Rescate y homenaje a Juan Donoso Cortés, extremeño universal condenado al olvido… pese a ser una de las cabezas «mejor amuebladas» del siglo XIX.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas
Vivimos en una época que presume de ser la más instruida, la más avanzada y la más libre de toda la historia. Nunca hubo tantos titulados universitarios, tantos medios de información, tanta tecnología ni tantas instituciones dedicadas a gestionar todos los aspectos de la vida social. Y, sin embargo, pocas veces Europa y España han mostrado tanta confusión acerca de quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde se dirigen.
En este contexto, la figura de Juan Donoso Cortés adquiere una actualidad sorprendente.
Nacido en 1809 en tierras extremeñas, Donoso fue uno de los pensadores políticos más importantes de la Europa del siglo XIX. Admirado en París, Viena, Berlín y Roma, leído por estadistas, diplomáticos y filósofos, terminó cayendo en un injusto olvido en su propia patria.
Y sin embargo, muchas de las cuestiones que analizó hace más de siglo y medio siguen siendo las mismas que hoy dominan el debate público.
La expansión continua del poder político.
La degradación de las instituciones.
La sustitución de la verdad por la propaganda.
La crisis de las creencias compartidas.
La creciente dependencia respecto del Estado.
La fragilidad de las libertades.
La aparición de nuevas formas de fanatismo ideológico.
La decadencia demográfica y moral de Europa.
La pérdida de confianza en las propias raíces culturales.
Donoso contempló el nacimiento del mundo moderno y advirtió peligros que muchos de sus contemporáneos ni siquiera percibían.
Del entusiasmo liberal al realismo político
A diferencia de lo que suele afirmarse, Donoso no fue siempre un pensador conservador.
Durante su juventud simpatizó con numerosas ideas liberales.
Creía en la posibilidad de mejorar las instituciones.
Confiaba en determinadas reformas políticas.
Pensaba que la razón y el debate podían contribuir al progreso de las sociedades.
Sin embargo, la experiencia fue modificando gradualmente sus convicciones.
Las revoluciones de su tiempo.
Las guerras civiles.
La inestabilidad política.
Los continuos enfrentamientos ideológicos.
Y, sobre todo, su contacto directo con el funcionamiento real del poder le llevaron a una conclusión incómoda:
La política no puede comprenderse correctamente si se parte de una visión idealizada del ser humano.
Las constituciones son importantes.
Las leyes son importantes.
Las instituciones son importantes.
Pero ninguna de ellas puede eliminar las pasiones humanas, la ambición, la vanidad, el resentimiento o la búsqueda de poder.
Por ello Donoso fue abandonando progresivamente el optimismo dominante en gran parte del pensamiento político europeo.
Las revoluciones nacen primero en las ideas
Uno de los grandes aciertos de Donoso consistió en comprender que las revoluciones no nacen principalmente de la pobreza o de las dificultades económicas.
Nacen primero en las creencias.
Antes de ocupar las calles, conquistan las cabezas.
Antes de derribar gobiernos, modifican la forma en que las personas entienden el mundo.
Por eso prestó tanta atención a las ideas.
Comprendió que cuando una sociedad deja de compartir principios fundamentales acerca del bien, del mal, de la justicia o de la autoridad, entra en una situación de enorme fragilidad.
Y observó que Europa avanzaba precisamente en esa dirección.
Las viejas creencias eran sustituidas por nuevas doctrinas que prometían reconstruir completamente la sociedad.
No se trataba ya de corregir defectos concretos.
Se trataba de crear un hombre nuevo y un mundo nuevo.
Y ahí veía Donoso uno de los mayores peligros de la política moderna.
La crítica de las utopías
Donoso desconfiaba profundamente de quienes prometían construir el paraíso en la Tierra.
No porque rechazara las reformas.
No porque defendiera la injusticia.
Sino porque conocía las limitaciones permanentes de la condición humana.
Sabía que los hombres pueden mejorar muchas cosas.
Pero también sabía que ninguna organización política puede eliminar completamente los conflictos, las diferencias de intereses o las pasiones humanas.
Por ello sospechaba que las doctrinas que prometen la perfección terminan produciendo efectos muy distintos de los anunciados.
Cuando alguien cree poseer la solución definitiva para todos los problemas, suele considerar enemigos a quienes discrepan.
Y cuando los adversarios dejan de ser adversarios para convertirse en obstáculos absolutos, la libertad comienza a correr peligro.
El siglo XX proporcionó numerosos ejemplos de esta lógica.
La política como religión secular
Una de las intuiciones más brillantes de Donoso consiste en haber comprendido que las sociedades no pueden vivir sin creencias fundamentales.
Cuando desaparecen unas, aparecen otras.
Y muchas ideologías modernas terminaron desempeñando funciones muy parecidas a las antiguas religiones.
Ofrecían una explicación total de la historia.
Prometían una redención futura.
Identificaban enemigos.
Designaban héroes.
Anunciaban una sociedad perfecta.
Y exigían una adhesión cada vez más intensa.
Donoso comprendió que estas nuevas doctrinas podían llegar a ser incluso más peligrosas que las antiguas disputas religiosas.
Porque disponían del aparato del Estado para imponer sus objetivos.
El parlamentarismo y el gobierno de las palabras
Otra de sus críticas más conocidas se dirigió contra la tendencia de los parlamentos a convertirse en escenarios donde las palabras sustituyen a la realidad.
Donoso no rechazaba la representación política.
Lo que rechazaba era la ilusión de que los discursos bastan para resolver los problemas.
Las naciones no prosperan gracias a las declaraciones solemnes.
No se enriquecen mediante discursos.
No mejoran porque se aprueben resoluciones grandilocuentes.
La realidad posee una desagradable costumbre:
No obedece las consignas.
No obedece los eslóganes.
No obedece la propaganda.
Termina imponiéndose.
Y cuando la distancia entre los discursos y los hechos se vuelve excesiva, las consecuencias suelen ser dolorosas.
La decadencia de Europa
Quizá ninguna cuestión habría preocupado más a Donoso si pudiera contemplar la Europa actual.
Porque una de sus convicciones fundamentales era que las civilizaciones no mueren principalmente por invasiones exteriores.
Comienzan a morir cuando pierden confianza en sí mismas.
Cuando dejan de creer en los principios que las hicieron posibles.
Cuando renuncian a transmitir su herencia cultural.
Cuando dejan de tener hijos.
Cuando sustituyen la responsabilidad por la dependencia.
Cuando confunden prosperidad con fortaleza moral.
Europa atraviesa hoy muchas de estas dificultades.
La crisis demográfica.
La pérdida de confianza institucional.
La expansión continua de las estructuras administrativas.
La fragmentación cultural.
La dificultad para definir objetivos comunes.
Todo ello habría llamado poderosamente la atención de Donoso.
Una lectura para el siglo XXI
Donoso Cortés no fue un profeta infalible.
Cometió errores.
Algunas de sus conclusiones siguen siendo discutibles.
Y muchas de sus propuestas continúan generando debate.
Pero pocas figuras intelectuales mostraron una capacidad tan notable para identificar problemas que todavía siguen presentes.
Comprendió la importancia de las ideas.
Comprendió la fragilidad de las instituciones.
Comprendió el peligro de las utopías.
Comprendió la tendencia del poder a expandirse.
Comprendió la importancia de las creencias compartidas.
Comprendió que la libertad necesita fundamentos morales para sobrevivir.
Y comprendió que ninguna sociedad puede mantenerse indefinidamente si pierde la voluntad de conservar aquello que la hizo posible.
Conclusión
Rescatar a Donoso Cortés no significa aceptar todas sus opiniones.
Significa recuperar una inteligencia excepcional.
Significa volver a leer a uno de los mayores pensadores políticos españoles.
Significa recordar que España produjo autores capaces de dialogar de igual a igual con los grandes intelectuales europeos de cualquier época.
Y significa, sobre todo, recuperar una herramienta extraordinariamente útil para comprender algunos de los problemas fundamentales de nuestro tiempo.
Porque las circunstancias cambian.
Las tecnologías cambian.
Los gobiernos cambian.
Pero las grandes preguntas permanecen.
¿Qué sostiene una civilización?
¿Qué limita el poder?
¿Qué hace posible la libertad?
¿Qué ocurre cuando una sociedad deja de creer en sí misma?
Juan Donoso Cortés dedicó su vida a reflexionar sobre estas cuestiones.
Y más de siglo y medio después, siguen siendo tan importantes como entonces.
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Juan Donoso Cortés, el español que comprendió antes que nadie los peligros de la política moderna
España tiene una extraña costumbre: olvidar a algunos de sus mejores pensadores mientras importa, admira y repite las ideas de autores extranjeros que, en muchos casos, jamás alcanzaron la profundidad de aquellos a quienes hemos condenado al olvido.
Pocas figuras ilustran mejor esta paradoja que Juan Donoso Cortés.
Hoy apenas se le menciona en los centros de enseñanza, rara vez aparece en los medios de información y casi ha desaparecido del debate intelectual. Sin embargo, durante el siglo XIX fue considerado uno de los pensadores políticos más brillantes de Europa. Sus discursos eran leídos con atención en París, Viena, Berlín y Roma. Estadistas, diplomáticos, juristas y escritores seguían con interés sus reflexiones sobre el poder, la libertad, la revolución y el destino de la civilización europea.
Mientras España parecía no ser plenamente consciente del valor de uno de sus hijos más ilustres, Europa sí lo comprendía.
Y quizá siga ocurriendo lo mismo.
Porque Donoso Cortés no fue únicamente un hombre de su tiempo. Fue también un observador extraordinariamente lúcido de ciertas constantes de la condición humana y de las consecuencias políticas que inevitablemente aparecen cuando las sociedades pierden sus fundamentos morales.
Leyéndolo hoy resulta difícil no sentir una cierta inquietud.
Muchas de las cuestiones que le preocupaban hace más de siglo y medio siguen presentes ante nuestros ojos.
La concentración creciente del poder político.
La tendencia de los gobiernos a intervenir en todos los aspectos de la vida social.
La sustitución de la responsabilidad individual por la dependencia respecto del Estado.
La transformación de la política en una especie de religión secular.
La degradación del debate público.
La sustitución de la verdad por la propaganda.
La pretensión de reconstruir la sociedad desde arriba mediante decretos, leyes e ingeniería social.
Todo ello aparece una y otra vez en sus escritos.
Donoso comprendió algo que numerosos pensadores posteriores olvidarían: las sociedades no se sostienen únicamente mediante leyes, reglamentos, parlamentos o tribunales. Esas instituciones son importantes, pero descansan sobre algo más profundo.
Descansan sobre creencias compartidas.
Sobre hábitos adquiridos durante generaciones.
Sobre costumbres.
Sobre principios morales.
Sobre una determinada idea del bien y del mal.
Cuando esos fundamentos se erosionan, las instituciones terminan debilitándose con ellos.
Por esa razón desconfiaba de quienes creían que todos los problemas humanos podían resolverse mediante reformas legales o cambios constitucionales.
Sabía que ninguna ley puede sustituir completamente a la virtud.
Ningún reglamento puede reemplazar la responsabilidad personal.
Ninguna administración puede ocupar el lugar que corresponde a la familia, a la religión, a las asociaciones libres o a la conciencia individual.
Esta intuición constituye probablemente la parte más actual de su pensamiento.
Vivimos en una época en la que cada problema parece exigir una nueva ley.
Cada conflicto reclama una nueva oficina pública.
Cada dificultad se convierte en argumento para aumentar la intervención gubernamental.
Sin embargo, cuanto mayor es el tamaño de las estructuras administrativas, más evidente parece resultar la incapacidad para resolver los problemas fundamentales.
Donoso habría reconocido inmediatamente esta contradicción.
La habría considerado una consecuencia lógica de una sociedad que ha depositado en la política esperanzas que ninguna política puede satisfacer.
Porque para Donoso las grandes cuestiones humanas no son principalmente económicas ni administrativas.
Son cuestiones morales.
Son cuestiones espirituales.
Son cuestiones relacionadas con la propia naturaleza del hombre.
Aquí se encuentra probablemente el núcleo de toda su obra.
Y también la razón por la que sigue siendo un autor incómodo.
Su pensamiento cuestiona algunas de las creencias más arraigadas del mundo contemporáneo.
Cuestiona la idea de que el progreso material garantiza automáticamente el progreso moral.
Cuestiona la idea de que las sociedades pueden mantenerse indefinidamente sin fundamentos religiosos o éticos sólidos.
Cuestiona la creencia de que la razón humana, por sí sola, basta para resolver todos los conflictos.
Cuestiona la confianza casi ilimitada que tantos depositan en el poder político.
Y cuestiona, sobre todo, la convicción de que el hombre puede construir el paraíso en la Tierra mediante la acción del Estado.
La historia del siglo XX ofrece abundantes ejemplos de los desastres que nacieron precisamente de esa pretensión.
Las utopías prometieron la liberación definitiva del ser humano.
Lo que produjeron con demasiada frecuencia fueron formas nuevas de servidumbre.
Prometieron justicia absoluta.
Entregaron persecución.
Prometieron igualdad.
Generaron privilegios para nuevas oligarquías.
Prometieron libertad.
Construyeron sistemas de vigilancia y control que habrían resultado inimaginables para los tiranos de épocas anteriores.
Donoso no llegó a contemplar esos acontecimientos.
Murió mucho antes.
Pero algunas de sus advertencias parecen escritas para describirlos.
Por eso rescatar a Juan Donoso Cortés no significa convertirlo en una figura intocable.
No significa aceptar todas sus conclusiones.
No significa transformarlo en un profeta infalible.
Significa algo mucho más sencillo y mucho más útil.
Significa volver a escuchar a uno de los mayores pensadores políticos que ha producido España.
Significa recuperar una inteligencia excepcional que formuló preguntas que siguen siendo fundamentales.
Y significa recordar que algunos de los problemas que hoy preocupan a Europa fueron identificados por un español que escribió hace más de ciento cincuenta años, pero cuya voz continúa interpelando al presente con una fuerza sorprendente.
UN EXTREMEÑO UNIVERSAL OLVIDADO POR SU PROPIA PATRIA
Existe una vieja costumbre española que parece repetirse generación tras generación: ignorar a algunos de sus mejores pensadores mientras se veneran, con frecuencia de manera acrítica, las ideas procedentes del extranjero.
No se trata de negar la importancia de autores nacidos fuera de España. Toda civilización crece mediante el intercambio de conocimientos. El problema surge cuando se desconoce la propia tradición intelectual y se acaba creyendo que las grandes ideas siempre vienen de fuera.
Juan Donoso Cortés constituye uno de los ejemplos más claros de este fenómeno.
Fue uno de los pensadores políticos más influyentes de la Europa del siglo XIX. Sus discursos eran estudiados por estadistas, diplomáticos y juristas. Sus obras se tradujeron a diversos idiomas. Su influencia alcanzó Alemania, Francia, Austria e Italia. Sin embargo, hoy su nombre apenas es conocido por la mayoría de los españoles.
Resulta difícil encontrar una paradoja más llamativa.
Mientras numerosos autores extranjeros ocupan un lugar permanente en programas educativos, medios de información y debates académicos, Donoso permanece relegado a un reducido círculo de especialistas.
Y sin embargo, pocos españoles han ejercido una influencia comparable en el pensamiento político europeo.
Una infancia entre los restos del Antiguo Régimen y el nacimiento del mundo moderno
Juan Francisco María de la Salud Donoso Cortés nació el 6 de mayo de 1809 en el seno de una familia acomodada de la comarca de La Serena, en la provincia de Badajoz.
Su nacimiento coincidió con uno de los momentos más dramáticos de la historia de España.
Las tropas napoleónicas ocupaban buena parte del territorio nacional. La Guerra de la Independencia se encontraba en pleno desarrollo. El viejo orden europeo comenzaba a resquebrajarse y nuevas ideas políticas se extendían por todo el continente.
El mundo en el que nació Donoso era un mundo en transformación.
Por una parte sobrevivían todavía muchas estructuras heredadas de siglos anteriores.
Por otra, las ideas nacidas de la Revolución Francesa avanzaban con fuerza.
Aquella tensión entre tradición y revolución marcaría toda su vida intelectual.
Desde muy joven recibió una sólida formación humanística. Estudió latín, filosofía, historia y literatura clásica. Como tantos intelectuales de su época, se familiarizó con los grandes autores grecolatinos y con la tradición cristiana que había modelado Europa durante siglos.
A diferencia de muchos pensadores contemporáneos, Donoso poseía una formación extraordinariamente amplia.
No era un especialista encerrado en una única disciplina.
Era historiador, jurista, filósofo, escritor, parlamentario y diplomático.
Esa amplitud de conocimientos explica en buena medida la profundidad de sus análisis.
El joven liberal
Conviene recordar un hecho frecuentemente olvidado.
Donoso no nació siendo el pensador conservador que más tarde admirarían muchos de sus seguidores.
Durante su juventud abrazó numerosas ideas liberales.
Como gran parte de la generación que vivió las consecuencias del absolutismo y las guerras napoleónicas, veía con simpatía determinadas reformas políticas.
Creía posible conciliar libertad y estabilidad.
Pensaba que los conflictos heredados del pasado podían resolverse mediante reformas prudentes.
Confiaba en que las instituciones representativas contribuyeran a mejorar el gobierno de las naciones.
No era un revolucionario.
Tampoco un reaccionario.
Era un reformista moderado.
Esta etapa resulta fundamental para comprender su evolución posterior.
Donoso no llegó a sus conclusiones desde el inmovilismo ni desde la nostalgia.
Llegó a ellas después de observar durante décadas el funcionamiento real de la política europea.
Fue precisamente la experiencia lo que modificó muchas de sus convicciones iniciales.
El laboratorio europeo de las revoluciones
La primera mitad del siglo XIX constituyó un inmenso laboratorio político.
Revoluciones, pronunciamientos militares, guerras civiles, cambios constitucionales y enfrentamientos ideológicos se sucedían por toda Europa.
España no era una excepción.
Las guerras carlistas, los continuos cambios de gobierno, las luchas entre moderados y progresistas, los pronunciamientos militares y la inestabilidad institucional ofrecían un panorama poco alentador.
Donoso contempló directamente aquel espectáculo.
Y comenzó a formularse preguntas incómodas.
¿Por qué tantas revoluciones que prometían libertad terminaban produciendo violencia?
¿Por qué tantos movimientos que proclamaban la igualdad acababan generando nuevas formas de privilegio?
¿Por qué los conflictos parecían multiplicarse en lugar de desaparecer?
¿Por qué las reformas constitucionales no resolvían los problemas fundamentales?
Estas preguntas acabarían transformando profundamente su pensamiento.
El político que conoció el poder desde dentro
A diferencia de muchos teóricos, Donoso no observaba la política desde una biblioteca.
Participó activamente en ella.
Fue diputado, consejero político y diplomático.
Conoció de primera mano el funcionamiento del Estado.
Asistió a negociaciones complejas.
Observó cómo actuaban los partidos.
Escuchó los discursos públicos y las conversaciones privadas.
Presenció las diferencias entre las declaraciones solemnes y los intereses reales que con frecuencia se ocultaban tras ellas.
Aquella experiencia reforzó su escepticismo respecto de ciertas ilusiones políticas.
Comprendió que la naturaleza humana seguía siendo la misma independientemente del sistema de gobierno.
Las ambiciones, rivalidades, intereses y pasiones no desaparecían por el simple hecho de aprobar una nueva constitución.
Tampoco bastaba con celebrar elecciones para transformar automáticamente una sociedad.
Estas observaciones le alejaron progresivamente del optimismo político dominante en buena parte de Europa.
La revolución de 1848: el gran punto de inflexión
Si existe una fecha decisiva en la evolución intelectual de Donoso Cortés, esa fecha es 1848.
Aquel año Europa pareció incendiarse.
Francia, Austria, Alemania, Italia y numerosos territorios europeos fueron sacudidos por revoluciones, insurrecciones y conflictos políticos.
Muchos observadores interpretaron aquellos acontecimientos como el nacimiento de una nueva era de libertad.
Donoso extrajo una conclusión muy distinta.
Creyó ver en ellos el anuncio de algo mucho más inquietante.
Entendió que las revoluciones ya no perseguían únicamente reformas concretas.
Pretendían reconstruir completamente la sociedad.
No buscaban corregir determinados abusos.
Aspiraban a transformar la propia naturaleza de las instituciones, de las costumbres y, en último término, del ser humano.
A partir de entonces comenzó a desarrollar las ideas que lo convertirían en una figura central del pensamiento político europeo.
El español admirado por Europa
La fama de Donoso alcanzó su punto culminante con el célebre «Discurso sobre la dictadura», pronunciado en 1849.
Aquel discurso provocó una enorme repercusión internacional.
Sus reflexiones fueron comentadas en toda Europa.
Gobernantes, diplomáticos y pensadores debatieron sus tesis.
Figuras tan influyentes como Metternich reconocieron el valor excepcional de sus análisis.
Décadas más tarde, juristas y filósofos continuarían estudiando sus obras.
Entre ellos destacaría especialmente Carl Schmitt, quien consideraría a Donoso uno de los grandes pensadores políticos de la modernidad.
Resulta significativo que muchos europeos comprendieran mejor la importancia de Donoso que sus propios compatriotas.
Mientras en otros países se analizaban sus escritos con atención, en España comenzaba lentamente el proceso de olvido.
Una figura incómoda
Quizá ese olvido no sea casual.
Donoso resulta incómodo para casi todos.
Los revolucionarios desconfían de él porque denunció las consecuencias destructivas de numerosas utopías políticas.
Los partidarios del poder ilimitado recelan de él porque comprendió los peligros inherentes a toda concentración excesiva de autoridad.
Los defensores del materialismo lo consideran incómodo porque insistió en la importancia de las creencias religiosas y morales.
Los ingenuos lo encuentran pesimista.
Los fanáticos lo encuentran peligroso.
Los oportunistas prefieren ignorarlo.
Y precisamente por ello continúa siendo un autor extraordinariamente actual.
Porque obliga a formular preguntas que muchos preferirían evitar.
Preguntas sobre el poder.
Sobre la libertad.
Sobre la naturaleza humana.
Sobre la religión.
Sobre la autoridad.
Sobre la verdad.
Y sobre los límites de la política.
Preguntas que siguen tan vivas hoy como en el siglo XIX.
Por eso merece ser rescatado.
No como una reliquia histórica.
No como una figura decorativa destinada a ocupar una nota a pie de página.
Sino como uno de los mayores pensadores políticos que ha dado España y como una voz cuya lectura sigue siendo capaz de iluminar algunos de los problemas fundamentales de nuestro tiempo.
DEL LIBERALISMO DOCTRINARIO AL REALISMO POLÍTICO
Si queremos comprender verdaderamente a Juan Donoso Cortés, debemos evitar un error frecuente.
No fue un pensador inmóvil.
No fue un hombre que elaborara una doctrina cerrada durante su juventud para repetirla mecánicamente durante el resto de su vida.
Por el contrario, fue un intelectual en permanente evolución.
Su pensamiento cambió.
Maduró.
Se volvió más complejo.
Y, sobre todo, más escéptico respecto de muchas de las ideas que habían seducido a Europa desde finales del siglo XVIII.
Precisamente por ello resulta tan interesante.
Porque Donoso no llegó a sus conclusiones mediante una adhesión ciega a una tradición política determinada.
Llegó a ellas después de observar durante décadas el comportamiento de los hombres, los partidos, los gobiernos y las revoluciones.
Su evolución intelectual fue, en gran medida, el resultado de una experiencia histórica extraordinariamente intensa.
La seducción inicial del liberalismo
Como numerosos jóvenes de su generación, Donoso contempló con simpatía algunas de las aspiraciones liberales.
España salía de la Guerra de la Independencia.
El absolutismo de Fernando VII había generado frustración entre amplios sectores de la población.
Las viejas estructuras políticas parecían incapaces de responder a muchos de los desafíos del mundo moderno.
En aquel contexto, el liberalismo aparecía como una alternativa razonable.
Prometía limitar los abusos del poder.
Prometía fortalecer las garantías jurídicas.
Prometía proteger determinadas libertades individuales.
Prometía racionalizar la administración pública.
Prometía sustituir la arbitrariedad por normas más estables.
Estas aspiraciones no carecían de legitimidad.
Muchas respondían a problemas reales.
Donoso las compartió inicialmente.
Sin embargo, con el paso de los años comenzó a observar algo que le inquietó profundamente.
Las promesas teóricas y los resultados prácticos no siempre coincidían.
La realidad corrige las teorías
Existe una diferencia fundamental entre los sistemas políticos imaginados por los filósofos y los sistemas políticos que funcionan en el mundo real.
Los primeros suelen estar construidos sobre modelos abstractos.
Los segundos deben enfrentarse diariamente a las pasiones, intereses, ambiciones, errores y limitaciones propias de la condición humana.
Donoso comenzó a advertir esta diferencia cada vez con mayor claridad.
Las constituciones podían redactarse con admirable elegancia.
Los discursos parlamentarios podían estar llenos de nobles principios.
Las declaraciones solemnes podían apelar constantemente a la libertad y a la justicia.
Pero los conflictos continuaban.
Las rivalidades persistían.
Los abusos reaparecían bajo nuevas formas.
Los gobiernos seguían acumulando poder.
Las luchas políticas no desaparecían.
En ocasiones incluso se intensificaban.
Aquella constatación le obligó a replantearse muchas de sus antiguas convicciones.
El descubrimiento de una verdad incómoda
Poco a poco Donoso llegó a una conclusión que marcaría toda su obra posterior.
La política no puede entenderse correctamente si se parte de una visión idealizada del ser humano.
Muchos pensadores ilustrados habían construido sus teorías sobre una confianza casi ilimitada en la razón.
Creían que los hombres, adecuadamente educados, actuarían de manera racional.
Pensaban que el progreso del conocimiento conduciría inevitablemente al progreso moral.
Confiaban en que las instituciones correctas resolverían gran parte de los conflictos sociales.
Donoso comenzó a dudar de estas premisas.
No porque despreciara la razón.
No porque rechazara el conocimiento.
Sino porque la experiencia parecía desmentir aquellas expectativas.
Los hombres seguían siendo capaces de actuar de forma irracional.
Seguían dejándose arrastrar por la ambición, el orgullo, la codicia, la envidia o el resentimiento.
La instrucción no eliminaba necesariamente estos defectos.
La prosperidad tampoco.
Las constituciones tampoco.
Aquella observación lo aproximó progresivamente a una visión mucho más realista de la naturaleza humana.
La influencia de la tradición cristiana
En este punto aparece uno de los aspectos más característicos del pensamiento donosiano.
Frente al optimismo antropológico dominante en buena parte de la Europa ilustrada, Donoso recuperó una idea central de la tradición cristiana.
El hombre es capaz tanto del bien como del mal.
Posee una extraordinaria dignidad.
Pero también una notable capacidad para el error.
Puede crear obras admirables.
Y puede provocar inmensas catástrofes.
Puede sacrificarse heroicamente por los demás.
Y puede cometer atrocidades difíciles de imaginar.
Esta visión no pretendía humillar al ser humano.
Pretendía comprenderlo tal como es.
Donoso consideraba que cualquier sistema político construido sobre una visión falsa de la naturaleza humana estaba condenado al fracaso.
Si se supone que los hombres son mejores de lo que realmente son, las instituciones terminarán siendo vulnerables a quienes sepan aprovecharse de esa ingenuidad.
La historia posterior proporcionaría abundantes ejemplos de esta advertencia.
España como escuela de desengaños
Mientras reflexionaba sobre estas cuestiones, España ofrecía un espectáculo poco tranquilizador.
Pronunciamientos militares.
Conspiraciones.
Cambios constitucionales.
Gobiernos efímeros.
Guerras civiles.
Enfrentamientos ideológicos cada vez más intensos.
La nación parecía incapaz de encontrar una estabilidad duradera.
Cada facción prometía la solución definitiva.
Cada reforma anunciaba una nueva etapa.
Cada cambio político se presentaba como el comienzo de una era mejor.
Y, sin embargo, los problemas persistían.
Donoso observaba cómo los mismos conflictos reaparecían bajo disfraces diferentes.
Los nombres cambiaban.
Las etiquetas cambiaban.
Los discursos cambiaban.
Pero ciertas constantes permanecían.
Aquella experiencia reforzó su desconfianza hacia los remedios simplistas.
El parlamentarismo bajo sospecha
Uno de los aspectos que más llamaron la atención de Donoso fue el funcionamiento real de las cámaras legislativas.
En teoría, el parlamento debía ser el lugar donde la razón deliberaba serenamente sobre los asuntos públicos.
La práctica resultaba bastante menos edificante.
Las alianzas cambiaban constantemente.
Los intereses partidistas predominaban con frecuencia sobre el interés general.
Las palabras servían muchas veces para ocultar en lugar de aclarar.
Las discusiones podían prolongarse indefinidamente sin resolver los problemas esenciales.
Donoso comenzó a sospechar que el parlamentarismo estaba siendo idealizado.
No negaba la utilidad de las instituciones representativas.
Pero cuestionaba la idea de que constituyeran una solución mágica para todos los problemas políticos.
Aquella crítica acabaría convirtiéndose en una de las partes más conocidas y polémicas de su pensamiento.
La revolución como nueva religión
Otro fenómeno llamó poderosamente su atención.
Las ideologías revolucionarias comenzaban a adquirir rasgos que recordaban cada vez más a una religión.
Poseían sus dogmas.
Sus profetas.
Sus textos sagrados.
Sus mártires.
Sus herejes.
Sus promesas de redención futura.
Sus anuncios de una sociedad perfecta.
Sus enemigos absolutos.
Donoso percibió algo que muchos de sus contemporáneos no comprendieron.
Las sociedades no pueden vivir sin creencias fundamentales.
Cuando abandonan unas, suelen sustituirlas por otras.
La desaparición de una religión no implica necesariamente el triunfo de la razón.
Con frecuencia implica la aparición de nuevas formas de fe política.
Esta intuición resultaría extraordinariamente profética.
Décadas después surgirían movimientos que exigirían una obediencia casi religiosa y que provocarían algunas de las mayores tragedias de la historia contemporánea.
El final de las ilusiones
Hacia mediados del siglo XIX, la transformación intelectual de Donoso estaba prácticamente completada.
Seguía valorando determinadas libertades.
Seguía defendiendo numerosos principios jurídicos fundamentales.
Pero había abandonado definitivamente el optimismo que caracterizaba a buena parte del liberalismo doctrinario.
Ya no creía que los problemas humanos pudieran resolverse únicamente mediante constituciones o reformas institucionales.
Ya no confiaba en que la razón bastara para contener las pasiones humanas.
Ya no pensaba que la historia avanzara inevitablemente hacia una situación de armonía creciente.
Había llegado a una conclusión mucho más sobria.
Las sociedades necesitan leyes.
Necesitan instituciones.
Necesitan gobiernos.
Pero también necesitan fundamentos morales sólidos.
Necesitan costumbres estables.
Necesitan una idea compartida del bien y del mal.
Necesitan límites al poder.
Y necesitan reconocer que la naturaleza humana posee grandezas admirables, pero también debilidades permanentes.
Desde esa posición intelectual comenzaría a elaborar las reflexiones que lo convertirían en una figura singular dentro del pensamiento político europeo.
Ya no sería simplemente un observador de los acontecimientos.
Se convertiría en uno de sus intérpretes más penetrantes.
Y comenzaría a formular advertencias que, vistas desde el siglo XXI, resultan sorprendentemente actuales.
EL HOMBRE QUE VIO VENIR LAS REVOLUCIONES MODERNAS

Hay pensadores que describen el mundo en que viven.
Otros logran interpretar las fuerzas profundas que lo mueven.
Y existe una categoría mucho más rara: la de quienes son capaces de percibir tendencias históricas cuyos efectos completos todavía no se han manifestado.
Juan Donoso Cortés pertenece a esta última categoría.
Cuando murió en 1853, ni Lenin había nacido, ni Marx había publicado todavía la mayor parte de sus obras más influyentes, ni existían el bolchevismo, el fascismo, el nacionalsocialismo o los regímenes totalitarios que marcarían el siglo XX.
Y, sin embargo, Donoso entrevió algunos de los mecanismos intelectuales y morales que acabarían haciendo posibles aquellas experiencias históricas.
No predijo acontecimientos concretos.
No anunció fechas.
No describió personajes.
Lo que hizo fue algo más importante.
Comprendió la lógica interna de determinados procesos políticos antes de que alcanzaran su pleno desarrollo.
El error de mirar únicamente los acontecimientos
La mayoría de los comentaristas políticos se concentran en los hechos inmediatos.
Analizan elecciones.
Comentan discursos.
Estudian cambios de gobierno.
Debaten sobre leyes concretas.
Donoso actuaba de otra manera.
Intentaba descubrir las ideas que se ocultaban detrás de los acontecimientos.
Sabía que las revoluciones no aparecen de la noche a la mañana.
Antes de conquistar las calles conquistan las cabezas.
Antes de derribar gobiernos modifican creencias.
Antes de transformar instituciones alteran la manera de entender al ser humano y a la sociedad.
Por eso prestaba más atención a las ideas que a los episodios pasajeros.
Consideraba que las revoluciones políticas son la consecuencia visible de cambios intelectuales y morales que se han producido previamente.
Quien quiera comprender una revolución debe estudiar primero las creencias que la alimentan.
Las revoluciones no nacen del hambre
Una de las observaciones más interesantes de Donoso es que los grandes movimientos revolucionarios rara vez pueden explicarse únicamente mediante causas económicas.
La pobreza puede favorecer el descontento.
La miseria puede aumentar la tensión social.
Las crisis económicas pueden acelerar determinados procesos.
Pero ninguna de estas circunstancias basta para explicar por sí sola una revolución.
La historia proporciona numerosos ejemplos.
Han existido sociedades pobres que permanecieron estables durante siglos.
Y también sociedades relativamente prósperas que terminaron precipitándose hacia conflictos devastadores.
Para Donoso, las verdaderas revoluciones nacen cuando una comunidad comienza a cuestionar los principios fundamentales sobre los que descansa su convivencia.
Cuando desaparece el acuerdo sobre lo que es justo.
Cuando se discute la legitimidad de la autoridad.
Cuando se pone en duda el origen de las leyes.
Cuando ya no existe una idea compartida acerca del bien y del mal.
Entonces la sociedad entra en una zona de peligro.
Porque deja de discutir únicamente sobre medidas concretas y empieza a discutir sobre los propios fundamentos del orden político.
La pérdida de certezas compartidas
Donoso observó que Europa avanzaba precisamente en esa dirección.
Durante siglos, con todas sus diferencias y conflictos, los pueblos europeos habían compartido una serie de creencias fundamentales.
No todos pensaban igual.
No todos vivían igual.
No todos tenían los mismos intereses.
Pero existía un conjunto de principios generalmente aceptados.
La existencia de una ley moral superior al poder político.
La dignidad de la persona.
La importancia de la familia.
La responsabilidad individual.
La existencia de límites que ningún gobernante debía traspasar.
Aquellos fundamentos proporcionaban un marco común dentro del cual podían desarrollarse los desacuerdos normales de la vida política.
Sin embargo, Donoso percibía que ese marco comenzaba a resquebrajarse.
Cada vez más pensadores afirmaban que todas las creencias heredadas debían ser sustituidas.
Cada vez más movimientos pretendían reconstruir la sociedad desde sus cimientos.
Cada vez más doctrinas presentaban la historia como una lucha destinada a culminar en una sociedad perfecta.
Y esa pretensión le parecía extraordinariamente peligrosa.
La tentación de construir el paraíso

Una de las críticas más profundas de Donoso se dirige contra quienes prometen la perfección política.
A su juicio, las mayores catástrofes suelen comenzar con las mejores intenciones.
Quienes desean mejorar prudentemente una sociedad suelen actuar con cautela.
Conocen las limitaciones humanas.
Aceptan que toda reforma tiene costes.
Reconocen que los problemas complejos rara vez admiten soluciones simples.
Los constructores de paraísos actúan de forma diferente.
Están convencidos de poseer la respuesta definitiva.
Creen haber descubierto la fórmula capaz de eliminar los conflictos humanos.
Piensan que la historia avanza inevitablemente hacia el modelo que ellos defienden.
Y consideran que quienes se oponen a ese proyecto representan un obstáculo que debe ser eliminado.
Aquí aparece una de las intuiciones más notables de Donoso.
Cuando una ideología promete la salvación absoluta, termina justificando medidas absolutas.
Si el objetivo es crear una sociedad perfecta, cualquier resistencia puede presentarse como un crimen contra la humanidad futura.
Y cuando se acepta esa lógica, la libertad comienza a correr peligro.
La aparición de las religiones políticas
Mucho antes de que los estudiosos acuñaran expresiones como «religión política» o «religión secular», Donoso ya había percibido el fenómeno.
Observó que numerosas ideologías modernas estaban ocupando el lugar que anteriormente habían desempeñado las creencias religiosas.
Ofrecían una explicación global de la historia.
Prometían una redención colectiva.
Anunciaban la llegada de un mundo nuevo.
Identificaban enemigos absolutos.
Exigían adhesión incondicional.
Y mostraban una creciente intolerancia hacia cualquier discrepancia.
La semejanza le parecía evidente.
La diferencia principal consistía en que estas nuevas creencias ya no situaban la salvación fuera del tiempo.
Prometían alcanzarla aquí y ahora mediante la acción política.
Precisamente por ello podían resultar aún más peligrosas.
Porque el poder político dispone de instrumentos coercitivos que ninguna religión tradicional había poseído en semejante medida.
El nacimiento de las masas ideológicas
Otra de las transformaciones que Donoso percibió con notable claridad fue la aparición de la política de masas.
Durante siglos la actividad política había estado limitada a minorías relativamente reducidas.
El siglo XIX comenzó a alterar profundamente esa situación.
La expansión de la prensa.
El crecimiento de las ciudades.
La mejora de las comunicaciones.
La alfabetización progresiva.
La aparición de nuevas formas de movilización.
Todo ello estaba creando una realidad inédita.
Millones de personas podían ser movilizadas simultáneamente alrededor de una misma consigna.
Millones de personas podían reaccionar emocionalmente ante los mismos mensajes.
Millones de personas podían convertirse en fuerza política organizada.
Donoso comprendió que esta transformación tendría consecuencias inmensas.
Especialmente si las masas eran movilizadas mediante promesas imposibles de cumplir o mediante el cultivo sistemático de resentimientos colectivos.
La historia posterior demostraría hasta qué punto aquella preocupación estaba justificada.
El enemigo deja de ser un adversario
Las sociedades libres pueden sobrevivir a desacuerdos muy profundos.
Pero existe una condición indispensable.
Los adversarios deben reconocerse mutuamente como miembros legítimos de la misma comunidad política.
Cuando desaparece ese reconocimiento, la convivencia comienza a deteriorarse.
Donoso observó que muchas ideologías revolucionarias estaban destruyendo precisamente ese principio.
Quien piensa diferente ya no es un rival político.
Ya no es alguien con quien se puede discutir.
Ya no es un compatriota equivocado.
Se convierte en un enemigo moral.
En una amenaza.
En un obstáculo.
En alguien cuya existencia dificulta la llegada del mundo ideal.
Y cuando los adversarios son transformados en enemigos absolutos, la violencia deja de parecer inadmisible.
Empieza a presentarse como una necesidad histórica.
El siglo XX proporcionaría ejemplos abundantes de esta lógica destructiva.
Una advertencia para el futuro
La mayor parte de los contemporáneos de Donoso contemplaban las revoluciones como episodios pasajeros.
Él las veía como síntomas de algo mucho más profundo.
Creía que Europa estaba entrando en una época caracterizada por conflictos ideológicos cada vez más radicales.
Una época en la que las discusiones dejarían de centrarse únicamente en cuestiones prácticas para convertirse en disputas sobre la propia naturaleza del hombre.
Una época en la que los proyectos políticos aspirarían a reorganizar completamente la sociedad.
Una época en la que el poder adquiriría dimensiones desconocidas hasta entonces.
Y una época en la que la propaganda podría llegar a desempeñar un papel tan importante como la fuerza.
No llegó a ver el desarrollo completo de estas tendencias.
Murió demasiado pronto.
Pero muchas de sus advertencias parecen describir con inquietante precisión algunos de los acontecimientos que marcarían los siglos XX y XXI.
Por eso su obra sigue conservando interés.
No porque poseyera una capacidad sobrenatural para prever el futuro.
Sino porque comprendió algo fundamental.
Las revoluciones no nacen principalmente de los acontecimientos.
Nacen de las ideas.
Y cuando determinadas ideas adquieren suficiente fuerza, terminan transformando la historia.
LA CRÍTICA DEL PARLAMENTARISMO:
CUANDO LAS PALABRAS SUSTITUYEN A LA REALIDAD

Pocas facetas del pensamiento de Juan Donoso Cortés han provocado tantas controversias como su crítica del parlamentarismo.
Durante más de siglo y medio, numerosos comentaristas han intentado presentar sus reflexiones como una simple defensa del autoritarismo.
Nada más lejos de la realidad.
Lo que Donoso criticaba no era la deliberación política en sí misma.
Tampoco rechazaba la representación de los ciudadanos ni la existencia de asambleas legislativas.
Lo que cuestionaba era una ilusión que comenzaba a extenderse por toda Europa: la creencia de que el mero debate parlamentario podía resolver por sí mismo los grandes problemas de una nación.
A su juicio, aquella confianza era excesiva.
Y la experiencia histórica parecía darle motivos para pensar así.
El culto a la discusión
Tras la Revolución Francesa, buena parte de Europa comenzó a desarrollar una auténtica veneración por las instituciones parlamentarias.
Muchos intelectuales consideraban que las cámaras legislativas representaban la culminación del progreso político.
Bastaba con reunir representantes elegidos.
Bastaba con permitir el debate.
Bastaba con aprobar leyes.
Y los problemas acabarían encontrando solución.
Donoso observaba esta fe con creciente escepticismo.
Porque conocía demasiado bien la diferencia entre las teorías políticas y la realidad cotidiana.
Los parlamentos estaban formados por seres humanos.
Y los seres humanos seguían siendo susceptibles de ambición, vanidad, oportunismo, intereses particulares y errores de juicio.
La mera existencia de una cámara legislativa no eliminaba ninguno de esos defectos.
Tampoco los convertía mágicamente en virtudes.
La política convertida en espectáculo
Uno de los aspectos que más inquietaban a Donoso era la tendencia de los debates parlamentarios a convertirse en ejercicios retóricos cada vez más alejados de los problemas reales.
Las palabras se multiplicaban.
Los discursos se alargaban.
Las declaraciones solemnes se sucedían unas a otras.
Pero las dificultades persistían.
En ocasiones incluso empeoraban.
Donoso observó que la política corría el riesgo de transformarse en una actividad teatral.
Los oradores hablaban para impresionar.
Los partidos hablaban para sus seguidores.
Los periódicos amplificaban los enfrentamientos verbales.
Y mientras tanto, las cuestiones fundamentales quedaban sin resolver.
El espectáculo avanzaba.
Las soluciones no siempre.
No deja de resultar llamativo que esta observación conserve tanta actualidad.
Las tecnologías cambian.
Los medios de comunicación evolucionan.
Las cámaras de televisión sustituyen a los antiguos periódicos.
Las redes sociales sustituyen a parte de la prensa tradicional.
Pero la tentación de sustituir la acción por la retórica permanece.
Las palabras no gobiernan
Donoso insistía en una idea sencilla.
Las palabras pueden describir la realidad.
Pueden explicarla.
Pueden ocultarla.
Pueden deformarla.
Pero no la sustituyen.
Un país no mejora porque se aprueben resoluciones grandilocuentes.
La prosperidad no surge de los discursos.
La seguridad no nace de las declaraciones.
La justicia no aparece por arte de magia tras una votación.
Los problemas concretos exigen respuestas concretas.
Y esas respuestas suelen ser mucho más difíciles que los discursos que prometen resolverlos.
Por ello desconfiaba profundamente de quienes confundían la política con una competición oratoria.
La elocuencia puede ser admirable.
Pero no reemplaza al buen gobierno.
Cuando los hechos contradicen los discursos
La experiencia política había enseñado a Donoso una lección fundamental.
Los gobiernos suelen ser juzgados por lo que dicen.
Las naciones prosperan o se arruinan por lo que hacen.
Esta diferencia resulta decisiva.
Un dirigente puede pronunciar discursos brillantes.
Puede formular promesas seductoras.
Puede dominar los recursos de la propaganda.
Puede construir una imagen cuidadosamente diseñada.
Sin embargo, la realidad termina imponiendo sus propias reglas.
Los presupuestos deben cuadrar o aparecen las deudas.
La producción debe existir o aparece la escasez.
La seguridad debe mantenerse o surge el desorden.
La justicia debe funcionar o se deteriora la confianza pública.
La naturaleza posee una desagradable costumbre para los demagogos.
No obedece los discursos.
El problema de las mayorías
Donoso tampoco compartía la idea de que una mayoría parlamentaria estuviera necesariamente en posesión de la verdad.
La historia mostraba numerosos ejemplos en sentido contrario.
Las mayorías pueden acertar.
Pero también pueden equivocarse.
Pueden actuar con prudencia.
Pero también pueden dejarse arrastrar por emociones pasajeras.
Pueden defender la libertad.
Pero también pueden restringirla.
Pueden proteger los derechos.
Pero también vulnerarlos.
Esta observación no constituía un ataque contra la representación política.
Era simplemente un recordatorio de algo elemental.
La verdad y la falsedad no se deciden mediante votación.
Dos más dos no son cinco porque una mayoría lo apruebe.
Un error no deja de ser un error porque obtenga millones de votos.
Y una injusticia no deja de ser injusta porque haya sido respaldada por una amplia mayoría parlamentaria.
La tiranía de las palabras
Con el tiempo, Donoso llegó a una conclusión especialmente inquietante.
Las sociedades pueden ser dominadas mediante la fuerza.
Pero también pueden ser dominadas mediante el lenguaje.
Quien controla las palabras acaba influyendo sobre la manera en que las personas interpretan la realidad.
Quien define los conceptos condiciona los debates.
Quien impone determinadas expresiones orienta las conclusiones.
Esta preocupación aparece constantemente en sus escritos.
Mucho antes de que existieran las modernas técnicas de propaganda, comprendió la enorme importancia del lenguaje político.
Las palabras no son inocentes.
Moldean percepciones.
Ordenan prioridades.
Determinan qué puede discutirse y qué queda excluido de la discusión.
Por ello desconfiaba de los discursos excesivamente abstractos y de los conceptos deliberadamente ambiguos.
Prefería llamar a las cosas por su nombre.
Sabía que cuando las palabras pierden precisión, el pensamiento termina deteriorándose con ellas.
La incapacidad para decidir
Otra crítica fundamental se dirigía contra la tendencia de algunos sistemas parlamentarios a retrasar indefinidamente las decisiones difíciles.
Cuando surgen problemas graves, las sociedades necesitan actuar.
No basta con debatir eternamente.
No basta con crear nuevas comisiones.
No basta con redactar informes.
No basta con aplazar una y otra vez las soluciones.
Llega un momento en que alguien debe asumir responsabilidades y actuar.
Donoso observaba que determinadas instituciones parlamentarias podían convertirse en auténticas máquinas de aplazamiento.
Los discursos sustituían a las decisiones.
Las declaraciones sustituían a las soluciones.
Las promesas sustituían a los resultados.
Y mientras tanto los problemas seguían creciendo.
Esta crítica no estaba dirigida únicamente contra los parlamentos.
Era una crítica contra cualquier forma de gobierno incapaz de afrontar la realidad.
La ilusión del gobierno mediante procedimientos
Quizá la observación más profunda de Donoso pueda resumirse así:
Ninguna sociedad se gobierna únicamente mediante procedimientos.
Las normas son necesarias.
Las leyes son necesarias.
Las instituciones son necesarias.
Pero ninguna de ellas funciona automáticamente.
Detrás de cada institución hay personas.
Detrás de cada ley hay voluntades humanas.
Detrás de cada procedimiento hay decisiones concretas.
Cuando desaparecen la responsabilidad, la honestidad y el sentido del deber, los procedimientos por sí solos resultan insuficientes.
Una constitución admirable puede fracasar.
Un parlamento puede degradarse.
Una administración puede corromperse.
Un sistema electoral puede ser manipulado.
No porque las normas sean defectuosas, sino porque quienes deben aplicarlas dejan de respetar los principios que les daban sentido.
Una advertencia para las democracias modernas
La crítica de Donoso al parlamentarismo suele interpretarse de manera simplista.
En realidad, su reflexión era mucho más profunda.
No estaba atacando una institución concreta.
Estaba denunciando una tentación permanente de la política moderna.
La tentación de creer que las palabras bastan.
La tentación de pensar que los procedimientos sustituyen a las virtudes.
La tentación de confundir el debate con la solución.
La tentación de imaginar que las leyes pueden reemplazar a la responsabilidad moral.
La tentación de creer que la realidad acabará adaptándose a los discursos.
Donoso sostenía exactamente lo contrario.
La realidad siempre termina imponiéndose.
Puede tardar años.
Puede tardar décadas.
Pero acaba reclamando sus derechos.
Y cuando la distancia entre los discursos y los hechos se vuelve excesiva, las consecuencias suelen ser dolorosas.
Por eso su crítica sigue conservando interés.
Porque no pertenece únicamente al siglo XIX.
Pertenece a una debilidad permanente de la condición humana.
La tendencia a preferir las palabras agradables a las verdades incómodas.
Y pocas tentaciones han causado tantos problemas a las naciones como esa.
POLÍTICA Y TEOLOGÍA:
EL FUNDAMENTO OLVIDADO DEL ORDEN SOCIAL

Si hubiera que señalar una sola idea capaz de explicar la originalidad de Juan Donoso Cortés, probablemente sería esta:
Detrás de toda teoría política existe una determinada concepción del hombre.
Y detrás de toda concepción del hombre existe, de manera explícita o implícita, una determinada concepción acerca del bien, del mal, de la libertad, de la autoridad y del sentido de la existencia.
Dicho de otro modo:
La política nunca descansa únicamente sobre cuestiones económicas.
Ni únicamente sobre cuestiones jurídicas.
Ni únicamente sobre cuestiones administrativas.
Descansa siempre sobre una determinada visión del ser humano.
Esta fue una de las intuiciones más profundas de Donoso.
Y también una de las más incómodas.
Porque cuestiona una creencia muy extendida en el mundo moderno: la idea de que es posible construir una sociedad completamente neutral desde el punto de vista moral.
La gran ilusión moderna
A medida que avanzaba el siglo XIX, numerosos pensadores comenzaron a sostener que la política podía independizarse de cualquier fundamento religioso o moral.
Según esta visión, bastaría con organizar adecuadamente las instituciones.
Bastaría con distribuir correctamente las competencias.
Bastaría con diseñar mecanismos jurídicos eficientes.
Y la convivencia quedaría garantizada.
Donoso consideraba esta pretensión profundamente ingenua.
No porque creyera que las leyes carecen de importancia.
Ni porque despreciara las instituciones.
Sino porque sabía que toda ley presupone una determinada idea de justicia.
Y toda idea de justicia presupone una determinada visión del hombre.
Por mucho que una sociedad pretenda presentarse como neutral, siempre termina respondiendo a preguntas fundamentales.
¿Qué es el ser humano?
¿Qué derechos posee?
¿Qué deberes tiene?
¿Qué es una familia?
¿Qué es la libertad?
¿Qué es la autoridad?
¿Qué es la verdad?
¿Qué es la justicia?
No responder a estas cuestiones resulta imposible.
Incluso quien afirma que no existen respuestas objetivas ya está formulando una respuesta.
La teología escondida
Aquí aparece una de las tesis más célebres de Donoso.
Las grandes discusiones políticas son, en el fondo, discusiones teológicas desplazadas al terreno político.
La afirmación puede parecer exagerada.
Sin embargo, merece una reflexión cuidadosa.
Cuando una doctrina sostiene que el ser humano es naturalmente bueno y que todos los males proceden exclusivamente de las instituciones, está formulando una determinada visión de la naturaleza humana.
Cuando otra doctrina sostiene que el hombre necesita límites morales y jurídicos porque posee inclinaciones tanto hacia el bien como hacia el mal, también está formulando una determinada visión del hombre.
Ambas posiciones producen consecuencias políticas distintas.
Y ambas descansan sobre presupuestos que van mucho más allá de la economía o del derecho.
Por eso Donoso afirmaba que las cuestiones religiosas y las cuestiones políticas están mucho más relacionadas de lo que suele creerse.
No porque los sacerdotes deban gobernar.
Ni porque la política deba confundirse con la religión.
Sino porque toda organización social descansa finalmente sobre ciertas creencias fundamentales.
¿Qué ocurre cuando desaparece Dios?
Esta pregunta ocupa una posición central en la obra de Donoso.
No porque quisiera imponer una determinada fe mediante el poder político.
Sino porque observaba una transformación histórica de enormes dimensiones.
Europa comenzaba a abandonar progresivamente los fundamentos religiosos que habían configurado su civilización durante siglos.
Muchos celebraban aquel proceso.
Pensaban que la humanidad estaba entrando en una era exclusivamente racional.
Creían que las antiguas creencias serían sustituidas por la ciencia, la técnica y la administración.
Donoso no compartía ese optimismo.
Pensaba que la desaparición de una creencia rara vez deja un vacío duradero.
Los seres humanos necesitan dar sentido a su existencia.
Necesitan explicaciones generales.
Necesitan ideales.
Necesitan principios orientadores.
Cuando desaparecen unas creencias suelen aparecer otras.
La cuestión decisiva consiste en determinar cuáles.
El Estado como nuevo dios
Esta fue una de las preocupaciones más notables de Donoso.
Si la autoridad moral tradicional desaparecía, alguien ocuparía inevitablemente su lugar.
Y ese lugar podía ser ocupado por el Estado.
La observación resulta extraordinariamente moderna.
Durante siglos, el poder político había coexistido con otras autoridades.
La familia.
Las corporaciones profesionales.
Los municipios.
Las universidades.
Las iglesias.
Las asociaciones voluntarias.
Todas ellas limitaban, de una forma u otra, la capacidad de actuación de los gobernantes.
Sin embargo, el Estado moderno tendía a concentrar cada vez más competencias.
Cada nuevo problema parecía justificar una nueva intervención.
Cada nueva dificultad parecía requerir nuevas atribuciones.
Cada nueva crisis parecía exigir una ampliación del poder gubernamental.
Donoso observaba este fenómeno con preocupación.
No porque negara la necesidad del Estado.
Sino porque comprendía que todo poder tiende naturalmente a expandirse.
Y cuanto menos límites encuentra, más lejos intenta llegar.
La falsa promesa de la redención política
Las religiones tradicionales prometen una perfección que trasciende este mundo.
Las ideologías modernas comenzaron a prometer algo diferente.
Prometían alcanzar esa perfección dentro de la historia.
Prometían eliminar los conflictos.
Prometían erradicar las injusticias.
Prometían acabar con las desigualdades.
Prometían resolver definitivamente los problemas humanos.
Donoso sospechaba profundamente de esas promesas.
No porque fuera indiferente al sufrimiento.
Ni porque rechazara las reformas.
Sino porque conocía la naturaleza humana.
Sabía que toda sociedad está compuesta por seres imperfectos.
Sabía que los conflictos nunca desaparecen por completo.
Sabía que cada solución genera nuevos problemas.
Sabía que la política puede mejorar muchas cosas.
Pero también sabía que posee límites.
Cuando esos límites son ignorados aparecen las utopías.
Y cuando las utopías fracasan suelen producir consecuencias terribles.
La historia posterior confirmaría repetidamente esta observación.
La cuestión del mal
Tal vez el punto donde Donoso se distancia con mayor claridad de numerosos pensadores modernos sea su reflexión sobre el mal.
Para gran parte del pensamiento ilustrado, el mal aparece principalmente como consecuencia de circunstancias externas.
Pobreza.
Ignorancia.
Instituciones defectuosas.
Desigualdades.
Donoso consideraba que esa explicación era insuficiente.
No negaba la influencia de esas circunstancias.
Pero observaba algo que la experiencia histórica parecía demostrar constantemente.
Los hombres pueden cometer injusticias incluso cuando disfrutan de prosperidad.
Pueden actuar de forma cruel aun estando bien instruidos.
Pueden destruir sociedades enteras pese a poseer un elevado nivel cultural.
La barbarie no desaparece automáticamente con el progreso material.
El siglo XX demostraría esta verdad de forma particularmente dramática.
Algunas de las mayores atrocidades de la historia fueron organizadas por sociedades altamente desarrolladas desde el punto de vista científico y técnico.
La libertad y sus condiciones
Donoso apreciaba la libertad.
Pero desconfiaba profundamente de quienes la reducían a la mera ausencia de restricciones.
La libertad requiere algo más.
Requiere autocontrol.
Requiere responsabilidad.
Requiere disciplina interior.
Requiere capacidad para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.
Sin estas condiciones, la libertad puede degradarse hasta convertirse en simple arbitrariedad.
Y cuando la arbitrariedad se extiende, tarde o temprano aparece la demanda de un poder más fuerte capaz de restablecer el orden.
Aquí aparece una de las grandes paradojas políticas.
Las sociedades que abandonan la responsabilidad suelen terminar perdiendo parte de su libertad.
Y los mismos ciudadanos que reclamaban menos límites acaban solicitando una autoridad cada vez más extensa para resolver los problemas que ellos mismos han contribuido a generar.
Una intuición que sigue viva
Muchos contemporáneos consideraron exageradas las reflexiones de Donoso.
Pensaban que el progreso científico haría innecesarias las antiguas creencias.
Pensaban que la política podía organizarse exclusivamente sobre bases racionales.
Pensaban que la historia avanzaba hacia una era de consenso creciente.
Los acontecimientos posteriores no confirmaron aquellas expectativas.
Las ideologías sustituyeron con frecuencia a las religiones.
Los Estados alcanzaron dimensiones desconocidas hasta entonces.
Las guerras ideológicas provocaron millones de víctimas.
Y las sociedades modernas continuaron enfrentándose a preguntas fundamentales que ninguna técnica administrativa ha conseguido resolver.
Por eso la obra de Donoso sigue siendo objeto de estudio.
No porque ofreciera respuestas definitivas a todos los problemas.
Sino porque comprendió algo esencial.
Las crisis políticas suelen ser la manifestación visible de crisis más profundas.
Y mientras no se comprendan esas raíces, las soluciones superficiales difícilmente podrán resolver los problemas de fondo.
Desde esta perspectiva, la política deja de ser simplemente una lucha por el poder.
Se convierte en una discusión acerca de qué es el hombre, qué puede esperar de sí mismo y cuáles son los límites que ninguna sociedad puede ignorar impunemente.
SOCIALISMO, COMUNISMO Y LA PROMESA DE LA SALVACIÓN TERRENAL

Entre todas las cuestiones que preocuparon a Juan Donoso Cortés, pocas ocuparon un lugar tan importante como el surgimiento de las nuevas doctrinas revolucionarias que comenzaban a extenderse por Europa durante la primera mitad del siglo XIX.
Hoy resulta fácil hablar del socialismo, del comunismo o de las ideologías revolucionarias porque conocemos sus consecuencias históricas.
Conocemos la experiencia soviética.
Conocemos la China de Mao.
Conocemos Camboya bajo Pol Pot.
Conocemos Europa oriental durante la Guerra Fría.
Conocemos los millones de muertos, los campos de concentración, las deportaciones masivas, las hambrunas provocadas por decisiones políticas y los sistemas de control social construidos en nombre de la igualdad.
Donoso no conoció nada de eso.
Cuando escribía, la mayor parte de aquellos acontecimientos pertenecían todavía al futuro.
Y precisamente por ello resulta tan notable la lucidez de algunas de sus observaciones.
Porque identificó determinadas tendencias antes de que produjeran sus consecuencias más extremas.
Una nueva fe para un nuevo tiempo
Muchos de sus contemporáneos interpretaban el socialismo naciente como una simple propuesta económica.
Lo consideraban una teoría sobre la propiedad, la producción o la distribución de la riqueza.
Donoso veía algo más profundo.
Observaba que aquellas doctrinas poseían rasgos que recordaban a las grandes religiones.
Ofrecían una explicación total de la historia.
Prometían una redención colectiva.
Anunciaban la llegada de una sociedad futura libre de conflictos.
Señalaban culpables responsables de todos los males.
Identificaban una clase elegida llamada a transformar el mundo.
Y exigían una adhesión cada vez más intensa a sus principios fundamentales.
Todo ello le parecía significativo.
Porque sospechaba que aquellas doctrinas no estaban sustituyendo únicamente determinadas ideas económicas.
Estaban intentando sustituir una visión completa del hombre y de la sociedad.
El paraíso trasladado a la Tierra
Uno de los aspectos que más inquietaban a Donoso era la promesa de perfección social.
La idea aparece una y otra vez en los movimientos revolucionarios.
La historia avanza hacia un estado definitivo.
Las injusticias desaparecerán.
Los conflictos quedarán superados.
Las desigualdades serán eliminadas.
La humanidad alcanzará finalmente una situación de armonía permanente.
Donoso desconfiaba profundamente de este tipo de promesas.
No porque negara la posibilidad de mejorar las condiciones de vida.
No porque considerara inútiles las reformas.
Sino porque veía un peligro evidente.
Quien promete la perfección termina considerando insuficiente cualquier mejora parcial.
Quien anuncia la llegada del paraíso suele mostrarse impaciente con los obstáculos que retrasan su aparición.
Y cuando los resultados no coinciden con las expectativas, surge la tentación de recurrir a medios cada vez más coercitivos.
La lógica resulta sencilla.
Si el objetivo es perfecto, cualquier resistencia puede interpretarse como una amenaza intolerable.
La política convertida en religión
Donoso observó que muchas doctrinas revolucionarias comenzaban a desempeñar funciones similares a las que anteriormente habían cumplido las religiones.
Explicaban el pasado.
Interpretaba el presente.
Prometían un futuro mejor.
Definían el bien y el mal.
Establecían una ortodoxia.
Identificaban herejías.
Designaban enemigos.
Movilizaban emociones colectivas.
Y ofrecían una causa por la que merecía la pena luchar.
La diferencia fundamental residía en que ahora la salvación debía alcanzarse mediante la acción política.
Ya no se esperaba una transformación espiritual del individuo.
Se esperaba una transformación completa de la sociedad.
Y para lograrla parecía legítimo utilizar instrumentos de poder cada vez más amplios.
Aquí Donoso entrevió uno de los grandes peligros de la modernidad.
Cuando la política intenta ocupar el lugar de la religión, tiende a exigir una obediencia que termina desbordando sus límites legítimos.
La concentración del poder
Esta cuestión ocupa una posición central en su crítica.
Toda doctrina que pretende reorganizar completamente una sociedad necesita una enorme capacidad de intervención.
Debe regular.
Debe supervisar.
Debe corregir.
Debe redistribuir.
Debe planificar.
Debe dirigir.
Debe vigilar.
Cuanto más ambicioso es el proyecto, mayor es la cantidad de poder necesaria para llevarlo a cabo.
Donoso comprendió esta relación con notable claridad.
Las utopías requieren gobiernos fuertes.
Las transformaciones integrales requieren mecanismos de control extensos.
Los proyectos destinados a remodelar la sociedad desde arriba necesitan una autoridad capaz de imponerlos.
Por ello sospechaba que muchas doctrinas igualitarias terminarían produciendo justamente lo contrario de lo que prometían.
Anunciaban liberación.
Pero podían desembocar en nuevas formas de sometimiento.
Prometían emancipación.
Pero corrían el riesgo de concentrar un poder desconocido hasta entonces.
La igualdad y la realidad humana
Donoso tampoco compartía determinadas concepciones de la igualdad que comenzaban a difundirse en su época.
Reconocía la igualdad fundamental de todos los seres humanos en dignidad y valor moral.
Pero rechazaba la idea de que todos los individuos fueran idénticos en capacidades, temperamento, esfuerzo, inteligencia, carácter o ambiciones.
La experiencia cotidiana parecía demostrar exactamente lo contrario.
Los seres humanos son diversos.
Poseen talentos distintos.
Toman decisiones diferentes.
Asumen riesgos desiguales.
Trabajan con intensidad variable.
Persiguen objetivos distintos.
Por ello sospechaba que cualquier intento de imponer una igualdad absoluta terminaría chocando contra la propia realidad.
Y cuando la realidad resiste, el poder suele reaccionar intentando doblegarla.
De ahí surge uno de los peligros permanentes de las ideologías.
La tendencia a responsabilizar a las personas de no ajustarse al modelo teórico previamente diseñado.
El resentimiento como fuerza política
Otra observación especialmente penetrante de Donoso se refiere al papel del resentimiento.
Las doctrinas revolucionarias suelen dividir la sociedad entre culpables e inocentes.
Entre opresores y oprimidos.
Entre explotadores y explotados.
Entre privilegiados y víctimas.
Esta simplificación resulta políticamente eficaz.
Permite movilizar emociones intensas.
Permite identificar enemigos.
Permite justificar medidas excepcionales.
Pero también posee consecuencias peligrosas.
Porque la convivencia se vuelve cada vez más difícil cuando grupos enteros son definidos exclusivamente por su supuesta responsabilidad colectiva.
La historia demuestra que las sociedades más libres suelen ser aquellas donde los ciudadanos son juzgados principalmente por sus actos.
Las sociedades dominadas por el fanatismo ideológico tienden a juzgarlos por su pertenencia a determinadas categorías.
Donoso observó tempranamente esta tendencia.
Y la consideró una amenaza para la paz social.
La dictadura de los virtuosos
Existe una paradoja que aparece repetidamente en la historia.
Los proyectos políticos más peligrosos rara vez se presentan como peligrosos.
Suelen presentarse como profundamente virtuosos.
Quienes aspiran simplemente a gobernar reconocen que persiguen intereses políticos.
Quienes creen representar la salvación de la humanidad suelen considerarse moralmente superiores.
Y precisamente por ello pueden llegar a justificar actuaciones que, en otras circunstancias, considerarían inaceptables.
Donoso comprendió perfectamente este riesgo.
Cuando una doctrina se considera depositaria exclusiva del bien, toda discrepancia puede interpretarse como una forma de maldad.
Cuando una causa se identifica con el progreso inevitable de la historia, sus adversarios pueden ser tratados como enemigos de la humanidad.
Y cuando alguien se convence de que lucha por un objetivo perfecto, la tentación de utilizar cualquier medio aumenta enormemente.
Los acontecimientos del siglo XX proporcionarían numerosos ejemplos de esta lógica.
Una advertencia que atravesó los siglos
Algunos lectores contemporáneos consideraron exageradas las preocupaciones de Donoso.
Pensaban que las nuevas doctrinas revolucionarias conducirían a una sociedad más justa y más racional.
Pensaban que el progreso material resolvería gradualmente los conflictos humanos.
Pensaban que la política científica sustituiría a las viejas pasiones ideológicas.
La historia siguió otro camino.
Las ideologías no desaparecieron.
Se hicieron más poderosas.
Los conflictos no se extinguieron.
Se volvieron más destructivos.
Las promesas de redención terrenal no produjeron el fin de la historia.
Produjeron algunos de los enfrentamientos más sangrientos que la humanidad había conocido.
Esto no convierte automáticamente a Donoso en un profeta infalible.
Pero sí obliga a reconocer la profundidad de su análisis.
Comprendió que las ideas tienen consecuencias.
Comprendió que las utopías pueden transformarse en pesadillas.
Y comprendió que las doctrinas que prometen la perfección suelen representar un peligro precisamente porque ignoran las limitaciones permanentes de la condición humana.
Por ello su reflexión continúa conservando interés.
Porque las promesas cambian de nombre.
Los eslóganes se renuevan.
Las consignas evolucionan.
Pero la tentación de construir el paraíso mediante el poder político sigue acompañando a las sociedades modernas.
Y cada generación debe decidir si aprende o no las lecciones de la historia.
LA DICTADURA, EL ESTADO DE EXCEPCIÓN Y EL MAL MENOR

Pocas cuestiones han contribuido tanto a deformar la imagen de Juan Donoso Cortés como sus reflexiones sobre la dictadura.
Basta mencionar esta palabra para que muchos lectores contemporáneos reaccionen de forma automática.
La experiencia del siglo XX ha dejado una huella profunda.
Hitler.
Stalin.
Mao.
Pol Pot.
Las dictaduras militares iberoamericanas.
Los regímenes totalitarios europeos.
Todo ello hace comprensible que la palabra despierte recelos.
Sin embargo, para comprender correctamente a Donoso es necesario realizar un esfuerzo de contexto histórico.
Porque cuando hablaba de dictadura no estaba pensando en los regímenes totalitarios que aparecerían muchas décadas después.
Ni defendía un poder absoluto permanente.
Ni proponía la supresión indefinida de las libertades.
Su reflexión se situaba en un terreno muy distinto.
Intentaba responder a una pregunta que ha acompañado a las sociedades humanas desde la Antigüedad:
¿Qué debe hacerse cuando las instituciones ordinarias dejan de funcionar y el propio orden político corre peligro de desaparecer?
Una cuestión tan antigua como la política
La preocupación de Donoso no era nueva.
Ya había aparecido en Roma.
Los romanos distinguían cuidadosamente entre las magistraturas ordinarias y la dictadura extraordinaria.
Cuando la supervivencia de la República parecía amenazada por invasiones, rebeliones o situaciones excepcionales, se nombraba un dictador con poderes temporales.
No se trataba de abolir el orden jurídico.
Se trataba de preservarlo.
La finalidad era precisamente permitir el regreso a la normalidad.
La institución podía ser peligrosa.
Pero los romanos consideraban que determinadas circunstancias exigían soluciones extraordinarias.
Esta tradición permaneció viva durante siglos.
Y Donoso la conocía perfectamente.
El contexto europeo
Para comprender sus reflexiones debemos recordar la Europa en que vivió.
La primera mitad del siglo XIX estuvo marcada por una sucesión casi ininterrumpida de crisis.
Revoluciones.
Pronunciamientos.
Guerras civiles.
Insurrecciones.
Conspiraciones.
Caídas de gobiernos.
Cambios constitucionales.
España constituía un ejemplo particularmente claro.
La Guerra de la Independencia.
Las luchas entre liberales y absolutistas.
Las guerras carlistas.
Los pronunciamientos militares.
La inestabilidad permanente.
La situación distaba mucho de la imagen de normalidad institucional que muchos dan por supuesta al leer hoy sus escritos.
Donoso observaba sociedades que parecían deslizarse continuamente hacia el conflicto.
Y comenzó a preguntarse qué ocurre cuando las normas ordinarias dejan de ser suficientes.
El famoso discurso de 1849
La reflexión alcanzó su máxima expresión en el célebre Discurso sobre la dictadura, pronunciado el 4 de enero de 1849.
La revolución de 1848 había sacudido Europa.
Monarquías centenarias habían tambaleado.
Gobiernos enteros habían sido derribados.
Las calles de numerosas ciudades se habían llenado de barricadas.
Para muchos contemporáneos, aquellos acontecimientos demostraban que Europa avanzaba hacia una nueva era de libertad.
Donoso llegó a una conclusión muy distinta.
Creía que la revolución estaba adquiriendo una fuerza desconocida.
Y pensaba que los gobiernos se encontraban cada vez más incapacitados para responder eficazmente.
Su tesis central era sencilla.
Cuando una sociedad se encuentra amenazada por una crisis extrema, la alternativa no suele situarse entre libertad y autoridad.
La verdadera alternativa suele situarse entre distintas formas de autoridad.
La cuestión decisiva
Donoso formuló una observación profundamente incómoda.
Cuando el poder legítimo se muestra incapaz de actuar, otros poderes ocupan su lugar.
La autoridad no desaparece.
Simplemente cambia de manos.
Si el gobierno renuncia a ejercer determinadas funciones esenciales, surgirán grupos, facciones o movimientos dispuestos a asumirlas.
La naturaleza humana parece rechazar los vacíos prolongados de poder.
La historia ofrece numerosos ejemplos.
Cuando colapsan los Estados aparecen caudillos.
Cuando desaparece la seguridad surgen bandas armadas.
Cuando se hunden las instituciones proliferan poderes paralelos.
Cuando la ley deja de aplicarse, otras formas de autoridad ocupan su espacio.
Donoso consideraba que esta realidad debía afrontarse sin ilusiones.
El mal menor
Aquí aparece una idea fundamental.
La política no siempre permite elegir entre el bien absoluto y el mal absoluto.
Con frecuencia obliga a escoger entre males diferentes.
Esta observación resulta poco agradable.
Sin embargo, atraviesa toda la historia.
Los gobernantes se enfrentan a situaciones donde ninguna solución es perfecta.
Guerras.
Rebeliones.
Hambrunas.
Invasiones.
Desórdenes civiles.
Catástrofes.
En tales circunstancias, la cuestión deja de ser qué opción resulta ideal.
La cuestión pasa a ser cuál provoca menos daños.
Donoso interpretaba la dictadura excepcional precisamente desde esta perspectiva.
Como un mal menor destinado a evitar un mal mayor.
Como un recurso extraordinario frente a circunstancias extraordinarias.
No como un modelo permanente de organización política.
La crítica al legalismo ingenuo
Uno de los objetivos principales de Donoso era combatir lo que consideraba una ilusión peligrosa.
La creencia de que las leyes, por sí solas, bastan para resolver cualquier crisis.
Las leyes son indispensables.
Las constituciones son indispensables.
Los procedimientos son indispensables.
Pero todos ellos presuponen una situación de normalidad.
Cuando esa normalidad desaparece, los mecanismos ordinarios pueden resultar insuficientes.
Esta observación no implica desprecio hacia el derecho.
Al contrario.
Parte precisamente de la voluntad de preservar el orden jurídico.
Porque una sociedad destruida por una guerra civil o una revolución difícilmente podrá conservar sus libertades.
La cuestión consiste en determinar cómo protegerlas cuando el propio sistema corre peligro.
Libertad y supervivencia
Donoso comprendía que ninguna libertad puede ejercerse en medio del caos permanente.
La propiedad requiere seguridad.
La libertad de expresión requiere un mínimo de orden.
La actividad económica requiere estabilidad.
La justicia necesita instituciones funcionales.
Todo ello parece evidente.
Y sin embargo, a menudo se olvida.
Las libertades no flotan en el vacío.
Necesitan determinadas condiciones para existir.
Cuando esas condiciones desaparecen, las libertades corren peligro.
Por ello Donoso insistía en que el orden no constituye el enemigo de la libertad.
Constituye una de sus condiciones previas.
Naturalmente, un orden excesivamente rígido puede destruir la libertad.
Pero la ausencia completa de orden también puede destruirla.
La política consiste precisamente en encontrar un equilibrio razonable entre ambos extremos.
El problema permanente de la excepción
La reflexión de Donoso plantea una cuestión que sigue viva en nuestros días.
¿Qué debe hacerse cuando una comunidad se enfrenta a una amenaza extraordinaria?
Las respuestas varían según las circunstancias.
Pero el problema permanece.
Estados de alarma.
Estados de excepción.
Poderes extraordinarios durante guerras.
Medidas especiales frente a insurrecciones.
Limitaciones temporales de determinados derechos.
Todas las democracias modernas han debido enfrentarse a situaciones semejantes.
La dificultad consiste en impedir que lo excepcional se convierta en permanente.
Porque el peligro existe.
La historia demuestra que algunos gobernantes han utilizado emergencias reales o imaginarias para acumular poder indefinidamente.
Donoso era consciente de ese riesgo.
Pero consideraba igualmente peligroso ignorar las amenazas reales que pueden destruir una sociedad.
Una cuestión sin solución perfecta
Quizá la principal enseñanza de este debate sea precisamente esa.
No existe una fórmula perfecta.
No existe un mecanismo capaz de eliminar completamente los riesgos.
Toda sociedad debe encontrar un equilibrio entre libertad y seguridad.
Entre garantías jurídicas y eficacia.
Entre limitación del poder y capacidad de actuación.
Donoso no ofrecía una receta mágica.
Planteaba un problema.
Y lo planteaba con una sinceridad poco frecuente.
Obligaba a mirar de frente una realidad incómoda:
Las instituciones políticas no funcionan en un mundo ideal.
Funcionan en un mundo habitado por seres humanos.
Un mundo donde existen conflictos.
Donde existen amenazas.
Donde existen ambiciones.
Donde existen errores.
Y donde, en ocasiones, las decisiones menos malas siguen siendo profundamente imperfectas.
Más allá de las caricaturas
Con frecuencia se presenta a Donoso como un simple defensor de la autoridad.
Esa interpretación resulta insuficiente.
Su preocupación principal no era glorificar el poder.
Era comprender las condiciones que permiten la supervivencia de una comunidad política.
Creía que la libertad merece ser defendida.
Pero también creía que las sociedades pueden perderla tanto por exceso de poder como por ausencia de autoridad.
Entre ambos peligros se mueve toda la historia política.
Y precisamente por haber comprendido esa tensión permanente, sus reflexiones continúan siendo objeto de estudio.
No porque proporcionen respuestas definitivas.
Sino porque obligan a formular preguntas que siguen siendo esenciales.
Preguntas sobre el poder.
Sobre la libertad.
Sobre la responsabilidad.
Y sobre los límites que ninguna sociedad puede ignorar sin correr graves riesgos.
Porque, al final, la cuestión planteada por Donoso continúa abierta:
¿Qué debe hacer una comunidad cuando el orden que protege sus libertades comienza a desmoronarse?
La respuesta sigue siendo tan difícil hoy como lo era en 1849.
DONOSO CORTÉS Y LA DECADENCIA DE EUROPA

Existe una pregunta que recorre silenciosamente toda la obra de Juan Donoso Cortés.
¿Cómo mueren las civilizaciones?
La mayoría de las personas tiende a imaginar respuestas espectaculares.
Invasiones.
Guerras.
Catástrofes.
Hambrunas.
Derrotas militares.
Sin embargo, Donoso sospechaba que las causas profundas suelen ser mucho menos visibles.
Las civilizaciones rara vez comienzan a morir cuando sus enemigos atraviesan las fronteras.
Empiezan a morir cuando dejan de creer en sí mismas.
Cuando pierden confianza en los principios que las hicieron posibles.
Cuando dejan de transmitir a las nuevas generaciones las razones por las que merecen ser conservadas.
Cuando el cansancio moral precede al agotamiento material.
Esta convicción ocupa un lugar central en su pensamiento.
Y probablemente explica por qué muchos lectores actuales encuentran sus escritos sorprendentemente contemporáneos.
Roma no cayó en un día
Donoso conocía profundamente la historia.
Sabía que las grandes civilizaciones no desaparecen de manera instantánea.
El Imperio Romano constituye un ejemplo clásico.
Durante siglos fue la mayor potencia del mundo conocido.
Poseía ejércitos formidables.
Ciudades florecientes.
Infraestructuras admirables.
Riqueza.
Prestigio.
Poder.
Sin embargo, cuando finalmente sucumbió, los problemas venían acumulándose desde mucho tiempo atrás.
Las invasiones fueron importantes.
Pero no bastan para explicar el colapso.
Existían también problemas internos.
Pérdida de cohesión.
Corrupción.
Debilitamiento de las instituciones.
Crisis demográfica en determinadas regiones.
Luchas políticas permanentes.
Deterioro de la disciplina cívica.
Donoso veía en estos procesos una enseñanza permanente.
Las amenazas exteriores suelen aprovechar debilidades previas.
Rara vez las crean por sí solas.
La importancia de las creencias compartidas
Ninguna sociedad puede mantenerse unida únicamente mediante leyes.
Tampoco mediante policías.
Ni mediante ejércitos.
Ni mediante reglamentos.
Todo ello resulta necesario.
Pero insuficiente.
Las comunidades humanas necesitan algo más profundo.
Necesitan creencias compartidas.
Necesitan una idea común acerca de lo que consideran valioso.
Necesitan una cierta noción de justicia.
Necesitan principios capaces de generar lealtad y confianza mutua.
Cuando esos elementos desaparecen, la cohesión social comienza a deteriorarse.
Las personas dejan de sentirse parte de una empresa común.
Los intereses particulares ocupan progresivamente el lugar del interés general.
La confianza disminuye.
La fragmentación aumenta.
Y la sociedad pierde capacidad para afrontar los desafíos colectivos.
Donoso observaba precisamente este proceso en numerosos países europeos de su tiempo.
La pérdida de confianza en la propia civilización
Uno de los fenómenos que más llamaban su atención era la creciente tendencia de Europa a cuestionar los fundamentos que habían sostenido su desarrollo histórico.
Naturalmente, toda civilización debe examinar críticamente su pasado.
Toda tradición contiene errores.
Toda sociedad comete injusticias.
Toda historia humana posee luces y sombras.
Pero existe una diferencia importante entre la crítica razonable y el rechazo sistemático de la propia herencia cultural.
Cuando una civilización deja de reconocer cualquier mérito en su pasado, corre el riesgo de perder también la capacidad de orientarse hacia el futuro.
Porque nadie puede conservar aquello que considera indigno de ser conservado.
Ni defender aquello que considera irrelevante.
Ni transmitir aquello en lo que ya no cree.
Donoso percibía este peligro con notable claridad.
El avance del relativismo
Aunque el término todavía no había adquirido la difusión actual, Donoso identificó tempranamente algunas de sus consecuencias.
Si todas las creencias poseen exactamente el mismo valor.
Si todas las opiniones son igualmente válidas.
Si ninguna verdad merece una defensa especial.
Si toda convicción firme se considera sospechosa.
Entonces la vida pública acaba convirtiéndose en una simple confrontación de intereses.
La política deja de orientarse hacia bienes comunes reconocibles.
Se transforma en una lucha permanente entre grupos, facciones y ambiciones contrapuestas.
En semejante contexto resulta cada vez más difícil construir proyectos duraderos.
Porque los proyectos colectivos requieren acuerdos básicos.
Y esos acuerdos exigen la existencia de principios compartidos.
La burocracia como sustituto de la autoridad moral
Donoso observó otro fenómeno que adquiriría enormes dimensiones en los siglos posteriores.
Cuando disminuye la autoridad de las costumbres, de las tradiciones y de las convicciones morales, suele aumentar la intervención de las estructuras administrativas.
Lo que antes se resolvía mediante hábitos sociales comienza a regularse mediante normas.
Lo que antes dependía de la responsabilidad individual pasa a depender de procedimientos.
Lo que antes se apoyaba en la confianza exige controles cada vez más complejos.
La consecuencia resulta previsible.
Las administraciones crecen.
Los reglamentos se multiplican.
Las supervisiones aumentan.
Los formularios se reproducen.
Las competencias se expanden.
Y, sin embargo, los problemas fundamentales no siempre desaparecen.
Con frecuencia simplemente adoptan formas diferentes.
Donoso intuía que ninguna cantidad de reglamentos puede sustituir completamente las virtudes cívicas de una población.
La cuestión demográfica
Aunque no formuló el problema en los términos actuales, sus reflexiones permiten abordar una cuestión que preocupa crecientemente a numerosas naciones europeas.
Las sociedades necesitan continuidad generacional.
Necesitan transmitir conocimientos.
Necesitan educar a sus hijos.
Necesitan asegurar su propia perdurabilidad.
Cuando dejan de hacerlo, comienzan a surgir dificultades inevitables.
Disminuye la población activa.
Aumenta el envejecimiento.
Se debilitan determinadas formas de solidaridad familiar.
La estructura económica se resiente.
Y la confianza en el futuro tiende a deteriorarse.
Ninguna civilización puede mantenerse indefinidamente si pierde la voluntad de perpetuarse.
La observación parece elemental.
Sin embargo, sus consecuencias son enormes.
Porque una comunidad que deja de creer en su propio futuro difícilmente encontrará razones para realizar sacrificios en favor de las generaciones venideras.
La prosperidad no basta
Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que la riqueza garantiza automáticamente la estabilidad.
Donoso nunca compartió esa idea.
Sabía que las sociedades pueden alcanzar elevados niveles de prosperidad material y, al mismo tiempo, sufrir graves problemas morales o culturales.
La historia ofrece numerosos ejemplos.
Algunas civilizaciones alcanzaron su máximo desarrollo económico poco antes de iniciar procesos de decadencia.
La riqueza puede fortalecer una sociedad.
Pero también puede favorecer la complacencia.
Puede aumentar el bienestar.
Pero no necesariamente el sentido del deber.
Puede multiplicar las oportunidades.
Pero no garantiza el mantenimiento de las virtudes que hicieron posible esa prosperidad.
Por ello Donoso rechazaba cualquier interpretación puramente económica de la historia.
Las civilizaciones viven de algo más que de balances contables.
Europa ante el espejo
Si Donoso pudiera contemplar la Europa contemporánea, probablemente encontraría motivos tanto para la admiración como para la preocupación.
Vería avances científicos extraordinarios.
Vería niveles de bienestar desconocidos durante gran parte de la historia.
Vería instituciones relativamente estables.
Vería una notable capacidad tecnológica.
Pero también observaría fenómenos que le resultarían familiares.
La disminución de la confianza en las instituciones.
La creciente dificultad para definir objetivos comunes.
La expansión constante de estructuras administrativas.
La confusión acerca de los fundamentos culturales de la civilización europea.
La disminución de la natalidad en numerosos países.
La tendencia a sustituir tradiciones consolidadas por construcciones ideológicas cambiantes.
Y probablemente se preguntaría si Europa conserva todavía la energía moral necesaria para defender aquello que afirma valorar.
Una advertencia para nuestro tiempo
La principal enseñanza de Donoso no consiste en anunciar catástrofes inevitables.
Las sociedades humanas poseen una notable capacidad de recuperación.
La historia está llena de renacimientos inesperados.
De reformas exitosas.
De crisis superadas.
De periodos de revitalización.
Pero esa capacidad exige reconocer previamente los problemas.
Exige honestidad intelectual.
Exige voluntad de corregir errores.
Exige confianza en la posibilidad de mejorar.
Y exige conservar ciertos principios fundamentales sin los cuales ninguna comunidad puede mantenerse unida durante mucho tiempo.
Por eso la reflexión de Donoso continúa siendo relevante.
Porque nos recuerda que las civilizaciones no viven únicamente de la economía.
Ni únicamente de la tecnología.
Ni únicamente de las instituciones.
Viven también de las creencias, las costumbres, los principios y las lealtades que permiten a millones de personas reconocerse como miembros de una misma comunidad histórica.
Cuando esos elementos se debilitan, comienza un proceso de deterioro que ninguna prosperidad material puede compensar indefinidamente.
Y cuando desaparecen por completo, las consecuencias suelen manifestarse mucho después, cuando ya resulta mucho más difícil corregir el rumbo.
Esa fue una de las grandes advertencias de Donoso Cortés.
Y quizá también una de las más actuales.
LO QUE DONOSO CORTÉS HABRÍA DICHO SOBRE LA ESPAÑA ACTUAL

Toda aproximación histórica exige prudencia.
Los muertos no pueden responder preguntas.
Los pensadores del pasado no conocieron los problemas específicos de nuestro tiempo.
Y convertir a cualquier autor en un comentarista automático de la actualidad constituye siempre una simplificación.
Por ello conviene comenzar con una advertencia.
No sabemos qué habría opinado exactamente Juan Donoso Cortés sobre los acontecimientos concretos de la España del siglo XXI.
No conoció nuestra realidad.
No conoció nuestras instituciones.
No conoció nuestros conflictos actuales.
Sin embargo, sí conocemos las categorías intelectuales que utilizaba para interpretar la política.
Y precisamente por ello resulta posible preguntarse cómo habría analizado determinados fenómenos contemporáneos.
No para utilizarlo como una autoridad indiscutible.
Sino para emplear sus herramientas de análisis.
Y el resultado, probablemente, habría sido incómodo para buena parte de la clase política actual.
La política convertida en profesión permanente
Una de las primeras cuestiones que seguramente llamaría su atención sería la transformación de los partidos políticos.
Durante el siglo XIX, los partidos eran todavía organizaciones relativamente limitadas.
Hoy constituyen estructuras permanentes, extensas y profundamente integradas en el funcionamiento del Estado.
Donoso probablemente se preguntaría si los partidos siguen siendo instrumentos al servicio de la nación o si, en demasiadas ocasiones, la nación se ha convertido en instrumento al servicio de los partidos.
La pregunta puede resultar desagradable.
Pero difícilmente puede considerarse irrelevante.
Cuando una organización controla candidaturas, carreras políticas, recursos públicos, nombramientos y buena parte de la vida institucional, surge inevitablemente una cuestión.
¿Quién controla a los controladores?
Donoso desconfiaba profundamente de toda concentración excesiva de poder.
Y habría observado con preocupación cualquier sistema en el que los mecanismos de responsabilidad política resultaran insuficientes.
El predominio de las oligarquías partidistas
Aquí aparece una cuestión que habría encontrado particularmente interesante.
Toda organización compleja tiende a generar grupos dirigentes relativamente estables.
No se trata de una anomalía.
Es una constante histórica.
Sin embargo, el problema surge cuando esas minorías dejan de actuar como servidores temporales de una comunidad y comienzan a comportarse como propietarios de ella.
La tendencia fue descrita posteriormente por diversos autores, pero Donoso probablemente la habría reconocido de inmediato.
Las estructuras creadas para representar a los ciudadanos pueden terminar representándose principalmente a sí mismas.
Los procedimientos diseñados para limitar el poder pueden convertirse en instrumentos para consolidarlo.
Y las instituciones concebidas para garantizar la responsabilidad pueden terminar dificultándola.
La cuestión sigue siendo tan relevante hoy como en el siglo XIX.
La expansión continua del aparato administrativo
Otro fenómeno que seguramente habría llamado su atención es el crecimiento constante de las estructuras públicas.
Cada nueva dificultad parece justificar una nueva oficina.
Cada problema genera nuevos organismos.
Cada conflicto produce nuevas regulaciones.
Cada crisis amplía competencias previamente existentes.
El proceso resulta comprensible.
Pero también plantea interrogantes.
¿Existe algún límite?
¿Puede una administración crecer indefinidamente?
¿Puede una sociedad transferir cada vez más responsabilidades al Estado sin modificar profundamente su funcionamiento?
Donoso probablemente respondería con cautela.
Reconocería la necesidad de una administración eficaz.
Pero también advertiría sobre los riesgos de sustituir la iniciativa personal, familiar y social por mecanismos burocráticos cada vez más extensos.
Porque toda ampliación del poder administrativo tiene consecuencias.
Y esas consecuencias no siempre son visibles de inmediato.
La sustitución del debate por la propaganda
Este asunto habría ocupado sin duda una posición central en sus análisis.
Donoso vivió la expansión de la prensa política.
Nosotros vivimos la era de la comunicación instantánea.
Las tecnologías son distintas.
La lógica de fondo presenta similitudes sorprendentes.
Cada vez resulta más difícil distinguir entre información, publicidad, propaganda y entretenimiento.
Las emociones suelen desplazar a los argumentos.
Las consignas desplazan a los razonamientos.
Las etiquetas sustituyen al análisis.
Los adversarios son reducidos a caricaturas.
Las cuestiones complejas se simplifican hasta extremos absurdos.
Donoso habría contemplado este fenómeno con enorme preocupación.
Porque consideraba que una comunidad política sólo puede gobernarse razonablemente cuando conserva cierta capacidad para discutir los hechos de forma honesta.
Cuando desaparece esa capacidad, el debate degenera en enfrentamiento permanente.
Y la verdad se convierte en una víctima habitual.
La deuda y el gobierno del presente contra el futuro
Existe otra cuestión que probablemente habría considerado reveladora.
La tendencia de numerosos gobiernos modernos a financiar gastos presentes mediante recursos futuros.
La práctica no es nueva.
Pero ha alcanzado dimensiones extraordinarias.
El endeudamiento permite aplazar decisiones difíciles.
Permite prometer beneficios inmediatos.
Permite evitar sacrificios presentes.
Sin embargo, también traslada costes a quienes todavía no pueden defenderse políticamente: las generaciones futuras.
Donoso habría visto aquí un problema moral además de económico.
Porque toda comunidad digna de ese nombre tiene obligaciones hacia quienes la precedieron y hacia quienes vendrán después.
Gobernar exclusivamente para el presente constituye una forma particularmente peligrosa de irresponsabilidad.
La crisis de la enseñanza
Probablemente pocas cuestiones le preocuparían tanto como ésta.
Donoso estaba convencido de que las sociedades dependen de la transmisión de conocimientos, valores y costumbres entre generaciones.
Cuando ese proceso se debilita, aparecen problemas que ninguna ley puede resolver fácilmente.
La enseñanza no consiste únicamente en transmitir información.
Consiste también en formar el carácter.
En desarrollar hábitos intelectuales.
En enseñar disciplina.
En fomentar el amor por la verdad.
En transmitir el legado cultural recibido.
Una sociedad que renuncia a esta tarea acaba debilitando sus propios fundamentos.
Y las consecuencias suelen manifestarse décadas después.
La pérdida de prestigio institucional
Otra característica llamaría inmediatamente su atención.
La creciente desconfianza hacia numerosas instituciones.
Gobiernos.
Parlamentos.
Tribunales.
Partidos.
Medios de información.
Organizaciones diversas.
Naturalmente, las críticas pueden estar justificadas.
Las instituciones humanas son imperfectas.
Cometen errores.
Y deben rendir cuentas.
Pero cuando la desconfianza se vuelve generalizada aparece un problema más profundo.
Porque ninguna comunidad puede funcionar correctamente si desaparece completamente la confianza entre gobernantes y gobernados.
Donoso se preguntaría por las causas de este fenómeno.
Y probablemente concluiría que las instituciones pierden prestigio cuando dejan de comportarse de forma coherente con los principios que afirman defender.
La crisis demográfica como síntoma
Donoso quizá contemplaría el descenso de la natalidad no sólo como una cuestión estadística.
Lo interpretaría también como un indicador cultural.
Las sociedades que confían en el futuro suelen tener hijos.
Las sociedades que dudan profundamente de sí mismas suelen mostrar una actitud diferente.
Naturalmente, intervienen numerosos factores económicos y sociales.
Pero reducir el problema exclusivamente a esas variables sería insuficiente.
La voluntad de transmitir una herencia cultural, moral e histórica también desempeña un papel fundamental.
Una comunidad que deja de reproducirse está enviando un mensaje sobre sí misma.
Y ese mensaje merece ser analizado.
El ciudadano dependiente
Tal vez aquí encontraríamos una de las preocupaciones más profundas de Donoso.
La progresiva transformación del ciudadano en beneficiario permanente de decisiones adoptadas por otros.
Cuanto más crece la dependencia respecto del poder político, más se debilitan determinadas virtudes cívicas.
La iniciativa.
La responsabilidad.
La previsión.
La autonomía.
La capacidad de asociación libre.
La ayuda mutua espontánea.
Donoso no habría negado la necesidad de atender situaciones de verdadera necesidad.
Pero habría advertido sobre un peligro.
Cuando el Estado asume progresivamente funciones que antes desempeñaban individuos, familias, asociaciones y comunidades locales, termina modificando la estructura moral de la sociedad.
Y esos cambios suelen resultar mucho más profundos de lo que parece a primera vista.
La pregunta que Donoso nos obligaría a formular
Al final, probablemente no ofrecería respuestas simples.
Nunca fue un pensador simplista.
Lo que haría sería formular preguntas incómodas.
¿Conserva España principios comunes suficientemente sólidos?
¿Existe todavía una idea compartida del bien común?
¿Las instituciones sirven a los ciudadanos o los ciudadanos sirven a las instituciones?
¿Los partidos son instrumentos o fines en sí mismos?
¿La enseñanza forma personas libres o simples receptores de información fragmentaria?
¿La política busca resolver problemas o administrar relatos?
¿Las generaciones actuales están actuando responsablemente respecto de las futuras?
¿Existe todavía una voluntad de continuidad histórica?
Y quizá añadiría una última reflexión.
Las naciones no suelen desaparecer de manera repentina.
Se deterioran lentamente.
A través de miles de decisiones pequeñas.
De renuncias sucesivas.
De errores acumulados.
De problemas ignorados.
Y sólo cuando el deterioro resulta evidente para todos se comprende que el proceso había comenzado mucho tiempo atrás.
Precisamente por eso las advertencias de Donoso siguen conservando interés.
Porque nos recuerdan que la salud de una comunidad política depende menos de los discursos que de los principios, las costumbres, las instituciones y las virtudes que sostienen su vida cotidiana.
Y porque nos obligan a preguntarnos si todavía conservamos la voluntad necesaria para preservar aquello que hemos heredado.
DONOSO CORTÉS FRENTE A ORTEGA, HAYEK, SCHMITT, HOPPE Y GUSTAVO BUENO

Una de las mejores maneras de medir la importancia de un pensador consiste en comprobar si sus ideas continúan dialogando con autores posteriores.
Muchos escritores resultan inseparables de la época en que vivieron.
Sus obras envejecen junto con las circunstancias que las produjeron.
Otros, por el contrario, siguen planteando preguntas fundamentales mucho después de su muerte.
Juan Donoso Cortés pertenece claramente a esta segunda categoría.
Más de siglo y medio después de su fallecimiento, sus reflexiones continúan apareciendo, de una forma u otra, en debates sobre el Estado, la libertad, la autoridad, la democracia, las élites, la propaganda, la religión, la decadencia de las civilizaciones y los límites del poder político.
Por eso resulta especialmente interesante compararlo con algunos de los pensadores más influyentes de los siglos XX y XXI.
No porque todos compartan sus conclusiones.
Sino porque, en muchos casos, terminaron recorriendo caminos intelectuales que Donoso había explorado décadas antes.
Donoso y Ortega:
La rebelión de las masas antes de las masas
Cuando José Ortega y Gasset publicó La rebelión de las masas en 1930, Europa contemplaba un fenómeno relativamente nuevo.
La irrupción de las masas en la vida política.
La expansión del sufragio.
La política convertida en espectáculo de dimensiones nacionales.
La influencia creciente de la prensa.
La aparición de movimientos capaces de movilizar millones de personas.
Ortega observó con preocupación la aparición del «hombre masa».
Un individuo convencido de que no debe nada a la tradición.
Poco interesado por la excelencia.
Hostil a cualquier forma de autoridad intelectual.
Y persuadido de que sus opiniones poseen el mismo valor que el conocimiento especializado.
Donoso no conoció ese fenómeno en toda su magnitud.
Pero identificó algunas de sus raíces.
Ya había advertido que las ideologías modernas podían movilizar grandes grupos humanos mediante consignas simples y promesas grandiosas.
Ya había percibido la sustitución progresiva de la reflexión por la agitación emocional.
Ya había observado la tendencia a reducir problemas complejos a explicaciones simplificadoras.
Ortega describió el fenómeno cuando ya era visible.
Donoso contribuyó a identificar algunas de las condiciones que lo hicieron posible.
Donoso y Hayek:
el crecimiento incesante del Estado
Las coincidencias entre Donoso y Friedrich Hayek resultan sorprendentes.
A primera vista parecen autores muy distintos.
Uno es un pensador católico del siglo XIX.
El otro un economista liberal del siglo XX.
Sin embargo, ambos compartían una profunda desconfianza hacia la concentración excesiva del poder.
Hayek mostró cómo la planificación económica tiende a requerir un control creciente sobre la sociedad.
Cuanto más pretende dirigir el Estado la actividad humana, mayor cantidad de información necesita controlar.
Y mayor cantidad de decisiones debe imponer.
Donoso habría comprendido perfectamente esta lógica.
Porque había llegado a una conclusión semejante desde otro camino.
Toda ideología que aspire a reorganizar completamente la sociedad termina necesitando una enorme acumulación de poder.
Y toda acumulación excesiva de poder termina amenazando la libertad.
Hayek analizó el problema desde la economía.
Donoso desde la filosofía política y la teología.
Pero ambos identificaron peligros similares.
Donoso y Carl Schmitt:
el discípulo alemán
Entre todos los autores posteriores, probablemente ninguno reconoció con tanta claridad la importancia de Donoso como Carl Schmitt.
El gran jurista alemán consideraba a Donoso uno de los observadores más lúcidos de la política moderna.
Y las razones son fáciles de comprender.
Schmitt compartía con él una preocupación fundamental:
¿Qué ocurre cuando las instituciones ordinarias dejan de funcionar?
¿Qué sucede cuando una crisis amenaza la supervivencia misma del orden político?
¿Quién decide en última instancia?
Estas preguntas ocupan un lugar central en la obra de ambos autores.
Schmitt desarrolló la famosa idea de que soberano es quien decide sobre la excepción.
Donoso había planteado décadas antes problemas muy similares al reflexionar sobre las revoluciones y las situaciones extremas.
Los dos desconfiaban de la ilusión según la cual las normas jurídicas pueden prever todas las circunstancias posibles.
Los dos consideraban que existen situaciones límite donde alguien debe asumir la responsabilidad de decidir.
Naturalmente, existen diferencias importantes.
Pero la influencia intelectual resulta indiscutible.
Donoso y Hoppe:
la crítica de las ilusiones democráticas
Las comparaciones con Hans-Hermann Hoppe resultan especialmente interesantes.
Ambos comparten una notable capacidad para cuestionar creencias ampliamente aceptadas.
Hoppe sostiene que la democracia no elimina necesariamente los incentivos perversos asociados al ejercicio del poder.
Simplemente modifica su forma.
Los gobernantes democráticos, argumenta, pueden verse tentados a explotar recursos a corto plazo porque no son propietarios permanentes de aquello que administran.
Donoso no formuló esta teoría.
Pero sí compartía una profunda desconfianza hacia las visiones idealizadas de cualquier sistema político.
No creía que existieran mecanismos institucionales capaces de transformar mágicamente la naturaleza humana.
Las elecciones no eliminan la ambición.
Los parlamentos no eliminan el oportunismo.
Las constituciones no eliminan la búsqueda de intereses particulares.
La prudencia intelectual de Donoso coincide aquí con el escepticismo de Hoppe.
Ambos rechazan las explicaciones simplistas.
Ambos recuerdan que los problemas políticos comienzan siempre por el conocimiento realista del ser humano.
Donoso y Gustavo Bueno:
la crítica de las ilusiones ideológicas
Pocas comparaciones resultan tan sugerentes para un lector español contemporáneo como ésta.
A primera vista, Gustavo Bueno y Donoso parecen pertenecer a mundos incompatibles.
Uno es un filósofo católico.
El otro un materialista declarado.
Uno escribe en pleno siglo XIX.
El otro desarrolla su obra durante los siglos XX y XXI.
Sin embargo, existen sorprendentes puntos de contacto.
Ambos desconfiaban profundamente de las abstracciones vacías.
Ambos criticaban las construcciones ideológicas alejadas de la realidad.
Ambos rechazaban las utopías.
Ambos consideraban que la política debe partir del conocimiento efectivo de los hombres y de las sociedades realmente existentes.
Ambos mostraban una notable capacidad para detectar contradicciones ocultas bajo discursos aparentemente atractivos.
Y ambos compartían una cualidad cada vez más escasa:
La voluntad de pensar contra las modas intelectuales de su tiempo.
Donoso y la ley de hierro de las oligarquías
Existe además una cuestión que conecta indirectamente a Donoso con numerosos autores posteriores.
Toda organización compleja tiende a generar élites dirigentes.
La observación fue formulada con especial claridad por Robert Michels.
Sin embargo, Donoso habría reconocido inmediatamente el fenómeno.
Su experiencia política le había enseñado que las estructuras humanas rara vez funcionan exactamente como afirman funcionar.
Las declaraciones solemnes suelen diferir de las prácticas reales.
Los sistemas diseñados para distribuir el poder suelen generar nuevos centros de poder.
Las organizaciones creadas para representar intereses colectivos terminan desarrollando intereses propios.
La historia política ofrece innumerables ejemplos.
Y probablemente seguirá ofreciéndolos.
Lo que Donoso vio antes que muchos otros
Al comparar a Donoso con estos autores aparece un hecho llamativo.
Con frecuencia no desarrolló teorías tan sistemáticas como las de algunos de ellos.
No elaboró modelos económicos comparables a los de Hayek.
No construyó una teoría jurídica tan detallada como la de Schmitt.
No desarrolló una filosofía académica tan extensa como la de Bueno.
Sin embargo, identificó tempranamente muchos de los problemas que ellos estudiarían posteriormente.
La expansión del poder político.
La fragilidad de las instituciones.
La importancia de las creencias colectivas.
La movilización ideológica de las masas.
La tendencia de las organizaciones a concentrar poder.
Los límites del racionalismo político.
La sustitución de la religión por ideologías seculares.
La tentación permanente de las utopías.
En este sentido, Donoso fue menos un constructor de sistemas que un extraordinario diagnosticador de problemas.
Un interlocutor para el siglo XXI
Quizá ésta sea la conclusión más importante.
Donoso Cortés no pertenece únicamente al siglo XIX.
Tampoco puede reducirse a las polémicas de su época.
Muchas de las cuestiones que planteó continúan abiertas.
La relación entre libertad y autoridad.
Los límites del Estado.
La naturaleza de las ideologías.
La influencia de las creencias religiosas y morales.
La decadencia de las civilizaciones.
La responsabilidad de las élites.
La manipulación del lenguaje político.
La concentración del poder.
La fragilidad de las instituciones.
Todas estas cuestiones siguen formando parte del debate contemporáneo.
Y precisamente por eso merece ser rescatado.
No porque poseyera siempre razón.
Ningún pensador la posee.
Sino porque formuló algunas de las preguntas más profundas y más incómodas de la política moderna.
Preguntas que continúan desafiando a quienes intentan comprender el mundo en que vivimos.
Y preguntas que probablemente seguirán siendo relevantes mientras existan seres humanos, sociedades y poder político.
POR QUÉ NECESITAMOS RESCATAR A DONOSO CORTÉS
Llegados a este punto, conviene plantear una pregunta sencilla.
¿Por qué dedicar centenares de páginas a un pensador español fallecido en 1853?
¿Por qué volver sobre sus discursos, sus cartas y sus ensayos?
¿Por qué rescatar una figura prácticamente ausente de los programas educativos, de los debates públicos y de los medios de información?
La respuesta más simple sería decir que Donoso Cortés forma parte del patrimonio intelectual español.
Y sería verdad.
Pero también sería insuficiente.
Porque existen muchos autores que pertenecen legítimamente a nuestra historia cultural y, sin embargo, apenas conservan interés para los problemas actuales.
Donoso constituye un caso distinto.
Lo que hace valiosa su obra no es únicamente su importancia histórica.
Es su capacidad para ayudarnos a comprender cuestiones que siguen plenamente vigentes.
Y quizá más vigentes de lo que estaban cuando él escribía.
Un pensador incómodo para todas las tribus políticas
Una de las razones por las que Donoso resulta tan actual es precisamente que no encaja cómodamente en ninguna etiqueta contemporánea.
Los partidarios del Estado omnipresente encuentran incómodas sus advertencias sobre la concentración del poder.
Los partidarios del individualismo absoluto encuentran incómoda su insistencia en la importancia de la autoridad moral y de las tradiciones.
Los revolucionarios encuentran incómoda su crítica de las utopías.
Los conservadores superficiales encuentran incómodo su realismo.
Los tecnócratas encuentran incómoda su convicción de que los problemas políticos son, en gran medida, problemas morales.
Y los relativistas encuentran incómoda su búsqueda constante de la verdad.
Precisamente por ello merece ser leído.
Porque los autores verdaderamente importantes no suelen limitarse a confirmar los prejuicios de sus lectores.
Suelen obligarlos a pensar.
La política no puede explicarlo todo
Probablemente ésta sea una de las lecciones más importantes de Donoso.
La política tiene límites.
Puede mejorar ciertas condiciones de vida.
Puede proteger libertades.
Puede garantizar seguridad.
Puede favorecer la prosperidad.
Puede corregir injusticias concretas.
Pero no puede transformar completamente la naturaleza humana.
No puede eliminar todos los conflictos.
No puede erradicar el egoísmo.
No puede abolir la ambición.
No puede suprimir la envidia.
No puede crear una sociedad perfecta.
Gran parte de los errores políticos modernos nacen precisamente del olvido de estos límites.
Cuando se exige a la política lo que no puede proporcionar, se generan expectativas imposibles de satisfacer.
Y las frustraciones posteriores suelen ser proporcionales a las promesas iniciales.
El valor de la prudencia
Existe una virtud que aparece constantemente en la obra de Donoso aunque no siempre se mencione expresamente.
La prudencia.
No en el sentido de cobardía.
No en el sentido de inmovilismo.
Sino en el sentido clásico.
La capacidad para actuar teniendo en cuenta la realidad tal como es y no tal como nos gustaría que fuese.
La capacidad para reconocer las consecuencias imprevistas de nuestras decisiones.
La capacidad para distinguir entre lo deseable y lo posible.
La capacidad para reformar sin destruir.
Esta virtud parece especialmente necesaria en una época dominada por soluciones instantáneas, eslóganes simplificadores y promesas grandilocuentes.
Donoso nos recuerda que los problemas humanos suelen ser más complejos de lo que aparentan.
Y que las soluciones aparentemente perfectas suelen ocultar peligros inesperados.
La importancia de llamar a las cosas por su nombre
Otro aspecto especialmente valioso de su obra es la precisión conceptual.
Donoso desconfiaba profundamente de las palabras ambiguas.
Sabía que el deterioro del lenguaje suele preceder al deterioro del pensamiento.
Cuando las palabras dejan de describir la realidad con precisión, las personas empiezan a perder la capacidad de comprender lo que ocurre a su alrededor.
La historia ofrece numerosos ejemplos.
Las guerras se presentan como operaciones de paz.
La censura se presenta como protección.
La propaganda se presenta como información.
Los privilegios se presentan como derechos.
Las imposiciones se presentan como liberaciones.
Las dependencias se presentan como autonomías.
Nada de esto resulta nuevo.
Pero Donoso comprendió perfectamente la importancia política del lenguaje.
Y esa comprensión conserva hoy una enorme relevancia.
La necesidad de recuperar la realidad
Vivimos en una época caracterizada por una extraordinaria abundancia de información.
Y, paradójicamente, por una creciente dificultad para distinguir lo verdadero de lo falso.
Los discursos se multiplican.
Las versiones se multiplican.
Las interpretaciones se multiplican.
Pero la realidad sigue siendo una sola.
Donoso insistía en que ninguna construcción ideológica puede modificar indefinidamente los hechos.
La realidad puede ser ignorada.
Puede ser disfrazada.
Puede ser manipulada temporalmente.
Pero termina imponiéndose.
Los déficits acaban generando deuda.
Las malas decisiones generan consecuencias.
Los errores acumulados producen costes.
Las ilusiones chocan finalmente con los hechos.
Por eso su pensamiento constituye una invitación permanente a regresar a la realidad.
La libertad necesita algo más que leyes
Ésta es otra de sus enseñanzas fundamentales.
La libertad no depende únicamente de constituciones, tribunales y procedimientos.
Depende también de hábitos morales.
Depende de la responsabilidad personal.
Depende de la fortaleza de las familias.
Depende de la existencia de asociaciones libres.
Depende de la confianza mutua.
Depende de ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos.
Cuando estas condiciones desaparecen, las libertades se debilitan.
Y cuando se debilitan, aumenta la tentación de compensar esa pérdida mediante una expansión constante del poder político.
La historia demuestra que este proceso rara vez termina bien.
La gran pregunta de Donoso
Si hubiera que resumir toda su obra en una única cuestión, probablemente sería ésta:
¿Qué sostiene realmente a una sociedad?
No qué la hace rica.
No qué la hace poderosa.
No qué la hace tecnológicamente avanzada.
Sino qué la mantiene unida.
Qué permite que generaciones diferentes cooperen entre sí.
Qué hace posible la confianza.
Qué legitima la autoridad.
Qué limita el poder.
Qué convierte a una multitud de individuos en una comunidad política.
Donoso dedicó su vida intelectual a reflexionar sobre estas cuestiones.
Y sus respuestas pueden ser discutidas.
Pero las preguntas siguen siendo imprescindibles.
Rescatar a Donoso
Por todo ello, rescatar a Donoso Cortés no significa levantar una estatua más.
No significa añadir otro nombre a una lista de autores ilustres.
No significa convertirlo en una figura intocable.
Significa recuperar una tradición de pensamiento español que con demasiada frecuencia ha sido ignorada.
Significa recordar que España ha producido pensadores capaces de dialogar con los grandes intelectuales europeos de cualquier época.
Significa recuperar una mirada profunda sobre la política, la libertad, la autoridad y la naturaleza humana.
Y significa comprender que muchas de las discusiones actuales ya fueron planteadas, con extraordinaria lucidez, por un extremeño que contempló el nacimiento del mundo moderno y supo identificar algunos de sus peligros antes que casi nadie.
Epílogo
Donoso Cortés murió el 3 de mayo de 1853.
Tenía apenas cuarenta y tres años.
Vivió menos que muchos de los hombres cuya influencia resultó muy inferior a la suya.
No dejó una escuela política organizada.
No fundó un partido.
No encabezó un movimiento de masas.
No gobernó un gran Estado.
Sin embargo, sus ideas atravesaron generaciones.
Inspiraron a pensadores europeos.
Influyeron en juristas, filósofos y estadistas.
Y continúan siendo estudiadas más de siglo y medio después de su muerte.
Quizá porque comprendió una verdad elemental.
Las sociedades cambian.
Las tecnologías cambian.
Las instituciones cambian.
Pero ciertas cuestiones permanecen.
La libertad y el poder.
La verdad y la propaganda.
La responsabilidad y la dependencia.
La autoridad y el desorden.
La realidad y la ilusión.
Mientras existan seres humanos, esas tensiones seguirán formando parte de la vida política.
Y mientras sigan existiendo, la lectura de Donoso Cortés continuará ofreciendo motivos para la reflexión.
Por eso merece ser rescatado.
No para vivir en el pasado.
Sino para comprender mejor el presente y afrontar con mayor lucidez el futuro.

APÉNDICE I
DONOSO CORTÉS Y LA ESCUELA DE SALAMANCA
Cuando se estudia a Juan Donoso Cortés suele presentársele como una figura aislada, surgida casi de la nada en la España del siglo XIX.
Nada más lejos de la realidad.
Donoso forma parte de una tradición intelectual española mucho más antigua y profunda.
Una tradición que hunde sus raíces en la filosofía clásica, en el cristianismo y, de manera muy especial, en la Escuela de Salamanca.
Aunque entre los grandes maestros salmantinos y Donoso median casi tres siglos, existen numerosos puntos de contacto.
No se trata de una continuidad absoluta.
Tampoco de una identidad doctrinal.
Pero sí de una misma preocupación por comprender la naturaleza humana, los límites del poder político y los fundamentos morales del orden social.
El realismo frente a las utopías
La primera coincidencia importante es el realismo antropológico.
Los pensadores de Salamanca jamás construyeron sus teorías sobre un ser humano imaginario.
Partían del hombre real.
Del hombre capaz de actos heroicos y de actos miserables.
Del hombre dotado de razón, pero también sujeto a pasiones.
Del hombre libre, aunque imperfecto.
Esta visión aparece constantemente en autores como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano o Francisco Suárez.
Y reaparece, con otros matices, en Donoso.
Todos ellos desconfiaban de las construcciones teóricas que olvidan las limitaciones permanentes de la condición humana.
El poder tiene límites
La Escuela de Salamanca desarrolló una de las reflexiones más avanzadas de su tiempo acerca de los límites del poder.
Ni el rey era dueño absoluto de sus súbditos.
Ni el Estado podía hacer cualquier cosa.
Ni la autoridad política constituía una fuente ilimitada de legitimidad.
Estas ideas resultan extraordinariamente modernas.
Mucho antes del constitucionalismo contemporáneo, los salmantinos afirmaban que existen principios morales y jurídicos superiores a la voluntad de los gobernantes.
Donoso compartía plenamente esta preocupación.
Su crítica a la concentración excesiva de poder nace de la misma convicción.
Todo poder necesita límites.
Todo gobernante debe responder ante principios superiores a su propia voluntad.
La política no basta
Otra coincidencia esencial es la conciencia de los límites de la política.
Los autores salmantinos sabían que las leyes son importantes.
Pero también sabían que ninguna ley puede sustituir completamente a la virtud.
Ninguna norma puede reemplazar la responsabilidad individual.
Ningún gobierno puede crear por decreto todas las condiciones necesarias para una convivencia sana.
Donoso desarrollará esta misma idea en un contexto histórico diferente.
Las sociedades se sostienen sobre fundamentos morales previos a la política.
Cuando esos fundamentos desaparecen, las instituciones terminan debilitándose.
La libertad y la responsabilidad
La Escuela de Salamanca realizó aportaciones fundamentales al desarrollo de las ideas de libertad económica, propiedad privada y responsabilidad individual.
No porque defendiera una libertad sin límites.
Sino porque comprendía que la dignidad humana exige espacios de autonomía frente al poder.
Donoso coincide nuevamente con este planteamiento.
La libertad auténtica no consiste en la ausencia total de normas.
Consiste en la posibilidad de actuar responsablemente dentro de un orden moral y jurídico estable.
Una tradición española olvidada
La figura de Donoso permite recordar algo que con frecuencia se ignora.
España no ha sido únicamente tierra de conquistadores, soldados o gobernantes.
También ha producido algunas de las reflexiones más profundas de Europa acerca del poder, la libertad, el derecho y la justicia.
La Escuela de Salamanca constituye uno de los mayores ejemplos.
Donoso Cortés representa otra de sus prolongaciones más brillantes.
Rescatar a Donoso implica también rescatar esa tradición intelectual española que tantas veces ha sido ignorada o minusvalorada por los propios españoles.

APÉNDICE II
DONOSO Y LA CRÍTICA CONTEMPORÁNEA DE LA DEMOCRACIA
Uno de los errores más frecuentes consiste en creer que las críticas actuales a la democracia nacieron durante el siglo XXI.
En realidad, muchas de las cuestiones debatidas hoy ya estaban presentes en la obra de Donoso Cortés.
Naturalmente, Donoso no conoció los sistemas democráticos actuales.
Pero sí observó algunos problemas que más tarde adquirirían una importancia creciente.
El gobierno de las apariencias
Donoso sospechaba que las instituciones representativas podían degenerar en sistemas donde las apariencias sustituyeran a la realidad.
Los discursos podían ocultar problemas.
Las palabras podían sustituir a los hechos.
Las promesas podían desplazar a los resultados.
La observación conserva una sorprendente actualidad.
Buena parte de la política moderna gira alrededor de la imagen, la comunicación y la gestión de percepciones.
La realidad sigue existiendo.
Pero con frecuencia queda oculta bajo capas de propaganda, publicidad institucional y enfrentamientos mediáticos.
La oligarquización de los partidos
Décadas después, Robert Michels formularía la célebre «ley de hierro de las oligarquías».
Toda organización compleja termina siendo controlada por una minoría dirigente.
Donoso no elaboró esta teoría.
Pero observó fenómenos muy similares.
Comprendió que las organizaciones políticas tienden a desarrollar intereses propios.
Y comprendió que quienes controlan las estructuras partidistas acumulan un poder considerable.
La cuestión sigue abierta.
¿Quién controla a quienes controlan los partidos?
El ciudadano convertido en espectador
Otro fenómeno que Donoso habría reconocido inmediatamente es la transformación del ciudadano en espectador pasivo.
Formalmente participa.
Formalmente vota.
Formalmente elige representantes.
Pero las decisiones fundamentales suelen adoptarse lejos de su influencia directa.
Esta distancia entre gobernantes y gobernados constituye una de las principales fuentes de desconfianza contemporánea.
La democracia sin ciudadanos
Ningún sistema político puede funcionar correctamente si desaparecen ciertas virtudes cívicas.
Responsabilidad.
Honestidad.
Respeto por la verdad.
Capacidad de sacrificio.
Sentido del deber.
Donoso insistía en que las instituciones dependen finalmente de las personas que las integran.
Una democracia habitada por ciudadanos irresponsables no puede producir resultados muy diferentes de otras formas de gobierno igualmente deterioradas.
Por eso su reflexión sigue siendo relevante.
Porque recuerda que la calidad de una comunidad política depende menos de las etiquetas institucionales que de la calidad moral de quienes la componen.

APÉNDICE III
DONOSO FRENTE A MARX:
DOS CONCEPCIONES INCOMPATIBLES DE LA HISTORIA
Pocas comparaciones resultan tan reveladoras como la que puede establecerse entre Juan Donoso Cortés y Karl Marx.
Ambos fueron contemporáneos.
Ambos contemplaron las transformaciones provocadas por la industrialización.
Ambos reflexionaron sobre el futuro de Europa.
Y ambos llegaron a conclusiones radicalmente diferentes.
El problema fundamental
Para Marx, la clave de la historia reside principalmente en los conflictos económicos.
Las relaciones de producción determinan las estructuras sociales.
Las clases luchan por el control de los recursos.
Y la historia avanza mediante esos enfrentamientos.
Para Donoso, la cuestión fundamental es distinta.
Los conflictos económicos existen.
Pero son consecuencia de cuestiones más profundas.
Las ideas.
Las creencias.
Las concepciones morales.
La visión del hombre.
La relación con la verdad.
La relación con el poder.
Donde Marx veía principalmente economía, Donoso veía principalmente antropología, filosofía y religión.
La naturaleza humana
Marx tendía a considerar que las condiciones sociales moldean decisivamente el comportamiento humano.
Transformando la estructura económica sería posible transformar profundamente la sociedad.
Donoso desconfiaba de esta expectativa.
Consideraba que ciertas características fundamentales de la condición humana permanecen relativamente constantes.
La ambición.
La generosidad.
La envidia.
La compasión.
La búsqueda de prestigio.
La capacidad de sacrificio.
La tendencia al abuso.
Ningún sistema político puede abolir completamente estas realidades.
El paraíso futuro
Marx esperaba una sociedad futura sin clases y sin explotación.
Donoso contemplaba estas promesas con enorme escepticismo.
Pensaba que los proyectos destinados a construir una sociedad perfecta terminan produciendo precisamente lo contrario.
Porque requieren concentraciones crecientes de poder.
Y porque ignoran las limitaciones permanentes de la condición humana.
La historia del siglo XX proporciona abundante material para evaluar ambas posiciones.
Y explica por qué muchos lectores contemporáneos vuelven hoy la mirada hacia Donoso Cortés.

APÉNDICE IV
DONOSO CORTÉS Y EXTREMADURA:
UN PATRIMONIO INTELECTUAL OLVIDADO
Resulta llamativo que una tierra que ha dado a España y al mundo algunas de las figuras más extraordinarias de su historia parezca mostrar, con demasiada frecuencia, una escasa conciencia de la magnitud de ese legado.
Extremadura fue cuna de conquistadores, exploradores, juristas, teólogos, escritores, militares, misioneros y pensadores que contribuyeron decisivamente a la construcción del mundo moderno.
Sin embargo, buena parte de ese patrimonio histórico e intelectual permanece insuficientemente conocido.
Juan Donoso Cortés constituye uno de los ejemplos más significativos.
Mientras su nombre figura en numerosos estudios europeos sobre filosofía política, en su propia tierra sigue siendo una figura relativamente desconocida para amplios sectores de la población.
La paradoja resulta difícil de ignorar.
Una tierra de frontera
Para comprender a Donoso conviene comprender también la tierra que lo vio nacer.
Extremadura ha sido históricamente una región de frontera.
Durante siglos constituyó una zona de contacto entre diferentes mundos.
Romanos.
Visigodos.
Musulmanes.
Reinos cristianos.
Portugal.
Castilla.
Todos dejaron huellas profundas.
La frontera no es únicamente una realidad geográfica.
Es también una realidad cultural.
Quien vive en ella suele desarrollar una percepción especialmente aguda de los conflictos, de las diferencias y de la necesidad de preservar aquello que considera valioso.
No parece exagerado pensar que este contexto contribuyó a moldear algunos rasgos del carácter de Donoso.
La Serena y el nacimiento de una vocación intelectual
Donoso nació en el entorno de La Serena, una de las comarcas históricas más características de Extremadura.
Aquellos paisajes abiertos, aquellas grandes extensiones agrícolas y ganaderas, aquellas poblaciones dispersas y aquella vida todavía profundamente vinculada a tradiciones seculares formaban parte de una realidad muy distinta de la Europa industrial que comenzaba a emerger.
El contraste debió de resultar notable.
Por un lado, una sociedad todavía anclada en estructuras tradicionales.
Por otro, un continente que avanzaba hacia transformaciones económicas, políticas y culturales cada vez más aceleradas.
Donoso viviría precisamente entre esos dos mundos.
Y buena parte de su obra puede interpretarse como una reflexión sobre las consecuencias de esa transición.
Extremadura y la producción de élites
Existe además una cuestión poco estudiada.
A pesar de sus limitaciones económicas históricas, Extremadura produjo durante siglos una cantidad extraordinaria de figuras relevantes.
Basta recordar algunos nombres.
Hernán Cortés.
Francisco Pizarro.
Pedro de Valdivia.
Francisco de Orellana.
Pedro de Alcántara.
Benito Arias Montano.
Y, por supuesto, Donoso Cortés.
No se trata de idealizar el pasado.
Ni de convertir la historia regional en una colección de leyendas.
Se trata simplemente de reconocer un hecho.
Extremadura produjo durante siglos individuos capaces de actuar e influir mucho más allá de sus fronteras.
La pregunta interesante es por qué.
El olvido contemporáneo
Quizá uno de los aspectos más preocupantes sea precisamente el progresivo desconocimiento de estas figuras.
Numerosos estudiantes extremeños terminan su formación sin haber leído una sola página de Donoso.
Sin conocer apenas su importancia.
Sin comprender la influencia que ejerció en la filosofía política europea.
La situación resulta paradójica.
En ocasiones se dedican enormes recursos a promocionar figuras secundarias mientras se ignora a algunos de los pensadores más importantes nacidos en la región.
El problema no afecta únicamente a Donoso.
Forma parte de una tendencia más amplia.
La pérdida de memoria histórica real en beneficio de relatos simplificados, fragmentarios o abiertamente ideológicos.
Recuperar una tradición
Rescatar a Donoso no constituye únicamente un acto de justicia hacia su figura.
También permite recuperar una parte importante de la tradición intelectual extremeña.
Una tradición que incluye pensamiento político, filosofía, teología, derecho, literatura e historia.
Una tradición que demuestra que Extremadura no ha sido únicamente una región exportadora de mano de obra o una periferia económica.
Ha sido también una tierra capaz de producir ideas.
Y las ideas, cuando son verdaderamente importantes, suelen tener una vida mucho más larga que las coyunturas económicas o políticas.
Una tarea pendiente
Quizá haya llegado el momento de abordar seriamente esta cuestión.
No mediante homenajes vacíos.
No mediante actos protocolarios.
No mediante discursos de circunstancias.
Sino mediante algo mucho más útil.
Lecturas.
Investigación.
Ediciones críticas.
Congresos académicos.
Divulgación rigurosa.
Presencia en los planes de estudio.
Recuperación de textos olvidados.
Porque una comunidad que desconoce a sus mejores pensadores se empobrece intelectualmente.
Y porque resulta difícil construir el futuro cuando se ignora una parte importante de la propia herencia cultural.
Donoso Cortés merece ser estudiado por lo que fue.
Uno de los mayores pensadores políticos españoles del siglo XIX.
Y Extremadura debería sentirse legítimamente orgullosa de haber dado al mundo una figura de semejante talla intelectual.

APÉNDICE V
BIBLIOGRAFÍA COMENTADA PARA INICIARSE EN LA LECTURA DE DONOSO CORTÉS
Toda recuperación intelectual seria debe comenzar por las fuentes.
Durante demasiado tiempo, Donoso Cortés ha sido citado más de lo que ha sido leído.
Muchos conocen algunas frases aisladas.
Algunos repiten tópicos sobre su supuesto autoritarismo.
Otros lo convierten en una especie de profeta político.
Pero relativamente pocos han acudido directamente a sus obras.
Por ello conviene finalizar este ensayo con una orientación bibliográfica básica.
I. OBRAS DE DONOSO CORTÉS
Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)
Es, probablemente, su obra más conocida.
Y también la más influyente.
Aquí aparece buena parte de su pensamiento maduro.
Analiza las relaciones entre religión, política, revolución, liberalismo y socialismo.
Su lectura exige atención.
No es un texto ligero.
Pero constituye una puerta de entrada indispensable.
Discursos parlamentarios
Muchos especialistas consideran que el verdadero Donoso aparece con especial claridad en sus discursos.
Su capacidad retórica era extraordinaria.
La lectura de estas intervenciones permite apreciar la fuerza intelectual que impresionó a tantos contemporáneos.
Especialmente importante resulta el:
Discurso sobre la dictadura (1849)
Probablemente el texto político más célebre de toda su producción.
Cartas y correspondencia
A menudo se pasa por alto este material.
Sin embargo, permite comprender la evolución de sus ideas y observar aspectos menos conocidos de su personalidad.
Las cartas muestran a un Donoso más matizado que algunas interpretaciones simplificadoras posteriores.
II. ESTUDIOS SOBRE DONOSO
Carl Schmitt
Ningún autor contribuyó tanto a la recuperación europea de Donoso como Schmitt.
Su estudio:
Interpretación europea de Donoso Cortés
sigue siendo una referencia obligada.
Aunque el lector no comparta todas las conclusiones de Schmitt, encontrará observaciones extremadamente valiosas.
Edmund Schramm
Sus investigaciones ayudaron a contextualizar históricamente la figura de Donoso y a situarla dentro de los debates europeos del siglo XIX.
Federico Suárez Verdeguer
Uno de los grandes especialistas españoles en la figura de Donoso.
Sus trabajos siguen siendo de consulta obligada.
Luis Díez del Corral
Sus estudios sobre el pensamiento político español permiten comprender mejor el lugar ocupado por Donoso dentro de la tradición intelectual europea.
III. AUTORES NECESARIOS PARA COMPRENDER SU CONTEXTO
Alexis de Tocqueville
Comparar a Tocqueville y Donoso resulta enormemente enriquecedor.
Ambos observaron transformaciones similares.
Ambos reflexionaron sobre democracia, libertad e igualdad.
Pero llegaron a conclusiones diferentes.
Joseph de Maistre
Influyó notablemente en el pensamiento contrarrevolucionario europeo.
Su lectura ayuda a comprender parte del contexto intelectual de Donoso.
Louis de Bonald
Otra figura esencial del pensamiento tradicionalista europeo.
François Guizot
Representa una corriente liberal doctrinaria con la que Donoso dialogó y de la que posteriormente se distanció.
IV. PARA CONTINUAR EL DEBATE EN EL SIGLO XX Y XXI
Ortega y Gasset
Especialmente:
La rebelión de las masas
Permite establecer interesantes paralelismos con algunas preocupaciones de Donoso.
Friedrich Hayek
Particularmente:
Camino de servidumbre
Una lectura muy útil para comprender los riesgos asociados a la concentración del poder político.
Gustavo Bueno
Su crítica de las construcciones ideológicas constituye un excelente complemento para el lector contemporáneo.
Hans-Hermann Hoppe
Especialmente relevante para quienes deseen profundizar en la crítica de determinadas formas de organización política modernas.
V. UNA REFLEXIÓN FINAL
Toda gran obra intelectual plantea más preguntas de las que responde.
Donoso Cortés no constituye una excepción.
Quien se acerque a sus textos encontrará afirmaciones discutibles.
Encontrará exageraciones.
Encontrará intuiciones brillantes.
Encontrará errores.
Encontrará aciertos sorprendentes.
Pero encontrará algo mucho más importante.
Un pensador que se tomó en serio los problemas fundamentales de la política.
Un hombre que intentó comprender las fuerzas profundas que mueven la historia.
Y una inteligencia excepcional cuya lectura continúa siendo capaz de desafiar muchas de las certezas de nuestro tiempo.
Por eso merece ser leído directamente.
No a través de caricaturas.
No mediante citas aisladas.
No mediante interpretaciones interesadas.
Sino en sus propios textos.
Porque sólo así puede apreciarse plenamente la magnitud intelectual de uno de los pensadores españoles más importantes de los últimos dos siglos.