EL ORGULLO DEL TRES POR CIENTO
O de cómo una circunstancia personal acabó convirtiéndose en una identidad política
Carolus Aurelius Calidus Unionis

PRÓLOGO
«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.»
José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote
Si hubiera nacido en otra familia, probablemente hoy sería un hombre diferente.
Si mi infancia hubiera transcurrido en otro barrio, en otra ciudad o en otro país, mis ideas serían distintas.
Si hubiera vivido dos siglos antes, habría hablado otro lenguaje y este ensayo jamás habría podido escribirse.
Si hubiera recibido otra educación, habría leído otros libros, admirado a otros autores y quizá defendería otras convicciones.
Gran parte de aquello que somos no depende de una decisión personal.
Nadie elige el lugar donde nace.
Ni la época histórica que le corresponde vivir.
Ni el color de sus ojos.
Ni la estatura.
Ni el sexo con el que viene al mundo.
Ni la mayor parte de las capacidades y limitaciones físicas o intelectuales que le acompañarán durante toda su existencia.
Todo ello forma parte de nuestra circunstancia.
Y nadie puede escapar completamente de ella.
Nuestro cuerpo también forma parte de esa circunstancia.
Nuestra inteligencia.
Nuestra salud.
Nuestras limitaciones.
Nuestra orientación sexual.
Nuestra facilidad o dificultad para aprender.
Nuestra belleza o nuestra falta de ella.
Todo eso constituye el punto de partida de nuestra existencia.
Pero sólo el punto de partida.
Porque Ortega no escribió únicamente «yo soy mi circunstancia».
Escribió algo mucho más profundo:
«Yo soy yo y mi circunstancia».
Ese «yo» que aparece antes de la circunstancia representa precisamente aquello que nos convierte en personas libres y responsables.
La circunstancia condiciona.
Pero no determina completamente.
Siempre queda un espacio para decidir.
Y en ese pequeño espacio nace la responsabilidad.
Yo no elegí pertenecer aproximadamente al tres por ciento de españoles afectados por una sordera severa o profunda.
No elegí las dificultades que ello ha supuesto durante toda mi vida.
No elegí el aislamiento que tantas veces acompaña a quien apenas oye.
Todo eso me vino dado.
Era mi circunstancia.
Pero sí elegí qué hacer con ella.
Elegí estudiar.
Elegí trabajar.
Elegí escribir.
Elegí no resignarme.
Elegí someterme, pese a que muchas personas me aconsejaban no hacerlo, a diversas intervenciones quirúrgicas.
Elegí implantarme dos implantes cocleares.
Elegí asumir los riesgos.
Elegí seguir adelante.
De esas decisiones puedo sentir una satisfacción legítima.
Porque dependen de mí.
Porque exigen esfuerzo.
Porque implican responsabilidad.
Pero jamás sentiré orgullo por ser sordo.
La sordera no constituye un mérito.
Es simplemente una circunstancia.
Y precisamente esa reflexión conduce a la pregunta que da origen a este ensayo.
¿Por qué determinadas circunstancias personales han dejado de ser consideradas simples características individuales para convertirse en identidades políticas?
¿Por qué compartir una característica estadística lleva a afirmar que existe un supuesto «colectivo»?
¿Por qué unas circunstancias se celebran públicamente mientras otras permanecen en el ámbito privado?
Responder a esas preguntas exige comenzar por el principio.
Por las palabras.
Porque casi todas las revoluciones empiezan modificando el significado del lenguaje.
Y también porque ninguna manipulación política puede prosperar sin alterar previamente el sentido de las palabras.
Ése será el primer paso de este ensayo.

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
NO SOY UN COLECTIVO, NO SOY UN TRES POR CIENTO
O de cómo las personas fueron sustituidas por etiquetas
Carolus Aurelius Calidus Unionis
«YO SOY YO Y MI CIRCUNSTANCIA…»
«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.»
Con esta frase de José Ortega y Gasset comienza realmente este ensayo, porque constituye la mejor respuesta frente a una de las grandes confusiones de nuestro tiempo.
Todos nacemos dentro de unas circunstancias que no hemos elegido.
El sexo.
La familia.
La altura.
El color de los ojos.
La inteligencia.
La salud.
La nacionalidad.
La lengua.
La orientación sexual.
La sordera, en mi caso.
Nada de eso depende de nuestra voluntad.
No existe mérito alguno en haber nacido hombre o mujer.
Ni heterosexual.
Ni homosexual.
Ni sordo.
Ni rubio.
Ni moreno.
Ni alto.
Ni bajo.
Son simples circunstancias.
Y precisamente porque son circunstancias resulta absurdo convertirlas en motivo de orgullo.
Nadie se siente orgulloso de medir un metro setenta y dos.
Ni de tener pecas.
Ni de poseer un determinado grupo sanguíneo.
Del mismo modo, yo nunca me he sentido orgulloso de pertenecer aproximadamente al tres por ciento de la población española que padece una sordera severa o profunda.
¿Por qué habría de sentirme orgulloso?
No hice absolutamente nada para merecerlo.
Lo único que merece reconocimiento no es la circunstancia.
Es la respuesta.
No la sordera.
Sino el esfuerzo realizado para convivir con ella.
No la orientación sexual.
Sino la conducta.
No el punto de partida.
Sino el camino recorrido.
Ésa constituye la tesis central de este ensayo.
EL GRAN FRAUDE DEL «COLECTIVO»
Una de las primeras operaciones intelectuales que analiza este libro consiste en la utilización interesada del lenguaje.
En español, colectivo no significa «grupo de personas».
Es, ante todo, un adjetivo.
Significa aquello que pertenece o afecta conjuntamente a varios individuos.
Su antónimo es individual.
Sin embargo, desde hace décadas, los medios de información y buena parte del discurso político utilizan la palabra «colectivo» como si designara una comunidad humana homogénea.
Así aparece continuamente «el colectivo LGTBI».
«El colectivo de mujeres.»
«El colectivo migrante.»
«El colectivo sordo.»
Como si millones de personas compartieran automáticamente las mismas ideas por el simple hecho de poseer una característica común.
Eso es falso.
Las personas homosexuales no piensan igual.
Las personas sordas tampoco.
Ni los médicos.
Ni los agricultores.
Ni los extremeños.
Ni los jubilados.
Las asociaciones representan únicamente a sus asociados.
Nunca a todos aquellos que comparten una determinada circunstancia.
Confundir ambas cosas constituye una manipulación del lenguaje con profundas consecuencias políticas.
EL TRES POR CIENTO
El autor pertenece aproximadamente al mismo porcentaje de población que el que suele atribuirse a la homosexualidad.
En torno al tres por ciento.
Pero jamás se ha sentido miembro de un supuesto «colectivo sordo».
Ha pasado por numerosas operaciones quirúrgicas.
Lleva dos implantes cocleares.
Ha dedicado una enorme cantidad de esfuerzo a seguir trabajando, leyendo, escribiendo y participando en la vida pública.
Nunca ha pedido un «Orgullo Sordo».
Nunca ha reclamado desfiles.
Nunca ha exigido que los edificios públicos exhiban símbolos relacionados con su discapacidad.
Porque una discapacidad no constituye un mérito.
Es una circunstancia.
Lo admirable no consiste en padecerla.
Lo admirable consiste en enfrentarse a ella.
Y exactamente el mismo razonamiento resulta aplicable a cualquier otra condición humana.
HOMOSEXUALIDAD Y HOMOSEXUALISMO
El ensayo distingue cuidadosamente entre dos realidades completamente distintas.
Por una parte existen personas homosexuales.
Por otra existe una determinada ideología que utiliza la homosexualidad como instrumento político.
No son la misma cosa.
Criticar una ideología no equivale a atacar a las personas.
Del mismo modo que criticar una religión no supone odiar a sus creyentes.
O cuestionar una doctrina económica no implica despreciar a quienes la defienden.
La confusión deliberada entre ambas cuestiones constituye uno de los mecanismos más eficaces para impedir cualquier debate racional.
LA NUEVA INQUISICIÓN
Uno de los ejes centrales del ensayo consiste en la comparación entre determinados mecanismos culturales contemporáneos y una nueva Inquisición.
No porque exista una reproducción literal de la institución histórica.
Sino porque reaparecen algunos de sus mecanismos fundamentales.
Dogmas incuestionables.
Un lenguaje obligatorio.
Guardianes de la ortodoxia.
Tribunales morales.
Conversos especialmente celosos.
Delatores.
Herejes.
Y castigos destinados a quienes discrepan.
Hoy las hogueras han desaparecido.
Pero permanece la muerte civil.
La cancelación.
La destrucción de la reputación.
La exclusión profesional.
La marginación académica.
La censura indirecta.
La autocensura.
Ya no hace falta encarcelar.
Basta con conseguir que cada vez menos personas se atrevan a formular determinadas preguntas.
Ése constituye el mayor triunfo de cualquier inquisición.
EL IMPERIO DE LA IDENTIDAD
Durante buena parte del siglo XX la política giraba alrededor de la lucha entre clases sociales.
Hoy gira crecientemente alrededor de identidades.
Ya no se habla de ciudadanos.
Se habla de colectivos.
De minorías.
De comunidades.
De grupos.
Cada individuo deja de ser juzgado por su conducta.
Empieza a ser contemplado a través de la categoría a la que pertenece.
Y cuando las etiquetas sustituyen a las personas, la libertad comienza a deteriorarse.
EL «YO ME SIENTO»
Uno de los cambios filosóficos más profundos analizados en estas páginas consiste en la sustitución del principio de realidad por el principio de autopercepción.
Durante siglos distinguimos entre lo que somos, lo que sentimos y lo que deseamos.
Hoy esas tres dimensiones tienden a confundirse.
«Yo me siento…»
La experiencia subjetiva merece respeto.
Pero no puede convertirse automáticamente en criterio objetivo para organizar toda la sociedad.
Los sentimientos existen.
No por ello modifican la realidad.
Ni crean, por sí solos, obligaciones para los demás.
Confundir respeto con obligación de compartir una percepción constituye uno de los errores intelectuales más importantes de nuestro tiempo.
DEL DESEO AL DERECHO
Otro fenómeno analizado en este ensayo consiste en la transformación progresiva del deseo en derecho.
Primero aparece una aspiración.
Después una reivindicación.
Más tarde un supuesto derecho.
Finalmente una obligación para toda la sociedad.
El resultado es una inflación permanente de nuevos derechos que, en realidad, muchas veces no son otra cosa que deseos revestidos de lenguaje jurídico.
Y cuando todo acaba convirtiéndose en un derecho, los derechos terminan perdiendo su verdadero significado.
EL REGRESO DEL CAPRICHO
Las grandes civilizaciones enseñaron siempre que el ser humano debía aprender a gobernar sus deseos.
Hoy parece proponerse exactamente lo contrario.
Todo deseo debe satisfacerse.
Toda frustración constituye una injusticia.
Todo límite aparece como una opresión.
Toda renuncia parece una derrota.
El ensayo sostiene justamente lo contrario.
La madurez consiste en aceptar que no todo cuanto deseamos puede convertirse en realidad.
La libertad no consiste en obedecer todos nuestros impulsos.
Consiste en ser capaces de gobernarlos.
LA INDUSTRIA DE LAS IDENTIDADES
El ensayo también analiza el inmenso entramado administrativo, económico y político que se ha desarrollado alrededor de determinadas identidades.
Observatorios.
Institutos.
Asociaciones.
Fundaciones.
Subvenciones.
Campañas institucionales.
Departamentos universitarios.
Cursos.
Consultorías.
Protocolos.
Todo ello configura una estructura cuya continuidad depende, en gran medida, de que el conflicto nunca desaparezca completamente.
No se trata de negar problemas reales.
Se trata de preguntarse si determinadas organizaciones no terminan necesitando que esos problemas permanezcan abiertos para justificar su propia existencia.
RECUPERAR A LA PERSONA
La conclusión del ensayo resulta extraordinariamente sencilla.
Antes que hombres o mujeres.
Antes que heterosexuales u homosexuales.
Antes que sordos u oyentes.
Antes que creyentes o ateos.
Antes que ricos o pobres.
Antes que miembros de cualquier supuesto colectivo…
Somos personas.
Y una persona vale infinitamente más que cualquiera de sus circunstancias.
No somos un porcentaje.
No somos una estadística.
No somos una etiqueta.
No somos un colectivo.
Somos seres humanos libres, responsables y dotados de dignidad propia.
Ésa constituye la verdadera herencia de la civilización occidental.
Y también la mejor defensa frente a cualquier intento de reducirnos a simples categorías administrativas o políticas.
El auténtico orgullo no consiste en celebrar aquello que nunca elegimos.
Consiste en la manera en que respondemos a las circunstancias que nos tocaron en suerte.
Porque no somos responsables del punto de partida.
Sí lo somos del camino recorrido.
Y ahí, precisamente ahí, comienza la libertad.
Si quieres saber, aprendera más, profundizar, sigue leyendo
CAPÍTULO I
INSTRUCCIONES PARA NO DEJARSE ENGAÑAR POR LAS PALABRAS
«Las palabras no son inocentes. Quien consigue imponer el significado de las palabras termina imponiendo una determinada forma de entender la realidad.»
Toda transformación profunda de una sociedad comienza mucho antes de que se aprueben nuevas leyes.
Empieza modificando el lenguaje.
Las palabras dejan de describir la realidad para empezar a construirla.
No se prohíbe pensar de una determinada manera; basta con impedir que determinadas ideas puedan expresarse utilizando las palabras de siempre.
Cuando una palabra cambia de significado, también cambia, poco a poco, nuestra manera de pensar.
Por eso las revoluciones culturales conceden tanta importancia al lenguaje.
No se conforman con modificar las instituciones.
Antes modifican el diccionario.
O, mejor dicho, el significado que la sociedad atribuye a las palabras.
Sucede con términos como «género», «diversidad», «inclusión», «empoderamiento», «discriminación», «igualdad», «violencia», «familia» o «matrimonio».
Pero existe otra palabra cuyo empleo apenas se cuestiona y que, sin embargo, merece un detenido examen.
Me refiero a colectivo.
En español, colectivo no es, originariamente, el nombre de una agrupación humana.
Es, ante todo, un adjetivo.
Así lo utilizan desde hace siglos nuestros escritores y así lo recogen los diccionarios.
Su significado es sencillo: aquello que pertenece o se refiere a un conjunto.
Y precisamente por eso su antónimo natural es individual.
Hablamos de transporte colectivo.
De convenio colectivo.
De propiedad colectiva.
De trabajo colectivo.
De negociación colectiva.
En todos esos casos, «colectivo» califica a un sustantivo.
No designa por sí mismo una realidad humana.
Sin embargo, desde hace algunos años asistimos a un curioso fenómeno lingüístico.
El adjetivo ha terminado convirtiéndose en sustantivo.
Ya casi nadie habla de asociaciones de homosexuales.
Ni de asociaciones de personas sordas.
Ni de asociaciones de inmigrantes.
Ni de asociaciones de pensionistas.
Ahora se habla, sencillamente, del «colectivo».
Como si existiera una entidad perfectamente delimitada, homogénea y dotada de una voluntad propia.
Pero ¿qué significa exactamente esa expresión?
¿Quién forma parte del supuesto colectivo?
¿Quién decide quién pertenece y quién no?
¿Quién elige a sus representantes?
¿Quién les ha otorgado autoridad para hablar en nombre de todos?
Éstas no son preguntas retóricas.
Son preguntas esenciales.
Porque las palabras importan.
Y mucho.
Yo pertenezco, desde un punto de vista puramente estadístico, aproximadamente al tres por ciento de la población española que padece una sordera severa o profunda.
Pero niego formar parte de un supuesto «colectivo de sordos».
No existe.
Lo que existen son asociaciones de personas sordas.
Existen federaciones.
Existen fundaciones.
Existen entidades privadas.
Existen organizaciones creadas libremente por ciudadanos que desean colaborar para alcanzar determinados fines.
Eso sí existe.
Y resulta perfectamente legítimo.
Lo que no existe es una comunidad homogénea integrada por todas las personas sordas.
Porque no pensamos igual.
No votamos igual.
No compartimos las mismas creencias religiosas.
Ni la misma filosofía.
Ni la misma manera de entender la familia.
Ni la educación.
Ni la economía.
Ni la política.
Lo único que compartimos es una circunstancia biológica.
Nada más.
Lo mismo sucede con las personas homosexuales.
Compartir una orientación sexual no convierte automáticamente a millones de seres humanos en una comunidad política.
Ni en una unidad cultural.
Ni en una organización.
Ni en un sujeto colectivo.
Existen asociaciones de homosexuales.
Existen organizaciones LGTBI.
Existen plataformas.
Existen fundaciones.
Existen grupos de presión.
Todo ello forma parte del derecho de asociación propio de una sociedad libre.
Pero una asociación jamás equivale al conjunto de las personas que poseen una determinada característica.
Del mismo modo que ningún colegio profesional representa exactamente a todos los médicos.
Ni todos los abogados pertenecen al mismo colegio.
Ni todos los empresarios forman parte de la misma organización.
Ni todos los agricultores están afiliados al mismo sindicato.
Conviene insistir en esta idea porque constituye uno de los pilares de este ensayo.
Las personas no nacen formando parte de colectivos.
Nacen siendo individuos.
Posteriormente, libremente, pueden decidir asociarse con otros individuos para perseguir objetivos comunes.
Ése es el orden natural de las cosas.
Primero aparece la persona.
Después, si así lo desea, la asociación.
Nunca al revés.
Cuando olvidamos ese orden, dejamos de contemplar a los individuos como personas concretas y empezamos a clasificarlos mediante etiquetas.
Ya no vemos a Carlos, a María o a Antonio.
Vemos «el colectivo».
«El colectivo LGTBI.»
«El colectivo de personas sordas.»
«El colectivo migrante.»
«El colectivo trans.»
«El colectivo juvenil.»
Y, casi sin advertirlo, hemos sustituido a millones de individuos irrepetibles por una abstracción.
Las etiquetas poseen una enorme ventaja para quien pretende dirigir la vida pública.
Simplifican la realidad.
Permiten hablar de millones de personas como si todas compartieran exactamente los mismos intereses, las mismas opiniones y los mismos objetivos.
Pero la realidad nunca funciona de ese modo.
La realidad siempre es infinitamente más compleja.
Cada persona constituye un universo irrepetible.
Cada biografía es distinta.
Cada familia.
Cada educación.
Cada experiencia.
Cada proyecto vital.
Precisamente porque cada ser humano posee una historia distinta, resulta profundamente empobrecedor reducirlo a una única característica de su existencia.
Yo soy bastante más que mi sordera.
Del mismo modo, cualquier homosexual es muchísimo más que su orientación sexual.
Reducir a un individuo a una sola de sus circunstancias equivale a negar la riqueza de la condición humana.
Y, paradójicamente, quienes afirman combatir los prejuicios acaban cayendo en el mayor de todos: definir a las personas por una sola etiqueta.
Ése será el punto de partida del resto de este ensayo.
Porque antes de preguntarnos si alguien debe sentirse orgulloso de una determinada circunstancia, conviene responder a una cuestión previa.
¿Somos personas?
¿O somos simplemente etiquetas?
CAPÍTULO II
INSTRUCCIONES PARA DISTINGUIR ENTRE LA CIRCUNSTANCIA Y EL MÉRITO
Hasta aquí hemos hablado del lenguaje.
Ahora conviene detenernos en otra confusión, todavía más profunda.
La que consiste en identificar aquello que somos con aquello que hemos conseguido.
No es lo mismo.
Y confundir ambas cosas conduce inevitablemente a una inversión completa de la escala de valores.
Desde que el ser humano comenzó a reflexionar sobre sí mismo ha distinguido entre dos ámbitos muy diferentes.
Por un lado, aquello que recibe sin haberlo elegido.
Por otro, aquello que construye mediante sus decisiones.
Nadie merece un premio por haber nacido alto.
Ni por tener los ojos azules.
Ni por poseer una extraordinaria memoria.
Ni por venir al mundo en una familia acomodada.
Ni por hacerlo en un país próspero.
Tampoco merece reproche quien nace pobre, enfermo o con una discapacidad.
Todo ello pertenece al ámbito de la circunstancia.
Y la circunstancia nunca constituye un mérito.
Ni un demérito.
Simplemente es.
Lo verdaderamente admirable aparece cuando el individuo decide qué hacer con esa circunstancia.
Hay quienes convierten una dificultad en una escuela de fortaleza.
Otros desperdician ventajas extraordinarias.
Algunos nacen rodeados de comodidades y terminan llevando una existencia miserable.
Otros parten de situaciones muy difíciles y construyen una vida fecunda.
La diferencia no reside tanto en el punto de partida como en la respuesta personal.
Por eso la dignidad humana no depende de las circunstancias.
Depende del modo en que cada uno afronta esas circunstancias.
Ésa es la razón por la que nunca me ha parecido razonable convertir determinadas condiciones personales en motivo de orgullo.
No me avergüenzo de ser sordo.
¿Por qué habría de hacerlo?
Sería absurdo.
Pero tampoco me enorgullezco.
Porque mi sordera no constituye un logro.
No depende de una decisión mía.
Es una circunstancia.
Lo que sí puedo contemplar con satisfacción es haber intentado que esa circunstancia no terminara dominando completamente mi existencia.
No resultó fácil.
Durante muchos años la comunicación se convirtió en una carrera de obstáculos.
Cada conversación exigía un esfuerzo extraordinario.
Cada reunión.
Cada conferencia.
Cada clase.
Cada entrevista.
Cada llamada telefónica.
Muchísimas personas, sin darse cuenta, daban por supuestas capacidades de las que yo carecía.
Otras, con la mejor intención, me aconsejaban resignarme.
Aceptar que determinadas actividades habían dejado de estar a mi alcance.
Nunca compartí esa manera de entender la vida.
Preferí intentar superar los obstáculos.
Aunque no siempre lo consiguiera.
Aunque muchas veces fracasara.
Aunque el resultado nunca pudiera ser perfecto.
Por eso acepté someterme a diversas intervenciones quirúrgicas.
No fueron decisiones fáciles.
Ni exentas de riesgos.
Más de una persona me recomendó no hacerlo.
Escuché todos los argumentos.
Los valoré.
Y finalmente decidí seguir adelante.
Hoy llevo dos implantes cocleares.
No considero que eso me convierta en una persona mejor que ninguna otra.
Pero sí representa una decisión consciente.
Un esfuerzo.
Una apuesta por seguir luchando contra una limitación que nunca elegí.
Ahí sí encuentro un motivo de satisfacción.
No en la sordera.
Sino en la respuesta que decidí dar a la sordera.
La diferencia parece pequeña.
En realidad es inmensa.
Porque afecta a la propia idea de responsabilidad.
Yo no soy responsable de las cartas que me repartió la vida.
Sí soy responsable de cómo juego esa partida.
Ése es el territorio donde aparecen la libertad, el mérito y la responsabilidad.
Y precisamente ahí comienza a desdibujarse el significado actual de la palabra «orgullo».
Porque una cosa es sentirse satisfecho por un esfuerzo realizado.
Y otra muy distinta convertir una circunstancia biológica en motivo de celebración pública.
No es lo mismo celebrar una victoria deportiva que celebrar el color de los ojos.
No es lo mismo sentirse orgulloso de haber obtenido un doctorado que sentirse orgulloso del grupo sanguíneo.
No es lo mismo admirar a quien ha dedicado veinte años al cuidado de un familiar dependiente que admirar una característica sobre la que nadie ha ejercido la menor influencia.
El mérito exige libertad.
Sin libertad no existe mérito.
Y sin mérito la palabra «orgullo» comienza a perder buena parte de su sentido.
Comprendo perfectamente que quien durante años fue objeto de burlas, desprecio o discriminación experimente un profundo alivio cuando deja de ocultarse.
Eso pertenece al ámbito de la dignidad.
Y merece todo mi respeto.
Lo que ya no comprendo con la misma facilidad es el paso siguiente.
El momento en que la legítima reivindicación de respeto se transforma en la celebración pública de una circunstancia personal.
Porque ese cambio modifica completamente el significado de las palabras.
La dignidad consiste en afirmar que toda persona merece respeto.
El orgullo consiste, tradicionalmente, en experimentar satisfacción por una acción, un esfuerzo o un logro.
Confundir ambos conceptos termina produciendo una curiosa paradoja.
Se acaba celebrando aquello que no depende de nosotros y se presta cada vez menos atención a aquello que realmente hemos construido mediante nuestra voluntad.
Ésa constituye, probablemente, una de las mayores inversiones morales de nuestro tiempo.
Y quizá también una de las más reveladoras.
Porque una sociedad que deja de admirar el esfuerzo para comenzar a celebrar exclusivamente las circunstancias termina enviando un mensaje muy peligroso.
El individuo deja de ser importante.
Lo decisivo pasa a ser la etiqueta.
Y cuando la etiqueta sustituye a la persona, la libertad comienza a retroceder.
CAPÍTULO III
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER QUÉ SIGNIFICA REALMENTE EL ORGULLO
Las palabras poseen una historia.
Y conocer esa historia ayuda a comprender por qué determinadas discusiones públicas resultan tan confusas.
Con la palabra orgullo sucede precisamente eso.
En la lengua española nunca ha tenido un único significado.
Como ocurre con muchas otras palabras, posee varios.
En sentido positivo, orgullo puede significar amor propio, dignidad, autoestima, satisfacción legítima por una obra bien hecha o por una conducta honorable.
Así decimos que unos padres sienten orgullo por el comportamiento de un hijo, que un artesano está orgulloso de su trabajo o que un ciudadano puede sentirse orgulloso de haber servido honradamente a su país.
En todos esos casos existe un elemento común.
Ha habido una acción.
Un esfuerzo.
Una decisión.
Un mérito.
Pero el español también utiliza la palabra orgullo con un sentido muy distinto.
Orgullo es asimismo soberbia.
Arrogancia.
Vanidad.
Altivez.
Engreimiento.
Petulancia.
Presunción.
El orgullo, entendido de esa manera, ha sido considerado tradicionalmente uno de los peores defectos del carácter humano.
No es casualidad.
Durante siglos nuestra cultura distinguió cuidadosamente entre la satisfacción legítima y la soberbia.
Entre la autoestima y la vanidad.
Entre el mérito y la autosuficiencia.
Esa distinción ha ido desapareciendo poco a poco.
Hoy la palabra «orgullo» suele emplearse como si únicamente conservara su significado positivo.
Y, sin embargo, continúa planteando una pregunta que nadie parece dispuesto a formular.
¿Orgullo de qué?
Porque no es lo mismo sentirse orgulloso de una conducta que sentirse orgulloso de una circunstancia.
No es lo mismo sentirse orgulloso de haber cuidado durante veinte años a un familiar enfermo que sentirse orgulloso del color del cabello.
No es lo mismo sentirse orgulloso de haber levantado una empresa, de haber escrito un ensayo o de haber dedicado una vida a la enseñanza que sentirse orgulloso de medir un metro noventa.
Una cosa pertenece al ámbito del mérito.
La otra pertenece al ámbito del azar.
Y el azar nunca constituye un mérito.
Tampoco un demérito.
Simplemente forma parte de la condición humana.
Yo jamás me sentiré orgulloso de ser sordo.
Ni avergonzado.
No existe razón para ninguna de las dos cosas.
Mi sordera no me convierte en mejor persona.
Tampoco en peor.
No me hace más digno.
Ni menos digno.
No añade valor moral alguno a mi existencia.
Es una circunstancia.
Como tantas otras.
Y exactamente lo mismo cabe decir de cualquier orientación sexual.
No descubro nada nuevo afirmando que existen personas homosexuales.
Han existido siempre.
Como han existido zurdos.
Pelirrojos.
Personas con sordera.
Con miopía.
Con una extraordinaria facilidad para las matemáticas.
O con un talento excepcional para la música.
Ninguna de esas circunstancias constituye, por sí misma, un mérito.
La cuestión cambia cuando esas circunstancias dejan de ser consideradas simples características personales y comienzan a convertirse en símbolos políticos.
Ahí es donde aparece el fenómeno que este ensayo pretende analizar.
Porque el llamado «Orgullo» ya no consiste únicamente en afirmar que nadie debe ser perseguido o discriminado por su orientación sexual.
Ésa sería una afirmación compatible con la dignidad inherente a toda persona.
Lo que ha cambiado es otra cosa.
Ha cambiado el significado cultural y político del término.
Hoy el llamado «Orgullo» ya no designa únicamente una actitud individual.
Designa también una determinada forma de entender la sociedad.
Un conjunto de símbolos.
De consignas.
De organizaciones.
De celebraciones públicas.
De subvenciones.
De campañas institucionales.
De estrategias culturales.
Y conviene preguntarse si todas las personas homosexuales se sienten realmente representadas por ese conjunto de planteamientos.
Tengo serias dudas.
Del mismo modo que yo no me siento representado por cualquiera que afirme hablar en nombre de las personas sordas.
No conozco a la inmensa mayoría de ellas.
Jamás les he otorgado representación.
No comparto necesariamente sus opiniones.
Ni ellas las mías.
Compartimos una circunstancia.
Nada más.
Resulta sorprendente comprobar cómo, precisamente en una época que proclama celebrar la diversidad, se tiende a presentar como homogéneos grupos humanos extraordinariamente diversos.
Se habla del «voto femenino».
Del «voto joven».
Del «colectivo LGTBI».
Del «colectivo migrante».
Del «colectivo de personas con discapacidad».
Como si millones de individuos pudieran resumirse mediante una sola etiqueta.
Como si una única característica bastara para explicar una vida entera.
Nada hay más contrario a la realidad.
Porque un ser humano nunca queda definido por una sola circunstancia.
Cada persona constituye la suma irrepetible de su historia, de su educación, de su familia, de sus decisiones, de sus fracasos, de sus esperanzas y de sus responsabilidades.
Reducir toda esa riqueza a una sola palabra constituye una forma especialmente sutil de empobrecimiento intelectual.
Y, paradójicamente, suele hacerse invocando la diversidad.
La verdadera diversidad no consiste en multiplicar etiquetas.
Consiste en reconocer que cada individuo es único.
Ésa ha sido siempre la grandeza de la civilización occidental.
La idea de que cada persona posee una dignidad propia e irrepetible que no depende de pertenecer a una raza, a una tribu, a una clase social, a una confesión religiosa o a una identidad política.
El individuo precede al grupo.
La persona precede a la etiqueta.
Y quizá haya llegado el momento de recuperar esa idea.
Porque sólo cuando dejamos de clasificar obsesivamente a los seres humanos podemos empezar realmente a conocerlos.
CAPÍTULO IV
INSTRUCCIONES PARA DIFERENCIAR ENTRE PERSONAS, ASOCIACIONES E IDEOLOGÍAS
Una vez aclarado que una persona no queda definida por una sola de sus circunstancias, conviene dar un paso más.
Porque existe otra confusión que aparece constantemente en los medios de información, en los discursos políticos e incluso en muchos textos académicos.
Consiste en presentar como equivalentes tres realidades completamente distintas.
Las personas.
Las asociaciones.
Y las ideologías.
No son la misma cosa.
Y confundirlas conduce inevitablemente a conclusiones erróneas.
Comencemos por las personas.
Toda persona constituye un fin en sí misma.
Posee una biografía irrepetible.
Una familia.
Una educación.
Un carácter.
Una forma particular de comprender el mundo.
Ninguna orientación sexual, ninguna discapacidad, ninguna característica física basta para definirla completamente.
Reducir un individuo a una sola de sus circunstancias constituye una forma especialmente empobrecedora de contemplar al ser humano.
En segundo lugar aparecen las asociaciones.
Aquí sí encontramos una realidad perfectamente identificable.
Unas personas deciden libremente unirse para defender determinados intereses o promover unos objetivos comunes.
Eso forma parte del derecho de asociación propio de cualquier sociedad libre.
Una asociación tiene estatutos.
Tiene dirigentes.
Tiene socios.
Tiene representantes.
Tiene un programa.
Y, naturalmente, puede expresar sus opiniones.
Pero únicamente en nombre de quienes libremente han decidido formar parte de ella.
Nunca en nombre de todos aquellos que comparten una determinada característica.
Ésa es una diferencia fundamental.
Y, sin embargo, rara vez se recuerda.
Con demasiada frecuencia se escucha decir:
«El colectivo LGTBI opina…»
«El colectivo de personas sordas reclama…»
«El colectivo migrante exige…»
No.
Quien opina es una asociación concreta.
O una federación.
O una plataforma.
O un portavoz.
No millones de personas.
Porque nadie ha preguntado a millones de personas.
Ni millones de personas han votado para designar a quien habla en su nombre.
Confundir una asociación con la totalidad de las personas a las que dice representar constituye una simplificación extraordinariamente útil para quienes desean influir en la opinión pública.
Pero sigue siendo una simplificación.
Y, finalmente, aparece un tercer elemento.
La ideología.
Ésta ya no consiste simplemente en defender determinados intereses.
Consiste en ofrecer una interpretación completa de la realidad.
Toda ideología aspira a explicar el pasado.
Interpretar el presente.
Y diseñar el futuro.
Toda ideología posee sus propios conceptos.
Su propio vocabulario.
Sus propios símbolos.
Sus héroes.
Sus mártires.
Sus dogmas.
Y también sus herejes.
Aquí es donde muchas personas dejan de sentirse identificadas con quienes afirman representarlas.
Porque una cosa es compartir una circunstancia.
Y otra muy distinta aceptar una determinada interpretación ideológica de esa circunstancia.
Hay homosexuales conservadores.
Liberales.
Socialistas.
Anarquistas.
Católicos.
Agnósticos.
Ateos.
Monárquicos.
Republicanos.
Personas que desean vivir discretamente.
Y personas que disfrutan haciendo pública su vida privada.
Todo eso forma parte de la libertad.
Por eso resulta intelectualmente insostenible hablar de «la opinión de los homosexuales».
No existe.
Existen opiniones de personas homosexuales.
Del mismo modo que no existe «la opinión de los sordos».
Ni «la opinión de las mujeres».
Ni «la opinión de los jóvenes».
Ni siquiera «la opinión de los españoles».
Existen millones de opiniones individuales.
La democracia liberal nació precisamente para reconocer esa diversidad.
No para eliminarla.
Sin embargo, durante las últimas décadas ha ido imponiéndose una forma muy distinta de entender la vida pública.
Ya no se contempla a los ciudadanos como individuos.
Se los clasifica por categorías.
Y una vez clasificados, se supone que todos cuantos pertenecen a la misma categoría piensan aproximadamente igual.
Se trata de una manera profundamente colectivista de contemplar al ser humano.
Curiosamente, en nombre de la diversidad.
Y ahí reside una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Jamás se había hablado tanto del individuo.
Y, al mismo tiempo, jamás se le había reducido con tanta frecuencia a una simple etiqueta.
Se habla continuamente de identidad.
Pero muy pocas veces de personalidad.
Se insiste constantemente en la pertenencia.
Pero cada vez menos en la responsabilidad.
La etiqueta termina ocupando el lugar de la biografía.
Y la biografía desaparece.
Ésa es una de las razones por las que conviene recuperar una idea aparentemente sencilla.
Yo no soy mi sordera.
Del mismo modo que nadie es únicamente su orientación sexual.
Ni su sexo.
Ni su nacionalidad.
Ni su profesión.
Ni su edad.
Ni su religión.
Todas esas circunstancias forman parte de nuestra vida.
Pero ninguna basta para explicar quiénes somos.
Como escribió Ortega y Gasset, somos nosotros y nuestra circunstancia.
Conviene insistir en el orden de las palabras.
Primero aparece el «yo».
Después, la circunstancia.
Nunca al revés.
Cuando invertimos ese orden dejamos de contemplar personas.
Comenzamos a contemplar categorías.
Y cuando una sociedad sustituye las personas por categorías, la libertad individual empieza a ceder terreno frente a las identidades colectivas.
Ésa es, probablemente, una de las transformaciones culturales más profundas de nuestro tiempo.
Y también una de las menos discutidas.
CAPÍTULO V
INSTRUCCIONES PARA ENTENDER CÓMO NACE UNA IDENTIDAD POLÍTICA
Hasta este momento hemos hablado de personas.
De circunstancias.
De mérito.
De responsabilidad.
Y del significado de las palabras.
Ha llegado el momento de formular una pregunta que rara vez aparece en el debate público.
¿Cómo una circunstancia personal acaba convirtiéndose en una identidad política?
Porque ese proceso no se produce espontáneamente.
Ninguna sociedad despierta una mañana descubriendo que millones de ciudadanos forman, de repente, un nuevo sujeto político.
Ese cambio requiere tiempo.
Requiere estrategia.
Y requiere, sobre todo, un relato.
Toda identidad política necesita construir una historia.
Una historia sencilla.
Fácil de comprender.
Capaz de dividir el mundo en dos grupos perfectamente diferenciados.
Por un lado aparecen las víctimas.
Por otro, los opresores.
A partir de ese momento toda la realidad comienza a interpretarse a través de esa oposición.
Los hechos dejan de analizarse individualmente.
Todo pasa a contemplarse desde la pertenencia a una determinada categoría.
Ya no importa quién ha hecho qué.
Lo decisivo pasa a ser quién pertenece a cada grupo.
Éste constituye uno de los rasgos característicos de las políticas identitarias contemporáneas.
El individuo desaparece.
La categoría ocupa su lugar.
Y, poco a poco, la categoría termina adquiriendo una existencia casi independiente de las personas concretas que la integran.
Es entonces cuando aparecen expresiones como:
—«la comunidad internacional»;
—«el colectivo LGTBI»;
—«el colectivo migrante»;
—«las mujeres»;
—«los hombres»;
—«la juventud»;
como si cada una de esas expresiones designara una voluntad única.
La realidad, naturalmente, es muy distinta.
Porque ninguna persona piensa exactamente igual que otra.
Ninguna biografía coincide plenamente con otra.
Y ninguna circunstancia basta para explicar una existencia.
Precisamente por eso resulta tan sorprendente comprobar hasta qué punto determinadas categorías acaban monopolizando el discurso público.
En España, aproximadamente el noventa y siete por ciento de la población no es homosexual.
Y alrededor del tres por ciento sí lo es, con las variaciones propias de cualquier estimación demográfica.
Se trata, por tanto, de una minoría estadística.
Lo mismo ocurre con la sordera severa o profunda.
Quienes la padecemos representamos aproximadamente otro tres por ciento de la población.
Sin embargo, existe una diferencia llamativa.
Nunca he visto organizar un «Orgullo Sordo».
Nunca he visto edificios públicos iluminados para celebrar la sordera.
Nunca he visto campañas institucionales destinadas a fomentar el orgullo de pertenecer al tres por ciento de quienes apenas oyen.
¿Significa eso que la sordera sea menos digna?
Naturalmente que no.
Significa simplemente que nadie ha convertido esa circunstancia en una identidad política.
Y ahí reside la verdadera cuestión.
No estamos hablando de orientación sexual.
Estamos hablando de política.
Estamos hablando de cultura.
Estamos hablando de la utilización pública de determinadas circunstancias personales.
Porque una cosa es defender que nadie sea discriminado.
Y otra muy distinta convertir una circunstancia biológica en el eje alrededor del cual debe organizarse una parte importante de la vida pública.
Durante las últimas décadas hemos asistido precisamente a ese proceso.
La reivindicación inicial de igualdad jurídica fue dejando paso, poco a poco, a otra realidad muy distinta.
La construcción de una identidad colectiva.
Después llegaron los símbolos.
Las banderas.
Los lemas.
Las celebraciones oficiales.
Las semanas conmemorativas.
Las declaraciones institucionales.
Las subvenciones.
Los observatorios.
Los departamentos específicos.
Las oficinas administrativas.
Los planes educativos.
Las campañas publicitarias.
Los protocolos.
Los cursos obligatorios.
Los manuales de lenguaje.
Todo ello puede ser objeto de debate político.
Y precisamente porque puede debatirse, no forma parte de la condición personal de nadie.
Forma parte de una determinada manera de organizar la vida pública.
Conviene no confundir ambos planos.
Porque una crítica dirigida a determinadas políticas nunca equivale, por sí sola, a una crítica dirigida contra las personas.
Éste constituye uno de los mayores problemas del debate contemporáneo.
Con demasiada frecuencia se identifica el desacuerdo con una determinada ideología con una supuesta hostilidad hacia quienes poseen una determinada característica personal.
Y eso no es cierto.
Yo puedo discrepar profundamente de una asociación de personas sordas.
Puedo considerar desacertadas algunas de sus propuestas.
Puedo pensar que sus dirigentes se equivocan.
Y nada de ello implica desprecio alguno hacia las personas sordas.
Entre otras razones porque yo mismo soy una de ellas.
Del mismo modo, resulta perfectamente posible discrepar de las tesis defendidas por determinadas organizaciones o corrientes ideológicas vinculadas al activismo LGTBI sin que ello suponga desprecio hacia las personas homosexuales.
Confundir deliberadamente ambos planos constituye una eficaz estrategia para impedir el debate.
Porque, una vez realizada esa confusión, cualquier crítica deja de dirigirse a unas ideas para convertirse, supuestamente, en una agresión contra unas personas.
Y cuando eso ocurre, la discusión racional deja paso a la descalificación moral.
Éste será uno de los asuntos centrales que examinaremos en los capítulos siguientes.
Porque ninguna sociedad verdaderamente libre puede renunciar al derecho a discutir las ideas.
Precisamente porque las ideas no son personas.
Las ideas pueden ser acertadas.
O equivocadas.
Pueden enriquecernos.
O empobrecernos.
Pueden contribuir al bien común.
O producir consecuencias indeseables.
Y la única forma de averiguarlo consiste en someterlas constantemente al análisis crítico.
No existe ninguna idea que deba quedar protegida frente al debate.
Porque el pensamiento libre comienza exactamente ahí.
En la posibilidad de preguntar.
Incluso cuando las respuestas resultan incómodas.
CAPÍTULO VI
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO UNA MINORÍA ESTADÍSTICA PUEDE CONVERTIRSE EN EL CENTRO DEL DEBATE PÚBLICO
Existe otra cuestión que merece una reflexión serena.
Las sociedades democráticas tienen el deber moral y jurídico de proteger a las minorías.
Eso constituye uno de los grandes logros de la civilización occidental.
La ley debe proteger por igual a todos los ciudadanos.
Con independencia de su religión.
De su origen.
De su lengua.
De su sexo.
De su orientación sexual.
De sus convicciones políticas.
O de cualquier otra circunstancia personal.
Hasta aquí apenas existe discusión posible.
El problema comienza cuando proteger deja de significar garantizar la igualdad ante la ley y pasa a significar otorgar una presencia pública desproporcionada.
Porque ambas cosas no son equivalentes.
Una sociedad puede respetar plenamente a una minoría sin convertirla en el eje permanente de su vida política, cultural o educativa.
Ésa es precisamente la cuestión que deseo plantear.
No estamos hablando del número de personas homosexuales.
Estamos hablando del espacio que ocupa esa realidad en la conversación pública.
Y ese espacio resulta extraordinariamente superior a su peso demográfico.
No pretendo discutir aquí si las personas homosexuales representan aproximadamente un tres, un cuatro o un cinco por ciento de la población.
La cifra exacta carece de importancia para el argumento.
Lo relevante es que estamos hablando de una minoría.
Exactamente igual que quienes padecemos una sordera severa o profunda constituimos otra minoría.
Sin embargo, basta observar durante unas pocas semanas cualquier televisión, escuchar la radio, recorrer las redes sociales o analizar las campañas institucionales para advertir una curiosa desproporción.
Hay semanas dedicadas al llamado Orgullo.
Edificios públicos iluminados.
Declaraciones institucionales.
Campañas publicitarias.
Programaciones culturales específicas.
Actividades educativas.
Subvenciones.
Patrocinios empresariales.
Informativos.
Debates.
Reportajes.
Entrevistas.
Nada parecido sucede con la inmensa mayoría de las restantes minorías.
Y eso obliga a formular una pregunta.
¿Por qué?
¿Por qué unas circunstancias personales adquieren semejante centralidad y otras permanecen prácticamente invisibles?
¿Por qué no existe una movilización institucional comparable en torno a la sordera?
¿O a la ceguera?
¿O a las enfermedades raras?
¿O a quienes padecen lesiones medulares?
¿O a quienes sufren trastornos degenerativos?
Todas esas personas poseen exactamente la misma dignidad.
Todas ellas merecen exactamente el mismo respeto.
Sin embargo, unas reciben una atención pública inmensamente superior a otras.
No parece que la explicación resida únicamente en razones humanitarias.
Debe de existir algún otro motivo.
Y probablemente ese motivo sea político.
Porque una discapacidad nunca ha servido para construir un gran proyecto de transformación social.
La orientación sexual, en cambio, sí ha terminado integrándose en determinados discursos políticos mucho más amplios.
Ahí comienza una cuestión distinta.
Ya no hablamos de personas.
Ni siquiera hablamos exclusivamente de derechos.
Empezamos a hablar de estrategias culturales.
Conviene recordar, además, que la inmensa mayoría de las personas homosexuales llevan una vida perfectamente normal.
Trabajan.
Estudian.
Forman una familia o deciden no hacerlo.
Pagan impuestos.
Tienen amigos.
Se enamoran.
Se equivocan.
Acertan.
Ríen.
Sufren.
En definitiva, viven exactamente igual que cualquier otro ciudadano.
Reducir toda esa riqueza humana a una sola característica constituye una enorme simplificación.
Y convertir esa característica en el eje permanente de su identidad pública resulta, cuando menos, discutible.
Con frecuencia olvidamos algo evidente.
Todos pertenecemos simultáneamente a multitud de categorías estadísticas.
Somos altos o bajos.
Jóvenes o mayores.
Diestros o zurdos.
Miopes o hipermétropes.
Urbanos o rurales.
Padres o hijos.
Profesores o albañiles.
Aficionados al ajedrez o al fútbol.
Católicos, protestantes, judíos, musulmanes, agnósticos o ateos.
Sin embargo, ninguna de esas circunstancias agota nuestra personalidad.
Cada una representa únicamente una pequeña parte de lo que somos.
La persona siempre resulta infinitamente más compleja que cualquiera de las etiquetas con las que pretendemos clasificarla.
Y precisamente por eso conviene desconfiar de toda ideología que aspire a explicar completamente un individuo mediante una sola de sus circunstancias.
Porque el ser humano nunca cabe dentro de una etiqueta.
Ni siquiera dentro de varias.
La riqueza de una biografía siempre desborda cualquier clasificación.
Tal vez por eso las sociedades libres concedieron tanta importancia al individuo.
Mientras que los sistemas totalitarios —fueran del signo que fueran— prefirieron clasificar a las personas en categorías.
Clase social.
Raza.
Nación.
Sexo.
Identidad.
Pueblo.
Lo importante dejaba de ser el individuo concreto.
Pasaba a ser el grupo al que supuestamente pertenecía.
Y, desde ese momento, cada persona era juzgada no por sus actos, sino por la etiqueta que llevaba adherida.
Ésa constituye una de las mayores amenazas para cualquier sociedad verdaderamente libre.
Porque el día en que dejamos de contemplar a los seres humanos como individuos responsables para empezar a contemplarlos exclusivamente como miembros de categorías colectivas, comenzamos también a debilitar el principio de igualdad ante la ley.
La Justicia deja entonces de mirar a la persona.
Empieza a mirar la etiqueta.
Y cuando eso ocurre, la libertad individual empieza a retroceder.
Ése es, probablemente, el verdadero debate que subyace bajo muchas de las polémicas contemporáneas.
No se trata únicamente del llamado Orgullo.
Se trata de una determinada manera de entender al ser humano.
Y esa cuestión afecta absolutamente a todos, pertenezcan o no a ese tres por ciento del que tanto se habla.
CAPÍTULO VII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER LA DIFERENCIA ENTRE RESPETO Y ADHESIÓN
Una de las mayores confusiones de nuestro tiempo consiste en identificar el respeto con la adhesión.
No significan lo mismo.
Ni deberían confundirse.
Toda persona merece respeto.
No porque pertenezca a un determinado grupo.
No porque comparta unas determinadas ideas.
No porque vote a un partido concreto.
No porque profese una religión determinada.
Ni porque posea una determinada orientación sexual.
Merece respeto por una razón mucho más sencilla.
Porque es una persona.
Y esa dignidad no aumenta ni disminuye según cuáles sean sus circunstancias personales.
No depende del sexo.
Ni de la raza.
Ni de la inteligencia.
Ni de la riqueza.
Ni del estado de salud.
Ni de la orientación sexual.
Ni de ninguna otra característica.
La dignidad no se concede.
Se reconoce.
Es inherente al ser humano.
Precisamente por eso, una sociedad verdaderamente libre debe proteger por igual a todos sus ciudadanos.
Sin privilegios.
Sin discriminaciones.
Sin categorías superiores ni inferiores.
Pero una cosa es respetar a las personas.
Y otra muy distinta aceptar sin discusión todas las ideas que determinadas organizaciones defienden en nombre de esas personas.
No son cuestiones equivalentes.
Yo respeto profundamente a cualquier persona sorda.
Pero eso no significa que deba compartir las propuestas de cualquier asociación de sordos.
Ni que deba aceptar sin crítica las declaraciones de quienes afirman hablar en nuestro nombre.
Ni que tenga obligación de asumir su forma de entender la discapacidad.
Sería absurdo.
Y exactamente el mismo razonamiento puede aplicarse a cualquier otro ámbito.
Respetar a una persona católica no obliga a compartir el catolicismo.
Respetar a una persona musulmana no implica aceptar el islam.
Respetar a un liberal no obliga a hacerse liberal.
Respetar a un socialista no obliga a hacerse socialista.
¿Por qué habría de ser diferente cuando hablamos de determinadas organizaciones vinculadas al activismo homosexual?
La respuesta suele encontrarse en un mecanismo retórico extraordinariamente eficaz.
Consiste en identificar deliberadamente a las personas con las ideas.
A partir de ese momento, toda crítica dirigida contra una determinada ideología se presenta como un ataque contra quienes poseen una determinada característica personal.
Se trata de una confusión interesada.
Porque las personas y las ideas pertenecen a planos completamente distintos.
Las personas poseen derechos.
Las ideas no.
Las personas merecen protección jurídica.
Las ideas merecen debate.
Las personas poseen dignidad.
Las ideas poseen mayor o menor consistencia intelectual.
Nada más.
Sin embargo, buena parte del debate público actual parece haber invertido ese orden.
Las ideas quedan protegidas.
Y quien las cuestiona pasa a convertirse inmediatamente en sospechoso.
Resulta llamativo observar cómo determinados discursos comienzan siempre utilizando palabras aparentemente indiscutibles.
Respeto.
Diversidad.
Inclusión.
Tolerancia.
Convivencia.
Nadie razonable puede oponerse a semejantes principios.
La dificultad aparece cuando esos conceptos dejan de significar lo que tradicionalmente significaban.
Porque tolerar nunca significó compartir.
Ni admirar.
Ni aplaudir.
Ni asumir como propias las convicciones ajenas.
La tolerancia consiste precisamente en aceptar que existen personas cuyas ideas consideramos equivocadas y reconocer, aun así, su derecho a defenderlas pacíficamente.
No exige renunciar al juicio crítico.
Al contrario.
Lo presupone.
Sólo puede tolerarse aquello con lo que uno discrepa.
Si todos pensáramos exactamente igual, la tolerancia dejaría de tener sentido.
Por eso resulta preocupante comprobar cómo determinadas corrientes culturales parecen sustituir progresivamente la tolerancia por otra exigencia mucho más ambiciosa.
Ya no basta con respetar.
Ahora parece necesario celebrar.
No basta con reconocer derechos.
Hay que mostrar entusiasmo.
No basta con convivir.
Hay que adherirse emocionalmente a determinados símbolos, determinadas campañas y determinadas consignas.
Y quien decide mantenerse al margen corre el riesgo de ser señalado como sospechoso.
No por lo que hace.
Sino por lo que supuestamente piensa.
Se produce entonces una curiosa paradoja.
En nombre de la diversidad se reduce el espacio para la discrepancia.
En nombre de la inclusión se excluye a quien no comparte determinadas tesis.
En nombre de la tolerancia se vuelve cada vez menos tolerable el disenso.
Toda sociedad libre debería desconfiar profundamente de esa evolución.
Porque la libertad de pensamiento comienza precisamente donde termina la obligación de asentir.
El respeto puede exigirse.
La adhesión, jamás.
Las leyes pueden proteger a las personas frente a la violencia, la discriminación o la injusticia.
Pero ninguna ley debería pretender imponer sentimientos.
Ningún poder público debería decidir qué debemos admirar.
Ni de qué debemos sentirnos orgullosos.
Ni qué símbolos debemos exhibir.
Ni qué emociones debemos experimentar.
Eso pertenece al ámbito de la conciencia individual.
Y la conciencia constituye, probablemente, el último territorio verdaderamente libre del ser humano.
Por eso este ensayo no pretende decirle al lector qué debe pensar.
Pretende algo mucho más modesto.
Invitarle a preguntarse si algunas palabras han cambiado de significado sin que apenas nos hayamos dado cuenta.
Y si, al cambiar las palabras, no habrá cambiado también nuestra forma de contemplar al ser humano.
Porque quizá la cuestión de fondo no consista en discutir sobre un desfile, una bandera o una celebración concreta.
Quizá la cuestión decisiva sea otra mucho más profunda.
¿Seguimos viendo personas?
¿O únicamente vemos etiquetas?
Ésa es la pregunta que recorrerá las páginas siguientes.
CAPÍTULO VIII
INSTRUCCIONES PARA DISTINGUIR ENTRE LA HOMOSEXUALIDAD Y EL HOMOSEXUALISMO
Llegados a este punto conviene introducir una precisión que considero imprescindible.
A lo largo de este ensayo utilizaré expresiones que, con frecuencia, aparecen confundidas en el debate público.
Y esa confusión impide razonar con claridad.
No es lo mismo una persona homosexual que una asociación de homosexuales.
No es lo mismo una asociación que una corriente ideológica.
Y tampoco es lo mismo una orientación sexual que una determinada concepción política de esa orientación.
La primera pertenece al ámbito de la circunstancia personal.
Las restantes pertenecen al ámbito de las ideas.
Y las ideas, como todas las construcciones intelectuales, pueden discutirse.
Una persona homosexual no tiene por qué compartir las tesis de ninguna organización.
Del mismo modo que un católico no está obligado a coincidir con todas las decisiones de la jerarquía eclesiástica.
Ni un empresario con las de su organización patronal.
Ni un agricultor con las del sindicato al que pertenece.
Ni un sordo con las asociaciones que afirman representarle.
Resulta sorprendente que una afirmación tan evidente deba repetirse una y otra vez.
Sin embargo, el debate público parece empeñado en ignorarla.
Basta que alguien critique determinadas campañas institucionales, determinadas leyes o determinadas organizaciones para que inmediatamente aparezca una acusación perfectamente previsible.
«Está atacando al colectivo.»
No.
Eso sólo sería cierto si aceptáramos que todas las personas homosexuales piensan igual.
Y precisamente ésa es la tesis que este ensayo rechaza desde sus primeras páginas.
No existe «el pensamiento homosexual».
Existen homosexuales que piensan.
Y piensan de maneras extraordinariamente diferentes.
Los hay conservadores.
Liberales.
Socialdemócratas.
Socialistas.
Comunistas.
Anarquistas.
Cristianos.
Judíos.
Musulmanes.
Agnósticos.
Ateos.
Nacionalistas.
Constitucionalistas.
Monárquicos.
Republicanos.
Hay quienes desean vivir discretamente.
Y quienes convierten su orientación sexual en un elemento central de su identidad pública.
Hay quienes participan activamente en asociaciones.
Y quienes jamás han acudido a una reunión de ninguna.
Reducir toda esa diversidad a un único sujeto político constituye una simplificación incompatible con la realidad.
Conviene recordar, además, que las propias organizaciones mantienen entre sí profundas discrepancias.
No todas defienden las mismas propuestas.
No todas poseen los mismos objetivos.
No todas interpretan de igual manera cuestiones como la identidad sexual, la teoría queer, la maternidad subrogada, la prostitución, la infancia o las políticas educativas.
Incluso dentro de esas organizaciones existen desacuerdos importantes.
¿Cómo podría hablarse entonces de una única posición?
La respuesta es sencilla.
No puede.
Y, sin embargo, el lenguaje continúa actuando como si esa homogeneidad existiera.
De ahí la importancia de distinguir cuidadosamente entre la persona y la ideología.
Porque una orientación sexual no constituye una ideología.
No contiene un programa político.
No incorpora una teoría económica.
No ofrece una concepción del Estado.
No propone una determinada política fiscal.
Ni una determinada organización de la enseñanza.
La orientación sexual no responde a ninguna de esas cuestiones.
Son las ideologías las que intentan hacerlo.
Y aquí aparece un fenómeno relativamente reciente.
Durante buena parte del siglo XX, la principal reivindicación de muchas personas homosexuales consistía en algo muy sencillo.
Que el Estado dejara de perseguirlas.
Que la ley las tratara como al resto de los ciudadanos.
Que nadie sufriera discriminación por una circunstancia íntima perteneciente a la esfera privada.
Aquella reivindicación poseía una enorme fuerza moral.
Porque se apoyaba en un principio elemental.
La igualdad ante la ley.
Con el paso de los años, sin embargo, fueron apareciendo otros planteamientos.
Ya no bastaba con reclamar igualdad jurídica.
Comenzó a proponerse una determinada interpretación cultural de la sexualidad.
Posteriormente se incorporaron nuevas reivindicaciones relativas a la educación, al lenguaje, a las instituciones, a la representación simbólica y a la organización de la vida pública.
El debate dejó entonces de desarrollarse exclusivamente en el terreno de los derechos individuales.
Entró plenamente en el terreno de las ideas políticas.
Y desde ese momento dejó de ser razonable identificar cualquier discrepancia con una forma de hostilidad hacia las personas homosexuales.
Porque una cosa es cuestionar una teoría.
Y otra muy distinta cuestionar la dignidad de quien no comparte esa teoría.
Precisamente por esa razón este ensayo intenta mantener constantemente separadas ambas cuestiones.
No examina personas.
Examina ideas.
No pretende clasificar a los ciudadanos según su orientación sexual.
Pretende analizar cómo determinadas corrientes intelectuales y políticas han utilizado esa circunstancia para construir un determinado relato sobre la sociedad contemporánea.
Ésa constituye una diferencia esencial.
Porque cuando dejamos de distinguir entre la persona y la ideología, el debate desaparece.
Y en su lugar sólo queda la descalificación.
No debería ser necesario recordarlo.
Pero toda sociedad verdaderamente libre necesita preservar ese espacio donde las ideas puedan discutirse sin que quienes las sostienen se sientan personalmente atacados.
Ésa es la única forma de que el pensamiento siga siendo realmente libre.
Y quizá también la única manera de evitar que las personas acaben convertidas en simples instrumentos al servicio de causas que nunca eligieron representar.
CAPÍTULO IX
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER LA TEORÍA QUEER SIN NECESIDAD DE COMPARTIRLA
Hasta este momento hemos hablado de personas.
Después de asociaciones.
Más tarde, de ideologías.
Ha llegado el momento de ocuparnos de una corriente de pensamiento que, siendo prácticamente desconocida hace apenas unas décadas, ejerce hoy una influencia extraordinaria en buena parte del mundo universitario, cultural, administrativo y político.
Me refiero a la denominada teoría queer.
Sorprendentemente, muchísimas personas participan cada año en actos relacionados con el denominado «Orgullo» sin haber oído hablar jamás de ella.
Y, sin embargo, buena parte del discurso contemporáneo sobre la identidad sexual deriva, directa o indirectamente, de sus planteamientos.
Conviene comenzar aclarando un malentendido.
La teoría queer no es sinónimo de homosexualidad.
Ni todos los homosexuales comparten sus tesis.
Ni mucho menos.
Se trata de una corriente intelectual concreta.
Y, como cualquier otra construcción teórica, puede ser analizada, discutida o criticada.
No constituye un dogma indiscutible.
Uno de sus rasgos más característicos consiste en cuestionar la existencia de identidades humanas estables.
Según esta manera de entender al ser humano, las categorías que tradicionalmente parecían más evidentes —hombre, mujer, heterosexual, homosexual— no serían realidades naturales, sino construcciones históricas y culturales.
La identidad dejaría de entenderse como un punto de partida para convertirse en un proceso permanentemente abierto.
Todo pasaría a ser fluido.
Variable.
Reinterpretable.
Nada permanecería definitivamente fijado.
No corresponde a este ensayo realizar una exposición exhaustiva de esa corriente filosófica.
Existen abundantes estudios especializados para quien desee profundizar en ella.
Lo que sí interesa señalar es una de sus consecuencias más visibles.
Si toda identidad resulta esencialmente inestable, cualquier apelación a la naturaleza humana comienza a contemplarse con desconfianza.
La tradición deja de ser una fuente de experiencia acumulada.
Pasa a interpretarse como una estructura de dominación.
Las diferencias biológicas pierden relevancia.
El lenguaje adquiere una importancia extraordinaria.
Y la transformación de las palabras se convierte, nuevamente, en un instrumento privilegiado para transformar la realidad social.
Llegados a este punto resulta inevitable recordar algo que ya señalábamos en el primer capítulo.
Toda revolución cultural comienza modificando el significado de las palabras.
Aquí encontramos una nueva confirmación de esa idea.
Porque si las palabras construyen la realidad, cambiar las palabras equivale, en buena medida, a cambiar la propia realidad.
De ahí la enorme importancia concedida al lenguaje.
A los pronombres.
A las denominaciones.
A las categorías.
A las expresiones consideradas aceptables o inaceptables.
El conflicto deja entonces de desarrollarse exclusivamente en el terreno de las leyes.
Se traslada al diccionario.
No deja de resultar paradójico.
Una corriente de pensamiento que proclama desconfiar profundamente de las categorías termina creando un número creciente de nuevas categorías identitarias.
Cada pocos años aparecen nuevas siglas.
Nuevas definiciones.
Nuevas clasificaciones.
Nuevos conceptos.
El resultado final parece alejarse progresivamente del propósito inicial.
En lugar de disminuir la importancia de las etiquetas, acaba multiplicándolas.
Y cuanto mayor es el número de etiquetas, mayor parece ser la necesidad de clasificar a las personas.
Ésa constituye, probablemente, una de las contradicciones más llamativas del momento presente.
Porque el ser humano no deja de ser una realidad extraordinariamente compleja.
Ninguna etiqueta consigue abarcarlo completamente.
Ninguna clasificación agota su personalidad.
Ninguna circunstancia basta para explicar una vida.
Como escribía Ortega y Gasset, somos nosotros y nuestra circunstancia.
Pero seguimos siendo, antes que nada, nosotros.
No nuestra clasificación.
No nuestra etiqueta.
No nuestra categoría administrativa.
No nuestra casilla estadística.
Nuestro tiempo parece avanzar justamente en dirección contraria.
Cada vez dedicamos más esfuerzo a clasificar a las personas.
Y menos a conocerlas.
Más a etiquetarlas.
Y menos a escucharlas.
Más a decidir previamente quiénes son.
Y menos a descubrir quiénes desean llegar a ser.
Quizá por eso convenga recuperar una idea tan antigua como la propia filosofía.
El ser humano nunca cabe completamente dentro de una definición.
Siempre termina desbordándola.
Y esa imposibilidad de reducir una persona a una etiqueta constituye, precisamente, una de las mejores defensas de la libertad.
Porque mientras el individuo siga siendo más importante que la clasificación, seguirá existiendo un espacio para la responsabilidad, para la discrepancia y para la elección personal.
El problema comienza cuando sucede exactamente lo contrario.
Cuando la etiqueta acaba sustituyendo a la persona.
Y entonces ya no se espera que el individuo piense por sí mismo.
Se espera únicamente que actúe conforme al papel que la categoría le ha asignado.
Ésa es una tentación tan antigua como la política.
Y, probablemente, tan peligrosa como cualquiera de las formas de colectivismo que la Historia ya ha conocido.
CAPÍTULO X
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO UNA REIVINDICACIÓN CIVIL ACABÓ CONVIRTIÉNDOSE EN UNA NUEVA INQUISICIÓN
Toda sociedad posee sus dogmas.
Y toda época termina construyendo sus propias inquisiciones.
No me refiero aquí, naturalmente, a la institución histórica que llevó ese nombre.
Utilizo la palabra en su sentido metafórico: un sistema que establece qué opiniones pueden expresarse públicamente y cuáles quedan excluidas del debate; qué ideas son consideradas respetables y cuáles convierten a quien las sostiene en sospechoso; qué afirmaciones resultan moralmente obligatorias y cuáles merecen condena, aislamiento o escarnio.
Toda inquisición posee varios elementos característicos.
Unos dogmas que no deben discutirse.
Un lenguaje obligatorio.
Unas fórmulas rituales de adhesión.
Un catálogo de pecados.
Una relación de herejías.
Y, por supuesto, sus propios inquisidores.
No siempre llevan sotana.
A veces visten toga.
Otras veces ocupan un escaño parlamentario.
Dirigen una consejería.
Redactan protocolos administrativos.
Imparten cursos obligatorios.
Conceden subvenciones.
Diseñan campañas institucionales.
Elaboran manuales escolares.
Controlan departamentos universitarios.
Seleccionan qué conferencias pueden celebrarse y cuáles deben impedirse.
Deciden qué opiniones merecen ser difundidas y cuáles deben desaparecer del espacio público.
No queman libros.
Basta con que nadie se atreva a publicarlos.
No encienden hogueras.
Resulta mucho más eficaz prender fuego a la reputación de quien discrepa.
No necesitan cárceles.
Les basta con el descrédito.
Con el señalamiento.
Con el linchamiento mediático.
Con la cancelación profesional.
Con el aislamiento social.
Con la amenaza permanente de ser etiquetado como intolerante, retrógrado, extremista o enemigo de determinados colectivos.
El procedimiento ha cambiado.
La lógica permanece sorprendentemente parecida.
Porque toda inquisición comienza exactamente igual.
No prohibiendo pensar.
Sino consiguiendo que cada vez menos personas se atrevan a expresar lo que piensan.
Y cuando el miedo sustituye al razonamiento, la libertad continúa existiendo sobre el papel, pero comienza a desaparecer de la vida cotidiana.
Ése es el riesgo que deseo analizar en este capítulo.
No para defender privilegios.
No para cuestionar la dignidad de nadie.
Sino para recordar una evidencia que las sociedades libres nunca deberían olvidar.
Las personas poseen derechos.
Las ideas, no.
Y precisamente por eso ninguna idea debería quedar protegida frente a la crítica racional.
Cuando una teoría deja de poder discutirse libremente, deja también de pertenecer al ámbito del conocimiento.
Empieza a entrar en el territorio del dogma.
Y donde aparecen los dogmas, tarde o temprano acaba apareciendo también una inquisición.
CAPÍTULO XI
INSTRUCCIONES PARA RECONOCER A LOS NUEVOS SACERDOTES
Toda religión posee un clero.
Toda ideología que aspira a convertirse en religión civil también acaba creándolo.
No necesariamente viste sotana.
No celebra liturgias en templos.
No administra sacramentos.
Pero desempeña funciones extraordinariamente parecidas.
Custodia la doctrina.
Interpreta los textos considerados canónicos.
Determina qué expresiones son aceptables y cuáles deben corregirse.
Decide quién pertenece a la comunidad de los virtuosos y quién ha dejado de pertenecer a ella.
En otras palabras, administra la ortodoxia.
La diferencia con épocas anteriores consiste en que ese nuevo sacerdocio no se concentra en una única institución.
Se encuentra repartido por toda la estructura social.
Habita en determinadas administraciones públicas.
En algunos departamentos universitarios.
En determinadas organizaciones subvencionadas.
En observatorios, institutos, consejos asesores y organismos creados para velar por la pureza de la nueva doctrina.
También aparece en determinados medios de información.
En departamentos de recursos humanos de grandes empresas.
En fundaciones.
En organizaciones internacionales.
En agencias de comunicación.
Incluso en departamentos dedicados a elaborar manuales de estilo.
No todos actúan coordinadamente.
Ni reciben instrucciones de una autoridad única.
Precisamente por eso el fenómeno resulta tan eficaz.
Cada uno vigila una pequeña parcela.
Cada uno corrige una pequeña desviación.
Cada uno denuncia una pequeña herejía.
Y el resultado final termina siendo una extraordinaria uniformidad intelectual.
No porque exista una conspiración perfectamente organizada.
Sino porque miles de personas comparten espontáneamente el mismo marco mental.
La ortodoxia ya no necesita imponerse.
Se reproduce sola.
Ése constituye uno de los rasgos más llamativos de nuestro tiempo.
CAPÍTULO XII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER EL PAPEL DE LOS MEDIOS DE INFORMACIÓN
Toda inquisición necesita un púlpito.
En otras épocas fue el sermón.
Después llegaron los panfletos.
Más tarde los periódicos.
Hoy ese papel corresponde, en gran medida, a los medios de información, a las plataformas digitales y a las redes sociales.
No todos actúan del mismo modo.
Sería injusto afirmarlo.
Pero basta observar durante algún tiempo la manera en que determinados asuntos son tratados para descubrir pautas repetidas una y otra vez.
Hay cuestiones sobre las que apenas existe discrepancia.
Hay enfoques que se presentan como los únicos moralmente aceptables.
Hay determinadas palabras cuya utilización resulta prácticamente obligatoria.
Y existen otras que desaparecen progresivamente del vocabulario.
No siempre mediante prohibiciones.
Con frecuencia basta la presión ambiental.
El periodista aprende rápidamente qué enfoque facilitará la publicación de su trabajo.
El tertuliano descubre qué opiniones le garantizarán nuevas invitaciones.
El director comprende qué asuntos generan problemas innecesarios.
La censura deja paso a la selección.
No se prohíbe.
Se invisibiliza.
Y aquello que no aparece termina produciendo la impresión de que no existe.
De este modo acaba construyéndose una curiosa ilusión.
La ilusión del consenso.
Cuando, en realidad, muchas veces sólo existe una notable homogeneidad en la selección de los asuntos y de los enfoques.
CAPÍTULO XIII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ LA UNIVERSIDAD DEJÓ DE SER EL LUGAR DONDE SE DISCUTE TODO
La Universidad nació para formular preguntas.
No para impedirlas.
Durante siglos representó el espacio privilegiado del debate intelectual.
Nada debía quedar fuera del análisis.
Nada debía escapar a la crítica racional.
Precisamente ahí residía su grandeza.
Hoy, sin embargo, en numerosos ámbitos universitarios parece haberse producido una curiosa inversión.
Cada vez resulta más sencillo investigar cuestiones técnicas.
Y más difícil formular determinadas preguntas relacionadas con el ser humano, la cultura, la identidad o la política.
No porque existan prohibiciones expresas.
Sino porque determinados enfoques dejan de resultar aconsejables.
Algunas líneas de investigación reciben abundantes recursos.
Otras encuentran enormes dificultades para abrirse camino.
Unas conferencias son bienvenidas.
Otras generan campañas destinadas a impedir su celebración.
No se combate el error mediante argumentos.
Se intenta impedir que la discusión llegue a producirse.
Y cuando una universidad comienza a temer las preguntas, deja lentamente de cumplir la misión para la que fue creada.
Porque una universidad donde sólo pueden formularse determinadas preguntas acaba pareciéndose más a un seminario de adoctrinamiento que a un centro de investigación.
CAPÍTULO XIV
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER LA INDUSTRIA DEL AGRAVIO
Toda ideología necesita justificar permanentemente su existencia.
Y para conseguirlo necesita demostrar que el problema que dice combatir continúa plenamente vigente.
De ahí surge lo que podríamos denominar la industria del agravio.
No basta con corregir injusticias reales.
Es necesario descubrir constantemente nuevas manifestaciones de esas injusticias.
Nuevos agravios.
Nuevas discriminaciones.
Nuevas víctimas.
Nuevos culpables.
Porque si algún día desaparecieran completamente los agravios, también desaparecería buena parte de la justificación de muchas estructuras creadas para combatirlos.
No afirmo que todas las discriminaciones hayan desaparecido.
Sería falso.
Lo que sostengo es otra cosa.
Que toda burocracia tiende, por su propia naturaleza, a perpetuar las razones que justifican su existencia.
Es una tendencia conocida desde hace mucho tiempo.
Los organismos rara vez consideran concluida su misión.
Tienden a ampliarla.
A redefinirla.
A encontrar nuevos campos de actuación.
Y ese fenómeno no afecta únicamente a este ámbito.
Puede observarse prácticamente en cualquier organización humana.
Sin embargo, cuando esa lógica se aplica a cuestiones relacionadas con la identidad, el resultado puede ser especialmente delicado.
Porque el conflicto deja de contemplarse como una realidad que conviene superar.
Empieza a convertirse en un recurso cuya permanencia garantiza la continuidad de determinadas estructuras administrativas, políticas y económicas.
Ésta constituye una posibilidad que merece, al menos, ser examinada.
No para negar la existencia de problemas reales.
Sino para preguntarnos si, en ocasiones, algunas organizaciones no terminan necesitando que esos problemas nunca desaparezcan por completo.
Y esa pregunta, precisamente porque resulta incómoda, merece ser formulada.
CAPÍTULO XV
INSTRUCCIONES PARA SEGUIR EL RASTRO DEL DINERO
Existe un antiguo principio del periodismo de investigación que rara vez falla.
Sigue el dinero.
Cada vez que un fenómeno social adquiere una dimensión inesperada conviene preguntarse quién lo financia.
Quién obtiene beneficios.
Quién tiene interés en que continúe creciendo.
Quién vive de él.
No se trata de insinuar conspiraciones.
Se trata, sencillamente, de aplicar el mismo criterio que utilizaríamos para analizar cualquier otra actividad humana.
Porque allí donde existe una estructura permanente suele existir también una estructura económica.
El llamado «Orgullo» hace mucho tiempo que dejó de consistir únicamente en una manifestación.
Hoy constituye también una importante actividad económica.
Existen empresas especializadas.
Agencias de comunicación.
Consultoras.
Cursos de formación.
Observatorios.
Fundaciones.
Asociaciones.
Federaciones.
Departamentos administrativos.
Subvenciones.
Convenios.
Patrocinios.
Campañas publicitarias.
Certificaciones.
Sellos de calidad.
Premios.
Congresos.
Seminarios.
Toda una economía ha terminado desarrollándose alrededor de estas cuestiones.
Nada tiene de extraño.
Sucede exactamente igual con el medio ambiente.
Con la cooperación internacional.
Con la igualdad.
Con la salud pública.
Con la cultura.
Cada vez que aparece un ámbito de actuación financiado con recursos públicos termina desarrollándose una estructura profesional interesada en su continuidad.
Y eso obliga a formular una pregunta inevitable.
¿Dónde termina la defensa de una causa y dónde comienza la defensa de quienes viven de esa causa?
Porque ambas cosas no siempre coinciden.
Una organización puede terminar necesitando que el problema cuya solución justifica su existencia nunca desaparezca completamente.
No porque sus integrantes actúen necesariamente de mala fe.
Sino porque toda organización tiende naturalmente a perpetuarse.
Ésta es una vieja observación formulada hace más de un siglo por diversos sociólogos y politólogos.
Las instituciones rara vez consideran terminada su misión.
Tienden a ampliarla.
A redefinirla.
A descubrir nuevos objetivos.
A justificar nuevos recursos.
A incrementar sus competencias.
No existe nada extraordinario en ello.
Forma parte de la naturaleza de las organizaciones humanas.
Precisamente por eso conviene mantener siempre una actitud crítica.
No hacia las personas.
Sino hacia las estructuras.
CAPÍTULO XVI
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER EL PAPEL DE LAS GRANDES EMPRESAS
Existe otra paradoja que merece atención.
Muchos de los discursos que se presentan como profundamente contestatarios reciben el respaldo entusiasta de algunas de las mayores empresas del planeta.
Bancos.
Multinacionales.
Empresas tecnológicas.
Consultoras.
Grandes cadenas comerciales.
Firmas de moda.
Productoras audiovisuales.
Resulta difícil encontrar una gran corporación que no participe, de una u otra manera, en campañas relacionadas con el denominado «Orgullo».
La pregunta vuelve a ser la misma.
¿Por qué?
¿Ha experimentado de repente una conversión moral el gran capitalismo internacional?
¿O existen también razones comerciales?
La respuesta probablemente contenga elementos de ambas.
Las empresas desean proyectar una imagen positiva.
Reducir riesgos reputacionales.
Atraer determinados perfiles de consumidores.
Facilitar sus relaciones institucionales.
Evitar conflictos.
Todo ello resulta perfectamente comprensible.
Sin embargo, también produce un efecto cultural muy significativo.
Cuando prácticamente todas las grandes organizaciones transmiten el mismo mensaje, el ciudadano acaba recibiendo la impresión de que ese mensaje constituye la única posición socialmente aceptable.
Y ahí reaparece el fenómeno descrito en capítulos anteriores.
No hace falta imponer una ortodoxia mediante la fuerza.
Basta con conseguir que parezca la única opción respetable.
CAPÍTULO XVII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER EL PAPEL DEL ESTADO
Existe una diferencia fundamental entre una sociedad libre y un Estado paternalista.
La primera protege derechos.
El segundo pretende orientar conciencias.
Ésa constituye una frontera que conviene vigilar cuidadosamente.
El Estado posee funciones esenciales.
Garantizar la seguridad.
Administrar justicia.
Proteger las libertades.
Hacer cumplir las leyes.
Ésas constituyen sus obligaciones fundamentales.
La dificultad aparece cuando el poder público deja de limitarse a garantizar la libertad y comienza a promover activamente una determinada concepción moral o antropológica.
Toda Administración transmite inevitablemente ciertos valores.
Sería ingenuo negarlo.
Pero una cosa es educar para el respeto.
Y otra muy distinta utilizar la inmensa capacidad de influencia del Estado para orientar las convicciones más íntimas de los ciudadanos.
La neutralidad absoluta quizá resulte imposible.
La prudencia, en cambio, sí es posible.
Precisamente porque el Estado pertenece a todos.
También a quienes discrepan.
Y cuanto más plural es una sociedad, mayor debe ser la cautela con la que los poderes públicos utilizan los recursos de todos para promover determinadas concepciones del ser humano.
Ésta constituye una exigencia elemental de cualquier democracia madura.
CAPÍTULO XVIII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER EL SILENCIO DE LA MAYORÍA
Existe un fenómeno que llama poderosamente la atención.
Muchas personas manifiestan en privado opiniones que jamás expresarían en público.
No porque teman una sanción penal.
Sino porque temen otra clase de consecuencias.
Problemas profesionales.
Conflictos familiares.
Aislamiento social.
Desprestigio.
Se trata de una forma de autocensura extraordinariamente eficaz.
La persona termina preguntándose no si aquello que piensa es verdadero o falso.
Se pregunta si merece la pena decirlo.
Y cuando esa pregunta comienza a formularse de manera habitual, el clima intelectual de una sociedad ha cambiado profundamente.
No desaparece la libertad jurídica.
Empieza a desaparecer la libertad psicológica.
Cada individuo calcula cuidadosamente el coste de expresar determinadas opiniones.
Ése constituye uno de los indicadores más fiables para medir la salud de una sociedad abierta.
No cuántas opiniones pueden formularse legalmente.
Sino cuántas pueden expresarse sin miedo a la destrucción de la reputación personal o profesional.
Porque la libertad no consiste únicamente en que el Estado no prohíba hablar.
Consiste también en que los ciudadanos no tengan miedo de hacerlo.
Y cuando el miedo sustituye al razonamiento, ninguna democracia debería sentirse plenamente satisfecha de sí misma.
CAPÍTULO XIX
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER EL VALOR DEL DISIDENTE
Existe una constante que recorre toda la Historia.
Las sociedades progresan gracias a quienes se atreven a formular preguntas incómodas.
No gracias a quienes repiten mecánicamente las respuestas oficiales.
Todo gran avance científico comenzó siendo una herejía intelectual.
Toda gran innovación filosófica.
Toda gran reforma política.
Toda gran revolución técnica.
En algún momento alguien sostuvo una idea que la mayoría consideraba absurda, peligrosa o escandalosa.
Si hoy disfrutamos de libertad de conciencia es porque hubo personas que desafiaron la ortodoxia.
Si existe libertad de expresión es porque otros defendieron el derecho a discrepar cuando discrepar resultaba peligroso.
Si la ciencia ha progresado es porque algunos investigadores decidieron confiar más en la evidencia que en la autoridad.
La Historia no avanza gracias al conformismo.
Avanza gracias a la discusión.
Precisamente por eso toda sociedad debería proteger especialmente al discrepante.
No porque siempre tenga razón.
Sería absurdo afirmarlo.
Sino porque toda verdad necesita ser sometida permanentemente a examen.
Una verdad que no admite preguntas termina convirtiéndose en un dogma.
Y un dogma deja de pertenecer al ámbito del conocimiento.
Pasa a formar parte de la fe.
Ésa constituye la razón por la que este ensayo reivindica el derecho a formular preguntas.
No pretende imponer respuestas.
Pretende impedir que determinadas preguntas desaparezcan.
Porque cuando una sociedad deja de preguntar, comienza lentamente a dejar de pensar.
Y cuando deja de pensar, otros terminan pensando por ella.
CAPÍTULO XX
INSTRUCCIONES PARA RECUPERAR EL INDIVIDUO
Tal vez el mayor problema de nuestro tiempo no sea político.
Ni económico.
Ni siquiera cultural.
Quizá sea antropológico.
Hemos olvidado quién ocupa el centro de una sociedad libre.
No es el Estado.
No es el partido.
No es el sindicato.
No es la empresa.
No es la nación.
No es la clase social.
No es el colectivo.
Es la persona.
Una persona concreta.
Con nombre y apellidos.
Con una historia irrepetible.
Con virtudes.
Con defectos.
Con responsabilidades.
Con esperanzas.
Con fracasos.
Con proyectos.
Con libertad.
Durante demasiado tiempo hemos contemplado a los ciudadanos como integrantes de categorías.
Mujeres.
Hombres.
Jóvenes.
Mayores.
Heterosexuales.
Homosexuales.
Inmigrantes.
Autóctonos.
Víctimas.
Privilegiados.
Oprimidos.
Opresores.
Pero ninguna de esas etiquetas basta para describir completamente a un ser humano.
Todas ellas representan únicamente una parte de su realidad.
Y cuando una parte pretende convertirse en el todo, el individuo desaparece.
Quizá haya llegado el momento de invertir nuevamente el orden.
Primero la persona.
Después todas las demás circunstancias.
Primero la libertad.
Después la identidad.
Primero la responsabilidad.
Después los derechos derivados de esa responsabilidad.
Primero el ciudadano.
Después cualquier otra clasificación.
Porque únicamente así podrá recuperarse la igualdad que hizo posible la civilización occidental.
La igualdad ante la ley.
No la igualdad entre etiquetas.
EPÍLOGO
EL OTRO TRES POR CIENTO
He querido terminar este ensayo regresando al punto donde comenzó.
Al tres por ciento.
Yo pertenezco aproximadamente a otro tres por ciento.
El de quienes padecemos una sordera severa o profunda.
Nunca he sentido orgullo por ello.
Ni vergüenza.
Jamás he pedido un desfile.
Nunca he reclamado que las instituciones iluminen sus edificios para celebrar mi discapacidad.
No porque considere que la sordera carezca de importancia.
Todo lo contrario.
Ha condicionado profundamente mi existencia.
Ha dificultado mi trabajo.
Mis relaciones personales.
Mi vida cotidiana.
Ha exigido un esfuerzo constante.
Ha hecho necesarias diversas intervenciones quirúrgicas.
Ha terminado llevándome a implantarme dos implantes cocleares.
Pero precisamente por eso sé distinguir entre la circunstancia y la respuesta.
No me siento orgulloso de ser sordo.
Me siento satisfecho de no haberme rendido.
No me enorgullece haber perdido audición.
Me produce una legítima satisfacción haber seguido estudiando.
Haber continuado escribiendo.
Haber seguido trabajando.
Haber decidido enfrentarme a las dificultades en lugar de convertirlas en el centro de mi identidad.
Ésa constituye, probablemente, la diferencia esencial.
Las circunstancias nos vienen dadas.
La respuesta depende de nosotros.
Y ahí reside la verdadera libertad.
No elegimos las cartas con las que comenzamos la partida.
Pero sí elegimos cómo jugarlas.
Quizá el auténtico orgullo consista precisamente en eso.
No en celebrar aquello que el azar nos concedió.
Sino en haber sabido responder con dignidad, responsabilidad y esfuerzo a la vida que nos tocó vivir.
Porque, al fin y al cabo, Ortega tenía razón.
Somos nosotros y nuestra circunstancia.
Pero seguimos siendo, antes que nada, nosotros.
Y mientras no olvidemos esa verdad elemental, ninguna etiqueta conseguirá sustituir completamente a la persona.
Ésa ha sido, desde la primera hasta la última página, la única tesis que este ensayo ha intentado defender.
CAPÍTULO XXI
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ LAS REVOLUCIONES NECESITAN SUSTITUIR UN SUJETO POR OTRO
Durante buena parte del siglo XIX y del XX, las grandes ideologías revolucionarias afirmaban hablar en nombre de una clase social.
El sujeto de la Historia era el proletariado.
Toda la interpretación del pasado, del presente y del futuro giraba alrededor de la lucha de clases.
La sociedad aparecía dividida en dos grandes bloques irreconciliables.
Oprimidos.
Y opresores.
La revolución consistía en que los primeros acabaran derrotando a los segundos.
Con el paso del tiempo ese esquema comenzó a mostrar profundas dificultades.
Las sociedades occidentales cambiaban.
La clase obrera mejoraba progresivamente sus condiciones de vida.
Accedía a la propiedad.
A la enseñanza.
Al consumo.
A la participación política.
Cada vez resultaba más complicado presentar a millones de trabajadores como una masa revolucionaria dispuesta a derribar el sistema que, precisamente, estaba mejorando sus condiciones materiales de existencia.
Era necesario encontrar un nuevo sujeto histórico.
Un nuevo protagonista.
Una nueva víctima permanente.
Y ahí comenzó una transformación intelectual de enorme importancia.
Las categorías económicas fueron dejando paso, poco a poco, a categorías identitarias.
La clase cedió protagonismo a la identidad.
La economía a la cultura.
La propiedad al reconocimiento.
La lucha de clases fue siendo sustituida por una pluralidad de conflictos construidos alrededor del sexo, la orientación sexual, la identidad, la raza, el origen o cualquier otra característica personal.
El mecanismo permanecía intacto.
Lo único que cambiaban eran los protagonistas.
Seguía siendo imprescindible dividir la sociedad en dos grandes categorías.
Víctimas.
Y culpables.
Sin esa división el relato perdía buena parte de su fuerza movilizadora.
CAPÍTULO XXII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER EL VALOR POLÍTICO DE LA VÍCTIMA
Toda política identitaria necesita una figura central.
La víctima.
No una víctima concreta.
No una persona determinada que haya sufrido una injusticia específica.
Eso siempre ha existido.
Lo que aparece ahora es algo diferente.
La víctima permanente.
La víctima por definición.
La víctima cuya condición no depende de los hechos concretos de su vida sino de la categoría a la que pertenece.
Ésta constituye una innovación extraordinariamente importante.
Porque modifica completamente la manera de entender la responsabilidad individual.
El individuo deja de ser juzgado por sus actos.
Empieza a ser contemplado a través de la categoría a la que pertenece.
Si pertenece a una categoría considerada víctima, su interpretación de la realidad adquiere un valor moral añadido.
Si pertenece a una categoría considerada privilegiada, sus argumentos pasan a contemplarse con una sospecha previa.
Ya no importa tanto lo que dice.
Importa quién lo dice.
Y cuando la identidad sustituye al razonamiento, la conversación racional comienza a deteriorarse.
No es casualidad.
Porque las políticas identitarias no giran alrededor de las ideas.
Giran alrededor de las identidades.
Y las identidades resultan mucho más difíciles de discutir que las ideas.
Una idea puede abandonarse.
Una identidad, no.
CAPÍTULO XXIII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ EL PODER PREFIERE IDENTIDADES A CIUDADANOS
Existe una razón profundamente política para explicar todo este fenómeno.
Los ciudadanos son difíciles de dirigir.
Piensan.
Cambian de opinión.
Discrepan.
Se contradicen.
Votan unas veces de una manera y otras de otra.
Las identidades, en cambio, resultan mucho más manejables.
Permiten clasificar.
Segmentar.
Movilizar.
Construir discursos específicos para cada grupo.
La mercadotecnia comercial descubrió hace décadas la enorme utilidad de segmentar consumidores.
La política aprendió rápidamente la lección.
Ya no se dirige al ciudadano.
Se dirige a segmentos.
A colectivos.
A identidades.
A nichos electorales.
Todo ello produce un efecto inesperado.
El ciudadano deja de contemplarse como miembro de una comunidad política compartida.
Empieza a verse principalmente como integrante de una categoría particular.
Y cuando eso sucede, el bien común comienza lentamente a desaparecer del horizonte.
Cada grupo reclama para sí una atención preferente.
Un reconocimiento específico.
Una legislación diferenciada.
Un tratamiento singular.
La ciudadanía común se fragmenta.
La política deja de consistir en buscar aquello que une.
Empieza a consistir en administrar aquello que separa.
Ése constituye uno de los mayores riesgos para cualquier democracia liberal.
Porque una nación no puede sostenerse indefinidamente si cada uno de sus integrantes deja de sentirse ciudadano para empezar a sentirse, sobre todo, miembro de una identidad particular.
La consecuencia final resulta fácilmente previsible.
Cada vez existen más colectivos.
Y cada vez resulta más difícil encontrar ciudadanos.
CAPÍTULO XXIV
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ TODA IDENTIDAD NECESITA UN ENEMIGO
Existe una constante histórica que rara vez falla.
Toda ideología necesita un adversario permanente.
No basta con proponer un ideal.
Es necesario señalar un culpable.
Porque el enemigo cumple varias funciones al mismo tiempo.
Une a los propios.
Justifica la movilización.
Explica los fracasos.
Y, sobre todo, proporciona una razón para seguir existiendo.
Mientras exista el enemigo, la organización resulta necesaria.
Por eso toda inquisición busca herejes.
Toda revolución busca contrarrevolucionarios.
Todo nacionalismo necesita traidores.
Toda guerra necesita enemigos.
Y toda política identitaria necesita opresores.
El mecanismo psicológico es siempre parecido.
La realidad deja de contemplarse como una inmensa variedad de individuos concretos.
Comienza a dividirse en bloques.
Nosotros.
Y ellos.
Los buenos.
Y los malos.
Las víctimas.
Y los culpables.
Naturalmente, la realidad nunca es tan sencilla.
Pero las simplificaciones movilizan mucho mejor que los matices.
Y la política ha sabido aprovechar ese hecho desde hace siglos.
Lo verdaderamente preocupante aparece cuando el enemigo deja de ser definido por sus actos.
Pasa a ser definido por lo que es.
O, mejor dicho, por la etiqueta que se le atribuye.
En ese momento desaparece el individuo.
Sólo queda la categoría.
Y con ella desaparece también la responsabilidad personal.
Ya no importa cómo actúe una persona.
Importa el grupo al que supuestamente pertenece.
Ésa constituye una regresión intelectual de enormes consecuencias.
Porque rompe uno de los principios esenciales de la civilización occidental.
Cada ser humano responde por sus actos.
No por los de los demás.
No por los de sus antepasados.
No por los de quienes comparten alguna circunstancia con él.
Sólo por los propios.
Ése fue uno de los grandes avances del pensamiento jurídico occidental.
Y convendría no olvidarlo.
CAPÍTULO XXV
INSTRUCCIONES PARA DESCONFIAR DE QUIENES PRETENDEN REPRESENTAR A MILLONES DE PERSONAS
Existe otra pregunta extraordinariamente sencilla.
¿Quién nombró a los representantes del supuesto «colectivo»?
La respuesta suele resultar incómoda.
Nadie.
Las asociaciones representan exclusivamente a sus asociados.
Nada más.
No representan a todos los homosexuales.
Ni a todas las personas sordas.
Ni a todas las mujeres.
Ni a todos los inmigrantes.
Ni siquiera a todos quienes comparten los fines generales de la organización.
Representan únicamente a quienes libremente decidieron formar parte de ella.
Sin embargo, el lenguaje utilizado por los medios de información suele sugerir algo muy distinto.
«El colectivo opina…»
«El colectivo exige…»
«El colectivo reclama…»
¿Qué colectivo?
¿Quién ha consultado a millones de personas?
¿Dónde se celebró esa votación?
¿Quién otorgó semejante representación?
Conviene insistir una vez más.
Las asociaciones forman parte indispensable de una sociedad libre.
Pero precisamente porque son libres, nadie tiene obligación de sentirse representado por ellas.
Yo no me siento representado por ninguna organización simplemente porque comparta con sus miembros una determinada circunstancia personal.
Mi sordera no me convierte automáticamente en afiliado.
Ni en simpatizante.
Ni en portavoz.
Ni en representado.
Y exactamente igual sucede con cualquier otra característica humana.
La representación política pertenece a los ciudadanos.
No a las categorías.
CAPÍTULO XXVI
INSTRUCCIONES PARA NO CONFUNDIR LA ESTADÍSTICA CON LA IDENTIDAD
Las estadísticas son extraordinariamente útiles.
Gracias a ellas conocemos la evolución de la natalidad.
Del desempleo.
De la esperanza de vida.
De las enfermedades.
De la renta.
Del nivel educativo.
Pero una estadística no constituye una identidad.
Es únicamente una herramienta para describir la realidad.
Cuando afirmamos que aproximadamente un tres por ciento de la población presenta una determinada característica, estamos formulando una descripción.
Nada más.
No estamos creando una comunidad.
No estamos definiendo un sujeto político.
No estamos otorgando una personalidad colectiva.
Simplemente estamos cuantificando un fenómeno.
La confusión comienza cuando el dato estadístico adquiere un significado moral o político que nunca tuvo.
De repente deja de hablarse de individuos.
Se habla de «el tres por ciento».
Como si esa cifra describiera una comunidad humana.
No la describe.
Describe únicamente una frecuencia estadística.
Y precisamente por eso resulta tan extraño convertir un porcentaje en una identidad.
Yo pertenezco a varios porcentajes.
Como cualquier otra persona.
Perteneceré a un determinado porcentaje de quienes miden aproximadamente lo mismo que yo.
A otro porcentaje de quienes poseen una determinada graduación visual.
A otro de quienes llevan implantes cocleares.
A otro de quienes nacieron en una determinada década.
A otro de quienes escriben ensayos.
Si reuniéramos todos esos porcentajes descubriríamos algo extraordinariamente sencillo.
Ninguno explica quién soy.
Porque una persona nunca cabe dentro de una estadística.
CAPÍTULO XXVII
INSTRUCCIONES PARA RECUPERAR EL SENTIDO COMÚN
Tal vez el sentido común sea una de las primeras víctimas de todas las revoluciones culturales.
No porque desaparezca.
Sino porque deja de parecer respetable.
Las afirmaciones más sencillas comienzan a contemplarse como ingenuidades.
Mientras tanto, las construcciones más artificiosas adquieren un prestigio extraordinario.
El lenguaje se complica.
Las explicaciones se vuelven cada vez más oscuras.
Las palabras sencillas son sustituidas por una terminología incomprensible para la inmensa mayoría de los ciudadanos.
Y cuando el lenguaje deja de servir para aclarar las ideas y comienza a utilizarse para oscurecerlas, conviene detenerse.
Porque probablemente haya llegado el momento de regresar a las preguntas elementales.
¿Es una persona algo más que una etiqueta?
Sí.
¿Una circunstancia constituye un mérito?
No.
¿Compartir una característica convierte automáticamente a millones de individuos en una comunidad política?
No.
¿Una asociación representa a todos quienes poseen una determinada característica?
Tampoco.
¿Toda idea puede discutirse?
Naturalmente.
Precisamente porque las ideas no poseen derechos.
Quienes poseen derechos son las personas.
Y una sociedad que olvida esta diferencia termina confundiendo el respeto debido a los ciudadanos con la obediencia debida a determinadas doctrinas.
Ése constituye, probablemente, el error intelectual más profundo de nuestro tiempo.
Y también la razón última que justifica la existencia de este ensayo.
CAPÍTULO XXVIII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER LOS LÍMITES DE LA AUTOPERCEPCIÓN
Existe una palabra que durante los últimos años ha ido adquiriendo una importancia extraordinaria.
Autopercepción.
A primera vista parece un concepto inocente.
Todos tenemos una determinada percepción de nosotros mismos.
Todos construimos una imagen acerca de quiénes somos.
Hasta ahí nada resulta especialmente novedoso.
La dificultad aparece cuando la autopercepción deja de entenderse como una experiencia subjetiva y comienza a presentarse como una verdad objetiva que todos los demás tienen la obligación de aceptar.
Ésa constituye una transformación filosófica de enorme alcance.
Porque rompe una distinción que la civilización occidental había mantenido durante siglos.
La diferencia entre la realidad y la percepción de la realidad.
Yo puedo sentirme joven.
Y, sin embargo, tener setenta años.
Puedo sentirme rico.
Y estar completamente arruinado.
Puedo sentirme un magnífico cantante.
Y desafinar de manera lamentable.
Puedo sentirme un gran escritor.
Y escribir rematadamente mal.
Puedo sentirme simpático.
Y resultar insoportable para quienes me rodean.
Todas esas percepciones pertenecen al ámbito de la subjetividad.
Son respetables como experiencias personales.
Pero no modifican automáticamente la realidad.
Sin embargo, durante los últimos años ha comenzado a difundirse una idea diferente.
La de que la autopercepción no sólo describe la experiencia íntima de una persona.
También determina la realidad que los demás deben reconocer.
Y ahí aparece un problema filosófico de enorme importancia.
Porque la realidad objetiva deja de constituir el criterio decisivo.
Empieza a ser sustituida por la percepción subjetiva.
CAPÍTULO XXIX
INSTRUCCIONES PARA NO CONFUNDIR EL RESPETO CON LA OBLIGACIÓN DE COMPARTIR UNA PERCEPCIÓN
Conviene dejar algo muy claro.
Respetar a una persona nunca ha significado aceptar como verdadero todo cuanto esa persona piensa acerca de sí misma.
El respeto pertenece al ámbito moral.
La verdad pertenece al ámbito del conocimiento.
Son cuestiones distintas.
Puedo respetar profundamente a un amigo que considera haber tomado una decisión acertada.
Y, sin embargo, pensar que se equivoca.
Puedo querer enormemente a un familiar.
Y considerar desacertadas algunas de sus opiniones.
Puedo respetar la conciencia de cualquier ciudadano.
Y discrepar radicalmente de sus ideas.
Ésa ha sido siempre la base de la convivencia en una sociedad libre.
La discrepancia no destruye el respeto.
Lo presupone.
Porque sólo respetamos verdaderamente a quien reconocemos como un interlocutor libre.
No como alguien obligado a pensar exactamente igual que nosotros.
La dificultad comienza cuando la discrepancia deja de admitirse.
Cuando la percepción subjetiva pretende convertirse en una obligación para todos los demás.
Entonces el respeto ya no basta.
Se exige asentimiento.
Y el asentimiento obligatorio deja de ser respeto.
Comienza a parecerse al dogma.
CAPÍTULO XXX
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER LOS LÍMITES DEL «YO ME SIENTO…»
Durante buena parte de la Historia, los seres humanos distinguieron cuidadosamente entre tres planos.
Lo que soy.
Lo que siento.
Y lo que deseo.
No siempre coinciden.
Puedo sentir miedo sin que exista un peligro real.
Puedo sentir celos sin motivo.
Puedo sentirme fracasado después de haber alcanzado grandes éxitos.
Puedo sentirme feliz en medio de enormes dificultades.
Los sentimientos poseen una enorme importancia.
Nos hablan de nuestro mundo interior.
Pero no constituyen por sí solos un criterio suficiente para describir objetivamente la realidad.
Sin embargo, buena parte del discurso contemporáneo parece haber sustituido el antiguo «pienso» por una nueva fórmula.
«Yo me siento…»
«Yo me siento mujer.»
«Yo me siento hombre.»
«Yo me siento no binario.»
«Yo me siento…»
Naturalmente, nadie puede negar lo que otra persona siente.
Los sentimientos pertenecen a la intimidad.
Sólo quien los experimenta puede describirlos.
Pero una cosa es reconocer la existencia de un sentimiento.
Y otra muy distinta afirmar que ese sentimiento modifica automáticamente la realidad objetiva o crea obligaciones para los demás.
Ésa constituye precisamente la cuestión filosófica que conviene discutir.
No si una persona experimenta determinados sentimientos.
Sino qué consecuencias deben derivarse de ellos.
Porque las sociedades no pueden organizarse exclusivamente sobre percepciones subjetivas.
Necesitan también criterios objetivos compartidos.
El Derecho.
La Medicina.
La Biología.
La Estadística.
La Ciencia.
La propia convivencia exige la existencia de realidades verificables.
Si todo depende exclusivamente de cómo cada individuo se percibe en cada momento, desaparece cualquier referencia común.
Y cuando desaparecen las referencias comunes, también comienza a debilitarse la posibilidad misma del diálogo.
Porque dialogar significa precisamente buscar un terreno compartido desde el cual discutir nuestras diferencias.
Si la realidad deja de ser común, cada conversación termina convirtiéndose en un intercambio de percepciones imposibles de contrastar.
Y una sociedad construida exclusivamente sobre percepciones subjetivas corre el riesgo de perder aquello que hace posible toda convivencia duradera.
La existencia de un mundo real compartido.
No siempre agradable.
No siempre cómodo.
Pero independiente de nuestros deseos.
Ésa constituye una de las mayores conquistas intelectuales de nuestra civilización.
Y quizá también una de las más amenazadas.
CAPÍTULO XXXI
INSTRUCCIONES PARA NO CONFUNDIR LOS SENTIMIENTOS CON LA REALIDAD
Los sentimientos forman parte de la condición humana.
Nos acompañan desde el nacimiento hasta la muerte.
Alegría.
Miedo.
Esperanza.
Angustia.
Entusiasmo.
Tristeza.
Amor.
Odio.
Todos ellos forman parte de nuestra vida.
Y todos merecen respeto.
Pero el hecho de que un sentimiento exista no significa que describa fielmente la realidad.
Un niño puede sentir miedo debajo de la cama.
Y, sin embargo, no existir ningún monstruo.
Un hipocondríaco puede sentirse gravemente enfermo.
Y gozar de una salud excelente.
Un celoso puede sentirse traicionado.
Y estar completamente equivocado.
Un inversor puede sentirse millonario durante una burbuja financiera.
Y descubrir pocos meses después que se encontraba arruinado.
La Historia de la Humanidad está llena de sentimientos sinceros.
Y de errores igualmente sinceros.
La sinceridad nunca ha sido una prueba de verdad.
Sólo demuestra que alguien cree realmente aquello que afirma.
Nada más.
Éste constituye uno de los principios fundamentales del pensamiento racional.
Precisamente por eso la Ciencia desarrolló procedimientos destinados a comprobar si nuestras impresiones subjetivas se corresponden con la realidad objetiva.
No basta con creer.
No basta con sentir.
Hay que verificar.
Hay que contrastar.
Hay que demostrar.
Y, sobre todo, hay que aceptar la posibilidad de estar equivocados.
Sin esa humildad intelectual no existe conocimiento.
Sólo existen creencias.
CAPÍTULO XXXII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO EL «YO PIENSO» FUE SUSTITUIDO POR EL «YO SIENTO»
Durante siglos la filosofía occidental otorgó una enorme importancia a la razón.
No porque despreciara los sentimientos.
Sino porque comprendía que éstos cambian constantemente.
Pensar exige disciplina.
Sentir no.
Pensar requiere esfuerzo.
Sentir resulta espontáneo.
Pensar obliga a justificar las afirmaciones.
Sentir únicamente exige experimentarlas.
Quizá por eso resulta tan significativo comprobar cómo el lenguaje contemporáneo ha ido desplazándose lentamente desde el razonamiento hacia la emoción.
Hace apenas unas décadas era frecuente escuchar expresiones como:
«Creo que…»
«Pienso que…»
«Considero que…»
«Los hechos parecen indicar…»
Hoy predominan otras muy distintas.
«Yo me siento…»
«Yo lo vivo así…»
«Ésta es mi verdad…»
«Nadie puede decirme quién soy…»
Naturalmente que nadie puede negar lo que otra persona experimenta.
Pero otra cuestión muy distinta consiste en convertir ese sentimiento en el fundamento de la realidad compartida.
Porque las sociedades no pueden organizarse únicamente alrededor de emociones.
Necesitan también hechos.
Necesitan lenguaje común.
Necesitan criterios verificables.
Necesitan aceptar que existe un mundo independiente de nuestros deseos.
Si desaparece ese terreno compartido, el diálogo termina resultando imposible.
Ya no discutimos acerca de la realidad.
Cada uno habla exclusivamente de sí mismo.
Y una sociedad formada únicamente por millones de experiencias subjetivas termina perdiendo la posibilidad misma de construir un espacio común.
CAPÍTULO XXXV
INSTRUCCIONES PARA RECUPERAR EL PRINCIPIO DE REALIDAD
Tal vez ésta sea la reflexión más importante de todo el ensayo.
La realidad no necesita nuestro consentimiento para existir.
Existía antes de nuestro nacimiento.
Seguirá existiendo después de nuestra muerte.
No depende de nuestras preferencias.
Ni de nuestros sentimientos.
Ni de nuestras percepciones.
Podemos comprenderla mejor o peor.
Podemos equivocarnos acerca de ella.
Podemos descubrir aspectos que antes ignorábamos.
La Ciencia lleva siglos haciéndolo.
Pero descubrir aspectos nuevos de la realidad no equivale a afirmar que la realidad cambia cada vez que cambia nuestra percepción.
Ésa constituye una diferencia esencial.
Porque la libertad necesita apoyarse sobre un mundo compartido.
Sin una realidad común, el lenguaje deja de cumplir su función.
El diálogo se convierte en un intercambio de emociones.
La discusión racional desaparece.
Y la convivencia termina dependiendo exclusivamente de quién posee mayor capacidad para imponer su percepción.
Quizá por eso convenga terminar este bloque con una afirmación deliberadamente sencilla.
La realidad no siempre coincide con nuestros deseos.
Y precisamente por eso existe la madurez.
Madurar consiste, en buena medida, en aprender a convivir con una realidad que no hemos elegido.
En mejorarla cuando resulte posible.
Y en aceptarla cuando no lo sea.
Ése ha sido siempre uno de los fundamentos de la civilización.
Y quizá también una de las primeras verdades que toda nueva inquisición intenta hacernos olvidar.
CAPÍTULO XXXVI
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO EL DESEO ACABÓ SUSTITUYENDO A LA RAZÓN
Quizá la revolución más profunda de nuestro tiempo no haya sido política.
Ni económica.
Ni siquiera sexual.
Ha sido antropológica.
Durante siglos, todas las grandes civilizaciones enseñaron algo parecido.
El ser humano posee deseos.
Pero también posee razón.
Y precisamente la misión de la inteligencia consiste en ordenar los deseos.
No en obedecerlos ciegamente.
La educación consistía, en buena medida, en aprender esa difícil tarea.
Dominar los impulsos.
Retrasar la gratificación.
Aceptar límites.
Distinguir entre lo posible y lo imposible.
Entre lo conveniente y lo perjudicial.
Entre el deseo y la realidad.
Nadie nacía sabiendo hacerlo.
Por eso existían los padres.
Los maestros.
La educación.
La filosofía.
La religión.
La experiencia.
Todo ello perseguía un objetivo común.
Transformar al niño en un adulto.
Porque madurar consiste precisamente en comprender que no todo cuanto deseamos puede, debe o conviene convertirse en realidad.
Sin embargo, durante las últimas décadas parece haberse producido una inversión completa de ese planteamiento.
El deseo ha dejado de contemplarse como una realidad que necesita orientación.
Ha comenzado a presentarse como una autoridad moral.
Ya no preguntamos si un deseo resulta razonable.
Preguntamos únicamente si es sincero.
Y la sinceridad parece bastar para justificarlo.
El siguiente paso resulta casi inevitable.
Si deseo algo intensamente, ese deseo comienza a presentarse como un derecho.
Y si alguien cuestiona ese deseo, deja de discrepar de una idea.
Pasa a estar atacando mi identidad.
La conversación termina ahí.
Porque ya no discutimos acerca de razones.
Discutimos acerca de sentimientos.
Y los sentimientos no pueden refutarse mediante argumentos.
Pueden comprenderse.
Pueden respetarse.
Pero no constituyen, por sí solos, un criterio suficiente para organizar una sociedad.
La civilización comenzó precisamente cuando el ser humano comprendió que no todo impulso debía satisfacerse.
Que la libertad no consistía en obedecer todos los deseos.
Sino en ser capaz de gobernarlos.
Los filósofos griegos lo llamaban dominio de uno mismo.
Los romanos hablaban de disciplina.
El cristianismo utilizó otras palabras.
Pero todos coincidían en una idea fundamental.
La libertad comienza cuando el individuo deja de ser esclavo de sus impulsos.
Hoy parece proponerse exactamente lo contrario.
La autenticidad consistiría en convertir cualquier deseo en criterio supremo.
Toda limitación aparecería como una forma de opresión.
Toda frustración como una injusticia.
Toda norma como una agresión.
Toda renuncia como una derrota.
Pero una sociedad construida sobre semejante principio termina convirtiendo el capricho en fundamento del Derecho.
Y ésa constituye una transformación de enormes consecuencias.
Porque el Derecho deja entonces de proteger bienes objetivos para comenzar a satisfacer expectativas subjetivas.
Y las expectativas humanas son infinitas.
Nunca terminan.
Siempre aparece un nuevo deseo.
Una nueva reivindicación.
Una nueva identidad.
Una nueva exigencia.
Una nueva frustración.
Una nueva deuda que la sociedad supuestamente debe reparar.
El proceso nunca concluye.
Porque el deseo, por naturaleza, carece de límite.
Sólo la razón puede establecerlo.
No deja de resultar significativo que, mientras la Ciencia exige pruebas, demostraciones y verificaciones, buena parte del discurso político contemporáneo parezca conformarse con una afirmación extraordinariamente sencilla.
«Yo me siento…»
Y a partir de ahí toda discusión parece quedar clausurada.
Ya no importa la Biología.
Ni la Antropología.
Ni el Derecho.
Ni la experiencia acumulada durante siglos.
El sentimiento adquiere prioridad absoluta.
Como si la intensidad de una emoción bastara para modificar la realidad.
Pero la realidad nunca ha funcionado así.
Los seres humanos llevamos miles de años aprendiendo precisamente la lección contraria.
Nuestros deseos forman parte de nosotros.
No nos gobiernan.
Nuestros sentimientos merecen respeto.
No constituyen automáticamente leyes de la naturaleza.
Nuestros impulsos existen.
Pero precisamente por eso desarrollamos la inteligencia.
Para discernir.
Para deliberar.
Para elegir.
Para renunciar cuando resulta necesario.
Para comprender que la libertad no consiste en hacer todo cuanto apetece.
Consiste en decidir responsablemente qué merece realmente la pena hacer.
Ésa ha sido siempre la diferencia entre la civilización y la barbarie.
Entre el ciudadano y el niño caprichoso.
Entre el hombre libre y el esclavo de sus impulsos.
Quizá el mayor problema de nuestro tiempo no consista en que existan nuevos deseos.
Los deseos siempre han existido.
El verdadero problema comienza cuando una sociedad deja de educar a sus ciudadanos para gobernarlos y empieza a enseñarles que cualquier deseo posee, por el simple hecho de existir, una autoridad moral que nadie puede discutir.
Ése constituye, probablemente, uno de los mayores cambios culturales de nuestra época.
Y también uno de los menos analizados.
CAPÍTULO XXXVII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO EL CAPRICHO ACABÓ CONVIRTIÉNDOSE EN UN DERECHO
Si el siglo XX fue, en buena medida, el siglo de los derechos, el siglo XXI corre el riesgo de convertirse en el siglo de los deseos convertidos en derechos.
Y la diferencia entre ambos conceptos resulta inmensa.
Los derechos nacen porque todos los seres humanos poseen la misma dignidad.
Los deseos nacen porque cada individuo posee aspiraciones, preferencias, ilusiones o impulsos diferentes.
Los primeros pueden universalizarse.
Los segundos, no.
Todos tenemos derecho a la vida.
A la libertad.
A la integridad física.
A la igualdad ante la ley.
Pero nadie posee un derecho universal a que el mundo se adapte exactamente a sus deseos.
Ésa constituye una diferencia elemental.
Y, sin embargo, parece ir desapareciendo poco a poco.
Hoy asistimos a una curiosa transformación del lenguaje.
El deseo deja de presentarse como deseo.
Comienza inmediatamente a formularse como un derecho.
Y, pocos años después, quien discrepa de ese supuesto derecho acaba siendo acusado de atacar la dignidad de las personas.
El proceso resulta extraordinariamente eficaz.
Primero aparece una aspiración.
Después se convierte en reivindicación.
Más tarde en derecho.
Finalmente acaba transformándose en obligación para todos los demás.
Y quien pregunta si ese recorrido resulta razonable termina sentado en el banquillo de los herejes.
No por haber negado la dignidad de nadie.
Sino por haber osado preguntar dónde termina un derecho y dónde comienza un simple deseo.
Ésa es precisamente la cuestión.
Porque no todo cuanto deseamos constituye un derecho.
Ni todo derecho obliga a transformar completamente la realidad.
Confundir ambas cosas conduce inevitablemente a una inflación permanente de nuevos derechos.
Y cuando todo acaba siendo un derecho, los derechos dejan de ser verdaderamente derechos.
Se convierten en expectativas.
En aspiraciones.
En preferencias.
En deseos revestidos de solemnidad jurídica.
Una sociedad no puede sostener indefinidamente semejante proceso.
Porque todo derecho genera obligaciones.
Y las obligaciones recaen siempre sobre alguien.
Si todo deseo se convierte en derecho, todos terminamos obligados a satisfacer deseos ajenos cuya legitimidad quizá nunca haya sido discutida.
Ése constituye uno de los grandes riesgos de nuestro tiempo.
CAPÍTULO XXXVIII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ EL LÍMITE SE HA CONVERTIDO EN EL NUEVO ENEMIGO
Toda civilización comienza aceptando una evidencia.
El ser humano vive rodeado de límites.
Límites físicos.
Biológicos.
Morales.
Jurídicos.
Económicos.
Temporales.
Nadie puede estar simultáneamente en dos lugares.
Nadie puede vivir para siempre.
Nadie puede evitar completamente el sufrimiento.
Nadie consigue satisfacer todos sus deseos.
Aprender a convivir con esos límites constituye precisamente el comienzo de la madurez.
Sin embargo, buena parte del pensamiento contemporáneo parece contemplar cualquier límite como una agresión.
Si existe una frontera, debe desaparecer.
Si existe una norma, debe modificarse.
Si aparece una dificultad, alguien tiene la obligación de eliminarla.
Si la realidad contradice mis deseos, tanto peor para la realidad.
Ésta constituye una inversión profundamente revolucionaria.
Porque transforma la relación del ser humano con el mundo.
Durante milenios intentamos comprender la realidad para adaptarnos inteligentemente a ella.
Hoy parece proponerse el camino contrario.
La realidad debe adaptarse a nuestros deseos.
Y si no puede hacerlo, será declarada injusta.
El límite deja entonces de entenderse como una característica de la condición humana.
Pasa a interpretarse como una opresión.
Pero una sociedad incapaz de aceptar límite alguno termina convirtiendo la frustración en una experiencia insoportable.
Y un ciudadano incapaz de soportar la frustración deja de ser plenamente adulto.
Regresa psicológicamente a la infancia.
Porque el niño desea.
El adulto delibera.
El niño exige.
El adulto comprende.
El niño cree que el mundo gira a su alrededor.
El adulto descubre, a veces dolorosamente, que forma parte de un mundo infinitamente más grande que él.
Quizá la verdadera educación consista precisamente en ese tránsito.
CAPÍTULO XXXIX
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER LA INFANTILIZACIÓN DE LA SOCIEDAD
Existe un fenómeno que apenas recibe atención.
Nunca habíamos disfrutado de tantos conocimientos.
Y, sin embargo, nunca había resultado tan frecuente encontrar adultos incapaces de aceptar una negativa.
Todo debe ser inmediato.
Todo debe resultar posible.
Todo deseo debe satisfacerse.
Toda incomodidad debe eliminarse.
Toda frustración debe desaparecer.
Toda crítica debe evitarse.
Toda opinión discrepante debe silenciarse.
El individuo deja entonces de contemplarse como un ciudadano responsable.
Empieza a comportarse como un consumidor permanente de derechos.
Y el Estado deja de ser un árbitro.
Se convierte en una inmensa figura paternal encargada de resolver cualquier malestar.
Esta transformación afecta a toda la vida pública.
La política promete felicidad.
La enseñanza promete autoestima.
La publicidad promete realización personal.
Las instituciones prometen eliminar cualquier forma de sufrimiento.
Pero ninguna sociedad puede cumplir semejante promesa.
Porque vivir implica inevitablemente dolor.
Pérdida.
Fracaso.
Enfermedad.
Envejecimiento.
Muerte.
Quien pretenda construir una sociedad donde desaparezcan todas esas experiencias está prometiendo lo imposible.
Y cuando la política promete imposibles, inevitablemente termina recurriendo a la propaganda para ocultar sus fracasos.
CAPÍTULO XL
INSTRUCCIONES PARA RECUPERAR EL PRINCIPIO DE RESPONSABILIDAD
Tal vez la palabra más olvidada de nuestro tiempo sea responsabilidad.
Se habla constantemente de derechos.
Muchísimo menos de deberes.
Se multiplican las reivindicaciones.
Disminuyen las obligaciones.
Cada ciudadano parece convertirse progresivamente en acreedor.
Muy pocos aceptan seguir siendo también deudores de la sociedad que hace posibles esos derechos.
Sin embargo, toda libertad implica responsabilidad.
Todo derecho lleva asociado algún deber.
Toda convivencia exige renuncias.
Toda comunidad política necesita ciudadanos capaces de anteponer, al menos en determinadas ocasiones, el bien común a la satisfacción inmediata de sus preferencias personales.
Ésa ha sido siempre la condición de posibilidad de cualquier civilización.
No existen sociedades libres sin ciudadanos responsables.
No existen derechos duraderos sin deberes compartidos.
No existe auténtica libertad cuando el individuo deja de gobernarse a sí mismo y exige constantemente que otros gobiernen la realidad en su lugar.
Quizá por eso convenga terminar este bloque regresando nuevamente a Ortega.
«Yo soy yo y mi circunstancia…»
No decía:
«Yo soy mis deseos.»
Ni tampoco:
«Yo soy aquello que siento en cada momento.»
Decía algo mucho más profundo.
Existe un «yo».
Existe una circunstancia.
Y entre ambos aparece la libertad.
La libertad para aceptar.
Para mejorar.
Para transformar.
Para resistir.
Para equivocarse.
Para rectificar.
Para asumir las consecuencias de las propias decisiones.
Ésa es la libertad del ciudadano.
No la del niño caprichoso.
No la del consumidor perpetuamente insatisfecho.
No la del individuo que exige que toda la realidad se pliegue a sus emociones.
Sino la libertad del ser humano adulto.
Responsable.
Consciente de sus límites.
Capaz de gobernarse antes de pretender gobernar el mundo.
Quizá ése sea, después de todo, el verdadero significado de la madurez.
Y también el mejor antídoto contra cualquier inquisición, antigua o moderna.
CAPÍTULO XLI
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER QUIÉN GANA CON LA FRAGMENTACIÓN DE LA SOCIEDAD
Existe una antigua máxima política.
Divide y vencerás.
Ha sobrevivido más de dos mil años porque continúa describiendo uno de los mecanismos más eficaces para conservar el poder.
Una sociedad formada por ciudadanos resulta difícil de manipular.
Una sociedad dividida en centenares de colectivos resulta mucho más manejable.
Cada grupo posee sus propios portavoces.
Sus propias reivindicaciones.
Sus propias subvenciones.
Sus propios observatorios.
Sus propios organismos.
Sus propias campañas.
Sus propios agravios.
Y, naturalmente, sus propios enemigos.
Mientras cada grupo combate por sus intereses particulares, desaparece lentamente la idea del interés general.
El ciudadano deja de preguntarse qué conviene al conjunto de la sociedad.
Comienza a preguntarse exclusivamente qué beneficios obtiene el grupo con el que se identifica.
Ésa constituye una enorme victoria para cualquier poder político.
Porque un pueblo dividido protesta mucho menos que un pueblo unido.
No existe un ciudadano.
Existen centenares de colectivos que compiten entre sí por la atención del poder.
Y mientras tanto, el propio poder continúa creciendo.
CAPÍTULO XLII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ EL CIUDADANO HA SIDO SUSTITUIDO POR EL CLIENTE POLÍTICO
El ciudadano exige igualdad ante la ley.
El cliente político exige privilegios para su grupo.
Ésa es toda la diferencia.
La política clásica discutía impuestos.
Infraestructuras.
Seguridad.
Justicia.
Libertades.
Hoy, con demasiada frecuencia, gira alrededor de identidades.
El gobernante deja de dirigirse al conjunto de los ciudadanos.
Comienza a dirigirse a segmentos cuidadosamente definidos.
Mujeres.
Jóvenes.
Mayores.
Minorías sexuales.
Minorías culturales.
Minorías lingüísticas.
Minorías territoriales.
Cada una recibe un mensaje diferente.
Una promesa distinta.
Una subvención específica.
Una campaña particular.
El ciudadano desaparece.
En su lugar aparece el cliente electoral.
Y un cliente siempre espera una recompensa.
Ésa constituye una transformación profunda de la democracia.
CAPÍTULO XLIII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ EL ESTADO PREFIERE COLECTIVOS A INDIVIDUOS
El individuo piensa.
Pregunta.
Discute.
Desobedece.
El colectivo obedece mucho mejor.
No porque sus integrantes sean menos inteligentes.
Sino porque el grupo genera una poderosa presión psicológica.
Todos los seres humanos deseamos ser aceptados.
Nadie disfruta siendo excluido.
Nadie quiere convertirse en un hereje.
Precisamente por eso las identidades colectivas poseen tanta fuerza.
Ofrecen pertenencia.
Protección.
Reconocimiento.
Pero también exigen lealtad.
Toda pertenencia posee un precio.
Y ese precio suele consistir en aceptar determinadas ideas sin someterlas a un examen demasiado riguroso.
Cuanto mayor es la presión del grupo, menor suele ser la libertad individual.
Por eso todas las sociedades verdaderamente libres han intentado proteger siempre al individuo frente al grupo.
No al revés.
CAPÍTULO XLIV
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO SE FABRICA EL CONSENSO
Con frecuencia imaginamos la censura como una prohibición.
Pero la forma más eficaz de controlar una sociedad consiste en fabricar consensos.
No hace falta prohibir determinadas opiniones.
Basta con conseguir que parezcan extravagantes.
Ridículas.
Moralmente sospechosas.
Y para lograrlo no siempre hacen falta leyes.
Bastan los medios de información.
La enseñanza.
La publicidad.
Las plataformas digitales.
Las industrias culturales.
Las grandes empresas.
Las administraciones públicas.
Cuando todas ellas transmiten simultáneamente el mismo mensaje, el ciudadano termina creyendo que únicamente existe una manera razonable de pensar.
No porque haya reflexionado sobre ello.
Sino porque jamás escucha otra cosa.
Ése constituye uno de los mecanismos de control más eficaces jamás conocidos.
CAPÍTULO XLV
INSTRUCCIONES PARA NO CONFUNDIR CONSENSO CON VERDAD
La Historia constituye una magnífica vacuna contra el conformismo.
Hubo épocas en las que casi todo el mundo estaba convencido de que la esclavitud era natural.
Otras en las que parecía evidente que la Tierra permanecía inmóvil.
Otras en las que determinadas teorías raciales gozaban de enorme prestigio académico.
El consenso nunca ha constituido una prueba de verdad.
Únicamente demuestra que muchas personas piensan lo mismo en un momento determinado.
Nada más.
La verdad no depende del número de quienes la sostienen.
Ni tampoco de las encuestas.
Ni de los parlamentos.
Ni de las redes sociales.
Depende de su correspondencia con la realidad.
Precisamente por eso toda sociedad necesita proteger al discrepante.
Porque la mayoría también se equivoca.
Y con bastante frecuencia.
CAPÍTULO XLVI
INSTRUCCIONES PARA DESCONFIAR DE QUIENES PRETENDEN REEDUCAR A LA HUMANIDAD
Existe una característica común a casi todas las grandes ideologías.
Ninguna se conforma con organizar políticamente la sociedad.
Todas aspiran también a transformar al ser humano.
No basta con modificar las leyes.
Hay que cambiar la conciencia.
No basta con administrar justicia.
Hay que crear un hombre nuevo.
Una mujer nueva.
Una sociedad nueva.
Un lenguaje nuevo.
Una moral nueva.
Una familia nueva.
Una educación nueva.
Un pasado reinterpretado.
Y un futuro cuidadosamente planificado.
Ésa ha sido siempre la tentación de los grandes proyectos de ingeniería social.
El problema no reside en intentar mejorar la sociedad.
Todos deseamos mejorarla.
La dificultad aparece cuando alguien afirma conocer con absoluta certeza cuál debe ser esa mejora y decide utilizar el inmenso poder del Estado para imponerla a todos los demás.
En ese momento desaparece el ciudadano.
Aparece el ingeniero social.
Y cuando aparecen los ingenieros de almas, como demuestra la Historia, conviene extremar la prudencia.
Porque el ser humano mejora mediante la educación, el ejemplo, la libertad y la responsabilidad.
No mediante el adoctrinamiento.
No mediante el miedo.
No mediante la cancelación.
Y, desde luego, no mediante una nueva inquisición convencida de poseer el monopolio del Bien.
CAPÍTULO XLVII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO SE FABRICA UNA NUEVA LENGUA
George Orwell comprendió algo que continúa plenamente vigente.
Quien domina el lenguaje termina dominando una parte importante del pensamiento.
No porque pueda impedir físicamente que los ciudadanos piensen.
Sino porque consigue limitar las palabras con las que esos ciudadanos expresan sus pensamientos.
Cuando desaparecen determinadas palabras, determinadas ideas comienzan también a resultar cada vez más difíciles de formular.
La manipulación del lenguaje constituye, probablemente, la herramienta política más barata y más eficaz jamás inventada.
No hace falta encarcelar.
No hace falta prohibir.
No hace falta perseguir.
Basta con cambiar el significado de las palabras.
Eso es exactamente lo que ha sucedido durante las últimas décadas.
Ya casi nadie habla de sexo.
Se habla de género.
No se habla de propaganda.
Se habla de sensibilización.
No existen consignas.
Existen campañas de concienciación.
No existen privilegios.
Existen derechos específicos.
No existen cuotas.
Existen acciones positivas.
No existe censura.
Existe moderación de contenidos.
No existe adoctrinamiento.
Existe educación en valores.
Cada palabra parece cuidadosamente elegida.
Porque las palabras nunca son inocentes.
Cada una transporta una determinada visión del mundo.
Y quien consigue imponer esa visión obtiene una enorme ventaja cultural.
CAPÍTULO XLVIII
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER LA INVERSIÓN DEL SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS
Existe otro fenómeno todavía más interesante.
No sólo aparecen palabras nuevas.
También cambian de significado las antiguas.
La tolerancia deja de significar soportar pacíficamente aquello con lo que discrepamos.
Empieza a significar adhesión.
La diversidad deja de referirse a la pluralidad de opiniones.
Pasa a aludir casi exclusivamente a determinadas identidades.
La igualdad deja de significar igualdad ante la ley.
Comienza a confundirse con igualdad de resultados.
La inclusión deja de significar integración.
Empieza a exigir aceptación obligatoria de determinados postulados.
La discriminación deja de referirse exclusivamente a un trato injusto.
Acaba incluyendo cualquier diferencia de trato, incluso cuando posee una justificación objetiva.
Y la palabra orgullo deja de expresar satisfacción por un mérito para convertirse en celebración de una circunstancia.
Cada pequeño desplazamiento semántico parece insignificante.
Pero todos juntos transforman profundamente nuestra forma de pensar.
Porque el lenguaje constituye el mapa con el que interpretamos la realidad.
Y si cambia el mapa, también cambia el territorio que creemos estar contemplando.
CAPÍTULO XLIX
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER CÓMO LO EXCEPCIONAL TERMINA PARECIENDO NORMAL
Ninguna transformación cultural profunda se produce de un día para otro.
Siempre sigue un procedimiento parecido.
Primero aparece una propuesta que la mayoría considera extravagante.
Más tarde comienza a discutirse.
Después deja de resultar escandalosa.
Finalmente acaba convirtiéndose en la única posición considerada respetable.
El proceso resulta tan gradual que apenas somos conscientes de él.
Cada generación considera normal aquello con lo que ha crecido.
Y olvida que pocas décadas antes habría parecido completamente insólito.
No se trata de afirmar que todo cambio sea negativo.
Sería absurdo.
Las sociedades cambian constantemente.
Y muchas veces mejoran.
La cuestión consiste en otra cosa.
¿Quién decide qué cambios deben producirse?
¿Quién determina cuándo una discusión ha terminado?
¿Quién establece qué opiniones dejan de ser legítimas?
Porque una sociedad abierta nunca debería cerrar definitivamente ninguna discusión filosófica importante.
Precisamente porque el conocimiento humano permanece siempre incompleto.
CAPÍTULO L
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER POR QUÉ EL SENTIDO COMÚN RESULTA TAN PELIGROSO PARA TODA IDEOLOGÍA
Existe una razón por la que las grandes construcciones ideológicas suelen desconfiar profundamente del sentido común.
El sentido común formula preguntas demasiado sencillas.
¿Por qué?
¿Para qué?
¿Con qué consecuencias?
¿Quién paga?
¿Quién decide?
¿Dónde termina un derecho y dónde comienza una obligación?
¿Quién representa realmente a quienes dicen representar?
Las ideologías prefieren respuestas complejas.
Terminología especializada.
Conceptos oscuros.
Porque cuanto más difícil resulta comprender un discurso, mayor autoridad parece adquirir quien lo pronuncia.
No es casualidad.
El lenguaje oscuro produce dependencia.
El lenguaje claro produce ciudadanos libres.
Por eso los grandes ensayistas casi siempre escribieron con enorme claridad.
No pretendían impresionar.
Pretendían hacerse entender.
El sentido común no constituye una filosofía completa.
Pero sí representa una magnífica alarma.
Cuando una teoría obliga a negar continuamente aquello que cualquiera puede observar en la vida cotidiana, probablemente haya llegado el momento de revisar la teoría.
No la realidad.
CAPÍTULO LI
INSTRUCCIONES PARA RECUPERAR EL VALOR DE LA PERSONA
Después de tantas páginas conviene regresar nuevamente al principio.
A Ortega.
A la circunstancia.
Al individuo.
Porque todo este ensayo podría resumirse en una única afirmación.
Ninguna etiqueta agota la realidad de una persona.
No somos únicamente nuestro sexo.
Ni nuestra orientación sexual.
Ni nuestra discapacidad.
Ni nuestra profesión.
Ni nuestra nacionalidad.
Ni nuestra ideología.
Ni nuestra religión.
Ni nuestra edad.
Somos mucho más.
Somos una biografía.
Una memoria.
Una familia.
Una vocación.
Un carácter.
Una conciencia.
Un proyecto.
Y, sobre todo, una libertad.
Precisamente porque somos libres podemos equivocarnos.
Rectificar.
Aprender.
Perdonar.
Cambiar.
Ninguna etiqueta posee esa capacidad.
Las etiquetas permanecen inmóviles.
Las personas evolucionan.
Quizá por eso las ideologías aman las etiquetas.
Mientras que la libertad siempre termina defendiendo a las personas.
Y ésa constituye la diferencia fundamental.
No entre la izquierda y la derecha.
Ni entre progresistas y conservadores.
Sino entre quienes contemplan al ser humano como un individuo irrepetible y quienes prefieren clasificarlo antes de conocerlo.
Ésa ha sido siempre la gran batalla de la libertad.
Y probablemente seguirá siéndolo mientras existan seres humanos.
Porque antes que hombres o mujeres.
Antes que heterosexuales u homosexuales.
Antes que creyentes o ateos.
Antes que ricos o pobres.
Antes que sanos o enfermos.
Antes que miembros de cualquier supuesto colectivo…
Somos personas.
Y no existe ninguna conquista política, ninguna ideología, ninguna revolución cultural que pueda mejorar esa definición.
CAPÍTULO LII
INSTRUCCIONES PARA DEFENDER EL DERECHO A SER SIMPLEMENTE UNA PERSONA
Existe una reivindicación extraordinariamente modesta.
Y, al mismo tiempo, profundamente revolucionaria.
La de quienes únicamente desean vivir como personas.
No como símbolos.
No como banderas.
No como iconos.
No como representantes involuntarios de una causa política.
Simplemente como personas.
Trabajar.
Formar una familia o decidir no hacerlo.
Tener amigos.
Equivocarse.
Envejecer.
Ser felices unas veces.
Desgraciados otras.
Exactamente igual que cualquier otro ser humano.
Ésa ha sido siempre la aspiración de millones de personas homosexuales.
Y también de millones de personas sordas.
Y de millones de ciudadanos pertenecientes a cualquier minoría imaginable.
No convertirse en estandartes.
Sino dejar de ser considerados excepciones.
Paradójicamente, algunas corrientes ideológicas parecen perseguir exactamente el camino contrario.
La diferencia debe permanecer siempre visible.
La identidad nunca puede desaparecer.
La etiqueta debe acompañar al individuo durante toda su existencia.
Porque la política identitaria necesita precisamente eso.
Que la identidad nunca deje de ocupar el primer plano.
Pero quizá la verdadera igualdad consista justamente en lo contrario.
En que llegue un día en que la orientación sexual de una persona resulte tan irrelevante socialmente como el color de sus ojos.
O como el hecho de ser zurdo.
O de medir un metro sesenta y ocho.
O de padecer miopía.
O de utilizar un implante coclear.
Ésa sería, probablemente, la mayor victoria de cualquier sociedad verdaderamente libre.
CAPÍTULO LIII
INSTRUCCIONES PARA DESCONFIAR DE LOS SALVADORES PROFESIONALES
La Historia también enseña otra lección.
Siempre aparecen personas dispuestas a salvarnos.
Salvar la democracia.
Salvar el planeta.
Salvar la economía.
Salvar la cultura.
Salvar la infancia.
Salvar a las mujeres.
Salvar a los homosexuales.
Salvar a los inmigrantes.
Salvar a las minorías.
Salvar a la Humanidad.
El problema no consiste en el propósito.
Todo ser humano desea mejorar el mundo.
La dificultad aparece cuando algunos llegan a la conclusión de que sólo ellos conocen el camino correcto.
Y que, por tanto, poseen el derecho —o incluso el deber— de dirigir la vida de los demás.
Es entonces cuando comienza el paternalismo.
Primero llegan los consejos.
Después las campañas.
Más tarde las recomendaciones.
A continuación los protocolos.
Finalmente las obligaciones.
El ciudadano deja de ser considerado un adulto capaz de gobernar su propia vida.
Pasa a convertirse en un menor permanentemente tutelado.
Y toda tutela prolongada termina debilitando la libertad.
Porque la libertad exige riesgo.
Exige responsabilidad.
Exige aceptar las consecuencias de las propias decisiones.
Quien pretende proteger al ciudadano frente a cualquier error termina privándolo de la posibilidad de aprender.
CAPÍTULO LIV
INSTRUCCIONES PARA COMPRENDER QUE LA LIBERTAD TAMBIÉN INCLUYE EL DERECHO A DISCREPAR
La libertad resulta extraordinariamente incómoda.
Permite que otros sostengan opiniones que consideramos equivocadas.
Permite que existan libros que jamás leeríamos.
Conferencias a las que nunca asistiríamos.
Artículos con los que discrepamos profundamente.
Precisamente por eso constituye un bien tan valioso.
Porque protege también aquello que personalmente rechazamos.
Resulta muy fácil defender la libertad de quienes piensan exactamente igual que nosotros.
La verdadera prueba aparece cuando debemos defender el derecho a expresarse de quienes sostienen posiciones completamente distintas.
Ésa constituye la esencia de una sociedad abierta.
No la unanimidad.
Sino la convivencia entre discrepancias.
Quien únicamente acepta la libertad mientras los demás coinciden con él no cree realmente en la libertad.
Cree únicamente en su propia opinión.
Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
CAPÍTULO LV
INSTRUCCIONES PARA NO OLVIDAR NUNCA QUE LA REALIDAD TERMINA IMPONIÉNDOSE
Las ideologías poseen una característica común.
Todas creen poder reorganizar completamente la realidad.
La Historia demuestra algo mucho más modesto.
La realidad termina imponiéndose.
Siempre.
Podemos ignorarla durante algún tiempo.
Podemos disfrazarla.
Podemos modificar el lenguaje.
Podemos promulgar leyes.
Podemos redactar manuales.
Podemos organizar campañas.
Podemos repetir consignas.
Pero la realidad conserva una extraordinaria capacidad para sobrevivir a todas las construcciones ideológicas.
Ésa constituye una magnífica noticia.
Porque significa que el ser humano siempre dispone de un punto de apoyo fuera de la propaganda.
La experiencia.
La observación.
El sentido común.
La evidencia.
La vida cotidiana.
Tarde o temprano todos regresamos a ellas.
Y cuando regresamos descubrimos algo extraordinariamente sencillo.
La realidad nunca pidió permiso para existir.
CAPÍTULO LVI
INSTRUCCIONES PARA VOLVER A ORTEGA
Comencé este ensayo recordando una frase de José Ortega y Gasset.
«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.»
Después de este largo recorrido regreso nuevamente a ella.
Pero ahora adquiere un significado todavía más profundo.
La circunstancia no constituye una cárcel.
Tampoco una medalla.
Ni una bandera.
Ni una identidad política.
Constituye simplemente el punto desde el que cada uno comienza su existencia.
Unos nacen ricos.
Otros pobres.
Unos disfrutan de una salud excelente.
Otros cargan con enfermedades o discapacidades.
Unos poseen talentos extraordinarios.
Otros deben esforzarse mucho más para alcanzar resultados semejantes.
Ninguno eligió ese punto de partida.
Todos, sin embargo, elegimos diariamente qué hacer con él.
Ése constituye el territorio de la libertad.
Y también el de la responsabilidad.
Yo nunca elegí formar parte de ese tres por ciento de personas con una sordera severa o profunda.
No existe ningún mérito en ello.
Como tampoco existe mérito alguno en ser homosexual.
O heterosexual.
O rubio.
O moreno.
O medir un metro noventa.
O uno sesenta.
Las circunstancias no se premian.
Se aceptan.
Lo verdaderamente admirable comienza después.
Cuando el individuo decide no quedar reducido a ellas.
Cuando comprende que su identidad resulta infinitamente más rica que cualquier porcentaje estadístico.
Cuando rechaza convertirse en una etiqueta.
Cuando se niega a vivir permanentemente dentro de un supuesto colectivo.
Cuando decide ser, sencillamente, una persona.
Quizá ésa sea la mayor enseñanza que puedo extraer de mi propia experiencia.
Nunca he querido que la sordera definiera completamente mi existencia.
No quiero ser conocido como «el sordo».
Quiero ser reconocido, si acaso, por aquello que he hecho.
Por mis aciertos.
Y también por mis errores.
Por mis escritos.
Por mis decisiones.
Por mis responsabilidades.
En definitiva, por mi vida.
Porque una persona vale infinitamente más que cualquiera de las circunstancias que le tocaron en suerte.
Y una civilización empieza a perderse cuando olvida una verdad tan sencilla como ésta.
Antes que miembros de un colectivo…
Antes que integrantes de una minoría…
Antes que representantes de una identidad…
Somos personas.
Y quizá no exista ninguna idea más profundamente revolucionaria que recordarlo.
CAPÍTULO LVII
INSTRUCCIONES PARA DEFENDER EL HUMANISMO FRENTE A LAS IDENTIDADES
Quizá la mayor tragedia de nuestro tiempo no consista en que existan demasiadas identidades.
La verdadera tragedia consiste en que cada vez existen menos personas.
No porque hayan desaparecido.
Sino porque hemos dejado de mirarlas como individuos.
Vivimos clasificándolo todo.
Sexo.
Color de la piel.
Edad.
Renta.
Procedencia.
Religión.
Orientación sexual.
Lengua.
Nacionalidad.
Discapacidad.
Cada ciudadano termina convertido en una suma de etiquetas.
Y, curiosamente, cuanto mayor es el número de etiquetas, menos conocemos realmente a la persona.
La burocracia necesita clasificar.
La Estadística necesita clasificar.
La Administración necesita clasificar.
Pero una civilización no puede reducir al ser humano a una ficha administrativa.
Porque una persona siempre desborda cualquier clasificación.
El verdadero humanismo comienza precisamente ahí.
En el momento en que dejamos de preguntar:
—«¿A qué colectivo pertenece?»
Y empezamos a preguntar:
—«¿Quién es?»
No es lo mismo.
Nunca será lo mismo.
CAPÍTULO LVIII
INSTRUCCIONES PARA RECUPERAR EL MÉRITO
Existe otra palabra que parece haber desaparecido del vocabulario público.
Mérito.
Durante siglos constituyó uno de los pilares de nuestra civilización.
No importaba únicamente de dónde venía una persona.
Importaba lo que hacía.
Su esfuerzo.
Su trabajo.
Su conducta.
Su palabra.
Su responsabilidad.
Su honor.
Hoy asistimos a una curiosa inversión.
Cada vez se presta más atención a las circunstancias.
Cada vez menos a los méritos.
Importa más quién eres que lo que haces.
Importa más la identidad que la conducta.
Importa más la etiqueta que la biografía.
Y, sin embargo, toda sociedad verdaderamente libre necesita exactamente lo contrario.
Necesita ciudadanos que sean valorados principalmente por sus actos.
No por aquellas circunstancias sobre las que jamás tuvieron capacidad de decidir.
Ésa constituye una exigencia elemental de la justicia.
CAPÍTULO LIX
INSTRUCCIONES PARA NO DEJAR QUE NADIE PIENSE POR NOSOTROS
Las inquisiciones cambian.
Los inquisidores también.
Lo que nunca cambia es la tentación de delegar el pensamiento.
Resulta cómodo.
Otros leen.
Otros interpretan.
Otros deciden.
Otros concluyen.
Y nosotros simplemente repetimos.
La libertad intelectual exige justamente lo contrario.
Leer.
Comparar.
Contrastar.
Dudar.
Rectificar.
Aceptar que podemos equivocarnos.
Y, sobre todo, negarnos a aceptar una idea únicamente porque sea la dominante.
Toda idea merece ser examinada.
También las que compartimos.
Quizá especialmente ésas.
Porque las convicciones que nunca sometemos a crítica terminan convirtiéndose en prejuicios.
Y un prejuicio no deja de ser un dogma que ha olvidado justificarse.
CAPÍTULO LX
INSTRUCCIONES PARA DEFENDER EL DERECHO A NO PERTENECER
Existe un derecho del que apenas se habla.
El derecho a no pertenecer.
A no integrarse en ninguna tribu ideológica.
A no llevar ninguna bandera.
A no convertirse en portavoz de nadie.
A no militar.
A no desfilar.
A no identificarse con ningún supuesto colectivo.
Ese derecho merece la misma protección que cualquier otro.
Porque también forma parte de la libertad.
Yo no deseo representar a ningún tres por ciento.
Ni al de los sordos.
Ni al de los hombres.
Ni al de los jubilados.
Ni al de los extremeños.
Ni al de ninguna otra categoría estadística.
Represento únicamente mi conciencia.
Y ya constituye una responsabilidad suficientemente grande.
Toda persona debería poder decir exactamente lo mismo.
Sin sentirse obligada a justificar su negativa.
Sin ser acusada de traicionar a nadie.
Sin convertirse automáticamente en sospechosa.
La libertad también consiste en poder permanecer al margen.
Y ninguna democracia madura debería olvidarlo.
CAPÍTULO LXI
INSTRUCCIONES PARA APRENDER A DECIR «NO»
Las grandes transformaciones sociales no comienzan siempre con manifestaciones multitudinarias.
Con frecuencia empiezan con una palabra.
No.
No aceptaré que otros piensen por mí.
No aceptaré que una etiqueta sustituya a mi nombre.
No aceptaré que mi dignidad dependa del grupo al que otros dicen que pertenezco.
No aceptaré que un porcentaje estadístico determine quién soy.
No aceptaré que mis sentimientos sustituyan a la realidad.
No aceptaré que el deseo sustituya a la razón.
No aceptaré que la discrepancia se convierta en delito moral.
No aceptaré que una nueva inquisición decida cuáles son las preguntas permitidas.
Porque toda libertad comienza exactamente ahí.
En el momento en que un ciudadano descubre que conserva intacta la capacidad de pensar por sí mismo.
Y mientras esa capacidad sobreviva, ninguna ingeniería social conseguirá imponerse completamente.
Porque las leyes pueden regular conductas.
Las instituciones pueden repartir subvenciones.
Los gobiernos pueden organizar campañas.
Los medios de información pueden repetir consignas.
Las universidades pueden enseñar determinadas teorías.
Pero nadie puede impedir definitivamente que un hombre o una mujer se hagan una pregunta tan sencilla como ésta:
«¿Y si todo esto fuera un error?»
Todas las grandes transformaciones intelectuales comenzaron exactamente así.
Con alguien que se atrevió a formular una pregunta que los demás habían dejado de hacerse.
Quizá ésa siga siendo, todavía hoy, la mayor expresión de libertad.
APÉNDICE I
LA PERSONA FRENTE A LA ETIQUETA
Una conquista de más de dos mil años
Existe una pregunta que atraviesa toda la Historia de la Filosofía.
¿Qué es una persona?
Puede parecer una cuestión puramente académica.
No lo es.
De la respuesta que demos dependen nuestras leyes, nuestra manera de educar, de organizar la sociedad y hasta de relacionarnos con los demás.
Durante miles de años, el ser humano fue considerado principalmente como miembro de una tribu.
De un clan.
De una ciudad.
De una casta.
De una familia.
De una religión.
El individuo apenas existía.
Lo importante era el grupo.
Poco a poco comenzó a abrirse camino otra idea.
La de que cada ser humano posee un valor propio.
Un valor que no depende del lugar donde nació.
Ni de su riqueza.
Ni de su fuerza.
Ni de la utilidad que pueda tener para el Estado.
Ese descubrimiento constituye una de las mayores conquistas intelectuales de la Humanidad.
Roma desarrolló el concepto jurídico de persona.
El cristianismo afirmó que todos los seres humanos poseen una dignidad intrínseca.
La Escuela de Salamanca insistió en que esa dignidad pertenece igualmente al indígena americano y al emperador.
La Ilustración desarrolló la igualdad jurídica.
El constitucionalismo moderno convirtió esa igualdad en fundamento del Estado de Derecho.
Todo ese inmenso edificio intelectual descansaba sobre una idea muy sencilla.
Antes que miembro de un grupo, el ser humano es una persona.
Y precisamente por eso posee derechos.
No porque pertenezca a una mayoría.
Ni porque forme parte de una minoría.
Ni porque sea útil.
Ni porque piense correctamente.
Los posee porque es persona.
Ésa constituye, probablemente, la mayor aportación de la civilización occidental.
Y también la más frágil.
Porque cada vez que el individuo deja de ocupar el centro, reaparecen inevitablemente las categorías.
La raza.
La clase.
La nación.
El partido.
La identidad.
El colectivo.
La Historia demuestra que el camino siempre termina siendo el mismo.
Primero desaparece la persona.
Después llegan las etiquetas.
Finalmente aparecen quienes afirman hablar en nombre de esas etiquetas.
Y entonces la libertad comienza lentamente a retirarse.
APÉNDICE II
EL REGRESO DE LAS TRIBUS
Durante siglos, el progreso consistió en liberar al individuo de la tribu.
Hoy parece proponerse exactamente el camino contrario.
Cada ciudadano debe encontrar una identidad.
Una pertenencia.
Un colectivo.
Una bandera.
Un grupo.
Una comunidad.
Y, cuanto más pequeña sea esa comunidad, mejor.
Resulta una extraordinaria paradoja.
Nunca habíamos hablado tanto de autonomía personal.
Y nunca había existido tanta presión para integrarse en identidades colectivas.
No basta con ser ciudadano.
Hay que ser algo más.
Hay que definirse.
Hay que clasificarse.
Hay que identificarse.
Hay que elegir una casilla.
Y si alguien responde:
«No deseo pertenecer a ninguna.»
La respuesta suele ser de desconcierto.
Como si semejante actitud resultara incomprensible.
Sin embargo, quizá sea justamente la más profundamente liberal.
Porque la libertad comienza cuando el individuo puede negarse a ser clasificado.
APÉNDICE III
EL DERECHO A SER UNA PERSONA CORRIENTE
Confieso una aspiración extraordinariamente modesta.
No deseo convertirme en símbolo de nada.
No deseo representar a ningún colectivo.
No deseo ser portavoz de ningún porcentaje estadístico.
No deseo desfilar detrás de ninguna bandera que otros hayan elegido para mí.
Quiero disfrutar del mismo derecho que cualquier otro ciudadano.
El derecho a llevar una vida corriente.
A trabajar.
A escribir.
A amar.
A equivocarme.
A rectificar.
A envejecer.
A morir.
Sin necesidad de explicar constantemente por qué llevo dos implantes cocleares.
Sin necesidad de convertir mi sordera en una identidad.
Sin necesidad de hacer de ella una profesión.
Ni una bandera.
Ni una ideología.
Simplemente forma parte de mi biografía.
Como tantas otras circunstancias.
Nada más.
Y sospecho que exactamente lo mismo desean millones de personas homosexuales.
Y millones de personas pertenecientes a cualquier otra minoría.
No ser convertidas permanentemente en una categoría política.
Sino vivir tranquilamente como ciudadanos.
Ésa sería, probablemente, la mayor victoria de una sociedad verdaderamente libre.
Aquella en la que nadie necesitara recordar continuamente a qué supuesto colectivo pertenece.
Porque todos serían contemplados, antes que nada, como personas.
EPÍLOGO
NO SOY UN TRES POR CIENTO
He hablado muchas veces del tres por ciento.
Del tres por ciento de la población que, aproximadamente, es homosexual.
Y del tres por ciento al que pertenezco yo.
El de quienes padecemos una sordera severa o profunda.
Podría haber escrito este ensayo desde el resentimiento.
No lo he hecho.
Podría haber reclamado un orgullo sordo.
Tampoco.
Podría haber exigido campañas institucionales.
Manifestaciones.
Banderas.
Semanas conmemorativas.
Declaraciones oficiales.
Jamás se me ha pasado por la cabeza.
Porque mi sordera nunca ha sido mi identidad.
Ha sido mi circunstancia.
Una circunstancia importante.
Muy importante.
Que ha condicionado mi vida.
Mi profesión.
Mi manera de comunicarme.
Mis relaciones personales.
Que me obligó a afrontar operaciones quirúrgicas difíciles.
Que terminó llevándome a llevar dos implantes cocleares.
Pero sigue siendo únicamente eso.
Una circunstancia.
No un mérito.
No una medalla.
No una bandera.
No un motivo de orgullo.
El orgullo, si alguna vez merece ese nombre, debería reservarse para otra clase de cosas.
Para el trabajo bien hecho.
Para el deber cumplido.
Para la palabra dada.
Para el esfuerzo.
Para la honradez.
Para la perseverancia.
Para la capacidad de levantarse después de cada derrota.
Ésas son conquistas.
No las circunstancias.
No elegimos el punto de partida.
Elegimos, en buena medida, el camino.
Y respondemos de él.
Por eso he querido terminar exactamente donde comencé.
Con Ortega.
«Yo soy yo y mi circunstancia…»
Sí.
Pero no sólo mi circunstancia.
También soy mis decisiones.
Mis renuncias.
Mis responsabilidades.
Mis errores.
Mis rectificaciones.
Mis afectos.
Mis obras.
En definitiva, mi vida.
Y deseo exactamente lo mismo para cualquier otro ser humano.
Que nunca sea reducido a una estadística.
A una etiqueta.
A un porcentaje.
A una orientación sexual.
A una discapacidad.
A una raza.
A una ideología.
A un supuesto colectivo.
Porque el día en que olvidemos que una persona vale infinitamente más que cualquiera de sus circunstancias, habremos comenzado a perder mucho más que una discusión política.
Habremos comenzado a perder la propia idea de civilización.
Ésa, y no otra, ha sido la verdadera intención de este ensayo.