EL AIRE ACONDICIONADO ES DE EXTREMA DERECHA (Cómic)

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Antes de que comience la primera perogrullada…

Hubo un tiempo en que las perogrulladas hacían gracia.

Servían para arrancar una sonrisa y poco más.

Pero llegaron tiempos extraordinarios.

Tiempos en los que las evidencias dejaron de ser evidentes y hubo que crear ministerios, observatorios, consejos de expertos, gabinetes de reflexión y comisiones parlamentarias para descubrir que el agua moja, que el fuego quema, que en verano hace calor y que, cuando uno tiene sed, conviene beber agua.

Fue entonces cuando el inmortal Pero Grullo, aquel sabio que a la mano cerrada llamaba puño y que, según la tradición, inventó el rompecabezas de una sola pieza, comprendió que había encontrado dignos sucesores.

Los modernos le habían superado.

Ya no bastaba con proclamar que el Sol sale cada mañana.

Había que aprobar un Real Decreto.

Ya no era suficiente afirmar que el aire acondicionado refresca.

Era preciso discutir antes si semejante artefacto resultaba compatible con la virtud cívica, la solidaridad universal, el progreso irreversible y otras elevadas ocupaciones propias de los gobernantes de Absurdistán.

Y así nació este libro.

No pretende convencer a nadie.

Tampoco adoctrinar.

Mucho menos resolver los problemas del mundo.

Se limita a recoger las viejas crónicas del Reino de Absurdistán, donde cada disparate comienza siendo una ocurrencia, continúa convertido en decreto, termina transformado en obligación y, al cabo de unos meses, acaba siendo considerado una conquista histórica del progreso.

Allí descubrirá el lector que el aire acondicionado puede convertirse en sospechoso de extremismo, que sudar ennoblece siempre… cuando suda el vecino, que la austeridad resulta una virtud imprescindible… para quien no gobierna, y que la igualdad consiste, según las autoridades absurdistaníes, en que todos los ciudadanos sean exactamente iguales… aunque algunos disfruten del privilegio de ser bastante más iguales que los demás.

No faltarán ministros que predican el sacrificio desde despachos agradablemente climatizados.

Ni expertos que descubren, tras años de investigaciones, que el Sol calienta.

Ni comisiones encargadas de estudiar durante lustros si la lluvia moja.

Ni gobernantes convencidos de que cambiar el nombre de las cosas constituye la forma más económica de resolverlas.

Todo ello sucede en Absurdistán.

Naturalmente.

Cualquier parecido con la realidad constituye una coincidencia tan extraordinaria como involuntaria.

Y si, durante la lectura, algún personaje, institución o costumbre le resulta inquietantemente familiar, no culpe al autor.

Recuerde el viejo proverbio absurdistaní, transmitido de generación en generación por el propio Pero Grullo:

«Quien se pica, ajos mastica.»

Ahora sí.

Respire hondo.

Siéntese cómodamente —preferiblemente con el aire acondicionado encendido, antes de que algún ministerio lo declare instrumento de pensamiento reaccionario— y prepárese para entrar en el único país del mundo donde las perogrulladas se aprueban por unanimidad, se publican en el Boletín Oficial y se celebran con solemnes ovaciones parlamentarias.

Bienvenido al Reino de Absurdistán.

Aquí comienza el viaje.

Y, como ordena el último Real Decreto de la Evidencia Evidente:

hasta nueva orden, el Sol seguirá saliendo por el Este y poniéndose por el Oeste… al menos hasta la próxima perogrullada.

Ésta es la crónica llegada del Reino de Absurdistán, traducida por un profesor jubilosamente jubilado

Habrá quien piense que cuanto aquí se cuenta pertenece al reino de la fantasía.

¡Ojalá!

Porque los sucesos que siguen ocurrieron en el ilustrísimo Reino de Absurdistán, patria de los más insignes descubridores de obviedades, donde florecen las ciencias evidentes, prosperan las comisiones de expertos y jamás se deja pasar una ocasión de explicar al pueblo aquello que el pueblo sabe desde antes de que nacieran quienes se lo explican.

Gobierna aquella nación una legión de próceres cuyo mayor mérito consiste en descubrir cada semana una verdad tan profunda que hasta las lagartijas se quedan pensativas.

Su guía espiritual es el excelentísimo Pero Grullo de Absurdistán, doctor en Perogrullología, académico perpetuo de la Real Academia de las Verdades Evidentes, inventor del rompecabezas de una sola pieza y autor del inmortal tratado De cómo a la mano cerrada llaman puño.

Durante siglos creyó el venerable maestro que nadie lograría superar sus hallazgos.

¡Pobre iluso!

Los tiempos modernos han dejado sus enseñanzas a la altura de un catecismo para párvulos.

Él sostuvo que el fuego quema.

Sus discípulos anuncian solemnemente que, cuando aprieta el calor, conviene beber agua.

Él explicó que quien permanece bajo la lluvia termina mojándose.

Ellos estudian durante meses la posibilidad de recomendar el paraguas.

Él descubrió que el invierno suele ser frío.

Ellos organizan congresos internacionales para confirmar que el verano acostumbra a ser caluroso.

Y cuentan las crónicas que el viejo sabio, al contemplar desde la eternidad semejantes prodigios del entendimiento humano, pidió humildemente ser admitido como aprendiz de tan aventajados maestros.

Del gran descubrimiento del verano

Llegó una ola de calor.

No la primera.

Tampoco será la última.

En España el verano acostumbra a tomarse muy en serio su oficio desde mucho antes de que existieran satélites, ministerios, gabinetes de comunicación o tertulianos profesionales.

El sol abrasaba los campos de Extremadura cuando los romanos aún discutían en el Senado.

Caía a plomo sobre Castilla mientras los arrieros cruzaban la Meseta.

Hacía sudar a los segadores andaluces cuando nadie había oído hablar del dióxido de carbono.

Y, sin embargo, este verano ocurrió algo extraordinario.

Las más altas autoridades del Reino juzgaron necesario recordar a sus súbditos que, cuando el calor aprieta, conviene beber agua, buscar la sombra y protegerse del sol.

La noticia produjo una emoción indescriptible.

Los ancianos se abrazaban llorando.

Los agricultores se preguntaban cómo habían conseguido sobrevivir varias generaciones sin tan valiosas instrucciones.

Los lagartos, profundamente avergonzados, reconocieron que llevaban siglos refugiándose bajo las piedras por simple intuición.

Del aire acondicionado, máquina sospechosa

Hubo un tiempo en que el aire acondicionado era un invento.

Ahora amenaza con convertirse en una declaración de principios.

No falta quien mire con recelo al vecino que duerme fresco mientras él suda con ejemplar resignación.

Parece que el aparato ya no sirve únicamente para bajar la temperatura de una habitación.

También mide la pureza ideológica de su propietario.

Quien lo enciende demasiado es acusado de amar poco a la Naturaleza.

Quien procura dormir sin asarse despierta sospechas de egoísmo.

Y quien pregunta cuánto cuesta la electricidad demuestra una preocupante afición por la aritmética.

Pero Grullo, al conocer semejante doctrina, solicitó la palabra.

—Cuando yo decía que el agua moja —confesó con modestia— jamás pretendí fundar una religión.

Del heroísmo de sudar

En Absurdistán se ha descubierto una nueva virtud.

Ya no basta con ser honrado.

Ni trabajador.

Ni prudente.

Ahora conviene sudar.

Cuanto más, mejor.

El sudor ennoblece.

El abanico despierta sospechas.

El aire acondicionado exige explicación.

Dormir del tirón durante una noche de julio constituye, poco menos, que una frivolidad burguesa.

Sin embargo, existe un curioso fenómeno que los sabios todavía no han conseguido explicar.

Los despachos desde los cuales se predica tan edificante austeridad permanecen agradablemente climatizados.

Jamás comparece un alto dignatario con la camisa pegada a la espalda.

Nunca celebra el Consejo de Ministros bajo una techumbre de uralita orientada al mediodía.

Debe de tratarse de un milagro atmosférico reservado a quienes gobiernan.

Bando del Ministerio de las Perogrulladas

Por orden de Su Excelencia el Muy Ilustre Consejo Supremo de las Verdades Evidentes se hace saber:

Primero. Que cuando haga mucho calor será conveniente procurar no asarse.

Segundo. Que quien tenga sed hará bien en beber agua antes de morirse de ella.

Tercero. Que el sol acostumbra a calentar más al mediodía que a medianoche.

Cuarto. Que se estudiará la creación de una comisión de expertos encargada de analizar si la sombra refresca.

Quinto. Que todo súbdito sorprendido utilizando el sentido común sin la debida autorización administrativa podrá ser sancionado con la lectura obligatoria de tres informes oficiales de mil páginas cada uno.

Dado en Perogrullópolis, capital del Reino de Absurdistán, a mayor gloria de la Evidencia.

Firmado:

Pero Grullo de Absurdistán,

Gran Maestre de la Orden de la Mano Cerrada, llamada Puño.

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