MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA CONVERTIRSE EN UN MAGNÍFICO ENCANTADOR DE SERPIENTES
(Curso acelerado para aspirantes a embaucadores, demagogos, vendedores de humo y demás profesionales del engaño)
Profesor Epicteto

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA CONVERTIRSE EN UN MAGNÍFICO ENCANTADOR DE SERPIENTES
O de cómo aprender a reconocer a quienes pretenden pensar por usted
La Historia suele contarse como una sucesión de guerras, revoluciones, crisis económicas, descubrimientos científicos y cambios políticos.
Este libro sostiene una tesis mucho más incómoda.
Detrás de buena parte de los grandes acontecimientos históricos aparece siempre el mismo personaje.
No cambia de nombre.
No cambia de idioma.
No cambia de bandera.
Sólo cambia de disfraz.
Es el encantador de serpientes.
No siempre viste uniforme.
No siempre ocupa un trono.
No siempre gobierna un Estado.
A veces dirige una secta.
Otras una empresa.
En ocasiones una universidad.
Un partido.
Una familia.
Una asociación.
O simplemente una relación sentimental.
Su herramienta nunca ha sido la fuerza.
Ha sido la seducción.
El auténtico encantador de serpientes no obliga.
Consigue algo mucho más eficaz.
Que la víctima desee obedecer.
Que entregue voluntariamente su libertad.
Que acabe considerando virtud aquello que ayer le habría parecido intolerable.
Ésa constituye la obra maestra del manipulador.
No dominar cuerpos.
Dominar conciencias.
El libro comienza preguntándose si los psicópatas nacen o se hacen.
La respuesta resulta menos importante que otra cuestión mucho más práctica.
¿Cómo reconocer a una persona que utiliza sistemáticamente el engaño, la manipulación, la culpa, el miedo, la adulación o la dependencia emocional para convertir a otros en simples instrumentos?
Porque, al fin y al cabo, la inmensa mayoría de nosotros jamás tendremos que enfrentarnos a un asesino en serie.
Pero casi todos conoceremos a algún pequeño encantador de serpientes.
En la familia.
En el trabajo.
En la política.
En los medios de información.
En las redes sociales.
O incluso frente al espejo.
El libro distingue cuidadosamente entre quienes sienten remordimientos y quienes parecen carecer de ellos; entre el pícaro y el manipulador; entre el estúpido descrito por Carlo Cipolla y el malvado inteligente capaz de calcular fríamente las consecuencias de sus actos.
No todos los individuos peligrosos son iguales.
No todos poseen la misma inteligencia.
Ni el mismo grado de frialdad.
Ni la misma capacidad de seducción.
Pero los más peligrosos reúnen una combinación especialmente inquietante.
Inteligencia.
Paciencia.
Encanto personal.
Ausencia de escrúpulos.
Y poder.
Mucho poder.
Sin embargo, el verdadero protagonista del ensayo no es el psicópata.
Ni el demagogo.
Ni el fanático.
El verdadero protagonista es la víctima.
Porque ningún encantador de serpientes prospera sin serpientes.
Ésa constituye la gran paradoja.
La manipulación nunca depende exclusivamente del manipulador.
Depende también de las debilidades humanas que éste aprende a explotar.
La necesidad de sentirse aceptado.
El miedo al rechazo.
La soledad.
La vanidad.
La pereza intelectual.
La búsqueda de certezas sencillas para problemas extraordinariamente complejos.
El deseo de pertenecer al grupo.
Y, sobre todo, la renuncia a pensar por uno mismo.
El libro analiza cómo funcionan los mecanismos de dependencia emocional.
Cómo algunos manipuladores consiguen aislar progresivamente a sus víctimas.
Cómo utilizan la culpa.
Cómo administran alternativamente afecto y rechazo.
Cómo convierten el miedo en una forma de obediencia.
Y cómo, en determinadas circunstancias, algunas víctimas llegan incluso a justificar a quienes las perjudican.
Especial atención merece la manipulación de los niños y de las personas especialmente vulnerables.
Porque quien consigue controlar la memoria, el afecto o los vínculos de un menor posee un poder inmenso sobre su forma futura de entender el mundo.
Uno de los capítulos más importantes está dedicado al sentimentalismo.
No al sentimiento.
El libro no desprecia el amor, la compasión o la ternura.
Todo lo contrario.
Lo que critica es la sustitución del juicio por la emoción permanente.
Cuando toda decisión depende exclusivamente de cómo nos sentimos en un instante determinado, dejamos de gobernarnos nosotros mismos.
Y comenzamos a ser gobernados por quien mejor sabe despertar nuestras emociones.
El ensayo sostiene que muchas sociedades occidentales han ido sustituyendo lentamente la formación del carácter por el culto a la autoestima, la disciplina por la comodidad, el deber por el deseo y la responsabilidad por la reivindicación permanente de derechos.
Esa transformación cultural produce ciudadanos cada vez más vulnerables frente a cualquier vendedor de soluciones milagrosas.
El encantador de serpientes no necesita fabricar ese terreno.
Simplemente lo aprovecha.
Uno de los recursos centrales del libro consiste en utilizar el humor para explicar cuestiones muy serias.
Cada capítulo adopta la forma de unas supuestas instrucciones dirigidas a futuros manipuladores.
Pero el lector descubre muy pronto que el verdadero destinatario no es el embaucador.
Sino la futura víctima.
El supuesto manual para aprender a engañar termina convirtiéndose en un manual para aprender a defenderse del engaño.
El profesor que imparte el curso insiste constantemente en una idea.
No basta con desconfiar de los demás.
También debemos desconfiar de nosotros mismos.
Porque el primer encantador de serpientes habita dentro de cada ser humano.
Se llama autoengaño.
Y posee una habilidad extraordinaria para convencernos de que siempre tenemos razón.
El libro reivindica una virtud casi olvidada.
La prudencia.
No el miedo.
No la cobardía.
No el cinismo.
La prudencia.
Esa capacidad para escuchar antes de juzgar.
Para comprobar antes de creer.
Para distinguir entre tener confianza con alguien y confiar verdaderamente en él.
Como recuerda el viejo refranero español:
«Hay confianzas que dan asco.»
Y también:
«La confianza se gana; las confianzas se toman.»
Finalmente, el ensayo concluye que las sociedades libres jamás deberían construirse suponiendo que todos los gobernantes serán virtuosos.
Al contrario.
Las instituciones más sólidas son aquellas diseñadas precisamente para limitar el poder de quienes, tarde o temprano, intentarán utilizarlo en beneficio propio.
Porque la libertad no depende únicamente de elegir buenos gobernantes.
Depende, sobre todo, de impedir que cualquier gobernante, por brillante, simpático o carismático que parezca, pueda convertirse en un encantador de serpientes sin encontrar resistencia.
Ésa constituye la enseñanza última del libro.
Los encantadores de serpientes siempre han existido.
Siempre existirán.
La verdadera cuestión nunca ha sido cómo eliminarlos.
La verdadera cuestión consiste en formar hombres y mujeres con suficiente carácter, criterio, fortaleza moral y sentido común para que la música de la flauta deje de producir efecto.
Porque una sociedad de ciudadanos libres no necesita encantadores.
Necesita personas capaces de pensar por sí mismas.
Si quieres aprender más, profundizar,… sigue leyendo.

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA CONVERTIRSE EN UN MAGNÍFICO ENCANTADOR DE SERPIENTES

ADVERTENCIA PRELIMINAR
Antes de comenzar este curso, conviene asegurarse de que usted reúne las condiciones mínimas exigibles.
Si todavía experimenta remordimientos después de mentir…
…abandone inmediatamente la lectura.
Si alguna vez ha pedido perdón…
…abandone inmediatamente la lectura.
Si siente compasión por quienes sufren…
…este manual no está escrito para usted.
Si todavía distingue entre el honor y la conveniencia…
…no pierda el tiempo.
Este libro exige una cierta predisposición natural.
No es imprescindible haber nacido sin conciencia.
Basta con haber aprendido a silenciarla.
PRÓLOGO

Por qué este libro no debería existir.
Confieso al lector que he dudado mucho antes de escribir estas páginas.
No por miedo.
A estas alturas de la vida ya son pocas las cosas que consiguen asustarme.
He dudado por una razón mucho más sencilla.
Este libro constituye, en cierto modo, un disparate.
Imagínese un manual titulado «Instrucciones para convertirse en un excelente carterista».
O un tratado sobre «Cómo falsificar billetes sin dejar huellas».
¿Qué pensaría?
Probablemente que su autor pretende formar delincuentes.
Pues bien, éste parece un libro destinado a enseñar cómo convertirse en un magnífico encantador de serpientes.
Nada más lejos de la realidad.
Los auténticos encantadores de serpientes jamás necesitarán leerlo.
Ellos ya conocen el oficio.
Lo aprendieron hace mucho tiempo.
Algunos de manera intuitiva.
Otros por ensayo y error.
Y unos pocos porque la naturaleza les concedió un talento extraordinario para manipular a sus semejantes.
Este libro está escrito para las futuras víctimas.
Para quienes todavía creen que el mal siempre aparece vestido de negro.
Que los embaucadores hablan a gritos.
Que los manipuladores tienen aspecto siniestro.
Que los grandes canallas desprenden un desagradable olor a azufre.
La experiencia enseña exactamente lo contrario.
Los individuos más peligrosos suelen ser educados.
Cordiales.
Agradables.
Cultos.
Divertidos.
Saben escuchar.
Saben seducir.
Y, sobre todo, saben hacer que cada persona se sienta única.
No necesitan imponer.
Prefieren persuadir.
No obligan.
Consiguen que los demás quieran obedecer.
Ésa constituye la obra maestra del encantador de serpientes.
Durante siglos hemos estudiado guerras, revoluciones, conspiraciones y golpes de Estado.
Mucho menos hemos estudiado los mecanismos cotidianos de la seducción, la manipulación y el autoengaño.
Sin embargo, quizá ahí resida una de las claves de la Historia.
Las grandes tragedias rara vez comienzan con cañones.
Comienzan con palabras.
Con pequeñas renuncias.
Con diminutas cesiones de criterio.
Con una confianza mal depositada.
Con una mentira aceptada porque resultaba agradable.
Con un aplauso concedido sin reflexión.
Este libro pretende analizar esos pequeños mecanismos.
Lo hará recurriendo al humor.
A la ironía.
A la exageración.
Porque la sátira posee una virtud extraordinaria.
Consigue que el lector sonría.
Y, mientras sonríe, baja la guardia.
En ese preciso instante aparece la reflexión.
No espere encontrar aquí tratados de Psiquiatría.
Ni complicadas teorías sociológicas.
Ni jerga académica destinada a impresionar a otros académicos.
Encontrará algo mucho más modesto.
Sentido común.
Refranes.
Historia.
Psicología.
Y una vieja sospecha que me acompaña desde hace muchos años.
La libertad depende mucho menos de las leyes que del carácter de quienes viven bajo ellas.
Si este libro consigue que algún lector aprenda a distinguir entre la simpatía y la honradez, entre el carisma y la autoridad moral, entre las confianzas y la confianza, entre el sentimiento y el sentimentalismo, entre la prudencia y el miedo…
habrá cumplido sobradamente su misión.
Porque los encantadores de serpientes siempre existirán.
Lo único que puede cambiar es el número de serpientes dispuestas a bailar al son de la flauta.

LECCIÓN PRIMERA
Instrucciones para desprenderse de la conciencia
La conciencia constituye un accesorio extraordinariamente incómodo.
Produce insomnio.
Provoca remordimientos.
Invita a pedir disculpas.
Empuja a cumplir la palabra dada.
Y dificulta enormemente determinadas carreras profesionales.
Por consiguiente, lo primero consiste en desprenderse de ella.
Si nació usted sin conciencia, enhorabuena.
Se ahorrará mucho trabajo.
Si, por el contrario, todavía conserva restos de ese molesto mecanismo, existen varios procedimientos eficaces.
Repita diariamente:
—No lo hice yo.
Si no funciona:
—Todo el mundo hace lo mismo.
Si tampoco basta:
—Las circunstancias me obligaron.
Y, cuando la conciencia continúe protestando obstinadamente, pruebe con el método universal:
—Era por una buena causa.
Funciona desde hace varios milenios.
LECCIÓN SEGUNDA
Instrucciones para mentir sin pestañear
Jamás improvise una mentira.
Las mentiras improvisadas requieren memoria.
Y la memoria termina traicionando.
El profesional no recuerda.
Reescribe.
Si ayer afirmó exactamente lo contrario, niegue haberlo dicho.
Si existe una grabación, asegure que ha sido manipulada.
Si existen veinte grabaciones…
…denuncie una conspiración.
Si aparecen cincuenta testigos…
…afirme que todos pertenecen a la misma organización secreta.
Recuerde siempre esta regla de oro:
No importa que la mentira resulte creíble.
Lo importante consiste en que sus seguidores necesiten creerla.
CAPÍTULO I

Instrucciones para mirar alrededor… y después al espejo
La primera clase comenzó con una enorme decepción.
Los alumnos esperaban encontrar fórmulas secretas.
Trucos infalibles.
Métodos para desenmascarar psicópatas, embaucadores, demagogos y encantadores de serpientes.
El profesor entró en silencio.
No llevaba libros.
Ni apuntes.
Ni siquiera la inseparable carpeta de cuero.
Únicamente una vieja tiza.
Se acercó a la pizarra.
Dibujó una serpiente.
A su lado dibujó un espejo.
Después dejó la tiza.
Se volvió hacia los alumnos.
Y preguntó:
—¿Cuál de los dos les parece más peligroso?
Nadie respondió.
Natural.
Todos miraban a la serpiente.
Nadie prestaba atención al espejo.
El profesor sonrió.
—Éste constituye exactamente el primer error que vamos a intentar corregir durante este curso.
Todos ustedes han venido convencidos de que aprenderán a reconocer encantadores de serpientes.
Magnífico.
Pero ésa es la segunda lección.
La primera consiste en descubrir por qué existen serpientes dispuestas a dejarse encantar.
Porque, créanme, los encantadores nunca han tenido escasez de clientela.
Ni en el antiguo Egipto.
Ni en la Roma imperial.
Ni durante la Edad Media.
Ni en las revoluciones.
Ni en las democracias.
Ni siquiera en las reuniones de vecinos.
Los alumnos rieron.
El profesor no.
—Permítanme una pregunta.
¿Cuántos de ustedes creen resultar difíciles de engañar?
Casi todas las manos se levantaron.
—Excelente.
Ya tenemos el primer diagnóstico.
La inmensa mayoría de las víctimas creen exactamente lo mismo.
El profesor volvió a la pizarra.
Borró la serpiente.
Dejó únicamente el espejo.
—Hace muchos años comprendí una verdad profundamente incómoda.
Los mayores embaucadores que he conocido nunca comenzaron engañando a los demás.
Comenzaron engañándose a sí mismos.
Convencidos de que todo cuanto hacían estaba justificado.
De que sus fines ennoblecían cualquier medio.
De que ellos constituían la excepción.
Y cuando un ser humano llega a convencerse de que él representa la excepción…
las normas empiezan a parecerle un estorbo.
Las leyes una molestia.
La moral una antigualla.
Y la conciencia…
un lujo perfectamente prescindible.
El profesor guardó silencio.
Después añadió:
—No teman demasiado a los grandes psicópatas.
Son relativamente escasos.
Teman algo mucho más frecuente.
La vanidad.
La necesidad de aprobación.
El miedo al rechazo.
La comodidad.
La pereza de pensar.
Ésos constituyen los verdaderos aliados del encantador de serpientes.
No trabaja solo.
Nunca ha trabajado solo.
Siempre encuentra colaboradores involuntarios.
Un alumno levantó la mano.
—Profesor…
¿Quiere decir que cualquiera puede convertirse en una serpiente encantada?
El profesor tardó unos segundos en responder.
—No.
Quiero decir algo mucho más inquietante.
Que cualquiera puede convertirse, en determinadas circunstancias, en encantador y en serpiente.
En manipulador y manipulado.
En víctima y verdugo.
En creyente y propagandista.
La naturaleza humana posee muy poca afición por los compartimentos estancos.
Todos llevamos dentro un pequeño demagogo.
Un pequeño fanático.
Un pequeño vanidoso.
Un pequeño cobarde.
Y también —afortunadamente— un pequeño sabio que intenta impedir que los anteriores tomen el mando.
Ésa constituye la verdadera batalla.
No la que libramos contra los demás.
La que libramos cada mañana al mirarnos en el espejo.
El profesor tomó de nuevo la tiza.
Y escribió muy despacio:
«El primer encantador de serpientes que debe aprender a reconocer es el que le habla cuando nadie más está presente.»
Los alumnos copiaron la frase.
Algunos incluso la subrayaron.
El profesor negó con la cabeza.
—No la subrayen.
Las frases subrayadas suelen olvidarse.
Las que incomodan…
ésas permanecen toda la vida.
Recorrió lentamente el aula con la mirada.
Y concluyó:
—Durante este curso hablaremos de psicópatas, sociópatas, fanáticos, demagogos, sectas, propaganda, sentimentalismo, miedo, autoengaño, poder, manipulación y libertad.
Pero no se equivoquen.
Todo eso constituye únicamente el decorado.
La verdadera asignatura lleva un nombre mucho más sencillo.
Aprender a gobernarse uno mismo.
Porque quien no gobierna su propia conciencia…
termina entregándosela, tarde o temprano, a alguien que tocará la flauta mucho mejor que él.
El profesor cerró el cuaderno.
Miró por última vez a los alumnos.
Y sonrió.
—Ahora sí.
Ya podemos comenzar el curso.
Hasta ahora…
únicamente les estaba enseñando a entrar en el aula.
CAPÍTULO II
Instrucciones para fabricar una personalidad irresistible

No basta con carecer de conciencia.
Eso constituye únicamente el requisito de acceso.
Ser un magnífico encantador de serpientes exige mucho más.
No piense jamás en usted como un mentiroso.
Un mentiroso cualquiera termina cometiendo errores.
Considérese un artista.
Un escultor del alma ajena.
Un violinista de las emociones.
Un director de orquesta capaz de conseguir que cien personas desafinen exactamente al mismo tiempo.
Recuerde siempre que los seres humanos no solemos enamorarnos de quien dice la verdad.
Nos enamoramos de quien nos hace sentir especiales.
Ésa es la diferencia.
La verdad informa.
La adulación seduce.
Y la seducción, cuando se administra en dosis adecuadas, produce una embriaguez extraordinariamente parecida al amor.
No en vano se afirma que el amor es ciego.
El fanatismo también.
Primera práctica
Busque una víctima.
No hace falta que sea especialmente ingenua.
Al contrario.
Las personas inteligentes suelen constituir excelentes candidatos.
Poseen un pequeño defecto.
Confían demasiado en su propia inteligencia.
Y precisamente por eso creen imposible ser engañadas.
Grave error.
Resulta mucho más sencillo engañar a quien está convencido de que jamás caerá en un engaño.
Cómo reconocer a la presa adecuada
Observe.
No hable demasiado.
Escuche.
Todo ser humano termina confesando sus puntos débiles.
Algunos necesitan sentirse admirados.
Otros desean reconocimiento.
Muchos buscan afecto.
Otros ansían poder.
Algunos sólo quieren que alguien les diga:
—Tú sí me comprendes.
En ese instante…
ya tiene usted medio trabajo hecho.
Jamás intente convencer a una persona.
Descubra primero qué desea creer.
Después limite su esfuerzo a confirmárselo.
Le estará profundamente agradecida.
CAPÍTULO III

Instrucciones para mentir diciendo únicamente verdades
Éste constituye uno de los niveles superiores del oficio.
Los aficionados inventan.
Los profesionales seleccionan.
Imagine una inmensa montaña formada por miles de hechos.
Su tarea no consiste en fabricar otros nuevos.
Basta con elegir únicamente aquellos que favorecen sus intereses.
Después silencie cuidadosamente todos los demás.
No habrá pronunciado una sola mentira.
Y, sin embargo…
habrá construido una falsedad perfecta.
Los antiguos llamaban a eso sofística.
Hoy recibe nombres mucho más elegantes.
Regla número uno
Nunca responda exactamente a la pregunta formulada.
Responda siempre a otra distinta.
Si alguien pregunta:
—¿Ha robado usted?
Conteste:
—Siempre he dedicado mi vida al servicio de los demás.
Si preguntan otra vez:
—No ha respondido.
Sonría.
Indígnese.
Acuse al periodista de mala educación.
Hable de cualquier otra cosa.
Funciona admirablemente.
Desde hace unos dos mil quinientos años.
CAPÍTULO IV

Instrucciones para parecer una excelente persona
Éste constituye uno de los capítulos más importantes.
Jamás aparezca como el protagonista.
Preséntese siempre como víctima.
Si ha sido usted quien ha provocado el incendio…
compadezca públicamente a los damnificados.
Si ha arruinado una empresa…
pronuncie un discurso sobre la responsabilidad.
Si ha dividido una familia…
ofrezca una conferencia sobre convivencia.
Si ha sembrado el odio…
organice un congreso acerca de la tolerancia.
Existe una curiosa ley psicológica.
Cuanto más grandilocuente resulta el discurso…
menos tiempo dedica la gente a comprobar los hechos.
El viejo truco del espejo
Acuse siempre a los demás de aquello mismo que usted está haciendo.
Si pretende censurar…
hable de libertad.
Si desea imponer…
pronuncie discursos sobre el pluralismo.
Si vive del engaño…
preséntese como defensor de la verdad.
Este procedimiento posee una ventaja extraordinaria.
Mientras todos discuten acerca de sus acusaciones…
nadie observa sus actos.
Observación importante
No todos los psicópatas llegan a convertirse en encantadores de serpientes.
Algunos carecen de inteligencia suficiente.
Otros poseen inteligencia, pero les falta paciencia.
Otros, sencillamente, son torpes.
También existe un reducido grupo que, aun reconociendo en sí mismo esa inquietante frialdad afectiva, decide no utilizarla para perjudicar a los demás. Comprende que su ausencia de remordimientos no le concede derecho alguno sobre las personas.
Éstos merecen respeto.
Porque luchar contra un enemigo exterior resulta relativamente sencillo.
Lo verdaderamente admirable consiste en mantener a raya al enemigo que uno lleva dentro.
CAPÍTULO V

Instrucciones para fabricar una biografía admirable
El principiante comete un error muy frecuente.
Cuenta su vida.
El profesional jamás hace semejante cosa.
La edita.
Recuerde que la memoria constituye una materia extraordinariamente maleable.
No hace falta mentir.
Basta con olvidar cuidadosamente.
Si durante veinte años fue usted un perfecto inútil, dedique doscientas páginas a los tres días en los que tuvo una idea brillante.
Si nunca leyó un libro, procure aparecer fotografiado delante de una biblioteca.
No importa que los libros estén colocados al revés.
Nadie los leerá.
Lo importante consiste en que parezcan importantes.
Los libros, como las medallas, sirven principalmente para impresionar a quienes tampoco los han leído.
Ejercicio práctico
Pronuncie lentamente la siguiente frase:
—Siempre he dedicado mi vida al servicio de los demás.
Repítala.
Otra vez.
Y otra.
Con el tiempo acabará creyéndosela usted mismo.
Éste constituye uno de los mayores descubrimientos de la psicología.
Las mentiras repetidas no sólo convencen a quienes las escuchan.
En ocasiones terminan convenciendo incluso a quien las pronuncia.
Resulta extraordinariamente cómodo.
Porque ya no hace falta fingir.
CAPÍTULO VI

Instrucciones para utilizar el espejo
Existe un instrumento mucho más útil que el telescopio.
Más eficaz que el microscopio.
Y bastante más barato.
El espejo.
Pero no para mirarse.
Para colocarlo delante del adversario.
Todo aquello que usted hace…
atribúyaselo al contrario.
Si usted divide…
acúselo de sembrar división.
Si censura…
preséntese como campeón de la libertad.
Si manipula…
denuncie la manipulación.
Si compra voluntades…
pronuncie una conferencia sobre ética pública.
Este procedimiento presenta una ventaja extraordinaria.
Mientras el público contempla atentamente el espejo…
usted desaparece del paisaje.
Advertencia
No abuse.
Existe un límite.
Si acusa al adversario de provocar la lluvia…
todavía no.
La técnica requiere cierta elegancia.
CAPÍTULO VII

Instrucciones para construir una secta sin que nadie sospeche que pertenece a una secta
Jamás utilice la palabra secta.
Produce rechazo.
Llámela movimiento.
Proyecto.
Corriente.
Plataforma.
Espacio de reflexión.
Laboratorio de ideas.
Foro ciudadano.
Cualquier nombre servirá.
Lo importante consiste en evitar que la gente advierta que está dejando de pensar por sí misma.
Norma primera
No permita preguntas incómodas.
Las preguntas resultan peligrosísimas.
Obligan a pensar.
Y pensar constituye una actividad incompatible con la obediencia entusiasta.
Norma segunda
Repita continuamente que quienes discrepan odian.
No importa exactamente qué.
O a quién.
Ya encontrará algo.
Lo importante consiste en sustituir el razonamiento por la descalificación.
Ahorra muchísimo tiempo.
Norma tercera
Construya un enemigo gigantesco.
Si no existe…
invéntelo.
Nada une tanto a un grupo como un enemigo común.
Las religiones lo descubrieron hace miles de años.
Los partidos también.
Las empresas modernas empiezan a sospecharlo.
Intermedio
Instrucciones para fabricar creyentes
Hasta este momento hemos cometido un pequeño error.
Hemos hablado demasiado del encantador.
Conviene dedicar unas páginas a las serpientes.
Porque ningún encantador vive sin ellas.
Existe una pregunta fascinante.
¿Por qué millones de personas siguen a individuos cuya incompetencia resulta visible desde la Luna?
¿Por qué tantos estafadores reinciden con éxito?
¿Por qué determinadas promesas absurdas vuelven a funcionar una y otra vez?
Porque el ser humano no busca solamente la verdad.
Busca tranquilidad.
Busca pertenecer al grupo.
Busca sentirse moralmente superior.
Busca que alguien le explique el mundo en diez frases.
Y quien ofrece explicaciones sencillas para problemas complicados posee media victoria asegurada.
Primera ley del encantamiento
Jamás subestime el poder de una mentira agradable.
La verdad exige esfuerzo.
La mentira suele regalar consuelo.
Y los seres humanos, puestos a elegir entre una verdad incómoda y una mentira confortable…
no siempre eligen bien.
CAPÍTULO VIII

Instrucciones para cultivar una sonrisa tranquilizadora
No descuide jamás la sonrisa.
La sonrisa constituye para el encantador de serpientes lo mismo que la bata blanca para el médico, la toga para el juez o el uniforme para el guardia civil.
Inspira confianza.
Y la confianza representa la materia prima de todo gran engaño.
Procure sonreír incluso cuando anuncie una catástrofe.
Sobre todo entonces.
El público tiende a pensar que una persona sonriente jamás puede albergar malas intenciones.
Grave error.
Los cocodrilos también parecen sonreír.
Y no precisamente porque vayan a felicitar la Navidad a la gacela.
Ejercicio práctico
Colóquese delante del espejo.
Ensaye las siguientes modalidades.
La sonrisa paternal.
La sonrisa compasiva.
La sonrisa del hombre que parece saber algo que los demás ignoran.
La sonrisa del profeta.
La sonrisa del vendedor de automóviles usados.
La sonrisa del notario que acaba de leer un testamento.
Cuando consiga que todas parezcan idénticas…
habrá alcanzado un nivel notable.
CAPÍTULO IX

Instrucciones para hablar mucho sin decir absolutamente nada
Éste constituye uno de los pilares de toda carrera brillante.
Las personas inteligentes suelen cometer un grave error.
Intentan explicar.
No haga usted semejante tontería.
Explique demasiado…
y alguien terminará comprendiendo.
Hable.
Mucho.
Sin descanso.
Construya frases interminables.
Utilice palabras largas.
Preferiblemente de cinco sílabas.
Si pueden entenderse con facilidad…
sustitúyalas por otras más oscuras.
El público suele confundir profundidad con dificultad.
Aproveche semejante debilidad.
Regla de oro
Jamás termine una frase cuando pueda prolongarla innecesariamente durante otros cuatro minutos.
Mientras usted habla…
nadie pregunta.
Segunda regla
Cuando no tenga absolutamente nada que decir…
comience diciendo:
—La realidad es extraordinariamente compleja.
Nadie se atreverá a discutirlo.
Después añada:
—No existen soluciones sencillas.
Magnífico.
Ha ganado otros diez minutos.
Si aún necesita más tiempo…
pronuncie lentamente:
—Debemos abrir un proceso de reflexión colectiva.
En ese momento, la mitad del auditorio habrá olvidado cuál era la pregunta inicial.
CAPÍTULO X
Instrucciones para escoger convenientemente a los culpables

Existe una costumbre muy desagradable.
Los hechos.
Cuando aparecen, estropean magníficos discursos.
No permita jamás que eso ocurra.
Si las cosas salen bien…
atribúyaselo.
Si salen mal…
busque inmediatamente un culpable.
La meteorología ofrece excelentes resultados.
También funcionan admirablemente:
la herencia recibida,
las circunstancias excepcionales,
la coyuntura internacional,
los mercados,
la oposición,
los medios de información,
la desinformación,
los bulos,
las redes sociales,
el pasado,
el futuro,
la mala suerte.
Si ninguna de estas excusas resulta suficiente…
culpe a la Historia.
La Historia jamás presenta querellas.
Observación zoológica
Jamás se ha visto un encantador de serpientes aceptar serenamente la responsabilidad de un fracaso.
Los ejemplares que desarrollan semejante anomalía suelen abandonar muy pronto la profesión.
CAPÍTULO XI

Instrucciones para fabricar fieles
Los principiantes buscan admiradores.
Los maestros fabrican creyentes.
Existe una diferencia enorme.
El admirador cambia de opinión.
El creyente cambia de realidad.
No aspire a convencer.
Aspire a convertir.
Una vez conseguida la conversión…
los hechos dejan de tener importancia.
Cómo saber si el procedimiento funciona
Realice una pequeña prueba.
Diga hoy exactamente lo contrario que dijo ayer.
Si nadie protesta…
va usted por buen camino.
Si además le aplauden…
empiece a preocuparse.
No por usted.
Por ellos.
PEQUEÑO DESCANSO ENTRE LECCIONES
Instrucciones para reconocer que usted se ha convertido en una serpiente
Este capítulo no estaba previsto.
Ha sido necesario añadirlo después de observar cuidadosamente a numerosas colonias humanas.
Responda sinceramente.
¿Ha dejado de hacer preguntas?
Mal asunto.
¿Le irrita profundamente quien discrepa?
Peor.
¿Ha empezado a repetir frases enteras sin recordar dónde las oyó?
Preocupante.
¿Necesita que alguien piense por usted?
Entonces cierre inmediatamente este libro.
Salga a pasear.
Lea a quienes no piensan como usted.
Converse con personas inteligentes.
Y, sobre todo…
desconfíe de cualquiera que le prometa un paraíso sin esfuerzo.
Los paraísos gratuitos suelen ocultar facturas muy elevadas.
NOTA DEL PROFESOR
Varios alumnos me han escrito preguntando si resulta imprescindible carecer de conciencia para convertirse en un gran encantador de serpientes.
La respuesta es negativa.
La conciencia puede conservarse.
Siempre que permanezca encerrada en un armario, amordazada y alimentada una vez por semana.
No conviene matarla del todo.
Su cadáver desprende un olor desagradable.
Basta con mantenerla dormida.
Muchos lo consiguen durante décadas.
Otros únicamente mientras ocupan determinados cargos.
Al jubilarse, suele despertar de muy mal humor.
CAPÍTULO XII

Instrucciones para no aprender jamás de la Historia
Éste constituye uno de los secretos mejor guardados de la profesión.
La Historia enseña muchas cosas.
Por fortuna para el encantador de serpientes…
muy pocas personas la estudian.
Y menos aún la recuerdan.
Si desea alcanzar la excelencia, procure que sus seguidores vivan instalados en un presente perpetuo.
El ayer sólo sirve para hacer homenajes.
Nunca para sacar consecuencias.
Recuerde:
Un pueblo con memoria resulta extraordinariamente incómodo.
Un pueblo desmemoriado constituye una materia prima de excelente calidad.
Moldeable.
Flexible.
Dócil.
Primera práctica
Si alguien menciona un desastre ocurrido hace cincuenta años…
responda inmediatamente:
—No se pueden comparar épocas distintas.
Si menciona otro ocurrido hace cien…
conteste:
—Aquello pertenecía a otro contexto.
Si insiste…
pronuncie lentamente:
—La Historia jamás se repite.
En ese momento deje de hablar.
No añada nada más.
Resulta mucho más elegante dejar que el disparate continúe caminando solo.
Porque la Historia no suele repetirse exactamente.
Tiene bastante más imaginación.
Prefiere rimar.
Cambia los uniformes.
Renueva las banderas.
Moderniza los eslóganes.
Pero conserva casi intactos los viejos mecanismos.
CAPÍTULO XIII

Instrucciones para fabricar una verdad oficial
La verdad presenta un inconveniente.
Sólo existe una.
Las versiones, en cambio…
pueden fabricarse por millones.
No pierda el tiempo buscando la verdad.
Trabaje sobre las versiones.
Una verdad incómoda puede arruinar una carrera.
Una versión bien repetida puede sostener un imperio.
Material necesario
Un buen equipo de propaganda.
Un puñado de personas dispuestas a repetir siempre lo mismo.
Varios especialistas en cambiar de conversación cuando aparecen datos incómodos.
Y, sobre todo…
una población cansada.
La fatiga constituye el fertilizante preferido de toda mentira.
El ciudadano agotado termina aceptando casi cualquier explicación.
No porque la crea.
Sino porque carece de fuerzas para seguir discutiendo.

Advertencia
Nunca obligue.
La obediencia voluntaria resulta mucho más resistente.
Quien obedece por miedo aprovecha la primera oportunidad para escapar.
Quien obedece convencido…
vigilará a sus propios vecinos.
Y además lo hará gratis.
CAPÍTULO XIV

Instrucciones para crear un idioma nuevo
Todo encantador de serpientes termina comprendiendo una verdad elemental.
Quien domina las palabras…
empieza a dominar las ideas.
Y quien domina las ideas…
termina gobernando las conductas.
Por eso las palabras antiguas resultan peligrosísimas.
Conservan demasiada memoria.
Conviene sustituirlas.
No diga nunca mentira.
Diga relato.
No diga censura.
Diga moderación.
No diga fracaso.
Diga desafío.
No diga despilfarro.
Diga inversión.
No diga privilegio.
Diga derecho adquirido.
No diga propaganda.
Diga información rigurosa.
No diga obediencia.
Diga compromiso.
Y si alguna palabra continúa describiendo demasiado bien la realidad…
elimínela.
Las palabras precisas constituyen enemigas naturales del encantador de serpientes.
Curiosa observación lingüística
Cuanto más oscuro resulta un discurso…
más personas afirman haberlo comprendido.
Nadie desea parecer ignorante.
Y el encantador conoce perfectamente esa debilidad.
CAPÍTULO XV
Instrucciones para escoger cuidadosamente a sus discípulos

No todo el mundo sirve.
El aspirante ideal reúne varias condiciones.
Habla mucho.
Escucha poco.
Lee únicamente aquello que confirma sus opiniones.
Confunde fidelidad con inteligencia.
Y considera sospechosa cualquier duda.
Las dudas constituyen un enemigo terrible.
Obligan a pensar.
Pensar conduce a comparar.
Comparar termina generando criterio.
Y el criterio produce individuos extraordinariamente difíciles de domesticar.
Examen de ingreso
Pregunte al candidato:
—¿Puede usted cambiar de opinión?
Si responde:
—Sí.
Despídalo inmediatamente.
No sirve.
Busque otro.
Si responde:
—Jamás.
Abrácelo.
Acaba de encontrar un magnífico discípulo.
CONVERSACIÓN EN EL PASILLO
Al terminar la clase, un alumno levantó la mano.
—Profesor…
—Diga.
—Todo esto resulta exagerado.
El profesor sonrió.
Siempre sonreía.
Hasta para pedir la hora.
—Naturalmente.
Las sátiras siempre exageran.
De lo contrario se convertirían en boletines oficiales.
El alumno pareció quedarse tranquilo.
Pero insistió.
—Entonces… ¿nunca han existido personajes semejantes?
El profesor permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió lentamente.
—Muchos.
Demasiados.
Pero todos tenían algo en común.
No comenzaron engañando a millones.
Empezaron seduciendo a una sola persona.
Luego a diez.
Después a cien.
Más tarde a mil.
Y un buen día descubrieron que ya nadie se atrevía a decirles:
«Se equivoca usted.»
Ése fue el momento verdaderamente peligroso.
No para ellos.
Para los demás.
OBSERVACIÓN AL MARGEN
Existe una diferencia fundamental entre el tirano y el encantador de serpientes.
El tirano necesita policías.
El encantador necesita admiradores.
El primero gobierna mediante el miedo.
El segundo consigue algo infinitamente más eficaz.
Que el miedo acabe pareciendo entusiasmo.

CAPÍTULO XVI
Breve tratado de herpetología aplicada

O de cómo distinguir una culebra de un encantador de serpientes


Durante siglos, los naturalistas dedicaron enormes esfuerzos a clasificar mamíferos, reptiles, anfibios y aves.
Lamentablemente, olvidaron la especie más peligrosa.
El Homo fascinans.
Más conocido entre la población como:
el encantador de serpientes.

A primera vista resulta difícil distinguirlo.
No posee colmillos especialmente grandes.
No suele babear.
Rara vez lleva un cartel anunciando sus intenciones.
Al contrario.
Viste correctamente.
Sonríe.
Da las gracias.
Habla de valores.
Y, si la ocasión lo requiere, hasta besa niños.
El problema comienza cuando abre la boca.
No porque muerda.
Sino porque habla.

Clasificación científica
Los naturalistas distinguen numerosas variedades.
Veamos las principales.
El Encantador Doméstico (Homo fascinans familiaris)

Habita principalmente en reuniones familiares.
Su frase favorita es:
—Hazme caso.
Siempre sabe qué deberían hacer los demás.
Nunca aplica semejantes consejos a su propia vida.
Se alimenta principalmente de culpas ajenas.

El Encantador Empresarial (Homo fascinans directivus)
Se reconoce fácilmente porque utiliza palabras inglesas incluso cuando habla consigo mismo.
Nunca despide trabajadores.
Optimiza recursos humanos.
Jamás reduce salarios.
Redimensiona estructuras.
Nunca fracasa.
Gestiona escenarios complejos.
Produce abundantes documentos.
Escasísimos resultados.

El Encantador Sentimental (Homo fascinans amoris)

Éste merece capítulo aparte.
No promete el cielo.
Promete exclusividad.
No necesita dinero.
Necesita admiración.
No roba joyas.
Extrae autoestima.
Cuando desaparece…
la víctima continúa varios meses preguntándose qué hizo mal.
La respuesta suele ser sencilla.
Creyó.

El Encantador Ideológico (Homo fascinans ideologicus)
Constituye una de las especies más fascinantes.
Jamás cambia de opinión.
Cambia únicamente de explicación.
Si la realidad contradice su teoría…
peor para la realidad.

El Gran Encantador (Homo fascinans maximus)
Rarísimo ejemplar.
Aparece muy pocas veces cada siglo.
Pero cuando aparece…
los historiadores trabajan durante generaciones.

No persuade únicamente a individuos.
Consigue hipnotizar pueblos enteros.
Millones de personas empiezan simultáneamente a repetir idénticas frases.
A sospechar de los mismos enemigos.
A odiar exactamente a los mismos culpables.
Y a aplaudir exactamente las mismas decisiones.
Todo ello creyendo que han llegado a semejantes conclusiones por sí solos.
Ésta constituye la obra maestra.

Observación del profesor
No confunda jamás autoridad con autoridad moral.
La primera puede comprarse.
La segunda no.
La primera depende del cargo.
La segunda depende del carácter.
Y el carácter, por desgracia, no suele figurar en los currículos.

CAPÍTULO XVII

Instrucciones para escoger cuidadosamente a sus enemigos
Todo encantador necesita enemigos.
Sin enemigos…
la clientela disminuye.
Observe atentamente a los grandes embaucadores.
Nunca descansan.
Cuando desaparece un enemigo…
fabrican otro.
Resulta imprescindible mantener entretenidas a las serpientes.
Las serpientes aburridas comienzan a pensar.
Y eso jamás conviene.
Procedimiento
Primero.
Escoja un grupo fácilmente identificable.
Segundo.
Atribúyale todos los males imaginables.
Tercero.
Repita la operación durante varios meses.
No hace falta aportar demasiadas pruebas.
La repetición constituye un excelente sustituto del razonamiento.
Truco profesional
El enemigo nunca debe desaparecer del todo.
Si desaparece…
también desaparece usted.
Manténgalo siempre vivo.
Lo suficiente para provocar miedo.
Pero no tanto como para resolver el problema.
Los problemas resueltos producen desempleo entre los encantadores de serpientes.
CAPÍTULO XVIII

Instrucciones para conseguir discípulos más fanáticos que el maestro
Éste representa el momento culminante.
Hasta ahora sus seguidores simplemente lo admiraban.
Todavía pensaban.
Muy poco.
Pero algo.
Eso debe terminar.
Su objetivo consiste en lograr que sus discípulos lo defiendan incluso contra la evidencia.
Cuando alguien presente pruebas…
sus seguidores deberán indignarse.
Cuando aparezcan documentos…
se indignarán más.
Cuando existan confesiones…
gritarán.
Y cuando finalmente resulte imposible negar los hechos…
afirmarán que los hechos carecen de importancia.
En ese instante…
habrá alcanzado la perfección.
Curiosa paradoja
El fanático jamás cambia de opinión.
Cambia únicamente de argumentos.
Cuando uno deja de servir…
encuentra otro.
Y después otro.
Y otro.
Porque lo importante nunca fue la verdad.
Lo importante consistía en seguir creyendo.
ANEXO
Cómo fabricar un fanático en diez sencillos pasos
No le enseñe qué pensar.
Enséñele contra quién pensar.
No le ofrezca argumentos.
Entréguele consignas.
No fomente preguntas.
Premie respuestas automáticas.
No permita matices.
Los matices producen inteligencia.
Y la inteligencia constituye un pésimo negocio para cualquier encantador de serpientes.
NOTA DEL PROFESOR (encontrada entre dos páginas)
«Cuando era joven creía que los grandes manipuladores engañaban porque eran extraordinariamente inteligentes.
Hoy ya no estoy tan seguro.
Algunos lo son.
Otros no.
Lo que todos poseen, sin excepción, es un conocimiento intuitivo de las debilidades humanas.
Saben que la vanidad pesa más que la lógica.
Que el miedo corre más deprisa que la razón.
Que la esperanza vende mejor que la prudencia.
Y que el orgullo constituye uno de los mejores anestésicos de la inteligencia.
Si algún día la humanidad aprendiera a dominar esas cuatro pasiones, la profesión de encantador de serpientes desaparecería por falta de clientes.»
CAPÍTULO XIX

Los Diez Mandamientos del Perfecto Encantador de Serpientes
(Hallados, según parece, en unas antiguas tablillas de plástico reciclado, ocultas en el sótano de la Academia Universal del Embaucamiento Aplicado.)
PRIMER MANDAMIENTO
Amarás tu imagen sobre todas las cosas.
Olvídese de la verdad.
La verdad envejece.
Los hechos cambian.
La imagen, en cambio, puede retocarse indefinidamente.
No procure ser admirable.
Procure parecerlo.
Resulta mucho más económico.
Y requiere bastante menos esfuerzo.
Recuerde siempre:
La virtud exige sacrificios.
La reputación únicamente necesita un buen fotógrafo.
SEGUNDO MANDAMIENTO
No reconocerás jamás un error.
Los errores constituyen una costumbre muy poco profesional.
Si alguna vez se equivoca…
culpe inmediatamente a otra persona.
Si nadie aparece disponible…
culpe al pasado.
El pasado jamás responde.
Y, además, suele estar muerto.
TERCER MANDAMIENTO
Santificarás la mentira útil.
No todas las mentiras son iguales.
Las pequeñas sirven para salir del paso.
Las grandes…
cambian la Historia.
No se limite a engañar.
Construya una explicación completa.
Añada héroes.
Añada villanos.
Añada lágrimas.
Añada esperanza.
El ser humano recuerda muchísimo mejor un cuento emocionante que un dato exacto.
Por eso existen tan pocos estadísticos célebres.
Y tantos cuentistas famosos.
CUARTO MANDAMIENTO
Honrarás a tus aduladores.
Jamás permita cerca de usted personas inteligentes.
Terminan formulando preguntas.
Y las preguntas deterioran enormemente la autoestima.
Rodéese únicamente de individuos capaces de exclamar:
—¡Magnífica idea!
Incluso cuando usted proponga pintar de cuadros las cebras para ahorrar tinta en los pasos de peatones.
La adulación constituye el desayuno favorito del encantador de serpientes.
QUINTO MANDAMIENTO
Matarás la duda.
No literalmente.
Todavía.
Bastará con ridiculizarla.
Toda persona que duda representa un peligro.
Porque quien duda…
investiga.
Y quien investiga…
compara.
Y quien compara…
termina pensando.
Detenga semejante cadena antes de que resulte demasiado tarde.
SEXTO MANDAMIENTO
No permitirás que la realidad estropee una buena explicación.
La realidad posee un defecto insoportable.
Insiste.
Aparecen cifras.
Documentos.
Fotografías.
Testigos.
No importa.
La explicación siempre debe prevalecer sobre los hechos.
Recuerde:
Una explicación equivocada repetida mil veces suele derrotar a un hecho explicado una sola vez.
SÉPTIMO MANDAMIENTO
Robarás las palabras.
Éste constituye uno de los secretos del oficio.
No robe únicamente el dinero.
Resulta vulgar.
Apropiarse de las palabras produce beneficios muchísimo mayores.
Libertad.
Justicia.
Democracia.
Solidaridad.
Paz.
Progreso.
Honestidad.
Utilice todas.
Vacíelas cuidadosamente de significado.
Después rellénelas con aquello que más convenga en cada momento.
Las palabras vacías constituyen magníficos recipientes.
Cabe absolutamente cualquier cosa.
OCTAVO MANDAMIENTO
Harás sentir culpables a tus víctimas.
Si consigue que la víctima termine pidiéndole perdón…
habrá alcanzado la excelencia.
Éste representa el doctorado.
El auténtico maestro jamás roba.
Convence.
Jamás obliga.
Persuade.
Jamás esclaviza.
Consigue que las propias víctimas construyan voluntariamente sus cadenas.
Y además les agradezcan la oportunidad.
NOVENO MANDAMIENTO
Prometerás siempre un paraíso.
Nunca mañana.
Pasado mañana.
Los paraísos inmediatos resultan peligrosísimos.
Podrían comprobarse.
Manténgalos siempre unos cuantos años por delante.
Lo suficiente para seguir prometiéndolos.
Pero nunca tan cerca como para tener que entregarlos.
DÉCIMO MANDAMIENTO
Jamás te retirarás.
Aunque todo se derrumbe.
Aunque los hechos te contradigan.
Aunque el edificio arda.
Permanece sonriendo.
Las serpientes respetan enormemente la serenidad.
Aunque el encantador esté tocando la flauta encima de un volcán.
ESCOLIO
El undécimo mandamiento
No figuraba en las tablillas.
Al parecer fue añadido siglos más tarde por algún discípulo especialmente brillante.
Dice así:
«Consigue que tus seguidores crean que pensar por sí mismos constituye una peligrosa muestra de egoísmo.»
Todavía hoy continúa produciendo excelentes resultados.
EXAMEN FINAL DEL CURSO

Antes de recibir el diploma de Encantador Superior de Serpientes, responda sinceramente al siguiente cuestionario.
¿Puede usted afirmar una cosa y la contraria con igual convicción?
□ Sí.
□ Naturalmente.
□ Depende del público.
¿Experimenta algún remordimiento después de engañar?
□ Nunca.
□ ¿Qué significa remordimiento?
□ Consulte el diccionario.
¿Es capaz de dormir tranquilamente después de perjudicar a otra persona?
□ Como un tronco.
□ Mejor que antes.
□ ¿Por qué no iba a hacerlo?
¿Ha conseguido que varias personas se enfrenten entre sí mientras usted permanece discretamente al margen?
□ Sí.
□ Varias veces.
□ Perdí la cuenta.
¿Le aplauden incluso cuando se contradice?
□ Sí.
□ Con entusiasmo.
□ Incluso más que antes.
Resultado
Si ha contestado afirmativamente a todas las preguntas…
Enhorabuena.
No necesita continuar leyendo este libro.
Ya domina usted el oficio.
Procure únicamente no encontrarse nunca con lectores de las páginas siguientes.
Porque ellas están escritas precisamente para desmontar todos sus trucos.
NOTA DEL PROFESOR
«A estas alturas del curso, algunos alumnos empiezan a inquietarse. Descubren, con cierto desasosiego, que han conocido a más de un encantador de serpientes. Otros experimentan una sensación todavía más incómoda: reconocen en sí mismos alguno de los trucos aquí descritos. Conviene no alarmarse. Todos somos vanidosos, todos buscamos aprobación, todos podemos caer en el autoengaño. La diferencia decisiva no está en no equivocarse nunca, sino en conservar la capacidad de admitir el error, rectificar y aprender. El encantador de serpientes jamás rectifica; considera la rectificación una derrota. El hombre libre, en cambio, sabe que cambiar de opinión cuando los hechos lo exigen no es una humillación, sino una muestra de inteligencia y de honestidad.»
CAPÍTULO XX

Instrucciones para convertir una persona libre en una persona dependiente
Muchos principiantes creen que el objetivo consiste en convencer.
Error.
Convencer constituye un procedimiento lento, trabajoso y lleno de inconvenientes.
El auténtico profesional persigue algo mucho más sencillo.
Que la víctima deje de pensar sin él.
Ésa es la verdadera obra de arte.
No aspire a dominar sus ideas.
Domine sus emociones.
Las ideas cambian.
Las emociones se instalan.
Y algunas pagan alquiler durante toda la vida.
Primera regla
Nunca ataque la inteligencia.
Resulta peligrosísimo.
Las personas inteligentes se defienden.
Ataque la seguridad.
Pregunte suavemente:
—¿Y si nadie te quisiera?
—¿Y si todos te abandonaran?
—¿Y si únicamente yo permaneciera a tu lado?
Observe.
No está usted discutiendo.
Está construyendo dependencia.
Segunda regla
Conviértase en imprescindible.
No permita que la víctima tome decisiones sola.
Aconséjela.
Oriéntela.
Protéjala.
Decida por ella.
Resuelva hasta los problemas más pequeños.
Al cabo de cierto tiempo descubrirá un fenómeno fascinante.
La víctima ya no preguntará:
—¿Qué debo hacer?
Preguntará:
—¿Qué quieres que haga?
En ese momento deje de tocar la flauta.
Ya no hace falta.
La música continúa sonando dentro de su cabeza.
Observación del profesor
Los mejores barrotes jamás se fabricaron con hierro.
Se construyen con miedo.
CAPÍTULO XXI

Instrucciones para fabricar un miedo permanente
El miedo constituye el violín Stradivarius del encantador de serpientes.
Bien utilizado…
produce melodías inolvidables.
No asuste demasiado.
El terror absoluto provoca huidas.
Administre pequeñas dosis.
Hoy un peligro.
Mañana otro.
Pasado mañana uno distinto.
La víctima terminará viviendo en estado de alerta permanente.
Y una persona permanentemente asustada dispone de muy poca energía para pensar.
El gran secreto
No hace falta que el peligro exista.
Basta con que parezca posible.
Los seres humanos sufrimos con frecuencia más por aquello que imaginamos que por aquello que realmente ocurre.
El encantador conoce perfectamente esta debilidad.
Y vive de ella.
CAPÍTULO XXII

Instrucciones para reescribir los recuerdos
Éste constituye un capítulo delicado.
La memoria humana no funciona como un armario perfectamente ordenado.
Se parece mucho más a una biblioteca cuyos libros cambian discretamente de lugar mientras dormimos.
Recordamos.
Olvidamos.
Completamos.
Interpretamos.
Y, en ocasiones, una pregunta repetida muchas veces, una sugerencia insistente o una presión constante pueden acabar modificando la manera en que una persona recuerda determinados hechos.
El buen encantador jamás ordena.
Insinúa.
No afirma.
Pregunta.
No dice:
—Eso ocurrió.
Pregunta:
—¿Estás completamente seguro de que no ocurrió?
Al día siguiente vuelve a preguntar.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
Hasta que la duda empieza a ocupar el lugar del recuerdo.
No siempre funciona.
Pero cuando funciona…
produce resultados extraordinarios.
Nota importante
Los niños pequeños, las personas muy mayores o quienes atraviesan situaciones de fuerte dependencia emocional pueden ser especialmente sensibles a la sugestión y a la influencia de figuras de autoridad o de apego. Precisamente por eso merecen una protección especial, no una mayor presión.
CAPÍTULO XXIII

Instrucciones para convertirse en la única fuente de afecto
Éste constituye el doctorado.
Hasta ahora la víctima todavía conserva familia.
Amigos.
Compañeros.
Vecinos.
Opiniones distintas.
Eso representa un peligro.
Porque cualquiera de ellos podría decirle:
—Abre los ojos.
Por consiguiente…
aíslela lentamente.
No de golpe.
Resultaría sospechoso.
Poco a poco.
Hoy una crítica.
Mañana una sospecha.
Pasado mañana una discusión.
Después otra.
Al cabo de unos meses la víctima comenzará a repetir espontáneamente:
—Nadie me comprende.
Excepto tú.
En ese instante…
la jaula ya está construida.
Y lo más extraordinario consiste en que no tiene barrotes.
Lección práctica
Nunca diga:
—No hables con tu familia.
Resulta demasiado burdo.
Pregunte únicamente:
—¿Te hace bien hablar con ellos?
O:
—¿No has notado que intentan hacerte daño?
O:
—¿No será que tienen envidia de nuestra relación?
Las mejores cadenas siempre parecen consejos.
NOTA EN EL MARGEN DEL CUADERNO
«El peor carcelero no es quien encierra un cuerpo.
Es quien consigue que una persona tenga miedo de salir por sí misma.
El preso termina vigilando la puerta desde dentro.»
APÉNDICE
Cómo reconocer que alguien intenta convertirle en una serpiente
Si una persona…
- le anima sistemáticamente a desconfiar de todos menos de ella;
- interpreta cualquier discrepancia como una traición;
- utiliza el afecto como premio y el rechazo como castigo;
- le hace sentir culpable cada vez que actúa con independencia;
- necesita saber constantemente con quién habla, qué piensa o a quién escucha;
- consigue que termine pidiendo perdón por ejercer su libertad…
…deténgase un momento.
No saque todavía conclusiones definitivas.
Pero hágase una pregunta muy sencilla:
¿Soy hoy más libre que hace un año… o dependo cada vez más de la aprobación de esta persona para pensar, decidir y sentirme valioso?
El profesor cerró lentamente el cuaderno.
Miró a sus alumnos.
Sonrió, como siempre.
Y dijo:
—No olviden nunca la primera regla de este oficio.
Los encantadores de serpientes rara vez empiezan pidiendo obediencia.
Empiezan ofreciendo protección.
Y cuando la protección se transforma en dependencia, la dependencia en miedo y el miedo en sumisión, la flauta ya no necesita sonar. Las serpientes bailan solas.
CAPÍTULO XXIV

Instrucciones para conseguir que la víctima le dé las gracias
Hasta este momento hemos enseñado a mentir.
A seducir.
A manipular.
Todo eso pertenece al curso elemental.
Ha llegado el momento de acceder al nivel superior.
Conseguir que la víctima le agradezca el daño recibido.
No resulta sencillo.
Pero constituye la obra maestra del oficio.
Primera lección
No ataque nunca de frente.
Las personas libres ofrecen resistencia.
Empiece siempre por el afecto.
Después llegará el miedo.
Y, finalmente…
la dependencia.
Cuando alguien necesita desesperadamente su aprobación…
ya no hace falta imponer obediencia.
La ofrecerá espontáneamente.
Segunda lección
Conviértase en juez de la realidad.
Si la víctima recuerda un hecho…
corríjalo.
Si expresa una emoción…
rectifíquela.
Si manifiesta dudas…
interprete usted lo que realmente siente.
Al cabo de cierto tiempo ocurrirá un fenómeno extraordinario.
La víctima dejará de preguntarse:
—¿Qué pienso?
Y empezará a preguntarse:
—¿Qué diría él?
O:
—¿Qué pensaría ella?
En ese momento habrá comenzado a desalojar su propia conciencia para alquilarle el piso al encantador de serpientes.
EL NIÑO Y LA FLAUTA
Los niños constituyen un terreno especialmente delicado.
Porque todavía están construyendo el mapa del mundo.
Y ese mapa comienza dibujándose con los rostros de quienes más quieren.
Un niño necesita confiar.
No puede vivir desconfiando constantemente de quienes lo cuidan.
Precisamente por eso resulta tan vulnerable cuando un adulto utiliza esa confianza para convertirlo en instrumento de un conflicto que él no comprende.
Si un niño escucha durante meses:
—Tu padre no te quiere.
—Tu madre te ha abandonado.
—Sólo yo te protejo.
—Los demás quieren hacerte daño.
Terminará incorporando esas ideas a su forma de entender el mundo, aunque la realidad sea mucho más compleja.
Las palabras repetidas por una figura de referencia poseen un peso enorme.
No porque los niños sean ingenuos.
Sino porque, afortunadamente, nacen preparados para confiar en quienes deben protegerlos.
Y precisamente por eso los adultos tienen una responsabilidad inmensa.
Observación
Los conflictos familiares pueden ser extraordinariamente complejos y cada caso es distinto. Sin embargo, utilizar a un menor para deteriorar deliberadamente el vínculo con el otro progenitor constituye una forma de manipulación que puede causar un profundo daño emocional al niño, con independencia de la etiqueta que se le quiera poner.
EL SÍNDROME DEL REHÉN AGRADECIDO
Los especialistas lo han descrito con distintos nombres.
El público lo conoce como síndrome de Estocolmo.
El profesor lo llamaba simplemente…
«el milagro del encantador.»
Consiste en lograr que la víctima interprete la jaula como refugio.
Que el secuestrado admire al secuesstrador.
Que el humillado justifique al humillador.
Que el maltratado tema perder precisamente a quien lo maltrata.
No porque sea estúpido.
Sino porque la mente humana posee recursos sorprendentes para sobrevivir cuando siente que no existe otra salida.
El encantador conoce este mecanismo.
Y procura convertirse en la única salida posible.
EL MÉDICO IMAGINARIO
Existe otra variedad especialmente inquietante.
No basta con inventar peligros.
Hace falta inventar víctimas.
O incluso enfermedades.
Algunas personas llegan a exagerar, provocar o fingir problemas de salud propios o ajenos para atraer atención, compasión o reconocimiento.
No necesitan dinero.
Necesitan protagonismo.
No buscan curar.
Buscan convertirse en indispensables.
El encantador observa.
Aprende.
Y adapta la técnica.
Porque toda dependencia…
termina pareciéndose extraordinariamente a una enfermedad.
LA GRAN PARADOJA
El profesor cerró el libro.
Permaneció varios minutos en silencio.
Después dijo:
—¿Saben ustedes cuál es el mayor triunfo de un encantador de serpientes?
Nadie respondió.
—Conseguir que la víctima termine creyendo que la libertad resulta más peligrosa que la dependencia.
Ésa constituye la auténtica victoria.
No cuando domina el cuerpo.
Ni siquiera cuando domina la voluntad.
Sino cuando consigue dominar la interpretación de la realidad.
A partir de ese instante, la flauta puede romperse.
Las serpientes seguirán bailando.
CAPÍTULO XXV

Instrucciones para hacer el mal creyendo sinceramente que está haciendo el bien
Éste constituye el grado supremo del oficio.
Hasta ahora hemos trabajado con embaucadores conscientes.
Pequeños estafadores.
Grandes manipuladores.
Psicópatas.
Demagogos.
Pero existe una categoría todavía más peligrosa.
Aquellos que llegan a convencerse de que todo cuanto hacen resulta moralmente obligatorio.
El profesor permaneció varios segundos en silencio.
Después escribió lentamente en la pizarra.
«El fanático duerme extraordinariamente bien.»
Los alumnos se miraron sorprendidos.
—¿Por qué?
—Porque jamás cree haber cometido una injusticia.
Siempre está convencido de haber administrado justicia.
Jamás persigue personas.
Persigue enemigos.
Jamás destruye familias.
Las libera.
Jamás censura.
Protege.
Jamás impone.
Educa.
Jamás discrimina.
Repara.
Jamás castiga.
Sensibiliza.
Y cuanto más cambia el significado de las palabras…
más limpia permanece su conciencia.
El gran descubrimiento
Los antiguos tiranos gobernaban mediante el miedo.
Los modernos han descubierto un procedimiento mucho más refinado.
La superioridad moral.
Cuando alguien consigue convencerse de que representa la única causa justa…
empieza a considerar inmoral cualquier discrepancia.
Y entonces ocurre el milagro.
La intolerancia empieza a llamarse tolerancia.
La censura recibe el nombre de protección.
La discriminación se presenta como reparación.
La obediencia pasa a llamarse compromiso.
Y el pensamiento único adopta el elegante aspecto del consenso.
CAPÍTULO XXVI

Instrucciones para distinguir al estúpido del malvado inteligente
Llegados a este punto del curso, un alumno levantó tímidamente la mano.
—Profesor…
—Diga.
—¿Qué resulta más peligroso: un estúpido o un psicópata?
El profesor permaneció unos segundos en silencio.
Después abrió un libro muy delgado.
Tan delgado que cualquiera habría pensado que contenía pocas ideas.
Gravísimo error.
Los libros peligrosos no siempre son gruesos.
En la cubierta podía leerse un nombre:
Carlo Cipolla.
El profesor sonrió.
—Este italiano comprendió algo que miles de filósofos habían pasado por alto.
Escribió que la humanidad se divide, aproximadamente, en cuatro grandes categorías.
Los inteligentes.
Los incautos.
Los malvados.
Y los estúpidos.
Los alumnos comenzaron a tomar apuntes.
—El inteligente obtiene un beneficio procurando también el beneficio ajeno.
El incauto perjudica a sí mismo mientras beneficia a otros.
El malvado obtiene ventaja perjudicando a los demás.
Hasta aquí nada extraordinario.
Lo verdaderamente inquietante aparece ahora.
El estúpido.
Perjudica a otros.
Y, además, termina perjudicándose a sí mismo.
Sin obtener beneficio alguno.
El profesor volvió a guardar silencio.
—Jamás subestimen a un estúpido.
Los malvados suelen calcular.
Los estúpidos no.
Y precisamente por eso resultan tan difíciles de prever.
Uno puede anticipar, hasta cierto punto, el comportamiento de un ladrón.
Quiere dinero.
Puede anticipar el de un estafador.
Quiere aprovecharse.
Puede anticipar el de un conquistador.
Quiere poder.
Pero el estúpido…
El estúpido rompe el tablero simplemente porque ignora que estaba jugando.
Los alumnos permanecían inmóviles.
—Ahora bien…
Existe una especie todavía más peligrosa.
El malvado inteligente.
No actúa impulsivamente.
Calcula.
Observa.
Espera.
Aprende.
No destruye por accidente.
Destruye deliberadamente cuando cree que obtendrá una ventaja.
Y si, además, consigue convencer a miles de estúpidos de que colaboren voluntariamente…
la Historia empieza a escribirse con mayúsculas.
No siempre gloriosas.
Casi nunca.
Corolario
Un estúpido aislado provoca molestias.
Un malvado inteligente aislado provoca daños.
Pero un malvado inteligente rodeado de miles de estúpidos convencidos de obrar correctamente…
ése sí constituye una fuerza capaz de alterar el destino de naciones enteras.
No hace falta mencionar nombres.
Cada lector encontrará los suyos.
La Historia ofrece un catálogo sorprendentemente abundante.
Nota manuscrita del profesor
«Los estudiantes me preguntan con frecuencia si el auténtico peligro reside en los psicópatas.
Yo suelo responderles que no necesariamente.
Un psicópata sin seguidores apenas pasa de ser un individuo peligroso.
Un fanático sin poder produce escasos daños.
Un estúpido aislado molesta a su familia.
La tragedia comienza cuando coinciden tres circunstancias.
Un dirigente dispuesto a utilizar a los demás como instrumentos.
Una idea que justifique cualquier medio en nombre de un fin supuestamente superior.
Y una multitud dispuesta a dejar de pensar.
Cuando esas tres piezas encajan…
la Historia vuelve a repetir una de sus viejas costumbres.»
CAPÍTULO XXVII

Instrucciones para convertirse en héroe sin dejar de ser un canalla
Ésta constituye una de las lecciones más sorprendentes de toda la Historia.
Los alumnos suelen creer que los héroes son buenas personas.
Ojalá fuera siempre así.
La realidad resulta bastante más incómoda.
Existen individuos crueles.
Vanidosos.
Manipuladores.
Mentirosos.
Despóticos.
Incluso profundamente malvados.
Y, sin embargo…
en determinadas circunstancias protagonizan acciones extraordinariamente valiosas.
¿Cómo resulta posible semejante contradicción?
Porque la Historia posee muy mal gusto.
Y rara vez reparte limpiamente las virtudes y los defectos.
Un hombre puede carecer completamente de compasión.
Y, sin embargo, demostrar un valor admirable en el campo de batalla.
Otro puede ser un padre detestable.
Y un estratega genial.
Un tercero puede arruinar la vida de quienes lo rodean.
Y, llegado un momento decisivo, salvar a toda una nación.
La condición humana no suele respetar las cómodas clasificaciones de los moralistas.
Por desgracia.
O quizá por fortuna.
El profesor escribió en la pizarra
«No confundir utilidad con virtud.»
Después añadió.
Una persona puede resultar extraordinariamente útil.
Sin ser admirable.
Puede incluso convertirse en héroe de una jornada concreta.
Y continuar siendo un individuo moralmente despreciable.
La Historia está llena de semejantes paradojas.
Segunda observación
Del mismo modo…
Existen personas honradísimas.
Bondadosas.
Decentes.
Generosas.
Y completamente incapaces de impedir una catástrofe.
La bondad no garantiza la competencia.
Ni la maldad excluye el talento.
La tragedia comienza cuando confundimos ambas cosas.
El gran error
Los alumnos suelen preguntar:
—Profesor…
¿Entonces debemos admirar al héroe?
El profesor respondió:
—Admiren la acción.
Examinen cuidadosamente al personaje.
No siempre coinciden.
La humanidad posee una peligrosa costumbre.
Como alguien realizó una gran hazaña…
termina perdonándole todas las demás.
Y el encantador de serpientes conoce perfectamente ese mecanismo.
Le basta con una gran victoria.
O una gran causa.
O una gran crisis.
Después…
el público hará el resto.
Comenzará a justificar lo injustificable.
A olvidar lo inolvidable.
Y a convertir los defectos en virtudes.
No porque hayan desaparecido.
Sino porque el prestigio actúa como un poderoso anestésico del juicio.
Nota del profesor
Los verdaderamente peligrosos no suelen ser los villanos de novela.
Ésos resultan fáciles de reconocer.
Llevan capa negra.
Ríen a carcajadas.
Confiesan sus crímenes antes del último capítulo.
Los peligrosos son los otros.
Los que alternan actos admirables con conductas miserables.
Los que hacen un gran bien para adquirir el crédito necesario que les permita cometer después un gran mal.
Los que aprenden que una buena acción puede convertirse en la mejor inversión para comprar futuras indulgencias.
Porque el ser humano posee una memoria extraordinariamente selectiva.
Y el encantador de serpientes lo sabe.
Lo ha sabido siempre.
CAPÍTULO XXVIII

Instrucciones para desconfiar educadamente
Existe una costumbre muy extendida.
Consiste en creer que la confianza constituye siempre una virtud.
Error.
La confianza ciega no constituye una virtud.
Constituye una imprudencia.
Y las imprudencias suelen acabar proporcionando abundante trabajo a jueces, policías, psiquiatras… y abogados.
El profesor escribió lentamente sobre la pizarra:
«La desconfianza es un arma cargada de futuro.»
Después dejó la tiza.
Nadie dijo una palabra.
—No me refiero a vivir sospechando de todo el mundo.
Eso convertiría la vida en un infierno.
Me refiero a conservar despierto el juicio.
A comprobar.
A preguntar.
A exigir pruebas.
A no entregar jamás la inteligencia junto con el voto, la cartera, el corazón o la conciencia.
La confianza constituye un magnífico regalo.
Precisamente por eso no debe entregarse a cualquiera.
Debe ganarse.
Y puede perderse.
Primera observación
Los encantadores de serpientes odian cordialmente a las personas prudentemente desconfiadas.
Porque preguntan.
Comparan.
Leen.
Escuchan varias versiones.
Y, lo peor de todo…
cambian de opinión cuando aparecen pruebas mejores.
Resultan insoportables.
Segunda observación
La confianza inteligente abre las puertas.
La confianza ciega entrega también las llaves.
Existe una diferencia enorme.
Aprendan a distinguirlas.
Tercera observación
Jamás confíen plenamente en quien les pida confianza absoluta.
Quien merece confianza acepta con naturalidad el examen.
Quien exige fe incondicional suele temer las preguntas.
Y quien teme las preguntas…
casi nunca merece las respuestas.
CAPÍTULO XXIX

Instrucciones para no confundir un rasgo con una persona
Los alumnos suelen imaginar a los psicópatas como personajes de cine.
Mirada de hielo.
Sonrisa diabólica.
Música inquietante.
Muy poco prácticos.
La realidad resulta infinitamente más discreta.
El profesor dibujó una larga línea sobre la pizarra.
En un extremo escribió:
Escrúpulos exagerados.
En el otro:
Ausencia absoluta de escrúpulos.
Después explicó:
—La naturaleza raramente fabrica compartimentos estancos.
Prefiere los continuos.
Hay personas extraordinariamente compasivas.
Otras bastante frías.
Algunas calculan siempre.
Otras jamás calculan.
Unas sienten remordimientos por casi todo.
Otras por casi nada.
Y la inmensa mayoría nos movemos en algún punto intermedio.
Precisamente por eso resulta tan peligroso reducir toda la humanidad a dos cajones.
Los buenos.
Y los malos.
La realidad detesta semejante comodidad.
El verdadero peligro
No reside únicamente en quienes poseen determinados rasgos.
Reside en la combinación.
Frialdad.
Ambición.
Inteligencia.
Paciencia.
Capacidad para seducir.
Ausencia de remordimientos.
Y, sobre todo…
poder.
Separados pueden producir individuos desagradables.
Juntos…
han cambiado repetidas veces el rumbo de la Historia.
Nota del profesor
La pregunta importante no consiste en averiguar quién es psicópata.
La pregunta importante consiste en otra muy distinta.
¿Quién controla al controlador?
Porque incluso una persona normal puede convertirse en un tirano si nadie limita su poder.
Y una personalidad extraordinariamente manipuladora puede causar daños inmensos cuando desaparecen los frenos institucionales.
Ésa constituye la razón por la que los pueblos libres inventaron leyes, contrapesos y controles.
No porque desconfiaran únicamente de los malos.
Desconfiaban de todos.
Empezando por quienes parecían mejores.
CAPÍTULO XXX

Instrucciones para no confundir la confianza con las confianzas
La lengua española posee una desagradable costumbre.
Piensa.
Y cuando piensa…
obliga a pensar.
Por eso distingue cuidadosamente entre dos expresiones que muchos consideran equivalentes.
No lo son.
Puede usted tener muchísima confianza con una persona…
y sería una completa insensatez confiar en ella.
El profesor escribió despacio.
Tener confianza ≠ Confiar.
Después volvió a dejar la tiza.
—Veamos.
Tenemos confianza con un hermano.
Con un amigo.
Con un compañero de infancia.
Con nuestro vecino.
Nos tuteamos.
Bromeamos.
Entramos en su casa sin llamar.
Le contamos chistes malos.
Y recordamos aventuras vergonzosas.
Eso constituye tener confianza.
Ahora viene lo difícil.
¿Le dejaría usted administrar todos sus ahorros?
Silencio.
¿Firmaría cualquier documento sin leerlo?
Más silencio.
¿Le entregaría la educación de sus hijos?
Nadie respondió.
El profesor sonrió.
—Acaban de descubrir la diferencia.
La confianza nace del conocimiento.
Las confianzas nacen del trato.
Y ambas cosas no siempre caminan juntas.
Error número uno
Los encantadores de serpientes intentan convertir rápidamente las confianzas en confianza.
Comienzan llamándole por su nombre.
Después le dan una palmada en la espalda.
Más tarde le cuentan un secreto.
Finalmente consiguen que usted olvide una pregunta muy sencilla.
«¿Qué sé realmente de esta persona?»
Ése constituye el momento decisivo.
Error número dos
Muchos seres humanos creen que la cercanía demuestra honestidad.
No.
Demuestra cercanía.
Nada más.
Existen sinvergüenzas encantadores.
Y personas extraordinariamente honradas incapaces de mantener una conversación durante diez minutos.
La simpatía jamás ha constituido una prueba de virtud.
Aforismo del profesor
Jamás entregue su confianza simplemente porque alguien le haya hecho sentirse cómodo.
Primero observe cómo actúa.
Después escuche lo que dice.
Y sólo mucho más tarde decida si merece su confianza.
Las confianzas pueden concederse en una tarde.
La confianza…
ése es un privilegio que debe ganarse lentamente.
Y puede perderse en cinco minutos.
Intermedio
Del sabio refranero español
Cuando el profesor terminó la clase, cerró lentamente el cuaderno.
Lo dejó sobre la mesa.
Miró a los alumnos.
Y dijo:
—No olviden nunca una de las mayores obras filosóficas escritas en lengua española.
Los estudiantes comenzaron a tomar apuntes.
Creyeron que iba a citar a Miguel de Cervantes.
O quizá a Baltasar Gracián.
Incluso alguno esperaba a José Ortega y Gasset.
El profesor negó con la cabeza.
—No.
Me refiero al refranero.
Porque hay pueblos que escriben tratados.
Y otros que condensan una biblioteca entera en una sola frase.
Después escribió lentamente:
«Hay confianzas que dan asco.»
Nadie sonrió.
Porque todos comprendieron inmediatamente el significado.
—Fíjense bien.
El refrán no dice:
«Hay confianza que da asco.»
Dice:
«Hay confianzas…»
Es decir…
hay familiaridades indebidas.
Hay excesos de confianza.
Hay intimidades no concedidas.
Hay personas que se toman unas atribuciones que nadie les ha otorgado.
Y precisamente ahí comienza el oficio del encantador de serpientes.
Porque toda manipulación empieza invadiendo un territorio que no le pertenece.
Una pregunta demasiado íntima.
Un consejo que nadie ha pedido.
Una palmada fuera de lugar.
Una familiaridad prematura.
Un «tú déjame a mí».
Y cuando la víctima desea darse cuenta…
el invasor ya ha instalado los muebles en el salón.
Aforismo
Las confianzas se toman.
La confianza se merece.
Quien no distingue ambas cosas…
termina aprendiendo la diferencia por el procedimiento más caro.
CAPÍTULO XXXI

Instrucciones para criar serpientes dóciles
Hasta este momento hemos cometido un pequeño error.
Hemos dedicado demasiadas páginas al encantador.
Y muy pocas a las serpientes.
Sin embargo…
ningún encantador de serpientes prospera en el desierto.
Necesita serpientes.
Muchas serpientes.
Y, si es posible…
bien educadas.
El profesor escribió lentamente una sola palabra.
Vulnerabilidad.
Después permaneció unos segundos en silencio.
—Los encantadores jamás fabrican serpientes.
Se limitan a aprovechar las que otros ya han criado.
El nuevo sentimentalismo
Toda civilización necesita sentimientos.
Sin afecto no existe familia.
Sin compasión no existe justicia.
Sin gratitud no existe amistad.
Sin amor no existe nada digno de conservarse.
Pero existe una diferencia enorme entre los sentimientos…
y el sentimentalismo.
El sentimiento ayuda a comprender la realidad.
El sentimentalismo termina sustituyéndola.
El primero acompaña a la razón.
El segundo pretende jubilarla.
Y cuando la razón abandona la sala…
los encantadores de serpientes comienzan inmediatamente el espectáculo.
La gran inversión
Durante siglos se enseñó a los niños una idea muy sencilla.
No hagas siempre lo que te apetece.
Haz lo que debes.
No porque resulte agradable.
Sino porque resulta correcto.
Hoy parece extenderse una idea muy distinta.
Haz siempre aquello que sientas.
Y si la realidad contradice tus sentimientos…
peor para la realidad.
El profesor dejó la tiza.
—No existe camino más corto hacia la manipulación.
Quien sólo obedece a sus emociones…
termina obedeciendo siempre a quien mejor sabe despertarlas.
La infantilización
Existe otra curiosa enfermedad de nuestro tiempo.
Cada vez encontramos más adultos biológicamente maduros.
Y menos adultos psicológicamente adultos.
Muchos desean derechos.
Muy pocos aceptan deberes.
Muchos reclaman protección.
Muy pocos soportan la responsabilidad.
Muchos exigen reconocimiento.
Muy pocos toleran la frustración.
Y una persona incapaz de soportar la frustración constituye un magnífico cliente para cualquier vendedor de paraísos.
Porque el encantador siempre promete una vida sin esfuerzo.
Sin culpa.
Sin sacrificio.
Sin límites.
Sin consecuencias.
Y eso resulta extraordinariamente seductor.
Especialmente para quien nunca aprendió que la libertad también exige disciplina.
El gran negocio
Los encantadores no venden soluciones.
Venden consuelo.
No eliminan los problemas.
Los adormecen.
No fortalecen el carácter.
Lo sustituyen por dependencia.
No enseñan a caminar.
Ofrecen muletas.
Y procuran que nadie aprenda jamás a caminar sin ellas.
Nota del profesor
Los alumnos me preguntan si el mundo moderno ha producido más encantadores de serpientes.
No lo sé.
Tal vez existan los mismos que hace dos mil años.
Lo que sospecho es otra cosa.
Quizá hoy existan muchas más serpientes deseosas de encontrar quien les diga exactamente qué deben pensar, qué deben sentir, qué deben temer y a quién deben odiar.
Y ésa sí constituye una novedad inquietante.
Última reflexión
Los antiguos hablaban de formar el carácter.
Nosotros hablamos mucho más de proteger la autoestima.
Los antiguos preparaban para afrontar la realidad.
Nosotros, a veces, parecemos empeñados en proteger a las personas de la propia realidad.
No sé cuál de los dos caminos produce seres humanos más felices.
Pero sospecho cuál produce ciudadanos más fáciles de manipular.
CAPÍTULO XXXII

Instrucciones para fabricar una sociedad de encantados
El profesor llegó aquel día sin libros.
Sin apuntes.
Sin la vieja cartera de cuero.
Los alumnos comprendieron inmediatamente que la clase iba a ser distinta.
Se sentó.
Permaneció varios minutos contemplando el aula.
Después habló.
—Durante meses hemos cometido un pequeño error.
Todos levantaron la cabeza.
—Hemos culpado excesivamente a los encantadores de serpientes.
Y eso resulta profundamente injusto.
Los alumnos se miraron sorprendidos.
¿Injusto?
—Sí.
Porque ellos hacen exactamente aquello para lo que sirven.
Encantar serpientes.
Sería tan absurdo reprochar a un lobo que cace…
como reprochar a un encantador que manipule.
No.
El verdadero problema nunca fueron ellos.
El problema siempre estuvo en otra parte.
En las serpientes.
En la educación de las serpientes.
En la fortaleza de las serpientes.
En su capacidad para distinguir una melodía agradable de una trampa.
La vieja palabra olvidada
Durante siglos existió una palabra hoy casi desaparecida.
Carácter.
No personalidad.
No autoestima.
No imagen.
Carácter.
Una palabra incómoda.
Porque exige disciplina.
Dominio de uno mismo.
Capacidad para decir «no».
Resistencia frente a la presión del grupo.
Valor para quedarse solo cuando todos marchan en dirección equivocada.
Todo eso requería muchísimo esfuerzo.
Hoy parece buscarse un camino más cómodo.
Sentirse bien.
Siempre.
A cualquier precio.
Incluso aunque para conseguirlo sea necesario dejar de pensar.
El mercado de las emociones
El profesor dibujó un mercado en la pizarra.
Había puestos.
Muchos puestos.
En uno se vendía miedo.
En otro indignación.
Más allá esperanza.
Al fondo autoestima instantánea.
También felicidad garantizada.
Identidades.
Culpables.
Derechos.
Certificados de bondad.
Absoluciones anticipadas.
Cada tendero gritaba.
—¡Aquí está la verdad!
—¡Aquí la justicia!
—¡Aquí el futuro!
El profesor dejó la tiza.
—El problema nunca fue el mercado.
Siempre hubo mercaderes.
Lo verdaderamente nuevo consiste en que demasiadas personas han olvidado fabricar por sí mismas aquello que ahora compran.
El músculo atrofiado
Existe un músculo que apenas aparece en los tratados de Anatomía.
El criterio.
Como todos los músculos…
cuando deja de utilizarse…
se atrofia.
Pensar cuesta.
Comparar cuesta.
Leer a quien discrepa cuesta.
Reconocer un error cuesta todavía más.
Muchísimo más sencillo resulta repetir.
Compartir.
Aplaudir.
Indignarse.
El encantador conoce perfectamente esta economía del esfuerzo.
Y construye toda su profesión sobre ella.
La nueva superstición
Los antiguos consultaban oráculos.
Nosotros consultamos pantallas.
Ellos buscaban augures.
Nosotros buscamos expertos.
Ellos preguntaban a los sacerdotes.
Nosotros preguntamos a los influenciadores.
La especie cambia muy poco.
Únicamente cambia la decoración.
El profesor sonrió.
—No se rían demasiado de los antiguos.
Tal vez dentro de quinientos años alguien estudie nuestras costumbres con idéntica mezcla de asombro y compasión.
Última advertencia
No existe vacuna definitiva contra los encantadores de serpientes.
Existe únicamente educación.
Carácter.
Experiencia.
Y una saludable costumbre.
La de desconfiar incluso de uno mismo.
Porque el primer encantador de serpientes que todos llevamos dentro…
se llama autoengaño.
Y ése…
ése jamás se jubila.
NOTAS ENCONTRADAS EN EL CUADERNO DEL PROFESOR

Nota 1
**»Desconfío profundamente de quienes afirman amar a la Humanidad mientras detestan cordialmente a los seres humanos concretos.
La Humanidad jamás llega tarde.
No ronca.
No contradice.
No pide dinero prestado.
No educa mal a sus hijos.
No ocupa la plaza de aparcamiento.
Resulta muy fácil amar una abstracción.
Lo verdaderamente difícil consiste en soportar al vecino.»**
Nota 2
**»He conocido muchos manipuladores.
Ninguno comenzó diciendo:
‘Voy a engañar a todo el mundo.’
Todos empezaron diciendo:
‘Yo sé lo que más conviene a los demás.’
Ahí comenzó siempre el problema.»**
Nota 3
**»La mayor victoria del encantador de serpientes consiste en conseguir que la víctima deje de hacerse preguntas.
En ese momento ya no necesita responder.
Ha ganado.»**
Nota 4
**»No temo a quien discrepa de mí.
Temo a quien ya no considera necesario discutir.»**
Nota 5
**»Toda mentira necesita memoria.
La verdad posee una ventaja extraordinaria.
No exige recordar la versión anterior.»**
Nota 6
**»El poder no transforma necesariamente a los hombres.
Los revela.
Igual que el dinero.
Igual que la impunidad.
Igual que el miedo.»**
Nota 7
«Nunca he entendido por qué tantas personas consideran más importante parecer buenas que ser decentes.»
Nota 8
**»La propaganda moderna ha descubierto un procedimiento admirable.
No necesita prohibir determinadas ideas.
Le basta con convertirlas en socialmente incómodas.»**
Nota 9
**»Las personas inteligentes también son manipulables.
A veces incluso más.
Porque suelen confiar excesivamente en su propia inteligencia.»**
Nota 10
**»No existe mayor peligro que un imbécil convencido de representar el Bien absoluto.
El delincuente común sabe que delinque.
El fanático cree salvar el mundo.»**
Nota 11
**»Hay individuos que jamás piden perdón.
No porque nunca se equivoquen.
Sino porque consideran que reconocer un error disminuiría su autoridad.
Ignoran que sucede exactamente lo contrario.»**
Nota 12
**»Los encantadores de serpientes no crean el miedo.
Lo administran.
Igual que un farmacéutico administra un medicamento.
Ni demasiado poco.
Ni demasiado.
Exactamente la dosis necesaria para que la víctima continúe dependiendo de ellos.»**
Nota 13
**»Las sociedades libres jamás deberían confiar ciegamente en la bondad de sus gobernantes.
Las instituciones inteligentes se diseñan suponiendo exactamente lo contrario.»**
Nota 14
**»He observado una curiosa regularidad.
Cuanto más repite alguien que no desea el poder…
más atento conviene permanecer.»**
Nota 15
**»Existe una diferencia enorme entre convencer y vencer.
El primero necesita razones.
El segundo únicamente necesita poder.»**
Nota 16
**»Hay dos clases de personas peligrosas.
Las que creen que pueden equivocarse.
Y rectifican.
Y las que están completamente convencidas de que jamás se equivocan.
Estas últimas terminan corrigiendo al mundo.»**
Nota 17
**»Toda ideología comienza siendo una hipótesis.
Algunas acaban convirtiéndose en una religión.
El síntoma aparece cuando deja de admitir preguntas.»**
Nota 18
**»El refranero español resume con frecuencia en diez palabras lo que algunos profesores necesitan desarrollar en cuatrocientas páginas.
Por eso sospecho que nuestros antepasados observaban mucho más y hablaban bastante menos.»**
Nota 19
**»No he conocido jamás un gran manipulador que no poseyera un extraordinario conocimiento de las debilidades humanas.
Algunos ignoraban economía.
Otros Historia.
Otros Filosofía.
Pero todos eran doctores en vanidad.»**
Nota 20 (la última)
**»Después de toda una vida estudiando a los encantadores de serpientes, he llegado a una conclusión inesperada.
El verdadero milagro no consiste en aprender a tocar la flauta.
El verdadero milagro consiste en conservar la libertad interior cuando miles de flautas suenan al mismo tiempo.»**
EPÍLOGO
Manual para dejar de ser serpiente

Si ha llegado usted hasta aquí, merece una felicitación.
Ha sobrevivido a un curso bastante peculiar.
Durante cientos de páginas hemos hablado de psicópatas, manipuladores, fanáticos, demagogos, embaucadores, estafadores, sectas, propaganda, sentimentalismo, miedo y autoengaño.
Pero confieso ahora un pequeño secreto.
Todo eso no era más que el decorado.
El verdadero protagonista siempre fue otro.
Usted.
Porque el problema jamás consistió únicamente en que existan encantadores de serpientes.
Siempre los hubo.
Siempre los habrá.
El verdadero problema consiste en averiguar por qué unas personas consiguen fascinarnos y otras no.
Por qué, una y otra vez, individuos corrientes entregan su libertad a cambio de seguridad.
Su criterio a cambio de tranquilidad.
Su responsabilidad a cambio de protección.
Su conciencia a cambio de pertenecer al grupo.
He llegado a una conclusión quizá demasiado sencilla para los tiempos que corren.
Las personas verdaderamente libres no son aquellas que hacen siempre lo que desean.
Son las que conservan la capacidad de decir «no».
No al miedo.
No a la adulación.
No a la presión del grupo.
No a las consignas.
No a las mentiras cómodas.
No al autoengaño.
Durante siglos existió una palabra casi olvidada.
Carácter.
Nuestros abuelos hablaban de personas con carácter.
No querían decir personas antipáticas.
Ni autoritarias.
Querían decir algo mucho más difícil.
Personas capaces de gobernarse a sí mismas.
Hoy hablamos mucho más de autoestima.
De emociones.
De bienestar.
Todo eso tiene importancia.
Pero ninguno de esos bienes sustituye al carácter.
Porque el carácter permite soportar la frustración.
Aceptar la realidad.
Rectificar cuando uno se equivoca.
Cambiar de opinión sin sentirse humillado.
Y conservar la dignidad incluso cuando todo el mundo invita a renunciar a ella.
No existe vacuna definitiva contra los encantadores de serpientes.
Existe, únicamente, una educación que forme ciudadanos capaces de pensar.
De leer.
De comparar.
De discutir sin odiar.
De escuchar sin obedecer.
De confiar lentamente.
Y de retirar inmediatamente la confianza cuando los hechos la desmienten.
No olvide nunca una diferencia que la lengua española tuvo la elegancia de conservar.
Las confianzas se toman.
La confianza se gana.
Y también recuerde otro viejo refrán.
«Hay confianzas que dan asco.»
Los pueblos olvidan esas pequeñas verdades a su propio riesgo.
Al cerrar este libro, quizá algunos lectores esperen una fórmula mágica.
No la hay.
Sólo conozco un camino.
Cultivar la inteligencia.
La prudencia.
La responsabilidad.
La fortaleza.
El sentido del deber.
Y esa saludable desconfianza que no convierte al hombre en un paranoico, sino en un ciudadano libre.
Hace muchas páginas escribimos una frase.
Ahora deseo repetirla.
La desconfianza es un arma cargada de futuro.
No la desconfianza enfermiza.
No la sospecha permanente.
No el cinismo.
La desconfianza prudente.
La que pregunta.
La que comprueba.
La que exige pruebas.
La que distingue entre palabras y hechos.
La que jamás entrega la conciencia a nadie.
Ni siquiera a uno mismo.
Porque el más peligroso de todos los encantadores de serpientes no siempre habla desde una tribuna.
A veces susurra desde nuestro interior.
Se llama vanidad.
Se llama comodidad.
Se llama miedo.
Se llama autoengaño.
Y ése es el único manipulador al que jamás conseguiremos derrotar definitivamente.
Sólo podremos mantenerlo vigilado.
Todos los días.
Hasta el último de nuestra vida.
Si, después de cerrar este libro, el lector sale al mundo un poco menos ingenuo, un poco más prudente y bastante más difícil de manipular, estas páginas habrán cumplido su cometido.
Porque la finalidad de este manual nunca fue enseñar a tocar la flauta.
Siempre fue enseñar a dejar de bailar.
(Última página)
<br><br><br><br><br>
Cuando comenzó este curso creí que iba a enseñarles cómo trabajan los encantadores de serpientes.
Me equivocaba.
Ellos apenas han cambiado desde que el mundo es mundo.
Los que hemos cambiado somos nosotros.
Cada generación cree ser más inteligente que la anterior.
Y, sin embargo, cada generación vuelve a dejarse seducir por una música distinta.
La flauta cambia.
La melodía permanece.
<br><br>
He observado durante muchos años a quienes dedican su vida a manipular a los demás.
He leído sus discursos.
He estudiado sus métodos.
He procurado comprender sus trucos.
Y al final he llegado a una conclusión extraordinariamente sencilla.
Nunca triunfan solos.
Siempre encuentran ayuda.
A veces en el miedo.
Otras en la vanidad.
Con frecuencia en la pereza.
Casi siempre en el deseo profundamente humano de que alguien nos diga qué debemos pensar, qué debemos creer y de quién debemos desconfiar.
Por eso este libro nunca trató realmente sobre ellos.
Trataba sobre nosotros.
<br><br>
Si durante la lectura ha reconocido usted a demasiados encantadores de serpientes…
quizá haya llegado el momento de preguntarse por qué les permitió acercarse tanto.
No los odie.
Aprenda.
La experiencia suele ser una maestra severa.
Pero la ingenuidad cobra matrículas todavía más caras.
<br><br><br>
Y si, por el contrario, no ha reconocido a ninguno…
no cierre todavía el libro.
Vuelva despacio a la primera página.
Es posible que la flauta sonara demasiado cerca para distinguir su música.
<br><br><br>
Recuerde siempre tres cosas.
Las confianzas se toman.
La confianza se gana.
Y, como advirtieron hace siglos nuestros abuelos con mucha más sabiduría que muchos tratados de Psicología:
Hay confianzas que dan asco.
<br><br><br>
No aspire a convertirse en un experto en descubrir psicópatas.
Ni en diagnosticar sociópatas.
Ni en desenmascarar fanáticos.
Aspire a algo infinitamente más difícil.
A conservar el juicio cuando todos los demás lo han delegado.
A seguir pensando cuando otros sólo repiten.
A mantener la serenidad cuando el miedo se convierte en espectáculo.
A decir «no» cuando la multitud aplaude.
Y a rectificar cuando los hechos demuestran que estaba equivocado.
Porque rectificar no constituye una derrota.
La derrota consiste en dejar de buscar la verdad.
<br><br><br>
He aquí la única conclusión que merece la pena recordar.
Los encantadores de serpientes siempre existirán.
La libertad nunca consistió en hacerlos desaparecer.
Consiste en dejar de bailar.
<br><br><br>
<div align=»right»>
El Profesor
</div>
<br><br><br><br>
<div align=»center»>
«La desconfianza es un arma cargada de futuro.»
</div>