Y acerca de cómo un normoyente debería comportarse con una persona sorda sin necesidad de gritar, susurrar, atropellar las palabras ni tratarla como si acabara de aterrizar procedente de una galaxia remota.

Carolus Aurelius Cálidus Unionis

Debo comenzar con una confesión.

Soy sordo.

No es un mérito.

No es una vocación.

No es una ideología.

Ni siquiera es una afición extravagante.

Simplemente soy sordo.

Y no lo puedo evitar.

Durante muchos años pensé que la sordera consistía principalmente en no oír.

Luego descubrí que estaba equivocado.

La sordera consiste sobre todo en intentar entender.

Intentar entender a la señora que habla mirando al escaparate.

Al camarero que recita el menú a la velocidad de una ametralladora.

Al médico que explica el diagnóstico mientras contempla la pantalla del ordenador.

Al funcionario que murmura detrás de una mampara.

Al cuñado que habla con la boca llena.

Al político que silabea como si estuviera presentando un programa infantil.

Y al periodista que parece convencido de que la buena dicción es un vicio reaccionario.

Con el paso de los años descubrí además que el oído es una máquina mucho más complicada de lo que parece.

No sirve únicamente para oír.

Sirve para orientarse.

Para mantener el equilibrio.

Para saber dónde está arriba y dónde está abajo.

Para conducir marcha atrás sin que el universo empiece a comportarse de manera sospechosa.

Y cuando esa maquinaria empieza a deteriorarse, uno aprende cosas que jamás aparecen en los folletos oficiales.

Aprende qué es un acúfeno.

Aprende qué es un vértigo.

Aprende qué significa reconstruir una conversación utilizando media frase, dos gestos, tres labios y una gran dosis de imaginación.

Aprende que escuchar no es lo mismo que oír.

Y aprende también algo bastante más inquietante.

Que muchas personas que oyen perfectamente escuchan muy poco.

Este cómic habla de todo eso.

Habla de la sordera.

Habla del ruido.

Habla de la atención.

Habla de los acúfenos, de la mala dicción, de los sobresfuerzos invisibles y de las pequeñas derrotas cotidianas.

Habla de quienes gritan creyendo que los decibelios son un idioma.

Habla de quienes hablan como si el mundo fuera a terminar dentro de treinta segundos.

Habla de quienes susurran convencidos de que las palabras poseen alas propias.

Y habla también de quienes facilitan las cosas.

De quienes vocalizan.

De quienes miran de frente.

De quienes entienden que comunicarse es una tarea compartida.

No espere encontrar aquí héroes.

Ni mártires.

Ni discursos lacrimógenos.

Encontrará algo mucho más interesante.

Personas.

Personas que oyen.

Personas que no oyen.

Personas que intentan entenderse.

A veces lo consiguen.

A veces no.

Pero siguen intentándolo.

Que no es poco.

Si después de leer estas páginas alguien aprende a hablar un poco más claro, a escuchar un poco mejor o a prestar un poco más de atención al prójimo, este escuchante obstinado se dará por satisfecho.

Y ahora, si le parece bien, pasemos a la historieta.

Pero procure no hablar demasiado deprisa.

Ni demasiado bajo.

Ni demasiado alto.

Y, por favor, no se tape la boca.

Gracias.

No era un libro sobre la sordera.

Cuando empecé a escribir estas páginas, pensé que iba a redactar un libro sobre la sordera.

Me equivoqué.

La sordera ha sido únicamente el hilo conductor.

La verdadera protagonista siempre fue la comunicación.

Porque, después de muchos años intentando entender a los demás, uno acaba descubriendo algo bastante curioso.

Que el mundo está lleno de personas que oyen perfectamente…

…pero escuchan muy poco.

He conocido sordos extraordinariamente atentos.

Y normoyentes absolutamente incapaces de escuchar una frase completa sin interrumpir.

He conocido personas con una audición excelente que jamás miraban a su interlocutor.

Y otras que, aun oyendo muy poco, eran capaces de descubrir una preocupación antes de que apareciera la primera palabra.

Con los años terminé comprendiendo que el oído y la escucha son dos cosas distintas.

El primero pertenece a la anatomía.

La segunda pertenece al carácter.


Vivimos en una época extraordinariamente ruidosa.

Nunca hubo tantos teléfonos.

Tantas pantallas.

Tantos altavoces.

Tantas tertulias.

Tantos mensajes.

Tantos vídeos.

Tantos avisos.

Tantas alarmas.

Tantas opiniones.

Y, sin embargo, cada día parece más difícil mantener una conversación tranquila.

Una conversación donde nadie interrumpa.

Donde nadie compita.

Donde nadie pretenda ganar.

Donde dos personas intenten únicamente comprenderse.

Quizá por eso la sordera me enseñó algo que nunca esperaba aprender.

Que escuchar exige una disciplina.

Una atención.

Una voluntad.

Y que esa voluntad escasea bastante más que los audífonos.


También descubrí otra cosa.

Las barreras más difíciles no suelen ser arquitectónicas.

Son mentales.

Hablar de espaldas.

Hablar mientras se mastica.

Hablar desde otra habitación.

Hablar mirando el teléfono móvil.

Hablar como si el mundo fuera a terminar dentro de treinta segundos.

Todo eso levanta muros mucho más altos que muchos escalones.

Y lo sorprendente es que derribarlos no cuesta dinero.

Sólo cuesta un poco de atención.


Jamás he pedido un trato especial.

Nunca he necesitado compasión.

Ni discursos grandilocuentes.

Ni palabras cuidadosamente maquilladas.

He necesitado cosas muchísimo más sencillas.

Que me miren.

Que vocalicen.

Que no corran.

Que no griten.

Que no se tapen la boca.

Que entiendan que comunicarse es un trabajo compartido.

Nada más.

Y nada menos.


Durante estas páginas han aparecido médicos.

Camareros.

Profesores.

Familias.

Funcionarios.

Dependientes.

Conciertos.

Restaurantes.

Aeropuertos.

Supermercados.

Acúfenos.

Vértigos.

Implantes.

Audífonos.

Lectura labial.

Risas.

Frustraciones.

Y bastantes disparates.

Todos son reales.

Algunos hacen sonreír.

Otros no tanto.

Pero todos tienen un denominador común.

La condición humana.

Porque todos, absolutamente todos, dependemos de los demás mucho más de lo que solemos admitir.


Si alguna enseñanza quisiera dejar este libro, sería muy sencilla.

Cuando hables con alguien, míralo.

Pronuncia bien.

No tengas prisa.

Escucha.

Escucha de verdad.

No porque pueda ser sordo.

Hazlo porque es una persona.

Y porque tú también querrás ser escuchado algún día.


Hace mucho tiempo comprendí que probablemente nunca volvería a oír el canto de algunos pájaros como lo recordaba.

Ni el roce de determinadas hojas movidas por el viento.

Ni el murmullo lejano de una fuente.

Ni la lluvia fina golpeando suavemente los cristales.

Es una pérdida.

Sería absurdo negarlo.

Pero la vida tiene una extraña costumbre.

Cuando una puerta se entrecierra, suele obligarnos a mirar otras ventanas.

La sordera me hizo observar más.

Pensar más.

Esperar más.

Y quizá escuchar mejor.

Porque escuchar no depende únicamente del oído.

Depende del respeto.

Depende de la paciencia.

Depende del deseo sincero de comprender al otro.

Y esa facultad sigue estando al alcance de cualquiera.

Oiga mucho.

Oiga poco.

O no oiga absolutamente nada.

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