoco era justa.

Daniel leyó el correo.

Sintió rabia.

Después miedo.

Después una necesidad inmediata de encontrar un culpable.

Podía decir:

«Lo sabía.»

Podía decir:

«Me han castigado por decir la verdad.»

Podía convertir aquello en una prueba de que el mundo era injusto.

Quizá incluso lo fuera.

Pero entonces apareció una pregunta.

La más incómoda de todas.

¿Qué parte de esto depende de mí?

No podía cambiar la decisión del director.

No podía obligarlo a reconocer sus motivos.

No podía recuperar el puesto.

Pero sí podía decidir qué haría después.

Daniel cerró el correo.

Cogió una hoja.

Escribió:

«He perdido este trabajo.»

Debajo:

«No sé todavía qué haré.»

Y después:

«Mañana empezaré a buscar.»

Se quedó mirando las tres frases.

No eran heroicas.

No eran filosóficas.

No resolvían nada.

Pero eran verdaderas.

Y, por primera vez, eso le bastaba para empezar.

CLXXXIV

El día siguiente

A la mañana siguiente Daniel se despertó antes de que sonara el despertador.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo.

Había perdido el trabajo.

La frase seguía allí.

No había cambiado durante la noche. Tampoco se había convertido en una metáfora, ni en una oportunidad, ni en una de esas desgracias que después de cierto tiempo adquieren un sentido que nadie pudo ver al principio.

Había perdido el trabajo.

Y tenía miedo.

Antes habría empezado a buscar inmediatamente una explicación.

La empresa estaba dirigida por cobardes.

Su jefe había sido injusto.

Los inversores querían escuchar una mentira cómoda.

El mundo laboral premiaba a los que sabían venderse.

La honestidad tenía un precio.

Todo eso podía ser cierto.

Pero aquella mañana descubrió algo que le resultaba mucho más incómodo.

Que podía ser cierto y no servirle para nada.

Se levantó.

Preparó café.

Abrió el ordenador.

Durante varios minutos contempló la pantalla vacía.

Después escribió un currículum.

Lo borró.

Volvió a escribirlo.

Esta vez no puso que había participado en proyectos estratégicos cuando simplemente había ejecutado órdenes.

No exageró sus responsabilidades.

No convirtió sus errores en experiencias de liderazgo.

No escribió que era capaz de trabajar bajo presión, porque aquella frase le parecía ahora una manera elegante de decir que estaba dispuesto a aguantar cualquier cosa.

Terminó.

Lo guardó.

Después llamó a tres personas.

Una no contestó.

Otra le dijo que no sabía de nada.

La tercera le preguntó qué había pasado.

Daniel estuvo a punto de contarle una versión cuidadosamente ordenada.

No lo hizo.

—Me pidieron que presentara unos datos de manera que parecieran mejores de lo que eran.

—¿Y?

—Me negué.

—¿Y te echaron?

—Sí.

Hubo un silencio.

—Entonces has hecho lo correcto.

Daniel miró la pantalla.

Aquella frase, que en otro momento le habría producido satisfacción, ahora le pareció insuficiente.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Sé por qué lo hice. No sé todavía si fue una decisión inteligente.

La mujer al otro lado soltó una pequeña carcajada.

—¿Ahora tampoco te basta con hacer lo correcto?

Daniel sonrió.

—Ahora sé que las cosas no son tan sencillas.

—Eso ya es algo.

Cuando colgó, recibió un mensaje.

Era de ella.

La mujer a la que había llamado semanas atrás.

¿Cómo estás?

Daniel escribió:

He perdido el trabajo.

Borró la frase.

Escribió:

Estoy bien.

También la borró.

Finalmente escribió:

Hoy estoy bastante asustado. Pero estoy haciendo cosas.

Envió el mensaje.

No esperaba respuesta.

Esta vez tampoco quería utilizar la sinceridad como una llave.

No quería que una confesión le comprara afecto.

El teléfono vibró.

Eso suena más honesto que “estoy bien”.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

Y, por primera vez, no intentó averiguar qué significaba exactamente aquel mensaje.

Siguió trabajando.


CLXXXV

La oferta

A las once y media recibió una llamada.

Era un antiguo compañero.

—Me he enterado.

—Las noticias vuelan.

—Tengo algo para ti.

Daniel esperó.

—Una consultora pequeña. Necesitan a alguien con tu perfil.

—¿Qué tendría que hacer?

—Nada raro.

Daniel sonrió.

Aquella expresión le había resultado sospechosa desde que empezó a pensar en ella.

—¿Qué significa “nada raro”?

—Informes. Análisis. Presentaciones.

—¿Para quién?

—Para empresas que quieren anticiparse a cambios regulatorios.

—¿Y qué se supone que tengo que decir?

—Lo que los clientes necesiten saber.

Daniel guardó silencio.

—No pongas esa cara —dijo el otro—. No te estoy ofreciendo trabajar para la mafia.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Te conozco.

Daniel se levantó de la silla.

—¿Hay algo que deba saber?

—Hay confidencialidad. Y tenemos que ser flexibles con la manera de presentar las cosas.

Daniel cerró los ojos.

La frase había aparecido otra vez.

No era una mentira.

Precisamente por eso era peligrosa.

—¿Cuánto pagan?

Le dieron una cifra.

Daniel respiró lentamente.

Era mucho más de lo que esperaba.

—¿Cuándo tendría que empezar?

—El lunes.

Daniel miró el ordenador.

Podía aceptar.

No había ninguna prueba de que aquella empresa fuera a pedirle algo ilegal.

Tampoco había ninguna prueba de que fuera a hacerlo.

Podía entrar y marcharse si cruzaba una línea.

Podía darse una oportunidad.

Podía necesitar el dinero.

Todas aquellas razones eran reales.

Y, sin embargo, también sabía otra cosa.

Que llevaba demasiado tiempo construyendo decisiones alrededor de lo que todavía no había sucedido.

—Necesito pensarlo.

—¿Qué tienes que pensar?

Daniel tardó en responder.

—Qué precio estoy dispuesto a pagar.

—Por un trabajo.

—Por el trabajo que aceptaría.

El antiguo compañero guardó silencio.

—Llámame esta tarde.

Daniel colgó.

Entonces se dio cuenta de que alguien estaba sentado frente a él.

House.

Tenía una taza de café en la mano.

Daniel ni siquiera había oído abrirse la puerta.

—¿Cómo has entrado?

—La puerta estaba abierta.

—No estaba abierta.

—Entonces la he abierto.

—¿Y cómo has llegado hasta aquí?

House levantó la taza.

—Con las piernas.

Daniel negó con la cabeza.

—Tengo una oferta de trabajo.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Tienes cara de estar a punto de tomar una mala decisión.

—¿Y cuál es la buena?

House bebió café.

—Si la supiera, no estaría aquí.

Daniel le contó la conversación.

House escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, dijo:

—Acepta.

Daniel lo miró sorprendido.

—¿Así de fácil?

—Sí.

—¿Y si me piden hacer algo que no quiero?

—Di que no.

—¿Y si me echan?

—Entonces habrás conseguido dos trabajos en poco tiempo.

Daniel sonrió.

—¿Y si necesito el dinero?

House dejó la taza.

—Entonces tienes un problema.

—¿Cuál?

—Que necesitas el dinero.

Daniel frunció el ceño.

—Eso no es un problema. Es una realidad.

—Exactamente. Y las realidades son más peligrosas que las ideas.

Daniel guardó silencio.

—No conviertas tu nueva moral en otra forma de estupidez —continuó House—. Si aceptas un trabajo porque necesitas comer, no eres corrupto. Si aceptas mentir porque tienes miedo de perderlo, tampoco eres necesariamente un monstruo. Pero si sabes lo que estás haciendo y luego inventas una historia para no reconocértelo, entonces ya estamos en terreno conocido.

Daniel lo miró.

—¿Y qué harías tú?

House sonrió.

—Depende de cuánto paguen.

—Eres imposible.

—No. Soy caro.


CLXXXVI

La discusión que faltaba

Aquella tarde Daniel volvió a la casa.

No sabía por qué.

Quizá porque necesitaba volver a escuchar a los otros.

Quizá porque quería comprobar si todavía podía soportar que nadie le diera una respuesta.

Estaban casi todos.

Freud hablaba con Rogers.

Rand estaba junto a la ventana.

Strauss hojeaba un libro.

Arendt permanecía sentada, observando.

Machiavelli discutía con Mariana.

Aristóteles escuchaba a Brennan.

Epicteto estaba apartado.

Daniel entró.

—Tengo una pregunta.

House, desde el fondo:

—Qué sorpresa.

Daniel ignoró el comentario.

—¿Cuándo deja de ser una decisión libre una decisión condicionada por la necesidad?

Epicteto respondió primero.

—Nunca deja de ser tuya.

—Eso no significa que sea libre.

—Significa que todavía puedes decidir cómo responder.

Machiavelli intervino.

—Eso es demasiado cómodo cuando uno tiene algo que perder.

Epicteto giró la cabeza.

—¿Y qué propones?

—Que dejemos de fingir que todos parten del mismo lugar.

Mariana asintió.

—La necesidad puede reducir las opciones sin eliminar la responsabilidad.

—¿Y quién decide cuánto se ha reducido? —preguntó Rogers.

Nadie respondió inmediatamente.

Rand habló.

—La cuestión no es si las circunstancias limitan. Claro que limitan. La cuestión es si conviertes la limitación en una excusa para renunciar a tu juicio.

—Pero tampoco podemos exigir al hombre que se comporte como si no necesitara comer —dijo Rogers.

—No he dicho eso.

—No. Pero lo dices cada vez que hablas de responsabilidad sin hablar del contexto.

Rand se volvió hacia él.

—Y tú hablas del contexto cada vez que quieres proteger al individuo de la responsabilidad.

Rogers se quedó quieto.

—Aceptar a una persona no significa absolverla.

—Pero puede convertirse en eso.

—Y la responsabilidad puede convertirse en crueldad.

La discusión cambió de temperatura.

Daniel observaba.

Por primera vez no quería saber quién tenía razón.

Quería saber qué estaba en juego.

Strauss cerró el libro.

—Tal vez ambos estén evitando la pregunta.

Rand lo miró.

—¿Cuál?

—¿Qué debe hacer un hombre cuando ninguna de las opciones disponibles es buena?

Machiavelli sonrió.

—Ahora sí estamos hablando.

Arendt negó con la cabeza.

—No. Estamos empezando a hablar.

Strauss la miró.

—Explíquese.

—Porque todavía seguimos hablando del hombre como si estuviera solo frente a sus opciones.

Señaló la habitación.

—Las decisiones crean instituciones. Las instituciones crean incentivos. Los incentivos modifican la conducta. Y después llamamos libre al hombre que se adapta a ellos.

Olson intervino:

—Y algunos tienen mucho más interés que otros en mantener esos incentivos.

Brennan añadió:

—Entonces diseñemos mejores instituciones.

Aristóteles lo miró.

—¿Y quién las diseñará?

—Personas competentes.

—¿Y quién decidirá qué significa competente?

Brennan sonrió.

—Ahí está el problema.

House levantó la mano.

—Por fin.

Todos lo miraron.

—¿Qué?

—Habéis tardado ciento ochenta y seis capítulos.

Daniel soltó una carcajada.

House continuó:

—Queréis saber qué hacer cuando todas las opciones tienen un precio.

Miró a Daniel.

—Pues deja de buscar la opción sin precio.

Daniel bajó la mirada.

La frase le dolió porque ya la había escuchado antes, aunque con otras palabras.

Pero esta vez había algo diferente.

Ya no hablaban de teoría.

Había una oferta de trabajo esperando su respuesta.

Había una mujer a la que había herido.

Había una ciudad cuyas decisiones afectaban a personas que nunca conocería.

Había un miedo concreto.

Y había dinero.

Dinero que necesitaba.


CLXXXVII

La elección

Daniel aceptó el trabajo.

No porque hubiera decidido que la empresa era buena.

No porque hubiera descubierto una regla universal.

No porque estuviera seguro.

Lo aceptó porque necesitaba ingresos y porque, después de pensarlo, creyó que podía trabajar allí sin mentir.

Puso una condición.

Quería poder negarse a presentar datos falsos o deliberadamente engañosos.

Le dijeron que no había problema.

El lunes empezó.

Durante tres semanas todo fue normal.

Informes.

Reuniones.

Clientes.

Gráficos.

Correos.

Nada extraordinario.

Hasta que llegó el cuarto viernes.

Su jefe entró en el despacho.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—Necesito esto para esta tarde.

Daniel abrió el documento.

Era un informe sobre una empresa que quería comprar otra.

Había tres escenarios.

El primero era favorable.

El segundo, dudoso.

El tercero mostraba un riesgo importante.

—¿Qué hacemos con el tercero?

—Lo dejamos en un anexo.

Daniel levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque no es el escenario principal.

—Pero tiene una probabilidad considerable.

—No es la hipótesis que quiere ver el cliente.

Daniel cerró la carpeta.

—Entonces quiere que desaparezca.

—Quiero que no distraiga.

—Eso no es lo mismo.

Su jefe lo miró durante unos segundos.

—Daniel, no conviertas cada decisión empresarial en una cuestión moral.

Daniel recordó a House.

No conviertas tu nueva moral en otra forma de estupidez.

Respiró.

—No es una cuestión moral.

—¿Entonces?

—Es una cuestión de información.

—¿Y qué quieres que haga?

Daniel abrió de nuevo la carpeta.

—Presentar los tres escenarios.

—No.

—Entonces no puedo firmarlo.

El jefe se apoyó en la mesa.

—¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí?

—Tres semanas.

—Exactamente.

Daniel sintió miedo.

Mucho miedo.

Pero aquella vez el miedo no le parecía una señal.

Era simplemente miedo.

—Entonces será fácil sustituirme.

Su jefe lo miró.

—No seas ingenuo.

Daniel recogió sus cosas.

—No estoy siendo ingenuo.

—¿Qué estás haciendo?

Daniel se puso la chaqueta.

—Estoy decidiendo.

Y salió.

No sabía si acababa de ser valiente o estúpido.

Pero, al menos aquella vez, la decisión no necesitaba otro nombre.

Era suya.

Y eso bastaba.

CLXXXVIII

La llamada

La respuesta llegó diez minutos después.

¿Quieres contármelo por teléfono o cuando nos veamos?

Daniel escribió:

Cuando nos veamos.

Ella respondió:

Entonces a las ocho.

Daniel guardó el teléfono.

Durante unos minutos permaneció sentado en el banco.

No sabía qué iba a decirle.

Había aprendido a desconfiar de las conversaciones que uno prepara demasiado.

Cuando se prepara una conversación, pensó, uno no habla con la otra persona. Habla con la versión de la otra persona que ha construido en su cabeza.

Se levantó.

Volvió a casa.

No hizo nada extraordinario.

Ducharse.

Comer.

Cambiarse de ropa.

Esperar.

A las siete y media salió.

A mitad de camino recibió otra llamada.

Era su antiguo jefe.

Daniel se detuvo.

—¿Sí?

—He hablado con dirección.

—¿Y?

—Puedes volver.

Daniel no respondió.

—Mañana, si quieres.

—¿Con las mismas condiciones?

—Podemos arreglarlo.

—¿Qué significa eso?

—Que no hace falta convertir esto en una guerra.

Daniel miró el tráfico.

—Yo tampoco quiero una guerra.

—Entonces vuelve.

—¿Y el informe?

Hubo silencio.

—Lo revisaremos.

—Eso no responde.

—Daniel, escucha. Hay cosas que no funcionan si cada empleado decide qué información considera aceptable.

Daniel cerró los ojos.

—No quiero decidir qué información es aceptable. Quiero que aparezca toda la información relevante.

—Eso es exactamente lo que digo.

—No. Tú quieres decidir cuál ve el cliente.

—Porque para eso me pagan.

Daniel respiró.

—Entonces no puedo volver.

—Piénsalo.

—Ya lo he pensado.

—¿Estás seguro?

Daniel miró el reloj.

—No.

—¿Entonces?

—Estoy decidido.

Colgó.

Se quedó unos segundos inmóvil.

Había dicho una frase que le habría parecido absurda unos meses antes.

No estoy seguro. Estoy decidido.

Y comprendió que quizá la madurez no consistía en alcanzar la certeza.

Quizá consistía en aprender a decidir sin ella.

Siguió caminando.


CLXXXIX

La cena

Ella ya estaba sentada cuando Daniel llegó.

—Llegas tarde.

—Sí.

—¿Ha pasado algo?

—Sí.

La mujer dejó el vaso.

—¿Qué?

Daniel se sentó.

—Me han ofrecido volver a mi antiguo trabajo.

—¿Y?

—He dicho que no.

Ella lo observó.

—¿Por qué?

Daniel estuvo a punto de dar una explicación larga.

No lo hizo.

—Porque querían que aceptara una forma de trabajar que no quiero aceptar.

—¿Y eso significa que has cambiado?

Daniel sonrió.

—No lo sé.

—Siempre dices eso.

—Porque es verdad.

Ella bebió un poco de agua.

—Antes siempre tenías una explicación.

—Todavía las tengo.

—¿Y qué ha cambiado?

Daniel pensó.

—Que ya no creo que una explicación me quite la responsabilidad.

Ella permaneció callada.

—Eso sí es nuevo —dijo.

Daniel asintió.

Después ocurrió algo que no había previsto.

Ella preguntó:

—¿Y qué quieres de mí?

Daniel la miró.

—Nada.

Ella sonrió ligeramente.

—Eso tampoco te lo había oído nunca.

—Quiero estar contigo.

—Eso es algo.

—Sí.

—¿Quieres volver?

Daniel tardó.

—No.

Ella frunció el ceño.

—¿No?

—No quiero volver a lo que teníamos.

—¿Por qué?

—Porque aquello no funcionó.

Ella bajó la mirada.

—Entonces, ¿qué quieres?

Daniel respondió despacio:

—Quiero saber si podemos construir otra cosa.

Ella no contestó.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Después ella dijo:

—No sé si puedo.

Daniel sintió el impulso de convencerla.

No lo hizo.

—Lo entiendo.

—¿Eso es todo?

—No.

—¿Qué más?

—Que si no puedes, lo aceptaré.

Ella levantó los ojos.

—¿Aunque te duela?

Daniel sonrió con tristeza.

—Precisamente porque me dolerá.

Por primera vez aquella noche ella le cogió la mano.

No fue una reconciliación.

No fue una promesa.

Fue solamente una mano.

Y Daniel comprendió que algunas cosas importantes no empiezan con una declaración.

Empiezan cuando uno deja de exigir garantías.


CXC

El nuevo problema

La noticia llegó dos semanas después.

La ciudad tenía un problema.

No una emergencia como la anterior.

Algo más lento.

Más difícil.

Una investigación había descubierto que varias empresas habían conseguido ventajas extraordinarias gracias a una sucesión de contratos públicos aparentemente legales.

No había una gran conspiración.

No había un villano.

Había normas.

Excepciones.

Informes técnicos.

Comisiones.

Subcontratas.

Puertas giratorias.

Decisiones tomadas por personas diferentes en momentos diferentes.

Cada una podía explicar su parte.

Y, sin embargo, el resultado beneficiaba siempre a los mismos.

Daniel fue llamado como asesor independiente.

Aceptó.

La primera reunión duró cuatro horas.

Al terminar, alguien dijo:

—Tenemos que evitar que esto se convierta en una caza de brujas.

Daniel respondió:

—De acuerdo.

Todos parecieron relajarse.

Entonces añadió:

—Pero tampoco podemos convertir la prudencia en una forma de no investigar.

El silencio volvió.

Un funcionario preguntó:

—¿Qué propone?

Daniel miró los documentos.

—Todavía no lo sé.

El funcionario suspiró.

Daniel sonrió.

—Pero sé lo que tenemos que averiguar.

—¿Qué?

—Quién tomó cada decisión.

—Eso está en los expedientes.

—No me refiero al nombre.

—¿Entonces?

—Quién tenía capacidad para decir que no.

La pregunta cambió la reunión.

Porque hasta entonces todos habían hablado de quién había firmado.

Daniel quería saber quién podía haber detenido aquello.

No era exactamente lo mismo.


CXCI

La habitación

Aquella noche volvió a la casa.

Los encontró discutiendo.

Machiavelli estaba de pie.

Mariana permanecía sentado frente a él.

—La ley no puede preverlo todo —decía Machiavelli.

—Precisamente por eso el poder necesita límites —respondió Mariana.

—Y precisamente por eso, cuando una situación no está prevista, alguien debe decidir.

—Y ese alguien debe responder ante la ley.

—¿Y si la ley impide actuar?

—Entonces habrá que cambiarla.

Machiavelli soltó una carcajada.

—Siempre hay alguien dispuesto a cambiar la ley cuando la ley le molesta.

Rand intervino:

—El problema no es que la ley pueda cambiar. El problema es quién puede cambiarla y hasta dónde.

Rousseau negó con la cabeza.

—Si el pueblo es soberano…

Strauss lo interrumpió.

—¿Qué pueblo?

Rousseau se volvió.

—La comunidad política.

—Eso no responde.

—Sí responde.

—No. Describe una abstracción.

Rousseau dio un paso hacia él.

—¿Y cuál es tu alternativa?

Strauss señaló la mesa.

—Preguntar quién decide cuando una parte de la comunidad quiere algo que otra considera injusto.

—La voluntad general.

—¿Y quién la interpreta?

Rousseau guardó silencio.

Arendt intervino:

—Ahí empieza el peligro.

Rousseau la miró.

—¿Porque temes al poder popular?

—No temo al poder popular. Temo a cualquiera que diga hablar en nombre de todos.

La habitación quedó en silencio.

Daniel se sentó.

Por primera vez aquella discusión no le parecía abstracta.

La ciudad acababa de demostrarlo.

Todos podían hablar en nombre de algo.

El interés general.

La eficiencia.

La legalidad.

La seguridad.

La mayoría.

Los expertos.

Los contribuyentes.

Los trabajadores.

Los consumidores.

Los vulnerables.

Los propietarios.

Los ciudadanos.

Y detrás de cada palabra había personas concretas.

Algunas ganaban.

Otras perdían.

Pero las palabras ocultaban a unas y mostraban a otras.

Orwell levantó la cabeza.

—Ese es el poder de las palabras.

Daniel lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando consigues llamar “ajuste” a un recorte, “protección” a una prohibición o “libertad” a una imposición, ya has conseguido parte de la batalla antes de discutir los hechos.

—Entonces hay que vigilar el lenguaje.

—No basta.

—¿Qué más?

Orwell señaló los papeles.

—Vigilar quién puede decidir qué palabras se utilizan.

Trivers añadió:

—Y quién termina creyéndoselas.

House, sentado en una esquina, bostezó.

—Y después de todo eso, alguien tendrá que pagar la factura.

Daniel lo miró.

—Siempre vuelves a lo mismo.

—Porque vosotros siempre volvéis a olvidarlo.


CXCII

El expediente

Daniel pasó los siguientes días leyendo.

Descubrió algo incómodo.

No había una única decisión responsable.

Había cientos.

Una pequeña modificación aquí.

Una excepción allá.

Una cláusula introducida por un técnico.

Una recomendación de un asesor.

Una urgencia administrativa.

Un informe que no llegó a tiempo.

Una comisión que aprobó.

Otra que no revisó.

Un responsable político que confió en sus técnicos.

Un técnico que confió en otro informe.

Un juez que encontró que todo se ajustaba a la norma.

Legal.

Formalmente correcto.

Y profundamente discutible.

Daniel cerró el expediente.

Entonces entendió por qué las grandes estructuras eran tan difíciles de responsabilizar.

No necesitaban que nadie fuera completamente corrupto.

Les bastaba con que cada uno hiciera una pequeña cosa que pudiera justificar.

Un poco.

Después otro poco.

Y otro.

Hasta que el resultado final ya no parecía pertenecer a nadie.

Recordó las palabras de Mariana.

La cadena.

Pero esta vez vio algo diferente.

La cadena no solo ocultaba al culpable.

También podía ocultar al inocente.

Porque todos podían decir:

Yo solo hice mi parte.

Daniel escribió esa frase en una hoja.

Debajo añadió:

¿Y quién responde por el conjunto?

Se quedó mirando la pregunta.

No tenía respuesta.

Y, por primera vez, eso no le produjo ansiedad.

Le produjo trabajo.

Había que encontrarla.


CXCIII

El límite

Al día siguiente Daniel propuso algo que provocó una tormenta.

No quería solamente investigar contratos.

Quería modificar el procedimiento.

Toda decisión pública que generara un beneficio extraordinario para una empresa debía llevar asociada una declaración clara:

Quién decidió.

Con qué información.

Qué alternativas se descartaron.

Quién soportaba el coste.

Durante cuánto tiempo sería válida la decisión.

Y una última pregunta:

¿Qué tendría que ocurrir para que esta decisión fuera revisada?

Uno de los políticos presentes golpeó la mesa.

—Eso es inviable.

—¿Por qué?

—Porque paralizará la administración.

—Entonces habrá que simplificar.

—No entiende cómo funciona el Estado.

Daniel lo miró.

—No. Lo que estoy diciendo es que entiendo demasiado bien cómo puede funcionar.

Otro participante intervino:

—¿Pretende que cada funcionario firme una confesión antes de trabajar?

—No.

—Pues se parece mucho.

—Pretendo que nadie pueda esconder una decisión importante detrás de una cadena de firmas.

Machiavelli, que asistía como invitado a aquella sesión ficticia, sonrió.

—Eso puede funcionar.

Daniel lo miró sorprendido.

—¿Tú lo dices?

—Sí.

—Pensaba que defenderías lo contrario.

—Un príncipe inteligente no teme que quede registrado quién decidió. Teme que quede registrado que decidió mal.

Mariana negó con la cabeza.

—Y un poder limitado no necesita confiar en que el príncipe sea inteligente.

Machiavelli sonrió.

—Ahí está nuestra diferencia.

—No —dijo Mariana—. Ahí está nuestra diferencia y nuestra necesidad mutua.

Machiavelli lo miró durante unos segundos.

—Quizá.

Daniel tomó nota.

Aquella palabra le gustó.

No porque resolviera nada.

Precisamente porque no lo hacía.


CXCIV

La tentación

Aquella tarde Daniel recibió una llamada.

—Podemos ofrecerte algo.

Era una persona que conocía del antiguo trabajo.

—¿Qué?

—Un puesto mejor.

Daniel se quedó callado.

—Más dinero.

Silencio.

—Más responsabilidad.

Silencio.

—Y autonomía.

Daniel sonrió.

—¿Autonomía de verdad?

—Dentro de unos límites.

—¿Qué límites?

—Los habituales.

Daniel comprendió.

—¿Quién decide cuáles son?

La persona al otro lado tardó en responder.

—Daniel, estás empezando a resultar agotador.

Daniel se echó a reír.

—Eso ya me lo habían dicho.

—Piénsalo.

—Lo haré.

Colgó.

Aquella noche no fue a la casa.

No llamó a House.

No preguntó a Freud.

No buscó a Rand.

No necesitaba otra teoría.

Se sentó solo en su apartamento.

Miró el teléfono.

Tenía delante una decisión.

Más dinero.

Más poder.

Más reconocimiento.

Y también la posibilidad de volver a encontrarse exactamente donde había estado.

No sabía qué elegir.

Pero esta vez había una diferencia.

No estaba buscando una respuesta que pudiera convertir en excusa.

Estaba preguntándose qué hombre quería ser si aceptaba.

Y qué hombre estaba dispuesto a ser si rechazaba.

La pregunta le pareció mucho más incómoda.

Y mucho más honesta.

A las once de la noche escribió una sola palabra.

No.

No explicó nada.

No se justificó.

No escribió una carta.

No pidió comprensión.

Envió el mensaje.

Después apagó el teléfono.

Y durante unos segundos sintió algo parecido a la libertad.

No la libertad de hacer lo que quisiera.

La otra.

La que aparece cuando uno deja de negociar consigo mismo.

CXCV

La renuncia

Al día siguiente, Daniel recibió una respuesta.

De acuerdo.

Nada más.

Ni una pregunta.

Ni una protesta.

Ni una contraoferta.

La pantalla quedó encendida unos segundos.

Después apareció otro mensaje.

Pero no confundas una negativa con una virtud.

Daniel leyó la frase dos veces.

No sabía si era una advertencia, un reproche o simplemente una constatación.

Contestó:

No la confundo.

Y dejó el teléfono.

Aquella mañana comprendió algo que no había visto antes.

También podía mentirse después de haber hecho lo correcto.

Podía empezar a sentirse superior.

Podía contar la historia de su renuncia de manera que él apareciera como el hombre íntegro rodeado de cobardes.

Podía convertir una decisión difícil en una medalla.

Y eso también sería una forma de mentira.

La tentación no había desaparecido.

Solo había cambiado de disfraz.


CXCVI

El hombre íntegro

Esa tarde se lo dijo a House.

—He rechazado un trabajo mejor pagado.

House ni siquiera levantó la vista.

—Qué admirable.

Daniel frunció el ceño.

—No empieces.

—¿Empezar qué?

—Ya sabes qué.

—No. Explícamelo.

—No quiero que conviertas esto en otra de tus bromas.

House dejó el bastón sobre la mesa.

—Has rechazado el trabajo. Bien.

—¿Y?

—Nada.

—¿Nada?

—¿Qué quieres? ¿Una estatua?

Daniel se quedó callado.

House continuó:

—Has tomado una decisión que consideras correcta. Ahora viene la parte interesante.

—¿Cuál?

—Vivir con ella.

—Eso ya lo estoy haciendo.

—No. Todavía no.

House se levantó.

—Ahora mismo estás disfrutando de haber hecho lo que querías pensar que debías hacer.

Daniel lo siguió con la mirada.

—¿Y cuándo empieza vivir con ella?

—Cuando descubras que la decisión correcta también puede arruinarte la vida.

Daniel no respondió.

House cogió el abrigo.

—Ese es el detalle que nunca os gusta incluir en las teorías.

—¿Qué teorías?

—Todas.

Y se marchó.


CXCVII

La votación

Dos días después, el proyecto de reforma llegó al consejo municipal.

La sala estaba llena.

Había empresarios.

Funcionarios.

Representantes de asociaciones.

Periodistas.

Ciudadanos.

Todos tenían una razón para estar allí.

Y todos decían representar algo más importante que su propio interés.

Daniel observaba desde el fondo.

La propuesta exigía transparencia adicional para determinados contratos y establecía una revisión independiente de las decisiones de mayor impacto.

No era una revolución.

Pero tampoco era inocua.

Un grupo de empresarios sostenía que ralentizaría la inversión.

Los funcionarios advertían de una carga administrativa excesiva.

Las asociaciones ciudadanas exigían más control.

Los partidos discutían sobre quién había descubierto antes el problema.

Un concejal levantó la voz:

—No podemos permitir que la burocracia paralice la ciudad.

Otro respondió:

—Tampoco podemos permitir que la falta de controles convierta el dinero público en patrimonio de unos pocos.

Daniel escuchaba.

Le llamó la atención algo.

Ambos tenían razón en una parte.

Y ambos utilizaban esa parte para evitar hablar de la otra.

La votación se acercaba.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Una mujer del público pidió la palabra.

No era política.

No era empresaria.

No era experta.

Era propietaria de una pequeña tienda.

Había perdido el negocio después de que una obra pública afectara durante meses al acceso a su calle.

—Yo no sé si esta reforma es buena o mala —dijo—. No entiendo la mitad de lo que han explicado.

Algunos sonrieron.

Ella continuó:

—Pero sí sé una cosa.

La sala se quedó quieta.

—Cuando decidieron hacer la obra, alguien sabía que mi negocio iba a perder dinero.

Miró a los concejales.

—Quiero saber quién lo sabía.

Nadie habló.

—No quiero que lo castiguen. No quiero que dimita. No quiero una comisión para salir en los periódicos.

Respiró.

—Quiero saber quién lo sabía.

Daniel sintió un escalofrío.

La silla.

No había ninguna silla vacía en aquella sala.

Pero de pronto estaba allí.


CXCVIII

El precio

La reforma fue aprobada por una mayoría estrecha.

No todos quedaron satisfechos.

Algunos controles se redujeron durante la negociación.

Otros se mantuvieron.

Se creó un registro público de decisiones.

Se estableció una revisión anual.

Y, sobre todo, se obligó a identificar expresamente los costes previsibles de determinadas decisiones.

Al terminar la sesión, un periodista preguntó a Daniel:

—¿Considera esto una victoria?

Daniel estuvo a punto de responder que sí.

Miró hacia la sala.

—No.

El periodista pareció sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabemos qué consecuencias tendrá.

—Pero se ha aprobado.

—Eso es un hecho.

—¿Y no cree que es un avance?

Daniel pensó unos segundos.

—Creo que hemos tomado una decisión.

—¿No es lo mismo?

—No.

El periodista guardó silencio.

Daniel continuó:

—Una decisión puede ser necesaria, equivocada, útil, perjudicial o una mezcla de todo eso. Aprobarla no demuestra que sea buena.

—Entonces, ¿cómo sabremos si funciona?

Daniel señaló el registro.

—Midiéndolo.

—¿Y si no funciona?

—Cambiándolo.

El periodista sonrió.

—Eso parece sencillo.

Daniel le devolvió la sonrisa.

—No lo es.


CXCIX

La grieta

Aquella misma noche, en la casa, la discusión fue distinta.

Strauss estaba sentado frente a Rand.

—Has hablado de derechos como si fueran evidentes —dijo Strauss.

—Algunos lo son.

—¿Para quién?

—Para cualquiera que razone.

Strauss sonrió.

—Esa respuesta tiene más problemas de los que resuelve.

Rand se inclinó hacia delante.

—¿Y tú qué propones? ¿Que la razón no puede distinguir entre lo justo y lo injusto?

—Propongo que no confundamos una convicción racional con una demostración.

—La duda permanente también puede ser una forma de cobardía.

—Y la certeza permanente, una forma de fanatismo.

Rogers intervino:

—Quizá el problema sea creer que para actuar necesitamos resolver primero todas las cuestiones.

Strauss lo miró.

—¿Y cómo actuamos entonces?

—Reconociendo lo que sabemos, lo que ignoramos y lo que estamos dispuestos a revisar.

Rand negó con la cabeza.

—Eso sirve para administrar una duda. No para fundar una moral.

—¿Y quién ha dicho que todo tenga que quedar fundado antes de vivir?

—Yo.

—Ese es precisamente el problema.

Rand se volvió hacia ella.

—¿Cuál?

Rogers respondió:

—Que puedes pasar tanto tiempo intentando construir una estructura perfecta que acabas olvidando que hay personas dentro.

Rand guardó silencio.

Freud observaba.

—Curioso —dijo finalmente—. Habéis empezado discutiendo sobre certeza y habéis terminado hablando de miedo.

Rand lo miró.

—¿Qué miedo?

Freud sonrió.

—El de equivocarse.

Strauss intervino:

—El miedo a equivocarse es inevitable.

—Sí —dijo Freud—. Pero algunos construyen sistemas enteros para no tener que admitirlo.

House soltó una carcajada.

—Ahora sí.

Todos lo miraron.

—¿Ahora sí qué? —preguntó Arendt.

—Ahora estáis empezando a parecer humanos.


CC

La mentira del vencedor

Daniel pensó que la reforma terminaría allí.

Se equivocaba.

Tres meses después, el primer informe de evaluación mostró algo inesperado.

La transparencia había aumentado.

También había aumentado el tiempo necesario para aprobar determinados contratos.

Algunas empresas pequeñas estaban teniendo dificultades para competir porque no podían soportar los nuevos costes administrativos.

Los grandes grupos, en cambio, habían creado departamentos especializados para cumplir todos los requisitos.

El mecanismo diseñado para reducir una desigualdad estaba produciendo otra.

Daniel leyó el informe varias veces.

El primer impulso fue defender la reforma.

Era su reforma.

Había trabajado para ella.

Había arriesgado.

Había rechazado ofertas.

Había defendido públicamente sus principios.

Pero el informe estaba allí.

La reforma funcionaba en unas cosas y fallaba en otras.

Aquella noche llamó a House.

—Tenemos un problema.

—Entonces ya tienes algo interesante.

—La reforma está perjudicando a algunas empresas pequeñas.

—¿Y?

—Tenemos que modificarla.

—¿Quiénes son “nosotros”?

—Los que la diseñamos.

—No.

—¿No?

—Los que la diseñasteis no sois sus dueños.

Daniel guardó silencio.

House añadió:

—Ese es uno de los problemas de las buenas intenciones. Empiezan creyendo que tienen derecho a durar.

Daniel miró el informe.

—¿Y si cambiarla demuestra que nos equivocamos?

—Lo demuestra.

—¿No será utilizado por quienes se opusieron para decir que tenían razón?

—Probablemente.

—¿Y eso no importa?

—Importa si te preocupa más tener razón que arreglar el problema.

Daniel sonrió.

—Empiezo a odiarte.

—Eso significa que estás aprendiendo.


CCI

El hombre que cambia de opinión

Al día siguiente Daniel propuso modificar la reforma.

Uno de los concejales se opuso.

—Eso sería reconocer que fracasamos.

Daniel respondió:

—No.

—¿Entonces?

—Sería reconocer que encontramos un problema que no habíamos previsto.

—La oposición utilizará esto contra nosotros.

—Sí.

—Los periódicos dirán que nos equivocamos.

—Sí.

—Y los ciudadanos pensarán que no sabíamos lo que hacíamos.

Daniel lo miró.

—Quizá algunos lo piensen.

—¿Y eso no te preocupa?

Daniel tardó un momento.

—Me preocupa más seguir haciendo algo que sabemos que está causando un daño solo para no reconocer que debemos cambiarlo.

La sala quedó en silencio.

El concejal volvió a sentarse.

—Eso es políticamente suicida.

Daniel no respondió.

Porque, por primera vez, aquella frase no le parecía ni una amenaza ni un argumento.

Era simplemente un coste.

Uno más.

Y entonces comprendió algo que ninguno de los filósofos había conseguido explicarle del todo.

Cambiar no era solamente abandonar lo que uno sabía que estaba mal.

A veces era abandonar algo que uno había defendido públicamente.

Algo que llevaba su firma.

Algo que había costado esfuerzo.

Algo que había empezado a formar parte de su propia identidad.

La dificultad no estaba en descubrir el error.

Estaba en aceptar que seguir siendo el mismo hombre que lo había cometido podía exigir mantenerlo.

Y Daniel ya no estaba dispuesto.


CCII

La última pregunta

Aquella noche volvió a la casa.

Esta vez no había nadie en la sala.

Solo el viejo sillón.

La mesa.

La lámpara.

Y la silla vacía.

Daniel se sentó frente a ella.

No sabía cuánto tiempo permaneció allí.

Después oyó pasos.

House entró.

—¿Has venido a buscar respuestas?

—No.

House se sentó.

—Entonces quizá haya esperanza.

Daniel señaló la silla.

—¿Sabes qué es lo peor?

—Que sigue siendo una silla.

—No.

Daniel sonrió.

—Que ahora entiendo para qué sirve.

House lo miró.

—¿Para qué?

Daniel tardó en responder.

—Para recordar que siempre hay alguien al otro lado de nuestras ideas.

House asintió.

—Eso es bastante bueno.

—No te acostumbres.

—No pienso hacerlo.

Daniel se levantó.

Antes de salir, se detuvo.

—House.

—¿Qué?

—¿Tú has cambiado?

House lo miró durante unos segundos.

—Sí.

Daniel esperó.

—¿En qué?

House cogió el bastón.

—Antes pensaba que cambiar era dejar de ser quien eras.

Abrió la puerta.

—Ahora creo que a veces consiste precisamente en eso.

Y salió.

Daniel permaneció solo.

Miró la silla.

Esta vez no se sentó.

Apagó la luz.

Y cerró la puerta.

No porque la historia hubiera terminado.

Sino porque, por primera vez, sabía que no necesitaba una casa llena de hombres muertos, filósofos, médicos y enemigos para decidir qué hacer al día siguiente.

El día siguiente seguiría llegando.

Y él tendría que estar allí.

CCIII

La consecuencia

La modificación de la reforma fue aprobada un mes después.

No hubo aplausos.

No hubo titulares celebrándolo.

Los mismos que habían defendido la norma tuvieron que explicar por qué cambiaban una parte.

Los mismos que la habían atacado aprovecharon para decir que siempre habían tenido razón.

Daniel descubrió que la política tenía una peculiaridad que no había comprendido del todo:

cuando una decisión funciona, muchos quieren atribuirse el mérito;

cuando fracasa, muchos quieren demostrar que nunca fue suya.

Pero aquello no era lo peor.

Lo peor llegó después.

Un periódico publicó un artículo afirmando que la reforma había sido un fracaso y que Daniel había reconocido públicamente su error.

El artículo no mentía exactamente.

Pero tampoco decía la verdad completa.

No mencionaba que la reforma había mejorado algunos procedimientos.

No explicaba qué partes habían funcionado.

Solo contaba la parte que permitía construir una historia sencilla.

Daniel leyó el artículo.

Después cerró el ordenador.

Durante unos segundos sintió rabia.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Estaba en la cocina.

Daniel le enseñó la pantalla.

Ella leyó.

—¿Es mentira?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Es peor.

Ella lo miró.

—¿Peor que una mentira?

—Es una verdad utilizada para contar una historia falsa.

Ella dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Y qué vas a hacer?

Daniel estuvo a punto de responder que nada.

Después recordó cuántas veces había utilizado el “nada” para evitar una decisión.

—Nada.

Ella sonrió.

—¿Seguro?

Daniel la miró.

—No.

—Entonces dilo otra vez.

Daniel pensó.

—No voy a contestar.

—¿Por qué?

—Porque si respondo ahora, lo haré para demostrar que tengo razón.

Ella asintió.

—Eso sí que sería nuevo.

Daniel sonrió.

—Estoy intentando.

—Ya lo sé.


CCIV

La verdad conveniente

Aquella noche, sin embargo, Daniel no consiguió dormir.

La frase seguía dando vueltas en su cabeza.

Una verdad utilizada para contar una historia falsa.

Recordó a Orwell.

Recordó a Trivers.

Recordó a Strauss.

La mentira no necesitaba inventar hechos.

A veces bastaba con seleccionar.

Un dato verdadero.

Otro omitido.

Una palabra.

Un silencio.

Una imagen.

Una comparación.

Y, finalmente, una conclusión que nadie había pronunciado expresamente.

Daniel comprendió entonces que la propaganda más eficaz no siempre consiste en decir a la gente qué debe pensar.

A veces consiste en decidir qué tendrá delante cuando piense.

Al día siguiente llevó el asunto a la casa.

—¿Dónde termina la selección legítima de información y empieza la manipulación?

Orwell respondió:

—No hay una línea que puedas dibujar una vez y para siempre.

—Entonces estamos perdidos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque la ausencia de una línea perfecta no significa que todas las conductas sean iguales.

Strauss intervino:

—Además, quien controla la descripción de los hechos adquiere una forma de poder.

Rand negó con la cabeza.

—Pero tampoco podemos exigir que toda comunicación contenga todos los hechos existentes.

—Por supuesto que no —dijo Strauss—. El problema aparece cuando la selección se utiliza para impedir que ciertas preguntas puedan formularse.

Arendt añadió:

—Y cuando una sociedad pierde la costumbre de preguntar, la mentira deja de necesitar censores.

Daniel miró a todos.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Esta vez nadie respondió inmediatamente.

Fue Camus quien habló.

—Aprender a vivir sin la comodidad de creer que podemos eliminar la mentira.

Daniel lo miró.

—Eso es bastante pesimista.

—No.

Camus sonrió.

—Es bastante menos peligroso que creer que algún día conseguiremos una sociedad en la que nadie mienta.

House, desde el fondo:

—Por fin alguien lo entiende.


CCV

La noble mentira

Strauss había permanecido callado durante unos minutos.

Finalmente habló.

—Hay algo que seguimos evitando.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

—La mentira no siempre nace del interés privado.

—¿A qué te refieres?

Strauss señaló la habitación.

—Imaginemos una comunidad que corre peligro. Sus dirigentes saben algo que la mayoría no puede comprender todavía. Si dicen toda la verdad, pueden provocar pánico, violencia o desorden. Si ocultan una parte, quizá consigan mantener la ciudad unida.

Rand respondió inmediatamente:

—Y entonces quienes gobiernan se convierten en jueces de lo que los demás pueden soportar.

—Sí.

—Y eso les concede un poder extraordinario.

—Sí.

—Entonces es una mala idea.

Strauss la miró.

—¿Incluso si decir la verdad destruye la comunidad?

Rand no respondió enseguida.

—Depende de qué llames verdad y de qué llames destrucción.

Strauss sonrió.

—Exactamente.

Arendt intervino:

—El problema de la mentira noble no es solo que el gobernante pueda mentir. Es que puede llegar a creer que su mentira es noble.

Freud asintió.

—Y entonces desaparece el freno interior.

—¿Porque se convence de que no está mintiendo por sí mismo? —preguntó Daniel.

—Porque consigue transformar su deseo en deber.

Machiavelli sonrió.

—Eso ocurre continuamente.

Mariana lo miró.

—Y precisamente por eso hay que desconfiar del gobernante que se considera indispensable.

Machiavelli no respondió.

Rousseau intervino:

—¿Y qué hacemos cuando el pueblo también exige una mentira?

Strauss se volvió hacia él.

—Entonces tenemos un problema todavía mayor.

—¿Por qué?

—Porque ya no podemos culpar únicamente al gobernante.

La sala quedó en silencio.

Daniel pensó en la ciudad.

En los periódicos.

En los ciudadanos.

En sí mismo.

Había una verdad incómoda:

la gente no siempre quería saber.

A veces quería que le confirmaran lo que ya había decidido creer.

Y eso incluía a quienes criticaban la mentira.


CCVI

El público

Una semana después, Daniel participó en una reunión abierta.

Habían convocado a ciudadanos para explicar los cambios de la reforma.

Esperaba preguntas.

Hubo preguntas.

Pero algunas no buscaban respuestas.

Una mujer levantó la mano.

—¿Es verdad que la reforma ha fracasado?

—No.

—Entonces, ¿por qué la han cambiado?

—Porque una parte estaba produciendo efectos que no habíamos previsto.

—Entonces ha fracasado.

—No necesariamente.

—¿Cómo que no?

Daniel respiró.

—Una medida puede alcanzar algunos objetivos y producir efectos negativos en otros.

—Eso es una manera de no responder.

Daniel sintió la irritación subir.

La mujer no quería escuchar.

Quería una palabra.

Éxito.

Fracaso.

Culpable.

Inocente.

Correcto.

Incorrecto.

Algo que cerrara la cuestión.

Daniel entendió entonces por qué las simplificaciones tenían tanto éxito.

No exigían pensar.

Exigían elegir.

—¿Quiere que le diga si fue un error? —preguntó.

—Sí.

—Lo fue en parte.

La sala quedó en silencio.

—Y también fue útil en parte.

Alguien gritó:

—¡Eso es una contradicción!

Daniel respondió:

—No. Es la realidad.

Hubo murmullos.

—Entonces, ¿qué propone?

Daniel miró a la sala.

—Que dejemos de preguntarnos si una decisión fue completamente buena o completamente mala.

—Eso es relativismo.

—No.

Daniel señaló los documentos.

—Es contabilidad.

Algunos rieron.

—Hay cosas que han mejorado. Hay cosas que han empeorado. Hay costes. Hay beneficios. Hay errores. Hay personas que han ganado y personas que han perdido. Si quieren saber qué debemos cambiar, tenemos que mirar todo eso.

La mujer volvió a levantar la mano.

—¿Y quién decide quién ha ganado y quién ha perdido?

Daniel sonrió.

—Esa es una pregunta mucho mejor.


CCVII

El desacuerdo

Después de la reunión, Daniel salió con ella.

Caminaron en silencio.

—Te has enfadado —dijo ella.

—Sí.

—Se notaba.

—No quería.

—Eso no significa que no estuvieras enfadado.

Daniel sonrió.

—House diría que estoy empezando a reconocer las cosas.

—House dice demasiadas cosas.

—Eso también es verdad.

Siguieron caminando.

—¿Sabes qué me preocupa? —preguntó ella.

—¿Qué?

—Que ahora pareces estar convirtiendo todo en una prueba de carácter.

Daniel la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Antes pensabas demasiado. Ahora decides demasiado rápido.

Daniel se detuvo.

Ella continuó:

—Te has ido al otro extremo.

Daniel no respondió.

—No puedes convertir cada decisión en una oportunidad para demostrar que has cambiado.

La frase le dolió.

Precisamente por eso supo que debía escucharla.

—Tienes razón.

—No quería que dijeras eso tan rápido.

Daniel sonrió.

—Entonces no tengo razón.

Ella soltó una carcajada.

—Idiota.

Daniel se echó a reír.

Y durante unos segundos caminaron sin hablar.

Después ella dijo:

—Cambiar no significa dejar de equivocarte.

Daniel asintió.

—Lo sé.

—No. Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque sigues intentando que tus errores sean distintos de los de antes.

Daniel la miró.

Ella añadió:

—Antes te justificabas.

—¿Y ahora?

—Ahora te juzgas.

Daniel se quedó quieto.

La frase cayó entre ambos.

No había pensado en eso.

Ella continuó:

—Quizá tampoco necesitas hacer eso.

Daniel bajó la mirada.

—¿Entonces qué hago?

Ella sonrió.

—Vivir.

Y siguieron caminando.


CCVIII

El regreso de Epicteto

Aquella noche Daniel encontró a Epicteto solo en la casa.

—Necesito preguntarte algo.

—Pregunta.

—¿Cómo sé cuándo debo cambiar y cuándo debo mantenerme firme?

Epicteto lo miró.

—No lo sabes.

Daniel sonrió.

—Siempre contestáis igual.

—Porque sigues preguntando por una certeza que no existe.

—Entonces, ¿cómo decides?

Epicteto señaló la puerta.

—¿Puedes controlar lo que ocurra después de cruzarla?

—No.

—¿Puedes controlar por qué la cruzas?

Daniel pensó.

—Sí.

—No siempre.

—¿Entonces?

Epicteto se acercó.

—Puedes examinar tu juicio.

—¿Y si está equivocado?

—Lo estará algunas veces.

—¿Y entonces?

—Lo corriges.

Daniel permaneció callado.

—¿Eso es todo?

—No.

Epicteto señaló la silla.

—Después aceptas que corregirlo no convierte en correcto lo que hiciste antes.

Daniel miró la silla.

—Eso duele.

—Por supuesto.

—¿Y si no puedo soportarlo?

Epicteto sonrió.

—Entonces tendrás que aprender a soportarlo.

Daniel se echó a reír.

—Nunca hacéis fácil nada.

—La vida tampoco.


CCIX

La última trampa

Al día siguiente llegó una carta.

No era de una empresa.

Era de la administración.

La investigación sobre los contratos había descubierto una irregularidad relacionada con una decisión que Daniel había ayudado a modificar.

Su firma aparecía en un documento.

Daniel lo leyó.

No recordaba haber cometido ninguna irregularidad.

Pero el documento estaba firmado.

Y había una decisión suya.

Podía defenderse.

Podía demostrar que había actuado de buena fe.

Podía explicar que la información disponible entonces era distinta.

Todo eso era cierto.

Pero había una línea en el documento que él mismo había redactado y que ahora, vista desde el presente, era claramente insuficiente.

Había dejado fuera una advertencia.

No deliberadamente.

No para ocultarla.

Simplemente porque la consideró secundaria.

Ahora comprendía que no lo era.

Daniel se quedó mirando su propia firma.

Durante unos segundos sintió la vieja tentación.

No era culpa mía.

La frase apareció sola.

Después apareció otra:

Pero era mi decisión.

Cogió un bolígrafo.

Escribió una respuesta.

No negó.

No exageró.

No se acusó de cosas que no había hecho.

Explicó exactamente qué había ocurrido.

Y añadió:

La decisión fue mía. No conocía entonces toda la información que hoy conozco. Pero eso no cambia el hecho de que la decisión produjo consecuencias que debí prever mejor. Propongo revisar el procedimiento para que este tipo de información no vuelva a quedar fuera.

Leyó el texto.

No era una confesión.

Tampoco una defensa.

Era algo más difícil.

Una responsabilidad sin dramatismo.

Firmó.

Y envió la carta.

Después se quedó sentado frente al ordenador.

No sintió orgullo.

No sintió alivio.

Solo cansancio.

Pero era un cansancio diferente.

El cansancio de quien ha dejado de correr.

Y entonces comprendió que quizá aquella era la verdadera prueba.

No cambiar cuando uno descubre una gran verdad.

Cambiar cuando ya no hay ninguna gran verdad que pueda salvarte.

Cuando solo queda una decisión pequeña.

Una firma.

Una llamada.

Una rectificación.

Una negativa.

Una disculpa.

Un día más.

Y otro.

Y otro.

Daniel apagó el ordenador.

Fuera empezaba a anochecer.

No había aprendido a vivir sin miedo.

No había aprendido a dejar de mentir.

No había aprendido a tener razón.

Había aprendido algo más modesto.

Que cada vez que se sorprendía buscando una excusa, podía detenerse.

No siempre lo haría.

Pero ahora sabía dónde estaba la puerta.

Y sabía que la puerta no se abría sola.

CCX

El día en que nadie quiso decidir

La investigación terminó sin culpables.

No porque no hubiera decisiones equivocadas.

Las había.

No porque nadie hubiera obtenido beneficios.

Los había.

No porque todo hubiera sido legal.

Tampoco.

Terminó porque, después de meses de informes, comparecencias y declaraciones, nadie pudo señalar a una sola persona que pudiera cargar con todo lo ocurrido.

El informe final tenía cuatrocientas páginas.

Daniel lo leyó entero.

La conclusión ocupaba dos.

Había fallos de procedimiento.

Deficiencias de supervisión.

Conflictos de intereses no suficientemente declarados.

Información que no había circulado correctamente.

Pero no existía una responsabilidad individual claramente atribuible por el conjunto.

Daniel cerró el documento.

House estaba sentado enfrente.

—¿Y?

—Nada.

—Cuatrocientas páginas para llegar a “nada”.

—No es nada.

—Entonces dime qué es.

Daniel señaló el informe.

—Es una descripción muy detallada de cómo puede ocurrir algo sin que nadie sea responsable de haberlo provocado.

House sonrió.

—Eso sí es interesante.

—¿Sabes qué es lo peor?

—Que vas a decírmelo.

—Que todos hicieron lo que tenían que hacer.

House dejó de sonreír.

—Ah.

—Cada uno cumplió su función.

—Eso es peor.

—¿Por qué?

—Porque cuando todo el mundo cumple su función y el resultado es absurdo, quizá el problema esté en las funciones.

Daniel guardó silencio.

House añadió:

—Pero eso significa que hay que cambiar el sistema.

—Sí.

—Y para cambiar el sistema hay que conseguir que quienes se benefician de él acepten cambiarlo.

Daniel sonrió.

—Ahí está el problema.

—No.

House se levantó.

—Ahí está el trabajo.


CCXI

El sistema

Daniel volvió a la reunión del consejo.

Esta vez no llevaba una propuesta cerrada.

Llevaba una pregunta.

—¿Qué ocurre si el problema no está en las personas que toman las decisiones, sino en las reglas que hacen racional que cada una tome su decisión?

Nadie respondió.

Un concejal preguntó:

—¿Está diciendo que nadie es responsable?

—No.

—Entonces, ¿qué está diciendo?

—Que la responsabilidad individual no basta para explicar determinados resultados.

Aristóteles, sentado entre los asistentes, intervino:

—Una ciudad no se sostiene únicamente sobre la virtud de sus gobernantes.

El concejal lo miró.

—¿Entonces sobre qué?

—Sobre instituciones que hagan difícil que un hombre malo cause demasiado daño y permitan que un hombre bueno haga algo útil.

Machiavelli sonrió.

—Eso suena mejor de lo que suele funcionar.

Aristóteles se volvió hacia él.

—Por eso existen las leyes.

—Y por eso los hombres buscan la manera de rodearlas.

—Entonces habrá que corregirlas.

Machiavelli se encogió de hombros.

—Y ellos buscarán otra salida.

Mariana intervino:

—Por eso el poder necesita límites sucesivos.

—¿Hasta cuándo? —preguntó Brennan—. Si llenamos todo de controles, nadie podrá decidir.

—Entonces —dijo Daniel— quizá la pregunta correcta sea otra.

Todos lo miraron.

—¿Qué decisiones deben ser lentas y cuáles deben poder tomarse rápidamente?

Brennan asintió.

—Eso ya es una pregunta útil.

Daniel continuó:

—Y también: ¿qué decisiones pueden delegarse y cuáles no?

Olson añadió:

—Y quién tiene incentivos para influir en cada una.

Strauss miró a Daniel.

—Ahora estás empezando a pensar políticamente.

Daniel sonrió.

—Pensaba que ya lo hacía.

—No. Hasta ahora estabas intentando resolver problemas.

—¿Y ahora?

—Ahora empiezas a preguntarte quién gana con cada solución.

Machiavelli soltó una carcajada.

—Bienvenido.


CCXII

Los que siempre pierden

El nuevo proyecto creó un problema inesperado.

Al exigir más controles para los contratos de gran cuantía, las grandes empresas pudieron adaptarse.

Las pequeñas no.

Daniel recibió a varios empresarios.

Uno de ellos era un hombre de sesenta años que tenía doce empleados.

—Yo no tengo abogados —dijo—. Ni asesores. Ni un departamento para leer cincuenta páginas de condiciones.

—¿Qué propone?

—Que las reglas sean iguales.

Daniel lo miró.

—Ya lo son.

—No.

—¿No?

—En el papel sí.

El hombre apoyó las manos sobre la mesa.

—Usted dice: “Todos tienen que cumplir estos requisitos”.

—Sí.

—Una empresa grande paga a cinco personas para cumplirlos. Yo tengo que hacerlo por las noches.

Daniel no respondió.

—Las reglas pueden ser iguales y las consecuencias no.

Aquella frase volvió con él a casa.

La escribió en una hoja.

Igualdad de la regla. Desigualdad de la capacidad para soportarla.

La llevó a la casa.

Rogers la leyó.

—Esto ocurre también con las personas.

Rand añadió:

—Y eso no significa que toda desigualdad de resultados sea injusta.

—No he dicho eso.

—Pero alguien podría utilizarlo para justificar cualquier redistribución.

Rogers la miró.

—Y alguien podría utilizar lo contrario para justificar cualquier indiferencia.

Rand se volvió hacia él.

—No es indiferencia defender derechos.

—No. Pero tampoco basta con reconocerlos para resolver sus consecuencias.

Rand guardó silencio.

Daniel observó a ambos.

Ya no intentaba reconciliarlos.

Había comprendido que algunas diferencias no tenían que desaparecer.

Quizá incluso eran necesarias.

El problema no era que los filósofos discreparan.

El problema aparecía cuando una de las partes conseguía impedir que la otra pudiera siquiera plantear su objeción.


CCXIII

La mayoría

La discusión cambió cuando llegó una propuesta nueva.

Un grupo de ciudadanos había recogido firmas para exigir que determinadas decisiones económicas fueran sometidas a votación popular.

La propuesta tenía un apoyo enorme.

—¿Qué puede haber más democrático? —preguntó Rousseau.

Brennan respondió:

—Que votar no convierte automáticamente a nadie en competente.

—Pero tampoco convierte a los expertos en dueños de la decisión.

—De acuerdo.

—Entonces, ¿qué propones?

—Que distingamos entre decidir los fines y conocer los medios.

Aristóteles intervino:

—Y que recordemos que la ciudadanía no consiste únicamente en votar.

—¿En qué consiste entonces? —preguntó alguien.

—En participar en el gobierno y en aceptar también la responsabilidad por el gobierno.

Rousseau sonrió.

—Eso exige demasiado.

—La libertad suele hacerlo.

Strauss añadió:

—Pero todavía falta algo.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

—La mayoría puede decidir.

—Sí.

—Y aun así puede decidir algo injusto.

Rousseau respondió:

—¿Quién lo determina?

—Esa es precisamente la cuestión.

Rand intervino:

—Si una mayoría puede quitar cualquier derecho simplemente porque tiene suficientes votos, entonces los derechos no son derechos.

Rousseau negó con la cabeza.

—Si una minoría puede impedir cualquier decisión de la mayoría invocando derechos absolutos, entonces la democracia tampoco es democracia.

La discusión se endureció.

Arendt observaba.

Daniel esperaba.

Finalmente dijo:

—Quizá el error sea pensar que hay una sola pregunta.

Todos callaron.

—Hay al menos tres.

Levantó un dedo.

—¿Quién decide?

Otro.

—¿Sobre qué puede decidir?

Y un tercero.

—¿Qué no puede decidir, aunque tenga mayoría?

Strauss sonrió.

—Ahora sí.

Rousseau no sonrió.

—Y ahora empieza el verdadero problema.


CCXIV

Lo que no se vota

La pregunta provocó una tormenta.

Porque cada uno tenía una lista diferente de cosas que consideraba fuera del alcance de la mayoría.

Rand habló de derechos individuales.

Mariana, de límites jurídicos y morales al poder.

Strauss, de principios de justicia que no dependen de una votación.

Rousseau defendió la soberanía política.

Arendt advirtió contra cualquier poder que pudiera convertirse en absoluto.

Brennan preguntó quién tendría autoridad para interpretar los límites.

Y entonces Daniel hizo una pregunta que nadie esperaba.

—¿Qué pasa si la mayoría vota algo que todos nosotros consideramos injusto?

Rousseau respondió:

—Entonces habrá que convencerla.

—¿Y si no se deja convencer?

Silencio.

—¿Y si insiste?

Strauss habló:

—Entonces aparece la cuestión de la resistencia.

Machiavelli sonrió.

—Y con ella, la cuestión del poder.

Mariana añadió:

—Y del derecho.

Arendt:

—Y del precio.

Daniel miró a Epicteto.

—¿Y del individuo?

Epicteto respondió:

—El individuo siempre llega al final.

—¿Por qué?

—Porque al final de todas las teorías hay un hombre que tiene que decidir si obedece.

Daniel recordó la silla.

Esta vez no necesitó verla.

La llevaba dentro.


CCXV

La multitud

La votación se celebró.

La mayoría aprobó la medida.

Era legal.

Era popular.

Y, para una parte de la población, era injusta.

Las protestas comenzaron esa misma noche.

No fueron violentas al principio.

Después apareció una agresión.

Luego otra.

El gobierno municipal decretó restricciones temporales.

Algunos ciudadanos las consideraron necesarias.

Otros las consideraron abusivas.

Los periódicos empezaron a utilizar palabras distintas para describir lo mismo.

“Defensa del orden.”

“Represión.”

“Protección ciudadana.”

“Censura.”

“Garantía de convivencia.”

“Persecución.”

Daniel volvió a sentir aquella sensación conocida.

Las palabras estaban empezando a sustituir a los hechos.

Y esta vez no bastaba con denunciarlo.

Había que decidir.

El alcalde pidió consejo.

—¿Qué recomienda?

Daniel miró los informes.

—No lo sé.

El alcalde apretó los labios.

—Necesito algo más.

—Entonces necesito más información.

—La situación está empeorando.

—Lo sé.

—No tenemos tiempo.

Daniel levantó la mirada.

—Precisamente por eso no debemos inventar certeza.

El alcalde golpeó suavemente la mesa.

—¿Y qué hago mientras tanto?

Daniel respiró.

—Defina exactamente qué amenaza intenta detener.

—La violencia.

—Entonces no prohíba lo que no sea necesario para detenerla.

—¿Y si las protestas terminan en violencia?

—Intervenga cuando exista una amenaza concreta.

—Eso es difícil.

—Sí.

—¿Y si nos equivocamos?

Daniel respondió:

—Nos equivocaremos.

El alcalde lo miró.

—No parece una respuesta tranquilizadora.

—No lo es.


CCXVI

La excepción

Aquella noche el gobierno adoptó medidas extraordinarias.

Durarían setenta y dos horas.

Solo afectarían a determinadas zonas.

Serían revisadas cada doce horas.

Los motivos tendrían que quedar registrados.

La policía recibiría instrucciones específicas.

Y cada restricción tendría una fecha de caducidad automática.

Daniel insistió en aquello.

—Si creen que necesitan mantenerla, tendrán que volver a justificarla.

Un funcionario preguntó:

—¿Por qué tanta insistencia?

Daniel respondió:

—Porque una excepción que no tiene que terminar empieza a parecerse demasiado a una regla.

Machiavelli, al conocer las medidas, dijo:

—Eso es sensato.

Mariana lo miró.

—¿Te sorprende?

—No. Me sorprende que lo cumplan.

—Por eso hay que escribirlo.

—Y por eso habrá que vigilar que no lo cambien.

Arendt añadió:

—Y habrá que vigilar a quienes vigilan.

Daniel sonrió.

—¿Alguna vez termina esto?

Arendt respondió:

—No.

—Magnífico.

—La libertad no tiene un mecanismo de mantenimiento automático.


CCXVII

El primer abuso

A las treinta horas ocurrió.

Un grupo de agentes detuvo a varios manifestantes.

Uno de ellos no había cometido ningún acto violento.

Su detención había sido una confusión.

Los responsables lo reconocieron.

Pero alguien propuso mantenerlo detenido unas horas más.

—Así evitamos problemas.

Daniel recibió la información.

Fue a hablar con el responsable.

—Hay que liberarlo.

—Puede volver a la protesta.

—Sí.

—Y puede provocar incidentes.

—También puede no hacerlo.

—¿Y si lo hace?

Daniel lo miró.

—Entonces actuaremos por lo que haga, no por lo que imaginemos que hará.

El responsable respondió:

—¿Y si nos equivocamos?

Daniel recordó la conversación de la noche anterior.

—Entonces nos equivocaremos respetando el límite que nosotros mismos establecimos.

El hombre abrió la puerta.

El detenido salió.

No hubo incidentes.

Pero Daniel sabía que aquello no demostraba que su decisión hubiera sido correcta.

Solo demostraba que, esta vez, había funcionado.

La diferencia importaba.


CCXVIII

La tentación de quedarse

Las setenta y dos horas terminaron.

La violencia había disminuido.

Las restricciones fueron levantadas.

Algunos pidieron mantenerlas.

—Ahora que funcionan, ¿por qué quitarlas?

Daniel respondió:

—Porque eran excepcionales.

—Pero la situación no ha desaparecido.

—Entonces habrá que aprobar medidas ordinarias.

—Eso tardará.

—Sí.

—Y mientras tanto podemos volver a tener violencia.

—Sí.

—Entonces es irresponsable levantarlas.

Daniel miró al hombre.

—No.

—¿No?

—Sería irresponsable no reconocer que una excepción puede ser necesaria. Pero también lo es no reconocer que una excepción puede convertirse en una forma cómoda de gobernar.

El hombre no respondió.

Daniel pensó en Machiavelli.

En Mariana.

En Arendt.

En Strauss.

En Epicteto.

Todos tenían una parte de aquella escena.

El poder necesitaba actuar.

La ley necesitaba limitarlo.

La realidad podía exigir excepciones.

Y la excepción podía convertirse en costumbre.

No existía una fórmula que eliminara el conflicto.

Solo instituciones y hombres capaces de recordar que el poder siempre encuentra una razón para quedarse.

Daniel miró el reloj.

Las restricciones terminarían a medianoche.

Y, por primera vez, nadie estaba esperando una catástrofe para justificarlas.

Las quitaron.

A medianoche.

Exactamente como estaba escrito.

No hubo aplausos.

No hubo héroes.

Solo una decisión que había llegado a su final previsto.

Daniel salió del edificio.

En la calle, la ciudad seguía allí.

Ni mejor.

Ni peor.

Simplemente más libre de una excepción que, por una vez, había terminado cuando debía.

Y Daniel comprendió que quizá algunas victorias tenían esa forma.

No parecer una victoria.

CCXIX

El día después

A la mañana siguiente, la ciudad amaneció tranquila.

Demasiado tranquila.

Los periódicos anunciaban el final de las restricciones como si se tratara de una victoria política.

Unos hablaban de responsabilidad.

Otros de debilidad.

Unos aseguraban que el gobierno había demostrado firmeza.

Otros que había cedido ante la presión.

Daniel leyó varios.

Todos contaban la misma noche de una manera diferente.

No le sorprendió.

Lo que sí le sorprendió fue encontrar su propio nombre en uno de ellos.

El artículo decía que Daniel había sido uno de los principales responsables de la decisión.

No era cierto.

Había participado.

Había aconsejado.

Había insistido en algunas condiciones.

Pero no había decidido.

El periodista había convertido su papel en algo mayor.

Daniel llamó a la redacción.

—Quiero corregir una cosa.

—¿Qué?

—Yo no tomé la decisión.

—Pero influiste.

—Sí.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Daniel guardó silencio.

Era una pregunta razonable.

—Que no quiero aparecer como responsable de algo que no decidí.

—¿Y por qué?

Daniel respondió:

—Porque también quiero que quede claro quién decidió.

Hubo una pausa.

—¿Está diciendo que quiere quitarse responsabilidad?

—No.

—Pues eso parece.

—Quiero exactamente lo contrario.

El periodista no entendió.

Daniel continuó:

—Si yo acepto el mérito de una decisión que no tomé, mañana también podré aceptar que otro cargue con el coste de una decisión que sí tomé.

La conversación terminó poco después.

El artículo no fue corregido.

Daniel apagó el teléfono.

No podía controlar eso.

Pero sí podía controlar otra cosa.

No volvería a aceptar una responsabilidad que no era suya para obtener reconocimiento.

Y tampoco permitiría que le atribuyeran una decisión para después esconder detrás de su nombre a quienes realmente habían decidido.

Había aprendido que la responsabilidad no consistía únicamente en aceptar culpas.

También consistía en negarse a aceptar las que no correspondían.


CCXX

La mujer de la tienda

Aquella tarde Daniel recibió una visita.

Era la mujer que había hablado meses atrás en aquella reunión.

La de la tienda.

—¿Puedo hablar contigo?

—Claro.

Ella dejó un sobre encima de la mesa.

—He cerrado.

Daniel la miró.

—¿Qué?

—La tienda.

No supo qué decir.

—Lo siento.

—No quiero que lo sientas.

Daniel guardó silencio.

—Quiero que entiendas algo.

—Te escucho.

—La reforma que hicisteis no me ha salvado.

Daniel bajó la mirada.

—Lo sé.

—No.

La mujer negó con la cabeza.

—No lo sabes.

Daniel levantó los ojos.

—Entonces dímelo.

—Durante meses hablasteis de transparencia, de controles, de responsabilidad, de quién paga.

Señaló el sobre.

—Yo pagué.

Daniel no respondió.

—Y ahora que he cerrado, todos me dicen que la decisión fue necesaria.

La frase quedó suspendida en el aire.

—Quizá lo fuera —continuó ella—. Pero eso no cambia que yo haya perdido mi negocio.

Daniel asintió.

—No.

—Entonces no me digas que hicisteis lo correcto.

Daniel la miró.

—No iba a decírtelo.

La mujer pareció sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque no puedo convertir tu pérdida en una prueba de que mi decisión fue buena.

Ella permaneció callada.

—¿Entonces qué puedes hacer?

Daniel pensó.

—Puedo averiguar si había alternativas que no vimos.

—¿Y si no las había?

—Entonces tendré que aceptarlo.

—¿Y eso qué cambia?

Daniel respondió:

—Nada para tu tienda.

La mujer bajó la mirada.

—Eso es lo que nadie quiere reconocer.

Daniel asintió.

—Sí.

Ella recogió el sobre.

Antes de salir, se volvió.

—Al menos ahora hablas como una persona.

Daniel sonrió débilmente.

—Estoy aprendiendo.

—No aprendas demasiado tarde.

Y se marchó.


CCXXI

El expediente que faltaba

Daniel abrió el expediente aquella misma noche.

No para salvarse.

No para demostrar que tenía razón.

Para buscar lo que no habían visto.

Pidió todos los estudios anteriores.

Los informes descartados.

Las alternativas.

Las objeciones.

Los documentos que habían quedado fuera de las reuniones.

Y encontró algo.

Una propuesta.

Había sido presentada seis meses antes.

Era imperfecta.

Más cara al principio.

Más lenta.

Pero habría reducido considerablemente el impacto sobre pequeños comercios.

La propuesta había sido descartada porque exigía una coordinación que nadie quería asumir.

No había sido ilegal.

No había sido ocultada.

Simplemente había resultado incómoda.

Daniel se quedó mirando el documento.

Aquello era peor que descubrir una conspiración.

No había conspiración.

Había comodidad.

Nadie había querido hacerse responsable de una solución más complicada.

Cada uno había escogido la parte que le correspondía.

Y el coste había terminado en manos de quienes no estaban sentados en la mesa.

Daniel llamó al responsable del proyecto.

—He encontrado una alternativa.

—¿Ahora?

—Sí.

—La situación ya está resuelta.

—No.

—¿No?

—La emergencia terminó. El problema no.

El hombre suspiró.

—Daniel, no podemos rehacerlo todo cada vez que encontramos un documento antiguo.

—No quiero rehacerlo todo.

—Entonces, ¿qué quieres?

Daniel miró el expediente.

—Quiero saber por qué descartamos esto.

—Ya estaba descartado.

—Eso no es una respuesta.

—Fue una decisión colectiva.

Daniel sonrió.

Ahí estaba otra vez.

La frase perfecta.

Decisión colectiva.

Nadie había decidido.

Y todos habían decidido.

—Quiero la reunión mañana.

—¿Para qué?

—Para que quien la descartó explique por qué.

—¿Y si nadie recuerda?

—Entonces tendremos un problema mayor.


CCXXII

La reunión

A las nueve de la mañana estaban todos.

Daniel colocó el documento sobre la mesa.

—Esta propuesta existía.

Un técnico levantó la mano.

—La conocíamos.

—¿Por qué se descartó?

—Era demasiado compleja.

—¿Quién lo decidió?

Silencio.

Uno dijo:

—El equipo.

—¿Qué equipo?

Otro respondió:

—Todos.

Daniel miró los nombres.

—No aparece ninguna votación.

—No hacía falta.

—Entonces, ¿quién dijo que no?

Silencio.

Finalmente habló una mujer.

—Yo.

Todos la miraron.

—Fui yo quien dijo que no merecía la pena.

Daniel asintió.

—¿Por qué?

—Porque pensé que no funcionaría.

—¿Tenías datos?

—No suficientes.

—¿Entonces?

La mujer respiró.

—Me pareció demasiado complicado.

Daniel no dijo nada.

Ella continuó:

—Y todos estuvieron de acuerdo.

—¿Por qué?

La mujer miró alrededor.

—Porque nadie quería ser el que defendiera una opción complicada si salía mal.

Daniel comprendió.

No había corrupción.

No había malicia.

Había algo más peligroso.

Miedo distribuido.

Cada uno había esperado que otro asumiera el riesgo.

Y al final habían escogido la solución que nadie amaba pero que nadie temía defender.

Machiavelli habría entendido aquello inmediatamente.

Olson también.

Arendt habría hablado de responsabilidad.

Mariana, de poder.

Strauss habría preguntado quién debía decidir.

Pero Daniel ya no necesitaba que nadie lo explicara.

Lo estaba viendo.

—Entonces el problema no fue que alguien tomara una mala decisión.

Todos lo miraron.

—Fue que nadie quiso tomar una decisión suficientemente mala como para asumirla personalmente.

Nadie respondió.


CCXXIII

La otra decisión

Aquella noche Daniel recibió otro mensaje.

Era ella.

¿Podemos hablar?

Se encontraron en el mismo café.

Ella parecía nerviosa.

—He estado pensando.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros.

Daniel no dijo nada.

—Quiero intentarlo.

Él respiró.

—¿Intentarlo cómo?

—No lo sé.

Daniel sonrió.

—Eso empieza a gustarme.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

—No bromees.

—Perdón.

—No quiero volver a lo de antes.

—Yo tampoco.

—No quiero que me cuentes todo para que yo te perdone.

—No lo haré.

—No quiero que cada problema se convierta en una lección.

Daniel sonrió.

—Eso puede ser más difícil.

Ella lo miró.

—¿Por qué?

—Porque tengo tendencia a convertir mi vida en un seminario.

Ella se echó a reír.

—Eso sí que lo sabes.

Después se quedó seria.

—Quiero que si algún día volvemos a discutir, podamos discutir.

—¿Sin intentar resolverlo inmediatamente?

—Exacto.

—Eso va a ser difícil.

—Ya lo sé.

—¿Y si no funciona?

Ella tardó en responder.

—Entonces no funcionará.

Daniel la miró.

—¿Y no quieres saber antes si funcionará?

—No.

—¿Por qué?

Ella sonrió.

—Porque ya lo intenté contigo cuando quería tener garantías.

Daniel comprendió.

Aquello no era una promesa.

Era una decisión.

Y quizá las decisiones más importantes fueran precisamente aquellas que no podían garantizar su resultado.


CCXXIV

Los absolutos

Cuando Daniel regresó a la casa, encontró a Strauss solo.

—Quiero preguntarte algo.

—Adelante.

—¿Existen cosas que no deberían estar sometidas a discusión?

Strauss lo miró fijamente.

—Sí.

—¿Cuáles?

—Esa es la parte difícil.

Daniel sonrió.

—Claro.

—Si todo puede discutirse, incluso aquello que permite discutir, entonces la discusión se destruye a sí misma.

—¿Y quién decide qué es intocable?

—Ahí está el peligro.

—Entonces estamos otra vez en el mismo sitio.

—No exactamente.

Strauss se levantó.

—Lo que estás buscando es un absoluto.

—Quizá.

—Y deberías desconfiar tanto del hombre que dice que no existen absolutos como del que asegura conocerlos todos.

Daniel pensó en ello.

—Entonces, ¿qué queda?

Strauss respondió:

—La vigilancia.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros mismos.

Daniel sonrió.

—Eso suena a Epicteto.

—Tal vez.

—¿Y si tenemos que elegir?

Strauss lo miró.

—Entonces elegimos.

—¿Sin certeza?

—La certeza no es una condición de la acción.

Daniel asintió.

Había oído aquella idea muchas veces.

Pero ahora empezaba a comprender algo que antes se le escapaba.

La ausencia de certeza no obligaba a suspender el juicio.

Obligaba a hacerlo con más cuidado.


CCXXV

El último enemigo

Pasaron los meses.

La ciudad siguió funcionando.

Hubo nuevas elecciones municipales.

Nuevas protestas.

Nuevos problemas.

Nuevas leyes.

Nuevas promesas.

Algunas se cumplieron.

Otras no.

Los mismos hombres que habían jurado que jamás harían determinadas cosas terminaron haciéndolas cuando cambiaron las circunstancias.

Los que habían denunciado el poder descubrieron que también les gustaba ejercerlo.

Los que habían defendido la transparencia encontraron razones para ocultar información cuando les perjudicaba.

Los que habían exigido libertad descubrieron que la libertad de sus adversarios les resultaba incómoda.

Nada de aquello sorprendía ya a Daniel.

Lo que sí le sorprendía era descubrir esas mismas contradicciones dentro de sí mismo.

Seguía queriendo tener razón.

Seguía sintiendo miedo.

Seguía buscando aprobación.

Seguía mintiendo alguna vez.

Seguía aplazando algunas decisiones.

La diferencia era más pequeña de lo que había imaginado.

Ahora lo veía.

No se había convertido en un hombre nuevo.

Había aprendido a detectar antes al hombre viejo.

Una tarde recibió una carta.

Era de House.

Solo decía:

¿Sigues pensando que has cambiado?

Daniel sonrió.

Escribió:

No.

Esperó unos segundos.

Añadió:

Creo que ahora sé que puedo volver atrás.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Bien. Ahora empieza lo difícil.

Daniel dejó el teléfono.

Miró por la ventana.

La ciudad estaba llena de personas que creían saber lo que debían hacer.

También estaba llena de personas que sabían perfectamente lo que debían hacer y no querían hacerlo.

Y estaba llena de otras que no sabían qué hacer y tenían que decidir de todos modos.

Daniel pensó en Freud.

En Rogers.

En Rand.

En Epicteto.

En Marco Aurelio.

En Aristóteles.

En Maquiavelo.

En Strauss.

En Arendt.

En Camus.

En todos los que habían pasado por aquella casa.

Durante meses había creído que aquella reunión trataba sobre el hombre.

Ahora entendía que no.

Trataba sobre una pregunta mucho más incómoda.

Qué hacemos cuando sabemos suficiente para actuar, pero no lo suficiente para estar seguros.

Y la respuesta no estaba en la casa.

No estaba en los libros.

No estaba en una teoría.

Estaba en el momento exacto en que cada hombre se queda solo frente a una decisión.

Y descubre que nadie puede decidir por él.

Daniel apagó la luz.

Esta vez no había silla.

No había filósofos.

No había House.

Solo quedaba él.

Y mañana.

CCXXVI

Dos caminos

Durante los días siguientes, Daniel recibió dos propuestas.

La primera procedía de la consultora.

La misma empresa que había rechazado meses atrás.

La segunda procedía del ayuntamiento.

No querían contratarlo.

Querían que dirigiera un pequeño equipo encargado de revisar las consecuencias de las nuevas normas.

Dos trabajos.

Dos mundos.

Uno pagaba mucho más.

El otro ofrecía mucha menos seguridad.

Y, por primera vez, Daniel no buscó inmediatamente cuál era el correcto.

Cogió una hoja y escribió:

¿Qué quiero?

Se quedó mirándola.

Después añadió:

¿Qué necesito?

Y debajo:

¿Qué estoy dispuesto a sacrificar?

No encontró respuestas inmediatas.

Pero encontró algo más importante.

Las dos ofertas tenían costes.

La consultora podía darle dinero, contactos y una posición que le permitiría influir en decisiones importantes.

También podía volver a ponerlo frente a las mismas tentaciones.

El ayuntamiento podía darle menos dinero y más frustraciones.

Pero le permitiría trabajar precisamente en aquello que ahora consideraba importante.

También podía convertirlo en un funcionario de una causa que terminara justificándolo todo.

Daniel sonrió.

Ni siquiera las buenas opciones venían limpias.

House habría dicho que eso era lo interesante.


CCXXVII

La trampa de la coherencia

Daniel llevó las dos ofertas a la casa.

Rogers fue el primero en hablar.

—¿Qué quieres hacer?

—No lo sé.

—Entonces quizá debas averiguarlo antes de decidir.

Rand intervino:

—¿Cuánto pagan?

Rogers la miró.

—No todo se reduce al dinero.

—No he dicho eso.

—Pero lo has preguntado primero.

—Porque es una variable real.

Machiavelli sonrió.

—Por fin alguien sensato.

Mariana negó con la cabeza.

—El dinero es una razón. No una justificación universal.

—Nadie ha dicho lo contrario.

Brennan preguntó:

—¿En cuál tendrás más capacidad para hacer algo útil?

—No lo sé.

Aristóteles intervino:

—Entonces averígualo.

Daniel soltó una carcajada.

—Me estáis dando exactamente el mismo consejo con palabras diferentes.

Strauss negó con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Todos estamos hablando de fines distintos.

Daniel los miró.

Strauss continuó:

—Rogers te pregunta qué quieres ser.

—Rand, qué puedes hacer.

—Brennan, qué puedes hacer competentemente.

—Aristóteles, para qué sirve lo que haces.

—Machiavelli, quién tendrá poder sobre ti.

—Mariana, qué límites tendrá ese poder.

—Y yo te pregunto quién debería tenerlo.

Daniel se quedó callado.

House apareció detrás de él.

—Y yo te pregunto cuánto pagan.

Todos protestaron.

House sonrió.

—¿Qué? También hay que comer.


CCXXVIII

La decisión

Daniel aceptó el puesto del ayuntamiento.

No porque creyera que el dinero no importaba.

Importaba.

No porque creyera que trabajar para una institución pública fuera moralmente superior.

No lo era necesariamente.

Lo aceptó porque, después de considerar las dos opciones, quería probar si podía trabajar dentro de una estructura sin convertirse en su prisionero.

La primera condición que puso fue sencilla:

—Si el equipo detecta que una medida produce un daño importante, quiero que podamos publicarlo aunque perjudique al gobierno que nos ha contratado.

El responsable político tardó en contestar.

—Eso puede resultar incómodo.

—Lo sé.

—¿Y si políticamente no nos interesa?

—Precisamente entonces será más importante.

El responsable lo miró.

—¿Y si nos hace perder las próximas elecciones?

Daniel respiró.

—Entonces tendrán que decidir si prefieren ganar las elecciones o conocer la verdad sobre lo que están haciendo.

—Eso no es una condición habitual.

—Quizá debería serlo.

La respuesta tardó dos días.

Aceptaron.

Daniel empezó una semana después.


CCXXIX

El poder que llega por la puerta de atrás

El equipo era pequeño.

Una economista.

Un ingeniero.

Una jurista.

Un técnico de datos.

Y Daniel.

Durante los primeros meses trabajaron sin demasiados problemas.

Hasta que descubrieron algo.

Una empresa había encontrado una forma de aprovechar una nueva norma para obtener ventajas que nadie había previsto.

No infringía la ley.

Simplemente la utilizaba mejor que los demás.

—Hay que cerrar el agujero —dijo la jurista.

El economista negó con la cabeza.

—Si lo cerramos ahora, afectaremos contratos que ya están en marcha.

—Entonces tendremos que modificar la norma para el futuro.

Daniel preguntó:

—¿Quién se beneficia?

Le enseñaron los datos.

Tres grandes empresas.

Cientos de pequeñas quedaban fuera.

—¿Quién redactó la norma?

Un nombre.

Daniel lo reconoció.

—¿Y quién asesoró al gobierno?

Otro nombre.

También lo reconoció.

—¿Tienen relación?

La jurista respondió:

—Formalmente, ninguna.

Daniel levantó la mirada.

—¿Y materialmente?

Silencio.

Aquella tarde descubrieron que uno de los asesores había trabajado anteriormente para una de las empresas beneficiadas.

No había delito.

No había necesariamente corrupción.

Pero sí había una puerta.

Y alguien había aprendido a abrirla desde dentro.


CCXXX

El hombre que quería salvar el sistema

El ministro responsable —un hombre inteligente, culto y perfectamente convencido de sus buenas intenciones— recibió a Daniel.

—Quiero solucionar esto.

—Bien.

—Pero no quiero destruir el sistema.

—Yo tampoco.

—Entonces necesitamos discreción.

Daniel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque si hacemos público que existe un problema, se perderá la confianza.

—¿Y si no lo hacemos público?

—Podemos corregirlo primero.

—¿Sin que nadie lo sepa?

—Sí.

Daniel guardó silencio.

Era una propuesta razonable.

También peligrosa.

—¿Quién decide qué información debe conocer la ciudadanía?

—El gobierno.

—Entonces el gobierno decide también qué puede ser discutido.

—No todo tiene que ser discutido públicamente.

—De acuerdo.

—Entonces estamos de acuerdo.

Daniel negó con la cabeza.

—No del todo.

El ministro frunció el ceño.

—¿Qué falta?

—Un límite.

—¿Cuál?

—Que la decisión de ocultar temporalmente una información tenga que quedar registrada y pueda ser revisada después.

El ministro sonrió.

—Eso es burocracia.

—No.

Daniel sostuvo su mirada.

—Es memoria.

El ministro no respondió.


CCXXXI

La mentira noble

Aquella noche Daniel volvió a pensar en Strauss.

No había querido mentir.

Solo había querido retrasar una verdad para evitar consecuencias.

La frontera parecía pequeña.

Pero Daniel ya sabía que las fronteras pequeñas eran las que más fácilmente se cruzaban.

Volvió a la casa.

Strauss estaba allí.

—He encontrado un problema.

—Siempre encuentras problemas.

—Esta vez es diferente.

—Explícalo.

Daniel lo hizo.

Strauss escuchó.

—¿Y qué quieres hacer?

—Publicarlo.

—¿Inmediatamente?

—Sí.

—¿Aunque provoque una reacción que dificulte corregirlo?

Daniel dudó.

—No lo sé.

Strauss sonrió.

—Ahora estás pensando.

—Pero antes me dijiste que la mentira noble era peligrosa.

—Lo es.

—Entonces no debemos ocultar nada.

—Eso tampoco se sigue.

Daniel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque una cosa es desconfiar de quien oculta la verdad y otra creer que toda verdad debe ser comunicada de cualquier manera y en cualquier momento.

—Entonces volvemos al principio.

—Sí.

—¿Y qué criterio utilizamos?

Strauss se acercó.

—El poder.

—¿El poder?

—Pregúntate siempre quién gana capacidad de acción si ocultas esa información.

Daniel permaneció callado.

Strauss continuó:

—Y quién la pierde.

Aquella pregunta cambió las cosas.

Porque el problema ya no era simplemente si ocultar era bueno o malo.

Era quién quedaba indefenso mientras otros decidían cuánto podía saber.


CCXXXII

La decisión difícil

Daniel recomendó hacer pública la existencia del problema.

Pero propuso que determinados detalles técnicos se mantuvieran reservados durante treinta días.

No para proteger al gobierno.

Para impedir que las empresas afectadas utilizaran inmediatamente la información para aprovechar todavía más la brecha.

La decisión fue discutida.

Algunos lo acusaron de censura.

Otros de ingenuidad.

Otros de querer contentar a todos.

Daniel no consiguió contentar a nadie.

La información se publicó.

También se publicó quién había decidido qué partes se reservaban y durante cuánto tiempo.

Treinta días después, todo el expediente quedó abierto.

Algunos lo consideraron un éxito.

Otros, un escándalo.

Daniel no sabía qué nombre ponerle.

Y ya no le importaba demasiado.

Había aprendido a desconfiar de los nombres que cerraban demasiado pronto una discusión.


CCXXXIII

La segunda vida

Mientras tanto, su relación con ella avanzaba.

No de manera espectacular.

Precisamente por eso parecía más real.

Un martes discutieron por una tontería.

El jueves ella se marchó enfadada.

Daniel sintió el impulso de llamarla.

No lo hizo.

Ella tampoco.

Al día siguiente se encontraron.

—Estabas enfadado.

—Sí.

—Yo también.

—Lo sé.

—¿Y por qué no me llamaste?

Daniel pensó.

—Porque no quería convertir la discusión en una emergencia.

Ella sonrió.

—Eso sí es nuevo.

—Estoy aprendiendo.

—No conviertas eso en una excusa.

—No.

—Bien.

Siguieron caminando.

No habían resuelto el problema.

Pero tampoco lo habían convertido en una crisis.

Daniel descubrió algo que ninguna teoría le había enseñado:

una relación también podía mejorar simplemente porque dos personas dejaban de exagerar cada conflicto.

No todo tenía que terminar en una conclusión.

No todo tenía que ser una lección.

Algunas cosas podían simplemente pasar.


CCXXXIV

La última tentación

Tres meses después, la consultora volvió a llamar.

Esta vez la oferta era mucho mejor.

Muchísimo mejor.

Más dinero.

Más poder.

Más autonomía.

Y una promesa:

—Esta vez podrás hacer las cosas a tu manera.

Daniel preguntó:

—¿Quién será mi jefe?

Le dieron un nombre.

Daniel lo conocía.

—¿Y quién decide los objetivos?

Le dieron otro nombre.

También lo conocía.

—Entiendo.

—Entonces, ¿qué dices?

Daniel miró por la ventana.

No sintió miedo.

Tampoco orgullo.

Sintió algo más incómodo.

Deseo.

Quería el puesto.

Quería el dinero.

Quería el reconocimiento.

Quería demostrar que podía entrar allí y no dejarse comprar.

La tentación no era hacer algo malo.

La tentación era pensar que él sería incapaz de hacerlo.

Eso era mucho más peligroso.

Recordó a Freud.

El hombre no siempre conoce sus propios motivos.

Recordó a Rand.

No debía renunciar a su propio interés por miedo.

Recordó a Rogers.

Tampoco debía mentirse sobre lo que deseaba.

Recordó a Epicteto.

No controlaba lo que el puesto le exigiría.

Sí controlaba si lo aceptaba.

Y recordó a House.

No conviertas tu nueva moral en otra forma de estupidez.

Daniel sonrió.

—No.

—¿No?

—No aceptaré.

—¿Por qué?

Daniel respondió:

—Porque esta vez no quiero demostrar que puedo resistir la tentación.

Hubo silencio.

—¿Entonces?

—No quiero necesitar resistirla.

Colgó.

Y por primera vez no sintió que hubiera ganado.

Había simplemente elegido el terreno en el que quería jugar.


CCXXXV

La pregunta de House

Aquella noche House apareció.

—Te han ofrecido dinero.

—Sí.

—Mucho dinero.

—Sí.

—Y has dicho que no.

—Sí.

House se sentó.

—¿Por qué?

Daniel respondió:

—Porque no quería vivir demostrando que podía resistir algo que sabía que me atraía.

House asintió.

—Eso es inteligente.

Daniel sonrió.

—¿Has dicho algo bueno de mí?

—No te acostumbres.

Silencio.

—Pero falta una cosa.

—¿Cuál?

House lo miró.

—¿Qué harías si mañana descubrieras que aceptaste el trabajo equivocado?

Daniel tardó.

—Cambiar.

House sonrió.

—Ahora sí.

Daniel se quedó pensando.

—¿Ahora sí qué?

House se levantó.

—Ahora sí estás preparado para equivocarte.

Abrió la puerta.

—¿Y eso es bueno?

House se volvió.

—No.

Sonrió.

—Es inevitable.

Y salió.

Daniel permaneció solo.

Ya no necesitaba una respuesta definitiva.

Había algo mejor.

La posibilidad de corregirse.

No siempre lo haría.

No siempre a tiempo.

No siempre sin dolor.

Pero podía hacerlo.

Y quizá eso era todo lo que un hombre podía pedirle a su propia libertad.

No la garantía de acertar.

La posibilidad de no permanecer para siempre en el error.

CCXXXVI

El hombre que ya no quería tener razón

Pasaron varias semanas.

Daniel continuó trabajando en el ayuntamiento.

Había aprendido a desconfiar de dos cosas: de quienes estaban absolutamente seguros de tener razón y de sí mismo cuando empezaba a estarlo.

Pero una tarde ocurrió algo distinto.

El equipo recibió un informe sobre el nuevo sistema de ayudas.

Los datos eran claros.

Las ayudas estaban llegando.

El problema era que no estaban llegando a quienes más las necesitaban.

La razón también era clara.

El procedimiento exigía documentos que las personas con menos recursos tenían más dificultades para conseguir.

—Hay que cambiarlo —dijo Daniel.

La jurista asintió.

—Sí.

El economista negó con la cabeza.

—No tan deprisa.

—¿Por qué?

—Porque si simplificamos demasiado los requisitos, aumentará el fraude.

Daniel respondió:

—Entonces pongamos controles donde exista riesgo de fraude.

—Eso cuesta dinero.

—También cuesta dinero que la ayuda no llegue.

El técnico de datos intervino:

—Tenemos otra opción.

Todos lo miraron.

—Podemos mantener los requisitos y utilizar un sistema automático para detectar posibles beneficiarios que no hayan solicitado la ayuda.

Daniel preguntó:

—¿Y quién decide quién es sospechoso?

—El algoritmo.

—Entonces alguien tendrá que decidir qué criterios utiliza.

Silencio.

El problema había vuelto a aparecer.

Solo había cambiado de traje.

Antes decidían funcionarios.

Ahora decidiría una máquina diseñada por funcionarios.

Daniel se echó hacia atrás.

—No estamos evitando la decisión.

—No.

—La estamos escondiendo.


CCXXXVII

La máquina

El informe llegó al responsable político.

La respuesta fue inmediata.

—Es una buena solución.

Daniel preguntó:

—¿Por qué?

—Porque es objetiva.

—No.

El responsable lo miró.

—¿No?

—Es automática. No necesariamente objetiva.

—¿Qué diferencia hay?

Daniel señaló el informe.

—Una máquina puede reproducir perfectamente una decisión equivocada.

El responsable se quedó pensando.

—Entonces hagamos una auditoría.

—¿Quién audita?

—Expertos.

—¿Y quién controla a los expertos?

El hombre suspiró.

—Daniel, si seguimos así, no podremos hacer nada.

Daniel lo miró.

—Exactamente.

—¿Exactamente qué?

—Que gobernar significa decidir. El problema empieza cuando queremos decidir sin reconocer que estamos decidiendo.

Nadie habló.

Daniel recordó a Bueno.

La democracia realmente existente no desaparecía porque introdujeran una máquina.

El poder seguía estando en alguna parte.

La cuestión era saber dónde.


CCXXXVIII

El nuevo enemigo

Aquella noche Daniel volvió a la casa.

No estaban todos.

Solo Freud, Rand, Rogers, Strauss y Arendt.

—Tenemos un problema nuevo —dijo Daniel.

Rand sonrió.

—Eso significa que tienes trabajo.

Daniel explicó el asunto.

Freud fue el primero en hablar.

—Lo interesante no es la máquina.

—¿Qué es?

—La necesidad humana de creer que una decisión tomada por una máquina no tiene autor.

Arendt asintió.

—La ausencia de un rostro facilita la ausencia de responsabilidad.

Rand añadió:

—Y la máquina no tiene derechos sobre ti. Los tienen las personas que la diseñaron y quienes utilizan sus resultados.

Strauss intervino:

—Pero tampoco confundamos la herramienta con el poder.

—¿Qué quieres decir?

—Una máquina puede ampliar el poder de un gobernante. Pero también puede limitarlo si sus reglas son públicas y pueden ser revisadas.

Daniel miró a los cuatro.

—Entonces el problema vuelve a ser el mismo.

Arendt negó con la cabeza.

—No exactamente.

—¿Por qué?

—Porque ahora la obediencia puede presentarse como neutralidad.

Daniel entendió.

Antes alguien podía decir:

«Yo solo cumplo órdenes».

Ahora podía decir:

«El sistema lo ha decidido».


CCXXXIX

El que nadie veía

El ayuntamiento aprobó finalmente un sistema provisional.

Pero Daniel exigió tres condiciones.

Primera: que los criterios fueran públicos.

Segunda: que cualquier persona pudiera impugnar una decisión.

Tercera: que siempre existiera un responsable identificable.

La tercera fue la más difícil.

—¿Por qué necesitamos un responsable individual? —preguntó el director.

—Porque si algo sale mal, alguien tendrá que responder.

—Puede responder la institución.

—Las instituciones no sienten las consecuencias.

—Eso es una metáfora.

—No.

Daniel señaló una carpeta.

—La institución no pierde su casa. No pierde su empleo. No pasa hambre. No tiene que explicar a un niño por qué no puede comprarle comida.

El director permaneció callado.

—Siempre hay alguien sentado en la silla —continuó Daniel—. Aunque intentemos fingir que no existe.

Aquella frase terminó incorporándose al reglamento.

Toda decisión automatizada deberá identificar al responsable de su aplicación y establecer un procedimiento de revisión.

No era una gran revolución.

Pero Daniel había aprendido a desconfiar de las grandes revoluciones.

A veces cambiar una frase podía cambiar quién respondía cuando las cosas salían mal.


CCXL

La mujer de la tienda

La mujer de la tienda volvió a aparecer.

Esta vez no estaba enfadada.

Estaba cansada.

—Han cambiado las ayudas.

—Sí.

—Ahora puedo solicitarlas.

Daniel sonrió.

—Me alegro.

Ella no sonrió.

—Todavía no me han concedido nada.

Daniel bajó la mirada.

—Entonces todavía no hemos terminado.

—Eso quería decirte.

—¿Qué?

—Que no quiero que confundáis cambiar una norma con solucionar mi problema.

Daniel levantó la cabeza.

—Tienes razón.

Ella lo miró sorprendida.

—Antes habrías explicado durante veinte minutos por qué el cambio era razonable.

Daniel sonrió.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Pues sigue.

Ella se marchó.

Daniel la vio alejarse.

No había conseguido nada.

Pero había aprendido algo.

Una reforma podía ser correcta en el papel y fracasar en la vida de una persona.

Y esa persona no tenía ninguna obligación de sentirse agradecida porque alguien hubiera diseñado una norma mejor.


CCXLI

La vieja pregunta

Esa noche Daniel recibió una llamada de ella.

—¿Puedes venir?

—Sí.

Se encontraron en un banco.

—Tengo miedo —dijo ella.

Daniel no preguntó inmediatamente a qué.

Esperó.

—No sé si estamos haciendo esto bien.

Daniel respiró.

—Yo tampoco.

—Antes habrías intentado convencerme.

—Sí.

—Ahora no.

—Porque no puedo saberlo por ti.

Ella lo miró.

—Eso es lo que más me gusta de ti.

Daniel sonrió.

—¿Y lo que menos?

—Que a veces te escondes detrás de eso.

—¿Cómo?

—Dices que respetas mi libertad cuando en realidad tienes miedo de decidir.

Daniel se quedó inmóvil.

La frase le dolió.

Precisamente por eso supo que podía ser cierta.

—Sí.

Ella esperaba una explicación.

No llegó.

—Sí —repitió Daniel—. Puede que tengas razón.

—¿No vas a defenderte?

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero pensar antes de hacerlo.

Ella sonrió.

—Ahora sí.

Se quedaron sentados.

No resolvieron su futuro.

Pero tampoco huyeron de él.


CCXLII

La última defensa

Al día siguiente Daniel recibió una noticia inesperada.

El responsable político había decidido presentarse a las próximas elecciones con un discurso basado precisamente en las reformas que habían hecho.

Nada extraño.

Hasta que Daniel leyó el documento.

Habían eliminado las partes incómodas.

Las ayudas aparecían como un éxito.

Los errores habían desaparecido.

Las protestas no figuraban.

Los costes tampoco.

Daniel fue directamente a su despacho.

—Esto no es el informe.

—Es una comunicación política.

—Pero utiliza nuestros datos.

—Sí.

—Y omite información esencial.

—Toda comunicación selecciona información.

Daniel recordó a Trivers.

La mentira más eficaz no siempre necesitaba inventar.

A veces bastaba con seleccionar.

—Entonces quiero que conste mi desacuerdo.

—Constará.

—¿Dónde?

—En el expediente.

—No basta.

El responsable político lo miró.

—¿Qué quieres hacer?

Daniel respondió:

—Publicar el informe completo.

El hombre se levantó.

—Eso nos hará daño.

—Probablemente.

—A nosotros.

—Sí.

—¿Y a ti?

Daniel tardó unos segundos.

—También.

El responsable lo miró fijamente.

—Entonces, ¿por qué?

Daniel respondió:

—Porque si solo digo la verdad cuando decirla no me cuesta nada, no estoy diciendo la verdad. Estoy haciendo una inversión.


CCXLIII

El precio

El informe completo se publicó.

Hubo críticas.

Algunas justificadas.

Otras no.

La oposición utilizó los datos contra el gobierno.

El gobierno acusó a Daniel de irresponsabilidad.

En las redes sociales lo llamaron de todo.

Durante dos días pensó que había cometido un error.

Después recordó algo que había tardado años en comprender.

El resultado no demostraba automáticamente que la decisión hubiera sido correcta.

Tampoco que hubiera sido equivocada.

Solo demostraba que había tenido consecuencias.

Y ahora debía responder por ellas.

El responsable político terminó dimitiendo.

No por el informe.

Por una investigación paralela que reveló irregularidades que ya estaban siendo investigadas.

Daniel no quiso atribuirse ningún mérito.

No era suyo.

Aquello le pareció importante.

Había una nueva tentación.

Convertir la responsabilidad en vanidad.

Ser el hombre que siempre había advertido.

Ser el que había tenido razón.

Ser el que podía decir:

«Os lo dije».

Daniel descubrió que esa frase podía ser otra forma de mentira.


CCXLIV

El último visitante

Una tarde, mientras trabajaba, recibió un mensaje.

No tenía nombre.

Solo decía:

«Sigues intentando arreglar el mundo».

Daniel supo quién era.

House.

Contestó:

«No».

La respuesta llegó inmediatamente.

«Mentiroso».

Daniel sonrió.

Escribió:

«Entonces, ¿qué estoy haciendo?»

Tardó unos segundos.

«Intentando arreglarte».

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

No supo si aquello era una broma.

O una acusación.

Probablemente las dos cosas.


CCXLV

La casa vacía

Cuando volvió a la casa, estaba vacía.

No había filósofos.

No había debates.

No había sillas colocadas alrededor de la mesa.

Solo quedaba la habitación.

Daniel caminó lentamente.

Recordó la primera pregunta.

¿Qué es el hombre?

Habían respondido de muchas maneras.

Animal.

Razón.

Deseo.

Libertad.

Producto de su historia.

Ser social.

Ser político.

Ser capaz de obedecer.

Ser capaz de resistir.

Ninguna respuesta había sido suficiente.

Y quizá ese era el error.

Habían buscado una definición cuando tenían delante una tarea.

El hombre no era solamente lo que había sido.

Tampoco solamente lo que quería ser.

Era también aquello que hacía con lo que había recibido.

Daniel se sentó.

Esta vez no había nadie enfrente.

Ni Freud.

Ni Rogers.

Ni Rand.

Ni Strauss.

Ni Arendt.

Ni House.

Solo él.

Y comprendió algo que le produjo una extraña tranquilidad.

No necesitaba que todos ellos estuvieran de acuerdo.

Ni siquiera necesitaba estar de acuerdo con todos ellos.

Había utilizado sus ideas como herramientas.

Algunas le habían servido.

Otras le habían obligado a corregirse.

Ninguna podía vivir su vida por él.

Se levantó.

Antes de salir miró la silla vacía.

No la necesitaba ya.

Pero tampoco quería deshacerse de ella.


CCXLVI

Todo el mundo miente

House lo esperaba fuera.

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte.

—¿Por qué?

—Porque siempre sales por la puerta cuando termina una escena importante.

Daniel sonrió.

—¿Y ahora?

House señaló la casa.

—Ahora ya no hay escena.

Caminaron juntos.

—¿Crees que he cambiado? —preguntó Daniel.

House respondió:

—Sí.

Daniel lo miró sorprendido.

—¿De verdad?

—No.

Daniel soltó una carcajada.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

Siguieron andando.

—Entonces, ¿qué crees?

House se metió las manos en los bolsillos.

—Creo que ahora sabes cuándo estás mintiendo.

Daniel se quedó callado.

—Eso no es poco.

—¿Y sirve de algo?

House lo miró.

—Depende de lo que hagas después.

Llegaron a una cafetería.

House abrió la puerta.

—¿Sabes cuál es el problema de toda esta historia?

—¿Cuál?

—Que sigues pensando que cambiar significa convertirte en otra persona.

Daniel entró.

—¿Y qué significa?

House se sentó.

—Que cuando vuelvas a ser exactamente el mismo idiota de siempre…

Hizo una pausa.

—…te des cuenta.

Daniel se echó a reír.

—Eso es todo.

House levantó la taza.

—Eso es muchísimo.

Y durante unos minutos no hablaron de filosofía.

Ni de política.

Ni del poder.

Ni de la verdad.

Ni de la libertad.

Hablaron de comida.

De dinero.

De una mujer que había aparcado mal.

De un camarero que cobraba demasiado.

De cosas pequeñas.

De la vida.

Y quizá, después de tantos años buscando respuestas enormes, aquello era lo más extraño de todo.

Que la vida continuaba.

Sin pedir permiso a ninguna teoría.


CCXLVII

Mañana

Daniel llegó a casa tarde.

Ella estaba despierta.

—¿Dónde estabas?

—Con House.

—¿Y qué quería?

—Comer.

Ella sonrió.

—Eso sí me lo creo.

Daniel dejó las llaves.

Se sentó junto a ella.

—He pensado una cosa.

—Eso me preocupa.

Daniel sonrió.

—A mí también.

Silencio.

—¿Qué has pensado?

Daniel tardó.

—Que quizá nunca dejamos de mentirnos del todo.

Ella lo miró.

—Probablemente no.

—Y quizá tampoco dejamos de querer que los demás cambien.

—Probablemente tampoco.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Intentarlo.

Daniel la miró.

—¿Solo eso?

—Solo eso.

Y aquella respuesta, que años atrás le habría parecido insuficiente, ahora le pareció exacta.

No había garantía.

No había método infalible.

No había sistema perfecto.

No había filósofo capaz de decidir por ellos.

No había gobierno que pudiera eliminar el precio de elegir.

No había teoría capaz de convertir al hombre en aquello que no quería ser.

Había decisiones.

Consecuencias.

Errores.

Correcciones.

Mentiras.

Y, de vez en cuando, alguien dispuesto a reconocerlas.

Daniel apagó la luz.

Mañana tendría que volver a trabajar.

Quizá se equivocaría.

Quizá volvería a mentirse.

Quizá intentaría controlar lo que no dependía de él.

Quizá querría tener razón.

Quizá tendría miedo.

Pero ahora conocía la trampa.

Y conocerla no lo hacía libre.

Solo le impedía decir que no sabía dónde estaba.

El resto seguía dependiendo de él.

Como siempre.

CCXLVIII

La tranquilidad era sospechosa

Durante un tiempo, nada ocurrió.

Y aquello empezó a inquietar a Daniel.

Había aprendido a vivir esperando la siguiente contradicción, el siguiente conflicto, la siguiente decisión que obligaría a alguien a pagar un precio.

Pero las semanas pasaron.

El trabajo funcionaba.

Su relación avanzaba.

No había grandes crisis.

Ni llamadas nocturnas.

Ni reuniones interminables.

Ni filósofos entrando por puertas imposibles.

La vida, sencillamente, parecía haberse vuelto normal.

Una mañana, mientras desayunaba, Daniel dijo:

—Todo va demasiado bien.

Ella levantó la vista del café.

—¿Eso es un problema?

—No.

—Lo parece.

—No estoy acostumbrado.

Ella sonrió.

—Entonces acostúmbrate.

Daniel volvió a mirar su taza.

—Eso también puede ser peligroso.

—¿Por qué?

—Porque uno puede acostumbrarse a cualquier cosa.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—Incluido estar bien.

Daniel la miró.

No supo qué contestar.


CCXLIX

La noticia

La noticia llegó un lunes.

Un incendio había destruido una parte de un edificio municipal.

No había muertos.

Pero había varios heridos.

El edificio almacenaba documentación relacionada con las ayudas y con algunos expedientes todavía pendientes.

Daniel recibió la llamada a las siete y cuarto.

—¿Cuánto se ha perdido?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Copias digitales?

—Algunas.

—¿Copias externas?

Silencio.

Daniel cerró los ojos.

—¿No hay copias externas?

—No de todo.

Aquello no era una catástrofe.

Todavía.

Pero podía convertirse en una.

La documentación perdida afectaba a cientos de personas.

Algunas llevaban meses esperando.

Y ahora nadie sabía exactamente qué se había perdido.

Daniel llegó al edificio.

El humo todavía salía por una ventana.

Un empleado se acercó.

—Ha sido un desastre.

Daniel miró los restos.

—No.

—¿No?

—El incendio ha sido un desastre.

Señaló los ordenadores.

—Esto es un problema que nosotros dejamos que ocurriera.


CCL

La primera reunión

A las nueve de la mañana había veinte personas alrededor de una mesa.

Todos tenían una explicación.

El sistema de copias estaba previsto.

Pero no se había completado.

La empresa encargada del mantenimiento había cambiado de servidor.

El departamento jurídico había enviado una advertencia.

El técnico había informado de una incidencia.

El responsable administrativo había dado por resuelto el problema.

Cada frase era cierta.

Y, sin embargo, juntas producían algo absurdo.

Nadie había querido decidir que el problema era realmente suyo.

Daniel escuchó durante media hora.

Finalmente preguntó:

—¿Quién sabía que no existía una copia completa?

Tres personas levantaron la mano.

—¿Quién podía solucionarlo?

Dos.

—¿Quién tenía autoridad para hacerlo?

Una.

—¿Quién decidió no hacerlo?

Silencio.

Daniel esperó.

—No os estoy preguntando quién tuvo la culpa.

Nadie habló.

—Os estoy preguntando quién decidió.

El responsable administrativo respondió:

—No hubo una decisión expresa.

Daniel lo miró.

—Entonces hubo una decisión implícita.

—No es lo mismo.

—Para los expedientes perdidos sí.


CCLI

La responsabilidad distribuida

Aquella tarde, Daniel llevó el asunto a la casa.

Freud escuchó el relato.

—Todos tenían una razón para no actuar.

—Sí.

—Entonces cada uno pudo protegerse psicológicamente.

—¿De qué?

—De la responsabilidad.

Arendt fue más directa.

—La responsabilidad distribuida puede convertirse en irresponsabilidad colectiva.

Mancur Olson intervino:

—Porque el coste de resolver el problema era inmediato y concreto, mientras que el beneficio era difuso.

Daniel lo miró.

—¿Estás diciendo que nadie tenía interés suficiente para arreglarlo?

—Estoy diciendo que cada individuo tenía incentivos para pensar que otro lo haría.

Machiavelli sonrió.

—Y cuando todos piensan eso, alguien acaba pagando.

—¿Quién?

—El que no estaba en la habitación.

Daniel recordó la silla.

La silla vacía.

La persona que pagaba el coste sin haber participado en la decisión.


CCLII

El expediente número 417

El expediente 417 pertenecía a una mujer que llevaba ocho meses esperando una ayuda.

Había presentado todos los documentos.

O casi todos.

El incendio había destruido precisamente el documento que faltaba confirmar.

Daniel la recibió personalmente.

Ella entró con una carpeta de plástico.

—Me han dicho que se ha perdido mi expediente.

—Sí.

—¿Y ahora?

Daniel no respondió inmediatamente.

—Vamos a reconstruirlo.

—¿Cuánto tardarán?

—No lo sé.

Ella apretó la carpeta contra el pecho.

—Eso me dijeron hace ocho meses.

Daniel sintió la tentación de prometer.

No lo hizo.

—No quiero mentirle.

La mujer lo miró.

—Entonces dígame la verdad.

—La verdad es que no puedo garantizarle cuándo estará resuelto.

Ella bajó la mirada.

—¿Y qué puedo hacer?

Daniel señaló la carpeta.

—Traer todo lo que conserve.

—¿Y si falta algo?

—Buscaremos otra forma de acreditarlo.

—¿Y si no existe otra forma?

Daniel tragó saliva.

—Entonces tendremos que asumir nosotros las consecuencias de haber perdido su expediente.

La mujer levantó la cabeza.

—¿Nosotros?

—Sí.

—¿Quiénes?

Daniel respondió:

—Nosotros.

No sabía todavía qué significaba exactamente aquella palabra.

Pero por primera vez no la utilizó para esconder a nadie.


CCLIII

El problema de decir nosotros

Al día siguiente Daniel propuso una solución.

Si la administración había perdido un documento que correspondía al ciudadano, la carga de reconstruirlo no podía recaer automáticamente sobre el ciudadano.

Parecía evidente.

No lo era.

El departamento jurídico presentó objeciones.

—No podemos reconocer automáticamente todas las solicitudes.

—No he dicho eso.

—Entonces habrá que establecer criterios.

—Sí.

—Y esos criterios generarán casos injustos.

—También.

—Entonces volveremos a tener problemas.

Daniel respondió:

—Sí.

La jurista lo miró.

—¿No te preocupa?

—Mucho.

—Entonces, ¿por qué lo propones?

Daniel pensó unos segundos.

—Porque intentar eliminar todos los errores antes de decidir es otra forma de no decidir.

La frase le recordó a Brennan.

Pero esta vez no necesitó que nadie se la explicara.

Había llegado a ella desde la realidad.


CCLIV

El voto

La propuesta debía ser aprobada.

No por el gobierno.

Por una comisión ciudadana creada meses atrás mediante sorteo.

Habían sido seleccionadas treinta personas.

Un conductor de autobús.

Una profesora.

Una enfermera.

Un pequeño empresario.

Un estudiante.

Una jubilada.

Un programador.

Un agricultor.

Y otras veintidós personas que, en circunstancias normales, jamás habrían compartido una mesa.

Daniel presentó la propuesta.

Después escuchó.

Un hombre preguntó:

—¿Y si alguien miente?

Daniel respondió:

—Puede ocurrir.

—Entonces estamos premiando al que mienta.

—No necesariamente.

—¿Por qué?

—Porque habrá controles.

El hombre negó con la cabeza.

—Entonces el sistema depende de que confiemos en ellos.

Daniel respondió:

—No. Depende de que no tengamos que confiar ciegamente en nadie.

Strauss, que observaba desde el fondo de la sala, levantó ligeramente la cabeza.

Aquello era importante.

No se trataba de crear hombres virtuosos.

Se trataba de construir instituciones que no necesitaran hombres virtuosos para funcionar siempre.


CCLV

El ciudadano elegido por sorteo

Uno de los miembros de la comisión era un hombre llamado Ernesto.

Había sido seleccionado por sorteo.

Durante las primeras reuniones apenas hablaba.

Aquella mañana pidió la palabra.

—Tengo una pregunta.

—Adelante.

—Si aprobamos esto, ¿quién será responsable cuando salga mal?

La sala quedó en silencio.

Daniel respondió:

—La persona que tome la decisión.

Ernesto negó con la cabeza.

—No.

Daniel lo miró.

—¿No?

—Todos nosotros votaremos.

—Sí.

—Entonces seremos responsables todos.

—En cierto sentido.

Ernesto insistió.

—No quiero un cierto sentido.

Daniel se quedó callado.

El hombre continuó:

—Cuando algo sale mal, siempre aparece alguien diciendo que la responsabilidad era colectiva.

Miró a los demás.

—Eso significa que nadie responde.

Daniel sintió un escalofrío.

La silla había vuelto.

Pero esta vez no estaba vacía.

Ernesto acababa de ponerla en medio de la sala.


CCLVI

La firma

La comisión aprobó la propuesta.

Pero introdujo una modificación.

Toda decisión tendría que llevar tres nombres:

el de quien la propuso,

el de quien la ejecutó,

y el de quien asumió la responsabilidad final.

No era una garantía de justicia.

Ni de eficacia.

Ni siquiera de acierto.

Pero impedía una cosa.

Que todos pudieran decir después:

«Yo no fui».

Daniel firmó.

Ernesto también.

Y cuando salieron de la sala, Ernesto le dijo:

—Ahora veremos si esto sirve.

Daniel sonrió.

—Eso es lo que más me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque podría funcionar.

Ernesto se echó a reír.

—No entiendo.

Daniel respondió:

—Si funciona, todos diremos que era evidente.

—¿Y si fracasa?

—Entonces todos diremos que nadie podía haberlo previsto.

Ernesto se quedó mirándolo.

—Tienes razón.

Daniel negó con la cabeza.

—Ese es precisamente el problema.


CCLVII

La última mentira

Aquella noche Daniel volvió a casa.

Ella estaba leyendo.

—¿Cómo ha ido?

—Bien.

—¿De verdad?

Daniel se quitó el abrigo.

—No.

Ella dejó el libro.

—¿Qué ha pasado?

Daniel se sentó.

—Hemos tomado una decisión.

—¿Y?

—Ahora no sé si ha sido buena.

Ella sonrió.

—¿Y eso te preocupa?

—Antes habría necesitado saberlo.

—¿Y ahora?

Daniel pensó.

—Ahora me basta con saber por qué la hemos tomado.

Ella volvió a su libro.

—Entonces has aprendido algo.

Daniel se quedó quieto.

—¿Qué?

—Que vivir no consiste en saber si has elegido bien.

Daniel sonrió.

—Eso ya me lo habían dicho.

—Sí.

—Muchas veces.

—Pero no te lo habías creído.

Daniel se levantó.

Fue a la cocina.

Abrió una botella.

Sirvió dos copas.

Y mientras volvía al salón pensó que quizá aquel era el verdadero cambio.

No había dejado de tener miedo.

No había dejado de equivocarse.

No había dejado de querer tener razón.

No había dejado de mentir.

Solo había empezado a reconocer algunas de sus mentiras antes de convertirlas en una forma de vida.

Y eso, pensó, quizá fuera lo máximo que un hombre podía conseguir.

No dejar de mentir.

Sino dejar de necesitar creer sus propias mentiras.

Afuera comenzaba a llover.

Daniel miró por la ventana.

Mañana volvería al ayuntamiento.

Habría otra reunión.

Otra decisión.

Otro problema.

Otra oportunidad para equivocarse.

Y, quizá, otra oportunidad para cambiar.

No sabía cuál de las dos llegaría primero.

Por primera vez, no necesitó saberlo.

CCXLVIII

La tranquilidad era sospechosa

Durante un tiempo, nada ocurrió.

Y aquello empezó a inquietar a Daniel.

Había aprendido a vivir esperando la siguiente contradicción, el siguiente conflicto, la siguiente decisión que obligaría a alguien a pagar un precio.

Pero las semanas pasaron.

El trabajo funcionaba.

Su relación avanzaba.

No había grandes crisis.

Ni llamadas nocturnas.

Ni reuniones interminables.

Ni filósofos entrando por puertas imposibles.

La vida, sencillamente, parecía haberse vuelto normal.

Una mañana, mientras desayunaba, Daniel dijo:

—Todo va demasiado bien.

Ella levantó la vista del café.

—¿Eso es un problema?

—No.

—Lo parece.

—No estoy acostumbrado.

Ella sonrió.

—Entonces acostúmbrate.

Daniel volvió a mirar su taza.

—Eso también puede ser peligroso.

—¿Por qué?

—Porque uno puede acostumbrarse a cualquier cosa.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—Incluido estar bien.

Daniel la miró.

No supo qué contestar.


CCXLIX

La noticia

La noticia llegó un lunes.

Un incendio había destruido una parte de un edificio municipal.

No había muertos.

Pero había varios heridos.

El edificio almacenaba documentación relacionada con las ayudas y con algunos expedientes todavía pendientes.

Daniel recibió la llamada a las siete y cuarto.

—¿Cuánto se ha perdido?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Copias digitales?

—Algunas.

—¿Copias externas?

Silencio.

Daniel cerró los ojos.

—¿No hay copias externas?

—No de todo.

Aquello no era una catástrofe.

Todavía.

Pero podía convertirse en una.

La documentación perdida afectaba a cientos de personas.

Algunas llevaban meses esperando.

Y ahora nadie sabía exactamente qué se había perdido.

Daniel llegó al edificio.

El humo todavía salía por una ventana.

Un empleado se acercó.

—Ha sido un desastre.

Daniel miró los restos.

—No.

—¿No?

—El incendio ha sido un desastre.

Señaló los ordenadores.

—Esto es un problema que nosotros dejamos que ocurriera.


CCL

La primera reunión

A las nueve de la mañana había veinte personas alrededor de una mesa.

Todos tenían una explicación.

El sistema de copias estaba previsto.

Pero no se había completado.

La empresa encargada del mantenimiento había cambiado de servidor.

El departamento jurídico había enviado una advertencia.

El técnico había informado de una incidencia.

El responsable administrativo había dado por resuelto el problema.

Cada frase era cierta.

Y, sin embargo, juntas producían algo absurdo.

Nadie había querido decidir que el problema era realmente suyo.

Daniel escuchó durante media hora.

Finalmente preguntó:

—¿Quién sabía que no existía una copia completa?

Tres personas levantaron la mano.

—¿Quién podía solucionarlo?

Dos.

—¿Quién tenía autoridad para hacerlo?

Una.

—¿Quién decidió no hacerlo?

Silencio.

Daniel esperó.

—No os estoy preguntando quién tuvo la culpa.

Nadie habló.

—Os estoy preguntando quién decidió.

El responsable administrativo respondió:

—No hubo una decisión expresa.

Daniel lo miró.

—Entonces hubo una decisión implícita.

—No es lo mismo.

—Para los expedientes perdidos sí.


CCLI

La responsabilidad distribuida

Aquella tarde, Daniel llevó el asunto a la casa.

Freud escuchó el relato.

—Todos tenían una razón para no actuar.

—Sí.

—Entonces cada uno pudo protegerse psicológicamente.

—¿De qué?

—De la responsabilidad.

Arendt fue más directa.

—La responsabilidad distribuida puede convertirse en irresponsabilidad colectiva.

Mancur Olson intervino:

—Porque el coste de resolver el problema era inmediato y concreto, mientras que el beneficio era difuso.

Daniel lo miró.

—¿Estás diciendo que nadie tenía interés suficiente para arreglarlo?

—Estoy diciendo que cada individuo tenía incentivos para pensar que otro lo haría.

Machiavelli sonrió.

—Y cuando todos piensan eso, alguien acaba pagando.

—¿Quién?

—El que no estaba en la habitación.

Daniel recordó la silla.

La silla vacía.

La persona que pagaba el coste sin haber participado en la decisión.


CCLII

El expediente número 417

El expediente 417 pertenecía a una mujer que llevaba ocho meses esperando una ayuda.

Había presentado todos los documentos.

O casi todos.

El incendio había destruido precisamente el documento que faltaba confirmar.

Daniel la recibió personalmente.

Ella entró con una carpeta de plástico.

—Me han dicho que se ha perdido mi expediente.

—Sí.

—¿Y ahora?

Daniel no respondió inmediatamente.

—Vamos a reconstruirlo.

—¿Cuánto tardarán?

—No lo sé.

Ella apretó la carpeta contra el pecho.

—Eso me dijeron hace ocho meses.

Daniel sintió la tentación de prometer.

No lo hizo.

—No quiero mentirle.

La mujer lo miró.

—Entonces dígame la verdad.

—La verdad es que no puedo garantizarle cuándo estará resuelto.

Ella bajó la mirada.

—¿Y qué puedo hacer?

Daniel señaló la carpeta.

—Traer todo lo que conserve.

—¿Y si falta algo?

—Buscaremos otra forma de acreditarlo.

—¿Y si no existe otra forma?

Daniel tragó saliva.

—Entonces tendremos que asumir nosotros las consecuencias de haber perdido su expediente.

La mujer levantó la cabeza.

—¿Nosotros?

—Sí.

—¿Quiénes?

Daniel respondió:

—Nosotros.

No sabía todavía qué significaba exactamente aquella palabra.

Pero por primera vez no la utilizó para esconder a nadie.


CCLIII

El problema de decir nosotros

Al día siguiente Daniel propuso una solución.

Si la administración había perdido un documento que correspondía al ciudadano, la carga de reconstruirlo no podía recaer automáticamente sobre el ciudadano.

Parecía evidente.

No lo era.

El departamento jurídico presentó objeciones.

—No podemos reconocer automáticamente todas las solicitudes.

—No he dicho eso.

—Entonces habrá que establecer criterios.

—Sí.

—Y esos criterios generarán casos injustos.

—También.

—Entonces volveremos a tener problemas.

Daniel respondió:

—Sí.

La jurista lo miró.

—¿No te preocupa?

—Mucho.

—Entonces, ¿por qué lo propones?

Daniel pensó unos segundos.

—Porque intentar eliminar todos los errores antes de decidir es otra forma de no decidir.

La frase le recordó a Brennan.

Pero esta vez no necesitó que nadie se la explicara.

Había llegado a ella desde la realidad.


CCLIV

El voto

La propuesta debía ser aprobada.

No por el gobierno.

Por una comisión ciudadana creada meses atrás mediante sorteo.

Habían sido seleccionadas treinta personas.

Un conductor de autobús.

Una profesora.

Una enfermera.

Un pequeño empresario.

Un estudiante.

Una jubilada.

Un programador.

Un agricultor.

Y otras veintidós personas que, en circunstancias normales, jamás habrían compartido una mesa.

Daniel presentó la propuesta.

Después escuchó.

Un hombre preguntó:

—¿Y si alguien miente?

Daniel respondió:

—Puede ocurrir.

—Entonces estamos premiando al que mienta.

—No necesariamente.

—¿Por qué?

—Porque habrá controles.

El hombre negó con la cabeza.

—Entonces el sistema depende de que confiemos en ellos.

Daniel respondió:

—No. Depende de que no tengamos que confiar ciegamente en nadie.

Strauss, que observaba desde el fondo de la sala, levantó ligeramente la cabeza.

Aquello era importante.

No se trataba de crear hombres virtuosos.

Se trataba de construir instituciones que no necesitaran hombres virtuosos para funcionar siempre.


CCLV

El ciudadano elegido por sorteo

Uno de los miembros de la comisión era un hombre llamado Ernesto.

Había sido seleccionado por sorteo.

Durante las primeras reuniones apenas hablaba.

Aquella mañana pidió la palabra.

—Tengo una pregunta.

—Adelante.

—Si aprobamos esto, ¿quién será responsable cuando salga mal?

La sala quedó en silencio.

Daniel respondió:

—La persona que tome la decisión.

Ernesto negó con la cabeza.

—No.

Daniel lo miró.

—¿No?

—Todos nosotros votaremos.

—Sí.

—Entonces seremos responsables todos.

—En cierto sentido.

Ernesto insistió.

—No quiero un cierto sentido.

Daniel se quedó callado.

El hombre continuó:

—Cuando algo sale mal, siempre aparece alguien diciendo que la responsabilidad era colectiva.

Miró a los demás.

—Eso significa que nadie responde.

Daniel sintió un escalofrío.

La silla había vuelto.

Pero esta vez no estaba vacía.

Ernesto acababa de ponerla en medio de la sala.


CCLVI

La firma

La comisión aprobó la propuesta.

Pero introdujo una modificación.

Toda decisión tendría que llevar tres nombres:

el de quien la propuso,

el de quien la ejecutó,

y el de quien asumió la responsabilidad final.

No era una garantía de justicia.

Ni de eficacia.

Ni siquiera de acierto.

Pero impedía una cosa.

Que todos pudieran decir después:

«Yo no fui».

Daniel firmó.

Ernesto también.

Y cuando salieron de la sala, Ernesto le dijo:

—Ahora veremos si esto sirve.

Daniel sonrió.

—Eso es lo que más me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque podría funcionar.

Ernesto se echó a reír.

—No entiendo.

Daniel respondió:

—Si funciona, todos diremos que era evidente.

—¿Y si fracasa?

—Entonces todos diremos que nadie podía haberlo previsto.

Ernesto se quedó mirándolo.

—Tienes razón.

Daniel negó con la cabeza.

—Ese es precisamente el problema.


CCLVII

La última mentira

Aquella noche Daniel volvió a casa.

Ella estaba leyendo.

—¿Cómo ha ido?

—Bien.

—¿De verdad?

Daniel se quitó el abrigo.

—No.

Ella dejó el libro.

—¿Qué ha pasado?

Daniel se sentó.

—Hemos tomado una decisión.

—¿Y?

—Ahora no sé si ha sido buena.

Ella sonrió.

—¿Y eso te preocupa?

—Antes habría necesitado saberlo.

—¿Y ahora?

Daniel pensó.

—Ahora me basta con saber por qué la hemos tomado.

Ella volvió a su libro.

—Entonces has aprendido algo.

Daniel se quedó quieto.

—¿Qué?

—Que vivir no consiste en saber si has elegido bien.

Daniel sonrió.

—Eso ya me lo habían dicho.

—Sí.

—Muchas veces.

—Pero no te lo habías creído.

Daniel se levantó.

Fue a la cocina.

Abrió una botella.

Sirvió dos copas.

Y mientras volvía al salón pensó que quizá aquel era el verdadero cambio.

No había dejado de tener miedo.

No había dejado de equivocarse.

No había dejado de querer tener razón.

No había dejado de mentir.

Solo había empezado a reconocer algunas de sus mentiras antes de convertirlas en una forma de vida.

Y eso, pensó, quizá fuera lo máximo que un hombre podía conseguir.

No dejar de mentir.

Sino dejar de necesitar creer sus propias mentiras.

Afuera comenzaba a llover.

Daniel miró por la ventana.

Mañana volvería al ayuntamiento.

Habría otra reunión.

Otra decisión.

Otro problema.

Otra oportunidad para equivocarse.

Y, quizá, otra oportunidad para cambiar.

No sabía cuál de las dos llegaría primero.

Por primera vez, no necesitó saberlo.

CCLVIII

La primera grieta

La medida funcionó.

Durante tres meses, el número de expedientes reconstruidos aumentó y el tiempo de espera disminuyó.

Los periódicos dejaron de hablar del incendio.

La administración empezó a presentar el sistema como un ejemplo de buena gestión.

Daniel recibió una invitación para explicar el modelo en una conferencia.

La rechazó.

No porque creyera que no había nada que explicar.

Precisamente porque había demasiado.

Habían tenido suerte.

Habían cometido errores.

Habían corregido algunos.

Otros seguían allí.

Y lo más importante no aparecía en ninguna estadística.

La mujer del expediente 417 había recibido finalmente la ayuda.

Pero otras personas no.

Una decisión podía mejorar el sistema y dejar a alguien atrás.

Eso no convertía automáticamente la decisión en injusta.

Tampoco la convertía en justa.

Daniel empezaba a comprender que la política no consistía en encontrar decisiones puras.

Consistía en decidir entre consecuencias imperfectas.

Y aceptar que alguien pagaría el precio.

La grieta apareció cuando alguien preguntó:

—¿Y si pudiéramos evitar que alguien pagara?

Daniel levantó la cabeza.

La pregunta parecía inocente.

Pero no lo era.


CCLIX

El hombre que prometía no hacer daño

El nuevo candidato a alcalde presentó su programa.

No pertenecía a ningún partido importante.

Había construido su campaña sobre una promesa sencilla:

«Nadie pagará el precio de las reformas.»

No subirían impuestos.

No reducirían servicios.

No aumentarían deuda.

No recortarían ayudas.

No despedirían trabajadores.

No cerrarían empresas.

No habría sacrificios.

Daniel escuchó el discurso.

Al terminar, la mujer le preguntó:

—¿Qué te parece?

—Que es exactamente lo que la gente quiere oír.

—¿Y eso es malo?

—No.

—Entonces, ¿qué?

Daniel señaló el programa.

—Que no puede cumplirse todo al mismo tiempo.

Ella lo miró.

—¿Estás seguro?

Daniel sonrió.

—No.

—¿No?

—Estoy seguro de que las cuentas no pueden escapar de la realidad.

Ella permaneció callada.

—Entonces alguien tendrá que pagar.

Daniel asintió.

—Siempre.


CCLX

El precio invisible

El candidato ganó.

No por una diferencia enorme.

Pero ganó.

Durante los primeros meses cumplió algunas promesas.

Para financiar las nuevas ayudas utilizó una reserva extraordinaria.

Después utilizó deuda.

Después retrasó inversiones.

Después pidió a los departamentos que redujeran gastos sin reducir servicios.

El sistema empezó a tensarse.

No había una gran catástrofe.

Eso habría sido más fácil.

Había pequeñas.

Un hospital que aplazaba una reparación.

Una carretera que no se arreglaba.

Una empresa pública que retrasaba pagos.

Una escuela que no sustituía a un profesor.

Una pequeña empresa que esperaba una factura durante meses.

Nada de aquello aparecía en un único balance.

Pero la suma comenzaba a ser visible.

Daniel recibió un informe.

—Esto no puede mantenerse.

La economista asintió.

—No.

—¿Qué hacemos?

Ella respondió:

—Decirlo.

Daniel la miró.

—¿Aunque el gobierno no quiera?

—Precisamente entonces.


CCLXI

La reunión

El alcalde escuchó el informe.

—No estoy de acuerdo.

Daniel no respondió.

—La economía está creciendo.

—Sí.

—El empleo también.

—Sí.

—Entonces no entiendo el problema.

Daniel señaló las cifras.

—Estamos trasladando costes.

—Eso es discutible.

—No.

El alcalde frunció el ceño.

—¿Cómo puedes decir que no?

—Porque sabemos quién los está pagando.

—¿Quién?

Daniel enumeró:

—Los proveedores que cobran tarde. Las empresas que no reciben inversiones. Los servicios que acumulan mantenimiento. Los trabajadores que hacen más con menos recursos.

El alcalde respondió:

—Pero no hemos subido impuestos.

Daniel lo miró.

—No subir un impuesto no significa no cobrar un precio.

El silencio fue incómodo.

El alcalde se levantó.

—Quiero que reviséis el informe.

—Lo revisaremos.

—Y que evitéis conclusiones alarmistas.

Daniel respondió:

—No son alarmistas.

—Eso lo decidiré yo.

Daniel sintió la vieja tentación.

Discutir.

Convencer.

Ganar.

Pero se detuvo.

—Entonces necesitaremos saber qué datos considera usted insuficientes.

El alcalde lo miró.

—¿Eso es todo?

—No.

Daniel dejó el informe sobre la mesa.

—También quiero que conste que hemos advertido del problema.

El alcalde no respondió.


CCLXII

El momento en que Daniel quiso mentir

Aquella noche Daniel recibió una llamada.

Era un periodista.

—Tengo el informe.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Quién se lo ha dado?

—Eso no importa.

—Sí importa.

—Quiero saber si es auténtico.

Daniel pudo haberlo negado.

Podía decir que el informe era preliminar.

Podía decir que los datos estaban siendo revisados.

Podía decir que no podía comentar.

Todas eran frases ciertas.

Y todas podían servir para ocultar la cuestión fundamental.

Respiró.

—Sí. Es auténtico.

—¿Confirma que el ayuntamiento está ocultando un problema financiero?

Daniel dudó.

Aquella pregunta contenía una conclusión que él no podía asumir.

—Confirma que existen costes que no están reflejados de la manera en que deberían.

—¿Es grave?

—Depende de lo que se haga ahora.

—¿Y qué debería hacerse?

Daniel respondió:

—Eso corresponde decidirlo al gobierno.

El periodista guardó silencio.

—¿Y usted qué haría?

Daniel cerró los ojos.

Aquella era la pregunta.

La que había estado evitando.

No bastaba con denunciar.

No bastaba con exigir transparencia.

Ahora debía elegir.

—Reduciría algunos compromisos.

—¿Cuáles?

Daniel miró el techo.

Y los dijo.

Cuando colgó, supo que había cruzado otra frontera.

Ya no estaba simplemente observando el poder.

Había entrado en él.


CCLXIII

La elección

Al día siguiente el gobierno pidió su dimisión.

No oficialmente.

A través de una filtración.

«Daniel ha perdido la confianza del equipo político.»

La frase apareció en todos los periódicos.

La mujer de la tienda lo llamó.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé.

—¿Te vas a ir?

—No sé si quedarme sería valentía o vanidad.

Ella guardó silencio.

—¿Y marcharte?

—Podría ser cobardía o prudencia.

—Entonces estás otra vez donde estabas.

Daniel sonrió.

—Sí.

—¿Y qué has aprendido?

Daniel tardó.

—Que saber que existen dos interpretaciones no decide cuál es correcta.

Ella respondió:

—Entonces decide.

Daniel colgó.

Se quedó mirando el teléfono.

Había querido durante años que alguien le dijera qué hacer.

Ahora alguien acababa de hacerlo.

Y no le servía.


CCLXIV

La renuncia

Daniel presentó su renuncia.

No escribió una carta heroica.

No acusó al alcalde.

No dijo que el gobierno fuera corrupto.

No se presentó como víctima.

Escribió solamente:

«He llegado a la conclusión de que mi permanencia en este puesto dificulta más de lo que facilita el trabajo que considero necesario. Por esa razón, presento mi renuncia.»

La firmó.

La entregó.

Y salió.

Un periodista lo esperaba fuera.

—¿Por qué se marcha?

Daniel respondió:

—Porque creo que ha llegado el momento.

—¿Quién tiene razón?

Daniel lo miró.

—No lo sé.

—¿No va a acusar al alcalde?

—No.

—¿Entonces quién tiene la culpa?

Daniel sonrió.

—Esa pregunta suele llegar demasiado pronto.

Se marchó.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no tenía trabajo.

Ni cargo.

Ni despacho.

Ni acceso a informes.

Ni capacidad para decidir nada importante.

Y descubrió algo inesperado.

Sentía alivio.


CCLXV

El vacío

Durante dos semanas no hizo nada.

Al principio lo llamó descanso.

Después lo llamó transición.

Al final tuvo que admitir que estaba asustado.

Ella lo veía.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé.

—¿Buscar trabajo?

—Sí.

—¿Cuándo?

Daniel la miró.

—Mañana.

Ella sonrió.

—Eso dijiste ayer.

Daniel se echó a reír.

—Tienes razón.

Al día siguiente preparó un currículum.

No era un documento impresionante.

Había errores.

Cambios de trabajo.

Un despido.

Una renuncia.

Años de indecisión.

Nada de aquello podía convertirse en una historia heroica.

Y quizá por eso le gustó.

Era su vida.

No una versión editada de ella.


CCLXVI

El hombre sin teoría

Una semana después recibió una oferta.

No era extraordinaria.

No tenía poder.

No tenía prestigio.

No le permitiría cambiar grandes cosas.

Era un puesto de análisis en una pequeña organización independiente.

El trabajo consistía en estudiar decisiones públicas y explicar sus costes.

Daniel sonrió cuando leyó la descripción.

—Esto parece una broma.

Ella preguntó:

—¿Por qué?

—Porque llevo años intentando descubrir quién paga las decisiones.

—Pues quizá te están ofreciendo un trabajo.

Daniel aceptó.

No porque creyera que aquel era su destino.

No porque fuera la solución.

Lo aceptó porque podía hacerlo.

Y porque necesitaba trabajar.

Nada más.

Nada menos.


CCLXVII

El hombre que pagaba

Su primer encargo fue estudiar una reforma que nadie consideraba polémica.

No había grandes debates.

No había manifestaciones.

No había periodistas.

Solo una modificación administrativa que afectaba a pequeños comercios.

Daniel pidió los datos.

Los estudió.

Después buscó a las personas afectadas.

Una de ellas era una mujer de sesenta años.

Tenía una pequeña tienda.

—¿Qué ha cambiado?

—Todo y nada.

Daniel esperó.

—Antes sabía cuánto me costaba trabajar.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo que pagar menos por una cosa y más por otra.

—¿En total?

—Más.

Daniel tomó notas.

La mujer lo miró.

—¿Va a arreglarlo?

Daniel sonrió.

—No.

Ella pareció decepcionada.

—Entonces, ¿para qué está aquí?

Daniel respondió:

—Para averiguar si lo que usted dice es cierto.

La mujer lo observó durante unos segundos.

—¿Y si lo es?

—Lo publicaremos.

—¿Y entonces lo arreglarán?

Daniel volvió a sonreír.

—No lo sé.

La mujer asintió.

—Me gusta más esa respuesta.


CCLXVIII

La pregunta que quedaba

Aquella noche Daniel volvió a la casa.

La encontró vacía otra vez.

Pero esta vez no se sentó.

Caminó hasta la ventana.

Pensó en Freud.

En Rogers.

En Rand.

En Epicteto.

En Marco Aurelio.

En Maquiavelo.

En Aristóteles.

En Olson.

En Strauss.

En Arendt.

En Orwell.

En Camus.

En todos los hombres y mujeres que habían intentado responder a la misma pregunta desde lugares distintos.

Habían discutido sobre libertad.

Poder.

Verdad.

Mentira.

Democracia.

Virtud.

Interés.

Responsabilidad.

Y, sin embargo, quedaba una pregunta.

Una que Daniel había evitado porque era más incómoda que todas las demás.

No era:

¿Qué debe hacer el hombre?

Ni:

¿Quién debe gobernar?

Ni:

¿Cuál es el mejor sistema?

Era otra.

Mucho más sencilla.

Daniel la dijo en voz alta.

—¿Qué estamos dispuestos a perder para seguir siendo quienes decimos que somos?

No hubo respuesta.

Y por primera vez no la esperaba.

Se quedó allí unos minutos.

Después salió.

Cerró la puerta.

Y mientras caminaba por la calle entendió que quizá aquella era la última etapa de su viaje.

No descubrir la verdad.

No alcanzar una respuesta.

Sino descubrir qué precio estaba dispuesto a pagar por no mentirse cuando llegara el momento.

Al doblar la esquina, vio a House.

Estaba apoyado en una pared.

—Llegas tarde.

Daniel sonrió.

—¿A qué?

House señaló la calle.

—A tu propia vida.

Daniel se quedó mirándolo.

—¿Y ahora qué?

House comenzó a caminar.

—Ahora viene lo difícil.

—¿Qué es?

House no se volvió.

—Vivir con lo que ya sabes.

Y Daniel fue detrás de él.

CCLXIX

Vivir con lo que se sabe

House caminaba deprisa.

Daniel tuvo que acelerar para alcanzarlo.

—No has contestado.

—No me has hecho una pregunta.

—¿Qué significa vivir con lo que ya sabes?

House siguió caminando.

—Significa que ya no puedes fingir que no sabes.

—Eso ya lo hemos hablado.

—No.

House se detuvo.

—Habéis hablado de decisiones. De responsabilidad. De poder. De libertad. De mentiras.

—¿Y qué falta?

—La consecuencia.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué consecuencia?

House lo miró.

—Que saber algo cambia lo que puedes hacer después.

Daniel permaneció callado.

—Antes podías decir: «No lo sabía».

—Sí.

—Ahora ya no.

—No.

—Y eso no te hace mejor.

—¿No?

—Te hace responsable.

Daniel bajó la mirada.

—Eso no parece una gran diferencia.

House sonrió.

—Es toda la diferencia.


CCLXX

La oferta

Dos días después, Daniel recibió una llamada.

Era el alcalde.

—Quiero hablar contigo.

—¿Sobre qué?

—Sobre volver.

Daniel guardó silencio.

—No como antes.

—¿Entonces?

—Quiero que dirijas una comisión independiente.

—¿Independiente de quién?

—De mí.

Daniel sonrió.

—Eso no responde.

—Tendrás presupuesto propio. Acceso a los datos. Libertad para publicar los informes.

—¿Y quién nombra a los miembros?

—Yo.

—Entonces no será independiente.

Hubo silencio.

—Podemos buscar otra fórmula.

—¿Por qué quieres que vuelva?

—Porque necesito a alguien que no tenga miedo de decirme que estoy equivocado.

Daniel respondió:

—No necesitas a alguien que te diga que estás equivocado.

—¿No?

—Necesitas alguien que pueda demostrarlo cuando lo esté.

El alcalde tardó unos segundos.

—¿Aceptarías?

Daniel no respondió.

—Piénsalo.

—Lo pensaré.

Colgaron.

Daniel dejó el teléfono.

Había vuelto la tentación.

Pero esta vez no se trataba de dinero.

Era más peligrosa.

Se trataba de poder hacer algo.


CCLXXI

La condición

Daniel volvió a la casa.

No había nadie.

Pero sobre la mesa encontró una hoja.

Solo una frase:

«¿Qué estarías dispuesto a perder?»

Daniel reconoció la letra.

House.

Cogió un bolígrafo.

Escribió debajo:

«El puesto».

Pensó unos segundos.

Añadió:

«El prestigio».

Después:

«El dinero».

Siguió pensando.

Y escribió:

«La posibilidad de tener razón».

Se quedó mirando la frase.

Era la más difícil.

Porque comprendió que todavía quería tener razón.

No era una debilidad que hubiera desaparecido.

Era una tentación que había aprendido a reconocer.

Dobló la hoja.

Y volvió al ayuntamiento.

—Aceptaré —dijo.

El alcalde sonrió.

—Sabía que lo harías.

Daniel levantó un dedo.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—Si la comisión concluye que el gobierno está equivocado, tendrá derecho a publicarlo sin autorización previa.

El alcalde dejó de sonreír.

—Eso es complicado.

—Sí.

—Podría perjudicarme.

—Sí.

—Incluso podría hacerme perder las elecciones.

—Sí.

El alcalde lo miró.

—¿Y si el informe es injusto?

—Podrá responder públicamente.

—¿Y si es falso?

—Podrá demostrarlo.

—¿Y si se equivocan?

Daniel respondió:

—Entonces tendremos que corregirlo.

El alcalde se levantó.

—Te das cuenta de que eso puede volverse contra ti.

Daniel asintió.

—Por eso lo quiero.


CCLXXII

Los que quieren ser salvados

La comisión empezó a trabajar.

No tardaron en aparecer las presiones.

Un empresario quería que modificaran un informe.

Un sindicato quería que eliminaran un dato.

Una asociación ciudadana quería que incluyeran una conclusión que los datos no demostraban.

Un periódico quería un titular.

Un partido quería una acusación.

Todos tenían razones.

Y todos tenían algo que perder.

Daniel empezó a comprender algo que Olson había explicado mucho antes.

No todas las voces tenían el mismo interés en el resultado.

Algunas estaban organizadas.

Otras dispersas.

Algunas tenían tiempo.

Otras apenas podían sobrevivir.

Algunas conocían el procedimiento.

Otras ni siquiera sabían que existía.

La igualdad formal no producía automáticamente igualdad de poder.

Una tarde, Daniel preguntó:

—¿Quién no está aquí?

Nadie respondió.

—No me preguntéis quién tiene razón.

Miró alrededor de la mesa.

—Preguntémonos quién ni siquiera ha tenido la oportunidad de venir.

Aquello cambió el trabajo de la comisión.

No podían representar a todo el mundo.

Pero podían buscar a quienes normalmente no aparecían.

No para darles automáticamente la razón.

Para escuchar también su coste.


CCLXXIII

La mujer que no quería participar

Una de las personas convocadas fue una limpiadora llamada Teresa.

No quería acudir.

—No entiendo de política.

Daniel respondió:

—No le hemos llamado para hablar de política.

—Entonces, ¿para qué?

—Para hablar de lo que le afecta.

—¿Y qué van a hacer con lo que diga?

—No lo sé.

Teresa sonrió.

—Entonces, ¿para qué voy?

Daniel pensó un momento.

—Porque quizá nadie le haya preguntado.

La mujer aceptó.

Cuando llegó, escuchó durante veinte minutos.

Después levantó la mano.

—Tengo una pregunta.

—Dígame.

—Todos hablan de cuánto cuesta la reforma.

—Sí.

—¿Y cuánto cuesta no hacerla?

Daniel la miró.

Nadie había planteado aquella pregunta.

Teresa continuó:

—Porque yo llevo años pagando las consecuencias de cosas que no se hacen.

Silencio.

Daniel sintió que aquella frase atravesaba toda la sala.

Habían pasado años calculando el precio de actuar.

No habían calculado con la misma precisión el precio de no actuar.


CCLXXIV

La omisión

El informe final incluía aquella cuestión.

Coste de la reforma.

Coste de mantener el sistema.

Coste de retrasarla.

Coste de hacerla parcialmente.

Coste de no hacer nada.

No había una opción sin coste.

El alcalde leyó el documento.

—Esto es difícil de vender.

Daniel respondió:

—No estamos vendiendo.

—Todo gobierno vende algo.

Daniel lo miró.

—Entonces ahí empieza el problema.

El alcalde se levantó.

—¿Crees que gobernar consiste simplemente en decir la verdad?

—No.

—¿Entonces?

—En decidir qué hacer con ella.

El alcalde sonrió.

—Eso sí es política.

Daniel respondió:

—Sí.

—¿Y te gusta?

Daniel pensó.

—No siempre.

—¿Entonces por qué sigues aquí?

Daniel tardó en responder.

—Porque ya sé lo que pasa cuando me voy para no tener que decidir.


CCLXXV

La ciudad dividida

El informe provocó una reacción inmediata.

No había una conclusión sencilla.

Por primera vez, la discusión pública se dividió no entre quienes apoyaban la reforma y quienes se oponían a ella, sino entre quienes aceptaban sus costes y quienes pretendían evitarlos.

Los primeros eran acusados de insensibles.

Los segundos, de irresponsables.

Los dos grupos tenían argumentos.

Los dos tenían intereses.

Y algunos mentían.

Otros se mentían.

Daniel vio aparecer una frase en las redes:

«Hay que hacer lo correcto, cueste lo que cueste».

Le pareció una frase peligrosa.

No porque lo correcto no pudiera tener un precio.

Sino porque quien pronunciaba aquella frase rara vez decía quién debía pagarlo.

Recordó la silla.

La silla seguía allí.

Solo que ahora tenía miles de nombres.


CCLXXVI

La votación

La comisión no podía decidir.

Solo podía recomendar.

El gobierno debía votar.

El alcalde reunió a sus concejales.

Daniel fue invitado.

—Quiero que expliques el informe.

Daniel lo hizo.

Después llegó el turno de las preguntas.

Una concejala preguntó:

—¿Cuál es la opción correcta?

Daniel respondió:

—No creo que exista una opción sin perjuicios.

—No le he preguntado eso.

—Ya lo sé.

—Entonces responda.

Daniel la miró.

—Hay que decidir qué perjuicio estamos dispuestos a asumir y qué límite no estamos dispuestos a cruzar.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darle sin mentir.

La sala quedó en silencio.

El alcalde tomó la palabra.

—Entonces votaremos.

Daniel salió.

En el pasillo encontró a House.

—¿Qué haces aquí?

—Turismo.

—No puedes entrar en el ayuntamiento cuando quieras.

—Ya lo he hecho.

Daniel negó con la cabeza.

—¿Qué quieres?

House señaló la puerta.

—Ver qué haces cuando no puedes decidir tú.

Daniel miró hacia la sala.

Por primera vez comprendió que también eso era una forma de libertad.

Aceptar que otros decidirían.

Y aceptar después el resultado.


CCLXXVII

La decisión ajena

El gobierno eligió una opción que Daniel no había recomendado.

No era absurda.

No era inmoral.

Simplemente no era la que él habría elegido.

Daniel sintió decepción.

Después enfado.

Después ganas de demostrar que se habían equivocado.

House lo esperaba fuera.

—¿Y?

—Han tomado una mala decisión.

—¿Estás seguro?

Daniel respiró.

—No.

House sonrió.

—Entonces no empieces.

—¿No empiece qué?

—A convertir tu desacuerdo en una verdad.

Daniel guardó silencio.

La decisión podía salir mal.

También podía salir bien.

Y si salía mal, Daniel tendría que explicar por qué creía que debía corregirse.

No podría obligar a nadie.

No podría sustituir al gobierno.

No podría utilizar su propia convicción como argumento definitivo.

Había aprendido a decidir.

Ahora tenía que aprender algo más difícil.

A soportar que otros decidieran.


CCLXXVIII

La consecuencia que no quería

Seis meses después, los resultados fueron mejores de lo esperado.

No perfectos.

Pero mejores.

La decisión que Daniel había considerado equivocada había evitado un problema que él no había previsto.

El alcalde lo llamó.

—Tenías razón en una cosa.

Daniel sonrió.

—¿En cuál?

—En que necesitábamos datos.

—Sí.

—Pero estabas equivocado en otra.

—¿Cuál?

—Pensabas que nuestra decisión iba a salir mal.

Daniel guardó silencio.

—Sí.

El alcalde sonrió.

—No te preocupes.

—¿Por qué?

—Porque a mí también me pasa.

Daniel se echó a reír.

Aquella conversación le produjo una extraña satisfacción.

No porque hubiera tenido razón.

Sino porque había descubierto algo que le había costado mucho aprender:

una decisión contraria a la suya podía ser buena.

No tenía que convertir cada desacuerdo en una batalla moral.

Podía simplemente estar equivocado.

Y sobrevivir.


CCLXXIX

La última silla

La comisión terminó su trabajo.

Daniel fue a la sala vacía.

Había una silla en el centro.

La misma.

La que había acompañado todo el proceso.

La miró durante unos segundos.

Después la apartó.

No la destruyó.

No la convirtió en símbolo.

Simplemente la puso junto a las demás.

Porque finalmente había entendido algo.

La persona que paga no está siempre enfrente.

A veces eres tú.

A veces es tu vecino.

A veces es alguien a quien nunca conocerás.

Y a veces el coste cae sobre alguien que ni siquiera sabe que una decisión fue tomada pensando en él.

La responsabilidad no consistía en garantizar que nadie sufriera.

Eso era imposible.

Consistía en no olvidar que alguien lo haría.

Daniel apagó las luces.

Al salir, encontró a House.

—¿Ya está?

Daniel miró atrás.

—No.

—Bien.

—¿Por qué?

House abrió la puerta.

—Porque si crees que ya está, volverás a empezar a mentirte.

Daniel sonrió.

Salieron juntos.

La ciudad seguía allí.

Ruidosa.

Imperfecta.

Llena de hombres que querían cambiar el mundo sin cambiarse a sí mismos.

Y de otros que, por una razón u otra, empezaban a descubrir que ambas cosas estaban relacionadas.

Daniel caminó unos metros.

—House.

—¿Qué?

—¿Tú has cambiado?

House tardó en contestar.

—No.

Daniel lo miró.

House sonrió.

—Pero ahora sé que debería.

Y siguió caminando.

Daniel no dijo nada.

Por primera vez, no hacía falta.

CCLXXX

Dos cambios

La comisión terminó.

Daniel dejó el edificio con una sensación extraña.

No era satisfacción.

Tampoco fracaso.

Había trabajado durante meses para demostrar que las decisiones públicas podían hacerse más transparentes, más responsables y menos dependientes de las excusas.

Y, sin embargo, al final había descubierto algo que no aparecía en ningún reglamento:

él también necesitaba aprender a vivir sin controlar el resultado.

Aquella misma tarde recibió dos noticias.

La primera era política.

La segunda, personal.

Las dos tenían algo en común.

Ninguna dependía completamente de él.

La primera: el gobierno había decidido mantener la reforma que él había criticado meses atrás.

La segunda: ella quería hablar con él.

Daniel guardó el teléfono.

Durante unos segundos pensó que ambas cosas exigían exactamente lo mismo.

Después comprendió que no.

Una decisión política podía analizarse.

Una relación no.

Y quizá por eso la segunda le daba mucho más miedo.


CCLXXXI

La conversación pendiente

Se encontraron en el mismo café donde habían hablado meses atrás.

Ella llegó primero.

Daniel se sentó enfrente.

—Tenemos que hablar.

—Sí.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco.

—Eso no significa que no vayamos a hacerlo.

Daniel sonrió.

—Probablemente.

Ella lo miró durante unos segundos.

—Creo que hemos cambiado.

—Sí.

—Pero no sé si hemos cambiado en la misma dirección.

Daniel no respondió.

—Antes quería que tú cambiaras —continuó ella—. Después quería que cambiaras por mí. Luego me convencí de que respetar tu libertad significaba dejarte hacer lo que quisieras.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que también estaba equivocada.

Daniel esperó.

—A veces amar a alguien significa pedirle algo.

Daniel bajó la mirada.

—¿Qué?

—Que esté.

La palabra quedó entre ellos.

—No que me resuelva la vida. No que piense por mí. No que me prometa que todo saldrá bien.

Ella respiró.

—Que esté.

Daniel sintió que algo se aflojaba dentro de él.

Durante años había confundido respetar la libertad con no exigir nada.

Como si toda petición fuera una forma de coerción.

Como si necesitar a alguien fuese una debilidad.

Pero no era lo mismo pedir que obligar.

—Puedo hacer eso —dijo.

Ella sonrió.

—No te prometo que sea suficiente.

—Yo tampoco.

—Bien.

Y siguieron hablando.

No resolvieron su relación aquella tarde.

Pero tampoco la dejaron en manos de una teoría.


CCLXXXII

La decisión que no era suya

Al día siguiente, el alcalde anunció que mantendría la reforma.

Los periódicos comenzaron a interpretar la decisión.

Unos hablaron de valentía.

Otros de irresponsabilidad.

Daniel recibió varias llamadas.

Todos querían su opinión.

Un periodista insistió:

—Usted ha criticado esa decisión.

—Sí.

—Entonces, ¿cree que el alcalde se equivoca?

Daniel pensó antes de contestar.

—Creo que ha elegido una opción distinta de la que yo habría elegido.

—Eso no responde.

—Sí responde.

—¿Por qué?

—Porque no tengo derecho a convertir mi desacuerdo en una prueba de que el otro es incompetente.

El periodista guardó silencio.

—¿Y si la decisión sale mal?

—Entonces habrá que analizar por qué salió mal.

—¿Y si sale bien?

Daniel sonrió.

—Entonces tendré que reconocer que me equivoqué.

La respuesta apareció publicada unas horas después.

No fue la frase más difundida.

La gente prefería los enfrentamientos.

Era más fácil decir:

«Daniel acusa al alcalde».

O:

«Daniel respalda al alcalde».

La realidad era menos cómoda.

Daniel no hacía ninguna de las dos cosas.

Había aprendido a convivir con una verdad mucho más desagradable:

podía estar en desacuerdo con una decisión sin necesitar destruir a quien la tomaba.


CCLXXXIII

El coste de no decidir

Una semana después llegó el primer informe.

La reforma estaba produciendo un efecto que nadie había previsto.

No era una catástrofe.

Pero tampoco una mejora.

Algunas personas se beneficiaban.

Otras perdían.

Y un tercer grupo, que nadie había tenido en cuenta, estaba quedando atrapado entre ambos.

Daniel lo leyó.

Después llamó al equipo.

—Hay que corregir esto.

Uno de ellos respondió:

—Pero el gobierno ya ha decidido.

—Lo sé.

—Entonces no podemos hacer nada.

Daniel lo miró.

—Eso es exactamente lo que no quiero volver a escuchar.

—¿Qué?

—Que una decisión anterior convierte en imposible una decisión posterior.

La jurista preguntó:

—¿Quieres reabrir el expediente?

—Sí.

—Eso significará reconocer que la medida tenía un problema.

—Lo tiene.

—¿Y políticamente?

Daniel sonrió.

—Ese ya no es mi problema.

Se detuvo.

—Aunque tampoco quiero utilizar esa frase como excusa.

La sala quedó en silencio.

Había una diferencia entre no tener poder y desentenderse de la responsabilidad.

Daniel comenzaba a comprenderla.


CCLXXXIV

El alcalde

El alcalde recibió la propuesta.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Entonces por qué la propones?

—Porque funciona peor de lo que esperábamos.

—Pero todavía no sabemos si acabará funcionando.

—Por eso propongo modificarla, no eliminarla.

El alcalde se levantó.

—¿Sabes qué ocurrirá si hacemos esto?

—Sí.

—Parecerá que reconocemos un error.

—Lo reconocemos.

—Nos atacarán.

—Probablemente.

—Dirán que no sabíamos lo que hacíamos.

Daniel lo miró.

—Si corregimos una decisión equivocada, algunos dirán eso.

—¿Y no te preocupa?

—Sí.

El alcalde sonrió.

—Eso no parece muy político.

—Quizá deberíamos preocuparnos menos por parecer políticos y más por gobernar.

El alcalde se echó a reír.

—Ahora sí pareces un político.

Daniel negó con la cabeza.

—Ese es el problema.


CCLXXXV

El hombre que quería volver a empezar

Aquella noche Daniel encontró a House en la puerta de su casa.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—¿Qué quieres?

—Saber si estás contento.

—No.

House asintió.

—Bien.

—¿Por qué dices siempre «bien» cuando digo que algo va mal?

—Porque cuando todo va bien te vuelves insoportable.

Daniel sonrió.

—¿Y ahora qué?

House señaló la casa.

—Entra.

—¿Por qué?

—Porque hay algo que todavía no has entendido.

Entraron.

House se sentó.

—Has pasado años creyendo que cambiar significa dejar atrás al hombre que eras.

Daniel no dijo nada.

—No funciona así.

—¿Entonces?

—El hombre que eras sigue ahí.

Daniel lo miró.

—¿Y eso qué significa?

—Que mañana puede volver.

—Eso ya lo sé.

—No.

House se inclinó hacia él.

—Lo sabes intelectualmente.

—¿Y?

—Pero todavía esperas que un día desaparezca.

Daniel guardó silencio.

House continuó:

—No va a desaparecer.

—Entonces, ¿qué hago?

—Negocias con él.

Daniel sonrió.

—¿Conmigo mismo?

—Sí.

—Eso suena bastante freudiano.

—Freud era menos divertido.

Daniel se echó a reír.

House siguió:

—Tu viejo yo seguirá queriendo tener razón. Seguirá queriendo que otros decidan por ti cuando tengas miedo. Seguirá buscando excusas.

—¿Y el nuevo?

—El nuevo también.

—Entonces, ¿qué ha cambiado?

House lo miró.

—Ahora sabes quién habla.


CCLXXXVI

El regreso

Durante los días siguientes Daniel comenzó a notar algo.

Cuando recibía una crítica, quería responder inmediatamente.

Cuando alguien cuestionaba una decisión suya, quería demostrar que había tenido motivos.

Cuando ella estaba enfadada, quería explicar.

Cuando alguien en el trabajo cometía un error, quería corregirlo.

Cuando alguien no estaba de acuerdo con él, quería convencerlo.

No había desaparecido nada.

Solo había aprendido a verlo.

Una tarde ella le dijo:

—Estás enfadado.

—No.

Ella sonrió.

—Ahí está.

Daniel se detuvo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque creo que tienes razón y no quiero que la tengas.

Ella soltó una carcajada.

—Eso sí es honesto.

Daniel respiró.

—Quiero que me digas que estoy equivocado.

—¿Seguro?

—No.

—Entonces no.

Daniel la miró.

—¿Qué?

—No voy a decirte que estás equivocado solo porque tú quieres aprender algo.

Daniel sonrió.

—Touché.

—Si estás equivocado, te lo diré.

—¿Y si no?

—También.

—Eso no ayuda.

—No estoy aquí para ayudarte siempre.

Daniel asintió.

Y comprendió que aquello también era libertad.

La de ella.

No ser convertida en instrumento de su transformación.


CCLXXXVII

El verdadero poder

La comisión recibió una nueva propuesta.

Un grupo de empresarios pedía que se simplificaran las normas para favorecer la inversión.

Un grupo de asociaciones ciudadanas pedía exactamente lo contrario.

Cada parte tenía argumentos.

Cada parte tenía datos.

Cada parte tenía intereses.

Daniel preguntó:

—¿Qué ocurre si aceptamos vuestra propuesta?

Cada grupo respondió.

Después preguntó:

—¿Quién paga?

Las respuestas fueron menos claras.

Entonces hizo otra pregunta:

—¿Quién gana poder?

Silencio.

Era una pregunta que había aprendido de Strauss.

Pero ahora había añadido otra.

—¿Y quién pierde capacidad para decir que no?

La sala cambió.

Porque el poder no estaba solamente en quien recibía dinero.

También estaba en quien podía obligar a los demás a aceptar determinadas reglas.

Machiavelli habría entendido aquello inmediatamente.

Mariana habría preguntado por el límite.

Montesquieu, por los contrapesos.

Olson, por quién estaba organizado.

Arendt, por quién podía todavía negarse.

Brennan, por quién sabía realmente lo que estaba decidiendo.

Y Daniel comprendió que todos tenían una parte de la respuesta.

Ninguno tenía la respuesta completa.


CCLXXXVIII

El voto imposible

La propuesta llegó a una votación.

La comisión estaba dividida.

No había mayoría clara.

Durante horas discutieron.

Finalmente Ernesto, el hombre que había formulado la pregunta de la responsabilidad, se levantó.

—Creo que estamos intentando encontrar una opción que nadie pueda criticar.

Daniel lo miró.

—Sí.

—No existe.

—No.

—Entonces votemos.

Alguien protestó:

—Eso es simplificar.

Ernesto negó con la cabeza.

—No. Es reconocer que la discusión tiene un final.

Se votó.

Ganó una propuesta por un solo voto.

No era la propuesta de Daniel.

Tampoco la contraria.

Era una solución intermedia.

Daniel no estaba satisfecho.

Pero la aceptó.

No porque creyera que la mayoría tuviera siempre razón.

No porque la minoría estuviera equivocada.

Sino porque, después de discutir, había llegado el momento en que una comunidad debía decidir.

La política no podía convertirse eternamente en una conversación.


CCLXXXIX

Después del voto

Uno de los miembros de la comisión se acercó a Daniel.

—Creo que hemos cometido un error.

—Puede ser.

—¿No vas a hacer nada?

—Sí.

—¿Qué?

—Esperar a tener datos.

—¿Y si mientras tanto perjudicamos a alguien?

Daniel lo miró.

—Entonces actuaremos antes.

El hombre frunció el ceño.

—Eso es contradictorio.

—No.

—¿No?

—Es prudencia.

—¿Cómo sabes cuándo esperar y cuándo actuar?

Daniel sonrió.

—No lo sé.

—Entonces estamos igual que al principio.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora sabemos qué no sabemos.


CCXC

La última conversación con Strauss

Aquella noche Daniel volvió a la casa.

Strauss estaba sentado solo.

—Has vuelto.

—Sí.

—¿Qué buscas?

—Una respuesta.

Strauss sonrió.

—Entonces sigues sin aprender.

Daniel se sentó.

—Quiero saber cuándo una mayoría tiene derecho a decidir.

Strauss respondió:

—Nunca por el simple hecho de ser mayoría.

—Entonces, ¿qué la legitima?

—Nada automáticamente.

—Eso no basta.

—No.

Strauss se inclinó hacia delante.

—Pero tampoco basta con afirmar que existe una verdad superior y que tú la conoces.

Daniel guardó silencio.

—La dificultad política —continuó Strauss— consiste en reconocer simultáneamente dos peligros.

—¿Cuáles?

—El poder de la mayoría sin límites.

—Y el poder de quien afirma tener la verdad.

Daniel recordó a Rand.

A Rousseau.

A Bueno.

A Brennan.

A Mariana.

A Arendt.

Todos habían llegado por caminos distintos al mismo precipicio.

El problema no era solamente quién gobernaba.

Era qué podía hacer quien gobernaba.

Y qué podía hacer quien afirmaba gobernar en nombre de algo superior.


CCXCI

La respuesta de Daniel

Daniel salió de la casa.

Ya no esperaba encontrar una teoría definitiva.

Pero había una pregunta que sí podía llevarse consigo.

No:

«¿Quién tiene razón?»

Sino:

«¿Qué poder estoy dispuesto a concederle a quien creo que tiene razón?»

La pregunta servía para todos.

Para un gobierno.

Para una mayoría.

Para un experto.

Para un filósofo.

Para una religión.

Para un partido.

Para una institución.

Y también para él mismo.

Porque el mayor peligro no era creer que uno podía equivocarse.

Era creer que, precisamente porque uno estaba convencido de tener razón, estaba autorizado a imponerla sin límite.

Daniel caminó hasta su casa.

Ella lo esperaba.

—¿Qué has descubierto?

Daniel dejó el abrigo.

—Que sigo sin tener respuestas.

Ella sonrió.

—Entonces ha sido un buen día.

Daniel la abrazó.

Y esta vez no pensó en lo que debía decir.

No intentó convertir el momento en una conclusión.

Simplemente estuvo allí.

CCLXXX

Dos cambios

La comisión terminó.

Daniel dejó el edificio con una sensación extraña.

No era satisfacción.

Tampoco fracaso.

Había trabajado durante meses para demostrar que las decisiones públicas podían hacerse más transparentes, más responsables y menos dependientes de las excusas.

Y, sin embargo, al final había descubierto algo que no aparecía en ningún reglamento:

él también necesitaba aprender a vivir sin controlar el resultado.

Aquella misma tarde recibió dos noticias.

La primera era política.

La segunda, personal.

Las dos tenían algo en común.

Ninguna dependía completamente de él.

La primera: el gobierno había decidido mantener la reforma que él había criticado meses atrás.

La segunda: ella quería hablar con él.

Daniel guardó el teléfono.

Durante unos segundos pensó que ambas cosas exigían exactamente lo mismo.

Después comprendió que no.

Una decisión política podía analizarse.

Una relación no.

Y quizá por eso la segunda le daba mucho más miedo.


CCLXXXI

La conversación pendiente

Se encontraron en el mismo café donde habían hablado meses atrás.

Ella llegó primero.

Daniel se sentó enfrente.

—Tenemos que hablar.

—Sí.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco.

—Eso no significa que no vayamos a hacerlo.

Daniel sonrió.

—Probablemente.

Ella lo miró durante unos segundos.

—Creo que hemos cambiado.

—Sí.

—Pero no sé si hemos cambiado en la misma dirección.

Daniel no respondió.

—Antes quería que tú cambiaras —continuó ella—. Después quería que cambiaras por mí. Luego me convencí de que respetar tu libertad significaba dejarte hacer lo que quisieras.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que también estaba equivocada.

Daniel esperó.

—A veces amar a alguien significa pedirle algo.

Daniel bajó la mirada.

—¿Qué?

—Que esté.

La palabra quedó entre ellos.

—No que me resuelva la vida. No que piense por mí. No que me prometa que todo saldrá bien.

Ella respiró.

—Que esté.

Daniel sintió que algo se aflojaba dentro de él.

Durante años había confundido respetar la libertad con no exigir nada.

Como si toda petición fuera una forma de coerción.

Como si necesitar a alguien fuese una debilidad.

Pero no era lo mismo pedir que obligar.

—Puedo hacer eso —dijo.

Ella sonrió.

—No te prometo que sea suficiente.

—Yo tampoco.

—Bien.

Y siguieron hablando.

No resolvieron su relación aquella tarde.

Pero tampoco la dejaron en manos de una teoría.


CCLXXXII

La decisión que no era suya

Al día siguiente, el alcalde anunció que mantendría la reforma.

Los periódicos comenzaron a interpretar la decisión.

Unos hablaron de valentía.

Otros de irresponsabilidad.

Daniel recibió varias llamadas.

Todos querían su opinión.

Un periodista insistió:

—Usted ha criticado esa decisión.

—Sí.

—Entonces, ¿cree que el alcalde se equivoca?

Daniel pensó antes de contestar.

—Creo que ha elegido una opción distinta de la que yo habría elegido.

—Eso no responde.

—Sí responde.

—¿Por qué?

—Porque no tengo derecho a convertir mi desacuerdo en una prueba de que el otro es incompetente.

El periodista guardó silencio.

—¿Y si la decisión sale mal?

—Entonces habrá que analizar por qué salió mal.

—¿Y si sale bien?

Daniel sonrió.

—Entonces tendré que reconocer que me equivoqué.

La respuesta apareció publicada unas horas después.

No fue la frase más difundida.

La gente prefería los enfrentamientos.

Era más fácil decir:

«Daniel acusa al alcalde».

O:

«Daniel respalda al alcalde».

La realidad era menos cómoda.

Daniel no hacía ninguna de las dos cosas.

Había aprendido a convivir con una verdad mucho más desagradable:

podía estar en desacuerdo con una decisión sin necesitar destruir a quien la tomaba.


CCLXXXIII

El coste de no decidir

Una semana después llegó el primer informe.

La reforma estaba produciendo un efecto que nadie había previsto.

No era una catástrofe.

Pero tampoco una mejora.

Algunas personas se beneficiaban.

Otras perdían.

Y un tercer grupo, que nadie había tenido en cuenta, estaba quedando atrapado entre ambos.

Daniel lo leyó.

Después llamó al equipo.

—Hay que corregir esto.

Uno de ellos respondió:

—Pero el gobierno ya ha decidido.

—Lo sé.

—Entonces no podemos hacer nada.

Daniel lo miró.

—Eso es exactamente lo que no quiero volver a escuchar.

—¿Qué?

—Que una decisión anterior convierte en imposible una decisión posterior.

La jurista preguntó:

—¿Quieres reabrir el expediente?

—Sí.

—Eso significará reconocer que la medida tenía un problema.

—Lo tiene.

—¿Y políticamente?

Daniel sonrió.

—Ese ya no es mi problema.

Se detuvo.

—Aunque tampoco quiero utilizar esa frase como excusa.

La sala quedó en silencio.

Había una diferencia entre no tener poder y desentenderse de la responsabilidad.

Daniel comenzaba a comprenderla.


CCLXXXIV

El alcalde

El alcalde recibió la propuesta.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Entonces por qué la propones?

—Porque funciona peor de lo que esperábamos.

—Pero todavía no sabemos si acabará funcionando.

—Por eso propongo modificarla, no eliminarla.

El alcalde se levantó.

—¿Sabes qué ocurrirá si hacemos esto?

—Sí.

—Parecerá que reconocemos un error.

—Lo reconocemos.

—Nos atacarán.

—Probablemente.

—Dirán que no sabíamos lo que hacíamos.

Daniel lo miró.

—Si corregimos una decisión equivocada, algunos dirán eso.

—¿Y no te preocupa?

—Sí.

El alcalde sonrió.

—Eso no parece muy político.

—Quizá deberíamos preocuparnos menos por parecer políticos y más por gobernar.

El alcalde se echó a reír.

—Ahora sí pareces un político.

Daniel negó con la cabeza.

—Ese es el problema.


CCLXXXV

El hombre que quería volver a empezar

Aquella noche Daniel encontró a House en la puerta de su casa.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—¿Qué quieres?

—Saber si estás contento.

—No.

House asintió.

—Bien.

—¿Por qué dices siempre «bien» cuando digo que algo va mal?

—Porque cuando todo va bien te vuelves insoportable.

Daniel sonrió.

—¿Y ahora qué?

House señaló la casa.

—Entra.

—¿Por qué?

—Porque hay algo que todavía no has entendido.

Entraron.

House se sentó.

—Has pasado años creyendo que cambiar significa dejar atrás al hombre que eras.

Daniel no dijo nada.

—No funciona así.

—¿Entonces?

—El hombre que eras sigue ahí.

Daniel lo miró.

—¿Y eso qué significa?

—Que mañana puede volver.

—Eso ya lo sé.

—No.

House se inclinó hacia él.

—Lo sabes intelectualmente.

—¿Y?

—Pero todavía esperas que un día desaparezca.

Daniel guardó silencio.

House continuó:

—No va a desaparecer.

—Entonces, ¿qué hago?

—Negocias con él.

Daniel sonrió.

—¿Conmigo mismo?

—Sí.

—Eso suena bastante freudiano.

—Freud era menos divertido.

Daniel se echó a reír.

House siguió:

—Tu viejo yo seguirá queriendo tener razón. Seguirá queriendo que otros decidan por ti cuando tengas miedo. Seguirá buscando excusas.

—¿Y el nuevo?

—El nuevo también.

—Entonces, ¿qué ha cambiado?

House lo miró.

—Ahora sabes quién habla.


CCLXXXVI

El regreso

Durante los días siguientes Daniel comenzó a notar algo.

Cuando recibía una crítica, quería responder inmediatamente.

Cuando alguien cuestionaba una decisión suya, quería demostrar que había tenido motivos.

Cuando ella estaba enfadada, quería explicar.

Cuando alguien en el trabajo cometía un error, quería corregirlo.

Cuando alguien no estaba de acuerdo con él, quería convencerlo.

No había desaparecido nada.

Solo había aprendido a verlo.

Una tarde ella le dijo:

—Estás enfadado.

—No.

Ella sonrió.

—Ahí está.

Daniel se detuvo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque creo que tienes razón y no quiero que la tengas.

Ella soltó una carcajada.

—Eso sí es honesto.

Daniel respiró.

—Quiero que me digas que estoy equivocado.

—¿Seguro?

—No.

—Entonces no.

Daniel la miró.

—¿Qué?

—No voy a decirte que estás equivocado solo porque tú quieres aprender algo.

Daniel sonrió.

—Touché.

—Si estás equivocado, te lo diré.

—¿Y si no?

—También.

—Eso no ayuda.

—No estoy aquí para ayudarte siempre.

Daniel asintió.

Y comprendió que aquello también era libertad.

La de ella.

No ser convertida en instrumento de su transformación.


CCLXXXVII

El verdadero poder

La comisión recibió una nueva propuesta.

Un grupo de empresarios pedía que se simplificaran las normas para favorecer la inversión.

Un grupo de asociaciones ciudadanas pedía exactamente lo contrario.

Cada parte tenía argumentos.

Cada parte tenía datos.

Cada parte tenía intereses.

Daniel preguntó:

—¿Qué ocurre si aceptamos vuestra propuesta?

Cada grupo respondió.

Después preguntó:

—¿Quién paga?

Las respuestas fueron menos claras.

Entonces hizo otra pregunta:

—¿Quién gana poder?

Silencio.

Era una pregunta que había aprendido de Strauss.

Pero ahora había añadido otra.

—¿Y quién pierde capacidad para decir que no?

La sala cambió.

Porque el poder no estaba solamente en quien recibía dinero.

También estaba en quien podía obligar a los demás a aceptar determinadas reglas.

Machiavelli habría entendido aquello inmediatamente.

Mariana habría preguntado por el límite.

Montesquieu, por los contrapesos.

Olson, por quién estaba organizado.

Arendt, por quién podía todavía negarse.

Brennan, por quién sabía realmente lo que estaba decidiendo.

Y Daniel comprendió que todos tenían una parte de la respuesta.

Ninguno tenía la respuesta completa.


CCLXXXVIII

El voto imposible

La propuesta llegó a una votación.

La comisión estaba dividida.

No había mayoría clara.

Durante horas discutieron.

Finalmente Ernesto, el hombre que había formulado la pregunta de la responsabilidad, se levantó.

—Creo que estamos intentando encontrar una opción que nadie pueda criticar.

Daniel lo miró.

—Sí.

—No existe.

—No.

—Entonces votemos.

Alguien protestó:

—Eso es simplificar.

Ernesto negó con la cabeza.

—No. Es reconocer que la discusión tiene un final.

Se votó.

Ganó una propuesta por un solo voto.

No era la propuesta de Daniel.

Tampoco la contraria.

Era una solución intermedia.

Daniel no estaba satisfecho.

Pero la aceptó.

No porque creyera que la mayoría tuviera siempre razón.

No porque la minoría estuviera equivocada.

Sino porque, después de discutir, había llegado el momento en que una comunidad debía decidir.

La política no podía convertirse eternamente en una conversación.


CCLXXXIX

Después del voto

Uno de los miembros de la comisión se acercó a Daniel.

—Creo que hemos cometido un error.

—Puede ser.

—¿No vas a hacer nada?

—Sí.

—¿Qué?

—Esperar a tener datos.

—¿Y si mientras tanto perjudicamos a alguien?

Daniel lo miró.

—Entonces actuaremos antes.

El hombre frunció el ceño.

—Eso es contradictorio.

—No.

—¿No?

—Es prudencia.

—¿Cómo sabes cuándo esperar y cuándo actuar?

Daniel sonrió.

—No lo sé.

—Entonces estamos igual que al principio.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora sabemos qué no sabemos.


CCXC

La última conversación con Strauss

Aquella noche Daniel volvió a la casa.

Strauss estaba sentado solo.

—Has vuelto.

—Sí.

—¿Qué buscas?

—Una respuesta.

Strauss sonrió.

—Entonces sigues sin aprender.

Daniel se sentó.

—Quiero saber cuándo una mayoría tiene derecho a decidir.

Strauss respondió:

—Nunca por el simple hecho de ser mayoría.

—Entonces, ¿qué la legitima?

—Nada automáticamente.

—Eso no basta.

—No.

Strauss se inclinó hacia delante.

—Pero tampoco basta con afirmar que existe una verdad superior y que tú la conoces.

Daniel guardó silencio.

—La dificultad política —continuó Strauss— consiste en reconocer simultáneamente dos peligros.

—¿Cuáles?

—El poder de la mayoría sin límites.

—Y el poder de quien afirma tener la verdad.

Daniel recordó a Rand.

A Rousseau.

A Bueno.

A Brennan.

A Mariana.

A Arendt.

Todos habían llegado por caminos distintos al mismo precipicio.

El problema no era solamente quién gobernaba.

Era qué podía hacer quien gobernaba.

Y qué podía hacer quien afirmaba gobernar en nombre de algo superior.


CCXCI

La respuesta de Daniel

Daniel salió de la casa.

Ya no esperaba encontrar una teoría definitiva.

Pero había una pregunta que sí podía llevarse consigo.

No:

«¿Quién tiene razón?»

Sino:

«¿Qué poder estoy dispuesto a concederle a quien creo que tiene razón?»

La pregunta servía para todos.

Para un gobierno.

Para una mayoría.

Para un experto.

Para un filósofo.

Para una religión.

Para un partido.

Para una institución.

Y también para él mismo.

Porque el mayor peligro no era creer que uno podía equivocarse.

Era creer que, precisamente porque uno estaba convencido de tener razón, estaba autorizado a imponerla sin límite.

Daniel caminó hasta su casa.

Ella lo esperaba.

—¿Qué has descubierto?

Daniel dejó el abrigo.

—Que sigo sin tener respuestas.

Ella sonrió.

—Entonces ha sido un buen día.

Daniel la abrazó.

Y esta vez no pensó en lo que debía decir.

No intentó convertir el momento en una conclusión.

Simplemente estuvo allí.

CCCIV

El viaje

—No tan deprisa.

Ella soltó una carcajada.

—Ahí está.

—¿El qué?

—El hombre que quiere tener razón incluso cuando estamos hablando de vacaciones.

—No quiero tener razón.

—Eso dices ahora.

Daniel se levantó y fue hasta la ventana.

Durante unos segundos contempló la calle.

—Podemos ir —dijo.

—¿Y?

—Y quiero ir.

—Eso ya es otra cosa.

Daniel se volvió.

—Pero quiero saber cuánto nos cuesta.

—Naturalmente.

—Y qué dejamos de hacer por hacerlo.

Ella lo miró.

—¿Sabes qué es lo curioso?

—¿Qué?

—Que antes habrías convertido esto en una conferencia.

—¿Y ahora?

—Ahora solo estás intentando decidir.

Daniel sonrió.

—Estoy aprendiendo.

—No.

—¿No?

—Estás practicando.

Daniel aceptó la corrección.

—Mejor.

—Mucho mejor.


CCCV

La llamada

A la mañana siguiente sonó el teléfono.

Era el alcalde.

—Necesito hablar contigo.

—Dime.

—Tenemos un problema.

Daniel esperó.

—Ha aparecido un informe interno que demuestra que una de las previsiones utilizadas para aprobar la reforma era incorrecta.

—¿Incorrecta cuánto?

—Lo suficiente para cambiar las conclusiones.

Daniel cerró los ojos.

—¿Quién lo sabía?

—Eso es lo que estamos intentando averiguar.

—¿Cuándo lo supiste tú?

Hubo un silencio.

—Ayer.

—¿Y por qué no lo hiciste público?

Otro silencio.

—Porque quería saber exactamente qué significaba.

Daniel se levantó.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que no podemos ocultarlo.

—Entonces publícalo.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

—Si lo publicamos, tendremos que reconocer que la decisión se tomó con información defectuosa.

Daniel respondió:

—La decisión ya se tomó.

—Sí.

—Entonces esconder el informe no la convierte en correcta.

—Puede provocar una crisis.

—Quizá.

—¿Y si provoca una caída del gobierno?

Daniel guardó silencio.

La pregunta era otra vez la misma.

¿Qué ocurre cuando decir la verdad tiene consecuencias que no podemos controlar?

—Publícalo —dijo.

—¿Aunque nos perjudique?

Daniel respondió:

—Precisamente por eso.


CCCVI

El informe que no debía existir

Aquella tarde el informe apareció en todos los medios.

Durante unas horas, la ciudad dejó de hablar de cualquier otra cosa.

Algunos exigieron dimisiones.

Otros defendieron al gobierno.

Otros acusaron a Daniel.

Otros lo felicitaron.

Daniel no entendía ninguna de aquellas reacciones.

No porque fueran falsas.

Porque eran demasiado rápidas.

La gente había recibido un documento y, en pocos minutos, había decidido qué significaba.

Uno de los periodistas escribió:

«Daniel tenía razón desde el principio.»

Daniel llamó a la redacción.

—No.

—¿No qué?

—No tenía razón desde el principio.

—Pero usted advirtió del problema.

—Sí.

—Entonces tenía razón.

—Advertir de un riesgo no significa saber cuál será el resultado.

—Eso es demasiado complicado para un titular.

—Entonces no pongáis mi nombre en el titular.

El periodista se quedó callado.

—¿No quiere que se sepa que usted lo advirtió?

—Quiero que se sepa exactamente lo que advertí.

—Eso no es lo mismo.

—Precisamente.


CCCVII

El hombre que había tenido razón

House lo llamó aquella noche.

—Felicidades.

—¿Por qué?

—Has conseguido algo extraordinario.

—¿Qué?

—Tener razón y conseguir que te moleste.

Daniel sonrió.

—No sé si tengo razón.

—Eso es lo que te molesta.

—¿Por qué?

—Porque has descubierto que incluso cuando tienes razón, no sabes qué hacer con ella.

Daniel guardó silencio.

—¿Sabes cuál es el verdadero problema? —continuó House—.

—No.

—Que ahora todos quieren convertirte en símbolo.

—No lo soy.

—No importa.

—¿Entonces?

—Los símbolos son más cómodos que las personas.

Daniel se sentó.

—¿Y qué hago?

—Nada.

—¿Nada?

—No alimentes la historia.

—Pero hay que explicar lo ocurrido.

—Explícalo.

—Eso parece contradictorio.

—No. Una cosa es explicar y otra convertirte en protagonista.

Daniel sonrió.

—¿Alguna vez das consejos normales?

—No.

—Ya.

—Y tú sigues llamándome.


CCCVIII

La decisión de ella

Cuando Daniel llegó a casa, ella estaba preparando una maleta.

—¿Qué haces?

—Me voy dos días.

Daniel se quedó quieto.

—¿Ha pasado algo?

—Sí.

—¿Qué?

—Nada grave.

—Entonces, ¿por qué te vas?

Ella cerró la maleta.

—Porque necesito pensar.

Daniel sintió un golpe en el estómago.

La vieja versión de sí mismo habría preguntado inmediatamente qué había hecho mal.

Después habría explicado.

Después habría pedido garantías.

Después habría intentado arreglarlo.

Esta vez solo preguntó:

—¿Quieres que te lleve?

Ella lo miró.

—Sí.

Daniel cogió las llaves.

Durante el trayecto no hablaron.

Al llegar, ella abrió la puerta del coche.

—Gracias.

Daniel asintió.

—¿Quieres que te llame?

—No.

—De acuerdo.

Ella cerró la puerta.

Daniel arrancó.

Solo cuando estuvo a varios kilómetros comprendió que había hecho algo que antes le habría resultado casi imposible.

Había respetado una decisión que no controlaba.

Y le dolía.

Mucho.


CCCIX

La libertad del otro

En la casa, Rogers habló con Daniel.

—¿Qué sientes?

—Miedo.

—¿A qué?

—A perderla.

—¿Y qué puedes hacer?

Daniel tardó en responder.

—Nada.

Rogers negó suavemente con la cabeza.

—No es exactamente cierto.

Daniel lo miró.

—Puedes hablar con ella. Puedes decirle lo que sientes. Puedes pedirle que se quede.

—Pero no puedo decidir por ella.

—Eso es distinto.

Rand intervino:

—Y tampoco debes convertir tu miedo en una obligación para ella.

Daniel miró a ambas.

—¿Entonces amar también significa aceptar que el otro puede marcharse?

Rogers respondió:

—Significa aceptar que el otro es otro.

Rand añadió:

—Y que no te pertenece.

Freud habló desde el fondo:

—Lo difícil no es comprenderlo. Lo difícil es soportarlo.

Daniel bajó la mirada.

Ahí estaba otra vez la diferencia.

Saber.

Y querer.

Y hacer.

Tres cosas distintas.


CCCX

El poder más íntimo

Strauss observaba a Daniel.

—Ahora entiendes algo que ningún sistema político puede resolver.

—¿Qué?

—El poder que deseas sobre otro ser humano.

Daniel frunció el ceño.

—¿Poder?

—Sí.

—Yo no quiero poder sobre ella.

—Eso dices.

—¿Y tú crees que sí?

Strauss respondió:

—Cuando quieres que alguien permanezca porque tú consideras que debería permanecer, ya has empezado a confundir su bien con tu deseo.

Daniel se quedó callado.

Machiavelli intervino:

—Y si quieres conservarla, tendrás que persuadirla.

Rand lo miró.

—Persuadir no es obligar.

—Nunca he dicho lo contrario.

Arendt añadió:

—Pero incluso la persuasión puede convertirse en manipulación.

Freud sonrió.

—Especialmente cuando uno sabe exactamente qué decir para despertar la culpa del otro.

Daniel levantó la cabeza.

Todos lo estaban mirando.

—No voy a hacer eso.

House soltó una carcajada.

—Eso es exactamente lo que dice todo el mundo antes de hacerlo.


CCCXI

El mensaje

Pasaron dos días.

Daniel no llamó.

El tercer día recibió un mensaje.

«Podemos hablar.»

Respondió:

«Cuando quieras.»

Ella propuso encontrarse en un café.

Daniel llegó antes.

Cuando ella entró, se sentó frente a él.

—He pensado mucho.

—Yo también.

—No quiero volver a lo de antes.

Daniel asintió.

—Yo tampoco.

Ella lo miró sorprendida.

—Eso no era lo que esperaba.

—¿Qué esperabas?

—Que dijeras que sí.

—Quiero estar contigo.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Entonces?

Daniel respiró profundamente.

—Quiero estar contigo si los dos queremos estar. No quiero que estés conmigo porque tengas miedo de irte.

Ella permaneció en silencio.

—Eso es nuevo —dijo finalmente.

—Para mí también.

—¿Y si mañana cambio de opinión?

Daniel sintió miedo.

Pero respondió:

—Entonces tendré que decidir qué hago yo con eso.

Ella sonrió.

—Eso también es nuevo.


CCCXII

La última tentación

Aquella noche Daniel volvió a la casa.

La encontró casi vacía.

Solo quedaban House y Marco Aurelio.

—¿Dónde están los demás?

—Se han cansado de escucharnos.

—¿Y vosotros?

House respondió:

—Yo nunca me canso de tener razón.

Marco Aurelio sonrió.

—Eso es mentira.

House lo miró.

—¿Vas a empezar?

—No.

—Bien.

Daniel se sentó.

—Creo que he entendido algo.

House hizo una mueca.

—Eso suele ser mala señal.

—Que cambiar no significa convertirse en otra persona.

Marco Aurelio asintió.

—¿Qué significa entonces?

Daniel pensó.

—Significa que cuando vuelves a ser el hombre que eras, ya no puedes fingir que no lo reconoces.

House dejó de sonreír.

Por primera vez aquella noche no hizo ningún comentario.

Daniel continuó:

—Antes pensaba que cambiar era dejar atrás ciertas cosas.

—¿Y ahora? —preguntó Marco Aurelio.

—Ahora creo que es saber qué hacer cuando vuelven.

Marco Aurelio asintió lentamente.

—Eso se parece más a la vida.

House se levantó.

—Perfecto.

—¿Qué?

—Ya tenemos otra teoría.

Daniel se echó a reír.

—¿Y cuál es?

House cogió su abrigo.

—Que mañana volverás a equivocarte.

Abrió la puerta.

—Y tendrás que decidir qué haces entonces.

Salió.

Marco Aurelio miró a Daniel.

—¿Tiene razón?

Daniel sonrió.

—Probablemente.

—¿Te preocupa?

—No tanto como antes.

Marco Aurelio se acercó a la ventana.

Fuera empezaba a amanecer.

—Entonces quizá hayas aprendido algo.

Daniel miró la casa.

Ya no parecía un lugar especial.

Ni la silla tenía significado.

Ni las paredes guardaban respuestas.

Solo quedaban libros, polvo y una mesa llena de papeles.

Y, sin embargo, Daniel sabía que volvería.

No porque allí estuvieran las respuestas.

Sino porque había aprendido algo más incómodo:

que ningún hombre termina de aprender.

Y que, cuando cree haberlo hecho, probablemente acaba de empezar a mentirse otra vez.

Daniel apagó la luz.

Esta vez no cerró la puerta.

La dejó entornada.

Y se marchó.

CCCXIII

Todo vuelve

Durante las semanas siguientes, la ciudad volvió a lo de siempre.

La gente dejó de hablar del informe.

El gobierno siguió gobernando.

La oposición siguió acusando.

Los periódicos encontraron nuevas historias.

Los ciudadanos volvieron a sus trabajos.

Los problemas antiguos recuperaron sus nombres.

Y Daniel descubrió que aquello era quizá lo más importante.

Nada había quedado resuelto.

No había nacido un hombre nuevo.

No había aparecido un sistema perfecto.

No había desaparecido el miedo.

No había desaparecido el interés.

No había desaparecido la mentira.

Solo había cambiado una cosa.

Ahora Daniel sabía reconocer algunas de ellas.

Y también sabía que reconocerlas no bastaba.

Una tarde, mientras caminaba por la calle, vio a un hombre discutir con una mujer.

El hombre levantaba la voz.

Ella permanecía callada.

Daniel siguió caminando.

Durante un instante pensó en intervenir.

Después se detuvo.

No sabía qué estaba ocurriendo.

Podía ser una discusión.

Podía ser algo peor.

Miró.

Esperó unos segundos.

La mujer levantó una mano.

El hombre bajó la voz.

Daniel siguió su camino.

No porque hubiera decidido mirar hacia otro lado.

Sino porque había aprendido otra cosa:

que intervenir también exige saber cuándo se tiene derecho a hacerlo.

Y que incluso la prudencia puede convertirse en cobardía.

No existía una fórmula.

Solo quedaba mirar.

Juzgar.

Y decidir.

Una y otra vez.

Como todos.


CCCXIV

La llamada de House

El teléfono sonó esa noche.

—¿Sí?

—Sigues vivo.

Daniel reconoció la voz.

—Tú también.

—No exageremos.

Daniel sonrió.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué llamas?

House tardó unos segundos.

—Porque quería comprobar una cosa.

—¿Cuál?

—Si seguías creyendo que habías cambiado.

Daniel miró por la ventana.

—No.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Buenas noches.

—Daniel.

—¿Sí?

—No te confíes.

La llamada terminó.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

No sabía si House hablaba de él.

Del mundo.

O de sí mismo.

Probablemente de los tres.

Se acostó.

Y antes de cerrar los ojos pensó en una frase que había escuchado meses atrás.

Todo el mundo miente.

Ahora entendía que la frase no era una condena.

Era una advertencia.

La mentira más peligrosa no era la que otro contaba.

Era aquella que uno necesitaba creer para poder seguir siendo exactamente quien era.

Y cambiar significaba, muchas veces, algo mucho más sencillo y mucho más difícil:

dejar de necesitarla.

CCCXV

La mañana

A las siete y veinte sonó el despertador.

Daniel lo apagó.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Pensó en quedarse en la cama.

Pensó en levantarse.

Pensó en todas las razones por las que podía posponerlo.

Después se levantó.

No había aprendido a querer siempre lo que debía hacer.

No había aprendido a tener siempre razón.

No había aprendido a controlar las circunstancias.

No había aprendido a controlar a los demás.

Había aprendido algo mucho más pequeño.

Cuando sabía que estaba eligiendo, ya no podía decir que no había elegido.

Se vistió.

Preparó café.

Miró el teléfono.

Tenía un mensaje de ella.

«¿Café esta tarde?»

Daniel respondió:

«Sí.»

Guardó el teléfono.

Abrió la puerta.

Y salió.

No sabía qué ocurriría aquella tarde.

No sabía qué ocurriría dentro de un mes.

No sabía si aquella relación duraría.

No sabía si su trabajo duraría.

No sabía si las instituciones cambiarían.

No sabía si la ciudad aprendería algo.

No sabía si él mismo sería capaz de mantener lo que había aprendido.

Pero ya no necesitaba saberlo todo para dar el siguiente paso.

Eso era lo más parecido a la libertad que había encontrado.

No la certeza.

No la ausencia de miedo.

No la victoria.

La posibilidad de actuar sin tener garantías.

Y aceptar que, después de hacerlo, tendría que vivir con las consecuencias.

Daniel caminó hacia la calle.

El mundo seguía exactamente donde lo había dejado.

Y él también.

Solo que ahora sabía que eso no era una excusa.

Era el punto de partida.

CCCXVI

El día que empezó otra vez

Aquel mismo día, a media mañana, Daniel recibió una llamada que no esperaba.

—¿Daniel?

—Sí.

—Soy Teresa.

Daniel tardó un instante en reconocer la voz.

La mujer de la tienda.

—Dime.

—Han vuelto a cambiar la norma.

Daniel se quedó callado.

—¿Cómo que han vuelto a cambiarla?

—Como lo oyes.

—¿Y qué cambia?

—Lo que nos afecta a nosotros.

Daniel miró los documentos que tenía delante.

—¿Quién lo ha decidido?

—No lo sé.

—¿Cuándo entra en vigor?

—Mañana.

Daniel sintió que algo dentro de él se tensaba.

La vieja reacción apareció inmediatamente.

Buscar al responsable.

Encontrar el error.

Demostrar la injusticia.

Preparar un informe.

Convocar una reunión.

Corregirlo.

Todo aquello podía hacerse.

Y quizá debía hacerse.

Pero antes había una pregunta.

—Teresa, ¿qué quieres que haga?

Hubo silencio.

—No lo sé.

Daniel respiró.

—Entonces averigüémoslo.


CCCXVII

El regreso de la urgencia

En menos de veinticuatro horas, la noticia había provocado protestas.

Los grupos afectados exigían que se retirara la norma.

Los defensores de la reforma decían que las protestas eran una maniobra de los intereses perjudicados.

Los partidos empezaron a utilizar el asunto.

Los periódicos eligieron sus palabras.

Unos hablaban de abuso.

Otros, de resistencia al cambio.

Unos pedían firmeza.

Otros, diálogo.

Daniel leyó varios artículos.

Después cerró el ordenador.

Había aprendido a desconfiar de las palabras que llegaban antes que los hechos.

Pidió los datos.

¿Cuántas personas estaban afectadas?

¿Cuánto dinero suponía?

¿Qué alternativas existían?

¿Qué ocurría si se suspendía?

¿Qué ocurría si se mantenía?

¿Quién asumía el coste?

¿Quién obtenía el beneficio?

Y, sobre todo:

¿qué se sabía realmente?

A las seis de la tarde tenía las primeras respuestas.

No eran suficientes.

Pero eran mejores que los discursos.


CCCXVIII

El hombre que tenía prisa

El alcalde quería una reunión aquella misma noche.

—Hay que actuar.

—Sí.

—Entonces suspenderemos la norma.

Daniel levantó la vista.

—No estoy seguro.

El alcalde frunció el ceño.

—¿Cómo que no estás seguro?

—Porque todavía no sabemos qué ocurrirá si la suspendemos.

—La gente está protestando.

—Lo sé.

—Hay que responder.

—Sí.

—¿Entonces?

Daniel dejó los papeles sobre la mesa.

—Responder no significa necesariamente hacer lo primero que nos piden.

—¿Y qué propones?

—Esperar seis horas.

—¿Seis horas?

—Sí.

—Nos acusarán de inacción.

—Probablemente.

—¿Y si mañana es demasiado tarde?

Daniel lo miró.

—Entonces tendremos que asumir que esperar fue una mala decisión.

El alcalde se levantó.

—No puedes gobernar así.

Daniel respondió:

—No. Pero tampoco podemos gobernar fingiendo que cada decisión urgente deja de tener consecuencias porque la tomamos deprisa.


CCCXIX

La respuesta de Machiavelli

Aquella noche, Daniel volvió a la casa.

Machiavelli estaba solo.

—Te has vuelto prudente.

—¿Eso es un reproche?

—Es una observación.

—¿Y tú qué habrías hecho?

Machiavelli sonrió.

—Depende.

—¿De qué?

—De quién estuviera mirando.

Daniel frunció el ceño.

—No entiendo.

—El gobernante no solo debe decidir qué hacer. Debe considerar cómo será interpretado lo que haga.

—Eso puede convertir la política en teatro.

—La política siempre contiene teatro.

—¿Y la verdad?

—La verdad no elimina la apariencia.

Daniel se quedó pensando.

—Entonces, ¿qué?

Machiavelli se acercó a la ventana.

—Que si decides esperar, tendrás que explicar por qué.

—¿Y si la gente no acepta la explicación?

—Entonces tendrás un problema político.

—¿Y si la explicación es correcta?

Machiavelli se volvió.

—Eso no significa que sea suficiente.

Daniel sonrió.

—Siempre encuentras una forma de complicarlo.

—No. Yo simplemente recuerdo que los hombres no actúan únicamente por razones.


CCCXX

La respuesta de Freud

Freud estaba sentado en la biblioteca.

Daniel le contó la conversación.

—Machiavelli tiene razón en algo.

—¿Solo en algo?

—Eso ya es bastante.

Freud sonrió.

—Cuando una persona se siente amenazada, no escucha solamente argumentos. Escucha promesas de seguridad.

—¿Y qué hacemos?

—Primero reconocer el miedo.

—¿Y después?

—No convertirlo en dueño de la decisión.

Daniel se quedó callado.

—¿Eso también vale para los gobernantes?

Freud lo miró.

—Especialmente para ellos.

—¿Por qué?

—Porque un gobernante asustado puede llamar prudencia a su miedo. Y un ciudadano asustado puede llamar justicia a su deseo de castigar.

Daniel recordó las protestas.

—Entonces todos podemos mentirnos.

—No solo podemos.

Freud hizo una pausa.

—Lo hacemos constantemente.


CCCXXI

La respuesta de Rand

Rand fue mucho más directa.

—La cuestión es sencilla.

—¿Cuál?

—¿Tienen derecho a exigir que otros paguen por su problema?

—No sé.

—Entonces averígualo.

—¿Y si tienen razón?

—Que la tengan no les concede cualquier derecho.

—¿Y si el sistema los perjudica?

—Entonces hay que demostrarlo y corregirlo.

—¿Y si corregirlo perjudica a otros?

Rand lo miró.

—Entonces no has encontrado una solución. Has trasladado el problema.

Daniel sonrió.

—Eso lo diría House.

—No necesito conocer a ese hombre para saberlo.


CCCXXII

La respuesta de Rogers

Rogers fue el último.

Daniel le preguntó:

—¿Cómo se cambia una situación cuando todos están convencidos de que cambiarla significa que ellos pierden?

Rogers respondió:

—Escuchando.

Daniel suspiró.

—Eso ya lo hemos dicho muchas veces.

—Sí.

—Y no basta.

—No.

—Entonces, ¿qué falta?

Rogers tardó unos segundos.

—Aceptar que escuchar al otro no significa darle la razón.

Daniel levantó la mirada.

—¿Y?

—Significa comprender por qué no la cede.

—Eso tampoco resuelve el conflicto.

—No.

—Entonces seguimos igual.

Rogers sonrió.

—La comprensión nunca fue una solución automática.

Daniel pensó en su propia vida.

Durante mucho tiempo había confundido comprender con resolver.

Quizá había sido otra forma de esconderse.


CCCXXIII

El voto

A las once de la noche se celebró la reunión.

Había una propuesta.

Suspender la norma.

Otra.

Mantenerla.

Y una tercera.

Modificarla durante treinta días mientras se recogían nuevos datos.

La tercera era la menos popular.

También era la menos cómoda.

No prometía una victoria.

No satisfacía completamente a nadie.

Y exigía volver a decidir dentro de un mes.

Daniel la defendió.

Un concejal lo interrumpió:

—Eso es no decidir.

Daniel negó con la cabeza.

—No. Es decidir que necesitamos más información antes de tomar una decisión irreversible.

—¿Y si dentro de treinta días seguimos sin saberlo?

—Entonces tendremos que decidir con lo que sepamos.

—¿Y si nos equivocamos?

Daniel respondió:

—Nos equivocaremos.

La sala quedó en silencio.

—La cuestión no es cómo evitar equivocarnos —continuó—. La cuestión es si podemos equivocarnos de manera que todavía podamos corregir.

Aristóteles habría aprobado la frase.

Pero Daniel ya no necesitaba pensar en Aristóteles para decirla.


CCCXXIV

La mayoría

La propuesta salió adelante por un voto.

Uno.

Daniel no celebró nada.

Sabía que una votación no convierte una decisión en verdadera.

Solo le da una forma legítima de ser adoptada.

A la salida, un periodista se acercó.

—¿Ha ganado usted?

Daniel lo miró.

—No.

—Pero la propuesta que defendía ha sido aprobada.

—Sí.

—Entonces ha ganado.

—No.

—¿Por qué?

Daniel respondió:

—Porque dentro de treinta días tendremos que volver a decidir.

El periodista sonrió.

—Nunca da una respuesta sencilla.

Daniel pensó un instante.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Eso también es verdad.


CCCXXV

El hombre que volvió a casa

Cuando llegó a casa, ella estaba despierta.

—¿Cómo ha ido?

—Difícil.

—¿Has ganado?

Daniel sonrió.

—No.

—¿Has perdido?

—Tampoco.

Ella se incorporó.

—Entonces, ¿qué ha pasado?

Daniel dejó las llaves sobre la mesa.

—Hemos tomado una decisión.

—¿Y eso es todo?

—Sí.

Ella lo miró.

—Antes habrías necesitado saber si era la correcta.

Daniel se sentó a su lado.

—Ahora me conformo con saber por qué la hemos tomado, qué puede salir mal y cuándo tendremos que revisarla.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Eso suena bastante aburrido.

—Lo es.

—Bien.

Daniel sonrió.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quizá la vida normal sea eso.


CCCXXVI

La noche

Aquella noche no hablaron de política.

Hablaron del viaje.

De dinero.

De dónde ir.

De cuánto tiempo podían estar fuera.

Discutieron sobre un hotel.

Después sobre el tren.

Después sobre si merecía la pena gastar más por tener una habitación mejor.

Era una discusión absurda.

Precisamente por eso resultaba importante.

Daniel descubrió que no necesitaba convertir cada desacuerdo en una cuestión filosófica.

Podían discutir.

Podían cambiar de opinión.

Podían ceder.

Podían mantener una posición.

Podían incluso acostarse sin haber resuelto el asunto.

Antes necesitaba cerrar cada círculo.

Ahora podía dejar alguno abierto.

No era una gran conquista.

Pero era una conquista.


CCCXXVII

La pregunta de House

A la mañana siguiente encontró un mensaje.

«¿Ya has aprendido a vivir sin conclusiones?»

Daniel supo inmediatamente quién lo había escrito.

Respondió:

«No.»

La respuesta llegó enseguida.

«Bien.»

Daniel esperó.

Llegó otro mensaje.

«Las conclusiones son útiles. Lo peligroso es enamorarse de ellas.»

Daniel dejó el teléfono.

Por primera vez, no respondió.

No porque no tuviera nada que decir.

Porque no hacía falta.


CCCXXVIII

El último círculo

Treinta días después volvieron a reunirse.

Los datos habían cambiado.

La modificación había funcionado en algunas zonas.

En otras había creado un problema nuevo.

Un grupo que había protestado inicialmente ahora quería mantenerla.

Otro que había permanecido en silencio pedía eliminarla.

Los números no daban una respuesta limpia.

Daniel miró la mesa.

Alguien preguntó:

—¿Qué hacemos?

Durante unos segundos nadie habló.

Daniel pensó en la primera noche.

En Freud.

En Rogers.

En Rand.

En todos los demás.

Pensó en Daniel, aquel hombre que había llegado a la casa esperando que alguien le dijera qué debía hacer.

Y comprendió cuánto tiempo había pasado intentando encontrar una respuesta que no existía.

—Decidimos —dijo.

—¿Qué?

Daniel miró los datos.

—Lo que creemos que debemos hacer.

—¿Sin certeza?

—Sin certeza.

—¿Y si nos equivocamos?

Daniel respiró.

—Corregiremos.

—¿Y si no podemos?

Daniel levantó la mirada.

—Entonces tendremos que vivir con el daño que hayamos causado.

Nadie dijo nada.

Esta vez no había teoría que pudiera protegerlos.

Solo quedaba decidir.

Y después responder por la decisión.


CCCXXIX

La última visita

Aquella tarde Daniel volvió a la casa.

La puerta estaba abierta.

Entró.

No había nadie.

Caminó hasta la sala.

La silla seguía allí.

La tocó.

Después se sentó.

Recordó al hombre que había sido.

Había querido una respuesta.

Una explicación.

Una teoría.

Un sistema.

Un culpable.

Un responsable.

Una garantía.

Ahora sabía que ninguna de esas cosas podía vivir por él.

Freud le había enseñado que no era completamente transparente para sí mismo.

Rogers, que comprenderse no bastaba.

Rand, que nadie podía elegir por él.

Epicteto, que no controlaba el mundo.

Marco Aurelio, que debía gobernarse a sí mismo.

Machiavelli, que los hombres no eran como las teorías querían.

Aristóteles, que una comunidad no podía reducirse a un procedimiento.

Olson, que los intereses se organizaban de manera desigual.

Strauss, que el poder exigía preguntas más difíciles que una simple elección.

Arendt, que obedecer no eliminaba la responsabilidad.

Mariana, que gobernar no significaba poseer.

Brennan, que votar no hacía competente a nadie.

Orwell, que las palabras podían deformar la realidad.

Trivers, que el hombre podía engañarse sin necesitar un engañador.

Camus, que ninguna teoría garantizaba un sentido.

Y House…

Daniel sonrió.

House le había enseñado algo mucho más sencillo.

Que saber todo aquello no garantizaba que mañana actuara mejor.


CCCXXX

La última silla

Daniel permaneció sentado.

No esperaba a nadie.

No necesitaba que apareciera otro filósofo.

No necesitaba otra pregunta.

Por primera vez, la silla no representaba nada.

Era simplemente una silla.

Daniel se levantó.

Miró alrededor.

—¿Y ahora qué? —dijo en voz alta.

Nadie respondió.

Esperó.

Nada.

Sonrió.

Aquello también era una respuesta.

Salió de la casa.

Cerró la puerta.

Esta vez sí.

Pero no con la sensación de haber terminado.

Sino con la de haber entendido que algunas cosas no terminan.

La duda.

El deseo.

El miedo.

La ambición.

La mentira.

La libertad.

El poder.

El amor.

El autoengaño.

Volvían.

Siempre.

La diferencia estaba en lo que uno hacía cuando volvían.


CCCXXXI

Todo el mundo miente

Pasaron algunos meses.

Una noche, Daniel recibió una última invitación.

No era de una institución.

No era de un gobierno.

No era de una universidad.

Era de House.

Solo había una frase:

«Ven a cenar.»

Daniel fue.

House estaba sentado frente a una mesa.

Marco Aurelio estaba con él.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Daniel.

—En sus casas.

—¿Y nosotros?

House señaló la silla.

—Sentados.

Daniel se sentó.

Durante unos minutos comieron en silencio.

Finalmente House habló.

—Todo el mundo miente.

Daniel lo miró.

—Sí.

—El conocimiento no es el problema.

—No.

—La gente quiere que cambien las circunstancias. La pareja. El jefe. El gobierno. La sociedad. El mundo.

Daniel no respondió.

House continuó:

—Casi nunca quiere cambiar ella.

Marco Aurelio levantó la vista.

—Pero si nadie estuviera dispuesto a cambiar, tú tampoco habrías venido.

House lo miró.

—No confundas esperanza con evidencia.

Marco Aurelio respondió:

—No las confundo.

House guardó silencio.

Después miró a Daniel.

—Entonces quizá seas el único aquí que todavía merece la pena escuchar.

Daniel sonrió.

—¿Eso es un cumplido?

—No.

—¿Qué es?

House se encogió de hombros.

—Una observación.

Marco Aurelio sonrió.

Daniel miró a los dos hombres.

Durante un instante comprendió que aquella conversación no necesitaba una conclusión.

No había una última teoría.

No había una respuesta definitiva.

Solo una pregunta que regresaba una y otra vez:

¿Qué estás dispuesto a cambiar cuando ya no puedes seguir culpando a nadie?

Daniel no respondió.

Esta vez no hacía falta.


CCCXXXII

Frente al hombre

Cuando salió, era de noche.

La ciudad estaba tranquila.

No había discursos.

No había votaciones.

No había filósofos.

No había una crisis que resolver.

Solo calles.

Ventanas iluminadas.

Personas regresando a casa.

Alguien esperaba un autobús.

Una pareja discutía.

Un hombre fumaba solo.

Una mujer hablaba por teléfono.

Un niño corría detrás de una pelota.

El mundo continuaba.

Daniel caminó.

Había pasado meses buscando qué era el hombre.

Había escuchado que era deseo.

Miedo.

Razón.

Historia.

Libertad.

Poder.

Sociedad.

Inconsciente.

Elección.

Angustia.

Virtud.

Interés.

Mentira.

Había escuchado respuestas brillantes.

Algunas contradictorias.

Otras compatibles.

Ninguna suficiente.

Porque el hombre no aparecía únicamente cuando hablaba de sí mismo.

Aparecía cuando tenía que decidir.

Cuando podía mentir y decía la verdad.

Cuando podía decir la verdad y elegía mentir.

Cuando podía quedarse y se marchaba.

Cuando podía marcharse y se quedaba.

Cuando tenía poder y debía limitarlo.

Cuando no tenía poder y decidía resistir.

Cuando sabía qué debía hacer y no quería hacerlo.

Cuando quería hacerlo y no se atrevía.

Cuando finalmente se atrevía.

Y cuando, después de todo aquello, volvía a equivocarse.

Daniel llegó a una esquina.

Se detuvo.

No sabía qué camino tomar.

Miró a un lado.

Después al otro.

Y eligió.

No porque supiera cuál era el correcto.

Porque uno tenía que elegir.

Siguió caminando.

Y, por primera vez, aquella falta de certeza no le pareció una condena.

Le pareció la condición de estar vivo.

CCCXXXIII

La llamada que no esperaba

Tres semanas después, Daniel recibió una llamada de ella.

No era extraño.

Lo extraño fue la hora.

Las dos y cuarto de la madrugada.

—¿Estás despierto?

—Ahora sí.

Ella no respondió.

Daniel esperó.

—Necesito contarte algo.

—Dime.

—No sé cómo hacerlo.

Daniel se incorporó en la cama.

—Empieza por donde quieras.

—Eso es lo que siempre dices.

—Porque suele funcionar.

—No siempre.

—No.

Ella respiró profundamente.

—Me han ofrecido trabajo fuera.

Daniel sintió algo parecido a un golpe.

—¿Dónde?

Le dijo la ciudad.

Estaba lejos.

Muy lejos.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Cuándo tendrías que irte?

—En un mes.

Daniel permaneció callado.

Ella preguntó:

—¿Sigues ahí?

—Sí.

—Di algo.

Daniel estuvo a punto de decir muchas cosas.

Que era una mala idea.

Que podían encontrar otra solución.

Que no era necesario marcharse.

Que podían esperar.

Que podían buscar algo juntos.

Que él también podía cambiar su trabajo.

Que podían intentarlo.

Todas eran posibilidades.

Y todas tenían algo en común.

Que hablaban de lo que ella debía hacer.

Daniel cerró los ojos.

—¿Tú qué quieres?

—No lo sé.

Aquella respuesta le dolió más que la noticia.

—¿Quieres irte?

—Creo que sí.

—Entonces vete.

Ella guardó silencio.

—¿Así de fácil?

Daniel tragó saliva.

—No.

—Pues no lo parece.

—No es fácil.

—Entonces, ¿por qué lo dices así?

Daniel tardó en contestar.

—Porque si te digo que no vayas, puede que estés escuchando mi miedo y no el tuyo.

Silencio.

—Y si te digo que vayas —continuó—, puedo estar intentando parecer generoso cuando en realidad estoy evitando decirte que no quiero que te marches.

Ella no dijo nada.

Daniel sintió que estaba llegando al lugar exacto del que había pasado media vida huyendo.

—No quiero que te vayas.

Lo dijo finalmente.

Sin argumento.

Sin explicación.

Sin teoría.

Ella respiró al otro lado del teléfono.

—Gracias.

—Pero si decides irte, no quiero convertir mi miedo en una obligación para ti.

—Eso es mucho más difícil de escuchar.

—Lo sé.

—¿Y qué quieres que haga?

Daniel miró la oscuridad de la habitación.

—Quiero que decidas tú.

—¿Y tú?

—Yo decidiré qué hago con tu decisión.


CCCXXXIV

El precio

Aquella noche no durmió.

A las seis de la mañana salió a caminar.

Las calles estaban casi vacías.

Pensó en todo lo que había aprendido.

Y por primera vez comprendió que también podía utilizar aquellas ideas para engañarse.

Podía decirse que respetar la libertad del otro era noble.

Que no intentar retenerla demostraba madurez.

Que aceptar su decisión era una prueba de amor.

Todo aquello podía ser verdad.

Pero también podía esconder algo mucho más sencillo.

Miedo.

Miedo a pedir.

Miedo a escuchar un no.

Miedo a descubrir que alguien podía marcharse aunque él hiciera todo correctamente.

Se detuvo.

Aquello era nuevo.

Durante mucho tiempo había creído que el problema consistía en decidir correctamente.

Ahora comprendía que también podía utilizar una decisión aparentemente correcta para evitar una emoción que no quería soportar.

La libertad no era una técnica.

Tampoco era una coartada.

Podía decirle:

«No quiero que te vayas.»

Y dejarla decidir.

Las dos cosas podían existir al mismo tiempo.

Quizá incluso debían.


CCCXXXV

La conversación

Se encontraron dos días después.

Ella llevaba varios papeles en una carpeta.

—Me han dicho que tengo que responder pronto.

—¿Qué quieres hacer?

—Quiero aceptar.

Daniel sintió que el corazón se le hundía.

No dijo nada.

Ella lo miró.

—Di algo.

—No sé qué decir.

—Puedes decir que estás triste.

—Estoy triste.

—Puedes decir que estás enfadado.

Daniel dudó.

—También estoy enfadado.

—¿Conmigo?

—Un poco.

Ella asintió.

—Eso lo entiendo.

—Y tengo miedo.

—Eso también.

Daniel la miró.

—Pero no quiero convertir ninguna de esas cosas en una razón para impedirte hacerlo.

Ella bajó la mirada.

—No quiero perderte.

—Yo tampoco quiero perderte.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Daniel tardó en responder.

—Intentarlo.

Ella levantó la cabeza.

—¿A distancia?

—No lo sé.

—¿Y si no funciona?

—Entonces no funcionará.

—No tienes una respuesta mejor.

—No.

Ella sonrió débilmente.

—Antes eso te habría vuelto loco.

—Todavía me vuelve un poco loco.

Se abrazaron.

No había promesa.

No había garantía.

No había final feliz.

Solo dos personas decidiendo si querían asumir el riesgo.


CCCXXXVI

La política vuelve a entrar

La misma semana llegó otro problema.

El informe que Daniel había publicado meses atrás había provocado una investigación.

La investigación había terminado.

Y la conclusión era incómoda.

No había un culpable único.

Había una cadena de decisiones.

Algunas razonables.

Otras negligentes.

Otras simplemente equivocadas.

Pero había una recomendación final:

crear un mecanismo que permitiera al gobierno actuar con mayor rapidez en futuras emergencias.

Daniel leyó el documento dos veces.

Aquello parecía razonable.

Demasiado razonable.

La experiencia había demostrado que los procedimientos podían paralizar una respuesta.

Pero también había demostrado que la urgencia podía utilizarse para concentrar poder.

La propuesta intentaba resolver lo primero.

El problema era que podía empeorar lo segundo.

Daniel pidió una reunión.

—¿Qué quieres modificar? —preguntó el alcalde.

—Los poderes de emergencia.

—Precisamente necesitamos ampliarlos.

—Sí.

—Entonces no entiendo.

Daniel señaló el texto.

—Aquí se dice cuándo empiezan.

—Correcto.

—Aquí se dice quién puede activarlos.

—Sí.

—Aquí se dice qué medidas pueden adoptarse.

—Sí.

—Pero no dice quién decide que han terminado.

El alcalde se quedó callado.

—Podemos dejarlo en manos del gobierno.

—Ese es el problema.

—¿Entonces?

—Que el poder de excepción no puede decidir por sí mismo cuándo deja de ser excepción.


CCCXXXVII

Strauss

Aquella noche volvió a hablar con Strauss.

—Quieres limitar el poder.

—Quiero impedir que una excepción se convierta en una forma permanente de gobierno.

Strauss asintió.

—¿Y quién vigilará al vigilante?

—Otros poderes.

—¿Y quién vigilará a esos otros?

Daniel respondió:

—No lo sé.

Strauss sonrió.

—Bien.

—¿Bien?

—Has llegado a la pregunta correcta.

—Pero no a la respuesta.

—La política rara vez te concede ambas cosas.

Daniel suspiró.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Strauss respondió:

—Desconfiar de quien prometa eliminar la necesidad de desconfiar.

Daniel permaneció en silencio.

—El poder no se limita porque el gobernante sea bueno —continuó Strauss—. Se limita porque puede no serlo.

—¿Y si es bueno?

—También.

—¿Por qué?

—Porque hoy puede serlo.

Strauss hizo una pausa.

—Mañana quizá no.


CCCXXXVIII

La propuesta

Daniel redactó una modificación.

Toda declaración de emergencia tendría:

un motivo concreto;

una duración limitada;

publicidad de las decisiones;

revisión independiente;

un procedimiento de renovación;

y una obligación de explicar por qué seguía siendo necesaria.

Alguien preguntó:

—¿Y si una emergencia exige actuar inmediatamente?

Daniel respondió:

—Se actúa.

—¿Y después?

—Después se explica.

—¿Y si no hay tiempo para consultar?

—No se consulta.

—¿Y si el gobierno se equivoca?

Daniel miró la sala.

—Entonces habrá que poder saberlo.

No prometía evitar el abuso.

Solo dificultarlo.

No prometía gobernantes virtuosos.

Solo instituciones que no dependieran completamente de su virtud.

No prometía una sociedad sin miedo.

Solo una sociedad que no entregara todo su poder al miedo.


CCCXXXIX

El último error

La propuesta fue aprobada.

Meses después ocurrió una emergencia.

Un incendio químico obligó a evacuar una zona de la ciudad.

El gobierno actuó.

Se cerraron calles.

Se evacuaron edificios.

Se interrumpieron transportes.

Durante unas horas nadie sabía cuánto duraría.

Las medidas funcionaron.

Pero una de ellas produjo un problema.

Un hospital quedó parcialmente aislado.

Daniel lo descubrió demasiado tarde.

Había un acceso alternativo.

No estaba contemplado en el protocolo.

La decisión había sido legal.

También había sido razonable.

Y había causado un perjuicio evitable.

Daniel se quedó mirando el informe.

Había vuelto a ocurrir.

Habían diseñado un sistema para reducir errores.

Y el sistema había creado otro.

No había solución definitiva.

Solo aprendizaje.

Pidió modificar el protocolo.

Alguien le preguntó:

—¿No te cansa?

Daniel sonrió.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué sigues?

Daniel pensó un momento.

—Porque cansarse no demuestra que haya que abandonar.


CCCXL

La última discusión

La noticia llegó a House.

—Has vuelto a intentar arreglar el mundo.

—Solo una pequeña parte.

—Es peor.

—¿Por qué?

—Porque empiezas por una pequeña parte y acabas creyendo que puedes arreglarlo todo.

Daniel sonrió.

—¿Y tú qué propones?

—Nada.

—Eso ya lo sé.

—Entonces has aprendido.

Daniel lo miró.

—¿Nunca haces nada?

House levantó la copa.

—Hago cosas.

—¿Como cuáles?

—Me levanto.

—¿Y?

—Vengo.

—¿A dónde?

House señaló alrededor.

—Aquí.

Daniel se echó a reír.

—Eso no parece una gran filosofía.

—No lo es.

—Entonces, ¿qué hacemos con todas las demás?

House bebió.

—Las dejamos hablar.

Daniel se quedó pensando.

—¿Y después?

House lo miró.

—Después haces lo que ibas a hacer de todos modos.

—¿Y eso qué significa?

—Que la filosofía sirve para descubrir por qué no sabes qué hacer.

Daniel sonrió.

—Y tú para recordármelo.

—Exacto.


CCCXLI

La despedida

Llegó el día.

Ella tenía que marcharse.

Daniel la acompañó a la estación.

No hicieron promesas.

Bueno, sí.

Una.

Intentarlo.

Nada más.

—Te llamaré cuando llegue.

—Vale.

—No quiero que estemos todo el día hablando.

—Yo tampoco.

—Pero tampoco quiero desaparecer.

—Yo tampoco.

Ella lo abrazó.

—Tengo miedo.

Daniel cerró los ojos.

—Yo también.

—¿Y si sale mal?

—Ya veremos.

Ella sonrió.

—Eso no es muy romántico.

—Es lo que tengo.

—Me vale.

El tren comenzó a moverse.

Ella levantó la mano desde la ventanilla.

Daniel respondió.

Cuando el tren desapareció, permaneció allí unos segundos.

Después se dio la vuelta.

No sabía si aquella historia continuaría.

No sabía si terminaría.

No sabía si ambos serían capaces de soportar la distancia.

Pero comprendió que querer a alguien no significaba garantizar su permanencia.

A veces significaba dejarlo marchar sin mentirse sobre lo que uno sentía.


CCCXLII

El hombre solo

Esa noche Daniel volvió a casa solo.

Durante meses había tenido miedo de aquel momento.

Ahora estaba allí.

No era insoportable.

Tampoco agradable.

Simplemente era real.

Preparó la cena.

Lavó un plato.

Ordenó unos papeles.

Abrió un libro.

Lo cerró.

Miró el teléfono.

No había mensajes.

Durante un instante pensó en escribirle.

No lo hizo.

No porque estuviera aplicando ninguna regla.

Porque decidió esperar.

Aquella diferencia era pequeña.

Pero importante.

No todo tenía que convertirse en una batalla contra sí mismo.

No todo deseo era una amenaza.

No toda emoción exigía ser corregida.

Quizá el problema nunca había sido sentir.

Había sido utilizar lo que sentía para justificar lo que quería hacer.

Se acostó.

El teléfono sonó.

Un mensaje.

«He llegado.»

Daniel respondió:

«Me alegro.»

Después apagó la pantalla.

Sonrió.

Y se durmió.


CCCXLIII

La última reunión

Un año después, volvieron a reunirse en la casa.

Esta vez no había invitación oficial.

Nadie sabía exactamente quién la había organizado.

Freud estaba allí.

Rogers.

Rand.

Machiavelli.

Aristóteles.

Strauss.

Arendt.

Mariana.

Brennan.

Camus.

Marco Aurelio.

Y House.

Daniel entró el último.

Todos lo miraron.

House señaló una silla.

—Siéntate.

Daniel obedeció.

—¿Para qué hemos venido?

House respondió:

—Para comprobar una cosa.

—¿Cuál?

—Si después de todo este tiempo todavía necesitáis hablar.

Nadie respondió.

House sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque significa que todavía no habéis encontrado una respuesta.

Camus intervino:

—Quizá nunca la encontremos.

House lo miró.

—Exacto.

Freud preguntó:

—¿Y eso te satisface?

—No.

—Entonces, ¿por qué lo aceptas?

House se encogió de hombros.

—Porque es verdad.

Daniel observó a los hombres y mujeres que tenía delante.

Habían hablado del hombre durante meses.

De sus deseos.

De sus miedos.

De su libertad.

De su poder.

De sus instituciones.

De su capacidad para engañarse.

De la verdad.

De la mentira.

De Dios.

De la política.

De la democracia.

De la virtud.

De la justicia.

De la muerte.

Y, sin embargo, el hombre seguía siendo el mismo.

Imperfecto.

Contradictorio.

Capaz de comprender una cosa y hacer otra.

Capaz de amar y dañar.

Capaz de buscar la verdad y temerla.

Capaz de pedir libertad y utilizarla para huir.

Capaz de exigir justicia y pedir privilegios.

Capaz de condenar la mentira mientras construía cuidadosamente la suya.

Daniel miró a House.

—Entonces, ¿qué hemos aprendido?

House respondió:

—Que no hay nada que aprender que sustituya a vivir.

Silencio.

Marco Aurelio sonrió.

Y esta vez nadie añadió nada.

CCCXLIV

El día después

La reunión terminó sin aplausos.

No hubo una conclusión solemne.

Nadie se levantó para pronunciar la frase que cerrara definitivamente aquella conversación.

Simplemente comenzaron a marcharse.

Freud fue el primero.

Rogers se quedó unos minutos más hablando con Marco Aurelio.

Rand discutió con Brennan sobre una cuestión que ninguno de los dos consideraba resuelta.

Arendt salió sola.

Strauss permaneció junto a la ventana.

Machiavelli hablaba con Mariana.

Camus observaba el jardín.

Daniel recogió su abrigo.

House seguía sentado.

—¿No te vas?

—En algún momento.

—¿Y qué haces mientras tanto?

—Esperar.

Daniel sonrió.

—No parece muy propio de ti.

—Es una habilidad infravalorada.

Daniel se acercó a la puerta.

—Hasta luego.

House levantó la vista.

—Daniel.

—¿Sí?

—¿Sabes cuál es la diferencia entre cambiar y aprender?

Daniel esperó.

—Aprender te permite decir que antes estabas equivocado.

—¿Y cambiar?

—Te obliga a demostrarlo.

Daniel no respondió.

Salió.


CCCXLV

La prueba

El problema apareció dos días después.

Un antiguo conocido le pidió ayuda.

No era un desconocido.

Tampoco era un amigo íntimo.

Habían trabajado juntos.

El hombre estaba metido en un problema serio.

Había cometido un error.

No un delito.

Pero sí algo que podía destruir su carrera.

—Necesito que digas que estabas conmigo aquella tarde.

Daniel lo miró.

—No estaba contigo.

—Ya lo sé.

—Entonces quieres que mienta.

—Solo una pequeña mentira.

Daniel recordó a House.

Todo el mundo miente.

—¿Por qué?

—Porque si no, estoy acabado.

—¿Qué ocurrió realmente?

El hombre se lo explicó.

Había ocultado información.

Después había tomado una decisión.

Cuando comprendió las consecuencias, intentó corregirla.

Pero ya era tarde.

—Puedo ayudarte a explicar lo que ocurrió —dijo Daniel.

—No.

—¿Qué quieres?

—Que me cubras.

Daniel permaneció callado.

—Te lo devolveré.

—No se trata de eso.

—Entonces, ¿de qué?

Daniel respondió:

—De que quieres que yo pague parte del precio de una decisión que tomaste tú.

El hombre golpeó la mesa.

—¡No entiendes!

—Sí entiendo.

—¡No!

—Sí.

Daniel lo miró.

—Y precisamente por eso no voy a hacerlo.


CCCXLVI

La vieja tentación

Cuando el hombre se marchó, Daniel se quedó solo.

Había hecho lo correcto.

Eso parecía evidente.

Y, sin embargo, no se sentía bien.

Había perdido a un conocido.

Podía haberle ayudado.

Podía haberle ahorrado sufrimiento.

Durante unos minutos apareció una idea peligrosa:

Quizá había sido demasiado rígido.

Era una idea cómoda.

Porque permitía convertir una decisión desagradable en un error moral.

Entonces comprendió algo.

También podía utilizar la compasión para mentirse.

No toda ayuda era buena.

No toda negativa era crueldad.

No toda lealtad merecía ser llamada virtud.

A veces ayudar a alguien significaba negarse a participar en la mentira que lo mantenía atrapado.

Y aquella conclusión no le hizo sentirse mejor.

Solo más seguro de por qué había decidido.


CCCXLVII

La conversación pendiente

Aquella noche llamó a House.

—He hecho algo que tú aprobarías.

—Eso ya me preocupa.

Daniel le contó lo ocurrido.

House escuchó.

—¿Y?

—No sé si hice bien.

—Entonces probablemente hiciste algo interesante.

—¿No vas a decirme que sí?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no estabas allí para hacer lo que yo aprobaría.

Daniel guardó silencio.

House continuó:

—Ese es otro de tus problemas.

—¿Cuál?

—Sigues buscando testigos.

—¿Testigos?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para poder decir que tu decisión estaba respaldada.

Daniel sonrió.

—Quizá.

—No es quizá.

—¿Entonces?

—Entonces hazte responsable incluso cuando nadie te aplauda.

Daniel pensó en la conversación.

—Eso es más difícil.

—Claro.

—¿Y tú lo haces?

House tardó unos segundos.

—No siempre.

Daniel se sorprendió.

—¿Lo admites?

—No te acostumbres.


CCCXLVIII

La carta

Al día siguiente recibió una carta.

Esta vez era de ella.

No era un mensaje.

Una carta de varias páginas.

Daniel la abrió despacio.

Le hablaba de la distancia.

De su trabajo.

De la soledad.

De las llamadas.

De los pequeños desacuerdos.

Y de algo que le sorprendió.

Ella escribía:

«No sé si esto funcionará.»

Daniel sonrió.

Era probablemente la frase más honesta que podía haber recibido.

Continuó leyendo.

«Pero por primera vez no siento que tenga que prometerte que funcionará para que podamos intentarlo.»

Daniel dejó la carta sobre la mesa.

No había garantía.

No había final previsto.

Pero tampoco había una mentira.

Tomó una hoja.

Comenzó a escribir.

No prometió eternidad.

No prometió que cambiaría.

No prometió que nunca tendría miedo.

Escribió solamente:

«Yo tampoco sé si funcionará. Quiero intentarlo.»

Y firmó.


CCCXLIX

La última pregunta de Rogers

Meses después, Rogers volvió a encontrarse con Daniel.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿De verdad?

Daniel sonrió.

—No siempre.

Rogers asintió.

—Eso es una respuesta bastante mejor.

—¿Por qué?

—Porque ya no necesitas demostrar que estás bien para pensar que has cambiado.

Daniel reflexionó.

—Quizá antes confundía estabilidad con transformación.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que puedo volver atrás.

—¿Y qué haces cuando ocurre?

—Intento darme cuenta antes.

Rogers sonrió.

—Eso sí es cambio.

—¿Seguro?

—No.

Daniel soltó una carcajada.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque ya no necesito que estés seguro para creerlo.


CCCL

El último poder

Rand apareció aquella tarde.

—Hay algo que todavía no has entendido.

Daniel la miró.

—¿Qué?

—Que puedes utilizar todo lo que has aprendido para convertirte en un hombre más libre.

—Eso intento.

—No.

—¿No?

—Puedes utilizarlo también para convertirte en un hombre que necesita justificarse menos.

Daniel pensó.

—¿Cuál es la diferencia?

—La primera pregunta es: «¿Qué debo hacer?».

—¿Y la segunda?

—«¿Qué quiero hacer y estoy dispuesto a asumir el precio?».

Daniel permaneció callado.

—No puedes eliminar el deseo —continuó Rand—. Ni el miedo. Ni el interés. Ni la ambición. Lo que puedes hacer es dejar de fingir que no existen.

Daniel asintió.

—Eso se parece bastante a Freud.

Rand sonrió.

—No se lo digas.


CCCLI

El hombre que no quería ser héroe

Daniel comenzó a comprender algo que le había pasado inadvertido.

Durante meses había luchado contra la tentación de ser un hombre ejemplar.

Parecía extraño.

Pero también eso podía convertirse en una trampa.

El héroe siempre necesita una historia.

Un enemigo.

Una causa.

Una prueba.

Una victoria.

Una derrota.

Y Daniel ya no quería eso.

No quería ser el hombre que siempre decía la verdad.

Quería ser el hombre que, cuando se descubría mintiendo, pudiera detenerse.

No quería ser el hombre que siempre elegía correctamente.

Quería ser el hombre que pudiera reconocer una mala decisión y corregirla.

No quería ser incapaz de tener miedo.

Quería no dejar que el miedo decidiera siempre por él.

Era menos espectacular.

También era más difícil.

Porque no había público.


CCCLII

La ciudad

La ciudad continuaba.

Las reformas habían cambiado.

Algunas habían funcionado.

Otras no.

Algunas habían sido corregidas.

Otras habían desaparecido.

Los políticos habían cambiado.

Los funcionarios también.

Los ciudadanos seguían discutiendo.

Los intereses seguían organizándose.

La mayoría seguía siendo mayoría.

Las minorías seguían reclamando.

Los expertos seguían equivocándose.

Los incompetentes seguían hablando con seguridad.

Los inteligentes seguían equivocándose de vez en cuando.

Nada había sido resuelto.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

Ahora algunas decisiones dejaban rastro.

Había más datos públicos.

Más controles.

Más posibilidades de revisión.

No era una revolución.

Era algo mucho menos atractivo.

Instituciones un poco más difíciles de utilizar para hacer daño.

Eso era todo.

Daniel comprendió que quizá así funcionaba la política cuando dejaba de buscar milagros.

No hacer al hombre bueno.

Evitar que sus peores impulsos tuvieran demasiado poder.


CCCLIII

Strauss y el último problema

Daniel se encontró con Strauss una última vez.

—¿Sabes qué me preocupa ahora?

—Dímelo.

—Que todo esto pueda convertirse en una nueva ortodoxia.

Strauss sonrió.

—Ahora empiezas a entender.

—Podemos construir instituciones para limitar el poder y después convertir esas instituciones en algo intocable.

—Sí.

—Podemos defender la democracia y convertirla en un absoluto.

—Sí.

—Podemos defender la libertad y utilizarla para destruir las condiciones que permiten ejercerla.

—Sí.

—Podemos defender la seguridad y terminar entregándole todo el poder al Estado.

—Sí.

Daniel respiró profundamente.

—Entonces tampoco existe un principio que podamos convertir en solución definitiva.

Strauss lo miró.

—Eso es precisamente lo que deberías haber aprendido.

—¿Y qué queda?

Strauss respondió:

—La vigilancia.

—¿Sobre quién?

—Primero sobre aquellos que gobiernan.

—¿Y después?

Strauss sostuvo su mirada.

—Sobre ti mismo.


CCCLIV

La última conversación con Marco Aurelio

Daniel salió al jardín.

Marco Aurelio estaba sentado bajo un árbol.

—¿Todavía crees que puedes gobernarte?

Daniel sonrió.

—No siempre.

—Entonces sabes más que antes.

—¿Eso es todo?

—No.

—¿Qué falta?

Marco Aurelio señaló el camino.

—Seguir caminando.

Daniel se sentó junto a él.

—¿Y si vuelvo a equivocarme?

—Lo harás.

—¿Y si hago daño?

—Lo harás alguna vez.

—¿Y si no puedo repararlo?

Marco Aurelio guardó silencio.

Después dijo:

—Entonces tendrás que aprender a vivir sin convertir la culpa en una forma de vanidad.

Daniel lo miró.

—¿Vanidad?

—Sí.

—¿Cómo puede ser vanidad sentirse culpable?

—Cuando el sufrimiento por lo que hiciste sirve para hablar más de ti que de quien sufrió.

Daniel bajó la cabeza.

Era una idea dura.

Y cierta.

—Entonces, ¿qué queda?

—Reparar cuando puedas.

—¿Y cuando no pueda?

—No repetirlo.

Daniel cerró los ojos.

—Eso sí puedo intentarlo.

Marco Aurelio sonrió.

—Entonces inténtalo.


CCCLV

La noticia

Una mañana llegó un correo.

Ella volvía.

No definitivamente.

Durante unas semanas.

Quería verle.

Daniel leyó el mensaje dos veces.

No saltó de alegría.

No porque no estuviera contento.

Porque había aprendido a desconfiar de las emociones que inmediatamente exigían una conclusión.

Respondió:

«Te espero.»

Nada más.

Después salió a caminar.

El día era frío.

La ciudad estaba cubierta por una luz gris.

Pensó que quizá había pasado demasiado tiempo intentando descubrir qué era el hombre.

Y que la pregunta quizá estaba mal formulada.

Tal vez el hombre no era una cosa.

Tal vez era una posibilidad.

Una posibilidad de convertirse en algo.

De dejar de ser algo.

De mentirse.

De descubrir la mentira.

De volver a ella.

De salir otra vez.

No había garantía.

Ni final.

Ni naturaleza completamente transparente.

Solo decisiones.


CCCLVI

La puerta

Cuando volvió a la casa, encontró la puerta abierta.

Entró.

La habitación estaba vacía.

La silla seguía en su sitio.

Daniel la miró.

Esta vez no se sentó.

Pasó junto a ella.

En la mesa había un papel.

Solo una frase.

Reconoció inmediatamente la letra de House.

«No confundas haber cambiado con haber terminado.»

Daniel sonrió.

Cogió el papel.

Lo dobló.

Se lo guardó en el bolsillo.

Después salió.

Cerró la puerta.

Y echó a andar.

No sabía adónde.

No importaba.

Por primera vez, no necesitaba que el camino tuviera una moraleja.

Solo necesitaba seguir andando.

Porque el hombre que había entrado en aquella casa meses atrás quería una respuesta.

El que salía ahora había descubierto algo mucho menos satisfactorio:

que ninguna respuesta podía sustituirle.

Y que, al final, la pregunta no era qué teoría explicaba al hombre.

La pregunta era qué haría cada hombre con aquello que sabía de sí mismo.

Daniel caminó.

Y mientras se alejaba, en alguna parte de la ciudad, alguien mentía.

Alguien obedecía.

Alguien resistía.

Alguien amaba.

Alguien tenía miedo.

Alguien estaba cambiando.

Y alguien, probablemente, estaba diciendo que no podía.

Como siempre.

CCCLVII

El regreso

Ella volvió un martes.

Daniel la esperaba en la estación.

Cuando la vio bajar del tren, sintió una alegría inmediata.

No intentó analizarla.

No intentó preguntarse qué significaba.

No pensó en el futuro.

Simplemente caminó hacia ella.

Se abrazaron.

Durante unos segundos no dijeron nada.

Después ella preguntó:

—¿Cómo estás?

Daniel sonrió.

—No lo sé.

Ella soltó una carcajada.

—Eso sí que es nuevo.

—¿Qué?

—Antes habrías tenido una respuesta.

—Ahora tengo menos.

—¿Y estás mejor?

Daniel pensó un instante.

—Creo que sí.

Ella lo miró.

—¿Crees?

—Sí.

—Entonces estamos progresando.

Caminaron juntos.

Hablaron del viaje.

Del trabajo.

De la ciudad.

De cosas pequeñas.

No hablaron de si estarían juntos para siempre.

No hablaron de promesas.

No hablaron del miedo.

No porque hubiera desaparecido.

Porque ya no necesitaban convertir cada miedo en una conversación definitiva.

Aquella tarde cocinaron juntos.

Discutieron porque Daniel cortaba mal las verduras.

Ella se enfadó.

Él se defendió.

Ella tenía razón.

Daniel lo reconoció.

Después se rieron.

La vida había vuelto.

Pero no la vida de antes.

Otra.

Una que todavía no conocían.


CCCLVIII

La última mentira

Una noche, mientras cenaban, ella le preguntó:

—¿Crees que has cambiado?

Daniel dejó el tenedor.

La pregunta era sencilla.

Y precisamente por eso resultaba peligrosa.

Podía responder que sí.

Podía recordar todo lo ocurrido y demostrarlo.

Podía enumerar decisiones.

Errores.

Renuncias.

Conversaciones.

Sacrificios.

Podía construir un argumento impecable.

Pero ya sabía adónde llevaba aquello.

—No lo sé.

Ella sonrió.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Y entonces?

Daniel miró su plato.

—Creo que he cambiado algunas cosas.

—Eso sí parece razonable.

—Pero no sé si he cambiado yo.

Ella dejó el vaso.

—¿Y qué diferencia hay?

Daniel pensó.

—Que puedo volver a ser el mismo hombre de antes.

Ella asintió.

—Sí.

—Y probablemente lo seré alguna vez.

—Probablemente.

—La diferencia es que ahora quizá pueda reconocerlo.

Ella lo miró.

—Eso sí me parece un cambio.

Daniel sonrió.

—A mí también.


CCCLIX

La casa

Unos días después, Daniel volvió solo a la casa.

No sabía por qué.

Quizá quería despedirse.

Quizá quería comprobar que realmente había terminado.

La puerta estaba abierta.

Entró.

La habitación parecía más pequeña.

Los muebles eran los mismos.

Los libros seguían en las estanterías.

La mesa.

Las ventanas.

La silla.

Todo parecía conservar una especie de memoria.

Daniel caminó hasta el centro.

Recordó la primera noche.

La pregunta:

¿Qué es el hombre?

Durante meses había intentado responderla.

Ahora entendía que quizá aquella pregunta había sido demasiado grande.

Se sentó.

No esperaba a nadie.

No quería una respuesta.

Simplemente permaneció allí.

Y entonces comprendió algo.

El hombre no era solamente lo que había recibido.

Ni solamente lo que deseaba.

Ni solamente lo que elegía.

Era también la tensión entre todas esas cosas.

Era lo que quería y no debía querer.

Lo que sabía y no quería saber.

Lo que podía hacer y no se atrevía.

Lo que debía hacer y no quería pagar.

Lo que había hecho.

Lo que había dejado de hacer.

Y la posibilidad, siempre abierta, de hacer otra cosa mañana.

No era una definición.

Era peor.

Era una responsabilidad.

Daniel se levantó.


CCCLX

La última pregunta

En la mesa encontró una hoja.

No había firma.

Solo una pregunta:

¿Qué harás mañana?

Daniel sonrió.

Durante mucho tiempo había querido saber qué debía hacer.

Ahora la pregunta era distinta.

No:

¿Qué debo hacer?

Sino:

¿Qué estoy dispuesto a hacer?

Y después:

¿Qué precio estoy dispuesto a pagar?

Y finalmente:

¿Puedo aceptar que otro pague un precio que yo no estoy dispuesto a pagar?

Ahí estaba el límite.

No en las palabras.

No en las teorías.

No en las leyes.

No en las mayorías.

No en los expertos.

En la persona concreta que acabaría pagando.

Daniel dobló la hoja.

No se la llevó.

La dejó sobre la mesa.

Después salió.


CCCLXI

Frente al hombre

La casa quedó atrás.

Daniel caminó sin prisa.

Había conocido hombres que creían que podían gobernar a los demás porque sabían más.

Otros porque habían sido elegidos.

Otros porque tenían fuerza.

Otros porque poseían dinero.

Otros porque decían defender al pueblo.

Otros porque afirmaban conocer la verdad.

Había conocido también hombres que renunciaban a decidir y después culpaban a quienes decidían por ellos.

Había visto al que obedecía.

Al que mandaba.

Al que manipulaba.

Al que se escondía.

Al que resistía.

Al que se justificaba.

Al que se sacrificaba.

Al que exigía sacrificios ajenos.

Todos tenían una explicación.

Todos podían contar una historia en la que ellos eran razonables.

Y Daniel había llegado a desconfiar de las historias demasiado limpias.

Porque el hombre no era limpio.

Tampoco era irremediablemente malo.

Era algo más incómodo.

Era capaz de ambas cosas.


CCCLXII

Todo el mundo miente

Aquella noche, House volvió a llamar.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Has terminado?

Daniel sonrió.

—Creo que sí.

—Mala respuesta.

—¿Por qué?

—Porque las cosas que terminan no vuelven.

Daniel pensó en ello.

—Entonces no he terminado.

—Eso está mejor.

Hubo silencio.

—House.

—¿Qué?

—¿Tú has cambiado?

House tardó en responder.

Mucho.

—No.

Daniel esperó.

—Bueno —añadió House—. Un poco.

Daniel se echó a reír.

—Eso no es muy convincente.

—No pretendía serlo.

—¿Y por qué has cambiado?

House respondió:

—Porque seguir siendo el mismo empezó a costarme demasiado.

Daniel dejó de reír.

Aquella frase era sencilla.

Quizá demasiado sencilla.

Pero encerraba casi todo.

—Buenas noches, House.

—Buenas noches.

—Gracias.

—No me agradezcas nada.

—De acuerdo.

—Y Daniel.

—Sí.

—No te conviertas en alguien que necesita demostrar que ha cambiado.

La llamada terminó.

Daniel apagó el teléfono.


CCCLXIII

Nadie está dispuesto a cambiar

Durante toda su vida, Daniel había pensado que cambiar significaba querer hacerlo.

Después creyó que significaba saber cómo.

Después pensó que significaba comprender las causas.

Después creyó que bastaba con decidir.

Se había equivocado cada vez.

Querer no bastaba.

Saber no bastaba.

Comprender no bastaba.

Decidir tampoco bastaba.

Porque siempre aparecía algo más.

El precio.

Cambiar significaba perder algo.

Una costumbre.

Una comodidad.

Una excusa.

Una relación.

Una imagen de uno mismo.

Una seguridad.

A veces incluso una persona.

Y nadie quería pagar siempre.

Por eso mentía.

No necesariamente a los demás.

Primero a sí mismo.

Decía:

No puedo.

Cuando quería decir:

No quiero pagar el precio.

Decía:

No tengo elección.

Cuando quería decir:

No me atrevo a elegir.

Decía:

Lo hago por el bien de todos.

Cuando a veces quería decir:

Quiero tener el poder de decidir.

Decía:

No depende de mí.

Cuando quería decir:

Prefiero que otro cargue con la responsabilidad.

Y, sin embargo, de vez en cuando ocurría algo.

Un hombre decía que no.

Una mujer se marchaba.

Un gobernante renunciaba a una ventaja.

Un funcionario hablaba.

Un ciudadano aceptaba un coste.

Alguien pedía perdón sin exigir ser perdonado.

Alguien reconocía una mentira.

Alguien cambiaba.

No siempre.

No mucho.

No para siempre.

Pero ocurría.

Y quizá eso era suficiente para impedir que todo terminara en cinismo.


CCCLXIV

Epílogo

Años después, Daniel volvió a pasar por aquella calle.

La casa ya no existía.

Habían construido otro edificio.

Se detuvo unos segundos.

No sintió nostalgia.

Tampoco tristeza.

Pensó en Freud.

En Rogers.

En Rand.

En Epicteto.

En Marco Aurelio.

En Machiavelli.

En Aristóteles.

En Olson.

En Strauss.

En Arendt.

En Mariana.

En Brennan.

En Orwell.

En Trivers.

En Camus.

Y en House.

No sabía qué había sido de todos.

Algunos habían desaparecido de su vida.

Otros seguían presentes en libros.

Otros aparecían de vez en cuando en una conversación.

Pero ya no los necesitaba como autoridades.

Eso también había sido parte del aprendizaje.

Había llegado a la casa buscando hombres que supieran.

Había salido comprendiendo que saber no era suficiente.

Ninguno podía vivir por él.

Ninguno podía amar por él.

Ninguno podía decidir por él.

Ninguno podía pagar por él.

Y tampoco podía él vivir, amar, decidir o pagar por los demás.

Podía ayudar.

Podía advertir.

Podía persuadir.

Podía resistir.

Podía gobernar, quizá.

Podía obedecer.

Podía negarse.

Pero siempre llegaba el mismo punto.

El punto en que desaparecían las teorías.

El punto en que no quedaban más argumentos.

El punto en que un hombre estaba solo frente a su propia decisión.

Daniel siguió caminando.

No era más sabio que antes.

No era mejor.

No era más libre en todo.

Seguía teniendo miedo.

Seguía mintiendo alguna vez.

Seguía queriendo tener razón.

Seguía huyendo de ciertas cosas.

Seguía buscando excusas.

Pero ahora conocía algunas de ellas.

Y eso tenía un precio.

Porque una vez que uno reconoce una mentira propia, ya no puede utilizarla con la misma inocencia.

A veces vuelve a utilizarla.

Pero sabe lo que está haciendo.

Y entonces aparece la verdadera pregunta.

No:

¿Quién soy?

Sino:

¿Qué voy a hacer ahora que ya sé quién puedo llegar a ser?

Daniel llegó a una esquina.

Se detuvo.

Durante unos segundos no supo qué camino tomar.

Miró a la derecha.

Después a la izquierda.

Sonrió.

Y eligió.

No porque supiera que era el camino correcto.

Porque nadie podía elegir por él.

Echó a andar.

Detrás quedaban las teorías.

Delante, la vida.

Y en algún lugar, como siempre, alguien mentía.

Alguien obedecía.

Alguien mandaba.

Alguien amaba.

Alguien tenía miedo.

Alguien se justificaba.

Alguien estaba dispuesto a cambiar.

Y alguien decía que no podía.

La diferencia no estaba en saber cuál de ellos tenía razón.

La diferencia estaba en lo que cada uno hiciera después.

Daniel siguió caminando.

Y esta vez no hubo nadie que lo siguiera.

Ni nadie que pudiera salvarlo.

Ni nadie que pudiera decidir por él.

Solo él.

Frente al mundo.

Frente a los demás.

Frente a sí mismo.

Y frente a la única libertad que nadie podía ejercer en su lugar:

la de elegir qué hacer con lo que sabía.

FIN

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