Canto civil para una España sin rumbo… y una llamada a la acción.

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PERO GRULLO DE ABSURDISTÁN

¡Españoles!
La Patria está en peligro.
No la cercan hoy cañones,
ni tambores enemigos,
ni bayonetas al sol.

La cercan hombres sin honra,
la cerca la corrupción,
la cerca el miedo cobarde,
la cerca la rendición.

Con diez discursos por banda,
viento en popa la impostura,
navega España cansada
por mares de desventura.

No le falta fuerte casco,
ni velamen, ni timón;
le falta mano en la rueda,
le falta rumbo y razón.

Va la nave dando tumbos
entre algarabía y clamor;
todos gritan desde el puerto,
nadie sube al galeón.

«¡Habría que!», dice el sabio.
«¡Habría que!», el hablador.
«¡Habría que!», clama el necio
mientras huye de la acción.

Mucho flamear de banderas,
mucha marcha y procesión,
mucho pecho levantado,
mucha frase, poco honor.

Mas cuando acaba la arenga
y se apaga la emoción,
vuelve cada cual a casa
con la misma dejación.

¿De qué sirve conocer
la latitud del naufragio,
si no sabemos qué puerto
busca nuestro desamparo?

¿De qué sirve hallar el punto
donde el mar nos arrojó,
si no tenemos brújula
ni carta de navegación?

Un hombre salió de puerto
con la nave en buen estado;
mas la tormenta nocturna
lo lanzó al mar apartado.

Miró al cielo y dijo a voces:
«¡Dios mío, perdido estoy!»
Y una voz le dio las señas
de su exacta posición.

Mas él siguió repitiendo,
con angustia y con temblor:
«Sé ya dónde me encuentro,
pero no sé adónde voy.»

Entonces recibió un mapa,
un destino y un camino,
con escollos, bajos fondos,
peligros y remolinos.

Y comprendió, ya sereno,
lo que antes no comprendió:
que no basta estar situado
si no se elige dirección.

España sabe sus males,
sabe su deuda y dolor,
sabe quién vendió su herencia,
sabe quién la hipotecó.

Sabe de leyes torcidas,
de favores, de traición,
de jueces bajo sospecha,
de mentira y sumisión.

Sabe del cargo comprado,
del pariente colocón,
del dinero de los otros
convertido en posesión.

Sabe de mil organismos,
de oficinas sin misión,
de subvención que domestica
y de impuesto sin perdón.

Sabe mucho.
Sufre mucho.
Grita mucho.
Pero no.

No basta saber la herida
si nadie aplica el rigor;
no sana la carne enferma
con discursos de salón.

¿Dónde está la buena brújula?
¿Dónde el mapa del deber?
¿Dónde el hombre que se atreva
a comenzar por hacer?

No hay felicidad durable
en la espuma del aplauso,
ni en la alegría fugaz
del griterío inflamado.

La alegría viene y pasa
como relámpago al sol;
la felicidad se labra
con virtud y dirección.

No es feliz quien más proclama,
ni quien más logra vencer;
feliz quien anda derecho
por el camino del bien.

Por eso España no espera
otra euforia de ocasión;
espera hombres con rumbo,
con decencia y corazón.

¡Españoles! La Patria llama.
No preguntéis quién vendrá.
Quien espere salvadores
para siempre esperará.

No digáis más «habría que»,
que ese tiempo ya pasó;
las naciones no renacen
con lamento ni pregón.

Renacen cuando sus hijos
cambian palabra por obra,
cuando el miedo se retira,
cuando la virtud retorna.

Renacen cuando el honrado
deja de callar por paz,
cuando el justo se levanta
sin pedir permiso a nadie.

Renacen cuando el que trabaja
no sostiene al vividor,
cuando la ley vuelve a ser
muro frente al abusón.

Que no es la Patria un botín
para cuadrillas de mando,
ni finca de señoritos,
ni pesebre cortesano.

No es presupuesto sin dueño,
ni refugio del bribón,
ni herencia para partidos
que viven de la nación.

La Patria es lo que recibes
de los muertos que se fueron;
lo que debes a tus hijos,
lo que entregas a tus nietos.

Nuestras vidas son los ríos,
decía la vieja voz;
pues ved qué turbio va el cauce
si nadie limpia el aluvión.

Ved cómo pasa la gloria,
ved cómo muere el poder,
ved cómo el cargo se pudre
cuando no sirve al deber.

¿Qué fue de tanta promesa?
¿Qué fue de tanto cartel?
¿Qué fue de tanto tribuno
que juró servir al bien?

Pasó como pasa el humo,
como la espuma del mar;
quedó la deuda creciendo
y el hijo sin porvenir.

Quedó la casa empeñada,
quedó roto el armazón;
quedó el nieto preguntando
quién vendió su habitación.

Y entonces, desde la sombra
de una España secular,
vuelve una voz de otro tiempo
con acento de verdad:

«Españoles, patria en riesgo;
acudidla a defender.
No mañana.
No algún día.
Hoy.
Con obra.
Con deber.»

No vienen hoy los franceses
con tambor imperial;
vienen redes de favores,
viene el saqueo legal.

Viene la casta depredadora
con su sonrisa oficial,
con su informe, con su coche,
con su escolta y su jornal.

Viene diciendo «progreso»
mientras arruina el hogar;
viene vendiendo futuro
para poderlo cobrar.

¡Fuera el parásito público!
¡Fuera el señor del favor!
¡Fuera quien hizo del Estado
su negocio y su mansión!

Mas no basta con echarlos
si queda en pie el mismo error;
hay que arrancar la raíz
del privilegio ladrón.

Hace falta ley severa,
hace falta rendición,
hace falta que quien mande
responda por su gestión.

Hace falta que el que gaste
dinero que no ganó
tema al juez, tema a la cuenta,
tema al pueblo y al honor.

Hace falta el viejo juicio
de residencia y razón:
quien tuvo mando, que explique
qué hizo con la nación.

Y si un día viene un hombre
sin hambre de adoración,
sin corte de aduladores,
sin culto a su condición;

si viene, como Cincinato,
desde el campo y el deber,
a tomar mando un instante
para volverlo a ceder;

si viene un Cirujano de Hierro,
no por ansia de mandar,
sino por abrir la herida
y empezar a cauterizar;

si viene con mano firme,
con bisturí y corazón,
a cortar carne podrida
sin odio y sin compasión;

que empiece dando la puerta,
con gorrazo proverbial,
al vividor de la cosa,
al parásito oficial;

al que hipotecó a los hijos,
al que empeñó a los nietos,
al que robó la esperanza
con decretos y pretextos;

al que hizo del presupuesto
su cortijo personal,
al que llamó bien común
a su propio bienestar.

Pero sepa ese Cincinato
que no basta su valor;
una Patria no se salva
con un hombre salvador.

Detrás deberán alzarse
miles de hombres de verdad,
con arado, libro y fragua,
con justicia y voluntad.

Porque España no precisa
otro ídolo en el altar;
precisa hombres que recuerden
que servir es gobernar.

Ya tenemos carta y rumbo,
ya tenemos Norte y mar,
ya sabemos los escollos,
ya sabemos dónde están.

Ya no sirven más excusas,
ni lamentos sin final;
cada cual tome el timón
que le toque gobernar.

No preguntes qué la Patria
puede darte una vez más;
pregúntate cada día
qué le puedes entregar.

No preguntes por los otros,
ni esperes otro Cid;
empieza por tu conciencia,
empieza dentro de ti.

Porque España no es un nombre
esculpido en un blasón;
es la suma de millones
que cumplen con su deber.

Si cada cual hace poco,
entre todos será mucho;
si cada cual mira a otro,
todo quedará en discurso.

Que no salva una bandera
si no la sostiene un brazo;
ni una ley si nadie cumple;
ni una patria sin trabajo.

Y cuando pasen los años,
y la Historia dicte al fin,
puedan nuestros propios hijos
decir, sin rubor, así:

«No heredamos una ruina;
nos dejaron libertad.
Porque hubo hombres que un día
prefirieron actuar.»

¡Españoles! Ya amanece.
La derrota está trazada;
la brújula marca el Norte;
la mar vuelve a estar en calma.

Levantemos, pues, el ancla.
¡Que comience la singladura!

Menos «habría que» al viento.
Más deber.
Más temple.
Más altura.

Menos queja interminable.
Más justicia.
Más honor.

Más España desde abajo.
Más España en cada acción.

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