Petróleo, EEUU, China y la guerra detrás de las guerras

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas

Cuando observamos los acontecimientos internacionales a través de los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas, solemos contemplarlos como si fueran episodios independientes.

La guerra de Ucrania parece una cosa.

La crisis de Taiwán parece otra.

Las tensiones con Irán parecen otra distinta.

Las disputas comerciales entre Estados Unidos y China parecen pertenecer a un ámbito completamente diferente.

Y los problemas energéticos parecen formar parte de otro capítulo separado.

Sin embargo, existe una pregunta que merece ser formulada:

¿Y si todos estos acontecimientos formaran parte de un mismo conjunto y estuvieran interconectados?

Ésa es la hipótesis central de este artículo.

No se trata de una teoría conspirativa.

No se trata de afirmar que exista una mente maestra dirigiendo todos los acontecimientos desde algún despacho oculto.

Se trata de algo mucho más sencillo.

Las grandes potencias piensan en décadas.

Piensan en recursos.

Piensan en corredores comerciales.

Piensan en energía.

Piensan en mercados.

Piensan en tecnología.

Y cuando se observa el mapa mundial desde esa perspectiva, muchas piezas aparentemente inconexas empiezan a encajar.

Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, Estados Unidos ha disfrutado de una posición extraordinariamente favorable.

Era la principal potencia militar.

Controlaba las principales instituciones financieras internacionales.

Su moneda actuaba como referencia mundial.

Protegía las rutas marítimas esenciales.

Y poseía una capacidad de influencia sin precedentes.

Sin embargo, esa situación ha comenzado a cambiar.

No porque Estados Unidos haya dejado de ser poderoso.

Sigue siendo una potencia formidable.

Lo que ha cambiado es la aparición de un competidor con dimensiones comparables.

China.

Por primera vez desde la desaparición de la Unión Soviética, Washington contempla el ascenso de una potencia capaz de desafiar su predominio económico, tecnológico e industrial.

Y eso modifica todas las prioridades estratégicas.

China necesita energía.

Necesita petróleo.

Necesita gas.

Necesita minerales estratégicos.

Necesita rutas marítimas seguras.

Necesita corredores terrestres que conecten Asia con Europa.

Necesita acceso estable a mercados y materias primas.

Y precisamente ahí aparecen una y otra vez algunos de los escenarios más conflictivos del planeta.

Ucrania.

Rusia.

Irán.

Taiwán.

El estrecho de Ormuz.

El mar Rojo.

Asia Central.

Venezuela.

África oriental.

Demasiadas coincidencias para ser ignoradas.

La cuestión central del ensayo consiste precisamente en preguntarse si los conflictos visibles ocultan una disputa mucho más profunda.

Una disputa por el control de las condiciones que permitirán ejercer influencia económica y política durante el siglo XXI.

Para comprender esta situación, resulta útil recurrir a tres autores que, aunque pertenecen a épocas y contextos muy diferentes, ofrecen herramientas extraordinariamente valiosas.

El primero es Sun Tzu.

Hace más de dos mil años escribió una frase que continúa siendo sorprendentemente actual:

La mejor victoria consiste en vencer sin combatir.

Sun Tzu comprendió algo fundamental.

Las grandes potencias no siempre necesitan destruir a sus adversarios.

A menudo les basta con limitar sus opciones.

Condicionar sus decisiones.

Controlar sus suministros.

Aumentar sus costes.

Reducir su libertad de actuación.

Vista desde esta perspectiva, la competencia entre Estados Unidos y China no tiene por qué adoptar necesariamente la forma de una guerra abierta.

Puede manifestarse mediante sanciones.

Mediante corredores energéticos.

Mediante tecnología.

Mediante infraestructuras.

Mediante control financiero.

Mediante influencia comercial.

Y precisamente ahí es donde adquieren importancia lugares aparentemente alejados entre sí.

El segundo autor es Halford Mackinder.

Este geógrafo británico comprendió a comienzos del siglo XX que la geografía sigue condicionando la política internacional mucho más de lo que los políticos suelen reconocer.

Su idea fundamental era sencilla.

Quien controle Eurasia dispondrá de una ventaja estratégica extraordinaria.

Más de un siglo después, la actualidad parece darle parcialmente la razón.

Ucrania no es solamente Ucrania.

Irán no es solamente Irán.

Taiwán no es solamente Taiwán.

Todos ellos ocupan posiciones estratégicas dentro de corredores comerciales, energéticos o tecnológicos de enorme importancia.

La geografía sigue gobernando silenciosamente buena parte de la política mundial.

Y ningún discurso puede modificar esa realidad.

El tercer autor es Samuel Huntington.

Su teoría del conflicto de civilizaciones continúa siendo controvertida, pero contiene una observación difícil de refutar.

Las identidades culturales y religiosas siguen desempeñando un papel importante.

Oriente Medio no puede explicarse únicamente mediante balances energéticos.

La memoria histórica importa.

Las creencias religiosas importan.

Las identidades colectivas importan.

Israel no es únicamente un Estado.

También es una experiencia histórica.

Irán no es únicamente un productor de petróleo.

También es una civilización milenaria.

Y millones de personas continúan interpretando la realidad a través de esas referencias culturales.

Sin embargo, Huntington tampoco basta por sí solo.

Porque las civilizaciones no explican completamente las alianzas actuales.

Las naciones comercian con antiguos enemigos.

Los intereses económicos modifican comportamientos.

Las prioridades estratégicas cambian.

Por ello resulta necesario combinar las tres perspectivas.

Sun Tzu ayuda a comprender las estrategias indirectas.

Mackinder ayuda a comprender la importancia de la geografía.

Huntington ayuda a comprender la persistencia de las identidades colectivas.

Y sólo observando simultáneamente las tres dimensiones comienza a aparecer una imagen más completa.

En ese contexto adquieren especial interés las reflexiones aportadas por un amigo israelí —inmerso plenamente en el conflicto de su país con Irán— que inspira buena parte de este ensayo.

Su planteamiento resulta provocador.

Según su interpretación, el verdadero problema nunca fue Irán.

La cuestión nuclear sería importante, pero no decisiva.

Lo verdaderamente importante sería el control de la energía, de los corredores comerciales y de los recursos estratégicos.

Desde esta perspectiva, la guerra de Ucrania habría debilitado a Rusia.

La presión sobre Irán afectaría a uno de los principales proveedores energéticos potenciales de China.

Venezuela recuperaría importancia por sus gigantescas reservas petroleras.

Las monarquías del Golfo reforzarían su influencia.

Y China aparecería como el destinatario final de buena parte de estos movimientos estratégicos.

Naturalmente, esta interpretación no puede darse por demostrada y definitiva.

Pero tampoco puede ser descartada.

Porque encaja con numerosos acontecimientos recientes.

Y porque ayuda a explicar por qué escenarios aparentemente desconectados terminan apareciendo constantemente relacionados.

El ensayo también analiza el papel de Israel dentro de este contexto.

Durante décadas, Israel fue percibido principalmente como un país amenazado por su entorno.

Sin embargo, la situación actual es más compleja.

Israel ha demostrado una notable capacidad militar y tecnológica.

Su industria de defensa exporta a numerosos países.

Sus descubrimientos energéticos en el Mediterráneo oriental han incrementado su relevancia económica.

Y algunos de sus principales adversarios regionales han sufrido importantes retrocesos.

Por ello, determinados sectores israelíes contemplan el panorama actual con una confianza mucho mayor de la que suele percibirse desde Europa.

Todo ello conduce a una conclusión fundamental.

Quizá la pregunta más importante no sea quién ganó o perdió una determinada batalla.

Quizá ni siquiera sea quién ganó o perdió una determinada guerra.

La cuestión verdaderamente importante consiste en comprender qué clase de mundo está naciendo.

Porque estamos asistiendo a una transición histórica.

El mundo surgido tras la Guerra Fría está desapareciendo.

Nuevas potencias emergen.

Los centros de poder se desplazan.

Las cadenas de suministro se convierten en armas estratégicas.

La tecnología adquiere una importancia decisiva.

La energía sigue condicionando la política internacional.

Y la geografía continúa imponiendo límites que ningún discurso puede eliminar.

Por eso la conclusión final del ensayo permanece deliberadamente abierta.

No sabemos si la hipótesis central es completamente correcta.

No sabemos hasta qué punto los acontecimientos actuales responden a una lógica unitaria.

Pero sí sabemos algo.

Cuando se observan conjuntamente Ucrania, Rusia, Irán, China, Taiwán, Venezuela, el estrecho de Ormuz y las rutas energéticas mundiales, resulta cada vez más difícil creer que estamos contemplando acontecimientos completamente independientes.

Quizá la verdadera guerra del siglo XXI no consista en conquistar territorios.

Quizá consista en controlar la energía, las infraestructuras, las materias primas, las rutas comerciales y las tecnologías que permiten ejercer influencia sobre el resto del mundo.

Si eso fuera cierto, entonces Irán nunca habría sido realmente el objetivo principal.

Habría sido simplemente una pieza más de una partida mucho más grande.

Una partida cuyo desenlace todavía está lejos de conocerse.

PARA SABER MÁS Y PROFUNDIZAR, SIGUE LEYENDO.

IRÁN NO ERA EL OBJETIVO

¿Qué ocurriría si la mayor parte de lo que creemos saber acerca de las guerras de nuestro tiempo fuera cierto… pero incompleto?

¿Qué ocurriría si Ucrania no fuera solamente Ucrania?

¿Qué ocurriría si Irán no fuera solamente Irán?

¿Qué ocurriría si Taiwán no fuera solamente Taiwán?

¿Qué ocurriría si el estrecho de Ormuz, el mar Rojo, Venezuela, el Cáucaso, el Donbás, Gaza y el mar de China Meridional formaran parte de una misma historia?

La historia oficial suele presentarnos los conflictos de forma separada.

Una guerra aquí.

Una crisis allá.

Un conflicto religioso en Oriente Medio.

Una disputa territorial en Europa oriental.

Una tensión comercial entre Washington y Pekín.

Un problema energético.

Otro tecnológico.

Otro militar.

Todo aparece fragmentado.

Troceado.

Compartimentado.

Pero la geopolítica rara vez funciona así.

Las grandes potencias no piensan en semanas.

Piensan en décadas.

No piensan en una sola región.

Piensan en continentes enteros.

Y no suelen combatir únicamente por los motivos que proclaman ante las cámaras.

La historia demuestra que las guerras visibles suelen ocultar objetivos menos visibles.

A veces se combate por una frontera.

Pero detrás de la frontera aparece una ruta comercial.

Detrás de la ruta comercial aparece una fuente de energía.

Detrás de la energía aparece una industria.

Y detrás de la industria aparece el poder.

Por eso quizá la pregunta más importante del siglo XXI no sea quién gobierna en Teherán.

Ni siquiera quién gobierna en Moscú.

La pregunta decisiva podría ser otra.

¿Quién controlará los recursos, las rutas comerciales, las tecnologías y los corredores energéticos que sostendrán la economía mundial durante las próximas décadas?

Porque si observamos los acontecimientos recientes desde esa perspectiva, empiezan a aparecer conexiones sorprendentes.

China necesita petróleo.

China necesita gas.

China necesita minerales estratégicos.

China necesita exportar.

China necesita importar.

China necesita corredores terrestres.

China necesita corredores marítimos.

China necesita estabilidad.

Y precisamente allí donde aparecen esas necesidades aparecen también las grandes tensiones geopolíticas contemporáneas.

Ucrania.

Rusia.

Irán.

Taiwán.

El estrecho de Ormuz.

El mar Rojo.

Venezuela.

África oriental.

Asia Central.

Demasiadas coincidencias para ser simples coincidencias.

Naturalmente, esto no significa que todo responda a un plan secreto elaborado en algún despacho oculto.

La historia real suele ser mucho más compleja que las teorías conspirativas.

Pero también suele ser bastante más compleja que las explicaciones simplificadas que consumimos diariamente.

Y aquí es donde conviene recuperar a tres autores aparentemente muy distintos.

Un estratega chino.

Un geógrafo británico.

Y un politólogo estadounidense.

Sun Tzu.

Halford Mackinder.

Y Samuel Huntington.

Los tres contemplaron el mundo desde perspectivas diferentes.

Y, sin embargo, los tres pueden ayudarnos a comprender por qué Ucrania, Irán, Rusia, China, Israel y el petróleo aparecen una y otra vez conectados en los grandes conflictos de nuestro tiempo.

Porque quizá la verdadera guerra de nuestra época no sea la que vemos en los mapas.

Quizá sea la que se libra detrás de ellos.

CAPÍTULO I

Sun Tzu tenía razón: la mejor guerra es la que no parece una guerra.

Hace dos mil quinientos años, mientras las ciudades-Estado chinas luchaban entre sí por la supremacía, un general y filósofo llamado Sun Tzu escribió una de las obras más influyentes de toda la historia militar.

Sorprendentemente, muchas de sus enseñanzas resultan hoy más actuales que numerosos análisis contemporáneos.

La razón es sencilla.

Sun Tzu comprendió algo que la mayoría de los observadores olvida.

La guerra no consiste únicamente en destruir ejércitos.

La guerra consiste en obligar al adversario a aceptar una situación favorable para quien dirige la estrategia.

Por eso escribió una frase que ha atravesado los siglos:

«La suprema excelencia consiste en romper la resistencia del enemigo sin combatir.»

Ésa es probablemente una de las ideas más revolucionarias jamás formuladas sobre el poder.

Porque implica que la victoria perfecta no consiste en ganar batallas.

Consiste en conseguir los propios objetivos sin necesidad de librarlas.

A lo largo de la historia, las grandes potencias han aplicado este principio de múltiples formas.

Bloqueos comerciales.

Control de rutas marítimas.

Sanciones económicas.

Presión diplomática.

Alianzas estratégicas.

Manipulación financiera.

Aislamiento tecnológico.

Todo ello forma parte del mismo fenómeno.

La guerra adopta múltiples formas.

Y no todas requieren disparar un solo tiro.

Cuando observamos el comportamiento de Estados Unidos durante las últimas dos décadas, resulta difícil no recordar algunas de las enseñanzas de Sun Tzu.

Washington sabe perfectamente que una guerra directa contra China sería una catástrofe.

Para Estados Unidos.

Para China.

Y para el resto del planeta.

La interdependencia económica entre ambas potencias hace impensable una confrontación semejante.

Pero que una guerra directa resulte improbable no significa que no exista competencia.

Significa simplemente que la competencia adopta otras formas.

Control tecnológico.

Control financiero.

Control energético.

Control marítimo.

Control de materias primas.

Control de cadenas de suministro.

Y es precisamente aquí donde empiezan a aparecer Ucrania, Rusia, Irán, Taiwán y Oriente Medio.

El petróleo sigue siendo el rey.

Hace años se popularizó la idea de que el petróleo estaba perdiendo importancia.

La llamada transición energética prometía un mundo nuevo.

Un mundo dominado por energías limpias.

Un mundo donde los hidrocarburos serían progresivamente irrelevantes.

La realidad está resultando bastante más obstinada.

El petróleo continúa siendo uno de los pilares fundamentales de la economía mundial.

El gas natural continúa siendo esencial para multitud de industrias.

La petroquímica sigue formando parte de miles de productos cotidianos.

Y el transporte mundial continúa dependiendo en gran medida de los combustibles fósiles.

Por eso Oriente Medio sigue siendo importante.

Y seguirá siéndolo durante décadas.

Por eso Irán sigue siendo importante.

Y seguirá siéndolo durante décadas.

Porque más allá de los discursos ideológicos y religiosos, Irán posee algo que las grandes potencias siempre consideran estratégico.

Energía.

Mucha energía.

Y además ocupa una posición geográfica extraordinaria.

El estrecho de Ormuz: una garganta por la que respira el mundo

Existen lugares cuya importancia geográfica condiciona la política internacional.

El canal de Suez.

El estrecho de Malaca.

El canal de Panamá.

Gibraltar.

Bab el-Mandeb.

Y, por supuesto, el estrecho de Ormuz.

Una parte considerable del petróleo mundial atraviesa ese reducido paso marítimo.

Cada petrolero que lo cruza constituye un recordatorio de una realidad incómoda.

La economía mundial continúa dependiendo de corredores extremadamente vulnerables.

Irán lo sabe.

Estados Unidos lo sabe.

China lo sabe.

Europa también.

Por eso resulta imposible comprender la importancia estratégica de Irán sin comprender primero la importancia estratégica de Ormuz.

Quien tenga capacidad para influir sobre ese estrecho posee una herramienta de presión formidable.

Y ésa es una de las razones por las que Irán sigue ocupando una posición central en la política internacional.

¿Y si el problema fuera China?

Aquí aparece la hipótesis que inspira este ensayo.

Una hipótesis discutible.

Pero difícil de ignorar.

¿Qué ocurriría si la verdadera preocupación estratégica estadounidense no fuera Irán?

¿Qué ocurriría si Irán fuera únicamente una pieza de una partida mucho más amplia?

Porque cuando se observa el mapa mundial aparece un hecho evidente.

China se ha convertido en el principal competidor económico, tecnológico e industrial de Estados Unidos.

No Rusia.

No Irán.

No Corea del Norte.

China.

Y una potencia industrial de semejantes dimensiones necesita algo imprescindible.

Energía.

Cantidades gigantescas de energía.

Petróleo.

Gas.

Materias primas.

Minerales estratégicos.

Corredores comerciales.

Rutas marítimas seguras.

Todo ello convierte Oriente Medio en un asunto de enorme importancia para Pekín.

Y convierte cualquier alteración de los flujos energéticos en un asunto de enorme importancia para Washington.

Vista desde esta perspectiva, la cuestión iraní adquiere una dimensión completamente distinta.

Ya no se trata únicamente de centrifugadoras nucleares.

Ni de misiles.

Ni siquiera de los ayatolás.

Se trata de energía.

Y quien controla la energía dispone de una ventaja extraordinaria sobre quien depende de ella.

La ilusión de las explicaciones simples

Naturalmente, sería absurdo reducir toda la política internacional a una lucha por el petróleo.

Las sociedades humanas son mucho más complejas.

Las religiones importan.

Las identidades nacionales importan.

Las ideologías importan.

Las ambiciones personales también importan.

Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que las explicaciones exclusivamente morales suelen ser tan insuficientes como las exclusivamente económicas.

Los conflictos reales combinan múltiples factores.

Por eso conviene desconfiar de quienes explican todas las guerras mediante una única causa.

La realidad suele ser más complicada.

Y precisamente por ello necesitamos ampliar el foco.

Porque si Sun Tzu nos ayuda a comprender las estrategias indirectas, existe otro autor que puede ayudarnos a comprender por qué determinados territorios aparecen una y otra vez en el centro de los conflictos mundiales.

Su nombre era Halford Mackinder.

Y hace más de un siglo formuló una teoría que todavía hoy sigue proyectando una larga sombra sobre la geopolítica mundial.

CAPÍTULO II

Mackinder, Eurasia y la obsesión por controlar el mundo

En 1904, mucho antes de que existieran la Unión Soviética, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la República Popular China o la energía nuclear, un geógrafo británico llamado Halford Mackinder publicó un estudio que revolucionó la forma de entender la política internacional.

Su tesis era sencilla.

Y precisamente por eso resultaba inquietante.

La geografía importa.

Importa más de lo que la mayoría de los políticos está dispuesta a reconocer.

Importa más que muchos discursos.

Importa más que muchas ideologías.

Importa incluso más que algunas alianzas aparentemente sólidas.

Porque los gobiernos cambian.

Las modas ideológicas cambian.

Las fronteras cambian.

Pero la geografía permanece.

Mackinder observó un hecho elemental.

El inmenso espacio euroasiático constituía el mayor conjunto territorial continuo del planeta.

Allí se concentraban recursos naturales gigantescos.

Poblaciones inmensas.

Tierras fértiles.

Rutas comerciales.

Y capacidades industriales potencialmente extraordinarias.

Por ello formuló una idea que se convertiría en una de las bases de la geopolítica moderna.

Quien controle Eurasia dispondrá de una ventaja estratégica formidable.

Naturalmente, el mundo de 2026 es muy distinto del de 1904.

Pero resulta llamativo comprobar cuántos de los conflictos actuales se desarrollan precisamente en los márgenes, corredores o puntos de acceso de ese gran espacio euroasiático.

Ucrania.

El Cáucaso.

Irán.

Asia Central.

Taiwán.

El mar de China Meridional.

Demasiadas coincidencias.

Ucrania: mucho más que Ucrania

La interpretación convencional presenta la guerra de Ucrania como un conflicto entre Rusia y Ucrania.

Y, naturalmente, eso es cierto.

Pero quizá sea una verdad incompleta.

Porque Ucrania ocupa una posición geográfica extraordinariamente importante.

Históricamente ha sido uno de los principales corredores de comunicación entre Europa y Rusia.

También constituye una zona de tránsito para materias primas, energía y productos agrícolas.

Controlar Ucrania no significa únicamente controlar Ucrania.

Significa influir sobre una de las principales puertas de acceso al corazón continental euroasiático.

Desde esta perspectiva, la guerra deja de parecer un simple conflicto regional.

Y comienza a parecer un episodio de una disputa mucho más amplia.

Rusia: el gigante que nunca desaparece

Aquí aparece otra de las reflexiones interesantes aportadas por su amigo israelí.

La guerra de Ucrania ha debilitado considerablemente a Rusia.

Eso parece evidente.

Ha sufrido pérdidas humanas.

Ha sufrido pérdidas materiales.

Ha sufrido sanciones económicas.

Ha visto deteriorarse parte de su capacidad militar convencional.

Pero la cuestión fundamental es otra.

¿Qué ocurre después?

Porque Rusia sigue siendo el país más extenso del planeta.

Sigue poseyendo inmensos recursos naturales.

Sigue siendo una potencia nuclear.

Sigue controlando enormes reservas energéticas.

Y sigue ocupando una posición geográfica imposible de ignorar.

Por ello algunos analistas consideran que el objetivo estadounidense nunca fue destruir Rusia.

Sino limitar temporalmente su capacidad de actuación.

Debilitarla.

Contenerla.

Y, eventualmente, impedir una alianza excesivamente estrecha entre Moscú y Pekín.

Es una hipótesis discutible.

Pero merece atención.

Porque conecta directamente con la cuestión china.

La Nueva Ruta de la Seda

Si existe un proyecto que resume las ambiciones estratégicas chinas, ése es la llamada Nueva Ruta de la Seda.

Miles de kilómetros de infraestructuras.

Ferrocarriles.

Puertos.

Carreteras.

Centros logísticos.

Oleoductos.

Gasoductos.

Corredores comerciales.

El proyecto persigue un objetivo muy claro.

Reducir la vulnerabilidad estratégica de China.

Cuantas más rutas posea Pekín para acceder a materias primas y mercados, menos dependiente será de un único corredor.

Y menos vulnerable será ante posibles bloqueos.

Desde este punto de vista, Eurasia deja de ser una abstracción geográfica.

Se convierte en el gran escenario donde se decide una parte importante del futuro económico mundial.

Y precisamente por eso Irán adquiere una relevancia extraordinaria.

Irán: una bisagra geográfica

Cuando se habla de Irán suele hacerse referencia a los ayatolás.

A las centrifugadoras.

A los misiles.

A Hezbollah.

A Hamás.

Pero con frecuencia se olvida otro aspecto.

La geografía.

Irán conecta el Golfo Pérsico con Asia Central.

Se encuentra cerca del Cáucaso.

Tiene acceso al Índico.

Se sitúa en una posición privilegiada para conectar corredores energéticos y comerciales.

Desde la perspectiva china, resulta difícil imaginar una gran red euroasiática sin contar con Irán.

Desde la perspectiva estadounidense, resulta igualmente difícil ignorar esa realidad.

Y quizá ahí encontremos una de las claves menos visibles del conflicto.

Porque una cosa es discutir sobre el programa nuclear iraní.

Y otra mucho más importante consiste en decidir quién tendrá influencia sobre una de las principales bisagras geográficas de Eurasia.

El regreso de la geografía

Durante años se popularizó la idea de que la globalización había reducido la importancia de la geografía.

Internet parecía haber eliminado las distancias.

Los mercados parecían funcionar sin fronteras.

La economía digital parecía inaugurar una era completamente nueva.

Pero la realidad ha terminado demostrando algo distinto.

La geografía nunca desapareció.

Simplemente permaneció en segundo plano.

Y ahora ha regresado.

Ha regresado con los gasoductos.

Ha regresado con los puertos.

Ha regresado con las rutas marítimas.

Ha regresado con los semiconductores.

Ha regresado con las tierras raras.

Ha regresado con las materias primas estratégicas.

Y ha regresado con las guerras.

Por eso resulta tan difícil comprender los acontecimientos actuales sin observar primero el mapa.

Porque los mapas siguen explicando muchas cosas que los discursos no explican.

Más allá de Mackinder

Sin embargo, la geografía tampoco basta para comprender completamente el mundo.

Las personas no luchan únicamente por corredores comerciales.

No se movilizan únicamente por oleoductos.

No sacrifican sus vidas únicamente por materias primas.

Existen fuerzas más profundas.

Religión.

Identidad.

Cultura.

Historia.

Memoria colectiva.

Y aquí es donde aparece el tercer autor que puede ayudarnos a comprender el mundo contemporáneo.

Samuel Huntington.

Porque si Mackinder explica dónde se desarrollan los conflictos, Huntington intenta explicar por qué determinados conflictos adquieren una intensidad emocional tan extraordinaria.

Y Oriente Medio constituye uno de los mejores ejemplos.

CAPÍTULO III

Huntington, las civilizaciones y los límites de las ideologías

Cuando cayó el Muro de Berlín y desapareció la Unión Soviética, muchos pensaron que la historia había llegado a su destino final.

El liberalismo occidental parecía haber triunfado.

La democracia parlamentaria parecía extenderse por todo el planeta.

La economía de mercado parecía destinada a convertirse en el modelo universal.

Y algunos intelectuales llegaron incluso a anunciar el final de las grandes confrontaciones ideológicas.

La realidad, sin embargo, siguió otro camino.

En 1993, Samuel Huntington publicó un artículo que provocó una enorme polémica.

Más tarde lo desarrollaría en un libro que alcanzaría fama mundial.

Su tesis era sencilla.

Tras la Guerra Fría, los principales conflictos internacionales ya no girarían en torno al capitalismo y el comunismo.

Tampoco en torno a las ideologías clásicas.

Los conflictos más importantes surgirían entre grandes espacios culturales y civilizatorios.

Occidente.

El mundo islámico.

China.

India.

La civilización ortodoxa.

Japón.

África.

América Latina.

Huntington sostenía que la religión, la cultura, la memoria histórica y la identidad colectiva continuarían desempeñando un papel fundamental.

Muchos se burlaron de él.

Los acontecimientos posteriores obligaron a tomarlo más en serio.

El islam político y la persistencia de la historia

Si observamos Oriente Medio resulta difícil negar que Huntington captó una parte importante de la realidad.

Porque los conflictos de la región no pueden explicarse únicamente mediante el petróleo.

Ni mediante las rutas comerciales.

Ni mediante las materias primas.

Existen elementos más profundos.

Más emocionales.

Más arraigados.

El islam chií y el islam suní mantienen diferencias históricas que se remontan a los primeros tiempos de la expansión islámica.

Las memorias religiosas siguen vivas.

Las identidades colectivas siguen vivas.

Las narraciones históricas siguen vivas.

Y millones de personas continúan interpretando el presente a través de ellas.

Cuando un combatiente arriesga su vida por una causa religiosa o nacional, no suele hacerlo pensando en el precio del barril de petróleo.

Lo hace porque cree defender algo mucho más importante.

Una identidad.

Una fe.

Una comunidad.

Una memoria.

Huntington comprendió esta realidad mejor que muchos economistas y tecnócratas.

Israel: más que un Estado

Lo mismo ocurre con Israel.

Quien contemple Israel únicamente como una pieza geopolítica está condenado a comprender sólo una parte del problema.

Israel es un Estado.

Pero también es una idea.

Una memoria histórica.

Una respuesta al antisemitismo europeo.

Una consecuencia del Holocausto.

Un proyecto nacional.

Y para millones de judíos representa mucho más que una estructura administrativa.

Representa una garantía de supervivencia colectiva.

Por eso los cálculos puramente racionales resultan insuficientes.

Porque la percepción de amenaza en Israel no se mide únicamente mediante estadísticas militares.

También se mide mediante recuerdos históricos.

Y esos recuerdos tienen una enorme fuerza política.

Pero Huntington no basta

Sin embargo, aquí aparece una limitación importante.

Huntington explica muchas cosas.

Pero no explica todas.

Porque si el mundo estuviera determinado exclusivamente por las civilizaciones, algunas alianzas actuales resultarían incomprensibles.

Arabia Saudí e Irán pertenecen al mundo islámico.

Y son rivales.

Turquía pertenece al mundo islámico.

Y compite con Arabia Saudí.

China mantiene excelentes relaciones con numerosos países musulmanes.

Pese a los problemas existentes con la minoría uigur.

India coopera con Occidente en numerosos ámbitos.

Pese a pertenecer a una civilización distinta.

Y Rusia mantiene relaciones fluidas con países muy diferentes culturalmente.

La realidad vuelve a mostrarse más compleja que cualquier teoría.

Las civilizaciones importan.

Pero también importan los intereses.

Importan los recursos.

Importan las rutas comerciales.

Importan las materias primas.

Importa la geografía.

China y la civilización paciente

Curiosamente, donde Huntington resulta menos útil es precisamente en el análisis de China.

Porque Pekín parece actuar siguiendo una lógica distinta.

Mucho más cercana a Sun Tzu.

Mucho más cercana a la paciencia estratégica.

Mucho más cercana a la acumulación gradual de influencia.

China no suele presentar sus proyectos como cruzadas ideológicas.

No pretende exportar una revolución mundial.

No promete construir el paraíso universal.

Lo que ofrece son infraestructuras.

Inversiones.

Préstamos.

Puertos.

Ferrocarriles.

Carreteras.

Mercados.

Y precisamente ahí reside una de sus fortalezas.

Mientras otros hablan de ideologías, China habla de negocios.

Mientras otros hablan de valores universales, China habla de contratos.

Y mientras otros intervienen militarmente, China suele avanzar mediante inversiones.

No siempre.

Pero con frecuencia.

El error de Occidente

Quizá uno de los grandes errores occidentales de las últimas décadas haya consistido en creer que todas las sociedades desean convertirse en versiones imperfectas de Europa o de Estados Unidos.

Afganistán demostró lo contrario.

Irak demostró lo contrario.

Libia demostró lo contrario.

Las identidades colectivas siguen existiendo.

Las tradiciones siguen existiendo.

Las religiones siguen existiendo.

Las memorias históricas siguen existiendo.

Y ningún bombardeo puede eliminarlas.

Ninguna constitución redactada por expertos extranjeros puede eliminarlas.

Ningún programa de ayuda internacional puede eliminarlas.

Las sociedades cambian.

Pero cambian a su ritmo.

Y casi nunca obedecen los calendarios diseñados por las grandes potencias.

Una guerra con varios niveles

Llegados a este punto, quizá podamos formular una conclusión provisional.

La guerra entre Israel e Irán no puede explicarse mediante una sola causa.

No basta el petróleo.

No basta la religión.

No basta la geografía.

No basta la economía.

No basta la ideología.

Todas esas dimensiones actúan simultáneamente.

Sun Tzu ayuda a comprender las estrategias indirectas.

Mackinder ayuda a comprender la importancia de Eurasia y de los corredores geográficos.

Huntington ayuda a comprender la persistencia de las identidades culturales.

Y sólo combinando las tres perspectivas empieza a aparecer una imagen más completa.

Una imagen en la que Ucrania, Rusia, China, Irán, Israel, el petróleo, las rutas marítimas y las materias primas dejan de parecer asuntos separados.

Y empiezan a parecer capítulos distintos de una misma historia.

Pero todavía queda una cuestión fundamental.

Si la verdadera partida se desarrolla entre grandes potencias, si los corredores energéticos son tan importantes y si las civilizaciones continúan influyendo en la política mundial, ¿qué papel desempeña realmente Israel en todo este tablero?

Porque quizá ahí encontremos una de las claves más controvertidas de todo el asunto.

CAPÍTULO IV

Israel, el petróleo y la gran partida euroasiática

Pocas cuestiones generan más controversia que el papel de Israel en la política internacional.

Para unos, Israel constituye una pequeña democracia rodeada de enemigos.

Para otros, representa una potencia regional con una influencia muy superior a su tamaño.

Ambas afirmaciones contienen parte de verdad.

Y ambas resultan insuficientes.

Porque la realidad suele ser más compleja.

Durante décadas, gran parte del análisis occidental contempló a Israel principalmente desde una óptica militar.

Sus guerras.

Sus servicios de inteligencia.

Sus sistemas de defensa.

Sus conflictos con los vecinos.

Pero esa visión ya no basta.

Israel de 2026 no es el Israel de 1973.

Ni siquiera el de 1993.

Estamos ante una potencia tecnológica de primer nivel.

Una economía innovadora.

Un importante exportador de armamento.

Un centro de investigación científica.

Y, además, un actor energético cada vez más relevante.

El Mediterráneo oriental cambia las reglas

Durante mucho tiempo Israel dependió energéticamente del exterior.

Hoy la situación es diferente.

Los yacimientos descubiertos en el Mediterráneo oriental han modificado profundamente el panorama.

Gas natural.

Infraestructuras energéticas.

Nuevas oportunidades de exportación.

Nuevas alianzas.

Nuevas rivalidades.

Israel exporta gas a Jordania.

Exporta gas a Egipto.

Mantiene conversaciones sobre corredores energéticos con Chipre y Grecia.

Y observa con atención la creciente demanda energética europea.

Todo ello introduce una dimensión económica que suele quedar oculta tras los titulares sobre terrorismo y conflictos armados.

Porque la energía modifica las relaciones internacionales.

Siempre lo ha hecho.

La visión de Jerusalén

Aquí resulta especialmente interesante la reflexión aportada por su amigo israelí.

Porque obliga a contemplar la situación desde una perspectiva distinta.

Muchos análisis europeos describen a Israel como un país sometido a una amenaza permanente.

Y esa amenaza existe.

Pero una parte importante de la sociedad israelí interpreta la situación actual de otra manera.

Observa una Siria militarmente devastada.

Observa un Hezbollah debilitado.

Observa un Hamás golpeado.

Observa una capacidad militar propia que ha demostrado una eficacia extraordinaria.

Observa un creciente prestigio internacional de su industria de defensa.

Y observa unas relaciones cada vez más estrechas con diversos países árabes.

Desde esa perspectiva, la sensación dominante no sería la vulnerabilidad.

Sería la confianza.

No necesariamente la paz.

Pero sí una posición estratégica más favorable que la existente hace una década.

Naturalmente, esta visión no es compartida por todos los israelíes.

Ni mucho menos.

Pero ayuda a comprender por qué determinados sectores consideran que el balance estratégico les resulta favorable.

El enemigo principal quizá no esté donde parece

Y aquí reaparece la cuestión fundamental.

Si Hezbollah está debilitado.

Si Hamás está debilitado.

Si Siria ha perdido buena parte de su capacidad militar.

Si Irán ha visto dañado su programa nuclear.

¿Por qué sigue existiendo tanta tensión?

Porque quizá la cuestión principal no sea ninguna de ellas.

Quizá el verdadero problema se encuentre en otro lugar.

Quizá se encuentre a miles de kilómetros de Jerusalén.

Quizá se encuentre en Pekín.

China aparece en el horizonte

Desde una perspectiva estrictamente israelí, China representa una realidad ambigua.

Es un socio comercial importante.

Es una potencia económica gigantesca.

Pero también constituye el principal competidor estratégico de Estados Unidos.

Y Estados Unidos sigue siendo el principal aliado de Israel.

Por ello resulta prácticamente imposible separar completamente la política israelí de la gran competencia entre Washington y Pekín.

Cuanto más aumenta la rivalidad entre ambas potencias, más difícil resulta para sus aliados mantenerse al margen.

Y precisamente aquí adquieren sentido algunas de las observaciones de su amigo.

Tal vez la cuestión nuclear iraní sea importante.

Pero quizá no sea la única cuestión importante.

Tal vez el petróleo iraní.

Tal vez el gas iraní.

Tal vez las rutas comerciales.

Tal vez la posición geográfica de Irán.

Tal vez todo ello importe tanto o más que las centrifugadoras.

El petróleo sigue moviendo el mundo

A menudo se habla del petróleo como si fuera un asunto del pasado.

Como si perteneciera al siglo XX.

Como si las nuevas tecnologías hubieran reducido drásticamente su importancia.

Pero la realidad demuestra lo contrario.

Las grandes potencias continúan prestando una atención obsesiva a la energía.

Porque sin energía no existe industria.

Sin energía no existe transporte.

Sin energía no existe capacidad militar.

Sin energía no existe crecimiento económico.

Y precisamente por eso resulta difícil creer que las decisiones estratégicas relacionadas con Irán puedan explicarse únicamente mediante argumentos ideológicos o morales.

La energía continúa siendo una pieza central del tablero.

La perspectiva estadounidense

Desde Washington, la situación adquiere otra dimensión.

La preocupación principal ya no es Rusia.

Rusia sigue siendo importante.

Pero el verdadero competidor es China.

La economía china.

La industria china.

La tecnología china.

La capacidad exportadora china.

La expansión comercial china.

Y, sobre todo, la creciente influencia global china.

Por ello algunos analistas sostienen que gran parte de los movimientos estratégicos de las últimas décadas deben interpretarse desde esa perspectiva.

No como conflictos aislados.

Sino como episodios de una competición mucho más amplia.

Una competición que se desarrolla simultáneamente en Ucrania.

En Oriente Medio.

En el Pacífico.

En África.

Y en América Latina.

Una pieza dentro de una partida mayor

Tal vez ésta sea la conclusión provisional más prudente.

Ni Israel controla completamente el tablero.

Ni Irán lo controla.

Ni Rusia.

Ni siquiera Estados Unidos.

Existen demasiados actores.

Demasiados intereses.

Demasiadas variables.

Pero sí parece evidente que los acontecimientos de Oriente Medio no pueden comprenderse únicamente observando Oriente Medio.

Porque forman parte de una dinámica mucho más amplia.

Una dinámica donde energía, comercio, geografía y poder aparecen constantemente entrelazados.

Y precisamente por ello conviene ampliar todavía más el foco.

Porque si Irán forma parte de una gran partida global, entonces también lo hacen Ucrania, Venezuela y otros escenarios aparentemente inconexos.

Y quizá ahí empiece a revelarse la auténtica dimensión del problema.

CAPÍTULO V

Ucrania, Venezuela, Irán y las piezas del mismo tablero

Existe una costumbre profundamente arraigada en los medios de información contemporáneos.

Analizar cada crisis por separado.

Ucrania se estudia como un asunto europeo.

Irán como un problema de Oriente Medio.

Venezuela como una cuestión latinoamericana.

Taiwán como un problema asiático.

Y así sucesivamente.

El resultado es una visión fragmentada de la realidad.

Cada conflicto aparece encerrado en su propia caja.

Cada crisis parece independiente.

Cada guerra parece tener causas exclusivamente locales.

Sin embargo, cuando se observan conjuntamente comienzan a surgir preguntas incómodas.

¿Por qué determinadas regiones del planeta aparecen una y otra vez en el centro de las tensiones internacionales?

¿Por qué ciertas rutas marítimas reciben tanta atención?

¿Por qué determinadas materias primas provocan semejante interés?

¿Por qué los grandes movimientos diplomáticos suelen concentrarse precisamente en los mismos lugares?

Quizá porque las piezas forman parte de un tablero común.

Ucrania: la guerra que agotó a Rusia

Pocos acontecimientos han transformado tanto el panorama internacional como la guerra de Ucrania.

Más allá de las consideraciones morales, jurídicas o políticas, existe una realidad objetiva.

Rusia ha sufrido un enorme desgaste.

Miles de bajas.

Pérdidas materiales.

Dificultades económicas.

Aislamiento parcial de numerosos mercados occidentales.

Desgaste diplomático.

Desgaste militar.

Y aunque Moscú conserva recursos inmensos y una capacidad de resistencia considerable, resulta evidente que la guerra ha tenido un coste extraordinario.

Aquí aparece una de las hipótesis planteadas por algunos analistas.

¿Y si el objetivo principal nunca hubiera sido derrotar completamente a Rusia?

¿Y si el objetivo consistiera simplemente en reducir su margen de actuación?

Una Rusia ocupada durante años en una guerra de desgaste dispone de menos capacidad para proyectar influencia en otros escenarios.

Dispone de menos capacidad para reforzar determinadas alianzas.

Dispone de menos recursos para apoyar proyectos estratégicos comunes con China.

Naturalmente, ésta no es la única interpretación posible.

Pero merece ser considerada.

Venezuela vuelve al centro del escenario

Durante años Venezuela pareció desaparecer del interés internacional.

Su economía se hundía.

Su producción petrolera disminuía.

La emigración alcanzaba cifras históricas.

Muchos observadores llegaron a considerarla una cuestión secundaria.

Sin embargo, el petróleo tiene la costumbre de devolver protagonismo a quienes lo poseen.

Y Venezuela posee algunas de las mayores reservas conocidas del planeta.

De pronto, un país aparentemente marginal vuelve a adquirir importancia.

No por razones ideológicas.

No por simpatías políticas.

Sino por una razón mucho más antigua.

La energía.

La historia internacional está llena de ejemplos similares.

Los recursos estratégicos poseen una curiosa capacidad para devolver relevancia a territorios que parecían haber desaparecido del mapa político.

Irán: petróleo, gas y posición geográfica

Algo parecido ocurre con Irán.

Las discusiones suelen concentrarse en los ayatolás.

En el programa nuclear.

En Hezbollah.

En Hamás.

En las sanciones.

Pero detrás de todo ello sigue apareciendo una realidad obstinada.

Irán posee enormes recursos energéticos.

Y además ocupa una posición geográfica privilegiada.

Controla accesos fundamentales al Golfo Pérsico.

Influye sobre el estrecho de Ormuz.

Conecta Oriente Medio con Asia Central.

Y se encuentra situado en uno de los grandes corredores potenciales entre Asia y Europa.

Por eso resulta difícil creer que cualquier potencia importante contemple Irán únicamente desde una perspectiva ideológica.

Su importancia estratégica va mucho más allá.

La cuestión china

Y aquí regresamos una vez más a China.

Porque China aparece constantemente al final de todos los caminos.

Necesita petróleo.

Necesita gas.

Necesita materias primas.

Necesita exportar.

Necesita importar.

Necesita corredores comerciales seguros.

Necesita evitar bloqueos marítimos.

Necesita reducir vulnerabilidades estratégicas.

Ésa es precisamente una de las razones por las que Pekín lleva años invirtiendo enormes cantidades en infraestructuras repartidas por Asia, África, Oriente Medio y Europa.

No se trata únicamente de comercio.

Se trata de seguridad estratégica.

Cuantas más rutas existan, menor será la dependencia respecto de cualquier corredor individual.

Y menor será la vulnerabilidad frente a posibles presiones externas.

El siglo XXI y la energía

Durante décadas se anunció repetidamente el final de la era del petróleo.

La realidad ha sido mucho más compleja.

Han surgido nuevas fuentes energéticas.

Han aparecido nuevas tecnologías.

Pero la energía continúa siendo el fundamento de toda economía avanzada.

Y precisamente por ello quien controla la energía dispone de una ventaja considerable.

No se trata únicamente de producir petróleo.

Se trata de controlar rutas.

Infraestructuras.

Mercados.

Refinerías.

Puertos.

Oleoductos.

Gasoductos.

Seguros marítimos.

Financiación.

Todo forma parte de la misma cadena.

Y toda la cadena resulta esencial.

¿Conspiración o geopolítica?

Llegados a este punto conviene hacer una aclaración importante.

Nada de lo anterior implica la existencia de un plan secreto perfectamente diseñado.

La historia rara vez funciona así.

Los gobiernos se equivocan.

Las burocracias compiten entre sí.

Las decisiones se improvisan.

Los acontecimientos generan consecuencias imprevistas.

La realidad es mucho más caótica de lo que sugieren muchas teorías conspirativas.

Pero tampoco resulta razonable creer que las grandes potencias actúan sin objetivos estratégicos.

La verdad suele encontrarse en algún punto intermedio.

No existe un director de orquesta omnisciente.

Pero sí existen intereses permanentes.

Y esos intereses suelen girar alrededor de cuestiones bastante previsibles.

Poder.

Seguridad.

Energía.

Comercio.

Tecnología.

La pregunta que nadie formula

Quizá la cuestión más interesante no sea quién ganó la guerra de Irán.

Ni siquiera quién perdió.

La pregunta verdaderamente importante podría ser otra.

¿Quién salió estratégicamente reforzado?

¿Estados Unidos?

¿Israel?

¿China?

¿Las monarquías petroleras del Golfo?

¿Los productores energéticos alternativos?

¿Las industrias militares?

¿Los corredores comerciales rivales?

Responder a esas preguntas exige una perspectiva mucho más amplia que la proporcionada por los titulares cotidianos.

Y precisamente por eso conviene regresar una vez más a la cuestión inicial.

Tal vez Irán no fuera el objetivo principal.

Tal vez sólo fuera una pieza.

Una pieza importante.

Pero una pieza al fin y al cabo.

Y si eso es cierto, entonces debemos preguntarnos quién mueve realmente las piezas.

Y hacia dónde pretende dirigir la partida.

CAPÍTULO VI

¿Quién mueve realmente las piezas?

Llegados a este punto aparece una pregunta inevitable.

Si Irán no era el objetivo principal.

Si Ucrania no puede entenderse únicamente como un conflicto regional.

Si la energía, las rutas comerciales y la geografía siguen desempeñando un papel decisivo.

Entonces surge una cuestión fundamental.

¿Quién mueve realmente las piezas?

La respuesta corta es sencilla.

Nadie.

Y todos al mismo tiempo.

Porque una de las mayores equivocaciones del pensamiento político contemporáneo consiste en imaginar que existe algún centro único de poder capaz de dirigir todos los acontecimientos mundiales.

La realidad es mucho más compleja.

Estados Unidos posee intereses propios.

China posee intereses propios.

Rusia posee intereses propios.

India posee intereses propios.

Turquía posee intereses propios.

Israel posee intereses propios.

Arabia Saudí posee intereses propios.

Y con frecuencia esos intereses coinciden.

Otras veces chocan.

Y muchas veces cambian.

Lo que existe no es un director de orquesta.

Lo que existe es una multitud de actores intentando maximizar sus ventajas.

Estados Unidos: conservar la posición dominante

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha ocupado una posición singular.

No sólo por su capacidad militar.

No sólo por su economía.

Sino porque logró construir un sistema internacional extraordinariamente favorable a sus intereses.

El dólar se convirtió en moneda de referencia mundial.

Las rutas marítimas permanecieron abiertas bajo protección naval estadounidense.

Las principales instituciones financieras internacionales operaron dentro de parámetros definidos en gran medida por Washington.

La tecnología occidental dominó amplios sectores económicos.

Y las alianzas militares norteamericanas se extendieron por buena parte del planeta.

Durante décadas, ningún rival fue capaz de cuestionar seriamente ese predominio.

Pero la situación ha cambiado.

No porque Estados Unidos haya dejado de ser poderoso.

Sigue siendo la principal potencia militar del mundo.

Sigue liderando numerosos sectores tecnológicos.

Sigue disponiendo de aliados extraordinariamente importantes.

Lo que ha cambiado es la aparición de un competidor con dimensiones comparables.

China.

China: la paciencia del jugador de go

Existe una diferencia cultural interesante entre las tradiciones estratégicas occidentales y orientales.

Occidente suele pensar en términos ajedrecísticos.

Ataque.

Defensa.

Victoria.

Derrota.

China, en cambio, parece actuar muchas veces siguiendo una lógica más cercana al juego del go.

Acumular posiciones.

Ganar influencia gradualmente.

Rodear espacios.

Crear dependencias.

Expandir la presencia económica.

Esperar.

Tener paciencia.

Mucha paciencia.

Pekín no ha construido su influencia mediante invasiones militares.

La ha construido mediante inversiones.

Infraestructuras.

Puertos.

Ferrocarriles.

Préstamos.

Centros logísticos.

Acuerdos comerciales.

Y precisamente por ello muchos analistas consideran que la verdadera preocupación de Washington no es un hipotético ataque militar chino.

Es algo mucho más profundo.

La posibilidad de que China termine convirtiéndose en el centro económico del planeta.

India: el gigante silencioso

Mientras Occidente concentra su atención en China, otro actor crece silenciosamente.

India.

Con una población que ya supera a la china.

Con una economía en expansión.

Con una creciente capacidad tecnológica.

Con enormes necesidades energéticas.

Y con una posición geográfica privilegiada.

India constituye uno de los grandes interrogantes del siglo XXI.

No parece interesada en convertirse en un satélite de nadie.

Ni de Washington.

Ni de Pekín.

Ni de Moscú.

Su estrategia consiste en aprovechar las oportunidades que ofrecen todos ellos.

Y precisamente por eso su importancia seguirá aumentando.

Turquía: el regreso de las ambiciones imperiales

Pocas naciones han aprovechado mejor las contradicciones del sistema internacional que Turquía.

Miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

Socio económico de Europa.

Interlocutor de Rusia.

Presencia creciente en África.

Influencia en Asia Central.

Capacidad militar considerable.

Industria armamentística en expansión.

Ankara ha comprendido algo que muchos países europeos parecen haber olvidado.

La geografía continúa importando.

Y Turquía ocupa una posición geográfica excepcional.

Entre Europa.

Asia.

El mar Negro.

El Mediterráneo.

El Cáucaso.

Y Oriente Medio.

Por eso cualquier reorganización del equilibrio regional terminará afectando inevitablemente a Turquía.

Las monarquías petroleras aprenden a jugar

Durante décadas se consideró que las monarquías árabes del Golfo actuaban simplemente bajo protección occidental.

La realidad actual es más sofisticada.

Arabia Saudí.

Emiratos Árabes Unidos.

Qatar.

Mantienen relaciones con Estados Unidos.

Pero también con China.

Y también con otros actores emergentes.

Han comprendido que el mundo se vuelve más multipolar.

Y están adaptando su política exterior a esa realidad.

El petróleo sigue proporcionándoles una influencia enorme.

Pero ahora intentan transformarla en poder financiero.

Industrial.

Tecnológico.

Y logístico.

Rusia después de Ucrania

Muchos observadores europeos describen Rusia como una potencia en decadencia irreversible.

Otros sostienen exactamente lo contrario.

Probablemente ambos se equivocan.

La guerra ha debilitado seriamente a Rusia.

Pero Rusia continúa siendo una realidad geopolítica imposible de ignorar.

Su territorio.

Sus recursos naturales.

Su capacidad militar.

Su posición geográfica.

Todo ello seguirá condicionando la política internacional durante décadas.

Y precisamente por eso cualquier estrategia dirigida a China deberá tener en cuenta a Rusia.

Porque Eurasia sigue siendo demasiado grande para ser ignorada.

La ilusión del mundo unipolar

Quizá la conclusión más importante sea ésta.

El mundo surgido tras la Guerra Fría está desapareciendo.

Durante tres décadas muchos pensaron que la hegemonía estadounidense sería permanente.

La historia vuelve a demostrar que nada es permanente.

Las potencias ascienden.

Las potencias declinan.

Los equilibrios cambian.

Los centros de poder se desplazan.

Y las reglas del juego se transforman.

Estamos asistiendo precisamente a uno de esos momentos históricos.

Un momento de transición.

Y los momentos de transición suelen ser especialmente peligrosos.

Porque nadie conoce exactamente cuáles serán las nuevas reglas.

La guerra visible y la guerra invisible

Mientras los ciudadanos observan los misiles, los bombardeos y los combates, existe otra guerra mucho menos visible.

La guerra por las cadenas de suministro.

La guerra por los semiconductores.

La guerra por las tierras raras.

La guerra por los corredores energéticos.

La guerra por los puertos.

La guerra por las rutas marítimas.

La guerra por los mercados.

La guerra por la influencia tecnológica.

Y quizá esa guerra resulte mucho más importante que las que aparecen diariamente en los telediarios.

Porque de su resultado dependerá buena parte del equilibrio mundial durante las próximas décadas.

Y precisamente por eso conviene regresar una última vez a la pregunta que da sentido a este ensayo.

¿Era realmente Irán el objetivo?

O, por el contrario, ¿estábamos contemplando únicamente una pieza de una partida mucho más amplia cuyo desenlace todavía se encuentra muy lejos?

CONCLUSIÓN

La verdadera guerra del siglo XXI

Llegados al final de este recorrido, conviene regresar a la pregunta inicial.

¿Era realmente Irán el objetivo?

Naturalmente, la cuestión nuclear existe.

Naturalmente, Israel tiene razones para preocuparse por determinados movimientos del régimen iraní.

Naturalmente, Oriente Medio continúa siendo una de las regiones más inestables del planeta.

Todo eso es cierto.

Pero quizá sea una verdad incompleta.

Porque a medida que hemos ido ampliando el foco han aparecido otras cuestiones.

El petróleo.

El gas.

Las materias primas.

Las rutas marítimas.

Los corredores comerciales.

Los puertos.

Los semiconductores.

Las tierras raras.

Las cadenas de suministro.

Y, sobre todo, China.

Siempre China.

Como si una fuerza gravitatoria invisible terminara atrayendo todas las piezas hacia el mismo centro.

Sun Tzu vuelve a aparecer.

Al final, quizá el viejo estratega chino comprendió mejor que muchos analistas contemporáneos la naturaleza del poder.

La mejor guerra no es la que destruye ciudades.

La mejor guerra es la que modifica los comportamientos del adversario.

La que condiciona sus decisiones.

La que limita sus opciones.

La que aumenta sus costes.

La que reduce su libertad de actuación.

Y precisamente por ello resulta posible contemplar los acontecimientos recientes desde otra perspectiva.

No como una serie de conflictos aislados.

Sino como una sucesión de movimientos destinados a influir sobre el equilibrio mundial.

No necesariamente mediante conquistas territoriales.

Sino mediante energía.

Tecnología.

Comercio.

Finanzas.

Infraestructuras.

Acceso a recursos.

Mackinder tampoco ha muerto

Muchos pensaron que la globalización había enterrado definitivamente la geografía.

Los acontecimientos recientes demuestran exactamente lo contrario.

La geografía continúa gobernando silenciosamente buena parte de la política internacional.

Los estrechos marítimos siguen siendo importantes.

Los corredores terrestres siguen siendo importantes.

Los puertos siguen siendo importantes.

Las rutas energéticas siguen siendo importantes.

Eurasia sigue siendo importante.

Y precisamente por eso Ucrania importa.

Precisamente por eso Irán importa.

Precisamente por eso Taiwán importa.

Precisamente por eso el mar Rojo importa.

Precisamente por eso el estrecho de Ormuz importa.

No porque existan conspiraciones universales.

Sino porque la geografía sigue condicionando el comportamiento de las grandes potencias.

Igual que hace cien años.

Igual que hace quinientos.

Igual que hace dos mil.

Huntington tenía razón… y no la tenía

También Samuel Huntington acertó en algo esencial.

Las civilizaciones siguen existiendo.

Las identidades siguen existiendo.

Las religiones siguen existiendo.

Las memorias históricas siguen existiendo.

El ser humano continúa dispuesto a sacrificarse por ellas.

Pero Huntington también se equivocó si se interpreta su teoría de manera absoluta.

Porque las civilizaciones no explican por sí solas el comportamiento de los Estados.

Las naciones comercian con antiguos enemigos.

Las alianzas cambian.

Los intereses se transforman.

Las necesidades económicas modifican prioridades.

La geopolítica no sustituye a la cultura.

La cultura no sustituye a la geopolítica.

Ambas interactúan constantemente.

Y precisamente por eso los conflictos reales resultan tan difíciles de comprender.

La hipótesis incómoda

Aquí aparece la hipótesis central de este ensayo.

No una certeza.

No una verdad revelada.

Una hipótesis.

La posibilidad de que la mayor parte de los conflictos actuales formen parte de una misma transición histórica.

La transición desde un mundo dominado casi exclusivamente por Estados Unidos hacia un sistema internacional más complejo.

Más fragmentado.

Más competitivo.

Más incierto.

En ese contexto, China emerge como el principal desafío económico e industrial para Occidente.

Y cuando aparece un competidor de semejante magnitud, todas las piezas adquieren una nueva importancia.

Ucrania.

Rusia.

Irán.

Taiwán.

Venezuela.

El Golfo Pérsico.

El mar Rojo.

África.

Asia Central.

Todo comienza a formar parte de una misma ecuación.

La reflexión de un israelí

Las observaciones que inspiraron este ensayo resultan especialmente interesantes porque proceden de alguien que observa el conflicto desde dentro de una región directamente afectada por él.

Su planteamiento puede resumirse de manera sencilla.

Quizá el verdadero objetivo no sea Irán.

Quizá la cuestión nuclear sea sólo una parte de la historia.

Quizá el control de los recursos energéticos importe más de lo que se reconoce públicamente.

Quizá la gran partida se juegue realmente entre Washington y Pekín.

Quizá Oriente Medio sea uno de los escenarios de esa competición.

Y quizá los discursos sobre democracia, terrorismo, derechos humanos o seguridad convivan con intereses mucho más prosaicos relacionados con petróleo, gas, rutas comerciales y mercados.

No sabemos hasta qué punto esa interpretación es correcta.

Pero sí sabemos una cosa.

Merece ser tomada en serio.

La vieja lección de la historia

Existe además una enseñanza que atraviesa siglos de experiencia humana.

Las grandes potencias rara vez actúan movidas por una sola motivación.

Nunca ha sido así.

No lo era Roma.

No lo era el Imperio Británico.

No lo era Francia.

No lo era España.

No lo era la Unión Soviética.

Y tampoco lo son los Estados Unidos ni China.

Los intereses estratégicos.

Los intereses económicos.

Las consideraciones ideológicas.

Las cuestiones culturales.

Las necesidades energéticas.

Las rivalidades históricas.

Todo ello se mezcla constantemente.

Y precisamente por eso los conflictos reales suelen ser mucho más complejos de lo que parecen.

¿Quién ganó?

Tal vez sea la pregunta equivocada.

Porque la historia demuestra que muchas guerras producen vencedores tácticos y derrotados estratégicos.

Victoria militar.

Fracaso político.

Éxito económico.

Desastre diplomático.

La combinación adopta formas muy variadas.

Quizá Irán haya sufrido daños importantes.

Quizá Israel haya fortalecido su posición regional.

Quizá Estados Unidos haya conseguido ciertos objetivos.

Quizá China haya encontrado nuevos obstáculos.

Quizá las monarquías petroleras hayan reforzado su influencia.

Todo eso puede ser simultáneamente cierto.

Pero ninguna de esas respuestas resuelve la cuestión principal.

El siglo que comienza

Lo verdaderamente importante no es quién ganó la última batalla.

Lo verdaderamente importante es comprender qué clase de mundo está naciendo.

Porque estamos asistiendo al final de una época.

Y al comienzo de otra.

Una época donde la energía seguirá importando.

Donde la tecnología será decisiva.

Donde las materias primas continuarán condicionando la política.

Donde la geografía seguirá imponiendo límites.

Y donde las identidades culturales continuarán influyendo sobre millones de personas.

Nada de eso desaparece.

Nada de eso puede ignorarse.

Epílogo

Quizá dentro de veinte años los historiadores contemplen estos acontecimientos desde una perspectiva muy distinta.

Quizá descubran que la guerra de Irán fue decisiva.

Quizá concluyan que fue secundaria.

Quizá la recuerden como un punto de inflexión.

Quizá como un episodio más.

Nadie puede saberlo.

Pero existe una posibilidad que no debería descartarse.

La posibilidad de que, mientras el mundo discutía acerca de Irán, Gaza, Israel o Hezbollah, la verdadera historia estuviera desarrollándose en otro nivel.

Un nivel donde se decidían las rutas energéticas.

Las cadenas de suministro.

Las infraestructuras estratégicas.

Los mercados.

La tecnología.

Y el equilibrio global de poder.

Si eso fuera cierto, entonces la pregunta inicial adquiere un significado completamente distinto.

Porque quizá Irán nunca fue realmente el objetivo.

Quizá sólo era una de las casillas de un tablero mucho más grande.

Y quizá la verdadera guerra del siglo XXI no consista en conquistar territorios.

Consista en controlar las condiciones que permiten influir sobre el resto del mundo.

Ésa es la partida que ya ha comenzado.

Y su desenlace, a diferencia de muchas guerras visibles, sigue completamente abierto.

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